Santo Tomás nació de padres que, viniendo de Normandía,
se habían establecido en Inglaterra unos años antes.
No se puede confiar en la leyenda de que su madre era Sarracena. Después
de su muerte su humilde nacimiento fue objeto de comentarios viles,
Aún cuando sus padres no eran labriegos, sino personas de un
cierto nivel social, que lo habían bien educado desde sus primeros
años y lo habían relacionado con gente de buena sociedad.
Aprendió a leer en la Abadía de Merton y después
estudió en París. Al salir de la escuela se empleó
él mismo en trabajo secretarial, primero con Sir Richer de
l'Aigle y luego con su pariente, Osbert Huitdeniers, quien era "Justiciar"
de Londres. Hacía el año 1141, bajo circunstancias diversamente
relatadas, entró el servicio de Teobaldo, Arzobispo de Canterbury,
y en esa casa se ganó el favor de su amo y llegó a convertirse
en el empleado de más confianza. Una descripción representada
en la Saga Islandesa y derivada probablemente de Roberto de Cricklade
da una vívida imagen de él durante este período.
Al verlo era delgado de complexión y tez pálida, de cabello
oscuro, una larga nariz y un rostro de rasgos rectos. Alegre de semblante
era él, cautivante y agradable de conversación, sincero
de palabra en sus declaraciones, aunque tartamudeaba ligeramente, tan
perspicaz de discernimiento e inteligencia que siempre podía presentar
las cuestiones difíciles con claridad y de docta manera. Teobaldo
reconoció su capacidad, valiéndose de él en muchas
negociaciones delicadas, y, después de dejarlo ir por un año
a estudiar la ley civil y canónica en Bolonia y Auxerre, lo ordenó
diácono en 1154, después de otorgarle varias promociones,
la más importante de las cuales fue el ser Archidiácono
de Canterbury (ver Radford, "Thomas of London", pág. 53).
Fue precisamente en ese período que el Rey Esteban murió
y el joven monarca Enrique II llegó a ser el incuestionable
señor del reino. El tomó a "Tomás de Londres",
tal como Becket era entonces más usualmente llamado, como su
canciller, y en ese cargo Tomás a la edad de treinta y seis
años llegó a ser, con la excepción posible del
Juez, el súbdito más poderoso en los amplios dominios
de Enrique. Los cronistas hablan con admiración de las relaciones
que existieron entre el canciller y el soberano, quien era doce años
más joven. La gente declaraba que "no tenían mas que
un corazón y una mente". Con frecuencia el rey y su ministro
se comportaban como dos colegiales que juegan. Pero aunque cazaban
o montaban juntos a la cabeza de un ejército no era una simple
camaradería en los pasatiempos lo que los unía. Ambos
eran incansables trabajadores y los dos, podemos creer, buscaban la
prosperidad del reino con profundo empeño. Saber si el canciller,
quien después de todo era el hombre de mas edad, fue el verdadero
autor de las reformas administrativas que Enrique introdujo no puede
ser ahora claramente definido. En muchos temas se veían cara
a cara. La visión imperial del rey y su amor del lujo eran
totalmente del gusto de su ministro. Cuando Tomás fue a Francia
en 1158 a negociar un tratado matrimonial, viajó con tal pompa
que la gente decía: "¿Si éste no es mas que el canciller
cual no será la gloria del rey mismo?"
En 1153 Tomás actuó como juez itinerante en tres condados.
En 1159 parece haber sido el principal organizador de la expedición
de Enrique a Toulouse, en la que lo acompañó, y aunque
parece ser falso que el impuesto de "scutage" fue creado en esa ocasión
(Round, "Feudal England", 268-73), Tomás indudablemente exigió
la obtención de esa contribución monetaria en lugar
del servicio militar y la puso en vigor en contra de eclesiásticos
de tal manera que se hicieron amargas quejas sobre la tan desproporcionada
carga que ésta impuso a la Iglesia. En las operaciones militares
Tomás asumió un papel importante, y Garnier, un cronista
francés, que vivió para escribir de las virtudes de
Santo Tomás y su martirio, declara que en esos encuentros lo
vio desmontar muchos caballeros franceses. A pesar de ser diácono,
condujo personalmente los ataques más atrevidos, y Edward Grim
también nos da a entender que al cubrir de ruinas el país
enemigo con fuego y espada los principios del canciller no se diferenciaban
esencialmente de los de los otros comandantes de su tiempo. Pero aunque,
como algunos hombres entonces dijeron, "él dejó de lado
al archidiácono", de ésta y otras maneras, estuvo muy
lejos de tomar los modales licenciosos de aquellos que lo rodeaban.
