Fundada en Castilla, en el siglo XII, como una rama militar de la gran familia
cisterciense.
En la Orden Cisterciense, recién formada en ese entonces (1098), había
una gran cantidad de caballeros o hijos de caballeros. En Calatrava, por el
contrario, los que habían sido monjes se convertían en caballeros.
La vida monástica era llamada “el combate” y sería
un error suponer que aquellos rudos guerreros medievales buscaran solamente
un asilo confortable en el claustro después de una turbulenta carrera.
En ambos estilos de vida se llevaba a cabo un esfuerzo heroico para mantenerse
ya fuese contra los propias pasiones o contra los musulmanes, y las austeridades
de la vida ascética no les podían parecer más amenazadoras
que las privaciones de los campamentos y las heridas de las batallas. Estas
naturalezas impetuosas, que no hacían nada a medias, estaban ansiosas
de tomar el Cielo de la misma manera que habían conquistado las fortalezas
terrestres, violentamente: (Mateo 11:12). Sin embargo, la orden de Calatrava
debe sus orígenes no a un plan deliberadamente preparado, sino a circunstancias
fortuitas cuya relación pudiera parecer pura ficción si el narrador,
Rodrigo de Toledo, no afirmara haber conocido en su juventud al héroe
de la historia. Esta es como sigue:
Calatrava es el nombre árabe de un castillo recuperado de los musulmanes
en 1147 por el Rey de Castilla Alfonso VII, llamado el Emperador. Situado en
los confines de la frontera sur de Castilla, esta conquista fue más difícil
de mantener que de hacer, en una época en la que los ejércitos
permanentes y las guarniciones no eran conocidas. Fue esta deficiencia la que
las Órdenes Militares, primero que todos los Caballeros Templarios, intentaron
aliviar mediante el cumplimiento de su voto de combate perpetuo contra los musulmanes.
El rey recurrió a los Templarios pero estos, después de un intento
inútil de defender Calatrava, la abandonaron y el rey buscaba en vano
otros defensores cuando Raimundo, abad del monasterio cisterciense de Fitero,
se ofreció. Se ha dicho que este paso le había sido sugerido al
abad por Diego Velázquez, un simple monje que había sido caballero,
bien instruido en materia militar, y que estaba inspirado por la idea de utilizar
a los hermanos seglares de la abadía para defender Calatrava. Estos hermanos
seglares cistercienses, en ese entonces una innovación reciente en la
vida religiosa, no perteneciendo al orden sacerdotal, eran empleados muchas
veces como pastores, peones, agricultores, etc. Diego los empleó entonces
como soldados de la Cruz. Ellos dejaron a un lado el martillo y el cayado del
pastor y empuñaron las espadas. Se había creado una nueva orden
que recibió el nombre de Calatrava del castillo entregado por el rey
(1157).
Una vez provistos con armas estos hermanos, llenos de entusiasmo bélico,
estaban deseosos de tomar la ofensiva contra los moros. Teniendo este objetivo
en la mira, escogieron, cuando falleció el abad Raimundo (1163), a un
tal Don García para que los guiara en la batalla como su primer gran
maestre. Al mismo tiempo, los monjes de coro, no sin protestar, dejaron Calatrava
para vivir en el monasterio de Ciruelos, bajo el mando de un abad escogido por
ellos. Solamente Velázquez y unos pocos clérigos, que actuaban
como capellanes, permanecieron en Calatrava con los caballeros, Velázquez
se convirtió en el prior de toda la comunidad. Esta organización
un tanto revolucionaria fue aprobada por el capítulo general en Cîteaux
y por el Papa Alejandro III (1164). Un capítulo general reunido en Cîteaux
en 1187 le dio a los Caballeros de Calatrava su regla definitiva, la cual fue
aprobada ese mismo año por el Papa Gregorio VIII. Esta regla, modelada
según las usanzas cistercienses para los hermanos seglares, imponía
sobre los caballeros, además de las obligaciones de los tres votos religiosos,
las reglas de silencio en el refectorio, en el dormitorio y en el oratorio;
durante cuatro días de la semana, además de varios días
de ayuno durante el año; estaban obligados a rezar un número determinado
de padrenuestros por cada hora del el Oficio Divino; tenían que dormir
con su armadura puesta y usar como uniforme el manto blanco del Císter
con la cruz roja flordelisada. Calatrava estaba sujeta no a Cîteaux, sino
a Morimod en Borgoña, la casa madre de Fitero, de donde había
surgido. Consecuentemente, el abad de Morimond poseía el derecho de visitar
las casa así como de reformar los estatutos de Calatrava. Además
la más alta dignidad eclesial de la orden, la del gran prior, solamente
podía ser detentada por un monje de Morimond.
