En el presente escrito, universo (o “mundo”) debe entenderse
en el sentido astronómico, con significados más amplios
o más estrechos, e incluyendo desde nuestro planeta terrestre hasta
el universo estelar. El término “sistemas” restringe
su alcance a la estructura general y a los movimientos de los cuerpos
celestes, pero incluye todas las edades del mundo: presente, pasado y
futuro.
I. TIEMPOS HISTÓRICOS DEL UNIVERSO
El sistema actual, en su significado más amplio, constituye el
objeto de la cosmografía universal. Lambert, los dos Herschels,
Laplace, Newcomb y otros hicieron descripciones de este tipo. La presente
sección trata únicamente del sistema solar y, en particular,
de las debatidas teorías de Ptolomeo y Copérnico, y las
pruebas a favor de este último.
A. Sistemas de Ptolomeo y Copérnico
(1) Astronomía griega
Los más antiguos sistemas astronómicos se encuentran en
la escuela griega. No se conocen sistemas planetarios elaborados por los
chinos y babilonios.
El conocimiento griego de los astros pasa por tres períodos. Su
infancia está representada por Filolao y Eudoxo, de los siglos
V y IV a.C. La Tierra es el centro común del universo, dentro de
una esfera celestial formada por las estrellas fijas. Las grandes luminarias,
el Sol y la Luna, y los cinco planetas tienen cada una esferas concéntricas,
sobre las cuales se deslizan en dos direcciones, longitud y latitud, conservando
siempre la misma distancia de la Tierra.
El florecimiento de la astronomía griega va desde Heráclides
Póntico, en el siglo IV a.C. hasta Hiparco, en el siglo II. Su
base fue la observación. Los diferentes grados de brillantez observada
en los planetas más cercanos, Mercurio, Venus y Marte, al momento
de su oposición y conjunción con el Sol, dejaban ver órbitas
heliocéntricas, y por analogía se conjeturaba lo mismo de
Júpiter y Saturno. Fue entonces que fue establecida la hipótesis,
quizás por el mismo Heráclides, de que el Sol, con los cinco
planetas, se revolvía anualmente alrededor de la Tierra mientras
que la Luna permanecía en su propia esfera. También Heráclides
dio un gran paso adelante al afirmar la rotación diurna de la Tierra.
Posteriormente, su teoría se llegó a conocer como la de
Tycho Brahé. Heráclides menciona incluso el movimiento anual
de la Tierra, como lo aseguran algunos de sus contemporáneos. Aristarco
de Samos se pronunció a favor de y defendió el sistema heliocéntrico,
aunque sus escritos se han perdido y de ellos sólo se sabe a través
de Arquímedes, cuya obra fue publicada un año después
de la muerte de Copérnico (Basle, 1544).
El período de declive comenzó cuando Hiparco brilló
como el último genio entre los astrónomos griegos. La presesión
de los equinoccios, descubiertos por él, fue ajustada al sistema
geocéntrico, que entonces aún prevalecía, sólo
un siglo después de Aristarco. Las escuelas filosóficas,
en particular los estoicos, empezaron a preferir la astrología
a la observación astronómica. El descubrimiento geométrico
de que el movimiento aparente o relativo permanece inmutable a pesar del
intercambio de sus movimientos componentes, según fue correctamente
demostrado por Apolonio, preparó el camino a la confusión
del sistema solar. Debe tenerse en mente que los movimientos aparentes
de los planetas son epicíclicos, o sea que cada planeta se desplaza
siguiendo su propia órbita, el epiciclo, alrededor del Sol, y con
el Sol, centro del epiciclo, aparentemente alrededor de la Tierra en una
órbita común, llamada órbita deferente. Estas son
las ideas correctas y formarán por siempre la base de la astronomía
esférica.
