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Viernes, 31 de octubre de 2014

Agustín de Hipona: El Espíritu Santo reconciliador en la teología de San Agustín de Hipona

De Enciclopedia Católica

Dentro de la preparación inmediata al Gran Jubileo del año 2000, que conmemorará el segundo milenio de la Venida de Jesucristo a nuestro mundo, el Santo Padre Juan Pablo II pide que el año 1998 esté dedicado a la reflexión sobre el Espíritu Santo. «La Iglesia no puede prepararse al cumplimiento bimilenario “de otro modo sino es por el Espíritu Santo. Lo que en la plenitud de los tiempos se realizó por obra del Espíritu Santo, solamente por obra suya puede ahora surgir de la memoria de la Iglesia”[1]»[2]. Ahora bien, para reflexionar sobre la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, es útil recurrir a los grandes maestros del pasado, cuyas enseñanzas continúan iluminando y guiando el caminar de la Iglesia. Y entre éstos, San Agustín, indudablemente, ocupa un lugar privilegiado. Del Santo de Hipona se ha dicho que fue «uno de los mejores maestros de la Iglesia»[3] y que «además de brillar en él de forma eminente las cualidades de los Padres, se puede afirmar en verdad que todo el pensamiento de la antigüedad confluye en su obra y que de ella derivan corrientes de pensamiento que empapan toda la tradición doctrinal de los siglos posteriores»[4].

Recurriremos, pues a la teología de Agustín, y sobre todo a sus reflexiones sobre el Espíritu Santo. Sin embargo, nos centraremos de manera especial en un aspecto de los muchos que presenta su pneumatología: la participación del Espíritu Santo en la obra de la reconciliación. Aun cuando algunos autores atribuyen a San Agustín un pobre desarrollo sobre la dimensión económica de la Trinidad[5], y por ende, sobre la función salvífica del Espíritu Santo, lo cierto es que en su obra, el Santo de Hipona presenta una fuerte insistencia sobre la acción del Espíritu en la historia de la salvación, a tal punto que sus reflexiones sobre el misterio íntimo de Dios se apoyan en el sólido fundamento de la acción descrita por la Sagrada Escritura[6]. Esto, que constatamos respecto a su teología trinitaria, podemos aplicarlo también a su doctrina sobre el Paráclito.

Recorriendo el vasto conjunto de la obra agustiniana, encontramos una serie de referencias muy sugerentes sobre el papel del Espíritu en la reconciliación que fue realizada por el Señor Jesús y que es actualizada en cada creyente mediante el ministerio de la Iglesia. Agruparemos estas referencias en tres grandes temas, ofrecidos por el mismo Agustín. En primer lugar, analizaremos lo que enseña el santo sobre el Espíritu como don reconciliador de Dios. A continuación, profundizaremos en la acción reconciliadora que ejerce el mismo Espíritu en los sacramentos, sobre todo en el bautismo. Y por último, consideraremos los frutos reconciliadores que la Tercera persona de la Trinidad plasma en el mundo y en la Iglesia, y que se viven como unidad y como comunión vivificante.

Contenido

El Espíritu Santo, don reconciliador de Dios

Ya desde su época de presbítero, Agustín reflexionaba sobre el Espíritu Santo, reconociendo la dificultad de poder establecer con precisión su realidad más propia. En su obra De fide et symbolo, escrita hacia el año 393, establece ciertos aspectos fundamentales que permitan una ulterior reflexión. Ante todo, ha de afirmarse la divinidad del Espíritu Santo, que es Dios al igual que el Padre y el Hijo. Pero al mismo tiempo ha de quedar muy clara la diferenciación entre Padre, Hijo y Espíritu Santo: siendo un sólo Dios, son tres distintos[7]. No son tres dioses, se trata de un solo Dios. Nos encontramos de lleno en la problemática trinitaria, con toda la agudeza y complejidad propias del misterio.

¿Qué es lo propio del Espíritu Santo? Antes que Agustín, otros se habían formulado esta pregunta, y el Hiponense se apoyará en los aportes logrados para establecer la peculiaridad del Paráclito. Constata, pues, que:

«Los doctos y grandes tratadistas de las Divinas Escrituras aún no han debatido acerca del Espíritu Santo tan extensa y diligentemente que pueda ser comprendido con facilidad lo que es propio de él. Por tanto, de Él podemos decir que no es ni el Hijo ni el Padre, sino solamente el Espíritu Santo. Pero ellos proclaman que es un don de Dios para que no creamos que Dios da un don inferior a sí mismo»[8].

En la noción de “don” encuentra Agustín la peculiaridad del Espíritu Santo. Años más tarde, en su grandiosa obra De Trinitate, desarrollará con más profundidad y madurez lo que en su época de joven presbítero reconocía como un dato de la tradición teológica previa. Ciertamente, el Espíritu Santo es el amor de Dios[9], pero es amor en cuanto que es Don y como tal queda caracterizado:

«La caridad que viene de Dios y es Dios, es propiamente el Espíritu Santo, por el que se derrama la caridad de Dios en nuestros corazones, haciendo que habite en ellos la Trinidad. Por esta causa, siendo el Espíritu Santo Dios, se llama Don de Dios. ¿Y qué puede ser este Don, sino amor que nos allega a Dios, sin el cual cualquier otro don de Dios no nos lleva a Dios?»[10].

