El pelagianismo recibe su nombre de Pelagio
y designa una herejía del siglo quinto, que niega el pecado original
y la gracia de Cristo.
Vida y escritos de Pelagio
Aparte de los principales episodios de la controversia
pelagiana, poco o nada se conoce sobre la carrera personal de Pelagio.
Sólo después que él da un último adiós a Roma en el 411, son más abundantes
las fuentes. Sin embargo, después del 418, de nuevo se produce un silencio
sobre su persona en la historia. Como S. Agustín (De peccat. orig.,
XXIV) testifica, Pelagio vivió en Roma por largo tiempo.
Podemos suponer que residió allá al menos desde el pontificado del Papa
Anastasio (398-401). Respecto a su larga vida antes del año 400 y, sobre
todo respecto a su juventud, nos hemos quedado enteramente en la oscuridad.
Aun el lugar en que nació está en discusión. Mientras que testimonios
confiables, como Agustín, Orosio, Próspero y Mario Mercator, son absolutamente
explícitos en asignar Gran Bretaña como su país nativo, como así parece
según su cognomen: Brito o
Britannicus. Jerónimo (Praef. in Jerem., lib. I y III) lo ridiculiza
como escocés (loc. cit., "habet enim progeniem Scoticae
gentis de Britannorum vicinia"), quien, habiendo sido rellenado
con gachas de avena escocesa (Scotorum pultibus proegravatus)
sufre de débil memoria. Argumentando correctamente que los escoceses
de aquellos días eran realmente los irlandeses, H. Zimmer ("Pelagius
in Ireland", p.20, Berlin, 1901) ha adelantado razones de peso
para la hipótesis de que el verdadero lugar de origen de Pelagio debiera
ser buscado en Irlanda, y que habría permanecido en el sudoeste de Gran
Bretaña sólo en tránsito hacia Roma. Alto de estatura y corpulento de
apariencia (Jerónimo, loc. cit., "grandis et corpulentus"),
Pelagio tenía educación superior, hablaba y escribía bien, con gran
fluidez, tanto el latín como el griego, además era versado en teología.
Fue monje, entregado consecuentemente a prácticas de ascetismo, pero
nunca fue clérigo. Tanto Orosio como el Papa Zósimo lo llamaron hombre
de leyes. En Roma misma gozó de reputación por su austeridad.
S. Agustín lo llama varón santo, vir sanctus. Mantuvo
una edificante correspondencia que más tarde usó para su defensa
personal con S. Paulino de Nola (405) y otros prominentes obispos.
Durante su permanencia en Roma compuso varias obras:
"De fide Trinitatis libri III", ahora perdida, que fue elogiada
por Gennadio como indispensable materia de lectura para los estudiantes;
"Eclogarum ex divinis Scripturis liber unus", que es la principal
colección de pasajes de la Biblia basada en el "Testimoniorum libri
III" de Cipriano, de esta obra S. Agustín ha preservado un número
de fragmentos; "Commentarii in epistolas S. Pauli", fue elaborada
sin duda antes de la destrucción de Roma por Alarico (410) y conocida
por S. Agustín en el 412, Zimmer (loc. cit.) es digno de crédito por
haber redescubierto, en este comentario sobre S. Pablo, el trabajo original
de Pelagio, que había sido, en el curso del tiempo, atribuido a S. Jerónimo
(P.L., XXX, 645-902), un examen riguroso de esta obra, que ha llegado
a ser de un momento a otro famosa, ha traído a la luz que contiene las
ideas fundamentales condenadas después por la Iglesia como herejía
pelagiana. En esta obra Pelagio negó el estado primitivo del hombre
en el paraíso y el pecado original (cf. P. L., XXX, 678, "Insaniunt,
qui de Adam per traducem asserunt ad nos venire peccatum"), insistió
en la naturalidad de la concupiscencia y la muerte del cuerpo, y vinculó
la existencia y universalidad actual del pecado al mal ejemplo dado
por Adán al cometer el primer pecado. Como todas las ideas de Pelagio
estuvieron principalmente radicadas en la antigua filosofía pagana especialmente
en el popular sistema de los estoicos en lugar de estarlo en el
cristianismo, consideró la fuerza moral de la voluntad humana (liberum
arbitrium), cuando está fortalecida por el ascetismo, como suficiente
en sí misma para desear y conseguir el noble ideal de la virtud. El
valor de la redención de Cristo era, en su opinión, limitado principalmente
