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Lunes, 27 de marzo de 2017

Agustín de Hipona: Dios Padre, origen y meta de la reconciliación en San Agustín

De Enciclopedia Católica

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Presentación

El año de 1999, según la propuesta del Papa Juan Pablo II, está consagrado a la reflexión sobre el Padre, como una manera muy concreta de preparación para el Gran Jubileo del 2000. Contemplando el misterio de Dios Padre, manifestado históricamente en la misión del Señor Jesús, y en el envío del Espíritu Santo, descubrimos la inmensidad de su amor hacia el hombre, así como el Plan que Dios tenía para su creatura predilecta: «Cristo, hijo consustancial al Padre, es pues Aquel que revela el plan de Dios sobre toda la creación, y en particular sobre el hombre. Como afirma de modo sugestivo el Concilio Vaticano II, Él “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”[1]. Le muestra esta vocación revelando el misterio del Padre y de su amor»[2].

En anterior oportunidad habíamos profundizado sobre las enseñanzas de San Agustín acerca del Espíritu Santo y su papel en la obra reconciliadora[3] (ver Agustín de Hipona:El Espírtu Santo reconciliador en la teología de San Agustín de Hipona. Continuando con el pensamiento del Doctor de Hipona, vamos ahora a examinar lo que nos enseña sobre Dios Padre y su particular modo de participar en la reconciliación. San Agustín ha tocado numerosas veces en sus obras el tema de la reconciliación, enfocándolo desde diversos ángulos y perspectivas. No podía faltar en su reflexión un desarrollo teológico en el que describa y explique lo que el Padre ha hecho por los hombres para llevarlos nuevamente a la comunión que el pecado había quebrado. Y para introducirnos a la enseñanza del Hiponense, hemos elegido algunos sermones del Tratado sobre el Evangelio de San Juan, específicamente los sermones que tratan sobre la llamada “oración sacerdotal de Jesús” y que corresponden al capítulo 17 del Evangelio. En ellos es posible apreciar una maravillosa doctrina en la que aparecen admirablemente enlazadas la mística y la especulación teológica rigurosa, el acento pastoral exhortativo y la elevación contemplativa, donde brilla luminosa la reconciliación querida por el Padre y realizada por el Señor Jesús[4].

La reconciliación como obra del Padre

Comentando las palabras del Evangelio según San Juan: «Así habló Jesús, y alzando los ojos al cielo, dijo: "Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti» (Jn 17, 1), Agustín se pregunta en primer lugar qué significa la “Hora” a la que el Señor hace referencia. Ciertamente, se trata del momento de la Pasión, cuando el Señor entregue su vida por nuestra salvación, pero es también el momento “de pasar de este mundo al Padre”, como nos recuerda el mismo Evangelista[5]. La Hora de Jesús está signada por su referencia al Padre, en cuanto que es el momento en el que Jesús realizará el divino Designio. Sin embargo, el cumplimiento de la “Hora” de Jesús no es un acto que ocurre siguiendo una predeterminación fatalista, sino más bien se trata de una acción totalmente libre hecha por el Señor Jesús. En polémica con visiones deterministas, como por ejemplo las de los astrólogos, e incluso las de los maniqueos, el santo de Hipona rescata la suprema libertad de Jesús en este momento trascendental[6].

La “Hora” es el momento en el que se cumple lo dispuesto por el Padre y por el Hijo; puesto en otros términos, es el “tiempo de salvación” donde se realiza el Plan divino querido por el Padre y concretizado por Jesús. Hablar de Plan de Dios para San Agustín es ocasión para precisar que todo lo referido a la Pasión, Muerte y Resurrección victoriosa del Señor no es fruto de la casualidad ni tampoco de la fatalidad, sino que responde a lo que desde toda la eternidad estaba presente en el Padre y se hace realidad histórica por Cristo: «Por tanto, al decir: Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, manifestó que todos los tiempos, y cuando había de hacer o dejar de hacer algo, eran dispuestos por Aquel que no está sujeto al tiempo; porque todas las cosas que han de ser, cada cual en su tiempo propio, tienen su causa eficiente en la sabiduría de Dios, en la cual no existe el tiempo. No se crea, pues, que esta Hora vino al acaso, sino por la ordenación de Dios. Como tampoco una fatal necesidad sideral determinó la pasión de Cristo, porque no se puede pensar que las estrellas forzasen a morir a Cristo, su Creador»[7]. Ahora bien, la “Hora” está unida al cumplimiento de la “obra” que el Padre ha encomendado al Hijo, y en cuya realización el Hijo glorifica al Padre y el Padre a su vez ha de glorificar al Hijo.

