La novena no sólo es permitida sino también recomendada por
la autoridad eclesiástica, aún cuando no tenga un lugar o sitio
definido en la liturgia de la Iglesia. Con todo ello, cada vez más los
fieles la realizan, la llevan a cabo. Se distinguen cuatro tipos de novenas:
de duelo, de preparación, de oración y de indulgencias. Esta distinción,
no obstante, no es exclusiva.
Los judíos no tenían una celebración de nueve días
o nueve días de duelo, al noveno día de haber muerto o enterrado
a sus familiares o amigos. Ellos mantenían en condición de mayor
sacralizad el número siete. Por el contrario, encontramos que entre los
antiguos romanos se seguía una celebración o conmemoración
oficial de nueve días, la cual está relacionada con Livy en sus
orígenes (I, xxxvi).
Luego de una caída copiosa de piedras en el Monte Alban, un sacrificio
oficial, ya sea que fuere un augurio o no, se mantenían nueve días
en los cuales se apelaba a los dioses a fin de evitar el mal. De allí
se deriva que la misma novena de sacrificios se realizaba en donde quiera que
graves presagios pudieran anunciarse (cf. Livy, XXI, lxii; XXV, vii; XXVI, xxiii
etc.).
Además de esta costumbre, también existían entre los
romanos y griegos los nueve días de duelo, con la especial conmemoración
al noveno día luego de la muerte o el entierro. Se trataba más
bien de un ritual de carácter familiar (cf. Homer, Iliad, XXIV, 664,
784; Virgil, Aeneid, V, 64; Tacitus, Annals, VI, v.). Los romanos también
celebraban la parentalia novendialia, una novena de character annual (13 a 22
de Feb.) en conmemoración de quienes se habían ido de este mundo
(cf. Mommsen, "Corp. Inscript. Latin.", I, 386 sq.).
La celebración terminaba el noveno día con un sacrificio y un
banquete. Existe referencia de estas costumbres en leyes del Emperador Justiniano
("Corp. Jur. Civil. Justinian.", II, Turin, 1757, 696, tit. xix, "De
sepulchro violato"), donde los créditos eran prohibidos y que no
se permitía crear problemas para los deudos del deudor durante los siguientes
nueve días luego de su muerte. San Agustín (P.L., XXXIV, 596)
advierte a los cristianos en función de no imitar la costumbre pagana,
en tanto no hay ejemplo en las Sagradas Escrituras. Más tarde lo mismo
fue hecho por el Pseudo-Alcuin (P.L., CI, 1278), invocando la autoridad de San
Agustín, y aún más claramente por John Beleth (P.L., CCII,
160) en el Siglos XII. Aún Durandus en su "Rationale" (Nápoles,
1478), escribiendo sobre el Oficio de los Muertos, subraya que “algunos
no aprueban esto, para evitar la apariencia de que están apelando a costumbres
paganas”.
No obstante, en las celebraciones de duelo cristiano, uno encuentra que existían
las de nueve días, pero también las de tres o siete. The “Constitutiones
Apostolicae” (VIII, xlii; P.G., I, 1147) ya hablaba de esto. La costumbre
existió especialmente en el Oriente, pero también puede ser encontrada
en los francos y anglo-sajones. La misma es aún relacionada con las práctica
de los paganos, aunque no tiene vestigio de superstición.
Nueve días de duelo con misas diarias, fue un procedimiento de distinción,
naturalmente, el cual no era realizado sino por las clases altas. Príncipes
y gente de dinero ordenaban tales procedimientos para ellos en sus testamentos.
También esto se encontraba en los testamentos de papas y cardenales.
Ya desde la Edad Media, se acostumbraba realizar novenas de Misas para papas
y cardenales como una costumbre.
