EL DOGMA DE LA TRINIDAD
La Trinidad es el término empleado para significar la doctrina
central de la religión Cristiana: la verdad que en la unidad
del Altísimo, hay Tres Personas, el Padre, el Hijo, y el Espíritu
Santo, estas Tres Personas siendo verdaderamente distintas una de
la otra. De este modo, en palabras del Credo Atanasio: "El Padre es
Dios, el Hijo es Dios, y el Espíritu
Santo es Dios, y, sin embargo, no hay tres Dioses sino uno solo". En
esta Trinidad de Personas, el Hijo proviene del Padre por una generación
eterna, y el Espíritu Santo procede por una procesión
eterna del Padre y el Hijo. Sin embargo y a pesar de esta diferencia,
en cuanto al orígen, las Personas son co-eternas y co-iguales:
todos semejantes no creados y omnipotentes. Esto,
enseña la Iglesia, es la revelación en relación
a la naturaleza de Dios, donde Jesucristo, el Hijo de Dios, vino al
mundo a entregarla al mundo: y la cual, la Iglesia, propone al hombre
como el fundamento de todo su sistema dogmático.
En las Escrituras, aún no hay ningún término por
el cual las Tres Personas Divinas sean denotadas juntas. La palabras
trias ( de la cual su traducción latina es trinitas)
fué primeramente encontrada en Teófilo de Antioquía
cerca del año 180 D.C. El habla de "la Trinidad de Dios (el Padre),
su Palabra y su Sabiduría ("Ad. Autol.", II, 15). El término,
desde era usado antes de su tiempo. Más tarde, aparece en su
forma Latina de trinitas en Tertuliano ("De pud". C. Xxi). En
el siglo siguiente, la palabra tiene uso general. Se encuentra en muchos
pasajes de Orígenes ("In Ps. Xvii", 15). El primer credo en el
cual aparece es aquel del pupilo de Orígenes, Gregorio Thaumaturgus.
En su Ekthesis tes pisteos compuesto entre los años 260
and 270, escribe:
Por lo tanto, no hay nada creado, nada sujeto a otro en la Trinidad:
tampoco hay nada que haya sido añadido como si alguna vez no
hubiera existido, pero que ingresó luego: por lo tanto, el Padre
nunca ha estado sin el Hijo, ni el Hijo sin el Espíritu: y esta
misma Trinidad es inmutable e inalterable por siempre. (P.G.,X, 986).
Es evidente que un dogma tan misterioso, presupone una revelación
Divina. Cuando el hecho de la revelación, entendida en su sentido
total como el discurso de Dios al hombre, ya no es admitida, el rechazo
a la doctrina le sigue como consecuencia necesaria. Por esta razón,
no tiene lugar en el Protestantismo Liberal de hoy. Los escritores de
esta escuela sostienen que la doctrina de la Trinidad, como profesada
por la Iglesia, no está contenida en el Nuevo Testamento, sino
que fué formulada por primera vez en el siglo II recibiendo aprobación
final en el siglo cuarto, como resultado de las controversias Arianas
y Macedonias. En virtud de esta aserción es necesario considerar
con algún detalle, la evidencia entregada por las Sagradas Escrituras.
Recientemente, se han hecho algunos intentos por aplicar las teorías
mas extremas de religiones comparativas para la doctrina de la Trinidad
y responder a ella a través de una ley natural imaginaria que
urge a los hombres a agrupar los objetos de su adoración en tres.
Parece inneceario dar mas referencia a estos extravagantes puntos de
vista, los cuales pensadores serios de cada escuela rechazan como carentes
de fundamento.
PRUEBAS DE LA DOCTRINA EN LAS ESCRITURAS
Nuevo Testamento
La evidencia en las Escrituras culminan en la comisión
bautismal de Mateo 28:20. Es evidente de la narración de los
Evangelistas que Cristo sólo dió a conocer la verdad a
los Doce paso a paso. Primero, El les enseñó a reconocer
en El al Eterno Hijo de Dios. Al final de su ministerio, El prometió
que el Padre enviaría otra Persona Divina, el Espíritu
Santo, en Su lugar. Finalmente después de Su resurrección,
El reveló la doctrina en términos explícitos, empujándolos
a "ir y enseñar a todas las naciones, bautizando en el nombre
del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo" (Mateo 28:18). La
fuerza de este pasaje es decisivo. Que "el Padre" y "el Hijo" son Personas
distintas se sigue de los términos mismos los cuales son mutuamente
exclusivos. La mención al Espíritu Santo en la misma serie,
los nombres conectados uno con el otro por la conjunción "y...y"
hace evidente que tenemos aquí una Tercera Persona co-ordinada
con el Padre y el Hijo, y excluyen conjunto la suposición que
los Apóstoles entendieron al Espíritu Santo no como una
Persona distinta, sino como Dios visualiza Su acción sobre las
creaturas. La frase "en el nombre" (eis to onoma) afirma del
mismo modo la Divinidad de las Personas y su unidad de naturaleza. Entre
los Judíos y en la Iglesia apostólica el nombre Divino
era representativo de Dios. Aquel que tiene el derecho a usarlo fué
investido con vasta autoridad: porque el esgrimió los poderes
sobrenaturales de El, cuyo nombre el empleó. Es increíble
que la frase "en el nombre" haya sido aquí empleada, donde no
todas las Personas mencionadas sean igualmente Divinas. Más aún,
el uso del singular "nombre" y no el plural, muestra que estas Tres
Personas son aquel Dios Uno Omnipotente en quien creían los Apóstoles.
Sin dudas, la unidad de Dios es tan fundamental a una doctrina como
la de los Hebreos y de la religión Cristiana, y es afirmada en
tantos incontables pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento, que cualquier
explicación inconsistente con esta doctrina podría ser,
en su conjunto, inadmisible. La aparición sobrenatural en el
bautismo de Cristo es citado a menudo como una revelación explícita
de la doctrina Trinitaria, dada en el mismo comienzo de su Ministerio.
Esto, nos parece, es un error. Es cierto que los Evangelistas lo ven
como una manifestación de las Tres Personas Divinas. Sin embargo,
aparte de la subsiguiente enseñanza de Cristo, el significado
dogmático de la escena difícilmente pudo ser comprendido.
Más aún, las narraciones del Evangelio parecen significar
que nadie sino Cristo y el Bautista fueron privilegiados de ver la Paloma
Mística, y escuchar las palabras que atestiguaron la Divina filiación
del Mesías.
Aparte de estos pasajes, hay muchos otros en el Evangelio que se refieren
a una u otra de las Tres Personas en particular y claramente expresan
la personalidad separada y la Divinidad de cada una. En relación
a la Primera Persona no será necesario entregar citas especiales:
aquellos que declaran que Jesucristo es Dios el Hijo, afirman por lo
tanto también una personalidad separada del Padre. La divinidad
de Cristo es ampliamente atestiguada no solo por San Juan sino por los
Sinópticos. Este punto es tratado en todas partes. (ver JesuCristo),
aquí será suficiente enumerar algunos de los mas importantes
mensajes de los Sinópticos, en los cuales Cristo es la muestra
evidente de su Naturaleza Divina.
El declara que El vendrá a ser el juez de todos los hombres (Mateo
25:31) En la teología judía el juicio del mundo era una
prerrogativa distintivamente Divina y no Mesiánica.
En la parábola del granjero malo, El se describe a Sí
mismo como el hijo del dueño de casa, mientras que los Profetas,
uno y todos son representados como los sirvientes (Mateo 21:33 sqq)
El es el Señor de los Angeles, aquel que ejecuta Sus comandos
(Mateo 24:31).
El aprueba la confesión de Pedro cuando éste lo reconoce
a El, no como el Mesías - un paso mas largo tomado por todos
los Apóstoles - sino explícitamente como el Hijo de Dios:
y El declara que ese conocimiento es debido a una especial revelación
del Padre (Mateo 16: 16-17).
Finalmente, ante Caifás, El no se declara meramente como el Mesías,
sino como respuesta a una segunda y distinta pregunta afirma su reclamación
de ser el Hijo de Dios. Instantáneamente El es declarado por
el sumo sacerdote culpable de blasfemia, una ofensa la cual no se le
pudo haber adjudicado por haberse proclamado simplemente como el Mesías
(Lucas 22: 66-71).
El testimonio de San Juan es aún más explícito
que aquel de los Sinópticos. Expresamente declara que el propósito
mismo de su Evangelio es establecer la Divinidad de Jesucristo
(Juan 20:31). En el prólogo lo identifica con la Palabra, el
único que procede del Padre, Aquel que desde toda la eternidad
existe con Dios, Aquel es Dios (Juan 1:1-18). La inmanencia del Hijo
en el Padre y del Padre en el Hijo es declarada con palabras de Cristo
a San Felipe: "No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está
en Mi? (Juan 14:10) y, en otros pasajes no menos explícitos (14:7;
16:15;17:21). La unicidad de Su poder y Su acción es afirmada:
"el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al
Padre: lo que hace El, también lo hace igualmente el Hijo" (5:19,
cf. 10:38) "Porque, como el Padre resucita a los muertos y les da la
vida, así también el Hijo da la vida a los que quiere"
(5:21). En 10:29, Cristo enseña expresamente Su unidad esencial
con el Padre: "El Padre, que me las ha dado, es más grande que
todos, y... Yo y el Padre somos uno.» Las palabras "aquello que el Padre
me ha dado", puede, teniendo en cuenta el contexto, no tener otro significado
que el Divino Nombre, poseído en su totalidad por el Hijo así
como por el Padre. Los críticos racionalistas descansan sobre
el texto: "el Padre es más grande que yo". (14:28). Ellos argumentan
que esto es suficiente para establecer que el autor del Evangelio tenía
puntos de vista subordinacionistas, y exponen en este sentido, ciertos
textos en los cuales el Hijo declara su
dependencia del Padre (5:19; 8:28). En
cuanto a lo que involucra a la doctrina de la Encarnación que,
en relación a Su Naturaleza Humana, el Hijo debe ser menos que
el Padre. Ningún argumento contra la doctrina católica
puede, por lo tanto, ser sacado de este texto. Así también,
los pasajes que se refieren a la dependencia del Hijo sobre el
Padre, aunque expresan lo que es esencial al dogma trinitario,
a saber, que el Padre es la suprema fuente desde Donde la Naturaleza
Divina y sus perfecciones fluyen al Hijo. (para ver la esencial diferencia
entre la doctrina de San Juan en relación a la Persona de Cristo
y la doctrina del Logos del filósofo Alejandrino, sobre el cual
muchos racionalistas han intentado trazarlo, ver LOGOS .)
En relación a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad,
hay pocos pasajes que pueden ser citados de los Sinópticos que
atestigüen Su personalidad distintiva. Las palabras de Gabriel
(Lucas 1:35) haciendo alusión al uso del término "el Espíritu"
en el Antiguo Testamento, para significar a Dios como operativo en Sus
creaturas, puede decirse que difícilmente contiene una revelación
definitiva de la doctrina. Por la misma razón, es dudoso si la
advertencia de Cristo a los fariseos en relación a la blasfemia
contra el Espíritu Santo (Mateo 12:31) puede ser usada como prueba.