Nunca se emitió ninguna palabra contra su pureza personal.
El comportamiento obsceno o el lenguaje sucio, mentiroso o la falta
de castidad eran odiosos para él, y en ocasiones los castigaba
severamente. Parece haber tenido en todo momento principios claros
con respecto a las exigencias de la Iglesia, e incluso durante este
período de su cancillería más de una vez se expuso
a un grave enojo de Enrique. Por ejemplo, se opuso a la dispensa que
Enrique por razones políticas arrancó al papa, y se
esforzó en impedir el matrimonio de María, Abadesa de
Romsey con Mateo de Bolonia. Pero hasta los últimos límites
de lo que su conciencia le permitía, Tomás se identificó
con los intereses de su señor, y Tennyson es fiel a la historia
cuando relata que el arzobispo dice:
Serví a nuestro Teobaldo bien cuando estaba con él:
serví al Rey Enrique bien como Canciller:
ya no soy suyo, y debo servir a la Iglesia.
El arzobispo Teobaldo murió en 1161, y durante el año
siguiente Enrique parece haber decidido que sería una buena
política el preparar el terreno para esquemas más amplios
de reforma por el afianzamiento de la promoción de su canciller
a la primacía. Nuestras autoridades están de acuerdo
en que desde el principio Tomás se opuso alarmado. "Conozco
sus planes para la Iglesia", dijo, "presentará usted exigencias
a las cuales yo, si fuera arzobispo, debería necesariamente
oponerme ". Pero Enrique no podía ser contradicho, y Tomás
bajo la insistencia de Enrique Cardinal de Pisa, quien lo instó
como un servicio a la religión, aceptó a pesar de sus
recelos. Fue ordenado sacerdote el sábado en "Whitweek" y consagrado
obispo al día siguiente, domingo, 3 de junio de 1162. Parece
haber sido Santo Tomás quien obtuvo para Inglaterra el privilegio
de guardar la fiesta de la Santísima Trinidad en ese domingo,
aniversario de su consagración, y más de un siglo después
esta costumbre fue adoptada por la misma Corte papal y eventualmente
impuesta al mundo entero.
Un gran cambio se produjo en el estilo de vida del santo después
de su consagración como arzobispo. Aún como canciller
había practicado austeridades secretas, pero ahora a la vista
de la batalla que claramente veía delante de él se dio
a ayunos y disciplinas, cilicios, prolongadas vigilias, y constante
oración. Antes del fin del año 1162 se despojó
de todos los signos de la excesiva magnificencia que había
previamente exhibido. El 10 de agosto fue descalzo a recibir al legado
que le traía el palio de Roma. Contrariamente al deseo del
rey dimitió como canciller. Después de lo cual Enrique
parece haberle exigido el renunciar a ciertos privilegios eclesiásticos
que todavía retenía, notablemente como archidiácono,
y cuando no lo hizo enseguida éste mostró un acerbo
desagrado. Otros malos entendidos pronto siguieron. El arzobispo,
creyendo tener el permiso explícito del rey, emprendió
la reclamación de los patrimonios confiscados pertenecientes
a su diócesis, un procedimiento que de nuevo ofendió.
Aún más grave fue la abierta resistencia que opuso a
la petición del rey de que se debería pagar al erario
real una ofrenda voluntaria para los alguaciles. Como el primer caso
registrado de una decidida oposición a la arbitraria voluntad
del rey en materia de impuestos, el incidente es de gran importancia
constitucional. La protesta del santo parece haber tenido éxito,
pero las relaciones con el rey se hicieron aún más tensas.
