El más famoso nombre en la historia de la pintura,
nacido en Urbino el 6 de Abril (o 28
de Marzo) de 1483; muerto en Roma el 6 de Abril de 1520. Pertenece
a la escuela de Umbría. Rafael es sólo su nombre de pila, siendo su
nombre completo Rafael (Raffaele) Santi (Sanzio es una forma absolutamente
incorrecta).
Su padre, Giovanni Santi, tuvo un importante aunque
no especificado cargo en la Corte de Urbino. Era el factótum artístico
del Duque Federico, uno de los príncipes más intelectuales y uno de
los más ilustrados aficionados al arte de su época. Los mejores pintores,
Piero della Francesca, Melozzo y Justo de Gante, estaban a su servicio
y había hecho de Urbino uno de los más prominentes centros artísticos
de su tiempo. El palacio ducal es aún una de las maravillas de Italia.
Tampoco era menos avanzada la vida social y mundana; En esta Corte fue
escrito el Cortegiano de Baldassare Castiglione, el manual
más completo del hombre de mundo, según el ideal del Renacimiento. Las
relaciones que Rafael estableció en este temprano ambiente (especialmente
hacia 1506), la serena y pura atmósfera moral que respiró y que es característica
de su genio, le siguieron a lo largo de toda su vida. Giovanni Santi
murió el 1 de agosto de 1494. El huérfano, colocado bajo la tutela de
su tío materno, entró en el estudio de un pintor encantador, Timoteo
Viti, un discípulo de Francia, que acababa de volver a instalarse en
el país. Probablemente, al comienzo de este aprendizaje, tal vez algo
anterior a él, pertenece el famoso álbum de Rafael de la academia de
Venecia. Este libro fue descubierto en 1803 por Bossi y comprado por
Cicognara para la ciudad de Venecia. Es una pequeña carpeta ahora mutilada
que consta de un centenar de dibujos a pluma; el autor copió, en particular,
Los Sabios y Los Filósofos que había entonces
en el palacio de Urbino (la mitad de ellos están ahora en el Louvre
y la otra mitad en el palacio Barberini) Morelli (Lermolieff) cree reconocer
en estos dibujos la mano del Pinturicchio pero la antigua opinión ha
prevalecido sobre su crítica. Estos son más bien los primeros estudios
y ensayos de Rafael entre sus doce y sus quince años. Aunque infantiles,
ya revelan el genio maestro del artista, su singular, divino sentimiento
de la belleza. En el estudio de Timoteo y bajo su influencia se pintaron
los más tempranos cuadros de su ilustre discípulo que nos hayan llegado,
cuatro pequeños cuadros exquisitos, con forma y valor de miniaturas
El Sueño del Caballero (National Gallery) San Jorge
y San Miguel (Louvre) y la más encantadora de las cuatro,
Las Tres Gracias de la Tribune de Chantilly.
En junio de 1499 Rafael no había dejado aún Urbino.
En mayo de 1500 debe haber estado en Perugia, pero no podría haber
entrado en el estudio del Perugino antes de esa fecha, pues este último,
que había estado fuera doce años, volvió entonces a pintar los frescos
de Cambio. De ahí que la historia de Vasari sobre la educación de
Rafael por el Perugino no puede ser creída, por ser una pura fábula.
La influencia del Perugino fue importante para un joven de dieciocho
años y, de hecho, con su maravillosa facultad de asimilación, Rafael
pronto consiguió dominar las sugerencias y métodos del pintor más
veterano, su sentido poético de la luz y el espacio, su sistema de
composición armoniosamente simétrico. Pronto se convirtió en una especie
de capataz o jefe del estudio, supervisando la factura de las incontables
Madonnas por las que el taller del Perugino era el más
acreditado de Italia. Este periodo de una cierta producción comercial
es el menos interesante de la vida de Rafael. La Virgen del
Libro del Hermitage y la Virgen entre San Jerónimo y San
Francisco (Berlín) están entre sus obras menos significativas.
La Crucifixión de 1502 (National Gallery) muestra una
sequedad arcaica y primitiva. Pero su genio pronto le
sacó de esta semi-somnolencia. La Coronación de la Virgen,
pintada en 1503 para los franciscanos de Perugia Pinacoteca
del Vaticano, muestra calidades aparentemente tomadas en préstamo
del Perugino, pero vivificadas por una nueva imaginación y juventud,
los tres paneles de la predela manifestando un gran progreso. Una
obra muy importante, desgraciadamente perdida desde la revolución,
parece haber sido el Triunfo de San Nicolás de Tolentino.
Pero la perla de este periodo es Los Esponsales de la Virgen
conservada en Milán (1504). Un cuadro similar del museo de Caen no
es el modelo erróneamente atribuido al Perugino, sino una copia del
cuadro de Rafael, obra del mediocre Spagna. Esta obra maestra termina
dignamente el periodo de juventud de Rafael. La última palabra del
arte de Umbría del Siglo XV fue dicha en esta página de juventud y
divina modestia.
PERIODO FLORENTINO (1504-08)
Después de una corta visita en el verano a Urbino,
Rafael fue a vivir a Florencia hacia finales de 1504. Los cuatro
años que pasó allí fueron una nueva y decisiva etapa en su carrera.
En esa fecha Florencia era el más intenso y activo centro del Renacimiento
(y el periodo estaba en pleno desarrollo artístico). Leonardo da
Vinci y el joven Miguel Angel, los dos líderes del movimiento, revelaban
(1506) en sus cartones rivales (hoy perdidos) de la
Señoría, modelos perfectos de composición histórica. En la estimulante
atmósfera de perpetua competición dominada por un apasionado amor
por la belleza y la fama, Rafael encontró nuevo incentivo. El conocimiento
y habilidad del menor de los pintores florentinos bastaba para asombrar
al joven provinciano y aguzar sus ideas, lo que demostró ser lo
más provechoso para su talento. En Florencia empezó su educación
otra vez desde el principio; reanudó sus estudios y en pocos años
aprendió más sobre la forma de lo que había adquirido de Timoteo
y Perugino. Sus ganancias eran aún modestas. Durante su estancia
en Florencia, Rafael era un joven artista desconocido con un buen
futuro. Tenía pocas relaciones y no muchos encargos. Se le dio a
pintar sólo pequeños cuadros, retratos de gente de clase media,
tales como Angelo y Maddalena Doni (Uffizi, 1506) y la Donna
Gravida (Mujer embarazada) del Palacio Pitti, y un número
especialmente grande de Maddonas que ejecutó para oratorios privados.