Aunque en Lucas 12:12, " el Espíritu Santo les enseñará
lo que tengan que decir." (mateo 10:20 y Lucas 24:49), Su personalidad
está claramente denotada. Estos pasajes, tomados en conexión
con Mateo 28:19, postulan la existencia de tal enseñanza como
lo encontramos en los discursos en el Cenáculo, reportado por
San Juan (14-16). Tenemos, en estos capítulos la preparación
necesaria para la comisión bautismal. En ellos, los Apóstoles
son instruidos no solo en relación a la personalidad del Espíritu,
sino en relación a Su función hacia la Iglesia. Su trabajo
es enseñar lo que sea que El oiga (16:13) y les recordará
todas las enseñanzas de Cristo (14:26) para convencer al mundo
del pecado (16:8). Es evidente que, donde el Espíritu no una
Persona, Cristo no pudo haber hablado de Su presencia con los Apóstoles
como comparable a Su propia presencia ante ellos (14:16). Nuevamente,
si El, no fuera una Persona Divina, no pudo haber sido prudente con
los Apóstoles que Cristo debía dejarlos y el Consolador
tomar Su lugar (16:7).
Más aún, a pesar de la forma neutral de la palabra (pneuma),
el pronombre usado en relación a El es el masculino ekeinos.
La distinción del Espíritu Santo del Padre y del Hijo
está implícita en las declaraciones expresas de que El
procede del Padre y es enviado por el Hijo (15:26; cf. 14:16, 26). Sin
embargo, El es uno con Ellos: Su presencia con los Discípulos
es al mismo tiempo la presencia del Hijo (14:17, 18), mientras que la
presencia del Hijo es la presencia del Padre (14:23).
En los escritos que restan del Nuevo Testamento hay numerosos pasajes
que acreditan cuan clara y definitiva fué la creencia de la Iglesia
Apostólica en las tres Divinas Personas. En ciertos textos, la
coordinación del Padre, Hijo y Espíritu no deja duda posible
en lo que quiso decir el escritor. Sin embargo, en la Segunda Carta
a los Corintios 13:13, San Pablo escribe: "La gracia de nuestro Señor
Jesucristo y la caridad de Dios, y la comunicación del
Espíritu Santo estén con todos Uds". Aquí la construcción
muestra que el Apóstol está hablando de tres Personas
distintas. Más aún, siendo que los nombres Dios
y Espíritu Santo son nombres Divinos semejantes, se sigue
que Jesucristo es también visto como una Persona Divina. Así
también en la Primera carta a la
Corintios 12: 4-11: " Hay diferentes dones espirituales, pero el Espíritu
es el mismo. [5] Hay diversos ministerios, pero el Señor
es el mismo. [6] Hay diversidad de obras, pero es el mismo
Dios quien obra todo en todos." (Cf. también a los Efesios 4:
4-6; I Pedro 1:2-3.) Pero, aparte de pasajes como éstos, donde
hay una mención expresa de las Tres Personas, la enseñanza
del Nuevo Testamento en relación a Cristo y el Espíritu
Santo está libre de toda ambigüedad. En relación
a Cristo, los Apóstoles emplearon modos de discurso, los cuales
a los hombres traídos de la fe hebrea, necesariamente significaron
fe en Su Divinidad. Tal, por ejemplo, es el uso de la Doxología
en referencia a El. La Doxología, "Para El sea la gloria por
los siglos de los siglos" (ct. I Crónicas 16:38; Salmos 103:
31; 28:2) es una expresión de alabanza ofrecida a Dios sólo.
En el Nuevo Testamento, lo encontramos dirigido no sólo a Dios
el Padre, sino a Jesucristo (II a Timoteo 4:18; II Pedro 3:18;
Revelaciones 1:6; Hebreos 13: 20-21) y a Dios el Padre y Cristo en conjunción
(Revelaciones 5:13, 7:10). No menos convincente es el uso del título
de Señor (Kyrios). Este término representa el Hebreo
Adonai, así como Dios (Theos) representa Elohim.
Los dos son nombres igualmente Divinos (ct. I Corintios 8:4). En los
escritos apostólicos, Theos, casi podemos decir que ser
tratado como el nombre apropiado de Dios el Padre, y Kyrios del
Hijo (ver por ejemplo, en la I de Corintios 12:5-6); en sólo
unos pocos pasajes encontramos Kyrios usado para el Padre (I
Conrintios 3:5;7:17) o Theos para Cristo. Los Apóstoles
de tiempo en tiempo aplican a Cristo pasajes del Antiguo Testamento
donde Kyrios es usado por ejemplo en la Primera carta a los Corintios
10:9 (Números 21:7), Hebreos 1:10-12 (Salmos 101:26-28); y usan
tales expresiones como "el temor del Señor" (Hechos 9:31; II
Corintios 5:11; A los Efeios 5:21) "pidan en el nombre del Señor"
indiferentemente a Dios el Padre y a Cristo (Hechos 2:21; 9:14; Romanos
10:13). La declaración que "Jesús es el Señor"
(Kyrion Iesoun, Romanos 10:9; Kyrios Iesous, I Corintios
12:3) es reconocimiento de Jesús como Yahvé. Los textos
en los cuales San Pablo afirma que en Cristo habita la plenitud del
Altísimo (colosenses 2:9), que antes de Su Encarnación
El poseía la naturaleza esencial de Dios (Filemón 2:6)
que El "... quien es Dios sobre todas las cosas. ¡Alabado sea por siempre!..."
(Romanos 9:5) no nos dice nada que no esté implícito en
muchos otros pasajes de sus Epístolas.
La doctrina en relacion al Espíritu Santo es igualmente clara.
Que El es una personalidad distinta, está claramente reconocido
como lo muestran muchos pasajes. Es así como El revela Sus mandamientos
a los ministros de la Iglesia: "Mientras estaban celebrando el culto
del Señor y ayunando, dijo el Espíritu Santo: «Separadme
ya a Bernabé y a Saulo...»" (Hechos 13:2). El dirige la jornada
misionaria de los Apóstoles: "... intentaron dirigirse a Betania,
pero no se lo consintió el Espíritu de Jesús. (Acts
16:7; cf. Acts 5:3; 15:28; Romans 15:30). De El se afirman atributos
Divinos.
El posee omnipresencia y revela a la Iglesia misterios conocidos solo
por Dios (I Corintios 2:10)
Es El quien distribuye carismata (I Cor., 12:11)
El es el dador de vida sobrenatural (II Cor., 3:8)
El habita en la Iglesia y en las almas de los hombres individuales,
como en Su templo (Romanos 8:9-11; I Cor., 3:16, 6:19)
El trabajo de justificación y santificación es atribuído
a El (I. Cor. 6:11; Rom., 15:16), así como también en
otros pasajes, las mismas obras se atribuyen a Cristo (I. Cor., 1:2;
Gal., 2:17).
Para resumir: los variados elementos de la doctrina trinitaria están
todos expresamente enseñados en el Nuevo Testamento. La Divinidad
de las Tres Personas se insertan o están implícitas en
demasiados numerosos pasajes como para contarlos. La unidad de esencia
no es meramente postulada por el estricto monoteísmo del hombre
nutrido en la religión de Israel, para la cual, "las deidades
subordinadas" serían impensables; pero es, como lo hemos visto,
implicada en la comisión bautismal en Mateo 28:19, y, expresamente
insertas en relación al Padre y al Hijo en Juan 10:38. Que las
Personas son co-eternas y co-iguales es un mero corolario de lo anterior.
En relación a las Divinas procedencias, la doctrina de la primera
procedencia está contenida en los mismos términos Padre
e Hijo: la procedencia del Espíritu Santo del Padre e
Hijo es enseñada en el discurso del Señor reportado por
San Juan (14-17) (ver ESPIRITU SANTO)
Antiguo Testamento
Los primeros Padres estaban persuadidos que debía existir en
el Antiguo Testamento, indicaciones de la doctrina de la Trinidad y
encontraron tales indicaciones en no pocos pasajes. Muchos de estos
Padres no solamente creían que los Profetas lo atestiguaron,
si no que sostenían que debieron haber sido conocidos incluso
por los Patriarcas. Veían como cierto que el Divino mensajero
del Génesis 16:7, 18, 21:17, 31:11; Exodus 3:2, era Dios el Hijo;
por razones que serán mencionadas mas adelante (III.B.) consideraban
evidente que Dios el Padre no podía manifestarse a Sí
mismo (cf. Justin, "Dial.", 60; Ireneo, "Adv. haer.", IV, xx, 7-11;
Tertuliano, "Adv. Prax.", 15-16; Theof., "Ad Autol.", ii, 22; Novat.,
"De Trin.", 18, 25, etc.). Sostenían que, cuando los escritores
inspirados hablaron del "Espíritu del Señor" la referencia
era a la Tercera Persona de la Trinidad: y uno o dos (Ireneo, "Adv.
haer.", II, xxx, 9; Theofilo, "Ad. Aut.", II, 15; Hipolito, "Con. Noet.",
10) interpretaron la Sabiduría hipostática de los libros
sapiensales, no, con San Pablo, del Hijo, (Hebreos 1:3; ct. Sabiduría,
vii, 25,26) sino del Espíritu Santo. Aunque en otros Padres se
encuentra y parece ser la visión más conocida, que bajo
el Antiguo Testamento no hay distintiva intimación de la doctrina.
(Ct. Greg Naz., "Or. Theol.",v,26;Epiphanius, "Ancor" 73 "Haer.", 74;
Basil, "Adv. Eunom.", II, 22; Cyril Alex., "En Juan.", xii, 20.) Algunos
de éstos, sin embargo, admiten que un conocimiento del misterio
fué dado a los Profetas y santos del Antiguo Gobierno (Epiph.,
"Haer.", viii, 5; Cyril Alex., "Con. Julian.," I). Podría muy
bien concederse que el camino está preparado por la revelacion
en algunas profesías. Los nombres Emmanuel (Isaías 7:14)
y Dios el Poderoso (Isaías 9:6) afirmados del Mesías
hacen mención a la Naturaleza Divina del mensajero prometido.
Sin embargo, parece que la revelación del Evangelio fué
necesaria para otorgarle el sentido y claridad total a los pasajes.
Incluso estos exaltados títulos no condujeron a los Judíos
a reconocer que el Salvador por venir no era otro que el Mismo Dios.