La decadencia de los conceptos astronómicos entre los filósofos
griegos se manifestó en forma doble. Primero, aplicaron la ficción
geométrica de Apolonio al sistema físico planetario, suponiendo
que el epiciclo debía ser siempre el más pequeño
de los dos componentes en aparente movimiento. Y, segundo, creyeron que
un planeta físico podía revolverse, solo, alrededor de un
punto ficticio en el espacio. En el caso de los planetas exteriores, Marte,
Júpiter y Saturno, la órbita aparente del Sol es el componente
menor- la órbita común deferente. Esta no podía ser
constituida como el epiciclo sin introducir en el sistema tres nuevos
círculos, cada uno con un centro ficticio. Esto fue lo que se hizo,
pero aún estaba por llegar lo peor a los planetas interiores, Mercurio
y Venus. No tenían los filósofos necesidad de desubicar
el círculo común deferente, u órbita solar, puesto
que ésta es más grande que los dos epiciclos planetarios.
A pesar de todo, se movió el centro del deferente del Sol hacia
la Tierra, lo que conllevó la introducción de dos nuevos
círculos al sistema y dos centros conceptuales de movimiento. La
presesión de los equinoccios descubierta por Hiparco también
le sirvió de soporte al concepto de los pivotes ficticios. Ello
pareció mover el polo de la eclíptica (círculo máximo
que el Sol describe en su movimiento anual sobre la esfera celeste) alrededor
del polo de la esfera celeste. Fue en esta forma que el sistema griego
de los cuerpos celestes pasó a la posteridad en el siglo II a través
de la Sintaxis de Ptolomeo (También conocida como “Almagest”-
por su nombre en árabe con el que fue difundida en muchos países-,
publicada alrededor del año 150 d.C en Alejandría). Las
dos propuestas fundamentales del sistema geocéntrico, a saber,
que la Tierra no tiene rotación axial ni traslación en el
espacio forman los seis capítulos del libro primero. La Sintaxis
aparentemente no pasó directamente de la escuela alejandrina a
Europa. La astronomía griega dio la vuelta a través de Siria,
Persia y Tartaria, bajo el reinado de Albategnius Ibn-Yunis, Ulugh-Beg.
El sistema ptolemaico fue aceptado incondicionalmente por los astrónomos
árabes, y fue a través de las traducciones de éstos
que llegó a Europa. Un Almagest latino ininteligible tomó
el sitio de la Sintaxis griega y permaneció como una lápida
sobre la astronomía europea.
(2) Astronomía europea
Una nueva vida astronómica despertó en el siglo XV en Alemania.
Nicolás de Cusa rechazó los axiomas de Ptolomeo; Peurbach
y Muller restauraron el texto de la Sintaxis de Ptolomeo y Copérnico
dedicó su vida a desenmarañar los ciclos y epiciclos del
sistema griego. La tarea de Copérnico fue más difícil
que la de su predecesor Aristarco dada la unánime aceptación
que había tenido el sistema geocéntrico por más de
mil años. El libro primero de la gran obra de Copérnico,
Sobre las revoluciones de los cuerpos celestes, se dirige contra los axiomas
ptolomaicos acerca del centro del universo y la estabilidad de la Tierra.
Él observa apropiadamente que el universo no tiene un centro geométrico.
Y luego procede a definir claramente el movimiento relativo y aparente,
y aplica el principio de Apolonio que propone intercambiar los movimientos
componentes en sentido opuesto a Ptolomeo. La complejísima maquinaria
celestial fue explicada con un movimiento triple de la Tierra. Uno, alrededor
de su eje, otro, alrededor del Sol y un tercero, un movimiento cónico
alrededor del eje de la eclíptica en períodos, respectivamente,
de un día, un año y 2.5xxxxx816 años. También
respondió Copérnico magistralmente a los argumentos negativos
de Ptolomeo en contra de una Tierra en movimiento:
• Se había objetado que se crearía una fuerza centrífuga
desastrosa sobre la superficie de la Tierra. Copérnico responde
que, de admitirse que los demás planetas y estrellas fijas giran
alrededor de la Tierra, se crearían en dichos cuerpos celestes
fuerzas centrífugas mucho más grandes.
• Se suponía que la resistencia de la atmósfera arrasaría
con cualquier objeto desde una Tierra en movimiento. A ello respondió
Copérnico del mismo modo como se ha constatado que sucede en realidad:
cada planeta condensa y lleva su propia atmósfera.
• Una tercera dificultad surgió en referencia a los cambios
que necesariamente debían aparecer en la apariencia de las constelaciones
o, en lenguaje actual, en referencia a los grandes paralajes de las estrellas
cuando se les observa desde diferentes puntos de la órbita terrestre.
