La ascética, entendida como una rama de la Teología, puede
ser definida brevemente como la exposición científica del
ascetismo cristiano. Ascetismo (askesis, askein), según su sentido
literal, significa pulimento, refinamiento o suavizamiento. Los griegos
utilizaban esa palabra para indicar el ejercicio realizado por los atletas
para desarrollar las fuerzas dormidas en el cuerpo y entrenar a éste
para que alcanzase su belleza natural. El fin que se perseguía con
la realización de estos ejercicios gimnásticos era la obtención
de la corona de laureles que se otorgaba al vencedor en los juegos públicos.
La vida del cristiano, como lo asegura el mismo Cristo, es una lucha para
conquistar el reino de los cielos (Mt 11,12). San Pablo, quien había
sido educado a la manera griega, utiliza la figura del pentatlón
griego (I Cor. 9, 24) para dar a sus lectores una lección objetiva
de esta batalla espiritual y de este esfuerzo moral. Las prácticas
que deben ser realizadas en este combate tienden a desarrollar y fortificar
la energía moral, y su objetivo es la perfección cristiana
que conduce a la persona a su fin último: la unión con Dios.
Estando la naturaleza humana debilitada por el pecado original e inclinada,
consecuentemente, a lo malo, tal fin no puede ser alcanzado si no es sobreponiéndose-
con la ayuda de la gracia de Dios- a obstáculos muy serios. La lucha
moral, así entendida, consiste ante todo en atacar y eliminar los
obstáculos, o sea, las malas concupiscencias (de la carne, de los
ojos y del orgullo de la vida), efectos del pecado original que sirven para
probar al hombre (Trid. Ses. V, De peccato originali). El apóstol
Pablo llama a este primer deber “despojarse del hombre viejo”
(Ef 4, 22). El segundo deber, en palabras del mismo Apóstol, es “revestirse
del hombre nuevo”, según la imagen de Dios (Ef 4, 24). El hombre
nuevo es Cristo. Es nuestro deber pugnar por asemejarnos a Él, viendo
en Él “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6). Debe
quedar claro que este esfuerzo es de orden sobrenatural y no puede ser realizado
sin la gracia divina. Su fundamento está en el bautismo, por el que
somos adoptados como hijos de Dios a través de la recepción
de la gracia santificante. Eso significa que debe ser perfeccionado por
medio de virtudes sobrenaturales, los dones del Espíritu Santo, y
la gracia actual. Así pues, dado que la ascética es el tratado
sistemático de esa búsqueda de la perfección cristiana,
se puede definir como la guía científica para adquirir la
perfección cristiana y que consiste en expresar al interior de nosotros
mismos, con ayuda de la gracia divina, la imagen de Cristo, a base de practicar
las virtudes cristianas y de poner en práctica los medios de vencer
los obstáculos. Examinemos más detenidamente los diversos
elementos de esa definición.
A. Naturaleza de la perfección cristiana
1. Por principio de cuentas, debemos rechazar la concepción de
los protestantes que afirma que la perfección cristiana, según
la entienden los católicos, es esencialmente un ascetismo negativo
(Cfr. Seberg en Herzog-Hauck, "Realencyklopädie für prot.
Theologie", III, 138), y que la noción correcta de ascetismo
fue descubierta por los reformadores. No hay duda posible en lo que toca
la postura católica, si prestamos atención a las claras
voces de Santo Tomás y San Buenaventura. Esos maestros de la teología
católica, que nunca cesaron de repetir que el ideal del ascetismo
defendido por ellos era el del pasado católico, el de los Padres,
el de Cristo mismo, afirman enfáticamente que el ascetismo corporal
no tiene un valor absoluto sino sólo relativo. Santo Tomás
lo llama “medio para el fin”, que debe ser usado con prudencia.
San Buenaventura dice que las austeridades corporales “preparan,
fomentan y preservan la perfección” (ad perfectionem præparans
et ipsam promovens et conservans; "Apolog. pauperum", V, C,
VIII). Para probar su tesis, él demuestra que conceder un valor
absoluto a las austeridades corporales sería caer en el maniqueísmo.
Señala, igualmente, que Cristo, el ideal de la perfección
cristiana, fue menos austero en su ayuno que Juan el Bautista. Explica
también que los fundadores de órdenes religiosas prescribieron
para sus comunidades menos ejercicios ascéticos que los que se
exigieron a si mismos (cf. J. Zahn, "Vollkommenheitsideal" en
"Moralprobleme", Friburgo, 1911, p. 126 ss). Por otro lado,
los católicos no niegan la importancia de los ejercicios ascéticos
para alcanzar la perfección cristiana. Tomando en consideración
la condición de la naturaleza humana, declaran que dichos ejercicios
son necesarios para quitar los obstáculos y para liberar las fuerzas
morales del hombre. Con ello, le dan al ascetismo un carácter positivo.
De igual valor son considerados aquellos ejercicios que domeñan
y guían las fuerzas del alma. De esa manera los católicos
dan cumplimiento, y siempre lo han dado, a lo que Harnack ve como una
exigencia del Evangelio, y que él afirma haber buscado en vano
entre los católicos. Los católicos sí “batallan
contra Mamón, las preocupaciones y el egoísmo, y practican
la caridad que gusta de servir y sacrificarse” (Harnack, "Essence
of Christianity"). El ideal católico de ningún modo
se reduce a los elementos negativos del ascetismo, sino que tiene una
naturaleza positiva.
2. La esencia de la perfección cristiana es el amor. Santo Tomas
(Opusc. de perfectione christ., c. II) dice que es perfecto aquello que
es conforme a su fin (quod attingit ad finem eius). Ahora bien, el fin
del hombre es Dios y aquello que une más íntimamente al
hombre con Dios, aún en esta vida, es el amor (I Cor 6, 17; I Jn
4, 16). Todas las demás virtudes están al servicio del amor,
o constituyen sus prerrequisitos naturales, como son la fe y la esperanza.
El amor toma la totalidad del alma humana (inteligencia y voluntad), la
santifica y le infunde nueva vida. El amor vive en todas las cosas, así
como todas las cosas viven en el amor y por el amor. El amor da a cada
cosa su correcta dimensión y la dirige hacia su último fin.
“El amor es el principio de la unidad, sin importar la diversidad
de los estados, las vocaciones y las tareas particulares. Hay muchas provincias,
pero todas constituyen un solo reino. Los órganos son muchos, pero
sólo hay un organismo” (Zahn, l. c., p. 146). Es por ello
que el amor ha sido apropiadamente llamado “el vínculo de
perfección” (Col 3, 14), o “plenitud de la ley”
(Rom 13, 8). Ha sido enseñanza perenne de los escritores ascéticos
católicos que la perfección cristiana consiste en el amor.
Bastan pocos testimonios de ello. Escribiendo a los corintios, Clemente
Romano dice (Ep. I Cor., XLIX, 1): “Fue el amor lo que hizo perfectos
a los elegidos; sin amor nada es aceptable a Dios” (en te agape
ateleiothesan pantes oi eklektoi tou theou dicha agapes ouden euareston
estin to theo; Funk, "Patr. apost.", p. 163). La Epístola
de Bernabé insiste que el camino de la luz es “su amor que
nos ha creado” (agapeseis ton se poiesanta; Funk, l. c., p. 91),
“amor hacia el prójimo, que ni siquiera se cuida de su propia
vida” (agapeseis ton plesion sou hyper ten psychen sou), y afirma
que la perfección no es otra cosa que “amor y alegría
acerca de las buenas acciones que dan testimnio de la justicia””
(agape euphrosyns kai agalliaseos ergon dikaiosynes martyria). San Ignacio
nunca se cansa en sus cartas de proponer la fe como la luz y el amor como
el camino, ya que el amor es el fin y la meta de la fe ("Ad Ephes.",
IX,XIV; "Ad Philad.", IX; "Ad Smyrn.", VI). Según
la “Didache”, el amor a Dios y al prójimo es el inicio
del “camino de la vida” (c.I), y en la Epístola a Diogneto
el amor activo es llamado el fruto de la fe en Cristo. El “Pastor
de Hermes” resalta el mismo ideal cuando afirma que es la “vida
por Dios” (zoe to theo) la suma total de la existencia humana. A
esos Padres de la Iglesia podemos añadir a San Ambrosio (De fuga
sæculi, c. iv, 17; c. vi, 35-36) y a San Agustín. Este último
piensa que la justicia perfecta es equivalente al amor perfecto. Tanto
Santo Tomás como San Buenaventura hablan el mismo lenguaje y su
autoridad es tan imponente que los escritores ascéticos de las
épocas subsecuentes han seguido fielmente sus huellas (cf. Lutz,
"Die kirchl. Lehre von den evang. Räten", Paderborn, 1907,
pp. 26-99).
Sin embargo, aunque la perfección consiste esencialmente en el
amor, es igualmente cierto que no cualquier grado de amor es suficiente
para constituir la perfección moral. La perfección ética
de los cristianos consiste en la perfección del amor, que exige
tal disposición “que podamos actuar rápida y expeditamente
aunque haya muchos obstáculos en nuestro camino” (Mutz, "Christl.
Ascetik", 2a. ed., Paderborn, 1909). Pero esta disposición
del alma presupone que las pasiones han sido domadas. Ello es resultado
de una lucha trabajosa, en la que las virtudes morales, aceradas por el
amor, rechazan y apagan los hábitos y las inclinaciones malas,
substituyéndolas con buenas inclinaciones y hábitos. Es
hasta entonces que se convierten en “la segunda naturaleza del hombre,
por así decir, para probar su amor a Dios en ciertos momentos y
bajo ciertas circunstancias, para practicar la virtud y, hasta donde le
es posible a la naturaleza humana, preservar su alma incluso de la mancha
más pequeña” (Mutz, l. c., p. 43). Debido a la debilidad
humana y a la presencia de la concupiscencia (fomes peccati: Trid., Sess.
VI, can. XXIII), sin un privilegio especial, en esta vida no puede ser
lograda una perfección libre de defectos (cf. Prov., 20, 9; Eccl.,
7, 21; Sgo 3, 2). Del mismo modo, la perfección, de este lado de
la tumba, nunca llegará a tal grado de perfección que ya
no admita crecimiento, como queda claro de la enseñanza de la Iglesia
y de las características mismas de nuestra naturaleza actual (status
viae). En otras palabras, nuestra perfección siempre será
relativa. Como dice San Bernardo: “Un celo incansable de avanzar
y una lucha continua en pos de la perfección constituyen por si
mismos la perfección” (Indefessus proficiendi studium et
iugis conatus ad perfectionem, perfectio reputatur; "Ep. ccliv ad
Abbatem Guarinum"). Ya que la perfección consiste en el amor,
no es ella privilegio de ningún estado en particular, sino que
puede ser, y de hecho ha sido, algo alcanzable en cualquier estado. (Cf.
PERFECCIÓN, CRISTIANA Y RELIGIOSA). Sería, por tanto, un
error identificar la perfección con el así llamado “estado
de perfección” y con la observancia de los consejos evangélicos.
Santo Tomás correctamente enseña que también hay
hombres perfectos fuera de las órdenes religiosas y hombres imperfectos
dentro de ellas (Summa theol., II-II, Q. CLXXXIV, a. 4). Cierto que, en
general, las condiciones para realizar la vida cristiana ideal son más
favorables en el estado religioso que en el secular. Pero no todos son
llamados al estado religioso, ni todos pueden encontrar en él su
satisfacción (Cf. CONSEJOS, EVANGÉLICOS). Para resumir,
el fin es el mismo; los medios son diferentes. Esto responde suficientemente
a la objeción de Harnack (Essence of Christianity) acerca de que
la Iglesia considera la perfección cristiana como algo posible
únicamente para los monjes, mientras que visualiza la vida cristiana
en el mundo como algo apenas suficiente para alcanzar el último
fin.
3. El ideal al que el cristiano debe conformarse y hacia el cual debe
tender con todas sus fuerzas, tanto naturales como sobrenaturales, es
Jesucristo. Su justicia debe ser nuestra justicia. Toda nuestra vida debe
ser penetrada por Jesucristo de tal modo que nos convirtamos en cristianos
en el sentido pleno de la palabra (“Hasta ver a Cristo formado en
ustedes”, Gal. 4, 19). La Escritura prueba que Jesucristo es el
modelo supremo y el patrón de conducta de la vida cristiana. Por
ejemplo: Jn 13, 15 y I Pe 2, 21, en donde se recomienda directamente la
imitación de Cristo; Jn 8, 12, en donde Cristo es llamado “luz
del mundo”. Véase también Rom 8, 29; Gal 2, 20; Fil
3, 8; Heb 1, 3, en donde el Apóstol alaba el conocimiento excelente
de Jesucristo, por quien él ha sufrido la pérdida de todas
sus cosas, considerándolas basura, para poder ganar a Cristo. De
entre los numerosos testimonios de los Padres, sólo citaremos el
de San Agustín que dice: “Finis ergo noster perfectio nostra
esse debet; perfectio nostra Christus” (Por tanto, nuestro fin debe
ser nuestra perfección; nuestra perfección es Cristo) (P.
L., XXXVI, 628; cf. también "In Psalm.", 26, 2, en P.
L., XXXVI, 662). En Cristo no hay sombra alguna; nada incompleto. Su divinidad
garantiza la pureza del modelo; su humanidad, por la que se asemejó
a nosotros, hace atractivo el modelo. Pero esta imagen de Cristo, libre
de añadiduras u omisiones, sólo se encuentra en la Iglesia
Católica y, por la infalibilidad de ésta, siempre continuará
en ella como en su sitio ideal. Por la misma razón, solamente la
Iglesia puede garantizarnos que el ideal de la vida cristiana permanecerá
puro y sin adulteraciones, sin ser identificado con ningún estado
en particular ni con ninguna virtud subordinada (cf. Zahn, l. c., p. 124).
Un examen libre de prejuicios prueba que el ideal de la vida católica
ha sido conservado fielmente en su pureza original a través de
los siglos y que la Iglesia siempre ha sabido corregir los intentos de
desfiguración que han hecho algunas personas. Los colores frescos
que definen la figura viva de Cristo se derivan de las fuentes de la revelación
y de las decisiones doctrinales de la Iglesia. Ellos nos cuentan de la
santidad interna de Cristo (Jn 1, 14; Col 2, 9; Heb 1, 9, etc.). Su vida
derrama gracia, de cuya plenitud todos hemos recibido (Jn 1, 16). Su vida
de oración (Mc 1, 21- 35; 3, 1; Lc, 5, 16; 6, 12; 9, 18; etc.),
su devoción al Padre celestial (Mt 11, 26; Jn 4, 34; 5, 30; 8,
26-29), su relación con los hombres (Mt 9, 10; Cf. I Cor 9, 22),
su espíritu de desprendimiento y sacrificio, su paciencia y mansedumbre
y, finalmente, su asceticismo según queda revelado por su ayuno
(Mt 4, 2; 6, 18).
B. Peligros de la vida ascética
La segunda función de la teología ascética es señalar
los peligros que pueden amenazar el logro de la perfección cristiana
e indicar los medios para evitarlos exitosamente. El primer peligro que
debe ser advertido es la concupiscencia. Otro peligro reside en la atracción
de la creación visible, que puede llegar a ocupar el corazón
humano con exclusión del fin más alto. A esa misma clase
pertenecen las tentaciones del mundo pecador y corrupto (I Jn 5, 19),
o sea, aquellos hombres que propagan doctrinas perversas y contrarias
a Dios, negando u ofuscando el sublime destino del hombre; aquellos que
a base de dar malos ejemplos y pervertir los conceptos éticos intentan
dar cauces falsos a la sensualidad humana. En tercer lugar, la ascética
no sólo nos hace conscientes de la malicia del diablo, para que
no seamos presas de sus intrigas, sino también de sus debilidades,
para que no nos desanimemos. Por último, no satisfecha con indicar
los medios generales necesarios para triunfar en la batalla, la ascética
nos ofrece remedios específicos para tentaciones especiales (cf.
Mutz, "Ascetik", 2ª. ed., p. 107 ss.).