Los traductores Septuagésimos ni siquiera se aventuraron a otorgar
a las palabras Dios el Poderoso literalmente, sino que nos dieron en
su lugar, "el ángel de gran designio". Un estadio aún
más elevado de preparación es encontrado en la doctrina
de los libros sapiensiales en relación a la Sabiduría
Divina. En los Proverbios 8, la Sabiduría aparece personificada,
y de una manera que sugiere que el autor sagrado no estaba utilizando
una mera metáfora, sino que tenía ante su mente a una
persona real (ct. Versos 22,23). Similar enseñanza ocurre en
Eclesiastés., 24, en un discurso donde la Sabiduría es
declarada para completar en "la asamblea del Mas Alto", e.d. en la presencia
de los ángeles. Esta frase, ciertamente supone concebir la Sabiduría
como una persona. La naturaleza de la personalidad es dejada oscura;
aunque se nos dijo que toda la tierra es el Reino de la Sabiduría,
que ella encuentra deleite en todos las obras de Dios, pero que Israel
es en una manera especial su porción y su herencia (Ecclus.,
24:8-13). En el libro de la Sabiduría de Salomón encontramos
un adelanto aún mayor. Aquí la Sabiduría es claramente
distintiva de Jehová: "Ella es...cierta emanación pura
de la gloria del Dios Altísimo...la brillantéz de luz
eterna, y el espejo inmaculado de la majestad de Dios, y la imagen de
su bondad" (Sabiduría 7:25-26. Ct. Hebreos 1:3). Más aún,
ella es descrita como "el obrero de todas las cosas" (panton technitis,
7:21), una expresión que indica que la creación es, de
algún modo, atribuible a ella. Sin embargo, en el Judaísmo
posterior esta doctrina exaltada sufrió un eclipse y parece haber
pasado al olvido. Tampoco, sin dudas, se puede decir que el pasaje,
aunque manifiesta algun conocimiento de una segunda personalidad del
Altísimo, constituye una revelación de la Trinidad. Por
lo que en ningun lugar del Antiguo Testamento encontramos ninguna indicación
clara de una Tercera Persona. A menudo, se menciona el Espíritu
del Señor, pero no hay nada que muestre que el Espíritu
es visto como distinto de Yahvé Mismo. El término es siempre
empleado para designar a Dios considerado en Su obra, ya sea en el universo
o en el alma humana. El tema parece haber sido correctamente resumido
por Epifanio donde dice: "El Dios Unico es declarado sobretodo por Moisés
y las dos personalidades (El Padre y el Hijo) están afirmadas
enérgicamente por los Profetas. La Trinidad es dada a conocer
por el Evangelio" ("Haer.", Ixxiv).
PRUEBA DE LA DOCTRINA EN LA TRADICIÓN
Los Padres de la Iglesia
En esta sección, mostraremos que la doctrina de la Santísima
Trinidad ha sido, desde los primeros tiempos, enseñada por la
Iglesia Católica y profesada por sus miembros. Como nadie la
ha negado en ningún período posterior a las controversias
Arianas y Macedónicas, será suficiente si aquí
consideramos la fe de sólo los primeros cuatro siglos. Un argumento
de gran peso es dado por las formas litúrgicas de la Iglesia.
La fuerza probatoria mas alta debe necesariamente adjuntar a estos,
dado que expresan no una opinión privada de un individual singular,
sino la creencia pública de todo el cuerpo de la fe. Tampoco
se puede objetar que las nociones de los Cristianos sobre el tema fueron
vagas y confusas, y que sus formas litúrgicas reflejan este estado
de ánimo. En este punto, la vaguedad era imposible. Cualquier
cristiano puede ser llamado a sellar con su sangre su fe que hay solo
Un Dios. La respuesta de San Máximo (c.D.C. 250) al mandamiento
del procónsul que debía sacrificar a los dioses "No ofrezco
ningún sacrificio salvo al Unico Dios verdadero" es típico
de las muchas respuestas en los Actos de los mártires. Está
fuera de discusión suponer que los hombres que fueron preparados
para dar sus vidas en pro de esta verdad fundamental estuvieran en este
punto, en tal confusión en relación a ella que eran ignorantes
si su credo era monoteísta, diteísta or triteísta.
Más aún, sabemos que su instrucción en relación
a las doctrinas de su religión, era sólida. Los escritores
de aquellos años dieron muestras como testigos que incluso los
iletrados estaban completamente familiarizados con las verdades de la
fe. (ct. Justin, "Apol", I, 60; Ireneo, "Adv.haer". III,iv,n.2).
Fórmulas Bautismales
Podríamos primero observar la fórmula bautismal,
la cual todos consideramos como primitiva. Ya se ha mostrado que las
palabras, tal como las prescribió Cristo (Mateo 28:18) expresan
claramente la Divinidad de las Tres Personas así como su distinción,
aunque puede ser agregada otra consideración. El Bautismo, con
su formal renuncia a Satanás y sus obras, fué entendido
como el rechazo a la idolatría del paganismo y la solemne consagración
del bautizado al único Dios verdadero (Tert., "De spect.", iv;
Justin, "Apol.", I, iv). El acto de consagración fué la
invocación de ellos, el Padre, Hijo y el Espíritu Santo.
La suposición que ver a la Segunda y Tercera Persona como seres
creados y donde, de hecho, se consagraron al servicio de las creaturas,
es manifiestamente absurda. San Hipólito ha expresado la fe de
la Iglesia en los términos más claros: "Aquel que desciende
dentro de la jofaina de regeneración con la fé reniega
del Malvado y se compromete con Cristo, renuncia al enemigo y confiesa
que Cristo es Dios...regresa de la pila bautismal como un hijo de Dios
y coheredero de Cristo. A Aquel con el todo sagrado, el bien y el dador
de vida Espíritu sea la gloria hoy y por siempre, y ara siempre.
Amen". ("Serm. En Teóf" n.10)
Las doxologías
El testigo de las doxologías no es menos sorprendente.
La forma, hoy universal "Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu
Santo" expresa tan claramente el dogma trinitario que los Arianos encontraron
necesario negar que estuvo en uso previo al tiempo de Flavio de Antioquía
(Philostorgius, "Hist. eccl.", III, xiii).
Es verdad que hasta el período de la controversia Ariana, otra
forma era más común "Gloria al Padre, a través
del Hijo en el Espíritu Santo" (ct. I Clemente, 58, 59; Justin,
"Apol", I, 67). Esta última forma es sin dudas, perfectamente
consistente con la creencia trinitaria: no expresa, sin embargo la coigualidad
de las Tres Personas, sino su obra en relación al hombre. Vivimos
en el Espíritu, y a través de El, somos hechos partícipes
en Cristo (Gálatas 5:25; Romanos 8:9). Y es a través de
Cristo, como Sus miembros que merecemos alabar a Dios (Hebreos. 13:15).
Aunque hay muchos pasajes en los Padres ante-Niceno que muestran que
la forma "Gloria al Padre y al Hijo y a (con) el Espíritu Santo",
estaba también en uso.
En la narrativa de San Policarpo, mártir, leemos: "Con Quien
a Aquel y el Espíritu Santo sea la gloria hoy y por los tiempos
por venir" (Mar. S. Polic., n14; ct.n.22).
Clemente de Alejandría invita a los hombres "den gracias y alaben
al único Padre e Hijo, al Hijo y Padre con el Espíritu
Santo" (Paed., III, xii)
San Hipólito termina su obra contra Noecio con las palabras:
"A El sea la gloria y el poder con el Padre y el Espíritu Santo
en la Sagrada Iglesia hoy y por siempre por los siglos de los siglos.
Amen" (Contra Noecio., n.18).
Denis de Alejandría usa casi las mismas palabras: "A Dios el
Padre y a su Hijo Jesucristo, con el Espíritu Santo sea
el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén" (En
San Basilio, "De Spiritu Sancto", xxix, n.72).
Más adelante, San Basilio nos dice que era una costumbre inmemoriable
entre los Cristianos cuando levantaban la lámpara para dar graciaa
a Dios con la plegaria Ainoumen Patera kai Gion kai Hagion Pneuma
Theou ("Alabamos al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo
de Dios").
Otros escritos Patrísticos
La doctrina de la Trinidad es formalmente enseñada en toda clase
de escritos eclesiásticos. Entre los apologistas, podemos mencionar
a Justino, "Apol." I, vi; Atenágoras, "Legat:pro Crist.", n.12.
El último nos dice que los Cristianos "son conducidos a la vida
futura por solamente una cosa, que ellos conocen a Dios y Su Logos,
cual es la unicidad del Hijo con el Padre, cual es la comunión
del Padre con el Hijo, y su distinción en unidad". Sería
imposible ser más explícitos. Y podemos estar seguros
que un apologista, quienes escribían a los paganos, podían
sopesar muy bien las palabras que usaban con esta doctrina. Entre los
escritores polémicos, podemos referirnos a Ireneo, "Adv. Haer",
I, xxii, IV, xx, 1-6. En estos pasajes, rechaza la ficción gnóstica
que el mundo fué creado por eones que habían emanado de
Dios, pero no eran consustanciales con El, y enseña la consustancialidad
de la Palabra y el Espíritu por Aquel Dios que creó todas
las cosas. Clemente de Alejandría profesó la doctrina
en "Paedag." I, vi, y, de alguna manera después, Gregorio Thaumaturgus,
como ya hemos visto, Estampa en los mas expresos términos su
credo. (P.G., X, 986).
En tanto en contraste con las enseñanzas heréticas
Sin embargo, evidencia posterior en relación a la doctrina de
la Iglesia es dada a través de una comparación de su enseñanza
con aquella de las sectas heréticas. La controversia con los
Sabelinos en el siglo tercero prueba concluyentemente que ella no podía
tolerar ninguna desviación de la doctrina trinitaria. Noecio
de Smirna, el originador del error, fue condenado por un sínodo
local, cerca del año 200 d.C. Sabelius quien propagó la
misma herejía en Roma en el año 220 d.C, fué excomulgado
por San Calixto. Es notable que la secta no fuera atrayente a la tradición:
consideraban el Trinitarismo en posesión dondequiera que aparecieran
- en Smirna, en Roma, en Africa, en Egipto. Por otro lado, San Hipólito,
quien los combatió en su "Contra Neocio", sostiene la tradición
apostólica para la doctrina de la Iglesia Católica: "Dejennos
creer, amados hermanos, de acuerdo con la tradición de los Apóstoles,
que Dios la Palabra vino del Cielo a la santísima Vírgen
María, para salvar al hombre". De alguna manera, después
(260 d.C.) Denis de Alejandría descubrió que el error
fué diseminado en la Pentapolis de Libia, y dirigió una
carta dogmática contra el a dos obispos, Eufanor y Ammonio. En
ella, con el fin de enfatizar la distinción entre las Personas,
nombró al Hijo poiema tou Theou y usó otras expresiones
que sugerían que el Hijo era considerado entre las creaturas.
Fue acusado de heterodoxia a San Dionisio de Roma quien sostuvo un concilio
y le dirigió una carta que trataba de la verdadera doctrina Católica
en relación al punto en cuestión. El Obispo de Alejandría
contestó con una defensa de su ortodoxia titulada "Elegxhos
kai apologia" donde corrigió lo que hubiera estado errado.
Expresamente profesó su creencias en la consustancialidad del
Hijo, usando el mismo término homoousios,
el cual, luego, se tornó en la piedra angular de la ortodoxia
en Nicea (P.G., XXV, 505). La historia de la controversia es concluyente
en lo que respecta al estándar doctrinal de la Iglesia. Nos muestra
que ella era firme en su rechazo, por un lado, de cualquier confusión
respecto a las Personas y, por otro lado, cualquier negación
de su consustancialidad. La información que tenemos en relación
a otra herejía - aquella de Montano - nos entrega una nueva prueba
que la doctrina de la Trinidad fué la enseñanza de la
Iglesia el año 150 d.C. Tertuliano afirma en los términos
más claros que lo que el sostenía como la Trinidad en
cuanto católico, es lo mismo que afirma como Montanista ("Adv.
