I. El período de los Padres.
II. Clasificación de los Escritos Patrísticos.
A. Los Padres Apostólicos y el Siglo
II.
B. El Siglo III.
C. El Siglo IV.
D. El Siglo V.
E. El Siglo V y VII.
III. Características de los Escritos Patrísticos.
A. Comentarios.
B. Oradores.
C. Escritores.
D. El Oriente y Occidente.
E. Teología.
F. Disciplina, Liturgia y Ascetismo.
G. Materiales Históricos.
IV. Estudio Patrístico.
A. Editores de los Padres
B. Los Estudios de los Padres
La palabra Padre es usada en el Nuevo Testamento para indicar a un profesor
de cosas espirituales, por cuyos medios el alma del hombre renace a imagen
de Cristo: “Porque aunque tengáis diez mil años en
Cristo, no tendréis muchos padres; que en Cristo Jesús yo
os engendré por el Evangelio. Por tanto, os ruego que me imitéis
así como yo también soy de Cristo” (I. Cor., iv, 15,16;
cf. Gal., iv, 19). Los primeros maestros de la Cristiandad parecen haber
sido colectivamente llamados “los Padres” (II, Pedro, iii,
4).
Es por esto que San Ireneo define que un maestro es un padre, y un discípulo
es un hijo (iv, 41,2), y así también dice Clemente de Alejandría
(Strom. I, i, 1). Un obispo es enfáticamente un “padre en
Cristo”, ambos porque era él, en tiempos primitivos, quien
bautizaba al rebaño y porque el es el maestro jefe de su iglesia.
Aunque éste era también considerado por los primeros Padres,
tales como Hegesippus, Ireneo y Tertuliano, como recipiente de la tradición
de sus predecesores en la Sede, y consecuentemente, como los testigos
y representantes de la fe de su Iglesia ante el Catolicismo y el mundo.
Por lo tanto, la expresión “los Padres” viene naturalmente
a ser aplicado a los santos obispos de una edad precedente, ya sea de
la última generación o anterior, dado que son los padres
bajo cuya rodilla la Iglesia actual ha enseñado su fe. La palabra
es también aplicable a los obispos que se sientan en el Concilio,
“los padres de Nicea”, “los Padres de Trento”.
Es por esto que los padres han aprendido de los Padres y en último
término, de los Apóstoles quienes a veces son llamados Padres
en este sentido: “son vuestros Padres” dice San Leo, del Príncipe
de los Apóstoles hablando a los Romanos; San Hilario de Arles los
llama sancti patres, Clemente de Alejandría dice que sus maestros
de Grecia, Ionia, Coele-Siria, Egipto, el Oriente, Asiria, Palestina respectivamente,
han entregado a la tradición las benditas enseñanzas desde
Pedro, Santiago, Juan, y Pablo, recibiéndolas como “el hijo
del padre”.
Se sigue que, como nuestros propios Padres son los predecesores que nos
han enseñado, así también los Padres de toda la Iglesia
son especialmente los primeros maestros quienes la instruyeron en las
enseñanzas de los Apóstoles durante su infancia y primeros
años. Es difícil definir los primeros años de la
Iglesia, o los años de los Padres. Es hábito común
detener el estudio de la Iglesia primitiva en el Concilio de Chalcedon
en el año 451. “Los Padres” deben sin dudas incluir
en Occidente a San Gregorio el Grande (m. 604), y en Oriente a San Juan
Damascene (m. approx. 754). Con frecuencia, se dice que San Bernardo (m.
1153) fue el último de los Padres y en la “Patrología
Latina” de Migne, la extiende hasta Inocente III, claudicante solo
al borde del siglo XIII, mientras que en su ”Patrología Griega”
va tan lejos como el Concilio de Florencia (1438-9). Estos límites
son evidentemente demasiado amplios. Sería mejor considerar que
el gran mérito de San Bernardo como escritor radica en su parecido
en estilo y materia a los grandes entre los Padres, a pesar de la diferencia
en el período. San Isidoro de Sevilla (m. 636) y el Venerable Bede
(m. 735) pueden ser clasificados entre los Padres aunque bien se puede
decir que nacieron fuera del debido tiempo, como San Teodoro el Erudito,
lo era en Occidente.
I. El Período de los Padres
Aunque el uso del término Padres ha sido continuo, aun así
no pudo ser empleado al principio en el preciso sentido moderno de Padres
de la Iglesia. En los tiempos primitivos, la expresión se refería
a los escritores que, en aquel entonces, eran recientes. Aún hoy
es empleado para aquellos escritores que son antiguos para nosotros, pero
ya no en el mismo sentido a escritores que son recientes hoy en día.
La exhortación a los Padres es una subdivisión de la exhortación
a la tradición. En la primera mitad del siglo II, comenzó
la exhortación a los tiempos sub-Apostólicos: Papias exhortó
a los presbíteros, y a través de ellos, a los Apóstoles.
Medio siglo después, San Ireneo completó este método
exhortando a la tradición transmitida en toda la Iglesia por la
sucesión de sus obispos (Adv. Haer, III, i-iii), y Tertuliano afianza
este argumento al observar que, como todas las Iglesias acuerdan, su tradición
es segura, porque no pudieron todos haberse extraviado al azar dentro
del mismo error (Praescr. Xxviii). Esta exhortación es, por ende,
a las Iglesias y sus obispos, ninguna otra sino los obispos como exponentes
autoritarios de la doctrina de sus Iglesias. Tarde, como en el año
341, los obispos del Concilio Dedicado en Antioquia declararon: “No
somos seguidores de Ario; porque ¿cómo podemos nosotros
como obispos, ser discípulos de un sacerdote?”.
Sin embargo, poco a poco, en tanto las exhortaciones a los presbíteros
morían, nació por el lado de las exhortaciones de las Iglesias,
un tercer método: la costumbre de apelar a los maestros Cristianos
quienes no necesariamente eran obispos. Mientras, fuera de la Iglesia,
las escuelas gnósticas fueron sustituidas por las iglesias, dentro
de la Iglesia, las escuelas Católicas crecieron. Filósofos
como Justino y la mayoría de los numerosos apologetas del siglo
II razonaban sobre la religión, y la gran escuela catequética
de Alejandría reunía a los más renombrados. Grandes
obispos y santos como Dionisio de Alejandría, Gregorio Thaumaturgus
de Pontus, Firmiliano de Capadocia y Alejandro de Jerusalem eran orgullosos
discípulos del sacerdote Orígenes. El Obispo Cipriano diariamente
citaba las obras del sacerdote Tertuliano con las palabras “Dame
la habilidad”. El Patriarca Atanasio se refiere al antiguo uso de
la palabra homoousios no solamente a los dos Dionisios, sino al sacerdote
Theognostus. Sin embargo, estos sacerdotes-maestros no eran aún
llamados Padres, y el más grande entre ellos, Tertuliano, Clemente,
Orígenes, Hipólito, Novaciano, Luciano, sucede que fueron
matizados con herejía; dos de ellos se tornaron antipapales; uno
es el padre del Arianismo; otro fue condenado por un concilio general.
En cada caso podemos aplicar las palabras usadas por San Hilario de Tertuliano:
"Sequenti errore detraxit scriptis probabilibus auctoritatem"
(Comm. en Mat., v, 1, citado por Vicente de Lérins, 2.4). Una cuarta
forma de exhortación fue mejor fundamentada y con un valor más
duradero. Eventualmente, pareciera que tanto obispos como sacerdotes eran
falibles. En el siglo II, los obispos eran ortodoxos. En el tercero a
menudo se los consideraba deficientes. En el cuarto, eran líderes
de cismas y herejías, de los problemas Meletiano y Donatistas y
del gran problema Ariano, en el cual unos pocos fueron considerados firmes
ante la insidiosa persecución de Constancio. En un momento se consideró
que los verdaderos Padres de la Iglesia eran aquellos maestros Católicos
que habían perseverado en su comunión y cuyas enseñanzas
han sido reconocidas como ortodoxas. Así fue como sucedió
que fuera de los cuatro “Doctores Latinos”, uno de ellos no
es obispo. Otros dos Padres que no eran obispos han sido declarados Doctores
de la Iglesia, Bede y Juan Damascene, mientras que entre los Doctores
fuera del período patrístico encontramos otros dos sacerdotes,
el incomparable San Bernardo y el más grande de todos los teólogos,
Santo Tomás de Aquino. Ahora bien, muy pocos escritores tuvieron
tan gran autoridad en las Escuelas de la Edad Media como el laico Boecio,
muchas de cuyas definiciones son aún comunes en la teología.
Similarmente, el nombre “Padre” que perteneció originalmente
a los obispos, ha sido delegado a los sacerdotes, especialmente como ministros
del Sacramento de Penitencia. Hoy es una forma de dirigirse a todos los
sacerdotes en España, Irlanda y, en años recientes, en Inglaterra
y los Estados Unidos. Papas o Pappas, Papa era un término de respeto
por los eminentes obispos (e.g. en cartas a San Cipriano y a San Agustín
– ninguno de estos escritores parecen haberlo usado al dirigirse
a otros obispos, excepto cuando San Agustín escribe a Roma). Eventualmente,
el término fue reservado a los obispos de Roma y Alejandría;
sin embargo, en Oriente, todo sacerdote es un “pope”. La palabra
árabe abbe fue usada desde tiempos primitivos por los superiores
de casas religiosas. Aunque a través del abuso de otorgar abadías
in cammandam a seculares, se tornó en un titulo refinado para todos
los clérigos seculares, incluso seminaristas en Italia y especialmente
en Francia donde todos los religiosos que eran sacerdotes, se les llamada
“padre”. San Basilio dice que sólo aceptamos lo que
nos han enseñado los santos Padres; y agrega que en su Iglesia
de Caesarea, la fe de los santos Padres de Nicea hace mucho tiempo que
ha sido implantada. (Ep. cxl, 2). San Gregorio Nazianzeno declara que
se abstiene de enseñar lo que escuchó de los santos Oráculos
y fuera enseñado por los santos Padres.
Estos santos Cappadocianos parecen haber sido los primeros en ser exhortados
como una cadena real de Padres. Recurrir a uno o dos era suficientemente
común; pero ni siquiera el docto Eusebio había pensado en
una larga cadena de autoridades. San Basilio, por ejemplo, (De Spir. S.,
ii, 29), se refiere a la fórmula “con el Espíritu
Santo” en la doxología, el ejemplo de Ireneo, Clemente y
Diosçnisio de Alejandría, Dionisio de Romas, Eusebius de
Cesarea, Origen, Africanus, el preces lucerariae dicho a la luz de las
lámparas, Athenagoras,Gregory Thaumaturgus Firmilian, Meletius.
En el siglo quinto, este método se convirtió en una costumbre
estereotipada. San Jerónimo es tal vez el primer escritor en intentar
establecer su interpretación de un texto por un hilo de exégetas
(Ep. cxii, ad Aug.). Paulino, el diácono y biógrafo de San
Ambrosio, en el libellus que presenta contra los Pelagianos, al Papa Zosimus
en el año 417, cita a Cipriano, Ambrosio, Gregorio Nazianzeno y
los decretos del difunto Papa Inocente.
En el año 420, San Agustín cita a Cipriano y a Ambrosio
contra los mismos herejes (C. duas Epp. Pel., iv). Juliano de Eclanum
citó a Crisóstomo y Basilio; San Agustín le responde
en el 421 (Contra Julianum, i) con Ireneo, Cipriano, Reticius, Olympius,
Hilario, Ambrosio, los decretos de los concilios africanos, y sobre todo
a los Papas, Inocente y Zosimus. En un celebrado pasaje, el argumenta
que estos escritores occidentales son mas que suficientes, pero como Juliano
ha apelado al Oriente, deberá irse y el santo agrega a Gregorio
Naziazeno, Basilio, Sínodo de Diospolis, Crisóstomo. A estos,
agrega a Jerónimo (c. xxxiv): “Tampoco debes pensar Jerónimo,
porque el fuera sacerdote, que debe ser menospreciado” y agrega
una eulogía. Esto es gracioso si recordamos que Jerónimo
en un estado de irritación, quince antes, había escrito
a Agustín (Ep. cxlii) "No estimule contra mi la tonta corona
del ignorante, que lo venera a Ud. Como un obispo, y reciba Ud. Con el
honor debido a un prelado cuando Ud. Recite en la Iglesia, ya sea que
piensen poco en mi, un hombre viejo casi decrépito en mi monasterio
en la soledad del campo”.