a la formación (doctrina)
y al ejemplo (exemplum) que el Salvador puso en la balanza
como contrapeso frente al mal ejemplo de Adán, de manera que la naturaleza
mantiene la habilidad de someter al pecado y ganar la vida eterna aun
sin la ayuda de la gracia. Por justificación mediante la sola fe hemos
sido indudablemente limpiados de nuestros pecados personales (loc. cit.,
663, "per solam fidem justificat Deus impium convertendum"),
pero este perdón (gratia remissionis) no implica una renovación
interior de la santificación del alma. Hasta que punto la doctrina de
la sola fides no haya tenido un defensor más potente antes de Lutero
que Pelagio y si, en particular, la concepción protestante de
fe fiducial despuntó en éste varios siglos antes que en Lutero, como
Loofs ("Realencyklopädies fur protest. Theologie", XV, 753,
Leipzig, 1904) asume, es algo que probablemente necesita más cuidadoso
examen. Por lo demás, Pelagio no habría anunciado nada nuevo con esta
doctrina, dado que los adversarios de la naciente Iglesia Apostólica
estaban ya familiarizados con la justificación por la sola fe
(cf. JUSTIFICACION). Por otro lado, la presunción de Lutero de ser el
primero en proclamar la doctrina de la fe fiducial, ya había encontrado
oposición. Sin embargo Pelagio insiste expresamente (loc. cit. 812),
"Ceterum sine operibus fidei, non legis, mortua est fides".
Pero el comentario de Pelagio sobre S. Pablo guarda silencio respecto
a un punto doctrinal, es decir, el significado del bautismo de los niños,
esto lleva a suponer que aun entonces era claramente consciente de la
existencia del pecado original en los niños.
Para explicar psicológicamente la entera línea de pensamiento
de Pelagio, no basta remontarse al ideal del hombre sabio cuyo modelo
trazó siguiendo los principios éticos de los estoicos, sobre los que
estaba centrada su visión. Debemos también tener en cuenta que, su intimidad
con los griegos desarrolló en él, por su desconocimiento de sí mismo,
una unilateralidad que, a primera vista parece perdonable. El error
más grave en que él y el resto de los pelagianos cayeron, fue el de
no suscribir las decisiones doctrinales de la Iglesia. Mientras los
latinos pusieron énfasis en la culpa más que en el castigo, como la
principal característica del pecado original, los griegos (aun Crisóstomo)
pusieron más fuerza en el castigo que en la culpa. Teodoro de Mopsuestia
fue todavía más lejos al negar la posibilidad de la culpa original y,
en consecuencia, el carácter penal de la muerte corporal. Además, en
ese tiempo, la doctrina de la gracia cristiana era por doquier vaga
e indefinida; aun el Occidente estaba convencido de que nada más que
una especie de asistencia era necesaria para la salvación y ésta era
dada gratuitamente, pero su naturaleza era poco entendida. En Oriente,
además, como compensación del difundido fatalismo, el poder moral y
la libertad de la voluntad habían sido por momentos muy destacados o
se había insistido demasiado fuertemente en la gracia asistente
siendo más tenida en cuenta que la gracia preveniente
(ver GRACIA). Debido a la intervención de S. Agustín y de la Iglesia,
se fue alcanzando gradualmente una mayor claridad en las cuestiones
disputadas y se dio un primer impulso hacia un desarrollo más atento
de los dogmas del pecado original y la gracia.
Pelagio
y Celestio
Una influencia de largo alcance, sobre el posterior desarrollo
del pelagianismo, tuvo la amistad que Pelagio contrajo en Roma con Celestio,
un abogado de noble ascendencia (probablemente italiana). Eunuco por
nacimiento, pero dotado con buenos talentos, Celestio había sido ganado
para el ascetismo debido a su entusiasmo por la vida monástica y, en
su condición de monje lego, él se esforzó por convertir las máximas
prácticas, aprendidas de Pelagio, en principios teóricos que fueron
propagados en Roma con éxito. S. Agustín, mientras califica a Pelagio
de misterioso, mendaz y peligroso, llama a Celestio (De peccat. orig.,
XV) no sólo increíblemente locuaz, sino también persona
de ánimo abierto, obstinado y desenvuelto en las relaciones sociales.