C. Medios para realizar el ideal cristiano
1. Sobre todas las cosas está la oración, entendida en
su sentido más estricto. Ella es uno de los medios para lograr
la perfección. Las devociones especiales, aprobadas por la Iglesia,
y los medios sacramentales de santificación, están especialmente
relacionados con la búsqueda de la perfección (confesión
y comunión frecuentes). La ascética prueba la necesidad
de la oración (II Cor 3, 5) y enseña el modo más
provechoso en resultados espirituales. Explica la oración vocal
y enseña el arte de meditar según los métodos de
San Pedro de Alcántara, de San Ignacio y de varios otros santos,
en especial los “tres modi orandi” de San Ignacio. Se le da
un lugar muy especial al examen de conciencia, y con mucha razón,
pues la vida ascética desmaya o crece dependiendo de la calidad
de su práctica. Si no se practica regularmente, no se puede hablar
de verdadera purificación del alma ni de avance espiritual. Ella
centra la visión interior en cada acción: son sometidos
a riguroso escrutinio todos los pecados, sean cometidos con plena conciencia
o semivoluntariamente, incluyendo las negligencias que, sin ser pecaminosas
disminuyen la perfección del acto (peccata, offensiones, negligentioe;
cf. "Exercitia spiritualia" de San Ignacio, ed. P. Roothaan,
p. 3). La ascética distingue dos clases de examen de conciencia.
Uno general (examen generale), y otro especial (examen particulare). Simultáneamente
enseña cómo pueden ser realizados ambos de manera provechosa,
utilizando apoyos prácticos y psicológicos. En el general,
se trata de recordar las faltas del día; en el particular, se enfoca
la atención en un defecto particular para observar su frecuencia,
o en una virtud, para aumentar el número de sus acciones.
Los ascetas recomiendan la visita al Santísimo Sacramento (visitatio
sanctissimi), práctica útil para alimentar y fortalecer
las virtudes divinas de fe, esperanza y caridad. También inculcan
la veneración de los santos, cuyas vidas virtuosas deben movernos
a imitarlas. Claro que imitar no significa copiar exactamente. Lo que
los ascetas proponen como el método más natural de imitación
consiste en eliminar, o por lo menos disminuir, el contraste entre nuestras
vidas y las vidas de los santos; el perfeccionamiento de nuestras virtudes,
de acuerdo a nuestra disposición natural y a las condiciones peculiares
de lugar y tiempo. Por otra parte, el reconocimiento de que las vidas
de algunos santos más son sujetos de admiración que de imitación
no nos debe llevar a atarnos con el peso de la blandura y la comodidad
humanas, y a ver con suspicacia todo acto heroico, como si fuera algo
que estuviese más allá de nuestras capacidades y ajeno a
nuestras circunstancias. Tal suspicacia quedaría justificada si
el acto heroico no fuera congruente con el desarrollo precedente de nuestra
vida interior. La ascesis cristiana no puede pasar por alto a la Bienaventurada
Madre de Dios. Ella es, después de Cristo, el ideal más
sublime. Nadie más ha recibido la gracia con tal plenitud, ni ha
cooperado con la gracia de una forma tan fiel como Ella. Es por ello que
la Iglesia la alaba como Espejo de Justicia (speculum justitae). El simple
pensamiento de su trascendente pureza basta para repeler los encantos
del pecado y para inspirar placer en el maravilloso brillo de la virtud.
2. La autonegación es el segundo método enseñado
por los ascetas (Mt 16, 24-25). Sin ella, el combate entre carne y espíritu,
que son mutuamente contrarios (Rom 7, 23; I Cor 9, 27; Gal 5, 17), no
podría llevarnos a la victoria del espíritu (Imitatio Christi
I, XXV). La condición humana posterior a la caída de Adán
nos indica claramente qué tan lejos debe llegar esta autonegación.
La inclinación al mal domina tanto la voluntad como los apetitos
inferiores. No solamente el intelecto está sujeto a esta propensión
al mal, también lo están los sentidos interiores y exteriores.
De ahí que la autonegación y el autocontrol deben extenderse
a todos esas facultades. La ascética reduce la autonegación
a la mortificación exterior e interior. La exterior consiste en
la purificación de las facultades del alma (memoria, imaginación,
inteligencia y voluntad) y al dominio de las pasiones. Sin embargo la
palabra “mortificación” no debe ser entendida como
un proceso de limitación de una vida “fuerte, plena y saludable”
(Schell). Su objetivo es evitar que las pasiones sensuales dominen sobre
la voluntad. Es precisamente a través de domeñar las pasiones
por medio de la mortificación y autonegación que la energía
vital recibe nueva fortaleza y queda libre de grilletes limitantes. Ahora
bien, aunque los maestros del ascetismo reconocen la necesidad de la mortificación
y de la autonegación, y están muy lejos de pensar que sea
“criminal adoptar sufrimientos voluntarios” (Seeberg), también
distan mucho de promover la así llamada “tendencia asensual”,
que considera al cuerpo y su vida como un mal necesario, y propone evitar
sus efectos perniciosos mutilándolo o debilitándolo voluntariamente
(cf. Schneider, "Göttliche Weltordnung u. religionslose Sittlichkeit",
Paderborn, 1900, p. 537). Los católicos, por otro lado, tampoco
abogan por el “evangelio de la sensualidad saludable”, que
no es sino un nombre atractivo para promover una vida de concupiscencia
irrestricta.
Se pone especial atención al dominio de las pasiones porque ellas
son, más que cualquier otra cosa, el enemigo contra el que debe
dirigirse incansable el combate moral. La filosofía escolástica
enumera las siguientes pasiones: amor, odio, deseo, horror, alegría,
tristeza, esperanza, desesperanza, audacia, miedo, ira. A partir de la
idea cristiana de que las pasiones (passiones, según las entiende
Santo Tomás) son inherentes a la naturaleza humana, los ascetas
afirman que ellas no son ni enfermedades, como sostenían los estoicos,
los reformadores y Kant; tampoco son inocuas, como lo afirmaban los humanistas
y Rousseau, quien negaba el pecado original. Al contrario, se insiste
en que por si mismas son indiferentes, y pueden consecuentemente ser utilizadas
para el bien o para el mal; que reciben su carácter moral solamente
a partir del uso que uno les dé. El objetivo de los ascetas es
señalar las formas y medios con los que las pasiones pueden ser
controladas y dominadas, para que, en vez de que ellas inciten la voluntad
al pecado, se conviertan en confiables aliadas del hombre para la realización
del bien. Además, como las pasiones se desordenan en cuanto se
vuelcan hacia las cosas ilícitas o exceden los límites necesarios
de lo lícito, la ascesis nos enseña cómo convertirlas
en algo inocuo a base de evitarlas o controlarlas, o de utilizarlas para
lograr fines más elevados.
3. El trabajo también es necesario para buscar la perfección.
El trabajo incansable es contrario a nuestra naturaleza corrupta que gusta
de la facilidad y de la comodidad. El trabajo, bien ordenado, incansable
y con un propósito, implica la autonegación. Ello explica
porqué la Iglesia Católica siempre ha visto el trabajo,
mental y manual, como una regla ascética valiosísima (cf.
Cassian, "De instit. coenob.", X, 24; Sn. Benito, Regla, XLVIII,
LI; Basilio, "Reg. fusius tract." c. XXXVII, 1-3; "Reg.
brevius tract.", c. LXXII; Orígenes, "Contra Celsum",
I, 28). San Basilio llega a afirmar que la piedad y el aborrecimiento
del trabajo son irreconciliables en el ideal cristiano de la vida (cf.
Mausbach, "Die Ethik des hl. Augustinus", 1909, p. 264).
4. El sufrimiento es otro elemento integral del ideal cristiano y, consecuentemente,
también es objeto de la ascética. Pero su verdadero valor
sólo aparece cuando es visto a la luz de la fe, la cual enseña
que el sufrimiento nos asemeja a Cristo, en cuanto que somos miembros
de su Cuerpo Místico, del que Él es cabeza (I Pe 2, 21).
El sufrimiento es el canal de la gracia que sana (sanat), preserva (conservat)
y prueba (probat). Por último, la ascética nos enseña
a convertir el sufrimiento en canal de gracia celestial.
