En
este artículo consideraremos:
I.
El hecho de la Presencia Real, lo cual es, sin duda, el dogma
central;
Los
diversos dogmas asociados y agrupados a su alrededor, los cuales
son:
II. Totalidad de Presencia,
III. Transubstanciación,
IV. Permanencia de la Presencia
y la Adorabilidad de la Eucaristía;
Las
especulaciones de la razón, en lo que respecta a la investigación especulativa
concerniente al augusto misterio bajo algunos aspectos es permisible,
e incluso deseable para iluminarlo a la luz de la filosofía.
I.
LA PRESENCIA REAL COMO UN HECHO
De acuerdo con las enseñanzas de la teología,
un hecho revelado puede ser probado únicamente por recurrencia a las
fuentes de la fe, que son la Escritura y la Tradición, a las cuales
también se encuentra unido el infalible Magisterio de la Iglesia.
A.
Pruebas de las Escrituras
Pueden ser extraídas tanto de las palabras de
la promesa (Juan 6,26 s.s.) y, especialmente de las palabras de la Institución
tal y como quedaron registradas en los Sinópticos y en San Pablo (I
Cor. 11,23 s.s.).
Las
palabras de la promesa (Juan 6).
Mediante
los milagros de los panes y los pescados y la caminata sobre las aguas
el día anterior, Cristo no solo preparó a Sus oyentes para el sublime
discurso que contenía la promesa de la Eucaristía, sino que también
les probó que Él poseía como hombre-Dios Todopoderoso, un poder superior
e independiente de las leyes de la naturaleza y podía, por lo tanto,
proveer tal alimento sobrenatural, que no era otra cosa, sino Su propia
Carne y Sangre. Este discurso fue pronunciado en Cafarnaúm (Jn. 6,26-71),
y está dividido en dos partes distintas, acerca de la relación de la
cual los exegetas católicos tienen varias opiniones. Nada nos impide
interpretar la primera parte (Jn. 6,26-48) metafóricamente y entendiendo
por “pan del cielo” a Cristo mismo como objeto de la fe,
para ser recibido en sentido figurado como alimento espiritual mediante
la boca de la fe. Una explicación figurada de la segunda parte del discurso
(Jn. 6, 51-71), sin embargo, no solo sería inusual, sino absolutamente
imposible como inclusive algunos exegetas protestantes (Delitzsch, Kostlin, Keil, Kahnis y otros) concuerdan. Primero que nada, toda la estructura del discurso
de la promesa exige una interpretación literal a las palabras: “coman
la carne del Hijo del hombre y beban Su sangre.” Así pues, Cristo
menciona una terna de alimentos en su discurso, el maná del pasado (Jn.
6, 31s; 32; 49;58), el pan del cielo del presente (Jn. 6,32ss), y el
Pan de Vida del futuro (Jn. 6,27; 51). Corresponden a los tres tipos
de comida y a los tres períodos, varios dispensadores –Moisés
que les dio el maná, el Padre nutriendo la fe del hombre en el Hijo
de Dios hecho carne, finalmente, Cristo dando su propia Carne y Sangre.
A pesar de que el maná, a ejemplo de la Eucaristía, era indudablemente
comido con la boca, no podía, por ser un alimento transitorio, proteger
de la muerte. El Segundo alimento, ofrecido por el Padre Eterno, es
el pan del cielo, el cual Él dispensa hic et nunc a los judíos
para su nutrición espiritual. Si, sin embargo, el tercer tipo de alimento,
el cual el mismo Cristo prometió dar en un tiempo futuro, es una nueva
alimentación, difiriendo del anteriormente llamado alimento de la fe,
no puede ser otro que su propio cuerpo y sangre, para ser realmente
comido y bebida en la Sagrada Comunión. Esta es la razón por la cual
Cristo estaba tan listo para usar la expresión realista “coman”
(Jn. 6,54; 56; 58: trogein) cuando hablaba de esto, Su Pan de
Vida. El cardenal Bellermino (De Euchar. I,3), resalta el hecho
de que si en la mente de Cristo, el maná era una prefiguración de la
Eucaristía, ésta debía ser más que mero pan bendito, de otro modo, el
prototipo no excedería al tipo. Lo mismo se aplica a las otras figuras
de la Eucaristía, como el pan y el vino ofrecidos por Melquisedec, los
panes de la proposición (panes propositionis), el cordero pascual.
La imposibilidad de interpretación figurativa queda más patente en el
siguiente texto: “El coma mi carne y beba mi sangre, tiene vida
eterna, y yo lo resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera
comida y mi sangre es verdadera bebida. El coma mi sangre y beba mi
sangre, permanece en mí, y yo en él” (Jn.6, 54-56). Es verdad
que incluso entre los semitas, y en la misma Escritura, la frase “comerse
a alguien,” tiene un sentido figurativo, “perseguir, criticar,
odiar amargamente a alguien.” Si, entonces, las palabras de Jesús
se debieran tomar en sentido figurado, parecería entonces que Cristo
le prometía a Sus enemigos la vida eterna y una gloriosa resurrección
como recompensa por las injurias y persecuciones de que fue víctima.
La otra frase, “beber la sangre de alguien,” en la Escritura,
especialmente, no tiene ningún significado figurado, excepto aquél de
terrible castigo (Is. 49, 26; Ap. 16,6); pero, en este texto, esta interpretación
es tan imposible como en la frase anterior. Consecuentemente, comer
y beber, deben ser entendidas tal como las dijo el propio Cristo, esto
es literalmente.
Esta
interpretación concuerda perfectamente con la conducta de sus escuchas
y la actitud de Cristo preocupado por sus dudas y objeciones. De nueva
cuenta, las murmuraciones de los judíos son la más clara prueba de que
ellos entendieron las palabras de Jesús literalmente (Jn. 6,53). Incluso,
no solo no repudió esta construcción como un grosero malentendido, sino
que Cristo las repite en una forma mucho más solemne, en Juan 6, 54
ss. En consecuencia, muchos de sus discípulos estaban escandalizados
y decían: “ES duro este lenguaje; ¿quién puede escucharlo?” (Jn 6,60); pero en
vez de retractarse de lo que había dicho, Cristo más bien los reprochó
por su falta de fe, aludiendo a su sublime origen y su futura Ascensión
al cielo. Y sin más añadir, permitió a sus discípulos que siguieran
con sus caminos (Jn. 6,61ss).
Finalmente se volvió a sus doce apóstoles y les
preguntó: “¿También vosotros queréis marcharos?” Entonces
Pedro se adelantó y con humilde fe replicó: “Señor, ¿dónde quién
vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros creemos y
sabemos que tú eres el Santo de Dios.”(Jn. 6,68 y 69). Toda la
escena del discurso y las murmuraciones en su contra prueban que la
interpretación zwinglia y anglicana del pasaje, “El espíritu está
pronto, etc.,” en el sentido de una suerte de retractación, es
completamente inadmisible. Debido a estas palabras los discípulos se
debilitaron su conexión con Jesús, mientras que los Doce aceptaron con
fe sencilla un misterio que ellos aún no entendían. Ni Cristo dijo:
“Mi carne es espíritu,” i.e. para ser entendido en un sentido
figurado, sino que dijo, “Mis palabras son espíritu y vida.”
Hay dos puntos de vista en la interpretación de este texto. Muchos de
los Padres declaran que la verdadera Carne de Jesús (sarx) no
debe entenderse como separada de Su Divinidad (spiritus), y por
lo tanto no en un sentido canibalístico, sino como pertenencia a la
economía supernatural. La segunda y más científica explicación afirma
que en la oposición escriturística de “carne y sangre” con
“espíritu,” la primera siempre significa incontinencia carnal,
mientras que la segunda percepción mental iluminada por la fe, así que
la intención de Jesús en este pasaje era dar prominencia al hecho de
que el misterio de la Eucaristía puede ser entendido únicamente a la
luz de la fe sobrenatural, mientras que no puede ser entendido por el
que tiene mentalidad mundana y carnal, quienes están soportando el peso
del pecado. Bajo tales circunstancias, no es de asombrarse que los Padres
y varios concilios ecuménicos (Éfeso, 431; Nicea, 787) adoptaran el
sentido literal de las palabras, a pesar de que no estaba todavía dogmáticamente
definido (cfr. Concilio de Trento, Sesión XXI, c. I). Si fuera cierto
que algunos teólogos católicos (como Cayetano, Ruardus Tapper, Johann
Hessel y Jansenio el viejo) preferían la interpretación figurativa,
sería meramente por razones controversiales, porque en su perplejidad
imaginaron que de otro modo los reclamos de los husitas y protestantes
utraquistas para compartir el cáliz por parte de los laicos no podrían
ser contestados argumentando la Escritura. (Cfr. Patrizi,
"De Christo pane vitæ", Roma, 1851; Schmitt, "Die
Verheissung der Eucharistie bei den Vütern", 2 vols., Würzburg,
1900-03.)
Las
palabras de la Institución
La
Carta Magna de la Iglesia, sin embargo, son las palabras de la Institución,
“Esto es mi cuerpo – esta es mi sangre,” a cuyo significado
literal se ha mantenido adherida desde los primeros tiempos. La Presencia
Real se evidencia positivamente al mostrar la necesidad del sentido
literal de estas palabras, y negativamente, refutando las interpretaciones
figurativas. Con respecto a lo primero, la mera existencia de cuatro
diferentes narraciones de la Última Cena, divididas usualmente en la
petrina (Mt. 26, 26ss; Mc. 14, 22ss.) y la doble explicación paulina
(Lc. 22, 19ss.; I Cor. 11, 24ss.), favorecen la interpretación literal.