Pero nada podía mostrar más ventajosamente los progresos que había
realizado desde su época de Umbría. Había encontrado un modelo de
tipo más regular, de óvalo más lleno y forma más abundante que el
modelo usual del Perugino. Su sentido de la vida se hizo más natural
sin perder nada de su poesía. Las Maddonas de Rafael son todas muy
suyas; no tienen la melancólica afectación de las de Botticelli,
ni la misteriosa sonrisa de las de Leonardo. Nos resultan muy próximas,
materiales y humanas. Su familiaridad, de una gracia profundamente
franciscana, se expresa con el mayor tacto. Conserva el fácil buen
humor, a veces excesivo, que se permiten los pintores del Norte.
No se pretende que sean edificantes, hablando propiamente,
pero en esta materia el grado es una cuestión de gusto. Como ha
dicho Burckhardt, por primera vez desde Fidias, el arte alcanzó
aquellas cumbres donde la belleza humana por su nobleza y perfección
de forma emprende la tarea de dar vida a lo divino. Las Madonnas
del periodo florentino pueden dividirse en tres grupos según la
naturaleza del motif y la composición. Las más antiguas
y más simples son la que representan a la Madonna con rasgos de
una joven italiana, de pie y de medio cuerpo, teniendo al Niño Jesús
en sus brazos. La obra maestra de esta clase es la Madonna
del Gran Duque (Florencia, Palacio Pitti, 1505). A despecho
de un vestigio de timidez en la disposición, la Virgen es tan encantadora
que uno incluso no puede preferir las Madonnas más perfectas del
periodo siguiente. Esta simple composición ha dado origen a muchas
variaciones, tales como la pequeña Madonna Cowper (Panshanger),
tan tiernamente pensativa, y la encantadoramente animosa, dulce
y apasionada Madonna Casa Tempi (Munich). El segundo
grupo no hace sino modificar un poco las primeras por la introducción
de nuevos elementos, tales como la decoración interior o el paisaje,
por ejemplo la Virgen de Orleáns (Chantilly), la Madonna
Bridgewater, la Madonna Colonna (Berlín) y la
gran Madonna Cowper (Panshanger), las dos últimas contemporáneas
(1506 o 1507) y hasta cierto punto gemelas. El tercer grupo, sin
embargo, muestra una nueva etapa, un tipo superior de composición
y estilo. Rafael estaba entonces influido por el gran pintor dominico,
Fra Bartolommeo, uno de los que más hizo en el Siglo XXVI para organizar
la verdadera tradición pictórica florentina. Este erudito pintor,
que estaba dotado en alto grado de un sentido del equilibrio y de
la composición bella, influyó grandemente en el joven de Umbría,
influencia que empezó a hacerse patente tan pronto como en 1505,
cuando Rafael ejecutaba en San Severino, Perugia, un fresco del
que pintó solo la parte superior (fue completado en 1521 por el
anciano Perugino). Este fresco, que era importante puesto que ya
contenía el germen de la Disputa, meramente reproduce
la disposición del Juicio Final de Fra Bartolommeo.
A él debe Rafael los métodos por los que reprodujo las Vírgenes
del tercer grupo, en las que la Madonna aparece de cuerpo entero
en un paisaje con el Niño y el joven San Juan. El sublime trío en
composiciones tales como La Belle Jardinière (Louvre,
1507), la Madonna del Prado (Viena), o la Madonna
del Jilguero (Uffizi, Florencia) es una idea directa y derivada
de las enseñanzas del monje-artista. Aquí Rafael se separa de la
simetría externa del arte del Perugino, alcanzando una armonía a
la vez más compleja, íntima y vívida. De este periodo datan varias
obras más importantes, en las que el joven practicó la pintura en
el noble estilo. Comenzó a recibir encargos y ganar
reputación. Al partir para Roma dejó inacabada la Madonna
del Baldaquino (Palacio Piti, 1508) y no se sabe cuándo fue
completada pero lo fue sin originalidad y podría pasar por un cuadro
de Fra Bartolommeo. Preferible a ella es su Madonna Ansidei
(National Galery, 1507), menos moderna y mas peruginesca,
pero una de las más preciosas concebidas en este estilo tradicional.
De 1508 data el Entierro del Casino Borghese. Esta obra,
encargada por Atalanta Baglioni para la capilla de su hijo Griffonetto
en Perugia, es el primer ensayo de Rafael en el estilo histórico.
Su cliente era importante y el tenía oportunidad de ganar distinción;
es evidente que no escatimó esfuerzos. Preparada por un extraordinario
número de dibujos, la obra es sin embargo una de las menos afortunadas
empresas del artista. Está estropeada por un trabajo excesivo. Rafael
deseaba manifestar todos sus conocimientos y recursos, uniendo en
el mismo lienzo las cualidades de los dos maestros de los cartones
de la Señoría, los hombres a quienes más admiraba y que más le atormentaban,
Leonardo da Vinci y Miguel Angel. Ambiciones demasiado contrapuestas
perjudicaron el resultado y el gran ensayo acabó en fracaso. Pero
sus contemporáneos juzgaron de otra manera, y el Entierro
colocó a Rafael entre los más destacados pintores florentinos. A
partir de entonces todos los ojos se fijaron en él. El periodo de
los comienzos y ensayos había acabado. En el verano de 1508 el joven
fue a Urbino. Julio II había subido al trono papal. El Duque Guidobaldo
recomendó a Rafael al Papa, que estaba pintando y decorando de nuevo
el Vaticano. En Octubre de 1508, Rafael llegó a Roma.