En el Segundo libro “Contra Julianum”, San Agustín
nuevamente cita con frecuencia a Ambrosio y Cipriano, Gregorio Nazianzano,
Hilario, y Crisóstomo; in ii, 37, recapitula los nueve nombres
(omitiendo concilios y papas), agregando (iii, 32) a Inocente y Jerónimo.
Unos pocos años después, los Semipelagianos del Sur de la
Galia, dirigidos por San Hilario de Arles, San Vicente de Lérins,
y Bl. Cassiano, rehusaron aceptar el severo punto de vista de San Agustín
sobre la predestinación porque "contrarium putant patrum opinioni
et ecclesiastico sensui". Su oponente, San Próspero, quien
intentó convertirlo al Agustinianismo, se queja:
"Obstinationem suam vetustate defendunt" (Ep. inter Atig. ccxxv,
2), y decían que ningún escritor eclesiástico nunca
antes había interpretado a los Romanos como lo hizo San Agustín
– lo cual puede ser lo suficientemente cierto. El interés
en esta actitud estriba en el hecho que era, aunque no nuevo, pero al
menos más definitiva que cualquiera otra exhortación anterior
a la antigüedad. A través de la mayoría del siglo IV,
la controversia con los Arianos se volcó sobre las Escrituras y
la apelación a la autoridad pasada fue muy poca. Aunque la exhortación
a los Padres nunca fue el más impuesto locus theologicus, porque
no podían ser fácilmente organizados de manera de formar
una prueba absolutamente conclusiva.
Por otro lado, a finales del siglo IV, no había prácticamente
ninguna definición infalible disponible, excepto las condenaciones
y herejías principalmente por los Papas. En los tiempos de la reacción
Ariana bajo Valens provocó que los conservadores de Occidente tendieran
hacia la ortodoxia, y preparó la restauración de la ortodoxia
al poder por Teodosio, las decisiones Niceanas fueron consideradas como
sacrosantas y ese concilio como el preferido y única posición
por sobre todas las otras. Al llegar el año 430, el Credo que hoy
decimos en Misa fue venerado en Oriente, ya sea para bien o para mal,
como obra de los 150 Padres de Constantinopla en el año 381, y
hubieron también nuevas decisiones papales, especialmente la tractaria
del papa Zosimus, la cual en el año 418 fuera enviada a todos los
obispos del mundo para ser firmada. Es a la autoridad viva la idea a la
cual estaba apelando San Próspero en su controversia con la escuela
Lerinese.
Cuando fue a la Galia, en el año 431 como enviado papal, justo
después de la muerte de San Agustín, respondió a
sus dificultades, no reiterando los argumentos más duros del santo,
sino llevando consigo una carta del Papa San Celestino, en la cual San
Agustín es elogiado al punto de haber sido considerado por los
predecesores del papa “inter Magistros optimos”. A nadie se
le permite despreciarlo, aunque no se dice que cada una de sus palabras
deba ser seguida. Los desturbidores habían apelado a la Santa Sede
y la respuesta fue: “Desinar incessere novitas vetustatem”
(¡Cesen en la novedad de atacar la antigüedad!). Se le agregó
un apéndice, no de las opiniones de los antiguos Padres, sino de
papas recientes, dado que los mismos monjes que pensaron que San Agustín
había ido demasiado lejos, profesaron (dice el apéndice)
“que sólo seguirían y aprobaban lo que la mas santa
Sede del Bendito Apóstol Pedro sancionó y fuera enseñado
por el ministerio de sus prelados”. Por ende, le sigue una lista
de “juicios de los príncipes de la Iglesia Romana”,
a las cuales se les agregan algunas sentencias de los concilios africanos,
“las cuales sin dudas, los obispos apostólicos hacen suyas
una vez que las aprueban”. A estas inviolabiles sanctiones (que
podemos interpretar como “declaraciones”) se les agregaron
oraciones usadas en los sacramentos “ut legem credendi lex statuat
supplicandi" – una frase frecuentemente citada erróneamente
– y en conclusion, se declara que estos testimonios de la Sede Apostólica
son suficientes, “de manera que consideramos que no son del todo
católicos, cualquiera que aparezca contrario a las decisions que
hemos citado”. Por lo tanto, las decisiones de la Sede Apostólica
son puestas en muy diferentes niveles desde el punto de vista de San Agustín,
como que este santo siempre estableció una aguda distinción
entre las resoluciones de los concilios Africanos o los extractos de los
Padres por un lado, y los decretos de los Papas Inocente y Zosimus por
el otro. Tres años después, un famoso documento de la tradición
y su uso emanó de la Escuela Lerinese, el “Commonitorium”
de San Vicente. Con todo su corazón aceptó la carta del
Papa Celestino y la citó como testigo autoritativo e irresistible
de su propia doctrina que fuera quod ubique, o universitas, es incierto,
debemos volver a quod semper, o antiquitas. Nada pudo estar mas acorde
a su propósito que las palabras del papa: "Desinat incessere
novitas vetustatem" El Concilio Ecuménico de Efeso se realizó
el mismo año en que escribió Celestino. Sus hechos fueron
anteriores a San Vicente, y queda claro que el consideraba tanto al papa
como al Concilio autoridades decisivas. Era necesario establecer esto,
antes de volverse a su famoso canon, quod ubique, quod semper, quod ab
omnibus de otro modo, universitas, antiquitas, consensio. No era un nuevo
criterion, cualquier otro habría sido como cometer suicidio por
su misma expresión. Pero nunca la doctrina había sido tan
admirablemente expresada ni tan limpiamente explicada, ni tan adecuadamente
ejemplificada. Incluso la ley de la evolución del dogma es definido
por Vicente en un lenguaje que difícilmente puede ser superado
en exactitud y rigor. El triple test de San Vicente es totalmente mal
interpretado si es tomado como una regla ordinaria de fe- Como todos los
Católicos, el tomó la regla ordinaria para ser el vivo magisterium
de la Iglesia, y asumió que la decisión formal en casos
de duda radicaba en la Sede Apostólica, o en un concilio general.
Aunque aparecen casos de duda cuando no se han tomado aún decisiones.
Entonces es cuando los tres test se deben aplicar, no simultáneamente
pero, si es necesario, sucesivamente.
Cuando se encuentra un error en algún lugar de la Iglesia, entonces
la primera prueba, universitas, quod ubique, es una refutación
incontestable, como tampoco cabe un exámen posterior (iii, 7, 8).
Pero si un error ataca a toda la Iglesia, entonces se apela a la antiquitas,
quod semper, esto es, un consenso existente previo a la aparición
de la novedad. Aún así, en el período previo uno
o dos maestros, incluso hombres de gran fama, pudieron haber errado. Entonces
acudimos al quod ab omnibus, consensio, de los muchos contra algunos (si
es posible en un concilio general; si no, a un exámen de los escritos).
Aquellos pocos son un juicio de fe “ut tentet vos Dominus Deus vester”
(Deum., xiii, 1 y sgutes). Así, Tertuliano fue una magna tentatio;
así también Orígenes – sin duda la más
grande tentación de todas. Debemos saber que siempre que algo nuevo
o no escuchado previamente, es introducido por un hombre mas allá
o contra todos los santos, pertenece no a la religión sino a la
tentación (xx, 49). ¿Quiénes son los “santos”
a quienes apelamos? La respuesta es una definición de “Padres
de la Iglesia” dada por San Vicente con precisión inimitable:
"Inter se majorem consulat interrogetque sententias, eorum dumtaxat
qui, diversis licet temporibus et locis, in unius tamen ecclesiae Catholicae
communione et fide permanentes, magistri probabiles exstiterunt; et quicquid
non unus aut duo tantum, sed omnes pariter uno eodemque consensu aperte,
frequenter, perseveranter tenuisse, scripsisse, docuisse cognoverit, id
sibi quoque intelligat absque ulla dubitatione credendum" (iii, 8).
Esta sentencia poco ambigua nos define cual es la forma correcta de llamar
Padres, y las palabras itálicas explican perfectamente qué
es un “Padre”: “Aquellos quienes, a pesar de la diversidad
de tiempos y lugares, aunque perseveran en el tiempo en comunión
y fe con la única Iglesia Católica, han sido aprobados como
maestros.” El mismo resultado se obtiene en los teólogos
modernos en sus definiciones; por ejemplo, Fessler define lo que constituye
a un “Padre”:
- Doctrina y aprendizaje ortodoxo;
- Vida santa;
- (en los tiempos actuales) cierta antigüedad.
El criterio por el cual juzgamos si un escritor es un “padre o
no es:
- Citado por un concilio general, o
- En Actas públicas de los papas dirigidos a la Iglesia concernientes
a la Fe;
- Encomio en la Martirología Romana como “sanctitate at doctrina
insignis”;
- Lectura pública en las Iglesias de los primeros siglos;
- Citas, con alabanzas, como autoridad en relación a la Fe por
alguno de los Padres más celebrados.
Los autores más primitivos, aunque pertenecientes a la Iglesia,
que fallaron en lograr este estándar son simplemente escritores
eclesiales ("Patrologia", ed. Jungmann, ch. i, #11).
Por otro lado, cuando la apelación no es a la autoridad del escritor,
sino que su testimonio es requerido solamente para la creencia de su tiempo,
éste es tan bueno como otro, y si un Padre es citado con este propósito,
no es citado en tanto Padre, sino meramente como un testigo de los hechos
muy bien conocidos por él. Por lo tanto, para la historia del dogma,
las obras de los escritores eclesiales que no solo no estaban aprobados,
sino que incluso eran heréticos, son a menudo tan valiosas como
aquellas de los Padres. Por otro lado, el testimonio de un Padre es ocasionalmente
de gran peso para la doctrina cuando es considerado individualmente, si
éste enseña un tema donde es reconocido por la Iglesia como
una autoridad especial. Por ejemplo, San Atanasio sobre la Divinidad del
Hijo, San Agustín, sobre la Santísima Trinidad, etc. Existen
algunos casos donde un concilio general ha aprobado la obra de un Padre,
las mas importantes fueron las dos cartas de San Cirilo de Alejandría
las cuales fueron leídas en el Concilio de Éfeso. Pero la
autoridad de un Padre individual considerado en sí mismo, dice
Franzelin (De traditione, thesis xv), “no es infalible o perentoria;
aunque la piedad y la razon concuerdan que las opiniones teológicas
de tales individuos no deben ser tratadas con liviandad, y no deben sin
gran precaución, ser interpretadas en un sentido el cual choca
con la doctrina común de otros Padres”. La razón es
suficientemente plena; eran hombres santos, de los que no se presume con
intenciones de desviarse de la doctrina de la Iglesia, y sus dudosas declaraciones
son por lo tanto para ser consideradas en el mejor de los sentidos de
los cuales son capaces. Si no pueden ser explicadas en un sentido ortodoxo,
debemos admitir que ni los más grandes son inmunes a la ignorancia,
al error accidental o a la oscuridad. Pero en el uso de los Padres en
materias teológicas, debe ser consultado el artículo TRADICIÓN
y los tratados dogmáticos ordinarios en aquellas materias, tal
como es propio considerar aquí el desarrollo histórico de
sus usos. El tema nunca fue tratado como parte de la teología dogmática
hasta el nacimiento de lo que hoy es comúnmente llamado “Teología
fundamentalis” en el siglo dieciséis, cuyos fundadores fueron
Melchior Canus y Belarmino.
