I. El período de los Padres.
II. Clasificación de los Escritos Patrísticos.
A. Los Padres Apostólicos y el Siglo
II.
B. El Siglo III.
C. El Siglo IV.
D. El Siglo V.
E. El Siglo V y VII.
III. Características de los Escritos Patrísticos.
A. Comentarios.
B. Oradores.
C. Escritores.
D. El Oriente y Occidente.
E. Teología.
F. Disciplina, Liturgia y Ascetismo.
G. Materiales Históricos.
IV. Estudio Patrístico.
A. Editores de los Padres
B. Los Estudios de los Padres
La palabra Padre es usada en el Nuevo Testamento para indicar a un profesor
de cosas espirituales, por cuyos medios el alma del hombre renace a imagen
de Cristo: “Porque aunque tengáis diez mil años en
Cristo, no tendréis muchos padres; que en Cristo Jesús yo
os engendré por el Evangelio. Por tanto, os ruego que me imitéis
así como yo también soy de Cristo” (I. Cor., iv, 15,16;
cf. Gal., iv, 19). Los primeros maestros de la Cristiandad parecen haber
sido colectivamente llamados “los Padres” (II, Pedro, iii,
4).
Es por esto que San Ireneo define que un maestro es un padre, y un discípulo
es un hijo (iv, 41,2), y así también dice Clemente de Alejandría
(Strom. I, i, 1). Un obispo es enfáticamente un “padre en
Cristo”, ambos porque era él, en tiempos primitivos, quien
bautizaba al rebaño y porque el es el maestro jefe de su iglesia.
Aunque éste era también considerado por los primeros Padres,
tales como Hegesippus, Ireneo y Tertuliano, como recipiente de la tradición
de sus predecesores en la Sede, y consecuentemente, como los testigos
y representantes de la fe de su Iglesia ante el Catolicismo y el mundo.
Por lo tanto, la expresión “los Padres” viene naturalmente
a ser aplicado a los santos obispos de una edad precedente, ya sea de
la última generación o anterior, dado que son los padres
bajo cuya rodilla la Iglesia actual ha enseñado su fe. La palabra
es también aplicable a los obispos que se sientan en el Concilio,
“los padres de Nicea”, “los Padres de Trento”.
Es por esto que los padres han aprendido de los Padres y en último
término, de los Apóstoles quienes a veces son llamados Padres
en este sentido: “son vuestros Padres” dice San Leo, del Príncipe
de los Apóstoles hablando a los Romanos; San Hilario de Arles los
llama sancti patres, Clemente de Alejandría dice que sus maestros
de Grecia, Ionia, Coele-Siria, Egipto, el Oriente, Asiria, Palestina respectivamente,
han entregado a la tradición las benditas enseñanzas desde
Pedro, Santiago, Juan, y Pablo, recibiéndolas como “el hijo
del padre”.
Se sigue que, como nuestros propios Padres son los predecesores que nos
han enseñado, así también los Padres de toda la Iglesia
son especialmente los primeros maestros quienes la instruyeron en las
enseñanzas de los Apóstoles durante su infancia y primeros
años. Es difícil definir los primeros años de la
Iglesia, o los años de los Padres. Es hábito común
detener el estudio de la Iglesia primitiva en el Concilio de Chalcedon
en el año 451. “Los Padres” deben sin dudas incluir
en Occidente a San Gregorio el Grande (m. 604), y en Oriente a San Juan
Damascene (m. approx. 754). Con frecuencia, se dice que San Bernardo (m.
1153) fue el último de los Padres y en la “Patrología
Latina” de Migne, la extiende hasta Inocente III, claudicante solo
al borde del siglo XIII, mientras que en su ”Patrología Griega”
va tan lejos como el Concilio de Florencia (1438-9). Estos límites
son evidentemente demasiado amplios. Sería mejor considerar que
el gran mérito de San Bernardo como escritor radica en su parecido
en estilo y materia a los grandes entre los Padres, a pesar de la diferencia
en el período. San Isidoro de Sevilla (m. 636) y el Venerable Bede
(m. 735) pueden ser clasificados entre los Padres aunque bien se puede
decir que nacieron fuera del debido tiempo, como San Teodoro el Erudito,
lo era en Occidente.
I. El Período de los Padres
Aunque el uso del término Padres ha sido continuo, aun así
no pudo ser empleado al principio en el preciso sentido moderno de Padres
de la Iglesia. En los tiempos primitivos, la expresión se refería
a los escritores que, en aquel entonces, eran recientes. Aún hoy
es empleado para aquellos escritores que son antiguos para nosotros, pero
ya no en el mismo sentido a escritores que son recientes hoy en día.
La exhortación a los Padres es una subdivisión de la exhortación
a la tradición. En la primera mitad del siglo II, comenzó
la exhortación a los tiempos sub-Apostólicos: Papias exhortó
a los presbíteros, y a través de ellos, a los Apóstoles.
Medio siglo después, San Ireneo completó este método
exhortando a la tradición transmitida en toda la Iglesia por la
sucesión de sus obispos (Adv. Haer, III, i-iii), y Tertuliano afianza
este argumento al observar que, como todas las Iglesias acuerdan, su tradición
es segura, porque no pudieron todos haberse extraviado al azar dentro
del mismo error (Praescr. Xxviii). Esta exhortación es, por ende,
a las Iglesias y sus obispos, ninguna otra sino los obispos como exponentes
autoritarios de la doctrina de sus Iglesias. Tarde, como en el año
341, los obispos del Concilio Dedicado en Antioquia declararon: “No
somos seguidores de Ario; porque ¿cómo podemos nosotros
como obispos, ser discípulos de un sacerdote?”.
Sin embargo, poco a poco, en tanto las exhortaciones a los presbíteros
morían, nació por el lado de las exhortaciones de las Iglesias,
un tercer método: la costumbre de apelar a los maestros Cristianos
quienes no necesariamente eran obispos. Mientras, fuera de la Iglesia,
las escuelas gnósticas fueron sustituidas por las iglesias, dentro
de la Iglesia, las escuelas Católicas crecieron. Filósofos
como Justino y la mayoría de los numerosos apologetas del siglo
II razonaban sobre la religión, y la gran escuela catequética
de Alejandría reunía a los más renombrados. Grandes
obispos y santos como Dionisio de Alejandría, Gregorio Thaumaturgus
de Pontus, Firmiliano de Capadocia y Alejandro de Jerusalem eran orgullosos
discípulos del sacerdote Orígenes. El Obispo Cipriano diariamente
citaba las obras del sacerdote Tertuliano con las palabras “Dame
la habilidad”. El Patriarca Atanasio se refiere al antiguo uso de
la palabra homoousios no solamente a los dos Dionisios, sino al sacerdote
Theognostus. Sin embargo, estos sacerdotes-maestros no eran aún
llamados Padres, y el más grande entre ellos, Tertuliano, Clemente,
Orígenes, Hipólito, Novaciano, Luciano, sucede que fueron
matizados con herejía; dos de ellos se tornaron antipapales; uno
es el padre del Arianismo; otro fue condenado por un concilio general.
En cada caso podemos aplicar las palabras usadas por San Hilario de Tertuliano:
"Sequenti errore detraxit scriptis probabilibus auctoritatem"
(Comm. en Mat., v, 1, citado por Vicente de Lérins, 2.4). Una cuarta
forma de exhortación fue mejor fundamentada y con un valor más
duradero. Eventualmente, pareciera que tanto obispos como sacerdotes eran
falibles. En el siglo II, los obispos eran ortodoxos. En el tercero a
menudo se los consideraba deficientes. En el cuarto, eran líderes
de cismas y herejías, de los problemas Meletiano y Donatistas y
del gran problema Ariano, en el cual unos pocos fueron considerados firmes
ante la insidiosa persecución de Constancio. En un momento se consideró
que los verdaderos Padres de la Iglesia eran aquellos maestros Católicos
que habían perseverado en su comunión y cuyas enseñanzas
han sido reconocidas como ortodoxas. Así fue como sucedió
que fuera de los cuatro “Doctores Latinos”, uno de ellos no
es obispo. Otros dos Padres que no eran obispos han sido declarados Doctores
de la Iglesia, Bede y Juan Damascene, mientras que entre los Doctores
fuera del período patrístico encontramos otros dos sacerdotes,
el incomparable San Bernardo y el más grande de todos los teólogos,
Santo Tomás de Aquino. Ahora bien, muy pocos escritores tuvieron
tan gran autoridad en las Escuelas de la Edad Media como el laico Boecio,
muchas de cuyas definiciones son aún comunes en la teología.
Similarmente, el nombre “Padre” que perteneció originalmente
a los obispos, ha sido delegado a los sacerdotes, especialmente como ministros
del Sacramento de Penitencia. Hoy es una forma de dirigirse a todos los
sacerdotes en España, Irlanda y, en años recientes, en Inglaterra
y los Estados Unidos. Papas o Pappas, Papa era un término de respeto
por los eminentes obispos (e.g. en cartas a San Cipriano y a San Agustín
– ninguno de estos escritores parecen haberlo usado al dirigirse
a otros obispos, excepto cuando San Agustín escribe a Roma). Eventualmente,
el término fue reservado a los obispos de Roma y Alejandría;
sin embargo, en Oriente, todo sacerdote es un “pope”. La palabra
árabe abbe fue usada desde tiempos primitivos por los superiores
de casas religiosas. Aunque a través del abuso de otorgar abadías
in cammandam a seculares, se tornó en un titulo refinado para todos
los clérigos seculares, incluso seminaristas en Italia y especialmente
en Francia donde todos los religiosos que eran sacerdotes, se les llamada
“padre”. San Basilio dice que sólo aceptamos lo que
nos han enseñado los santos Padres; y agrega que en su Iglesia
de Caesarea, la fe de los santos Padres de Nicea hace mucho tiempo que
ha sido implantada. (Ep. cxl, 2). San Gregorio Nazianzeno declara que
se abstiene de enseñar lo que escuchó de los santos Oráculos
y fuera enseñado por los santos Padres.
Estos santos Cappadocianos parecen haber sido los primeros en ser exhortados
como una cadena real de Padres. Recurrir a uno o dos era suficientemente
común; pero ni siquiera el docto Eusebio había pensado en
una larga cadena de autoridades. San Basilio, por ejemplo, (De Spir. S.,
ii, 29), se refiere a la fórmula “con el Espíritu
Santo” en la doxología, el ejemplo de Ireneo, Clemente y
Diosçnisio de Alejandría, Dionisio de Romas, Eusebius de
Cesarea, Origen, Africanus, el preces lucerariae dicho a la luz de las
lámparas, Athenagoras,Gregory Thaumaturgus Firmilian, Meletius.
En el siglo quinto, este método se convirtió en una costumbre
estereotipada. San Jerónimo es tal vez el primer escritor en intentar
establecer su interpretación de un texto por un hilo de exégetas
(Ep. cxii, ad Aug.). Paulino, el diácono y biógrafo de San
Ambrosio, en el libellus que presenta contra los Pelagianos, al Papa Zosimus
en el año 417, cita a Cipriano, Ambrosio, Gregorio Nazianzeno y
los decretos del difunto Papa Inocente.
En el año 420, San Agustín cita a Cipriano y a Ambrosio
contra los mismos herejes (C. duas Epp. Pel., iv). Juliano de Eclanum
citó a Crisóstomo y Basilio; San Agustín le responde
en el 421 (Contra Julianum, i) con Ireneo, Cipriano, Reticius, Olympius,
Hilario, Ambrosio, los decretos de los concilios africanos, y sobre todo
a los Papas, Inocente y Zosimus. En un celebrado pasaje, el argumenta
que estos escritores occidentales son mas que suficientes, pero como Juliano
ha apelado al Oriente, deberá irse y el santo agrega a Gregorio
Naziazeno, Basilio, Sínodo de Diospolis, Crisóstomo. A estos,
agrega a Jerónimo (c. xxxiv): “Tampoco debes pensar Jerónimo,
porque el fuera sacerdote, que debe ser menospreciado” y agrega
una eulogía. Esto es gracioso si recordamos que Jerónimo
en un estado de irritación, quince antes, había escrito
a Agustín (Ep. cxlii) "No estimule contra mi la tonta corona
del ignorante, que lo venera a Ud. Como un obispo, y reciba Ud. Con el
honor debido a un prelado cuando Ud. Recite en la Iglesia, ya sea que
piensen poco en mi, un hombre viejo casi decrépito en mi monasterio
en la soledad del campo”.
En el Segundo libro “Contra Julianum”, San Agustín
nuevamente cita con frecuencia a Ambrosio y Cipriano, Gregorio Nazianzano,
Hilario, y Crisóstomo; in ii, 37, recapitula los nueve nombres
(omitiendo concilios y papas), agregando (iii, 32) a Inocente y Jerónimo.
Unos pocos años después, los Semipelagianos del Sur de la
Galia, dirigidos por San Hilario de Arles, San Vicente de Lérins,
y Bl. Cassiano, rehusaron aceptar el severo punto de vista de San Agustín
sobre la predestinación porque "contrarium putant patrum opinioni
et ecclesiastico sensui". Su oponente, San Próspero, quien
intentó convertirlo al Agustinianismo, se queja:
"Obstinationem suam vetustate defendunt" (Ep. inter Atig. ccxxv,
2), y decían que ningún escritor eclesiástico nunca
antes había interpretado a los Romanos como lo hizo San Agustín
– lo cual puede ser lo suficientemente cierto. El interés
en esta actitud estriba en el hecho que era, aunque no nuevo, pero al
menos más definitiva que cualquiera otra exhortación anterior
a la antigüedad. A través de la mayoría del siglo IV,
la controversia con los Arianos se volcó sobre las Escrituras y
la apelación a la autoridad pasada fue muy poca. Aunque la exhortación
a los Padres nunca fue el más impuesto locus theologicus, porque
no podían ser fácilmente organizados de manera de formar
una prueba absolutamente conclusiva.
Por otro lado, a finales del siglo IV, no había prácticamente
ninguna definición infalible disponible, excepto las condenaciones
y herejías principalmente por los Papas. En los tiempos de la reacción
Ariana bajo Valens provocó que los conservadores de Occidente tendieran
hacia la ortodoxia, y preparó la restauración de la ortodoxia
al poder por Teodosio, las decisiones Niceanas fueron consideradas como
sacrosantas y ese concilio como el preferido y única posición
por sobre todas las otras. Al llegar el año 430, el Credo que hoy
decimos en Misa fue venerado en Oriente, ya sea para bien o para mal,
como obra de los 150 Padres de Constantinopla en el año 381, y
hubieron también nuevas decisiones papales, especialmente la tractaria
del papa Zosimus, la cual en el año 418 fuera enviada a todos los
obispos del mundo para ser firmada. Es a la autoridad viva la idea a la
cual estaba apelando San Próspero en su controversia con la escuela
Lerinese.
Cuando fue a la Galia, en el año 431 como enviado papal, justo
después de la muerte de San Agustín, respondió a
sus dificultades, no reiterando los argumentos más duros del santo,
sino llevando consigo una carta del Papa San Celestino, en la cual San
Agustín es elogiado al punto de haber sido considerado por los
predecesores del papa “inter Magistros optimos”. A nadie se
le permite despreciarlo, aunque no se dice que cada una de sus palabras
deba ser seguida. Los desturbidores habían apelado a la Santa Sede
y la respuesta fue: “Desinar incessere novitas vetustatem”
(¡Cesen en la novedad de atacar la antigüedad!). Se le agregó
un apéndice, no de las opiniones de los antiguos Padres, sino de
papas recientes, dado que los mismos monjes que pensaron que San Agustín
había ido demasiado lejos, profesaron (dice el apéndice)
“que sólo seguirían y aprobaban lo que la mas santa
Sede del Bendito Apóstol Pedro sancionó y fuera enseñado
por el ministerio de sus prelados”. Por ende, le sigue una lista
de “juicios de los príncipes de la Iglesia Romana”,
a las cuales se les agregan algunas sentencias de los concilios africanos,
“las cuales sin dudas, los obispos apostólicos hacen suyas
una vez que las aprueban”. A estas inviolabiles sanctiones (que
podemos interpretar como “declaraciones”) se les agregaron
oraciones usadas en los sacramentos “ut legem credendi lex statuat
supplicandi" – una frase frecuentemente citada erróneamente
– y en conclusion, se declara que estos testimonios de la Sede Apostólica
son suficientes, “de manera que consideramos que no son del todo
católicos, cualquiera que aparezca contrario a las decisions que
hemos citado”. Por lo tanto, las decisiones de la Sede Apostólica
son puestas en muy diferentes niveles desde el punto de vista de San Agustín,
como que este santo siempre estableció una aguda distinción
entre las resoluciones de los concilios Africanos o los extractos de los
Padres por un lado, y los decretos de los Papas Inocente y Zosimus por
el otro. Tres años después, un famoso documento de la tradición
y su uso emanó de la Escuela Lerinese, el “Commonitorium”
de San Vicente. Con todo su corazón aceptó la carta del
Papa Celestino y la citó como testigo autoritativo e irresistible
de su propia doctrina que fuera quod ubique, o universitas, es incierto,
debemos volver a quod semper, o antiquitas. Nada pudo estar mas acorde
a su propósito que las palabras del papa: "Desinat incessere
novitas vetustatem" El Concilio Ecuménico de Efeso se realizó
el mismo año en que escribió Celestino. Sus hechos fueron
anteriores a San Vicente, y queda claro que el consideraba tanto al papa
como al Concilio autoridades decisivas. Era necesario establecer esto,
antes de volverse a su famoso canon, quod ubique, quod semper, quod ab
omnibus de otro modo, universitas, antiquitas, consensio. No era un nuevo
criterion, cualquier otro habría sido como cometer suicidio por
su misma expresión. Pero nunca la doctrina había sido tan
admirablemente expresada ni tan limpiamente explicada, ni tan adecuadamente
ejemplificada. Incluso la ley de la evolución del dogma es definido
por Vicente en un lenguaje que difícilmente puede ser superado
en exactitud y rigor. El triple test de San Vicente es totalmente mal
interpretado si es tomado como una regla ordinaria de fe- Como todos los
Católicos, el tomó la regla ordinaria para ser el vivo magisterium
de la Iglesia, y asumió que la decisión formal en casos
de duda radicaba en la Sede Apostólica, o en un concilio general.
Aunque aparecen casos de duda cuando no se han tomado aún decisiones.
Entonces es cuando los tres test se deben aplicar, no simultáneamente
pero, si es necesario, sucesivamente.
Cuando se encuentra un error en algún lugar de la Iglesia, entonces
la primera prueba, universitas, quod ubique, es una refutación
incontestable, como tampoco cabe un exámen posterior (iii, 7, 8).
Pero si un error ataca a toda la Iglesia, entonces se apela a la antiquitas,
quod semper, esto es, un consenso existente previo a la aparición
de la novedad. Aún así, en el período previo uno
o dos maestros, incluso hombres de gran fama, pudieron haber errado. Entonces
acudimos al quod ab omnibus, consensio, de los muchos contra algunos (si
es posible en un concilio general; si no, a un exámen de los escritos).
Aquellos pocos son un juicio de fe “ut tentet vos Dominus Deus vester”
(Deum., xiii, 1 y sgutes). Así, Tertuliano fue una magna tentatio;
así también Orígenes – sin duda la más
grande tentación de todas. Debemos saber que siempre que algo nuevo
o no escuchado previamente, es introducido por un hombre mas allá
o contra todos los santos, pertenece no a la religión sino a la
tentación (xx, 49). ¿Quiénes son los “santos”
a quienes apelamos? La respuesta es una definición de “Padres
de la Iglesia” dada por San Vicente con precisión inimitable:
"Inter se majorem consulat interrogetque sententias, eorum dumtaxat
qui, diversis licet temporibus et locis, in unius tamen ecclesiae Catholicae
communione et fide permanentes, magistri probabiles exstiterunt; et quicquid
non unus aut duo tantum, sed omnes pariter uno eodemque consensu aperte,
frequenter, perseveranter tenuisse, scripsisse, docuisse cognoverit, id
sibi quoque intelligat absque ulla dubitatione credendum" (iii, 8).
