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Lunes, 29 de mayo de 2017

Agustín de Hipona: Crede ut intelligas

De Enciclopedia Católica

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Typus hominis interioris. Ilustración tomada del libro "Rosa Limensis" del destacado historiador Ramón Mujica Pinilla. Cortesía de Ruben Cabello Huarcaya
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Reflexiones sobre la fe y la teología en San Agustín de Hipona

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San Agustín y sus discípulós
Agistín y Mónica oyendo a San Ambrosio
San Agustín derrotando a los heresiarcas
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El Santo Padre Benedicto XVI ha convocado a toda la Iglesia a vivir un “Año de la Fe” que tenga como finalidad revitalizar el don de Dios por el cual somos hechos creyentes e hijos del Padre, hermanos de Jesucristo y templos del Espíritu Santo, así como miembros de la Santa Iglesia, comunidad de fe, esperanza y amor. En este año 2012, en el que se conmemoran el quincuagésimo aniversario de la apertura del concilio Vaticano II y el vigésimo aniversario de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica somos especialmente invitados a fortalecer nuestra fe, a profundizarla y a crecer en nuestra vida cristiana, conscientes del horizonte de la Nueva Evangelización a la que, como tarea universal, toda la Iglesia, y nosotros en ella y con ella, nos sabemos llamados.

Si bien este “Año de la Fe” (2012) comenzará formalmente el día 11 de octubre del presente, y durará hasta la Solemnidad de Cristo Rey del próximo 2013, conviene prepararnos del modo más adecuado posible para que una conmemoración de este tipo sea provechosa. Y para esto, resulta muy útil mirar a los grandes testigos de la fe, que con sus enseñanzas y con su propia existencia han mostrado las grandes riquezas humanas, culturales y espirituales que surgen del creer. Se hace necesario, incluso, resaltar hoy en día que la fe no lleva a la disminución de la persona, ni a la negación de la razón, como algunos piensan, sino más bien a la plenitud del ser humano que, gracias a la fe puede alcanzar la realización de su humanidad.

Justamente en la cuestión sobre las relaciones entre fe y razón se hace necesario subrayar la importancia de la fe, no sólo porque es un aspecto imprescindible para el desarrollo de la persona, que no puede reducirse a mera razón, sino porque la misma razón, cerrada a lo trascendente y a lo sobrenatural, corre el riesgo de ser negada, quitándole la posibilidad de alcanzar el conocimiento y la comprensión de lo que hace al hombre ser algo más que un objeto en medio del mundo. En ese sentido, la fe “abre” a la razón a dimensiones nuevas y más plenas, y al mismo tiempo la razón posibilita a la fe ser auténticamente humana.

San Agustín de Hipona, el más grande de los Padres de la Iglesia, puede enseñarnos con su doctrina cómo la fe y la razón, lejos de estar opuestas y enemistadas, se unen armónicamente para llevar al hombre al conocimiento pleno de la verdad. En esta ocasión, tomando como punto de referencia la conocida expresión “Crede ut intelligas”, dentro de su contexto más amplio, que es el Sermón 43, revisaremos lo que dice Agustín acerca de la fe y sus relaciones con la razón, y cómo de esta mutua implicancia se siguen muy valiosas enseñanzas acerca de la teología, que, como sabemos, no es otra cosa que la fe razonada críticamente, o, en expresión clásica, la fe que busca entender. Nos anima a ello el mismo Papa Benedicto XVI cuando dice que: “todo el itinerario intelectual y espiritual d San Agustín constituye un modelo válido también hoy en la relación entre fe y razón, tema no sólo para hombres creyentes sino también para todo hombre que busca la verdad, tema central para el equilibrio y el destino de todo ser humano”[1] .


Contextualizando

El Sermón 43 no tiene una fecha exacta, aunque los estudiosos consideran que puede situarse por el año 400. No se sabe tampoco el lugar en que fue pronunciado. Tiene como tema la necesidad y excelencia de la fe, cosa que nos ubica de lleno en la materia que tratamos. La fe, dice San Agustín, es el comienzo de una existencia buena y santa, y por ella merecemos la vida eterna. Rápidamente recuerda el Santo Doctor dos características de la fe: es un don otorgado gratuita e inmerecidamente; y es el más grande de los dones que Dios nos ha regalado, pues nos pone en una dimensión única e incomparable, cual es la participación en la vida de Dios.