El primero contiene una discusion sobre el uso de los Padres en las decisiones
sobre cuestiones de fe (De locis theologicis, vii). Los Reformadores Protestantes
atacaron la autoridad de los Padres. El más famoso de estos oponentes
es Dalbeus (Jean Daillé, 1594-1670, "Traité de l'emploi
des saints Pères", 1632; en Latin "De usu Patrum",
1656). Pero sus objeciones han sido olvidadas por mucho tiempo. Habiendo
trazado el desarrollo del uso de los Padres hasta el período de
sus más frecuentes y de su declaración formal por San Vicente
de Lérins, sería bueno dar una mirada a la continuación
de esta práctica. Vimos que, en el año 431, era posible
para San Vicente (en un libro que ha sido el mas injustificadamente considerado
como una mera polémica contra San Agustín – una noción
ampliamente refutada por el uso dado en él por la carta de San
Celestino) definir el significado y método de las exhortaciones
patrísticas. De aquellos tiempos en adelante, son muy comunes.
En el Concilio de Éfeso, año 431, tal como lo puntualiza
San Vicente, San Cirilo presentó una serie de citas de los Padres
tôn hagiôtatôn kai hosiôtatôn paterôn
kai episkopôn diaphorôn marturôn, las cuales fueron
leídas sobre la moción de Flaviano, Obispo de Filipi. Eran
de Pedro I de Alejandría, Mártir, Atanasio, Papas Julio
y Félix (falsificadas) Teófilo, Cipriano, Ambrosio, Gregorio
Nazianzeno, Basilio, Gregorio de Niza, Aticus, Amphilochius. Por otro
lado, Eutyques, al ser probado en Constantinopla por San Flaviano, el
año 449, rehusó aceptar, ya sea a los Padres o Concilios
como autoridades limitándose a la Sagrada Escritura, una posición
que horrorizó a sus jueces (ver Eutyques). Al año siguiente,
San Leo envió a sus embajadores, Abundius y Asterius a Constantinopla
con una lista de testimonios de Hilario, Atanasio, Ambrosio, Agustín,
Crisóstomo, Teófilo, Gregorio Nazianzeno, Basilio, Cirilo
de Alejandría. Fueron firmadas en aquella ciudad, pero no fueron
producidas en el Concilio de Chalcedon en el año siguiente. De
allí en adelante, la usanza es fija, y resulta innecesario dar
ejemplos. Sin embargo, aquel del sexto concilio en el año 680 es
importante: El Papa San Agato envió una larga serie de extractos
desde Roma, y el líder de los Monotelitas, Macario de Antioquia,
presentó otro. Ambos grupos fueron muy cuidadosamente verificados
desde la Biblioteca del Patriarcado de Constantinopla y sellados. Debe
hacerse notar que en tales casos nunca se pensó necesario trazar
una doctrina de los primeros tiempos; San Vicente exigió la prueba
de la creencia de la Iglesia antes que apareciera la duda – esta
es su noción de antiquitas; y en conformidad con este punto de
vista, los Padres citados por los Concilios y papas y Padres son en su
mayoría, recientes (Petavius, De Incarn., XIV, 15, 2-5). En los
últimos años del siglo quinto un famoso documento atribuido
a los Papas Gelasius y Hormisdas, agregan a los decretos de San Dámaso
del año 382 una lista de libros aprobados y otra de aquellos no
aprobados. En su forma presente, la lista de Padres aprobados comprende
a:
Cipriano, Gregorio Nazianzeno, Basilio, Atanasius, Crisóstomo,
Teofilo, Hilario, Cirilo de Alejandría (deseado en un MS.), Ambrosio,
Agustín, Jeronimo, Próspero, Leo ("todo iota"
del volumen a Flaviano aceptado como anatema) "también todos
los tratados de todos los Padres ortodojos quienes no se desviaron en
nada de la mancomunada santa Iglesia Romana, y donde no estuvieron separadas
de su fe y enseñanzas, sino que fueron participes hasta el fin
de sus vidas en su comunión; también la cartas decretales
las cuales los papas mas benditos han entregado en distintos tiempos al
ser consultados por varios Padres, deben ser recibidas con veneración”.
Son elogiados Orosius, Sedulius y Juvencus. Son rechazados Refino y Orígenes.
La “Historia” y “Crónicas” de Eusebio no
fueron condenadas como un todo, aunque en otra parte de la lista, aparecen
como “apocrifa” con Tertuliano, Lactantius, Africanus, Commodiano,
Clemente de Alejandría, Arnobius, Casiano, Victorinus de Pettay,
Faustus y las obras de los heréticos y documentos escrituriales
falsificados. Los últimos Padres constantemente utilizaron los
escritos de los más tempranos. Por ejemplo, San Cesáreo
de Arles se inspiró libremente en los Sermones de San Agustín
y los incorporó en colecciones propias; San Gregorio el Grande
es encontrado frecuentemente en San Agustín; San Isidoro descansa
sobre todos sus predecesores; la obra de San Juan Damascano es una síntesis
de la teología patrística. Los sermones de San Bede son
un cento de los más grandes Padres. Eugipio hizo una selección
de los escritos de San Agustín que estuvo de gran moda. Casiodoro
hizo una colección de selectos comentarios de variados escritores
sobre todos los libros de las Sagradas Escrituras. San Benedicto recomendó
especialmente el estudio patrístico y sus hijos observaron su consejo:
"Ad perfectionem conversationis qui festinat, sunt doctrinae sanctorum
Patrum, quarum observatio perducat hominem ad celsitudinem perfectionis.
. . quis liber sanctorum catholicorum Patrum hoc non resonat, ut recto
cursu perveniamus ad creatorem nostrum?" (Sanet Regula, lxxiii).
Florilegia y Catenae se tornaron comunes desde el siglo quinto en adelante.
Aunque la mayoría son anónimos, aquellos de Oriente que
son conocidos bajo el nombre de Ecumenius son bien conocidos. Los mas
famosos de todos a través de la Edad Media fueron la "Glossa
ordinaria" atribuida a Walafrid Strabo. La "Catena aurea"
de Santo Tomás de Aquino, aún es utilizada. (Ver CATENAE,
y lel valioso material coleccionado por Turner en Hastings, Diccionario
de la Biblia, V, 521)
San Agustín fue el primero reconocido como el mayor de los Padres
Occidentales, con San Ambrosio y San Jerónimo a su lado. San Gregorio
Magno fue agregado y estos cuatro fueron los “Doctores Latinos”.
San Leo, de algún modo el mas grande de los teólogos, fue
excluido, tanto considerando la exigüidad de sus escritos y por el
hecho que sus cartas tuvieron una autoridad mas alta como las expresiones
papales. En Oriente, San Juan Crisóstomo, siempre fue el mas popular,
en tanto es el más voluminoso de los Padres. Con el gran San Basilio,
padre del monaquismo, y San Gregorio Nazianzeno, famoso por la pureza
de su fe, constituyeron un triunvirato llamado “los tres jerarcas”,
familiar hasta el arte Oriental de nuestros días. San Atanasio
fue agregado a éstos por los Occidentales, de manera que cuatro
pudieran responder a cuatro (Ver. DOCTORES DE LA IGLESIA). Podemos observar
que muchos de los escritores rechazados en la lista Gelasiana vivieron
y murieron en comunión Católica, aunque incorrectos en algunas
partes de sus escritos. Ejemplo, el error Semipelagianista atribuido a
Casina y Fausto, la doctrina milenaria de la conclusión en el comentario
de Victorino sobre el Apocalipsis (San Jerónimo redactó
una edición purificada, la única impresa aún) del
defectuoso “Hypotyposes” de Clemente y así
sucesivamente, previnieron a tales escritores de la falta de sanidad del
perdido “Hipotiposes” de Clemente y así sucesivamente,
previno a tales escritores de ser citados como Hilario lo hizo.
Con Jerónimo, "inoffenso pede percurritur".
Como todas las doctrinas importantes de la Iglesia (excepto aquella del
Canon y la inspiración de las Escrituras), pueden ser probadas,
o al menos ilustradas de las Escrituras, el trabajo mas amplio de la tradición
es la interpretación de las Escrituras y la autoridad de los Padres
es en esto de gran importancia. Sin embargo, solo se sigue necesariamente
si todos tienen el mismo pensamiento: "Nemo . . . contra unanimum
consensum Patrum ipsam Scripturam sacram interpretari audeat",
dice el Concilio de Trento; y el Credo de Pío IV reza similarmente:".
. . nec eam unquam nisi juxta unanimum consensum Patrum accipiam et interpretabor".
El Concilio Vaticano hace eco del de Trento: "nemini licere .
. . contra unanimum sensum Patrum ipsam Scripturam sacram interpretari."
Un consenso de los Padres, no es, por su puesto, algo esperado sobre
materias muy pequeñas: "Quae tamen antiqua sanctorum patrum
consensio non in omnibus divinae legis qua estiunculis, sed solum certe
praecipue in fidei regula magno nobis studio et investiganda est et sequenda"
(Vicente, xxviii, 72). Este no es el método – agrega San
Vicente, contra las herejías bien conocidas y habituales, sino
mas bien contra novedades, para ser aplicado directamente cuando aparecen.
Difícilmente pudiera darse una mejor instancia que en la forma
bajo la cual el Adopcionismo fue refutado por el Concilio de Frankfort
en 794, tampoco pudo el principio ser mejor expresado que por los Padres
del Concilio: "Tenete vos intra terminos Patrum, et nolite novas
versare quaestiunculas; ad nihilum enim valent nisi ad subversionem audientium.
Sufficit enim vobis sanctorum Patrum vestigia sequi, et illorum dicta
firma tenere fide. Illi enim in Domino nostri exstiterunt doctores in
fide et ductores ad vitam; quorum et sapientia Spiritu Dei plena libris
legitur inscripta, et vita meritorum miraculis clara et sanctissima; quorum
animae apud Deum Dei Filium, D.N.J.C. pro magno pietatis labore regnant
in caelis. Hos ergo tota animi virtute, toto caritatis affectu sequimini,
beatissimi fratres, ut horum inconcussa firmitate doctrinis adhaerentes,
consortium aeternae beatitudinis . . . cum illis habere mereamini in caelis"
("Synodica ad Episc." in Mansi, XIII, 897-8). Y un excelente
acto de fe en la tradición de la Iglesia es aquel de Carlomagno
(ibid., 902) realizado en la misma ocasión: "Apostolicae
sedi et antiquis ab initio nascentis ecclesiae et catholicis traditionibus
tota mentis intentione, tota cordis alacritate, me conjungo. Quicquid
in illorum legitur libris, qui divino Spiritu afflati, toti orbi a Deo
Christo dati sunt doctores, indubitanter teneo; hoc ad salutem animae
meae sufficere credens, quod sacratissimae evangelicae veritatis pandit
historia, quod apostolica in suis epistolis confirmat auctoritas, quod
eximii Sacrae Scripturae tractatores et praecipui Christianae fidei doctores
ad perpetuam posteris scriptum reliquerunt memoriam."
II. Clasificación de los escritos patristicos
Con el objeto de tener una clara visión del período patrístico,
los Padres pueden ser divididos de varias maneras. El método favorito
es por períodos; Los Padres Ante-Niceanos hasta el año 325;
Los Grandes Padres del siglo IV y mitad del quinto (325-451); y los últimos
Padres. Una división más obvia es entre Orientales y Occidentales,
y los Orientales incluirán escritores Griegos, Sirios, Armenios
y Coptos. Una conveniente división en grupos más pequeños,
será por períodos, nacionalidades y carácter de los
escritos; porque tanto en Oriente como en Occidente habían muchas
razas y algunos de los escritores eclesiásticos eran apologetas,
algunos predicadores, historiadores, comentaristas y así sucesivamente.
A. Los Padres Apostolicois y el siglo II
Luego (1) de los Padres Apostólicos vinieron en
el siglo II (2) los apologistas Griegos, seguidos
por (3) los apologistas occidentales, algo después
(4) por los Gnósticos y herejes Marcionitas con
sus Escritos apócrifas y (5) la réplica
Católica.