5. Las virtudes son tratadas a profundidad. Como lo prueba la teología
dogmática, el alma, al ser justificada, recibe hábitos sobrenaturales.
Y no sólo los tres divinos, sino también las virtudes morales
(Trid. Ses. VI, De justit. C. VI; Cat Rom, p. 2, c. 2, n 51). Tales fuerzas
sobrenaturales (virtutes infusae) se ven reforzadas por las facultades
naturales o por las virtudes adquiridas (virtutes acquisitae), formando
un único principio de acción. Es tarea de la ascética
mostrar cómo las virtudes, teniendo en cuenta los obstáculos
y medios ya mencionados, pueden ser puestas en práctica en la vida
real del cristiano de modo que se perfeccione el amor y la imagen de Cristo
reciba su configuración perfecta en nosotros. De acuerdo al breve
de León XIII “Testem benevolentiae”, del 22 de enero
de 1899, los ascetas insisten en que las así llamadas “virtudes
pasivas” (mansedumbre, humildad, obediencia, paciencia) nunca deben
tomar un segundo lugar ante las “virtudes activas” (dedicación
a los deberes propios, actividad científica, trabajo social y educativo).
Eso sería igual que negar que Cristo es el modelo supremo. Lo que
se debe hacer es armonizar ambas virtudes en la vida cristiana. La verdadera
imitación de Cristo no debe ser un freno, ni debe achatar la iniciativa
cristiana en ningún área del quehacer humano. Todo lo contrario,
la práctica de las virtudes pasivas son el soporte y el apoyo de
la verdadera actividad. Aún más, pasa con frecuencia que
las virtudes pasivas revelan un mayor grado de energía moral que
las activas. El breve de León XIII nos refiere a Mt 21, 29; Rm
8, 29; Gal 5, 24; Fil 2, 8; Heb 13, 8 (Cfr. también Zahn 1, c.,
166 ss.).
D. Aplicación de los medios en los tres grados de la perfección
cristiana
La imitación de Cristo es el deber de quienes buscan la perfección.
Pero es natural que ese proceso de formación en pos de la imagen
de Cristo sea gradual y que deba sujetarse a las leyes de la energía
moral. Pues la perfección moral es el término de un largo
camino, la corona de una batalla muy costosa. Los maestros de la ascética
dividen en tres grupos a quienes buscan la perfección: principiantes,
avanzados y perfectos. En correspondencia, también establecen tres
etapas o vías de perfección cristiana: la vía purgativa,
la vía iluminativa y la vía unitiva. Los medios de los que
se habló arriba se deben aplicar con más o menos diversidad
e intensidad de acuerdo a la etapa en que se encuentre el cristiano. En
la vía purgativa, durante la cual los apetitos y las pasiones desordenadas
aún poseen considerable fuerza, se deben practicar más intensamente
la mortificación y la autonegación. Las semillas de la vida
espiritual no fructificarán a menos que se hayan arrancado previamente
la cizaña y los cardos. En la vía iluminativa, cuado las
nieblas de la pasión ya se han levantado un tanto, se debe insistir
en la meditación y en la práctica de las virtudes a imitación
de Cristo. Durante la última etapa, la vía unitiva, el alma
debe afirmarse y perfeccionarse en conformidad con la voluntad de Dios
(“Y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mi”, Gal 2, 20).
Debe tenerse cuidado, sin embargo, de no pensar que esas tres etapas son
bloques separados de la búsqueda de la virtud y la perfección.
Aún en la segunda y tercera etapas aparecen a veces luchas violentas
y, por otra parte, el gozo de sentirse unido a Dios a veces se reconoce
en la etapa inicial como un aliciente para avanzar más (Mutz, "Aszetik,"
2a ed., 94 ss.).
E. Relación de la ascética con la Teología
Moral y con la Mística
Todas esas disciplinas tienen relación con la vida cristiana y
con su fin en la otra vida. Pero difieren entre si por el modo en que
tratan esos temas. La Teología Ascética, que está
separada de la Teología Moral y de la Mística, tiene como
objeto la búsqueda de la perfección cristiana; enseña
cómo se puede alcanzar ésta a base de una intensa formación
y práctica de la voluntad, apoyándose en ciertos medios
específicos para evitar los peligros y atracciones del pecado,
y en la práctica cada vez más asidua de la virtud. Por otra
parte, la Teología Moral es la doctrina de los deberes, por lo
que se contenta con dar una explicación científica de la
virtud. La Mística trata esencialmente de la “unión
con Dios” y de la extraordinaria “oración mística”.
Aunque también comprende en su estudio esos fenómenos, accidentales
a la mística, como el éxtasis, la visión, la revelación,
etc., de ningún modo se les puede considerar esenciales a la vida
mística (cf. Zahn, "Einführung in die christl. Mystik",
Paderborn, 1908). Es verdad que la Mística incluye también
algunos asuntos de la Ascética como la búsqueda de purificación,
la oración vocal, etc., pero eso lo hace porque tales ejercicios
se consideran preparatorios para la vida mística y nunca, ni siquiera
en las etapas más elevadas, deben ser dejados de lado. No es, sin
embargo, la vida mística simplemente un grado más alto de
la vida ascética, sino que difiere de ella esencialmente. La vida
mística es una gracia especial que se otorga al cristiano sin mérito
alguno de su parte.
F. Desarrollo histórico de la Ascética
1. La Sagrada Biblia
En ella abundan las instrucciones prácticas para la vida de perfección
cristiana. El mismo Cristo dio los lineamientos básicos de sus
exigencias negativas y positivas. Su imitación es la ley suprema
(Jn 8, 12; 12, 26). La caridad es el primer mandamiento (Mt 22, 36-38;
Jn 15, 17). La intención recta es lo que da valor a las obras exteriores
(Mt 5-7). La negación de si mismo y el cargar con la propia cruz
son condiciones para ser su discípulo (Mt 10, 38; 16, 24; Mc 8,
34; Lc 9, 23; 14, 27). Tanto con su ejemplo (Mt 4, 2) como por sus exhortaciones
(Mt 17, 20; Mc 9, 28) Cristo recomendó el ayuno. También
nos inculcó la sobriedad, la vigilancia y la oración (Mt
24, 42; 25, 13; 26, 41; Mc 13, 37; 14, 37). Señaló la pobreza
como medida para ganar el reino de los cielos (Mt 6, 19; 13, 22; Lc 6,
20; 8, 14; 12, 33). Aconsejó al joven rico que se deshiciera de
todo y lo siguiera (Mt 19, 21). Que eso fuera simplemente un consejo y
no una orden estricta, dado en el contexto particular de la apego del
joven a las cosas de este mundo, queda demostrado por el hecho mismo de
que el Maestro había repetido ya “guarda los mandamientos”,
y de que él recomendó la renuncia a los bienes terrenos
únicamente bajo la reiteración de la pregunta acerca de
los medios que conducen a la perfección perfection (cf. Lutz, l.
c., contra los Protestantes Th. Zahn, Bern, Weiss, Lemme,y otros). Cristo
alabó el celibato vivido por Dios como algo digno de una recompensa
celestial especial (Mt 19, 12). Empero, no condenó el matrimonio,
y sus palabras: “No todos entienden este lenguaje, sino aquellos
a quienes se les ha concedido” implican que el matrimonio es el
estado normal y que el celibato por Dios es meramente un consejo. Igualmente,
Cristo ensalza la obediencia voluntaria como medio de alcanzar la más
íntima unión con Dios (Mt 18, 4; 20, 22-25). Los apóstoles
desarrollaron lo que Cristo había simplemente delineado en su enseñanza.
Es especialmente en San Pablo que podemos encontrar ya bien definidos
los dos elementos de la ascesis cristiana: la mortificación de
los deseos desordenados es el elemento negativo (Rom 6, 8-13; II Cor 4,
16; Gal 5, 24; Col 3, 5). El elemento positivo consiste en la unión
con Dios en todos nuestros pensamientos, palabras y acciones (I Cor 10,
31; Gal 6, 14; Col 3, 3-17), y en el amor positivo de Dios y de nuestro
prójimo (Rom 8, 35; I Cor 13, 3).