Más tarde, la celebración mortuoria para cardenales llegó
a ser constantemente más simple, hasta que finalmente fue regulada y
fijada por la Constitution “Praecipuum” de Benedicto XIV (23 de
noviembre de 1741). Se retuvo la costumbre del duelo de los nueve días
para los pontífices soberanos y fue tal la costumbre de hacer esto que
se llegó a llamar simplemente “Novena del Papa” (cf. Mabillon,
"Museum Italicum", II, Paris, 1689, 530 sqq., "Ordo Roman. XV";
P. L., LXXVIII, 1353; Const. "In eligendis" of Pius IV, 9 Oct., 1562).
Esta costumbre continúa y consiste fundamentalmente en una novena de
Misas por los desaparecidos. Registros de la Sagrada Congregación de
Ritos (22 de abril, 1633) nos informa que tales novenas de duelo, oficia novendialia
ex testamento, fueron generalmente conocidas y permitidas en las iglesias religiosas
(Decr. Anth. S.R.C., 604). Ellas no son más de uso común, aunque
nunca han sido prohibidas, y ciertamente, por el contrario, fueron aprobadas
por Gregorio XVI, novendiales precum et Missarum devociones pro defunctis (11
de julio de 1853, (sic)) así como las indulgencias por una confraternidad
“agonizantium” en Francia (Resc. Auth. S.C. Indulg., 382).
Además de la novena de los muertos, encontramos en los primeros años
de la Edad Media, la novena de preparación, pero siempre primero antes
de Navidad y solamente en España y Francia. Esto tiene su origen en los
nueve meses que Nuestro Señor estuvo en el vientre de su Bendita Madre,
desde la Encarnación hasta la Navidad. En España la Anunciación
se transfirió para todo el país en el Concilio de Toledo en 656
(Cap. i; Mansi, “Coll. Conc.”, XI, 34) al 18 de diciembre como la
festividad más apropiada en términos de la preparación
para Navidad. Con esto, aparece como una real novena de preparación para
Navidad estuvo inmediatamente relacionada con toda España. Tomando en
cuenta esto, se hizo una petición de parte de Azores (Insulae Angrenses)
a la Sagrada Congregación de Ritos. Lo que se pedía era que se
retornara a la “más antigua costumbre” de celebración,
justo antes de Navidad, nueve Misas de Nuestra Señora.
Este uso fue permitido, dado que la gente tomó parte en la celebración,
de manera continua y se prescribe (28 Sept., 1658; Decr. Auth., 1093). A French
Ordinarium (P.L., CXLVII, 123) en preparación para Navidad. En el noveno
día debe principiar con los himnos y cada día se observa la Magnífica,
y el altar y el coro deben tener incienso. El Ordinarium de Nantes y el Antifonario
de San Martín de Tours, en lugar de siete himnos, tienen nueve, para
los nueve días antes de Navidad, los que son cantados con especial solemnidad
((Martene, "De Antiq. Eccles. Ritib.", III, Venice, 1783, 30).
En Italia la novena aparece como haberse extendido solamente hasta el Siglo
XVII. Aún así, la “Praxis caeremoniarum seu sacrorum Romanae
Ecclesiae Rituum accurata tractatio" del Theatine Piscara Castaldo, un
libro aprobado en 1525 por el autor padre general (Nápoles, 1645, p.
386 sqq.), da completas direcciones para la celebración de la novena
de Navidad con exposición del Santísimo Sacramento.
El autor subraya que esta novena en comemoración de los nueve meses
de permanencia de Nuestro Señor en el vientre materno, se celebraba en
muchos lugares de Italia. Además indica que al principio del Siglo XVIII,
la novena de Navidad tuvo tal distinguida posición ante la Congregación
de los Ritos Sagrados (7 de julio de 1718), que se permitió que tuviera
una solemne celebración con exposición del Santísimo Sacramento
(Decr. Auth., 2250).
No obstante, antes de esto, al menos en Sicilia, la costumbre se había
generado entre religiosos y era la preparación de la festividad de su
fundador, la que se realizaba con una novena de Misas, y estas Missae novendiales
votitae, fueron también declaradas permisibles (2 de septiembre de 1690;
Decr. Auth., 1843). En general, en el Siglo XVII, numerosas novenas se desarrollaron
especialmente en las iglesias de religiosos y santos de varias órdenes
(cf. Prola, “De Novendialibus supplicantionibus”, Romae 1724, passim).
Doscientos años más tarde se otorgó especial permiso
para la aplicación de Sicilia de la exposición del Santísimo
Sacramento del Altar en la celebración de las novenas (Decr., Auth.,
3728), y en los decretos de Missae votivae del 30 de junio de 1896, existe también
el asunto de Missae votivae novendiales B.M.V. (Decr. Auth., 3922 V, n. 3).
Al menos de esta manera, la novena es reconocida en la Liturgia.