A pesar de su sobresaliente unanimidad como observaciones esenciales,
la fuente petrina es más simple y clara, mientras que la paulina es
más rica en detalles adicionales y más enfocada en citar las palabras
que se refieren al cáliz. Es más que natural y justificable esperar
que, cuando cuatro narradores diferentes en diferentes países y en diferentes
tiempos relacionaran las palabras de la Institución a diferentes círculos
de lectores. Pero en ningun lado encontramos la más mínima indicación
que de pie a una interpretación figurativa. Si, entonces, la interpretación
obvia, literal fuera falsa, el registro en la Escritura debería de considerarse
como la causa de una error pernicioso en la fe y del grave crimen de
rendir Divino homenaje al pan (artolatría) – una suposición
que no queda en armonía con el carácter de los cuatro Escritores Sagrados
o con la interpretación del Sagrado Texto. Aún más, no debemos omitir
la importante circunstancia, de que uno de los cuatro narradores ha
interpretado literalmente su propio escrito. Éste es San Pablo (I Cor.
11, 27ss.), quien, en el más vigoroso lenguaje, marca al recipiente
indigno como “será reo del Cuerpo y de La sangre del Señor.”
No puede hablarse de una grave ofensa contra el mismo Cristo a menos
que supongamos que el verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre de Cristo
están realmente presentes en la Eucaristía. Incluso, si solo ponemos
atención a las propias palabras en su sentido natural es tan forzoso
y claro el significado que Lutero escribió a los cristianos de Estrasbrurgo
en 1524: “Estoy atrapado, no puedo escapar, el texto es demasiado
fuerte.” (De Wette, II, 577).La necesidad del sentido natural no está basada en la absurda
suposición de que Cristo en general había resuelto hacer uso de figuras,
pero dada la evidente necesidad del caso que exigía que no lo hiciese
en un asunto de tan suprema importancia, tuvo que usar metáforas confusas
y falsas. Puesto que las figuras literarias aumentan la claridad del
discurso solo cuando el significado figurativo es obvio, ya sea por
la naturaleza del caso (e.g. con referencia a una estatua de Bolívar,
diciendo: “Éste es Bolívar”) o por el uso en el lenguaje
común (e.g. en el caso de esta sinécdoque: “Esta copa es de vino”);
ahora bien, ni por la naturaleza del caso ni por el habla común el pan
es un símbolo apto o posible del cuerpo humano. Si alguien dijese de
una pieza de pan: “Éste es Napoleón,” no estaría utilizando
una figura, sino palabras sin sentido. No hay sino un modo de usar un
símbolo impropio de manera clara e inteligible, y eso es estableciendo
una convención antes de usarlo acerca de lo que significa, como si por
ejemplo, uno fuera a decir: “Imaginemos que estas dos piezas de
pan que tenemos enfrente son Sócrates y Platón.” Cristo, sin embargo,
en vez de informar a Sus Apóstoles que pretendía usar tal figura, les
dijo más bien lo contrario en el discurso de la promesa: “el pan
que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo” (Jn. 6,51),
tal lenguaje, por supuesto solo podría ser usado por un Dios-hombre;
así que la creencia en la Presencia Real necesariamente presupone la
creencia en la verdadera Divinidad de Cristo. Las mismas reglas establecerían
por sí mismas el significado natural con certeza, aún si las palabras
de la institución, “Esto es mi cuerpo – ésta es mi sangre,”
se encontraran solas, pero el texto original corpus (cuerpo)
y sanguis (sangre) son seguidas por adiciones significativas,
el Cuerpo designado como “por vosotros es dado” y la Sangre
como “por vosotros se derrama”; por lo tanto el Cuerpo dado
a los Apóstoles era el mismo Cuerpo que fue crucificado el Viernes Santo,
y el cáliz bebido por ellos, era la misma Sangre derramada en la cruz
por nuestros pecados. Por lo tanto las frases relevantes arriba mencionadas
directamente excluyen cualquier posibilidad de una interpretación figurativa.
Llegamos
a la misma conclusión si consideramos las circunstancias concomitantes,
tomando en cuenta tanto a los oyentes como al Institutor. Aquellos que
oyeron las palabras de la Institución no eran Racionalistas estudiados,
poseyendo del conocimiento crítico que les permitiese, como filólogos
y lógicos, analizar una fraseología obscura y misteriosa; eran simples
pescadores sin educación, del nivel más común de gente, quienes con
inocencia infantil se prendían de las palabras de su Maestro y con profunda
fe aceptaban lo que Él les propusiera. Esta disposición infantil fue
considerada por Cristo, particularmente en la víspera de Su Pasión y
Muerte, cuando les dio a conocer Su voluntad y testamento y habló como
un padre moribundo a sus hijos profundamente afectados. En ese momento
de terrible solemnidad, el único modo apropiado de hablar sería uno
en el cual, desnudo de figuras ininteligibles, hiciera uso de palabras
que correspondieran exactamente al significado de lo que decía. Debe
recordarse, también, que Cristo como Dios-hombre omnisciente, debe haber
previsto el lamentable error en el cual habría llevado a Sus Apóstoles
y a Su Iglesia adoptando una metáfora equivoca; puesto que la Iglesia
hasta la fecha apela a las palabras de Cristo en su enseñanza y práctica.
Si entonces, ella practica la idolatría mediante la adoración de meros
pan y vino, este crimen debe achacársele al Dios-hombre mismo. Aparte
de esto, Cristo pretendió instituir la Eucaristía como un santísimo
sacramente, para ser solemnemente celebrado en la Iglesia hasta el fin
de los tiempos. Pero el contenido y las partes constitutivas de un sacramento
deben quedar establecidas con tal claridad de terminología como para
excluir categóricamente cualquier error en liturgia y adoración. Como
puede entenderse de las palabras de la consagración del Cáliz, Cristo
estableció la Nueva Alianza con Su Sangre, al igual que la Antigua Alianza
había quedado sellada con la típica sangre de animales (Cfr. Ex. 24,
8; Heb. 9, 11ss.) Con verdadero instinto de justicia, los juristas establecen
que en todos los puntos debatibles las palabras de un testamento deben
ser tomadas en su sentido literal natural; puesto que están convencidos
de que todo testador en pleno uso de sus facultades, al expresar su
última voluntad y testamento, está profundamente preocupado de hacerlo
en un lenguaje claro y libre de metáforas sin sentido. Ahora bien, Cristo,
de acuerdo con la declaración literal de Su testamente, nos ha dejado
un precioso legado, no meros pan y vino, si no Su Cuerpo y Sangre. ¿Tendríamos
razón, entonces, en contradecirlo en Su cara y exclamar: “No,
esto no es tu Cuerpo, sino simple pan, símbolo de tu cuerpo?”
La
refutación de los llamados Sacramentarios, un nombre dado por Lutero
a aquéllos que se oponían a un significado figurativo. Una vez que el
sentido literal manifiesto es abandonado, se da pie a interminables
controversias acerca del significado de un enigma para el cual se supone
que Cristo ofreció la solución a sus seguidores. No hubo límites a la
disputa en el siglo XVI, durante el cual Christopher Rasperger escribió
un libro con unas 200 diferentes interpretaciones: “Ducentæ verborum,
‘Hoc est corpus meum’ interpretationes” (Ingolstadt,
1577). En este documento nos restringiremos a examinar unas cuantas
distorsiones del sentido literal. El primer grupo de intérpretes, con
Zwinglio, descubre una figura en la partícula est y la convierte
así: “Esto significa (est = significat) mi Cuerpo”.
Como prueba de esta interpretación, cita ejemplos de la Escritura, como:
“La siete vacas buenas son siete años de abundancia
y las sieta esigas buenas, sieta años son” (Gen. 41, 26). Eludiendo
la cuestión de que el verbo “ser” (esse) por sí mismo
puede ser usado como “cópula en una relación figurativa”
(Weiss) o expresar la “relación de identidad en una conexión metafórica”
(Heinrici), lo cual niegan la mayoría de los lógicos, los principios
fundamentales de la lógica establecen firmemente esta verdad, que todas
las proposiciones pueden dividirse en dos grandes categorías, de las
cuales la primera y más amplia denomina una cosa como es en sí misma
(e.g. “El hombre es un ser racional”), mientras que la segunda
designa una cosa utilizada como símbolo de algo más (e. g. “Esta
foto es mi padre”). Para determinar si un hablante se refiere
a la segunda manera de expresarse, hay cuatro criterios, cuya concurrencia
total permitirá al verbo “ser” tener el significado de “significar”.
Aparte de los tres criterios mencionados arriba, los cuales hacen referencia
a la naturaleza del caso, o a los usos del habla común o a alguna convención
previamente establecida, existe un cuarto y último de importancia decisiva,
el cual es: cuando una sustancia completa es predicado de otra sustancia
completa, no puede existir relación lógica de identidad entre ellos,
salvo la relación de similitud, ya que la primera es una imagen, símbolo
o signo de la otra. Ahora bien, este criterio es inaplicable a los ejemplos
de la Escritura nombrados por los zwinglianos, y especialmente en lo
relativo a su interpretación de las palabras de la Institución; porque
las palabras no son: “Este pan es mi Cuerpo,” sino las indefinidas:
“Esto es mi Cuerpo.” En la historia de la concepción zwingliana
de la Cena del Señor, ciertas “expresiones sacramentales”
del Texto Sagrado, tomadas como paralelismos de las palabras de la Institución,
han atraído considerablemente la atención. La primera se encuentra en
I Cor. 10, 4: “y la roca era (significaba) Cristo,” pero
es evidente que, si el sujeto roca es tomado en su sentido material,
la metáfora, de acuerdo con el cuarto criterio apenas mencionado, es
tan aparente como en la frase análoga “Cristo es la vid.”