2. Padres y Doctores de la Iglesia
Basados en la Biblia, los Padres y Doctores de la Iglesia explicaron
algunas características de la vida cristiana en una manera más
coherente y detallada. Los Padres Apostólicos llamaron “sol”
de la vida cristiana al amor de Dios y del prójimo, porque anima
todas las virtudes con sus rayos vitales e inspira desprecio del mundo,
pureza inmaculada y sacrificio de uno mismo. La “Didache”,
que servía como manual para los catecúmenos, describe así
el camino de la vida: “Primero, debes amar a Dios que te creó.
Segundo, debes amar a tu prójimo como a ti mismo. Lo que no quieras
que te hagan a ti, no lo hagas a los demás”. Probablemente
siguiendo a la “Didache”, la así llamada “Epístola
de Bernabé”, escrita al fin del siglo II, representa la vida
cristiana bajo la forma de dos caminos: el de la luz y el de la oscuridad.
Dos cartas, aparentemente fruto de la pluma de San Clemente, aunque quizás
escritas en el siglo III, califican de celestial, divina y angélica
la vida de virginidad cuando ésta se encuentra fundamentada en
el amor de Dios y acompañada por las obras correspondientes (Cfr.
Encíclica “Sacra Virginitas”, de S.S. Pío
XII, del 25 de marzo, 1954. N.T.). También mencionaremos a San
Ignacio de Antioquía, de cuyas cartas San Policarpo afirma que
contienen “fe y paciencia y toda la edificación en el Señor”,
y al Pastor de Hermas, cuyos doce mandamientos inculcan simplicidad, veracidad,
castidad, mansedumbre, paciencia, continencia, confianza en Dios y combate
perpetuo contra la concupiscencia. Al llegar el siglo III las obras de
la ascética cristiana comenzaron a tomar un carácter más
científico. En las obras de Clemente de Alejandría y Gregorio
Magno ("Moral.", XXXIII, c. xxvii; cf. también Cassian,
"Coll,", IX, XV) se pueden observar huellas de la triple vía
que posteriormente fue desarrollada sistemáticamente por Dionisio
el Aeropagita. En su obra, “Stromata”, Clemente pone
al descubierto plenamente la belleza y grandeza de la “verdadera
filosofía”. Es de notar especialmente que este autor detalla,
en forma por demás pormenorizada, lo que ahora se conoce como cultura
ética, y que él intenta armonizar con el ejemplo dado por
Jesucristo. La vida del cristiano debe estar regida siempre por la templanza.
Siguiendo esa idea, él discute en forma casuística la comida
y la bebida, el vestido y el gusto por las cosas finas, los ejercicios
corporales y la conducta social. Al inicio del siglo IV se vislumbra en
las obras referentes a la vida cristiana una doble línea de pensamiento:
una, especulativa, que pone el acento en la unión del alma con
Dios, Absoluta Verdad y Bondad; la otra, práctica, que busca principalmente
la instrucción acerca de la práctica de las virtudes cristianas.
El elemento especulativo prevaleció en la escuela mística,
la cual debe su desarrollo sistemático al Pseudo Dionisio y alcanzó
su máxima expresión en el siglo XIV. El elemento práctico
fue enfatizado por la escuela ascética, cuyo máximo representante
fue San Agustín y cuyos pasos siguieron Gregorio Magno y San Bernardo.
Bástenos subrayar los puntos principales que sirvieron de base
para su enseñanza a los autores anteriores a la Edad Media. Acerca
de la oración tenemos las obras de Macario el Egipcio (+ 385) y
de Tertuliano (+ después del 220), quien suplementó su tratado
sobre la oración en general con una explicación acerca del
Padre Nuestro. A ellos se debe añadir Cipriano de Cartago (+ 258)
que escribió “De oratione dominica”, y San
Crisóstomo (+ 407). Sobre la penitencia y el espíritu de
penitencia trataron Tertuliano (De poenitentia), Crisóstomo (“De
compunctione cordis”, “De poenitentia”)
y Cirilo de Jerusalén (+ 386) en su segunda instrucción
catequética. San Agustín (+ 430), en “De agone
christiano” y sus “Confesiones”, describe en qué
forma la vida del cristiano es una guerra. La castidad y la virginidad
fueron discutidas por Metodio de Olimpo (+ 311) en su “Convivium”,
un escrito en el que diez vírgenes, discutiendo la virginidad,
demuestran la superioridad moral del cristianismo sobre los postulados
éticos de la filosofía pagana. Los siguientes Padres tratan
el mismo tema: Cipriano (+ 258); Gregorio de Nisa (+ 394) en su “De
virginitate”; Ambrosio (+ 397), el infatigable eulogista y
defensor de la vida virginal; Jerónimo, en su “Adversus
Helvidium de virginitate” y “Ad Eustachium”;
Crisóstomo (+ 407) en su “De virginitate”,
el cual, si bien describe la vida de virginidad como algo propio del cielo,
la recomienda sólo como consejo; Agustín, en sus obras “De
continentia”, “De virginitate”, “De
bono viduitatis”.
En lo que toca a la paciencia, contamos con las obras de Cipriano, Agustín
y la “De patiencia” de Tertuliano, en la que describe
esa virtud como un inválido habla de la salud para consolarse.
“De jejunio et eleemosyna”, de Crisóstomo,
discute el ayuno. La limosna y las buenas obras son recomendadas por Cipriano
en “De opere et eleemosynis” y por San Agustín
en “De fide et operibus”. Este último también
describe el valor del trabajo en “De opere monachorum”,
y en “De bono conjugale” habla de la vida matrimonial,
tal como en su “De bono viduitatis” había
discutido la viudez. Un tema frecuente es el sacerdocio. Gregorio Nacianceno
trata sobre la dignidad y responsabilidad del sacerdocio en su “De
Fuga”. Con insuperable excelencia Crisóstomo exalta
la sublimidad de ese estado en su “De sacerdotio”.
En su obra “De officiis”, San Ambrosio, hablando
de las cuatro virtudes cardinales, advierte a los clérigos que
sus vidas deben ser ejemplo brillante. La “Epistola ad Nepotianum”
de San Jerónimo señala los peligros que amenazan a los sacerdotes.
Finalmente, la “Regula Pastoralis” de Gregorio Magno
inculca la prudencia indispensable a los pastores en su trato con las
diferentes clases de personas. Para la vida monástica es de primera
importancia la obra “De institutis coenobiorum”,
de Casiano. Pero la obra más básica del siglo VIII al XIII
fue la Regla de San Benito, de la que se hicieron muchos comentarios.
De este santo, o mejor, de su Regla, dice San Bernardo: “ipse
dux noster, ipse magister et legifer noster est" (él
es nuestro guía, nuestro maestro y nuestro legislador” (Serm.
in Nat. S. Bened., n. 2). Obras como la “Expositio in beatum
Job” de Gregorio Magno, y “Collationes Patrum”,
de Casiano, constituyeron descripciones de la práctica de las virtudes
cristianas en general, en las que los diversos elementos de la perfección
cristiana se discutían en forma de diálogos.
3. El período Medieval-Escolástico
El período de transición anterior al siglo XII no muestra
avances dignos de mención especial en cuanto a la literatura ascética.
Debemos la obra “De virtutibus et vitiis”, de Alcuino,
a su esfuerzo por colectar y preservar las enseñanzas de los Padres.
Pero cuando, ya en el siglo XII la teología especulativa estaba
celebrando sus triunfos, también la teología mística
y ascética mostraba una saludable actividad. Los resultados de
aquella no podían no beneficiar a estas últimas, al ubicar
la moralidad cristiana sobre bases científicas y dar a la propia
teología ascética una forma científica. Los pioneros
de este campo fueron San Bernardo (+ 1156) y Hugo y Ricardo de San Víctor.