Al mismo tiempo que se desarrollaba la novena de preparación, también
emergía la novena de oración entre los fieles. Se considera que
las mismas tenían lugar especialmente por necesidad de recobrar la salud.
El sitio original de esta novena debe haber sido Francia, Bélgica y lugares
adyacentes como el Bajo Rin. Especialmente notable fueron hasta el año
1,000 las novenas de San Huberto, San Marcolf, y San Mommolus. San Mommolus
(o Munmmolus) fue considerado como Santo Patrono e intercesor de las enfermedades
mentales. Las novenas que se le hacían tenían lugar en la Santa
Cruz del Monasterio de Bordeaux, lugar donde el santo fue sepultado (Mabillon,
"Act. Sanct. O. S. B.", II, Venice, 1733, 645 sqq.; "Acta SS.",
August, II, 351 sqq.; Du Cange, "Glossarium", s. v. "Novena").
San Marcolf procuró para los reyes de Francia con el poder de curar
con las manos. Para este propósito, casi inmediatamente luego de su coronación
en Reims, los reyes tenían que ir en persona en peregrinaje a la tumba
de San Marcolf en Corbeny y hacer una novena allí. Los que deseaban ser
curados también debían hacer una novena similar. Sin embargo,
la novena mejor conocida es la de San Huberto, la que continúa siendo
así hoy en día. Se hace contra los males de las gentes que han
sido mordidas por perros o lobos rabiosos (Acta SS., noviembre, I, 871, sqq).
Esta novena últimamente mencionada fue atacada en los últimos
tiempos, particularmente por los jansenitas, y fue rechazada por supersticiosa
(cf. "Acta SS.", loc. cit., where the attack is met and the novena
justified). Antes de esto, Gerson, en el Siglo XIV, ya había advertido
contra el abuso de supersticiones en esta novena. Pero él no rechazó
las novenas en general y vemos por medio de sus trabajos que en sus tiempos
esto ya era algo que se había extendido (Opera, París, 1606, II,
328, III, 386, 389). No obstante las advertencias de Gerson, las novenas fueron
cada vez más numerosas entre los fieles. Sus resultados fueron incluso
milagrosos y significativos.
Benedicto XIV (De canonizat. sanct., lib. IV, p. II, c. xiii, n. 12) nos dice
de un número de tales milagros que habrían ocurrido en el proceso
de canonización. Los católicos conocen por su propia experiencia,
que las novenas no son algo pagano, supersticioso o sólo derivado de
la costumbre, sino uno de los mejores medios para obtener gracias celestiales,
y en lo que se incluye la intersección de Nuestra Señora y de
todos los santos.
La novena de oración es por tanto, un tipo de oración que incluye
una plegaria para ser escuchada, confianza y perseverancia, dos de las cualidades
más importantes en cuanto a la eficacia de la oración. Aún
si el empleo del número nueve en la cristiandad estuviese conectado con
un uso similar en el paganismo, su uso no sería culpable de ninguna superstición.
No se trata, por supuesto, de que todas las variaciones o adiciones en las novenas
deben ser algo defendible o justificado. Se puede abusar de la sagrada costumbre,
pero el uso del número nueve no sólo debe ser justificado, sino
también interpretado en el mejor de los sentidos.
El número diez es el más alto, el número máximo,
simplemente el perfecto, el cual se ajusta a Dios; el número nueve, que
carece del rasgo para ser diez, es un número de imperfección,
es el que se ajusta a la condición humana. De esta manera fue como filosofaron
gente que va desde Pitágoras, Filo el Judío, los Padres de la
Iglesia, y los monjes de la Edad Media. Por esta razón ese número
fue adaptado para el uso de la acción por la cual la oración se
transformaba en oración a Dios (cf. Jerome, loc. cit.; Athenagoras, "Legat.
pro Christian.", P.G., VI, 902; Pseudo-Ambrosius, P.L., XVII, 10 sq., 633;
Rabanus Maurus, P.L., CIX, 948 sq., CXI, 491; Angelomus Monach., In Lib. Reg.
IV, P.L., CXV, 346; Philo the Jew, "Lucubrationes", Basle, 1554, p.
283).