Si, sin embargo, la palabra roca es desnudada de todo lo que
es material, puede ser entendido en un sentido espiritual, porque el
Apóstol mismo está hablando de la “roca espiritual” (petra
spiritualis), la cual en la Persona del Verbo de un modo invisible
siempre acompañó a los israelitas en sus viajes y les dio la fuente
espiritual de agua. De acuerdo con esta explicación la conjunción aquí retendría su significado
“ser”. Un acercamiento más cercano a un paralelo con las
palabras de la Institución se encuentra aparentemente en las llamadas
“expresiones sacramentales”: “Hoc est pactum meum
(Este es mi pacto )”(Gen. 17, 10) y “est enim Phase Domini
(es la Pascua del
Señor.)" (Ex. 12, 11). Es bien conocido como Zwinglio mediante una inteligente
manipulación de la última frase tuvo éxito en lograr caer en su interpretación
a toda la población católica de Zurcí. Y sin embargo, está claro que
no se puede establecer ningun paralelismo entre las dichas expresiones
y las palabras de la Institución; ningún paralelismo real porque se
trata de asuntos completamente diferentes. Ni siquiera puede ser señalado
paralelismo verbal, puesto que en ambos textos del Antiguo Testamento
el sujeto es una ceremonia (circuncisión en el primer caso, y el rito
del cordero pascual en el segundo), mientras que el predicado indica
una mera abstracción (pacto, Pascua del Señor). Una consideración de
más peso es la siguiente: que en una investigación más profunda, la
conjunción est retiene su significado propio de “es” más
que “significa”. Puesto que así como la circuncisión no
solo significaba la naturaleza u objeto del pacto Divino, sino que de
hecho lo era, así también el rito del cordero Pascual era realmente
la Pascua, en vez de su mera representación. Es verdad que en ciertos
círculos anglicanos era costumbre apelar a la supuesta pobreza de la
lengua aramaica, la cual era hablada por Cristo en compañía de Sus Apóstoles;
por lo que se sostenía que en ese lenguaje no existía ninguna palabra
que pudiera corresponder al concepto de “significa”. Sin
embargo, aún prescindiendo del hecho de que en arameo la conjunción
est es usualmente omitida y que dicha
omisión era cuando se usaba su estricto sentido de “ser”,
el cardenal Wiseman (Horæ Syriacæ,
Roma, 1828, pp. 3-73) logró reproducir no menos de cuarenta expresiones
siríacas que expresan el concepto “significar”, lo cual
eficientemente desacreditó el mito del limitado vocabulario de la lengua
semítica.
Un
segundo grupo de sacramentarios, con Oecolampadius, cambiaron la diligentemente
buscada metáfora al concepto contenido en el predicado corpus,
dándole el sentido de “signum corporis,” así entonces las
palabras de la Institución quedarían: “Esto es un signo [símbolo,
imagen, tipo] de mi Cuerpo.” Esencialmente completando la interpretación
zwingliana, este nuevo significado es igualmente insostenible. En todos los idiomas
del mundo la expresión “mi cuerpo” designa el cuerpo natural
de una persona, no un mero signo o símbolo de ese cuerpo. Es verdad
que las palabras de la Escritura “Cuerpo de Cristo” con
no poca frecuencia tienen el significado de “Iglesia,” la
cual es llamada el Cuerpo místico de Cristo, una figura fácilmente y
siempre discernible como tal del texto o contexto (cfr. Col. 1, 24).
Este sentido místico, sin embargo, es imposible en las palabras de la
Institución, por la sencilla razón de que Cristo no les dio a sus apóstoles
Su Iglesia como alimento, sino Su Cuerpo, y que “cuerpo y sangre”,
por la razón de su asociación lógica y real, no pueden ser separados
uno del otro y por esta razón se hacen menos susceptibles de uso figurativo.
Para probar algo de este uso figurativo, de que el contenido del Cáliz
es meramente vino y, consecuentemente, un mero signo de la Sangre, los
protestantes recurren al texto de San Mateo, quien relata que Cristo,
después del final de la Última Cena, declaró: “Y
os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid [genimem
vitis]” (Mt. 26, 29). Debe ser notado que San Lucas (22, 18ss.),
quien es cronológicamente más exacto, coloca las palabras de Cristo
antes de proceder a la Institución, y de que la verdadera Sangre de
Cristo puede con razón seguir siendo llamada vino (consagrado), por
una parte, porque la Sangre fue compartida del modo en que el vino es
bebido y, por la otra porque la Sangre continúa existiendo bajo la apariencia
externa del vino. En sus múltiples divagaciones por el viejo y concurrido
camino siendo consistentemente forzado con la negación de la Divinidad
de Cristo a abandonar la fe en la Presencia Real, también el criticismo
moderno busca explicación al texto por otras líneas de investigación.
Con completa arbitrariedad, dudando de si las palabras de la Institución
se originaron en labios de Cristo, señalan a San Pablo como su autor,
en cuya ardiente alma algo original supuestamente se mezcló con sus
reflexiones subjetivas con el valor adjudicado a “Cuerpo”
y con la “repetición del banquete Eucarístico.” De acuerdo
con esta problemática fuente
las palabras de la Institución primero fueron incluidas en el Evangelio
de San Lucas y entonces, a modo de adición, fueron insertadas en los
textos de San Mateo y San Marcos. Salta a la vista que la última aserción
no es más que una completamente deplorable conjetura, la cual debe ser
evitada tan gratuitamente como ha avanzado. Es, aún más, esencialmente
falso que el valor adjudicado al Sacrificio y la repetición de la Cena
del Señor sean meras reflexiones de San Pablo, puesto que Cristo le
dio un valor sacrificial a Su Muerte (Cfr. Mc. 10, 45) y celebró su
Cena Eucarística en conexión con la Pascua judía, la cual debía repetirse
cada año. Con respecto a la interpretación de las palabras de la Institución,
existen al presente tres explicaciones modernas que luchan por la supremacía
– la simbólica, la parabólica y la escatológica. De acuerdo con
la interpretación simbólica, corpus supuestamente designa a la
Iglesia como el Cuerpo místico y sanguis el Nuevo Testamento.
Esta interpretación ha quedado refutada por imposible. Puesto que ¿se
ha de comer a la Iglesia y beber al Nuevo Testamento? ¿Acaso San Pablo
consideró el establecimiento de la Iglesia y de la nueva Alianza como
una atroz ofensa al Cuerpo y la Sangre de Cristo? El asunto no es mucho
mejor concerniente a la interpretación parabólica, la cual explica el
vertimiento del vino como una mera parábola del derramamiento de la
Sangre en la Cruz. Esto de nuevo es una mera interpretación arbitraria,
una invención sin soporte de bases objetivas. Entonces, también, por
analogía se diría que la fracción del pan era una parábola de la masacre
del Cuerpo de Cristo, un significado absolutamente inconcebible. Elevándose
como si fuese una densa neblina y luchando por obtener una forma definida,
la incompleta explicación escatológica hace de la Eucaristía una mera
anticipación del futuro banquete celestial. Suponiendo la verdad de
la Presencia Real, esta consideración debe quedar abierta a discusión,
así como la participación en el Pan de los Ángeles es realmente una
prueba anticipada de la beatitud eterna y la anticipada transformación
de la tierra en cielo. Pero al implicar una mera anticipación simbólica
del cielo y una manipulación sin significado del pan y vino sin consagrar
la interpretación escatológica es diametralmente opuesta al texto y
no encuentra ningún apoyo en la vida y carácter de Cristo.
B.
Pruebas de la Tradición
Para
la efectividad del argumento de la tradición, este hecho histórico es
de decidida significación, a saber, que el dogma de la Presencia Real
permaneció, propiamente hablando, sin ser cuestionado, hasta el tiempo
del hereje Berengario de Tours (m. 1088). En el curso de la historia
del dogma se levantaron en general tres grandes controversias Eucarísticas,
la primera de las cuales fue iniciada por Pascasio Radberto, en el siglo
IX, apenas se extendió más allá de los límites de su audiencia y se
preocupaba únicamente de la cuestión filosófica de si el Cuerpo Eucarístico
de Cristo es idéntico al Cuerpo natural que tuvo en Palestina y que
ahora está en el cielo. Tal identidad numérica pudo ser bien refutada
por Ratramnus, Rabanus Maurus, Ratherius, Lanfrac y otros, aún en nuestros
días una distinción verdadera, aunque accidental entre el Cuerpo sacramental
y la condición natural del Cuerpo de Cristo debe ser rigurosamente mantenida.
La primera ocasión en que se realizó un procedimiento oficial por parte
de la Iglesia sucedió cuando Berengario de Tours, influido por los escritos
de Scotus Eriugena (m. 884), el primer opositor de la Presencia Real,
rechazó tanto esta verdad como la de la Transubstanciación. Reparó,
sin embargo, el escándalo público que había causado mediante una sincera
retracción pública hecha en presencia del Papa Gregorio VII en un sínodo
realizado en Roma en 1079 y murió reconciliado con la Iglesia. La
tercera y más aguda controversia fue la iniciada por la Reforma en el
siglo XVI, con respecto a la cual hay que hacer notar que Lutero fue
el único entre los reformistas que se mantuvo apegado a la tradicional
doctrina católica y, a pesar de sujetarla a muchas malinterpretaciones,
la defendió tenazmente. Se opuso diametralmente a Zwinglio de Zurich,
quien, como ya se vio, redujo la Eucaristía a un mero símbolo vacío
y sin significado alguno. Habiendo ganado para su partido a varios partisanos
contemporáneos como Carlstadt, Bucer y Oecolampadius, posteriormente
se aseguró unos aliados influyentes entre los arminianos, menonitas,
socinianos y anglicanos, y aún hoy la concepción racionalista de la
doctrina de la Cena del Señor no difiere substancialmente de la de los
zwinglianos. Mientras tanto, en Ginebra, Calvino astutamente buscaba
llegar a un punto medio entre los interpretaciones extremas literal
luterana y la figurativa zwingliana, sugiriendo en lugar de la presencia
sustancial en un caso o la meramente simbólica en el otro, un punto
medio, i.e. una presencia “dinámica,” la cual consiste esencialmente
en que al momento de la recepción, la eficacia del Cuerpo y la Sangre
de Cristo se comunica del cielo a las almas de los predestinados y los
alimenta espiritualmente. Gracias al pernicioso y deshonesto doble juego
de Melanchton, esta posición intermediaria atractiva de Calvino impresionó
de tal modo aún entre los círculos luteranos que no fue sino hasta la
fórmula del concordato en 1577 que el “veneno cripto-calvinista”
fue exitosamente rechazado del cuerpo de la doctrina luterana. El Concilio
de Trento combatió estos ampliamente divergentes errores de la reforma
con la definición dogmática de que el Dios-hombre está “verdadera,
real y substancialmente” presente bajo las especies del pan y
del vino, oponiéndose intencionalmente la expresión vere a las
zwinglianas signum, realiter a la figura de Oecolampadio y essentialiter
a la virtus de Calvino (Ses. XIII, can I). Y esta enseñanza
del Concilio de Trento siempre ha sido y es la posición inamovible de
toda la cristiandad católica.
Con
lo que respecta a la doctrina de los Padres, no es posible en el presente
texto reproducir múltiples textos patrísticos, los cuales usualmente
se caracterizan por una maravillosa hermosura y claridad. Suficiente
será decir que, además de la Didache (IX, X, XIV), los Padres más antiguos
como Ignacio (Ad. Smyrn., VII; Ad. Ephes., XX; Ad. Philad., IV), Justino
(Apol., I, xvi), Ireneo (Adv. Hær., IV, xvii, 5; IV, xviii, 4; V, ii,
2), Tertuliano (De resurrect. carn., VIII; De pudic., IX; De orat.,
XIX; De bapt., XVI), y Cipriano (De orat. dom., XVIII; De lapsis, XVI),
atestiguan, sin la menor sombra de malentendido cuál es la fe de la
Iglesia, mientras que la teología patrística posterior expone el dogma
en términos que están cerca de la exageración, como Gregorio de Niza
(Orat. catech, XXXVII), Cirilo de Jerusalén (Catech. myst., IV, 2ss.),
y especialmente el Doctor de la Eucaristía, Crisóstomo [Hom. LXXXII
(LXXXIII), en Matt., 1 ss.; Hom. XLVI, en Joan., 2 ss.; Hom. XXIV, en
I Cor., 1 ss.; Hom. IX, de pœnit., 1], a quien se deben añadir
los Padres Latinos Hilario, (De Trinit, VIII, iv, 13) y Ambrosio (De
myst, VIII, 49; IX, 51s.). Concerniente a los Padres siríacos se encuentra
Th Lamy con “De Syrorum fide in re eucharisticâ” (Louvain, 1859).
La
posición mantenida por San Agustín es, al momento sujeto de una enconada
controversia dado que los enemigos de la Iglesia bastante confiadamente
sostienen que los favorece en el hecho de que era un “simbolista” total. En
opinion de Loofs (Dogmengeschichte,” 4a Ed. Halle, 1906, p. 409), San Agustín nunca le dedica
a la “recepción de los verdaderos Cuerpo y Sangre de Cristo”
ni un pensamiento, y esta visión Ad. Harnack (Dogmengeschichte, 3ª Ed.,
Friburgo, 1897, III, 148) la enfatiza cuando declara que San Agustín
“indudablemente era uno a este respecto con la llamada pre-Reforma
y con Zwinglio.” En contra de esta apresurada conclusión los católicos
primero que nada exponen el indiscutible hecho de que Agustín demandó
que se debía rendir adoración al Cuerpo Eucarístico (In Ps. 33, enarr.,
1, 10) y declaró que en la Última Cena “Cristo se sostuvo y transportó
a Sí mismo en Sus propias manos” (In Ps. 98, n. 9). Ellos insisten
y con razón, de que no es justo separar las enseñanzas de este gran
doctor concernientes a la Eucaristía de su doctrina del Santo Sacrificio,
dado que clara e indiscutiblemente asegura que el verdadero Cuerpo y
la verdadera Sangre de Cristo son ofrecidos en la Santa Misa. La gran
variedad de puntos de vista extremos apenas mencionados requieren que
se haga una explicación razonable e imparcial, cuya verificación será
extraída de y encontrada en el entendido de que un proceso gradual de
desarrollo tuvo lugar en la mente de San Agustín. Nadie negará que ciertas
expresiones de Agustín son tan forzosamente realistas como aquéllas
de Tertuliano y Cipriano o de sus íntimos amigos literarios, Ambrosio,
Optato de Mileve, Hilario y Crisóstomo. Por otro lado, está fuera de
duda que, debido a la determinante influencia de Orígenes y de la filosofía
platónica, la cual, como es bien sabido, no le daba sino una muy pequeña
importancia a la materia visible y al fenómeno sensible del mundo, Agustín
no se refería a lo que era propiamente real (res) en el Santísimo
Sacramento de la Carne de Cristo (caro), sino que lo transmitió
al principio vital (spiritus), i.e. a los efectos producidos
por una Comunión válida. Una consecuencia lógica de esto fue que permitió
que caro, como el vehículo y antitipo de res, no un mero
valor simbólica, sino como un valor (signum) transitorio, intermediario
y subordinado, y puso el Cuerpo y la Sangre de Cristo, presentes bajo
las especies (figuræ) del pan y del vino en, una decidida oposición
a Su Cuerpo natural e histórico. Dado que Agustín era un ardiente defensor
de la cooperación personal en la salvación propia y enemigo de
la mera actividad mecánica y rutina supersticiosa, omitió insistir hacia
una fe viva en la personalidad real de Jesús en la Eucaristía y en lugar
de ello llamó la atención a la eficiencia espiritual del Cuerpo y la
Sangre de Cristo. Su visión mental estaba fija, no tanto en salvar la
caro tanto como salvar el spiritus, el cual solo posee
valor. Sin embargo ocurrió un giro de 180° en su vida. El conflicto
con el pelagianismo y la diligente supervisión de Crisóstomo lo liberaron
de las ataduras del platonismo, y desde entonces confirió a caro
un valor separado en independiente de aquél de spiritus, llegando
incluso a mantener fuertemente que la Comunión de los niños era absolutamente
necesaria para la salvación.
Si,
aún más, el lector encuentra en algunos de los otros Padres dificultades,
obscuridades y una cierta inexactitud en la expresión, esto puede ser
explicado en tres campos generales: debido a la paz y seguridad que
hay en su posesión de la verdad de la Iglesia, de lo que resulta un
cierto deseo en su terminología; debido a la rigurosidad con la cual
la Disciplina del Secreto, expresamente concerniente con la Sagrada
Eucaristía, fue mantenida en oriente hasta finales del siglo V, en occidente
hasta mediados del VI; debido a la preferencia de muchos Padres por
la interpretación alegórica de la Escritura, la cual estuvo especialmente
en boga en la Escuela de Alejandría (Clemente de Alejandría, Orígenes,
Cirilo), pero la cual encontró una contraparte saludable en el énfasis
hecho en la interpretación literal de la Escuela de Antioquia (Teodoro
de Mopsuestia, Teodorato). Sin embargo, el sentido alegórico de los
alejandrinos no excluía el literal, sino que suponía como base de trabajo,
la fraseología de Clemente (Pæd, I, vi), de Orígenes (Contra Celsum
VIII, xiii 32; Homm. IX, in Levit., X) y de Cirilo (in Mat. 26, 27;
Contra Nestor., IV, 5) concernientes a la Presencia Real.