Los primeros servicios militares de los Caballeros de Calatrava fueron brillantes
y en recompensa por los grandes servicios recibieron del Rey de Castilla nuevas
concesiones de tierras, que formaron sus primeras encomiendas. Ellos ya habían
sido llamados al vecino Reino de Aragón y habían sido recompensados
con una nueva encomienda (propiedades de tierras), la de Alcañiz (1179).
Pero a estos acontecimientos siguieron una serie de infortunios debidos, en
primer lugar, a la infortunada partición que Alfonso había hecho
de sus posesiones y a la consecuente rivalidad que sobrevino entre las ramas
castellana y leonesa de su dinastía. Por otro lado los moros de España,
deseando recuperar sus dominios perdidos, llamaron en su auxilio a los moros
de África provocando la nueva y formidable invasión de los almohades.
El primer encuentro resultó en una derrota para España. En la
desastrosa batalla de Alarcos, los caballeros fueron superados y a despecho
de su espléndido heroísmo, fueron obligados a dejar su baluarte
de Calatrava en poder de los musulmanes (1195). Velázquez vivió
justo lo suficiente para ser el desconsolado testigo del fracaso de su atrevido
plan. Murió al año siguiente en el monasterio de Gumiel (1196).
Parecía como si la orden se hubiera arruinado en Castilla, y esta opinión
prevaleció de tal manera que la rama de Aragón se consideró
a si misma como la sucesora de la otra. Los Caballeros de Alcañiz procedieron
a la elección de un nuevo gran maestre, pero el gran maestre que todavía
vivía en Castilla reclamó su derecho. Finalmente por un pacto,
el maestre de Alcañiz fue reconocido como el segundo en dignidad, con
el título de Gran Comendador de Aragón.
Los restos desperdigados de Calatrava habían encontrado mientras tanto
un refugio común en el monasterio cisterciense de Ciruelos, y ahí
comenzaron a reponer sus bajas mediante el ingreso masivo de nuevos caballeros.
Pronto se sintieron lo suficientemente fuertes como para erigir un nuevo baluarte
contra los musulmanes en Salvatierra, de donde tomaron el nombre de Caballeros
de Salvatierra (1198), que mantuvieron por catorce años. Pero durante
el transcurso de una nueva invasión de los almohades, Salvatierra, a
pesar de una desesperada defensa, compartió el destino de Calatrava (1209).
La caída de este baluarte en Castilla esparció la consternación
desde España a lo largo de Europa Occidental. Convocados por el gran
Papa Inocencio III, cruzados extranjeros acudieron de todas partes para ayudar
a los cristianos españoles. El primer acontecimiento de esta guerra santa,
que ocurría ahora en Europa, fue la reconquista de Calatrava (1212),
la que fue devuelta a sus antiguos amos. En el mismo año la famosa victoria
de las Navas de Tolosa marcaba el incipiente declive de la dominación
musulmana en Europa. Habiendo de este modo reconquistado la posesión
de la fortaleza, y reasumido el nombre de Calatrava (1216), la orden, no obstante,
se movió al cuartel más seguro de Calatrava la Nueva, a ocho millas
de la antigua Calatrava (1218). Desde este centro su influencia se esparció
hasta las más remotas zonas de la Península; nuevas órdenes
brotaron—Alcántara (q.v.) en el Reino de León, Avis (q.v.)
en Portugal, ambas comenzaron bajo la protección de Calatrava y la visita
de su gran maestre. Este espíritu de emulación estimulante, esparcido
entre todas las clases de la sociedad, marcó el clímax de la caballería
Española: fue entonces cuando el Rey Fernando III el Santo, después
de la coalición de Castilla y León (1229) le asestó un
golpe mortal al poder musulmán al conquistar (1235) Córdoba, su
ciudad capital, seguida de la rendición de Murcia, Jaén y Sevilla.