PERIODO ROMANO (1508-20)
Los doce años de la vida de Rafael en Roma son
incomparables. En este corto espacio de tiempo el joven maestro
multiplicó las obras maestras y dejó tras él la más completa, serena,
y armoniosa expresión del Renacimiento. El pintor de las Madonnas
y de los cuadritos del periodo florentino experimentó la más sorprendente
transformación, convirtiéndose de golpe en el más fértil pintor
decorativo a gran escala. Su genio le llevó a lo más alto, así como
a las más diversas tareas, sus inagotables recursos permitiéndole
concebir y completar en pocos años las Stanze o Salas del Vaticano,
los Hechos de los Apóstoles, la Farnesina, y las Loggie,
para no mencionar otras empresas como arquitecto, arqueólogo y escultor,
y cincuenta cuadros o retratos, casi todos los cuales son obras
maestras. Es una metamorfosis sin precedente ni explicación.
Cuando consideramos que su vasta e inmortal obra fue llevada
a cabo en menos de doce años por un joven que tenía veintiséis cuando
comenzó y que murió a los treinta y siete, debemos preguntarnos
si el mundo ha contemplado dos veces la maravilla de tal genio.
Julio II, el Papa reinante, fue alguien a quien el lenguaje
moderno gustosamente concede el título de superhombre
o de héroe. Fue uno de los primeros en concebir y perseguir
la política de unidad italiana. Sin duda este pontífice guerrero,
que penetró en la ciudadela de Mirándola a través de la brecha,
tenía una cierta idea temporal de su poder, pero a través del arte
dotó a la Iglesia de una importancia intelectual que parecía haber
perdido desde el Gran Cisma. En sus poderosas manos Roma se convirtió
en lo que sólo recientemente ha dejado de ser, la capital del mundo
civilizado. El espacio no nos permite un adecuado tratamiento de
este punto; pero cuando nos enfrentamos con los principales problemas
del Siglo XVI; cuando surja la cuestión de si la Iglesia absorberá
o rechazará y condenará el progreso, si se asociará o no con el
espíritu humanista, Julio II merece el crédito de haberse alineado
con el Renacimiento y preparado el escenario para el triunfo moral
de la Iglesia. Las grandes creaciones de Julio II, el San Pedro
de Bramante y el Vaticano de Rafael, son inseparables de las grandes
ideas de humanidad y de cultura representadas por la Iglesia Católica.
Aquí el arte se supera a sí mismo, convirtiéndose en el lenguaje
de algo más alto, el símbolo de una de las más nobles armonías jamás
logradas por la naturaleza humana. Por voluntad de este hombre extraordinario
Roma se convirtió a fines del Siglo XVI en el lugar de reunión y
centro de todo lo que era grande en arte y pensamiento. Con el infalible
sentido y discernimiento de los grandes jueces de hombres, el Papa
inmediatamente llamó a su servicio a aquellos que más honrarían
su reinado. No se equivocó, y la posteridad sólo puede ratificar
su elección. Pero su infalible don de adivinación se muestra mejor
en su selección de Rafael. No había nada en la obra del joven que
presagiara el genio completamente nuevo que iba a manifestar ni
los inigualados poderes de composición, nobleza y belleza que dormían
en esa alma privilegiada. Es probable que Bramante que, como Rafael,
era natural de Urbino, promoviera activamente los intereses de su
joven conciudadano ante el Papa, y provocara que fuera recibido
en el círculo interno de artistas a los que Julio II había contratado
para las obras de su palacio. Debe haber sido principalmente al
gran arquitecto, cuyos magníficos frescos estaban en el Castillo
de Milán, a las conversaciones, al ejemplo, y al trato familiar
con este poderoso genio, al que Rafael debió el repentino ensanchamiento
de sus ideas y la imprevista madurez de su estilo; el joven de Umbría
se hizo digno de la grandeza de Roma. Pero nada explica por completo
esta singular metamorfosis; sigue siendo el milagro de la existencia
de Rafael.
El Papa, cansado de habitar en los apartamentos
de su predecesor (los famosos Apartamentos Borgia, decorados por
el Pinturicchio), decidió remodelar las habitaciones más bajas que
ya habían sido usadas por Nicolás V. Una colonia entera de pintores,
incluyendo los veteranos Signorelli y Perugino, Sodoma y Bramantino,
Peruzzi, Lotto y el flamenco Ruysch, se instaló en 1502 (1508)
en el Vaticano y una vez más Rafael trabajó junto a su antiguo maestro.
Pero sus primeros ensayos mostraron tal maestría que el Papa descartó
a todos los demás y sin dudarlo confió al más joven y más recién
llegado (1509) la tarea de decorar las Estancias. La primera de
éstas fue llamada la Stanza della Segnatura, por ser la de un tribunal
de la Curia Romana. Es un salón abovedado algo irregularmente con
dos ventanas a cada lado que no están en el mismo eje. Esas condiciones
desfavorables (que se repetían en las otras salas) fueron empleadas
en su ventaja por el joven artista. Este salón contiene una plenitud
de arte y una armonía intelectual que nunca será superada. En los
cuatro triángulos del techo pintó cuatro amplios medallones circulares
representando, en forma de jóvenes coronadas y rodeadas de genios
a la Teología, la Ley, la Ciencia, y la Poesía. En los espacios
entre esos cuatro círculos pintó otros tantos bajorrelieves representando
una escena o historia típica de las cuatro
disciplinas: El Pecado Original (la Teología), el Juicio de Salomón
(la Ley), Apolo y Marsias (la Poesía). Incapaz de encontrar un tema
similar para la Ciencia, graciosamente pintó la Astronomía en la
forma de una hermosa joven inclinándose sobre la esfera celestial
y mediante un ademán significando el descubrimiento de las estrellas.
