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Lunes, 23 de octubre de 2017

Intellectus Fidei

De Enciclopedia Católica

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La muerte de un papa. Holbein
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Primera fotografía ofcial de Juan Pablo II
Cuando fue elegido Juan Pablo II, nadie podía prever los efectos bienhechores de su notable y dilatado reinado.
Juan Pablo II convirtió, de facto, a los medios de comunicación en asociados de la evangelización. Los medios lo siguieron a todo lugar al que fue, transmitieron directamente sus discurso y hasta sus prolongados silencios, como ocurrio en Fátima
El asesino musulmán está listo para disparar contra el Santo Padre
Las balas del asesino musulmán empiezan a hacer blanco en la persona del Santo Padre. Aquí se opera la intervención milagrosa de María, Virgen Gloriosa y Bendita, que le salva la vida.
La víctima y el asesino. Juan Pablo II, Vicario de Cristo que perdona 70 veces 7, concede a su agresor el perdón, la reconciliación y la paz.
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La enfermedad grave como Mysterium fidei del Cristiano y su ministerium fidei.
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La palabra que ya no pudo pronunciar: Hasta ahí llegó su kénosis y la enseñanza de esa kénosis
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La "Encíclica" de Juan Pablo I y el "Intellectus fidei de Juan Pablo II" o su "otra" "Encíclica"

La teología es el esfuerzo y ejercicio de la comprensión de la fe, no solo de modo teórico, sino también práctico. Presentamos tres modos de esa comprensión y mostración de la fe. Los dos primeros, simbólicamente expresados bajo la forma poética. Corresponden al pontificado de Juan Pablo I y a la asombrosa y fructífera actividad pastoral de Juan Pablo II, en sus más de 20 años de evangelización por todo el mundo. El tercer modo o estilo trata de comprender y aplicar el mysterium crucis de estos últimos años de Juan Pablo II y de su fruto inequívoco y redentor.

Dos papas, tres estilos

Consideramos aquí tres modos o estilos, o tres momentos de interpretar y reflejar la misma Fe.

Por intellectus fidei entendemos lo que el Papa Juan Pablo II nos enseña en la Fides et ratio: “Se debe considerar ante todo que la Verdad divina, como se nos propone en las Escrituras interpretadas según la sana doctrina de la Iglesia, goza de una inteligibilidad propia con tanta coherencia lógica que se propone como un saber auténtico. El intellectus fidei explicita esa verdad, no solo asumiendo las estructuras lógicas y conceptuales de las proposiciones en las que se articula la enseñanza de la Iglesia, sino también, y primariamente, mostrando el significado de salvación que estas proposiciones contienen para el individuo y la humanidad. Gracias al conjunto de estas proposiciones el creyente llega a conocer la historia de la salvación que culmina en la persona de Jesucristo y en su misterio pascual” (FR 66).

Estilo primero. “Poco de Pablo y mucho de Juan”

La Plaza de San Pedro estalló en aplausos, se llenó de una sonrisa inmensamente amable y se inundaba de un mar de pañuelos blancos. Pronto se dijo del estilo del Papa Juan Pablo I: “Poco de Pablo y mucho de Juan”.

Hablábamos en su día, del fugaz pontificado –un mes– de Juan Pablo I, y dijimos que nos dejó, no escrita, aunque sí publicada a los cuatro vientos, una sola encíclica: la encíclica de su sonrisa y, por simpática traducción simultánea, entendida por el mundo entero como suave caricia de esperanza para sacudir los miedos del espíritu. Se inauguraba un nuevo intellectus fidei, un estilo amical de entender y trasmitir la fe, incluso, con buen humor: la eutrapelia en las Cartas de un Obispo. Diríamos que Juan Pablo I oficializó la Teología Doméstica. Su libro “Illustrissimi” es sindéresis, sabiduría y parábola, lección de historia y aire fresco, trasparencia evangélica y mano tendida de amigo y padre.

El mismo día de su repentina muerte (28–9–78), escribíamos así:

Querido Juan Pablo: Escribiste tus cartas a muchos personajes

que con graciosa ingenuidad

llamaste "Ilustrísimos señores".

Ahora volarán a ti inumerables cartas de cariño.

¡ Quién supiera escribir

una carta al Papa de la sonrisa !

Acaso la mejor contestación fuera sonreír.

Sonreír benévolamente,

caritativamente,

teológicamente a todo el mundo

como tú lo hiciste, como lo hiciste tú.

¡ Con lo fácil que es sonreír !

Pero no.

Sonreír de verdad es muy difícil

porque hacen falta muchos granos de mostaza,

y buen montón de trigo ya molido,

y compartir el gozo de la dracma encontrada,

y rebanadas de paz entre las manos,

y un palomar de sencillez,

y mucha claridad en las pupilas,

sí, mucha claridad de luz cristiana

para sonreír como vos,

que sonreísteis siempre

ante tanto escudriñamiento del ser;

que traspasasteis grácilmente

tanta oscura frontera, inventada

por la impuesta política de turno;

que iluminabais aporías

y tétricas angustias de filósofos

con vuestras ocurrentes epístolas

al Oso de San Romedio, al Gran Capitán o a Pinocho;

que no os turbaron demasiado

los cálculos de los que solo piensan aquí abajo

o decretan cuántos debemos ser sobre esta tierra.

Ya veis, vuestra sonrisa

-luminosa estrella en la pérgola del firmamento-

ha inundado de luz

las callejas y plazas del planeta.

Vuestra encíclica sonrisa

–por simpática traducción en simultáneo–

la entendieron los latidos de toda Buena Voluntad.

Vuestra palabra -angélica postal-

fue cariñosa palmada de esperanza

que sacudió los miedos del espíritu.

Contigo era hermoso

sentirse hermano de los hombres

porque tú estabas ya con ellos

amándolos a todos,

enseñándoles a todos,

sonriéndoles a todos.

¡ Ah, tu sonrisa !

Voló hasta el cielo la paloma

y emprendieron el vuelo los polluelos

que primavera de nidos harán en nuestras torres.

Las mieses de la fe, del amor, de la esperanza

ondearán de júbilos al aire

y al sol

de un frutal horizonte de pañuelos.


Estilo segundo. El Papa Peregrino

Juan Pablo II, Pastor, Maestro, Profeta, Apóstol, Peregrino, Testigo. Eficientísimo en el Vaticano II y en especial sobre el tema de los signa temporum. Esbelto y ágil, atractivo y cautivante. De categoría intelectual a la altura de los más connotados del mundo de la filosofía, de la ética, de la axiología, de la sociología. Su recio temple espiritual es admirado incluso por personalidades que no comparten nuestra fe. Presente por su palabra oportuna e iluminadora en los foros del mundo. Autor de encíclicas señeras de lecciones definitivas. Ha querido estar cerca no solo de los católicos del mundo entero, sino de todos los creyentes y de todos los hombres de buena voluntad. Impulsor de una renovación auténtica que toca la misma estructura eclesial. El martirologio y la hagiología han sido altamente revitalizados. El santoral, vuelve a ser luz y senda para todo cristiano. Los avances de la Iglesia ad intra y ad extra en todos los órdenes son considerables. Es fácil admirar y agradecer su ingente obra. Y tras un viaje a cualquier parte del mundo, exclamar también así:

Santo Padre, ¡ Gracias !

Millones y millones han gritado –con toda el alma–

'¡ G r a c i a s!

Otros –muchos también– con el corazón en vuelo de Compostela a Roma,

nos hemos decidido a escribirte.

En ese beso filial (que no pudimos darte) hubiéramos dicho así:

Santo Padre, ¡Gracias!Porque nos has llevado en volandas de la alegría honda,

porque nos has tendido la mano de la esperanza firme,

porque nos has señalado el eje de la fe sencilla...

Sí, de esa fe, pilar de Evangelio,

que traslada los montes

que obligó a Jesús a hacer milagros

que nos hace condición

para salvar al mundo.

Gracias, Santo Padre,

porque tus palabras –cálido eco de las de Cristo–

las hemos oído fuertes,

claras,

vivas... En ellas has "dado la cara"

por nosotros y nos has fortalecido hasta seguirte –como al Maestro–

de orilla a orilla, más allá del afán de cada día.

Gracias, Santo Padre,

porque nos has iluminado por dentro y has desvanecido las sombras que se acostaban

en cobijos del corazón y

brotaban como maleza de espectros por las

cunetas del alma,

cuando osábamos "hacer marcha" de Evangelio.

Esa luz se ha subido a los ojos

y nos hace más radiante el rostro,

más segura nuestra palabra y más decididos nuestros pasos.