La cruzada europea parecía llegar a su final. Envalentonado con estas
victorias, el sucesor de Fernando, Alfonso X el Sabio, planeó una cruzada
en el Este y contemplaba marchar, con su caballería española,
a restaurar el Reino Latino de Jerusalén (1272). Pero los moros todavía
se mantenían firmes en su pequeño Reino de Granada, el cual mantendría
durante dos siglos más una puerta abierta, exponiendo a Europa Occidental
al constante peligro de una invasión africana. La cristiandad tiene que
agradecerse la perpetuación de esta amenaza a sus propias disensiones,
no solamente internacionales, sino personales y dinásticas. Al igual
que otros caballeros de la Cruz, los caballeros de Calatrava se vieron arrastrados
dentro de estas sediciosas reyertas.
Calatrava, con sus abundantes reservas de hombres y bienes, había devenido
en un poder dentro del Estado. Tenían tierras y castillos dispersos a
lo largo de las fronteras de Castilla. Ejercían el señorío
feudal sobre miles de labriegos y vasallos. Por tanto, más de una vez,
se ve a la orden conducir a los campos de batalla, como su contribución
individual, a 1200 o 2000 caballeros, una fuerza considerable para la Edad Media.
Además, disfrutaba de autonomía, siendo por sus constituciones
independiente en asuntos temporales y reconociendo solo superiores espirituales--el
abad de Morimond y, en apelación, el Papa. Estas autoridades intervinieron
como consecuencia de un cisma que ocurrió en 1296 debido a la elección
simultánea de dos grandes maestres, García López y Gautier
Pérez. López, destituido primeramente por un delegado de Morimond,
apeló al Papa Bonifacio VIII, quien derogó la sentencia y refirió
el caso al capítulo general de Cîteaux, donde López fue
restablecido en su dignidad (1302). Destituido por segunda vez, como consecuencia
de una querella con su lugarteniente Juan Núñez, López
renunció voluntariamente a favor de Núñez que ocupó
el cargo (1328) con la condición de mantener la encomienda de Zurita.
Como esta condición fue violada, López tomó, nuevamente
y por tercera vez, el título de Gran Maestre en Aragón, donde
murió en 1336. Estos hechos demuestran con suficiencia que posterior
al siglo catorce la disciplina rigurosa y la observancia ferviente observada
durante los primeros tiempos de la orden, dieron paso a un espíritu de
intriga y ambición bajo la influencia relajante de la prosperidad.
Con la ascensión de Pedro el Cruel comenzó un conflicto entre
la Corona y la orden. Dicho príncipe provocó que tres grandes
maestres, de forma sucesiva, fueran condenados a muerte a medida que se le hacían
sospechosos: el primero de estos fue decapitado (1355) bajo el cargo de haber
entrado en una alianza con el Rey de Aragón; el segundo, Estévañez,
habiendo competido por el maestrazgo con el candidato real, García de
Padilla, fue asesinado en el palacio real por las traicioneras manos del propio
rey; por último el mismo García de Padilla, hermano de la amante
del rey, cayó en desgracia y murió en prisión (1369) tras
desertar del partido del rey para ingresar en el del medio hermano de este,
Enrique el Bastardo. Mezclado con todos estos problemas la guerra contra los
musulmanes, la cual era la razón misma de la existencia de la orden,
se había reducido a un mero episodio de su historia. La mayor parte de
sus actividades estaban dedicadas a puros conflictos políticos y sus
armas, consagradas a la defensa de la fe, se volvieron contra los cristianos.
Mucho más lastimoso era el espectáculo de los caballeros divididos
en facciones rivales y mutuamente hostiles. Al mismo tiempo comenzaron las intrusiones
de la autoridad real en la elección del gran maestre, cuyo poder era
un freno para el del rey. Por ejemplo, en 1404 Enrique de Villena fue elegido
como el 24º gran maestre simplemente por el favor de Enrique III de Castilla.