El
argumento de la tradición se suplementa y complementa con el argumento
de la prescripción, el cual lleva la constante creencia en el dogma
de la Presencia Real de la Edad Media hasta la primitiva Iglesia Apostólica,
y así prueba que las herejías anti-eucarísticas no han sido sino novedades
caprichosas y rupturas violentas de la verdadera fe que han sucedido
desde el principio. Sin tocar aún el intervalo que ha sucedido desde
la Reforma, se tiene de la época de la Reforma el importante testimonio
de Lutero (Wider etliche Rottengeister, 1532) acerca del hecho de que la Cristiandad
entera creía entonces en la Presencia Real. Y esta creencia firme y
universal puede ser rastreada ininterrumpidamente hasta Berengario de
Tours (m. 1088), de hecho –omitiendo la sola excepción de Scotus
Eriugena– hasta Pascacio Radberto (831). En este sentido, podemos
decir con orgullo que la Iglesia ha estado en posesión legítima de este
dogma por once siglos enteros. Cuando Focio inició el cisma griego en
869, se llevó a su Iglesia el tesoro inalienable de la Eucaristía Católica,
un tesoro que los griegos, en las negociaciones para la reunión en Lyon en 1274 y en Florencia en 1439, parecían
mantener intacto, y al cual defendieron vigorosamente en el sínodo cismático
de Jerusalén en 1672 contra las sórdidas maquinaciones de Cirilo Lucar,
el patriarca con mente calvinista de Constantinopla (1629). De esto
se concluye que el dogma católico debe ser mucho más antiguo que el
cisma de oriente. De hecho, inclusive los nestorianos y los monofisitas,
quienes se separaron de Roma en el siglo V, tienen, como es evidente
de su literatura y libros litúrgicos, su fe en la Eucaristía tan sólidamente
impuesta como los griegos, y esto a pesar de las dificultades dogmáticas
las cuales, debido a su negación de la unión hipostática, se interponen
en el camino de una correcta y clara noción de la Presencia Real. Por
lo tanto, el dogma católico es por lo menos tan antiguo como el nestorianismo
(431). Pero ¿no es ésta suficiente antigüedad? Para decidir esta cuestión solo
es necesario examinar las liturgias más antiguas de la Misa, cuyos elementos
esenciales datan de tiempos de los Apóstoles (q.v. artículos sobre las
distintas liturgias), visitar las catacumbas romanas, donde Cristo es
mostrado como actualmente en la Cena Eucarística bajo el símbolo de
un pez (q.v. Símbolos primitivos de la Eucaristía), descifrar la famosa
Inscripción de Abercius del siglo II, la cual, a pesar de haber sido
compuesta bajo la influencia de la Disciplina del Secreto, sencillamente
atestigua la fe de esa época. Y así el argumento de la prescripción
nos traslada al distante y oscuro pasado y ahí al tiempo de los Apóstoles,
quienes a su vez recibieron su fe en la Presencia Real de nadie más
que de Cristo Mismo.
En
este punto es importante mencionar que el Papa Juan Pablo II redactó
y entregó el 17 de marzo, Jueves Santo de 2003 la carta encíclica Ecclesia
de Eucharistia sobre la Eucaristía en su relación con la Iglesia y en
la que resalta que “La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad
no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra
en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia.” (Ecclesia
de Eucharistia 1 §1), resaltando con ello la vital importancia de la
Eucaristía y de la Presencia Real de Cristo en la misma en la vida de
la Iglesia en el milenio que empieza.
II.
LA TOTALIDAD DE LA PRESENCIA REAL
Con
el fin de desterrar de raíz la inválida noción de que, en la Eucaristía
recibimos meramente el Cuerpo y la Sangre de Cristo y no a Cristo en
su totalidad, el Concilio de Trento definió la Presencia Real como que
se incluye en la Eucaristía el Cuerpo, Alma y Divinidad de Jesucristo.
Una conclusión estrictamente lógica se desprende de las palabras de
la promesa: “el que coma de mí también vivirá por mí,” esta
Totalidad de Presencia fue asimismo una constante propia de la tradición
la cual distinguió así que consumir partes separadas del Salvador sería
sarcofagia (ingestión de carne) algo completamente degradante para Dios.
A pesar de que la separación del Cuerpo, Sangre, Alma y Logos es, absolutamente
hablando, dentro del poder todopoderoso de Dios, la inseparabilidad
se encuentra firmemente establecida por el dogma de la indisolubilidad
de la unión hipostática de la Divinidad y Humanidad de Cristo. En caso
de que los Apóstoles hubiesen celebrado la Cena del Señor durante el
triduum mortis (el tiempo durante el cual el Cuerpo de Cristo
estuvo en la tumba), cuando una separación real existía entre los elementos
constitutivos de Cristo, habría estado realmente presente en la Sagrada
Hostia el inanimado Cuerpo de Cristo sin sangre tal como estaba en la
tumba, y en el Cáliz solo la Sangre separada de Su Cuerpo y absorbida
por la tierra al ser derramada, tanto el Cuerpo como la Sangre, sin
embargo, hipostáticamente unidos a Su Divinidad, mientras que Su Alma,
que se encontraba en el Limbo, habría permanecido enteramente excluida
de la presencia Eucarística. Esta hipótesis, irreal, aunque no imposible,
ha sido bien estudiada para iluminar la diferencia esencial designada
por el Concilio de Trento (Ses. XIII, c. iii), entre los significados
de las palabras ex vi verborum y per concomitantiam. Es
por virtud de las palabras de la consagración o ex vi verborum, que
se hacen presentes el Cuerpo y la Sangre de Cristo lo cual es expresado
por las palabras de la Institución. Pero por razón de concomitancia
natural (per concomitantiam), se vuelve simultáneamente presente todo
lo cual es físicamente inseparable de las partes nombradas y, la cual
debe, por conexión natural con ellas, siempre ser su acompañamiento.
Ahora bien, el Cristo glorificado, quien “ya no muere” (Rom.
6, 9) tiene un Cuerpo animado a través de cuyas venas corre la Sangre
de Su vida bajo la vivificante influencia del alma. Consecuentemente,
junto con Su Cuerpo y Sangre y Alma, también Su Humanidad entera, y
por virtud de la unión hipostática, Su Divinidad, i.e. Cristo, completo
y entero, debe estar presente. He aquí entonces, que Cristo está presente
en el sacramento con Su Carne y Sangre, Cuerpo y Alma, Humanidad y Divinidad.
Este
principio general y fundamental, el cual es abstraído enteramente de
la dualidad de las especies, debe, sin embargo, ser extendido tanto
al pan como al vino. Porque no recibimos en la Sagrada Ostia una parte
de Cristo y en el Cáliz la otra, como si nuestra recepción de la totalidad
dependiese de que consumiéramos de ambas formas; muy al contrario, bajo
la apariencia de solo el pan, así como bajo la apariencia de solo el
vino, recibimos a Cristo completo y entero (cfr. Concilio de Trento,
Ses. XIII, can. III). Ésta,
la única concepción razonable, tiene su verificación de la Escritura
en el hecho, de que San Pablo (I Cor. 11, 27-29) adjudica la misma culpa
“del cuerpo y de la sangre del Señor” al que “come
y bebe indignamente”, entendido en un sentido disyuntivo, así
como entiende “comiere y bebiere” en un sentido copulativo.
El fundamento tradicional para esto se encuentra en el testimonio de
la liturgia de los Padres de la Iglesia, de acuerdo a la cual, el Salvador
glorificado puede estar presente en nuestros altares solo en Su totalidad
e integridad, y no dividido en partes o distorsionado en la forma de
una monstruosidad. Por consiguiente, se le rinde adoración por separado
a la Sagrada Ostia y al contenido consagrado del Cáliz. En esta última
verdad se basa especialmente la permisividad y propiedad intrínseca
de la Comunión bajo una sola especia para los laicos y para los sacerdotes
que no estén celebrando la Misa (q.v. Comunión Bajo las Dos Especies).
Pero particularmente con respecto al dogma, llegamos naturalmente a
la verdad de que, al menos después de la división de cualquiera de las
Especies en partes, Cristo está presente en cada parte en Su completa
y entera presencia. Si la Sagrada Ostia es partida en trozos o si el
Cáliz consagrado es bebido en pequeñas cantidades, Cristo, entero está
presente en cada partícula y en cada gota. Por la cláusula restrictiva
separatione factâ el Concilio de Trento (Ses. XIII, can. III) con justicia elevó esta verdad a la dignidad
de dogma. A la ves de la Escritura podemos juzgar improbable que Cristo
haya consagrado separadamente cada partícula del pan que había partido,
sabemos con certeza, por otro lado, que Él bendijo todo el contenido
del Cáliz y luego se lo dio a sus discípulos para ser compartido (Mt.
26, 27ss.; Mc. 14, 23). Es con la base del dogma Tridentino que nosotros
podemos entender cómo Cirilo de Jerusalén (Catech. Myst. V, n. 21)
solicitaba a los comulgantes que observaran el cuidado más escrupuloso
al llevar la Sagrada Ostia a sus bocas, de modo que ni siquiera “un
fragmento minúsculo, más precioso que el oro o las joyas,” pudiera
caer de sus manos al suelo; cómo Cæsarius de Arles enseñó que hay “tanto
en el pequeño fragmento como en el completo;” cómo las diferentes
liturgias declaran la integridad del “Cordero indivisible,”
a pesar de la “división de la Ostia;” y, finalmente, cómo
en la práctica actual los fieles en ocasiones participan de las partículas
fragmentadas de la Sagrada Ostia y beben en común de la misma copa.
Mientras que las tres tesis precedentes contienen
dogmas de fe, existe una cuarta proposición la cual es meramente una
conclusión teológica, a saber que aún antes de la división de las especies,
Cristo está presente completa y enteramente en cada particular de la
aún entera Ostia y en cada gota de todo el contenido del Cáliz. Puesto
que si Cristo no estuviese presente enteramente en cada una de las partículas
de las Especies Eucarísticas antes de que se llevara a cabo su división,
deberíamos concluir forzosamente que el proceso de la fracción es el
que origina la Totalidad de la Presencia, mientras que de acuerdo con
la enseñanza de la Iglesia la causa operativa de la Presencia Total
y Real se debe únicamente a la Transubstanciación. No cabe duda de que
esta última conclusión dirige la atención de la cuestión filosófica
y científica a un modo peculiar de existencia del Cuerpo Eucarístico,
la cual es contraria a las leyes ordinarias de la experiencia. Es, sin
lugar a dudas, uno de los misterios más sublimes, al cual la teología
especulativa intenta ofrecer varias soluciones. [ver abajo en (5)].