Para precisar lo específico de la fe, San Agustín constata la peculiaridad del ser humano sobre todas las demás criaturas de este mundo. El hombre no es uno más de entre los seres creados. Él está a la cabeza de todo precisamente por su razón, por la inteligencia:

“¿Y qué tenemos nosotros de más? La mente, la razón, el discernimiento; esto no lo tienen las bestias, ni los pájaros ni los peces. Con esto somos imagen de Dios. En efecto, la Escritura narra que fuimos creados. Y para mostrar que no sólo fuimos antepuestos, sino puestos al frente de ellos, i.e. que nos están sometidos, añade: Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra y tenga poder sobre los peces del mar, las aves del cielo y las bestias y serpientes que reptan sobre la tierra (Gén 1, 26). ¿De dónde le viene tal poder? De ser imagen de Dios” .

La razón es un don maravilloso de la naturaleza humana que San Agustín, siguiendo la enseñanza bíblica, asocia con la imagen de Dios presente en el hombre Ahora bien, distingue el Hiponense entre inteligencia y razón, pero en lo fundamental, se trata de la comprensión de la realidad y la verdad por medio de la mente, como potencia espiritual. En el reconocimiento del valor de las cualidades racionales del ser humano, San Agustín está de acuerdo con el pensamiento filosófico griego:

“Una cosa es la inteligencia y otra la razón. La razón la tenemos aún antes de entender; por el contrario, no podemos entender sino tenemos razón. Es por ello el hombre un animal capaz de razón; para decirlo de forma más clara y rápida, un animal racional de cuya naturaleza forma parte la razón; antes de entender posee la razón: en tanto quiere comprender en cuanto le precede la razón”[3] .

La racionalidad es condición universal del género humano, y está muy bien. Todo hombre quiere entender y no hay excepciones a esta regla. Pero con la fe es distinto. No todos quieren creer. Aún cuando no lo dice expresamente, San Agustín está hablando de los problemas que se siguen de la predicación del Evangelio y de la dificultad de los no creyentes en aceptar la fe, tanto de los paganos como de los que, pretendiéndose creyentes, ven la fe como la culminación de un proceso racional. Se entreve aquí la misma historia de Agustín, tal como la ha descrito en sus Confesiones. Habiendo descubierto la sabiduría y el amor a ella mediante la lectura del Hortensius de Cicerón, quiso encaminarse a ella mediante la razón, considerando que bastaba su ejercicio para alcanzar la Verdad y así llegar a ser feliz. El que haya terminado en el maniqueísmo revela su idea (equivocada) de que la sola razón es suficiente para alcanzar la verdad, y dígase lo mismo de su breve estadía en el escepticismo de los platónicos de la Nueva Academia. Con sufrimiento, y gracias a la providencia de Dios, aprendió que por la fe la razón que busca halla la respuesta plena a sus inquietudes, y que el racionalismo, tanto maniqueo como escéptico, lejos de acercarlo a la verdad, lo alejaba de ella:

“Todo hombre quiere entender; no existe nadie que no lo quiera; pero no todos quieren creer. Me dice alguien: ‘entienda yo y creeré’. Le respondo: ‘cree y entenderás’…”[4] .

Queda planteada así una disyuntiva, a modo de aporía. ¿Hay que entender para creer? Es el pedido del no creyente, que defiende los fueros de la naturaleza racional y reclama un fundamento para poder abrirse a la fe. ¿Hay que creer para entender? Es lo que dice San Agustín, afirmando que si no se parte de la aceptación, de la adhesión y acogida de Dios, jamás se podrá entender qué es lo que Él nos quiere decir. Para salir de dudas, es necesario –sigue diciendo el Doctor de Hipona en su sermón- acudir a un juez que resuelve esta disyuntiva. No a un juez humano, sino a Dios mismo que habla por medio del autor inspirado:

“Habiendo pues surgido entre nosotros una especie de controversia al respecto, en modo que él me diga: ‘Entienda yo y creeré’ y yo le responda: Más bien cree para entender, llevemos el pleito al juez; ninguno de nosotros pretenda fallar en causa propia. ¿A qué juez iremos? Examinados uno a uno todos los hombres, no sé si podremos encontrar otro juez mejor que un hombre mediante el cual Dios hable. No recurramos, pues, en esta controversia y en este asunto a los autores profanos; no sea el poeta quien nos juzgue, sino el profeta”[5] .