¿En qué consiste esta “obra”? Agustín, desarrollando muy de cerca la teología del evangelista San Juan, encuentra dos dimensiones propias de la “obra”. En primer lugar, una dimensión manifestativa o de revelación, que consiste en dar a conocer al Padre. Esto es hecho a través de la predicación del Señor Jesús, pero también mediante sus actos, por los cuales evidencia en su persona la figura paterna, según el conocido pasaje joáneo: “El que me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14, 9). Por eso señala el Hiponense: «Diciendo, pues, que él glorificaba al Padre sobre la tierra y que el Padre le glorificaba a él en el mismo Padre, no hizo más que manifestar el modo de la glorificación. Él glorificó al Padre sobre la tierra predicándole a las gentes, y el Padre le glorificó en sí mismo, colocándole a su derecha»[8]. En segundo lugar, la “obra” de Jesús se refiere propiamente a la Pasión, Muerte y Resurrección. Se trata del acontecimiento central de la salvación, y se entiende como la acción por la que Jesucristo da cumplimiento al Plan Divino, en obediencia filial al Padre, quien, a su vez, lo glorifica por su actitud oblativa: «Ningún cristiano duda, y todo indica que el Hijo fue glorificado por el Padre según la naturaleza de siervo, a la cual el Padre la resucitó de entre los muertos (…) Y como por el Evangelio de Cristo se consiguió que el conocimiento del Padre llegase a las gentes por medio del Hijo, no cabe dudar que también el Hijo glorificó al Padre. Si el Hijo hubiese muerto y no hubiese resucitado, ni el Padre habría glorificado al Hijo ni el Hijo al Padre. Pero ahora con la resurrección fue glorificado por el Padre, y con el anuncio de su resurrección glorifica el Hijo al Padre»[9].

Estas dos dimensiones de la “obra” encomendada por el Padre, aun cuando puedan distinguirse, están profundamente unidas e interpenetradas. En efecto, la dimensión “manifestativa” de la obra, que es el dar a conocer al Padre, alcanza su culmen en los acontecimientos de la Pasión, Muerte y Resurrección. Mientras que la dimensión “fáctica” de la obra es al mismo tiempo revelación del plan de Salvación de Dios. Por el sacrificio de Jesús conocemos el amor de Dios Padre y todo lo que la creatura humana vale para Él. Pero este conocimiento se da en la fe. En efecto, por fe es posible descubrir en los acontecimientos la acción del Padre, y en ellos comprender su sentido más profundo[10]. Por fe el creyente sabe que lo que con una mirada meramente horizontal es muerte ignominiosa, fracaso humano y derrota, en realidad es entrega voluntaria de la propia vida que lleva a la victoria sobre el pecado y sobre la muerte. Por la fe el creyente ve en la cruz de Jesús el triunfo de Dios Padre que por su Hijo da la comunión y restaura la amistad quebrada por el pecado del hombre.

Para San Agustín, la obra del Padre cumplida por el Hijo es la reconciliación. En esta noción clave, se unen la dimensión fáctica y la dimensión manifestativa ya mencionadas, comprendidas desde la fe. Siguiendo a San Pablo, Agustín ve a Dios Padre realizando la acción reconciliadora mediante Jesucristo, y de esta manera haciendo concreto el plan divino en la historia de los hombres:

«Muy bien pues dice allí: Para que el mundo crea, y aquí: Para que el mundo conozca, y tanto allí como aquí: Que tu me enviaste, a fin de entender que ahora debemos creer en la inseparabilidad del amor del Padre y del Hijo, cuyo conocimiento pretendemos conseguir con la fe. Pero si solamente hubiese dicho: Para que conozcan que tú me enviaste, tendría el mismo valor que Para que el mundo conozca. Pues el mundo son ellos (i.e. los apóstoles) no el que permanece enemigo (…), sino el mundo convertido de enemigo en amigo, por el cual Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo; y por eso dijo: Yo en ellos y tú en mí; como si dijera: yo en aquellos a quienes me enviaste, y tú en mí, reconciliando contigo al mundo por mi intermedio»[11].

Es significativa la mención al pasaje paulino de 2 Cor 5, 18ss, lo que manifiesta en San Agustín una comprensión en clave reconciliativa de la acción del Padre. No se podría decir que se trata de una mención casual, ya que 2 Cor 5, 18 ss es un texto al que recurre constantemente el santo de Hipona[12]. Lo que San Pablo indica, y también destaca Agustín, es que la reconciliación como obra de salvación brota de la iniciativa del Padre. En el Plan de Dios está, pues, presente la reconciliación como el modo concreto por el cual el Padre, a través de la acción del Hijo, sanará las rupturas producidas por el pecado y traerá nuevamente a los hombres a la amistad y a la comunión con Él.

Jesús realiza la obra del Padre

La exégesis agustiniana de Jn 17 destacaba, en la oración sacerdotal del Señor, la conciencia clara de Jesús de que la “obra” que ha de realizar no es sólo suya, es ante todo la obra del Padre. Y esta obra, decíamos siguiendo a Agustín, es la reconciliación. No sólo el misterio pascual, sino toda la vida de Jesús, desde su encarnación hasta la Resurrección y Ascensión, puede entenderse en esta perspectiva[13]. Pero lo que interesa resaltar en este momento es que para Agustín, es el mismo Padre quien en su Designio ha querido salvar al hombre de esta manera. Le ha ofrecido en Jesús el perdón y el restablecimiento de la unidad con Él mediante Cristo y su acción.