B. El siglo III
El siglo tercero con dejó (1) los escritores Alejandrinos
de la escuela catequista, (2) los escritores del Asia
Menor y (3) Palestina, y los primeros escritores Occidentales,
(4) en Roma, Hipólito (en Grecia) y Novaciano,
(5) los grandes escritores africanos y algunos otros.
C. El siglo IV
El siglo IV comienza con (1) las obras apologetas e históricas
de Eusebio de Cesarea, con quien podemos clasificar a San Cirilo de Jerusalem
y San Epifanio, (2) los escritores Alejandrinos, Atanasio,
Didimus y otros, (3) los de Capadocia, (4) los
de Antioquia, (5) los escritores Sirios. En Occidente,
tenemos (6) los opuestos al Arianismo, (7) los
Italianos, incluyendo a Jerónimo, (8) los Africanos
y (9) los escritores Españoles y Galos.
D. El siglo V
El siglo V nos entregó (1) la controversia Nestoriana,
(2) la controversia Eutiquia, incluyendo al Occidental
San Leo, (3) y los historiadores. En Occidente
(4) la Escuela de Lérins, (5) y las
cartas de los papas.
E. El siglo VI y VII
El siglo VI y VII, no nos entrega nombres tan importantes, por lo que
deben ser agrupados en una forma más mecánica.(1) En
Occidente y (2) en Oriente.
A. (1) Si consideramos estos grupos en detalle, encontraremos
las cartas de los Padres apostólicos mas importantes, San Clemente,
San Ignacio y San Policarpo, venerables no sólo por su antigüedad,
sino por su cierta simplicidad y nobleza de pensamiento y estilo que es
muy conmovedor para el lector. Sus citas del Nuevo Testamento son bastante
libres. Ofrecen la mas importante información al historiador, aunque
de algún modo en cantidades homeopáticas.
A estos, debemos agregar a Didaque, probablemente el más antiguo
de todos; la curiosa epístola que alegoriza el Anti-Semitismo que
conocemos bajo el nombre de Barnabas; el Pastor de Hermas, una mas bien
sosa serie de visiones principalmente conectadas con la penitencia y el
perdón, compuesta por el hermano del Papa Pío I, y por mucho
tiempo anexo al Nuevo Testamento con importancia casi canónica.
Las obras de Papias, el discípulo de San Juan y Aristión,
están perdidas salvo algunos fragmentos.
(2) Los apologistas son en su mayoría filosóficos
en su tratamiento del Cristianismo. Algunas de sus obras fueron presentadas
a emperadores con el objeto de sosegar las persecuciones. No siempre debemos
aceptar el punto de vista dado a foráneos por los apologistas,
como representación de toda la Cristiandad que conocían
y practicaban. Las apologías de Cuadratus a Hadrian, de Aristo
de Pella a los Judíos, de Miltiades de Apolinaris de Hierapolis,
y de Melito de Sardis están perdidas para nosotros. Pero, poseemos
aún varias de mayor importancia. Aquella de Arístides de
Atenas fue presentada a Antonino Pío y versa principalmente del
conocimiento del Dios verdadero. La refinada apología de San Justino
con sus apéndices es por sobre todo interesante por su descripción
de la liturgia en Roma c.150. sus argumentos contra los Judíos
se encuentran en un muy bien compuesto “Diálogo con Trifo”
donde habla de la autoría Apostólica del Apocalipsis de
una manera que es de suma importancia en la boca de un hombre que fue
convertido en Éfeso algún tiempo antes del año 132.
La “apología” del discípulo Sirio de Justino,
Tatian es una obra menos conciliadora y su autor cayó en herejía.
Atenágoras, un ateniense (c.177) dirigió a Marco Aurelio
y Commodus una elocuente refutación de las absurdas calumnias contra
los Cristianos. Teófilo, Obispo de Antioquia, más o menos
en la misma fecha, escribió tres libros de apología dirigidos
a un cierto Autolycus.
(3) Todas estas obras contienen una considerable habilidad
literaria. Este no es el caso de la gran apología Latina la cual
la sigue muy de cerca en data, la “Apologeticus” de Tertuliano,
que se encuentra en un lenguaje tosco e intraducible de su autor. Sin
embargo, es una obra de extraordinario genio, de mayor interés
y valor que todo el resto e incomparable en su energía y osadía.
Su vehemente “Ad Scapulam” es una advertencia dirigida a un
procónsul perseguidor.
"Adversus Judaeos" es un título que se explica por sí
mismo. Los otros apologistas latinos son posteriores. El "Octavios"
de Minucius Felix es tan pulido y gentil, como Tertuliano es rudo. Su
fecha es incierta. Si el "Apologeticus " fue muy bien calculado
para infundir coraje en los Cristianos perseguidos, el "Octavius"
era más bien para impresionar al inquisidor pagano como si se atraparan
mas moscas con miel que con vinagre. Junto a estas obras, debemos mencionar
el más tardío Lactantius, el más perfecto de todos
en su forma literaria ("Divinae Institutiones", c. 305-10, y
"De Mortibus persecutorum", c. 314). Las apologías Griegas,
probablemente posteriores al siglo II con las “Irrisiones”
de Hermias, y la bella “Epístola” de Diognetus.
(4) La mayoría de los escritos heréticos
del siglo II están perdidos. Los Gnósticos tenían
Escuelas y filosofaron; sus escritos fueron numerosos. Algunas obras curiosas
han llegado hasta nosotros en Copto. La carta de Ptolomeo a Flora en Epifanio
es casi el único fragmento griego de real importancia. Marcion
fundó no solo una Escuela, sino una Iglesia y su Nuevo Testamento
consiste en San Lucas y San Pablo, está preservado de algún
modo en las obras escritas contra el por Tertuliano y Epifanio. De los
escritos de los Montanistas Griegos y de otros herejes anteriores, no
queda casi nada. Los Gnósticos compusieron una cantidad de Evangelios
apócrifos mezclados con Hechos de Apóstoles individuales,
grandes porciones aún preservadas, la mayoría en fragmentos,
de revisiones Latinas, o en versiones en Sirio, Cóptico, árabe
o Eslavo. A estos debemos agregar aquellas falsificaciones bien conocidas
como las cartas de Pablo a Séneca, y el Apocalipsis de Pedro, del
cual recientemente se ha encontrado un fragmento en el Fayum.
(5) Respuestas a los ataques herejes, seguido por
las apologías contra los perseguidores paganos por un lado y los
judíos por otro, fue la literatura Católica característica
del Siglo II.
The "Syntagma" de San Justino contra todas las herejías,
está perdida. Más primitivo aún, San Papias (ya mencionado)
ha dirigido sus esfuerzos en refutar los errores que van apareciendo y
la misma preocupación se ve en San Ignacio y San Policarpo. Hegesippus,
un judío converso de Palestina, viajó a Corintio y Roma,
donde se quedó desde el episcopado de Aniceto hasta el de Eleuterio
(c. 160-180) con la intención de refutar las novedades de los Gnósticos
y Marcionistas a través de la apelación a la tradición.
Su obra está perdida. Pero la gran obra de San Ireneo (c. 180)
contra las herejías se encuentra en Papias, Hegesippus y Justino,
y nos da cuenta con cuidadosa investigación los muchos sistemas
Gnósticos, junto con su refutación. Su apelación
es menor a las Escrituras que a la tradición la cual toda la Iglesia
Católica ha recibido y es entregada desde los Apóstoles,
a través del ministerio de sucesivos obispos y particularmente
a la tradición de la Iglesia Romana, fundada por Pedro y Pablo.
Al lado de Ireneo, debemos colocar al Latino Tertuliano cuyo libro “De
las Prescripciones contra los Heréticos” no sólo es
una obra maestra de argumento, sino es casi tan efectiva contra las herejías
modernas como contra aquellas de la Iglesia primitiva. Es un testimonio
de extraordinaria importancia para los principios de la tradición
invariable que la Iglesia Católica siempre ha profesado y para
la creencia primitiva que la Sagrada Escritura debe ser interpretada por
la Iglesia y no por la industria privada. Utiliza a Ireneo en esta obra
y sus polémicos libros contra los Valentinistas y los Marcionistas,
prestando libremente de ese santo. El es el menos persuasivo de los dos
porque es muy abrupto, demasiado astuto, demasiado ansioso para ventaja
de la más pequeña controversia, sin pensar en las fáciles
réplicas que pueden darse. A veces, prefiere el ingenio o el golpe
duro al argumento sólido. En este período, las controversias
estaban comenzando dentro de la Iglesia, y la más importante era
la cuestión sobre si la Pascua podría celebrarse en un día
hábil. Otro asunto candente en Roma, al terminar el siglo, era
la duda de si las profesías de los Montanistas debían ser
aprobadas, y sin embargo otra, en los primeros años del siglo tercero,
era la controversia con un grupo de oponentes del Montanismo (así
parece) quienes negaron la autenticidad de los escritos de San Juan, un
error en aquellos días, bastante nuevo.
B. (1) Ya en el siglo dos, la Iglesia de Alejandría
mostraba señales junto con el hábito prestado de los Judíos
Alejandrinos, especialmente Filo, de una interpretación alegorizante
de las Escrituras. La última de las características, se
encuentra en la “Epístola a Barnabas” la cual puede
tener origen Alejandrino. Pantamus fue el primero en hacer famosa a la
escuela Catequista de la ciudad. No existió ningún escrito
suyo, pero su pupilo Clemente, quien enseñó en la escuela
con Pantamus c. 180 y como su cabeza. C.180-202 (muerto en 214) dejó
una considerable cantidad de algo largas disquisiciones que versaban sobre
mitología, teología mística, educación y observancias
sociales, y todas aquellas otras cosas del cielo y de la tierra. Fue seguido
por el gran Orígenes, cuya fama se extendió a lo largo y
ancho entre los gentiles. Lo que queda de su obra, aunque llena varios
volúmenes, está en gran parte solo en libres traducciones
Latinas, y guarda poca relación con la vasta cantidad que ha perecido.
Los Alejandrinos sostienen tan firmemente como cualquier Católico
la tradición como regla de fe al menos en teoría, pero mas
allá de la tradición, se permiten especular, de tal que
la “Hypotyposis” de Clemente ha estado casi enteramente perdida
considerando los errores que se encontraron en ella y las obras de Orígenes
caen bajo la amonestación de la Iglesia, aunque su autor vivió
la vida de un santo y murió poco después de la persecusión
Deciana, de los sufrimientos que debió padecer en ella. Los discípulos
de Orígenes fueron muchos y eminentes.
La biblioteca encontrada por uno de ellos, San Alejandro de Jerusalem,
fue luego muy apreciada por Eusebio. El más celebrado de la escuela
fue San Dionisio “el grande” de Alejandría y San Gregorio
de Neocesarea en el Pontus, conocido como el Trabajador-Maravilla quien,
como San Nonnosus en el Oeste, se dice que movió una montaña
una pequeña distancia con sus oraciones. De los escritos de estos
dos santos, no es mucho lo que existe.
(2) El Montanismo y la cuestión de Pascal,
sacó al Asia Menor de una posición de liderazgo que tuvo
en el siglo segundo a un rango inferior en el tercero. Además de
San Gregorio, San Metodius al final de aquel siglo fue un escritor pulido
y oponente del Origenismo – su nombre es consecuentemente pasado
por encima sin mención por el historiador Origenista, Eusebio.
Tenemos su “Banquete” en Griego, y algunas obras menores en
Eslovaco antiguo.