San Agustín recurre a la Palabra de Dios puesta por escrito, la que le brinda el juez que necesita. Y encuentra en una cita de la Segunda Carta de San Pedro un pasaje que le permite deducir la idoneidad del juez (o del árbitro, según como se vea) que hará posible llegar a la clarificación del problema. Hablando de la Transfiguración del Señor Jesús, del cual fueron testigos Pedro, Santiago y Juan, el pasaje petrino dice: “Porque recibió de Dios Padre honor y gloria cuando la sublime Gloria le dirigió esta voz: ‘Este es mi Hijo muy amado en quien me complazco’. Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con él en el monte santo. Y tenemos también la más firme palabra de los profetas…” . Esta cita, a juicio de Agustín es sorprendente:

“Sonó del cielo aquella voz y, con todo, es más firme el testimonio de los profetas. Prestad atención, amadísimos (…) ¿Quién de nosotros no se maravilla de que el apóstol haya dicho que el testimonio profético es más firme que la voz venida del cielo? Dijo que era más firme, no mejor ni más verdadera. Tan verdadera es aquella palabra venida del cielo como el testimonio de los profetas, tan buena y tan útil. ¿Qué significa, pues, más firme, sino que en ella encuentra certidumbre el oyente?” .

La palabra de los profetas es más firme que la voz que viene del cielo, según interpreta Agustín, porque ofrece una certeza peculiar. Y explica porqué: lo que se cuenta de Jesús –y aquí podría incluirse el episodio de la Transfiguración- es visto por algunos como referido a la magia, y Jesús podría haber hecho resonar la voz mediante algún acto mágico para presentarse como Hijo de Dios. Pero los profetas son anteriores a Jesús, y anunciaron con siglos de anticipación al Hijo de Dios y los milagros que obraría. Si se duda de Jesús con argumentos que pretenden ser razonables, no se puede dudar de lo que los profetas anunciaron anticipadamente, antes que existiera Cristo. De aquí se sigue la conclusión que extrae San Agustín:

“Aún no existía Cristo como hombre cuando fueron enviados los profetas. Quien dice que fue mago y que mediante sus artes hizo que fuese adorado después de muerto, piense si era mago antes de haber nacido. He aquí por qué el Apóstol Pedro dice: Tenemos un testimonio más firme, el de los profetas. Existe, pues, la voz del cielo para avisar a los creyentes y el testimonio profético para convencer a los incrédulos”[8] .

Tenemos, entonces, que el testimonio de los profetas es más firme y adecuado que otras instancias para alcanzar certeza. Y en nuestro caso, ante la inquietud planteada: ¿es necesario entender para creer? O por el contrario, ¿es necesario creer para entender? se recurre al profeta Isaías. En efecto, este resuelve la cuestión:

“Surgió la controversia; vengamos al juez, juzgue el profeta. Mejor; juzgue Dios por medio del profeta. Callemos ambos. Ya se ha oído lo que decimos uno y otro. ‘Entienda yo, dices, y creeré’. ‘Cree, digo yo, para entender’. Responde el profeta: Si no creyereis, no entenderéis (Is 7, 9 sec. LXX)”[9] .

La cita de Is 7, 9 según la versión griega del Antiguo Testamento, llamada Septuaginta, es de gran alcance. Todo el contexto del sermón, así como su contenido, nos está hablando de la salvación que no sólo debe ser conocida, sino comprendida. ¿Cómo podría alguien salvarse si no entiende de qué se trata aquella salvación ofrecida? Y para comprender qué es salvación, qué significa ser librado de la condena y de la infelicidad, es necesario creer. Aparece bajo esta perspectiva la primacía de la fe, pues ella permite entrar en contacto con la realidad única que nos ofrece la verdadera vida, y sin fe, estaríamos totalmente ajenos a ella. Y por lo mismo, se deduce que la fe no es el término de un mero proceso racional, algo así como la culminación de un razonamiento. La fe no es fruto de alguna obra nuestra, sino don de Dios. Desde este punto de vista, la afirmación agustiniana, subrayando la primacía de la fe, ya está poniendo un parche anticipado a toda posible concepción pelagiana.

