Polemista, filósofo y teólogo, nacido en 1079; muerto
en 1142. Pedro Abelardo (también escrito Abeillard, Abailard,
etc., mientras que los mejores manuscritos ponen Abaelardus) nació
en la pequeña aldea de Pallet, a unas diez millas al este de
Nantes, en Bretaña. Su padre, Berengario, era el señor
de la aldea, su madre se llamaba Lucía; ambos abrazaron más
tarde el estado monástico. Pedro, el mayor de sus hijos, estaba
destinado a la carrera militar, pero como él mismo nos cuenta,
abandonó a Marte por Minerva, la profesión de las armas
por la del saber. Así pues, a temprana edad, dejó el
castillo de su padre y buscó instrucción como estudiante
itinerante en las escuelas de los más renombrados maestros
de aquellos días. Entre esos maestros estaba Roscelin el Nominalista,
en cuya escuela de Locmenach, cerca de Vannes, Abelardo pasó
con seguridad algún tiempo antes de continuar a París.
Aunque la Universidad de París no existió como institución
organizada hasta más de medio siglo después de la muerte
de Abelardo, florecían en su época en París la
Escuela de la Catedral, la Escuela de Ste. Geneviève, y la
de St. Germain des Prés, las precursoras de las escuelas universitarias
del siglo siguiente. La Escuela de la Catedral era indudablemente
la más importante de ellas, y allá dirigió sus
pasos el joven Abelardo para estudiar dialéctica con el renombrado
maestro (scolasticus) Guillermo de Champeaux. Pronto, sin embargo,
el joven provinciano, al que el prestigio de un gran nombre estaba
lejos de inspirar temor, no sólo se aventuró a objetar
la enseñanza del maestro parisino, sino que intentó
establecerse como maestro rival. Encontrando que esto no era asunto
fácil en París, estableció su escuela primero
en Melun y luego en Corbeil. Esto fue, probablemente, en el año
1101. El par de años siguientes Abelardo los pasó en
su lugar natal "casi aislado de Francia", como él
dice. La razón de este retiro forzoso de la lucha dialéctica
fue la falta de salud. Al volver a París volvió a ser
de nuevo alumno de Guillermo de Champeaux con el propósito
de estudiar retórica. Cuando Guillermo se retiró al
monasterio de San Víctor, Abelardo, que mientras tanto había
reanudado su enseñanza en Melun, se apresuró a ir a
París para conseguir la cátedra de la Escuela de la
Catedral. Habiendo fracasado en esto, estableció su escuela
en el Monte de Ste. Geneviève (1108). Allí y en la Escuela
de la Catedral, en la que finalmente en 1113 logró obtener
una cátedra, disfrutó de un gran renombre como maestro
de retórica y dialéctica. Antes de empezar la tarea
de enseñar teología en la Escuela de la Catedral, fue
a Laon, donde se presentó al venerable Anselmo de Laon como
estudiante de teología. Pronto, sin embargo, la petulante inquietud
bajo control se impuso una vez más a sí mismo, y no
estuvo contento hasta que hubo desconcertado tan completamente al
maestro de teología de Laon como había acosado con éxito
al maestro de retórica y dialéctica de París.
Partiendo del propio relato de Abelardo del incidente, es imposible
no echarle la culpa de la temeridad que le hizo enemigos tales como
Alberico y Lodulfo, discípulos de Anselmo, que, más
tarde, se manifestaron contra Abelardo. Los "estudios teológicos"
seguidos por Abelardo en Laon fueron lo que hoy llamaríamos
el estudio de la exégesis.
No puede dudarse de que la carrera de Abelardo como maestro en París,
de 1108 a 1118, fue excepcionalmente brillante. En su "Historia
de mis calamidades" (Historia Calamitatum) nos cuenta como los
alumnos acudían en tropel a él de todos los paises de
Europa, una afirmación que es corroborada por la autoridad
de sus contemporáneos. Fue, de hecho, el ídolo de París;
elocuente, vivaz, bien parecido, poseedor de una voz inusualmente
rica, lleno de confianza en su propio poder de agradar, tuvo, como
nos dice, el mundo entero a sus pies. Que Abelardo era excesivamente
consciente de estas ventajas se admite por sus más ardientes
admiradores; de hecho, en la "Historia de mis calamidades"
confiesa que en ese periodo de su vida estaba henchido de vanidad
y orgullo. A esas faltas atribuye su caída, que fue tan repentina
y trágica, como lo fue todo, al parecer, en su meteórica
carrera. Nos cuenta en lenguaje gráfico la historia que ha
llegado a formar parte de la literatura amorosa clásica, cómo
se enamoró de Eloísa, sobrina del canónigo Fulberto;
no nos ahorra ningún detalle de la historia, refiere todas
las circunstancias de su trágico fin, la brutal venganza del
canónigo, la huída de Eloísa a Pallet, donde
nació su hijo, al que llamó Astrolabio, la boda secreta,
el retiro de Eloísa al convento de monjas de Argenteuil, y
su abandono de la carrera académica. Él era en esa época
un clérigo con órdenes menores, y había, naturalmente,
deseado ansiosamente una distinguida carrera como maestro eclesiástico.
