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Miércoles, 18 de octubre de 2017

Antropología cristiana: Concepción integral del hombre o el verdadero humanismo

De Enciclopedia Católica

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¿Qué es el hombre?

¡Cuántas veces los salmos plantean esa pregunta con admiración!

¿Qué es el hombre?

Hijo de Dios, amado y redimido por Cristo, está llamado por gracia a la más alta vocación. Sí, le es posible, porque la gracia activa todos los recursos, y son muchos, de su humanidad creada. La penitencia, la mortificación, son herramientas para que el hombre, en cierto modo, saque relucir lo mejor de sí mismo y deje obrar a la gracia que eleve lo humano en él.

Éstos son rasgos de un verdadero humanismo, el humanismo cristiano, que halla su fuente y origen en Cristo, el Hombre verdadero y nuevo.

"El hombre se está buscando a sí mismo. Quiere tener conciencia de sí mismo; quiere dar a su existencia una expresión propia, que siempre llama nueva, otras veces la llama libre, plena, poderosa, original, personal, auténtica... Alguno ha hablado de superhombre y del hombre de vida heroica; otros lo han definido prevalentemente desde el punto de vista biológico y zoológico (cf. Desmond Morris). La antropología es discutida en todos sus niveles. Es en la actualidad el tema principal de la discusión científica, filosófica, social, política y también religiosa (cf. GS 14). ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el tipo de hombre que podemos llamar ideal? Se repite la antigua pregunta socrática: “Yo te pregunto: ¿Qué es el santo?” (Platón, Erfirtrón).

Insinuamos tan sólo la pregunta no para tratarla y resolverla en una humilde conversación como ésta, sino solamente para llamar nuestra atención sobre este tema central de la problemática contemporánea, y para poner hoy en evidencia una dificultad que proviene de nuestra profesión cristiana; no hablamos ahora del problema ya conocido del teocentrismo, es decir, de la posición central que Dios ocupa en la concepción de la vida cristiana, frente a la autoidolatría moderna, con el antropocentrismo; no hablamos, pues, de la concepción humanista y profana que coloca al hombre en el centro de todo. Nos referimos más bien a la actitud penitencial, que es condición previa para la participación en el “Reino de los cielos” (Mt 3,2), y que se llama “metanoia, conversión”, es decir, un cambio profundo y operante de pensamientos, de sentimientos, de conducta que obliga a una cierta renuncia de sí mismo, y que va unida tanto al aprendizaje como a la observancia de la norma cristiana; esta actitud aconseja renuncias, a veces muy grandes, como los votos religiosos; infunde en el fiel con un gran disgusto, aunque saludable, el sentido del pecado; exige la vigilancia sobre peligros y tentaciones que acechan continuamente a nuestra vida; señala al camino del hombre la vía estrecha, única que conduce a la salvación (cf. Mt 7,13-14); pide una imitación de Cristo, nada fácil, y nos empuja hasta el amor de su cruz y a alguna participación en su sacrificio. La vida cristiana estima en mucho la abnegación, la mortificación, la penitencia. (Confróntese, por ejemplo, la severidad exigida al hombre contra aquello que en el hombre mismo puede ser fuente de pecado, Mt 5,29-30; 18,8).

El humanismo naturalista

El cristianismo no se fía del humanismo naturalista; sabe que el hombre es un ser herido desde sus orígenes, que en la compleja riqueza de sus facultades lleva consigo desequilibrios extremadamente peligrosos y que necesita una disciplina austera y prolongada. Para vivir bien el cristianismo es necesario adoptar continuas reparaciones, oportunas reformas, repetidas renovaciones. La vida cristiana no es blanda y fácil, no es cómoda y formalista, no es ciegamente optimista, moralmente acomodaticia y abúlica; es alegre, pero no hedonista.

Éste es el aspecto que más se opone a la mentalidad moderna, que aspira a una vida llena, cómoda, espontánea, placentera. Esta mentalidad considera al cristiano como un ser inhibido y escrupuloso, que carece de las experiencias más fuertes, que son ordinariamente las de las pasiones libres, ajeno a las corrientes impetuosas de una moda sin prejuicios, tanto en el pensar como en la conducta. El cristianismo, según esta frecuente manera de pensar, puede ser estimable, desde el punto de vista humanístico, por la interioridad de sus raíces operativas (cf. Croce), o por la simpatía hacia el sufrimiento inerme y la opresión del hombre, o por el espíritu de iniciativa que engendra a favor de la igualdad y de la fraternidad humana, pero no por sus dogmas religiosos, y menos aún por su carácter penitencial. El hombre moderno es orientado hacia una vida sin renuncias y sin dolor mediante una vida sana, higiénica, intensa, gozosa y feliz.

Queridísimos hijos, advirtamos este contraste, especialmente en la irreductible oposición de sus principios. No podemos olvidar la palabra del Maestro cuando comentaba la desgracia que había sucedido, la caída de la torre de Siloé, con la muerte de 18 personas: “Si no hacéis penitencia, moriréis todos igualmente” (Lc 13,4-5).

La penitencia en el Evangelio y la vida cristiana

Y este estribillo de la transformación de sí mismo, de la contrición, del castigo de ciertas tendencias propias desarregladas, de la penitencia y de la expiación resuena en todo el Evangelio; abre al cristianismo sus primeras conquistas (cf. Hch 2,38; 11,18; 17,30, etc.); informa el estilo de la nueva vida cristiana; resuena fuertemente, y a veces duramente, en ciertas expresiones del cristianismo medieval; llega hasta nuestros tiempos, especialmente con algunas observaciones, como el ayuno cuaresmal; se hace eco de ello el Concilio (cf. SC nn. 9, 105, 109, 110); pierde sus acentos más rigurosos y formales en la reciente constitución “Poemitemini”, pero para ratificarse en expresiones indulgentes acomodadas a las condiciones de la vida moderna, pero no menos exigentes en su espíritu y en algunas formas hoy más prácticas, pero siempre sensibles y sinceras.

La necesidad de orientar decididamente la propia vida hacia Dios y hacia su voluntad, la necesidad del dominio de sí mismo y de la purificación de la propia vida (cf. GS 37), la racionalidad de una decisión fundamental que dé figura y valor moral a la propia conducta, la íntima y urgente exigencia de reparar los propios fallos (cf. L´Innominato de Manzoni), el secreto atractivo de acercarse a la cruz de Cristo y de completar en la propia carne sus sufrimientos (cf. Col 1,24) conceden todavía hoy y siempre donde el Evangelio es comprendido y vivido, un lugar insustituible a la penitencia en la configuración ideal del hombre nuevo, del hombre verdadero, del hombre que busca la perfección.

No debe ser imposible, ni siquiera difícil, al hombre moderno comprender esta necesidad. El deportista, por ejemplo, ofrece a San Pablo un argumento, que, desde el campo físico, pasa al espiritual y que de ahí puede derivar al campo práctico de la vida cotidiana: “todos los atletas se imponen una rigurosa abstinencia...” (1Co 9,24-27). Las cosas fuertes, las cosas grandes, las cosas bellas, las cosas perfectas, son difíciles y exigen una renuncia, un esfuerzo, un compromiso, una paciencia, un sacrificio. La penitencia cristiana está al servicio del hombre nuevo y perfecto. Es funcional. No es fin de sí misma; no es una disminución del hombre; es un arte para restaurar en él su primigenia fisonomía, aquella que refleja la imagen de Dios, como Dios había concebido al hombre al crearlo (Gn 1,26-27), y para imprimir en el rostro humano, después de la aflicción de la penitencia, el esplendor pascual de Cristo resucitado. Éste es nuestro humanismo.

Parece una paradoja. Pero la penitencia supera la grotesca deformación de la belleza humana buscada en la “dolce vita”; cura las heridas y seca las lágrimas que el dolor ha hecho brotar en el rostro del hombre; devuelve a nuestra vida la seguridad que ella más necesita y que más ansía, la de la perfección en la inmortalidad.

“Quien tiene oídos para comprender, dice el Señor, escuche” (Mc 4,23; cf. Mt 19,12)".

(PABLO VI, Audiencia general, 24-julio-1968).

Fuente: Corazón Eucarístico de Jesús [1]