Prax", II,156); y en la misma obra explícitamente enseña
la Divinidad de las Tres Personas, su distinción, la eternidad
de Dios el Hijo (op.cit., xxvii). De la misma manera, Epifanio afirma
la ortodoxia de los Montanistas en este tema. (Haer.,1xviii). Ahora
bien no se puede suponer que los montanistas hayan aceptado ninguna
enseñanza novedosa de la Iglesia Católica dada su secesión
en la mitad del siglo 2. De aquí, puesto que hubo total acuerdo
entre los dos cuerpos en relación a la Trinidad, tenemos aquí
una prueba clara que el Trinitarismo era un artículo de fé
en el tiempo cuando la tradición apostólica estaba lejos
de ser reciente como para que cualquier error haya aparecido o se haya
tornado tan vital.
Controversia posterior
No obstante la fuerza de los argumentos que hemos resumido, desde finales
del siglo 17, se ha llevado a cabo hasta el presente una vigorosa controversia
en relación a la doctrina Trinitaria de los Padres ante-Nicene.
Los escritores Socinianos del siglo 17 (ej. Sand, "Nucleus historiae
ecclesiastic", Amsterdam, 1668) afirmó que el lenguaje de los
primeros Padres, en muchos pasajes de sus obras muestran que no estaban
de acuerdo con Atanasio, sino con Arius. Petavius, quien en ese período
estaba comprometido con su gran trabajo teológico, fué
convencido por sus argumentos, y permitió que, al menos algunos
de estos Padres cayeran en graves errores. Por otro lado, su ortodoxia
fué defendida vigorosamente por el divino Anglicano Dr. George
Bull ("Defensio Fidei Nicaen", Oxford, 1685) y subsecuentemente por
Bossuet, Thomassinus y otros teólogos católicos. Aquellos
que asumieron una visión menos favorable, afirmaron que muestran
los siguientes puntos inconsistentes con la creencia post-Nicena de
la Iglesia:
- Que el Hijo, en relación a su Naturaleza Divina, es inferior
y no igual al Padre;
- Que el Hijo apareció solo en las teofanías del Antiguo
Testamento, en tanto que el Padre es esencialmente invisible, sin
embargo, el Hijo no;
- Que el Hijo es un ser creado;
- Que la generación del Hijo no es eterna, sino que se dió
en el tiempo.
Debemos examinar estos cuatro puntos en órden:
Como prueba de la aseveración que muchos de los Padres negaron
la igualidad del Hijo con el Padre, los pasajes son citados de Justin
(Apol., I, xiii,xxxii), Ireneo (Adv. Haer., III, viii, n.3), Clem. Alej.
("Strom", VII, ii), Hipólito (Con. Noet., n. 14), Origen (Con.
Cels., VIII, xv). De este modo. Ireneo dice: "El ordenó, y ellos
fueron creados...¿A Quién El ordenó? Su Palabra, por quien,
dicen las Escrituras, los cielos fueron erigidos". Y Orígenes,
loc. Cit., dice: "Declaramos que el Hijo no es mas poderoso que el Padre,
sino inferior a El. Y esta creencia se sostiene por lo que Jesús
Mismo dijo : "El Padre que me envió es más grande que
Yo". Ahora, en relación a estos pasajes, debería nacer
en la mente que hay dos formas de considerar la Trinidad. Podemos ver
las Tres Personas en cuanto a que poseen igualmente Naturaleza Divina
o, podemos considerar al Hijo y al Espíritu como derivando del
Padre, Quien es la única fuente de Divinidad, y desde el Cual
Ellos reciben todo lo que tienen y son. El primer modo de considerarlos
ha sido la mas común desde la herejía Ariana. La
última, sin embargo, era mas frecuente previo a aquel período.
Bajo este aspecto, el Padre como siendo: la única fuente de todo,
puede ser considerado mas grande que el Hijo. Por lo tanto, Atanasio,
Basil, Gregorio de Nissa, y los Padres del Concilio de Sardicia, en
su carta sinoidal, todos trataron las palabras de nuestro Señor
enseñando "El Padre es mas grande que Yo" como haciendo referencia
a Su Deidad (ct. Petavius, "De Trin.", II, ii, 7, vi, 11). Desde este
punto de vista, se puede decir que en la creación del mundo,
el Padre ordenó y su Hijo obedeció. La expresión
no es aquella que pudo haber sido empleada por escritores latinos quienes
insistían que la creación y todas las obras de Dios procedían
de El mismo como Uno y no de Personas como distintas una de la otra.
Pero esta verdad no era familiar para los primeros Padres.
Justin (Dial., n 60); Ireneo (Adv. haer., IV, xx, nn. 7, 11), Tertuliano
("C. Marc.", II, 27; "Adv. Prax.", 15, 16), Novacio (De Trin., xviii,
25), Teófilo (Ad Autol., II, xxii), son acusados de enseñar
que las teofanías eran incompatibles con la naturaleza esencial
del Padre, sin embargo, no incompatibles con aquella del Hijo. En este
caso, la dificultad también puede ser ampliamente eliminada si
se recuerda que estos escritores veían todas las operaciones
Divinas como procedentes de las Tres Personas como tales, y no la Deidad
vista como Una. Ahora, la Revelación nos enseña que en
la obra de la creación y redención del mundo, el Padre
efectúa Su propósito a través del Hijo. A través
de El, juzgará. En consecuencia era una creencia en estos escritores
que, considerando la disposición presente de la Providencia,
las teofonías solo pudieron haber sido obra del Hijo. Más
aún, en Colosenses 1:15, el Hijo es expresamente nombrado "la
imagen del Dios invisible." (eikon tou Theou rou aoratou). Parece
que tomaron esta expresión con estricta literalidad. La función
de un eikon es manifestar lo que en sí mismo está
escondido (ct. San Juan Damascano, "De imagin", III, n. 17). En consecuencia
sostenían que la obra de revelación del Padre pertenece
por naturaleza a la Segunda Persona de la Trinidad, y concluye que las
teofonías eran Su obra.
Expresiones que parecen contener la declaracion que el Hijo fué
creado se encuentran en Clemente de Alejandría (Strom., V, xiv;
VI, vii), Tatian (Orat., v), Tertuliano ("Adv. Prax." vi; "Adv. "Adv.
Hermong.", xviii, xx), Orígenes (In Joan., I, n. 22). Clemente
habla de la Sabiduría como "creada antes de todas las cosas"
(protoktistos),
y Tatian conceptualiza la Palabra como "la primera obra engendrada (ergon
prototokon) del Padre. No obstante, el significado de estos autores
está claro. En Colosenses 1:16, San Pablo dice que todas las
cosas fueron creadas en el Hijo. Esto fué entendido que significaba
que la creación tuvo lugar de acuerdo a ideas predeterminadas
ejemplares por Dios y existiendo en la Palabra. Considerando esto, se
puede decir que el Padre creó la Palabra, este término
es usado en lugar de la más precisa generada, tanto como las
ideas ejemplares de la creación fueron comunicadas por el Padre
al Hijo. O, nuevamente, la actual Creación del mundo pudo haber
sido expresada la creación de la Palabra, siendo que ocurre de
acuerdo a las ideas que existen en la Palabra. Invariablemente, el contexto
muestra que el pasaje debe ser entendido en uno u otro de estos sentidos.
La expresión es, sin lugar a dudas, muy tosca y ciertamente nunca
se hubiera empleado sino por el verso, Proverbios 8:22, el cual es dado
en el Septuaginto y en las antiguas versiones latinas
"EL SEÑOR me dio la vida* (ektike) como primicia de
sus obras,* mucho antes de sus obras de antaño." Como el pasaje
fué entendido haciendo referencia al Hijo, éste planteó
la pregunta ¿cómo se pudo decir que la Sabiduría fué
creada? (Orígenes, "Princ.", I,ii, n.3) Más aún
conviene recordar que una terminología precisa en relación
a las relaciones entre las Tres Personas fué el fruto de las
controversias que brotaron en el siglo cuarto. Los escritores de un
período más temprano no estaban preocupados con el Arianismo,
y emplearon expresiones las cuales, bajo la luz de los subsiguientes
errores son vistos no sólo como meras imprecisiones, sino como
peligrosas.
Se presentaron tal vez, mayores dificultades, por una serie de pasajes
los cuales parecen afirmar que previo a la Creación del mundo,
la Palabra no era una hipóstasis distinta del Padre. Eestas se
encuentran en Justin (C. Tryphon., lxi), Tatian (Con. Graecos, v), Atenagoras
(Legat., x), Theófilo (Ad Autol., II, x, 22); Hippolytus (Con.
Noet., x); Tertullian ("Adv. Prax.", v-vii; "Adv. Hermogenem" xviii).
Es por esto que Teófilo escribe (op.cit.,n.22) "¿Qué más
es esta voz (oída en el Paraíso) sino la Palabra de Dios
Quien es también Su Hijo?...Porque antes, nada fué, El
lo tenía a El como su consejero, siendo su propia mente y pensamiento
(i.e. como el logos endiathetos, c.x)). Aunque cuando Dios quiso
hacer todo lo que había determinado, entonces El Lo engendró
como la Palabra pronunciada (logos prophorikos), el Primero de
toda la creación, sin embargo, no el mismo dejado sin Razón
(logos), sino habiendo engendrado Razón y por siempre
en reciprocidad con Razón" Expresiones como éstas, se
deben indudablemente a la influencia de la filosofía Estoica:
el logos endiathetos y logos prophorikos, eran concepciones
habituales de aquella escuela. Es evidente que estos apologetas buscaban
explicar la Fe Cristiana a sus lectores paganos en términos con
los cuáles los últimos estaban familiarizados. Algunos
escritores católicos sin duda pensaron que la influencia de su
instrucción previa los llevó al Subordinacionismo, a pesar
que la Iglesia misma nunca se involucró en tal error (ver LOGOS).
Sin embargo, no parece necesario adoptar esta conclusión. Si
el punto de vista que tenían presente los escritores, entonces,
las expresiones, extrañas como eran, serían vistas como
no incompatibles con la creencia ortodoja.
Como hemos dicho, los primeros Padres veían en Proverbios 8:22
y Colosenses 1:15, como distintivamente enseñando que hay un
sentido en el cual la Palabra fué engendrada antes que todos
los mundos, lo que puede correctamente decirse haber sido engendrada
en el tiempo. Esta generación temporal que concebían no
era otra que el acto de la creación. Ellos tenían esta
visión como complemento a la generación eterna, tanto
como si fuera la manifestación externa de aquellas ideas creativas
las cuales desde toda la eternidad, el Padre ha comunicado a la Palabra
Eterna. Aún más, en las mismas obras que contienen estas
perplejantes expresiones, se encuentran otros pasajes que enseñan
explícitamente la eternidad del Hijo, por lo que parece muy natural
interpretarlas en este sentido. Más aún, conviene recordar
que a través de este período, los teólogos, al
tratar el tema de la relación de las Personas Divinas, entre
sí, invariablemente las veían en conexión con la
cosmogonía. Sólo después, en la era Nicena, aprendieron
a prescindir del tema de la creación y trataron la Personalidad
triple exclusivamente desde el punto de vista de la vida Divina del
Altísimo. Cuando se llegó a este paso, las expresiones
como aquellas, se tornaron imposibles.