Gracias, Santo Padre,

porque nos has demostrado –atleta de Cristo–

la audacia de llevar la Noticia Salvadora

aun a riesgo de acortar los años de esta vida

o de trágicamente perderla –lo has probado–

en precio de la Vida Verdadera.


Gracias, Santo Padre,

porque has esculpido en altorrelieves de luz meridiana

que el Evangelio es la Carta de los Valores humanos.

Que las virtudes de Cristo son los eternos valores del hombre.

Que la esencia del hombre,

la dignidad del hombre

es el destino divino del hombre.

Gracias, Santo Padre, porque nos has recordado lo más noble del arca de nuestra historia –nuestra historia cristiana–

y nos llamas a repasarla para rencontrar la savia

que la hizo fructífera y gloriosa.

Gracias, Santo Padre,

porque a los santos, héroes de la humanidad

en la entrega, por Dios, para los hombres

los has puesto en el jarrón de tu alabanza

como lozanas espigas

para que desgranemos el aliento diario de su ejemplo.

Gracias, Santo Padre,porque nos has revivido la ilusión de sembrar

y de apostar contra la noche para volver a echar la red.

Gracias porque nos has enmarcado

en la categoría de

creer,

en la virtud de esperar,

en la salvación de

amar.

Y nos has subrayado la dignidad de ser

contra el ídolo de tener.

Gracias, Santo Padre, porque bendijiste a todos:

a los niños –custodias del Reino– que trasparentan a Dios

y no les cabe su gloria

entre los tirantes;

a los jóvenes que te aclamaban en restallantes

palmas de fiesta mayor;

a las familias –depósito sagrado–

para que el hogar de Dios siga creando el mundo;

a los sacerdotes y religiosos –oficiales del séquito de Jesús–

testigos de su Palabra actuante;

a los enfermos –ara sacra del misterio más cercano–

por donde Dios encauza la salvación de todos.

Bendijiste a todos.

Y todos te hemos dicho desde el hondón del alma

nuestro

más vivido

¡G r a c i a s!

Estilo tercero. La otra encíclica

Hablemos ahora de la otra encíclica de Juan Pablo II. La que no ha ido a las tipografías vaticanas, pero que, desde hace unos años, está escribiéndose desde los rictus de debilidad y de impotencia. El Vicario de Cristo está como dándonos una sugerente respuesta o mensaje más urgente de la kénosis de Cristo contra la fiebre desenfrenada de la eficiencia contable, frente al imperialismo de los medios técnicos o del éxito inmediato.

La Constitución conciliar Dei Verbum nos dice que el plan de la Revelación se realiza –gestis verbisque– por obras y palabras intrínsecamente ligadas; las obras que Dios realiza en la Historia Salutis manifiestan y confirman la doctrina y las realidades que las palabras significan; a su vez, las palabras proclaman las obras y explican su misterio (n. 2).

La teología ciencia de la fe

La teología se organiza como ciencia de la fe a la luz de un doble principio metodológico: el auditus fidei y el intellectus fidei. Con el auditus fidei asume los contenidos de la Revelación tal y como han sido explicitados progresivamente en la Sda. Tradición, la Sda. Escritura y en el Magisterio. Con el intellectus fidei, la teología quiere responder a las exigencias propias del pensamiento mediante la reflexión especulativa. (FR 65).

Y S. Pablo, hablando a los fieles de Corinto, manda (el verbo está en imper.: logize,sqw), que todos consideren a los apóstoles servidores de Cristo y dispensadores –oivkono,mouj– de los misterios de Dios (I Co 4 1).

Pero ministrar el misterio de Cristo es no solo presentar la verdad doxológica de Jesucristo (facerent eum regem, Jn 6 15): milagros, resurrección, ascensión, parusía; sino igualmente su verdad kenótica (semetipsum exinanivit, Fp 2 7): humillación, pobreza, impotencia, condenación, muerte y sepultura. Ahora bien, lo que se busca en un buen administrador, insiste el Apóstol, es que sea fiel. Diremos que el Papa Juan Pablo ha tomado esta tarea teológica como oficio de fidelidad.

