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Lunes, 23 de octubre de 2017

Arguedas: Todas las sangres de los condenados

De Enciclopedia Católica

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Introducción

El pensar y decir de José María Arguedas es indudablemente la expresión del pensamiento y la cosmovisión arraigados en la cultura andina o indígena (Elmar 2005: 142-143), de los condenados sufrientes y pisoteados en sus tierras por el europeo conquistador que ha organizado un mundo que gira en torno a las «balas y el billete»; un mundo condenado a su destrucción.

Su obra escrita –novelas o ensayos antropológicos, principalmente–, su prosa es de una ternura profundamente india –sentencia Rodolfo Hinostroza-, desgarradamente desolada (2011: pp.54-56), en ella se expresa la problemática del mundo y la cultura andina que no es otra que la del Perú como nación; denunciando no sólo los problemas sino su posible solución que estaría en el reconocimiento y respeto de la multiplicidad de culturas y todas las sangres que la constituyen. Análisis que en lo que respecta a la presentación del problema mantiene plena vigencia mas no en lo que se refiere a su solución, puesto que, en medio de la globalización que vivimos –impuesta por el llamado mundo o cultura occidental–, asistimos a la muerte no sólo de la cultura andina sino de la cultura humana por la ambición desmedida, avaricia y codicia difundida a manera de metástasis por los «gringos» como los llamaba el ilustre amauta ; esa avaricia, que «cría gusanos en el tuétano de los huesos», ambición que es agua podrida de la sangre que se introduce en la sangre de quienes se corrompen. El agua podrida es agua estancada –comenta Santiago López Maguiña– que se opone al agua purificadora de los ríos, que son como la sangre hirviente, que es, por tanto, líquido vital, animado (2004: 1004).

Todas las sangres, es la frase que no sólo sirvió como título a una de sus obras más importantes sino que sintetizó lo que el Perú es y debió realizar para llegar a ser una nación que en medio de la globalización es ya imposible; esta misma frase, todas las sangres, expresaría hoy el destino común que comparten tanto los dominados como dominantes: condenados a la destrucción; pues, ambos han sido y son cada día más encandilados y enajenados por el «billete»; ya no son ni de aquí ni de allá, son del «billete».¡Esa es su patria!¡Están condenados! (Arguedas 1983: 226), vaticinaba desgarrada y desoladamente el vate del mundo andino.

I

En un artículo, titulado “La cultura: Un patrimonio difícil de colonizar”, fechado en noviembre de 1966, José María Arguedas, manifestaba su preocupación por las palabras de un profesor norteamericano, cuyo nombre no se preocupa por citar, que con enérgica seguridad expresó su convicción –en una mesa redonda durante el XXXVII Congreso de Americanistas realizado en la ciudad de La Plata, en septiembre del mismo año– de “cómo la cultura «occidental» se impondría con todos sus caracteres «feos» y «crueles». Nuestra cultura es «fea» –dijo, empleando su castellano defectuoso pero muy lúcidamente expresivo–, nuestra cultura es cruel, pero ella avanza sin que nadie pueda contenerla. Los nacionalismos serán poca resistencia; el indigenismo es sólo una forma política de sacar ventajas para los indios…Usted (se dirigió a mí) pertenece a nuestra cultura «fea»…Le respondí inmediatamente que «no pertenecía por entero a esa cultura, pues era un bilingüe quechua»”.(Arguedas 2006: 184-185).

Y su preocupación era mayor porque no dejaba de reconocer que en el Perú, estaban siendo olvidados muy antiguos patrones de conducta, de formas de expresión artística, de técnicas agrícolas, de sabiduría en todos los campos de la actividad humana. Que la empresa colonizadora era ahora a través de los medios de comunicación –la radio, la T.V., etc.– que se dirigen a la gran masa para estandarizarla y así negarle sus propias y autóctonas expresiones culturales. “Han ganado clientela en las ciudades. Estas urbes repentinas, como Lima, son por eso –advertía–, campos de lucha intensa. Se «modernizan» y deben «modernizarse» a toda marcha, por la misma razón de que en veinte años multiplican su población con aluviones humanos de origen campesino, que, asentados en la ciudad padecen de desconcierto y están semidesgarrados aunque pujantes y agresivos”. (Arguedas 2006: 187-188).

Sin embargo, también mostraba su confianza y esperanza en que los estudios etnológicos –de gran urgencia en el país– y de antropología, de urgencia como se la denominaba, no sólo ofrecieran conocimientos sobre las tradiciones de las diversas culturas –andinas y amazónicas–, que permitieran valorarlas y respetarlas. Así como también, la convicción de que, “una cultura superviviente –como la quechua– a pesar de los varios siglos de vasallaje absoluto de sus portadores, bien podía ofrecer valores y elementos que siguieran influyendo y acaso convendría que persistieran, por lo mismo que la cultura de los grupos dominantes tenía, sin duda, rasgos y características «feas» y «crueles»”(Arguedas 2006: 185); cuestión en la que no se equivocaba puesto que los estudios que él reclamaba y que se hicieron años después, confirmarían sus apreciaciones. Esas creencias tradicionales, “enseñan a vivir con la tierra, el mundo, el universo –advierte Margit Gutman–; es decir, de vivir en armonía con el universo…Valores universales, (que si se aceptasen, podrían) ayudar a superar los problemas …que vivimos a nivel mundial”. (Urbano 1993: 254-255).