Dios Padre no quiere el pecado. Ante la ruptura generada por el acto malo del hombre, toma la iniciativa para resanar la cuádruple fractura producida por el pecado. Y para eso envía a Jesucristo al mundo. Resuenan aquí los ecos de aquel texto tan conocido: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. » (Jn 3, 16). Por eso, la reconciliación que es fruto de la iniciativa paterna, encontrará su plasmación en la unidad. Al mundo roto por el pecado, se contrapone el mundo unido por la reconciliación:

«Para que todos sean una sola cosa. ¿Quiénes son estos todos sino el mundo, no el mundo hostil, sino el mundo fiel? Porque Aquel que dijo: no ruego por el mundo, ruega por el mundo para que crea. Hay un mundo del que está escrito: Para que no seamos condenados con este mundo. Pero este mundo no ruega (…) Y hay asimismo otro mundo del cual está escrito: No ha venido el Hijo del Hombre a juzgar al mundo, sino para que por Él se salve el mundo; por eso dice el apóstol: En Cristo estaba Dios reconciliando consigo al mundo. Por este mundo ruega diciendo: Para que crea que tú me enviaste. Esta es la fe por la que el mundo es reconciliado con Dios, creyendo en Cristo que fue enviado por Dios»[14] .

Al decir que la reconciliación apunta a la unidad, Agustín recuerda que no se trata de cualquier tipo de unidad. Se trata de aquella unidad existente entre el Padre y el Hijo, que es como el modelo para la unidad entre los hombres. Sabemos que la unidad entre el Padre y el Hijo es unidad de sustancia, ya que ambos poseen la misma y única naturaleza divina. «Para que sean uno como nosotros. No dice: Para que sean uno con nosotros; o: Seamos una sola cosa ellos y nosotros, como nosotros somos uno. Sino que dice: Para que sean uno como nosotros. Que ellos sean uno en su naturaleza como nosotros somos uno en la nuestra. Lo cual dijera con verdad si no lo dijera en cuanto es Dios, de la misma naturaleza que el Padre»[15]. ¿Cómo se configura la unidad humana a partir de la reconciliación? Responde San Agustín: mediante la fe. Pues el pecado rompió la unidad de todo el género humano, dispersando a los hombres y alejándolos unos de otros[16]. Como ya se ha visto, piensa el santo de Hipona que es la fe la que reconcilia al mundo con Dios, puesto que nos lleva a hacer presente en nuestra existencia actual el misterio salvífico. Pero además, la fe hace que los creyentes se unan en la participación del don reconciliador: «Que todos sean una sola cosa es lo mismo que: Que el mundo crea, porque creyendo se hacen una sola cosa. Verdaderamente se hacen uno quienes, siendo uno por la naturaleza, han dejado de ser uno rebelándose contra la unidad»[17].

La obra reconciliadora tiene como beneficiario inmediato a los hombres, a los que designa San Agustín con el genérico nombre de “mundo”. Quiere decir que el Padre realiza su designio en nuestra humana historia, y por tanto la reconciliación es un acontecimiento. Lo que hace Jesucristo (morir en la cruz, resucitar) no se queda en la intemporalidad o en el plano gnóstico del mito. Antes bien, es hecho concreto, manifestativo del Querer sempiterno del Padre por el cual el mundo es verdaderamente reconciliado. Pero al decir “mundo”, Agustín expresa una realidad muy compleja, sobre la que conviene hacer ciertas precisiones. “Mundo” significa en primer lugar la creación toda, un sentido obvio que no necesita mayor precisión. Pero significa también la humanidad en su conjunto, es decir, todos los hombres. Puede referirse a los hombres malos y pecadores[18]; así como también a los hombres pecadores y a los justos[19]. “Mundo” significa, además, para Agustín, la Iglesia. En la polémica contra los donatistas, Agustín, partiendo de una exégesis alegórica, y en consonancia con la Tradición, entendía por el campo de trigo donde el Enemigo había sembrado cizaña a la Iglesia, que en su existencia temporal contiene buenos y malos, justos y pecadores[20]. Ante el pesimismo donatista y su sectarismo de una Iglesia “de los solos puros y santos”, Agustín defiende precisamente que la Iglesia, peregrinando en este tiempo, está conformada por pecadores que deben convertirse y por justos que deben seguir trabajando en su vida de santidad. En otras palabras, la Iglesia, así presentada, es el “mundo reconciliado”.

Hablar de “mundo reconciliado” referido a la Iglesia, quiere decir que la obra del Padre ha dado sus frutos. Recordando la referencia joánica del amor de Dios por el mundo, Agustín constata que al ofrecer su don reconciliador, el Padre no obliga ni se impone a los hombres; antes bien, respeta su libertad, de manera tal que la creatura humana puede aceptar o rechazar el regalo paterno dado por Jesucristo. Los que aceptan creyendo en Dios y acogiendo la reconciliación, conforman el mundo reconciliado, es decir, la Iglesia; los que rechazan dicho don conforman el mundo malo, enemigo de la Iglesia[21]. Todo esto es como el presupuesto desde el que el Hiponense presenta la acción salvífica del Padre que se hace patente en la Iglesia. En efecto, al ser la Iglesia el “mundo reconciliado”, muestra ante todos que el Designio reconciliador del Padre ha sido realizado verdaderamente, a través de la elección paterna y del llamado hecho por el Hijo; llamado al que el ser humano responde desde su libertad:

«Padre, quiero que aquellos que me has dado estén conmigo donde yo estoy. ¿Quiénes son éstos que el Padre le ha dado? ¿No son aquellos de quienes dice en otro lugar: Nadie viene a mí si el Padre, que me envió, no lo trae?(…) Los que él recibió del Padre son los mismos que Él escogió del mundo y los eligió para que no fuesen ya del mundo, como Él no es del mundo; mas de manera que ellos formen también parte del mundo que cree y que conoce que Cristo fue enviado por el Padre para que el mundo fuese liberado del mundo, a fin de que el mundo que ha de ser reconciliado con Dios no perezca con el mundo, su enemigo que se ha de condenar»[22].

