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Cualquier doctrina que niegue la existencia de valores absolutos, ya totalmente,
ya solamente en lo tocante a cierta esfera del ser, puede ser denominada relativismo.
Una forma de relativismo afirma, por ejemplo, que nosotros únicamente
somos conscientes de las diferencias y cambios ( Hobbes, Bain, Höffding,
Wundt. Cf. Maher, "Psychology", 6a. ed., p. 91).
Otros afirman que la verdad es relativa porque (a) los juicios (i) no tienen
ningún significado si están aislados y (ii) deben ser sometidos
a una infinidad de modificaciones antes de que puedan ser incorporados a un
sistema ideal de verdad (Joachim y los hegelianos, en general), o porque (b)
la verdad es concebida como una propiedad peculiar de las ideas gracias a la
cual podemos interactuar más o menos exitosamente con el mundo que nos
rodea (pragmatistas).
Una tercera dice que el valor moral es esencialmente relativo y solamente aparece
cuando los motivos entran en conflicto(Martineau). (Cfr. Ética, Pragmatismo,
Verdad).
Sin embargo, la palabra Relativismo se aplica más comúnmente a
las teorías que tratan de la naturaleza del conocimiento y de la realidad,
y es en este sentido que lo discutiremos aquí.
La Relatividad del Conocimiento
Cualquiera que haya sido el significado real y primario del famoso dicho de
Protágoras, "El hombre es la medida de todas las cosas" (anthropos
metron panton kai ton syton kai ton me onton( panton kai ton syton kai ton me
onton, Platón, "Teetetos.", 152 A; en "Mind", XIX,
473, El Sr. Gillespie sostiene que ese dicho tiene un significado ético),
ordinariamente ha sido entendido en sentido epistemológico, como una
afirmación de la relatividad de todo conocimiento humano; de la imposibilidad
de penetrar más allá de la apariencia de las cosas. Y esta interpretación
concuerda con la tendencia general de la época en la que vivió
Protágoras. La doctrina de Heráclito sobre el flujo perpetuo y
universal, la visión de Parménides de que la pluralidad y cambio
son apenas un reflejo de la realidad, los vanos intentos de explicar la naturaleza
de la percepción sensorial y de explicar las ilusiones y los juicios
erróneos, junto con los inicios de la conciencia (evidente en Demócrito)
de un factor subjetivo en el proceso de la percepción, todo ello orillaba
a los filósofos a desconfiar de lo que sus sentidos les mostraban y a
confiar exclusivamente en su razón o su inteligencia. La reflexión,
sin embargo, pronto puso en claro que las teorías racionales no podían
presumir de mayor consistencia que los datos de la experiencia de la percepción,
y el resultado inevitable de eso fue que el relativismo de Protágoras
y sus seguidores poco a poco se convirtió en el escepticismo de la Academia
Media (Cfr. Escepticismo).
El relativismo moderno, por otro lado, aunque también tiende a transformarse
en escepticismo, fue en su origen una reacción contra este último.
Para dispar la duda que Hume había sugerido acerca de la validez de los
juicios universales de carácter sintético, Kant propuso que deberíamos
entenderlos como provenientes no de la aprensión de la naturaleza de
la cosas reales, sino de la constitución de nuestras mentes vencidas.
Sostenía que el factor mental de la experiencia, desdeñado hasta
entonces, tiene en realidad una importancia capital: a él se debe el
espacio, el tiempo, las categorías y toda forma de síntesis. Es
el elemento formal que nace de la estructura de la misma mente que constituye
el conocimiento y lo hace ser lo que es. Hume se equivocó al suponer
que el conocimiento es un intento de copiar la realidad. No es tal. El mundo,
tal como lo conocemos, el mundo de la experiencia, está relacionado esencialmente
a la mente humana, de la que deriva todo lo que tiene de unidad, orden y forma.