Tenía la firme convicción que las culturas lenta y fatigosamente creadas por el hombre en su triunfal lucha contra los elementos y la muerte, no son fácilmente avasallables. “Los más recientes censos parecen demostrar que, por ejemplo, en el Perú, la lengua quechua, en lugar de extinguirse –afirmaba lleno de ilusión–, se fortalece, gana prestigio; y ya es evidente para todos que la música andina, predominantemente indígena, alcanza un grado de difusión inversa a la prevista hace unos cuarenta años, cuando constituía una vergüenza y una aventura interpretarla públicamente en la capital; que el vals criollo ha conquistado todos los círculos sociales, habiendo sido, en el mismo período vergonzante de la música andina, patrimonio de los barrios marginales de Lima; que la música y danzas costeñas de origen negro siguen el mismo curso de afirmación e influencias masivas…Los medios de comunicación se convierten en vehículos poderosos de transmisión y de contagio, de afirmación de lo típico, de lo incolonizable. El creador tradicional y el creador que domina los medios de expresión «occidentales» mantienen, así, un vínculo profundo no avasallable para bien del destino de sus propias naciones y de las mismas naciones donde se han organizado los grandes consorcios, muchos de los cuales parecen haber olvidado que el hombre tiene de veras alma y ella muy raras veces es negociable”. (Arguedas 2006: 188).


Confianza que en el caso de Arguedas radicaba en la profunda convicción –como lo hiciera saber en el Primer Congreso de Peruanistas de 1952– que, “la unidad política y cultural realizada por los incas en una inmensa población y territorio, diverso en lo humano y lo geográfico, dio tal poder a esta unidad que su supervivencia en los siglos venideros estaba asegurada. Sin esta unidad tan sabiamente forjada, la cultura peruana no habría podido lograr la tenaz supervivencia a la que nos hemos referido…en el Perú –agregaba–, la rebelión de los indios duró todo el período colonial y no se aplacó con la República. Las revoluciones de Túpac Amaru y de Pumacahua, en quienes la multitud nativa veía un símbolo propio, fueron, en cierto modo, la continuación de la primera revuelta de Manco Inca en el Cuzco. La importante sublevación de Atusparia en Ancasch (1884) y otras revueltas de los indios en Puno y Ayacucho se realizaron durante la República, con una inspiración y finalidad más restringida. Estos hechos explican la mucho mayor importancia que en el Perú tiene la población autóctona y su cultura que la que ejercen y ejercieron en México los indios… La vitalidad de la cultura prehispánica ha quedado comprobada en su capacidad de cambio, de asimilación de elementos ajenos. La organización social y económica, la religión, el régimen de la familia, las técnicas de fabricación y construcción de los llamados elementos materiales de la cultura, las artes; todo ha cambiado desde los tiempos de la Conquista; pero ha permanecido, a través de tantos cambios importantes, distinta de la occidental, a pesar de que tales y tan sustanciales cambios se han producido en la cultura autóctona peruana por la influencia que sobre ella ha ejercido la de los conquistadores…en esta fusión de culturas ha aparecido un personaje, un producto humano que está desplegando una actividad poderosísima, cada vez más importante: el mestizo. Hablamos en términos de cultura; no tenemos en cuenta para nada el concepto de raza. Quienquiera puede ver en el Perú indios de raza blanca y sujetos de piel cobriza, occidentales por su conducta…El estudio del mestizo es uno de los más importantes de los que la antropología está obligado a emprender en el Perú…El conocimiento del mestizo es esencial para la buena orientación de todas las actividades nacionales en el Perú: la educación, la sanidad, la producción, los cálculos acerca de las posibilidades y el destino del país” (Arguedas 2006: 1-3).

II

Evaluemos y confrontemos sus palabras con los estudios recientemente realizados sobre la historia del Tahuantinsuyo y, sobre los hechos que hoy en día se han impuesto, más allá de los buenos deseos que tengamos con respecto a la defensa de una cultura –ya sea andina o amazónica–, que en sí mismas son valiosas y dignas de respeto en relación con otras expresiones culturales; particularmente con la cultura occidental.

Es verdad que la unidad política y cultural realizada por los incas en una inmensa población y territorio, diverso en lo humano y lo geográfico, dio tal poder a esta unidad que les permitió realizar grandes creaciones culturales; pero, que esta unidad aseguraba su supervivencia en los siglos venideros no es muy exacto.

Los estudios contemporáneos realizados por Raúl Porras Barrenechea, Waldemar Espinoza, María Rostworowski, Edmundo Guillén, entre otros, demuestran que la caída del Tahuantinsuyo ante la presencia de los conquistadores europeos se facilitó por tres factores determinantes:

1°. La crisis económica en la que se encontraba y que fue iniciada en el período de reinado de Huayna Cápac y que se acentúo a la muerte de éste. “La fuerza y la estabilidad del Imperio provenían de las sanas normas agrícolas de los ayllus –sentencia Porras Barrenechea–, trabajo obligatorio y colectivo, comunidad de la tierra, igualdad y proporción en el reparto de los frutos, tutela paternal de los jefes. Todo esto que había creado la alegría incaica, en «el buen tiempo de Túpac Yupanqui», era abandonado con imprevisora insensatez…El Inca, rompiendo la unidad económica del imperio, obsequiaba tierras a los nobles y curacas, quienes las daban en arrendamientos a indios que las cultivasen, con obligación de entregar cierta parte de los frutos. Estas propiedades individuales, dentro de un pueblo acostumbrado al colectivismo, herían el espíritu mismo de la raza y presagiaban la disolución, o un ciclo nuevo bajo normas diversas…Huayna Cápac completó su error no acordándose, en el devaneo de su vida sensual, de preparar y asegurar la sucesión normal del Imperio. Con una acción previsora en este sentido, y con el respeto que le tenían sus súbditos, su decisión testamentaria claramente expresada y reafirmada, hubiera evitado la confusión y la discordia que sobrevinieron a su muerte”. (Porras 1999: pp.2-3).