En última instancia, todo se ilumina a partir de la elección del Padre. Elección que es gracia inmerecida de Dios, y que según lo ya visto, se patentiza en la Iglesia. Los apóstoles, fundamento y base de la Iglesia han sido elegidos por Cristo, tomados del mundo pecador y recibiendo la reconciliación de parte de Jesús, el Hijo de Santa María. Misterio de gracia, la reconciliación es también misterio de justicia y de misericordia, como expresa el santo:

«Oh, Padre justo, dice, el mundo no te ha conocido. No te ha conocido porque eres justo. Por sus méritos no te ha conocido el mundo predestinado a la condenación; mas el mundo con él reconciliado por medio de Cristo, le conoció no por sus méritos, sino por su gracia. ¿Y qué otra cosa es conocerle sino la vida eterna? Esta vida la negó al mundo condenado y la dio al mundo reconciliado. Porque eres justo no te ha conocido el mundo, y por sus méritos le has negado tu conocimiento; y porque eres misericordioso te ha conocido el mundo reconciliado, y no por sus méritos sino por tu gracia le has dado tu conocimiento. Luego añade: Mas yo te he conocido. La fuente misma de la gracia es Dios por naturaleza, y por una gracia inefable es hombre, nacido del Espíritu Santo y de la Virgen. Finalmente, ya que la gracia de Dios viene por Jesucristo, Señor nuestro, por él mismo éstos también han conocido, dice, que tú me has enviado. Éste es el mundo reconciliado. Pero te han conocido porque tú me has enviado; luego, te han conocido por una gracia»[23].

Tal vez el lenguaje empleado por San Agustín sea equívoco y pueda prestarse a malentendidos. A lo mejor la expresión “mundo predestinado a la condenación”[24] no es muy afortunada. Sin embargo, un análisis detenido de este pasaje nos muestra con claridad meridiana una idea muy propia de Agustín, que se ha mantenido a lo largo de sus discusiones contra donatistas, pelagianos y paganos: la reconciliación, en cuanto obra del Padre, es una gracia divina que nos merece la Comunión con el Creador. Los méritos propios, las obras humanas, por más elevadas y nobles que sean, por sí mismas no son salvíficas. No merecen el verdadero conocimiento del Padre. Y por eso, en el presente texto, situado en su contexto específico, el mundo que está “predestinado a la condenación” lo es, porque -en la interpretación agustiniana- está cerrado a la acción de la gracia, cuya máxima revelación y realización es precisamente el Señor Jesús, “Dios por naturaleza” y -por bondad manifiesta del Padre- “hombre nacido del Espíritu Santo y de la Virgen”. En cambio, si hay un “mundo reconciliado”, es porque a la gracia dada por el Padre (lo primero y lo fundamental, según el pensamiento de Agustín), ha habido una respuesta de aceptación, que, estando movida y sostenida por dicha gracia, es acogida libre del don divino que permite el conocimiento del Padre y, al final, la vida eterna. Lo que nos trae nuevamente a una idea ya conocida: en Jesús, en su humanidad, descubrimos la concretización del Designio de Dios Padre, su Divino Plan realizado en la historia: la reconciliación del hombre con Dios, plasmada en la Iglesia, “mundo reconciliado”.

¿Qué es lo que mueve a Dios Padre a llevar a cabo su designio reconciliador? Responde Agustín: el amor. La reconciliación se comprende en el horizonte del amor infinito y eterno del Padre hacia sus creaturas predilectas, los seres humanos. Pero este amor del Padre a los hombres se da en Cristo y por Cristo. Dios nos amó en Jesucristo, su Unigénito, y nos elige en él y por él. Recogiendo las inspiraciones de San Pablo en el himno a los Efesios, Agustín explica bellamente el núcleo cristológico del amor del Padre a los hombres:

«El Padre nos ama en el Hijo, porque en Él nos ha elegido antes de la formación del mundo. El que ama al Unigénito, ama también a sus miembros, adoptados en Él y por Él (…) Los has amado a ellos como me has amado a mí, quiere decir: los has amado a ellos porque me has amado a mí. Pues, amando al Hijo, no podía dejar de amar a sus miembros, ni tener otra razón para amarlos sino la de amarle a Él. Ama al Hijo según la divinidad, por haberle engendrado igual a sí mismo, y le ama también en cuanto hombre, porque el mismo Verbo Unigénito se hizo carne, y por el Verbo le es muy cara la carne del Verbo; mas a nosotros nos ama porque somos miembros de su Amado, y para que lo fuésemos nos amó antes de que existiéramos»[25].