Aquella ambivalencia de la verdad de que nos habla la Dei Verbum (n. 2), –verdad sobre Dios, verdad sobre el hombre– hay que comprenderla no solo de manera intelectual, conceptual, sino igualmente de manera experimental, vivencial. Es pues, labor de la teología no solo hacer comprensibles los contenidos, sino, desde la fe, traer su exigencia, la virtus salvifica de esos contenidos a la experiencia cotidiana. El plano intelectual debe encarnarse en el existencial. “Es lo que demuestran, dice el Papa en la encíclica Redemptor hominis, las vidas de los Santos. También hoy son necesarias, ante todo, esta comprensión y esta interpretación de la Palabra divina; es necesaria esta teología” (RH 19).

El tiempo, lugar teológico

La revelación se inserta en el tiempo y en la historia. “La historia es el lugar donde podemos constatar la acción de Dios a favor de la humanidad. Él se nos manifiesta en lo que para nosotros es más familiar y fácil de verificar porque pertenece a nuestro contexto cotidiano” (FR 12). Podemos, pues, considerar el tiempo, en este sentido, como un locus theologicus. Hay que lograr una unidad viva entre los principios teológicos y su granazón práctica, es decir su vivencia. “La fe de la Iglesia, escribe un teólogo actual, debe evitar una concepción de la fe cristiana que desconozca la ley de la Encarnación del Verbo en la sarx humana .

El Verbo eterno del Padre, es enviado al mundo; Acción, diríamos, la teoría teológica; pero Verbo Encarnado, Pasión, diríamos, la praxis teológica, encuadernada en la sarx humana y concreta, en la circustancia peculiar del vivir de cada uno. Teoría y praxis. Acción y Pasión.

Sta. Teresa Benedicta de la Cruz, tratando de S. Juan, el del Cántico, dice textualmente: No se trata de un edificio ideal construido con pensamientos coherentes. Se trata de una verdad bien conocida –la teología de la Cruz–, pero una verdad real y operante: como semilla que depositada en el centro del alma, crece determinando de tal manera sus acciones y omisiones que por ellas se manifiesta y hace cognoscible. De esta forma y fuerza vivientes brota en lo más profundo del hombre un concepto de vida y una visión de Dios y del mundo que permiten un particular modo de pensar que se presta a ser formulado en una teoría .

Teología kenótica. Subir a Jerusalén

Sabemos lo que en la exégesis de los evangelios quiere decir la repetida frase de Jesús de subir a Jerusalén, donde “el Hijo del Hombre será escarnecido e insultado y escupido” (Lc 18 31). Y a propósito del viaje de Pablo a Roma, el P. Alonso Schökel hace esta breve y sugestiva reflexión. S. Pablo irá a Roma, la capital política del Imperio, desde Jerusalén, movimiento geográfico que representa una dialéctica teológica. Jesús afrontó con gesto decidido el viaje hacia Jerusalén –ipse faciem suam firmavit ut iret Ierusalem– (Lc 9 51). Se cumplieron para Cristo los días de su “ascensión” (avnalh,myewj). Pablo subirá a Jerusalén a padecer persecución; desde allí, a pesar de oposiciones y por medio de ellas, llegará a Roma. Cuando haya llegado, Pablo descansará y el libro de los Hechos se cerrará, dejando abierta la Historia de la Iglesia. (Hc 19 21-22).

Pablo ha llevado una actividad sorprendente, larga y amplia, exitosa: predicando en las sinagogas y en las plazas ha convertido a miles de judíos y gentiles; ha fundado comunidades y ha establecido presbíteros; ha recogido importantes colectas para la comunidad y sus viudas de Jerusalén como encarecidamente se lo habían encomendado; prodigiosa labor apostólica. Aunque con la gracia de Dios, me afané más que todos, afirma sin rodeos (I Co 15 10). Ahora, “empujado por el Espíritu” (alligatus ego Spiritu) irá a Jerusalén, por quinta vez desde que partió con Bernabé desde Antioquia para Chipre en su primer viaje apostólico. No sabe lo que allí le sucederá, o, mejor, sí: le esperan cadenas y tribulaciones (Hc 20 22-23). Más de cuatro años va a durar su cautiverio. No va a poder ejercer su ministerio ni a las claras ni a sus anchas, aun con dificultades y persecuciones.

Con la mera lógica del mundo o con los simples ojos humanos, esta coyuntura representa una pérdida irreparable y un fracaso injusto. Sin embargo, la Providencia de Dios ve más allá, va más arriba. Es interesante señalar que en estos capítulos de los Hechos, el P. Alonso, en su exégesis, establece cierto paralelo entre la misión de Jesús y los avatares de la vida de Pablo. No será tampoco difícil entrever una misión apostólica pareja –alligatus Spiritu– en estos años del Papa Juan Pablo II, con el ministerio del Apóstol.

El Papa tiene conciencia clarísima de su misión, y parece tener asumidos sus sufrimientos como quehacer o discurso hodierno de la theología crucis o teología kenótica, de anonadamiento, de inutilidad, según el juicio del mundo. Pero esas realidades de impotencia son de tal manera poderosas, que llevan a cabo la salvación de ese mismo mundo. Tal vez, el discurso más necesario de pronunciar hoy. La lección de la humildad o humillación, gozosa y conscientemente asumida es la más brillante lección, acaso, que en el plan de Dios urja predicar hoy a los hombres.

Nuestra fe en la planificación, en los medios, está sufriendo sus crisis. Conviene recordar, entre otras, la oración colecta del Dom. XIV del TO que reza así: “Oh Dios, que por medio de la humillación de tu Hijo levantaste a la humanidad caída... Y la similar oración del Dom. VII, pide para el pueblo a Dios Todopoderoso, “que la meditación asidua de tu doctrina, le enseñe, de palabra y de obra, lo que a ti te complace”.

Con la oblación de su incapacidad y la decepción que puede provocar en “los judíos y griegos” (I Co 1 24) de nuestra época, Juan Pablo se convierte en el valiosísimo contribuyente para la edificación del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Él puede decirnos hoy tanto con sus manifiestas debilidades, como ayer con sus admirables cualidades. Con oportunidad y justeza se apropia las palabras de Pablo: “Ahora me gozo de mis sufrimientos y debilidades a favor vuestro porque contribuyo, por mi parte en mi carne, a completar lo que falta a los sufrimientos de Cristo, por el bien de su Cuerpo que es la Iglesia”. Se convierte paradójicamente con el sufrimiento, en el anunciador del “misterio que estaba escondido para los siglos y generaciones y ahora manifestado a sus santos: la riqueza del misterio de la Persona de Cristo. “Me fatigo luchando según la eficacia de su acción que actúa en mí poderosamente”. (Laboro certando secundum operationem eius quae operatur in me in virtute (Co 1 24-27).

Crucificado para el mundo

No fue tan eficaz el discurso de Pablo en el Areópago de Atenas (17 22-32), previamente instruido y hasta ilustrado con oportunas citas de poetas y filósofos que, por otra parte, eran genialmente ciertas en lo que afirmaban, como que en Dios vivimos, nos movemos y existimos. O que somos de la dinastía de Dios. Sino el discurso de anunciar a Cristo y a este crucificado: “Que no se me ocurra gloriarme (mihi absit gloriari) sino en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo” (Gá 6 14).

Hemos sido bautizados en la muerte de Cristo (an ignoratis quia quicumque baptizati sumus in Christo Iesu in morte ipsius baptizati sumus? Ro 6 1-11), para resucitar con Él. Cristo que muere en cruz y resucita en gloria nos hace conformes a Cristo en el acto mismo en que nos salva, en el bautismo de su pasión (Mt 10 39). La pasión era, de hecho, el verdadero bautismo con el que Jesús tenía que ser bautizado (Baptisma autem habeo baptizari, Lc 12 50). Así Jesús se constituye en la Cabeza de la Iglesia que él adquiere con su sangre (Hch 20 28).

“No piense nadie que el bautismo fue dado solamente por el perdón de los pecados y para alcanzar la gracia de la adopción, como en el caso del bautismo de Juan, que confería solo el perdón de los pecados; nuestro bautismo, además de limpiarnos del pecado y darnos el don del Espíritu es también tipo y expresión de la pasión de Cristo”. Por eso Pablo decía: ¿Es que no sabéis que los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo Jesús fuimos incorporados a su muerte? (Catequesis de Jerusalén, Mistagóg. 21. PG 33 10079).

El bautismo reproduce en nosotros (in sacramento) de forma misteriosa, la muerte y la resurrección de Cristo, y de forma análoga el efecto eclesial producido en Cristo. El bautismo de su pasión hizo de Él la Cabeza de la Iglesia; la reproducción de su pasión en nosotros nos hace miembros de la Iglesia: Somos ya su “criatura nueva” (Gá 6 15). Esto no es solo doctrina. San Pablo presenta su propio cuerpo como bandera: “Voy soportando en mi cuerpo los estigmas de Jesús” (Gá 6 17).