2°. La eliminación en masa de los orejones adictos a su hermano Huáscar, ordenada por Atahualpa, en ese afán de satisfacer su desmesurada venganza (Guillén 1963: 9); pero, al hacerlo “está cortando las raíces pensantes del Tahuantinsuyo y condenándolo a la desintegración a breve plazo, puesto que, ningún estado puede sobrevivir a la destrucción de su clase dirigente…; el punto no es desconocido de nadie, pero se lo minimiza y, por este motivo, se prefiere pasarlo por alto al tratar el tema”. (Bobbio 1996: 18-23).

3°. La extensión desmesurada del Tahuantinsuyo, hizo imposible la buena administración y el buen gobierno desde el Cuzco, por lo que inevitablemente terminaría por fracturarse dando origen a la guerra entre los hermanos herederos de Huayna Cápac (Espinoza 1993: 38). Quizá Huayna Cápac se percató de esta situación y, como ya se había hecho en Roma un milenio antes, “sí hizo esa partición que casi todos los autores niegan enérgicamente y que, por no haber sido hecha o, hecha, por no haber sido respetada, enfrentó a su descendencia en la más espantosa guerra continental habida hasta entonces, acontecimiento que, a su vez, permitió la subyugación de todos los contendientes por un puñado de gentes que, en cuanto a valor, fuerza, honestidad, sinceridad, lealtad valían menos que ellos”. (Bobbio 1996: 23-24).

Por los datos señalados, podemos concluir que lo que conquistaron los europeos fue una cultura en proceso de disolución; el espíritu de la raza andina estaba profundamente herido y sobre él se impondrá a lo largo de los años venideros formas de vida que giraban fundamentalmente en torno a las «balas y el billete»; a la ganancia monetaria insaciable.


Después de muchos años de conquista y colonialismo, surgió la rebelión de Túpac Amaru [1740-1781], de gran repercusión no sólo para nuestro país sino en toda Latinoamérica. Esta rebelión será el punto culminante de una sucesión de más de 112 rebeliones de campesinos-indígenas en el Perú. “La sublevación de Túpac Amaru fue la rebelión política –también social– más grande en la historia colonial de América. Como un vendaval terrible –señala Boleslao Lewin– ella conmovió los cimientos del edificio español en las Indias levantado tres siglos atrás y constituyó el jalón más importante en el camino hacia la independencia de Hispanoamérica”. (Lewin 1957: 412). Con Túpac Amaru no sólo existe una rebelión contra los abusos e injusticias del régimen colonial, sino que se expresa la formación de una conciencia nacional indígena, que nació cuando las múltiples naciones andinas empezaron a reconocer a los incas como buenos gobernantes que comparados con los españoles podían perfectamente ser idealizados como “perfectos”, exacerbándose el sentimiento de nostalgia por el pasado que se consideraba mejor, sentimiento que se expresará en una serie de mitos, siendo el más notable de ellos el de Inkarrí que circulará en varias versiones.

Túpac Amaru al rebelarse no sólo estaba defendiendo sus intereses económicos que habían sido afectados por las reformas borbónicas por lo que al principio coincidió con los criollos limeños en el descontento que éstas provocaron,  sino que se convirtió en el conductor de su pueblo del que se sentía parte por sucesión de sangre y, así lo reconocieron sus contemporáneos  indígenas que veían en él la  encarnación de Inkarrí y lo llamaban papá, dios. Cuanto más popular y anticolonial se hacía la revuelta, los criollos y sus allegados fueron abandonándola socialmente. (Flores 1997: 40-45; Glave 1982: 14). 

El bando que lo proclama rey de estas tierras andinas con el nombre de Jose I en diciembre de 1780, es sorprendente por el alcance de sus medidas políticas: reconoce a la autoridad española pero exige que se le reconozca como autoridad independiente y, llama a todos los que viven en su reino andino y sudamericano –blancos, criollos, mestizos, indios, negros– a constituir una sociedad inspirada en las costumbres andinas y los principios cristianos; es decir, está aceptando que el futuro sólo sería posible si no se deja de lado el mestizaje ocurrido pero donde, sin embargo, debe prevalecer el elemento y la cultura andina por considerarla más saludable que la extranjera que tanto sufrimiento ha causado, particularmente por su amor desmedido al oro y riquezas materiales.

Su derrota significó un duro golpe para la nacionalidad indígena –por lo brutal de los castigos y las prohibiciones que se dictaron para erradicar a la cultura andina, prohibiéndoles el uso de su lengua, vestidos típicos y costumbres, como señalaban expresamente los decretos dictados por el visitador Antonio de Areche– y una gran pérdida en la historia de la república que nacería años después, por lo revolucionario de su proyecto, como señala Pablo Macera, ”la historia pudo ser diferente de haber sido el Perú una república de indios o una república de mestizos, de haber triunfado Túpac Amaru o Mateo Pumacahua”.(1978: 180).


Al año de la desaparición de Túpac Amaru y estando fresco aún el olor de la sangre indígena derramada y el temor que provocó su gesta entre los criollos y peninsulares, Alonso Carrió de la Vandera –que usaba el seudónimo de «Concolorcorvo»–, español caza fortunas, publicó su Reforma del Perú con los auspicios de la Universidad de San Marcos, que seguro tendría a un jefe de publicaciones que enarbolara el lema “La universidad es lo que publica” y, un vicerrector académico que no consideraba como dignos de crédito académico ensayo alguno; pero, la repercusión de sus ideas en la vida espiritual del Perú son de tal magnitud que es injusto que los reyes de la época no le hayan conferido algún título nobiliario.