Estas figuras en el techo dan la tónica de las pinturas de las paredes,
que han sido siempre miradas como la más perfecta expresión del
genio del Renacimiento, el acuerdo armonioso de todas las facultades
humanas, razón y fe, justicia y poesía, el equilibrio de todas las
fuerzas y necesidades de nuestra naturaleza y la alegría resultante
del pacífico y fácil ejercicio de todas nuestras actividades. Es
difícil creer que el propio Rafael concibiera tan amplio y complicado
diseño. El tema fue ciertamente concebido por un clérigo, un humanista
u hombre de letras, tales como Fedra Inghirami o Sigismondo de
Conti (para quien Rafael pintó la Madonna de Foligno
como muestra de gratitud). Además, las ideas que tenía que representar
no eran nuevas en arte. Para no irse más allá del Siglo XIV, pintar
había sido esforzarse por expresar ideas. Los frescos de la capilla
española de Andrés de Florencia (ca. 1355) los de Giusto en Padua,
la pintura de Traini en Sta. Catalina de Pisa o el fresco de Filippino
Lippi en la Minerva representando el Triunfo de Sto. Tomás
de Aquino son ejemplos bien conocidos de lo que podemos llamar
pintura filosófica. Rafael se inspiró ampliamente en esos modelos.
Su trabajo, original en el estilo y espíritu de sus formas, meramente
recoge de nuevo en una escala más amplia, y con arte consumado tare
a la perfección ideas que han sido una tradición nacional en Italia
desde la Edad Media.
La falta de espacio impide una descripción detallada
de estos célebres frescos, permitiendo sólo un bosquejo general
de los principales. Una de sus más notables características es la
incomparable claridad de la composición, la facultad de adaptarlos
a un orden de ideas y colocar así al espectador, antes de cualquier
análisis de su parte, en una disposición de ánimo
apropiada a cada escena representada. Es decir, un espectador
que se pare ante la Disputa o la Escuela de Atenas,
incluso aunque no conozca los nombres de los personajes ni el significado
del tema recibiría inmediatamente, sin embargo, de la combinación
de formas y disposición general, una impresión que le informa de
las cosas representadas. Con sus dos e incluso tres planos, su aspecto
jerárquico, su movimiento regular que desciende del Padre al Espíritu
Santo, del Hijo a la Hostia colocada verticalmente debajo de Él,
para retornar en ondas concéntricas a través de los dos hemiciclos
paralelos de la Iglesia celeste y terrestre, la Disputa
está impregnada de teológica majestad. En contraste con esta presentación
de augusta solemnidad en la que cada elemento sigue un método enfáticamente
escolástico-la deducción a partir de principios de una rigurosa
cadena de razonamientos como de ontología- la Escuela de Atenas
manifiesta la más variada acción, efervescencia, grupos dispersos,
y la agitación de un congreso científico. Ideas, métodos, todo se
cambia, pasamos de un mundo a otro. Ningún otro pintor podía expresar
sensiblemente los más delicados matices mediante el puro lenguaje
de las formas. Por otro lado, en tales materias le está permitido
a los artistas hacer un abundante uso de la alegoría. Para las personificaciones
de las ideas abstractas existía un conjunto de figuras caracterizadas
por complicados atributos; a menudo largas inscripciones, gallardetes,
filacterias completaban las explicaciones. Pinturicchio procedió
de este modo en los Apartamentos Borgia, como también lo hizo el
autor de las magníficas tapicerías de Madrid. Con mejor gusto, Rafael
evitó esta confusión de géneros, la mezcla de ficción y realidad,
de personificaciones con personas. Para la personificación de ideas
hizo uso sólo de personas reales e históricas, estando la filosofía
representada por Sócrates, Platón, Aristóteles y Demócrito. Así
esta estancia del Vaticano se convirtió en una especie de espejo
de las tendencias de la mente humana, un sumario de toda su historia
ideal, un especie de panteón de grandezas espirituales. De ese modo
la representación de ideas adquirió un valor dramático, no siendo
ya, como en la Edad Media, la inmutable exposición de verdades inalterables,
sino la búsqueda apasionada del conocimiento en todas sus ramas,
la vida moral de la humanidad. Finalmente, estas figuras históricas,
concebidas como retratos para los cuales el artista hizo uso de
todos los documentos poseídos por la iconografía de su tiempo, se
mezclaban en heroica familiaridad con personajes contemporáneos,
el propio círculo de Julio II y Rafael. Allí encontramos a Bramante,
el Duque de Urbino, Rafael, Sodoma y otros veinte nombrados por
Vasari. Así las ideas abstractas se hicieron animadas, y nos fue
permitido el magnífico espectáculo del mundo del espíritu, la sociedad
formada por el concierto armonioso de las más altas inteligencias.
Sin embargo, estos frescos, que están tan llenos de vida, son quizá
los más altamente decorativos que puedan imaginarse. Es maravilloso
ver cómo el pensamiento del artista se adapta a la ley de la arquitectura,
inventando fácilmente motivos simples y monumentales, que dotan
a sus ideas de grandeza imperecedera. Berenson tal vez se equivoca
al reducir el genio de Rafael al incomparable dominio del lenguaje
de la extensión, que él llama composición en espacio.
Esto es rebajar sus cualidades únicas y encantadoras como diseñador
y pintor, dones plásticos que ningún otro mortal poseyó nunca en
el mismo grado. No es menos verdad que la facilidad con que Rafael
se mueve en el espacio, la calidad aérea, espaciosa que caracteriza
sus frescos, es una de las partes esenciales de su magia particular.
Es el decorador más grande que haya existido nunca.
[ Es digno de nota que los títulos de sus dos famosos
frescos son una tardía e incorrecta invención de los grabadores
del Siglo XVIII. La Disputa es realmente un cuadro de
la vida de la Iglesia y una afirmación del dogma de la Presencia
Real. El título de la Escuela de Atenas
se debe a la confusión entre las figuras de Aristóteles y
Platón, aunque están designados por los títulos de sus obras, y
las de San Pablo y Dionisio el Areopagita. Además, el conjunto de
esta segunda escena es sólo una nueva ilustración del tema tradicional
de las siete artes liberales o las siete disciplinas del trivium
y el quadrivium.
Las pinturas en las otras dos paredes estaban,
como se ha dicho, estorbadas por una ventana. Rafael encontró fácilmente una solución muy ingeniosa a la dificultad.