Poco después se llegó al gran tema de conflicto en
la resistencia presentada por Tomás a los oficiales del rey
que querían ejercer jurisdicción sobre clérigos
criminales. Esta cuestión se ha tratado con cierto detalle
en el artículo INGLATERRA (V, 436). Que el santo mismo no tenía
intención de ser indulgente con los clérigos criminales
ha sido bien mostrado por Norgate (Reyes Angevinos, ii, 22). Era para
él una simple cuestión de principio. Santo Tomás
parece haber sospechado siempre a Enrique de tener un plan para atacar
la independencia de lo que el rey consideraba como una Iglesia demasiado
poderosa. Con esta idea Enrique convocó los obispos a Westminster
(1 octubre 1163) para ratificar ciertos artículos aún
no especificados que llamaba las costumbres de su abuelo (avitæ
consuetudines), uno de cuyos objetivos conocidos era el de someter
a los clérigos culpable de crímenes a la jurisdicción
de los tribunales seculares. Los otros obispos, siendo la petición
todavía indefinida, mostraron la voluntad de someterse, pero
con la condición "guarde nuestra orden", por la que Santo Tomás
inflexiblemente insistió. El enojo del rey se manifestó
inmediatamente exigiendo del arzobispo la entrega de ciertos castillos
que éste había retenido hasta entonces, y por otros
actos de hostilidad. Por deferencia a lo que creía ser la voluntad
del papa, el arzobispo en diciembre consintió en hacer algunas
concesiones ofreciendo un compromiso personal y privado al rey de
obedecer sus costumbres "lealmente y de buena fe". Pero cuando Enrique
poco después en Clarendon (13 de enero de 1164) trató
de llevar al santo a una aceptación formal y pública
de las "Constituciones de Clarendon", bajo cuyo nombre los dieciséis
artículos, el borrador final del avitæ consuetudines,
normalmente se conocían, Santo Tomás, aunque al principio
condescendió un poco a los ruegos de los otros obispos, al
final tomó una actitud de intransigente resistencia.
Entonces siguió un período de persecución indigna
y vengativa. Cuando se opuso a una demanda hecha contra él
por Juan el Jefe de Policía, Tomás bajo un inicuo pretexto
fue hallado culpable de desacato al tribunal. Por eso fue sentenciado
a pagar £500; otras exigencias de grandes sumas de dinero siguieron,
y finalmente, aunque un descargo completo de toda reclamación
contra él como canciller se había declarado cuando se
le hizo arzobispo, se le exigió el dar cuenta de casi todo
el dinero que había pasado por sus manos a su retiro del cargo.
Finalmente una cantidad de casi £30.000 se le exigió. Sus compañeros
obispos convocados por Enrique a un concilio en Northampton, le suplicaron
de acogerse sin reserva a la misericordia del rey, pero Santo Tomás,
en lugar de aceptar, solemnemente los amonestó y los amenazó.
Entonces, después de celebrar Misa, tomó su cruz arzobispal
en su propia mano y se presentó de esta manera en la cámara
del consejo real. El rey exigió que la sentencia le fuera aplicada,
pero en la confusión y discusión que siguieron el santo
con la cruz levantada halló su camino a través de la
turba de enojados cortesanos . Huyó en secreto esa noche (13
de octubre, 1164), navegó disfrazado a partir de Sandwich (2
de noviembre), y después de ser cordialmente bienvenido por
Luis VII de Francia, se echó a los pies del Papa Alejandro
III, en ese entonces en Sens, el 23 de Noviembre. El papa, quien había
dado una fría recepción a ciertos legados episcopales
enviados por Enrique, dio la bienvenida al santo muy amablemente,
y se negó a aceptar su dimisión de su sede. El 30 de
noviembre Tomás fue a tomar su residencia en la Abadía
Cisterciense de Pontigny en Borgoña, aunque fue obligado a
dejar ese refugio un año más tarde, cuando Enrique,
después de confiscar las propiedades del arzobispo y desterrar
a todos los parientes de Becket, amenazó con extender su venganza
a toda la orden religiosa Cisterciense si continuaban a protegerlo.
Las negociaciones entre Enrique, el papa, y el arzobispo se prolongaron
durante los siguientes cuatro años sin cambio notable de posición.