La objeción obvia a un relativismo de ese tipo es la cosa-en-sí-misma,
la cual ni es, ni puede ser jamás, un objeto del conocimiento. Nos quedamos,
así, encerrados dentro de un mundo de apariencias, cuya naturaleza es
constituida por nuestras mentes. Nunca podremos saber lo que la realidad es
en sí misma. Y sin embargo, eso es precisamente lo que, segúnKant,
deseamos saber. La facinación de la filosofía de Kant reside en
el hecho de que ella le dio su valor pleno a la actividad, como opuesta a la
pasividad o a la receptividad de la mente, pero el incognocible Ding-an-sich
era una abominación, fatalmente parecida a su consistencia y a su poder
para resolver el problema del conocimiento humano. Debe ser eliminada a cualquier
costo, y la forma más fácil de hacerlo es abolirla de raíz,
quedándonos con una realidad cognocible porque la realidad y el conocimiento
son una cosa, y en esa faena la mente, humana o absoluta, desempeña un
papel definitivo.
La Relatividad de la Realidad
La relatividad de la realidad, que tomó el sitio de la realidad del
conocimiento, ha sido concebida de varias maneras. Ocasionalmente, como en el
caso de Fichte y Hegel, la naturaleza se opone a la mente o espíritu
como si fueran dos caras de la misma cosa: de la inteligencia, o voluntad, o
incluso de la mente inconsciente. Otras veces, como en el caso de Green y Bradley,
la realidad es concebida como una totalidad orgánica que de algún
modo se manifiesta en los centros finitos de la experiencia, que buscan reproducir
en sí mismos la realidad tal como ella es. Lamentablemente, fracasan
de tal modo que lo que afirman, incluso siendo contradictorio, debe de algún
modo ser aceptado como verdadero. Tan verdadero como otras verdades en el sentido
de que ellas pretenden expresar la realidad, pero deben sujetarse a una reinterpretación
infinita antes que lleguen a ser idénticas con aquella realidad a la
que se refieren. Absolutistas más modernos (vgr. Mackenzie y Taylor),
al darse cuenta de lo inadecuado de esta posición, han devuelto cierta
independencia al orden físico, el cual, en palabras de Taylor (Elem.
of Metaph., 198), "no depende para su existencia de mi percepción",
pero que "sí depende de mi percepción en lo tocante a las
cualidades y relaciones que encontramos en él". En otras palabras,
el "que" del mundo real es relativo a nuestros órganos perceptivos
(ibid.) o, como lo define un escritor contemporáneo (Murray, en "Mind",
nueva serie, XIX, 232), la realidad, antes de ser conocida, es meramente hyle
(materia prima), mientras que aquello a lo que llamamos "cosa", u
objeto de conocimiento, es el hyle transformado gracias a un adecuado proceso
mental que lo dota de los atributos de espacialidad y otros parecidos. Saber,
por tanto, es "sobreinducir la forma sobre la materia del conocimiento"
(J. Grote, "Explor. Phil.", I, 13). Riehl, generalmente catalogado
como un realista, sostiene una visión semejante. Él distingue
el ser de un objeto (das Sein der Objekte) de su ser como objeto (Objektsein).
Aquél es el ser real del objeto y es independiente de la consciencia;
éste es su ser o naturaleza de acuerdo a como es concebida por nosotros,
y es algo que es absolutamente relativo a nuestras facultades (cf. Rickert,
"Der Gegenstand der Erkenntnis", 2a. ed., pp. 17 ss., donde queda
claramente indicada la inconsistencia de esta teoría).
La relatividad de la realidad concebida de esa manera verdaderamente implica
una vuelta a la posición de Kant , excepto que en vez de la cosa-en-sí-misma,
con su caracter y propiedades incognoscibles, se ubica una clase de materia
prima, sin cualidades, atributos ni determinaciones, y consecuentemente, tan
incognoscible como la cosa-en-sí-misma, incognoscible ahora porque no
hay nada que conocer. Acerca de eso el idealismo moderno se empareja con el
pragmatismo o el humanismo, que insisten en que la realidad debe ser vista epistemológicamente
como materia prima, totalmente carente de propiedades y totalmente indeterminada.
La diferencia entre los dos puntos de vista descansa en que, para el idealista,
la forma es impuesta a la materia por el acto mismo por el que la conocemos,
mientras que, para los pragmatistas, tal imposición no acontece sino
hasta después de un largo proceso de postulación y experimentación.