III.
TRANSUBSTANCIACIÓN
Antes de probar dogmáticamente el hecho del cambio
substancial que se trata, primero echaremos un vistazo a su historia
y naturaleza.
(a)
El desarrollo científico del concepto de Transubstanciación difícilmente
puede decirse que sea un producto de los griegos, quienes no pasaron
de las notas más generales; más bien es la notable contribución de los
teólogos latinos, quienes fueron estimulados a desarrollarlo en forma
lógica por las tres controversias Eucarísticas mencionadas arriba. El
término transubstanciación parece haber sido usado por primera
vez por Hildeberto de Tours (ca. 1079). Su ejemplo alentador fue pronto
seguido por otros teólogos, como Esteban de Autun (m. 1139), Gaufredo (1188) y Pedro de Blois (m. 1200), mientras que varios concilios ecuménicos
también adoptaron esta significativa expresión, como el Cuarto Concilio
de Letrán (1215) y el Concilio de Lyon (1274), en la profesión de fe del emperador griego Miguel Palæologus.
El Concilio de Trento (Ses. XIII, cap. IV, can. II) no solo aceptó como
un legado de la fe la verdad contenida en la idea, sino que con autoridad
confirmó la “aptitud del término” para expresar notablemente
el concepto doctrinario legítimamente desarrollado. En un análisis lógico
más profundo de la Transubstanciación, primero encontramos la primera
y fundamental noción de ser una conversión, la cual puede ser definida
como la “transición de una cosa a otra bajo algún aspecto.”
Como es evidente de inmediato, conversión (conversio) es algo
más que un mero cambio (mutatio). Mientras que en los meros cambios
uno de los dos extremos debe ser expresado de manera negativa, por ejemplo,
en el cambio del día y la noche, la conversión requiere dos extremos
positivos, los cuales están relacionados el uno con el otro como cosa
a cosa, y deben tener, además, tal conexión íntima entre sí, que el
último extremo (terminus ad quem) empieza a ser hasta que el
primero (terminus a quo) deja de ser, por ejemplo, en la conversión
de agua en vino en Caná. Usualmente se requiere de un tercer elemento,
conocido como el commune tertium, el cual, aún antes de la conversión
que ha tomado lugar, ya sea física o por lo menos lógicamente une un
extremo al otro, porque en cada conversión verdadera la siguiente condición
debe ser satisfecha: “Lo que anteriormente era A, es ahora B.”
Una cuestión muy importante sugiere que la definición debería ir más
allá de postular la no-existencia previa del ultimo extremo, puesto
que parece extraño que un terminus a quo A existente, deba ser convertido
en un existente terminus ad quem B. Si el hecho de la conversión no
es ser un mero proceso de sustitución, como en un acto de prestidigitación,
el terminus ad quem debe sin lugar a dudas de alguna manera ser de nueva
existencia, así como el terminus a quo debe, de algún modo, dejar de
existir. Pero como la desaparición del primero no se atribuye a aniquilación
propiamente dicha, no hay necesidad de postular una creación, estrictamente
hablando, para explicar que el último empiece a existir. La idea de
conversión se realiza ampliamente si la siguiente condición se cumple,
a saber, que una cosa que existe en sustancia, adquiera una completamente
nueva y previamente inexistente forma de ser. Así pues en la resurrección
de los muertos, el polvo de los cuerpos humanos será verdaderamente
convertido en los cuerpos de los resucitados por sus ya existentes almas,
así como en la muerte fueron realmente convertidos en cadáveres por
la partida de sus almas. Esto en lo que concierne a la noción general
de conversión. La Transubstanciación, sin embargo, no es una conversión
simple, sino una conversión sustancial, en la que una cosa es substancialmente
o esencialmente convertida en otra. He aquí pues, que el
concepto de Transubstanciación queda excluido de cualquier tipo de conversión
meramente accidental, ya sea puramente natural (e.g. la metamorfosis
de los insectos) o sobrenatural (e.g. la Transfiguración de Cristo en
el Monte Tabor). Finalmente, la Transubstanciación difiere de cualquier
otra conversión sustancial en esto, que solo la sustancia es
convertida en otra –los accidentes permanecen iguales– así
como sería el caso de que la madera milagrosamente se convirtiera en
hierro, con la sustancia del hierro permaneciendo escondida bajo la
apariencia externa de la madera.
La
aplicación de lo anterior a la Eucaristía es asunto fácil. Primero que
nada, la noción de conversión se verifica en la Eucaristía, no solo
en general, sino en todos sus detalles esenciales, porque tenemos los
dos extremos de la conversión, a saber, pan y vino como terminus a quo
y el Cuerpo y la Sangre de Cristo como terminus ad quem. Aún más, la
conexión íntima entre el cese de un extremo y la aparición del otro
parece ser preservada por el hecho de que ambos eventos son los resultados,
no de dos procesos independientes, como sería aniquilación y creación,
sino de un solo acto, dado que, de acuerdo con el propósito del Todopoderoso,
la sustancia del pan y el vino parten para dejar el espacio para el
Cuerpo y la Sangre de Cristo. Finalmente, tenemos el commune tertium
en las apariencias in cambiadas del pan y el vino, bajo las cuales el
preexistente Cristo asume una nueva, sacramental, forma de ser y sin
la cual Su Cuerpo y Sangre no podrían ser tomados por los hombres y
mujeres. Que la consecuencia de la Transubstanciación, como conversión
de la sustancia total, es la transición de la entera sustancia del pan
y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, es la doctrina expresa
de la Iglesia (Concilio de Trento, Ses. XIII, can. II). Así pues fueron condenadas como contrarias
a la fe la visión anticuada de Durandus, que dice que solo la forma
sustancial del pan es cambiada, mientras que la materia prima permanece;
y, especialmente, la doctrina de Consubstanciación de Lutero, i.e. la
coexistencia de la sustancia del pan con el verdadero Cuerpo de Cristo.
Así también la doctrina de la Impanación defendida por Osiander y ciertos
berengarianos, y de acuerdo a la cual se supone que se realiza una unión
hipostática entre la sustancia del pan y la del Dios-hombre ha sido
rechazada. Así que la doctrina católica de la Transubstanciación establece
un muro protector alrededor del dogma de la Presencia Real y constituye
en sí misma un distinto artículo doctrinal, el cual no queda englobado
en el de la Presencia Real, a pesar de que la doctrina de la Presencia
Real está necesariamente contenida en la de la Transubstanciación. Fue
por esta razón que Pío VI, en su Bula dogmática “Auctorem fidei”
(1794) en contra del pseudo sínodo de Pistoia (1786), protestó vigorosamente
en contra de suprimir esta “cuestión escolástica,” como
el sínodo había aconsejado hacer.
(b)
En la mentalidad de la Iglesia, la Transubstanciación ha estado tan
íntimamente ligada a la Presencia Real, que ambos dogmas han pasado
juntos de generación en generación, aunque no podemos ignorar por completo
un desarrollo histórico-dogmático. La conversión total de la sustancia
del pan se expresa claramente en las palabras de la Institución: “Esto
es mi cuerpo.” Estas palabras forman una proposición no teórica,
sino práctica, cuya esencia consiste en que la identidad objetiva entre
sujeto y predicado es efectiva y verificada solo después de que todas
las palabras han sido pronunciadas, no muy diferente del nombramiento
de un comandante a su subalterno: “Te nombro mayor,” o,
“Te nombro capitán,” lo cual inmediatamente ocasiona la
promoción del oficial a un rango superior. Cuando, entonces, Aquél Quien
es Todo Verdad y Todo Poder dijo al pan: “Esto es mi cuerpo,”
el pan se convirtió, por la acción de estas palabras en el Cuerpo de
Cristo; consecuentemente, al completar el enunciado, la sustancia del
pan ya no estuvo presente, sino el Cuerpo de Cristo bajo la apariencia
de pan. Por lo tanto el pan debe haberse convertido en el Cuerpo de
Cristo, i.e. el primero debe haberse convertido en el segundo. Las palabras
de la Institución fueron a la vez palabras de Transubstanciación. Indudablemente
la forma real en la cual la ausencia del pan y la presencia del Cuerpo
de Cristo se efectúa, no se lee en las palabras de la Institución pero
se deduce estricta y exegéticamente de ellas. Los calvinistas, por lo
tanto, están perfectamente bien cuando rechazan la doctrina luterana
de la consubstanciación como una ficción, sin base en las Escrituras.
Puesto que si Cristo hubiese querido la coexistencia de Su Cuerpo con
la sustancia del pan, hubiese expresado una simple identidad entre hoc
y corpus por medio de la conjunción est, y hubiese
resultado una expresión más o menos como: “Este pan contiene mi
cuerpo,” o, “En este pan está mi cuerpo.” Por otro
lado, la sinécdoque es clara en el caso del Cáliz: “Esto es mi
sangre”, i.e. el contenido del cáliz es mi sangre, y por lo tanto
ya no es vino.