Siendo don, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, pero principalmente del Padre[11]. Ahora bien, si al interior de Dios el Espíritu Santo es don, entonces en su actuación externa, reflejará esta condición. El Espíritu -dice San Agustín- es el amor de Dios que ha sido dado a los hombres, y plasma con su acción lo mismo que hace al interior de la Trinidad. En efecto, si el Espíritu une al Padre y al Hijo en íntima comunión[12], al ser donado obrará la comunión de los seres humanos con Dios y entre sí. Si consideramos que la comunión fue dañada por el pecado, entonces el Espíritu -que es Amor y don de Dios- tiene como una de sus tareas el restablecerla. Y esto es precisamente la reconciliación: la recuperación de la comunión herida por el rechazo culpable de los hombres y el restablecimiento del amor:

«Y por el mismo hecho de que somos reconciliados con Dios por medio del Espíritu Santo, por lo que también es llamado don de Dios, piensan algunos que es bastante claro que el Espíritu Santo es el amor de Dios, pues no nos reconciliamos con Dios sino por el amor, por el que también somos llamados hijos, de modo que ya no estamos bajo el temor como los esclavos, porque el amor consumado aleja el temor, y recibimos el espíritu de libertad por el cual clamamos !Abba! !Padre! Y como, una vez reconciliados y llamados a la amistad por el amor, podremos conocer todos los secretos de Dios, por esto se dice del Espíritu Santo: “El os conducirá a toda verdad” (Jn 16, 13)»[13].

Le toca, pues, al Espíritu Santo un papel en la reconciliación. Pero surge inmediatamente la pregunta: ¿no es el Señor Jesús el que realiza la obra de la reconciliación? Cierto, es Jesús quien nos ha reconciliado con Dios Padre especialmente mediante su pasión y muerte, y San Agustín ha dedicado páginas numerosas y magníficas que ilustran la dimensión cristológica de la reconciliación[14]. No obstante, el doctor de Hipona indica que no es ajeno a la acción del Espíritu un rol en esta tarea. Sabe muy bien que toda acción externa de Dios es obra conjunta de las Tres personas divinas y por tanto hay una participación común, mas no indiferenciada: «Por lo tanto, el Padre, el Hijo y el Espíritu de ambos obran todas las cosas a la vez, concorde y armónicamente; sin embargo, hemos sido justificados en la sangre de Cristo y reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo»[15]. Si las tres personas -como nos muestra Agustín- obran a la vez, también el Espíritu Santo reconcilia, pero no del mismo modo como lo ha hecho el Señor Jesús:

«Y aunque mientras seamos lo que ahora somos, estas cosas sólo podemos verlas como en espejo y en enigma, todavía al alcance de nuestra comprensión entrevemos aquí la autoridad en el Padre, la natividad en el Hijo, y en el Espíritu Santo la comunidad del Padre y del Hijo y la igualdad en los tres. Así han querido ellos unirnos entre nosotros y con ellos por medio de lo que une al Padre y al Hijo, y hacer de nosotros una unidad por obra de aquel don que a los dos les es común, esto es, por el Espíritu Santo, Dios y don de Dios. Por Él, en efecto, nos reconciliamos con la divinidad y nos deleitamos en ella»[16].

Profundizando en la realidad del Espíritu Santo como don, Agustín lo encuentra presente de manera implícita en el saludo de San Pablo a los romanos, al inicio de la carta. Comentando Rom 1, 7: «Gracia a vosotros y paz de parte de Dios nuestro Padre y de Jesucristo, Señor nuestro», afirma que esta gracia y paz es la que proviene del Padre y del Hijo «… se trata de la gracia proveniente de Dios Padre y de nuestro Señor Jesucristo, por la cual se nos perdonan los pecados por los que éramos enemigos de Dios; y de la paz por la que nos reconciliamos con Dios»[17]. Y si esta gracia y paz reconciliadoras son el don del Padre y del Hijo, entonces se trata del Espíritu Santo, don de Dios. En el saludo del Apóstol se menciona al Padre y al Hijo, mas no al Espíritu Santo. ¿Olvido de San Pablo? No, dice Agustín. El Espíritu está indicado en aquello que dan las dos primeras personas de la Trinidad:

«Cuando el apóstol da la paz y la gracia de parte de Dios Padre y del Señor nuestro Jesucristo, al no añadir y de parte del Espíritu Santo, me parece que no tuvo otro motivo sino el darnos a entender que el mismo don de Dios es el Espíritu Santo; pues la gracia y la paz, ¿qué otra cosa son sino el don de Dios? Luego de ningún modo puede darse a los hombres la gracia, por la que nos libramos del pecado, y la paz con la que nos reconciliamos con Dios, a no ser que se dé en el Espíritu Santo»[18].

Desde esta perspectiva, Agustín está convencido de que todas las cartas paulinas comienzan con un saludo trinitario, y por ende, el Espíritu, aunque no sea mencionado, está indicado a través de la referencia a la gracia y la paz. Más aún, cuando a la mención de estas dos realidades se le añade una tercera, queda explicitada no sólo la presencia sino también la acción del Espíritu:

«Sea lo que fuere de esta cuestión, exceptuándo ésta (sc. la carta a los Hebreos), todas las demás epístolas que las iglesias afirman ser, sin duda alguna del apóstol San Pablo, contienen tal salutación, a no ser las que escribe a Timoteo, en las cuales intercala la misericordia, pues le escribe así: gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de Jesucristo, Señor nuestro. Cuanto más familiarmente escribe a Timoteo, tanto más cariño le demuestra intercalando esta palabra, por la que descubre y patentiza claramente que el Espíritu Santo se nos da no en virtud de los méritos y obras anteriores, sino debido a la misericordia de Dios, para que se lleve a cabo la abolición de los pecados, por los cuales nos separábamos de Dios, y la reconciliación para adherirnos a Él»[19].