No es fácil adivinar las molestias personales que el mismo Santo Padre padece y las que, a su pesar, él crea precisamente por esa misma incapacidad. Y por que nada faltase, por su piedad y fidelidad a su Señor, también se ha ganado, desde la impiedad, los improperios del Siervo de Yavé: Acechemos al justo que nos resulta incómodo: se opone a nuestras acciones, nos echa en cara las faltas contra la Ley... Su vida no es como la de los demás, sus caminos son diferentes. Declara que conoce a Dios, se ha vuelto acusador de nuestras convicciones, y solo verlo da grima... Proclama dichoso al justo y se gloría de tener por Padre a Dios (Sab 2 12-17).

¿Renuncia? El tiempo no es oro

Muchas de las voces que piden la renuncia del Pontífice vienen de fuera, es decir, de personas ajenas a la fe. Otras, de personas de fe, mas secundando acríticamente el parecer de quienes son ajenos a ella. No faltan, en fin, las que se alzan desde la misma Iglesia. Incluso de personalidades especialmente destacadas y, según se dice, de algunos obispos.

Desde una consideración superficialmente periodística o de una lógica fría, podrá parecer convincente, que el pontífice haga su renuncia y sea elegido un Papa joven, dinámico, apuesto, con renovado don de gentes, pletórico de vitalidad para llevar el peso de tan grande tarea, sensible a las urgencias del momento, de mentalidad abierta y acorde con el reto de los tiempos: los signa temporum (Mt 16 3). Un hombre capaz de entrar en diálogo amplio y directo con los hombres de nuestro mundo.

El Papa no es sordo a esas voces. En varias ocasiones ha hecho alusión a ello: “Dios sabe cómo y cuándo querrá apartarme de este encargo”. Últimamente ha respondido así: “No bajaré de la Cruz. Seguiré mientras Dios me dé vida”.

Ante el vertiginoso mundo de las eficacias, de los patrones de rentabilidad económica, del dividendo inmediato, del viejo eslogan time is money, hoy convertido en dogma rígido, en que unos minutos antes o después son decisivos para ganar o perder millones de dólares..., no es fácil entender la misión del Vicario de Cristo, los peregrinajes apostólicos del Sucesor de Pedro, la patente decrepitud del Pastor Universal.

Theologia crucis

Para comprender la eficacia del opus salutis –la obra de la salvación y de la gracia–, es necesario circular el insustituible recurso de la fe. Que también la fe tiene su perijóresis, su reciclaje. Ante la petición de renuncia en clave positivista, el Santo Padre ha querido declararnos su intellectus fidei, dedicarnos su otra encíclica.

El Papa ha hablado. Y lo hace no solo ya en clave de Cruz, sino desde la Cruz. Y ha clavado ya, él mismo, su propio INRI: “No bajaré de la Cruz hasta que Dios quiera”. El paradigma de todo cristiano es Cristo y este crucificado –evstaurwme,non– (I Co 2 2); (en partic. de perfecto: acción del pasado, que implica vigencia continuada).

Y el principio teológico o llave de toda eficacia para llevar a cabo la salvación es seguir a Cristo; más: colocarse en el situs de Cristo y, especialmente, en medio del sufrimiento y la incomprensión, permanecer fiel al propósito del Padre.

Sigue candente y como trasladada a Juan Pablo la página de S. Mateo. Los hombres le espetan la tentación más cruda: Baja ahora de la cruz y creeremos. El evangelista anota que hasta los sacerdotes con los escribas y ancianos gritaban lo mismo (Mt 27 19 -43). Pero Jesús no baja. Tampoco se defiende. Ni siquiera responde el mismo Dios a quien Jesús, con divina piedad, llama ¡Padre! Y Jesús en medio del fracaso, de la ineficiencia, pronuncia su consummatum est (Jn 19 30); y muere en su fidelidad: Pater, in manus tuas... En tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23 46). Al día siguiente las cosas seguirían igual: la gente a los mercados, los soldados a sus puestos, el mismo trajín de la ciudad... Los curiosos esperaban algo pintoresco. Solo se vio el fracaso: ¿Y este que hizo tantos milagros, no podía haberse salvado a sí mismo? (Mt 27 42).