Copérnico acertadamente pensó que la lejanía de las
estrellas es tan grande que hace que la órbita terrestre sea comparativamente
muy pequeña y no se muestra ningún efecto en los instrumentos
(al menos en los disponibles en su tiempo).
Habiendo resuelto los argumentos negativos de Ptolomeo, sólo quedaba
un argumento a favor de Copérnico.
(3) Reacción ante Copérnico
La simplicidad del sistema heliocéntrico tuvo suficiente peso
como para convencer a un genio como Copérnico. Él nunca
dijo que su sistema era una hipótesis. La primera persona que censuró
la obra “De revolutionibus” fue el reformador Osiandro. Temeroso
de que la escuela de Wittenberg pudiera oponerse, este personaje agregó
la palabra hypothesis en el título y substituyó el prefacio,
escrito por el mismo Copérnico, con uno de su propia creación.
Todo ello sin autorización. Fue más de medio siglo después
que la Congregación del Indice señaló nueve frases
que debían ser u omitidas o expresadas hipotéticamente antes
de que el libro recibiera autorización para ser leído por
cualquiera.
Kepler subrayó fuertemente el argumento de simplicidad cuando
descubrió la elipseidad de las órbitas planetarias. Copérnico
se había dado cuenta, gracias a su observación de tantos
años, que no se podía explicar las desigualdades del movimiento
de los planetas simplemente con hacer que las órbitas fueran círculos
concénticos, siguiendo el modelo ptolemáico. Pero como no
estaba preparado para dejar a un lado el círculo, recurrió
a pequeños epiciclos. La eventual eliminación de éstos
apoyó más aún la simplicidad del sistema copernicano.
Y enseguida vinieron los descubrimientos de la aberración de la
luz y de los paralajes estelares. Mientras que, por una lado, éstos
aparecían como consecuencias naturales del movimiento orbital de
la Tierra, por otro lado condenaron el sistema ptolemaico a una condena
de casi infinita complejidad. Se reconoció que las estrellas fijas
vibraban en elipses dobles teniendo sus ejes mayores paralelos a la eclíptica
en períodos de exactamente un año. Las elipses dobles son
las imágenes que proyecta la órbita terrestre en la esfera
celeste a causa del desplazamiento paraláctico de las estrellas
y por la velocidad finita de la luz. La primera clase es con mucho la
más pequeña de las dos y en la mayor parte de los casos
mengua hasta dimensiones inconmensurables. Se han observado unas 1200
de ellas. Las elipses aberrantes tienen ejes mayores aparentes que son
todos iguales en longitud. El sistema geocéntrico no sólo
no tiene una explicación para esos fenómenos, sino que tampoco
puede representarlos sin suponer dos epicíclos por cada estrella
del firmamento. Todo ello ayudó a que el argumento copernicano
de simplicidad fuera corroborado totalmente.
B. Pruebas directas del sistema copernicano
Mientras que el argumento de mayor simplicidad constituye únicamente
un criterio indirecto entre los dos sistemas opuestos, la mecánica
ha provisto pruebas más directas. e hecho Copérnico tenía
éstas en mente cuando sostuvo que la fuerza centrífuga de
una esfera celeste que rota diariamente tiene que ser enorme y que como
consecuencia de ello, por ejemplo, la atmósfera se condensa alrededor
de la Tierra y los planetas individuales no pueden revolverse alrededor
de puntos ficticios que no tengan significado físico. Kepler estaba
demasiado preocupado por los estudios geométricos y con su idea
favorita de la armonía cósmica (harmonices mundi) como para
poder reconocer en el foco común de sus órbitas elípticas
una fuerza governante. Quedó como tarea para Newton y Laplace formular
las leyes mecánicas del movimiento celestial.
(1) La revolución anual de la Tierra alrededor del Sol es
consecuencia necesaria de la mecánica celestial.
(a) De la velocidad y distancia de nuestro satélite, Newton computó
la fuerza de atracción que la Tierra debe ejercer sobre dicho satélite
para mantener su revolución orbital. Y habiendo aprendido posteriormente
de los geómetras franceses las dimensiones exactas de la Tierra
él pudo descubrir que la fuerza que conserva a la Luna en su órbita
es idéntica a la gravedad terrestre dividida entre el cuadrado
de la distancia del centro. Ese descubrimiento llevó al cálculo
de las masas del Sol y los planetas- incluyendo la Tierra- con la conclusión
de que esta última es trescientos mil veces más ligera que
el Sol. La conclusión mecánica es que el cuerpo más
ligero es el que gira alrededor del más pesado y no viceversa.
O, en lenguaje más científico, ambos giran alrededor su
centro común de gravedad, que en este caso está dentro de
la esfera solar.
(b) Nuestro satélite nos ofrece otra prueba más directa
de la revolución anual de la Tierra. Carl Braun muestra en su Wochenschrift
für Astronomie X (1867) 193 que la Luna es atraída casi tres
veces más fuertemente por el Sol que por la Tierra. Esto significa
que nuestro satélite nos abandonaría si nosotros dejáramos
de girar en torno al Sol en su compañía. La Tierra sólo
es capaz de dar a la órbita lunar anual una forma serpentina que
obligaría al satélite a estar fuera y dentro de su propia
órbita alternativamente.
(c) Newton también hace alusión a los cometas y demuestra
que en el sistema ptolemaico cada uno de ellos necesitaría un epiciclo
paralelo a la eclíptica para voltear su órbita hacia el
Sol. Ese mismo argumento se puede hacer más incisivo gracias al
actual conocimiento de los cometas. Son muchos los cometas que tienen
sus órbitas bien definidas. Más de doscientos de ellos han
pasado la eclíptica dentro del órbita de la Tierra y algunos,
como el cometa Halley durante su última aparición, estaba
casi en línea entre la Tierra y el Sol. La mayor parte de ellos,
incluido el Halley, llega a nosotros desde distancias mayores a la órbita
de Neptuno. Mas los cálculos nos muestran que todos ellos tienen
su punto focal común en el Sol y que, por lo general, la Tierra
está fuera de sus órbitas. En el caso del cometa Halley
la Tierra estaba incluso, en una ocasión, en el lado convexo de
la órbita. La conclusión mecánica es la siguiente:
Si, sin ninguna consideración respecto a la Tierra, los cometas
obedecen al Sol, la Tierra debe hacer lo mismo.
(2) La rotación diaria de la Tierra
La rotación diaria de la Tierra alrededor de su propio eje queda
demostrada de muchas otras formas. Una vez demostrada la revolución
anual, la rotación diaria es una consecuencia lógica. Si
la Tierra no tiene la fuerza para hacer girar al Sol alrededor de su propio
centro una vez al año, será menos capaz de lograrlo respecto
a un solo día. Y si no puede hacerlo con nuestro Sol, menos aún
lo podrá hacer respecto a la infinidad de soles que conforman el
universo. Contrariamente, tenemos abundantes pruebas, directas y especiales,
de la rotación diurna. Todas ellas se apoyan en la mecánica,
parte celestial, parte terrestre. La mécanica celeste ha convertido
en pruebas lo que antes eran dificultades. Ello ocurrió con los
paralajes estelares, cuya ausencia había sido objetada por Ptolomeo
y cuya existencia fue demostrada por Bessel. La presesión de los
equinoccios también ha cambiado de papel. Laplace mostró
que se debía a la acción del Sol sobre las regiones protuberantes
de la zona ecuatorial de la Tierra al girar ésta. El efecto similar
de la acción de la Luna sobre la Tierra se llama nutación.
La demostración de Laplace se basó en lo aplanado de la
Tierra, que había sido medido en el siglo XVII, y que también
fue deducido por él a partir de la existencia de la fuerza centrífuga.
Tenemos aquí un caso complejo de reversión de papeles. Las
consecuencias de la fuerza cetrífuga, utilizada como poderoso argumento
por Ptolomeo en contra de la rotación diaria, resultó ser
la causa de la presesión , ya conocida por Hiparco, y de otros
varios fenómenos que no fueron descubiertos hasta después
de la época de Copérnico. La presesión también
fue una causa de preocupación para este último y el único
de los tres movimientos terrestres que no pudo explicar. Según
él, la presesión era el resultado de dos ligeramente distintas
rotaciones cónicas anuales de dirección opuesta, para las
que no encontró ninguna explicación.