(3) Antioquia era la Sede cabeza sobre el “Oriente”
incluídas Siria y Mesopotamia, como también Palestina y
Fenicia, pero nunca esta asumió un patriarcado compacto como aquel
de Alejandría. Debemos agrupar aquí escritores que no tienen
conexión entre sí ni en materia ni en estilo. Julio Africanus
vivió en Emaús y compuso una cronografía, desde donde
las listas episcopales de Roma, Alejandría y Antioquia, y una gran
cantidad de otras materias, han sido preservadas hasta nosotros por la
versión de San Jerónimo de las Crónicas de Eusebio
y en los cronógrafos Bizantinos. Dos cartas suyas son de interés,
pero los fragmentos de su “kestoi” o “Cercos”
no tienen valor eclesial; contienen mucha materia curiosa y mucha que
es objetable. En la segunda mitad del siglo tercero, tal vez hacia el
final, se estableció una gran escuela en Antioquia, por Luciano,
quien fuera martirizado en Nicomedia en el 312. Se dice que fue excomulgado
bajo tres obispos, pero si esto es cierto había sido restituído
mucho tiempo antes del tiempo de su martirio. Es bastante incierto ya
sea si compartió los errores de Pablo de Samosata (obispo de Antioquia,
despuesto por Erija en 268-9). En todo caso, el era – aunque sin
intención – el padre del Arianismo y sus pupilos eran los
líderes de aquellas herejía: Eusebio de Nicomedia, Ario
mismo, con Menofantus de Éfeso, Atanasio de Anazarbus, y los únicos
dos obispos que rehusaron firmar el nuevo credo en el Concilio de Nicea,
Theognis de Nicea y Maris de Chalcedon, además del escandaloso
obispo Leontius de Antioquia y el sofista Asterius. En Cesarea, un centro
Origenista, floreció bajo otro mártir, San Pamfilo, quien
con sus amigos Eusebius, un cierto Ammonius y otros, coleccionaron las
obras de Origen en una gran y famosa biblioteca, corrigieron la “Hexapla”
de Orígen y editaron los textos tanto del Antiguo como del Nuevo
Testamento.
(4) No hemos oido de escritos en Roma excepto en Griego,
hasta la mención de algunas pequeñas obras en Latín
por el Papa San Víctor, las cuales existían hasta los tiempos
de Jerónimo. Hipólito, un sacerdote romano escribió
desde el año 200 al 235 y siempre en Griego aunque en Cártago,
Tertuliano había escrito antes esto en Latín. Si Hipólito
es el autor de “Philosophumena”, él era un antipapa,
y lleno de enemistad irracional con su rival San Calixto; su teología
hace proceder la Palabra de Dios por Su Voluntad, distinta a El en sustancia,
y tornándose Hijo al convertirse en hombre. No hay nada de Romano
en la teología de su obra; mas bien lo conecta con los apologistas
griegos. Una gran parte de un largo comentario sobre Daniel y una obra
contra Noetus son los únicos restos de este escritor, quien fuera
rápidamente olvidado en Occidente, aunque los fragmentos de sus
obras terminaron todas en lenguas Orientales.
Partes de su cronografía, tal vez su última obra ha sobrevivido.
Otro antipapa Romano, Novaciano, escribió en prosa ponderada y
estudiada con finales métricos. Algo de sus obras ha llegado a
nosotros bajo el nombre de San Cipriano. Como Hipólito, hizo de
rigurosos sus puntos de vista, el pretexto de su cisma. A diferencia de
Hipólito, es bastante ortodoxo en su obra principal “De Trinitate”.
(5) Las obras apologéticas de Tertuliano han
sido mencionadas. Las más tempranas, fueron escritas por el cuando
era un sacerdote de la Iglesia de Cártago, aunque por el año
200 terminó por creer en los profetas Montanistas de Frigia y encabezó
un cisma Montanista en Cártago. Muchos de sus tratados fueron escritos
para defender su posición y sus doctrinas rigoristas, y lo hace
con considerable violencia y con la argumentación astuta y arrojada
que le es natural. El plácido flujo de la elocuencia de San Cipriano
(Obispo de Cártago, en el 249-58) es un gran contraste con aquella
de su “maestro”. Los pocos tratados y gran cantidad de correspondencia
de este santo son todas relativas a cuestiones y necesidades locales y
evade toda teología especulativa. De lo anterior, nos hemos iluminado
del estado de la Iglesia, sobre su gobierno, y en un número interesante
de materias eclesiales y sociales. En todo el período patrístico,
no hay nada, con la excepción de la Historia de Eusebio, que nos
relate lo bastante sobre la Iglesia primitiva como un pequeño volumen
que contiene las obras de San Cipriano. A fines del siglo, Arnobius, como
Cipriano, un convertido en la Edad Media y como otros Africanos, Tertuliano,
Cipriano, Lactantius y Agustín, un ex retórico, compusieron
una apología aburrida. Lactantius nos lleva dentro del siglo cuarto.
Era un escritor elegante y elocuente, pero tal como Arnobius, no era un
Cristiano bien instruído.
C. (1) El siglo cuarto es el gran tiempo de los Padres.
Cuando Constantino tenía doce años de edad, publicó
su edicto de tolerancia y comenzó una nueva era en la religión
Cristiana. Fue introducida por Eusebio de Cesarea, con sus grandes obras
apologetas “Praeparatio Evangelica” y “Demonstratio
Evangelica” que muestra el trascendente mérito de la Cristiandad
y su gran obra históricas hasta hoy, la “Crónica”
(El original Griego está perdido) y su “Historia” la
cual ha reunido los fragmentos de la era de las persecuciones y nos ha
preservado mas de la mitad de todo lo que sabemos hoy sobre los heroicos
tiempos de la Fe. En teología, Eusebio fue seguidor de Origen,
aunque el rechazó la eternidad de la Creación y del Logos,
de forma que fue capaz de ver a los Arianos con considerable cordialidad.
La forma original del romance seudo Clementino, con sus largos y cansadores
diálogos, parecen ser una obra del mismo comienzo del siglo contra
los nuevos desarrollos del paganismo, y fue escrito ya sea en la costa
Fenicia o no muy lejos dentro en la vecindad con Siria. Las respuestas
a los más grandes ataques paganos, aquel de Porfirio, se tornaron
mas frecuentes luego del renacimiento pagano bajo Juliano (361-3) y ocuparon
los trabajos de muchos escritos celebrados. San Cirilo de Jerusalen nos
dejó una completa serie de instrucciones a los catecúmenos
y los bautizados, de este modo nos entrega un conocimiento exacto de las
enseñanzas religiosas impartidas al pueblo en una importante Iglesia
del Este a mediados del siglo cuarto. Un palestino de la segunda mitad
del siglo, San Epifanio, fue Obispo de Salamis en Chipre y escribió
una conocida historia de todas las herejías. Desafortunadamente,
no fue preciso y mas adelante nos creó grandes dificultades al
no nombrar a sus autoridades. Era amigo de San Jerónimo, y era
un descomprometido oponente del Origenismo.
(2) El sacerdote Alejandrino Ario, no fue producto
de la escuela catequista de aquella ciudad, sino de la Escuela Luciánica
de Antioquia. La tendencia Alejandrina era bastante opuesta al de Antioquía,
y al obispo Alejandrino, Alejandro, quien condenó a Ario en cartas
que aún existen desde donde reunimos la tradición de la
Iglesia Alejandrina. En ellos, no hay trazo de Origenismo, la Casa matriz
de la cual por mucho tiempo fue en Cesarea en Palestina, en la sucesión
Theoctistus, Pamfilo, Eusebio. La tradición de Alejandría
fue más bien aquella que Dionisio el Grande había recibido
del Papa Dionisio. Tres años después del Concilio de Nicea
(325), San Atanasio comenzó su largo episcopado de 45 años.
Sus escritos no son muy voluminosos, siendo ya sea teología controversial
o memorias apologeticas de sus propios problemas, su valor teológico
e histórico es enorme, considerando el rol de liderazgo tomado
por este verdaderamente gran hombre en los cincuenta años de lucha
con el Arianismo. La cabeza de la escuela catequista durante este medio
siglo fue Dirimo el Ciego, un Atanasio en su doctrina del Hijo y mas bien
mas claro incluso que su patriarca en su doctrina de la Trinidad, aunque
en muchos otros puntos llevó consigo la tradición Origenista.
Aquí podemos mencionar, a propósito a un escritor más
tardío, Synesius de Cirene, un hombre de hábitos filosóficos
y literarios, que mostró energía y piedad sincera como un
obispo, a pesar del carácter mas bien pagano de su cultura. Sus
cartas son de gran interés.
(3) La segunda mitad del siglo está ilustrado
por un ilustrasa terna en Capadocia, San Basilio, su amigo San Gregorio
Nazianceno, y su hermano San Gregorio de Nisa. Eran los principales trabajadores
en el regreso a la ortodoxia del Este. Su doctrina de la Trinidad es un
avance incluso sobre aquella de Didimus y está muy cerca, sin dudas,
a la doctrina Romana que mas tarde fuera asumida en el credo Atanasio.
Pero al Este le tomó un largo tiempo asimilar el significado completo
del punto de vista ortodoxo. San Basilio demostró gran paciencia
con aquellos que habían avanzado menos en el recto camino que él
mismo e incluso temperó su lenguaje de forma de conciliarlos. Por
fama de santidad, casi ninguno de los Padres, salvo San Gregorio, el Trabajador-Maravilla,
o San Agustín, nunca lo igualaron. Practicó extraordinario
ascetismo, y en su familia, todos eran santos. Compuso una regla para
los monjes que se ha mantenido prácticamente la única en
el Este. San Gregorio tenía mucho menos carácter pero iguales
habilidades y aprendizaje, con mayor elocuencia. El amor de Origen quien
persuadió a sus amigos en su juventud a publicar un libro de extractos
de sus escritos tuvo muy poca influencia en su teología tardía;
en particular, aquella de San Gregorio es célebre por su rigurosidad
o incluso infalibilidad. San Gregorio de Nisa está, por otro lado,
lleno de Origenismo. La cultura clásica y la forma literaria de
los Capadocios, unidos a la santidad y ortodoxia, los hace un grupo único
en la historia de la Iglesia.
(4) La escuela de Antioquía del siglo cuarto
parece haber cesado dentro del Arianismo, hasta los tiempos cuando los
grandes Alejandrinos, Atanasio y Didimus estaban muriendo, cuando estaba
recién reviviendo no meramente dentro de la ortodoxia sino dentro
de una florescencia superarando la reciente gloria de Alejandría
e incluso de Capadocia. Diodorus, un monje de Antioquía y luego
obispo de Tarso, era un leal defensor de la doctrina Niceana y un gran
escritor, aunque gran parte de sus obras hayan perecido. Su amigo, Teodoro
de Mopsuescia, era un juicioso y culto comentador en el literal sentido
de Antioquía, pero desafortunadamente su oposición a la
herejía de Apolinario de Laodicea lo llevó al un extramo
opuesto, al Nestorianismo – sin duda el pupilo Nestorio escasamente
fue tan lejos como su maestro Teodoro. Pero luego, Nestorio se resistió
al juicio de la Iglesia donde Teodoro murió en comunión
Católica y fue amigo de los santos, incluyendo la coronada gloria
de la escuela de Antioquia. San Juan Crisóstomo, cuyos grandes
sermones fueron predicados en Antioquía, antes que fuera obispo
de Constantinopla. Crisóstomo es, sin dudas, el más importante
de los Padres Griegos, el primero de todos los comentadores, y el primero
de todos los oradores en el Este y en Oeste. Por un tiempo, fue un hermitaño,
y se mantuvo asceta durante su vida; fue también un ferviente reformador
social. Su grandeza de carácter lo hace merecedor de un lugar al
lado de San Basilio y San Atanasio. Como Basilio y Gregorio fueron formados
en la oratoria por el Cristiano Prohaeresius, así también
lo fue Crisóstomo, por el pagano Libanius. En el Gregorio clásico
podemos encontrar a veces, al retórico; en Crisóstomo, nunca;
sus increíbles talentos naturales impiden la necesidad de recurrir
a la asistencia del arte, y aunque le precedió un aprendizaje,
se perdió en el flujo de pensamiento enérgico y torrente
de palabras. No teme repetir ni de olvidar las reglas, porque nunca deseó
ser admirado sino de persuadir e instruir. Aunque un hombre tan grandioso
tiene sus limitaciones. No tenía interés especulativo en
filosofía ni teología, aunque era lo suficientemente docto
para ser absolutamente ortodoxo. Es un hombre santo y práctico,
de tal que sus pensamientos están llenos de piedad, belleza y sabiduría;
aunque no fue un pensador. Ninguno de los Padres fue tan imitado ni leído;
aunque muy poco de sus escritos se puede decir que moldearon su tiempo
o los futuros y no podría ni por un instante competir con Origen
o Agustín por el lugar entre los escritores eclesiásticos.