Aun cuando sus secretas o abiertas intrigas no pasaron desapercibidas,
los dos amigos Pelagio y Celestio no fueron molestados por
los círculos oficiales romanos. Pero las cosas cambiaron cuando, en
el 411, dejaron el hospitalario suelo de la metrópoli, al ser saqueada
por Alarico (410), y se embarcaron al África del Norte. Cuando desembarcaron
en la costa, cerca de Hipona, Agustín, el Obispo de la ciudad, estaba
ausente, encontrándose muy ocupado en calmar las disputas donatistas
en África. Más tarde se encontraría con Pelagio en Cartago varias veces,
pero sin entrar en estrecha relación con él. Después de una breve estadía
en África del Norte, Pelagio viajó a Palestina, mientras Celestio trató
de ser ordenado presbítero en Cartago. Pero su plan fue frustrado por
el diácono Paulino de Milán, quien envió al Obispo Aurelio un memorial
en el que las seis tesis de Celestio quizá extraídas de su obra
ahora perdida "Contra traducem peccati" fueron marcadas
como heréticas. Las tesis eran las siguientes:
- Aun
si Adán no hubiera pecado, habría muerto.
- El
pecado de Adán lo perjudicó sólo a él, no a la humanidad entera.
- Los
niños recién nacidos se encuentran en el mismo estado que Adán antes
de la caída.
- La
humanidad entera ni murió a través del pecado o de la muerte de Adán,
ni resucitó a través de la resurrección de Cristo.
- La
ley mosaica es tan buena guía para el cielo como el Evangelio.
- Antes
de la venida de Cristo hubo hombres que se mantuvieron sin pecado.
A causa de estas doctrinas, que contienen claramente
la quinta esencia del pelagianismo, Celestio fue citado para comparecer
ante el sínodo de Cartago (411); pero se negó a retractarse de ellas,
alegando que la herencia del pecado de Adán era una cuestión abierta
y que su negación no era una herejía. Como resultado, Celestio no fue
sólo excluido de la ordenación, sino que sus seis tesis fueron condenadas.
Declaró entonces su intención de apelar al Papa en Roma, pero, sin ejecutar
su decisión, se fue a Éfeso en Asia Menor, donde fue ordenado sacerdote.
Mientras tanto las ideas de Pelagio habían infectado
un amplia área, especialmente en torno a Cartago, de manera que Agustín
y otros obispos se vieron impulsados a tomar una postura firme contra
estas concepciones en los sermones y conversaciones privadas. Urgido
por su amigo Marcelino, quien diariamente soportó extenuantes
debates con hermanos equivocados, S. Agustín en el 412 escribió
sus famosas obras "De peccatorum meritis et remissione libri III"
(P. L., XLIV, 109 sqq.) y "De spiritu et litera" (ibid., 201
sqq.) , en las que positivamente establece la existencia del pecado
original, la necesidad del bautismo de los niños, la imposibilidad de
una vida sin pecado, y la necesidad de la gracia interior (spiritus)
en oposición a la gracia exterior de la ley (litera). Cuando
en el 414 inquietantes rumores llegaron de Sicilia y, las así llamadas
"Definitiones Caelestii" (reconstruidas por Garnier, "Marii
Mercatoris Opera", I, 384 sqq., Paris, 1673), consideradas obras
de Celestio, fueron enviadas a S. Agustín, publicó como réplica: "De
perfectione justitiae hominis" (P. L., XLIV, 291 sqq.), obra en
la que, otra vez, demolió la ilusión de una completa libertad frente
al pecado. Fuera de hacerlo por caridad, también con el fin de vencer
el error más eficazmente, Agustín, en estos escritos, nunca mencionó
a los dos autores de la herejía por su nombre.
En tanto, Pelagio, quien permanecía en Palestina, no
se quedó inactivo; escribió una carta, que aún se conserva (en P. L.,
XXX, 15-45), a una noble virgen romana llamada Demetria quien, a la
llegada de Alarico, había emigrado a Cartago. A ella le había inculcado
sus principios estoicos de la ilimitada energía de la naturaleza. Además
publicó en el 415 una obra ahora perdida: De natura, en
la que trata de probar su doctrina a partir de autoridades, apelando
no sólo a los escritos de Hilario y Ambrosio, sino también a las obras
más recientes de Jerónimo y Agustín, estando aún, estos ambos, vivos.