La pintura de La Ley fue dividida en tres partes: en
el dintel pintó las tres virtudes teologales (están entre sus creaciones
más exquisitas) a izquierda y derecha de la ventana pintó dos escenas
simétricas, el Derecho Civil (Justiniano promulgando
el Pandectas; esta escena es imitada por Melozzo en el fresco de
la Biblioteca Vaticana) y el Derecho Canónico (Gregorio
IX, con los rasgos de Julio II, publicando las Decretales). Esos
dos frescos están, por desgracia, muy estropeados. En la pared
opuesta Rafael pintó el Parnaso. Este muestra una cumbre coronada
con laurel, donde Apolo, rodeado por las Musas, sus divinas hijas,
toca la lira; Homero canta, y alrededor del inspirado ciego se reúne
su familia ideal: Virgilio conduciendo al Dante, Petrarca conversando
abajo con Anacreonte, Alceo, y la maravillosa Safo. Así en el poético
monte junto a la fuente del Helicón el sueño del Humanismo se realiza
en la alegría de vivir y los placeres intelectuales. El código íntegro
del arte clásico se formula en estas pinturas sin rival. En ellas
la belleza, la nobleza de postura, la pureza y gracia de las formas,
el sentido del ritmo y de la vida-todo se combina para formar un
alegre conjunto. La serenidad del arte griego se recobra sin esfuerzo,
y el resultado es la armonía más noble. Es la expresión más completa
del magnífico ideal que por un tiempo se creyó realizable en la
Iglesia y que se llamó Humanismo.
La decoración de la segunda sala o Stanza de Heliodoro
es bastante diferente. El Papa no iba a estar satisfecho mucho tiempo
con alegorías impersonales. Anhelaba gloria y grandeza, y su propia
apoteosis o más bien la del Papado personificado por Julio II, constituye
el asunto de la nueva sala. Su retrato iba a aparecer en todos lados
y de hecho se encuentra en dos de cada cuatro frescos de estos.
Se empezaron en 1511 y se acabaron en 1514 bajo León X, cuyo rostro
aparece en el último fresco, San León deteniendo a Atila.
Esta pintura, que fue hecha por sus discípulos, muestra, a despecho
de la belleza de la idea pictórica, una ejecución inferior. La Liberación
de San Pedro, con sus efectos nocturnos, sus variadas luces
(la luna, las antorchas y el halo o resplandor del ángel) es una
de las más famosas pero no la más bella o pura de las obras del
artista. Pero los frescos de las otras dos paredes, La expulsión
de Heliodoro del Templo y la Misa de Bolsena están
entre sus creaciones más exquisitas. El Heliodoro (una
alusión obvia a los que pretendían despojar los Estados Pontificios
y al grito de guerra de Julio II; Fuori i barbari!) es una obra
espléndida de arte dramático donde todo está simultáneamente organizado
y expresado con sorprendente claridad y energía. La Misa de
Bolsena es quizá aún más bella. Rafael nunca produjo una composición
más rica o más profunda, nunca fue más pintoresco y noble, más dramático
y fuerte. Además en lo que respecta al color, es imposible imaginar
nada más bello que el retrato del Papa o la Guardia Suiza agrupada
de rodillas a sus pies. En este caso, el siempre impresionable artista
estaba influenciado por el veneciano Sebastiano del Piombo. Con
su usual genio y rapidez de asimilación añadió la paleta veneciana
a su arte. Julio II murió el 21 de Febrero de 1513. Su sucesor,
León X, no perdió tiempo en renovar o asegurar a Rafael todos sus
encargos y tareas. Pero la obra de las Estancias fue casi descuidada.
En el tercio de tiempo, Rafael pintó sólo un fresco, el Incendio
del Borgo (1514). Los otros tres son todos de sus discípulos
y son muy pobres. El Incendio mismo es una de sus obras
menos felices y personales. Miguel Angel acababa de descubrir el
techo de la Capilla Sixtina, y esta obra maestra estaba obviamente
en los pensamientos de Rafael. Sólo buscaba reunir cuerpos desnudos
en actitudes esculturales. Aunque manifestó más habilidad y belleza
en el detalle, repitió el error cometido seis años antes en el Entierro.
Toda la cuarta estancia, la de Constantino, fue pintada tras la
muerte de Rafael, bajo la dirección de Giulio Romano, y es muy difícil
establecer con precisión qué conserva del espíritu e ideas originales
de Rafael.
Los frescos de la Sala de Constantino fueron pintados
para transmitir la impresión de inmensas tapicerías. Las tapicerías
eran la moda, después de que Rafael, por encargo de León X, hubo
pintado los cartones para los Hechos de los Apóstoles
que iban a ser copiados en el estudio de Pieter van Aelst en Bruselas.
Ordenados en 1514, el colgante, compuesto de diez piezas, fue suspendido
en los muros del Vaticano en 1519. Robados en 1527 durante el saco
de Roma, esas tapicerías no fueron devueltas al Vaticano hasta 1808,
y entonces en condiciones ruinosas.
Siete de los cartones originales, descubiertos por Rubens en Bruselas
en 1630, se conservan ahora en el South Kensington Museum de Londres.
Esta obra de lujo, tejida de hebras de seda y oro, es la más robusta
y fácilmente inteligible de todas las producciones de Rafael. En
ella se encuentra, después de un intervalo de un siglo, la inspiración
épica de Massaccio. Muchos de los detalles son reminiscencias textuales
de los frescos del Carmine. Al mismo tiempo, el genio de Rafael
raramente se manifestó tan libre o con tanta felicidad en una historia
tan bella. Esta felicidad, la alegría de crear, la facilidad, y
la fertilidad son las características benéficas de todas las obras tardías de
la vida de Rafael. Es evidente que el artista disfrutaba profundamente
de la belleza de sus invenciones y el sentimiento se comunica al
espectador, elevándolo por encima de sí mismo. Una vez más, la antigüedad
y la Cristiandad, lo profano y lo sagrado, fueron mezclados pero
en una nueva forma apropiadamente histórica. Revivir
el Templo con sus columnas retorcidas (dos de las cuales se conservan
en San Pedro y que Bernini imitó en el baldacchino en el siglo siguiente)
reproducir como un bajorrelieve la escena del sacrificio (Sacrificio
de Lystra), imaginar un ágora, especie de foro ateniense, rodeado
por pórticos y templos en los que toda la antigüedad revivía, y
situar en esa escena la Predicación de San Pablo fue
para Rafael un placer ininterrumpido.