Esta sentencia poco ambigua nos define cual es la forma correcta de llamar
Padres, y las palabras itálicas explican perfectamente qué
es un “Padre”: “Aquellos quienes, a pesar de la diversidad
de tiempos y lugares, aunque perseveran en el tiempo en comunión
y fe con la única Iglesia Católica, han sido aprobados como
maestros.” El mismo resultado se obtiene en los teólogos
modernos en sus definiciones; por ejemplo, Fessler define lo que constituye
a un “Padre”:
- Doctrina y aprendizaje ortodoxo;
- Vida santa;
- (en los tiempos actuales) cierta antigüedad.
El criterio por el cual juzgamos si un escritor es un “padre o
no es:
- Citado por un concilio general, o
- En Actas públicas de los papas dirigidos a la Iglesia concernientes
a la Fe;
- Encomio en la Martirología Romana como “sanctitate at doctrina
insignis”;
- Lectura pública en las Iglesias de los primeros siglos;
- Citas, con alabanzas, como autoridad en relación a la Fe por
alguno de los Padres más celebrados.
Los autores más primitivos, aunque pertenecientes a la Iglesia,
que fallaron en lograr este estándar son simplemente escritores
eclesiales ("Patrologia", ed. Jungmann, ch. i, #11).
Por otro lado, cuando la apelación no es a la autoridad del escritor,
sino que su testimonio es requerido solamente para la creencia de su tiempo,
éste es tan bueno como otro, y si un Padre es citado con este propósito,
no es citado en tanto Padre, sino meramente como un testigo de los hechos
muy bien conocidos por él. Por lo tanto, para la historia del dogma,
las obras de los escritores eclesiales que no solo no estaban aprobados,
sino que incluso eran heréticos, son a menudo tan valiosas como
aquellas de los Padres. Por otro lado, el testimonio de un Padre es ocasionalmente
de gran peso para la doctrina cuando es considerado individualmente, si
éste enseña un tema donde es reconocido por la Iglesia como
una autoridad especial. Por ejemplo, San Atanasio sobre la Divinidad del
Hijo, San Agustín, sobre la Santísima Trinidad, etc. Existen
algunos casos donde un concilio general ha aprobado la obra de un Padre,
las mas importantes fueron las dos cartas de San Cirilo de Alejandría
las cuales fueron leídas en el Concilio de Éfeso. Pero la
autoridad de un Padre individual considerado en sí mismo, dice
Franzelin (De traditione, thesis xv), “no es infalible o perentoria;
aunque la piedad y la razon concuerdan que las opiniones teológicas
de tales individuos no deben ser tratadas con liviandad, y no deben sin
gran precaución, ser interpretadas en un sentido el cual choca
con la doctrina común de otros Padres”. La razón es
suficientemente plena; eran hombres santos, de los que no se presume con
intenciones de desviarse de la doctrina de la Iglesia, y sus dudosas declaraciones
son por lo tanto para ser consideradas en el mejor de los sentidos de
los cuales son capaces. Si no pueden ser explicadas en un sentido ortodoxo,
debemos admitir que ni los más grandes son inmunes a la ignorancia,
al error accidental o a la oscuridad. Pero en el uso de los Padres en
materias teológicas, debe ser consultado el artículo TRADICIÓN
y los tratados dogmáticos ordinarios en aquellas materias, tal
como es propio considerar aquí el desarrollo histórico de
sus usos. El tema nunca fue tratado como parte de la teología dogmática
hasta el nacimiento de lo que hoy es comúnmente llamado “Teología
fundamentalis” en el siglo dieciséis, cuyos fundadores fueron
Melchior Canus y Belarmino.
El primero contiene una discusion sobre el uso de los Padres en las decisiones
sobre cuestiones de fe (De locis theologicis, vii). Los Reformadores Protestantes
atacaron la autoridad de los Padres. El más famoso de estos oponentes
es Dalbeus (Jean Daillé, 1594-1670, "Traité de l'emploi
des saints Pères", 1632; en Latin "De usu Patrum",
1656). Pero sus objeciones han sido olvidadas por mucho tiempo. Habiendo
trazado el desarrollo del uso de los Padres hasta el período de
sus más frecuentes y de su declaración formal por San Vicente
de Lérins, sería bueno dar una mirada a la continuación
de esta práctica. Vimos que, en el año 431, era posible
para San Vicente (en un libro que ha sido el mas injustificadamente considerado
como una mera polémica contra San Agustín – una noción
ampliamente refutada por el uso dado en él por la carta de San
Celestino) definir el significado y método de las exhortaciones
patrísticas. De aquellos tiempos en adelante, son muy comunes.
En el Concilio de Éfeso, año 431, tal como lo puntualiza
San Vicente, San Cirilo presentó una serie de citas de los Padres
tôn hagiôtatôn kai hosiôtatôn paterôn
kai episkopôn diaphorôn marturôn, las cuales fueron
leídas sobre la moción de Flaviano, Obispo de Filipi. Eran
de Pedro I de Alejandría, Mártir, Atanasio, Papas Julio
y Félix (falsificadas) Teófilo, Cipriano, Ambrosio, Gregorio
Nazianzeno, Basilio, Gregorio de Niza, Aticus, Amphilochius. Por otro
lado, Eutyques, al ser probado en Constantinopla por San Flaviano, el
año 449, rehusó aceptar, ya sea a los Padres o Concilios
como autoridades limitándose a la Sagrada Escritura, una posición
que horrorizó a sus jueces (ver Eutyques). Al año siguiente,
San Leo envió a sus embajadores, Abundius y Asterius a Constantinopla
con una lista de testimonios de Hilario, Atanasio, Ambrosio, Agustín,
Crisóstomo, Teófilo, Gregorio Nazianzeno, Basilio, Cirilo
de Alejandría. Fueron firmadas en aquella ciudad, pero no fueron
producidas en el Concilio de Chalcedon en el año siguiente. De
allí en adelante, la usanza es fija, y resulta innecesario dar
ejemplos. Sin embargo, aquel del sexto concilio en el año 680 es
importante: El Papa San Agato envió una larga serie de extractos
desde Roma, y el líder de los Monotelitas, Macario de Antioquia,
presentó otro. Ambos grupos fueron muy cuidadosamente verificados
desde la Biblioteca del Patriarcado de Constantinopla y sellados. Debe
hacerse notar que en tales casos nunca se pensó necesario trazar
una doctrina de los primeros tiempos; San Vicente exigió la prueba
de la creencia de la Iglesia antes que apareciera la duda – esta
es su noción de antiquitas; y en conformidad con este punto de
vista, los Padres citados por los Concilios y papas y Padres son en su
mayoría, recientes (Petavius, De Incarn., XIV, 15, 2-5). En los
últimos años del siglo quinto un famoso documento atribuido
a los Papas Gelasius y Hormisdas, agregan a los decretos de San Dámaso
del año 382 una lista de libros aprobados y otra de aquellos no
aprobados. En su forma presente, la lista de Padres aprobados comprende
a:
Cipriano, Gregorio Nazianzeno, Basilio, Atanasius, Crisóstomo,
Teofilo, Hilario, Cirilo de Alejandría (deseado en un MS.), Ambrosio,
Agustín, Jeronimo, Próspero, Leo ("todo iota"
del volumen a Flaviano aceptado como anatema) "también todos
los tratados de todos los Padres ortodojos quienes no se desviaron en
nada de la mancomunada santa Iglesia Romana, y donde no estuvieron separadas
de su fe y enseñanzas, sino que fueron participes hasta el fin
de sus vidas en su comunión; también la cartas decretales
las cuales los papas mas benditos han entregado en distintos tiempos al
ser consultados por varios Padres, deben ser recibidas con veneración”.
Son elogiados Orosius, Sedulius y Juvencus. Son rechazados Refino y Orígenes.
La “Historia” y “Crónicas” de Eusebio no
fueron condenadas como un todo, aunque en otra parte de la lista, aparecen
como “apocrifa” con Tertuliano, Lactantius, Africanus, Commodiano,
Clemente de Alejandría, Arnobius, Casiano, Victorinus de Pettay,
Faustus y las obras de los heréticos y documentos escrituriales
falsificados. Los últimos Padres constantemente utilizaron los
escritos de los más tempranos. Por ejemplo, San Cesáreo
de Arles se inspiró libremente en los Sermones de San Agustín
y los incorporó en colecciones propias; San Gregorio el Grande
es encontrado frecuentemente en San Agustín; San Isidoro descansa
sobre todos sus predecesores; la obra de San Juan Damascano es una síntesis
de la teología patrística. Los sermones de San Bede son
un cento de los más grandes Padres. Eugipio hizo una selección
de los escritos de San Agustín que estuvo de gran moda. Casiodoro
hizo una colección de selectos comentarios de variados escritores
sobre todos los libros de las Sagradas Escrituras. San Benedicto recomendó
especialmente el estudio patrístico y sus hijos observaron su consejo:
"Ad perfectionem conversationis qui festinat, sunt doctrinae sanctorum
Patrum, quarum observatio perducat hominem ad celsitudinem perfectionis.
. . quis liber sanctorum catholicorum Patrum hoc non resonat, ut recto
cursu perveniamus ad creatorem nostrum?" (Sanet Regula, lxxiii).
Florilegia y Catenae se tornaron comunes desde el siglo quinto en adelante.
Aunque la mayoría son anónimos, aquellos de Oriente que
son conocidos bajo el nombre de Ecumenius son bien conocidos. Los mas
famosos de todos a través de la Edad Media fueron la "Glossa
ordinaria" atribuida a Walafrid Strabo. La "Catena aurea"
de Santo Tomás de Aquino, aún es utilizada. (Ver CATENAE,
y lel valioso material coleccionado por Turner en Hastings, Diccionario
de la Biblia, V, 521)
San Agustín fue el primero reconocido como el mayor de los Padres
Occidentales, con San Ambrosio y San Jerónimo a su lado. San Gregorio
Magno fue agregado y estos cuatro fueron los “Doctores Latinos”.
San Leo, de algún modo el mas grande de los teólogos, fue
excluido, tanto considerando la exigüidad de sus escritos y por el
hecho que sus cartas tuvieron una autoridad mas alta como las expresiones
papales. En Oriente, San Juan Crisóstomo, siempre fue el mas popular,
en tanto es el más voluminoso de los Padres. Con el gran San Basilio,
padre del monaquismo, y San Gregorio Nazianzeno, famoso por la pureza
de su fe, constituyeron un triunvirato llamado “los tres jerarcas”,
familiar hasta el arte Oriental de nuestros días. San Atanasio
fue agregado a éstos por los Occidentales, de manera que cuatro
pudieran responder a cuatro (Ver. DOCTORES DE LA IGLESIA). Podemos observar
que muchos de los escritores rechazados en la lista Gelasiana vivieron
y murieron en comunión Católica, aunque incorrectos en algunas
partes de sus escritos. Ejemplo, el error Semipelagianista atribuido a
Casina y Fausto, la doctrina milenaria de la conclusión en el comentario
de Victorino sobre el Apocalipsis (San Jerónimo redactó
una edición purificada, la única impresa aún) del
defectuoso “Hypotyposes” de Clemente y así
sucesivamente, previnieron a tales escritores de la falta de sanidad del
perdido “Hipotiposes” de Clemente y así sucesivamente,
previno a tales escritores de ser citados como Hilario lo hizo.
Con Jerónimo, "inoffenso pede percurritur".
Como todas las doctrinas importantes de la Iglesia (excepto aquella del
Canon y la inspiración de las Escrituras), pueden ser probadas,
o al menos ilustradas de las Escrituras, el trabajo mas amplio de la tradición
es la interpretación de las Escrituras y la autoridad de los Padres
es en esto de gran importancia. Sin embargo, solo se sigue necesariamente
si todos tienen el mismo pensamiento: "Nemo . . . contra unanimum
consensum Patrum ipsam Scripturam sacram interpretari audeat",
dice el Concilio de Trento; y el Credo de Pío IV reza similarmente:".
. . nec eam unquam nisi juxta unanimum consensum Patrum accipiam et interpretabor".
El Concilio Vaticano hace eco del de Trento: "nemini licere .
. . contra unanimum sensum Patrum ipsam Scripturam sacram interpretari."
Un consenso de los Padres, no es, por su puesto, algo esperado sobre
materias muy pequeñas: "Quae tamen antiqua sanctorum patrum
consensio non in omnibus divinae legis qua estiunculis, sed solum certe
praecipue in fidei regula magno nobis studio et investiganda est et sequenda"
(Vicente, xxviii, 72). Este no es el método – agrega San
Vicente, contra las herejías bien conocidas y habituales, sino
mas bien contra novedades, para ser aplicado directamente cuando aparecen.
Difícilmente pudiera darse una mejor instancia que en la forma
bajo la cual el Adopcionismo fue refutado por el Concilio de Frankfort
en 794, tampoco pudo el principio ser mejor expresado que por los Padres
del Concilio: "Tenete vos intra terminos Patrum, et nolite novas
versare quaestiunculas; ad nihilum enim valent nisi ad subversionem audientium.
Sufficit enim vobis sanctorum Patrum vestigia sequi, et illorum dicta
firma tenere fide. Illi enim in Domino nostri exstiterunt doctores in
fide et ductores ad vitam; quorum et sapientia Spiritu Dei plena libris
legitur inscripta, et vita meritorum miraculis clara et sanctissima; quorum
animae apud Deum Dei Filium, D.N.J.C. pro magno pietatis labore regnant
in caelis. Hos ergo tota animi virtute, toto caritatis affectu sequimini,
beatissimi fratres, ut horum inconcussa firmitate doctrinis adhaerentes,
consortium aeternae beatitudinis . . . cum illis habere mereamini in caelis"
("Synodica ad Episc." in Mansi, XIII, 897-8). Y un excelente
acto de fe en la tradición de la Iglesia es aquel de Carlomagno
(ibid., 902) realizado en la misma ocasión: "Apostolicae
sedi et antiquis ab initio nascentis ecclesiae et catholicis traditionibus
tota mentis intentione, tota cordis alacritate, me conjungo. Quicquid
in illorum legitur libris, qui divino Spiritu afflati, toti orbi a Deo
Christo dati sunt doctores, indubitanter teneo; hoc ad salutem animae
meae sufficere credens, quod sacratissimae evangelicae veritatis pandit
historia, quod apostolica in suis epistolis confirmat auctoritas, quod
eximii Sacrae Scripturae tractatores et praecipui Christianae fidei doctores
ad perpetuam posteris scriptum reliquerunt memoriam."
II. Clasificación de los escritos patristicos
Con el objeto de tener una clara visión del período patrístico,
los Padres pueden ser divididos de varias maneras. El método favorito
es por períodos; Los Padres Ante-Niceanos hasta el año 325;
Los Grandes Padres del siglo IV y mitad del quinto (325-451); y los últimos
Padres. Una división más obvia es entre Orientales y Occidentales,
y los Orientales incluirán escritores Griegos, Sirios, Armenios
y Coptos. Una conveniente división en grupos más pequeños,
será por períodos, nacionalidades y carácter de los
escritos; porque tanto en Oriente como en Occidente habían muchas
razas y algunos de los escritores eclesiásticos eran apologetas,
algunos predicadores, historiadores, comentaristas y así sucesivamente.
A. Los Padres Apostolicois y el siglo II
Luego (1) de los Padres Apostólicos vinieron en
el siglo II (2) los apologistas Griegos, seguidos
por (3) los apologistas occidentales, algo después
(4) por los Gnósticos y herejes Marcionitas con
sus Escritos apócrifas y (5) la réplica
Católica.
B. El siglo III
El siglo tercero con dejó (1) los escritores Alejandrinos
de la escuela catequista, (2) los escritores del Asia
Menor y (3) Palestina, y los primeros escritores Occidentales,
(4) en Roma, Hipólito (en Grecia) y Novaciano,
(5) los grandes escritores africanos y algunos otros.
C. El siglo IV
El siglo IV comienza con (1) las obras apologetas e históricas
de Eusebio de Cesarea, con quien podemos clasificar a San Cirilo de Jerusalem
y San Epifanio, (2) los escritores Alejandrinos, Atanasio,
Didimus y otros, (3) los de Capadocia, (4) los
de Antioquia, (5) los escritores Sirios. En Occidente,
tenemos (6) los opuestos al Arianismo, (7) los
Italianos, incluyendo a Jerónimo, (8) los Africanos
y (9) los escritores Españoles y Galos.
D. El siglo V
El siglo V nos entregó (1) la controversia Nestoriana,
(2) la controversia Eutiquia, incluyendo al Occidental
San Leo, (3) y los historiadores. En Occidente
(4) la Escuela de Lérins, (5) y las
cartas de los papas.
E. El siglo VI y VII
El siglo VI y VII, no nos entrega nombres tan importantes, por lo que
deben ser agrupados en una forma más mecánica.(1) En
Occidente y (2) en Oriente.
A. (1) Si consideramos estos grupos en detalle, encontraremos
las cartas de los Padres apostólicos mas importantes, San Clemente,
San Ignacio y San Policarpo, venerables no sólo por su antigüedad,
sino por su cierta simplicidad y nobleza de pensamiento y estilo que es
muy conmovedor para el lector. Sus citas del Nuevo Testamento son bastante
libres. Ofrecen la mas importante información al historiador, aunque
de algún modo en cantidades homeopáticas.
A estos, debemos agregar a Didaque, probablemente el más antiguo
de todos; la curiosa epístola que alegoriza el Anti-Semitismo que
conocemos bajo el nombre de Barnabas; el Pastor de Hermas, una mas bien
sosa serie de visiones principalmente conectadas con la penitencia y el
perdón, compuesta por el hermano del Papa Pío I, y por mucho
tiempo anexo al Nuevo Testamento con importancia casi canónica.
Las obras de Papias, el discípulo de San Juan y Aristión,
están perdidas salvo algunos fragmentos.
(2) Los apologistas son en su mayoría filosóficos
en su tratamiento del Cristianismo. Algunas de sus obras fueron presentadas
a emperadores con el objeto de sosegar las persecuciones. No siempre debemos
aceptar el punto de vista dado a foráneos por los apologistas,
como representación de toda la Cristiandad que conocían
y practicaban. Las apologías de Cuadratus a Hadrian, de Aristo
de Pella a los Judíos, de Miltiades de Apolinaris de Hierapolis,
y de Melito de Sardis están perdidas para nosotros. Pero, poseemos
aún varias de mayor importancia. Aquella de Arístides de
Atenas fue presentada a Antonino Pío y versa principalmente del
conocimiento del Dios verdadero. La refinada apología de San Justino
con sus apéndices es por sobre todo interesante por su descripción
de la liturgia en Roma c.150. sus argumentos contra los Judíos
se encuentran en un muy bien compuesto “Diálogo con Trifo”
donde habla de la autoría Apostólica del Apocalipsis de
una manera que es de suma importancia en la boca de un hombre que fue
convertido en Éfeso algún tiempo antes del año 132.
La “apología” del discípulo Sirio de Justino,
Tatian es una obra menos conciliadora y su autor cayó en herejía.
Atenágoras, un ateniense (c.177) dirigió a Marco Aurelio
y Commodus una elocuente refutación de las absurdas calumnias contra
los Cristianos. Teófilo, Obispo de Antioquia, más o menos
en la misma fecha, escribió tres libros de apología dirigidos
a un cierto Autolycus.
(3) Todas estas obras contienen una considerable habilidad
literaria. Este no es el caso de la gran apología Latina la cual
la sigue muy de cerca en data, la “Apologeticus” de Tertuliano,
que se encuentra en un lenguaje tosco e intraducible de su autor. Sin
embargo, es una obra de extraordinario genio, de mayor interés
y valor que todo el resto e incomparable en su energía y osadía.
Su vehemente “Ad Scapulam” es una advertencia dirigida a un
procónsul perseguidor.