Hasta aquí las pruebas de la mecánica celeste. Hay otras,
obtenidas a base de instrumentos, que se llaman experimentos de laboratorio.
Estas comenzaron inmediatamente después del tiempo de Galileo y
parecen haber recibido mucho empuje a raíz de su juicio. Los experimentos
pueden ser clasificados cronológicamente en cinco períodos
o grupos. De 1640 a 1770 los experimentos no pasaban de ser groseros intentos
sin resultados. Los años de 1790 a 1831 formaron un período
de experimentación con cuerpos en caída. Los veinte años
que van de 1832 a 1852 fueron dedicados a la experimentación con
el péndulo. Enseguida siguió un período, 1852-1880,
de experimentos con instrumental más elaborado. Y el último,
de 1902 en adelante, puede ser llamado el de los métodos modernos.
• El primer período está representado por nombres
como Calignon, Mersenne, Viviani y Newton. Calignon (1643) experimentó
con líneas de plomada, sin saber adónde lo conducirían
sus variaciones. Mersenne (1643) disparó balas de cañón
hacia el cenit, esperando correctamente que serían desviadas hacia
el oeste. El experimento de Foucalt con el péndulo fue materialmente
anticipado por Viviani en Florencia (1661) y Poleni, en Padua (1742),
pero no pudo ser entendido formalmente. La desviación occidental
de los cuerpos en caída fue anunciado explicitamente por Newton,
pero Hooke (1680) no tuvo éxito al intentarlo. Ya Galilei había
hecho alusión a ello en su “Dialogo” (Opere, VII, 1897),
de manera contradictoria. En un lugar (pag. 170) negó su posibilidad,
mientras más adelante (pag. 259) la afirmaba. Lalande perdió
una oportunidad de ser el primero en realizar el experimento de Newton
en el observatorio de París. Ese honor estaba reservado para el
Abad Gugliemini.
• El segundo período comprende los experimentos con cuerpos
en caída realizados por Gugliemini en Bolonia (1790- 1792), Benzenberg
en Hamburgo (1802), Schlebusch (1804) y Reich en Friburgo (1831). Era
indisputable la desviación general de las bolas hacia el lado oriental
del meridiano. Ello probó la rotación de la Tierra de oeste
a este, pero únicamente de manera cualitativa. Las pruebas cuantitativas
fueron el logro del siguiente período.
• El siguiente período fue colmado por tres clases de experimentos
con el péndulo. Hengler inventó y probó el péndulo
horizontal, en 1832, para conocer los efectos de la fuerza centrífuga.
Dicho instrumento aún sigue en espera de alguien que sepa manipularlo
más delicadamente. El péndulo vertical de Foucalt data del
1851 y fue probado primero en un sótano, después en el observatorio
de París y, finalmente, en el Panteón. La desviación
del péndulo, a partir de su plano vertical original, fue siguiendo
las manecillas del reloj, como ya lo esperaba Foucalt, pero él
nunca publicó las medidas cuantitativas. Esta fueron llevadas a
cabo en varios lugares, principalmente en grandes catedrales. Los resultados
mejor conocidos son los de Secchi, en Roma (1851) y de Garthe, en Colonia
(1852). Secchi experimentó en San Ignacio, ante muchos científicos
italianos, y Garthe en la catedral, en presencia del Cardenal Geissel,
príncipes, y numerosos espectadores. Hasta el momento de terminar
este artículo nadie ha realizado el experimento opuesto, en el
hemisferio sur, donde la desviación del péndulo debe verificarse
en contra de la dirección de las manecillas del reloj. El intento
llevado a cabo en Rio de Janeiro (1851) no puede ser reconocido como tal.
Bravais puso en mivimiento un péndulo cónico en el mismo
salón meridiano del observatorio y en el mismo año que el
vértical de Foucalt. El experimento tenía la ventaja de
ser reversible. Al moverse siguiendo la dirección de las manecillas
del reloj, el péndulo parecía moverse más rápido
que en la dirección opuesta, a causa del teodolito con el cual
estaba siendo observado, pues éste segía la rotación
de la Tierra. Al poner en acción simultáneamente dos péndulos,
que se movían en direcciones opuestas, se pudo obtener el valor
correcto de la rotación diurna con una exactitud de un décimo
del uno porciento, resultado al que Foucalt nunca llegó con su
péndulo.
• El cuarto período, la segunda mitad del siglo XIX, es notable
por sus complicados experimentos y teorías profundas. Los instrumentos
fueron el giróscopo y el péndulo compuesto. Foucalt inventó
el primero y obtuvo otra prueba de la rotación diurna. Lo construyó
en tres formas: universal, vertical y horizontal. Los nombres se originan
en los diferentes grados de libertad. El giróscopo vertical fue
posteriormente perfeccionado por Gilbert (1878) en su barogiróscopo.
El giróscopo horizontal encontró su uso en los buques de
guerra como brújula astronómica. Las pruebas de Foucalt
y Gilbert, ante la ausencia de motores eléctricos, solamente pudieron
ser cualitativas. Los delicados experimentos llevados a cabo por Kamerlingh
Onnes comprenden ambos, los de Foucalt y Bravais, como casos especiales,
y en general todos los movimientos entre el plano y las vibraciones del
péndulo circular (Cfr. “Specola Vaticana”, I, 1911,
Apéndice 1).
• El quinto y último período de experimentos se ubica
en los inicios del siglo XX y presenta no menos de cuatro pruebas, todas
muy diferentes entre si. En 1902, E. H. Hall confinó el complicado
experimento con cuerpos en caída a los laboratorios de física.
En condiciones muy mejoradas, una caída de sólo 23 metros
mostraba la desviación hacia el oriente en forma mucho más
clara que todos los intentos anteriores, realizados desde alturas de tres
a siete veces mayores. Föppl, en 1904, logró que el giróscopo
mostrara resultados cuantitativos. Un motor eléctrico dio a una
rueda doble de 160 libras una velocidad de más de 2,000 revoluciones
por minuto. La rotación de la Tierra era suficientemente fuerte
como para desviar el eje horizontal, suspendido sobre un alambre triple,
a seis y medio grados del vertical primario. En 1859 Perrot había
intentado un esquema novedoso. Hizo fluir un líquido a través
del orificio central de un vaso circular y esparció polvo sobre
él para hacer visibles las corrientes. Creemos lo que nos dice
él mismo, acerca de que las corrientes tenían forma espiral
y corrían en forma opuesta a las manecillas del reloj. Turmlirz
repitió el experimento en Viena en 1908. Sus resultados fueron
fotografiados y comparados con la teoría. Si bien los experimentos
de Hall, Föppl y Tumlirz son repeticiones de otros anteriores, utilizando
métodos mejorados, la siguiente prueba de la rotación diurna
fue un experimento nuevo, basado en una idea de Poinsot surgida en 1851.
Este fue realizado en el observatorio del Vaticano en 1909. Está
basado en el principio de áreas iguales descritas en tiempos iguales,
aplicado a una barra horizontal suspendida en forma de una balanza de
torsión, sobre la que pueden ser movilizadas pesadas cargas. El
desplazamiento de las masas desde la extremidad hacia el centro hará
que la barra gire más rápido que la Tierra; en el caso opuesto,
sucederá lo contrario. La última prueba no había
sido propuesta anteriormente, y consiste en la observación, en
el telescopio, del hilo de una máquina Atwood. Observado en el
meridiano, se observa que el hilo del peso que cae se desvía al
este de la plomada; pero si se le observa desde el vertical primario sigue
exactamente la plomada. También este experimento fue llevado a
cabo en el observatorio Vaticano en 1912 (Cfr. “Specola Vaticana”,
I, 1911; apéndice II, 1912).
Algunos escritores se mostraron sorprendidos de que se hubiera permitido
a los científicos católicos estar presentes en el experimento.
Bonfioli, prelado doméstico de Pio VI, colaboró con Gugliemini
en la medición de la impresión en cera de las bolas; Secchi
demostró la rotación de la Tierra en Roma “ante todo
el pueblo” (Wolf, “Handbuch”, I, Zurich, 1890, no. 262
c). Debemos recordar, sin embargo, que lo que quedó condenado en
una época anterior no fue el experimento, sino lo que entonces
constituía una afirmación gratuita.
II. PASADO Y PRESENTE DEL MUNDO
Puede ser que la ciencia nunca nos pueda decir exactamente cómo
llegó el mundo a tener su forma actual, ni cómo se terminará.
El nombre que se da a todas las hipótesis sobre el pasado es cosmogonía
(de kosmos, mundo, y gignestai, originar). Su contraparte, también
tomada del griego, para señalar las especulaciones sobre el futuro
del mundo, es cosmotania (de thanatos, muerte). Aunque quizás sería
más correcto llamarlas kosmoptoria (de phthora, corrupción)
o cosmodysis (de dysis, ocaso). Mundo, en este contexto, debe ser entendido
en todos sus sentidos: Tierra, sistema solar, sistema estelar, universo.
A. Cosmogonía.
Ninguna cosmogonía puede adjudicarse el título de verdadera
teoría científica o hipótesis, en el sentido correcto
de desarrollo sistemático de ciertos detalles a partir de un número
definido de principios aceptados. Tanto las propuestas de la cosmogonía,
como sus refutaciones, son vagas y faltas de certeza, y no puede ser de
otra manera, siendo como son: procesos de extrapolación, a partir
de leyes de laboratorio, a la obra del Creador.
Para mayor información sobre cosmogonía mítica, se
aconseja al lector referirse al artículo COSMOGONÍA. En
lo tocante a cosmogonía bíblica, véase HEXAMERON.
B. Cosmodysis
Este el nombre que se sugiere que se aplique a todas las hipótesis
sobre el futuro del mundo. La literatura acerca de la cosmodysis es muy
reducida en comparación con la de la cosmogonía. La juventud
del mundo parece tener una atracción mayor acerca de la especulación
humana que sobre su edad madura y decaimiento. Parece que no existe ninguna
cosmodysis mítica, y poco o nada se encuentra sobre el tema en
las páginas científicas. Es mucho más explícita
y detallada la cosmodysis bíblica (Cfr. JUICIO DIVINO, IV). Y con
todo, desde el punto de vista científico, las conclusiones que
se prevén a partir de las premisas del mundo presente deberían
estar mejor garantizadas que las especulaciones retrospectivas sobre condiciones
cósmicas enteramente desconocidas.
Una de tales teorías es la de la extinción. Está
basada en cierto proceso irreversible, llamado entropía, que es
común a todos los fenómenos naturales. Mientras que la suma
de la energía cósmica debe permanecer constante, la cantidad
de energía potencial está disminuyendo constantemente. Y
es precisamente la condición inestable de la energía potencial
lo que anima toda actividad del universo. Esta energía busca la
estabilidad y ello terminará en la extinción y el reposo.
Este proceso no es reversible ni cíclico. Si se aplica a la Tierra,
haciendo abstracción de la vida orgánica, significa la extinción
de su fuerza interior plutónica y la de su velocidad rotatoria.
Los levantamientos y desplazamientos de los continentes, los continuos
temblores, los terremotos ocasionales y las erupciones volcánicas,
el encogimiento gradual de la corteza y las deambulaciones de las capas
polares, son todos signos de la irreparable pérdida de energía
potencial.
Nuestros raquíticos conocimientos científicos de cosmodysis
pueden ser una tentación para buscar mayor información en
la Escritura Sagrada. El obscurecimiento del Sol y la Luna, y la caída
de las estrellas, ¿pueden ayudar, por ejemplo, a sostener la teoría
de la extinción?. Y se puede hacer una pregunta semejante en el
campo de la cosmogonía: “¿Puede ser consultado el
Génesis para decidir acerca de las diversas hipótesis?”.
La respuesta fue dada, hace tres siglos, en un intento realizado por la
cosmografía. La decisión escriturística de la controversia
sobre si el sistema solar era geocéntrico o heliocéntrico
estaba destinada a ser un fracaso en cualquiera de las dos opciones. La
revelación cosmogónica se dio al ser humano para hacer hincapié
en su dependencia física y moral del Creador. De la misma manera,
la revelación cosmodysica sólo tiene el propósito
de indicar a la humanidad la administración final de justicia.
La pura curiosidad científica no encontrará ninguna satisfacción
en la Sagrada Escritura.
J.H. HAGEN
Transcrito por Tomas Hancil y Joseph P. Thomas
Traducido por Javier Algara Cossío.