Recapitulamos lo visto hasta aquí destacando los elementos ofrecidos por el Hiponense. Ante todo, el Espíritu Santo, que tiene como propio el ser el amor y el Don del Padre y del Hijo[20], es presentado como don reconciliador porque es mediante Él que recibimos y vivimos la reconciliación que el Hijo nos ha obtenido. A la pregunta: ¿Cuál es la acción propia del Espíritu en la reconciliación que el Padre ha realizado por medio de su Hijo? podemos responder con San Agustín que esta acción consiste en la actualización (a modo de don) del perdón de los pecados y la comunión con Dios y entre los hombres.

La acción reconciliadora del Espíritu por los sacramentos

La reflexión agustiniana sobre los sacramentos constituye una ocasión privilegiada para describir el trabajo reconciliador del Espíritu Santo. Efectivamente, es a través de los sacramentos que la reconciliación obtenida por el Señor Jesús nos es dada para que despliegue en nosotros hic et nunc la sanación de las rupturas, el perdón y el restablecimiento del amor y de la comunión a todos los niveles de la existencia: con Dios, con nosotros mismos, con los hermanos y con la creación toda.

El sacramento del bautismo, en cuanto inicio de la vida cristiana y comienzo de nuestra regeneración y filiación divina, tiene aquí una importancia fundamental. En el bautismo, como en todo sacramento, se patentiza la acción salvífica de Jesucristo. Sólo Él, en sentido estricto, puede obrar la reconciliación puesto que es el Mediador entre Dios y los hombres, y esto por su encarnación en el seno de la Virgen María. San Agustín recuerda constantemente esta verdad, y la explicita en su exégesis de Gál 3, 19-20:

«Llama (San Pablo) mediador a Jesucristo en cuanto que es hombre, y esto se ve más evidente en aquella sentencia del mismo Apóstol cuando dice: porque hay un solo Dios y un solo Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús … Los ángeles, sin duda, que no se apartaron de la visión de Dios, no necesitan mediador por el cual se reconcilien … Por lo tanto, el hijo único de Dios se hizo mediador entre Dios y los hombres cuando el Verbo de Dios, Dios en Dios, rebajó su majestad hasta la humana bajeza y elevó la pequeñez humana hasta la excelsitud divina para hacerse mediador entre dios y los hombres, hombre con Dios sobre los hombres … Luego todos los hombres que creyendo amaron y amando imitaron la humildad de Cristo … fueron sanados, por esta humildad, de la impiedad de la soberbia para ser reconciliados con Dios»[21].

Pero la reconciliación que Jesús ha realizado implica también la presencia y participación del Espíritu Santo, y esto incluso a lo largo de toda la historia de la salvación. Ya en el Antiguo Testamento, junto a la acción del Verbo, ve Agustín la obra conjunta del Espíritu, en orden a la realización histórica de la reconciliación lograda por la Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección del Hijo de Dios hecho hombre según el designio de Dios Padre[22]. Al presente, el Espíritu ejerce su poder reconciliador en el momento en que cada persona es bautizada:

«El poder ser regenerado por ministerio de voluntad ajena, cuando es ofrecido un consagrando, es obra del único Espíritu. Éste es quien regenera al ofrecido, porque no está escrito: “si alguien no renaciere de la voluntad de los padres o de los oferentes o ministros”, sino: “Si alguien no renaciere del agua y del Espíritu Santo”. Son, pues, el agua que representa exteriormente el sacramento de la gracia, y el Espíritu, que obra interiormente el beneficio de la gracia, los que desatan el vínculo de la culpa y reconcilian el bien de la naturaleza (con Dios)»[23].

Es de particular interés constatar cómo San Agustín lee el acontecimiento del bautismo de Jesús en la perspectiva del perdón que otorga el Espíritu Santo. No se trata del perdón recibido por Jesús, ya que él no tenía pecado. Se trata del perdón que en el sacramento del bautismo recibirán los fieles, pues en ese momento es cuando se da el Espíritu. Comentando la genealogía de Jesús Agustín descubre en los cuarenta nombres indicados por Mateo y en los setenta y siete indicados por Lucas un símbolo de la asunción de nuestros pecados y la abolición de los mismos, respectivamente. Y desde su profunda teología del Cuerpo Místico, ve a los cristianos unidos a su cabeza, de tal manera que al ser bautizado Jesús, somos todos en él bautizados. Luego, lo producido en ese momento, el descenso del Espíritu, se realiza en cada bautismo:

«En Mateo el número (de los que constituyen la genealogía) es de cuarenta, exceptuado Cristo, porque en Cristo no hay iniquidad alguna … Mas como tras la expiación y purificación de todo pecado, Cristo nos asocia a su justicia y a la de su Padre … el número que ofrece Lucas incluye tanto a Cristo, de quien parte, como a Dios a quien llega. Así resulta el número setenta y siete, que significa la remisión y abolición de absolutamente todos los pecados … Número en el que tiene lugar la plena remisión de los pecados, haciendo la expiación por nosotros la carne de nuestro Salvador, en quien comienza este número, y reconciliándonos con Dios, a quien este número llega ahora, por medio del Espíritu Santo, que se manifestó en forma de paloma en el bautismo»[24].