San Bernardo, el más grande teólogo místico del siglo
XII, también posee un lugar prominente entre los escritores ascéticos,
y Harnack lo llama el “genio religioso” del siglo XII. La
idea central de su obra, aparente sobre todo en su tratado “De
gratia et libero arbitrio”, es que la vida de todo cristiano
debe ser una copia de la vida de Jesús. Al igual que Clemente de
Alejandría, también Bernardo establece algunos preceptos
para regular las necesidades de la vida, como el alimento y el vestido,
y para la implantación del amor de Dios en el corazón de
las personas, de modo que pueda santificar todas las cosas ("Apologia",
"De præcepto et dispensatione"). Son muchos los
escalones que el corazón debe subir para llegar a la perfección
en el amor por Dios. Entre sus obras ascéticas están: “Liber
de diligendo Deo”, “Tractatus de gradibus humilitatis
et superbiae”, “De moribus et officio episcoporum”,
“Sermo de conversione ad clericos”, “Liber
de consideratione”. A lo largo de las páginas de Hugo de
San Víctor (+ 1141) se encuentran dispersas muchas alusiones a
San Agustín y a Gregorio Magno. A consecuencia de ello mereció
la distinción de ser llamado “Segundo Agustín”
por sus contemporáneos. Sin lugar a dudas, él fue el primero
que dio a la teología ascética una forma más definida
y un carácter más científico. El tema recurrente
de sus obras es el amor. Pero su mayor objetivo era dejar en claro los
aspectos psicológicos de la teología mística y ascética.
Destacan sus obras: “De vanitate mundi”, “De
laude caritatis”, “De mode orandi”, “De
meditatione”. Su discípulo, Ricardo de San Víctor
(+1173), si bien es más ingenioso y sistemático, no busca
tanto la utilidad práctica, a excepción de su obra “De
exterminatione mali et promotione boni”. Los grandes teólogos
del siglo XIII, que alcanzaron renombre tanto por sus “Summae”
escolásticas como por sus escritos místicos y ascéticos,
llevaron la enseñanza ascética a su perfección y
le dieron su forma definitiva, que se ha conservado así a través
de los años. Ninguna otra época presenta pruebas tan convincentes
de que la verdadera ciencia y la verdadera fe, lejos de ser un obstáculo
recíproco, son una ayuda mutua. Alberto magno, el ilustre maestro
de Tomás, quien fue el primero en juntar la filosofía aristotélica
con la teología y en hacer de la filosofía la sierva de
la teología, fue a su vez autor de de excelentes obras de ascética
y mística, como, por ejemplo, “De adherendo Deo”,
fruto maduro de su genio místico, y “Paradisus animae”,
escrito en forma más práctica. A Santo Tomás debemos
la obra ascética “De perfectione vitae spiritualis”.
En dicha obra explica tan claramente la esencia de la perfección
cristiana que sus argumentos pueden servir de model aún hoy día.
También sus otros trabajos contienen amplio material de valor para
la ascética y la mística.
El Doctor Seráfico, San Buenaventura, “trata de la teología
mística”- para usar las palabras de León XIII- “en
forma tan perfecta que la opinión unánime de los teólogos
más expertos lo tiene como el príncipe de los teólogos
místicos”. Merecen mención especial entre sus obras
auténticas: “De perfectione evangelica”, “Collationes
de septem donis Spiritus Sancti”, “Incendium amoris”,
“Lignum vitae”, “De preparatione ad Missam”,
“Apologia pauperum”. De la pluma de David de Ausburgo,
contemporáneo de esos grandes maestros, tenemos una instrucción
ascética para los novicios en su libro “De exterioris
et interioris hominis compositione”. El lector se ve conducido
a través de las tres conocidas vías: purgativa, iluminativa
y unitiva, para convertirse en hombre espiritual. A base de disciplinar
con severidad las facultades del alma y de subordinar la carne al espíritu,
el hombre debe restaurar el orden original para que no únicamente
haga lo bueno sino que lo haga expeditamente. Queda por mencionar la “Summa
de vitiis et virtutibus” de Peraldo (+ c. 1270). El siglo XIV
se caracteriza por sus tendencias místicas. Por su gran valor práctico
merece especial atención entre las obras de este período
el “Booklet of Eternal Wisdom” de Henry Suso. Destacan
en el siglo XV Gerson, Dionisio el Cartujo y el autor de la “Imitación
de Cristo”. Gerson abandona los ideales de los escritores místicos
del siglo XIV y se une a los grandes escritores escolásticos. Con
ello evitó la palabrería que se había estado dando
con peligrosa frecuencia entre los místicos. Sus “Considerationes
de theologia mystica” muestra que él pertenece a la escuela
práctica del ascetismo. Dionisio el Cartujo es reconocido como
un maestro calificado de la vida espiritual. Su pluma produjo trabajos
de mística propiamente dicha y de ascetismo práctico. A
esta última categoría pertenecen “De remediis
tentationum”, “De via purgativa”, “De
oratione”, “De gaudio spirituali et pace interna”,
“De quator novissimis”. (Destaca también en
este período Santa Catalina de Siena [+ 1380]- segunda mujer doctora
de la Iglesia-, declarada tal por S.S. Pablo VI en 1970. Su vida es un
ejemplo vivo de práctica de la ascética en busca de la unión
con Dios; sus escritos contienen muchos elementos útiles para el
conocimiento y práctica de la ascesis. N.T.)
La “Imitatio Christi”, que apareció a mediados
del siglo XV, merece especial atención a causa de su influencia
perdurable. “Es un clásico por su unción ascética
y por su estilo artístico”. (Hamm, "Die Schönheit
der kath. Moral", Munich-Gladbach, 1911, p. 74). Trata, en cuatro
libros, de la vida interior espiritual en imitación de Jesucristo.
Describe la lucha interior que debe ser sostenida por el hombre contra
las pasiones desordenadas e inclinaciones perversas; la indulgencia hacia
ellas ensucia la conciencia y le roba la gracia de Dios. “Vanidad
de vanidades y pura vanidad, sino amar a Dios y servirle sólo a
Él" (Vanitas vanitatum et omnia vanitas præter amare
Deum et illi soli servire: I, i). Recomienda la mortificación
y la negación de si mismo como las armas más poderosas en
esta lucha. Enseña a establecer el reino de Dios en el alma de
cada uno a través de la práctica de las virtudes según
el ejemplo de Jesucristo. Por último, a través de señalar
la fragilidad de las creaturas y de excitar su amor por Cristo, conduce
al lector a la unión con Él. “Conviene dejar un amado
por otro Amado, porque Jesús quiere ser amado Él solo sobre
todas las cosas” (Oportet dilectum propter dilectum relinquere,
quia Jesus vult solus super omnia amari: II, vii). Los pensamientos
de la “Imitación” son expresados en forma de epigramas
tan sencillos que están al alcance de cualquier inteligencia. Aunque
salta a la vista que el autor era bien versado no sólo en la filosofía
y la teología escolásticas, sino también en los secretos
de la vida mística, tal hecho nunca se convierte en estorbo ni
obscurece el sentido del contenido. Hay gran número de citas de
los grandes doctores Agustín, Bernardo, Buenaventura y Tomás,
además de Aristóteles, Ovidio y Séneca. Todo ello,
sin embargo, no alcanza a cambiar nuestra impresión de que toda
la obra constituye la explosión espontánea de un alma intensamente
brillante. Se ha llegado a decir que las enseñanzas de la “Imitación”
son “extramundanas” y que muestran poco afecto por la ciencia.
Pero para hacer un juicio correcto de la obra, se deben tener en cuenta
las peculiares circunstancias de la época. La Escolástica
había entrado en un período de declive; se había
enmarañado entre muchas sutilezas; el misticismo se había
desviado de su curso; todas las clases sociales se habían infectado
en diversos grados con el espíritu de permisividad. Son tales condiciones
las que nos sirven de clave para interpretar frases como “Prefiero
sentir contrición que saber cómo definirla” (Opto
magis sentire compunctionem quam scire ejus definitionem), o “Suma
sabiduría es, por el desprecio del mundo, ir a los reinos celestiales”
(Ista est summa sapientia: per contemptum mundi tendere ad regna coelestia).