S. Agustín le respondió entonces con su tratado "De natura et gratia"
(P. L., XLIV, 247 sqq.). Jerónimo, sin embargo, a quien Orosio, sacerdote
español, discípulo de Agustín, había personalmente explicado el peligro
de la nueva herejía, y quien había sido humillado por la severidad con
que Pelagio hubo criticado su comentario a la Epístola a los Efesios,
maduró con el tiempo su entrada en la lista de los opositores a Pelagio;
lo hizo mediante su carta a Ctesiphon (Ep. CXXLIII) y su obra llena
de gracia "Dialogus contra Pelagianos" (P. L., XXIII, 495
sqq.). Estuvo ayudado por Orosio, quien inmediatamente acusó a Pelagio
de herejía en Jerusalén. Después, el obispo de Jerusalén estimó mucho
(S. Agustin, "Ep. CLXXIX") a Pelagio y lo tomó como su invitado.
Convocó en Julio del 415 un concilio diocesano para la investigación
del cargo. Los procedimientos se vieron obstaculizados por el hecho
de que Orosio, la parte acusadora, no entendía el griego y había conseguido
un mal intérprete, mientras que Pelagio, el defendido, fue muy hábil
para defenderse a sí mismo en griego y sostener su ortodoxia. Sin embargo,
de acuerdo al informe personal (escrito al término del 415) de Orosio
(Liber apolog. contra Pelagium, P. L., XXXI, 1173), las partes litigantes
al final acordaron dejar el último juicio de todas las cuestiones a
los latinos dado que tanto Pelagio como sus adversarios eran latinos
y apelar a la decisión de Inocencio I; mientras tanto se impuso silencio
a ambas partes.
Pero Pelagio tenía concedido sólo un breve plazo. Porque
en el mismo año, los obispos de las Galias, Heros de Arlés y Lázaro
de Aix, quienes, después de la derrota del usurpador Constantino (411),
habían dejado sus diócesis retirándose a Palestina, llevaron el asunto
ante el obispo Eulogio de Cesarea, con el resultado de que este último
convocó a Pelagio en diciembre del 415, delante de un sínodo de catorce
obispos que se llevó a cabo en Diospolis, la antigua Lida. Sin embargo,
la fortuna favoreció otra vez al heresiarca. Respecto a las acciones
legales y el asunto en sí estamos extraordinariamente bien informados
gracias a De gestis Pelagii (P. L., XLIV, 319 sqq.) de S.
Agustín, obra escrita en el 417 y basada en las actas del sínodo. Pelagio
puntualmente obedeció a las citaciones, pero los principales acusadores,
Heros y Lazaro, no hicieron su aparición, uno de ellos debido su mala
salud. Y como Orosio, demasiado, expuesto al ridículo y perseguido por
el obispo Juan de Jerusalén, hubo de partir, Pelagio no se defendió
personalmente sino que encontró un hábil abogado en el diácono Aniano
de Celeda (cf. Hieronym., "Ep. cxliii", ed. Vallarsi, I, 1067).
Los puntos principales de la petición fueron traducidos al griego por
un intérprete y leídos sólo como un extracto. Pelagio, habiendo ganado
la buena voluntad de la asamblea, debido a que les leyó algunas cartas
privadas recibidas de prominentes obispos, entre ellos S. Agustín (Ep.
cxlvi) empezó a remover y refutar las diversas acusaciones. Entonces,
se eximió del cargo de que él había afirmado la posibilidad de una vida
sin pecado, solamente dependiente de la libre voluntad; diciendo, por
el contrario, que requería la ayuda de Dios (adjutorium Dei)
para vivir sin pecado, aunque, sin embargo, con esto no se refería nada
más que a la gracia de la creación (gratia creationis). Respecto
a las otras doctrinas de que se le acusaba, dijo que, tal como estaban
formuladas en la acusación, no eran de su autoría sino de Celestio,
y que él las rechazaba. Después de la audiencia, no quedó nada más para
el sínodo, que retirar los cargos al defendido y anunciar que éste gozaba
de la comunión con la Iglesia. Oriente ahora había hablado dos veces
y no había encontrado nada que condenar en Pelagio, porque él había
escondido sus auténticas convicciones a los jueces.
Continuación y fin de la controversia (415-418).
La nueva absolución de Pelagio no dejó de causar excitación y alarma en el
Norte del África, donde Orosio se había dirigido en el 416 con cartas
de los obispos Heros y Lázaro. Para enfrentar la cuestión algo decisivo
debía hacerse. En otoño del 416, 67 obispos del África Proconsular se
reunieron en un sínodo en Cartago, fue presidido por Aurelio, mientras
que 59 obispos de la provincia eclesiástica de Numidia, a la que pertenecía
la sede de Hipona, sede de S. Agustín, sostuvieron un sínodo en Milevo.