En la novena de duelo y la Misa en el noveno día, se recordaba en la
Edad Media, cuando Cristo entregó su espíritu en la novena hora,
tal y como está contenido en libros penitenciales (cf. Schmitz, "Die
Bussbucher und die Bussdisciplin", II, 1898, 539, 570, 673). Se subraya
también por el significado de la Santa Misa en el noveno día,
a quienes se han ido y que se relacionan con los nueve coros de ángeles
(cf. Beleth, loc. cit.; Durandus, loc. cit.). Para el origen de esta novena
de oración podemos puntualizar el hecho de que en la novena hora en la
Sinagoga, como la nona en la Iglesia Cristiana, fue una hora especial de oración
en los primeros tiempos. De esa manera se recuerda dentro de lo que se denominaban
las “horas apostólicas” (cf. Acts, iii, 1; x, 30; Tertullian,
"De jejuniis", c. x, P.L., II, 966; cf. "De oratione", c.
xxv, I, 1133).
También la Iglesia, en el Breviario, por siglos, ha invocado al Todopoderoso
en nueve Salmos, y le ha rendido honores en nueve lecciones, mientras que en
tiempos antiguos, el Kyrie se escuchaba nueve veces en cada Misa (cf. Durandus,
"Rationale, De nona"; Bona, "Opera", Venice, 1764; "De
divina psalmodia", p. 401).
Tal y como se ha dicho, la más simple explicación de la novena
de Navidad son los nueve meses de Cristo en el Vientre. Pero por cada novena
de preparación también hay una novena de oración. No sólo
la mejor explicación, sino también el mejor ejemplo fue dado por
Cristo por si mismo a la Iglesia en la primera novena de Pentecostés.
El mismo expresó y exhortó a los Apóstoles a realizar tal
preparación. Y cuando la joven congregación fielmente había
preservado los nueve días completos, el Espíritu Santo vino como
el precioso fruto de la primera novena cristiana para la festividad del establecimiento
y fundación de la Iglesia.
Si uno mantiene esto en mente y recuerda además que las novenas en
el curso del tiempo han llegado a ser medios para muchos eventos, incluso milagrosos,
respuestas de oración, y que finalmente Cristo por sí mismo en
la revelación a Santa Margarita María Alacoque recomendó
la especial celebración consecutiva de los primeros nueve viernes primeros
de cada mes ((cf. Vermeesch, "Pratique et doctrine de la dévotion
au Sacré Coeur de Jésus", Tournai, 1906, 555 sqq.), uno se
pregunta porqué la Iglesia esperó tan largo tiempo antes de aprobar
positivamente y recomendar novenas, en lugar de haber dado tempranamente este
paso (cf. "Collection de précis historiques", Brussels, 1859,
"Des neuvaines", 157 sqq.).
No fue sino hasta el siglo XVIII que la Iglesia formalmente recomendó
las novenas en términos de adquirir Indulgencias. Esto nos lleva a considerar
el último tipo de novenas, las de indulgencias. Aparentemente fue Alejandro
VII a mediados del Siglo XVII que otorgó las indulgencias en una novena
en honor de San Francisco Xavier, la que se realizó en Lisboa (cf. Prola,
op. cit., p. 79). La primera novena de indulgencias se tuvo en Roma, y aún
allí se tuvo en una sola iglesia. Se trató de la novena en preparación
para la festividad de San José en la Iglesia de San Ignacio.
Esto fue establecido por Clemente XI, el 10 de febrero y el 4 de marzo de
1713 (cf. Prola, loc, cit; Benedicto XIV, “De canoniz.” loc. cit.).
Los franciscanos, que antes de esto acostumbraban a tener una novena con motivo
de la festividad de la Inmaculada Concepción (cf. Decr, Auth, S.R.C.,
2472), recibieron indulgencias especiales por ello el 10 de abril de 1764 (Resc.
Auth. S.C. Indulg., 215). No fue sino hasta más tarde, especialmente
a principios del Siglo XIX que varias novenas fueron enriquecidas con indulgencias
en lo que fue algo común para toda la Iglesia. Ellas totalizan treinta
y dos, las que generalmente son novenas de preparación para las festividades
definitivas.