Pero si bien el profeta, cual eficiente juez designado por Dios ya dio su veredicto, es necesario considerar con el debido respeto y reverencia la objeción que plantea el incrédulo, o el aún no creyente que sin embargo querría creer. En los cuestionamientos e interrogantes que un no creyente plantea, Agustín percibe el trabajo discreto de la gracia y de la misma fe que poco a poco lo van llevando hasta el momento en que pueda decir: “Creo” con toda firmeza. En el reclamo: “Entienda yo y creeré” hay algo de cierto. ¿Qué es? Que la persona debe ser ayudada, llevada hasta la fe por quien le enseña, le predica y le testimonia su condición creyente. Pero el creer strictu sensu se sitúa en otro plano, no el de la acción humana, sino la recepción de Dios y de su Palabra. Y por eso es necesario “completar” el proceso:

“Aquel supuesto adversario, de cuya oposición ha nacido la controversia, para dirimir la cual pedí un profeta de juez, no emite palabras vacías de significado cuando dice: ‘Entienda yo y creeré’. Pues ciertamente lo que ahora estoy hablando lo hablo para que crean los que aun no creen. Y sin embargo, si no entienden lo que hablo, no pueden creer. Por lo tanto, en cierto modo es verdad lo que él dice: ‘entienda yo y creeré’. También es verdad lo que digo yo con el profeta: ‘Más bien cree para entender’. Decimos la verdad ambos; pongámonos de acuerdo. En consecuencia, entiende para creer; cree para entender. En pocas palabras, os voy a decir cómo hemos de entenderlo sin controversia alguna. Entiende para creer mi palabra; cree para entender la palabra de Dios”[10] .


Dialéctica razón-fe/ fe-razón

Una vez indicado lo que dice Agustín en el Sermón 43, toca ahora reflexionar sobre el sentido de estas expresiones tan ricas y sugerentes. Habíamos indicado que la doble expresión “Intellige ut credas; crede ut intelligas” nos ofrece valiosas enseñanzas sobre las relaciones entre fe y razón. Para alcanzar el núcleo de estas enseñanzas, conviene tener en cuenta algunos aspectos fundamentales del pensamiento agustiniano.

Ante todo, hay que recordar cuál es la razón de ser de la reflexión filosófica en la antigüedad clásica, y especialmente en la época en que San Agustín filosofaba. La filosofía, como lo indica el nombre, es acercamiento amoroso a la sabiduría, y ello con la finalidad de alcanzar la felicidad. A diferencia de lo que decía Aristóteles, que el principio de la filosofía es el asombro, podría decirse que en San Agustín, el comienzo de la filosofía está en la búsqueda de la felicidad. Más que una especulación teórica sobre la esencia de las cosas, para el santo de Hipona la filosofía es una realidad eminentemente práctica, y por eso Etienne Gilson puede afirmar: “Es un hecho de capital importancia para la comprensión del agustinismo que la sabiduría, objeto de la filosofía, haya sido siempre identificada para él con la felicidad. Lo que él busca es un bien tal que su posesión apague todo deseo y otorgue como consecuencia la paz. Tal eudemonismo innato depende en primer lugar del hecho que la filosofía fue y permaneció siempre para Agustín una cosa diversa de la búsqueda especulativa de un conocimiento desinteresado de la naturaleza”[11] .

Para conocer la verdad que lleva a la sabiduría, es fundamental el recurso a la inteligencia. En efecto, con su razón el hombre puede elevarse a lo más alto y, de hecho, puede llegar a la verdad, cosa que lo hace feliz. Considera Agustín que la felicidad no es otra cosa que el gozo de la verdad y es obvio que sin la capacidad intelectual, sería imposible acercarse a la verdad y gozar de ella. Ahora bien, San Agustín constató por experiencia propia que la razón sola no basta para conocer la verdad y alcanzar la felicidad. En su época de maniqueo, buscó una sabiduría que fuese obtenida por la sola razón, y desde este criterio, reprobaba y despreciaba la autoridad que mueve a aceptar la verdad. Por eso rechazaba la autoridad de la Iglesia, a su juicio, autoridad impositiva y que recortaba la racionalidad humana. Es lo que, ya convertido, recuerda a su amigo Honorato en una reflexión cargada de reminiscencias personales:

“Sabes, Honorato, que caímos bajo la influencia de los maniqueos sólo por esto, porque dejando de lado la opresora autoridad, prometían a cuantos se pusiesen bajo su dirección, llevarlos hasta Dios por un camino pura y estrictamente racional y librarlos de todo error. ¿Qué es lo que me forzó a seguirlos y escucharlos (…) sino su afirmación de que [en la Iglesia] se nos imponía un terror supersticioso y se nos obligaba a creer antes de entender; y que en cambio ellos nunca imponían la fe, sino que primero discutían y esclarecían la verdad?”[13] .

Aplicando esta metodología, Agustín no alcanzó la verdad, sino que más bien se alejó de ella. La razón sola, incapaz de alcanzar la verdad como le prometían los maniqueos, lo llevó al escepticismo[14] . Peor aún, no sólo no conocía en la verdad, sino que además vivía inmerso en el mal y en el pecado, y se sabía y sentía infeliz. Descubrió, en medio de sus angustias y de su miseria, que la fe, como aceptación humilde de la autoridad de la Iglesia que enseña la verdad de Dios, es el camino que permite conocer y comprender aquello que con tanta insistencia había buscado a lo largo de su vida. Y en la obediencia de la fe, por medio de ella, encontró aquel gozo de la verdad que es la meta de su existencia. Al racionalista y soberbio principio que le enseñaron los maniqueos: “Entiende, y como consecuencia, creerás”, la vida y la gracia de Dios le enseñó que el camino correcto es: “Cree, y así entenderás”. Y no sólo entenderás, sino que así serás verdaderamente feliz:

“Yo había dicho: Si creyereis; y luego os di este consejo: Si no has entendido, cree. La inteligencia es, pues, premio de la fe. No te afanes por llegar a la inteligencia para creer, sino cree para que llegues a la inteligencia, ya que si no creéis, no entenderéis”[15] .

Pero la aproximación agustiniana no es de oposición radical, como la de los maniqueos y, en general, la de todos los herejes. San Agustín entiende que la razón, el esfuerzo intelectual, tiene un papel muy importante en el proceso que lleva al conocimiento y gozo de la verdad, y por ende, a la consecución de la felicidad. Por tanto, considera que hay un papel propio de la razón en la dinámica que lleva hasta la verdad, si bien no es la razón la que tiene la primacía, sino la fe. De allí que plantee la cuestión en una doble perspectiva, que llamamos dialéctica: “intellige ut credas” – “crede ut intelligas”. Valora tanto la razón como la fe, pero desde una visión jerarquizada y colocando a cada una en el puesto que le corresponde, y así armoniza razón y fe.

a) Intellige ut credas: La razón es anterior al acto de fe, lo prepara y dispone al ser humano para que crea. Importa recordar que no es la razón la que produce la fe, pero tampoco se opone a ella. Y en cuanto antecede a la fe, y pone al hombre en las mejores disposiciones para creer, la razón implica cierta necesidad. Así, puede decir:

“La autoridad reclama la fe y prepara al hombre para la razón. Ésta conduce a la comprensión intelectual y al conocimiento, si bien a la autoridad tampoco le abandona la razón, si consideramos a quién se debe creer” [16].