"Adversus Judaeos" es un título que se explica por sí
mismo. Los otros apologistas latinos son posteriores. El "Octavios"
de Minucius Felix es tan pulido y gentil, como Tertuliano es rudo. Su
fecha es incierta. Si el "Apologeticus " fue muy bien calculado
para infundir coraje en los Cristianos perseguidos, el "Octavius"
era más bien para impresionar al inquisidor pagano como si se atraparan
mas moscas con miel que con vinagre. Junto a estas obras, debemos mencionar
el más tardío Lactantius, el más perfecto de todos
en su forma literaria ("Divinae Institutiones", c. 305-10, y
"De Mortibus persecutorum", c. 314). Las apologías Griegas,
probablemente posteriores al siglo II con las “Irrisiones”
de Hermias, y la bella “Epístola” de Diognetus.
(4) La mayoría de los escritos heréticos
del siglo II están perdidos. Los Gnósticos tenían
Escuelas y filosofaron; sus escritos fueron numerosos. Algunas obras curiosas
han llegado hasta nosotros en Copto. La carta de Ptolomeo a Flora en Epifanio
es casi el único fragmento griego de real importancia. Marcion
fundó no solo una Escuela, sino una Iglesia y su Nuevo Testamento
consiste en San Lucas y San Pablo, está preservado de algún
modo en las obras escritas contra el por Tertuliano y Epifanio. De los
escritos de los Montanistas Griegos y de otros herejes anteriores, no
queda casi nada. Los Gnósticos compusieron una cantidad de Evangelios
apócrifos mezclados con Hechos de Apóstoles individuales,
grandes porciones aún preservadas, la mayoría en fragmentos,
de revisiones Latinas, o en versiones en Sirio, Cóptico, árabe
o Eslavo. A estos debemos agregar aquellas falsificaciones bien conocidas
como las cartas de Pablo a Séneca, y el Apocalipsis de Pedro, del
cual recientemente se ha encontrado un fragmento en el Fayum.
(5) Respuestas a los ataques herejes, seguido por
las apologías contra los perseguidores paganos por un lado y los
judíos por otro, fue la literatura Católica característica
del Siglo II.
The "Syntagma" de San Justino contra todas las herejías,
está perdida. Más primitivo aún, San Papias (ya mencionado)
ha dirigido sus esfuerzos en refutar los errores que van apareciendo y
la misma preocupación se ve en San Ignacio y San Policarpo. Hegesippus,
un judío converso de Palestina, viajó a Corintio y Roma,
donde se quedó desde el episcopado de Aniceto hasta el de Eleuterio
(c. 160-180) con la intención de refutar las novedades de los Gnósticos
y Marcionistas a través de la apelación a la tradición.
Su obra está perdida. Pero la gran obra de San Ireneo (c. 180)
contra las herejías se encuentra en Papias, Hegesippus y Justino,
y nos da cuenta con cuidadosa investigación los muchos sistemas
Gnósticos, junto con su refutación. Su apelación
es menor a las Escrituras que a la tradición la cual toda la Iglesia
Católica ha recibido y es entregada desde los Apóstoles,
a través del ministerio de sucesivos obispos y particularmente
a la tradición de la Iglesia Romana, fundada por Pedro y Pablo.
Al lado de Ireneo, debemos colocar al Latino Tertuliano cuyo libro “De
las Prescripciones contra los Heréticos” no sólo es
una obra maestra de argumento, sino es casi tan efectiva contra las herejías
modernas como contra aquellas de la Iglesia primitiva. Es un testimonio
de extraordinaria importancia para los principios de la tradición
invariable que la Iglesia Católica siempre ha profesado y para
la creencia primitiva que la Sagrada Escritura debe ser interpretada por
la Iglesia y no por la industria privada. Utiliza a Ireneo en esta obra
y sus polémicos libros contra los Valentinistas y los Marcionistas,
prestando libremente de ese santo. El es el menos persuasivo de los dos
porque es muy abrupto, demasiado astuto, demasiado ansioso para ventaja
de la más pequeña controversia, sin pensar en las fáciles
réplicas que pueden darse. A veces, prefiere el ingenio o el golpe
duro al argumento sólido. En este período, las controversias
estaban comenzando dentro de la Iglesia, y la más importante era
la cuestión sobre si la Pascua podría celebrarse en un día
hábil. Otro asunto candente en Roma, al terminar el siglo, era
la duda de si las profesías de los Montanistas debían ser
aprobadas, y sin embargo otra, en los primeros años del siglo tercero,
era la controversia con un grupo de oponentes del Montanismo (así
parece) quienes negaron la autenticidad de los escritos de San Juan, un
error en aquellos días, bastante nuevo.
B. (1) Ya en el siglo dos, la Iglesia de Alejandría
mostraba señales junto con el hábito prestado de los Judíos
Alejandrinos, especialmente Filo, de una interpretación alegorizante
de las Escrituras. La última de las características, se
encuentra en la “Epístola a Barnabas” la cual puede
tener origen Alejandrino. Pantamus fue el primero en hacer famosa a la
escuela Catequista de la ciudad. No existió ningún escrito
suyo, pero su pupilo Clemente, quien enseñó en la escuela
con Pantamus c. 180 y como su cabeza. C.180-202 (muerto en 214) dejó
una considerable cantidad de algo largas disquisiciones que versaban sobre
mitología, teología mística, educación y observancias
sociales, y todas aquellas otras cosas del cielo y de la tierra. Fue seguido
por el gran Orígenes, cuya fama se extendió a lo largo y
ancho entre los gentiles. Lo que queda de su obra, aunque llena varios
volúmenes, está en gran parte solo en libres traducciones
Latinas, y guarda poca relación con la vasta cantidad que ha perecido.
Los Alejandrinos sostienen tan firmemente como cualquier Católico
la tradición como regla de fe al menos en teoría, pero mas
allá de la tradición, se permiten especular, de tal que
la “Hypotyposis” de Clemente ha estado casi enteramente perdida
considerando los errores que se encontraron en ella y las obras de Orígenes
caen bajo la amonestación de la Iglesia, aunque su autor vivió
la vida de un santo y murió poco después de la persecusión
Deciana, de los sufrimientos que debió padecer en ella. Los discípulos
de Orígenes fueron muchos y eminentes.
La biblioteca encontrada por uno de ellos, San Alejandro de Jerusalem,
fue luego muy apreciada por Eusebio. El más celebrado de la escuela
fue San Dionisio “el grande” de Alejandría y San Gregorio
de Neocesarea en el Pontus, conocido como el Trabajador-Maravilla quien,
como San Nonnosus en el Oeste, se dice que movió una montaña
una pequeña distancia con sus oraciones. De los escritos de estos
dos santos, no es mucho lo que existe.
(2) El Montanismo y la cuestión de Pascal,
sacó al Asia Menor de una posición de liderazgo que tuvo
en el siglo segundo a un rango inferior en el tercero. Además de
San Gregorio, San Metodius al final de aquel siglo fue un escritor pulido
y oponente del Origenismo – su nombre es consecuentemente pasado
por encima sin mención por el historiador Origenista, Eusebio.
Tenemos su “Banquete” en Griego, y algunas obras menores en
Eslovaco antiguo.
(3) Antioquia era la Sede cabeza sobre el “Oriente”
incluídas Siria y Mesopotamia, como también Palestina y
Fenicia, pero nunca esta asumió un patriarcado compacto como aquel
de Alejandría. Debemos agrupar aquí escritores que no tienen
conexión entre sí ni en materia ni en estilo. Julio Africanus
vivió en Emaús y compuso una cronografía, desde donde
las listas episcopales de Roma, Alejandría y Antioquia, y una gran
cantidad de otras materias, han sido preservadas hasta nosotros por la
versión de San Jerónimo de las Crónicas de Eusebio
y en los cronógrafos Bizantinos. Dos cartas suyas son de interés,
pero los fragmentos de su “kestoi” o “Cercos”
no tienen valor eclesial; contienen mucha materia curiosa y mucha que
es objetable. En la segunda mitad del siglo tercero, tal vez hacia el
final, se estableció una gran escuela en Antioquia, por Luciano,
quien fuera martirizado en Nicomedia en el 312. Se dice que fue excomulgado
bajo tres obispos, pero si esto es cierto había sido restituído
mucho tiempo antes del tiempo de su martirio. Es bastante incierto ya
sea si compartió los errores de Pablo de Samosata (obispo de Antioquia,
despuesto por Erija en 268-9). En todo caso, el era – aunque sin
intención – el padre del Arianismo y sus pupilos eran los
líderes de aquellas herejía: Eusebio de Nicomedia, Ario
mismo, con Menofantus de Éfeso, Atanasio de Anazarbus, y los únicos
dos obispos que rehusaron firmar el nuevo credo en el Concilio de Nicea,
Theognis de Nicea y Maris de Chalcedon, además del escandaloso
obispo Leontius de Antioquia y el sofista Asterius. En Cesarea, un centro
Origenista, floreció bajo otro mártir, San Pamfilo, quien
con sus amigos Eusebius, un cierto Ammonius y otros, coleccionaron las
obras de Origen en una gran y famosa biblioteca, corrigieron la “Hexapla”
de Orígen y editaron los textos tanto del Antiguo como del Nuevo
Testamento.
(4) No hemos oido de escritos en Roma excepto en Griego,
hasta la mención de algunas pequeñas obras en Latín
por el Papa San Víctor, las cuales existían hasta los tiempos
de Jerónimo. Hipólito, un sacerdote romano escribió
desde el año 200 al 235 y siempre en Griego aunque en Cártago,
Tertuliano había escrito antes esto en Latín. Si Hipólito
es el autor de “Philosophumena”, él era un antipapa,
y lleno de enemistad irracional con su rival San Calixto; su teología
hace proceder la Palabra de Dios por Su Voluntad, distinta a El en sustancia,
y tornándose Hijo al convertirse en hombre. No hay nada de Romano
en la teología de su obra; mas bien lo conecta con los apologistas
griegos. Una gran parte de un largo comentario sobre Daniel y una obra
contra Noetus son los únicos restos de este escritor, quien fuera
rápidamente olvidado en Occidente, aunque los fragmentos de sus
obras terminaron todas en lenguas Orientales.
Partes de su cronografía, tal vez su última obra ha sobrevivido.
Otro antipapa Romano, Novaciano, escribió en prosa ponderada y
estudiada con finales métricos. Algo de sus obras ha llegado a
nosotros bajo el nombre de San Cipriano. Como Hipólito, hizo de
rigurosos sus puntos de vista, el pretexto de su cisma. A diferencia de
Hipólito, es bastante ortodoxo en su obra principal “De Trinitate”.
(5) Las obras apologéticas de Tertuliano han
sido mencionadas. Las más tempranas, fueron escritas por el cuando
era un sacerdote de la Iglesia de Cártago, aunque por el año
200 terminó por creer en los profetas Montanistas de Frigia y encabezó
un cisma Montanista en Cártago. Muchos de sus tratados fueron escritos
para defender su posición y sus doctrinas rigoristas, y lo hace
con considerable violencia y con la argumentación astuta y arrojada
que le es natural. El plácido flujo de la elocuencia de San Cipriano
(Obispo de Cártago, en el 249-58) es un gran contraste con aquella
de su “maestro”. Los pocos tratados y gran cantidad de correspondencia
de este santo son todas relativas a cuestiones y necesidades locales y
evade toda teología especulativa. De lo anterior, nos hemos iluminado
del estado de la Iglesia, sobre su gobierno, y en un número interesante
de materias eclesiales y sociales. En todo el período patrístico,
no hay nada, con la excepción de la Historia de Eusebio, que nos
relate lo bastante sobre la Iglesia primitiva como un pequeño volumen
que contiene las obras de San Cipriano. A fines del siglo, Arnobius, como
Cipriano, un convertido en la Edad Media y como otros Africanos, Tertuliano,
Cipriano, Lactantius y Agustín, un ex retórico, compusieron
una apología aburrida. Lactantius nos lleva dentro del siglo cuarto.
Era un escritor elegante y elocuente, pero tal como Arnobius, no era un
Cristiano bien instruído.
C. (1) El siglo cuarto es el gran tiempo de los Padres.
Cuando Constantino tenía doce años de edad, publicó
su edicto de tolerancia y comenzó una nueva era en la religión
Cristiana. Fue introducida por Eusebio de Cesarea, con sus grandes obras
apologetas “Praeparatio Evangelica” y “Demonstratio
Evangelica” que muestra el trascendente mérito de la Cristiandad
y su gran obra históricas hasta hoy, la “Crónica”
(El original Griego está perdido) y su “Historia” la
cual ha reunido los fragmentos de la era de las persecuciones y nos ha
preservado mas de la mitad de todo lo que sabemos hoy sobre los heroicos
tiempos de la Fe. En teología, Eusebio fue seguidor de Origen,
aunque el rechazó la eternidad de la Creación y del Logos,
de forma que fue capaz de ver a los Arianos con considerable cordialidad.
La forma original del romance seudo Clementino, con sus largos y cansadores
diálogos, parecen ser una obra del mismo comienzo del siglo contra
los nuevos desarrollos del paganismo, y fue escrito ya sea en la costa
Fenicia o no muy lejos dentro en la vecindad con Siria. Las respuestas
a los más grandes ataques paganos, aquel de Porfirio, se tornaron
mas frecuentes luego del renacimiento pagano bajo Juliano (361-3) y ocuparon
los trabajos de muchos escritos celebrados. San Cirilo de Jerusalen nos
dejó una completa serie de instrucciones a los catecúmenos
y los bautizados, de este modo nos entrega un conocimiento exacto de las
enseñanzas religiosas impartidas al pueblo en una importante Iglesia
del Este a mediados del siglo cuarto. Un palestino de la segunda mitad
del siglo, San Epifanio, fue Obispo de Salamis en Chipre y escribió
una conocida historia de todas las herejías. Desafortunadamente,
no fue preciso y mas adelante nos creó grandes dificultades al
no nombrar a sus autoridades. Era amigo de San Jerónimo, y era
un descomprometido oponente del Origenismo.
(2) El sacerdote Alejandrino Ario, no fue producto
de la escuela catequista de aquella ciudad, sino de la Escuela Luciánica
de Antioquia. La tendencia Alejandrina era bastante opuesta al de Antioquía,
y al obispo Alejandrino, Alejandro, quien condenó a Ario en cartas
que aún existen desde donde reunimos la tradición de la
Iglesia Alejandrina. En ellos, no hay trazo de Origenismo, la Casa matriz
de la cual por mucho tiempo fue en Cesarea en Palestina, en la sucesión
Theoctistus, Pamfilo, Eusebio. La tradición de Alejandría
fue más bien aquella que Dionisio el Grande había recibido
del Papa Dionisio. Tres años después del Concilio de Nicea
(325), San Atanasio comenzó su largo episcopado de 45 años.
Sus escritos no son muy voluminosos, siendo ya sea teología controversial
o memorias apologeticas de sus propios problemas, su valor teológico
e histórico es enorme, considerando el rol de liderazgo tomado
por este verdaderamente gran hombre en los cincuenta años de lucha
con el Arianismo. La cabeza de la escuela catequista durante este medio
siglo fue Dirimo el Ciego, un Atanasio en su doctrina del Hijo y mas bien
mas claro incluso que su patriarca en su doctrina de la Trinidad, aunque
en muchos otros puntos llevó consigo la tradición Origenista.
Aquí podemos mencionar, a propósito a un escritor más
tardío, Synesius de Cirene, un hombre de hábitos filosóficos
y literarios, que mostró energía y piedad sincera como un
obispo, a pesar del carácter mas bien pagano de su cultura. Sus
cartas son de gran interés.
(3) La segunda mitad del siglo está ilustrado
por un ilustrasa terna en Capadocia, San Basilio, su amigo San Gregorio
Nazianceno, y su hermano San Gregorio de Nisa. Eran los principales trabajadores
en el regreso a la ortodoxia del Este. Su doctrina de la Trinidad es un
avance incluso sobre aquella de Didimus y está muy cerca, sin dudas,
a la doctrina Romana que mas tarde fuera asumida en el credo Atanasio.
Pero al Este le tomó un largo tiempo asimilar el significado completo
del punto de vista ortodoxo. San Basilio demostró gran paciencia
con aquellos que habían avanzado menos en el recto camino que él
mismo e incluso temperó su lenguaje de forma de conciliarlos. Por
fama de santidad, casi ninguno de los Padres, salvo San Gregorio, el Trabajador-Maravilla,
o San Agustín, nunca lo igualaron. Practicó extraordinario
ascetismo, y en su familia, todos eran santos. Compuso una regla para
los monjes que se ha mantenido prácticamente la única en
el Este. San Gregorio tenía mucho menos carácter pero iguales
habilidades y aprendizaje, con mayor elocuencia. El amor de Origen quien
persuadió a sus amigos en su juventud a publicar un libro de extractos
de sus escritos tuvo muy poca influencia en su teología tardía;
en particular, aquella de San Gregorio es célebre por su rigurosidad
o incluso infalibilidad. San Gregorio de Nisa está, por otro lado,
lleno de Origenismo. La cultura clásica y la forma literaria de
los Capadocios, unidos a la santidad y ortodoxia, los hace un grupo único
en la historia de la Iglesia.
(4) La escuela de Antioquía del siglo cuarto
parece haber cesado dentro del Arianismo, hasta los tiempos cuando los
grandes Alejandrinos, Atanasio y Didimus estaban muriendo, cuando estaba
recién reviviendo no meramente dentro de la ortodoxia sino dentro
de una florescencia superarando la reciente gloria de Alejandría
e incluso de Capadocia. Diodorus, un monje de Antioquía y luego
obispo de Tarso, era un leal defensor de la doctrina Niceana y un gran
escritor, aunque gran parte de sus obras hayan perecido. Su amigo, Teodoro
de Mopsuescia, era un juicioso y culto comentador en el literal sentido
de Antioquía, pero desafortunadamente su oposición a la
herejía de Apolinario de Laodicea lo llevó al un extramo
opuesto, al Nestorianismo – sin duda el pupilo Nestorio escasamente
fue tan lejos como su maestro Teodoro. Pero luego, Nestorio se resistió
al juicio de la Iglesia donde Teodoro murió en comunión
Católica y fue amigo de los santos, incluyendo la coronada gloria
de la escuela de Antioquia. San Juan Crisóstomo, cuyos grandes
sermones fueron predicados en Antioquía, antes que fuera obispo
de Constantinopla. Crisóstomo es, sin dudas, el más importante
de los Padres Griegos, el primero de todos los comentadores, y el primero
de todos los oradores en el Este y en Oeste. Por un tiempo, fue un hermitaño,
y se mantuvo asceta durante su vida; fue también un ferviente reformador
social. Su grandeza de carácter lo hace merecedor de un lugar al
lado de San Basilio y San Atanasio. Como Basilio y Gregorio fueron formados
en la oratoria por el Cristiano Prohaeresius, así también
lo fue Crisóstomo, por el pagano Libanius. En el Gregorio clásico
podemos encontrar a veces, al retórico; en Crisóstomo, nunca;
sus increíbles talentos naturales impiden la necesidad de recurrir
a la asistencia del arte, y aunque le precedió un aprendizaje,
se perdió en el flujo de pensamiento enérgico y torrente
de palabras. No teme repetir ni de olvidar las reglas, porque nunca deseó
ser admirado sino de persuadir e instruir. Aunque un hombre tan grandioso
tiene sus limitaciones. No tenía interés especulativo en
filosofía ni teología, aunque era lo suficientemente docto
para ser absolutamente ortodoxo. Es un hombre santo y práctico,
de tal que sus pensamientos están llenos de piedad, belleza y sabiduría;
aunque no fue un pensador. Ninguno de los Padres fue tan imitado ni leído;
aunque muy poco de sus escritos se puede decir que moldearon su tiempo
o los futuros y no podría ni por un instante competir con Origen
o Agustín por el lugar entre los escritores eclesiásticos.