En ambos lugares las doctrinas de Pelagio y Celestio fueron de nuevo
rechazadas como contradictorias a la fe católica. Sin embargo, para
asegurar sus decisiones con la autoridad de la Santa Sede,
ambos sínodos escribieron a Inocencio I, pidiendo su sanción suprema.
Además, para llamar la atención del Papa con mayor fuerza sobre la seriedad
de la situación, cinco obispos (Agustín, Aurelio, Alipio, Evodio y Posidio)
le adelantaron una carta conjunta en la que detallaban la doctrina del
pecado original, el bautismo de los niños, y la gracia cristiana (S.
Agustín, "Epp. clxxv-vii"). En tres cartas separadas, fechadas
el 27 de enero del 417, el Papa contestó a las cartas sinodales de Cartago
y Milevo así como también a las de los cinco obispos (Jaffé, "Regest.",
2nd ed., nn. 321-323, Leipzig, 1885). Comenzando a partir del principio
de que las resoluciones de los sínodos provinciales no tienen fuerza
vinculante hasta que son confirmadas por la suprema autoridad de la
sede apostólica, el Papa desarrolló la enseñanza católica sobre el pecado
original y la gracia y excluyó a Pelagio y Celestio, quienes habían
rechazado estas enseñanzas, de la comunión con la Santa Sede, hasta
que ellos reviertan sus pareceres (donec resipiscant). En África,
donde la decisión fue recibida con sincera alegría, la controversia
no podía considerarse cerrada, y Agustín, el 23 de septiembre del 417
anunció desde el púlpito (Serm., cxxxi, 10 in P. L., XXXVIII, 734),
"Jam de hac causa duo concilia missa sunt ad Sedem apostolicam,
inde etiam rescripta venerunt; causa finita est". Dos sínodos han
escrito a la santa sede sobre este asunto, la respuesta ha llegado,
el asunto ya está aclarado). Pero él estaba equivocado, el asunto aún
no había quedado terminado.
Inocencio I murió el 12 de marzo del 417 y Zósimo, un
griego de nacimiento, lo sucedió. Ante su tribunal la cuestión pelagiana
en su integridad fue ahora una vez más abierta y discutida con todas
sus implicancias. La ocasión para esto fueron las instancias que Pelagio
y Celestio enviaron a la Sede Romana para justificarse a sí mismos.
Pero, aunque las previas decisiones de Inocencio I habían removido todas
las dudas sobre el asunto mismo, aún la cuestión de las personas comprometidas
estaba sin decidir, es decir: ¿Habían realmente enseñado Pelagio y Celestio
las doctrinas condenadas como heréticas? El sentido de justicia de Zósimo
le impedía castigar a alguien con excomunión, siendo éste dudosamente
convicto de su error. Y, si los pasos recientemente dados por los dos
que se defendían habían sido considerados, las dudas que debieron surgir
sobre este punto no fueron enteramente carentes de fundamento. En el
416 Pelagio publicó un nuevo trabajo, ahora perdido, De libero
arbitrio libri IV que, en su fraseología parece inclinarse hacia
la concepción agustiniana de gracia y del bautismo de los infantes,
aunque en principio no se separe del anterior punto de vista del mismo
autor. Hablando de la gracia cristiana, Pelagio no sólo admite la revelación
divina, sino que además se refiere un tipo de gracia interior, es decir
una iluminación de la mente (por medio de los sermones, la lectura de
la Biblia, etc.) añadiendo, sin embargo, que esta última no sirve para
que sea posible hacer obras que salven, sino sólo para facilitar su
realización. Respecto al bautismo de los infantes, Pelagio afirma que
les debe ser administrado en la misma forma que a los adultos, no para
limpiar a los niños de un reato original, sino para asegurar su entrada
en el reino de Dios. Los niños no bautizados, estima, podrían
ser excluidos del reino de Dios después de su muerte, pero
no de la vida eterna. Pelagio envió esta obra junto con
una confesión de fe que aún se conserva. En ella testimonia su obediencia
como la de un niño, humildemente necesitado y, al mismo tiempo reconoce
inexactitudes fortuitas que pueden ser corregidas por él quien sostiene
la misma fe y el parecer de Pedro. Todo esto fue dirigido a Inocencio
I, de cuyo deceso Pelagio no se había aún enterado. Celestio quien,
mientras tanto, había cambiado su residencia de Éfeso a Constantinopla,
pero había sido proscrito desde entonces por el obispo anti-pelagiano
Ático, dio activamente pasos hacia su rehabilitación. En el 417 fue
a Roma en persona y dejó a los pies de Zósimo una confesión de fe detallada
(Fragmentos, P. L., XLV, 1718), en ésta afirma su creencia en todas
las doctrinas, desde que hay un Dios Uno y Trino hasta la resurrección
de los muertos (cf. S. Agustín, "De peccato orig.",
xxiii). Muy contento con esta fe católica y obediencia, Zósimo envió
dos cartas diferentes (P. L., XLV, 1719 sqq.)
a los obispos africanos, diciendo que, en el caso de Celestio,
los obispos Heros y Lázaro habían procedido sin la debida circunspección
y que, Pelagio también, como se había probado por su reciente confesión
de fe, no se había desviado de la verdad católica. Como para el caso
de Celestio, quien estaba entonces en Roma, el Papa encargó a los Africanos
revisar la anterior sentencia o acusarlo de herejía delante del mismo
Papa dentro de dos meses. El mandato papal golpeó África como una bomba.
Con gran rapidez se convocó un sínodo en Cartago en noviembre del 417,
y se escribió a Zósimo pidiéndole no rescindir la sentencia que su predecesor,
Inocencio I, había pronunciado contra Pelagio y Celestio, hasta que
ambos hubieran confesado la necesidad de la gracia interior para todos
los pensamientos, palabras y actos saludables. Al fin Zósimo se detuvo.
Por un rescripto del 21 de marzo del 418, aseguró a ellos que no se
había pronunciado definitivamente, sino que había despachado al África
todos los documentos sobre el pelagianismo para pavimentar el camino
hacia una nueva investigación conjunta. De acuerdo con el mandato papal
se celebró el primero de mayo del 418, en presencia de 200 obispos,
el famoso Concilio de Cartago, que otra vez tipificó al pelagianismo
como una herejía en ocho (o nueve) cánones (Denzinger, "Enchir.",
10th ed., 1908, 101-8). Debido a su importancia ellos se resumen a continuación:
La muerte no vino para Adán por necesidad física sino
a través del pecado.
Los niños recién nacidos deben ser bautizados a causa
del pecado original.
La gracia justificante no sólo vale para perdonar los
pecados pasados sino que ayuda a evitar los pecados futuros.
La gracia de Cristo no sólo permite conocer los mandamientos
de Dios sino que también da fuerza a la voluntad para ejecutarlos.
Sin la gracia de Dios no es tan sólo más difícil, sino
absolutamente imposible, realizar buenas obras.
No sólo por humildad sino con toda verdad debemos confesarnos
como pecadores.
Los santos refieren la petición del Padrenuestro, Perdona
nuestras ofensas no sólo a otros sino también a ellos mismos.
Los santos pronuncian la misma súplica no sólo por mera
humildad sino con toda verdad.
Algunos códices contienen un noveno canon (Denzinger,
loc. cit., nota 3): Los niños que mueren sin bautismo no van a un lugar
intermedio (medius locus), ya que la no recepción del bautismo
excluye tanto del reino del cielo como de la vida
eterna.
Estos cánones claramente expresados, que (excepto el
último mencionado) después llegaron a ser artículos de fe de la Iglesia
universal, dieron el tiro de gracia al pelagianismo que, muy pronto
o más tarde, se desangraría hasta morir.