LA TRINIDAD COMO UN MISTERIO
El primer Concilio Vaticano ha explicado el significado del término
misterio en teología. Formula que un misterio es una verdad
la cual no somos capaces de descubrir sino que es una Revelación
Divina, pero la cual, aún cuando ha sido revelada se mantiene
"escondida bajo el velo de la fe y, como quien dice, introducida en
un sobre por una especie de oscuridad" (Const., "De fide. Cath", iv).
En otras palabras, nuestra comprensión se mantiene solamente
parcial incluso luego de haberse aceptado como parte del mensaje Divino.
Podemos formarnos un concepto representativo a través de analogías
y tipos, que expresan aquello que ha sido revelado, pero no podemos
atrapar el conocomiento total el cual supone que los varios elementos
del concepto están claramente entendidos y su compatibilidad
recíproca manifiesta. En relación a la justificación
de un misterio, la gestión de la razón natural sirve solamente
para mostrar que no contiene imposibilidad intrínseca, y que
cualquier objeción impulsada contra ella debe darse en Razón.
Las expresiones tales como esas son sin dudas, señal que ellas
violan las leyes del pensamiento, por ende, son inválidas. Más
que esto no se puede hacer.
Aún más, el Primer Concilio Vaticano definió que
la Fe Cristiana contiene estrictamente hablando, misterios (can. 4).
Todos los teólogos admiten que la Trinidad es uno de ellos. Sin
dudas, de todas las verdades reveladas esta es la más impenetrable
a la razón. En consecuencia, no declararlo misterio, sería
una virtual negación del canon en cuestión. Más
aún, en palabras de Nuestro Señor en Mateo 9:27 dice "Nadie
conoce al Hijo, sino el Padre" parece declarar expresamente que la Pluralidad
de Personas en la Divinidad es una verdad completamente fuera del alcance
de cualquier inteligencia creada. Los Padres, suministran muchos pasajes
en los cuales se afirma la incomprensibilidad de la Naturaleza Divina.
San Jerónimo dice en una frase muy conocida: "La verdadera profesion
del misterio de la Trinidad, es adueñarse de la idea que no la
comprendemos" (De mysterio Trinitatus recta confessio est ignoratio
scientiae -- "Proem ad 1. xviii in Isai."). La controversia con los
Eunonimos, que declararon que la Esencia Divina ha sido totalmente expresada
en la absolutamente simple noción de "el Inaccesible" (agennetos),
y que este era complementamente comprensible por la mente humana, llevó
a muchos Padres Griegos a insistir en la incomprensibilidad de la Naturaleza
Divina, más especialmente en relación a las procedencias
internas. (San. Basilio. "In Eunom.", I, n. 14; St. Cyril de Jerusalem,
"Cat.", VI; San Juan. Damasquino, "Fid. Orth.", I, ii, etc., etc.).
Sin embargo, en fechas posteriores, se encuentran algunos famosos nombres
que defienden la opinión contraria, como Anselmo ("Monol.", 64),
Abelardo ("En Ep. Ad Rom."), Hugo de San Víctor ("De sacram"
III, xi), y Ricardo de San Víctor ("De Trin", III, v) todos declaran
que es posible asignar razones perentorias porque Dios debe ser ambos
Uno y Tres. Como explicación de esto, conviene hacer notar que
en aquel período la relación de la filosofía con
la doctrina revelada no era oscuramente entendida. Sólo luego,
con el sistema aritotélico, obtuvo reconocimiento de los teólogos
y el tema fué totalmente tratado. En el fermento intelectual
de la época, Abelardo inició una tendencia racionalista:
no sólo afirmó un conocimiento de la Trinidad a los filósofos
paganos, sino que su propia doctrina trinitaria era prácticamente
Sabelina. El error de Anselmo no se debió al racionalismo sino
a una aplicación demasiado amplia del principio Agustiniano "Crede
et intelligas". Hugo y Ricardo de San Víctor fueron, sin embargo,
influenciados por las enseñanzas de Abelardo. Los errores de
Raimundo Lully (1235-1315) en este sentido, eran incluso más
extremos. Fueron expresamente condenados por Gregorio XI en el año
1.376. En el siglo 19 la influencia del Racionalismo prevaleciente,
se manifestó en varios escritores católicos. Frohschammer
and Günther afirmaron que el dogma de la Trinidad era capaz de
probarse. Pío IX reprobó sus opiniones en más de
una ocasión (Denzinger, 1655 sq., 1666 sq., 1709 sq.) y fué
muy precavido contra esta tendencia que el Primer Concilio Vaticano
envió los decretos en los cuales se hizo referencia. Un error,
de alguna manera similar, aunque menos agraviante, se dió por
el lado de Rosmini fué condenado el 14 de Diciembre de 1887 (Denz.,
1915).
LA DOCTRINA INTERPRETADA POR LA TEOLOGIA
GRIEGA
Naturaleza y Personalidad
Los Padres Griegos asumieron el problema de la doctrina trinitaria
de una manera que difiere de manera particularmente importante de aquellos
que, desde los días de San Agustín, habían sido
tradicionales en la teología Latina. La teología Latina
fijó el pensamiento primero sobre la Naturaleza y solo subsecuentemente
en las Personas. La Personalidad fué vista como, para decirlo
de alguna manera, el complemento final de la Naturaleza: La Naturaleza
fué considerada como lógicamente previa a la Personalidad.
En consecuencia, porque la naturaleza de Dios es una, El es conocido
por nosotros como Un Dios antes de poder ser conocido como Tres Personas.
Y cuando los teólogos hablan de Dios sin hacer especial mención
a una Persona, lo conciben bajo este aspecto. Esto es completamente
diferente desde el punto de vista griego. El pensamiento griego se fijó
primero en las Tres Personas distintas: el Padre, Quien, como fuente
y origen de todo, el nombre de Dios (Theos) le pertenece especialmente;
el Hijo, que procede del Padre por generación eterna, y por lo
tanto nominado correctamente Dios también; y el Espíritu
Divino, que procede del Padre a través del Hijo. La Personalidad
es tratada como lógicamente previa a la Naturaleza. Así
como en la naturaleza humana es algo que los hombres individuales poseen,
y que sólo puede ser concebida como perteneciente a.. y dependiente
del individuo, así también la Naturaleza Divina es algo
que pertenece a las Personas y no puede ser concebida independientemente
de Ellas. El contraste parece notable en relación al tema de
la creación. Todos los teólogos occidentales enseñan
que la creación, como todas las obras externas de Dios, proceden
de El como Uno: las Personalidades separadas no entran en consideración.
Los griegos invariablemente hablan como si, en todas las obras Divinas,
cada Persona ejerce una función separada. Ireneo replica a los
Gnósticos, que sostienen que el mundo fué creado por el
demiurgo otro que el Supremo Dios, al afirmar que Dios es el único
Creador, y que El hace todas las cosas por Su Palabra y Su Sabiduría,
el Hijo y el Espíritu (Adv. haer., I, xxii; II, iv, 4, 5, xxx,
9; IV, xx, 1). Una fórmula a menudo encontrada en los Padres
Griegos es que todas las cosas son del Padre y son causadas por el Hijo
en el Espíritu (Atanasio, "Ad Serap.", I, xxxi; Basil, "De Spiritu
Sancto", n. 38; Cyril de Alejandría, "De Trin. dial.", VI). De
este modo, también, Hipólito (Con Noet.,x) dice que Dios
ha modelado todas las cosas por Su Palabra y Su Sabiduría creándolas
por Su Palabra, y adornándolas por Su Sabiduría. (gar
ta genomena dia Logou kai Sophias technazetai, Logo men ktizon Sophia
de kosmon). El Credo Niceno aún conserva para nosotros este
punto de vista. En él, aún profesamos nuestra creencia
"en un Dios y Padre Todopoderoso, Creador del cielo y la tierra...y
en Jesucristo Nuestro Señor...por Quien fueron hechas
todas las cosas...y en el Espíritu Santo.
La Unidad Divina
Los Padres Griegos no olvidaron salvaguardar la doctrina de la Unidad
Divina, aunque su punto de vista manifiestamente requería un
tratamiento diferente de aquel empleado en Occidente. La consustancialidad
de las Personas es afirmada por San Ireneo al decirnos que Dios creó
el mundo por Su Hijo y Su Espíritu, "Sus dos manos" (Adv. Haer.,
IV, xx,1) El tenor de la frase es evidentemente indicativa que la Segunda
y Tercera Personas no son substancialmente distintas de la Primera.
Una descripción más filosófica es la doctrina de
la Recapitulación (sygkephalaiosis). Esta, al parecer,
primeramente encuentra correspondencia entre San Denis de Alejandría
y San Dionisio de Roma. El primero escribe: "Nosotros, de este modo
[ i.e., por la procedencia doble]
extendemos la mónada [ la Primera
Persona] a la Trinidad, sin causar ninguna
división, y donde capitula la Trinidad en la mónada sin
causar disminusión" (outo men emeis eis te ten Triada ten
Monada, platynomen adiaireton, kai ten Triada palin ameioton eis ten
Monada sygkephalaioumetha -- P.G., XXV, 504). Aquí, la consustancialidad
es afirmada sobre la base que el Hijo y el Espíritu, procedentes
del Padre, no son, sin embargo, separados de El; mientras, nuevamente,
con todas sus perfecciones, pueden ser considerados como contenido en
El. Esta doctrina supone un punto de vista muy diferente del que hoy
estamos familiarizados. Los Padres Griegos afirmaban que el Hijo, como
la Sabiduría y el Poder del Padre (I Cor., 1:24) en un sentido
formal, y en manera similar, el Espíritu como Su Santidad. Aparte
del Hijo, el Padre puede ser sin Su Sabiduría; aparte del Espíritu
El puede ser sin Su Santidad. Por eso, el Hijo y el Espíritu
son considerados "Poderes" (Dynameis) del Padre. Pero mientras
en las creaturas, los poderes y facultades son meras perfecciones accidentales,
en el Todopoderoso son hipóstasis subsistentes. Denis de Alejandría
en relación a la Segunda y Tercera Personas, las entiende como
los "Poderes" del Padre, y habla de la Primera Persona como "extendido"
a ellos y no dividisiones de ellos. Y, siendo lo que sea que tienen,
fluyen de El, este escritor afirma que si fijamos nuestros pensamientos
en la sola fuente de Deidas, lo encontramos en El sin disminucació,
todo lo que está contenido en ellos.
La controversia Ariana condujo a la insistencia en la Homousía.
Aunque con los Griegos este no es un punto de partida, sino una conclusión,
el resultado de un análisis reflexivo. La filiación de
la Segunda Persona implica que El ha recibido la Naturaleza Divina totalmente,
y para las generaciones implica el origen de uno que es igual en naturaleza
al principio originador. Pero aquí, está fuera de discusión
el tema de la unidad meramente específica. La Esencia Divina
no es capaz de multiplicación numérica; es, por lo tanto,
razonaron ellos, idénticamente la misma naturaleza que ambos
poseen. Una línea similar de argumentación, establece
que la Naturaleza Divina, en tanto comunicada al Espíritu Santo,
no es específicamente, sino numéricamente, uno con aquella
del Padre y del Hijo La unidad de naturaleza era entendida por los Padres
Griegos como involucrando unidad de voluntad y unidad de acción
(energeia). Esto es lo que declararon que poseen las Tres Personas
(Atanasio, "Adv. Sabell.", xii, 13; Basil, "Ep. clxxxix," n. 7; Gregorio
de Niza, "De orat. dom.," Juan Damasquino, "De fide orth.", III, xiv).