(5) En el siglo cuarto, Siria produjo un gran escritor,
San Efraín, diácono de Edesa (306-73). La mayoría
de sus escritos son poesía; sus comentarios están en prosa,
pero los restos de estos son escasos. Sus homilías e himnos están
todos en métrica, y de una gran belleza. Tal tierna y amorosa piedad
es muy difícil encontrar en los Padres. Las 23 homilías
de Afrates (326-7) un obispo de Mesopotamia, son de gran interés.
(6) San Hilario de Poitiers es el más famoso
de los oponentes primitivos del Arianismo en Occidente. Escribió
comentarios y obras polémicas, incluyendo el gran tratado “De
Trinitate” y una obra histórica perdida. Su estilo es afectadamente
comprometido y oscuro, aunque sin embargo es un teólogo de considerable
mérito. El mismo nombre de su tratado sobre la Trinidad demuestra
que consideró el dogma bajo el punto de vista Occidental de una
Trinidad en Unidad, aunque ha empleado las obras de Orígen, Atanasio
y otros Orientales. Sus exégesis son del tipo alegórico.
Hasta el día de hoy, el único gran Padre Latino fue San
Cipriano, e Hilario no tuvo rival en su propia generación. Lucifer,
Obispo de Calaris en Cerdeña fue un rudo controversialista que
escribió de manera muy popular y casi falto de educación.
El español Gregorio de Illiberis, del Sur de España, sólo
hoy recibe lo debido, dado que Dom. A. Wilmart restauró en 1908
el importante tal llamado "Tractatus Origenis de libris SS. Scripturae",
El cual el y Batiffol habían publicado en 1900 como obras genuinas
de Origen traducidas por Victorinus de Pettau. Los comentarios y obras
anti-Arianas de Marius Victorinus retórico convertido, no tuvieron
éxito. San Eusebio de Versalles sólo nos dejó unas
cuantas cartas. La fecha de los cortos discursos de Zeno de Verona es
incierta. La refinada carta del papa Julios I a los Arianos y algunas
cartas de Liberius y Damasus son de gran interés.
El mayor de los oponentes del Arianismo en Occidente fue San Ambrosio
(m. 397). Su santidad y sus grandes acciones lo hacen una de las figuras
más solemnes del período patrístico. Desafortunadamente
el estilo de sus escritos es a menudo poco placentero, afectado e intrincado
sin ser correcto o artístico. Su exégesis no es meramente
del tipo alegórico extremo, sino tan imaginativo que a veces parece
absurdo. Y, sin embargo, cuando no está atento, habla con elocuencia
genuina y sensitiva; produce apotegmas de admirable brevedad, y sin ser
un teólogo profundo, muestra una maravillosa profundidad en su
pensamiento moral ascético y materias devocionales. Así
como su carácter nos exige entusiasmada admiración, así
también sus escritos se ganan nuestro respetuoso afecto, a pesar
de sus bastante irritantes defectos. Es fácil ver que es muy leído
dentro de los clásicos y los escritores Cristianos del Este y el
Oeste, aunque sus mejores pensamientos son todos propios.
(7) En Roma un escritor original, extraño y
docto compuso un comentario sobre las Epístolas de San Pablo y
una serie de cuestiones sobre el Antiguo y Nuevo Testamentos. Usualmente
se habla de él como un Ambrosiano, y tal vez pudo haber sido un
judío converso llamado Isaac quien luego renegó. San Dámaso
escribió versos que son pobre como poesía pero interesante
porque nos entrega información sobre los mártires y las
catacumbas. Su secretario por un tiempo fue San Jerónimo, Pannoniano
de nacimiento, y Romano por bautismo. Este docto Padre, "Doctor
maximus in Sacris Scripturis", es bien conocido por nosotros,
porque casi todo lo que escribió es una revelación de sí
mismo. Relata al lector sus inclinaciones y antipatías, sus entusiasmos
y sus irritaciones, sus amistades y enemistades. Si a menudo está
fuera de sí, es muy humano, muy afectuoso, muy asceta, muy devoto
de la ortodoxia y de muchas maneras de un carácter muy amable;
porque si es rápido en ofenderse, es fácil en apaciguarse,
es laborioso mas allá de la capacidad ordinaria y está contra
la herejía que usualmente enciende su ira. Vivió toda la
última parte de su vida en un retiro en Belén, rodeado del
cariño de sus discípulos cuya incansable devoción
muestra que el santo era sin lugar a dudas un diamante en bruto, alguien
podría decir, un ogro, como es representado a menudo. No tenía
gusto por la filosofía y rara vez se dio tiempo para pensar aunque
leyó y escribió incesantemente. Sus muchos comentarios son
breves y al punto, llenos de información y producto de una amplia
lectura. Su mejor obra fue la traducción del Antiguo Testamento
del Hebreo al Latín. Continuó las obras textuales de Origen,
Pamfilo y Eusebio y su revisión de los Evangelios Latinos demuestran
el uso de un admirable Griego puro M.SS, aunque pareciera haber gastado
menos dolores en el resto del Nuevo Testamento. Atacó las herejías
con mayor claridad, con toda la vivacidad, y con mucho más que
la elocuencia y eficiencia que Tertuliano. Usó las mismas armas
contra cualquiera que lo atacara y especialmente contra su amigo Rufinus,
durante su pasajero período hostil.
Si sólo “tal vez” es el mas docto de los Padres, está
mas allá de duda, que es el escritor en prosa más grande
entre todos ellos. No podemos comparar su energía y habilidades
con la originalidad y pulido de Cicerón o con la delicada perfección
de Platón, pero ninguno de ellos o ningun otro escritor puede compararse
con Jerónimo en su propia esfera. No intenta vuelos de la imaginación,
la entonación musical, ni pintura con palabras; no tiene un lenguaje
fluido de miel como Cipriano ni torrente de frases como Crisóstomo;
es un escritor, no un orador, y un escritor erudito y clásico.
Aunque sus cartas, por su fuerza y vividez impactante, por su punto e
inteligencia, por su tersa expresión, nunca fueron ni serán
escritas. No hay sentido de esfuerzo y aunque nos sentimos que el lenguaje
debió haber sido estudiado, raramente nos atrevemos a llamarlo
lenguaje estudiado, porque Jerónimo conoce el extraño secreto
de pulir sus armas de acero mientras están al fuego blanco, y de
lanzarlo antes que se enfríen. Era un peligroso adversario. Tenía
el desafortunado defecto de su extraordinaria prontitud, de su extremada
inexactitud y sus declaraciones históricas necesitan un cuidadoso
control. Sus biografías de los ermitaños, sus palabras sobre
la vida monástica, la virginidad, la fe Romana, nuestra Bendita
Señora, las reliquias de los santos, han ejercido gran influencia.
Solo se ha sabido en los últimos años, que Jerónimo
era un predicador; los pequeños discursos ex tempore publicados
por Dom Mona están llenos de su irrepresible personalidad y su
descuidada erudición.
(8) Africa, ocupada en una batalla propia, desconocía
el problema Ariano. El Donatismo (311-411) fue por largo tiempo soberano
en Numidia y a veces en otras partes. La mayoría de los escritos
de los Donatistas han perecido. Cerca del 370 San Optatus publicó
una obra efectiva controversial contra ellos. El ataque fue continuado
por un aún mayor controversial San Agustín, con un éxito
maravilloso, de tal que el cisma crónico fue prácticamente
final veinte años antes de la muerte del santo. Tan afortunado
evento volvió los ojos de todo el Cristianismo al brillante protagonista
de los Católicos Africanos quien ya había enfrentado trayendo
contratiempos a los escritores Latinos Maniqueos. Desde 417 hasta su muerte
en 431, estuvo comprometido en un conflicto aún mayor, con la herejía
filosófica y naturalista de Pelagio y Caelestius. En esta, al principio
fue asistido por el anciano Jerónimo; los papas condenaron a los
innovadores y el emperador legisló contra ellos. Si San Agustín
tiene la fama única de haber destruido tres herejías, es
porque era tan ansioso en persuadir como en refutar. El fue tal vez el
mayor escritor controversial que el mundo jamás ha visto. Además
de esto, no sólo era el mayor filósofo entre los Padres,
sino que era el único gran filósofo. Sus obras puramente
teológicas, especialmente su “De Trinitate”
son insuperables en profundidad, comprensión y claridad, entre
los escritores eclesiásticos primitivos, ya sea en Occidente o
en Oriente. Como teólogo filosófico no tuvo superior, excepto
a su propio hijo y discípulo, Santo Tomás de Aquino. Probablemente
es correcto decir que ninguno, excepto Aristóteles, ha ejercido
tan vasta, tan profunda y tan beneficiosa influencia sobre el pensamiento
Europeo. Agustín mismo era en todo platónico. Como comentador,
poco se preocupó por la letra, y todo por el espíritu, aunque
su armonía con los Evangelios, demuestra que pudo cuidar los datos
históricos y los detalles. Las tendencias alegorizantes que heredó
de Ambrosio, su padre intelectual, lo llevó a veces a extravagancias,
aunque más a menudo se eleva que comenta y su “In Genesim
in litteram” y sus tratados sobre los Salmos y sobre San Juan
son obras de extraordinario poder e interés, y bastante merecedoras,
en un estilo totalmente diferente, del rango de Crisóstomo sobre
Mateo. San Agustín era un profesor de retórica antes de
su maravillosa conversión; pero como San Cipriano, e incluso más
que San Cipriano, puso a un lado, como un Cristiano, todos los artífices
de la oratoria que conocía muy bien. Se mantuvo correcto en la
gramática y de perfecto buen gusto, junto con el poder de hablar
y escribir con facilidad en un estilo de maestra simplicidad y dignidad
aunque casi con llaneza coloquial. Nada pudo ser tan individual que este
estilo de San Agustín, donde habla al lector o a Dios con perfecta
apertura y con una asombrosa, y casi siempre exasperante sutileza de pensamiento.
Tenía el poder de considerar totalmente un tema y continuarlo,
y era demasiado concienzudo para no usar este talento al extremo. De gran
inteligencia y profunda visión, era también un erudito.
Manejaba el Griego solo al final de su vida, con el objeto de familiarizarse
con las obras de los Padres orientales. Si “De Civitate Dei”
demuestra abundancia de lectura; más aún, lo coloca en el
primer lugar entre los apologistas. Antes de su muerte (431) fue objeto
de extraordinaria veneración. Fundó un monasterio en Tagaste,
el cual entregó obispos y vivió en Hippo con su clero en
vida común, la cual los Cánones Regulares de tiempos posteriores
siempre vieron como su modelo. La Gran Orden Domínica, los Agustinos
y un sin número de congregaciones de monjas aún lo ven como
su padre y legislador.
Sus obras devocionales estuvieron de moda solo para otro de sus hijos
espirituales, Tomás de Kempis. Tuvo en su vida reputación
de milagros y su santidad es sentida en todos sus escritos, y se respira
en la historia de su vida. Ha sido notado que en este obispo de muchas
caras, existía cierta simetría que lo hizo casi un modelo
sin fallas de hombre santo, sabio y activo. Es bueno recordar que fue
esencialmente un penitente.
(9) En España, el gran poeta Prudencio, superó
a todos sus predecesores, de los cuales el mejor había sido Juvencus
y el casi pagano retórico Ausonius. Los curiosos tratados del hereje
español Priscilliam fueron descubiertos solo en 1889. En la Galia,
Rufinus de Auileia debe ser mencionado como el más libre traductor
de Origenes, etc y de la “Historia” de Eusebio la cual continuó
hasta sus días. En el Sur de Italia, su amigo Paulinus de Nola
nos dejó píos poemas y elaboradas cartas.
D. (1) Los fragmentos de los escritos de Nestoirus,
fueron coleccionados por Loofs. Algunos de ellos, fueron preservados por
un discípulo de San Agustín, Marius Mercator, quien hizo
dos colecciones de documentos en relación al Nestorianismo y el
Pelagianismo respectivamente. El gran adversario de Nestorius, San Cirilo
de Alejandría, tuvo por opositor a un escritor aún más
grande, Theodoret, Obispo de Cyrus. Cirilo es un escritor bastante voluminoso,
y sus largos comentarios sobre la veta mística Alejandrina, no
tienen mucho interés entre los lectores modernos. Pero sus tratados
y cartas principales sobre la cuestión Nestoriana, lo muestran
como un teólogo que tuvo un profundo conocimiento espiritual dentro
del significado de la Encarnación y sus efectos sobre la raza humana
– el levantamiento del hombre a la unión con Dios. Vemos
aquí la influencia del ascetismo Egipcio de Antonio el Grande (cuya
vida fue escrita por San Atanasio) y de Macario (uno de los cuales dejó
algunas valiosas obras en Grieogo) y Pachomius, de su propio tiempo. En
sus sistemas ascéticos, la unión con Dios por contemplación
era naturalmente el fin en visión pero uno se sorprende cuan poca
meditación hicieron sobre la vida y pasión de Cristo. No
es omitido, pero la tendencia así como San Cirilo y con los Monophysitos
quienes creyeron y lo siguieron, es pensar mas bien en la divinidad que
en la Humanidad. La escuela de Antioquia había exagerado la tendencia
contraria, fuera de la oposición al Apolinarianismo, que hizo la
humanidad de Cristo incompleta, y pensaron mad del hombre unido a Dios
que de Dios hecho hombre. Theodoret sin dudas evitó los excesos
de Teodoro de Nestorius y su doctrina fue al fin aceptada por San Leo
como ortodoxa, a pesar de sus temprana persistente defensa de Nestorius.
Su historia de los monjes es menos valiosa que los escritos anteriores
de testigo – Paladio en el Este, Rufino y después Casiano
en Occidente. Pero la “Historia” de Teodoro como continuación
de la de Eusebio contiene información valiosa. Su escritos apologetas
y controversiales son las obras de un buen teólogo. Sus piezas
maestras son sus obras exegéticas, las cuales no son ni oratorias
como aquellas de Crisóstomo, ni exageradamente literales como aquellas
de Teodoro. Con el la gran escuela de Antioquia honorablemente terminó,
como la Alejandrina con San Cirilo. Junto con estos grandes hombres, puede
ser mencionado el consejero espiritual de San Cirilo, San Isidoro de Pelusium,
cuyas 2000 cartas tratan principalmente con la exégesis alegórica,
los comentarios sobre San Marcos por Víctor de Antioquia y la introducción
a la interpretación de las Escrituras por el monje Hadrian, un
manual del método antioquino.
(2) La controversia Eutiquiana no produjo grandes
obras en Oriente. Tales obras de los Monophysitos, como habían
sobrevivido están en versiones Sirias o Cópticas.
(3) Los dos historiadores de Constantinopla, Sócrates
y Sozoman, a pesar de sus errores, contienen algunos datos que son preciados,
mientras que muchas de las fuentes que utilizaron están perdidas
para nosotros. Con Theodoret, su contemporáneo, formaron una tríada
justo en la mitad del siglo. San Nilus de Sinai es el más importante
entre muchos escritores ascéticos.
(4) San Sulpicius Severus, un noble de la Galia, discípulo
y biógrafo del gran San Martín de Tours era un clásico
erudito, quien se muestra a sí mismo como un escritor elegante
en su “Historia Eclesiástica”. La escuela de Lérins,
produjo muchos escritores además de San Vicente. Podemos mencionar
a Eucherius, Faustus y el gran San Cesareo de Arles (543). Otros escritores
Galos fueron Salviano, San Sidonio Apolinaris, Gennadius, San Avitas de
Viena y Julianus Pomerius.
(5) En Occidente, las series de decretos papales comenzaron
con el Papa Siricus (384-98). Han sido preservadas gran cantidad de cartas
de los papas más importantes. Aquellas del sabio San Inocente I
(401-17), el cascarrabias San Zosimus (417-8) y el severo San Celestino
son, probablemente, los más importantes de la primera mitad del
siglo; en la segunda mitad, aquellas de Hilarus, Simplicius y sobre todo,
del docto San Gelasius (492-6). A mediados del siglo tenemos a San Leo,
el más grande de los primeros papas, cuya inmutabilidad y santidad
salvó a Roma de Atila, y a los Romanos de Genseric. Pudo haber
sido inflexible en el enunciado de un principio; fue condescendiente al
condonar las faltas de disciplina en pro de la paz además de ser
un hábil diplomático. Sus sermones y cartas dogmáticas
en su larga correspondencia, nos lo muestran como el más lúcido
de todos los teólogos. Claro en su expresion, no por superficialidad,
sino porque pensaba clara y profundamente. Navegó entre el Nestorianismo
y el Eustaquismo, sin utilizar distinciones sutiles o argumentos elaborados,
sino realizando simples definiciones con palabras precisas. Condenó
el Monotelismo por anticipación. Su estilo era cuidadoso, con cadencias
métricas. Su majestuoso ritmo y sus sonoras conclusiones vistieron
al lenguaje Latino con un nuevo esplendor y dignidad.
E. (1). En el siglo sexto la gran correspondencia
del Papa Homisdas es del más gran interés. Aquel siglo concluyó
con San Gregorio el Grande, cuyo celebrado “Registrum”
excede en volumen por varias veces las colecciones de las cartas de otros
papas anteriores. Las Epístolas son de gran variedad y arrojan
luz sobre varios intereses de la vida del gran papa y una variedad de
eventos en Oriente y Occidente de su época. Sus “Morales
en el Libro de Job” no es un comentario literal sino que pretende
sólo ilustrar el sentido moral que subyace en el texto. Con toda
la extrañeza que se presenta ante las nociones modernas, es una
obra plena de sabiduría e instrucción. Son de especial interés,
las advertencias de San Gregorio sobre la vida espiritual y sobre la contemplación.
Como teólogo su originalidad radica en que combina toda la teología
tradicional de Occidente sin agregarle nada. Comúnmente, sigue
a Agustín como teólogo, comentador y predicador. Sus sermones
son admirablemente prácticos; son modelos de lo que debe ser un
buen sermón. Después de San Gregorio, hubieron algunos grandes
papas cuyas cartas ameritan ser estudiadas, tales como las de Nicolás
I y Juan VIII; pero estos y muchos escritores posteriores de Occidente
pertenecen propiamente al período medieval. San Gregorio de Tours
es ciertamente medieval, aunque el erudito Bede es bastante patrístico.
Su gran historia es la más fidedigna y perfecta historia que podemos
encontrar en los primeros siglos.
(2) En Oriente, la última mitad del siglo quinto
fue muy estéril. El siglo sexto no fue mucho mejor. La importancia
para la historia del dogma, de Leoncio de Byzancio (m. 543) solo fue considerada
mas tarde. Los poetas y hagiógrafos, cronistas, canonistas y escritores
ascetas se sucedían unos a otros. A través de comentarios,
Catenas estaba a la orden del día. Debemos nombrar a San Maximo
Confesor, Anastasio del Monte Sinai y Andrés de Cesarea.
El primero de éstos comentó sobre las obras del seudo Dionisio,
el Areopagita, quien probablemente fue el primero en ver la luz hacia
el fin del siglo quinto. San Juan Damascos (750) conluye el período
patrístico con sus polémicas contra las herejías,
sus escritos exegetas y ascetas, sus bellos himnos y sobre todo su “Fuente
de Sabiduría” la cual es un compendio de la teología
patrística y una especie de anticipación a la Escolástica.
Sin dudas, la “Summae Theologicae” de la Edad Media
se encuentran en las “Sentencias” de Pedro Lombardo, quien
tomó el esqueleto de su obra del último de los Padres Griegos.
III. Características de los escritos
patrístitcos.
A. Comentarios.
Hemos visto que la escuela literal de exégesis tiene su hogar
en Antioquía, mientras que la escuela alegórica era Alejandrina
y todo Occidente, siguió el método alegórico, mezclando
el literalismo en varios grados. La sospecha de Arianisno nos hace perder
a los escritores del siglo cuarto de la escuela de Antioquia, tales como
Teodoro de Heraclea y Eusebio de Emesa y el cargo de Nestorisnimo causó
que los comentarios de Diodorus y Teodoro de Mopsuestia (la mayor parte)
desaparecieran. La Escuela Alejandrina ha perdido sin embargo aún
más, por lo menos del gran Orígen no quedan sino fragmentos
y versiones no confiables.