Tales obras han seguido siendo los insuperables
modelos de composición histórica, cada uno de ellos engendrando
por más de dos siglos una extensa posteridad y despertando muchos
ecos en arte. La Muerte de Ananías inauguró la serie
de milagros fantásticos. Sin ejemplos tales como el Sacrificio
de Lystra y la Predicación de San Pablo el arte
de Poussin difícilmente se comprendería. La Conversión de
San Pablo es una maravilla de composición noble y luminosa
en un tema que el arte del Siglo XVII a menudo trató con vulgaridad.
Pero los ejemplos más exquisitos de esta espléndida serie son las
dos primeras escenas que forman el preludio evangélico de los Hechos;
la Llamada de los Apóstoles y el Pasce Oves
son obras de las que el alma del de Umbría, la serena y poética
sensibilidad de Rafael no puede ser superada. Aquí el artista nos
ha dado el verdadero color de las cosas, el encanto pastoral y la
atmósfera original de la predicación de Cristo. El idílico y confiado
sentido de la vida que se expresa en las catacumbas o en la tumba
de Gala Placidia, en el estilo del Buen Pastor, el perfume moral
desvanecido o evaporado por tanto tiempo revivían con éxito por
la maravillosa intuición y tacto de un gran artista. El genio de
Rafael parecería haber sido otorgado por la Providencia para restaurar
los sentimientos perdidos a la Cristiandad.
Esta misma poesía como de una más alta clase de
égloga caracteriza la segunda de las grandes obras emprendidas por
Rafael por encargo de León X, la decoración de las Loggie, conocidas
como las Loggie del Vaticano. Esta fue una historia añadida por
Rafael a las dos historias de la fachada construida por Bramante.
Comprendía tres arcadas y otras tantas pequeñas cúpulas, cada una
de las cuales albergaban cuatro pequeñas pinturas. En la decoración
de esta galería la idea de Rafael fue rivalizar con las Termas de
Tito cuyo reciente descubrimiento había conmocionado la Roma artística
y literaria. Las paredes estaban cubiertas con encantadores estucos
de Juan de Udine; enrejados pintados para engañar la vista enmarcaban
las pinturas en los techos abovedados. Nada iguala la alegría y
gracia de este pórtico aéreo, inundado de luz solar y completado
por el horizonte de la Campagna romana. El techo se pintó de 1513
a 1519, pero Rafael no tenía tiempo para hacerlo por su propia mano,
ejecutando sólo los diseños, y los de las tres últimas cúpulas no
son del todo dignos de él. Aquí bosqueja la historia sagrada desde
la Creación hasta la Última Cena. Las primeras escenas
ilustran el mismo tema del Génesis que Miguel Angel acababa de pintar
en el techo de la Capilla Sixtina. Pero Rafael no eclipsa a su rival,
siendo sólo espiritual y encantador donde el otro es magnífico.
En las composiciones siguientes a menudo se encuentra un reflejo
de las agradables pinturas que Pietro Cavallini pintó hacia 1280
en la basílica de San Lorenzo, reproducidas en un manuscrito del
Vaticano aún existente. Pero las escenas pastorales son totalmente
originales en Rafael, especialmente aquellas en las que el paisaje
figura ampliamente. Nada puede ser más noblemente gracioso que los
Ángeles recibidos por Abraham, el Encuentro de
Jacob y Raquel, o Moisés salvado de las aguas.
La Biblia de Rafael, como es a menudo llamada, es una
serie de miniaturas épicas, cuya claridad de interpretación rivaliza
con su simplicidad, perfecto equilibrio de disposición, encanto
de los motivos y gracia de estilo.
Pero el servicio de León X no se detuvo aquí. El
artista tenía que responder a los más imprevistos caprichos; ahora
era la decoración del teatro que tenía que proyectar, otra vez su
Santidad deseaba el retrato de tamaño natural de un elefante y otra
más eran los baños del Cardenal Bibienna los que tenían que ser
decorados. Pero ni estas ni otras muchas tareas agotaban la actividad
de Rafael. En 1512 el deseo de competir con Miguel Angel le hizo
consentir en pintar en San Agostino para el luxemburgués Juan Göritz
una figura de Isaías que es casi un plagio, y en 1514 para el banquero
de Siena, Agostino Chigi, las cuatro célebres Sibilas
de Sta. María della Pace. Por su divina elegancia, la última recuerda
las sublimes cualidades de la Camera della Segnatura. Para Chigi
fueron pintados también en 1516 los cartones para los mosaicos que
iban a adornar (en) Sta
María del Popolo su capilla funeraria, pero sólo las figuras de
Dios Padre y los planetas fueron terminadas. Finalmente este mecenas
concibió la ostentosa idea de que fuera el pintor favorito del Papa
el que decorara la villa que estaba construyendo en el Trastevere
y que en el Siglo XVII fue llamada la Farnesina. Este delicioso
palacio de verano, una de las más encantadoras creaciones de Peruzzi,
es un tipo perfecto de casa rural, una morada patricia del periodo
renacentista, y fue decorada por los más populares maestros de la
época. Sodoma decoró el primer piso con temas del Matrimonio
de Alejandro que forman un heroico y voluptuoso epitalamio.
Rafael tenía que decorar la amplia galería de la planta baja. El
primer fresco fue el Triunfo de Galatea. Rafael tomó
como asunto los célebres versos de Giostra de Poliziano
que ya habían inspirado a Botticelli. Pero, ¿qué es la mitología
de este encantador artista sino la resurrección de un casto e inmortal
paganismo? Zeuxis y Apeles no lo hicieron de otra manera.
Es curioso que Rafael hizo la más pura profesión de fe en el idealismo
con respecto a esta figura de mujer que suscita a todos el deseo
de pintar. Respecto a la Galatea escribe a su amigo
Castiglione, debería considerarme un gran maestro si tuviera
la mitad de los meritos que dices. Sé que para pintar una bella
mujer debería ver muchas y tú podrías también ayudarme en mi elección.
Pero como tengo pocos buenos jueces y buenos modelos, trabajo según
una cierta idea que se me presenta en la mente. Si esta idea posee
alguna perfección no lo sé, aunque esto es lo que trato de alcanzar.