Esto ocurrió a pesar de que Villena estaba casado, era alguien completamente
ajeno a la orden, y por dispensa papal ocupó tan alta dignidad sin siquiera
el preliminar de un noviciado. A esto sucedió un cisma en la orden que
solo se subsanó después de la muerte del rey en 1414, cuando un
capítulo general, reunido en Cîteaux, anuló la elección
de Villena y reconoció a su contrincante, Luis Guzmán, como el
único y legítimo maestre. Después de la muerte de Guzmán,
una nueva intromisión de Rey Juan II de Castilla dio pie para otro cisma.
El rey había logrado forzar la elección de su candidato, Alfonso,
un bastardo del linaje real de Aragón (1443); pero Alfonso se había
unido a un partido formado contra el rey, por lo que este buscó que fuera
depuesto por el capítulo de la orden. Esta vez los electores se dividieron,
y una elección doble resultó en no menos de tres grandes maestres:
Pedro Girón, quien tomó posesión de Calatrava; Ramírez
de Guzmán, que ocupó los castillos de Andalucía y el bastardo
Alfonso de Aragón, quién siguió siendo reconocido por los
caballeros de la rama aragonesa. Al final, tras la retirada de sus rivales,
uno después del otro, Pedro Girón permaneció como el único
gran maestre (1457). Girón pertenecía a una eminente familia castellana,
pero era un intrigante ambicioso, más preocupado por sus intereses familiares
que por los de la orden. Jugó un papel importante como uno de los cabecillas
de las facciones que perturbaron el desdichado reinado de Juan II y Enrique
IV, los dos últimos, y lamentablemente, débiles descendientes
de San Fernando de Castilla.
Girón apoyó, por turno, primero a Enrique IV en una guerra contra
su padre, Juan II; después a Alfonso, quien pretendía al trono,
contra el propio Enrique IV. Fue tanta la importancia de Girón que Enrique
IV, con la intención de atraerlo hacia su causa, le ofreció la
mano de su hermana, la famosa Isabel de Castilla. Girón anteriormente
había conseguido la anulación por el Papa de su voto de celibato,
he iba de camino a la corte cuando murió, salvándose de esta forma
la futura Reina de Castilla de un consorte indigno (1446). El mismo Papa, Pío
II, le había conferido a Pedro Girón el privilegio extravagante
de renunciar a su elevada dignidad a favor de su bastardo, Rodrigo Telles Girón,
una criatura de ocho años. Por esta razón el maestrazgo cayó
en manos de guardianes—lo que era un acontecimiento inaudito. El abad
de Morimond fue llamado para que organizara una administración temporal,
hasta que Telles alcanzara la mayoría de edad. La administración
fue confiada a cuatro caballeros elegidos por el capítulo y de este período
datan los estatutos definitivos de la orden conocidos como “Reglas del
Abad Guillermo II” (1467). Estos estatutos reconocías siete altos
dignatarios en la orden: el gran maestre; el clavero (guardián del castillo
y lugarteniente del gran maestre); dos gran comendadores, uno de Castilla y
el otro de Aragón; el gran prior, representando al abad de Morimond en
el gobierno espiritual; el sacristán (guardián de las reliquias)
y el obrero (supervisor de las edificaciones).
La orden, habiendo alcanzado su apogeo de prosperidad, dominaba cerca de cincuenta
y seis encomiendas y dieciséis prioratos o curatos, distribuidos entre
la diócesis de Jaén y el vicariato de Ciudad Real. Sus señoríos
incluían sesenta y cuatro villas, con una población de 200,000
almas, y producían una ganancia anual que puede estimarse en 50,000 ducados.
Los reyes cuya, fortuna había sido dilapidada por la mala administración
de sus predecesores, codiciaban esta riqueza, mientras que un poder militar
tan formidable llenaba de recelo a los monarcas que estaban obligados a tolerar
la existencia autónoma de la orden. Durante el conflicto entre Alfonso
V de Portugal y Fernando de Aragón por el derecho de sucesión
a Enrique IV, el último descendiente varón de su casa (1474),
muchas cosas dependieron de la posición de Calatrava. Los caballeros
estaban divididos. Mientras que el gran maestre, Rodrigo Girón, apoyaba
a Portugal, su lugarteniente, López de Padilla, favorecía a Aragón.
La batalla del Toro (1479), donde las pretensiones de Portugal fueron aniquiladas,
terminó con este cisma, el último en la historia de la orden.
El gran maestre, reconciliado con Fernando de Aragón, cayó durante
la guerra contra los moros en el sitio de Loja (1482). Su lugarteniente, López
de Padilla, le sucedió y como el último de los veintisiete grandes
maestres independientes de Calatrava, revivió por un tiempo las virtudes
heroicas que la orden poseía en sus días de gloria. Un monje mortificado
en su celda, un guerrero temible en el campo de batalla, la gloria de Padilla
vertió sus últimos rayos en la guerra de la conquista de Granada,
de la cual no pudo ver su final. A su muerte (1487) Fernando de Aragón
mostró al capítulo, reunido para la elección de un nuevo
gran maestre, una Bula de Inocencio VIII por la que era investido de la autoridad
para administrar la orden y mediante este decreto obligó a los electores
a sometérsele. Terminaba así la autonomía política
de la Orden de Calatrava. La razón de su origen--el combate contra los
moros--también parecía haber llegado a su final con la caída
de Granada (1492).
Los lazos canónicos entre Calatrava y Morimond eran cada vez más
débiles. El Rey de España era demasiado celoso de su autoridad
como para tolerar cualquier intervención extranjera--especialmente la
francesa—en los asuntos de su reino. Las visitas canónicas del
abad de Morimond cesaron; las dificultades aumentaron cuando el gran prior vino
desde Morimond a tomar posesión de su dignidad. El último prior
francés fue Nicolás de Avesnes, quien murió en 1552. Después
de una larga disputa, se llegaría a un acuerdo en 1630, dejando a Morimond
su derecho de elegir al gran prior, pero limitando esta elección a cistercienses
españoles. Además, los caballeros de la orden fueron virtualmente
secularizados: El Papa Pablo III conmutó su voto de celibato por uno
de fidelidad conyugal (1540). Como miembros de la orden podían fundar
familias, y fueron autorizados por Julio III (1551) para hacer libre uso de
sus propiedades personales, por lo que el voto de pobreza también cayó
en desuso. En 1652, bajo Felipe IV, las tres órdenes españolas
tomaron n voto nuevo: el de defender la Doctrina de la Inmaculada Concepción.
Esta fue la última manifestación de espíritu religioso
en estas órdenes. El espíritu militar había desaparecido
largo tiempo atrás. Las órdenes habían caído, de
hecho, en un estado de inactividad total. Las encomiendas estaban a la total
disposición del rey y eran otorgadas por él más bien a
los de alta cuna que a los que se las merecían. En 1629 la Orden de Calatrava
fue declarada inaccesible no solo a los comerciantes, sino incluso a los hijos
de estos. El último intento de emplear a los caballeros de las tres órdenes
con propósitos militares ocurrió con Felipe IV, durante la represión
de la rebelión de los catalanes (1640-50), pero limitaron sus esfuerzos
solamente a completar el equipamiento de un regimiento, que ha sido conocido
desde entonces, en el ejército español, como “El Regimiento
de las Órdenes”.
Cuando la dinastía Borbón ocupó el trono, Carlos III,
habiendo fundado la orden personal de su nombre, gravó sobre las antiguas
órdenes una contribución de un millón de reales como pensión
para la manutención de 200 caballeros de la nueva orden (1775). Dado
que estas rentas eran la única razón de ser que le quedaba a la
orden, su confiscación necesariamente llevó a la disolución.
Confiscada por el Rey José (Bonaparte Nota del traductor) (1808), restablecida
por Fernando VII durante la Restauración (1814), las posesiones de Calatrava
se diluyeron finalmente en la secularización general de 1838. (Ver ALCÁNTARA;
MILITAR)
Definiciones de la Orden y Cavallería de Calatrava (Valladolid,
1600); MANRIQUE; Series praefectorum militiae Calatravae, in his Annales, III,
Appendix; JONGELINUS, Origines equestrium militarium ordinis cisterciensis (Cologne,
1640); ZAPATER, Cister militante (Saragossa, 1662); DUBOIS, Histoire de l'abbaye
de Morimond avec les principaux ordres militaires d'Espagne et de Portugal (Paris,
1851).