Así, pues, el Espíritu que es dado al cristiano en el momento del bautismo, hace que hoy se viva la reconciliación que el Señor Jesús obtuvo. Siendo el Espíritu Santo el amor, y cubriendo el amor multitud de pecados, es justamente en el Espíritu en quien se produce la reconciliación, que no es otra cosa que la plasmación del amor divino que perdona y vincula nuevamente a quien por su pecado se hallaba alejado de Dios[25]. Notemos, además, que si el Espíritu Santo actualiza el don reconciliador, allí donde el Espíritu no está, no se podría vivir la plenitud del perdón y de la comunión. Esto es lo que destaca Agustín en el marco de la polémica con los donatistas. Por su cisma, los donatistas no tienen el Espíritu que, en cambio, sí está plenamente en la Iglesia Católica, y por eso los efectos del bautismo donatista (cuya validez reconoce Agustín[26]) no son plenos porque falta la plenitud del Espíritu que se da en la Católica:

«Deben reconocer que pueden los hombres ser bautizados en las comuniones separadas de la Iglesia, en las cuales se da y se recibe en la misma celebración sacramental el bautismo de Cristo; el cual, sin embargo, aprovecha parala remisión de los pecados cuando cada quien, reconciliado con la unidad, es despojado del sacrilegio de la disensión, por el cual sus pecados eran retenidos y no permitían que se perdonasen»[27].

Por el sacramento de la penitencia o reconciliación el Espíritu Santo otorga la remisión de los pecados cometidos después del bautismo para recuperar la amistad perdida con Dios y resanar las rupturas producidas. También en el mismo contexto de la polémica con los donatistas, el Doctor de Hipona señala que es por el ministerio de la Iglesia que el Espíritu actualiza la reconciliación, pues el Espíritu -junto con el Padre y el Hijo- está presente y actuante en su Iglesia[28]; en ella el Paráclito da la medicina que cura la división:

«¿Qué le aprovecha al hombre la sola fe sana, o el solo sacramento auténtico de la fe, si la herida mortal del cisma ha destruido la salud de la caridad, por cuya sola ruina son arrastrados a la muerte también los otros miembros sanos? Para que no suceda esto, no cesa la misericordia de Dios mediante la unidad de su santa Iglesia, para que acudan y sean curados mediante la medicina de la reconciliación y el vínculo de la paz»[29].

Muy vinculado a este tema es la cuestión del pecado contra el Espíritu, algo que San Agustín consideraba como muy difícil de comprender y de explicar. El asunto se plantea así: La Iglesia ha recibido el poder de perdonar los pecados, y ello es necesario para que los hombres puedan salvarse. Si la Iglesia no puede perdonar los pecados, entonces la salvación no estaría al alcance de quienes la necesitan. ¿Hay pecados que la Iglesia no puede perdonar? Parece que sí, según la palabra del Señor: «"Por eso os digo: Todo pecado y blasfemia se perdonará a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada. Y al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que la diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro.» (Mt 12, 31-32). Y esto se presenta tanto más problemático si consideramos que se perdona la blasfemia contra el Hijo -e incluso toda blasfemia-, pero aquella contra el Espíritu, no se perdonará nunca. ¿Qué hay en este pecado contra el Espíritu Santo que es imposible ser perdonado? En la exégesis agustiniana de este pasaje -magnífico ejemplo de interpretación bíblica patrística- el pecado contra el Espíritu Santo es la impenitencia, y el mismo Agustín lo expone con graves palabras:

«La blasfemia contra el Espíritu que no se perdonará ni en este siglo ni en el futuro es la impenitencia. Contra este Espíritu, en efecto, de quien recibe el bautismo la virtud de borrar todos los pecados y recibe la Iglesia el poder de perdonar todos los crímenes -perdón que refrenda el cielo-, contra este Espíritu habla, y de modo bien perverso e impío, ya con la lengua, ya con el corazón, quien, llamado a la penitencia por la bondad divina, se va atesorando ira para el día de la ira y para la revelación del justo juicio de Dios (Rom 2, 4-6) … esta impenitencia no tiene perdón alguno ni en este siglo ni en el venidero, por ser la penitencia quien en este siglo nos obtiene el perdón que ha de valernos en el futuro»[30].

Más allá de los problemas teológicos que plantea esta temática, la cosa queda relativamente clara. Si el pecado de impenitencia (= la blasfemia contra el Espíritu Santo) no puede ser perdonado, no es porque exista incapacidad o insuficiencia de la Iglesia en el poder otorgado por Jesús al dar su Espíritu; no puede ser perdonado porque la persona no quiere ser perdonada, esto es, se niega a aceptar el don que se le ofrece para la remisión de los pecados. Esto nos remite a otro gran tema agustiniano, cual es el de la cooperación libre del hombre a su salvación. Es verdad que pocos como San Agustín han destacado la primacía y la necesidad de la gracia para la salvación, tema que ha sido ahondado en la polémica contra los pelagianos; pero también es verdad que pocos como el Hiponense han resaltado la necesidad de la cooperación libre de la persona, sin la cual no puede darse la justificación: «Quien te hizo sin ti, no te justifica sin ti. Hízote sin tú saberlo y no te justifica sin tú quererlo»[31]. Ejerciendo rectamente su libertad, ayudada por la gracia, la persona que no se cierra a la acción del Espíritu Santo y lo acepta como don vivo de Dios, puede ser reconciliada:

«Si el corazón no profiere aquella palabra del corazón impenitente contra el Espíritu Santo, del que se dijo: Quien no renaciere del agua y del Espíritu (Jn 3, 5) y también: Recibid el Espíritu Santo; si a alguno le perdonareis los pecados perdonados le serán (Jn 20, 22); esto es, si se arrepiente, recibirá por este don la remisión de todos los pecados … pues al pecado de ignorancia, contumacia o blasfemia no añadió el pecado de la impenitencia rebelde al don de Dios y a la gracia de la regeneración o de la reconciliación, que es hecha en la Iglesia por el Espíritu santo»[32].