Platón podría reconocerse en estas exquisitas líneas, o podrían
ser un recuperado fragmento del Ion o del Fedro.
La Historia de Psiqué en el techo de
la amplia galería fue pintada en 1518 cuando Rafael, sobrecargado
de trabajo, no tenía tiempo libre y confió a discípulos, principalmente
a Giulio Romano, la tarea de ejecutar sus bocetos y diseños. Sus
bocetos originales son maravillosos, y la composición de los frescos,
a despecho de su coloración algo pesada y vulgar, está calculada
para encantar el ojo de un artista. Con su imaginación espiritualmente
predispuesta, Rafael finge que la loggia que se abre al jardín es
un amplio enrejado, una pérgola con arcos y cubierta de una parra
a través de la cual aparece en medio del cielo la alada blancura
de las diosas. Dos o tres figuras llenan esos triángulos azul celeste.
Esas ideales y flotantes figuras son un verdadero festival. Pero
el medio de la pérgola está cubierto por un velo formado por una
doble tapicería que representa en dos escenas la Entrada de
Psiqué en el Olimpo y el Matrimonio de Psiqué.
La burda ejecución de Giulio Romano y los aún más lamentables retoques
de Maratta no pudieron deshonrar del todo estas incomparables obras.
Cuadros y retratos del periodo romano:
Junto a estas vastas obras decorativas Rafael continuó
produciendo tanto como en el pasado obras de pequeño tamaño pero
gran importancia, pues eran los únicos medios por los cuales su
arte podía ser conocido fuera de Italia, y Rafael convertirse en
algo más que un nombre para el gran público europeo. Además hay
muchas obras maestras entre estos cuadros de pequeña extensión.
Las Madonnas de los comienzos del periodo romano aún conservan algo
de la relativa timidez del periodo precedente. La agradable pequeña
Virgen de Casa Alba (San Petersburgo,1510), la leonardesca
Madonna Aldobrandini (National Gallery), la encantadora
Madonna del Velo del Louvre (1510), aun conservan un remanente
de gracia y simplicidad florentinas. La Madonna de Foligno
pintada en 1511 para Sigismondo Conti después de la Camera della
Segnatura, marca la transición a un nuevo estilo. La grácil figura
de la Virgen sentada en medio de las nubes en un trono iluminado
por el sol con su Niño en brazos recuerda las figuras celestiales
de la Disputa; los tres santos y el donante arrodillado
debajo en la tierra ante el bello paisaje, el Niño con un cartel
en el que antiguamente estaba escrito un exvoto, muestra una brillante
y académica pintura, pero quizá una simetría demasiado evidente.
La Virgen del Pez (Madrid, 1513), la Virgen de
los Candelabros (Londres,1514), la Virgen de la Cortina
(Madonna della Impannata, Pitti,1514) están desgraciadamente entre
las obras de sus discípulos. Hay una frialdad, una falta de las
cualidades personales y peculiar sensibilidad del artista, que enfría
obras de otro modo encantadoras en su concepción. La ejecución es
una parte del arte que parece material, pero que en realidad es
enteramente espiritual, a través de ella revela sus más valiosas
cualidades de estilo. Rafael no era lo suficientemente cuidadoso
de su reputación cuando confiaba sus más originales inspiraciones
a sus discípulos, pues perdían al ser expresadas por otros. La división
del trabajo, que tiene sólo algunos inconvenientes en obras decorativas,
resulta fatal en obras de naturaleza lírica o familiar,
y que son sólo valiosas en cuanto que el artista las dota con su
personalidad. Esto es lo que daña o arruina irreparablemente algunas
de sus obras más famosas tales como el Spasimo de Madrid,
la Madonna de la Rosa (o La Perla) del mismo museo,
el San Miguel del Louvre, y la Sagrada Familia
conocida como de Francisco I (todas pertenecen a los años 1516-18).
Una idea de Rafael interpretada incluso por maestros tales como
Giulio Romano o Francesco Penni tienen sin embargo sólo el valor
de una sombra o una copia. La interpretación en tal caso significa
demasiado a menudo traición. Algunas obras de este periodo son sin
embargo del propio artista y son correctamente contadas entre sus
más populares obras. La Madonna de la Silla (Palacio
Pitti) es quizá la más apreciada por las mujeres. Ninguna otra une
tan felizmente el encanto familiar del periodo florentino con la
madurez del periodo romano. Es sólo una campesina con el traje de
una contadina con el pañuelo nacional a la cabeza, pero Rafael nunca
encontró en tan simples materiales una combinación más profunda
y natural de formas, tales líneas curvas, tan expresivo, envolvente
arabesco. Todo el amor maternal parece estar encerrado en el círculo
perfecto de este cuadro. Es la perfección de los cuadros de género,
donde la más ordinaria vida humana alcanza su más noble expresión,
una belleza universal. El arte ha vivido cuatro siglos con esta
sublime idea. Aunque desde Giulio Romano a Ingres ha sido imitado
mil veces, nadie ha descubierto el secreto de su perfección. Entre
los cuadros de gracia deben ser mencionados junto con la pequeña
Visión de Ezequiel del Palacio Pitti, el espléndido
cuadro de Sta. Cecilia de Bolonia (1515). Este lienzo tanto como sus contemporáneos la
Madonna de la Silla y la Madonna Sixtina,
coincide con la aparición de un nuevo modelo cuyo retrato tenemos
en la famosa Donna Velata del Palacio Pitti. Fue ella
quien posó para la Santa Cecilia como para el cuadro de Dresde.
Estos dos cuadros, especialmente el segundo, ocupan un lugar aparte
entre las obras de Rafael. La impresión se obtiene no sólo por el
idealismo de su forma, sino por la representación visual del espacio,
por la combinación de nubes en las que la Virgen se apoya, y la
solemnidad del ropaje. Un misterio casi prohibido llena este majestuoso
lienzo, verdaderamente inigualado en la obra de Rafael. Quizá habría
tenido un compañero si la muerte no hubiera interrumpido la Transfiguración
(Galería Vaticana,1520). La parte superior, que es todo lo que Rafael
tuvo tiempo de acabar, es una de sus más altas inspiraciones. Para
unir esta gloria con la terrenal y agitada escena inferior,
se enfrentó con un problema que requería todo su genio para ser
resuelto. La devoción de sus discípulos, que asumieron la tarea
de completar esta casi irrealizable empresa, produjo sólo una fría
y confusa obra.