Los detalles de las mismas son los siguientes: una en honor de la Santísima
Trinidad, la que puede ser antes de tal festividad (primer domingo después
de Pentecostés) o en otro tiempo del año; dos para el Espíritu
Santo, una realizada antes de Pentecostés por la reconciliación
de los no-Católicos (esta se hace también públicamente
en algunas parroquias), una en cualquier época del año; dos novenas
para el Niño Jesús, una hecha antes de la festividad de Navidad,
y la otra durante cualquier tiempo del año; tres del Sagrado Corazón,
una antes de tal festividad (el viernes luego de la octava de Corpus Christi),
una en cualquier época del año, y la tercera la correspondiente
a la de los primeros nueve primeros viernes, la que está basada en la
promesa hecha a Santa Margarita María, por el Sagrado Corazón,
asegurando por tal medio la gracia final a la perseverancia y la recepción
de los Sacramentos antes de la muerte, a todos los que han recibido la Santa
Comunión los primeros viernes de cada mes, durante nueve meses consecutivos.
Es costumbre ofrecer esta novena en reparación de los pecados de la
humanidad; once novenas en honor a la Santísima Virgen, en honor a la
Inmaculada Concepción, la Natividad de María, su Presentación
en el Templo, la Anunciación, la Visitación, la Maternidad de
María, su Purificación, los Siete Dolores, la Asunción,
el Santo Corazón de María, y el Santo Rosario; una novena para
en honor de cada uno de los Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, y una
en honor al Ángel Guardián, dos para San José, una que
consiste en la recitación de oraciones en honor de los sietes dolores
y los siete gozos del padre adoptivo de Cristo, lo que se hace antes de la festividad
del santo (19 de marzo) y otra en cualquier tiempo del año; una novena
en honor de San Francisco de Asís, en cualquier tiempo del año,
una para San Vicente de Paul, otra para San Juan de la Cruz, otra para San Estanislao
Kotska, antes de la festividad de este santo (13 de noviembre), otra para San
Francisco Xavier, y otra por las Santas Almas.
La novena en honor a San Francisco Xavier, conocida como la “Novena
de la Gracia”, se originó de la manera siguiente: en 1633, el padre
Mastrilli, S.J., estaba a punto de morir como resultado de un accidente, cuando
se la apareció San Francisco Xavier, un santo al que el religioso tenía
gran devoción. La aparición le indicó que debía
dedicarse a las misiones en las Indias.
El padre Mastrilli hizo entonces la promesa ante su provincial, de que iría
a las Indias, si Dios le daba vida, y en otra aparición (3 de enero de
1634) San Francisco Xavier le reitera la renovación de la promesa, le
predijo su martirio, y le restauró la salud tan completamente que esa
misma noche el padre Matrilli pudo escribir un recuento de su cura. La próxima
mañana celebró misa en el altar del santo y reasumió su
vida comunal. Fue a las misiones del Japón donde fue martirizado el 17
de octubre de 1637.
La fama y el renombre de este milagro pronto se esparcieron por toda Italia,
e inspiró la confianza en el poder y la bondad de San Francisco Xavier.
Los fieles imploraron su asistencia en una novena con tal éxito que llegó
a ser llamada la “Novena de la Gracia”. Esta novena se hace pública
en muchos países del 4 al 12 de marzo, esta última es la fecha
de canonización de San Francisco Xavier conjuntamente con San Ignacio.
Las condiciones incluyen la visita a una capilla o iglesia jesuita.
La indulgencia puede ser ganada uno u otro día de la novena, y aquellos
que tienen la aflicción de la enfermedad o alguna otra causa legítima,
pueden ganar durante la novena la indulgencia haciéndola lo más
pronto posible. Todas estas novenas, sin excepción pueden ser hechas
en público o en privado, con piadosos ejercicios y con la recepción
de los Sacramentos, y por ello puede ser ganada una indulgencia parcial o indulgencia
plena al final de la novena.
Las indulgencias y las condiciones para ganarlas están precisamente
mencionadas en detalle en la auténtica “Raccolta” y en los
trabajos de las Indulgencias de Beringer y Hilgers, los que han aparecido en
varios lenguajes. Las novenas de indulgencia, hasta cierto punto oficiales,
han contribuido al aumento de la confianza de los fieles en estas prácticas.
De allí que aún la novena privada de oración florece en
nuestros días.
Por medio de la novena a Nuestra Señora de Lourdes, de San Antonio
o de otros santos, los fieles buscan ayuda y alivio. La historia de las novenas
no está aún escrita, pero no hay duda de que formará parte
de la historia de la veneración como infantil de Nuestra Señora
y todos los santos, o de la viva confianza que se tiene en Dios, y como un testimonio
del espíritu de oración en la Iglesia Católica.