Con
respecto a la tradición, los primeros testigos como Tertuliano y Cipriano,
difícilmente pudieron haber dado cualquier consideración particular
a la relación genética de los elementos naturales del pan y el vino
con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, o de la manera en la cual los primeros
fueron convertidos en los segundos; puesto que incluso Agustín no tuvo
una concepción clara de la Transubstanciación, mientras estuvo atado
por los lazos del platonismo. Por otra parte, se tiene completa claridad
sobre el asunto en escritores tan antiguos como Cirilo de Jerusalén,
Teodorato de Cyrrhus, Gregorio de Niza, Juan Crisóstomo y Cirilo de
Alejandría en oriente y en Ambrosio y los escritores latinos posteriores
en occidente. Eventualmente el occidente se convirtió en el hogar clásico
de la perfección científica en la difícil doctrina de la Transubstanciación.
Las afirmaciones del erudito trabajo del anglicano Dr. Pussey (La Doctrina
de la Presencia Real como está contenida en los Padres, Oxford, 1855)
quien niega la claridad del argumento patrístico de la Transubstanciación,
han sido refutadas y contestadas ampliamente por el Cardenal Franzelin
(De Euchar., Roma, 1887, xiv). El argumento de la tradición es avasalladoramente
confirmado por las liturgias antiguas, cuyas hermosas oraciones expresan
la idea de la conversión en la manera más clara. Muchos ejemplos pueden
ser encontrados en Renaudot, “Liturgia orient.” (2ª Ed., 1847); Assemani, “Codex
liturg.” (13
vols., Roma 1749-66); Denzinger, “Ritus Orientalium” (2
vols., Würzburg, 1864), Concerniente
a la Teoria de Aducción de los Escotistas y la Teoría de Producción
de los tomistas”, Pohle, “Dogmatik” (3ª Ed., Paderborn,
1908).
IV.
LA PERMANENCIA Y ADORABILIDAD DE LA EUCARISTÍA
Dado
que Lutero arbitrariamente restringió la Presencia Real al momento de
la recepción, el Concilio de Trento (Ses. XIII, can. IV)
por un canon especial enfatizó el hecho de que después de la Consagración
Cristo está realmente presente y, consecuentemente , no se presenta
hasta el acto de comer o beber. Por el contrario, Él continua Su Presencia
Eucarística en las Ostias consagradas y partículas sagradas que permanecen
en el altar o el copón después de la recepción de la Sagrada Comunión.
En el depósito de la fe la Presencia y Permanencia de la Presencia están
tan unidas, que en la mente de la Iglesia ambas continúan como un todo
indivisible. Y con razón; puesto que Cristo prometió Su Cuerpo y Sangre
como comida y bebida, i.e. como algo permanente (cfr. Jn. 6, 50ss.),
así, cuando Él dijo: “Tomen y coman, esto es mi cuerpo,”
los apóstoles recibieron de la mano del Señor Su Sagrado Cuerpo, el
cual ya estaba objetivamente presente. Esta no-dependencia de la Presencia
Real de la recepción real es manifiesta claramente en el caso del Cáliz,
cuando Cristo dijo: “Beban todos de él. Pues esto es mi sangre.”
Aquí el acto de beber evidentemente no es la causa ni la condición sine
qua non para la presencia de la Sangre de Cristo.
Por
mucho que le disgustara, incluso Calvino tuvo que reconocer la evidente
fuerza del argumento de la tradición (Instit. IV, xvii, sect. 739).
No solo defendieron los Padres y entre ellos Crisóstomo con especial
vigor, defendieron la permanencia de la Presencia Real, sino que la
constante práctica de la Iglesia también estableció la verdad. En los
primeros días de la Iglesia los fieles frecuentemente llevaban la Santísima
Eucaristía con ellos a sus casas (Cfr. Tertuliano, “Ad uxor.”
II, v; Cipriano, “De lapsis”, XXIV) o en largos viajes (Ambrosio,
De excessu fratris, I, 43, 46), mientras que los diáconos acostumbraban
llevar el Santísimo Sacramento a aquéllos que no asistieran a los oficios
divinos (Cfr. Justino, Apol, I, 67), así como a los mártires, los encarcelados
y los enfermos (Cfr. Eusebio, Hist. Eccl., VI, xliv). Los diáconos también
estaban obligados a transferir las partículas remanentes a recipientes
especialmente preparados llamados Pastophoria (Cfr. Constituciones
Apostólicas, VIII, xiii). Aún más, ya se acostumbraba en el S. IV celebrar
la Misa de los Presantificados (Cfr. Sínodo de Laodicea, can. XLIX),
en la cual se recibían las Sagradas Ostias que habían sido consagradas
con uno o más días de anticipación. En la Iglesia Latina esta ceremonia
ha pasado a ser la Liturgia del Viernes Santo, mientras, que desde el
Sínodo Trullano (692), los griegos la celebran durante toda la Cuaresma,
excepto los sábados, domingos y en la fiesta de la Anunciación (25 de
marzo). Una razón más profunda para la permanencia de la Presencia se
encuentra en el hecho de que transcurre algún tiempo entre la Consagración
y la Comunión, mientras que en los demás sacramentos tanto la confección
como la recepción tienen lugar en el mismo instante. El Bautismo, por
ejemplo, dura solo mientras dura la acción bautismal o ablución con
agua y es, por lo tanto, un sacramento transitorio. La permanencia de
la Presencia, sin embargo, se limita a un intervalo de tiempo cuyo principio
es determinado por el instante de la Consagración y el final por la
corrupción de las Especies Eucarísticas. Si la Ostia se volviese mohosa
o el contenido del Cáliz amargo, Cristo descontinúa su presencia allí
La
adorabilidad de la Eucaristía es la consecuencia práctica de su permanencia.
De acuerdo con un conocido principio de Cristología, el mismo culto
de latría (cultus latriæ) que se le debe al Dios Trino se le
debe al Verbo Divino, Cristo el Dios-hombre y, de hecho, debido a la
unión hipostática, a la humanidad de Cristo y a sus partes constitutivas
individuales, como, e.g., Su Sagrado Corazón. Ahora bien, identicamente,
el mismo Señor Jesucristo está verdaderamente presente en la Eucaristía
como está presente en el cielo; consecuentemente Él debe ser adorado
en el Santísimo Sacramento (cf. Council of Trent, Sess. XIII,
can. VI).
En
ausencia de prueba espiritual, la Iglesia encuentra una garantía para,
de manera adecuada, rendir adoración divina al Santísimo Sacramento
en la más antigua y constante tradición, a pesar, por supuesto que debe
hacerse una distinción entre el principio dogmático y la disciplina
concerniente a la forma externa de adoración. Mientras que incluso en
oriente se reconoce el principio inmanente desde los tiempos antiguos,
y de hecho, todavía en el Sínodo Cismático de Jerusalén en 1672, el
oriente ha demostrado una incansable actividad estableciendo e investigando
con más y más solemnidad, homenaje y devoción a la Eucaristía. En la
Iglesia primitiva, la adoración del Santísimo Sacramento estaba restringida
principalmente a la Misa y la Comunión. Aún en su época Cirilo de Jerusalén
insistió con la misma fuerza que Ambrosio y Agustín sobre una actitud
de adoración y homenaje durante la Santa Comunión. En occidente la forma
fue abierta a una veneración más exaltada del Santísimo Sacramento cuando
los fieles fueron aceptados a comulgar incluso fuera del servicio litúrgico.
Después de la controversia con los berengarianos, el Santísimo Sacramento
fue elevado durante los siglos XI y XII con el propósito expreso de
reparar, mediante su adoración las blasfemias de los herejes y, fortalecer
la debilitada fe de los católicos. En el siglo XIII se introdujo, para
mayor glorificación del Santísimo las “procesiones teofóricas”
(circumgestatio) y también la fiesta de Corpus Christi, instituida
en el pontificado de Urbano IV a solicitud de Santa Juliana de Liège.
En honor a la fiesta, se compusieron sublimes himnos como el “Pange
Lingua” de Sto. Tomás de Aquino. En el siglo XIV creció la práctica
de la Exposición del Santísimo Sacramento del Altar. La costumbre de
la procesión anual de Corpus Christi fue firmemente defendida y recomendada
por el Concilio de Trento (Ses. XIII, cap. v). Un nuevo ímpetu inundó
a la gente para la adoración de la Eucaristía mediante las visitas al
Santísimo Sacramento, introducidas por San Alfonso Ligorio; en los últimos
tiempos numerosas órdenes y congregaciones se han dedicado a la Adoración
Perpetua y existen miles de congregaciones laicas de la Adoración Nocturna
para velar en adoración al Santísimo; la celebración de Congresos Eucarísticos
Internacionales (de los cuales el número 48 y primero del nuevo milenio
será celebrado en la ciudad de Guadalajara, en México con la presencia
de S.S. Juan Pablo II del 10 al 17 de octubre de 2004 con el tema “La
Eucaristía, luz y vida del nuevo milenio”) y Congresos Eucarísticos
Nacionales han contribuido a mantener viva la fe en Aquél Quien dijo:
“y he aquí yo estoy con
vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20).
V.
DISCUSIÓN ESPECULATIVA DE LA PRESENCIA REAL
El objetivo
principal de la teología especulativa con respecto a la Eucaristía,
debe ser discutido filosóficamente, y buscar una solución lógica de
tres aparentes contradicciones, a saber:
(a)
la existencia continua de las Especies
Eucarísticas, o las apariencias exteriores del pan y el vino, sin su
sujeto natural;
(b)
el espacialmente incircunscrito modo
espiritual del Cuerpo Eucarístico de Cristo;
(c)
la simultánea existencia de Cristo
en el cielo y en muchos lugares de la tierra.
(a) El estudio del
primer problema, ya sea que los accidentes del pan y el vino continúen
su existencia sin su sustancia propia, debe basarse en la claramente
establecida verdad de la Transubstanciación, en consecuencia de la cual,
las sustancias completas del pan y el vino se convierten respectivamente
en el Cuerpo y la Sangre de Cristo de un modo tal que “solo permanecen
en apariencia el pan y el vino” (Conc. de Trento, Ses. XIII, can.
ii:manentibus dumtaxat speciebus panis et vini). Acordemente,
la continuación de las apariencias sin la sustancia del pan y el vino
como su sustrato natural es justo el reverso de la Transubstanciación.
Lo más que se puede decir es, que del Cuerpo Eucarístico procede un
poder sustantivo milagroso, el cual soporta las apariencias debidas
a sus sustancias naturales y las preserva del colapso. La posición de
la Iglesia a este respecto quedó adecuadamente determinada por el Concilio
de Constanza (1414-1418). En su octava sesión, aprobada por Martín V
en 1418, este sínodo condenó los siguientes artículos de Wyclif:
§
"La
sustancia material del pan, así como la sustancia material del vino
permanecen en el Sacramento del Altar;"
§
Los
accidentes del pan no permanecen sin un sujeto.
El primero de estos
artículos contiene una negación abierta a la Transubstanciación. El
segundo, por lo que respecta al texto, debe ser considerado como un
mero cambio de palabras del primer, mientras que en lo que respecta
a la historia del concilio, se sabe que Wyclif se había opuesto directamente
a la doctrina escolástica de “accidentes sin un sujeto”
como absurda y aún herética (cfr. De Augustinis, De Re Sacramentariâ,
Roma, 1889, II, 573ss). Por lo tanto he aquí la razón del concilio de
condenar el Segundo artículo, no meramente como una conclusión del primero,
sino como una proposición distinta. Tal era, por lo menos, la opinión
de los teólogos de la época con respecto al tema; y el Catecismo Romano,
refiriéndose al antes mencionado canon del Concilio de Trento, llanamente
explica: “Los accidentes del pan y el vino no conservan su sustancia,
sino continúan existiendo por sí mismos.” Siendo éste el caso,
algunos teólogos de los siglos XVII y XVIII, que se inclinaban al cartesianismo,
como E. Maignan, Drouin y Vitase, demostraron muy poca penetración teológica
cuando aseguraron que las apariencias eucarísticas eran meras ilusiones
ópticas, fantasmagoría y accidentes aparentes, adjudicando a la omnipotencia
Divina una influencia inmediata sobre los cinco sentidos. Esta continuidad
física y no meramente óptica de los accidentes Eucarísticos fue insistentemente
repetida por los Padres, y con tan excesivo rigor que la noción de Transubstanciación
parecía estar en peligro. Especialmente contra los monofisitas, quienes
basaron la conversión Eucarística en un argumento paralelo a favor de
la supuesta conversión de la Humanidad de Cristo en Su Divinidad.
(b) El segundo problema
tiene que ver con la Totalidad de la Presencia, lo cual significa que
Cristo completo está presente en toda la Hostia y en cada partícula
por minúscula que sea, como el alma espiritual está presente en el cuerpo
humano. LA dificultad llega al clímax cuando consideramos que no hay
duda aquí del Alma o la Divinidad de Cristo, pero de Su Cuerpo, el cual,
con su cabeza, tronco y extremidades ha adoptado un modo de existencia
espiritual e independencia de espacio. El que la idea de la conversión
de materia corporal en espíritu no puede ser entendida, es claro desde
la sustancia material del mismo Cuerpo Eucarístico. Incluso la antes
mencionada separabilidad de cantidad de sustancia no nos da idea de
la solución, puesto que, de acuerdo con las opiniones mejor fundamentadas,
no solo la sustancia del Cuerpo de Cristo, sino que su propio acomodo,
su cantidad corpórea, i.e., su tamaño completo, con su organización
completa y miembros integrales está presente dentro de los diminutos
límites de la Hostia y asimismo en cada partícula. Los teólogos posteriores,
como Rossigno y Legrand, solucionaron lo inexplicable, diciendo que
Cristo está presente en forma y estatura disminuidas, una suerte de
cuerpo miniatura; mientras que otros como Oswald, Fernández y Casajoana
que dicen que eso no tiene sentido. Los cartesianos, principalmente
el propio Descartes expresó en una carta al P. Mesland, que la identidad
de Cristo Eucaristía con Su Cuerpo Celestial, era preservada por la
identidad de Su Alma, la cual animaba los Cuerpos Eucarísticos.
El tratado más
simple al respecto fue el ofrecido por los escolares, especialmente
Sto. Tomás (III: 76, 4), quien redujo el modo de ser al modo de convertirse,
i.e., llevaron de regreso el modo de la peculiar existencia del Cuerpo
Eucarístico a la Transubstanciación. Dado que ex vi verborum el
resultado inmediato es la presencia del Cuerpo de Cristo, su cantidad,
presente meramente por concomitancia, debe seguir el peculiar modo de
existencia de sus sustancia, y, como el ultimo, debe existir sin división
ni extensión, i.e. enteramente en toda la Hostia y enteramente en cada
partícula. En otras palabras, el Cuerpo de Cristo está presente en el
sacramento, no bajo la forma de “cantidad”, sino de “sustancia”.
El escolasticismo posterior (Belarmino, Suárez, Billuart) trató de mejorar
por esta explicación otras líneas al distinguir entre cantidad externa
e interna. Por cantidad interna, se entiende que la entidad, por virtud
de la cual una sustancia corporal meramente posee “extensión apta”,
i.e. la capacidad de extenderse en un espacio tridimensional. La cantidad
externa, por otro lado, es la misma entidad, pero en cuanto sigue su
tendencia natural a ocupar espacio y realmente se extiende en
las tres dimensiones. A todas luces, por más plausible que sea la razón
para explicar el asunto, se enfrenta, sin embargo, a un gran misterio.
(c)El tercer
y último asunto tiene que ver con la multilocación de Cristo en el cielo
y sobre miles de altares por todo el mundo. Dado que en el orden natural
de las cosas, cada cuerpo está restringido a una posición en el espacio
(unilocación), con base en lo cual la prueba legal de una coartada inmediatamente
libera a una persona de las sospechas de un crimen, la multilocación
sin ninguna duda pertenece al orden sobrenatural. Primero que nada,
no se puede mostrar repugnancia intrínseca al concepto de multilocación.
La multilocación no multiplica el objeto individual, sino solo su relación
externa en relación con y su presencia en el espacio. La filosofía distingue
dos modos de presencia en las criaturas:
§
La circunscriptiva
y,
§
La definitiva.
La primera, el único
modo de presencia propio de los cuerpos, es por virtud de la cual un
objeto está confinado a determinada porción del espacio en el entendido
de que sus varias partes (átomos, moléculas, electrones) también ocupan
sus correspondientes posiciones en el espacio. El Segundo modo de presencia,
que propiamente corresponde a un ser espiritual, requiere que la sustancia
de una cosa exista enteramente en todo el espacio, así como todas y
cada una de las partes en ese espacio. Éste ultimo es el modo de la
presencia del alma en el cuerpo humano. La distinción hecha entre estos
dos modos de presencia es importante, puesto que en la Eucaristía ambos
modos están combinados. Dado que, en primer lugar, se verifica una multilocación
definitiva continua, también llamada replicación, la cual consiste
en que el Cuerpo de Cristo está totalmente presente en cada parte de
la continua y aún entera Hostia y también totalmente presente a través
de toda la Hostia, justo como el alma humana está presente en el cuerpo.
Y precisamente esta última analogía de la naturaleza nos permite adentrarnos
en la posibilidad del misterio Eucarístico. Puesto que si, como se ha
visto arriba, la omnipotencia Divina puede de manera sobrenatural impartir
a un cuerpo un modo espiritual, sin extensión, espacialmente incircunscrito
de presencia, lo cual es natural alma con lo que respecta al cuerpo
humano, uno puede aceptar la posibilidad del Cuerpo Eucarístico de Cristo
presente entero en toda la Hostia y completo y entero en cada minúscula
partícula.
Existe, aún
más, la multilocación discontinua, por la cual Cristo está presente
no solo en una Hostia, sino en incontables Hostias, ya sea en los tabernáculos
o en los altares por todo el mundo. La posibilidad intrínseca de la
multilocación discontinua parece basarse en la no-repugnancia de la
multilocación continua. Siendo la principal dificultad de la última
parece ser que el mismo Cristo esté presente en dos partes diferentes
A y B, de la Hostia continua, siendo inmaterial ya sea que consideremos
las partes A y B unidas por la línea continua AB o no. La maravilla
no se incrementa naturalmente si, por razón de la fracción de la Hostia,
las dos partes A y B están ahora completamente separadas la una de la
otra. Sea o no que los fragmentos de la Hostia disten entre sí una pulgada
o miles de millas es completamente inmaterial esta consideración; no
debe sorprendernos entonces que los católicos adoren al Señor en la
Eucaristía a un tiempo en México, Roma o Jerusalén.
J.
POHLE
Transcrito pot Charles Sweeney, SJ
Traducido por
Antonio Hernández Baca