Reina de Inglaterra de 1553 a 1558. Nacida el 18 de febrero de 1516,
murió el 17 de noviembre de 1558. Fue hija, la única descendencia
que sobrevivió, del matrimonio de Enrique VIII y Catarina de
Aragón. Su padrino fue el Cardenal Wolsey y en la primera
parte de su vida contó entre sus amigos más cercanos al
Cardenal Pole y a la madre de éste, la Condesa Margarita
de Salisbury, quien, martirizada en 1539, fue ya declarada beata (por
León XIII, el 29 de diciembre de 1886, N.T.). Sabemos por informes
de los contemporáneos de María que ella era muy atractiva
en su juventud. Tenía una naturaleza modesta, afectiva y amable.
Al igual que todas las princesas Tudor, recibió una magnífica
educación, llegando a hablar con facilidad latín, francés
y español, y destacó por su talento musical. Hasta el
momento de las negociaciones por el divorcio de su padre, María
era considerada como la heredera del trono y se habían hecho
planes para buscarle un esposo apropiado. Durante un tiempo sostuvo
un noviazgo con el Emperador Carlos V, padre del hombre que más
tarde sería su esposo. Sin embargo, cuando Enrique VIII llegó
a la inflexible decisión de despedir a su primera esposa, María,
que profesaba un cariño muy entrañable hacia su madre,
también cayó del favor real y poco después, en
1531, para dolor de ambas, madre e hija fueron separadas por fuerza.
Durante el período en el que Ana Bolena fue reina, a "Lady
María, la hija natural del rey", se le trató de forma
durísima y corrían rumores de que se pensaba mandar a
las galeras a madre e hija. Mas, al morir la Reina Catalina en enero
de 1536, y luego de la ejecución de Ana Bolena, pocos meses después,
la nueva reina, Jane Seymour, parece haber mostrado mejores deseos de
hacer amistad con la hija mayor del rey. Mientras tanto, el poderosísimo
Cromwell ejerció sobre ella tal presión que finalmente
María fue obligada a firmar una "sumisión" en
la que pedía perdón al rey al que ella "había
ofendido obstinada y desobedientemente", rechazaba la "pretendida
autoridad del Obispo de Roma", y confesaba que el matrimonio entre
sus padres había sido contrario a la ley de Dios. No se
debe olvidar que María firmó el documento sin haberlo
leído, y que, aconsejada por el enviado imperial, Chapuys, hizo
una protesta privada en la que manifestaba que había firmado
bajo amenazas. A María le fueron devueltos algunos aspectos de
su dignidad real, pero aún esos fueron puestos en peligro por
la solidaridad que mostró hacia la Peregrinación de
la Gracia. Mejoró su situación, empero, después
del matrimonio de su padre con su sexta esposa, Catalina Parr. Fue nombrada
en el testamento de Enrique como miembro de la línea de sucesión
al trono. Cuando el rey murió fue inevitable que, a causa de
las influencias que rodeaban a su joven sucesor, María terminara
retirándose a una vida de cierta oscuridad. Vivió principalmente
en los palacios de Hunsdon, Kenninghall y Newhall, aunque durante el
protectorado de Somerset no fue objeto de malos tratos. Cuando fue prohibida
la celebración de la Misa, ella decidió tomar una posición
fuerte: escribió al Consejo y apeló al emperador, e incluso
por un tiempo pareció que Carlos V iba a declarar la guerra a
Inglaterra. A lo largo de todo eso María se mantuvo firme, a
pesar de repetidas advertencias de parte del Consejo y de la visita
del Obispo Ridley. Se colocó en una posición de desafío
abierto ante el gobierno, por lo menos en lo tocante a las prácticas
religiosas que se realizaban en su propio hogar. Por otro lado, la relación
con su hermano fue exteriormente cordial y lo visitaba oficialmente
de vez en cuando.
La muerte de Eduardo, en julio 6 de 1553, le fue ocultada a María
durante algunos días pues Northumberland, el Lord Presidente
del Consejo, había estado conspirando para que el joven rey desheredara
a sus dos hermanas a favor de su propia nuera, Lady Jane Grey. El Lord
Presidente, apoyado inicialmente por el Consejo, hizo un intento por
asegurar la sucesión para Lady Jane, pero María actuó
pronta y valientemente, aposentándose en Framingham, a donde
acudieron en su ayuda los hombres de los condados orientales y, posteriormente,
incluso algunos miembros del Consejo. Ya para el 19 de julio María
había sido proclamada reina en Londres y pocos días después
fue arrestado Northumberland.
El éxito de María la convirtió en una reina sumamente
popular, y los seguidores de la última administración,
viendo que era inútil resistirse, se apresuraron a hacer las
paces con ella. Siempre se inclinó ella por la clemencia y fue
sólo por deferencia hacia sus consejeros que finalmente consintió
a la ejecución del traidor Northumberland y dos de sus colaboradores.
Northumberland, llegada su hora, se confesó católico con
aparente sinceridad. Lady Jane fue perdonada, y aún en asuntos
religiosos, quizás por consejo de Carlos V, María siempre
se mostró dispuesta a evitar extremismos. Los obispos católicos
del reinado de Enrique, como Bonner, Tunstall y Gardiner, fueron reinstalados
en sus sedes, mientras que los obispos intrusos fueron depuestos. Algunos
de ellos, como Ridley, Coverdale y Hooper, fueron puestos en prisión.
Cranmer, luego que hubo retado a la parte católica a sostener
un debate con él y Peter Martyr, fue llevado a la Torre bajo
los nada pequeños triviales cargos de haber participado en el
último intento de revolución. Pero no se derramó
ni una gota de sangre a causa de la religión.
En septiembre María fue coronada con gran pompa en Westminster
por Gardiner, a pesar de la excomunión que aún pendía
sobre el país, pero este acto se realizó para evitar el
vacío constitucional que se hubiera creado de retrasarse la confirmación
de la autoridad real. María no tenía el menor deseo de
oponerse a la autoridad papal. Todo lo contrario: ya se habían
iniciado las negociaciones con la Santa Sede que culminaron con el nombramiento
de Pole como legado para reconciliar el reino. El Parlamento sesionó
el 5 de octubre de 1553 y rechazó la bárbara Ley de Traición
del gobierno de Northumberland, aprobó un decreto que declaraba
legítima a la reina y otro para restituir la Misa en latín,
que incluía algunos castigos para quien no lo cumpliera, y otro
referente al celibato clerical. María, mientras tanto,
quizás por haberse dejado influenciar tanto por el embajador
español, Renard, había decidido casarse con Felipe de
España. Eso no fue bien visto por los representantes de la nación
que conformaban el Parlamento. Empero, la reina se mantuvo firme. Finalmente
se elaboró un tratado de matrimonio en el que se salvaguardaron
cuidadosamente las libertades británicas. Se puso en juego toda
la diplomacia española para realizar este plan y, por instigación
del emperador Carlos V, se impidió el regreso de Pole a Inglaterra,
por miedo a que se opusiera al matrimonio. La poca popularidad de la
proyectada alianza animó a Sir Thomas Wyatt a organizar una rebelión
que, en cierto momento, el 29 de junio de 1554, llegó a percibirse
como formidable. La reacción de María fue notablemente
valerosa: se dirigió a la ciudadanía de Londres en el
Guildhall y logró que se reuniera en torno suyo, con lo que pudo
desactivar fácilmente la insurrección. En ese momento
la seguridad del Estado parecía exigir medidas más estrictas.
Fueron ejecutados los cabecillas de la rebelión; entre ellos
se encontraba también la infortunada Lady Jane Grey. Nunca se
ha sabido con certeza si también Isabel, la hermana de María,
estuvo implicada en el movimiento, pero a ella, como a muchos otros
más, se le concedió misericordia.
Durante esos eventos, proseguía vigorosa la restauración
de la antigua religión. Se reconstruyeron los altares; se removió
a los clérigos casados; se celebraron misas solemnes en San Pablo;
nuevos obispos fueron consagrados según el ritual antiguo. El
segundo parlamento del reinado de María abrogó el título
de cabeza suprema y se llegó a intentar aplicar los estatutos
contra la herejía, pero esto fue rechazado por los Lords. Parte
de esta resistencia se debió indudablemente al temor que privaba
de que la total restauración de la Iglesia Católica únicamente
se lograría restituyéndole las tierras abaciales. Sin
embargo, una vez consumado el matrimonio de Felipe y María, el
25 de julio, y luego que la Santa Sede a mediados de noviembre hubo
garantizado a los ocupantes de la propiedad de la Iglesia de que no
serían molestados, Pole pudo volver a Londres. El día
30 de noviembre, él mismo pronunció la absolución
al reino, puestos de rodillas los reyes y el Parlamento frente a él.
Fue este mismo Parlamento el que en diciembre de 1554 reinstituyó
las antiguas normas en contra de la herejía y abrogó las
leyes que habían sido aprobadas en contra de Roma durante los
dos últimos reinados.
Todo lo anterior exacerbó los ánimos de los reformadores
más fanáticos, hombres que durante años habían
combatido contra el Papa y denunciado abiertamente la transubstanciación.
Probablemente estaban en lo cierto María y sus asesores al pensar
que la paz religiosa era imposible a menos que se acallara a esos fanáticos,
de modo que se comenzaron a aplicar de nuevo los castigos en contra
de la herejía. Estos castigos, después de todo, nunca
habían dejado de ser parte normal en la vida inglesa. Durante
los reinados de Enrique VIII y de Eduardo VI, muchos habían sido
quemados a causa de la religión, y los obispos protestantes
como Cranmer, Latimer y Ridley habían tenido que ver directamente
con la aplicación de esas penas. Se admite hoy que no fue la
sed de venganza sangrienta la que motivó los lamentables hechos
que sucedieron, pero ciertamente han pesado mucho sobre la memoria pública
acerca de María y es del todo probable que ella fuera la principal
responsable de dichas acciones, llevada por un equivocado celo por la
paz de la Iglesia. 277 personas fueron quemadas en menos de cuatro años.
Algunas de esas personas, como Cranmer, Latimer y Ridley, tenían
influencias y gozaban de alto nivel, pero la mayoría pertenecían
a los niveles inferiores. Estos, sin embargo, eran igualmente peligrosos
pues, como afirma el Dr. Gairdner, la herejía y la sublevación
constituyen casi conceptos intercambiables. Hoy día priva un
juicio mucho más amplio y equitativo que el que existía
antes. Como escribe cierto historiador, María y sus consejeros
"creían honestamente estar aplicando el único remedio
posible para quitar una enfermedad mortal del cuerpo político...
Lo que ellos hicieron en una escala hasta entonces desconocida en Inglaterra
se debió a la herejía que entonces existía en una
escala hasta entonces desconocida" (Innes, "England under
the Tudors", 232; y cf. Gairdner, "Lollardy",
I, 327).
Sin duda que algo de esa dureza de María, que contradecía
la clemencia y la generosidad que ella había mostrado durante
la parte anterior de su vida, se puede explicar por la amargura de la
que fue víctima en sus últimos años. Había
sido inválida durante largo tiempo y, durante el reinado de su
hermano, había padecido varias enfermedades serias. La hidropesía
se había vuelto crónica y su condición no tenía
remedio. Para colmo, estaba enamorada locamente de su marido, quien
no correspondía a ese afecto, y cuando se comprobó que
no podría tener descendencia, él la trató de manera
desconsiderada y abandonó Inglaterra definitivamente. En el último
año de su vida sobrevino la pérdida de Caláis,
y se dieron varios malentendidos con la Santa Sede, por la que ella
tanto había sacrificado. El peso de tantas frustraciones pudo
mucho en la vida de la reina. María murió muy piadosamente,
como había vivido, unas horas antes que su amigo, el Cardenal
Pole. Sus cualidades fueron muchas. Fue hasta el fin una mujer que supo
inspirar cariño en quienes entraban en contacto con ella. Los
historiadores modernos coinciden casi unánimemente en considerar
la triste vida de esta noble y desilusionada mujer como una de las más
trágicas de la historia.
HERBERT THURSTON
Transcrito por Marie Jutras
Traducido por Javier Algara Cossío