Se percibe en este pasaje la teología del Cuerpo Místico típica del Doctor de Hipona. A partir de esta comprensión, Agustín proyecta el amor de Dios Padre no sólo hacia la persona de Jesús, la Cabeza de este Organismo Místico, sino también hacia todos los creyentes, sus miembros. En esta perspectiva, el amor del Padre aparece como una realidad profunda, misteriosa, pero sobre todo eterna. El ser humano ha sido amado desde toda la eternidad en Cristo, y por lo tanto, el designio reconciliador del Padre hace presente lo que desde siempre estaba considerado en el Divino Plan:

«El amor con que Dios nos ama es incomprensible, y al mismo tiempo inmutable. Porque no comenzó a amarnos desde cuando fuimos con Él reconciliados por la sangre de su Hijo, sino que nos amó antes de la formación del mundo para que, juntamente con su Hijo, fuésemos hijos suyos, cuando nosotros no éramos absolutamente nada. Pero, al decir que hemos sido reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, no debemos oírlo ni tomarlo como si el Hijo nos haya reconciliado con Él para comenzar a amar a quienes antes odiaba, al modo que un enemigo se reconcilia con otro enemigo para hacerse amigos, amándose después los que antes se odiaban; sino que fuimos reconciliados con el que ya nos amaba y cuyos enemigos éramos por el pecado»[26].

Las últimas palabras de Agustín nos manifiestan, por contraste, todo lo que el Padre nos otroga mediante su reconciliación. La situación del hombre por su pecado, era la de enemistad con Dios[27]; separado de su Creador y Padre, vivía en la lejanía y en la perdición, incapaz por sí mismo de volver nuevamente hacia Dios. Pero el Padre deja ver cuánto ama al hombre enviando al Reconciliador, y haciendo de la creatura humana su hijo, con una adopción que por ser adoptiva no por ello es menos verdadera. La filiación que el Padre, en Jesucristo, nos otroga, es como el coronamiento de la acción divina, el modo peculiar como los seres humanos hemos de vivir aquí y ahora nuestra reconciliación.

En el principio de nuestra reconciliación está Dios Padre. En su designio sempiterno, Él nos eligió para reproducir la imagen de su Hijo, y por ende, para vivir la realidad de reconciliados presente en su Amoroso Plan. Dios Padre aparece así como el origen de nuestra reconciliación. Pero la meta a la que se dirige la obra divina es el encuentro definitivo con Él. Siendo Origen, Dios Padre es también la meta a la que se encamina la reconciliación. Esta meta es la vida eterna. Interpretando las palabras de San Juan: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo» (Jn 17, 1-3), Agustín explicita cómo el caminar del ser humano por este mundo, guiado por Jesús , el Buen Pastor, ha de culminar en el encuentro definitivo con el Padre, que con el Espíritu y con el Hijo constituyen la Casa en la que, con los Ángeles y con los santos, se ha de vivir la Comunión plena. Y todo esto, gracias a la reconciliación:

«Y así, el mundo reconciliado será libertado del mundo enemigo, cuando contra él ejerza su poder, enviándole a la muerte eterna, haciendo a éste suyo para darle la vida eterna. A todas sus ovejas el buen pastor, a todos sus miembros la magna cabeza, prometió este premio: que también nosotros estemos con Él donde Él está, y no pueden dejar de cumplirse los deseos que el Hijo omnipotente manifestó al padre omnipotente. Allí está también el Espíritu Santo, igualmente eterno, igualmente Dios, un solo Espíritu de ambos y sustancia de las voluntades de uno y otro»[28].

A la felicidad perfecta, a la bienaventuranza, se llega por medio de la reconciliación. Siendo hijos, viviremos para siempre unidos con nuestro Padre, y con Jesús nuestro hermano, unidos en el amor que es el Espíritu Santo:

«En cuanto a lo que ahora dice: Yo en ellos y Tú en mí, lo dice en calidad de mediador, conforme a las palabras del Apóstol: vosotros de Cristo, y Cristo de Dios. Mas en cuanto añadió: A fin de que sean consumados en la unidad, nos declara que la reconciliación hecha por el Mediador nos conduce a la perfecta bienaventuranza, a la cual nada se puede añadir»[29].

Vivir el amor del Padre hoy

Lo que San Agustín ha ido presentando a lo largo de los sermones que conforman los Tratados sobre el Evangelio de San Juan, enriquecen nuestra visión teológica sobre Dios Padre, y pueden ser una valiosa orientación para reflexionar en el misterio al que Juan Pablo II ha pedido que dediquemos nuestra meditación en este tiempo de preparación.

Ante todo, Dios Padre es manifestado por Jesucristo. En su humanidad, el Señor Jesús deja entrever su propio misterio y el misterio del Padre. Las palabras de Jesús, recogidas por el Evangelista San Juan: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14, 9) invitan a todo creyente a profundizar en Dios Padre a través de una más profunda unión con Jesús. Ahora bien, Agustín nos enseña que el misterio de Dios Padre es primeramente el misterio de su Amor. Un Amor que se ha expresado en la Creación, dando la existencia y reflejando en sus creaturas Su verdad, Su bondad y su belleza. La polémica con los maniqueos ayudó a San Agustín a comprender que la Creación, por ser obra de Dios, no puede más que ser buena, y si hay cosas malas en el mundo, no pueden provenir de Dios, que como Sumo Bien, comunica participativamente esta bondad a todos los seres. La Creación, pues, no sólo nos habla de las perfecciones del Creador. Nos habla también del Amor de Dios, es decir del Amor del Padre que lo ha hecho todo mediante el Hijo con el poder del Espíritu Santo. En nuestro tiempo, la reflexión sobre Dios Padre debe llevarnos a la valoración de la creación, pero sobre todo, a la valoración de su creatura predilecta, el hombre.