Los grandes de Antioquía, Crisóstomo y Teodoret tienen
una comprensión real del sentido del texto sagrado. Lo tratan con
reverencia y amor y sus explicaciones tienen un valor profundo porque
el lenguaje del Nuevo Testamento era su propia lengua, de manera que nosotros,
los modernos no podemos darnos el lujo de descuidar sus comentarios. Por
el contrario, Origen el plasmador del tipo alegórico de comentarios,
quien había heredado la tradición Filónica de los
Judíos Alejandrinos, era esencialmente irreverente con los autores
inspirados. El Antiguo Testamento, estaba para él lleno de errores,
mentiras y blasfemias, hasta donde en lo que atañe a sus cartas,
y su defensa de el contra los paganos, los Gnósticos, y especialmente
los Marcionistas, era solo para puntualizar al significado espiritual.
Teóricamente, distinguía un sentido triple, el somático,
el psíquico y el neumático, siguiendo la tricotomía
de San Pablo; pero en la práctica otorgó principalmente
el espiritual como opuesto al corporal o literal. A veces San Agustín
defiende el Antiguo Testamento contra los Maniqueos en el mismo estilo
y ocasionalmente de un modo no tan convincente, pero con gran moderación
y freno. En su “De Genesi ad litteram” el había
logrado un método mucho mas efectivo con su usual brillante originalidad
mientras señala que las objeciones traídas contra la verdad
de los primeros capítulos del libro invariablemente descansan sobre
la asunción sin base que quien objecta ha encontrado el verdadero
significado del texto. Pero Origen aplicó su método, aunque
parcialmente, incluso al Nuevo Testamento y consideraba a los Evangelistas
como a veces falsos en la letra, pero como guardando la verdad en un escondido
sentido espiritual. En este punto el buen sentido de los Cristianos los
previno de seguirlo. Aunque el brillante ejemplo que dio al darle curso
al alboroto en la fantastica exégesis que alentó su método,
tuvo una influencia desafortunada. Es aficionado a dar una variedad de
explicaciones a un solo texto, y su promesa de no sostener nada que no
pueda ser probado desde las Escrituras, se torna ilusorio cuando muestra
por ejemplo que ninguna parte de las Escrituras puede significar nada
que el desea. La índole reverente de los escritores posteriores
y especialmente en los Occidentales, quienes preferían representar
como el verdadero significado del escritor sagrado, la alegoría,
la cual les parecía a ellos lo más obvio. San Ambrosio y
San Agustín en sus bellas obras sobre los Salmos mas bien espiritualizador
o moralizador mas que alegóricas y sus interpretaciones imaginativas
son principalmente de eventos, acciones, números, etc. Pero casi
toda interpretación alegórica es tan arbitraria y depende
tanto del capricho del exegeta que es difícil conciliar con la
reverencia, sin embargo, algunos podrían quedar maravillados por
la belleza de mucha de ella. Una forma alternativa de defender el Antiguo
Testamento fue inventada por el ingenioso autor del pseudo-Clementinos;
afirma que ha sido depravado e interpolado. El saber de San Jerónimo
hizo única su exégesis; frecuentemente otorga explicaciones
alternativas y se refiere a los autores que ha adoptado. Desde la mitad
del siglo quinto en adelante, comentarios de segunda mano son universales
tanto en Oriente como en Occidente y la originalidad desaparece casi por
completo. Andrés de Cesarea es tal vez la excepción por
sus comentarios sobre el libro que escasamente ha sido leído en
el Este, el Apocalipsis.
Las discusiones del método no son escasas. Clemente de Alejandría
entrega “los métodos tradicionales literal, típico,
moral y profético. La tradición viene obviamente del Rabanismo.
Debemos admitir que tiene en su favor la práctica de San Mateo
y San Pablo. Incluso más que Orígen, San Agustín
teorizó sobre la materia. En su “Doctrina Cristiana”
nos entrega elaboradas reglas de exégesis. En todas partes, distingue
cuatro sentidos de las Escrituras: histórico, aetiologo (económico),
analógico (donde el Nuevo Testamento explica el Antiguo Testamento)
y alegórico (“De Util. Cred.”, 3; cf “De Vera
Rel”, 50).
El libro de reglas compuesto por el Donatista Ticonius, tiene su análogo
en los “cánones” más pequeños de las
Cartas de San Pablo por Priscillian. Hadrian de Antioquia fue mencionado
más arriba. San Gregorio el Grande compara las Escrituras con un
río tan superficial que un cordero puede caminar en el, tan profundo
que un elefante puede flotar. (Pref. "Morales sobre Job”).
Distingue los sentidos histórico y literal, el moral y el alegórico
o típico. Si los Padres Occidentales son imaginativos, no obstante
esto es mejor que el extremo liberalismo de Teodoro de Mopsuestia, quien
rehusó alegorizar incluso el Cantar de los Cantares.
B. Predicadores.
Tenemos sermones de la Iglesia Griega mucho mas primitivos que de la
Latina. Sin dudas, Sozomen nos relata hasta hoy día (c. 450) que
no habían sermones públicos en las iglesias en Roma. Esto
parece casi increíble. Sin embargo, los sermones de San Leo, ciertamente
los primeros predicados en Roma han llegado a nosotros, por aquellos de
Hipólito que están todos en Griego; a no ser que la homilía
“Adversus Alcatores” sea un sermón de un antipapa Novaciano.
La series de predicadores latinos comenzó en las mitad del siglo
cuarto. La así llamada “Segunda Epístola de San Clemente”
es una homilía perteneciente posiblemente al siglo segundo. Muchos
de los comentarios de Origen son una serie de sermones, como es el caso
posterior con todos los comentarios de Crisóstomo y muchos de San
Agustín. En muchos casos los tratados son compuestos por una serie
de sermones, como, por ejemplo, es el caso de algunos de aquellos de Ambrosio,
quien al parecer reescribió sus sermones luego de entregarlos.
El “De Sacaramentis” puede ser posiblemente la versión
de un escritor taquígrafo de la serie las cuales el santo mismo
editó bajo el título “De Misteriis”. En cualquier
caso “De Sacramentis” (ya sea por Ambrosio o no) tiene una
frescura e inocencia la cual es, sin dudas, escasa en la ciertamente auténtica
“De Misterios”. Similarmente, la gran serie de sermones predicados
por San Crisóstomo en Antioquia fueron evidentemente escritos o
corregidos por su propia mano, pero aquellos que entregó en Constantinopla
fueron ya sea rápidamente corregido o de ningún modo. Sus
sermones sobre los Hechos, que han llegado hasta nosotros en dos textos
bastante distintos en la MSS., son probablemente conocidos por nosotros
solo en las formas en las cuales fueron tomadas por dos diferentes taquígrafos.
San Gregorio Nazianceno se queja de la inoportunidad de aquellos taquígrafos
(Orat. Xxxii), como San Jerónimo lo hace de sus incapacidades (Ep.
Lxxi,5). Su arte fue evidentemente altamente perfeccionado, y algunos
de estos especimenes, llegaron a nosotros. Eran oficialmente empleados
en los concilios (ejemplo en la gran conferencia con los Donatistas en
Cartago, el año 411, escuchamos de ellos). Parece ser que muchos
o la mayoría de los obispos en el Concilio de Efeso, el año
449, tenían sus propios taquígrafos con ellos. El método
de tomar notas y de amplificar es ilustrado en los Hechos del Concilio
de Constantinopla del 27 de Abril del año 449.
Muchos de los sermones son ciertamente de notas. Respecto a los otros,
no tenemos certeza, porque el estilo de los escritos es tan coloquial
que es difícil llegar a algún criterio. Los sermones de
San Jerónimo en Belén, publicado por Dom Morin, vienen de
informes taquigráficos y los discursos mismos eran conferencias
desprovistas sobre porciones de los Salmos o de los Evangelios que han
sido cantados en la liturgia. El orador a menudo era claramente precedido
por otro sacerdote, y en el Dia de la Navidad Occidental, la cual era
guardada sólo por su comunidad, el obispo estaba presente y hablaría
al final. De hecho, el peregrino AEtheria nos relata que en Jerusalem
en el siglo cuarto, todos los sacerdotes presentes si así lo decidían
hablaban en turnos y el obispo lo hacía al final. Tales comentarios
improvisados estaban lejos, sin dudas, de los discursos oratorios de San
Gregorio Nazianceno, de los encumbrados vuelos de Crisóstomo, del
torrente de repeticiones que caracteriza los cortos sermones de Pedro
Crisologus, de las diáfanas frases de Maximo de Turín, y
los ritmos ponderados de Leo el Grande. La elocuencia de estos Padres
no es necesario ser descrita aquí. En Occidente, podemos agregar
en el siglo cuarto a Gaudentius de Brescia; algunas pequeñas colecciones
de interesantes sermones aparecen en el siglo quinto; el sexto abre con
las numerosas colecciones hechas por San Cesarius para uso de los predicadores.
Prácticamente no hay edición de las obras de este eminente
y práctico obispo. San Gregorio (aparte de algunas fantásticas
exégesis) es el predicador más práctico de Occidente.
Nada puede ser más admirable de ser imitado que San Crisóstomo.
Los escritores más ornados están menos seguros de ser copiados.
El estilo de San Agustín es demasiado personal como para ser un
ejemplo, y muy pocos han sido tan eruditos, tan grandes y preparados que
se puedan aventurar a hablar con la simpleza con la que a menudo lo hace.
C. Escritores.
Los Padres no pertenecen estrictamente al período clásico
ni Griego ni Latino; pero esto no implica que escribieran mal el Latín
o el Griego. La forma conversacional de la Coiné o el dialecto
común Griego, el cual se encuentra en el Nuevo Testamento y en
muchos papiros, no es el lenguaje de los Padres, excepto de los más
antiguos. Porque los Padres Griegos escriben en un estilo más clásico
que la mayoría de los escritores del Nuevo Testamento; ninguno
de ellos usa el Griego vulgar o sin gramática, mientras que si
algunos Atticize, por ejemplo, los de Cappadocia y Synesius. A menudo,
los Padres Latinoso son menos clásicos. Tertuliano es un Carlyle
Latino; sabía Griego y escribió libros en esa lengua e intentó
introducir términos eclesiásticos en Latin. En “Ad
Donatum” de San Cipriano probablemente su primer escrito Cristiano,
muestra una preciosidad Apuleian que evitó en todas sus otras obras,
pero la cual su biógrafo Poncio ha imitado y exagerado. Hombres
como Jerónimo y Agustín quienes tenían un conocimiento
acabado de la literatura clásica, no podrían haber usado
trucos de estilo, y cultivaron una manera que puede haber sido correcta,
aunque simple y al grano; sin embargo, su estilo no pudo haber sido el
que fue sino por sus estudios previos. Porque el Latín hablado
en todos los siglos patrísticos, era muy diferente al escrito.
Tenemos ejemplos de la lengua vulgar aquí y allá en las
cartas del Papa Cornelio como fueron editadas por Mercati, en el siglo
tercero, o en la Regla de San Benedicto en Wölfflin o en las ediciones
de Dom Mona en el sexto. En el último encontramos modernismos tales
como cor murmurantem, post quibus, cum responsoria sua, lo cual muestra
cómo la confusión de géneros y casos de los clásicos
fueron desapareciendo hacia una simplicidad más razonable de italiano.
Alguno de los Padres usan los finales rítmicos de los “cursos”
en su prosa; algunos tienen el posterior final tónico los cuales
fueron corrupciones de las correctas prosódicas. Ejemplos familiares
de lo anterior están en las colecciones más antiguas de
la Misa; del último Te Deum es una instancia obvia.
D. Oriente y Occidente.
Antes de hablar de las características teológicas de los
Padres, debemos tomar en cuenta la gran división del Imperio Romano
en dos lenguas. El lenguaje es el gran separador. Cuando los emperadores
dividen el Imperio, no fue precisamente de acuerdo al lenguaje; tampoco
fueron mas exactas las divisiones eclesiásticas, dado que la gran
provincia de Illyricum, incluyendo Macedonia y toda Grecia, estaban más
vinculados a Occidente a través de por lo menos una gran parte
del período patrístico, y fue gobernada por la Arzobispo
de Tesalónica, no como su exarca o patriarca, sino como legado
papal. Pero al considerar las producciones literarias de la época,
debemos clasificarlas como Latinas o Griegas, y es a ello a lo que nos
referimos por Occidental y Oriental. La comprensión de las relaciones
entre Griegos y Latinos es a menudo oscura por ciertas preposesiones.
Hablamos del “inmutable Este”, de los filosóficos
griegos como opuestos a los prácticos Romanos, del reposado pensamiento
de la mentalidad Oriental contra la velocidad y la clasificación
metódica que caracteriza la inteligencia Occidental. Todo esto
es bastante desorientador y es importante volver a los hechos. En primer
lugar, el Este fue convertido mucho más rápidamente que
el Oeste. Cuando Constantino hizo del Cristianismo la religión
establecida de ambos imperios desde el año 323 hacia delante, existía
un notable contraste entre los dos. En el Oeste el paganismo estaba en
todas partes y en una gran mayoría, excepto posiblemente en Africa.
Pero en el mundo Griego, la Cristiandad era bastante igual que las antiguas
religiones en influencia y números; en las grandes ciudades, podríamos
decir que era predominante, y algunos pueblos eran prácticamente
Cristianos. La historia relatada por San Gregorio el Trabajador Maravilla
que encontró 17 Cristianos en Neocesarea cuando fue obispo, y que
dejó la misma ciudad con 17 paganos cuando murió (270-5)
debe ser sustancialmente cierta. Tal historia en el Oeste podría
ser absurda. Las villas en los países Latinos eran sostenidas por
mucho tiempo, y los pagani mantenían su adoración a los
dioses antiguos incluso después de que fueron nominalmente Cristianizados.
Por el contrario, en Frigia, mucho antes de Constantino, todas las villas
eran Cristianas, por lo que también es cierto que en otros sitios,
el día de Juliano, algunos pueblos aún eran paganos –
Gaza en Palestina es un ejemplo; pero luego Maiouma, el puerto de Gaza,
era Cristiano.
Debemos notar, entre otras, dos consecuencias de esta rápida evangelización
del Este. En primer lugar, mientras el lento progreso de Occidente era
favorable a la preservación de la inmutable tradición, la
rápida conversión del Este estuvo acompañada por
un ágil desarrollo el cual, en la esfera del dogma, fue precipitado,
desigual, y pleno de error. En segundo lugar, la religión del Este
participó, incluso durante los heroicos tiempos de persecución,
del mal el cual Occidente sintió tan profundamente después
de Contantino, el cual fue, de las masas dentro de la Iglesia de multitudes
que fueron solo Cristianizadas a medias, porque era lo que estaba de moda
o porque eran vistas una parte de las bellezas de la nueva religión
y de los absurdos de lo viejo. Actualmente tenemos escritores Cristianos
en el Este y Oeste, tales como Arnobius y en alguna medida Lactantius
y Julios Africanus, lo que muestra que eran solo la mitad de instruídos
en la Fe. Este debió ser en mucho el caso entre la gente en Oriente.
La tradición en el Este era menos considerada y la fe era menos
profunda que en las comunidades mas pequeñas de Occidente. Nuevamente,
los escritores Latinos comenzaron en Africa con Tertuliano, justo antes
del tercer siglo, en Roma con Novaciano, justo en la mitad del tercer
siglo, y en España y la Galia no hasta el cuarto. Aunque Oriente
tuvo escritores en el siglo primero y númerosos en el segundo;
habían escuelas Gnósticas y Cristianas en el segundo y tercer
siglos. Sin duda, había escritores griegos en Roma en los dos primeros
siglos y parte del tercero. Pero cuando la Iglesia romana se tornó
Latina fueron olvidados; los escritores Latinos no citan a Clemente y
Hermas; olvidaron completamente a Hipólito, excepto su crónica
y su nombre de tornó simplemente en un tema legendario. Aunque
Roma fue poderosa y venerada en el siglo segundo, el rompimiento en su
literatura fue completo. La literatura latina es, por lo tanto un siglo
y medio mas jóven que la Griega; sin duda es prácticamente
dos siglos y medio más jóven. Tertuliano subsiste solo y
se volvió un hereje. No fué sino hasta la mitad del siglo
cuarto que apareció un solo Padre para lectura espiritual de los
educados Cristianos Latinos y es natural que la versometría, editada
(tal vez semi oficialmente) bajo el Papa Liberius para el control de los
precios de los libros, produjo las obras de San Cipriano así como
también los libros de la Biblia Latina. Esta posición única
de San Cipriano fue hasta hoy reconocida al principio del siglo quinto.
Desde Cipriano (m. 258) a Hilario había escasamente un libro latino
que pudiera ser recomendado para lectura popular excepto "De
mortibus persecutorum", de Lactantius y no había teología
del todo. Incluso un poco después, los comentarios de Victorinus
el Retórico no tenían valor y aquellos de Isaac el Judío
(¿) eran extraños. El unico período vigoroso de la
literatura Latina es solo el siglo que termina con Leo (m. 461). Durante
aquel siglo, Roma había sido repetidamente capturada o amenazada
por los bárbaros; los Vandalos Arianos, además de devastar
Italia y Galia, habían casi destruído el Catolicismo de
España y Africa; La Bretaña Cristiana había sido
asesinada en la invasión inglesa.
No obstante, Occidente había sido capaz de rivalizar con Oriente
en rendimiento y en elocuencia e incluso superarlo en conocimientos, profundidad
y variedad. La hermana mayor sabía poco de éstas producciones,
pero Occidente estaba provista con un considerable cuerpo de traducciones
del Griego, incluso en el siglo cuarto. En el sexto, Casiodoro se preocupó
de aumentar la cantidad. Esto dio a los Latinos una mayor perspectiva,
e incluso el decaimiento de la academia la cual Casiodoro y Agapito no
pudieron remediar, y la cual el Papa Agato deploró tan humildemente
en su carta al concilio Griego de 680, fue resistido con un cierto persistente
vigor.
En Contantinopla, los medios de investigación eran abundantes,
y existían muchos autores; sin embargo, hay una declinación
gradual hasta el siglo quince. Los escritores mas notables son como vacilantes
rodeados de chispas moribundas. Habían cronistas y cronógrafos,
aunque con escasa originalidad. Incluso el Monasterio de Studium es difícilmente
un despertar literario. En el Este no hay entusiasmo como aquel de Casiodoro,
de Isidoro, de Alcuin, mezclado por un mundo bárbaro. Photius tanía
excelentes bibliotecas a su disposición, sin embargo Debe era un
erudito mayor y probablemente sabía más de Oriente que Photius
sabía de Occidente. Las industriosas escuelas Irlandesas las cuales
propagaban el saber en todas partes de Europa no tenían paralelo
en el mundo Oriental. Fue solo después del siglo quinto que el
Este comenzó a ser “inmutable”. Y en la medida que
el vínculo con Occidente creció menos y menos continuamente,
su teología y literatura se tornaron mas y mas momificadas; donde
el mundo Latino floreció de nuevo con un Anselmo, con un perspiecaz
Agustín, un Bernardo, rival de Crisóstomo, un Aquino, principe
de los teólogos. Por lo tanto, vemos en los primeros siglos un
movimiento doble, del cual debemos hablar en forma separada: un movimiento
Oriental de teología, por el cual el Occidente impuso sus dogmas
sobre el reticente Oriente, y un movimiento Occidental sobre asuntos mas
prácticos – organización, liturgia, ascetas, devoción
– por el cual Occidente asimiló la rápida evolución
de los Griegos. Primero, consideremos el movimiento teológico.
E. Teología.
A través del siglo segundo, la porción Griega de la Cristiandad
engendró herejías. La multitud de escuelas Gnósticas
intentó introducir todo tipo de elementos extraños a la
Cristiandad. Aquellos que enseñaron y les creyeron no comenzaron
de una creencia en la Trinidad y la Encarnación tal como nosotros
estamos acotumbrados. Marión no formó una escuela sino una
Iglesia; su Cristología estaba muy alejada de la tradición.
Los montanistas provocaron un cisma el cual conservó las creencias
y prácticas tradicionales, pero afirmaron una nueva revelación.
Los líderes de todos los nuevos puntos de vista llegaron a Roma
e intentaron ganar allí una base; todos fueron condenados y excomunicados.
Al final del siglo, Roma tenía todo el Este concordando con su
tradicional regla que la Pascua de Resurrección debía celebrarse
un Domingo. Las Iglesias del Asia Menor tenían una costumbre diferente.
Uno de sus obispos protestó. Aunque parece ser que se sometieron
casi de inmediato. En las primeras décadas del siglo tercero, Roma
imparcialmente repelió herejías opuestas, aquellas que identificaban
las tres Personas de la Santísima Trinidad sólo con una
distinción modal (Monaruistas, Sebelianos, “Patripasianos”)
y aquellos que, por el contrario, hicieron de Cristo un mero hombre o
al parecer atribuían al Verbo de Dios un ser distinto de aquel
del Padre. Esta última concepción, para nuestra sorpresa,
es asumida, al parecer, por los primeros Griegos apologistas, aunque en
variado lenguaje; Atenágoras (quien como ateniense pudo haber tenido
relación con Occidente) es el único que afirma la Unidad
de la Trinidad. Hipólito (de alguna manera diverso en la “Contra
Neitum” y en la “Philosophumena” si ambas
son suyas) enseñó la misma división del Hijo del
Padre como tradicional y el registra que el Papa Calixto lo condenó
por Diteísta. Como muchos otros, Orígen hace la procesión
del Verbo dependiente de Su oficio de Creador; Y si es lo suficientemente
ortodoxo como para hacer la procesión, eterna y necesaria, esto
es solo porque ve a la Creación misma como necesaria y eterna.
Su pupilo, Dionisio de Alejandría, al combatir a los Sabelinos,
quien no admitió una distinción real en la Divinidad, manifestó
la característica debilidad de la teología Griega, aunque
algunos de sus propios Egipcios estaban mas en lo correcto que su patriarca
y apelaron a Roma. El Alejandrino escuchó al Romano Dionisio, en
todo respetó la inmutable tradición e intachable ortodoxia
de la Sede de Pedro; su apología acepta la palabra "consubstancial",
y explica, sin sincera duda, que nunca ha querido decir otra cosa; pero
tuvo que aprender a ver más claramente sin reconocer cuan desafortunadamente
puso en palabras sus argumentos anteriores.
El no estaba presente cuando un concilio, principalmente de Origenistas,
justamente condenó a Pablo de Samosata (268); y estos obispos,
sosteniendo el punto de vista tradicional de Oriente, rehusaron usar la
palabra “consubstancial” por ser muy Sabelina. Los Arianos,
discípulos de Luciano, rechazaron (como lo hizo el mas moderado
Eusebio de Cesarea) la eternidad de la Creación, y fueron lo suficientemente
lógicos como para argumentar que consecuentemente “hubo (antes
del tiempo) cuando el Verbo no era” y que El fue una criatura. Todo
el Cristianismo se horrorizó; pero Oriente fue rápidamente
aplacado con vagas explicaciones y luego de Nicea, el Arianismo real,
desenmascarado, difícilmente se mostró por cerca de cuarenta
años. El punto más alto de ortodoxia que Oriente pudo alcanzar
es mostrado en las admirables disertaciones de San Cirilo de Jerusalem.
Hay un solo Dios, - enseñó – que es el Padre, y Su
Hijo es igual a El en todo, y el Espíritu Santo es adorado con
Ellos; no podemos separarlos en nuestra adoración. Pero el no se
pregunta cómo es que no hay tres Dioses; no usará la palabra
niceana “consubstancial” y nunca sugiere que hay una Divinidad
común a las tres Personas. Si vemos a los Latinos, todo es diferente.
El monoteísmo esencial del Cristianismo no es guardado en Occidente
con sólo decir que hay “un Dios el Padre” como en todos
los credos Orientales, sino que los teólogos enseñan la
unidad de la esencia divina, en la cual subsisten tres Personas. Si Tertuliano
y Novaciano usan el lenguaje subordinacionista del Hijo (tal vez prestado
de Oriente) tiene poca consecuencia si lo comparamos con su doctrina principal,
que hay una sustancia del Padre y del Hijo. Calixto excomulgó igualmente
a aquellos que negaron la distinción de Personas, y a aquellos
que rehusaron afirmar la unidad sustancial. El Papa Dionisio estaba impresionado
que su homónimo no usara la palabra “consustancial”-
esto es mas de sesenta años antes de Nicea. En aquel gran concilio
un obispo occidental tuvo el primer lugar con dos sacerdotes romanos,
y el resultado de la discusión es que la palabra romana “consustancial”
se impone sobre todas las demás. En Oriente, el concilio logra
una conspiración de silencio; los Orientales no usarían
la palabra. Incluso Alejandría, que había mantenido la doctrina
de Dionisio de Roma, no está convencida que la política
era buena, y Atanasio gasta su vida luchando por Nicea, aunque raramente
usa la palabra crucial. Tomó medio siglo a los Orientales digerirlo;
y cuando lo hicieron, no sacaron todo el provecho de su significado. Es
curioso cuan poco interés, incluso de Atanasio por la Unidad de
la Trinidad, la cual raramente menciona excepto al citar al Dionisio;
es Didymus y los Cappadocianos que parafrasearon la doctrina Trinitaria
hasta cierto dado el punto que con los siglos fuera consagrada –
tres hipóstasis, una usia; aunque esto es meramente la traducción
convencional de la antigua fórmula Latina, aunque nueva para Oriente.
Si volvemos a los tres siglos, el segundo, tercero y cuarto de los que
hemos estado hablando, podemos ver que la Iglesia griego-parlante enseñó
la Divinidad del Hijo y Tres Personas inseparables, y un Dios, el Padre,
sin ser filosóficamente capaces de armonizar estas concepciones.
Los intentos que se hicieron, fueron a veces condenados como herejía
en la unica dirección o la otra, o a lo más, llegaron a
explicaciones insatisfactorias y erróneas, tales como la distinción
del logos endiathetos y el logos prophorikos o la afirmación de
la eternidad de la Creación. La Iglesia Latina siempre preservó
la simple tradición de tres Personas distintas y una Esencia divina.
Debemos juzgar a los Orientales de haber comenzado de una tradición
menos perfecta, porque sería muy duro acusarlos de perversión
voluntaria. Pero muestran su amor por distinciones sutiles al mismo tiempo
queda desnudo su deseo de comprensión filosófica. La gente
común hablaba de teología en las calles; aunque los teólogos
profesionales no veían que la raíz de la religión
fuera la unidad de Dios y eso, al parecer es mejor ser un Sabelino que
un Semi-Ariano, Hay algo mitológico en sus concepciones, incluso
en el caso de Origen aunque, sin embargo fuera un pensador importante
en comparación con otros antiguos. Sus concepciones del Cristianismo
dominaron Oriente por algún tiempo, pero un Cristiano Origenista
no podría haber influenciado al mundo moderno.
La concepción Latina de la doctrina teológica, por otro
lado, no era por ningún motivo una mera adherencia a una tradición
incomprendida. Los Latinos en cada controversia en estos siglos primitivos
comprendieron el punto principal y lo preservaron ante todos los peligros.
Nunca, por un instante permitieron que la unidad de Dios se oscureciera.
La igualdad del Hijo y su consustancialidad fueron consideradas necesarias
a aquella unidad. La idea Platónica de la necesidad de un mediador
entre el Dios trascendente y la Creación no los enredó,
porque lo tenían muy claro como para suponer que pudiera haber
nada a medio camino entre lo finito y lo infinito. En una palabra, los
Latinos son filósofos y los orientales no. El Este puede especular
y disputar sobre teología pero no pueden atrapar una gran visión.
De acuerdo a esto que fue en Occidente, luego que los problemas fueron
superados, que la doctrina Trinitaria fue completamente sistematizada
por Agustín; en Occidente fue formulado el credo Atanasio. La misma
historia se repite en el siglo quinto. La herejía filosófica
de Pelagio nació en Occidente y sólo en Occidente pudo ser
exorcizada. Las escuelas de Antioquia y Alejandría, cada una insistía
sobre un lado de la cuestión de la unión de las dos Naturalezas
en la Encarnación; un Escuela cayó en el Nestorianismo,
la otra en el Eutyquianismo, aunque los líderes fueran ortodoxos.
Pero ni Cirilo ni el gran Theodoret fueron capaces de levantarse sobre
la controversia y expresan las dos verdades complementarias en una doctrina
consistente. Sostenían lo que San Leo sostuvo; aunque, omitieron
sus interminables argumentos y pruebas, el escritor Latino puso en palabras
la verdadera doctrina de una vez por todas, porque la consideraba filosóficamente.
No es sorpresa que el mas popular de los Padres orientales haya siempre
sido el no teologo Crisóstomo, mientras que el mas popular de los
Padres Occidentales es el filósofo Agustín. Desde que Oriente
fue seccionado de Occidente, no contribuyó en nada a la dilucidación
y desarrollo del dogma y cuando estuvieron unidos, su contribución
fue mayormente el poner dificultades que Occidente tuvo que desenredar.
Pero Occidente ha continuado sin cesar su trabajo de exposición
y evolución. Luego del siglo quinto no hay mucho desarrollo o definición
en el período patrístico; los dogmas definidos, necesitaron
solo una referencia a la antigüedad. Pero una y otra vez, Roma debió
imponer sus dogmas sobre Bizancio – 519, 680 y 786 son fechas famosas
que toda la Iglesia Oriental tuvo que aceptar un documento papal por el
bien de la reunificación, y los intervalos entre estas fechas entregaron
menos instancias. La Iglesia Oriental siempre ha poseído una creencia
tradicional en la tradición romana y en el deber de recurrir a
la Sede de Pedro; los Arianos lo expresaron cuando escribieron al Papa
Julius lamentando la interferencia- Roma – decían –
era “la metrópolis de la fe desde el principio”. En
los siglos sexto, séptimo y octavo, la lección había
sido completamente aprendida y Oriente proclamó las prerrogativas
papales y apeló a ellas con un fervor cuya experiencia ha enseñado
ser apropiada. En una reseña como esta, no se pueden tomar en consideración
todos los elementos. Es obvio que la teología oriental tuvo una
gran y variada influencia sobre la Cristiandad Latina. Pero la verdad
esencial es que Occidente pensó mas claramente que Oriente, al
tiempo que preservó con mayor fidelidad una tradición mas
explícita en relación a los dogmas cardinales y que Occidente
impuso sus doctrinas y definiciones sobre Oriente y repetidamente, si
fue necesario reafirmó y se les reimpusieron.
F. Disciplina, Liturgia, Ascetas.
De acuerdo a la tradición, la multiplicación de obispados,
de modo que cada ciudad tuviera su propio obispado, comenzó en
la provincia de Asia bajo la dirección de San Juan. El desarrollo
no fue parejo. Debió haber habido una sede en Egispo a fines del
siglo segundo, aunque había una gran cantidad en todas las provincias
del Asia Menor y una gran cantidad en Fenicia y Palestina. Agrupados bajo
sedes metropolitanas comenzó en aquel siglo en Oriente, y en el
siglo tercero, esta organización fue reconocida como materia supuesta.
Sobre las metropolitanas, estaban los patriarcas. Este método de
agrupación fue divulgado en Occidente. Al principio Africa tenía
las sedes más numerosas; en la mitad del siglo tercero había
alrededor de cien, y pronto aumentaron a más de cuatro veces ese
número. Pero cada provincia de Africa no tenía una sede
metropolitana; solo una presidencia fue de acuerdo al obispo mayor, excepto
en Proconsularis, donde Cártago era la metrópolis de la
provincia y su obispo era el primero en todo Africa. Sus derechos son
indefinidos, aunque su influencia fue grande. Aunque Roma estaba cerca,
y el papa ciertamente tenía mucho más poder que el actual,
como también mayor derecho reconocido que el primado; vemos esto
en los tiempos de Tertuliano, y se mantiene cierto a pesar de la resistencia
de Cipriano. Los otros paises, Italia, España, Galia, fueron gradualmente
organizados de acuerdo al modelo Griego y fue adoptada la metrópolis
Griega, el patriarcado. Los Concilios fueron realizados al principio en
Occidente. Pero los canones disciplinarios fueron decretados primero en
Oriente. Los Concilios más grandes de San Cipriano, no pasaron
ningún cánon y este santo consideró que cada obispo
era responsable sólo ante Dios por el gobierno de su diócesis;
en otras palabras, no conoció ley canónica. La fundación
de la ley canónica está en los canones de los concilios
de Oriente, los cuales abren la colección Occidental. A pesar de
esto, no necesitamos suponer que Oriente fuese más regular, o mejor
gobernado que Occidente, donde los papas guadaban orden y justicia. Pero
Oriente tenía comunidades más grandes, y se desarrollaron
más completamente, y por lo tanto, surgió más temprano
la necesidad de comprometerse con reglas definitivas por escrito.
El gusto florido de Oriente, pronto decoró la liturgia con bellas
carnosidades. Muchas de tales excelentes prácticas llegaron hasta
Occidente; los ritos Latinos prestaron oraciones y canciones, antífonas,
cantos antifonales, el uso del allelluya, de la doxología, etc.
Si Oriente adoptó el día de Navidad Latina, Occidente no
solo importó la Epifanía Griega, sino fiesta tras fiesta
en los siglos cuarto, quinto, sexto y séptimo. Occidente se unió
en la devoción a los mártires orientales. El honor y amor
especial a Nuestra Señora es al principio característico
de Oriente (excepto Antioquía) y luego conquistó Occidente.
El precintar los cuerpos de los santos como reliquias con propósitos
devocionales, se divulgó por todo Occidente desde Oriente; solo
Roma se mantuvo fuera hasta el tiempo de San Gregorio el Grande, contra
lo que pudo pensarse como una irreverencia en lugar de un honor a los
santos. Si los tres primeros siglos están llenos de peregrinaciones
a Roma desde Oriente, aun desde el siglo cuarto hacia delante, Occidente
de unió a Oriente en hacer de Jerusalem el objetivo principal de
tales viajes píos; y estos viajeros trajeron consigo muchos conocimientos
desde Oriente a las más alejadas partes de Occidente.
El Monasticismo comenzó en Agripto con Pablo y Antonio, y se diseminó
desde Egipto hasta Siria; San Atanasio trajo el conocimiento de el hacia
Occidente y el monaquismo Occidental de Jerónimo y Agustín,
de Honoratus y Martín, de Benedicto y Columba siempre miró
hacia Oriente, a Antonio y Pacomius e Hilarion y sobretodo a Basilio,
por sus modelos mas perfectos. La edifición de la literatura en
la forma de las vidas de los santos comenzó con Atanasio y fue
imitada por Jerónimo. Pero los escritores Latinos, Rufinus y Casiano,
dieron cuenta del monaquismo Oriental y Palladius y los escritores griegos
posteriores fueron tempranamente traducidos al Latin. Pronto, sin duda
habían vidas de santos Latinos de las cuales aquella de San Martín
fue la mas famosa aunque el año 600 casi había llegado cuando
San Gregorio el Grande sintió aún que era necesario protestar
que se podían encontrar tan buenas en Italia como en Egipto y Siria,
y publicó sus diálogos para probar su punto, entregando
así una edificante historia de su propio pais para poner de lado
las viejas historias de los monjes. Aquí estaría fuera de
lugar entrar en los detalles de estos temas. Se ha dicho suficiente para
mostrar que Occidente prestó, con simplicidad de mente abierta
y humildad, del viejo Oriente, todo tipo de formas prácticas y
utiles en asuntos eclesiales y en la vida Cristiana. La recíproca
influencia en asuntos prácticos de Occidente sobre Oriente era
naturalmente, muy poca.
G. Materiales Históricos.
Los principales historiadores antiguos del período patrístico
fueron mencionados con anterioridad. No siempre pueden ser completamente
creibles. Los continuadores de Eusebio, esto es, Rufinus, Sócrates,
Sozomen, Theodoret, no pueden ser comparados con el mismo Eusebio, porque
este industrioso prelado afortunadamente nos ha legado en vez, una colección
de invaluables materiales, más que una historia. Su “vida”
o mejor “Panegírico de Constantito” es menos afortunado
por su contenido que por sus omisiones políticas. Eusebio encontró
sus materiales en la biblioteca de Pamfilo en Cesarea y aún más
en aquella dejada por el Obispo Alejandro en Jerusalem. Cita colecciones
de documentos mas antiguos, las cartas de Dionisio de Corintio, Dionisio
de Alejandría, Serapión de Antioquia, algunas de las epístolas
enviadas al Papa Victor por concilios todo lo largo de la Iglesia, además
de utilizar a más antiguos escritores de historias o memorias tales
como Papias, Hegesippus, Apollonius, un anónimo oponente de los
Montanistas, el “Pequeño Laberinto” de Hipólito
(¿), etc. Los principales agregados que podemos hacer a estos preciosos
remanentes son, primero, San Ireneo sobre las herejías; luego,
las obras de Tertuliano, llenas de valiosa información sobre las
controversias de su propio tiempo y lugar y las costumbres de la Iglesia
Occidental, y otra información menos valiosa sobre materias más
tempranas – menos valiosas, porque Tertuliano es singularmente descuidado
y deficiente en su sentido histórico. Luego, poseemos la correspondencia
de San Cipriano, comprendiendo cartas de concilios Africanos, de San Cornelio
y otros, además aquellas del santo mismo. A toda esta información
fragmentaria podemos agregar mucho de San Epifanio, algo de San Jerónimo
y también de Photius y cronógrafos Bizantinos. Toda la evidencia
Ante-Niceana ha sido catalogada con una gran industria por Harnack con
la ayuda de Preuschen y otros en un libro de 1021 páginas, el primer
volumen de su invaluable “Historia de la Literatura Cristiana Antigua”
A mediados del siglo cuarto, el libro de San Epifanio sobre herejías
es erudito pero confuso; es bastante molesto pensar cuan util pudo haber
sido que su pío autor hubiese citado sus autoridades por su nombre,
como lo hizo Eusebio. Como es, podemos con dificultad, si del todo, descubrir
ya sea que sus fuentes son confiables o no. Las vidas de hombres ilustrados
de San Jerónimo, son descuidadamente unidas, principalmente desde
Eusebio, pero con información adicional de gran valor donde podemos
confiar en su precisión. Gennadius de Marsella continuó
su obra con gran beneficio para nosotros. Los catalogadores occidentales
de herejías, tales como Philastrius, Praedestinatus, y San Agustin,
son menos útiles.
Las colecciones de documentos son de la más importante materia
de todas. En la controversia Ariana, las colecciones publicadas por San
Atanasio en sus obras apologetas son autoridades de primera línea.
De aquellas, unidas por San Hilario solo sobrevivieron fragmentos. Otro
dossier por el Homoiousian Sabinus, Obispo de Heraclea, fue conocido por
Sócrates y podemos seguir su uso por el. Una colección de
documentos conectados con los orígenes del donatismo fue hecho
el principio del siglo cuarto, y fue anexado por San Optatus a su gran
obra. Desafortunadamente, sólo se preservó una parte de
ella; pero mucha de la materia perdida es citada por Optatus y Agustín.
Un pupilo de San Agustín, Marius Mercator, sucede que estaba en
Constantinopla durante la controversia Nestoriana, y formó una
interesante colección de pièces justificatives. Reunió
un set a cartas correspondientes en relación a controversia Pelagiana.
Ireneo, Obispo de Tiro, amasó documentos en conexión con
el Nestorianismo, como un informe en su propia defensa. Estos han sido
preservados para nosotros como respuesta de un oponente, quien ha agregado
un gran número. Otro tipo de colección es aquella de cartas.
Las de San Isidoro y San Agustín son inmensamente numerosas, pero
contienen poco de historia. Hay mucha mas materia histórica en
aquellas (por ejemplo) de San Ambrosio y Jerónimo, Basilio y Crisóstomo.