4.Tiempos modernos
Santa Teresa y San Ignacio destacan prominentemente en el siglo XVI gracias
a la fuerte influencia que ejercieron sobre la religión de sus
contemporáneos, influencia que aún se deja sentir a través
de sus escritos. Los escritos de Santa Teresa despiertan nuestra admiración
por la simplicidad, claridad y precisión de su juicio. Su estilo
la evidencia como una enemiga de cualquier cosa que huela a excentricidad
o peculiaridad, a falsa piedad o celo indiscriminado. Una de sus obras
principales, “El camino de la Perfección”, aunque fue
originalmente escrita para uso de las monjas, contiene también
instrucciones paralelas para quienes viven en el mundo. Enseñando
el método de la contemplación, ella insiste, sin embargo,
en que no todos están llamados a ella y que hay mayor seguridad
en la práctica de la humildad, la mortificación y las demás
virtudes. Su obra maestra es el “Castillo interior” (también
conocido como “Las Moradas”, N.T.), en la que ella expone
su teoría del misticismo utilizando la metáfora de un castillo
con muchas habitaciones o moradas. El castillo es el alma que resplandece
con la belleza del cristal o del diamante. Las habitaciones son los varios
grados a través de los cuales debe pasar el alma antes de morar
en perfecta unión con Dios. Dispersas a lo largo de la obra hay
multitud de sugerencias de inestimable valor para la ascética aplicada
a la vida diaria. Ello se debe a la bien fundada convicción de
la santa de que aún en los estados más extraordinarios no
deben abandonarse los medios ordinarios; hay que cuidarse de las ilusiones
(cf. J. Zahn, "Introduction to Mysticism" p. 213).
(Santa Teresa es la primera mujer que ha sido declarada Doctora de la
Iglesia, en 1970. N.T.). En sus “Exercitia spiritualia”
San Ignacio ha legado a la posteridad no sólo un monumento literario
sobre la ciencia del alma sino un método inigualable por su eficacia
práctica para fortalecer la fuerza de voluntad. Se han hecho numerosas
ediciones y revisiones del opúsculo y, “a pesar de su apariencia
modesta, en realidad constituye un sistema completo de misticismo”
(Meschler). Las cuatro semanas de los Ejercicios familiarizan al ejercitante
con los tres grados de la vida espiritual. La primera semana se ocupa
en limpiar el alma de pecado y de su desordenado apego a las criaturas.
La segunda y tercera conducen al ejercitante a través de la vía
iluminativa. El retrato de Cristo, el más amable de los hombres,
queda delineado ante sus ojos de modo que pueda contemplar en la humanidad
el reflejo de la luz divina y al supremo modelo de todas las virtudes.
Las meditaciones de la cuarta semana, cuyo tema es la resurrección,
etc., conducen a la unión con Dios y enseñan al alma a regocijarse
en la gloria del Señor. Cierto, hay muchas reglas y normas, la
secuencia es muy lógica, el arreglo de las meditaciones sigue las
leyes de la psicología. Sin embargo, los ejercicios no hacen violencia
al libre albedrío. Todo lo contrario, están hechos para
fortalecer las facultades del alma. Contrario a lo que a veces se afirma,
no convierten al ejercitante en un instrumento inerte en las manos del
confesor, ni son un vuelo místico hacia el cielo, realizado por
la necesidad de avanzar rápidamente en la perfección por
un proceso mecánico (Zöckler, "Die Tugendlehre des
Christentums", Gütersloh, 1904, p. 335). Su marcado intelectualismo,
frecuentemente criticado, de ninguna manera constituye un obstáculo
al misticismo (Meschler, "Jesuitenaszese u. deutsche Mystik"
en "Stimmen aus Maria-Laach", 1912). Al contrario,
liberan verdaderamente la voluntad moral del hombre quitando los obstáculos
de su camino al mismo tiempo que, purificando el corazón y acostumbrando
la mente a la oración meditativa, se convierten en una preparación
excelente para la vida mística. Luis de Granada, O.P. (+ 1588)
también pertenece a este período. Su obra, “Guía
de pecadores”, puede apropiadamente ser considerado un libro pleno
de consolación para quiene yerran. En el “Memorial de la
vida cristiana”, están contenidas sus instrucciones para
llevar al alma desde el inicio hasta la más alta perfección.
Luis de Blois (Blosius), O.S.B., es una mente hermana de San Bernardo.
Su “Monile spirituale” es la mejor conocida de sus
numerosas obras. Tomás de Jesús (+ 1582) escribió
la “Pasión de Crsito” y “De oratione dominica”.
(No hay que olvidar a San Juan de la Cruz, O.C..D. (+ 1591), declarado
Doctor de la Iglesia en 1926 por Pío XI. Confesor y confidente
de Santa Teresa de Ávila, sus obras- algunas escritas como poemas-
son cada vez más reconocidas universalmente tanto por su belleza
poética como por su altísimo valor místico y ascético.
Entre ellas destacan “Subida al Monte Carmelo”, “Noche
Oscura”- poema comentado por el mismo autor-, “Cántico
espiritual”, “Llama de amor viva”. “Cautelas Espirituales”
es una obra didáctica de ascetismo práctico dirigida a los
frailes carmelitas. N.T.)
Gran número de escritores ascéticos emergió durante
el siglo XVII. Entre ellos sobresale prominentemente San Francisco de
Sales. De acuerdo a Linsemann, la publicación de su “Philothea”
constituyó un evento de importancia histórica. Su meta era
hacer atractiva la piedad y adaptarla a todas las clases sociales independientemente
que pertenecieran a los círculos cortesanos, al mundo, o a un monasterio,
y definitivamente lo logró. De temperamento suave y dulce, nunca
perdió de vista las costumbres ni las circunstancias de la persona
individual. Si bien era inflexible en sus principios ascéticos,
tenía sin embargo una facilidad notable para adaptarlos sin rigideces
ni limitaciones. En lo concerniente a la mortificación recomienda
moderación y adaptación al estado de vida y a las circunstancias
personales. Él coloca en el centro de su motivación para
toda acción al amor de Dios y de los demás. El espíritu
de San Francisco de Sales permea todo el misticismo moderno y aún
hoy su “Philothea” es uno de los libros de ascética
más ampliamente leídos. Otra obra suya, “Theotimos”,
en sus primeros seis capítulos trata del amor de Dios y dedica
el resto a la oración mística. Sus cartas también
son muy instructivas. Una de las ediciones posteriores de sus obras (Euvres,
Annecy, 1891 ss.) merece atención especial. La obra de Scupoli
(+ 1610), “Il combatimento spirituale”, fue recomendado
y propagado ampliamente por San Francisco
de Sales.
Los siguientes autores y trabajos pertenecen al mismo
período: Belarmino, S. J. (+ 1621): "Gemitus columbæ",
"De ascensione mentis in Deum", "De arte bene
moriendi". Alfonso Rodríguez, S. J. (+ 1616): "Exercicio
de perfección y virtudes cristianas" (3 vols., Sevilla, 1609),
que fue frecuentemente reeditado y traducido a casi todos los idiomas.
Juan de Jesús-María, O. C. D. (+ 1615): "Teologia Mistica"
(Nápoles, 1607), muy estimado por Belarmino y San Francisco de
Sales. Alvarez de Paz, S. J. (+ 1620): "De vita spirituali ejusque
perfectione" (1608), "De exterminatione mali et promotione
boni" (1613), "De inquisitione pacis" (1617),
que fue reeditado varias veces. Gaudier, S. J. (+ 1620): "De
perfectione vitæ spiritualis" (1619, nueva ed., 3 vols.,
Turín, 1903-4). La Puente, S. J. (+ 1624): "Guía espiritual"
(Valladolid, 1609), que contiene, según sus propias palabras, una
breve descripción de la vida espiritual tanto activa como accontemplativa
(oración, meditación, pruebas, mortificación, práctica
de la virtud), "De la Perfección del Cristiano en todos sus
estados" (1612). Ambas obras han sido altamente consideradas por
todos los ascetas y traducidas a muchas lenguas. Lessius, S. J. (+ 1623):
"De perfectionibus moribusque divinis", una obra que
se distingue por su espíritu científico y ascético.
Nicolás Lancicius, S. J. (+ 1638), maestro de vida espiritual cuya
santa personalidad queda reflejada en sus escritos (nueva ed., Cracovia,
1889 ss.): "De exteriore corporis compositione", "De
quatuor viis perveniendi ad perfectionem", "De humanarum
passionum dominio", "De mediis ad virtutem",
"De causis et remediis in oratione". Su libro sobre
la meditación, “De piis erga Deum et coelites affectibus”,
ha sido muy estimado y traducido a varias lenguas. Schorrer, S. J.: "Synopsis
theol. ascet." (Dillingen, 1662; edición limitada). Godínez,
S. J.: "Práctica de la teología mística"
(Puebla de los Angeles, México, 1681), de la que tenemos la edición
latina junto con un comentario a la misma de De la Reguera, S.J. (Roma,
1740). Surin, S.J. (+1665) escribió su importante “Cathechisme
spirituel” en una época en que él mismo se encontraba
sujeto a pruebas interiores (cf. Zahn, "Mystik", p.
441). El libro apareció en muchas ediciones y traducciones pero
finalmente fue colocado en el Índice. La edición del P.
Felon, S.J. (1730) y la posterior del P. Bouix (París, 1882) probablemente
no caigan bajo la prohibición porque se corrigieron los errores.
Posterior a la muerte de Surin aparecieron “Les fondements de
la vie spirituelle” (París, 1667), “Lettres
spirituels” (ib, 1695), “Dialogues spirituels”
(ib. 1704). Gasper Druzbicki, S.J. (+ 1662), es el autor de un considerable
número de obras ascéticas en polaco y latín, muchas
de las cuales han sido trducidas a otras lenguas. Existen dos ediciones
completas de sus obras: una publicada en Ingolstadt (1732), en dos folios;
la otra en Kalisz y Posen (1681-91). Entre sus numerosas obras están
"Lapis lydius boni spiritus", "Considerationes
de soliditate veræ virtutis", "De sublimitate
perfectionis", "De brevissima ad perfectionem via",
"Vota religiosa". La “Mystica theologia Divi
Thomæ” de Tomás de Vallegornera, O.P. (+ 1665),
publicada en Barcelona (1662 y 1672) y Turín (1890), está
configurada casi exclusivamente por citas de Santo Tomás y representa
un rico acerbo de material ascético. De la pluma del Cardenal Bona,
O.C.S.O (+ 1674) tenemos: “Principia et documenta vitæ
christianæ" (Roma, 1673) y "Manuductio ad coelum"
(Roma, 1672 y 1678). Ambos textos, notables por su simplicidad y utilidad
práctica, fueron editados en varias ocasiones. Ellos son: “De
sacrificio Missæ”, “De discretione spirituum”,
“Horologium asceticum”. Ediciones completas de su
obra aparecieron en Antwerp, Venecia y Turín. Morotius, O.C.S.O,
en su "Cursus vitæ spiritualis" (Roma, 1674;
nueva ed., Ratisbona, 1891), sigue de cerca la guía de Santo Tomás.
La "Summa theologiæ mysticæ" (nueva ed.,
3 vol., Friburgo, 1874) es la mejor y más leída obra de
Felipe de la Santísima Trinidad (+ 1671), el filósofo de
los escritores ascéticos. Escribió en el espíritu
de Santo Tomás, siguiendo principios científicos definidos
y demostrando su aplicación práctica a la vida espiritual.
Antonio del Espíritu Santo, O.C.D. (+1674), fue discípulo
del autor que se acaba de mencionar. Su “Directorium mysticum”
(nueva ed. París, 1904), dominado por el espíritu de su
maestro, fue escrito para sus discípulos. De él también
son los siguientes trabajos: “Seminarium virtutum”
(3ª. ed., Ausburgo y Würzburg, 1750), "Irriguum virtutum"
(Würzburg, 1723), "Tractatus de clericorum ac præcipue
sacerdotum et pastorum dignitate", etc. (Würzburg, 1676).
A lo largo del siglo XVIII fueron publicadas una buena
cantidad de valiosas obras sobre ascesis y mística. A Neumeyer,
S.J. (+ 1765) debemos “Idea theol. Ascet”, un epítome
completo, científicamente ordenado. Rogacci, S.J. (+ 1719), escribió
“Del uno necessario”, una instrucción sobre el amor
de Dios que ocupa un lugar elevado en la literatura ascética y
ha sido traducido a muchas lenguas. Entre las mejores producciones literarias,
muy leídas incluso modernamente, está el “Direttorio
ascetico” de Scaramelli (+ 1752). El autor trata la ascética
separadamente de la mística. En “Semita perfectionis”
(nueva ed. Paderborn, 1890), de Dirkink, S.J., se contiene un tratado
sobre las virtudes. En líneas muy amplias escribe Miguel de Santa
Catarina, O.F.M. su obra “Trinum perfectum” (3ª.
Ed. Ausburgo, 1728). Katzenberger, O.F.M. escribió “Scientia
salutis” (nueva ed. Paderborn, 1901). Las “Institutiones
theologiae mysticae” (2 vol.) combinan ascesis y mística,
aunque lo mejor del autor se percibe en los contenidos ascéticos.
San Alfonso María de Liguorio (+ 1787), apropiadamente llamado
el “Varón apostólico”, publicó gran cantidad
de obras ascéticas, llenas de unción celestial y tierna
piedad. Las más conocidas y más importantes de todas ellas
son: “Práctica di amar Gesù Cristo”
(1768), “Visita al SS. Sacramento”, y la que es quizás
la más leída de todas: “La vera sposa di Gesù
Cristo” (1760), una guía segura para innumerables almas.
Los tratados completos sobre ascética publicados durante los siglos
XIX y XX son los siguientes: Grundkötter, "Anleitung zur
christl. Vollkommenheit" (Ratisbona, 1896). Leick, C. SS. R.,
"Schule der christl. Vollkommenheit" (Ratisbona, 1886),
inspirado en los escritos de San Alfonso de Liguorio. Weiss, O. P., "Philosophie
der christl. Vollkommenheit" (vol. V de su "Apologie";
Friburgo, 1898). Se percibe a un autor sumamente culto y su profunda concepción
de la vida espiritual es poco común. Ribet, “L'ascétique
chrétienne” (París, 1888). Tissot, “La
vie interieur”. Saudreau, "Les degrés de la
vie spirituelle" (Angers, 1896 y 1897), una obra plena de unción.
Sus otros trabajos, "Les faits extraordinaires de la vie spirituelle"
(1908) y "La vie d'union à Dieu" (1909), pertenecen
a la mística propiamente dicha. “La grâce d’oraison”,
de Poulai, S.J., si bien es de carácter místico, sin embargo
habla de los métodos ordinarios de la oración. Saudreau
y Poulain son muy sólidos y sus trabajos se cuentan entre las mejores
producciones en esta rama. Rousset, O. P., "Directorium asceticum"
(Friburgo, 1893). Meynard, O. P., "Traité de la vie intérieure"
(París, 1899), basado en Santo Tomás. Meyer, S.J., "First
Lessons in the Science of the Saints”, (2a. ed. Saint Louis,
1903), traducido a varios idiomas. Francisco X. Mutz, “Die christliche
Aszetik”, (2a. ed., Paderborn, 1909). Joseph Zahn, “Einführung
in die christliche Mystik” (Paderborn, 1908), también
importante para la ascética. Berthier, "De la perfection
chrétienne et de la perfection religieuse d'après S. Thomas
et S. François de Sales" (2 vol., París, 1901).
A. Devine, "Manual of Ascetical Theology" (Londres).
Ryan, "Groundwork of Christian Perfection" (Londres).
Buchanan, "Perfect Love of God" (Londres).
Una lista exhaustiva de los autores ascéticos católicos
aparece en Migne, “Encyclopedie Theologique”, XXVI;
"Dict. d'ascéticisme", II, 1467.
Entre los no católicos están: Otto Zöckler,
"Die Tugendlehre des Christentums, geschichtlich dargestellt"
(Gütersloh, 1904); W. Hermann, "Der Verkehr des Christen
mit Gott" (6a. ed., Stuttgart, 1908) y "Die sittlichen
Weisungen Jesu" (Göttingen, 1907); Kähler, "Verkehr
mit Christo in seiner Bedeutung für das eigene Leben" (Leipzig,
1904); Peabody, "Jesus Christ and the Christian Character";
A. Ritschl, "Christiiche Vollkommenheit" (Gotinga,
1902). Sheldon, "In his Steps -- What Would Jesus do?",
ampliamente leído en Inglaterra.
FRANZ X. MUTZ
Transcrito por Douglas J. Potter
Dedicado al Sagrado Corazón de Jesús
Traducido por Javier Algara Cossío