(5) En el siglo cuarto, Siria produjo un gran escritor,
San Efraín, diácono de Edesa (306-73). La mayoría
de sus escritos son poesía; sus comentarios están en prosa,
pero los restos de estos son escasos. Sus homilías e himnos están
todos en métrica, y de una gran belleza. Tal tierna y amorosa piedad
es muy difícil encontrar en los Padres. Las 23 homilías
de Afrates (326-7) un obispo de Mesopotamia, son de gran interés.
(6) San Hilario de Poitiers es el más famoso
de los oponentes primitivos del Arianismo en Occidente. Escribió
comentarios y obras polémicas, incluyendo el gran tratado “De
Trinitate” y una obra histórica perdida. Su estilo es afectadamente
comprometido y oscuro, aunque sin embargo es un teólogo de considerable
mérito. El mismo nombre de su tratado sobre la Trinidad demuestra
que consideró el dogma bajo el punto de vista Occidental de una
Trinidad en Unidad, aunque ha empleado las obras de Orígen, Atanasio
y otros Orientales. Sus exégesis son del tipo alegórico.
Hasta el día de hoy, el único gran Padre Latino fue San
Cipriano, e Hilario no tuvo rival en su propia generación. Lucifer,
Obispo de Calaris en Cerdeña fue un rudo controversialista que
escribió de manera muy popular y casi falto de educación.
El español Gregorio de Illiberis, del Sur de España, sólo
hoy recibe lo debido, dado que Dom. A. Wilmart restauró en 1908
el importante tal llamado "Tractatus Origenis de libris SS. Scripturae",
El cual el y Batiffol habían publicado en 1900 como obras genuinas
de Origen traducidas por Victorinus de Pettau. Los comentarios y obras
anti-Arianas de Marius Victorinus retórico convertido, no tuvieron
éxito. San Eusebio de Versalles sólo nos dejó unas
cuantas cartas. La fecha de los cortos discursos de Zeno de Verona es
incierta. La refinada carta del papa Julios I a los Arianos y algunas
cartas de Liberius y Damasus son de gran interés.
El mayor de los oponentes del Arianismo en Occidente fue San Ambrosio
(m. 397). Su santidad y sus grandes acciones lo hacen una de las figuras
más solemnes del período patrístico. Desafortunadamente
el estilo de sus escritos es a menudo poco placentero, afectado e intrincado
sin ser correcto o artístico. Su exégesis no es meramente
del tipo alegórico extremo, sino tan imaginativo que a veces parece
absurdo. Y, sin embargo, cuando no está atento, habla con elocuencia
genuina y sensitiva; produce apotegmas de admirable brevedad, y sin ser
un teólogo profundo, muestra una maravillosa profundidad en su
pensamiento moral ascético y materias devocionales. Así
como su carácter nos exige entusiasmada admiración, así
también sus escritos se ganan nuestro respetuoso afecto, a pesar
de sus bastante irritantes defectos. Es fácil ver que es muy leído
dentro de los clásicos y los escritores Cristianos del Este y el
Oeste, aunque sus mejores pensamientos son todos propios.
(7) En Roma un escritor original, extraño y
docto compuso un comentario sobre las Epístolas de San Pablo y
una serie de cuestiones sobre el Antiguo y Nuevo Testamentos. Usualmente
se habla de él como un Ambrosiano, y tal vez pudo haber sido un
judío converso llamado Isaac quien luego renegó. San Dámaso
escribió versos que son pobre como poesía pero interesante
porque nos entrega información sobre los mártires y las
catacumbas. Su secretario por un tiempo fue San Jerónimo, Pannoniano
de nacimiento, y Romano por bautismo. Este docto Padre, "Doctor
maximus in Sacris Scripturis", es bien conocido por nosotros,
porque casi todo lo que escribió es una revelación de sí
mismo. Relata al lector sus inclinaciones y antipatías, sus entusiasmos
y sus irritaciones, sus amistades y enemistades. Si a menudo está
fuera de sí, es muy humano, muy afectuoso, muy asceta, muy devoto
de la ortodoxia y de muchas maneras de un carácter muy amable;
porque si es rápido en ofenderse, es fácil en apaciguarse,
es laborioso mas allá de la capacidad ordinaria y está contra
la herejía que usualmente enciende su ira. Vivió toda la
última parte de su vida en un retiro en Belén, rodeado del
cariño de sus discípulos cuya incansable devoción
muestra que el santo era sin lugar a dudas un diamante en bruto, alguien
podría decir, un ogro, como es representado a menudo. No tenía
gusto por la filosofía y rara vez se dio tiempo para pensar aunque
leyó y escribió incesantemente. Sus muchos comentarios son
breves y al punto, llenos de información y producto de una amplia
lectura. Su mejor obra fue la traducción del Antiguo Testamento
del Hebreo al Latín. Continuó las obras textuales de Origen,
Pamfilo y Eusebio y su revisión de los Evangelios Latinos demuestran
el uso de un admirable Griego puro M.SS, aunque pareciera haber gastado
menos dolores en el resto del Nuevo Testamento. Atacó las herejías
con mayor claridad, con toda la vivacidad, y con mucho más que
la elocuencia y eficiencia que Tertuliano. Usó las mismas armas
contra cualquiera que lo atacara y especialmente contra su amigo Rufinus,
durante su pasajero período hostil.
Si sólo “tal vez” es el mas docto de los Padres, está
mas allá de duda, que es el escritor en prosa más grande
entre todos ellos. No podemos comparar su energía y habilidades
con la originalidad y pulido de Cicerón o con la delicada perfección
de Platón, pero ninguno de ellos o ningun otro escritor puede compararse
con Jerónimo en su propia esfera. No intenta vuelos de la imaginación,
la entonación musical, ni pintura con palabras; no tiene un lenguaje
fluido de miel como Cipriano ni torrente de frases como Crisóstomo;
es un escritor, no un orador, y un escritor erudito y clásico.
Aunque sus cartas, por su fuerza y vividez impactante, por su punto e
inteligencia, por su tersa expresión, nunca fueron ni serán
escritas. No hay sentido de esfuerzo y aunque nos sentimos que el lenguaje
debió haber sido estudiado, raramente nos atrevemos a llamarlo
lenguaje estudiado, porque Jerónimo conoce el extraño secreto
de pulir sus armas de acero mientras están al fuego blanco, y de
lanzarlo antes que se enfríen. Era un peligroso adversario. Tenía
el desafortunado defecto de su extraordinaria prontitud, de su extremada
inexactitud y sus declaraciones históricas necesitan un cuidadoso
control. Sus biografías de los ermitaños, sus palabras sobre
la vida monástica, la virginidad, la fe Romana, nuestra Bendita
Señora, las reliquias de los santos, han ejercido gran influencia.
Solo se ha sabido en los últimos años, que Jerónimo
era un predicador; los pequeños discursos ex tempore publicados
por Dom Mona están llenos de su irrepresible personalidad y su
descuidada erudición.
(8) Africa, ocupada en una batalla propia, desconocía
el problema Ariano. El Donatismo (311-411) fue por largo tiempo soberano
en Numidia y a veces en otras partes. La mayoría de los escritos
de los Donatistas han perecido. Cerca del 370 San Optatus publicó
una obra efectiva controversial contra ellos. El ataque fue continuado
por un aún mayor controversial San Agustín, con un éxito
maravilloso, de tal que el cisma crónico fue prácticamente
final veinte años antes de la muerte del santo. Tan afortunado
evento volvió los ojos de todo el Cristianismo al brillante protagonista
de los Católicos Africanos quien ya había enfrentado trayendo
contratiempos a los escritores Latinos Maniqueos. Desde 417 hasta su muerte
en 431, estuvo comprometido en un conflicto aún mayor, con la herejía
filosófica y naturalista de Pelagio y Caelestius. En esta, al principio
fue asistido por el anciano Jerónimo; los papas condenaron a los
innovadores y el emperador legisló contra ellos. Si San Agustín
tiene la fama única de haber destruido tres herejías, es
porque era tan ansioso en persuadir como en refutar. El fue tal vez el
mayor escritor controversial que el mundo jamás ha visto. Además
de esto, no sólo era el mayor filósofo entre los Padres,
sino que era el único gran filósofo. Sus obras puramente
teológicas, especialmente su “De Trinitate”
son insuperables en profundidad, comprensión y claridad, entre
los escritores eclesiásticos primitivos, ya sea en Occidente o
en Oriente. Como teólogo filosófico no tuvo superior, excepto
a su propio hijo y discípulo, Santo Tomás de Aquino. Probablemente
es correcto decir que ninguno, excepto Aristóteles, ha ejercido
tan vasta, tan profunda y tan beneficiosa influencia sobre el pensamiento
Europeo. Agustín mismo era en todo platónico. Como comentador,
poco se preocupó por la letra, y todo por el espíritu, aunque
su armonía con los Evangelios, demuestra que pudo cuidar los datos
históricos y los detalles. Las tendencias alegorizantes que heredó
de Ambrosio, su padre intelectual, lo llevó a veces a extravagancias,
aunque más a menudo se eleva que comenta y su “In Genesim
in litteram” y sus tratados sobre los Salmos y sobre San Juan
son obras de extraordinario poder e interés, y bastante merecedoras,
en un estilo totalmente diferente, del rango de Crisóstomo sobre
Mateo. San Agustín era un profesor de retórica antes de
su maravillosa conversión; pero como San Cipriano, e incluso más
que San Cipriano, puso a un lado, como un Cristiano, todos los artífices
de la oratoria que conocía muy bien. Se mantuvo correcto en la
gramática y de perfecto buen gusto, junto con el poder de hablar
y escribir con facilidad en un estilo de maestra simplicidad y dignidad
aunque casi con llaneza coloquial. Nada pudo ser tan individual que este
estilo de San Agustín, donde habla al lector o a Dios con perfecta
apertura y con una asombrosa, y casi siempre exasperante sutileza de pensamiento.
Tenía el poder de considerar totalmente un tema y continuarlo,
y era demasiado concienzudo para no usar este talento al extremo. De gran
inteligencia y profunda visión, era también un erudito.
Manejaba el Griego solo al final de su vida, con el objeto de familiarizarse
con las obras de los Padres orientales. Si “De Civitate Dei”
demuestra abundancia de lectura; más aún, lo coloca en el
primer lugar entre los apologistas. Antes de su muerte (431) fue objeto
de extraordinaria veneración. Fundó un monasterio en Tagaste,
el cual entregó obispos y vivió en Hippo con su clero en
vida común, la cual los Cánones Regulares de tiempos posteriores
siempre vieron como su modelo. La Gran Orden Domínica, los Agustinos
y un sin número de congregaciones de monjas aún lo ven como
su padre y legislador.
Sus obras devocionales estuvieron de moda solo para otro de sus hijos
espirituales, Tomás de Kempis. Tuvo en su vida reputación
de milagros y su santidad es sentida en todos sus escritos, y se respira
en la historia de su vida. Ha sido notado que en este obispo de muchas
caras, existía cierta simetría que lo hizo casi un modelo
sin fallas de hombre santo, sabio y activo. Es bueno recordar que fue
esencialmente un penitente.
(9) En España, el gran poeta Prudencio, superó
a todos sus predecesores, de los cuales el mejor había sido Juvencus
y el casi pagano retórico Ausonius. Los curiosos tratados del hereje
español Priscilliam fueron descubiertos solo en 1889. En la Galia,
Rufinus de Auileia debe ser mencionado como el más libre traductor
de Origenes, etc y de la “Historia” de Eusebio la cual continuó
hasta sus días. En el Sur de Italia, su amigo Paulinus de Nola
nos dejó píos poemas y elaboradas cartas.