Es aquí donde vemos un imortante avance en la teología
del Todopoderoso. Puesto que, como hemos notado, los primeros Padres
concibieron invariablemente las Tres Personas como cada una ejerciendo
una función distinta y separada.
Finalmente, tenemos la doctrina de la Circuminsesion (perichoresis).
Por ella se entiende la inexistencia recíproca y compenetración
de las Tres Personas. El término perichoresis fué
usado por primera vez por San Juan Damasquino. Sin embargo, la doctrina
se encontraba mucho antes. Así, San Cirilo de Alejandría
sostenía que el Hijo es llamado la Palabra y Sabiduría
del Padre por la recíproca inherencia de estos en la mente "(dia
ten eis allela....,hos an eipoi tis, antembolen). San Juan
Damasquino asigna una doble base a esta inexistencia de las Personas.
En algunos pasajes él lo explica a través de la doctrina
ya mencionada, que el Hijo y el Espíritu son dynameis
del Padre (ct. "De recta sententia"). Así entendida, la Circuminsesión
es un corolario de la doctrina de la Recapitulación. También
la entendió como la identidad de esencia, voluntad y acción
en las Personas. Donde éstas son peculiares al individuo, como
es el caso en todas las creaturas, ahí, nos dice, tenemos existencia
separada (kechorismenos einai). En la Divinidad, la esencia,
la voluntad y la acción son sólo una. En consecuencia,
entonces, la Circuminsesión tiene su base en la Homousía.
Es fácil observar que el sistema Griego estaba menos mejor adaptado
para cumplir con las sutilezas de las herejías Ariana y Macedónica
de lo que fué aquella subsiguiente desarrollada por San Agustín.
Sin dudas, las controverias del siglo cuarto llevó notablemente
a algunos de los Padres Griegos mas cerca de las posiciones de la teología
Latina. Hemos visto que llegaron a afirmar que la acción de las
Tres Personas no eran sino una. Incluso Dydimo emplea expresiones que
parecen mostrar que él, como los Latinos, concibieron la Naturaleza
como lógicamente antecedentes a las Personas. El comprendió
el término Dios como significando la Trinidad total y no, como
otros Griegos, sólo el Padre: "Cuando oramos, ya sea que decimos
"Kyrie eleison" o "Oh Dios ayudanos" no olvidamos nuestra intención:
porque incluímos el todo de la Santísima Trinidad en una
Divinidad" (De Trin., II, xix).
Procedencia Mediata e Inmediata
La doctrina que el Espíritu es la imagen del Hijo, como el Hijo
es la imagen del Padre, es característica de la teología
Griega. Fué afirmada pore San Gregorio Taumaturgo en Su Credo.
Fué asumida por San Atanasio como una premisa indiscutible en
su controversia con los Macedónicos (Ad Serap., I, xx, xxi, xxiv;
II, i, iv). Está implícita en las comparasiones empleadas
ambas por el (Ad Serap. I, xix) y por San Gregorio Naziaceno (Orat.
Xxxi, 31,32) de las Tres Personas con el sol, el rayo, la luz; y de
la fuente, la primavera, y el arroyo. También lo encontramos
en San Cirilo de Alejandría ("Aff. Thesaurus", 33), San Juan
Damasquino (Fid. Orth", I, 13), etc. Esto supone que la procedencia
del Hijo del Padre es inmediata; que del Espíritu del Padre,
es mediata. El procede del Padre a través del Hijo. Besarion
observa con razón que los Padres que usaron estas expresiones
concebían la Divina Procedencia como realizandose, por decirlo
de alguna manera, dentro de una línea recta (P.G., CLXI, 224).
Por otro lado, en la teología occidental, el diagrama simbólico
de la Trinidad siempre ha sido un triángulo, siendo las relaciones
de las Tres Personas entre sí, precisamente similares. Vale la
pena hacer notar el punto, dado que la diversidad de respresentaciones
diversas los lleva inevitablemente a expresiones muy diferentes de la
misma verdad dogmática. Es claro que estos Padres pudieron haber
rechazado sin menor fuerza que los Latinos la posterior herejía
Potian, que el Espíritu Santo procede sólo del Padre.
(Para este tema, el lector puede referirse al Espíritu Santo).
El Hijo
La teología Griega sobre la Generación divina difiere
en ciertos puntos particulares de la Latina. La mayoría de los
teólogos occidentales basan su teoría en el Logos,
dado por San Juan a la Segunda Persona. Este lo entendían en
el sentido de un "concepto" (verbum mentale), y sostenían
que la Generación Divina es análoga al acto a través
del cual el intelecto crea el concepto. Esta explicación es desconocida
entre los escritores Griegos. Declaran que la manera de la Generación
Divina es del todo mas allá de nuestra comprensión. Sabemos
por la Revelación que Dios tiene un Hijo; y varios otros términos
aparte de Hijo, empleados en relación a El en las Escrituras,
tales como Palabra, Brillo de Su gloria, etc, nos muestran
que su filiación debe ser entendida como libre de cualquier relación.
Más, no sabemos. (ct. Greg. Nazianzen, "Orat. xxix", p. 8, Cirilo
de Jerusalem, "Cat.", xi, 19; Juan Damasquino, Fid. orth.", I, viii).
Solo una explicación puede darse, a saber, que la perfección
que llamamos fecundidad, debe necesariamente encontrarse en Dios como
Absolutamente Perfecta (San Juan Damasquino "Fid Orth", I, viii). Sin
dudas, podría parecer que la gran mayoría de los Padre
Griegos entendieron logos, no como un pensamiento mental; sino
como la palabra absoluta ("Dion Alej"; Atanasio, ibid; Ciril Alej. "De
Trin", II). No veían en el término una revelación
que el Hijo procede por medios intelectuales de procedencia, sino vista
como una metáfora que pretende excluir asociaciones materiales
en la filiación humana (Gregorio de Niza, "C.Eunom." IV; Greg.
Naz, "Orat xxx", p.20; Basil, "Hom. xvi"; Ciril de Alejandría,
"Thesaurus assert.", vi).
Ya hemos advertido la visión que el Hijo es la Sabiduría
y el Poder del Padre en un sentido total y formal. Esta enseñanza
es constantemente recurrente desde los tiempos de Orígenes a
aquel de San Juan Damasquino (Orígen apud Atan.,"De decr.
Nic.", p. 27; Atanasio, "Con. Arianos", I, p. 19; Cirilo de Alejandría,
"Thesaurus"; Juan Damasquino, "Fid.orth.", I, xii).
Está fundamentada en la filosofía platónica aceptada
por la Escuela de Alejandría. Esta difiere en un punto fundamental
de los teólogos Aristotélico-Escolásticos. En la
filosofía Aristotélica, la perfección es siempre
concebida estáticamente. Ninguna acción, trascendente
o inmanente puede proceder de ningún agente a no ser que ese
agente, concebido estáticamente, posea la perfección que
sea que esté contenida en la acción. El punto de vista
Alejandrino era otro. Para ellos, la perfección debe ser pensada
como una actividad dinámica. Dios, como la suprema perfección,
es desde toda eternidad, automovido, siempre adornandose a Sí
mismo con Sus propios atributos: Derivan de El y, siendo Divino, no
son accidentales, sino realidades subsistentes. Sin embargo, para estos
pensadores, no hay imposibilidad en la suposición que Dios es
sabio con la Sabiduría la cual es el resultado de Su propia acción
inmanente, poderoso con el Poder el cuál procede de El. Los argumentos
de los Padres Griegos, presuponen con frecuencia su filosofía
como su fundamento; y a no ser que puedan ser claramente asumidos, el
razonamiento que sobre sus premisas es concluyente, nos podría
parecer inválido y falaz. Por eso es a veces impelido como una
razón para rechazar el Arianismo que, si hubiera habido un tiempo
cuando El Hijo no era, se sigue que Dios entonces debi´haber sido evadido
de la Sabiduría y del Poder - una conclusión de la que
incluso los Arianos huirían.
El Espíritu Santo
En la teología occidental, un punto que es motivo de alguna
discusión, es el asunto respecto a porqué la Tercera Persona
de la Santísima Trinidad es llamada Espíritu Santo. San
Agustín sugiere que es porque El procede de ambos, el Padre y
el Hijo, y, por lo tanto, en propiedad recibe un nombre aplicable a
ambos (De Trin., xv, n.37) Para los Padres Griegos, quienes desarrollaron
su teología del Espíritu bajo la luz de sus principios
filosóficos que ya hemos visto, el asunto no presentaba dificultad.
Su nombre, sostenían, nos revela su carácter distintivo
como Tercera Persona, así como los nombres Padre e Hijo,
manifiestan un carácter distintivo de la Primera y Segunda Personas.
(cf. Gregorio Thaum., "Ecth. fid."; Basil, "Ep. ccxiv", 4; Gregorio
Naz.,"Or. xxv", 16). El es autoagiotes, la santidad hipostática
de Dios, la santidad por la cual Dios es santo. Así como el Hijo
es la Sabiduría y el Poder por el cual Dios es sabio y poderoso,
así el Espíritu es la Santidad por el cual El es santo.
Hubo un tiempo, como se atrevieron los Macedóneos a decir, cuando
el Espíritu Santo no era, entonces, en aquel tiempo Dios pudo
no haber sido santo. (San Gregorio Naziano, "Orat. xxxi", 4). Por otro
lado, pneuma era entendido a menudo bajo la luz de Juan 10:22
donde Cristo, apareciéndose a lo Apóstoles, los sopló
y les confirió a ellos el Espíritu Santo. El es el aliento
de Cristo (Juan Damasquino, "Fid. Orth", 1, viii), aliento por El a
nosotros, y morando en nosotros como el aliento de vida por el cual
disfrutamos de vida sobrenatural como hijos de Dios (Cirilo de Alejandría
"Thesaurus"; cf. Petav., "De Trin", V, viii). La gestión del
Espíritu Santo, por lo tanto, al elevarnos al orden sobrenatural,
es, sin embargo, concebida de una manera diferente por los teólogos
occidentales.