Son numerosas aquellas de los papas y de valor de primera línea;
y las grandes colecciones de ellas tambièn contienen cartas dirigidas
a los papas. La correspondencia de Leo y de Mormisdas es muy completa.
Además de estas colecciones de cartas papales y de decretos, tenemos
colecciones separadas de las cuales dos son importantes, la Colectio Avellana
y aquella de Esteban de Larisa.
Los Concilios entregan otra fuente importante de historia. Aquellos de
Nicea, Sarina, Constantinopla, no nos dejaron Actas, solo algunas cartas
y cánones. De los últimos concilios ecuménicos no
tenemos solo las Actas detalladas, sino tambien un nùmero de cartas
conectadas con ellas. Muchos concilios mas pequeños se han preservados
en colecciones posteriores; aquellas hechas por Ferrandus de Cártago
y Dionisio el Pequeño merecen atención especial. En muchos
casos, las Actas de un concilio son preservadas por otro en el cual son
leídas. Por ejemplo en el año 418, un Concilio en Cártago
recitó todos los cánones de los concilios plenarios a Africanos
anteriores en presencia del pegado papal; El Concilio de Chalcedón
incorporó todas las Actras de la primera sesión del Concilio
Robber de Éfeso, y las Actas de esa sesión contenían
las Actas de dos sínodos de Constantinopla. Las últimas
sesiones del Concilio Robber (preservadas solo en Siriaco) contienen un
número de documentos en relación a consultas y juicios de
prelados. Mucha información de varios tipos han sido derivadas
de años anteriores de fuentes Sirías y Cóptas, e
incluso de Arabico, Armenio, Persa, Etiopía y Slavonia. No es necesario
hablar aquí de los escritos patrísticos como fuentes de
nuestro conocimiento de la organiuzación de la Iglesia, geografía
eclesiástica, liturgias, ley canónica y procedimientos,
arquieología, etc. Sin embargo, las fuentes son, mas o menos las
mismas para todos estos aspectos como historia propia.
IV. Estudio Patrístico
A. Editores de los Padres.
Las historias mas antiguas de la literatura patrística están
contenidas en la obra de Eusebio y de Jerome "De viris illustribus".
Le siguieron Gennadius, quien continuó a Eusebio, por San Isidoro
de Sevilla y por San Ildefonso de Toledo. En la Edad Media el más
conocido es Sigebert del monasterio de Gembloux (m. 1112), y Trithemius,
Abbot de Sponheim y de Würzburg (d. 1516). Entre éstos apareció
un monje anónimo de Melk (Mellicensis, c. 1135) y Honorio de Autun
(1122-5). Editores antiguos no son escasos; por ejemplo muchas obras anónimas,
como el Seudo – Clementino y las Constitutiones Apostólicas
habían sido remodeladas mas de una vez; las traducciones de Orígen
(Jerónimo, Rufinus y personas desconocidas) recortaron, alteraron,
agregaron; San Jerónimo publicó una edición expuragada
de Victoninus “Sobre el Apocalipsis”. Pánfilo hizo
una lista de los escritos de Orígen y Possidius hizo lo mismo sobre
aquellos de Agustín. Las grandes ediciones de los Padres, comenzaron
cuando la imprenta se hizo común. Uno de los editores mas antiguos
fue Faber Stapulensis (Lefèvre d'Estaples), cuya edición
de Dionisio el Areopagita fue publicado el año 1498. El Belga Pamèle
(1536-87) publicó mucho. El controversial Feuardent, un Franciscano
(1539-1610) hizo algunas buenas ediciones. El siglo dieciséis produjo
obras de historia gigantezcas. El Protestante “Centuriators”
de Magdeburg describió trece siglos en tanto volúmenes como
fueron necesarios (1559-74). El Cardenal Baronius (1538-1607) replicó
con su famoso “Annales Acclesiastici” alcanzando
el año 1198 (12 vols. 1588-1607). Margguerin de la Bigne, un doctor
de la Sorbona (1546-89) publicó su “Biblioteca veterum
Patrum” (9 vols. 1577-9) para asistir en la refutación
de “Centuriators”.
Los grandes editores Jesuítas eran casi del siglo diecisiete;
Gretserus (1562-1625), Fronto Ducaeus (Fronton du Duc, 1558-1624), Andreas
Schott (1552-1629), eran editores diligentes de los Padres Griegos. El
celebrado Sirmond (1559-1651) continuó publicando a los Padres
Griegos y concilios y mucho más desde la edad de 51 hasta los 92.
Denis Petau (Petavius, 1583-1652) editó a los Padres Griegos, escribió
una cronología y produjo un incomparable libro de teología
histórica. "De theologicis dogmatibus" (1044). A estos,
debemos agregar el asceta Halloiz (1572-1656) el inescrupuloso Chifflet
(1592-1682) y Jean Garnier, el historiador de los Pelagianos (m. 1681).
La obras mas grande de la Sociedad de Jesús, es la publicación
del “Acta Sanctorum” la cual ha llegado hasta principios de
Noviembre en 64 volúmenes. Fue planificada por Rosweyde (1570-1629)
como una gran colección de vida de santos; pero el fundador de
la obra como nosotros la tenemos, es el famoso John van Bolland (1596-1665).
Se unió en 1643 por Henschenius y Papebrochius (1628-1714) y por
ende, la Sociedad de los Bollandistas comenzó y continuó
a pesar de la supresión de los Jesuitas, hasta la Revolución
Francesa de 1794. Fue felizmente revivida en 1836 (Ver BOLLANDISTAS).
Otros editores Catòlicos fueron Gerhard Voss (d. 1609), Albaspinaeus
(De l'Aubespine, Obispo de Orléans, 1579-1630), Rigault (1577-1654),
y Cotelier, doctor de la Sorbonne doctor Cotelier (1629-86). El Domínico
Combéfis (1605-79) editó a los Padres Griegos, agregando
dos volúmenes a la colección de la Bigne y hizo colecciones
de sermones patrísticos. El laico Velasius (de Valois, 1603-70)
fue de gran eminencia.
Entre los Protestantes, debemos mencionar al controversial Clericus (Le
Clerc, 1657-1736);
Obispo Fell de Oxford (1625-86), el editor de Cipriano, con quien debe
ser clasificado el Obispo Pearson y Dodwell; Grabe (1666-1711), un Prusiano
establecido en Inglaterra; el VçCalvinista Basnage (1653-1723).
El famoso Gallican Etienne Baluze (1630-1718), fué un editor muy
trabajador. El Franciscano Provenzal, Pagi, publicó un invaluable
comentario sobre Baronius en 1689-1705. Pero el logro histórico
mas grande fue aquel de un sacerdote secular, Louis Le Nain de Tillemont,
cuya "Histoire des Empereurs" (6 vols., 1690) y "Mémoires
pour servir à l'histoire ecclésiastique des six premiers
siècles" (16 vols., 1693) nunca han sido superadas o igualadas.
Otros historiadores son el Cardenal H. Noris (1631-1704); Natalis Alexander
(1639-1725) un domínico; Fleury (en Francés, 1690-1719).
A Estos debemos agregar el Arzobispo Protestante Usher de Dublin (1580-1656),
y muchos canonistas, tales como Van Espen, Du Pin, La Marca, y Christianus
Lupus. El Orador Tomasen escribió sobre antiguedades Cristianas
(1619-95); el inglés Bingham compuso una gran obra sobre el mismo
tema (1708-22). Holstein (1596-1661), un convertido del Protestantismo,
fué un bibliotecario del Vaticano y publicó colecciones
de documentos. El Orador J. Morin (1597-1659) publicó una famosa
obra sobre la historia de las órdenes Sagradas y uno confuso sobre
la penitencia. El más importante de los teólogos patrísticos
entre los Protestantes ingleses, es el Obispo Bull, quien escribió
una respuesta a los puntos de vista de Petavius sobre el desarrollo del
dogma titulado “Defensio fidei Nicaenae” (1685). El Girego
Leo Allatius (1586-1669) custodio de la Biblioteca Vaticana, fue casi
un segundo Bessarion. Escribió sobre el dogma y sobre las obras
eclesiásticas de los Griegos. Un siglo después, el Maronita
J.S. Assemani (1687-1768) publicó entre otras obras, una “Biblioteca
Orientalis” y una edición de Efrem Syrus. Su sobrino editó
una inmensa colección de liturgias. El más importante lituriologista
del siglo XVII es el Bendito Cardenal Tomáis, un Theatino (1649-1713,
beatificado en 1803), el tipo de un santamente sabio.
Los grandes Benedictinos, forman un grupo por sí mismos, porque
(aparte de Dom Calmet, un erudito biblico y Dom Ceillier, quien perteneció
a la Congregación de San Vannes) todos eran de la congregación
de San Maur, los hombres doctos de los cuales fueron dibujados en la Abadía
de Saint Germain-des-Prés en Paris. Dom Luc d'Achéry (1605-85)
es el fundaador ("Spicilegium", 13 vols.) ; Dom Mabillon (1632-1707)
es el nombre más grande, pero estaba principalmente ocupado con
la temprana Edad Media. Bernard de Montfaucon (1655-1741) tuvo casi la
misma fama (Atanasius, Hexapla de Origen, Chrysostomo, Antiquities, Palaeografía).
Dom Coustant (1654-1721) fue el principal colaborador, al parecer, en
la gran edición de San Agustín (1679-1700; también
cartas de los Papas, Hilario). Dom Garet (Cassiodoro, 1679), Du Friche
(San Ambrosio, 1686-90), Martianay (San Jerónimo, 1693-1706, menos
exitoso), Delarue (Origen, 1733-59), Maran (con Toutée, Cirilo
de Jerusalem, 1720; solo, los Apologetas, 1742; Gregorio Nazianceno, incompleto),
Massuet (Irenaeus, 1710), Sta.-Marta (Gregorio el Grande, 1705), Julien
Garnier (San Basilio, 1721-2), Ruinart (Acta Martyrum sincera, 1689, Victor
Vitensis, 1694, y Gregorio de Tours y Fredegar, 1699), son nombres muy
bien conocidos. Las obras de Martène (1654-1739) sobre ritos monásticos
y eclasiales (1690 y 1700-2) y su colección de anecdotas (1700,
1717, and 1724-33) son muy voluminosas; fue asistido por Durand. Las grandes
obras históricas de los Benedictinos de San Maur no necesitan ser
mencionadas aquí, pero la edición de Dom Sabatier de la
Antigua Biblia Latina, y la nueva edición de los glosarios de Du
Cange deben ser notados. Para ver los grandes editores de colecciones
de concilios, ver bajo los nombres mencionados en la bibliografía
del artículo CONCILIOS.
En el siglo XVIII debe ser considerado el Arzobispo Potter (1674-1747,
Clemente de Alejandría). En Roma Arévalo (Isidoro de Sevilla,
1797-1803); Gallandi, un Orador Veneciano (Bibliotheca veterum Patrum,
1765-81). Los sabios Veroneses forman un notable grupo. Del historiador
Maffei (para nuestro propósito su "anecdota de Cassiodorus"
debe ser considerada, 1702), Vallarsi (San Jeronimo, 1734-42, una gran
obra, y Rufinus, 1745), los hermanos Ballerini (San Zeno, 1739; San Leo,
1753-7, una producción bastante notable) sin dejar de mencionar
a Bianchini, quien publicó codigos de los Evangelios del Latín
Antiguo, y el Domínico Mansi, Arzobispo de Lucca, quien re-editó
a Baronius, Fabricius, Thomassinus, Baluze, etc., así como también
la "Collectio Amplissima" de concilios. Un sumario general,
nos muestra a los Jesuítas tomando el liderazgo, c. 1590-1650,
y los trabajos Benedictinos por los años 1680-1750. Los franceses
siempre estuvieron en primer lugar. Hay algunos pocos nombres de eminencia
en la Inglaterra Protestante; unos pocos en Alemania; Italia toma el liderazgo
en la segunda mitad del siglo XVIII. Las grandes historias literarias
de Bellarmino, Fabricius, Du Pin, Cave, Oudin, Schram, Lumper, Ziegelbauer,
y Schoenemann podrán ser encontradas mas adelante en la bibliografía.
La primera mitad del siglo XIX fue singularmente infructuoso de estudios
patrísticos; sin embargo, hubieron señales del comienzo
de una nueva era en la cual Alemania toma la cabeza. La segunda mitad
del siglo XIX fue excepcional y poco a poco prolífico. Es imposible
enumerar los principales editores y críticos. Nueva materia fue
vertida por el Cardenal Mai (1782-1854) y el Cardenal Pitra (1812- 89),
ambos prefectos de la Biblioteca Vaticana. Parece que no se encontraron
mas obras inéditas, pero se hacen frecuentes descubrimientos aislados
hasta ahora; las bibliotecas orientales, tales como aquellas del monte
Athos y Patmos, Constantinopla, y Jerusalem, y el monte Sinai, han arrojado
tesoros desconocidos mientras que los Sirios, Coptos, Armenios, etc, nos
han provisto de muchas perdidas supuestamente irrecuperables. Las arenas
de Egipto nos han dado algo, pero no mucho a la patrología.
La mayor dádiva en la forma de editar han sido las dos grandes
patrologías de Abbé Migne (1800-75). Este hombre enérgico
puso las obras de todos los Padres Latinos y Griegos dentro de una accesible
obra "Patrologia Latina" (222 vols., incluidos 4 vols. De índices)
y la "Patrologia Graeca" (161 vols).
Los Atelieres Católicos que encontró que produjeron talla
en madera, cuadros, organos, etc, aunque la impresión era un trabajo
especial. Los talleres fueron destruídos por un incendio desastroso
en 1868, y recomenzar el trabajo fue imposible por la guerra Franco-Germana.
La "Monumenta Germaniae", comenzó por el bibliotecario
Berlinés Pertz, fue continuado con vigor bajo el mas celebrado
docto del siglo, Theodor Mommsen. Pequeñas colecciones de obras
patrísticas son catalogadas más abajo. Una nueva edición
de Padres Latinos fue comenzada en los sesenta por la Academia de Viena.
Los volúmenes publicados hasta hoy han sido uniformemente obras
confiables las cuales no llaman a ningún entusiasmo particular.
Al rango presente de progreso se necesitaran algunos siglos para una gran
obra. La Academia de Berlín ha comenzado una tarea mas modesta,
la re-edición de los escritores Griegos Ante-Niceanos y la energía
de Adolf Harnack asegura una rápida publicación y real éxito.
El mismo infatigable estudiante, con von Gebhardt, edita una serie de
"Texte und Untersuchungen", el cual tiene por una parte de su
objeto ser un órgano de los editores Berlineses de los Padres.
Las series contienen muchos estudios valiosos, con mucho que pudo ser
difícilmente publicado en otros países.
Las series Cambridge de “Textos y Estudios” son más
nuevas y proceden mas lentamente, pero mantienen un nivel bastante alto.
Debemos mencionar también el “Studdi e Testi” Italiano,
en el cual Mercati y Pio Franchi de' Cavalieri colaboran. En Inglaterra,
a pesar del leve renacimiento del interés por estudios patrísticos
causado por un Movimiento de Oxford, la cantidad de obras no ha sido grande.
De eruditos, tal vez Newman es realmente el primero en las cuestiones
teológicas. Como críticos, la Escuela Cambridge, Westcott,
Hort, y sobretodo Lightfoot, son segundo a ninguno. Pero la cantidad editada
ha sido muy pequeña, y el excelente "Diccionario de Biografía
Cristiana" es la única gran obra publicada. Hasta 1898 no
había absolutamente ningún órgano de estudios patrísticos,
y al "Journal of Theological Studies" fundado en ese año,
le ha sido difícil sobrevivir financieramente sin la ayuda de la
Prensa Universitaria de Oxford. Aunque ha habido un aumento en el interés
por estas materias en los últimos años, ambos, entre los
Protestantes y Católicos, en Inglaterra y en los Estados Unidos.
Últimamente, Francia está llevando, una vez más,
la delantera y está muy cerca del nivel de Alemania incluso en
resultados. En los últimos cincuenta años, la arqueología
ha agregado mucho a los estudios patrísticos; en esta esfera, el
nombre mas grande es aquel de De Rossi.
B. El Estudio de los Padres.
Las ayudas para su estudio, tales como las Patrologías, información
léxica, historias literarias, son mencionadas a continuación.
COLLECCIONES:-- Las principales colecciones de los Padres son las siguientes:
DE LA BIGNE, Bibliotheca SS. PP. (5 vols. fol., Paris, 1575, y App., 1579;
4ª ed., 10 vols., 1624, con Auctarium, 2 vols., 1624, y Suppl., 1639,
5ª y 6ª ed., 17 vols. fol., 1644 y 1654); esta gran obra es
un suplemento de mas de 200 escritos a las ediciones hasta entonces publicadas
de los Padres; edición aumentada por UNIV. DE COLONIA (Colonia,
1618, 14 vols., y App., 1622); la edición de Colonia aumentada
en 100 escritos, en 27 folio vols. (Lyons, 1677). COMBEFIS, Graeco-Latinae
Patrum Bibliothecae novum Auctarium (2 vols., Paris, 1648), y Auctarium
novissimum (2 vols., y 3 vols. fol., 1723), mayoritariamente de escritos
poeteriores al período patrístico, como es también
el caso con BALUZE, Miscellanea (7 vols. 8vo, Paris, 1678-1715); re-ed.
por MANSI (4 vols. fol., Lucca, 1761-4); SIRMOND, Opera varia nunc primum
collecta (5 vols. fol., Paris, 1696, y Venecia, 1728); MURATORI, Anecdota
del Libro Ambrosiano. en Milán (4 vols. 4to, Milan, 1697-8; Padua,
1713); IDEM, Anecdota graeca (Padua, 1709); GRABE, Spicilegium de los
Padres de los siglos primero y segundo (Oxford, 1698-9, 1700, y ampliada,
1714); GALLANDI, Bibl. vet. PP., una edición ampliada de Lyons
ed. De la Bigne (14 vols. fol., Venecia, 1765-88, y index puhl. en Bolonia,
1863) – casi todos los contenidos son reimpresos en MIGNE; OBERTHÜR,
SS. Patrum opera polemica de veriate religionis christ. c. Gent. et Jud.
(21 vols. 8vo, Würzburg, 1777-94); IDEM, Opera omnia SS. Patrum Latinorum
(13 vols., Würzburg, 1789-91); ROUTH, Reliquiae sacrae, siglos Segundo
y tercero (4 vols., Oxford, 1814-18; en 5 vols., 1846-8); IDEM, Scriptorum
eccl. opuscula praeipua (2 vols., Oxford, 1832, 3er vol., 1858); MAT,
Scriptorum veterum nova collectio (material no publicada del MSS Vaticano,
10 vols. 4to, 1825-38); IDEM, Spicileqium Romanum (10 vols. Svo, Rome,
1839-44); IDEM, Nova Patrum Bibtiotheca (7 vols. 4to, Rome, 1844-54; vol.
8 completado por COZZA-LUZI, 1871, vol. 9 por COZZA-LUZI, 1888, App. ad
opera ed. ab A. Maio, Rome, 1871, App. altera, 1871). Algunos escritos
eclesiásticos en MAI's Classici auctores (10 vols., Roma, 1828-38);
CAILLAU, Collectio selecta SS. Ecclesia Patrum (133 vols. em. 8vo, Paris,
1829-42); GERSDORF, Bibl. Patrum eccl. lat. selecta (13 vols., Leipzig,
1838-47); la Oxford Bibliotheca Patrum logró 10 vols. (Oxford,
1838-55); PITRA, Spicilegium Solesmense (4 vols. 4to, Paris, 1852-8).