D. (1) Los fragmentos de los escritos de Nestoirus,
fueron coleccionados por Loofs. Algunos de ellos, fueron preservados por
un discípulo de San Agustín, Marius Mercator, quien hizo
dos colecciones de documentos en relación al Nestorianismo y el
Pelagianismo respectivamente. El gran adversario de Nestorius, San Cirilo
de Alejandría, tuvo por opositor a un escritor aún más
grande, Theodoret, Obispo de Cyrus. Cirilo es un escritor bastante voluminoso,
y sus largos comentarios sobre la veta mística Alejandrina, no
tienen mucho interés entre los lectores modernos. Pero sus tratados
y cartas principales sobre la cuestión Nestoriana, lo muestran
como un teólogo que tuvo un profundo conocimiento espiritual dentro
del significado de la Encarnación y sus efectos sobre la raza humana
– el levantamiento del hombre a la unión con Dios. Vemos
aquí la influencia del ascetismo Egipcio de Antonio el Grande (cuya
vida fue escrita por San Atanasio) y de Macario (uno de los cuales dejó
algunas valiosas obras en Grieogo) y Pachomius, de su propio tiempo. En
sus sistemas ascéticos, la unión con Dios por contemplación
era naturalmente el fin en visión pero uno se sorprende cuan poca
meditación hicieron sobre la vida y pasión de Cristo. No
es omitido, pero la tendencia así como San Cirilo y con los Monophysitos
quienes creyeron y lo siguieron, es pensar mas bien en la divinidad que
en la Humanidad. La escuela de Antioquia había exagerado la tendencia
contraria, fuera de la oposición al Apolinarianismo, que hizo la
humanidad de Cristo incompleta, y pensaron mad del hombre unido a Dios
que de Dios hecho hombre. Theodoret sin dudas evitó los excesos
de Teodoro de Nestorius y su doctrina fue al fin aceptada por San Leo
como ortodoxa, a pesar de sus temprana persistente defensa de Nestorius.
Su historia de los monjes es menos valiosa que los escritos anteriores
de testigo – Paladio en el Este, Rufino y después Casiano
en Occidente. Pero la “Historia” de Teodoro como continuación
de la de Eusebio contiene información valiosa. Su escritos apologetas
y controversiales son las obras de un buen teólogo. Sus piezas
maestras son sus obras exegéticas, las cuales no son ni oratorias
como aquellas de Crisóstomo, ni exageradamente literales como aquellas
de Teodoro. Con el la gran escuela de Antioquia honorablemente terminó,
como la Alejandrina con San Cirilo. Junto con estos grandes hombres, puede
ser mencionado el consejero espiritual de San Cirilo, San Isidoro de Pelusium,
cuyas 2000 cartas tratan principalmente con la exégesis alegórica,
los comentarios sobre San Marcos por Víctor de Antioquia y la introducción
a la interpretación de las Escrituras por el monje Hadrian, un
manual del método antioquino.
(2) La controversia Eutiquiana no produjo grandes
obras en Oriente. Tales obras de los Monophysitos, como habían
sobrevivido están en versiones Sirias o Cópticas.
(3) Los dos historiadores de Constantinopla, Sócrates
y Sozoman, a pesar de sus errores, contienen algunos datos que son preciados,
mientras que muchas de las fuentes que utilizaron están perdidas
para nosotros. Con Theodoret, su contemporáneo, formaron una tríada
justo en la mitad del siglo. San Nilus de Sinai es el más importante
entre muchos escritores ascéticos.
(4) San Sulpicius Severus, un noble de la Galia, discípulo
y biógrafo del gran San Martín de Tours era un clásico
erudito, quien se muestra a sí mismo como un escritor elegante
en su “Historia Eclesiástica”. La escuela de Lérins,
produjo muchos escritores además de San Vicente. Podemos mencionar
a Eucherius, Faustus y el gran San Cesareo de Arles (543). Otros escritores
Galos fueron Salviano, San Sidonio Apolinaris, Gennadius, San Avitas de
Viena y Julianus Pomerius.
(5) En Occidente, las series de decretos papales comenzaron
con el Papa Siricus (384-98). Han sido preservadas gran cantidad de cartas
de los papas más importantes. Aquellas del sabio San Inocente I
(401-17), el cascarrabias San Zosimus (417-8) y el severo San Celestino
son, probablemente, los más importantes de la primera mitad del
siglo; en la segunda mitad, aquellas de Hilarus, Simplicius y sobre todo,
del docto San Gelasius (492-6). A mediados del siglo tenemos a San Leo,
el más grande de los primeros papas, cuya inmutabilidad y santidad
salvó a Roma de Atila, y a los Romanos de Genseric. Pudo haber
sido inflexible en el enunciado de un principio; fue condescendiente al
condonar las faltas de disciplina en pro de la paz además de ser
un hábil diplomático. Sus sermones y cartas dogmáticas
en su larga correspondencia, nos lo muestran como el más lúcido
de todos los teólogos. Claro en su expresion, no por superficialidad,
sino porque pensaba clara y profundamente. Navegó entre el Nestorianismo
y el Eustaquismo, sin utilizar distinciones sutiles o argumentos elaborados,
sino realizando simples definiciones con palabras precisas. Condenó
el Monotelismo por anticipación. Su estilo era cuidadoso, con cadencias
métricas. Su majestuoso ritmo y sus sonoras conclusiones vistieron
al lenguaje Latino con un nuevo esplendor y dignidad.
E. (1). En el siglo sexto la gran correspondencia
del Papa Homisdas es del más gran interés. Aquel siglo concluyó
con San Gregorio el Grande, cuyo celebrado “Registrum”
excede en volumen por varias veces las colecciones de las cartas de otros
papas anteriores. Las Epístolas son de gran variedad y arrojan
luz sobre varios intereses de la vida del gran papa y una variedad de
eventos en Oriente y Occidente de su época. Sus “Morales
en el Libro de Job” no es un comentario literal sino que pretende
sólo ilustrar el sentido moral que subyace en el texto. Con toda
la extrañeza que se presenta ante las nociones modernas, es una
obra plena de sabiduría e instrucción. Son de especial interés,
las advertencias de San Gregorio sobre la vida espiritual y sobre la contemplación.
Como teólogo su originalidad radica en que combina toda la teología
tradicional de Occidente sin agregarle nada. Comúnmente, sigue
a Agustín como teólogo, comentador y predicador. Sus sermones
son admirablemente prácticos; son modelos de lo que debe ser un
buen sermón. Después de San Gregorio, hubieron algunos grandes
papas cuyas cartas ameritan ser estudiadas, tales como las de Nicolás
I y Juan VIII; pero estos y muchos escritores posteriores de Occidente
pertenecen propiamente al período medieval. San Gregorio de Tours
es ciertamente medieval, aunque el erudito Bede es bastante patrístico.
Su gran historia es la más fidedigna y perfecta historia que podemos
encontrar en los primeros siglos.
(2) En Oriente, la última mitad del siglo quinto
fue muy estéril. El siglo sexto no fue mucho mejor. La importancia
para la historia del dogma, de Leoncio de Byzancio (m. 543) solo fue considerada
mas tarde. Los poetas y hagiógrafos, cronistas, canonistas y escritores
ascetas se sucedían unos a otros. A través de comentarios,
Catenas estaba a la orden del día. Debemos nombrar a San Maximo
Confesor, Anastasio del Monte Sinai y Andrés de Cesarea.
El primero de éstos comentó sobre las obras del seudo Dionisio,
el Areopagita, quien probablemente fue el primero en ver la luz hacia
el fin del siglo quinto. San Juan Damascos (750) conluye el período
patrístico con sus polémicas contra las herejías,
sus escritos exegetas y ascetas, sus bellos himnos y sobre todo su “Fuente
de Sabiduría” la cual es un compendio de la teología
patrística y una especie de anticipación a la Escolástica.
Sin dudas, la “Summae Theologicae” de la Edad Media
se encuentran en las “Sentencias” de Pedro Lombardo, quien
tomó el esqueleto de su obra del último de los Padres Griegos.
III. Características de los escritos
patrístitcos.
A. Comentarios.
Hemos visto que la escuela literal de exégesis tiene su hogar
en Antioquía, mientras que la escuela alegórica era Alejandrina
y todo Occidente, siguió el método alegórico, mezclando
el literalismo en varios grados. La sospecha de Arianisno nos hace perder
a los escritores del siglo cuarto de la escuela de Antioquia, tales como
Teodoro de Heraclea y Eusebio de Emesa y el cargo de Nestorisnimo causó
que los comentarios de Diodorus y Teodoro de Mopsuestia (la mayor parte)
desaparecieran. La Escuela Alejandrina ha perdido sin embargo aún
más, por lo menos del gran Orígen no quedan sino fragmentos
y versiones no confiables.
Los grandes de Antioquía, Crisóstomo y Teodoret tienen
una comprensión real del sentido del texto sagrado. Lo tratan con
reverencia y amor y sus explicaciones tienen un valor profundo porque
el lenguaje del Nuevo Testamento era su propia lengua, de manera que nosotros,
los modernos no podemos darnos el lujo de descuidar sus comentarios. Por
el contrario, Origen el plasmador del tipo alegórico de comentarios,
quien había heredado la tradición Filónica de los
Judíos Alejandrinos, era esencialmente irreverente con los autores
inspirados. El Antiguo Testamento, estaba para él lleno de errores,
mentiras y blasfemias, hasta donde en lo que atañe a sus cartas,
y su defensa de el contra los paganos, los Gnósticos, y especialmente
los Marcionistas, era solo para puntualizar al significado espiritual.
Teóricamente, distinguía un sentido triple, el somático,
el psíquico y el neumático, siguiendo la tricotomía
de San Pablo; pero en la práctica otorgó principalmente
el espiritual como opuesto al corporal o literal. A veces San Agustín
defiende el Antiguo Testamento contra los Maniqueos en el mismo estilo
y ocasionalmente de un modo no tan convincente, pero con gran moderación
y freno. En su “De Genesi ad litteram” el había
logrado un método mucho mas efectivo con su usual brillante originalidad
mientras señala que las objeciones traídas contra la verdad
de los primeros capítulos del libro invariablemente descansan sobre
la asunción sin base que quien objecta ha encontrado el verdadero
significado del texto. Pero Origen aplicó su método, aunque
parcialmente, incluso al Nuevo Testamento y consideraba a los Evangelistas
como a veces falsos en la letra, pero como guardando la verdad en un escondido
sentido espiritual. En este punto el buen sentido de los Cristianos los
previno de seguirlo. Aunque el brillante ejemplo que dio al darle curso
al alboroto en la fantastica exégesis que alentó su método,
tuvo una influencia desafortunada. Es aficionado a dar una variedad de
explicaciones a un solo texto, y su promesa de no sostener nada que no
pueda ser probado desde las Escrituras, se torna ilusorio cuando muestra
por ejemplo que ninguna parte de las Escrituras puede significar nada
que el desea. La índole reverente de los escritores posteriores
y especialmente en los Occidentales, quienes preferían representar
como el verdadero significado del escritor sagrado, la alegoría,
la cual les parecía a ellos lo más obvio. San Ambrosio y
San Agustín en sus bellas obras sobre los Salmos mas bien espiritualizador
o moralizador mas que alegóricas y sus interpretaciones imaginativas
son principalmente de eventos, acciones, números, etc. Pero casi
toda interpretación alegórica es tan arbitraria y depende
tanto del capricho del exegeta que es difícil conciliar con la
reverencia, sin embargo, algunos podrían quedar maravillados por
la belleza de mucha de ella. Una forma alternativa de defender el Antiguo
Testamento fue inventada por el ingenioso autor del pseudo-Clementinos;
afirma que ha sido depravado e interpolado. El saber de San Jerónimo
hizo única su exégesis; frecuentemente otorga explicaciones
alternativas y se refiere a los autores que ha adoptado. Desde la mitad
del siglo quinto en adelante, comentarios de segunda mano son universales
tanto en Oriente como en Occidente y la originalidad desaparece casi por
completo. Andrés de Cesarea es tal vez la excepción por
sus comentarios sobre el libro que escasamente ha sido leído en
el Este, el Apocalipsis.