Un hombre –otros con él–, sentía con piedad en su interior. Ahí comprendió perfectamente la humillación de Jesús, la impotencia del Mesías, el silencio de Dios, el inri del escándalo, el mensaje –teología– de la Cruz... Verdaderamente este era Hijo de Dios (Mt 27 54). Es el centurión, romano, que nada entiende de las Escrituras. Pero que su piedad, camino de fe, le hizo saber y entrar de lleno en la lógica de esa incomprensible actitud de obediencia y entrega pro mundi vita: sacrificio y sacramento, razón y fruto eucarístico, para que de la kénosis (evke,nwsen Flp 2 7-11), anulación y muerte del Hijo del Hombre, surja la certeza de Vida de los hijos de Dios:

Que bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche.

Aquella eterna fonte está escondida,

que bien sé yo do tiene su manida

aunque es de noche .

Su origen no lo sé, pues no le tiene, mas sé que todo origen della viene,

aunque es de noche.

Sé que no puede ser cosa tan bella

y que cielos y tierra beben della,

aunque es de noche.

Virtus in infirmitate perficitur. Las paradojas del Reino

S. Pablo ha hecho de la necedad y escándalo de la cruz, el más hermoso canto de la fuerza y sabiduría de Dios. ( I Co 1 22-25). Y, después de haber “rogado tres veces”, el Señor le adjudica esta solemne y taxativa respuesta: “Te basta mi gracia: la fuerza se realiza –se muestra perfecta– en la debilidad” (2 Co 12 8-9). Se diría que se requiere como condición necesaria la in-firmitas, la debilidad, para que, entonces, se muestre espléndido el poder de Dios. Así fue la historia de Israel. Así la Iglesia de las catacumbas. Y así la historia del cristianismo. Así también la vida del apóstol, del santo, del “separado” para Dios.

Por eso Pablo se gloría en sus debilidades: Muy a gusto presumiré de mis enfermedades (evn tai/j avsqenei,aij mou) y dolencias para que se aloje en mí el poder de Cristo... porque cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Co 12 9-11). Y emplea el verbo evpiskhnw,sh|, que quiere decir, instalar la tienda (el poder y la gloria divinos) en la propia carne de uno. Se está creando, pues, una antropología nueva: la antropología cristiana que comprende la salud y la enfermedad, la vida y muerte.

El poder de Dios fija su tienda sobre las debilidades de su apóstol. La teología de la cruz es el “Evangelium Pauli”. Eso mismo les pide a los Romanos: Presentad vuestros cuerpos como hostia viviente... y esa sea vuestra latría, vuestro culto espiritual (logikh.n latrei,an, Ro 12 1). En su celo devorador, un poco antes había escrito la increíble frase: desearía ser yo mismo anatema por parte de Cristo en bien de mis hermanos (Ro 9 3).

La trasformación del hombre, la nueva creación, es realizada por el mismo Dios, que se une al hombre en la unidad personal del Verbo encarnado. La vida mística es la trasformación del hombre. Es la comunicación, por parte de Dios, al hombre, de una in-formación creadora. Es el mismo Logos de Dios quien se comunica al hombre. Y el hombre realiza esa trasformación cuando se conforma a Cristo, Verbo encarnado, por una conformación interna que renueva y prepara totalmente su ser hacia la plenitud.

“Os lo recomiendo, hermanos. No os amoldéis a los esquemas, a las ideas, a los modos y modas de estos tiempos, sino trasformaos (metamorfou/sqe, (llevad a cabo una metamorfosis) por la renovación de la inteligencia ” (Ro 12 2).

S. Pablo emplea otra vez el término metamorfosis en relación con el Verbo encarnado, para que procedamos a nuestra nueva encarnación que haga de nosotros la criatura nueva. Así reflejaremos su imagen y semejanza porque nos constituimos en su icono viviente.

Paradoja evangélica

El Papa es la paradoja viviente del Evangelio, o, como dijo el obispo Pierre-Yves Maillard, coordinador de la reciente visita del Papa a Suiza, es la paradoja evangélica, que sea un hombre debilitado por la enfermedad y en silla de ruedas quien ponga a los jóvenes en movimiento.

La teología de la Cruz pudiera ser el sermón más provechoso para el desesperado pragmatismo de hoy. Juan Pablo II hace actuales, como en facsímil, las palabras del Apóstol a los corintios: “Estoy ante vosotros enfermo –in infirmitate– con temor y mucho temblor; sin palabras persuasivas, pero con demostración del Espíritu y su virtud –in ostensione Spiritus–. Para que vuestra fe no se funde en sofías humanas, sino en la dynamis de Dios” (I Co 2 3-5).