Criticismo
En su "Essais sur la connaissance" (Ensayo sobre el conocimiento)
M. Fonsegrive discutió a profundidad la cuestión del relativismo,
y en su opinión nosotros debemos en cierto sentido conceder que el conocimiento
es relativo a nuestras facultades. Pero, aunque en principio él hace
esa concesión universalmente, de hecho su propia teoría afirma
que únicamente nuestro conocimiento de los objetos corporales es lo que
es estrictamente considerado como relativo. Nosotros podemos conocer otras mentes
tal como son porque nosotros mismos somos seres pensantes, y la manifestación
interna de nuestra mentalidad y la suya son de caracter semejante. Mas "nosotros
desconocemos la esencia de las cosas, y la esencia de nuestras relaciones con
las cosas, de las leyes de la naturaleza en ellas mismas sabemos menos de lo
que sabemos de nuestros tratos con la naturaleza". (pp. 85, 86). "Lo
que conocemos lo conocemos según el sujeto" (p. 125; Cf. pp. 184
ss). El argumento principal sobre el que descansa este relativismo es básicamente
igual al usado por Berkeley en su famoso "Diálogo entre Hylas y
Filonio". Según lo expone Fonsegrive, es como sigue: "el concepto
de un objeto que debe ser simultáneamente en-sí-mismo y objeto
de conocimiento es definitivamente contradictorio. . . Pues "objeto de
conocimiento" significa "conocido",. . . pero es evidente que
lo conocido qua conocido no es en-sí-mismo, puesto que es qua conocido"
(p. 186). De ahí que lo que conocemos nunca es el sujeto como es en sí
mismo, sino únicamente como está en nuestro conocimiento de él.
Es obvio que el argumento anterior es válido si las nociones de "ser
en sí mismo" y "ser en cuanto conocido" son mutuamente
excluyentes, pero no es así según los concibe el realista o el
anti-relativista. Ser en-sí-mismo meramente significa ser tal como existe,
aunque no sea conocido. Lo cual significa que la naturaleza y la existencia
del ser es anterior a nuestro conocimiento de él (un hecho que, cabe
mencionar, Fonsegrive sostiene firmemente), y no significa que el ser tal como
existe no pueda ser conocido. El argumento de Fonsegrive no prueba nada en contra
de la opinión que afirma que la naturaleza real del objeto es cognoscible,
pues si bien en abstracto la cosa qua existente no es la cosa qua conocida,
en lo concreto no hay razón que impida que su naturaleza realmente existente
pueda ser conocida, o, en otras palabras, que no pueda ser conocida tal como
es.
El argumento con el que los relativistas intentan probar la relatividad de la
realidad es precisamente semejante a los anteriores. No podemos pensar las cosas
reales, dice Taylor ("Elem. of Metaph.", 23, 69, 70; Cf. Bradley,
"Appearance and Reality", 144-45), excepto en cuanto objetos de la
experiencia; de lo cual se sigue que su realidad depende de su relación
con la mente. Este argumento es a todas luces falso. Lo único que prueba
es que las cosas deben ser, o si no, convertirse en objetos de la experiencia
para poder ser conocidos por la mente. Pero no prueba que las cosas deban, por
su propia esencia, ser objetos de la experiencia. A menos que la realidad sea
inteligible y pueda caer dentro de la experiencia, no puede convertirse en objeto
de pensamiento. De ningún otro modo puede la posibilidad de conocer la
cosa suponer su "conexión con la mente". Definitivamente, conocer
algo es "eo ipso traerlo al campo de la conciencia", pero de ello
simplemente se sigue que para ser concebibles, las cosas deben ser capaces de
convertirse en objetos de la conciencia. Las consideraciones psicológicas
nos obligan a admitir que la realidad, cuando es experiementada, se transforma,
o mejor, es reproducida como un hecho psíquico, pero de eso no podemos
concluir que la realidad en sí misma, la realidad que es el objeto de
la experiencia y al cual hace referencia nuestra experiencia como algo exterior
a sí misma, es necesariamente un hecho psíquico. La experiencia
o la percepción obviamente son condiciones sin las cuales no podemos
pensar nada acerca de las cosas, ni mucho menos pensar acerca de ellas como
existentes, pero eso de ninguna manera significa que la experiencia y la percepción
sean condiciones para que las cosas puedan existir. Cuando pensamos no pensamos
ordinariamente en las cosas como objetos de la experiencia, sino sencillamente
como "cosas", reales o imaginarias, y las propiedades que predicamos
de las cosas las pensamos como pertenecientes a ellas y no como "superinducidas
por nuestras mentes".