Pero el Amor del Padre no se manifiesta sólo en la Creación. Se ha manifestado de manera incomparable en la reconciliación que se ha llevado a cabo por Jesús. “Dios Padre nos ha reconciliado consigo por medio de Jesucristo”, es la enseñanza de San Pablo. A esto puntualiza San Agustín que esta reconciliación hecha por Jesús, encuentra su “lugar” en el mundo y en la historia gracias a la Iglesia. Lo que significa que Dios Padre no sólo nos ha dado a Jesús, el Reconciliador. Nos ha dado también a la Iglesia, “mundo reconciliado” que aparece en medio de los hombres como “el gran sacramento de reconciliación”, en feliz expresión de Juan Pablo II[30]. La Iglesia nos garantiza, a través de los sacramentos, de la gracia que ellos nos brindan, y del Espíritu Santo que vivifica su existencia terrena, que el Padre nos ha reconciliado y que en Jesús y el Espíritu Santo tenemos una nueva vida.

De lo anterior se siguen dos cosas. En primer lugar, al ser reconciliado por el Padre y con el Padre mediante el Hijo, el ser humano llega a conocer no sólo el misterio de su Creador y Padre, sino que conoce también su propio misterio. Con luminosas palabras nos lo enseña el Concilio Vaticano II[31], y recientemente lo ha vuelto a recordar de manera muy hermosa y muy profunda el Papa Juan Pablo II: «En efecto, “el Verbo de Dios, asumiendo en todo la naturaleza humana menos en el pecado (cf. Hb 4, 11), manifiesta el plan del Padre, de revelar a la persona humana el modo de llegar a la plenitud de su propia vocación […] Así, Jesús no sólo reconcilia al hombre con Dios, sino que lo reconcilia también consigo mismo, revelándole su propia naturaleza”»[32]. Y aquí San Agustín nos recuerda que por la reconciliación obrada por Jesús somos hechos hijos en Jesús al ser miembros de Su Cuerpo, y por lo tanto podemos en verdad llamar a Dios, “Padre”. Nuestra identidad queda así concretizada en Jesús. Somos hijos, invitados a una vocación sin par. Vivir nuestra filiación por el amor que nos une al Padre y a nuestros hermanos, los seres humanos, es la realización que colma y plenifica nuestra existencia. Hoy en día, diversas corrientes de pensamiento se basan en el rechazo de Dios como Padre, y por lo mismo, niegan la identidad del ser humano en su realidad de hijo[33]. En el fondo, estas corrientes, en su rebelión contra la figura del Padre, y a pesar de su pretendida intención de exaltar y reivindicar al ser humano, atentan contra su ser más profundo, llevándolo a la pérdida de su identidad y, en definitiva, al fracaso de su existencia.

En segundo lugar, Dios Padre no solamente nos da el don de la reconciliación. Nos invita, además, a participar, como reconciliados, de la comunión de Amor que él mismo es: «El Plan de Dios contempla una invitación a participar en la Comunión divina de Amor. La reconciliación que nos ofrece el Padre en Jesús por el Espíritu es una invitación a participar en la Comunión de Amor»[34]. Viviendo la reconciliación, el ser humano se convierte al mismo tiempo en un transmisor de la misma. Dios nos llama a ser apóstoles de la reconciliación, cooperando con la obra del Padre que nos ha bendecido con tan maravillosa gracia. Es lo mismo que recalcaba San Agustín constantemente. Su reflexión sobre la reconciliación y sobre Dios Padre que en Jesucristo, el Hijo de María, nos ha hecho hijos suyos, se proyecta en la tarea apostólica de ser heraldos de la reconciliación: «Oísteis al Apóstol cuando se leía: Somos como embajadores en nombre de Cristo, y como si Dios lo hiciera por nuestra boca, os rogamos en nombre de Cristo; esto es, como si Cristo os rogase, ¿qué? Que os reconcilieis con Dios. Si el Apóstol nos exhorta y ruega que nos reconciliemos con Dios, es porque éramos enemigos de Dios, ya que nadie se reconcilia sino de las enemistades. El pecado, no la naturaleza, nos había hecho enemigos de Dios (…) Os rogamos en nombre de Cristo que os reconcilieis con Dios. Y ¿cómo nos hemos de reconciliar sin pagar la deuda que media entre Él y nosotros?»[35]. Sabemos que nuestra deuda ha sido cancelada por el Señor Jesús. Pero nos toca una participación activa en nuestra reconciliación, actualizando y acrecentando dicho don mediante los sacramentos, las buenas obras, la oración y el apostolado, como el mismo Agustín se encarga de recordarnos[36].

En el principio de nuestra reconciliación está el Padre, que por Amor nos da su perdón y borra nuestras culpas, haciéndonos sus hijos por medio de Jesús y otorgándonos el Espíritu que nos hace clamar “Abba”[37]. El final de nuestra humana existencia, la vida de reconciliados que caminamos en la fe, se dirige al Padre como a su meta. Profundizar en la reconciliación es introducirnos en el misterio del Padre y de su Amor misericordioso, que nos ha creado para Él y que -parafraseando a San Agustín- saciará la inquietud de nuestro corazón cuando podamos descansar plenamente en Él.

Notas

1. Const. Past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 22.

2. S.S. Juan Pablo II. Carta Apostólica Tertio millennio adveniente (1994), 4.

3.Cfr. en el artículo “El Espíritu Santo reconciliador en la teología de San Agustín de Hipona”. En: Revista Teológica limense, vol. XXXII, nn. 1-2 (Lima 1998), pp. 57-72.