Tras su caída, se retiró a la Abadía de St. Denis,
y, habiendo Eloísa tomado el velo en Argenteuil, él
tomó el hábito de monje benedictino en la Abadía
real de St. Denis. Él, que se había considerado "el
único filósofo superviviente en todo el mundo"
estaba deseoso de ocultarse-definitivamente, según pensaba-
en la soledad monástica. Pero cualesquiera que fueran los sueños
que hubiera forjado de una paz final en su retiro monástico,
fueron pronto rotos. Se peleó con los monjes de St. Denis,
siendo la ocasión su irreverente crítica de la leyenda
de su santo patrono, y fue enviado a una institución filial,
un priorato o cella, dónde una vez más atrajo la desfavorable
atención por el espíritu de la enseñanza que
impartía en filosofía y teología. "Más
sutil y más erudito que nunca", como lo describe un contemporáneo
(Otto de Freising) reanudó la antigua disputa con los discípulos
de Anselmo. Por influencia de ellos, su ortodoxia, especialmente sobre
la doctrina de la Santísima Trinidad fue atacada, y fue llamado
a presentarse ante un concilio en Soissons, en 1121, presidido por
el legado papal, Kuno, obispo de Praeneste. Aunque no es fácil
determinar exactamente lo que tuvo lugar en el Concilio, está
claro que no hubo condena formal de las doctrinas de Abelardo, pero
fue con todo condenado a recitar el Credo de Atanasio, y a quemar
su libro sobre la Trinidad. Aparte, fue sentenciado a prisión
en la abadía de St. Médard, a instancias, al parecer,
de los monjes de St. Denis, cuya enemistad, especialmente la de su
abad Adam, era implacable. En su desesperación, huyó
a un lugar desierto en las proximidades de Troyes. Allí comenzaron
pronto a acudir en tropel los alumnos, se construyeron cabañas
y tiendas para recibirlos, y se erigió un oratorio, bajo la
advocación de "El Paráclito", y allí
se renovó su antiguo éxito como maestro.
Después de la muerte de Adam, abad de St. Denis, su sucesor,
Suger, absolvió a Abelardo de la censura, y así le restauró
su rango de monje. Habiendo la abadía de St Gildas de Rhuys,
cerca de Vannes, en la costa de Bretaña, perdido a su Abad
en 1125, eligió a Abelardo para ocupar su puesto. Al mismo
tiempo se dispersó la comunidad de Argenteuil, y Eloísa
alegremente ingresó en el oratorio del Paráclito, donde
llegó a ser Abadesa. Como Abad de St. Gildas, Abelardo tuvo,
según su propio relato, una época muy turbulenta. Los
monjes, considerándolo demasiado estricto, intentaron de varias
formas liberarse de su gobierno, e incluso intentaron envenenarlo.
Finalmente le hicieron abandonar el monasterio. Conservando el título
de Abad, residió por un tiempo en las cercanías de Nantes
y después (probablemente en 1136) reanudó su carrera
como maestro en París y revivió, hasta cierto punto,
el renombre de los días en que, veinte años antes, reunía
a "toda Europa" para oír sus lecciones. Entre sus
discípulos en esta época se hallaban Arnaldo de Brescia
y Juan de Salisbury. Ahora comienza el último acto de la tragedia
de la vida de Abelardo en la que San Bernardo tuvo parte conspicua.
El monje de Clairvaux, el hombre más poderoso de la Iglesia
en aquellos días, estaba alarmado por la heterodoxia de la
enseñanza de Abelardo, y cuestionó la doctrina trinitaria
contenida en los escritos de Abelardo. Hubo admoniciones por una parte
y desafíos por otra; San Bernardo, habiendo advertido primero
en privado a Abelardo, procedió a denunciarlo a los obispos
de Francia; Abelardo, subestimando la capacidad e influencia de su
adversario, solicitó una reunión, o concilio, de obispos,
ante el que Bernardo y él discutirían los puntos en
disputa. Por consiguiente, se celebró un concilio en Sens (la
sede metropolitana de la que era entonces sufragánea París)
en 1141. En vísperas del concilio, se celebró una reunión
de obispos, en la que estuvo presente Bernardo, pero no Abelardo,
y en esa reunión se seleccionó un cierto número
de proposiciones de los escritos de Abelardo y se las condenó.