Más en concreto, la razón nos da los motivos por los cuales es bueno y conveniente creer. De este modo se muestra que la fe no es un acto irracional, desgajado de la facultad más elevada y noble de la persona. En ese sentido, San Agustín otorga un gran valor a la razón, encomiándola en términos muy elogiosos. “Ama intensamente el entender” [17]. El creer mismo está indisolublemente ligado al razonar, y la clásica definición agustiniana va en esa misma línea: “Creer es pensar con asentimiento” [18]. Pero de lo que se trata, volviendo a la conclusión del sermón 43, es del “entiende para que creas mi palabra”. La razón se dirige a mostrar que lo que otros nos dicen acerca de Dios, de Jesucristo y, en última instancia, de la misma fe, es aceptable y coloca al hombre en las mejores condiciones para aceptar, no ya el testimonio o los argumentos de otros, sino lo que Dios mismo va a decir. Y esto remite a la segunda y más importante dimensión que es …

b) Crede ut intelligas: porque es la fe la que nos brinda la seguridad del conocimiento verdadero y por lo tanto, la certeza que nos permitirá profundizar. Aparece aquí un aspecto muy novedoso en el ámbito del pensamiento. Si bien es cierto que Agustín ha tomado muchas cosas de Platón, en este punto concreto hay una gran diferencia. Mientras que Platón consideraba que la fe (gr. ) pertenece al ámbito de la opinión (gr. ) y por ende, carente de fundamento racional, como lo es la ciencia (gr. ), para San Agustín, la fe cristiana no pertenece al ámbito de la opinión, sino al de la ciencia, pues la fe no puede ser nunca errónea, ya que la sostiene la autoridad de Dios[19] .

La fe se basa en la autoridad, sea la de Dios que se da a conocer por medio de Jesucristo, sea la de la Iglesia que hace presente y enseña la Revelación de Dios. Por eso, la fe implica la obediencia y la actitud humilde que acepta en primer lugar a Dios, y luego lo que Él nos comunica. Agustín describe las dimensiones de la fe de diversos modos, siendo el más conocido aquel que distingue entre el “credere Deum esse” (i.e. la fe como contenido, lo que se cree); “credere Deo (i.e. creer a Dios, la fe como confianza y aceptación) y “credere in Deum” (i.e. la fe como adhesión total y entrega definitiva de la propia persona a Dios). La fe, bajo esta perspectiva, tiene una dimensión transformante y genera en la persona que cree una auténtica conversión, que, desde nuestro tema implica una actitud de amor sincero hacia la verdad que permite comprenderla.

Y es precisamente aquí donde entra el punto que venimos analizando. Sólo con esta actitud de fe sobrenatural (= teologal), con esta transformación-conversión, la persona puede comprender lo que son los misterios de Dios, y en cierto modo, puede entender mejor a Dios que le ofrece su amistad. La fe no es el punto conclusivo del proceso de comunión con la Verdad, más bien es el punto de partida. Creer lleva a la reflexión de lo que se cree y aquí la razón tiene un papel decisivo. Sorprendentemente, San Agustín, a pesar del gran valor que concede a la fe, la considera muy limitada, y como un auxilio temporal que desaparecerá cuando el hombre haya alcanzado la plenitud. La meta no es que el hombre crea, sino… ¡que conozca! Y para esto, la razón es lo último. Es lo que dice el mismo Jesús, en la palabra que recoge el evangelista San Juan: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo”[20] . La vida eterna no es tener fe, sino conocer.

Entonces la fe está llamada también a comprender. En primer lugar, lo que está consignado en los libros sagrados y que describe la historia de la salvación. Pero también las verdades de la fe contenidas en el símbolo que profesa toda la Iglesia. Además, la fe debe procurar la defensa de la Revelación contra los ataques de los herejes, y en esto la razón desempeña una función insustituible. Éste es el campo de la teología, entendida como “intellectus fidei”. Dado que la teología se ocupa –según la descripción propuesta- de aquellas realidades temporales descritas por la Escritura, así como de las personas y los acontecimientos históricos, le corresponde la categoría de “ciencia”, según la nomenclatura empleada por San Agustín. Pero la razón no se queda satisfecha con el solo conocimiento de lo temporal. Aspira a una contemplación más elevada, la de Dios Eterno, y conocerle a Él en su misterio más personal y profundo. En otras palabras, la razón aspira a la sabiduría última y definitiva. ¿Es posible alcanzarla? Sí, mediante Jesucristo. Lejos de oponer ciencia y sabiduría, como se contraponen lo temporal y lo eterno, San Agustín las vincula en Jesucristo. En la persona de Jesús, el creyente, gracias a la fe que es profundizada mediante la razón, vale decir, por medio de la teología, logra acercarse a la contemplación de Dios que, con todas sus limitaciones, anticipa lo que será la visión de Dios cara a cara:

“Nuestra ciencia es Cristo y nuestra sabiduría es también Cristo. Él plantó en nuestras almas la fe de las cosas temporales, y en las eternas nos manifiesta la verdad. Por Él caminamos hacia Él y por la ciencia nos dirigimos a la sabiduría, mas sin apartarnos de la unidad de Cristo, en quien se hallan escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia”[21] .


Aplicaciones a la teología

Una vez revisado el sentido de la doble expresión “intellige ut credas” – “crede ut intelligas” y señalado la armoniosa relación entre razón y fe que de allí se desprende, extraemos algunas aplicaciones que, a partir de lo dicho por San Agustín, podemos hacer a nuestra labor como estudiosos de la filosofía y de la teología. Sin caer en anacronismos inconvenientes, ni tampoco buscando una restauración de lo pasado, que desconozca lo peculiar de nuestros tiempos, podemos ver en la enseñanza agustiniana algunas orientaciones muy valiosas. Conviene, pues, recoger su legado y con ello potenciar el trabajo intelectual y, sobre todo, el trabajo teológico que estamos llamados a desempeñar.

1) San Agustín nos recuerda la necesidad de la inteligencia para la teología. No basta con quedarnos en el mero análisis del dato bíblico, ni tampoco con repetir fórmulas. Es fundamental que la inteligencia se aplique a las verdades reveladas y ayude a conocer a fondo, todo lo que se pueda, el Misterio que Dios ha querido comunicarnos. Así se le da la debida importancia al “Intellectum valde ama” de San Agustín. En ese sentido, la filosofía tiene una función muy importante que desempeñar, ayudando a la teología en la consecución de sus fines, una función no sólo importante, sino incluso imprescindible. El hoy Beato Juan Pablo II recordaba en su encíclica Fides et ratio que el abandono de la filosofía, y sobre todo de la metafísica, conduce a cierto fideísmo presente en algunas formas de hacer teología.

2) Teniendo presente en todo momento que la fe no es la razón ni tampoco una consecuencia de la misma razón, sino que es don de Dios y que nos sitúa en el plano sobrenatural, San Agustín enseña la importancia de una fe saludable, fuerte y sólida como condición indispensable para la correcta reflexión sobre Dios y sus misterios. Seguramente a una fe pobre le sigue una pobre reflexión y, por lo mismo, un pobre entendimiento de las verdades reveladas. Reflexionar sobre la fe, hacer teología, no es tarea meramente teórica. Implica un compromiso personal con Dios, o, como decía el santo de Hipona, vivir con intensidad las dos dimensiones del “credere Deo” y del “credere in Deum”. La fe pide conversión, y la conversión tiene como meta y horizonte la santidad. El mejor teólogo no es el que sabe más teorías, sino el más santo, el que está más unido a Dios. La teología y la santidad no son dos realidades opuestas, antes bien, están llamadas a realizar una indisoluble unidad, como recordaba Hans Urs von Baltasar.

3) La convocatoria del Papa Benedicto XVI a vivir un “Año de la Fe” nos pone, además, en el compromiso de conocer a fondo la fe que profesamos. En este sentido, quién mejor que un gran Doctor y Padre de la Iglesia como San Agustín para enseñarnos a conocer y amar la fe católica, y resaltar esta dimensión que él denominaba “credere Deum esse”. Conocer los contenidos de nuestra fe para enseñarlos a nuestros hermanos más débiles e incipientes, haciendo frente a la gran ignorancia religiosa que es uno de los más serios problemas que aquejan a nuestras Iglesias.