De acuerdo a la doctrina occidental, Dios confiere al hombre gracia
santificante, y consecuentemente entran a su alma en aquel regalo, las
Tres Personas. Para la teología griega, el órden es al
revés: el Espíritu Santo no viene a nosotros porque hayamos
recibido gracia santificante; sino que, a través de su presencia,
recibimos el regalo. El es el sello, El mismo imprimiendo en nosotros,
la imagen Divina. Esa imagen Divina, sin lugar a dudas, realizada en
nosotros, aunque el sello debe estar presente para asegurar la continua
existencia de la impresión. Fuera de El, no se encuentra. (Origen,
"En Juan. ii", vi; Didymus, "De Spiritu Sancto", x, 11; Atanasio, "Ep.
ad. Serap.", III, iii). Esta Unión con el Espíritu Santo
constituye nuestra deificación (theopoiesis). Tanto como
El es la imagen de Cristo, El imprime la semejanza de Cristo sobre nosotros;
siendo Cristo la imagen del Padre, nosotros también recibimos
el carácter verdadero de hijos de Dios (Athanasius, loc.cit.;
Gregory Naz., "Orat. xxxi", 4). Es en referencia a este trabajo que
hemos visto que en el Credo Niceno-Constantinopolitano el Espíritu
Santo es referido como el Dador de vida (zoopoios). En Occidente, hablamos
mas naturalmente de gracia como la vida del alma. Pero para los Griegos
es, por el Espíritu a través de cuya presencia personal,
que vivimos. Tanto así como Dios dió vida natural a Adán
al soplar sobre él su aliento de vida, así Cristo nos
dá vida espiritual cuando El confiere en nosotros el regalo del
Espíritu Santo.
LA DOCTRINA INTERPRETADA POR LA TEOLOGIA
LATINA
La transición a la teología Latina de la Trinidad, fué
trabajo de San Agustín. Los teólogos occidentales nunca
salieron de las líneas centrales que él dejó, su
sistema fué desarrollado en los Años Dorados de la Escolástica,
sus detalles completados y su terminología perfeccionada. Recibó
su forma final y clásica de Santo Tomás de Aquino. Aunque
es necesario primero indicar en qué consistió la transición
realizada por San Agustín. Esta se puede resumir en tres puntos:
Sostenía la Naturaleza Divina como previa a las Personalidades.
Deus, es para el, no Dios el Padre, sino la Trinidad. Este fué
un paso de primera importancia, porque salvaguardó tanto la unidad
de Dios y la igualdad de las Persona de una manera que el sistema Griego
nunca hizo. Como hemos visto, al menos uno de los Griegos, Dynamus,
había adoptado este punto de partida y es posible que Agustín
haya derivado su método al visualizar el misterio desde él.
Pero hacerlo fundamento de todo el tratamiento de la doctrina, fué
el trabajo del genio de Agustín.
Insistía que toda operación externa de Dios se debe a
toda la Trinidad, y no puede ser atribuible a una sola Persona, salvo
por apropiación (ver ESPIRITU
SANTO). Como hemos visto, los Padres Griegos, llegaron a afirmar
que la acción (energeia) de las Tres ersonas era una y
una sola. Pero la doctrina de la apropiación era desconocida
para ellos y, por lo tanto, el valor de esta conclusión, oscurecida
por la teología tradicional que implicaba las distintas actividades
del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Al señalar la analogía entre las dos procedencias dentro
de la Divinidad y los actos internos del pensamiento y la voluntad en
la mente humana (De Trin., IX, iii,3; xi, 17) se transformó en
el fundador de la teoría psicológica de la Trinidad, la
cual, con algunas excepciones, fué aceptada por todo escritor
latino subsiguiente.
En la siguiente esposición de las doctrina latinas, seguiremos
a Santo Tomás de Aquino, cuyo tratamiento de la doctrina es hoy
universalmente aceptada por lo teólogos católicos. Se
debe observar, sin embargo, que esta no es la única forma bajo
la cual la teoría psicológica ha sido propuesta. Así
también Ricardo de San Víctor, Alejandro de Hales y San
Buenaventura, mientras adhieren en lo principal con la tradición
occidental, estaban mas influenciados por el pensamiento Griego, y nos
dieron un sistema que difiere de alguna manera con aquel de Santo Tomás.
El Hijo
Entre los términos empleados en las Escrituras para designar
a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, está la
Palabra (Juan 1:1). Esta es entendida por Santo Tomás como Verbum
mentale, o concepto intelectual. Aplicado al Hijo, el nombre
- sostiene - significa que El procede del Padre, como el término
de un proceso intelectual, de forma análoga a aquel bajo el cual
es generado un concepto por la mente humana en todos los actos del conocimiento
natural. Es, sin dudas, asunto de fe que el Hijo procede del Padre por
verdadera generación. Según el Credo Niceno-Constantinopolitano,
El es, engendrado antes de todos los mundos" Pero la Procedencia de
la Persona Divina como el término del acto por el cual Dios conoce
Su propia naturaleza es propiamente llamada generación.
Esto puede ser mostrado fácilmente. Así como en un acto
de concepción intelectual, necesariamente produce la semejanza
del objeto conocido. Y más aún, siendo acción Divina,
no es un acto accidental por el que resulta el término, en sí
mismo un mero accidente, sino el acto es la misma sustancia de la Divinidad,
y el término, igualmente sustancial.
Un proceso que tiende necesariamente a la producción de un término
sustancial como en la naturaleza de la Persona por Quien procede es
un proceso de generación. En relación a este punto como
sobre la procedencia del Hijo, San Anselmo presentó una dificultad
(Monol. 1 xiv) con motivo de que pareciera involucrar que cada una de
las Tres Personas debe necesitar una Palabra subsistente. Siendo que
todos los Poderes poseen la misma mente, ¿no se sigue acaso - pregunta
- que en cada caso entonces produce un término similar? Ante
la dificultad, Santo Tomás la resuelve con éxito. Considerando
su psicología, la formación de un concepto no es tan esencial
al pensamiento, aunque es requisito para todo conocimiento natural humano.
Por lo tanto, no hay fundamento en razón, aparte de la revelación,
para sostener que el intelecto Divino produce un Verbum mentale.
Sólo el testimonio de las Escrituras nos dice que el Padre, desde
toda la eternidad, ha engendrado Su Palabra consustancial. Pero ni la
razón ni la revelación sugieren esto en el caso de la
Segunda y Tercera Personas. (I: 34:1, ad. 3).
No pocos escritores de gran solidez sostienen que hay suficiente consenso
entre los Padres y los teólogos escolásticos en relación
al significado de los nombres Palabra y Sabiduría (Proverbios
8) aplicados al Hijo, para nosotros en relación al proceso intelectual
de la Segunda Persona como al menos teológicamente cierto, y
si no, es una verdad revelada. (cf. Suarez, "De Trin.", I, v, p. 4;
Petav., VI, i, 7; Franzelin, "De Trin.", Tésis xxvi).
Sin embargo, esto parece ser una exageración. La inmensa mayoría
de los Padres Griegos, como ya lo hemos visto, interpretan logos
como la palabra hablada, y consideran la significancia del nombre
no como descansando en alguna enseñanza como la de la procedencia
intelectual, sino en el hecho que implica un modo de generación
exenta de toda pasión. En relación a la interpretación
de Proverbios 8, tampoco la tradición en ningún sentido
es unánime. Considerando estos hechos, la opinión de aquellos
teólogos parecen el resonar de quienes vieron esta explicación
de la procedencia simplemente como una opinión teológica
de gran rpobabilidad y que harmoniza muy bien con la verdad revelada.
El Espíritu Santo
Así como el Hijo procede como el término de un acto immanente
del intelecto, así también el Espíritu Santo procede
como el término del acto de la voluntad Divina. En el amor humano,
como enseña Santo Tomás (I:27:3) aunque el objeto sea
externo a nosotros, no obstante el acto immanente de amor suscita en
el alma un estado de ardor el cual es, como era, una impresión
de la cosa amada. En virtud de esto, el objeto de amor está presente
en nuestros afectos, como también, en relación a los conceptos,
el objeto de pensamiento está presente en nuestro intelecto.
Esta experiencia es el término del acto interno. Es afirmado,
que El Espíritu Santo, procede del Padre y el Hijo como el término
del amor por el cual Dios se ama A sí mismo. El no es el amor
de Dios en el sentido de ser El mismo formalmente el amor por el cual
Dios ama; sino al amarse a Sí mismo, Dios exhala este término
subsistente. El es Amor Hipostático. Aquí, sin embargo,
es necesario salvaguardar un punto de doctrina revelada. Es por fé
la procedencia del Espíritu Santo y no es generación.
El Hijo es "el único engendrado del Padre" (Juan 1:14). Y el
Credo Atanasio expresamente descansa en que el Espíritu Santo
es "del Padre y del Hijo, ni hecho, ni creado, ni generado, sino procedente".
"Si el acto inmanente del intelecto es apropiadamente llamado generación,
¿bajó que fundamentos puede ese nombre ser negado en relación
al acto de la voluntad?. Las respuestas dadas a esta dificultad por
Santo Tomás, Ricardo de San Víctor y Alejandro de Hales
son muy diferentes. Aquí será suficiente mostrar la solución
de Santo Tomás. El dice que la procedencia intelectual es, por
su propia naturaleza, la producción de un término en la
semejanza de la cosa concebida. Esto no es así en relación
al acto de la voluntad. Aquí el principal resultado es simplemente
atraer al sujeto al objeto de su amor. Esta diferencia en los actos
explica porque el nombre generación es aplicable solo
al acto intelectual. La generación es esencialmente la
producción de un semejante por un semejante. Y ningún
proceso el cual no sea esencialmente de éste carácter,
puede atribuirse el nombre. La doctrina de la procedencia del Espíritu
Santo por medio del acto de la Divina voluntad se debe enteramente a
San Agustín. No se encuentra entre ninguno de los Griegos, quienes
simplemente declararon que la procesión del Espíritu estaba
mas allá de nuestra comprensión, tampoco se encuentra
en los Latinos antes de este tiempo. El menciona la opinión en
favor en "De fide at Symbolo" (D.C. 393); y en "De Trinitate" (D.C.
415) donde lo desarrolla en toda su extensión. Sus enseñanzas
fueron aceptadas por Occidente. Los Escolásticos buscaron apoyo
en las Escrituras en el nombre del Espíritu Santo. Esto debe
ser, argumentaban, como los nombres Padre e Hijo, un nombre
expresivo de una relación dentro de la Divinidad, propia de la
Persona que la tiene. Ahora bien, el atributo santo, como aplicable
a persona o cosa, significa que el ser del cual es afirmada es devota
de Dios. Se sigue, por lo tanto que, cuando se aplica a la Persona Divina
como designando la relación que o une a las otras Personas, debe
significar que la procedencia que determina Su origen es tal que por
su naturaleza, involucra devoción a Dios. Pero aquella por la
cual cualquier persona es devota a Dios, es amor. El argumento es ingenioso,
pero difícilmente convincente; y lo mismo se puede decir de una
pieza de razonamiento de algún modo similar en relación
al nombre Espíritu (I:36:1). La teoría Latina
es un noble esfuerzo del razonamiento humano por penetrar las verdades
cuyas revelaciones han quedado bajo el velo del misterio. Como decimos,
harmonizan con todas las verdades de fe. Están admirablemente
adaptadas para ayudarnos a tener una comprensión total de la
doctrina fundamental de la religión Cristiana. Pero mas que eso,
no podemos decir. No posee la sanción de la revelación.
Las relaciones Divinas
La existencia de relaciones en la Divinidad, pueden ser inferidas inmediatamente
de la doctrina de las procedencias, y también como verdad Revelada.
Donde hay una procedencia real, el principio y el término se
relacionan. Por lo tanto, ambas, la generación del Hijo y la
procedencia del Espíritu Santo deben involucrar la existencia
de relaciones reales y objetivas. Esta parte de la doctrina Trinitaria,
era familiar para los Padres Griegos. En respuesta a la objeción
de Eunomia, de que la consustancialidad hacía imposible cualquier
distinción entre las Personas.
