Teresa Sánchez Cepeda Dávila y
Ahumada, nació en Ávila, Castilla la Vieja, el 28 de marzo
de 1515; y murió en Alba de Tormes, el 4 de octubre de 1582.
Fue el tercer hijo de Don Alonso Sánchez de Cepeda, con su segunda
esposa, doña Beatriz Dávila y Ahumada, la cual murió
cuando la santa tenía catorce años de edad. Teresa fue
criada por su piadoso padre, que era amante de libros serios, y por
una tierna y piadosa madre. Después de su muerte y del matrimonio
de su hermana mayor, Teresa fue enviada a las monjas Agustinas en Ávila
para ser educada, teniendo que abandonarlas luego de dieciocho meses,
debido a una enfermedad, permaneciendo durante unos años con
su padre, y en algunas ocasiones, con otros parientes. En una de estas
ocasiones, su tío la relacionó con las Cartas de San Jerónimo,
las que hicieron se decida por la vida religiosa, pero no tanto debido
a una atracción hacia ella, sino por el deseo de escoger el camino
más seguro. Al no obtener el consentimiento de su padre, en noviembre
de 1535, abandona en secreto la casa paterna, ingresando en el Convento
Carmelita de la Encarnación, en Ávila, el cual contaba
en ese entonces con 140 monjas. El dejar a su familia la causó
gran dolor, el cual comparaba luego con el que se siente por la muerte.
Sin embargo, finalmente su padre cedió y Teresa tomó el
hábito.
Después de su profesión -al año
siguiente-, ella enfermó gravemente, teniendo que soportar una
larga convalecencia, la cual, unida a los torpes tratamientos médicos,
la dejaron reducida a un estado más calamitoso, e incluso, después
de su parcial recuperación, gracias a la intercesión de
San José, su salud siempre fue pobre. Durante estos años
de sufrimientos empezó la práctica de la oración
mental, pero, temiendo que las conversaciones sobre temas mundanos que
realizaba con algunos parientes que visitaban con frecuencia el convento
la hicieran indigna de las gracias que Dios le concedía por medio
de la oración, abandonó esta práctica, hasta que
fue influenciada primero por los dominicos y luego por los jesuitas.
Entretanto, Dios había empezado a visitarla con "visiones intelectuales
y locuciones", en las que sus sentidos no eran para nada afectados,
pues veía las imágenes y escuchaba las palabras en su
mente, también la alentaba y fortalecía para poder sobrellevar
sus pruebas, reprendía por su falta de fe, y consolaba en sus
problema. Incapaz de reconciliar estas gracias recibidas con sus defectos,
los cuales su delicada conciencia le hacía ver como grandes faltas,
recurrió no sólo a los confesores más espirituales
que encontraba, sino también a algunos santos laicos, los cuales,
al no saber que los relatos que ella les hacia de sus pecados eran bastante
exagerados, creyeron que eran obra del maligno. Cuanto más ella
luchaba por rechazarlos, tanto más Dios obraba maravillosamente
en su alma. Toda la ciudad de Ávila vivía inquieta a causa
de los informes acerca de las visiones de esta monja. Se le pidió
a San Francisco de Borja y San Pedro de Alcántara, y después
a varios dominicos (particularmente a Pedro Ibáñez y a
Domingo Bañez), jesuitas, y a otros religiosos y sacerdotes seculares,
discernir la obra de Dios y guiarla por un camino seguro.
Los relatos contenidos en su "Autobiografía"
(terminada en 1565, una versión más temprana se ha perdido),
en las "Relaciones", y en el "Castillo Interior" acerca de su vida espiritual
conforman una de las biografías espirituales más importantes,
comparadas sólo con las "Confesiones de San Agustín".