Este «iluminado» extranjero va a proponer a todos los miembros de esta gran comunidad llamada Perú, levantada sobre los restos del Tahuantinsuyo, medidas puntuales para construir una gran nación. Para ello, considera en su estudio imprescindible acabar con los indios no físicamente sino culturalmente, asimilándolos a la civilización o cultura occidental de lo contrario nunca superarán su natural holgazanería, cobardía, violencia, deslealtad e intemperancia. “...La tiránica opresión en que los tenían sus monarcas y caciques –sentencia el «profundo» humanista y reformista español–, los ha hecho perezosos y lentos en el trabajo porque sabían muy bien que no les habían de aumentar las raciones aunque doblasen el trabajo...su cobardía los inclinaba a la traición y a la crueldad...los varones que cuando chicos los llaman cholitos y ya grandes cholos siguen el propio destino de las hembras: esto es caminando a su ruina por medio de la intemperancia...su cobardía que la dominan cuando están en su sano juicio se convierte en furia cuando se vuelven insensatos por lo que hay que vigilarlos constantemente...los naturales no tienen reflexión alguna, carecen de caridad totalmente y en tropas grandes tienen mucha similitud con los galgos, que cada uno de por sí no se atreve a acometer a una zorra y unidos destrozan a un león. El natural por falta de reflexión y sobra de indolencia abandona a su mujer e hijos dejándolos en sus chozas faltos de alimento y expuestos al furor de los agraviados de sus insultos. No le faltan talentos para imitar pero nuestros antepasados no les han enseñado más que unos principios groseros en la labranza de los campos, cría de ganado, plantío de árboles y otras artes liberales y mecánicas; por lo que es preciso mudar totalmente el sistema de gobierno...”(De la Vandera 1966: 31, 42, 52, 88, 98-99).


Un gobierno que en base a leyes justas, emprenda la reforma de la sociedad dejando de lado las diferencias raciales. Los nombres de indio y mestizo –a su juicio– debían desaparecer y todos se reconocerían y llamarían españoles, para que así unidos y en buena armonía puedan emprender todos los trabajos de carácter técnico y práctico para la mejora económica y social de todos los integrantes de la comunidad ligada a la corona española.(De la Vandera 1966: 80-90).

Ideas todas sobre las que es fácil darse cuenta que se han seguido repitiendo a lo largo de los años hasta nuestros días sin mencionar la fuente original. Lo cierto es que, con estas ideas el natural peruano –que a sí mismo se llamaba runa y lo llamaron indio– quedará siempre relegado y en tanto lo esté no habrá solución para los problemas del país, que tienen como centro vital la condición de vida del grueso de la población de la sociedad que es del grupo étnico andino o indígena.

En este contexto histórico, el pensar y decir de José María Arguedas es indudablemente la expresión después de muchos años, del pensamiento y la cosmovisión arraigados en la cultura andina o indígena (Elmar 2005: 142-143), la palabra de los condenados sufrientes y pisoteados en sus tierras por el europeo conquistador que ha organizado un mundo que gira en torno a las «balas y el billete».

No en vano José María Arguedas reconocerá que sus poemas quechuas pertenecerían al período del haylli o canto del triunfo bélico, religioso o agrario de la cultura andina. Los del primer período son cantos de triunfal regocijo, revelan la relación hombre-Dios, son himnos de alabanza terrenal y cósmica; y, los del segundo, expresan el espanto y dolor de todo lo perdido. Todo es humildad, desprecio a la vida, orfandad.

En el haylli/ himno “A nuestro padre creador Túpac Amaru” [1962], retorna al mito andino y en la lengua ancestral resplandece la esperanza y anuncia una nueva vida. “No está dirigida a los eruditos”, advierte su autor. La dedicatoria es directa: “A los comuneros de los cuatro ayllus de Puquio en quienes sentí por vez primera la fuerza y la esperanza”. Entre sus versos, vale recordar los siguientes:

“Túpac Amaru, hijo del dios serpiente; hecho con la nieve del Salcantay; tu sombra llega al profundo corazón como la sombra del dios montaña, sin cesar y sin límites... Estoy gritando, soy tu pueblo; tú hiciste de nuevo mi alma; mis lágrimas las hiciste de nuevo; mi herida ordenaste que no se cerrara, que doliera cada vez más... no hay sino fuego, no hay sino odio de serpiente contra los demonios, nuestros amos... Estoy en Lima, en el inmenso pueblo, cabeza de los falsos wiracochas. En la pampa de Comas, sobre la arena, con mis lágrimas, con mi fuerza, con mi sangre, cantando, edifiqué una casa... Al inmenso pueblo de los señores hemos llegado y lo estamos removiendo... Somos millares de millares, aquí ahora. Estamos juntos; nos hemos congregado pueblo por pueblo, nombre por nombre, y estamos apretando a esta inmensa ciudad que nos odiaba, que nos despreciaba como a excremento de caballos. Hemos de convertirla en pueblo de hombres que entonen los himnos de las cuatro regiones de nuestro mundo, en ciudad feliz donde cada hombre trabaje, en inmenso pueblo que no odie y sea limpio, como la nieve de los dioses montañas donde la pestilencia del mal no llega jamás. Así es, así mismo ha de ser, padre mío, ...