Cuando, a la mañana siguiente, esa proposiciones fueron leídas
en solemne concilio, Abelardo, informado, según parece, de
los hechos de la tarde anterior, rehusó defenderse, declarando
que apelaba a Roma. Consiguientemente, las proposiciones fueron condenadas,
pero Abelardo conservó su libertad. San Bernardo escribió
entonces a los miembros de la Curia romana, con el resultado de que
Abelardo había llegado sólo hasta Cluny en su camino
a Roma cuando le llegó el decreto de Inocencio II confirmando
la sentencia del Concilio de Sens. Pedro el Venerable de Cluny se
hizo cargo ahora del caso, obtuvo de Roma una mitigación de
la sentencia, le reconcilió con San Bernardo, y le dio honorable
y amistosa hospitalidad en Cluny. Allí pasó Abelardo
los últimos años de su vida, y allí encontró
por fin la paz que había buscado en vano en otras partes. Tomó
el hábito de los monjes de Cluny y llegó a ser maestro
de la escuela del monasterio. Murió en Chalôns-sur-Saône
en 1142 y fue enterrado en el Paráclito. En 1817 sus restos
y los de Eloísa fueron trasladados al Cementerio del Père
La Chaise, en París, donde descansan actualmente. Para nuestro
conocimiento de la vida de Abelardo contamos con la "Historia
de mis calamidades", una autobiografía escrita en forma
de carta a un amigo, evidentemente destinada a la publicación.
A esto se pueden añadir las cartas de Abelardo y Eloísa,
que estaban también destinadas a la circulación entre
los amigos de Abelardo. La "Historia" fue escrita hacia
el año 1130, y las cartas durante los siguientes cinco o seis
años. En ambas el elemento personal debe, por supuesto, ser
tomado en cuenta. Aparte de ellas, tenemos un material muy escaso;
una carta de Roscelin a Abelardo, una carta de Fulco de Deuil, la
crónica de Otto de Freising, las cartas de San Bernardo, y
algunas alusiones en los escritos de Juan de Salisbury. Las obras
filosóficas de Abelardo son "Dialectica", un tratado
de lógica compuesto de cuatro libros (el primero de los cuales
se ha perdido); "Liber Divisionum et Definitionum" (editado
por Cousin como el quinto libro de la "Dialéctica");
Glosas de Porfirio, Boecio, y de las "Categorías"
aristotélicas; "Glossulae in Porphyrium"(hasta ahora
sin publicar excepto en una paráfrasis francesa de Rémusat);
el fragmento "De Generibus et Speciebus" atribuido a Abelardo
por Cousin; un tratado moral "Scito te ipsum seu Ethica",
publicado por primera vez por Pez en "Thes.Anecd. Noviss.".
Todas ellas, con la excepción de las "Glossulae"
y la "Ethica" se encuentran en las "Ouvrages inédits
d'Abelard" (París, 1836). Las obras teológicas
de Abelardo (editadas por Cousin, "Petri Abelardi Opera",
en 2 vols., París, 1849-59, también por Migne, "Patr.lat.",
CLXXVIII) incluyen "Sic et Non", consistiendo en pasajes
patrísticos ordenados "a favor" y "en contra"
de opiniones teológicas, sin ningún intento de decidir
si la opción afirmativa o negativa es la correcta u ortodoxa;
"Tractatus de Unitate et Trinitate Divina", que fue condenado
en el Concilio de Sens (descubierto y editado por Stölzle, Friburgo,1891);
"Theologia Christiana", una segunda edición ampliada
del "Tractatus" (editada por primera vez por Durand y Martène,
"Thes. Nov.",1717); "Introductio in Theologiam"
(más correctamente "Theologia"), de la que la primera
parte fue publicada por Duchesne en 1616; "Dialogus inter Philosophum,
Judaeum et Christianum"; "Sententiae Petri Abelardi",
también llamada "Epitomi Theologiae Christianae",
que es aparentemente una compilación de los discípulos
de Abelardo (publicada en primer lugar por Rheinwald, Berlín,
1535); y varias obras exégesis, himnos, secuencias, etc. En
filosofía Abelardo merece consideración primariamente
como dialéctico. Para él, como para todos los filósofos
escolásticos anteriores al Siglo XIII, la investigación
filosófica significa casi exclusivamente la discusión
y elucidación de los problemas planteados por los tratados
lógicos de Aristóteles y los comentarios consiguientes,
principalmente los comentarios de Porfirio y Boecio. Quizá
su más importante contribución a la filosofía
y a la teología sea el método que desarrolló