El número de estas varias colecciones hacen difícil obtener
un set completo de escritos patrísticos. MIIGNE nos provee de lo
necesario al coleccionar casi todos los anteriores (excepto el fin de
las ultimas obras mencionadas tardíos volúmenes de Mais)
en sus ediciones completas: Patrologiae cursus completus, Series latine
(de Inocente III, A.D. 1300, 221 vols. 4to, incluyendo cuatro vols. de
índices, 1844-55), Series graeco-latine (del Concilio de Florencia
D.C. 1438-9, 161 vols. 4to, 1857-66, y otro raro vol. de adiciones, 1866);
la Series graece fueron también publicadas solo en Latín
en 81 volúmenes; no hay índice en las Series gracia; una
lista alfabética de contenidos por SCHOLAREOS (Atenas, 1879, muy
útil); otras publicaciones no incluídas en Migne, por PITRA,
son Juris ecclesiastici Graecarum hist. et monum. (2 vols., Roma, 1864-8);
Analecta sacra (6 vols., numerados I, II, III, IV, VI, VIII, Paris, 1876-84);
Analecta sacra et classica (Paris, 1888); Analecta novissima, medieval
(2 vols., 1885-8); la nueva edición de los Padres Latinos es llamada
Corpus scriptorum ecclesiasticorum latinorum, editum consilio et impensis
Academiae litterarum Caesarea Vindobonensis (Vienna, 1866, 8vo, en proceso);
y de los Padres Griegos: Die griechischen christlichen Schriftsteller
der ersten drei Jahrhunderten, herausgegeben von der Kirchenvätter-Kommission
den Königl. preussiechen Akad. den Wise. (Berlin, 1897, gran 8vo,
en proceso). De la Monumenta Germaniae historica, una porción,
la Auctores antiquissimi (Berlin, 1877-98), contiene obras del siglo sexto
los cuales se conectan con la patrología. Pequeñas colecciones
modernas son HURTER, SS Patrum opuscula selecta, con algunas buenas notas
(Innebruck, 1ªs series, 48 vols., 1868-85, 2da series, 6 vols.. 1884-92)
estos pequeños libros han sido justamente populares; KRÜGER,
Semmlung ausgewählter kirchen- und dogmengeschichtlicher Quellenechriften
(Freiburg, 1891-); RAUSCHEN, Florilegium patristicum, de los siglos primero
y segundo (3 fasc., Bonn, 1904-5); Cambridge patristic texts (I, The Five
Theol. Orat. of Greg. Naz., ed. MASON, 1899; II, The Catech. Or. of Greg.
Nyssen., ed. SRAWLEY, 1903; Dionysius Alex., ed. FELTRE, 1904, in progress);
VIZZINI, Bibl. SS. PP. Theologiae tironibus et universo clero accomodata
(Rome, 1901- in progress); LIETZMANN, Kleine Texte, für theol. Vorlesungen
und Uebungen (25 números han aparecido de aproximadamente 16 cada
uno, Bonn, 1902- en proceso); una edición inglesa del mismo (Cambridge,
1903-); Textes et documents pour l'étude historique du chrietienisme,
ed. HEMMER AND LEJAY (texts, French tr., y notas, Paris, en proceso –
unas series admirables).
INITIA:-- De escritores Griegos y Latinos hasta Eusebio, el índice
a HARNACK, Gesch. der altchr. Litt., I; sobre los escritores Latinos de
los primeros seis siglos, AUMERS, Initia libronum PP. lat. (Vienna, 1865);
y hasta el 1200, VATASSO, Initia PP. aliorumque scriptorum sect, lat.
(2 vols., Prensa Vaticana, 1906-8).
HISTORIAS LITERARIAS. El primero es BELARMINO, De Scriptoribus ecclesiasticis
(Roma 1613, a menudo reimpreso; con agregados por LABBE, Paris, 1660,
y por OUDEN, Paris, 1686); DE PIN, Bibliothèque universelle des
auteurs eccles. (61 vols. 8vo, o 19 vols. 4to, Paris, 1686, etc.); severamente
criticado por el Benedictino PETITDIDIER y por el Orador SIMON (Critique
de la Bibl. des auteurs eccl. publ. pen ill. E. Dupin, Paris, 1730), y
la obra de Du Pin fue puesta en el Indice en 1757; FABACCEUS, Bibliotheca
Graece, sive edititia Scriptorum veterum Graecorum (Hamburgo, 1705-28,
14 vols.; nueva ed. por HARLES, Hamburgo, 1790-1809, 12 vols., no abarca
11 vol de la edición original; índice a esta edición.,
Leipzig, 1838) – esta gran obra es en realidad una vasta colección
de materiales; Fabricius era un Protestante (m. 1736); hizo una colección
más pequeña de la historia literarias Latina, Bibl. Latina,
sive non. scr. vett, latt. (1697, 1708, 1712, etc., ed. por ERNESTI, 3
vols., Leipzig, 1773-4), y una continuación de la Edad Media (1734-6,
5 vols.); la obra completa fue reditada por MANSI (6 vols., Padua, 1754,
y Florencia, 1858-9); LE NOURRY, Apparatus ad Biblioth. Max. vett. Patr.
(2 vols. fol., Paris, 1703-15), que trata de los Padres Griegos del siglo
Segundo con apologistas Latinos; CEILLIER, Hist. générale
des auteurs sacrés et ecclés. (desde Moses a 1248, 23 vols.,
Paris, 1729-63; Table gén. des Met., by RONDET, Paris, 1782; nueva
ed. 16 vols., Paris, 1858-69); SCHRAM, Analysis Operum SS. PP. et Scriptorum
eccles. (Viena, 1780-96, 18 vols., una obra valiosa); LUMPER, Hist. Theologico-critica
de vitâ scriptis atque doctrina SS. PP. at scr. eccl. trium primorum
saec. (Viena, 1783-99, 13 vols.; una Buena compilación); la CAVE
anglicana publicó una excelente obra, Scriptorum eccl. historia
literaria (Londres, 1688; mejor edición, Oxford, 1740-3); OUDIN,
a Premonstratensian, who became a Protestant, Commentarius de Scriptoribus
eccl. (fundado en Bellarmino, 3 vols. fol., Leipzig, 1722). Sobre las
ediciones de los Padres Latinos, SCHOENEMANN, Bibliotheca historico-litteraria
Patrum Latinorum a Tert, ad Greg. M. at Isid. Hisp. (2 vols., Leipzig,
1792-4).
PATROLOGIAS (libros más pequeños):-- GERHARD, Patrologia
(Jena, 1653); HÜLSEMANN, Patrologia (Leipzig, 1670); OLEARIUS, Abacus
Patrologicus (Jena, 1673); estos son libros protestantes antiguos. Son
obras católicas alemanas: GOLDWITZER, Bibliographie der Kirchenväter
und Kirchenlehrer (Landshut, 1828); IDEM, Patrologie verbunden mi Patristik
(Nuremberg, 1833-4); la mas antiguo distinction en Alemania entre patrologóia,
el conocimiento de los Padres y sus usos, y patrística, la ciencia
de la teología de los Padres es, hoy en día de algún
modo anticuada.; BUSSE, Grundriss der chr. Lit. (Münster, 1828-9);
MÖHLER, Patrologie, una importante obra póstuma de este gran
hombre, sobre los tres primeros siglos (Ratisbon, 1840); PERMANEDER, Bibliotheca
patristica (2 vols., Landshut, 1841-4); FESSLER, Institutiones Patrologiae
(Innsbruck, 1851), nueva edicación por JUNGMANN es la mas valiosa
(Innsbruck, 1890-6); ALZOG, Grundriss der Patrologie (Freiburg im Br.,
1866 y 1888); la misma en Francés por BELET (Paris, 1867); NIRSCHL,
Handbuch der Patrologie und Patristik (Mainz, 1881-5); RESBÁNYAY,
Compendium Patrologiae et Patristicae (Funfkirchen in Hungary, 1894);
CARVAJAL, Institutiones Patrologiae (Oviedo, 1906); BARDENHEWER, Patrologie
(Freiburg Br., 1894; nueva edición. 1901) – este es, por
lejos el manual más importante; el autor es un profesor de la facultad
de Teología Católica en la Univ. De Munich; una traducción
francesa por GODET AND VERSCHAFFEL, Les Pères de l'Église
(3 vols., Paris, 1899); traducción italiana por A. MERCATI (Roma,
1903); y una traducción inglesa con la bibliografía traída
hasta hoy en día por SHAHAN (Freiburg im Br. y St. Louis, 1908);
son obras mas pequeñas, insuficientes para estudiantes avanzados,
pero excelentes para propósitos ordinarios: SCHMID, Grundlinien
der Patrologie (1879; 4th ed., Freiburg im Br., 1895); traducción
inglesa revisada por SCHOBEL (Freiburg, 1900); SWETE de Cambridge, Estudio
Patristico (Londres, 1902).
HISTORIAS DE LOS PADRES:-- No es necesario aquí catalogar todas
las historias generales de la Iglesia, grandes y pequeñas, desde
Baronius; sera suficiente nombrar algunas de aquellas que versen especialmente
de los Padres y con la literatura eclesiástica. La primera y mas
importante es la incomparable obra de TILLEMONT, Mémoires pour
servir à l'histoire eccl. des six premiers siècles (Paris,
1693-1712, 16 vols., y otras ediciones); MARÉCHAL, Concordance
des SS. Pères de l'Eglise, Grecs at Latins, una armonía
de su teología (2 vols., Paris, 1739); BÄHR, Die christlich-römische
Litteratur (4to vol. de Gesch. der römischen Litt., Karlsruhe, 1837;
una nueva edición de la primera parte, 1872); SCHANZ, Gesch. der
röm. Litt., Part III (Munich, 1896), 117-324; EBERT, Gech. der christlich-lateinischen
Litt. (Leipzig, 1874; 2da ed., 1889); Anciennes littératunes chrétiennes
(en Bibliothèque de l'enseignement de l'hist. eccl., Paris): I;
BATIFFOL, La littérature grecque, un esquema muy útil (4ta
ed., 1908), II; DUVAL, La littérature syriaque (3rd ed., 1908);
LECLERCQ, L'Afrique chrétienne (en la misma Bibl. de l'ens. da
l'h. eccl., 2da ed., Paris, 1904); IDEM, L'Espagne chrétienne (2da
ed., 1906); BATIFFOL, L'église naissante et le Catholicisme, una
fina cuenta apologética del desarrollo de la Iglesia desde el testimonio
de los Padres de las primeras tres centurias (Paris, 1909); de las historias
generales, la más importante es de Ducesesrese, Hist. ancienne
eta tEglisa (2 han aparecido 2 vol. Paris, 1906-7); finalmente, la que
tiene el primer lugar dentro de las historias de los Padres por un trabajo
a completarse en seis volúmenes, de BARDENHEWER, Geschichte der
altkirchlichen Litteratur (I, to D.C. 200, Freiburg im Br., 1902; II,
al 300, D.C., 1903). Los siguientes son Protestantes: NEWMAN, The Church
of the Fathers (Londres, 1840, etc.); DONALDSON, Historia crística
de la lit. cristiana…desde el Concilio de Nicea: I; Los Padres Apostólicos,
II y III; Los Apologistas (Londres, 1864-6 – no simpatético);
BRICHY, La era de los Padres (2 vols., Londres, 1903); ZÖCKLER, Gesch.
der theologischen Litt. (Patristik) (Nördlingen, 1889); CRUTTWELL,
A Literary History of Early Christianity . . . Nicene Period (2 vols.,
Londres, 1893); KRÜGER, Gesch. der altchristlichen Litt, in den ersten
3 Jahrh. (Freiburg im Br. and Leipzig, 1895-7); tr. GILLET (New York,
1897) – esta es la raíz de la historia protestante alemana.
Los siguientes consisten en materiales: A. HARNACK, Gechichte der altchr.
Litt, bis Eusebius, I, Die Ueberlieferung (Leipzig, 1893; este volúmen
numera todas las obras conocidas de cada escritor y todas las ferencias
antiguas a ellas, y notas de MSS); II, 1 (1897), y II, 2 (1904), Die Chronologie,
duscutida la fecha de cada escrito; el último período Griego
es considerado por KRUMBACHER, Geschichte der byzantinischen Litt. 527-1453
(2da ed. Con asistencia de EHRHARD, Munich, 1897). Las siguientes series
coleccionadas de estudios, deben ser agregadas: Textd und Untersuschungen
zur Geschichte der altchristlichen Litt., ed. VON GEBHARDT AND A. HARNAcK
(1ra series, 15 vols., Leipzig, 1883-97, 2das series, Neue Folge, 14 vols.,
1897-1907, en proceso) – hoy, los editores son HARNACK AND SCHMIDT;
ROBINSON, Texts and Studies (Cambridge, 1891 – en proceso); EHRHARD
AND MÜLLER, Strassburger theologische Studien (12 vols., Freiburg
im Br., 1894 – en proceso); EHRHARD AND KIRSCH, Forschungen zur
christl. Litt. und Dogmengeschichte (7 vols., Paderborn, en proceso);
La Pensée chrétienne (Paris, en proceso); Studii e Testi
(Prnesa Vaticana, en proceso). De historias de desarrollo del dogma, HARNACK,
Dogmengeschichte (3 vols., 3ra ed., 1894-7, nueva ed. en la prensa; Trad.
Francesa., Paris, 1898; Trad. inglesa., 7 vols., Edinburgh, 1894-9), una
obra aguda y visionaria; LOOFS, Leitfaden zum Studium der D. G. (Halle,
1889; 3ra ed., 1893); SEEBERG, Lehrb. der D. G. (2 vols., Erlangen, 1895),
Protestante conservador; IDEM, Grundriss der D. G. (1900; 2da ed., 1905),
obra mas pequeña: SCHWANE, Dogmengeschichte, Católico (2da
ed., 1892, etc.; Trad. Francesa tr., Paris, 1903-4); BETHUNE-BAKER, Introducción
a la Historia Antigua de la Doctrina (Londres, 1903); TIXERONT, Histoire
des Dogmas: I, La théologie anti-nicéenne (Paris, 1905 --
excelente); y otras.
FILOLOGICAS:-- Sobre el período primitivo Griego común
ver a MOULTON, Grammar of N. T. Greek: I, Prolegomena (3ra ed., Edinburgo,
1909), y referencias; sobre la literature Griega de D.C. 1-250, ver a
SCHMIDT, Den Atticismus von Dion. Hal. bis auf den zweiten Philostratus
(4 vols., Stuttgart, 1887-9); THUMB, Die griechieche Sprache im Zeitalter
des Hellenismus (Strasburg, 1901). Además del Thesaurus de STEPHANUS
(última ed., 8 vols., fol., Paris, 1831-65) y lexicos de los clásicos
Griegos Bíblicos, diccionarios especiales de los últimos
Griegos son DU CANGE, Glossarium ad scriptores mediae et infimae graecitatis
(2 vols., Lyons, 1688, y nueva edición., Breslan, 1890-1); SOPHOCLES,
Greek Lexicon of the Roman and Byzantine Periods, 146-1100 (3ra ed., Nueva
York, 1888); palabras escasas en Stefanus y en Sofocles son coleccionadas
por KUMANUDES (S. A. Koumanoudes), Sunagôgê lexeôn athêsauristôn
en tois heggênikois lexikois (Atenas, 1883); notas generales de
la Grecia Bizantina en KNUMBACHER, op. cit. On patristic Latin, KOFFMANE,
Gesch. des Kinchenlateins: I, Entstehung . . . bis auf Augustinus-Hieronymus
(Breslau, 1879-81); NORDEN, Die antika Kunstprosa (Leipzig, 1898), II;
hay una gran cantidad de estudios del lenguaje de Padres particulares
[e.g. HOPPE sobre Tertuliano (1897); WATSON (1896) y BAYARD (1902) sobre
Cipriano; GOELTZER sobre Jerónimo (1884); REGNER sobre Agustín
(1886), etc.], e indices latinitatis a los volúmenes del Corpus
de Viena PP. latt.; TRAUBE, Quellen and Untensuchungen zur lat. Phil.
des Mittelalters, I (Munich, 1906); mucho sera encontrado en Archiv für
lat. Lexicographie, ed. WÖLFFLIN (Munich, comenzando en 1884).
TRADUCCIONES:-- Biblioteca de los Padres de la Santa Iglesia Católica,
traducida por miembros de la Iglesia inglesa. (por PUSEY, NEWMAN, etc.),
(45 vols., Oxford, 1832-). ROBERTS AND DONALDSON, The Ante-Nicene Christian
Library (24 vols., Edinburgo, 1866-72; nueva edición por COXE,
Buffalo, 1884-6, con la excelente sinopsis bibliográfica como suplemento
de RICHARDSON., 1887); SCHAFF Y WAGE, A Select Library of Nicene and post-Nicene
Fathers of the Chr. Ch., con buenas notas (14 vols., Buffalo y New York,
1886-90, y 2da series, 1900, en proceso).
ENCICLOPEDIAS Y DICCIONARIOS:-- SUICER, Thesaurus ecclesiasticus, a patribus
graecis ordine alphabetico exhibens quaecumqua phrases, ritus, dogmata,
haereses et hujusmodi alia spectant (2 vols., Amsterdam, 1682; nuevamente
en 1728; y Utrecht, 1746); HOFFMANNS, Bibliographisches Lexicon der gesammten
Litt. der Griechen (3 vols., 2da ed., Leipzig, 1838-45); los artículos
de los primeros Padres y herejías en la Enciclopedia Británica
(8va ed.) son muchas de ellas, por Harnack y ameritan su lectura; WETZER
AND WELTE, Kirchenlex., ed. HERGENRÖTHER, y luego por KAULEN y otros,
12 vols., un vol. De índice (Freiburg im Br., 1882-1903); HERZOG,
Realencylopädie für prot. Theol. und Kirche, 3ra ed. por HAUCK
(21 vols., 1896-1908); VACANT AND MANGENOT, Dicc.. de Teol. cat. (Paris,
en proceso); CABROL, Dict. d'archéologie chr. et de liturgie (Paris,
en proceso); BAUDRILLART, Dict. d'hist. at de géogr. ecclésiastiques
(Paris, en proceso); SMITH AND WACE, A Dictionary of Christian Biography,
muy complete y valioso (4 vols., Londres, 1877-87).
LIBROS GENERALES DE REFERENCIA:-- ITTIG, De Bibliothecis et Catenis Patrum,
entrega los contenidos de las colecciones mas antiguas de los Padres,
que fueron enumeradas anteriormente (Leipzig, 1707); IDEM, Schediasma
de auctoribus qui de scriptoribus ecclesiasticis egerunt (Leipzig, 1711);
DOWLING, Notitia scriptorum SS. PP. . . . quae in collectionibus Anecdotorum
post annum MDCC in lucem editis continentur (una continuación de
ITTIG's De Bibl. et Cat., Oxford, 1839); una admirable obra moderna es
EHRHARD, Die alt christliche Litt, und ihre Erforschung seit 1880: I,
Allgemeine Uebersicht, 1880-4 (Freiburg im Br., 1894); II, Ante-Nicene
lit., 1884-1900 (1900); las bibliografías en las obras de HARNACK
y de BARDENHEWER (ver más arriba) son excelentes; del período
ante Niceano, RICHARDSON, Bibliographical Synopsis (un vol. extra Ante-Niceano.
Padres, Buffalo, 1887); de todo el período. CHEVALIER, Répertoire
des sources historiques du moyen-âge: Bio-bibliographie, entrega
nombres de personas (2da ed., Paris, 1905-07); Topo-bibliographie entrega
nombres de lugares y temas (2da ed., Paris, 1894-1903); el progreso de
cada año es registrado en la obra de HOLTZMANN y KRÜGER's
Theologischer Jahresbericht de 1881; KROLL AND GURLITT, Jahresbericht
für kleseische Alterthumewissenschaft (ambos Protestantes); BIHLMEYER,
Hagiagraphischer Jahresbericht de 1904-6 (Kempten y Munich, 1908). Una
bibliografías muy completa aparece cuatrimestralmente en la Revue
d'hist. eccl. (Lovaina, desde 1900), con índice al final de año;
en esta publicación, se encontrarán los nombres de todas
las Reviews que versan de materias patrísticas.
JOHN CHAPMAN
Transcrito por Kevin Cawley
Traducido por Carolina Eyzaguirre Arroyo.