Tranquilo espera,

tranquilo oye,

tranquilo contempla este mundo.

Estoy bien ¡alzándome!

Canto;

bailo la misma danza que danzabas

el mismo canto entono.

Aprendo ya la lengua de Castilla,

entiendo la rueda y la máquina;

con nosotros crece tu nombre;

hijos de Wiracochas te hablan y te escuchan

como al guerrero maestro, fuego puro que enardece, iluminando.

Viene la aurora.

Me cuentan que en otros pueblos

los hombres azotados, los que sufrían, son ahora águilas, cóndores de inmenso y libre vuelo.

Tranquilo espera.

Llegaremos más lejos que cuanto tú quisiste y soñaste.

Odiaremos más que cuanto tú odiaste;

Amaremos más de lo que tú amaste, con amor de paloma encantada, de calandria.

Tranquilo espera,

con ese odio y con ese amor sin sosiego y sin límites,

lo que tú no pudiste lo haremos nosotros.

Al helado lago que duerme, al negro precipicio, a la mosca azul que ve y anuncia la

anuncia la muerte

a la luna, las estrellas y la tierra,

el suave y poderoso corazón del hombre;

a todo ser viviente y no viviente,

que está en el mundo,

en el que alienta o no alienta la sangre,

hombre o paloma,

piedra o arena,

haremos que se regocijen,

que tengan luz infinita,

Amaru, padre mío.

La santa muerte vendrá sola,

ya no lanzada con hondas trenzadas ni estallada por el rayo de pólvora.

El mundo será el hombre, el hombre el mundo, todo a tu medida.

Baja a la tierra, serpiente dios, infúndeme tu aliento; pon tus manos sobre la tela imperceptible que cubre el corazón. Dame tu fuerza, padre amado.”(Arguedas 1983: 224-233).


Esa es la impronta y el ambiente espiritual de los inicios de la década de 1970, en la que el país vivirá grandes cambios, como resultado de la presión o desborde popular que se había vivido a partir de la década del 50, y fueron las fuerzas armadas, por intermedio de su gobierno, que intentaran reformular las bases sociales del estado, aunque pronto se hará evidente que las exigencias populares rebasaban las posibilidades del “modelo peruano” que ofrecían los militares y muchos de sus colaboradores de formación marxista.

José María Arguedas, para esas fechas, había acabado con su vida, ocurrida el 2 de diciembre de 1969. Muere incomprendido por los intelectuales de lengua castellana a quienes había tratado de expresar el sentir y pensar del mundo de los runas. “La falta de entendimiento por parte de los intelectuales citadinos –reconoce Alberto Flores Galindo–,… y su falta de capacidad para afrontar los cambios liberadores que vendrían…contribuyeron a su suicidio, pero el costo personal dio como resultado una obra excepcional que abrió la posibilidad de pensar de otra manera la sociedad peruana…”(2007: 182). Pero, como veremos más adelante, ya será demasiado tarde, pues, las generaciones venideras no querrán pensar, menos sobre categorías como nación, enajenación, aculturación, entre otros.

Uno de los más conspicuos ideólogos del proceso liderado por las fuerzas militares fue el filósofo sanamarquino Augusto Salazar Bondy, que en medio del desarrollo de los cambios iniciados, escribirá Batolomé o de la dominación [1976] en el que se ocupa como él mismo señala, “del tema central de nuestros tiempos, de la dominación y liberación de los hombres y de los pueblos; que es también el tema radical de la existencia humana y por eso, una idea básica de la historia del hombre”. Es un diálogo que enigmáticamente termina con las palabras de Hatuey, el personaje indígena, que dice: “..Bartolomé, vuelvo al bosque a continuar la resistencia con mi pueblo. Tú no cejes en tu lucha. Nosotros no cejaremos en la nuestra, aunque nos cueste la vida...Tenemos la convicción de nuestro propio camino. Sabemos a donde queremos ir. No olvides hermano, que la libertad y su sostén cotidiano tiene color de sangre y están henchidos de sacrificio. Sabemos que tenemos que pagar un precio por el hecho heroico de constituir una vanguardia. Somos únicamente los iniciadores de una gesta nacional que se proyectará por muchos años en el futuro. El presente es de lucha, el futuro es nuestro. ¡Venceremos!”(1977: 156-158).

Finalizando la década del 70 el Partido Comunista, liderado por Abimael Guzmán, inicia un proceso insureccional enarbolando la ideología y el programa político esbozado por Maríátegui, que mantuvo en vilo por más de una década al sistema vigente, pero que fracasó por su extremismo y postura positivista a ultranza que le impidió entender la mentalidad andina y por consiguiente no logró ganarse al campesinado y lograr así que la revolución bajase en ojotas de los andes como lo había previsto el fundador de aquel partido de orientación marxista; con su proceder no evitaron aquello que advirtiera José María Arguedas –la voz más autorizada del sentir del mundo andino–, “la teoría socialista no sólo dio un cauce a todo el porvenir sino a lo que había en mí de energía, le dio un destino y lo cargó aún más de fuerza por el mismo hecho de encauzarlo...pero no mató en mí lo mágico”.(1983: 14). Lo mágico y misterioso que niegan aquellos que sostienen posturas antirreligiosas de corte positivista y con mucho afán tecnocrático. Postura en la que coinciden paradójicamente tanto liberales como comunistas, y que comparten el lema y paradigma contemporáneo : ¡Amos de la naturaleza y el mundo, uníos!