El Espíritu y los frutos de la reconciliación

La acción del Espíritu Santo produce una serie de positivos efectos que San Agustín no deja de mencionar. La remisión de los pecados y la eliminación de las rupturas van acompañadas de la vida nueva derramada por el Espíritu, que es la vida propia de los hijos de Dios, y que se manifiesta en la caridad y la unidad.

Ante todo, al ser reconciliados por el Señor Jesús, se nos da, junto con el perdón, la condición de hijos de Dios. Si por el pecado éramos enemigos, ahora por la reconciliación recibimos la filiación divina. Este cambio de situación, pasar de ser “hijos de ira” (ver Ef 2, 3) a ser “hijos de Dios” es fruto del Espíritu, cuya presencia nos lleva a una nueva existencia:

«Viviendo en esta ira los hombres por el pecado original, tanto más grave y perniciosamente cuanto mayores y más numerosos eran los pecados personales que habían cometido, les era necesario un mediador, esto es, reconciliador, que aplacase esta ira con la oblación de un sacrificio singular … Por tanto, el que seamos reconciliados con Dios y recibamos el Espíritu Santo, de modo que de enmigos lleguemos a ser hijos de Dios, pues todos los que se rigen por el Espíritu de Dios son hijos de Dios (Rom 8, 14), ésta es gracia de Dios por Jesucristo nuestro Señor»[33].

Como hijos de Dios, los cristianos son llamados a vivir la caridad de manera plena, ya que «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5, 5). Pero la caridad despliega en el creyente como un abanico de virtudes que florecen como adorno espiritual y que dan testimonio de la presencia del Espíritu. Entre estas virtudes, la castidad -nos dice el santo de Hipona- destaca por su vinculación especial con la caridad. Comentando aquello de Gál 5, 22-23, esto es, los frutos del espíritu que se oponen a los frutos de la carne, indica lo siguiente:

«Por la caridad se une. Luego sin duda a la fornicación se opone la caridad, en la cual únicamente se halla la guarda de la castidad. Impurezas son todas las perturbaciones concebidas de aquella fornicación, a las cuales se opone el gozo del sosiego. La idolatría es la principal fornicación del alma, por la cual se llevó a cabo una guerra furiosísima contra el Evangelio con los reconciliados con Dios … A ésta (sc. la guerra furiosísima) se opone la paz, con la cual nos reconciliamos con Dios»[34].

Remisión de los pecados, filiación divina, caridad … todos estos dones otorgados por el Espíritu, que patentizan la reconciliación, convergen en la gracia de la unidad. Unidad de Dios con los hombres, en primer lugar, pero también unidad de todos los hombres entre sí, tal como se da de manera especialísima en la Iglesia. Pues la reconciliación, al convertir a los seres humanos de enemigos en hijos de Dios, los hace también hermanos entre sí, y posibilita que los que antes estaban divididos, constituyan ahora una sola familia y un solo pueblo. Esto es lo que manifiesta Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles reunidos con María en el Cenáculo:

«¿En qué consistió la venida misma del Espíritu Santo? … ¿Cómo sucedió, pues? ¿Cada uno de aquellos sobre los que vino el Espíritu Santo hablaba una de las lenguas, unos una y otros otras, como repartiendo entre ellos las de todos los pueblos? La realidad fue distinta: cada hombre, un solo hombre, hablaba las lenguas de todos los pueblos. Un solo hombre hablaba las de todos los pueblos: he aquí simbolizada la unidad de la Iglesia en los idiomas de todas las naciones. También aquí se nos encomienda la unidad de la Iglesia Católica, difundida por todo el orbe de la tierra. Por tanto, quien tiene el Espíritu Santo está dentro de la Iglesia que habla las lenguas de todos. Quienquiera que se halle fuera de ella, carece del Espíritu Santo. Por esta razón, el Espíritu Santo se dignó manifestarse en las lenguas de todos los pueblos, para que comprenda que tiene el Espíritu el que se mantiene en la unidad de la Iglesia, que habla en todos los idiomas»[35].

Es el Espíritu Santo el que hace la unidad de la Iglesia, la cual es reflejo de la unidad que el mismo Espíritu es y hace al interior de la Trinidad: «si … la sociedad formada por la unidad de la Iglesia de Dios … es considerada como la obra propia del Espíritu Santo, con la cooperación del Padre y del Hijo, ello se debe a que el Espíritu Santo, en cierto modo, es la comunión del Padre y del Hijo»[36]. Y la esencia de la unidad otorgada por el Espíritu es el amor. Pues lo que el pecado había producido, es decir, la ruptura y la dispersión, es curado por el amor que une, vincula y enlaza con fuerza lo que fue roto anteriormente. Pentecostés es el Anti-Babel, es la respuesta definitiva de Dios a la división:

«Después del diluvio, la impía soberbia de los hombres construyó una torre muy alta contra Dios, a consecuencia de lo cual el género humano mereció la división por la diversificación de las lenguas, de forma que cada pueblo hablaba la suya propia, sin que le entendieran los demás; de idéntica manera, la humilde piedad de los fieles aportó a la unidad de la Iglesia la diversidad de las lenguas, de modo que la caridad reúne lo que la discordia había dispersado, y los miembros dispersos del género humano, cual si fuera un solo cuerpo, son restituidos y unidos a Cristo, única cabeza, y se fusionan en la unidad del cuerpo santo gracias al fuego del amor»[37].

La unidad de la Iglesia, don del Espíritu Santo, es ilustrada por Agustín de diversos modos. Ella aparece simbolizada por la túnica de Cristo, hecha de una sola pieza y sin costura, representando la caridad que nada ni nadie puede dividir[38]. Aparece simbolizada también en el sacramento de la eucaristía, pues así como el pan es hecho de muchos granos de trigo y no conforman más que un solo pan, y el vino es hecho de muchos granos de uva, pero es un solo vino, así también los que pertenecen a la Iglesia, que es un solo cuerpo:

«Un solo pan. ¿Quién es este único pan? Muchos somos un único cuerpo (Rom 12, 5). Recordad que el pan no se hace de un solo grano, sino de muchos. Cuando recibíais los exorcismos erais como molidos; cuando fuisteis bautizados, como asperjados; cuando recibisteis el fuego del Espíritu Santo fuisteis como cocidos … Lo mismo ha de decirse del vino. Recordad, hermanos, cómo se hace el vino. Son muchas las uvas que penden del racimo, pero el zumo de las mismas se mezcla, formando un solo vino. Así también nos simbolizó a nosotros Cristo el Señor; quiso que nosotros perteneciéramos a él, y consagró en su mesa el misterio de nuestra paz y unidad»[39].

La Iglesia, que vive la unidad por el Espíritu Santo presente en ella, extiende dicha unidad a todo el mundo, para que los frutos de caridad y comunión sean vividos por todos los hombres, pueblos y culturas. Esta realidad, plasmación concreta de la catolicidad de la Iglesia, es presentada por San Agustín bajo la denominación del mundo reconciliado. En efecto, la Iglesia en cuanto tal es el mundo que ha recibido el don del perdón y de la comunión y la unidad ya presentes, pero que se realizarán en plenitud en el futuro. Constata el Doctor de Hipona la existencia de un doble mundo: el que no cree y vive en el pecado, por tanto en la división; y el mundo que cree en Cristo, y por tanto vive en la caridad y en la unidad. Éste último es la Iglesia:

«Ya lo veis: al perseguidor se le da el nombre de mundo; veamos si también al perseguido se le dice mundo. Pero ¿acaso estás sordo a la voz de Cristo que dice, o mejor, a lo que las Santas Escrituras atestiguan: “Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo consigo” (2 Cor 5, 19)? “Si el mundo os odia, sabed que antes me odió a mí” dijo (Jesús). El mundo, pues, aborrece. ¿A quién, sino al mundo? ¿A qué mundo? “Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo consigo”. Quien persigue es el mundo condenado; quien padece la persecución es el mundo reconciliado. El mundo condenado es todo, menos la Iglesia; el mundo reconciliado es la Iglesia»[40].

Conclusiones

Todo lo que hemos venido revisando, y que nos da una idea -modesta, ciertamente- sobre las enseñanzas de Agustín acerca del Espíritu Santo y su papel en la reconciliación, tienen una importancia y una utilidad grandes para estos tiempos de preparación que el Papa Juan Pablo II ha pedido con vistas al Jubileo del 2,000. Mirando las riquezas de la Tradición de la Iglesia, y extrayendo cosas nuevas y cosas viejas, podremos aprender y valorar la figura y la acción del Espíritu Santo en la iglesia y en nuestra propia experiencia de fe.

San Agustín nos recordaba que el Espíritu tiene un rol importante en la obra reconciliadora. Al Paráclito le corresponde la actualización del don que el Hijo nos ha obtenido a través de los misterios de su existencia terrena, respondiendo así obediencialmente al Plan de Dios Padre. Con esto nos indica que la salvación -al igual que la creación- es obra de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y por lo tanto, la vida cristiana, concreción existencial de la realidad objetiva de la creación y de la reconciliación, debe ser vida según la Trinidad. Dios es comunión creadora y reconciliadora[41]; la vida que nos ha sido dada debe ser vivida según ese dinamismo. Ahora bien, es el Espíritu quien nos ayuda a responder al don otorgado: «Por la acción creadora de Dios Amor Trinitario venimos, de nada fuimos hechos para realizarnos según el Plan que nos invita a la comunión. Hacia esa comunicación personal estamos invitados a encaminarnos en nuestra peregrinación terrestre, acogiendo al Espíritu Santo que derrama sus dones en nuestros corazones y nos alienta a vivir el dinamismo reconciliador»[42].

De este manera, abrirse al Espíritu, cooperar activamente con la gracia que Él derrama sobre nosotros, es contribuir a la reconciliación, hacerla concreta en nuestro tiempo. Y esta acogida al Espíritu debe vivirse en la Iglesia. Ella es el signo de la reconciliación presente en el mundo, mejor aún, es el “gran sacramento de reconciliación”, como la ha llamado Juan Pablo II[43]. San Agustín nos recordaba cómo, mediante los sacramentos, la Iglesia continuaba la reconciliación lograda por el Hijo de Santa María y actualizada por el Espíritu. Esto mismo es lo que nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica cuando enseña que: «La misión de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo… El Espíritu Santo prepara a los hombres, los previene por su gracia, para atraerlos hacia Cristo. Les manifiesta al Señor resucitado, les recuerda su palabra y abre su mente para entender su Muerte y su Resurrección. Les hace presente el Misterio de Cristo, sobre todo en la Eucaristía para reconciliarlos, para conducirlos a la Comunión con Dios, para que den “mucho fruto” (Jn 15, 5. 8. 16)»[44].

Por último, la reconciliación debe expresarse en la unidad. Con sus enseñanzas, San Agustín exhortaba a la unidad a partir del reconocimiento de la verdad: en primer lugar, sobre Dios y sobre Jesucristo; en segundo lugar, sobre la Iglesia. No existe -diría el santo de Hipona- unidad verdadera fuera de la iglesia Católica, pues ella posee plenamente el Espíritu que une al Padre y al Hijo y da la caridad que cohesiona a los miembros del Cuerpo de Cristo. Hoy, en este año dedicado a la reflexión sobre el Espíritu y su acción, podríamos sacar mucho provecho de las exhortaciones del Hiponense y trabajar en orden a interiorizar las mociones del Espíritu de Verdad (Jn 16, 13) para que bajo su guía alcancemos la unidad, que, como es sabido, es don de Cristo y llamamiento del Espíritu Santo[45].

Notas

1. S.S. Juan Pablo II, Carta Encíclica Dominum et vivificantem (1986), n. 50.

2. S.S. Juan Pablo II, Carta Apostólica Tertio millennio adveniente (1994), n. 44.

3. S.S. Celestino I. Ep. Apostolici verba, mayo 431: PL 50, 530 A. Citado por S.S. Juan Pablo II, Carta Apostólica Augustinum Hipponensem (1986), n. 1.

4. S.S. Pablo VI, discurso a los religiosos de la Orden de San Agustín con ocasión de la inauguración del Instituto Patrístico “Augustinianum”, 4 de mayo de 1970. Citado por S.S. Juan Pablo II, Carta Apostólica augustinum Hipponensem (1986), n. 1.

5. Cf. Leo Scheffczyk, «Formulación del Magisterio e historia del dogma trinitario». En: Mysterium Salutis. Manual de teología como historia de la salvación. Dir. Por M. Löhrer y J. Feiner. 2a. ed. Vol. II. Madrid; Cristiandad 1977, p. 179. Señala este autor que: «En un examen más detenido se ve cómo Agustín consiguió las ventajas de su explicación teológica trinitaria a costa de una gran renuncia: a costa de renunciar a una consideración y valoración económica del misterio trinitario. Su doctrina trinitaria es “la más inmanente entre las inmanentes”, tanto que elimina la antigua perspectiva occidental, que concebía la tríada personal como forma de revelación reconocible en la historia de la salvación…». Considera Scheffczyk que esto se debió al empleo de categorías ontológicas “griegas” que desvirtuaron el original contenido histórico. Esta aproximación polémica y negativa, inspirada en el protestante Adoph von Harnack -a quien cita en nota el mismo Scheffczyk- ha sido desplazada por interpretaciones que buscan una comprensión más matizada y no tan antinómica del pensamiento agustiniano, lo cual ciertamente refleja mejor la perspectiva del gran Doctor Africano.

6. Estamos de acuerdo con el P. Basil Studer cuando dice que San Agustín: «… llegó a una comprensión de la Trinidad inmanente mucho más profunda de cuánto lo habían hecho sus predecesores. Pero en este sentido hay que tener siempre presentes dos cosas. También en Agustín el intellectus fidei se mueve totalmente dentro de un contexto espiritual; es con toda claridad un deseo religioso. Además, incluso su doctrina trinitaria más especulativa se basa en la regula fidei y está por tanto ligada a la visión histórico-salvífica de la Biblia». Dios Salvador en los Padres de la Iglesia. Trinidad-Cristología-Soteriología. Salamanca; Secretariado Trinitario 1993, p. 275. Más adelante, el mismo Studer dice: «Es comprensible que Agustín, con esta doctrina trinitaria orientada tan decididamente en sentido soteriológico, haya influido enormemente en la teología latina posterior». Ibid., p. 276.

7. «… La Trinidad es un solo Dios. No como si el Padre fuera el Hijo y el Espíritu Santo, sino que el Padre es el Padre y el Hijo es el Hijo y el Espíritu Santo es el Espíritu Santo, y esta Trinidad es un solo Dios … Sin embargo, si se nos pregunta sobre cada uno, y se nos dice: el Padre ¿es Dios? Responderemos: es Dios. Si se nos pregunta si el Hijo es Dios, respondemos: es Dios. Si tal pregunta fuese acerca del Espíritu Santo, debemos responder que no es otra cosa que Dios» De fide et symbolo IX, 16; PL 40, 189.

8. De fide et symbolo IX, 19; PL 40, 191.

9. Tema frecuentemente tratado por San Agustín; cfr. De Trinitate VIII, 14; PL 42, 960; y sobre todo cuando comenta Rom 5, 5. Cfr. Anne-Marie La Bonnardière, “Le verset paulinien Rom V, 5 dans l’oeuvre de saint Augustin”. En: Augustinus Magister, vol. II. París, L’Est à Besancon 1954, pp. 657-665.

10. De Trinitate XV, 18, 32; PL 42, 1083.

11. «El Hijo es nacido del Padre, y el Espíritu Santo procede principalmente (= principaliter) del Padre, y por don del Padre, sin intervalo de tiempo, procede de los dos como de un principio común». De Trinitate XV, 27, 48; PL 42, 1095.. Texto famoso que muestra la cercanía de la doctrina agustiniana sobre el papel del Padre en la procesión del Espíritu, con la teología de los Padres Griegos sobre lo mismo.

12. «Además, si entre los dones de Dios ninguno más excelente que el amor, y el Espíritu Santo es el don más exquisito de Dios, ¿qué hay más consecuente que el que procede de Dios y es Dios sea también caridad? Y si el amor con que el Padre ama al Hijo y el Hijo ama al Padre muestra inefablemente la comunión de ambos, ¿qué hay más conveniente que llamar propiamente amor al que es Espíritu común de los dos?». De Trinitate XV, 19, 37; PL 42, 1086.

13. De fide et symbolo IX, 19; PL 40, 191-192.

14. Citamos sólo algunos lugares agustinianos al respecto: Tractatus in Ioannis Evangelium 41, 5; PL 35, 1695; Enchiridion ad Laurentium 108, 28; PL 40, 282-283; De peccatorum meritis et remissione et de baptismo parvulorum I, 19, 25; PL 44, 123; Sermo 143, n. 4; PL 38, 786-787; Contra Iulianum VI, 5; PL 44, 823-824; Sermo 293, n. 8; PL 38, 1333; Epistola 187, 6, 20; PL 33, 839-840; Expositio Epistolae ad Galatas n. 24; PL 35, 2122; De peccato originali II, 26, 31; PL 44, 400; De Trinitate IV, 14, 19; PL 42, 901; XIII, 16, 21; PL 42, 1030-1031; Opus imperfectum contra Iulianum, II, 172; PL 45, 1215. Puede encontrarse una revisión amplia de la cristología agustiniana de la reconciliación en nuestro trabajo Jesucristo reconciliador. La reconciliación por Jesucristo en La Ciudad de Dios de San Agustín. Lima; Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima - Ediciones Vida y Espiritualidad 1996.

15. De Trinitate XIII, 11, 15; PL 42, 1025.

16. Sermo 71, n. 18; PL 38, 454.

17. Epistolae ad romanos inchoata expositio, n. 8; PL 35, 2093.

18. Ibid., n. 11; PL 35, 2095.

19. Loc. Cit.

20. «Agostino si studia di dimostrare dalla Scrittura che lo Spirito Santo ha questo di proprio: essere l’Amore e il Dono del Padre e del Figlio. Perciò i suoi nomi propri sono tre: Spirito Santo, Amore, Dono». Agostino Trapé. “S. Agostino e la pneumatologia latina”. En: Credo in Spiritum Sanctum. Atti del congreso Teologico Internazionale di pneumatologia in ocassione del 1600 anniversario del I Concilio di Constantinopoli e del 1550 anniversario del Concilio di Efeso. Ed. a cargo de José Saraiva Martins. Tomo I. Ciudad del Vaticano; Libreria Editrice Vaticana 1983, p. 233.

21. Expositio Epistolae ad Galatas n. 24; PL 35, 2122.

22. «Toda la economía del Antiguo Testamento fue servida por los ángeles obrando en ellos el Espíritu Santo y el mismo Verbo de Verdad aún no encarnado, pero nunca ajeno a economía alguna verdadera … De este modo fue dispuesto el Germen por medio de los ángeles en mano del mediador, para que él mismo librase de pecados y, por tanto, se viesen obligados por la trasgresión de la ley a confesar que les era necesaria la gracia y la misericordia del Señor para que se le perdonasen los pecados y se reconciliasen con Dios en la nueva vida por aquel que por ellos derramó su sangre». Loc. Cit.; PL 35, 2123.

23. Epistola 98, n. 2; PL 33, 360.

24. De consensu evangelistarum II, 4, 13; PL 34, 1077.

25. «Dios da esas virtudes (i.e. las virtudes cardinales) por la gracia del Mediador, Dios con el Padre y hombre con nosotros , mediante quien nos reconciliamos con Dios en el Espíritu de caridad, al borrarse las enemistades de la iniquidad». Epistola 155, 4, 16; PL 33, 673.

26. «Si dices: “no es dado rectamente (el bautismo) fuera (de la Iglesia)”, respondemos: como fuera no se tiene rectamente, y sin embargo se tiene, así también fuera no se da rectamente, y sin embargo se da. Así como por la reconciliación en la unidad comienza a tenerse con utilidad lo tenido inútilmente fuera de ella, comienza también a ser provechoso por la reconciliación lo que se dio sin fruto alguno fuera de ella». De baptismo, I, 2; PL 43, 109.

27. Ibid., I, 12, 18; PL 43, 119.

28. «Dios habita en su templo, no sólo el Espíritu Santo, sino también el Padre y el Hijo … Así, pues, el templo de Dios, es decir, de toda la suma Trinidad, es la Santa Iglesia, es decir, la del cielo y la de la tierra». Enchiridion ad Laurentium, LVI, 15; PL 40, 261.

29. De baptismo, I, 8, 11; PL 43, 116.

30. Sermo 71, n. 20; PL 38, 455.

31. Sermo 169, n. 13; PL 38, 923.

32. Sermo 71, n. 23; PL 38, 457.

33. Enchiridion ad Laurentium XXXIII, 10; PL 40, 248-249.

34. Expositio Epistolae ad Galatas, n. 51; PL 35, 2141-2142.

35. Sermo 268, nn. 1-2; PL 38, 1232.

36. Sermo 71, n. 33; PL 38, 463-464.

37. Sermo 271; PL 38, 1245.

38. «Allí estaba la túnica, dice el evangelista, tejida de arriba abajo sin costura. Luego procedía del cielo, del Padre, del Espíritu Santo. ¿Qué es esta túnica, si no es la caridad, la cual nadie puede dividir? ¿Qué es esta túnica si no es la unidad? Sobre ella se echa suerte; nadie la divide. Pudieron los herejes dividir los sacramentos, mas la caridad no la dividieron». Enarratio in psalmum 21, serm. II, 19; PL 36, 178.

39. Sermo 272; PL 38, 1247-1248.

40. Sermo 96, n. 8; PL 38, 588.

41. Cfr. Luis Fernando Figari, Reflexiones en torno a laTrinidad y creación. Lima; Fondo Editorial 1992, p. 29.

42. Ibid., pp. 38-39.

43. Cfr. S.S. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Postsinodal Reconciliatio et poenitentia (1984), n. 11.

44. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 737.

45. Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 820; ver también n. 822.

Dr. Gustavo Sánchez Rojas, Doctor en Teología, Profesor principal de la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima, Perú