Mientras tanto, urgido por los africanos (probablemente
mediante un cierto Valerio, quien como comes tenía una posición
influyente en Ravena) el poder secular también tomó en sus manos la
disputa. El Emperador Honorio, por un rescripto del 30 de abril del
418, desde Ravena, expulsó a todos los pelagianos de las ciudades de
Italia. Si Celestio evadió la audiencia ante Zósimo, a la que él ahora
estaba citado, huyendo de Roma (S. Agustín, "Contra
duas epist. Pelag.", II, 5), o si él fue uno de los primeros en
caer víctima del decreto imperial de exilio, no puede ser satisfactoriamente
establecido a partir de las fuentes. Respecto a su vida posterior, hemos
dicho que en el 421, nuevamente, llegó a Roma o a sus proximidades pero
fue expulsado una segunda vez por un rescripto imperial (cf. P. L.,
XLV, 1750). Se afirma además que en el 425 su petición de audiencia
con Celestino I fue respondida con una tercera expulsión (cf. P. L.,
LI, 271). Entonces buscó refugio en Oriente, donde lo encontraremos
más tarde. Pelagio no pudo ser incluido en el decreto imperial de exilio
de Roma, porque en ese momento sin duda residía en el Oriente, ya que
a más tardar en el verano del 418, se comunicó con Piniano y su esposa
Melania, quienes vivían en Palestina (cf. Card. Rampolla, "Santa
Melania giuniore", Roma, 1905). Pero esta es la última información
que tenemos sobre él. Probablemente murió en el oriente. Habiendo recibido
las actas del Concilio de Cartago, Zósimo envió a todos los obispos
del mundo su famosa "Epistola tractoria" (418) de la que desgraciadamente
solamente nos han llegado fragmentos. La encíclica papal, un largo documento,
proporcionó un minucioso recuento de la entera "causa Caelestii
et Pelagii", de cuyas obras incluye abundantes citas, y categóricamente
demanda la condenación del pelagianismo como una herejía. La afirmación
de que cada uno de los obispos del mundo estaba obligado a confirmar
esta circular mediante su propia firma, no puede ser probada, es más
probable que se hubiera requerido a los obispos transmitir a Roma su
acuerdo por escrito; si un obispo se negaba a firmar, sería depuesto
de su oficio y condenado. Un segundo y más drástico rescripto publicado
por el emperador el 9 de junio del 419 y dirigido al Obispo Aurelio
de Cartago (P. L., XLV, 1731), dio fuerza adicional a la medida.
El triunfo de Agustín fue completo. En el 418, sacando
el balance de cómo fue la entera controversia, escribió contra los heresiarcas
su última gran obra: "De gratia Christi et de peccato originali"
(P. L., XLIV, 359 sqq.).
Las disputas de San Agustín con Julián de Eclana (419-428)
Mediante las vigorosas medidas adoptadas en el 418 el
pelagianismo estaba sin duda condenado pero no aplastado. Entre los
dieciocho obispos de Italia que fueron exiliados por rehusarse a firmar
el decreto papal, Julián, Obispo de Eclana, una ciudad de la Apulia
ahora abandonada, fue el primero en protestar contra la Tractoria
de Zósimo. Muy bien educado y capaz en filosofía y dialéctica, asumió
el liderazgo entre los pelagianos. Pero pelear por el pelagianismo
ahora significa pelear contra Agustín. El ámbito literario fue
el fijado para el combate. Es probable que el mismo Julián haya sido
quien denunció a San Agustín como damnator nupitarum ante el
influyente comes Valerio en Ravena, un hombre noble, quien estaba
muy felizmente casado. Para enfrentar la acusación, Agustín escribió
al comienzo del 419 una apología: "De nuptiis et concupiscentia
libri II" (P. L., XLIV, 413 sqq.) y la dirigió a Valerio. Inmediatamente
después (419 o 420), Julián publicó una réplica que atacaba el primer
libro de la obra de Agustín y llevaba el título de "Libri IV ad
Turbantium". Agustín refutó esta obra de Julián en su famosa réplica,
escrita en el 421 o 422: "Contra Iulianum libri VI" (P.
L., XLIV, 640 sqq.). Cuando dos circulares pelagianas, escritas por
Julián castigando las concepciones maniqueas de los antipelagianos,
cayeron en sus manos, las atacó enérgicamente (420 0 421) en una obra
dedicada a Bonifacio I, "Contra duas epistolas Pelagianorum libri
IV" (P. L., XLIV, 549 sqq.). Siendo conducido fuera de Roma, Julián
encontró (a más tardar en el 421) un lugar de refugio en Cilicia con
Teodoro de Mopsuestia. Allí empleó su tiempo libre para elaborar una
extensa obra: "Libri VIII ad Florum", que fue enteramente
dedicada a refutar el segundo libro del "De nuptiis et concupiscentia"
de San Agustín. Esa obra fue redactada poco después del 421, así que
no llegó a ser conocida por San Agustín hasta el 427. La última réplica,
que cita la argumentación de Julián sentencia por sentencia, refutándolas
una a una, fue desarrollada sólo hasta el sexto libro, de aquí que se
la denomine en la literatura patrística como "Opus imperfectum
contra Iulianum" (P. L., XLV, 1049 sqq.). Un reporte comprehensivo
del pelagianismo, que puso en definido relieve las concepciones diametralmente
opuestas de su autor, fue elaborado por Agustín en su obra "De
haeresibus" (P. L., XLII, 21 sqq.). Se trata de uno de los últimos
escritos de San Agustín publicado antes de su muerte (430), que ya no
fue dirigido contra el pelagianismo sino contra el semipelagianismo.