En las décadas siguientes hasta nuestros días los problemas que tienen su eje central en la falta de unidad y espíritu de nación siguen vigentes, agravándose aún más con el proceso de la globalización que tiende a desaparecer las particularidades para facilitar las ganancias económicas para las grandes potencias hegemónicas hoy en día y de manera particular la estadounidense que viene siendo desplazada por la China.

Dentro de los cauces de la nación criolla en formación me parece que es imposible que se encuentre solución a este problema, pues, todo cambio necesita de una élite dirigente y ésta en nuestro país siempre ha estado constituida de incapaces que por años han usurpado el poder (Macera 1976: 159), sin haberlo entendido y haberse únicamente preocupado por satisfacer sus intereses, contentándose con ser los administradores de los grandes negocios del amo de turno que quizá muy pronto deje de ser yanqui para convertirse en chino y, por supuesto el idioma de moda será ése, para lo que ya se vienen preparando las futuras generaciones de esa dependiente élite en los colegios exclusivos de la localidad.

Con el correr de los años, la serie desastrosa de gobiernos ha ido quemando las reservas de esperanza del país, sin reforestación alguna –ha comentado en alguna oportunidad el analista Jorge Bruce– (2004: 13); y, el historiador Nelson Manrique ha hablado de un país que se regala y, que si a la larga resulta no siendo viable será en primer lugar por nuestra propia responsabilidad y sólo secundariamente por la codicia de nuestros vecinos.(2004: 14). Situación que se ha agravado a tal punto que, en el último proceso electoral del año 2011, se ha descubierto una serie de relaciones oscuras entre muchos candidatos y el narcotráfico. “El drama del Perú es que no existe un tribunal –afirma Abelardo Sánchez León– que se encuentre fuera de los vulgares intereses políticos y sea la última instancia de voz impoluta. Los vínculos de la política con los capos del narcotráfico revelan que el ambiente está contaminado”(2011: 3). Y, ante tanto escándalo de esa clase y otros relacionados a la intervención abierta y desembozada de los Estados Unidos de Norteamérica en los asuntos electorales de nuestro país, a través de agentes bien remunerados, César Hildebrandt sentencia: “…La conclusión es esta: tanto en la prensa, como entre el público, la capacidad de indignación o no existe o está en mínimos. Y ese es síntoma de una inmensa crisis de valores. Y esa crisis de valores nos hace tercermundistas militantes, subdesarrollados crónicos, bárbaros sin remedio. Porque el desarrollo no sólo consiste en exportar y vender. También consiste en instaurar un sistema que se acerque lo más que se pueda a los principios de la honestidad”. (2011: 8).


III

Actualmente vivimos la consolidación de la mentalidad del hombre europeo moderno y de su espiritualidad llamada capitalista en plena globalización; y, con ello el triunfo de la codicia que ya no sólo puede ser considerada como característica constitutiva de la psique del hombre moderno europeo, como señalara Werner Sombart, sino del hombre a nivel planetario.

La forma de producción capitalista, resultado de la mentalidad transformadora y posesiva de la naturaleza que se apoderó de la mentalidad o espiritualidad europea a mediados del siglo XVII, se desarrolló, a juicio de Sombart, en dos etapas claramente identificables: hasta finales del siglo XVIII, aproximadamente, y desde entonces hasta nuestros días.

En la primera etapa, el espíritu capitalista tiene un carácter vinculado; en la segunda, un carácter esencialmente libre. Los vínculos que se respetan en la primera etapa, provenían de la moral y de las buenas costumbres, tal como predicaban sobre todo las religiones cristianas. En la época actual, tales vínculos casi se han perdido y lo que prolifera es una defensa de la libertad en medio de un relativismo de valores; y, el vacío dejado por el abandono y pérdida de las auténticas preocupaciones humanas –al haber perdido a Dios, pues, Dios ha muerto como sentenció Nietzsche [aunque esta frase no signifique como comúnmente se dice la muerte de la divinidad sino de los valores y pérdida del sentido humano] – se sacian en ese afán de novedades y gustos puramente comerciales y consumistas –donde el dinero es el instrumento fundamental del éxito–; y, la comunicación es cada vez más escasa, como resultado de la creciente educación tecnológica y escaso tiempo que se cuenta para dialogar, desde el hogar hasta el centro de trabajo.

El mundo burgués, en la etapa contemporánea de plena globalización ha impuesto esa codicia por el oro y su expresión en dinero, que lo inunda todo, nada hay que escape a su influencia; y, menos la educación, pues, a través de ella se forman los futuros miembros de la sociedad.

En la educación, actualmente, estamos viendo que todo se hace también por un interés casi exclusivamente económico-tecnológico y los apetitos varían de acuerdo con las posibilidades de los interesados. Asistimos a la aparición del hombre de cultura degenerada –como los llamaba Nietzsche y que se forman paradójicamente en las universidades– de aquel que sólo se interesa por los asuntos de su especialidad y en los que podrá ser superior al vulgo, pero, en todo el resto, en todos los problemas esenciales no se separará de él. “Un hombre de cultura degenerado –añade Nietzsche– es un problemas serio, y nos sentimos profundamente perturbados, cuando observamos que todos nuestros hombres públicos, estudiosos y periodistas, llevan encima las señales de esta degeneración”. (2000: 159). Especialista que cada vez está más lejos de entender el humanismo y de la necesidad de emprender una seria formación humanista por lo que se declara partidario entusiasta de la «formación tecnológica con fines humanistas», lo cual resulta contraproducente .

