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Jueves, 19 de octubre de 2017

Avemaría

De Enciclopedia Católica

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Introducción

El Avemaría (a veces llamada la “salutación angélica”, a veces, por las primeras palabras en su forma latina, el “Ave María”) es la más familiar de todas las oraciones usadas por la Iglesia universal en honor a nuestra Bendita Señora. Se describe comúnmente que consta de tres partes: La primera, "Dios te salve, María llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita eres entre las mujeres", encarna las palabras usadas por el ángel Gabriel en el saludo a la Santísima Virgen (Lc. 1,28). La segunda, "y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús", es tomado del saludo divinamente inspirado de Santa Isabel (Lc. 1,42), que se une muy naturalmente a la primera parte, porque las palabras "Benedicta to in mulieribus" (1,28) o "inter mulieres" (1,42) son comunes a ambas salutaciones. Finalmente, el Catecismo oficial del Concilio de Trento estableció que la petición “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén” fue compuesta por la Iglesia misma. "Muy justamente", dice el Catecismo, "la Santa Iglesia de Dios ha añadido a esta acción de gracias la petición también y la invocación de la Santísima Madre de Dios, implicando así que debemos recurrir a ella en forma suplicante y piadosa para que por su intercesión pueda reconciliar a Dios con nosotros pecadores y obtener para nosotros las bendiciones que necesitamos tanto para esta vida presente como para la vida que no tiene fin".

Origen

Es probable que los fieles adoptasen las sorprendentes palabras del saludo del ángel tan pronto como la devoción personal a la Madre de Dios se manifestó en la Iglesia. La traducción de la Vulgata Ave gratia plena, “Salve llena de gracia”, a menudo ha sido criticada como una traducción demasiado explícita del griego chaire kecharitomene, pero las palabras son en cualquier caso muy sorprendentes, y la Versión Anglicana Revisada ahora complementa el “Salve, tú que eres altamente favorecida” de la Versión Autorizada original por la alternativa marginal, “Salve tú, dotada de gracia”. No nos sorprende, pues, encontrar estas o análogas palabras empleadas en un ritual siríaco atribuido a Severo, patriarca de Antioquía (c. 513), o por San Andrés de Creta y San Juan Damasceno, o también en el "Liber Antiphonarius" de San Gregorio Magno como el ofertorio de la Misa para el cuarto domingo de Adviento. Pero tales ejemplos apenas justifican la conclusión de que en ese período temprano el Avemaría se usaba en la Iglesia como una fórmula separada de devoción católica.

Del mismo modo probablemente se debe considerar apócrifa una historia que atribuye la introducción del Avemaría a San Ildefonso de Toledo. Narra la leyenda que una noche fue San Ildefonso a la iglesia y se encontró a Nuestra Bendita Señora sentada en el ábside, en su propia silla episcopal, con un coro de vírgenes alrededor de ella que cantaban sus alabanzas. Entonces San Ildefonso se acercó e “hizo una serie de genuflexiones mientras repetía a cada una de ellas las palabras del saludo del ángel: “Salve, María, llena de gracia, el Señor es contigo, bendita eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre”. Nuestra Señora entonces mostró su placer ante este homenaje y recompensó al santo con el regalo de una hermosa casulla (Mabillon, Acta SS. O.S.B., Sec. V, pref., no. 119). Sin embargo, en esta forma explícita no puede ser rastreada más que hasta Hermann de Laón a comienzos del siglo XII.

De hecho, hay poco o ningún rastro del Avemaría como una fórmula devocional aceptada antes de 1050. Toda la evidencia sugiere que surgió de ciertos versículos y responsorios que aparecen en el Pequeño Oficio o Curso de la Santísima Virgen que justo en ese momento estaba entrando en el favor entre las órdenes monásticas. Dos manuscritos anglo-sajones en el Museo Británico, uno de los cuales se remonta al año 1030, muestran que las palabras “Ave María” etc. y "benedicta tu in mulieribus et benedictus fructus ventris tui" aparecían en casi todas las partes del Curso, y aunque no podemos estar seguros de que al principio estas cláusulas estaban unidas para hacer una oración, hay pruebas concluyentes de que esto había llegado a pasar sólo un poco más tarde. (Vea "The Month", Nov., 1901, págs. 486-8.) Las grandes colecciones de leyendas sobre María que comenzaron a formarse en los primeros años del siglo XII (véase Mussafia, "Marienlegenden") nos muestran que esta salutación de Nuestra Señora se estaba extendiendo rápidamente como una forma de devoción privada, aunque no hay certeza de hasta qué punto era habitual incluir la cláusula "y bendito es el fruto de tu vientre". Pero el abad Balduino, un cisterciense que fue consagrado arzobispo de Canterbury en 1184, escribió antes de esa fecha una especie de paráfrasis del Avemaría en la que dice:

” "A esta salutación del Ángel, por la cual saludamos diariamente a la Santísima Virgen, con tanta devoción como podemos, estamos acostumbrados a añadir las palabras: "y bendito es el fruto de tu vientre", por cuya cláusula Isabel más tarde, al oír la salutación de la Virgen a ella, alcanzó y completó, por así decirlo, las palabras del Ángel diciendo: "Bendita eres entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre".