4) “Cree para entender la palabra de Dios”: “Crede ut intelligas, verbum Dei”. Cuando la fe acoge a la razón que profundiza en lo creído, surge la teología. Y la fe, como diría Agustín y también la enseñanza dogmática de la Iglesia, es adhesión y aceptación de Dios y de lo que nos dice, no por la intrínseca verdad de las cosas, percibida por la luz natural de la razón, sino por la autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede ni engañarse ni engañarnos . Hay aquí un punto central en la noción de la fe que San Agustín resalta, y es el de la AUTORIDAD. La fe reposa sobre la autoridad de Dios, pero también sobre la autoridad de la Iglesia que nos ha transmitido la fe, y que a su vez nos asegura, con su autoridad, sobre la verdad de la misma Escritura: “Yo no creería en el Evangelio si no me indujera a ello la autoridad de la Iglesia Católica” . Ahora bien, ante la autoridad, la actitud correspondiente es la de OBEDIENCIA. Y esto tiene que ver también con la teología. Pues quien se dedica a este menester, debe reconocer que se halla bajo la autoridad de la Iglesia y a su servicio, porque ha aceptado la fe, que es reconocer la autoridad de Dios. Y solamente así, su teología será válida y provechosa. Un teólogo y una teología que no reconozca más autoridad que la de la razón, o peor aún, que la de SU razón, seguramente terminará mal, rechazando a Dios y a la Iglesia. Lo que nos demuestra, por contraste, que la autoridad de la fe no es imposición ni autoritarismo, sino más bien protección y cuidado para que la persona –y también la razón- no se pierdan ni desvaríen.

De esta manera, en la mutua interacción entre razón y fe, entendiendo para creer y creyendo para entender, San Agustín nos ofrece un camino válido que nos ayuda a vivir con intensidad la fe, y también a cumplir con la tarea teológica que somos llamados a realizar, sirviendo así a Dios, a la Iglesia y a todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo, invitados como nosotros a reposar nuestro inquieto corazón en Aquel que nos creó para sí.


Dr. Gustavo Sánchez Rojas

Profesor Principal de la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima.

Selección de imágenes: José Gálvez Krüger.


Notas

1]S.S. Benedicto XVI. “San Agustín: armonía entre fe y razón”. Catequesis en la Audiencia general del 30 de enero de 2008. En: Benedicto XVI. Los Padres de la Iglesia. De Clemente de Roma a San Agustín. Madrid, Ciudad Nueva 2008, p. 227. [2]San Agustín de Hipona. Sermón 43, n. 3; PL 38, 255. [3] Lug. Cit. [4] San Agustín de Hipona. Sermón 43, n. 4; PL 38, 255. [5] Lug. Cit. [6] 2 Pe 1, 17-19. [7] San Agustín de Hipona. Sermón 43, n. 5; PL 38, 256. [8] Lug. Cit. [9]San Agustín de Hipona. Sermón 43, n. 7; PL 38, 257 [10] San Agustín de Hipona. Sermón 43, n. 9; PL 38, 258. [11] Etienne Gilson. Introduzione allo studio di Sant’Agostino. Génova; Marietti 1998, p. 15. [12] San Agustín de Hipona. Confesiones, X, 23, 33; PL 32, XXX. [13]San Agustín de Hipona. La utilidad de creer, I, 2; PL 42, 66. [14]“Vínome a la cabeza el pensamiento que los filósofos que llaman académicos habían sido más avisados que los otros al sostener que de todo se debía dudar, llegando a la conclusión de que el hombre no es capaz de ninguna verdad”. San Agustín de Hipona. Confesiones, V, 10, 19; PL 32, XXX. [15] San Agustín de Hipona. Tratados sobre el Evangelio de San Juan, 29, 6; PL 35, 1630. [16] San Agustín de Hipona. La verdadera religión, 24, 45; PL 34, 141. [17] San Agustín de Hipona. Epístola 120 a Consensio, 3, 13; PL 33, 459. [18] San Agustín de Hipona. La predestinación de los santos, II, 5; PL 44, 963. [19] Ver Nello Cipriani. “El carácter progresivo del pensamiento agustiniano”. En: El pensamiento de San Agustín para el hombre de hoy. Dir. por José Oroz Reta y J.A. Galindo. Vol. II. Teología dogmática. Valencia; EDICEP 2005, pp. 46-47. [20] Jn 17, 3. [21] San Agustín de Hipona. La Trinidad, XIII, 19, 24; PL 42, 1034 [22] Concilio Vaticano I. Constitución Dogmática “Dei Filius” sobre la Fe católica, DH 3008. [23]San Agustín de Hipona. Réplica a la Carta de los maniqueos llamada “Del Fundamento”, V, 6; PL 42, 176.