Aunque el santo permaneció firme en su resistencia al principio
de las Constituciones de Clarendon, él deseaba hacer cualquier
concesión que razonablemente se le pudiera pedir, y el 6 de
enero de 1169, cuando los reyes de Inglaterra y Francia estaban en
conferencia en Montmirail, se echó a los pies de Enrique, pero
puesto que aún se negaba a aceptar las odiosas costumbres Enrique
lo rechazó. Por fin en 1170 cierta forma de reconciliación
se arregló. No se mencionó la cuestión de las
costumbres y Enrique se declaró dispuesto a ser guiado por
el consejo del arzobispo sobre las reparaciones debidas a la sede
de Canterbury por la violación reciente de su derecho en el
coronamiento del hijo de Enrique por el Arzobispo de York exigencia
que el 1 de diciembre de 1170, Santo Tomás presentó,
así como sobre el regreso por la familia de Broc del castillo
del arzobispo en Saltwood. Hasta que punto fue Enrique directamente
responsable de la tragedia que ocurrió poco después
el 20 diciembre no esta totalmente claro. Cuatro caballeros llegados
de Francia exigieron la absolución para los obispos. Santo
Tomás no estaba de acuerdo. Se retiraron por un momento, pero
regresaron en Vísperas con una banda de hombres armados. A
su enojada pregunta "¿Donde está el traidor?" el santo audazmente
contestó, "Aquí estoy, no traidor, sino arzobispo y
sacerdote de Dios". trataron de arrastrarlo fuera de la iglesia, pero
fueron incapaces, y al fin lo mataron allí donde estaba, desparramando
sus sesos en el piso. Su fiel compañero, Edward Grim, que sostuvo
su cruz, fue herido en el forcejeo.
Una tremenda reacción de dolor siguió a este hecho
de sangre. En un extraordinariamente breve espacio de tiempo la devoción
al martirizado arzobispo se había propagado a través
de toda Europa. El papa promulgó la bula de canonización,
poco más de dos años después del martirio, el
21 de febrero de 1173. El 12 julio de 1174, Enrique II hizo penitencia
pública, y fue flagelado en la tumba del arzobispo. Un número
inmenso de milagros ocurrieron, y durante el resto de la edad media
el santuario de Santo Tomás de Canterbury fue uno de los más
ricos y más famosos de Europa. Se cree que los santos restos
del mártir fueron destruidos en septiembre, 1538, cuando se
desmantelaron casi todos los otros santuarios de Inglaterra; pero
el asunto no es de ninguna manera claro, y, aunque el peso de la opinión
erudita es adverso, hay aún aquéllos que piensan que
un esqueleto encontrado en la cripta en enero de 1888, es el cuerpo
de Santo Tomás. La historia de que Enrique VIII en 1538 convocó
al arzobispo para ser enjuiciado por alta traición, y que cuando,
en junio de 1538, el juicio había terminado y el acusado declarado
contumaz, se ordenó que el cuerpo fuera desenterrado y quemado,
es probablemente apócrifa.
De lejos la mejor vida inglesa es la de MORRIS, La Vida
de Santo Tomás Becket (2da ed., Londres, 1885); hay un trabajo
algo más completo de L'HUILLIER, Saint Thomas de Cantorbery (2
vols., París, 1891); el volumen por DEMIMUID, Saint Thomas Becket
(París, 1909), en la serie Les Saints no abunda de investigación
moderna. Hay varias vidas excelentes por anglicanos, de las que HUTTON,
Thomas Becket (Londres, 1900), y el informe por NORGATE en Dict. Nat.
Biog., s. v. Thomas, known as Thomas a Becket, son probablemente las mejores.
La biografía por ROBERTSON, Becket, Arzobispo de Canterbury (Londres,
1859), no le es favorable. Casi todas las fuentes de la Vida, así
como los libros de milagros ocurridos en el santuario, han sido editados
en la Rolls Series por ROBERTSON bajo el título Materiales para
la Historia de Tomás Becket (7 vols., Londres, 1875-1883). La valiosa
Norse saga es editada en la misma serie por MAGNUSSON, Thomas Saga Erkibyskups
(2 vols., Londres, 1884). La crónica de GARNIER DE PONT S. MAXENCE,
Vie de Saint Thomas Martyr, ha sido editada por HIPPEAU (París,
1859). Los milagros han sido especialmente estudiados desde un punto de
vista agnóstico por ABBOT, Tomás de Canterbury, su muerte
y milagros (2 vols., Londres, 1898). Algún valioso material ha
sido coleccionado por RADFORD, Tomás de Londres antes de su Consagración
(Cambridge, 1894). En las reliquias ver MORRIS, Reliquias de Santo Tomás
(Londres, 1888); THORNTON, los Huesos de Becket (Canterbury, 1900); WARD,
Las Peregrinaciones de Canterbury (Londres, 1904); WARNER en Eng. Hist.
Rev., VI (1891), 754-56.
HERBET THURSTON
Transcrito por Thomas M. Barrett
Santo Tomás Becket, ruega por nosotros.
Traducido por Oscar Olague