4.Utilizamos la traducción castellana de los Tratados sobre el Evangelio de San Juan publicada en Obras de San Agustín, tomo XIV. 2a. edición. Madrid; B.A.C. 1965, retocando en algún caso la traducción a partir del Migne latino.

5. Cfr. Jn 13, 1.

6. Cfr. Tratados sobre el Evangelio de San Juan, 8, 8 y 10; PL 35, 1455-1457: «Es extraña cosa que los matemáticos, creyendo en las palabras de Cristo, intenten convencer a los cristianos que Cristo vivió sujeto a una hora fatal. Luego, deben creer a Cristo cuando dice: Yo tengo poder para dar mi vida y poder para recobrarla; nadie me la puede quitar, sino que yo la doy por mí mismo, y por mí mismo la vuelvo a tomar. ¿Acaso este poder está también sujeto a la fatalidad? Que nos muestren un hombre que tenga el poder de morir o prolongar su vida todo el tiempo que quiera (…) Aun dada la existencia de la fatalidad en los astros, por necesidad tenía que estar excluido de ella el Creador de los astros. Es más: no sólo Cristo está excluido de lo que tú llamas fatalidad, sino tú también, y yo, y aquél y todos».

7. Tratado sobre el Evangelio de San Juan, 104, 2; PL 35, 1902.

8. Tratado sobre el Evangelio de San Juan, 105, 5; PL 35, 1906.

9. Tratado sobre el Evangelio de San Juan, 105, 1; PL 35, 1904.

10. Aquí ciertamente podemos ver una aplicación concreta del famoso “credo ut intelligam”agustiniano.

11 Tratado sobre el Evangelio de San Juan, 110, 4; PL 35, 1922-1923.

12 Indicamos simplemente algunas de los numerosas referencias agustinianas: Enarración sobre el salmo 9, n. 6; PL 36, 119; Enarración sobre el salmo 34, sermón 2, n. 5; PL 36, 337; Enarración sobre el salmo 71, n. 6; PL 36, 904; Sermón 121, n. 1; PL 38, 678; Sermón 219; PL 38, 1088; Mensaje a los donatistas 6, 11; PL 43, 658-659; Sobre los méritos y remisión de los pecados y el bautismo de los niños, I, 27, 44; PL 44, 134-135; contra Juliano VI, 5; PL 44, 823-824 entre otros.

13. Así, comentando Flp 2, 6-11, dice San Agustín: «Por ello, pues, se anonadó haciéndose visible, esto es, ocultando la dignidad de su majestad y ofreciendo la carne, vestimenta de su humanidad. Se anonadó, pues, a sí mismo, tomando la forma de siervo sin perder la forma de Dios (…) Por esto, pues, es mediador y cabeza de la Iglesia, por quien somos reconciliados con Dios por el sacramento de la humildad, pasión, resurrección, ascensión y juicio futuro…». Sermón 341, n. 4; PL 38, 1495.

14. Tratado sobre el Evangelio de San Juan, 110, 2; PL 35, 1920-1921.

15. Tratado sobre el Evangelio de San Juan, 107, 5; PL 35,1913-1914.

16 Cfr. Enarración sobre el salmo 58, n. 10; PL 36, 698; también el conocido pasaje donde describe a Adán pecador quebrado y esparcido por los cuatro puntos cardinales, Enarración sobre el salmo 95, n. 15; PL 37, 1236.

17. Tratado sobre el Evangelio de San Juan, 110, 2; PL 35, 1921.

18. «Se llama mundo a los hombres malos; llámase también mundo a los hombres sin fe, y recibieron ese nombre de lo que aman. Amando a Dios nos hacemos dioses; luego, amando al mundo se nos llama mundo. Pero Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo. El mundo, pues, no le conoció». Sermón 121, 1; PL 38, 678.

19. «Y, ¿a qué mundo se le dice: Ay del mundo por los escándalos!, sino al mundo del que está escrito: Y el mundo no le conoció? El cual, cierto, no es el mundo del que se dijo: Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo. Hay, pues, un mundo malo y un mundo bueno. Mundo malo son los malos del mundo. Mundo bueno son todos los buenos». Sermón 81, 3; PL 38, 501. También: «Por mundo se entiende los hombres malos diseminados por todo el orbe, del mismo modo que por los habitantes se dice de una casa que es buena o mala (…) También se dice el mundo de los buenos, que igualmente están diseminados por toda la faz de la tierra». Tratado sobre el Evangelio de San Juan, 52, 9; PL 35, 1773.

20.Dirigiéndose a los donatistas, les dice San Agustín: «Nada en absoluto se han atrevido a responder vuestros obispos a estas palabras, aunque durante mucho tiempo han sostenido inútilmente que no se había predicho y figurado que la cizaña se hallaría en la Iglesia, ya que el Señor dijo: El campo es el mundo (Mt13, 38) y no “El campo es la Iglesia”. Nosotros, por el contrario, sosteníamos que con el nombre de mundo se significaba a la iglesia, como también lo entendió Cipriano, puesto que se prefiguraba la Iglesia que había de encontrarse por todo el mundo. Por eso decían ellos que el mundo siempre se tomaba en sentido malo (…) Nosotros, en cambio, respondíamos que el mundo en las Escrituras estaba tomado no sólo en mal sentido, sino también en el bueno, y citábamos entre otros lugares aquel pasaje: En Cristo estaba Dios reconciliando el mundo consigo». Mensaje a los donatistas, 6, 9; PL 43, 657-658.