No mucho después de esto (1196) nos encontramos con un decreto sinodal de Eudes de Sully, obispo de París, ordenando al clero que se asegurasen de que sus rebaños conociesen familiarmente la "Salutación de la Santísima Virgen", así como el Credo y el Padrenuestro; y después de esta fecha se hacen frecuentes leyes similares en todas partes del mundo, comenzando en Inglaterra con el Sínodo de Durham en 1217.

El Avemaría como Saludo

Para comprender los primeros desarrollos de esta devoción es importante comprender el hecho de que quienes primero utilizaron esta fórmula reconocieron plenamente que el Avemaría era meramente una forma de saludo. Por lo tanto, era habitual acompañar las palabras con algún gesto externo de homenaje, una genuflexión, o al menos una inclinación de la cabeza. De San Aiberto, en el siglo XII, se registra que recitaba 150 Avemarías diariamente, 100 con genuflexiones y 50 con prosternaciones. Así Thierry nos dice de San Luis de Francia que “"sin contar sus otras oraciones, el Santo Rey se arrodillaba cada noche cincuenta veces y cada vez que se levantaba, luego se arrodillaba de nuevo y repetía lentamente una Avemaría".

En varias órdenes religiosas se ordenaba arrodillarse durante el Avemaría. Así en el Ancren Riwle (un tratado que un examen del manuscrito 402 del Corpus Christi demostró que es anterior al año 1200) se instruye a las hermanas a que, tanto en la recitación del Gloria Patri como del Avemaría en el Oficio, deben hacer una genuflexión o una inclinación profunda de acuerdo al tiempo eclesiástico. De esta manera, debido a la fatiga de estas postraciones y genuflexiones repetidas, la recitación de un número de Avemarías fue considerada a menudo como un ejercicio penitencial, y hay registros sobre ciertos santos canonizados, por ejemplo, la monja dominica Santa Margarita (m. 1292), hija del rey de Hungría, que en ciertos días recitaba el Avemaría mil veces con mil postraciones. Este concepto del Avemaría como una forma de saludo explica en cierta medida la práctica, que ciertamente es más antigua que la época de Santo Domingo, de repetir el saludo hasta 150 veces en sucesión. La idea es semejante a la del "Santo, Santo, Santo", que se nos enseña a pensar que sube continuamente ante el trono del Altísimo.

Desarrollo del Avemaría

En el tiempo de San Luis el Avemaría terminaba con las palabras de Santa Isabel: "benedictus fructus ventris tui"; desde entonces se ha extendido por la introducción tanto del Santo Nombre como de una cláusula de petición. En cuanto a la adición de la palabra «Jesús» o, como suele suceder en el siglo XV, «Jesucristo, Amén», se dice comúnmente que esto se debió a la iniciativa del Papa Urbano IV (1261) y a la confirmación e indulgencia de Juan XXII. La evidencia no parece suficientemente clara para justificar una declaración positiva sobre el punto. Aun así, no cabe duda de que esta era la creencia generalizada de la Edad Media tardía. Un popular manual religioso alemán del siglo XV ("Der Seim Troist", 1474) incluso divide el Avemaría en cuatro partes, y declara que la primera parte fue compuesta por el Ángel Gabriel, la segunda por Santa Isabel, la tercera, que consiste sólo en el Nombre Sagrado, Jesucristo, por los Papas, y la última, es decir, la palabra Amén, por la Iglesia.

El Avemaría como Oración

A menudo los reformadores hacían tema de reproche contra los católicos que el Avemaría, que repetían constantemente, no era propiamente una oración. Era un saludo que no contenía ninguna petición (vea, por ejemplo, Latimer, Works, II, 229-30). Esta objeción parecía haberse sentido desde hacía mucho tiempo, y como consecuencia no era raro durante los siglos XIV y XV que aquellos que recitaban sus Aves en privado agregasen alguna cláusula al final, después de las palabras "ventris tui Jesus". Encontramos huellas de esta práctica particularmente en las paráfrasis del verso del Ave que datan de ese período. El más famoso de éstos es el atribuido, aunque incorrectamente, a Dante, y que pertenece en cualquier caso a la primera mitad del siglo XIV. En esta paráfrasis el Ave María termina con las siguientes palabras:

”O Vergin benedetta, sempre tu
Ora per noi a Dio, che ci perdoni,
E diaci grazia a viver si quaggiu
Che'l paradiso al nostro fin ci doni;”

(Oh, Virgen Bendita, ruega a Dios por nosotros, para que nos perdone y nos conceda su gracia, para que vivamos aquí abajo, para que Él nos recompense con el paraíso luego de nuestra muerte.)