Gregorio de Niza replica: "Aunque sostenemos que la naturaleza [
en las Tres Personas] no es diferente, no
negamos la diferencia que surge en relación a la fuente y de
quién procede de la fuente [ten katato aition kai to aitiaton
diaphoran]; sino que sólo es esto, admitimos que una Persona
difiere de la otra." ("Quod non sunt tres dii"; ct. Greg. Naz, « Or.
Theol.", V, ix; Juan Damasquino, "F.O.", I, viii). Agustín insiste
que de las 10 categorías arostotélicas, dos, posición
y relación, se encuentran en Dios. ("De Trin", V,v). Pero fué
en las manos de los teólogos escolásticos que el tema
recibió su total desarrollo. Los resultados a los cuales llegaron,.
Aunque no son reconocidos como parte del dogma, arrojan gran luz sobre
el misterio e hicieron un gran servicio sobre las objeciones planteadas
contra él. Desde el hecho que hay dos procedencias en la Divinidad,
cada una implicando ambas, el principio y el término, se sigue
que deben haber cuatro relaciones, dos de orígen (paternitas
y spiratio) y dos de procedencia (filiato y processio).
Estas relaciones son las que constituyen la distinción entre
las Personas. No pueden distinguirse por ningún atributo absoluto,
porque cada atributo absoluto debe pertenecer a la Naturaleza Divina
infinita y esto es común a las Tres Personas. Cualquiera sea
la distinción, ésta debe estar sólo en las relaciones.
Todos los teólogos mantienen esta conclusión como absolutamente
cierta. En las palabras de San Gregorio de Niza, se contiene la equivalencia,
como asimismo fué claramente enunciado por San Anselmo ("De process.
Sp.", ii) y recibió sanción eclesiástica en el
"Decretum pro Jacobitis" bajo la siguiente forma: "[In divinis] omnia
sunt unum ubi non obviat relationis oppositio." Siendo así,
es evidente que las cuatro relaciones no suponen sino, las Tres Personas.
Porque no hay oposición relativa entre inspiration por un lado
y, paternidad o filiación por el otro. Por lo tanto, el atributo
de inspiration se encuentra ligado con cada uno de estos, y en virtud
de ello, cada uno se distinguen de su procedencia. Como comparten una
y la misma Naturaleza Divina, así también poseen la misma
virtus spirationis, y, por lo tanto constituyen un solo principio
originador del Espíritu Santo. Puesto que las relaciones, y ellas
solas, son distintas realidades en la Divinidad, se sigue que las Personas
Divinas, no son sino, éstas relaciones. El Padre es la Divina
Paternidad, el Hijo, la Divina Filiación, y el Espíritu
Santo, la Divina Procedencia. De aquí es menester que nace en
la mente que las relaciones no son meras determinaciones accidentales
como lo sugieren los términos abstractos. Lo que sea que esté
en Dios necesariamente debe ser subsistente.. El es la Sustancia Suprema,
trascendente a las divisiones de las categorías aristotélicas.
Por lo tanto, de una y al mismo tiempo El es ambos, sustancia y relación.
(¿Cómo puede ser que deban haber en Dios relaciones reales, dado
que es del todo imposible que la cantidad o la cualidad puedan ser encontrados
en El? Es un tema que involucra una discusión que tiene que ver
con la metafísica de las relaciones, la cual estaría fuera
de lugar en un artículo como el presente). Se verá que
la doctrina de las relaciones Divinas entrega una respuesta a la objeción
que el dogma de la Trinidad involucra la falsedad del axioma que las
cosas que son idénticas con la misma cosa, son idénticas
entre sí. Respondemos que el axioma es perfectamente verdadero
en relación a entidades absolutas, a las cuales se refiere solamente.
Pero, cuando afirmamos en el dogma de la Trinidad que el Padre y el
Hijo son semejantes idénticos con la Esencia Divina, estamos
afirmando que la Sustancia Suprema Infinita es idéntica no son
dos entidades absolutas, sino con cada una de las dos relaciones. Estas
relaciones, en virtud de su naturaleza como correlativas, son necesariamente
opuestas entre sí y, por lo tanto, diferentes. Nuevamente es
dicho que si hay Tres Personas en la divinidad, ninguna puede ser infinita,
porque cada una debe carecer de algo que las otras poseen. Respondemos
que una relación, vista precisamente como tal, no es, como la
cantidad o la cualidad, una perfección intrínseca. Nuevamente,
cuando afirmamos que es relación de nada, afirmamos que se relaciona
a algo más que sí mismo. La total perfección de
la Divinidad está contenida en una Esencia Divina Infinita. El
Padre es esa Esencia como eternamente en relación al Hijo y al
Espíritu; el Hijo es esa Esencia como eternamente en relación
al Padre y al Espíritu; el Espíritu Santo es esa Esencia
como eternamente en relación al Padre y al Hijo. Pero la relación
eterna por la cual cada una de las Tres Personas se constituyen no es
un agregado a la perfección infinita de la Divinidad. La teoría
de las relaciones también nos indica la solución a la
dificultad más frecuentemente propuesta por los anti-Trinitarios.
Se argumenta que desde que hay Tres Personas, deben haber tres auto-conciencias:
pero la mente Divina ex hypothesi es una, y por lo tanto, no
puede sino poseer una sola auto conciencia; en otras palabras, el dogma
contiene una contradicción irreconciliable. Toda la objeción
descansa sobre una petitio principii: porque toma por seguro
la identificación de la persona con mente con auto- conciencia.
Esta identificación es rechazada por los filósofos católicos
como del todo, descarriada. Ninguna persona ni mente es auto-conciencia;
aunque una persona necesariamente debe poseer auto-conciencia, y la
conciencia responde de la existencia de la mente (ver PERSONALIDAD).
Aceptado que en la mente infinita, en la cual las cateogrías
son trascendentes, hay tres relaciones las cuales son realidades subsistentes,
distintas una de la otra en virtud de su relativa oposición,
luego se sigue que la misma mente tendrá una triple conciencia,
conociendose a sí misma en tres modos de acuerdo con sus tres
modos de existencia. Es imposible establecer que, en relación
a la mente infinita, tal suposición involucra una contradicción.
El problema fué tomado por los Escolásticos: ¿En qué
sentido debemos entender el Divino acto de generación?. Tal como
concebimos las cosas, las relaciones de paternidad y filiación
de deben a un acto por el cual el Padre genera al Hijo; las relaciones
de inspiración y procedencia, a un acto por el cual el Padre
y el Hijo alientan el Espíritu Santo. Santo Tomás responde
que los actos son idénticos con las relaciones de generación
y inspiración; solo el modo de expresión de nuestra parte
es diferente (I:41:3, ad.2). Esto se debe al hecho que las formas semejantes
a nuestro pensamiento y nuestro lenguaje están moldeados sobre
el mundo material en el cual vivimos. En este mundo la originación
es en todo caso debido al efecto de un cambio. Llamamos efecto de un
cambio, acción, y su recepción, pasión.
Por lo tanto, acción y pasión son diferentes de las relaciones
permanentes consecuentes a ellas. Pero en la Divinidad, la originación
es eterna: no es el resultado del cambio. Por lo tanto, el término
que significa acción denota no la producción de la relación,
sino puramente la relación del Originador a lo Orioginado. La
terminología es inevitable porque las limitaciones de nuestra
experiencia nos fuerza a representar esta relación como debido
a un acto. Sin dudas, a través de todo el tema estamos trabados
por la inperfección del lenguaje humano como un instrumento con
que expresamos verdades superiores que los hechos del mundo. Cuando,
por ejemplo, decimos que el Hijo posee filiación y spiración,
los términos parecen sugerir que estas son forma inherentes en
El como en un sujeto. Sabemos, sin dudas, que en las Personas Divinas
no puede haber composición: son abolutamente simples. Sin embargo,
estamos forzados a hablar de este modo: Para la Personalidad unica,
emreo, su simplicidad, está relacionada a las otras y por diferentes
relaciones. No podemos expresar esto salvo atribuyendo a El filiación
e inspiración. (I:32:2).
Misión Divina
Hemos visto que toda acción de Dios en relación al mundo
creado, procede indiferentemente de las Tres Personas. Entonces, ¿en
qué sentido entendemos textos sales como "Dios envió...a
su Hijo al mundo? (Juan 3:17) y "Pero cuando venga el Consolador, a
quien yo os enviaré del Padre..."" (Juan 15.26)? ¿Qué
significa la misión del Hijo y del Espíritu Santo? Para
responder a esto, la misión supone dos condiciones:
- Que la persona enviada debe, de algún modo, proceder del
que envía y,
- Que la persona enviada debe llegar al lugar indicado.
Sin embargo, la procedencia puede darse de varias maneras - por órden,
consejo e incluso originación. Por lo tanto decimos que un rey
envía un mensajero y que un árbol echa capullos. La segunda
condición, también, es satisfecha ya sea si la persona
enviada llega a estar en algún lugar donde previamente no estaba,
o si, aunque el ya estaba ahí, llega para estar ahí de
distinta manera. Aunque Dios el Hijo ya estaba presente en el mundo
por motivo de Su Divinidad, Su Encarnación lo hizo presente allí
de un modo nuevo. En virtud de su nueva presencia y de Su procedencia
del Padre, es correcto decir que El ha sido enviado al mundo. Así
también en relación a la misión del Espíritu
Santo. El don de la gracia otorga a la Santísima Trinidad presencia
en el alma de una manera nueva: esto es, como el objeto de directa aunque
incipiente conocimiento y como objeto de amor experimental. En razón
de este nuevo modo de presencia común a toda la Trinidad, la
Segunda y Tercera Personas, dado que cada una recibe la Naturaleza Divina
por medio de procedencia, se puede decir que son enviadas al alma. (ver
también ESPIRITU SANTO;
LOGOS; MONOTEISTAS; UNITARISTAS).
Referencias
Entre las numerosas obras patrísticas sobre el tema, los siguientes
tienen mención especial:
San. ATANASIO, Orationes quatuor contra Arianos; IDEM, Liber
de Trinitate et Spiritu Sancto; San GREGORIO NAZIANO, Orationes
V de theologia; DIDYMUS ALEJ., Libri III de Trinitate; IDEM,
Liber de Spir. Sancto; SAN HILARIO DE POITIERS, Libri XII
de Trinitate; SAN. AGUSTIN, Libri XV de Trinitate; SAN. JUAN
DAMASQUINO, Liber de Trinitate; IDEM, De fide orthodoxa,
I.
Entre los teólogos medievales: San. ANSELMO, Lib. I. de fide
Trinitatis; RICARDO DE SAN. VICTOR, Libri VI de Trinitate;
SANTO TOMAS, Summa, I, xxvii-xliii; BESSARION, Liber de Spiritu
Saneto contra Marcum Ephesinum.
Entre los escritores más recientes: PETAVIUS, De Trinitate;
NEWMAN. Causes of the Rise and Success of Arianism in Theol. Tracts.
(Londres, 1864).
G. H. JOYCE
Traducido por Carolina Eyzaguirre A.