Sin embargo, nuestra forma natural de pensar podría estar equivocada.
Aún concediendo que lo que "aparece" es la realidad, las apariencias
pueden ser falsas. Es posible que se deban total o parcialmente a nuestras mentes
y, consecuentemente, no nos revelen la naturaleza de la realidad, sino más
bien su relación con nosotros-como-perceptores, y con nuestras facultades
y nuestros órganos. La mayoría de los argumentos que se presentan
para sostener esta teoría están basados en la psicología,
y si bien la psicología es buena, los argumentos están lejos de
ser concluyentes. Por ejemplo, se nos invita a creer que la abstracción
y la generalización son procesos subjetivos que participan en cada acto
de conocimiento, modificando esencialmente su contenido. Empero la abstracción
no es una falsificación, a menos que asumamos que lo que estemos considerando
en abstracto existe tal cual en lo concreto, o sea, que existe no en conexión
con, y en dependencia mutua de otras cosas, sino aislada e independientemente,
tal como lo concebimos. Tampoco es falsa la generalización, a menos que
asumamos, sin pruebas, que realmente existen los particulares a los cuales se
aplica potencialmente nuestro concepto. En una palabra, ni éstos ni ningún
otro de los procesos subjetivos y formas de pensamiento destruyen la validez
del conocimiento si distinguimos, como debe ser, lo que es puramente formal
y subjetivo, de lo que pertenece al contenido objetivo y se refiere al orden
real de las causas y los propósitos.
Otro argumento se deriva de la pretendida relatividad de la sensación,
de la que se deriva todo conocimiento en la teoría escolástica
del conocimiento. Se dice que la cualidad de la sensación es determinada
en gran parte por el carácter de nuestro sistema nervioso y, en particular,
por los órganos finales de nuestro diferentes sentidos. Es al menos probable,
sin embargo, que la cualidad de la sensación sea determinada por el estímulo,
y de cualquier modo, la objeción es innecesaria, porque nosotros al juzgar
no referimos al objeto nuestra sensación como tal sino como cualidades
cuya naturaleza ignoramos, aunque sabemos que difieren entre sí en varios
grados. Aún si concediésemos que la sensación es relativa
a nuestros órganos especializados del sentido, no podemos concluir de
ningún modo que el conocimiento que obtenemos por la sensación
implica una determinación subjetiva. En segundo lugar, los datos de los
sentidos no nos dan únicamente diferencias cualitativas, sino también
formas espaciales, y magnitudes, distancia, movimiento, velocidad, dirección,
y sobre esos datos no se fundamentan solamente las matemáticas, sino
también la ciencia física, en cuanto que esta última está
relacionada con las variaciones cuantitativas, y no sólo cualitativas.
En tercer lugar, los datos sensoriales, aunque en parte sean subjetivos, suponen
una causa objetiva como condición. Consecuentemente, una teoría
que explique los datos de los sentidos, les asigna satisfactoriamente condiciones
que sean igual de reales que los efectos a los que, al menos en forma parcial,
ellos dar origen. Por último, si el conocimiento es realmente relativo
en el sentido que se explicó más arriba, aunque pueda satisfacer
nuestras esfuerzos prácticos, nunca podrá satisfacer los especulativos.
La meta de la investigación especualtiva es conocer la realidad como
es. Mas el conocimiento, si fuera únicamente de las apariencias, no tendría
signficado real, y según lo conciben en un idealismo del tipo a priori,
tampoco tendría una finalidad.
La experiencia como un sistema de relaciones
Los kantianos enseñan comúnmemente que la relación es
la categoría de categorías (Cfr. Renouvier, "Le perdisguise
(Caird, "The Phil. of Kant", 329; Green, Prolegom.", 20). La
materia y el movimiento "consisten de relaciones" (Prolegom. 9). De
hecho, la realidad tal como la conocemos no es otra cosa que un sistema de relaciones
pues "la naturaleza de la mente es tal que ningún conocimiento puede
ser adquirido o expresado, y, consecuentemente, ninguna existencia real puede
ser concebida si no es a través de un sistema de relaciones" (Renouvier,
"Les dilemmes de la metaph.", 11). Esta forma de relativismo puede
ser denominada objetiva, para distinguirla del relativismo que hemos discutido
más arriba, y con el que, de hecho, está combinado generalmente.