en su "Sic et Non" (Sí y No) un método germinalmente
contenido en la enseñanza de sus predecesores y después
llevado a una forma más definida por Alejandro de Hales y Santo
Tomás de Aquino. Consistía en colocar ante el estudiante
las razones pro y contra, basándose en el principio de que
la verdad se alcanza sólo por una discusión dialéctica
de argumentos y autoridades aparentemente contradictorios. En el problema
de los Universales, que ocupó tanto la atención de los
dialécticos en aquellos días, Abelardo tomó una
postura de intransigente hostilidad al crudo nominalismo de Roscelin
por una parte, y al exagerado realismo de Guillermo de Champeaux por
la otra. Lo que, precisamente era su propia doctrina sobre la cuestión
es un asunto que no podemos determinar con exactitud. Sin embargo,
de las afirmaciones de su discípulo, Juan de Salisbury, resulta
claro que la doctrina de Abelardo, aunque se expresaba en términos
de un nominalismo modificado, era muy similar al realismo moderado
que comenzó a ser oficial en las escuelas aproximadamente medio
siglo después de la muerte de Abelardo. En ética Abelardo
pone tanto énfasis sobre la moralidad de la intención
que aparentemente elimina la distinción objetiva entre actos
buenos y malos. No es la acción física propiamente,
decía, ni ninguna imaginaria ofensa a Dios, lo que constituye
el pecado, sino más bien el elemento psicológico en
la acción, la intención de pecar lo que es un desprecio
formal de Dios. Con respecto a la relación entre la razón
y la revelación, entre las ciencias-incluyendo la filosofía-
y la teología, Abelardo incurrió en su día en
la censura de teólogos místicos como San Bernardo, cuya
tendencia era a excluir la razón en favor de la contemplación
y la visión extática. Y es verdad que si los principios
"la Razón ayuda a la Fe" y "la Fe ayuda a la
Razón" han de tomarse como la inspiración de la
teología escolástica, Abelardo estaba constitucionalmente
inclinado a dar énfasis al primero y a no hacerlo en el último.
Aparte, adoptó un tono y empleó una fraseología
cuando hablaba de temas sagrados, que ofendió, y con razón,
a los más conservadores de sus contemporáneos. Aun así,
Abelardo tenía buenos precedentes para su uso de la dialéctica
en la elucidación de los misterios de la fe, no era bajo ningún
concepto un innovador a este respecto; y aunque el Siglo XIII, la
edad de oro del escolasticismo, supo poco de Abelardo, continuó
su método, y con audacia igual a la suya, aunque sin nada de
su ligereza o irreverencia, dio carta blanca a la razón en
su esfuerzo de exponer y defender los misterios de la Fe Cristiana.
San Bernardo resume las acusaciones contra Abelardo cuando escribe
(Ep.cxcii): "Cum de Trinitate loquitur, sapit Arium; cum de gratia,
sapit Pelagium; cum de persona Christi, sapit Nestorium", y no
hay duda de que en varios de estos encabezamientos Abelardo escribió
y dijo muchas cosas que estaban abiertas a la objeción desde
el punto de vista ortodoxo. Es decir, que mientras combatía
los errores opuestos, caía inadvertidamente en equivocaciones
que él mismo no reconocía como arrianismo, pelagianismo
y nestorianismo, y que incluso sus enemigos podían meramente
caracterizar como un "sabor" a arrianismo, pelagianismo,
y nestorianismo. La influencia de Abelardo en sus sucesores inmediatos
no fue muy grande; se ejerció principalmente a través
de Pedro Lombardo, su discípulo, y otros compiladores de sus
"Sentencias". En realidad, aunque uno debe tener cuidado
de rebajar los exagerados encomios de Compayré, Cousin, y otros,
que presentan a Abelardo como el primer moderno, el fundador de la
Universidad de París, etc., está justificado considerarle,
a despecho de sus defectos de carácter y errores de juicio,
como un importante contribuyente al método escolástico,
un ilustrado oponente del oscurantismo, y un continuador del renacimiento
del saber que tuvo lugar en la época carolingia y de la que
todo lo que hay de ciencia, literatura y especulación en la
Alta Edad Media es el desarrollo histórico.
WILLIAM TURNER
Transcrito por Kevin Cawley
Traducido por Francisco Vázquez