Al comparar las versiones del Ave existentes en varios idiomas, e.g., italiano, español, alemán, provenzal, encontramos una tendencia general a concluir con un llamamiento a los pecadores y especialmente a la hora de la muerte. Todavía prevalecía una gran cantidad de variedad en estas formas de petición. A finales del siglo XV no hubo ninguna conclusión aprobada oficialmente, aunque una forma muy parecida a la actual era a veces designada como "la oración del Papa Alejandro VI" (Vea "Der Katholik", abril de 1903, página 234), y fue grabada por separado en campanas (Beissel, "Verehrung Marias", pág. 460). Pero para propósitos litúrgicos hasta el año 1568 el Ave terminaba con "Jesús, Amén", y una observación en el "Myroure de Nuestra Señora" escrita para las monjas brigidinas de Sión, indica claramente el sentimiento general.

"Algunos dicen al principio de esta salutación Ave Jesús benigno y algunos dicen después de 'Maria mater Dei', con otras adiciones al final también. Y tales cosas pueden ser dichas en sus Aves de su propia devoción. Pero en el servicio de la Iglesia, lo hago para que sea más fácil y meritorio obedecer el uso común de decirla, como la ha establecido la Iglesia, sin todas esas adicciones.”

Encontramos el Avemaría, como la conocemos ahora, impresa en el breviario de los monjes camaldulenses y en el de la Orden de la Merced (c. 1514). Probablemente esta, la forma actual del Avemaría, vino de Italia, y Esser afirma que se encuentra escrita, exactamente como lo decimos ahora, en la escritura de San Antonino de Florencia (m. 1459); esto, sin embargo es dudoso. Lo cierto es que un Avemaría idéntica a la nuestra, excepto por la omisión de la única palabra nostrae, aparece impresa en el encabezado de una pequeña obra de Savonarola publicada en 1495, de la que hay una copia en el Museo Británico. Incluso antes de esto, en una edición francesa del "Calendario de Pastores" que apareció en 1493, se añade una tercera parte al Avemaría, que se repite en la traducción inglesa de Pynson unos años más tarde en la forma: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores. Amén.” En una ilustración que aparece en ese mismo libro, el Papa y toda la Iglesia son representados arrodillados ante Nuestra Señora y saludándola con esta tercera parte del Ave. El reconocimiento oficial del Avemaría en su forma completa, aunque prefigurado en las palabras del Catecismo del Concilio de Trento, citado al principio de este artículo, fue finalmente dado en el Breviario Romano de 1568.

Uno o dos otros puntos relacionados con el Avemaría sólo se pueden tocar brevemente. Pareciera que en la Edad Media el Ave a menudo se relacionaba tan estrechamente con el Padrenuestro, que era tratado como una especie de farsura, o inserción, antes de las palabras et ne nos inducas in tentationem cuando el Padrenuestro se decía secreto (Vea varios ejemplos citados en "The Month", noviembre de 1901, p.490). La práctica de los predicadores que interrumpen sus sermones cerca del principio para decir el Avemaría parece haber sido introducida en la Edad Media y parece ser de origen franciscano (Beissel, p.254). Una curiosa ilustración de su retención entre los católicos ingleses en el reinado de James II se puede encontrar en el "Diario" del Sr. John Thoresby (I, 182). También puede notarse que aunque el uso católico moderno está de acuerdo en favorecer la forma "el Señor está contigo", este es un desarrollo comparativamente reciente. La costumbre más general de un siglo atrás era decir "nuestro Señor está contigo", y el cardenal Wiseman en uno de sus ensayos reprueba fuertemente el cambio (Ensayos sobre varios temas, I, 76), caracterizándolo como "rígido y destructivo de la unción que respira la oración". Finalmente se puede notar que en algunos lugares, y notablemente en Irlanda, sobrevive todavía el sentimiento de que el Avemaría es completo con la palabra Jesús. De hecho, el escritor está informado de que, dentro de la memoria viva, no era raro que los campesinos irlandeses, cuando se les pedía que dijeran Avemarías como penitencia, preguntaran si también se les pedía que dijeran las Santas Marías. Para el Avemaría en el sentido del Ángelus, vea el artículo Ángelus. Debido a su conexión con el Ángelus, el Avemaría se inscribía a menudo en campanas. (Vea el artículo Campana del Ángelus). Una de esas campanas en Eskild en Dinamarca, que data de alrededor del año 1200, lleva el Avemaría grabada en caracteres rúnicos. (Véase Uldall, "Danmarks Middelalderlige Kirkeklokker", Copenhague, 1906, página 22.)


Fuente: Thurston, Herbert. "Hail Mary." The Catholic Encyclopedia. Vol. 7, pp. 110-112. New York: Robert Appleton Company, 1910. 23 Aug. 2017 <http://www.newadvent.org/cathen/07110b.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina