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Domingo, 22 de octubre de 2017

Antropología cristiana: "Somos cristianos"

De Enciclopedia Católica

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Ser cristiano marca profundamente todo lo que vivimos, hacemos o dejamos de hacer, amamos o desestimamos...

Ser cristiano sella nuestros gestos, pensamientos, acciones. Ser cristiano es un modo de ser y luego de vivir.

¿Una etiqueta? ¿Un nombre vacío que rememora tradiciones populares? No. Ser cristiano es una reordenación de toda nuestra vida y un sello en nuestro corazón, que fluye por todos los poros de la piel.

Ahora bien, ser cristiano e hijo de la Iglesia, debe ser propuesto con toda la amplitud que merece y desplegarse ante nuestros ojos las virtualidades ya contenidas en nuestro bautismo y confirmación. Caigan las concepciones secularizadas del cristianismo, que nos quieren inculcar desde fuera, y vayamos a redescubrir nuestro ser.

¿Qué hallaremos entonces? La vida nueva de Cristo en nosotros, una vida vocacionada, con un destino y una misión; una altísima dignidad como es la llamada a la santidad; una perfección de lo humano a tan altas cotas como nada ni nadie podrían ofrecernos, llámense ideologías, filosofías o humanismos seculares. Lo humano halla su verdad definitiva y su culmen en Cristo

Por eso, ¿qué somos? Cristianos por la gracia de Dios. Pero, ¿qué características tiene?, ¿cuál es el diseño de un cristiano?, ¿cuáles son las consecuencias de este nuestro carácter cristiano?

Sólo sabiendo lo que somos por naturaleza y gracia sacramental, podremos desarrollarlo.

"En estas conversaciones vamos buscando una nota característica del cristiano; queremos particularizar algún elemento que cualifique al seguir de Cristo en cuanto tal y que defina íntimamente su nueva personalidad. ¿Hay una diferencia existencial entre el cristiano y uno que no lo es? Ciertamente. Hay una diferencia que lo caracteriza profundamente, y es precisamente el “carácter cristiano, la impronta espiritual, que en diverso grado estampan indeleblemente tres sacramentos en el alma de quien lo recibe, como todos saben: el bautismo, que consagra al fiel con un cierto poder sacerdotal para el culto de Dios y lo hace miembro del Cuerpo Místico de Cristo (cf. 1P 2,5); la confirmación, que lo habilita para la profesión y par ala milicia cristiana (cf. Hch 8,17; Suma Teol. 3,72,5), y el orden sagrado que lo asimila al sacerdocio potestativo de Cristo y lo hace su ministro cualificado (cf. PO 2). El carácter comporta una prerrogativa original, propia del cristiano, que, así asignado, adquiere una determinada cualificación imborrable, con un cierto poder espiritual para realizar determinadas acciones en orden a las relaciones con Dios y, consecuentemente, con la comunidad eclesial (cf. S. Th. 3,63,2). San Agustín habló de ello muchas veces, polemizando con los donatistas (cf. Contra Ep. Parmeniani II,28); primero el concilio de Florencia (cf. Denz. Sch., 1310; 695), después el Concilio de Trento, tradujeron en términos dogmáticos la enseñanza tradicional de la Iglesia al respecto. Aventura del “carácter” cristiano


Habría que meditar sobre este “signo distintivo”, impreso en el cristiano, cuyo sello se sobrepone a la imagen divina, ya delineada por vía natural en el alma racional del hombre, y que allí configura, cada vez más marcado, el rostro de Cristo, que resulta el rostro del cristiano señalado por tal impresión mística.

Es ésta una estupenda antropología de la que a menudo no se hace bastante caso en la concepción del hombre hecho cristiano. Más aún, la tendencia actual a la secularización o el descuido de los valores y de los deberes religiosos conduce a desconocer la fisonomía cristiana modelada por el carácter sacramental, de modo que a menudo aquélla viene enmascarada (porque no se la puede dejar) por semblantes profanos, como para hacerla adquirir un perfil puramente natural o incluso pagano, olvidando que la cualificación cristiana no es simplemente nominal, sino real, y comporta una inserción de Cristo, decisiva para el destino de quien le sigue, empeñándole a fondo, si no quiere traicionar el honor de su título, en la fidelidad, en el riesgo, en el testimonio (cf. 1P 4,16).

Sublimidad del estado de gracia

Pero hay más; hay la gracia, el estado de gracia, es decir, aquella luz, aquella cualidad de que el alma está revestida, más aún, profundamente investida y embebida cuando la nueva, sobrenatural relación, a la cual Dios ha querido elevar al hombre que a Él se abandona; se establece en el esfuerzo, por parte del hombre, de su conversión, en la disponibilidad confiada y en la aceptación de su palabra mediante la fe, en humilde amor implorante, al que inmediatamente responde el amor infinito, que es Dios mismo, con el fuego del Espíritu Santo, vivificante en el hombre de la forma de Cristo. Es la gracia una presencia divina que llueve sobre el alma, hecho templo del Espíritu; es una extraordinaria permanencia del Dios vivo en la más inteligente parte de nuestra vida deslumbrada por una inefable iluminación divina.

El estado de gracia no tiene términos suficientes por los que pueda ser definido; es un don, es una riqueza, es una belleza, es una maravillosa transfiguración del alma asociada a la vida misma de Dios, mediante la cual nos convertimos, en cierto modo, en partícipes de su trascendente naturaleza; es una elevación a la adopción de hijos del Padre celestial, de hermanos de Cristo, de miembros vivos del Cuerpo Místico mediante la animación del Espíritu Santo. Es una relación personal, pero, pensadlo bien, entre el Dios vivo, misterioso e inaccesible por su infinita plenitud, y nuestra ínfima persona. Es una relación que debería hacerse consciente; pero sólo los limpios de corazón, los contemplativos, los que viven en la celda interior de su espíritu, los santos, quienes saben decirnos algo de esto. También los teólogos nos pueden instruir bien. Porque es una relación todavía secreta no es evidente, no entra en el campo de la experiencia sensible, si bien la conciencia educada adquiere una cierta sensibilidad espiritual; advierte en sí los “frutos del espíritu”, de los que San Pablo hace un largo elenco: “La caridad, el gozo, la paz” (estos especialmente: una alegría interior, en primer lugar, y, después la paz, la tranquilidad de la conciencia), y después, la paciencia, la bondad, la longanimidad, la mansedumbre, la fidelidad, la modestia, el dominio de sí, la castidad (Gal 5,22); parece que el apóstol entreviera el perfil de un santo. Esta es la gracia; esta es la transfiguración del hombre que vive en Cristo. El desequilibrio del pecado

No hay que maravillarse si tal condición, de suyo fuerte y permanente (“nada nos podrá separar de la caridad de Dios”, dice todavía San Pablo; Rm 8,39), es, sin embargo, delicada y exigente, ella proyecta sobre la vida moral del hombre deberes particulares, finísima sensibilidad; y, afortunadamente, infunde también energías nuevas y desproporcionadas, a fin de que el equilibrio de esta sobrenatural posición permanezca firme y gozoso. Pero se puede dar el caso de que sea turbado y desarreglado cuando nosotros, desgraciadamente, lo despreciamos o preferimos descender al nivel de nuestra naturaleza animal y corrompida; cuando cometemos una voluntaria transgresión del orden al que Dios nos ha asociado, de su vida fluyente en la circulación de la nuestra; es decir, un pecado verdadero y voluntario que, por ello, cuando es grave, lo llamamos mortal.

Es extraño ver cómo muchos cristianos tienen hoy un comportamiento discutido respecto a tal condición sobrenatural de nuestra vida; por un lado, tratan de minimizar el concepto de pecado, cohonestando incluso graves infracciones de la norma moral y, por tanto, de la condición indispensable de nuestra relación con Dios, como si no tuviese importancia, y como si fuese necesario para librar la conciencia de posibles temores excesivos, de escrúpulos embarazosos e imaginarios, no dar suficiente importancia a la ruina que produce el pecado; de otra parte, se atribuyen asimismo la guía del Espíritu Santo, confiriendo a los pensamientos propios y a la propia conducta un gratuito y a menudo falaz carisma de seguridad y de infabilidad. Es ésta una tendencia de moda: y a menudo en tácita polémica con la economía propia de la gracia que exige ordinariamente la intervención sacramental para ser establecida, conservada y alimentada, y, si es preciso, restablecida.

Los supremos fulgores

Recordemos, hijos carísimos, que durante nuestra vida temporal no nos es dado “ver” las realidades divinas (cf. Jn 20,29); nos es dado “saber”; y aun este saber deriva no de un conocimiento natural y normal, sino de la fe; el hombre creyente procede “como si viese lo invisible” (Hb 11,27); y la seguridad, de ordinario, le es dada por signos, por ciertos signos sagrados, símbolo y causa instrumental de lo que representan: los sacramentos. El misterio de la salvación nos es comunicado por dos caminos: por el objetivo de la palabra de Dios, que subjetivamente es la fe, y por el de la acción sacramental. A cuyos caminos podemos añadir un tercero, el de la Iglesia, ese gran sacramento que contiene a los otros y los dispensa, y que estiliza cristianamente nuestra vida y nos ofrece la atmósfera del Espíritu de la que ella es alma y que a nosotros, si somos fieles, nos permite respirar.

Sí, es esta ciencia sobrenatural del hombre un mundo difícil, un reino insólito y arduo; pero es el verdadero mundo de nuestra vocación humana y cristiana; un reino que los violentos, es decir, los que lo quieren, los fuertes y resueltos, conquistan y arrebatan (Mt 11,12); pero un reino próximo (Lc 9,10), un reino que ya nos rodea hasta estar entre nosotros, dentro de nosotros (Lc 17,21); un reino que los pobres, los humildes, los sencillos, los niños, los puros de corazón pueden fácilmente poseer"

(PABLO VI, Audiencia general, 14-agosto-1968).

Fuente: Corazón eucaristico de Jesús [1]