21. «Ya lo veis; al perseguidor se le da el nombre de mundo; veamos si también al perseguido se le dice mundo. Pero, ¿acaso estás sordo a la voz de Cristo, o mejor a lo que atestigua la Escritura: Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo? Si el mundo os aborrece, dice el Salvador, sabed que anrtes me aborreció a mí. El mundo, pues, aborrece. ¿A quién, sino al mundo? ¿a qué mundo? Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo. Quien persigue es el mundo condenado; quien padece la persecución es el mundo reconciliado. El mundo condenado es todo, menos la Iglesia; el mundo reconciliado es la Iglesia». Sermón 96, 8; PL 38, 587.

22. Tratado sobre el Evangelio de San Juan, 111, 1; PL 35, 1925.

23. Tratado sobre el Evangelio de San Juan. 111, 5; PL 35, 1929.

24. “Mundus quippe ille damnationi praedestinatus” en el original latino.

25. Tratado sobre el Evangelio de San Juan, 110, 5; PL 35, 1923.

26. Tratado sobre el Evangelio de San Juan, 110, 6; PL 35, 1923.

27. «Cuando los pecados apartaron al género humano lejos de Dios, convino que fuésemos reconciliados con Él por un mediador…». Enchiridion sobre la fe, esperanza y caridad, 108, 28; PL 40, 282-283. Cfr. también Sobre los méritos y remisión de los pecados y el bautismo de los niños, I, 19, 25; PL 44, 123.

28. Tratado sobre el Evangelio de San Juan, 111, 1; PL 35, 1925-1926.

29. Tratado sobre el Evangelio de San Juan, 110, 4; PL 35, 1922.

30. « La Iglesia tiene la misión de anunciar esta reconciliación y de ser el sacramento de la misma en el mundo. Sacramento, o sea, signo e instrumento de reconciliación es la Iglesia por diferentes títulos de diverso valor, pero todos ellos orientados a obtener lo que la iniciativa divina de misericordia quiere conceder a los hombres.» S.S. Juan Pablo II. Exhortación apostólica postsinodal Reconciliación y penitencia (1984), n. 11.

31. «Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación». Constitución pastoral Gaudium et spes, n. 22.

32. S.S. Juan Pablo II. Exhortación Apostólica Postsinodal Ecclesia in America (1999), n. 10.

33. Pensamos concretamente en el psicoanálisis, en cuanto explicación de la problemática de la persona humana, y en su explicación sobre el origen de la noción de Dios. En su libro Totem y Tabú, Sigmund Freud señala que la noción de Dios ha aparecido como una especie de sublimación que es consecuencia de la rebelión de los hombres ante la autoridad paterna, motivada por la represión -dice- de los instintos fundamentales, eros y tánatos. La idea de Dios, y por ende, la religión, son formas sublimadas de la represión de lo profundo del hombre, represión que por lo demás sigue presente hoy en toda persona en lo que él denomina el “Complejo de Edipo”. Es claro que la figura del Padre (y por ende, la figura de Dios) es entendida como represora, y un obstáculo para el despliegue del ser humano. Cfr. Sigmund Freud, Totem y Tabú, En: FREUD para todos. Obras de Sigmund Freud. 2 tomos. Buenos Aires; Editorial Santiago Rueda 1970. La obra mencionada está en el tomo II, pp. 688-785. Ver también Albert Plé, Freud y la religión. 2a. edición. Madrid; B.A.C. 1970.La rebelión contra el Padre también se ve en la ideología feminista, en la medida en que considera que la afirmación de Dios en perspectiva masculina y de autoridad ha llevado a la opresión de la mujer. En consecuencia, se niega que Dios sea Padre, y se busca una visión teológica que apunte a la presentación de Dios como “Madre”, o en todo caso, presentar a Dios mediante un lenguaje “inclusivo”, es decir, que permita comprenderlo y expresarlo también como femenino.

34. Luis Fernando Figari, Reflexiones en torno a la Trinidad y a la Creación. Lima; Fondo Editorial 1992, p. 30.

35. Tratado sobre el Evangelio de San Juan, 41, 5; PL 35, 1695.

36. Cfr. Sobre la corrección y la gracia, XV, 46; PL 44, 944. Muy ilustrativa es la respuesta al maniqueo fortunato: «Está suficientemente indicado el libre albedrío al que se debe, como dije, el que el alma peque; está indicado al mencionar los pecados y al afirmar que nuestra reconciliación con Dios tiene lugar por medio de Jesucristo. Por el pecado nos habíamos apartado de Dios; del mismo modo al cumplir los preceptos de Cristo nos reconciliamos con Dios y así quienes nos hallábamos muertos en el pecado, al guardar sus preceptos somos vivificados y alcanzamos la paz con él en el único espíritu, de quien nos habíamos alejado al no cumplir sus mandamientos». Actas del debate con Fortunato; PL 42, 119.

37. Cfr. Gál 4, 4-6; Rom 8, 14-16.

Dr. Gustavo Sánchez Rojas

Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima (Perú)