Desde el modesto profesor –que sólo quiere la seguridad de su sueldo aunque magro pero seguro y con aguinaldos incluidos– hasta el más encumbrado que se dice investigador –natural, o de miserias sociales y soluciones a las mismas–, todos miden su tiempo en términos económicos, pues, a eso les obliga esta asfixiante sociedad que se llama humanista o que pretende serlo.

En esta sociedad altamente tecnologizada, los medios de comunicación están sirviendo de manera extraordinaria para consolidar esta mentalidad práctica, consumista, hedonista y mercantilista, enemiga de aquella formación que conduzca a pensar. “El mecanismo de la ciencia moderna –señala Giorgio Colli– es mortal para la formación del hombre…mediante ella, el hombre pierde el contacto con su propio pasado, con su propio presente y consigo mismo, …ella mutila y mecaniza al individuo, lo subyuga de una forma tiránica… La ciencia moderna mortifica, no sólo el vigor y la plenitud física y moral del hombre, sino también su intelecto” (1991: 118-119). Y, más grave todavía si se aprovecha de ella para introducir valores ajenos a los de nuestra propia cultura con lo cual se acrecienta la aculturación; es decir, la enajenación más profunda y abyecta, de la que hablaba y temía José María Arguedas.

Esa aculturación que difunden incluso aquellos que le reconocen muchos méritos y actualidad a las obras arguedianas, como es el caso de Francisco Miro Quesada Rada, que advierte que las obras de Arguedas están “impregnadas de un profundo humanismo y en cuanto tal integradoras. Inspiradas en sus experiencias, en lo que él mismo era: el Ande y Occidente…El reconocimiento del otro es la máxima expresión de nuestra condición humana. A través de esta actitud habremos superado algún día en nuestra patria aquello que nos separa, como el racismo, la exclusión y la marginación. De esta manera terminaremos el puente que nos unirá para fusionarnos en todas las sangres, como lo quería José María Arguedas” (2011: 4).

Sin embargo, el periódico que dirige este ilustre y reconocido intelectual y demócrata peruano, es uno de los principales promotores de “Divercity”, y que ha sido publicitado como un novedoso concepto que combina entretenimiento y marketing, un nuevo espacio en el que los pequeños pueden vivir experiencias como comprar y trabajar en un supermercado, efectuar operaciones bancarias o, incluso, ser periodistas de la casa promotora por un día; un día de gloria después de haber pagado los gastos de ingreso a tan novedoso e instructivo concepto.(2011: 1-3). ¡Pobres niños!, a temprana edad, a partir de los tres años, son ya iniciados en el mundo mercantilista y consumista; y, por supuesto, incapacitados para realizar más adelante actividades propiamente humanas de respeto a valores que les permitan vivir en armonía con su prójimo y con la naturaleza. No deja de tener razón Ismael León Arias, cuando comentando esta iniciativa pedagógica afirma que, “ …si a los niños se les inculca la moral de los banqueros, ¿por qué prohibirles en la adolescencia que jueguen en los tragamonedas o en el casino? Si a una niña se la estimula desde pequeñita a asumir la vida de una modelo, ¿qué sentido tiene restringirles las discotecas hasta los 14?” (2011: 29-30); y, lo que es peor, al artífice de todos los muebles de la citada “Divercity”, un huancaíno de nombre José Orihuela Quiliano, fue ocultado en todos los aspectos por los organizadores; para ellos él jamás existió, quizá porque era “demasiado cholo”. ¡Qué manera más curiosa –por decirlo de alguna forma– de acabar con la exclusión y la marginación!


La televisión, por ejemplo, se ha constituido en el centro de los hogares y su uso masivo y eficaz ha coincidido con la desintegración de la familia, situación que ha determinado que los padres hayan abdicado de una misión tan importante como alimentar a sus hijos y educarlos. Los niños, actualmente, desde su más tierna infancia, son sometidos por sus padres, demasiado ocupados para atender ellos mismos al cuidado de sus hijos, al aluvión televisivo que se limitan a recibir y, lo peor, a asimilar de modo pasivo, es decir, totalmente acrítico e irreflexivo; desarrollando tendencias marcadamente egoístas o, incluso, antisociales.

Y si de la televisión nos pasamos al uso de las computadoras y los teléfonos portátiles, es decir toda la revolución de la informática, que no conociera nuestro ilustre y homenajeado José María Arguedas, nos daríamos cuenta que ya es bastante tarde para pensar el Perú con la confianza y esperanzas que él lo hacía; y, no sólo el Perú, sino la humanidad entera que está padeciendo una seria crisis de valores. Esta es una humanidad de sentimientos empobrecidos, domesticada y desprovista de tradición cultural (1974: 91-115). Por tanto, “continúa siendo verdad que hacia finales del siglo XX –sentencia Giovanni Sartori–, el Homo sapiens ha entrado en crisis, una crisis de pérdida de conocimiento y de capacidad de saber”(2008: 65). Saber que es humano.

La educación virtual figura hoy en día como una prioridad y sinónimo de progreso, dejando de lado las advertencias de los neurocientíficos quienes indican que, con el incremento de las relaciones virtuales el lugar de las relaciones humanas empieza a resquebrajarse. La corteza frontal del cerebro necesita de relaciones para aprender de las emociones y entenderlas, junto a la comprensión de las conductas típicas de una persona frente a una emoción. La empatía que es crucial, que implica contacto, visión, olor, ponerse los zapatos del otro, se pierde con las relaciones virtuales y se facilita la pérdida de las tradiciones culturales.