Después de la muerte de Teodoro de Mopsuestia (428),
Julián de Eclana dejó la hospitalaria
ciudad de Cilicia y, en el 429 lo encontramos inesperadamente en compañía
de sus compañeros exiliados: los obispos Floro, Oroncio y Fabio; en
la Corte del Patriarca Nestorio de Constantinopla, quien voluntariamente
mantuvo a los fugitivos. Fue aquí también, en el 429, donde Celestio
emergió otra vez como protegido del patriarca. Esta es su última aparición
en la Historia. A partir de aquí toda traza de él se ha perdido. Los
obispos exiliados no por mucho tiempo gozaron de la protección de Nestorio.
Cuando Mario Mercator, un laico y amigo de San Agustín, que estuvo presente
en Constantinopla, escuchó sobre las maquinaciones de los pelagianos
en la ciudad imperial, escribió hacia fines del 429 su "Commonitorium
super nomine Caelestii" (P. L., XLVIII, 63 sqq.), en el que expuso
la desgraciada vida y el carácter herético de los protegidos de Pelagio.
El resultado fue que el emperador Teodosio II decretó su destierro en
el 430. Cuando el Concilio Ecuménico de Éfeso (431) repitió la condenación
pronunciada en occidente (cf. Mansi, "Concil. collect.", IV,
1337), el pelagianismo fue aplastado en oriente. De acuerdo al confiable
reporte de Próspero de Aquitania ("Chronic." ad a. 439, in
P. L., LI, 598), Julián de Eclana, pretendiendo arrepentimiento, trató
de retomar posesión de su anterior diócesis, plan que Sixto III frustró
valientemente. El año de su muerte es incierto. Parece que murió en
Italia entre el 441 y el 445 durante el reinado de Valentiniano III.
Últimas trazas del Pelagianismo (429-529)
Después del Concilio de Éfeso (431), el pelagianismo
no ocasionó más disturbios en la Iglesia Griega, de manera que los historiadores
del siglo quinto no mencionan ya
la controversia ni los nombres de los heresiarcas. Pero los rescoldos
de la herejía continuaron encendidos en occidente y ésta murió muy lentamente.
Los principales centros fueron las Galias y Gran Bretaña. Respecto a
las Galias, un sínodo, celebrado probablemente en Troyes en el 429,
se vio obligado a tomar medidas contra los pelagianos. Este sínodo además
envió a los obispos Germán de Auxerre y Lobo de Troyes a Gran Bretaña,
para combatir la rampante herejía, que recibió poderoso apoyo de dos
discípulos de Pelagio: Agrícola y Fastidius (cf. Caspari, "Letters,
Treatises and Sermons from the two last Centuries of Ecclesiastical
Antiquity", pp. 1-167, Christiana, 1891). Casi un siglo después,
Gales fue el centro de las intrigas pelagianas. El santo arzobispo David
de Menevia participó en el 519 en el Sínodo de Brefy y dirigió sus ataques
contra los pelagianos residentes allá. Después fue hecho Primado de
Cambria y convocó un sínodo contra ellos. En Irlanda también el Comentario
de S. Pablo de Pelagio, descrito al comienzo de este artículo,
estuvo en uso por largo tiempo después, como está probado por varias
citas irlandesas de esta obra. Aun en Italia se pueden encontrar trazas,
no solamente en la diócesis de Aquileia (cf. Garnier, "Opera Marii
Mercat.", I, 319 sqq., Paris, 1673) sino también en Italia central;
el así llamado "Liber Praedestinatus", escrito cerca del 440
quizá en Roma misma, consta no tanto de semipelagianismo sino, más bien,
de genuino pelagianismo (cf. von Schubert, "Der sog. Praedestinatus,
ein Beitrag zur Geschichte des Pelagianismus", Leipzig, 1903).
Un reporte más detallado de este trabajo podrá ser encontrado en el
artículo PREDESTINACIONISMO. No fue sino hasta el segundo Concilio de
Orange (529) cuando el pelagianismo exhaló su último aliento en Occidente,
pero esta convención dirigió sus decisiones primariamente contra el
semipelagianismo (q.v.).
JOSEPH POHLE
Transcrito by Anthony A. Killeen
Aeterna non
caduca
Traducido por Luis
Francisco Eguiguren Callirgos, Doctor en Filosofía, Pontificia Università
della Santa Croce, Roma, Profesor de la Universidad de Piura, Perú.