Se trata, primeramente, de una teoría de la naturaleza del conocimiento,
pero también es una metafísica, si vemos a Green y a otros (e.g.,
Abel Rey, "La théorie de la physique", VI, 2), quienes identifican
el conocimiento con la realidad. Tal opinión supone una teoría
de la naturaleza de la relación muy distinta a la de los escolásticos.
Para estos últimos, la relación es una pros ti schesis, un ordo
ad, lo cual exige (1) un sujeto al cual pertenezca, (2) algo especial en dicho
sujeto que explique lo que se predica de él, y (3) un término,
distinto de sí mismo, al cual se refiera. Una relación, en otras
palabras, siguiendo a los modernos, presupone sus "términos".
No se trata de un vínculo misterioso e invisible que de algún
modo une dos aspectos de una cosa y los hace uno. Una relación puede
ser mutua, pero si es así, en realidad hay dos relaciones (e.g. paternidad
y filiación) que pertenecen a sujetos diferentes, o, si al mismo, que
surgen a partir de diferentes fundamentales. Es cierto que en la ciencia, como
en otras cosas, podemos conocer una relación sin ser capaces de descubrir
la naturaleza de las entidades que dicha relación enlaza. Podemos saber,
por ejemplo, que la presión y la temperatura varían proporcionalmente
en una masa de gas dada cuyo volumen es conservado constante, sin conocer con
precisión y certeza la naturaleza última de la presión
y la temperatura. Empero, sí conocemos algo acerca de ellas. Sabemos
que existen, que cada una de ellas tiene una naturaleza peculiar, y que es gracias
a dicha naturaleza que surge la relación entre ellas. No podemos conocer
una relación si no conocemos algo de las cosas que ella relaciona, pues
la relación presupone sus "términos". Por lo tanto el
universo no puede consistir de relaciones, sino que debe de ser compuesto de
cosas relacionadas entre sí.
NOTAS
Epistemológicas y Metafísicas — Caird, The
Critical Philosophy of Kant (Glasgow, 1889); Fonsegrive, Essais sur la connaissance
(París, 1909); Green, Prolegomena to Ethics (3a. ed., Oxford, 1890);
Grote, Exploratio philosophica (Cambridge, 1900); Hamilton, Discussions (Londres,
1854); Idem, Metaphysics (Londres, 1871); Herbart, Metaphysics (Leipzig, 1850);
Hobhouse, The Theory of Knowledge (Londres, 1896); Mill, Examination of Hamilton
(4a ed., Londres, 1872); Prichard, Kant's Theory of Knowledge (Oxford, 1910);
Renouvier, Les dilemmes de la metaph. pure (París, 1891); Idem, Le personnalisme
(1903); Ray, La Théorie de la physique (París, 1907); Rickert
Der Gegenstand der Erkenntnis (2a. ed., Tübingen, y Leipzig 1904); Riehl,
Der philosoph. Kriticismus (Leipzig, 1887); Schiller, Humanism (Londres, 1903);
Idem, Studies in Humanism (1907); Seth, Scottish Philosophy (Londres, 1885);
Simmel, Philosophie des Geldes (Leipzig, 1890); Spencer, First Principles (6a.
ed., Londres, 1900); Veitch, Knowing and Being (Edimburgo, 1889); Walker, Theories
of Knowledge (Londres, 1910).
Psicológicas — Bain, Mental and Moral Science (3a
ed., Londres, 1884); Höffding, Outlines of Psychology (Londres, 1891);
Maher, Psychology (6a. ed., Londres, 1905); Wundt, Human and Animal Psychology,
tr. (Londres, 1894); Idem, Grundzüge d. physiologischen Psychologie (5a.
ed., Leipzig, 1903).
LESLIE J. WALKER
Transcrito por Jim McCann
Traducido por Javier Algara Cossío
The
Catholic Encyclopedia, Volume I
Copyright © 1907 by Robert Appleton Company
Online Edition Copyright © 1999 by Kevin Knight
Enciclopedia Católica Copyright © ACI-PRENSA
Nihil Obstat, March 1, 1907. Remy Lafort, S.T.D., Censor Imprimatur
+John Cardinal Farley, Archbishop of New York
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