La música, por ejemplo, que en toda la obra de Arguedas desempeña una función central, pues, para él la música quechua es mucho más que una expresión artística, es como lo dice en labios de Gabriel, un reflejo de la realidad andina: “Los ríos, las montañas, los pájaros hermosos de nuestra tierra, la inmensa cordillera pelada o cubierta de bosques misteriosos, se reflejan en esos cantos y danzas” (1983: 321).

Ahora bien, si la música –y el arte en general– tiene ese valor sagrado y simbólico con que aparece en el mundo de Arguedas, se comprende todo el cuidado que tuvo para recoger y publicitar todas estas manifestaciones culturales, cuidándolas de toda contaminación o mezcla que, termine por desnaturalizarlas y con ella el alma de un pueblo, su realidad cultural y física. Empero, también se entiende por esta razón, las agudas observaciones que a este respecto hiciera Mario Vargas Llosa. Comentando la aparición en el Perú, en la década de los setenta del siglo pasado, la llamada música chicha o cultura chicha, de extraordinario impacto en los sectores populares urbanos, se pregunta, cómo habría tomado José María Arguedas esas múltiples combinaciones no sólo en la música sino también en los bailes y las danzas. “¿Con el entusiasmo que merece esa capacidad creativa y asimilativa de los mestizos en que sin remedio se han ido convirtiendo esas mujeres y hombres de los Andes afincados en Lima? ¿O como un triste ejemplo de la aculturación que rechazaba, es decir, de esa delicuescencia ejemplicada por el popurrí de tonadas –no muy distinto de las audaces mezclas de la música chicha– que canta el desdichado Clavel en un calabozo de El Sexto?”(Vargas Llosa 1996: 222).

Por lo que ha dejado escrito y por los testimonios de las personas que lo acompañaban a las presentaciones musicales o de danzas andinas, me atrevo a responder que para él, toda la chichería que se vive actualmente, es la clara expresión de la triste aculturación impuesta por este mundo globalizado, según las pautas impuestas por la civilización europea moderna.

El mismo Vargas Llosa esboza esta respuesta al comentar uno de los episodios más sentidos de El Sexto; “aquel en el que el enloquecido Clavel, una ruina humana…, echa a cantar y lo hace mezclando letras y ritmos de huaynos, rumbas y tangos. Esta patética mescolanza aparece como el clímax de su decadencia, como el emblema de la disolución de su ser. La escena entristece hondamente a Gabriel y a Cámac, quien comenta: «Ya no tiene cabeza, no puede recordar ni sus cantos»” (Vargas Llosa 1996: 220). Y, ha perdido lo más importante, su identidad sexual. Allá en el Ande no nacen. El alma no le hace contra a su natural sino cuando la suciedad lo amarga. (Arguedas 1983: 238). Esa pérdida de identidad sexual que también se propone hoy en día como distintivo de los tiempos modernos, industrializados, liberales y tolerantes.

La música chicha o la cultura chicha, o la chichería en la que vivimos actualmente, no es como se esfuerza por presentarla José Matos Mar: el triunfo del otro Perú. “El otro Perú al inicio de este siglo XXI –sentencia el investigador social– está en buen camino al haber logrado cambiar el rostro tradicional y criollo de la gran Lima dando fin a discriminaciones y prejuicios, acabando con mitos y categorías sociales, y haber contribuido a forjar una sociedad nacional andina que, con un buen gobierno y cambios estructurales, puede convertirse en un país emergente, desarrollado; pasar del crecimiento al desarrollo….cómo lograrlo, integrando al país, afianzando la identidad nacional, potenciando la soberanía, creando un mercado interno, formulando una política educativa y cultural acorde con la nueva realidad, iniciando el proceso de industrialización”( 2011: 9-11). Esta cultura chicha es la clara expresión de una sociedad entremezclada, de todas las sangres, que no han logrado ni lograrán estructurar un plan común, es decir, constituir una nación. El término chicha es más bien muy expresivo para referirse a una comunidad en la que está fermentando una explosión disgregadora y de la que no se conoce en qué momento se producirá y en qué lugar se iniciará; ¿en el sur, en el norte, en la amazonía?

En cuanto a la relación del hombre con la naturaleza, por efecto de la mentalidad del europeo dominante, se ha impuesto un desprecio y descuido hacia la tierra madre. El Perú, una nación andina que tradicionalmente, le rendía culto al vital elemento de la vida –como lo resaltara José María Arguedas en sus míticos y bellos relatos como Agua–, también se encuentra viviendo las consecuencias de una lamentable situación de maltrato a la naturaleza por la falta de sensatez y sentido común del llamado Homo sapiens, “modernizado” y alejado de sus tradiciones ancestrales. Los nevados andinos, condenados a una pronta desaparición y, la amazonía concesionada casi en su totalidad para futuras actividades de explotación energética, aprovechando el caudal de los ríos para construir inmensas centrales hidroléctricas o la extracción de petróleo o gas natural.

Ante este panorama, nada grato pero no por ello deja de ser objetivo, cabe recordar las últimas palabras de José María Arguedas en su relato Agua: “Solito, en ese morro seco, esa tarde, lloré por los comuneros, por sus chacritas quemadas con el sol, por sus animalitos hambrientos. Las lágrimas taparon mis ojos, el cielo limpio, la pampa, los cerros azulejos, temblaban; el Inti, más grande, más grande…quemaba el mundo. Me caí, y como en la iglesia, arrodillado sobre las yerbas secas, mirando al tayta Chitulla, le rogué: Tayta: ¡Que se mueran los principales de todas partes!”(1983: 76); y, agregaría. ¡Qué se mueran los aculturados y enajenados de todas partes!


Fernando Muñoz Cabrejo


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