A este periodo también pertenecen las extraordinarias manifestaciones,
como la transverberación del corazón que experimentó,
sus desposorios espirituales, y su matrimonio místico. Una visión
en la que vio el lugar en el infierno que le era destinado si no fuera
fiel a las gracias recibidas, hizo que se determinara a llevar una vida
más perfecta. Después de muchos problemas y oposiciones,
Santa Teresa fundó el convento de Monjas de Carmelitas Descalzas
de la Antigua Observancia de la Regla de San José de Ávila
(24 de agosto de 1562), y, después de seis meses, obtuvo el permiso
para poder residir en él. Cuatro años después,
recibió la visita de Juan Bautista Rubeo (Rossi), el General
de los Carmelitas, quién no sólo aprobó lo que
ella había hecho, sino que además le dio licencia para
fundar otros conventos, tanto de frailes como de monjas. Casi de inmediato,
fundó un convento de monjas en Medina del Campo (1567), Malagón
y Valladolid (1568), Toledo y Pastrana (1569), Salamanca (1570), Alba
de Tormes (1571), Segovia (1574), Beas y Sevilla (1575), y Caravaca
(1576). En el "Libro de las Fundaciones", ella relata la historia de
estos conventos, los cuales, en su mayoría, fueron fundados a
pesar de existir grandes oposiciones, pero con la ayuda manifiesta del
cielo. Por todas partes ella encontraba almas generosas que querían
abrazar las austeridades de la regla primitiva del Carmelo. Luego de
conocer a Antonio de Heredia, prior de Medina, y a San Juan de la Cruz
(q.v.), empezó su reforma de los frailes (28 de noviembre de
1568), los primeros conventos fueron los de Duruelo (1568), Pastrana
(1569), Mancera, y Alcalá de Henares (1570).
Una nueva época se dio inicio con la entrada
en religión de Jerónimo Gracián, ya que a este
importante hombre, el nuncio, al poco tiempo, le dio el cargo de Visitador
Apostólico de los frailes y monjas carmelitas de la estricta
observancia de Andalucía, y como tal, se consideró con
el derecho a oponerse a las restricciones dadas por el general y el
capítulo general. A la muerte del nuncio y con la llegada de
su sucesor, empezó una gran tormenta sobre Santa Teresa y su
obra, la que duró cuatro años y pareció sería
el final de la naciente reforma. Los hechos de esta persecución
están bien descritos en sus cartas. La tormenta al fin pasó
y la provincia de carmelitas descalzos, contando con el apoyo de Felipe
II, fue aprobada y canónicamente establecida el 22 de junio de
1580. Santa Teresa, estando ya anciana y con la salud resquebrajada,
realizó más fundaciones, en Villanueva del la Jara y Palencia
(1580), Soria (1581), Granada (a través de su asistenta la Beata
Ana de Jesús), y Burgos (1582). Ella abandonó este último
lugar a finales de julio, y, deteniéndose en Palencia, Valladolid,
y en Medina del Campo, llegó a Alba de Tormes en septiembre,
soportando grandes sufrimientos corporales. Al poco tiempo tuvo que
guardar cama, falleciendo el 4 de octubre de 1582. El día siguiente,
debido a la reforma del calendario, debía de ser considerado
15 de octubre. Después de algunos años su cuerpo fue trasladado
a Ávila, pero luego fue nuevamente trasladado Alba, en donde
todavía se conserva incorrupto. Su corazón, el cual muestra
las marcas de la transverberación, está también
expuesto para ser venerado por los creyentes. Ella fue beatificada en
1614, y canonizada en 1622 por el Papa Gregorio XV, su fiesta fue fijada
en el día 15 octubre.
El lugar de Santa Teresa entre los escritores
de teología mística no tiene comparación. En sus
escritos sobre este tema, narra sus experiencias personales, las cuales,
gracias a una visión profunda y a un don analítico, explica
con claridad. El substrato tomista puede remontarse a la influencia
de sus confesores y directores, muchos de los cuales pertenecían
a la orden dominica. Ella no tuvo ninguna intención de fundar
una escuela, en el sentido literal del término, y no existe vestigio
alguno en sus escritos de algún tipo de influencia del Areopagita,
ni de las escuelas de mística patrística o escolástica,
como se puede ver entre otros, en los místicos dominicos alemanes.
Ella es intensamente personal, su sistema va exactamente hasta donde
sus experiencias llegan, no dando un paso más allá.
Una última palabra debe ser agregada sobre
la ortografía de su nombre. Últimamente se ha puesto de
moda escribir su nombre Teresa o Teresia, sin "h", no sólo en
español e italiano, en los que la "h" no tiene sentido, sino
también en francés, alemán, y latín, los
cuales deberían conservar la ortografía etimológica.
Como se deriva de un nombre griego, Tharasia, la santa esposa de San
Paulino de Nola, en alemán y latín debe escribirse Theresia,
y Thérèse, en francés.
BENEDICT ZIMMERMAN
Transcrito por Marie Jutras
Traducido por Bartolomé Santos