Acaso vaya también por aquí el encargo de Jesús a Pedro: Et tu aliquando conversus, confirma fratres tuos (Lc 22 32). La fuerza de la confirmación en la fe de sus hermanos, estará en la conversión total de su Vicario, en su intellectus fidei, comprensión y aplicación plena de la fe, en la aceptación, incluso jesucristiana, de la misión redentora que, como Vicario suyo, ha de llevar a favor de los hombres. Quién sabe si en su íntima o mística oración, el propio Papa haya llegado a decir el tremendo delirio de Pablo: ¡Si es preciso, también yo quiero ser anatema (Ro 9 3), con tal de que mis hermanos alcancen la luz de la fe en Jesucristo!.


Cristo es fuerza y sabiduría de Dios no solo en cuanto Hijo de Dios y Dios Él mismo, sino en cuanto crucificado, escribe Sta. Teresa Benedicta en su Ciencia de la Cruz . La Cruz, pues, tiene su logos (1 Co 1 18), estulticia para los que van perdidos; mas para los que están siendo salvos –sw|zome,noij– (partic. de pres.), para nosotros, Virtus Dei, la fuerza de Dios (1 Co 1 18).

Lección de teología

Hoy toca a Juan Pablo II –evgeno,mhn evgw. dia,konoj– (Co 1 24-27), administrador de la economía de Dios para nosotros, completar en su carne –avntanaplhrw/ ta. u`sterh,mata – lo que falta a los padecimientos de Cristo a favor de su Cuerpo que es la Iglesia, para dar cumplimiento al proyecto –mysterium– de Dios, secreto escondido por generaciones y ahora manifiesto a sus consagrados.

Nos lo había confesado ya, con su secreto, el salmista: Yo era un necio y un ignorante, yo era un animal ante ti; comprender esas cosas me resultaba muy difícil hasta que entré en el misterio de Dios (Sal 73 17).

La teología del sufrimiento necesitaba en nuestra época una señal fuerte y un espaldarazo seguro en la persona misma del Vicario de Cristo.


Argumento de evangelización

El Papa apuesto y entusiasta, el intrépido Papa del “no tengáis miedo”, el Papa del pensamiento, de la cultura y de la sociología, el privilegiado puente vital entre Oriente y Occidente, el peregrino del orbe, el Papa políglota, capaz de entrar en diálogo en más de diez lenguas, Juan Pablo II el Grande, Juan Pablo el Enorme, Juan Pablo II el Máximo, siente marcada en sí, en carne propia, con su carga de humillación y para decirlo con el Apóstol, la bofetada de Satanás (sko,loy th/| sarki,( 2 Co 12 7). Y como él nos grita: Christo confixus sum cruci: Estoy ya crucificado con Cristo (Gá 2 19). Desde Juan Pablo II podemos hablar más cercanamente no solo del mysterium doloris, sino más personalmente del ministerium doloris. El Obispo de Bilbao, Mons. Ricardo Blázquez, al referirse al Papa, ha hablado de “ministerio doliente”.

Su propia carne y debilidad, la convierte y expone en argumento de evangelización, en lección de teología, la que, precisamente hoy, quizá más necesite el mundo. Es su otra encíclica, reconocida y leída por todos, –una vez más las palabras de Pablo– no escrita con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo (2 Co 3 2-3), con pasos de fe inquebrantable y gestos de luminosa esperanza.

La evangelización de quien se sabe apóstol y va ad gentes clavado a la cruz, convencido de que, desde ella se hizo y desde ella se hace, la redención del mundo.

Ante el calvario de incomprensiones y el Viernes Santo de frívolas expectativas, el Papa muestra su intellectus fidei: lee a todos su universal encíclica de impotencia física; desde su ya estado de humillación y de fidelidad. Virtudes reprobadas por los nuevos “judíos y griegos” de nuestra hora. Pero teología, sofía y dynamis (I Co 1 24) salvíficas para quienes creen en el poder de Dios, y entienden así la Cruz de Cristo como sello de fe y Árbol de Vida abundante.


P. Donato Jiménez Sanz OAR

Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima, 2004.

Revisado por José Gálvez Krüger