Las discusiones del método no son escasas. Clemente de Alejandría
entrega “los métodos tradicionales literal, típico,
moral y profético. La tradición viene obviamente del Rabanismo.
Debemos admitir que tiene en su favor la práctica de San Mateo
y San Pablo. Incluso más que Orígen, San Agustín
teorizó sobre la materia. En su “Doctrina Cristiana”
nos entrega elaboradas reglas de exégesis. En todas partes, distingue
cuatro sentidos de las Escrituras: histórico, aetiologo (económico),
analógico (donde el Nuevo Testamento explica el Antiguo Testamento)
y alegórico (“De Util. Cred.”, 3; cf “De Vera
Rel”, 50).
El libro de reglas compuesto por el Donatista Ticonius, tiene su análogo
en los “cánones” más pequeños de las
Cartas de San Pablo por Priscillian. Hadrian de Antioquia fue mencionado
más arriba. San Gregorio el Grande compara las Escrituras con un
río tan superficial que un cordero puede caminar en el, tan profundo
que un elefante puede flotar. (Pref. "Morales sobre Job”).
Distingue los sentidos histórico y literal, el moral y el alegórico
o típico. Si los Padres Occidentales son imaginativos, no obstante
esto es mejor que el extremo liberalismo de Teodoro de Mopsuestia, quien
rehusó alegorizar incluso el Cantar de los Cantares.
B. Predicadores.
Tenemos sermones de la Iglesia Griega mucho mas primitivos que de la
Latina. Sin dudas, Sozomen nos relata hasta hoy día (c. 450) que
no habían sermones públicos en las iglesias en Roma. Esto
parece casi increíble. Sin embargo, los sermones de San Leo, ciertamente
los primeros predicados en Roma han llegado a nosotros, por aquellos de
Hipólito que están todos en Griego; a no ser que la homilía
“Adversus Alcatores” sea un sermón de un antipapa Novaciano.
La series de predicadores latinos comenzó en las mitad del siglo
cuarto. La así llamada “Segunda Epístola de San Clemente”
es una homilía perteneciente posiblemente al siglo segundo. Muchos
de los comentarios de Origen son una serie de sermones, como es el caso
posterior con todos los comentarios de Crisóstomo y muchos de San
Agustín. En muchos casos los tratados son compuestos por una serie
de sermones, como, por ejemplo, es el caso de algunos de aquellos de Ambrosio,
quien al parecer reescribió sus sermones luego de entregarlos.
El “De Sacaramentis” puede ser posiblemente la versión
de un escritor taquígrafo de la serie las cuales el santo mismo
editó bajo el título “De Misteriis”. En cualquier
caso “De Sacramentis” (ya sea por Ambrosio o no) tiene una
frescura e inocencia la cual es, sin dudas, escasa en la ciertamente auténtica
“De Misterios”. Similarmente, la gran serie de sermones predicados
por San Crisóstomo en Antioquia fueron evidentemente escritos o
corregidos por su propia mano, pero aquellos que entregó en Constantinopla
fueron ya sea rápidamente corregido o de ningún modo. Sus
sermones sobre los Hechos, que han llegado hasta nosotros en dos textos
bastante distintos en la MSS., son probablemente conocidos por nosotros
solo en las formas en las cuales fueron tomadas por dos diferentes taquígrafos.
San Gregorio Nazianceno se queja de la inoportunidad de aquellos taquígrafos
(Orat. Xxxii), como San Jerónimo lo hace de sus incapacidades (Ep.
Lxxi,5). Su arte fue evidentemente altamente perfeccionado, y algunos
de estos especimenes, llegaron a nosotros. Eran oficialmente empleados
en los concilios (ejemplo en la gran conferencia con los Donatistas en
Cartago, el año 411, escuchamos de ellos). Parece ser que muchos
o la mayoría de los obispos en el Concilio de Efeso, el año
449, tenían sus propios taquígrafos con ellos. El método
de tomar notas y de amplificar es ilustrado en los Hechos del Concilio
de Constantinopla del 27 de Abril del año 449.
Muchos de los sermones son ciertamente de notas. Respecto a los otros,
no tenemos certeza, porque el estilo de los escritos es tan coloquial
que es difícil llegar a algún criterio. Los sermones de
San Jerónimo en Belén, publicado por Dom Morin, vienen de
informes taquigráficos y los discursos mismos eran conferencias
desprovistas sobre porciones de los Salmos o de los Evangelios que han
sido cantados en la liturgia. El orador a menudo era claramente precedido
por otro sacerdote, y en el Dia de la Navidad Occidental, la cual era
guardada sólo por su comunidad, el obispo estaba presente y hablaría
al final. De hecho, el peregrino AEtheria nos relata que en Jerusalem
en el siglo cuarto, todos los sacerdotes presentes si así lo decidían
hablaban en turnos y el obispo lo hacía al final. Tales comentarios
improvisados estaban lejos, sin dudas, de los discursos oratorios de San
Gregorio Nazianceno, de los encumbrados vuelos de Crisóstomo, del
torrente de repeticiones que caracteriza los cortos sermones de Pedro
Crisologus, de las diáfanas frases de Maximo de Turín, y
los ritmos ponderados de Leo el Grande. La elocuencia de estos Padres
no es necesario ser descrita aquí. En Occidente, podemos agregar
en el siglo cuarto a Gaudentius de Brescia; algunas pequeñas colecciones
de interesantes sermones aparecen en el siglo quinto; el sexto abre con
las numerosas colecciones hechas por San Cesarius para uso de los predicadores.
Prácticamente no hay edición de las obras de este eminente
y práctico obispo. San Gregorio (aparte de algunas fantásticas
exégesis) es el predicador más práctico de Occidente.
Nada puede ser más admirable de ser imitado que San Crisóstomo.
Los escritores más ornados están menos seguros de ser copiados.
El estilo de San Agustín es demasiado personal como para ser un
ejemplo, y muy pocos han sido tan eruditos, tan grandes y preparados que
se puedan aventurar a hablar con la simpleza con la que a menudo lo hace.
C. Escritores.
Los Padres no pertenecen estrictamente al período clásico
ni Griego ni Latino; pero esto no implica que escribieran mal el Latín
o el Griego. La forma conversacional de la Coiné o el dialecto
común Griego, el cual se encuentra en el Nuevo Testamento y en
muchos papiros, no es el lenguaje de los Padres, excepto de los más
antiguos. Porque los Padres Griegos escriben en un estilo más clásico
que la mayoría de los escritores del Nuevo Testamento; ninguno
de ellos usa el Griego vulgar o sin gramática, mientras que si
algunos Atticize, por ejemplo, los de Cappadocia y Synesius. A menudo,
los Padres Latinoso son menos clásicos. Tertuliano es un Carlyle
Latino; sabía Griego y escribió libros en esa lengua e intentó
introducir términos eclesiásticos en Latin. En “Ad
Donatum” de San Cipriano probablemente su primer escrito Cristiano,
muestra una preciosidad Apuleian que evitó en todas sus otras obras,
pero la cual su biógrafo Poncio ha imitado y exagerado. Hombres
como Jerónimo y Agustín quienes tenían un conocimiento
acabado de la literatura clásica, no podrían haber usado
trucos de estilo, y cultivaron una manera que puede haber sido correcta,
aunque simple y al grano; sin embargo, su estilo no pudo haber sido el
que fue sino por sus estudios previos. Porque el Latín hablado
en todos los siglos patrísticos, era muy diferente al escrito.
Tenemos ejemplos de la lengua vulgar aquí y allá en las
cartas del Papa Cornelio como fueron editadas por Mercati, en el siglo
tercero, o en la Regla de San Benedicto en Wölfflin o en las ediciones
de Dom Mona en el sexto. En el último encontramos modernismos tales
como cor murmurantem, post quibus, cum responsoria sua, lo cual muestra
cómo la confusión de géneros y casos de los clásicos
fueron desapareciendo hacia una simplicidad más razonable de italiano.
Alguno de los Padres usan los finales rítmicos de los “cursos”
en su prosa; algunos tienen el posterior final tónico los cuales
fueron corrupciones de las correctas prosódicas. Ejemplos familiares
de lo anterior están en las colecciones más antiguas de
la Misa; del último Te Deum es una instancia obvia.
D. Oriente y Occidente.
Antes de hablar de las características teológicas de los
Padres, debemos tomar en cuenta la gran división del Imperio Romano
en dos lenguas. El lenguaje es el gran separador. Cuando los emperadores
dividen el Imperio, no fue precisamente de acuerdo al lenguaje; tampoco
fueron mas exactas las divisiones eclesiásticas, dado que la gran
provincia de Illyricum, incluyendo Macedonia y toda Grecia, estaban más
vinculados a Occidente a través de por lo menos una gran parte
del período patrístico, y fue gobernada por la Arzobispo
de Tesalónica, no como su exarca o patriarca, sino como legado
papal. Pero al considerar las producciones literarias de la época,
debemos clasificarlas como Latinas o Griegas, y es a ello a lo que nos
referimos por Occidental y Oriental. La comprensión de las relaciones
entre Griegos y Latinos es a menudo oscura por ciertas preposesiones.
Hablamos del “inmutable Este”, de los filosóficos
griegos como opuestos a los prácticos Romanos, del reposado pensamiento
de la mentalidad Oriental contra la velocidad y la clasificación
metódica que caracteriza la inteligencia Occidental. Todo esto
es bastante desorientador y es importante volver a los hechos. En primer
lugar, el Este fue convertido mucho más rápidamente que
el Oeste. Cuando Constantino hizo del Cristianismo la religión
establecida de ambos imperios desde el año 323 hacia delante, existía
un notable contraste entre los dos. En el Oeste el paganismo estaba en
todas partes y en una gran mayoría, excepto posiblemente en Africa.
Pero en el mundo Griego, la Cristiandad era bastante igual que las antiguas
religiones en influencia y números; en las grandes ciudades, podríamos
decir que era predominante, y algunos pueblos eran prácticamente
Cristianos. La historia relatada por San Gregorio el Trabajador Maravilla
que encontró 17 Cristianos en Neocesarea cuando fue obispo, y que
dejó la misma ciudad con 17 paganos cuando murió (270-5)
debe ser sustancialmente cierta. Tal historia en el Oeste podría
ser absurda. Las villas en los países Latinos eran sostenidas por
mucho tiempo, y los pagani mantenían su adoración a los
dioses antiguos incluso después de que fueron nominalmente Cristianizados.
Por el contrario, en Frigia, mucho antes de Constantino, todas las villas
eran Cristianas, por lo que también es cierto que en otros sitios,
el día de Juliano, algunos pueblos aún eran paganos –
Gaza en Palestina es un ejemplo; pero luego Maiouma, el puerto de Gaza,
era Cristiano.
Debemos notar, entre otras, dos consecuencias de esta rápida evangelización
del Este. En primer lugar, mientras el lento progreso de Occidente era
favorable a la preservación de la inmutable tradición, la
rápida conversión del Este estuvo acompañada por
un ágil desarrollo el cual, en la esfera del dogma, fue precipitado,
desigual, y pleno de error. En segundo lugar, la religión del Este
participó, incluso durante los heroicos tiempos de persecución,
del mal el cual Occidente sintió tan profundamente después
de Contantino, el cual fue, de las masas dentro de la Iglesia de multitudes
que fueron solo Cristianizadas a medias, porque era lo que estaba de moda
o porque eran vistas una parte de las bellezas de la nueva religión
y de los absurdos de lo viejo. Actualmente tenemos escritores Cristianos
en el Este y Oeste, tales como Arnobius y en alguna medida Lactantius
y Julios Africanus, lo que muestra que eran solo la mitad de instruídos
en la Fe. Este debió ser en mucho el caso entre la gente en Oriente.
La tradición en el Este era menos considerada y la fe era menos
profunda que en las comunidades mas pequeñas de Occidente. Nuevamente,
los escritores Latinos comenzaron en Africa con Tertuliano, justo antes
del tercer siglo, en Roma con Novaciano, justo en la mitad del terce