Esto es por lo que a menudo preferimos los retratos
de Rafael, a los que el gusto de esos días desdeñó, a favor de sus
más sonadas obras, sus más famosas Vírgenes. Ahora está de moda
albar al retratista a expensas del pintor de Madonnas e incluso
del decorador. Se dice con verdad que en las dos primeras Estancias
la belleza de los retratos añade mucho a la vida del conjunto. Más
tarde, comenzando con la Estancia del Incendio, Rafael, sin duda
siguiendo el ejemplo de Miguel Angel, dejó de introducir retratos
en sus obras históricas; ya no representó individuos, sino sólo
especies generales. Sin embargo, continuó pintando retratos e incluso
aquí, aunque tiene iguales, nadie le supera. La media docena de
retratos que ha dejado, el Julio II de los Uffizi, el León X del
Palacio Pitti, el retrato de Fedra Inghirami (Boston, Fenway Court),
y el de Castiglione (Louvre) son rivales de las más perfectas obras
de Tiziano, Velásquez, y Rembrandt. No hay duda que el original
de la espléndida Donna Velata del Palacio Pitti, que
tan a menudo le inspiró, jugó un papel en su vida, pero ella conserva
su secreto y nadie ha conseguido nunca penetrar en su incógnito.
Sólo es seguro que no se trata de la Fornarina, que parece ser la
invención de una novela que data del Siglo XVIII. El más bien indecente
retrato de una mujer en el Palacio Barberini, que lleva en un brazalete
el nombre de Rafael, es obra de Giulio Romano, y la firma es una
falsificación del Siglo XVII.
La fama de Rafael, después de tres siglos de esplendor
sin sombras, ha sido violentamente atacada durante el último siglo.
El progreso de la crítica histórica y el descubrimiento de los Primitivos
fueron el comienzo de una reacción tan violenta como injusta. Se
afirmó que el Renacimiento, en vez de promover el progreso del arte,
fue una fuente de decadencia. Se fundó una escuela que llevaba el
estandarte de los Pre-Rafaelitas. Esta escuela, cuyo heraldo fue
John Ruskin, hizo mucho de bueno, pero sin negarle lo que se le
debe, es hora de rechazar algunas de sus estrechas y prejuiciosas
opiniones. No hay duda de que Rafael, como otros hombres de genio,
no tuvo discípulos dignos de él. Sería extraño reprocharle el hecho
de que su arte fuera enteramente personal. Puede ser que comparado
con Leonardo y especialmente con Miguel Angel, Rafael parezca menos
grande o menos original. No hizo descubrimientos en la naturaleza
como sus grandes rivales, no añadió nada a nuestro conocimiento
de la anatomía, del modelado o la construcción, no es un colorista
como Tiziano, ni siquiera un dibujante en el sentido absoluto del
término, tal como Durero o Pollaiuolo. Es probable que Rafael nunca
recupere la singular posición que se le asignaba en las escuelas
como el maestro infalible y el profesor cuyas instrucciones han
de consultarse siempre. Por otro lado, cada vez más aparece como
el más exquisito y de perfecta expresión de una época y una sociedad
que nunca volverán. Sin embargo, subsiste el hecho de que si ha
habido pintores menos comunes o más instruidos que él, les supera
a todos por su incomparable sentido de la belleza. Ningún otro nos
ha mostrado tanta nobleza en la naturaleza, nadie tuvo ni nos condujo
nunca a formar una opinión mejor de la naturaleza humana. Ningún
otro pintor manejó tan completamente los recursos de su arte. Nunca
ha sido igualado como retratista y decorador. Nadie ha sabido tan
bien revestir las más altas y más preciosas ideas con formas plásticas.
Ha dado forma a nuestros sueños.
La
fuente más amplia de información es la obra de MÜNTZ, Les biographes
et les critiques de Raphael (Paris,1883); VASARI, Le vite, ed. Milanesi,
IV (Florencia, 1879); PUNGILEONI, Elogio storico di Giovanni Santi (Urbino,1822); IDEM, Elogio storico de
Giovanni Santi (Urbino,1829); PASSAVANT, Raffael von Urbino u.sein Vater
Giov. Santi, I,II (Leipzig,1839) III (1858), tr. francesa, LACROIX (Paris,1860); BURCKHARDT, Der Cicerone (Basilea, 1855); ed. BODE
(Leipzig,1879); tr. francesa , GERARD (Paris, 1894); GRUYER, Raphael
et lantiquité (Paris, 1864); IDEM, Essai sur les fresques de Raphael
; IDEM, Les Vierges de Raphael (Paris,1869) IDEM, Raphael, peintre de
portraits (Paris,1887); TAINE, Voyage en Italie (Paris, 1866); IDEM,
Philosophie de lart en Italie (Paris, 1868); SPRINGER, Raphael
u. Michelangelo (Leipzig,1878); MORELLI, Italian Painters (Londres,1893);
MÜNTZ, Raphael, sa vie, oeuvre et son temps (Paris,1887) nueva ed.,1900;
MINGHETTI, Raffaello (Bolonia, 1885); WICKHOFF, Die Bibliothek Julius
II in Jahrbuch für Kunstwiss., XIV (Berlín,1893); CARTWRIGHT,
Raphael (Londres,1895); KNACKFUSS, Raffael (Bielefeld,1897); KLACZKO,
Jules II, Rome et la Renaissance (Paris,1898); BERENSON, Central Italian
Painters (Nueva York, 1900); IDEM; The Study and Criticism of Italian
Art (2ª serie, Londres,1902); BERTAUX; Rome (Paris, 1902); CAROTTI,
Le opere di Leonardo, Bramante et Raffaello (Milán,1906); GILLET, Raphael
(Paris,1907).
LOUIS GILLET
Transcrito por Gerald Rossi
Traducido por Francisco Vázquez