I. GEOGRAFÍA
La República
Mexicana, cuyo nombre oficial es Estados Unidos Mexicanos está situada
en el extremo sur de América del Norte. Tiene al norte 3,152 km de frontera
con los Estados Unidos, al sur y este 956 km de frontera con Guatemala
y 193 km con Belice. Sus litorales tienen una longitud total de 11,122
km, al este con el Golfo de México y el Mar Caribe y al Oeste con el
Océano Pacífico y el Mar de Cortés. Tiene una extensión territorial
de 1 964 375 km² de los cuales 1 959 248 km² son superficie continental
y 5 127 km² corresponden a superficie insular. Tiene una población (al
año 2000) de 97’483,412 habitantes. La forma de gobierno es república
representativa, democrática y federal, dividida en tres poderes: ejecutivo,
legislativo y judicial; el jefe de estado y de gobierno es el Presidente,
el cual es elegido cada seis años sin posibilidad de elección; la legislatura
está compuesta por dos cámaras, el Senado y la Cámara de Diputados;
el poder judicial recae en la Suprema Corte de Justicia. La república
está compuesta por treinta y un estados y un Distrito Federal. Los nombres
de los estados, con el aumento de población y sus capitales se muestran
en la siguiente tabla:
|
Entidad
federativa |
Capital |
1895 |
1910 |
1930 |
1950
a/ |
1970 |
1990 |
2000 |
|
Estados
Unidos Mexicanos |
|
12
700 294 |
15
160 369 |
16
552 722 |
25
791 017 |
48
225 238 |
81
249 645 |
97
483 412 |
|
Aguascalientes |
Aguascalientes |
104
693 |
120
511 |
132
900 |
188
075 |
338
142 |
719
659 |
944
285 |
|
Baja
California |
Mexicali |
42
875 |
52
272 |
48
327 |
226
965 |
870
421 |
1
660 855 |
2
487 367 |
|
Baja
California Sur b/ |
La
Paz |
|
|
47
089 |
60
864 |
128
019 |
317
764 |
424
041 |
|
Campeche |
Campeche |
88
144 |
86
661 |
84
630 |
122
098 |
251
556 |
535
185 |
690
689 |
|
Coahuila
de Zaragoza |
Saltillo |
242
021 |
362
092 |
436
425 |
720
619 |
1
114 956 |
1
972 340 |
2
298 070 |
|
Colima |
Colima |
55
718 |
77
704 |
61
923 |
112
321 |
241
153 |
428
510 |
542
627 |
|
Chiapas |
Tuxtla
Gutiérrez |
320
694 |
438
843 |
529
983 |
907
026 |
1
569 053 |
3
210 496 |
3
920 892 |
|
Chihuahua |
Chihuahua |
265
546 |
405
707 |
491
792 |
846
414 |
1
612 525 |
2
441 873 |
3
052 907 |
|
Distrito
Federal |
México |
474
860 |
720
753 |
1
229 576 |
3
050 442 |
6
874 165 |
8
235 744 |
8
605 239 |
|
Durango |
Durango |
296
979 |
483
175 |
404
364 |
629
874 |
939
208 |
1
349 378 |
1
448 661 |
|
Guanajuato |
Guanajuato |
1
069 418 |
1
081 651 |
987
801 |
1
328 712 |
2
270 370 |
3
982 593 |
4
663 032 |
|
Guerrero |
Chilpancingo |
420
926 |
594
278 |
641
690 |
919
386 |
1
597 360 |
2
620 637 |
3
079 649 |
|
Hidalgo |
Pachuca |
563
824 |
646
551 |
677
772 |
850
394 |
1
193 845 |
1
888 366 |
2
235 591 |
|
Jalisco |
Guadalajara |
1
114 765 |
1
208 855 |
1
255 346 |
1
746 777 |
3
296 586 |
5
302 689 |
6
322 002 |
|
México |
Toluca |
842
873 |
989
510 |
990
112 |
1
392 623 |
3
833 185 |
9
815 795 |
13
096 686 |
|
Michoacán
de Ocampo |
Morelia |
898
809 |
991
880 |
1
048 381 |
1
422 717 |
2
324 226 |
3
548 199 |
3
985 667 |
|
Morelos |
Cuernavaca |
159
123 |
179
594 |
132
068 |
272
842 |
616
119 |
1
195 059 |
1
555 296 |
|
Nayarit |
Tepic |
149
807 |
171
173 |
167
724 |
290
124 |
544
031 |
824
643 |
920
185 |
|
Nuevo
León |
Monterrey |
311
665 |
365
150 |
417
491 |
740
191 |
1
694 689 |
3
098 736 |
3
834 141 |
|
Oaxaca |
Oaxaca |
897
182 |
1
040 398 |
1
084 549 |
1
421 313 |
2
015 424 |
3
019 560 |
3
438 765 |
|
Puebla |
Puebla
de Zaragoza |
992
426 |
1
101 600 |
1
150 425 |
1
625 830 |
2
508 226 |
4
126 101 |
5
076 686 |
|
Querétaro
de Arteaga |
Santiago
de Querétaro |
232
305 |
244
663 |
234
058 |
286
238 |
485
523 |
1
051 235 |
1
404 306 |
|
Quintana
Roo c/ |
Cd.
Chetumal |
|
9
109 |
10
620 |
26
967 |
88
150 |
493
277 |
874
963 |
|
San
Luis Potosí |
San
Luis Potosí |
571
420 |
627
800 |
579
831 |
856
066 |
1
281 996 |
2
003 187 |
2
299 360 |
|
Sinaloa |
Culiacán |
261
050 |
323
642 |
395
618 |
635
681 |
1
266 528 |
2
204 054 |
2
536 844 |
|
Sonora |
Hermosillo |
192
721 |
265
383 |
316
271 |
510
607 |
1
098 720 |
1
823 606 |
2
216 969 |
|
Tabasco |
Villahermosa |
134
956 |
187
574 |
224
023 |
362
716 |
768
327 |
1
501 744 |
1
891 829 |
|
Tamaulipas |
Cd.
Victoria |
209
106 |
249
641 |
344
039 |
718
167 |
1
456 858 |
2
249 581 |
2
753 222 |
|
Tlaxcala |
Tlaxcala |
168
358 |
184
171 |
205
458 |
284
551 |
420
638 |
761
277 |
962
646 |
|
Veracruz-Llave |
Xalapa |
863
220 |
1
132 859 |
1
377 293 |
2
040 231 |
3
815 422 |
6
228 239 |
6
908 975 |
|
Yucatán |
Mérida |
298
569 |
339
613 |
386
096 |
516
899 |
758
355 |
1
362 940 |
1
658 210 |
|
Zacatecas |
Zacatecas |
456
241 |
477
556 |
459
047 |
665
524 |
951
462 |
1
276 323 |
1
353 610 |
|
NOTA: |
Cifras correspondientes a las siguientes fechas censales:
20 de octubre (1895), 28 de octubre (1900), 27 de octubre
(1910), 30 de noviembre (1920), 15 de mayo (1930), 6 de
marzo (1940), 6 de junio (1950), 8 de junio (1960), 28
de enero (1970), 4 de junio (1980), 12 de marzo (1990),
5 de noviembre (1995) y 14 de febrero (2000). La división
política de México y su nomenclatura han registrado diversos
cambios a través de la historia. |
|
a/ |
El total incluye 11 763 habitantes, dato registrado
bajo el concepto de Complementarios, el cual no
se presentó por entidad federativa. |
|
b/ |
Hasta 1910 se incluyó en Baja California. |
|
c/ |
Hasta 1900 se incluyó en Yucatán. |
|
FUENTE: |
Para 1895 a 1990: I al XI Censos de Población y Vivienda. |
|
|
Para 1995: INEGI. Estados Unidos Mexicanos.
Conteo de Población y Vivienda, 1995. Resultados Definitivos.
Tabulados Básicos. Aguascalientes, Ags., México, 1996. |
|
|
Para 2000: INEGI. Estados Unidos Mexicanos.
XII Censo General de Población y Vivienda, 2000. Tabulados
Básicos y por Entidad Federativa. Bases de Datos y Tabulados
de la Muestra Censal. Aguascalientes, Ags., México,
2001. |
|
|
INEGI. División Territorial de los Estados Unidos
Mexicanos de 1810 a 1995. |
|
La Cordillera
de los Andes, que cruza América Central, se ramifica en dos cuando alcanza
el pico de Zempoaltepec en el Estado de Oaxaca; la Sierra Madre Oriental
termina en el Río Bravo en el estado de Coahuila y la Sierra Madre Occidental
se extiende por los estados de Chihuahua y Sonora y se funde con el
sistema de las Montañas Rocallosas en los Estados Unidos. En la costa
oriental la tierra entra casi de forma imperceptible en el Golfo, mientras
que en la occidental el descenso es abrupto y agudo. Esto ocasiona los
pocos puertos adecuados en el lado del Golfo y la abundancia de bahías
y puertos en la costa del Pacífico. Los picos más altos del sistema
montañoso son: la Malinche, el Popocatépetl, Citlaltépetl o Pico de
Orizaba y el Iztaccíhuatl.
En el territorio
mexicano los ríos se encuentran en tres vertientes: Occidental o del
Pacífico, Oriental o del Atlántico (Golfo de México y Mar Caribe) e
Interior, en la que los ríos no tienen salida al mar. En la vertiente
Occidental o del Pacífico existen alrededor de 100 ríos, entre los que
destacan por su caudal los ríos Balsas, Lerma-Santiago y Verde. La vertiente
Oriental está constituida por 46 ríos importantes, entre los que destacan
los ríos Usumacinta, Papaloapan, Grijalva, Coatzacoalcos y Pánuco. La
vertiente Interior está formada por grandes cuencas cerradas. El sistema
más importante es el del río Nazas-Aguanaval.
Las cuatro estaciones del año, son casi imperceptibles
en México, debido a las condiciones climáticas tan diferentes. El uso
común divide el año en dos estaciones, la lluviosa y la seca, la primera
extendiéndose de Abril a Octubre. Durante este tiempo prácticamente
llueve diario. El clima en las costas es siempre muy cálido, mientras
que el de las mesetas es templado.
México
es uno de los países con mas diversidad biológica en el mundo. La variedad
extraordinaria en el clima y topografía hacen que sostenga una colección
de ecosistemas - bosques templados y tropicales, sistemas costales y
humedales de agua dulce, sabanas y desiertos- los cuales sostienen una
diversidad increíble de flora y fauna.
Muchas
de las razas nativas de México en tiempos de la conquista, todavía existen;
las principales son: los náhuatl o aztecas, en los estados de México,
Morelos, Jalisco y el Distrito Federal; los purépecha o tarascos en
Michoacán y Guanajuato; los otomíes en San Luis Potosí, Guanajuato y
Querétaro; los pimas en Sonora, Chihuahua y Durango; los mixtecos y
zapotecas en Oaxaca; los mixes en Oaxaca, Veracruz y Chiapas; los mayas
en Yucatán; los tzelzales y tzotziles en Chiapas; los rarámuris o tarahumaras
en Sonora.
Entre otras razas están la huasteca, la totonaca, la
matlalzinca, chontal, trique, laimones, yaquis.
Importantes ruinas, encontradas en muchas partes de la
república dan testimonio del avanzado grado de civilización que alcanzaron
estas naciones. Entre las mencionadas ruinas llaman la atención las
de Uxmal y Chichen-Itzá en Yucatán (mayas); Palenque y Mitla en Oaxaca
(zapotecas); el templo mayor de Tenochtitlán en la Ciudad de México
(aztecas); los baños de Netzhualcoyotl en Texcoco (chichimeca-náhuatl);
Teotihuacan en el Estado de México y muchas otras.
Se ha establecido la separación entre la Iglesia y el
Estado, sin embargo, desde 1992, existe reconocimiento legal de las
Asociaciones Religiosas y la religión mayoritaria en el país es la Católica,
siendo cerca del 90% de la población de fe católica.
La principal industria del país es la del petróleo; existen
varias industrias como la automotriz, alimenticia, minero-metalúrgica,
etc. El turismo también es muy importante ya que cuenta con destinos
turísticos importantes internacionalmente.
II. HISTORIA
A. Periodo Pre-cortesiano.
La cronología
y los documentos históricos de los aztecas, nos dan una idea más o menos
clara de su historia durante ocho siglos anteriores a la conquista,
pero solo se refieren a su propia historia y la de las tribus vecinas
a ellos, no mencionando nada o casi nada del origen de otros como los
otomíes o los purépechas.
De acuerdo con Clavijero los toltecas vinieron a México
aproximadamente en el 648 de nuestra era, los chichimecas en el 1170
y los aztecas en 1196. El hecho de que sus ancestros vinieran de otras
tierras, es algo establecido por todas esas tribus en sus tradiciones
y el norte es generalmente la dirección de donde se supone que vinieron.
Parece probable que los primeros inmigrantes a México hayan venado de
Asia, ya fuera por el Estrecho de Behring o por el Océano Pacífico.
Parece que los otomíes fueron una de las naciones más antiguas del Anáhuac
y los itzaes de Yucatán. Estos fueron seguidos por los mayas en Yucatán
y en Anáhuac los toltecas, chichimecas y náhuatl, con sus siete tribus,
los xochimilcas, chalcas, tecpanecas, acolhuas, tlahuicas, tlaxcaltecas
y aztecas.
Los últimos fundaron la ciudad de Tenochtitlán o México
en 1325 y, gradualmente, sometieron a las otras tribus y extendieron
su imperio al norte hasta el Reino de Michoacán y el dominio de los
salvajes otomíes, al este hasta el Golfo, al oeste hasta el Pacífico
y al sur hasta Nicaragua. Éstas eran las dimensiones del imperio azteca
al tiempo de la invasión española en 1519.
El náhuatl o azteca era la lengua oficial del imperio,
pero se usaban muchos otros dialectos en otras zonas. Los principales
eran el tarasco o purépecha, el maya, el otomí, mixteco-zapoteca, chontal
y tzeltal.
La religión de todas estas tribus era politeísta, con
diferentes pero similares dioses para cada una. Los sacrificios humanos
eran una característica de los rituales de los aztecas en su gran teocalli
o templo mayor en la capital. El padre Motolinía en su carta del 2 de
enero de 1523 al emperador Carlos V, habló de los sacrificios humanos
con los que el emperador Ahuízotl (1486-1502) celebró la inauguración
del templo mayor en México, diciendo: “En un ritual sacrificial
que duró tres o cuatro días, fueron sacrificados 80,400 hombres. Fueron
conducidos por cuatro calles caminando en fila hasta que llegaron a
los ídolos.” El padre Durán, hablando de este mismo sacrificio
y del gran número de víctimas, añadió: “Lo que me parecería increíble,
si la historia y el hecho de que lo he encontrado registrado en muchos
lugares, en representaciones tanto escritas como pictóricas, de otro
modo no podría creer.” Los códices Vaticano y Teleriano fijan
el número de víctimas en 20,000, lo cual es más probable.
A pesar de esta terrible forma de rituales y de los sacrificios
sangrientos, la gente del antiguo México preservó una serie de tradiciones
las cuales pueden ser clasificadas como Bíblicas y Cristianas; las llamadas
tradiciones bíblicas se cree son los remanentes de las creencias religiosas
de las primeras razas que migraron a estas tierras; el probable origen
de las tradiciones “cristianas” será explicado después.
1.
Tradiciones Bíblicas
(1) Idea de la Unidad de Dios
Los aztecas dieron el nombre de Teotl a un ser supremo,
invisible y eterno, a quien nunca intentaron representar de manera visible,
y a quien llamaron Tloque-Nahuaque, Creador de todas las cosas e Ipalneomani,
Aquél por quien se vive. Los mayas llamaron al mismo ser supremo, Hunab-ku
y tampoco intentaron darle forma o personalidad a esta deidad. Los purépechas
adoraron a Tucupacha, Dios y creador de todas las cosas.
(2) Creación
Entre
los antiguos mexicanos se mantenía la idea de la creación. Creían que
Tloque-Nahuaque había creado un hombre y una mujer en un jardín de delicias;
la mujer fue llamada Cihuacóatl, la mujer serpiente.
(3)Diluvio
Se encuentran tradiciones del diluvio entre los michoacanos.
Tezpi, para escapar de ahogarse en un terrible diluvio que ocurrió,
se embarcó en un bote con forma de caja, con su esposa e hijos, muchas
especies de animales y provisiones de granos y semillas. Cuando la lluvia
hubo terminado y el nivel del agua bajó, liberó un ave llamada aura,
un ave marina, la cual no regresó. Los otros fueron liberados y todos,
excepto dicha ave no pudieron regresar.
La ilustración de una página de un jeroglífico azteca
parte del códice Vaticano representa el Diluvio, tal como fue concebido
por los aztecas. El símbolo Calli se ve en el agua, una casa con la
cabeza y mano de una mujer protegiéndola significa la inundación de
todo el complejo y sus habitantes. Los dos peces nadando en el agua
significan, además del hecho de que fueron salvados, que todos los hombres
fueron convertidos en Tlacamichin, gente-pez, de acuerdo con la tradición
azteca. En medio de las aguas flota una canoa hueca de madera, Acalli,
ocupada por un hombre y una mujer, la única pareja privilegiada de escapar
del desastre. La diosa Chalchiutlique, como descendiendo de los cielos
en un destello de luz, rodeada por sus símbolos de lluvia y agua, preside
la escena. La fecha del diluvio está marcada a la derecha con el símbolo
Matlactliatl del mes Atemoztli (3 de enero); la duración del diluvio
está marcada por un símbolo a la izquierda indicando 4008 años.
Asimismo, en las crónicas de los mayas, en el libro Chilam
Balam se habla del diluvio al que únicamente sobrevivió una pareja.
(4) Torre de Babel
En los comentarios al códice Vaticano se menciona la
época de Atonatiuh, es decir del diluvio, cuando los gigantes habitaban
la tierra y del gigante Xelhua, quien, después de que las aguas se apartaron
fue a Cholollan, donde comenzó a construir la gran pirámide de adobe,
hechos en Tlalmanalco en la base de la montaña Cocotl y los llevó al
sitio de la pirámide por su propia mano. Una línea de hombres de punta
a punta pasaron los ladrillos de mano a mano. Los dioses, viendo que
la pirámide amenazaba con tocar el cielo se molestaron e hicieron que
lloviera lluvia del cielo, destruyendo a muchos y dispersando al resto.
(5) Confusión de las Lenguas
Teocipactli y Xochiquetzal, el hombre y la mujer salvados
del diluvio de acuerdo con los aztecas, encallaron en la montaña de
Culhuacán. Tuvieron muchos hijos, pero todos eran tontos hasta que una
paloma de las ramas de un árbol les enseñó a hablar. Sus lenguas, sin
embargo, eran tan diversas que no se pudieron entender los unos con
los otros.
2.
Tradiciones “Cristianas”
En la historia de las naciones del México antiguo, la
venida de Quetzalcóatl marcó el inicio de una era distinta. Se suponía
que vino del oriente, un hombre blanco, alto, ojos grandes, cabello
largo, barbado y vestido en una túnica. Casto, inteligente y justo,
un amante de la paz, versado en las ciencias y las artes, predicó con
su ejemplo y doctrina una nueva religión que inculcaba ayuno y penitencia,
amor y reverencia a la Divinidad, la práctica de las virtudes y el odio
al vicio. Predijo que con el curso del tiempo hombres blancos
y barbados, como él mismo, vendrían del oriente, tomarían posesión
de su país, destruirían sus ídolos y establecerían una nueva religión.
Expulsado de Tula, buscó refugio en Cholula, pero, siendo perseguido
por los toltecas aún allí, se fue a Yucatán, donde, bajo el nombre de
Kukulkan, repitió las predicciones que había hecho en el Anáhuac, introdujo
la veneración a la Cruz y predicó una doctrina muy similar a la cristiana.
Después se embarcó en el Golfo de México, navegando hacia el este, a
su propia tierra, como él mismo había dicho. Los escritores coloniales
opinaban que esta persona era el Apóstol Santo Tomás, lo cual es actualmente
rechazado universalmente, y la explicación más plausible de la identidad
de Quetzalcóatl es la de un sacerdote misionero entre los vikingos del
siglo X u XI, quien, en uno de sus intrépidos viajes de aventura, accidentalmente
descubrió esta nueva tierra o, encalló en el Golfo.
En Yucatán, los seguidores de Francisco Hernández de
Córdoba encontraron cruces las cuales eran objeto de adoración. Con
respecto a la Cruz de Cozumel, los indígenas decían que un hombre más
resplandeciente que el sol había muerto sobre ella. Los mayas tenían
un rito similar al bautismo y a la confesión y entre los totonacos se
practicaba algo similar a la comunión llamado Toyolliaitlacual, i.e.
comida para nuestras almas. También se encontraron cruces en Querétaro,
Tepic, Tianguistepec y Metztitlan.
El arqueólogo Orozco y Berra decía, con respecto a la
Cruz de Palenque: “la civilización indicada por las ruinas de
Palenque y de Yucatán, difiere en todos los aspectos, lenguaje, escritura,
arquitectura, vestido, costumbres, hábitos y teogonía de los aztecas.
Si hay algunos puntos similares, éstos se encuentran en la época de
Kukulkán, cuando hubo algunos intercambios entre las naciones. También
hay prueba histórica de que la Cruz de Palenque es de origen mucho más
antiguo que la de los toltecas. De esto se puede inferir que la Cruz
de Palenque no debe su origen a la misma fuente que las cruces de México
y Cozumel, es decir, a la venida de Kukulkán o Quetzalcóatl y, consecuentemente
no tiene significado cristiano como éstas lo tienen. Parece ser de origen
budista.” Entre los zapotecas y los mixes de Oaxaca también hay
otra tradición acerca de Pecocha, quien vino del oeste, encallando en
Huatulco aproximadamente en el S. VI. Se dice que plantó una cruz allí
y que enseñó a los indios la veneración que debían tener por este símbolo.
Esta cruz aún se conserva en la catedral de Oaxaca, su autenticidad
se basa en la más respetable tradición y en documentos que tienen peso
tanto legal como canónico.
No estaría fuera de lugar mencionar aquí las canciones
y profecías que existieron entre los indígenas antes de la llegada de
los españoles. Quetzalcóatl había predicho la venida de una raza extranjera
y cuando los españoles llegaron los nativos los recibieron como los
largamente esperados mensajeros cuya venida les había sido predicha.
En Yucatán, mucho antes de la venida de los españoles, el poeta Patzin-Yaxun-Chan
había dicho a la gente: “¡Oh, itzalanos! Desprecien a sus dioses,
olvídenlos porque son finitos, adoren al Dios de Verdad, quien es omnipotente,
y creador de todas las cosas.” El sumo sacerdote de Tixca-cayon,
Cauch dijo: “Vendrá una señal del dios que viene de lo alto y
la cruz que iluminó al mundo será manifiesta; la adoración a los falsos
dioses cesará. Vuestro padre viene, ¡oh itzalanos! Vuestro hermano viene,
¡o itzalanos! Reciban a sus barbados huéspedes de Oriente, quienes vienen
a traer el signo de Dios. Dios es quien viene a nosotros, humilde y
santo.”
Se sabe que Nezahualcóyotl, el rey de Texcoco y primo
del emperador azteca, creía en un solo Dios, en lugar de los muchos
dioses que tenía su religión.
B.
Período Colonial
(1) Conquistadores y Conquistados
Con la captura de Cuauhtémoc el 13 de agosto de 1521,
el imperio Azteca llegó a su fin y con él la civilización nahua.
En
el año Ce-Acatl (Uno Caña), año en el que el legendario Quetzalcóatl
prometió regresar, 1519 y en la gran Tenochtitlán , capital del Imperio
Azteca, reinaba Moctezuma II y a su alrededor hay un mar de inquietud.
Funestos presagios habían ocurrido y sólo podían simbolizar una cosa:
El regreso de Quetzalcóatl.
Primero
fue una espiga o llama de fuego que cruzó el cielo y ahí estaba, toda
la noche asiendo temblar a Tenochtitlán. Es segundo y funesto presagio
fue el incendio del templo de Huitzilopochtli. Después, el tercero,
cuando no llovía y no estaba nublado el cielo, le cayó un rayo al templo
de Xiutecuhtli quemándolo por completo. Cuarto presagio: Cuando había
aún sol , cayó un fuego, larga era su cola. El quinto presagio, una
torre de agua que fue y acabo con varias casas inundándolo todo. El
sexto presagio fue aquella mujer que iba gritando en las noches "Hijos
míos tenemos que irnos lejos, ¿A dónde llevaré a mis hijos?". Y
el último y más funesto y aterrador: Unos pescadores capturan en la
laguna Mexicana un asombroso pájaro con cabeza de espejo que se apresuran
a mostrar al emperador. En ese terrible espejo, Moctezuma ve reflejados
(magnificados por su terror) a los hombres barbados que se aprestan
a demoler el vasto imperio Mexicano, montados en una especie de venados.
Moctezuma
era considerado un dios en la tierra. Nadie lo podía tocar, quien osaba mirarlo
perdería los ojos, quien osaba hablarle sin que él lo deseara perdería la
lengua. Contaba con todo Chapultepec para bañarse 3 veces al día. Nunca se
ponía una misma capa 2 veces, pues estaba hilada con hilo de oro y plata y
tenía incrustaciones de piedras preciosas y se deshilaba. Contaba con 2000
esposas, 300 platillos eran preparados diariamente para él, de los cuales
solo escogía uno. Los tamemes siempre lo cargaban en la calle, e incluso algunos
le ponían una alfombra de flores a su paso. En su imponente palacio contaba
con zoológico particular, donde no sólo tenía animales, si no también hombres
con deformidades.
Tras el
descubrimiento de Yucatán por Hernández de
Córdoba, en 1517 y del que ya hablamos, el gobernador de
Cuba Diego Velásquez solicitó el título de adelantado y gobernador de
las tierras descubiertas y preparó otra nueva expedición de descubrimiento
y rescate bajo el mando de Juan de Grijalva.
Partió de Matanzas en 1518 y repitió la travesía anterior, pero Grijalva
continuó descubriendo a partir de Champotón por el seno mexicano hasta
la desembocadura del río Tuxpan. Desde allí, regresó a Cuba con abundantes
rescates de oro (más de 20.000 pesos después de separado el quinto real)
y noticias de que la nueva tierra pertenecía a un poderoso y rico señor
que vivía en el interior.
Velázquez
organizó otro viaje de descubrimiento y rescate, que puso al mando de
Hernán Cortés, ahijado, compadre y antiguo secretario suyo. Cortés había
participado en la colonización de Santo Domingo y en la conquista de
Cuba. Su armada, compuesta de 11 navíos y unos 550 soldados, partió
de Cuba el 10 de febrero de 1519. Se dirigió a la isla de Cozumel, donde
encontró un español llamado Jerónimo de Aguilar, que llevaba ocho años
viviendo entre los indios (era un antiguo poblador de Castilla del Oro,
que había naufragado allí). Durante ese tiempo había aprendido la lengua
maya, por lo que se convirtió en un eficacísimo colaborador de Cortés.
El capitán español prosiguió por la costa de Yucatán hasta Tabasco,
donde recaló para hacer aguada y recoger algunos alimentos. Los indios
se los dieron de mala gana y le pidieron irse. Cortés ordenó desembarcar
y plantarles batalla. Tras la victoria, lograda gracias al espanto que
produjeron los caballos, vino la paz, que los indios hicieron, según
su costumbre, entregando 20 mujeres a los antiguos enemigos. Entre ellas
estaba una joven mexica a la que se bautizó como Marina. Fue la amante
de Cortés y otra fiel auxiliar suya, pues sabía náhuatl y maya, el idioma
que conocía Aguilar.
Los españoles
continuaron hacia el norte desde Tabasco y arribaron a San Juan de Ulúa,
donde unos indios subieron a bordo y preguntaron por el tlatoani o señor.
Llevados a presencia de Cortés, le dijeron que su señor Moctezuma les
mandaba preguntar quiénes eran y qué deseaban. El Capitán contestó que
venía a hacer rescates. Al día siguiente recibió unos regalos de piezas
de oro, ropa fina y adornos de plumería. Cortés aceptó naturalmente
el presente, les dio a cambio algunas baratijas (cuentas de vidrio,
una silla y una gorra) y les dijo que deseaba ver a su rey. La entrevista
terminó con una exhibición de los caballos corriendo por la playa y
con disparos de la artillería. Lo que más impresionó a los aztecas fue,
sin embargo, el casco de un soldado, que les recordaba el que tenía
su dios de la guerra: Huitzilopochtli. Cortés lo regaló y les dijo que
lo trajeran lleno de pepitas de oro.
Los embajadores
aztecas regresaron con muchos regalos y pidiéndole a los españoles que
se regresaran a su tierra, pero Cortés ya decidido a quedarse, instó
a sus soldados más fieles a desobedecer la orden de Velásquez y decidieron
quedarse a poblar aquel lugar, nombrando a Cortés Capitán General y
Justicia Mayor y fundando el 10 de julio de 1519 en ese lugar la Villa
Rica de la Vera Cruz, eligiendo cabildo de inmediato; de ese modo, Cortés
quedó como rebelde ante Velásquez.
Desde Veracruz,
Cortés pasó al puerto de Quiahuiztla y de allí a Cempoala, cuyo cacique
totonaca les recibió amistosamente y se quejó de los impuestos aztecas.
De vuelta al puerto hubo un incidente con los recaudadores aztecas,
que pedían explicaciones al Cacique por haber albergado a los españoles.
Cortés mandó apresar a los recaudadores y luego les puso en libertad,
con un mensaje para su Emperador diciéndole que deseaba ser su amigo.
Mandó luego reedificar Veracruz, destruyó los ídolos de Cempoala y preparó
la marcha al interior. Para no permitir deserciones, ordenó destruir
las naves. Sacaron a tierra todo lo que tenía algún valor y las pusieron
de través. Los cien marineros incrementaron la hueste conquistadora,
que se integró así con 400 infantes y 15 ó 16 jinetes. A ella se añadieron
1.300 indios totonacas y 7 piezas de artillería. En Veracruz quedaron
150 enfermos o inútiles, bajo el mando de Juan Gutiérrez de Escalante.
Los españoles partieron el 16 de agosto de 1519 con dirección a Tlaxcala,
por consejo del cacique de Cempoala, quien había asegurado a Cortés
que era un pueblo enemigo de los aztecas y con el que podría aliarse.
Al llegar allí fue recibido con hostilidad. Los españoles lograron detener
las cargas del enemigo y al fin entraron en la capital (Tizatlán) como
amigos. Después de descansar 20 días, y reforzados con miles de guerreros
tlaxcaltecas, prosiguieron hacia Cholula, la ciudad santa azteca, donde
Moctezuma tenía preparada una encerrona. Salieron con bien de ella después
de hacer una enorme matanza de naturales, y alcanzaron finalmente Tenochtitlán
el 8 de noviembre de 1519. Se trataba de una bellísima ciudad, en el
centro de unos lagos y unida a la tierra firme por tres calzadas. Entraron
en ella por la calzada de Iztapalapa, en la que se agolpaba la multitud
para verles.
Allí les
recibió Moctezuma, que venía en andas, rodeado de señores y con un ceremonial
espectacular. Los españoles estaban tan asombrados por lo que veían
que aquello les parecía, según dice Bernal Díaz del Castillo "las
cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís". El monarca
azteca les condujo al centro de la ciudad y les alojó en el antiguo
palacio de su padre Axayácatl. Al día siguiente, Cortés correspondió
visitando a Moctezuma e invitándole a abandonar sus dioses, lo que pareció
inexplicable al tlatoani, que pensaba que los españoles eran descendientes
de Quetzalcóatl, una divinidad de su pueblo. El cuarto día Cortés pidió
permiso para visitar la ciudad. Moctezuma le acompañó personalmente,
llevándole al gran templo, desde donde la divisó a vista de pájaro.
Cortés volvió a decir al Emperador que debía abandonar sus dioses y
Moctezuma comprendió al fin que los extranjeros eran sus enemigos. Disgustado,
mandó a Cortés regresar a su palacio, mientras él se quedaba allí desagraviando
a los dioses por haber llevado a los españoles al templo. Cortés había
destruido su propio mito. Consciente entonces de su debilidad, dio un
golpe audaz apoderándose por sorpresa de Moctezuma, a quien llevó preso
a su palacio.
Vino luego
el reparto del botín encontrado en el palacio de Axayácatl, que en opinión
de Bernal ascendía a unos 600.000 pesos. Poco después, Moctezuma enseñó
a Cortés unas escrituras (pictografías aztecas) que había recibido en
las que se decía que habían llegado a Ulúa otros españoles para prenderle
y matarle. Se trataba de una fuerza de 1.400 hombres, 80 jinetes y 10
ó 12 cañones que Velázquez había enviado en 19 naves bajo el mando de
Pánfilo de Narváez para someter al rebelde. Hernán Cortés comprendió
que no podía esperar la llegada de Narváez a Tenochtitlán, donde le
derrotaría con facilidad ayudado por los aztecas. También comprendió
que si se marchaba de la capital azteca no iba a poder volver a ella,
dadas sus condiciones defensivas. Decidió entonces partir al encuentro
de su enemigo con sólo 80 hombres y dejar en Tenochtitlán los 120 restantes
bajo el mando de Alvarado. En el camino hacia la costa fue enviando
regalos de oro a los recién llegados para convencerles de lo inútil
de pelear en una tierra tan rica, donde había para todos. El encuentro
fue un simple combate de una hora en el que apenas hubo bajas. Cortés
fue aclamado jefe de una poderosa fuerza armada, con la que pensó dominar
fácilmente a los aztecas.
Al regresar
a Tenochtitlán comprobó que las cosas habían empeorado. Los hombres
de Alvarado y los suyos quedaron sitiados por los guerreros enemigos
en el palacio de Axayácatl. Para aliviar la tensión, mandó a Moctezuma
que se asomase a una terraza y pidiese a su pueblo deponer las armas,
pero le contestaron que ya no era su tlatoani, sino su primo Cuitláhuac,
que había sido elegido por el tlalocan o consejo. Los naturales tiraron
piedras contra los españoles y una de ellas le dio a Moctezuma, que
murió a consecuencia de la herida el 29 ó 30 de junio de 1520. Recrudecidos
los combates, Cortés decidió evacuar la ciudad la noche del 30 de junio.
El capitán dispuso bien la operación, pero fue un desastre, porque los
indios atacaron a los invasores con canoas cuando éstos se encontraban
en la calzada saliendo de la capital. La vanguardia se salvó, pero el
centro del ejército y la retaguardia sucumbieron íntegramente. Perecieron
cerca de 800 españoles y 5.000 indios aliados, además de 40 caballos.
Tras abandonar
la ciudad, siguieron huyendo con dirección a Tlaxcala. En Otumba lograron
volverse contra sus perseguidores e infligirles una pequeña derrota,
que levantó algo la moral. Refugiado en Tlaxcala, preparó un plan de
conquista de Tenochtitlán. Buscó alianzas, disciplinó la tropa (prohibió
el juego) y mandó construir unos bergantines por piezas, que trasladó
luego a orillas del lago de Texcoco, donde los ensambló y botó (abril
de 1521). De esta forma pudo sitiar la capital azteca. Luego mandó cortar
el agua del acueducto de Chapultepec. Finalmente, el 30 de junio de
1521, dispuso un ataque general por las tres calzadas. Los aztecas resistieron
heroicamente hasta el 13 de agosto de aquel año, cuando la ciudad se
rindió a los españoles. Un bergantín capturó una canoa en la que huía
Cuauhtémoc, el monarca que había sucedido a Cuitláhuac. Fue llevado
a presencia de Cortés, quien le retuvo prácticamente preso, si bien
rodeado de consideraciones. Hernán Cortés emprendió de inmediato la
reconstrucción de Tenochtitlán para convertirla en la capital de la
Nueva España, territorio destinado a convertirse en el primer virreinato
de las Indias.
Si bien muchos de los conquistadores fueron
llevados por la avaricia por el oro, hubo muchos otros que vinieron
por una extraña mezcla de valor indomable, energía incansable, extravagancia,
lealtad española y espíritu religioso. Algunos de los que pelearon duramente
incluso se deshicieron de sus posesiones terrenales conquistadas y sus
partes del botín y abrazaron la vida religiosa, emergiendo posteriormente
como parte de los grupos misioneros con el mismo valor y energía incansable
que habían desplegado en el descubrimiento y conquista.
Con la caída de la gran Tenochtitlán, el primer periodo
puede considerarse cerrado. Fue seguido por muchas expediciones de descubrimiento
y conquista, finalizando la mayoría en la fundación de colonias. Alvarado
penetró hasta Guatemala; Cristóbal de Olid llegó hasta Honduras; los
Montejo lograron la conquista de Yucatán; el propio Cortés llegó hasta
Baja California. Nuño de Guzmán, conquistador de Michoacán (el reino
Tarasco) y fundador de la ciudad de Guadalajara, cuya carrera pudo haberse
distinguido de gloria, permitió que su cruel y avariciosa disposición
dominara todas sus acciones. Huyendo de México para evitar la tormenta
que su mal desempeño le ocasionaría, se encontró con Tangoaxan II, alias
Caltzontzin, el rey de Michoacán, lo apresó, robó sus riquezas,
torturó y finalmente asesinó. Siguiendo su camino, dejó una pista de
destrucción y sangre por todo el reino tarasco. El virtuoso Don Vasco
de Quiroga, primer obispo de Michoacán con dificultad logró borrar las
marcas de esta marcha sangrienta. Nuño penetró más allá de Sinaloa,
suprimiendo con mano de hierro el descontento entre su heterogénea tropa.
Regresando sobre sus pasos, fundó la ciudad de Guadalajara. En enemistad
con Cortés, desconocido por la Audiencia y el Virrey, maldecido por
sus víctimas, regresó a México donde fue capturado, hecho prisionero
y transportado a España, donde murió en la pobreza. Nuño fue sucedido
por el gentil y amable Cristóbal de Oñate. Al finalizar el siglo XVI
la conquista desde Guatemala hasta Nuevo México estaba prácticamente
completada.
En la Nueva España no hubo ningún Sayri Tupac o un Tupac
Amaru que se levantara en contra de los españoles como en Perú. Los
indígenas conquistados por Cortés y los comandantes que lo siguieron
permanecieron sumisos. Hubieron levantamientos ocasionales entre los
indios del norte, pero nunca lo suficientemente graves como para alterar
la paz en toda la colonia. Tampoco tuvo el gobierno necesidad de luchar
con cualquier deslealtad por parte de sus propios súbditos; los españoles
de la Nueva España nunca negaron la proverbial lealtad española. El
rey recibió de Cortés y aquéllos que le siguieron un inmenso imperio
casi autosuficiente. Todo lo que parecía requerirse era tomar posesión
de los nuevos territorios añadidos a la Corona; pero la situación no
estuvo libre de dificultades. Para la conquista un comandante militar
había sido suficiente; el nuevo imperio requeriría un gobernante. En
los métodos empleados para organizar este nuevo imperio, España ha sido
acusada de crueldad y en verdad que la hubo. La ejecución de Cuauhtémoc
y la horrible muerte de Tangoaxan II siempre serán una carga en la memoria
de Cortés y Nuño de Guzmán. La esclavitud a la cual fueron reducidos
los indígenas, su distribución entre las plantaciones, la indiferencia
de los conquistadores por la vida de los indígenas, a quienes veían
como seres irracionales, son manchas que difícilmente podrán ser borradas
de la historia de la conquista española en América. Pero el historiador
imparcial debe llamar la atención también a ciertos hechos y así permitir
al lector ver el asunto desde cada aspecto para formarse una correcta
opinión histórica.
Hubo innumerables decretos reales y leyes que exigían
tratamiento igual a los indios. La Bula de Pablo III del 17 de junio
de 1537 declaró que los indígenas tenían los mismos derechos que los
españoles y los proclamó capacitados de recibir la fe cristiana y sus
sacramentos, destruyendo así la perniciosa idea de que eran seres irracionales.
Se promulgaron severas leyes contra aquéllos que intentaran esclavizar
a los indígenas.
Desafortunadamente, a pesar de los esfuerzos y las leyes,
los indígenas no fueron protegidos como se debía. Existió el sistema
de encomiendas, el cual otorgaba a los españoles una patente sobre una
tierra y sus pobladores, convirtiéndolos prácticamente en esclavos.
Los más vehementes acusadores de el maltrato de los indígenas fueron
los misioneros, principalmente Fr. Bartolomé de las Casas, conocido
por los indígenas como Motolinía (q.v.), a quien parece que el gobierno
le dio libertad de expresión para decir todas sus opiniones.
(2) Evangelización y Conversión de los Indios
Entre las
filas de los españoles habían varios sacerdotes, pero poco se pudo hacer
durante el primer período de tormentas. Cuando la conquista fue consumada,
los franciscanos fueron los primeros en ofrecerse para el trabajo. Tres
franciscanos flamencos, entre los cuales se encontraba el famoso hermano
Pedro de Gante, pariente del emperador Carlos V, habían precedido a
los primeros doce franciscanos que tomaron formalmente posesión de las
misiones en 1524. Al arribo de éstos, todos unieron filas y, el superior,
Fr. Martín de Valencia, los nombró a varios lugares cercanos a la Cd.
de México, donde empezaron de inmediato, de la mejor forma que pudieron
a enseñar y a predicar. Al principio, especialmente entre los adultos,
poco se lograba, porque no conocían el lenguaje, así que enfocaron su
atención en los niños. Ahí su celo se vio premiado siendo los niños
más dóciles y menos imbuidos de la idolatría. Por grados fueron ganando
terreno y en poco tiempo los adultos ya pedían el bautismo, el número
se incrementó diariamente hasta que en pocos años la mayor parte de
los habitantes de la región ya habían recibido el bautismo. La aparición,
en 1531 de N. Sra. de Guadalupe al indio San Juan Diego Cuauhtlatoatzin
tuvo un gran efecto, incrementando las conversiones notablemente.
Gran parte
del conocimiento que tenemos sobre las culturas indígenas de la época
de la conquista se lo debemos a los misioneros. Aprendieron las lenguas,
escribieron diccionarios y recogieron información valiosa sobre el saber
y las formas de vida prehispánicas.
Numerosos
grupos de indígenas se resistieron a abandonar sus creencias, pero al
paso del tiempo el catolicismo se arraigó en la población india y mestiza.
A los rituales religiosos se incorporaron formas de celebración y de
culto, que tienen su origen en las tradiciones antiguas y que dieron
al catolicismo popular una personalidad propia.
La devoción
a algunos santos en particular, en especial al apóstol Santiago, debe
ser notada también. Su antiguo politeísmo les enseñó que el favor de
cada dios que poseyera ciertas prerrogativas debía ser buscado, lo cual
explica los muchos sacrificios propiciatorios y los nuevos converses
no entendieron al principio la posición relativa de los santos, ni la
distinción entre la adoración debida a Dios y la reverencia a los santos.
Oyendo a los españoles hablar constantemente del apóstol Santiago, se
convencieron de que era algún tipo de protector divino de los conquistadores,
para ser justamente temidos por sus enemigos, y que por lo tanto era
necesario conseguir su favor.
Entre algunos pueblos fue más fácil para los misioneros
su labor, puesto que se encontraban ya pacificados, principalmente las
grandes civilizaciones precolombinas; no así con las tribus del norte,
cuyo estado y sentir independiente fue una amenaza constante a las misiones.
El sistema que se adopto, que parece ser propuesto por el rey, fue el
de enviar expediciones armadas, acompañadas siempre por varios misioneros,
a tomar posesión del territorio y a establecer guarniciones y fuertes
para sostenerlo. Así pues, la cruz y la espada fueron juntas al principio,
pero los misioneros de los siglos XVII y XVIII, especialmente los jesuitas,
no estaban satisfechos con este método e intentaron la conversión de
estas tribus sin las armas. Dejaron los cuarteles fortificados de los
españoles para visitar y convertir otras tribus y algunas veces obtuvieron
la corona del martirio.
Así pues, se fue conformando la distribución del territorio
entre las diferentes órdenes religiosas y los jesuitas trabajaron principalmente
en lo que hoy es Durango, Chihuahua, Sinaloa, Sonora y Baja California
y los franciscanos en Tamaulipas, Nuevo León, Coahuila y Texas.
Cuando los jesuitas fueron expulsados de los territorios
españoles por Carlos III, muchas de sus misiones fueron abandonadas
y otras fueron tomadas por los misioneros del Colegio de Nuestra Señora
de Guadalupe en Zacatecas. Hacia el final del siglo XVIII, los franciscanos,
impulsaron un nuevo vigor a las misiones y se hicieron cargo de muchas
misiones en California. Enviaron muchos valiosos sucesores de los primeros
sucesores de los franciscanos, entre ellos el famoso Fr. Junípero Serra,
fundador de las misiones de la Alta California, de las cuales algunas
se convirtieron después en pueblos y luego en ciudades importantes,
como Los Ángeles, San Francisco y San Diego, ahora como parte de los
Estados Unidos.
(3) El Hecho Guadalupano
Un hecho mencionado anteriormente, que contribuyó notablemente
a la evangelización de los indígenas e incluso a la formación de la
identidad mexicana, fue la aparición de la Virgen de Guadalupe al indio
Juan Diego.
Juan Diego Cuauhtlatoatzin Nació en el año 1474; de nombre le pusieron Cuauhtlatoatzin
que quiere decir Águila que Habla; en su momento el lugar era conocido
como HUEHUECUAUHTITLAN que significa "Cuautitlán Antiguo."
A su vez Cuautitlán significa etimológicamente "Junto a la arboleda",
o, podría ser, "Junto a las águilas". Se casó con Malintzin.
Recibió el bautismo de manos de Fr. Toribio de Benavente “Motolinía”
en el año de 1524.
Habiendo ya quedado viudo, y viviendo con su tío Juan
Bernardino, Juan Diego asistía todos los días a la iglesia de Santiago
Tlatelolco a escuchar la doctrina cristiana.
En los primeros días de diciembre del año 1531, y yendo
el sábado por la mañana para llegar temprano a la catequesis, al pasar
por el cerro llamado Tepeyac, escuchó unos cantos de aves y sonidos
hermosísimos y una voz que le hablaba desde lo alto “Mi Juanito,
mi Juan Dieguito.” Siguiendo el sonido, decidió subir a la cumbre
del monte y descubrió allí a una hermosa doncella “Y cuando llegó a su adorable presencia, mucho
se sorprendió por la manera que, sobre toda ponderación, destacaba su
maravillosa majestad: sus vestiduras resplandecían como el sol, como
que reverberaban, y la piedra, el risco en que estaba de pie, como que
lanzaba flechas de luz; su excelsa aureola semejaba al jade más precioso,
a una joya, la tierra como que bullía de resplandores, cual el arco
iris en la niebla. Y los mezquites y nopales, y las otras varias hierbezuelas
que ahí se dan, parecían esmeraldas. Cual la más fina turquesa su follaje,
y sus troncos, espinas y ahuates deslumbraban como el oro.”
Al verla, notó que no era una mujer común y se postró
ante ella y ella le dijo “Escucha bien, hijito mío el más pequeño,
mi Juanito, ¿a dónde te diriges?” Y él le contestó: “Mi
señora, mi reina, mi muchachita, allá llegaré a tu casita de México
Tlatelolco. Voy en pos de las cosas de Dios que se dignan darnos, enseñarnos,
quienes son imágenes del Señor, nuestro Dueño, nuestros sacerdotes”
Entonces,
la señora le dijo su voluntad: “Ten la bondad de enterarte, por
favor pon en tu corazón, hijito mío el más amado, que yo soy la perfecta
siempre Virgen Santa María, y tengo el privilegio de ser Madre del verdaderísimo
Dios, de Ipalnemohuani, (Aquel por quien se vive), de Teyocoyani
(del Creador de las personas), de Tloque Nahuaque (del Dueño
del estar junto a todo y del abarcarlo todo), de Ilhuicahua Tlaltipaque
(del Señor del Cielo y de la Tierra). Mucho quiero, ardo en deseos
de que aquí tengan la bondad de construirme mi templecito, para allí
mostrárselo a Ustedes, engrandecerlo, entregárselo a Él, a Él que es
todo mi amor, a Él que es mi mirada compasiva, a Él que es mi auxilio,
a Él que es mi salvación. Porque en verdad yo me honro en ser madre
compasiva de todos Ustedes, tuya y de todas las gentes que aquí en esta
tierra están en uno, y de los demás variados linajes de hombres, mis
amadores, los que a mí clamen, los que me busquen, los que me honren
confiando en mi intercesión. Porque allí estaré siempre dispuesta a
escuchar su llanto, su tristeza, para purificar, para curar todas sus
diferentes miserias, sus penas, sus dolores. Y para realizar con toda
certeza lo que pretende Él, mi mirada misericordiosa, ojalá aceptes
ir a al palacio del Obispo de México, y le narres cómo nada menos que
yo te envío de embajador para que le manifiestes cuan grande y ardiente
deseo tengo de que aquí me provea de una casa, de que me levante en
el llano mi templo. Absolutamente todo, con todos sus detalles, le contarás:
cuanto has visto y admirado, y lo que has oído. Y quédate seguro de
que mucho te lo voy a agradecer y a pagártelo, pues te enriqueceré,
te glorificaré, y mucho merecerás con esto que yo recompense tu cansancio,
tu molestia de ir a ejecutar la embajada que te confiero. Ya has oído,
hijo mío el más amado, mi aliento, mi palabra: ¡Ojalá aceptes ir y tengas
la bondad de poner todo tu esfuerzo!”
Juan
Diego inmediatamente le aseguró a la Virgen que cumpliría con su encargo
y se dirigió a ver al recién llegado primero obispo de México, Fr. Juan
de Zumárraga y después de un rato lo recibió éste, pero luego de oír
su relato, no le creyó y le pidió que regresara en otra ocasión. Abatido
regresó al cerro donde le comunicó a la Virgen de su fracaso y le pidió
que “ojalá a alguno de los
ilustres nobles, que sea conocido, respetado, honrado, a él le concedas
que se haga cargo de tu venerable aliento, de tu preciosa palabra para
que sea creído. Porque yo en verdad no valgo nada, soy mecapal, soy
cacaxtle, soy cola, soy ala, sometido a hombros y a cargo ajeno, no
es mi paradero ni mi paso allá donde te dignas enviarme, Virgencita
mía, hijita mía la más amada, Señora, Reina...”
Sin embargo, la Virgen insistió que debía ser él, Juan
Diego, el indiecito insignificante el que era el elegido por ella para
llevar el mensaje al Obispo y le pidió y le ordenó que volviera con
el obispo al siguiente día, a lo que Juan Diego no se opuso y le prometió
volver.
Al siguiente día, el domingo, Juan Diego, luego de asistir
a Misa, pidió audiencia con el Obispo, y postrándose le volvió a repetir
la petición de la Señora del Cielo de que le construyeran su templo.
Fr. Juan le dijo entonces que si era en realidad la Madre del Verdadero
Dios por Quien se Vive, entonces, Juan Diego le debía pedir una señal
para asegurarse de ello. Juan Diego le prometió que la intentaría conseguir
y se retiró; pero el obispo envió a algunos colaboradores para que lo
siguieran a ver con quien hablaba o qué hacía, pero cuando lo iban siguiendo
desapareció, por lo que éstos molestos le dijeron al obispo que todo
eran invenciones del indígena y que no lo debía volver a recibir.
Mientras tanto, Juan Diego regresó con la Señora explicándole
que el obispo le había pedido una señal y entonces Ella se la prometió,
pidiéndole que regresara al siguiente día para darle la señal.
Mas al siguiente
día, Juan Diego no se presentó a la cita porque su tío Juan Bernardino
se hallaba muy enfermo y estuvo todo el día buscando un médico; al no
encontrarlo y viendo que ya estaba en las últimas, el tío le pidió “le hiciera
el favor de ir a Tlatelolco a llamar a algún sacerdote para que viniera,
para que se dignara confesarlo, se sirviera disponerlo, porque estaba
del todo seguro que ya era el ahora, ya era el aquí para morir, que
ya no habría de levantarse, que ya no sanaría.”
Juan Diego muy de madrugada salió a Tlatelolco, pero
al llegar al Tepeyac, decidió darle la vuelta por el otro lado porque
pensó que era de extrema urgencia conseguir al sacerdote y si se entretenía
con la Señora, su tío moriría sin confesión. La Virgen, sin embargo,
se le apareció entonces por donde dio la vuelta y le preguntó que a
donde iba. Juan Diego le pidió disculpas y le dijo que su tío estaba
muy grave y que debía ir a buscar al sacerdote para que lo oyera en
confesión porque se iba a morir.
La Sma.
Virgen entonces le dijo su palabra de aliento: “Por favor presta
atención a esto, ojalá que quede muy grabado en tu corazón, hijo mío
el más querido: No es nada lo que te espantó, te afligió, que no se
altere tu rostro, tu corazón. Por favor no temas esta enfermedad, ni
en ningún modo a enfermedad otra alguna o dolor entristecedor. ¿Acaso
no estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu madre? ¿Acaso no estás
bajo mi sombra, bajo mi amparo? ¿Acaso no soy yo la fuente de tu alegría?
¿Qué no estás en mi regazo, en el cruce de mis brazos? ¿Por ventura
aun tienes necesidad de cosa otra alguna? Por favor, que ya ninguna
otra cosa te angustie, te perturbe, ojalá que no te angustie la enfermedad
de tu honorable tío, de ninguna manera morirá ahora por ella. Te doy
la plena seguridad de que ya sanó.”
Ya tranquilo
por su tío, Juan Diego se puso a las órdenes de la Señora y Ésta le
dijo que subiera al cerro y recogiera las flores que allí viera y se
las llevara a Ella. Se sorprendió Juan Diego de encontrar una gran variedad
de flores en un lugar semidesértico y helado, sin embargo las recogió
y las colocó en su tilma (que es una especie de manto) y se las llevó
de regreso a la Virgen, quien las tocó, las bendijo y las volvió a poner
en la tilma. Le dijo que esas flores eran la señal para el obispo y
que solo a él debía mostrárselas.
Al llegar
al palacio episcopal, los trabajadores no lo querían dejar pasar, pero
tanto insistió y viendo ellos que llevaba flores extraordinarias en
su tilma, por fin decidieron avisarle al obispo, quien al instante supo
que le llevaba la señal de la Señora del Cielo. Al entrar Juan Diego
a la presencia del obispo, aquél le contó su experiencia y le dijo que
le llevaba la señal pedida y a la hora de desplegar la tilma para enseñarle
las flores se apareció en la tilma la imagen de la siempre Virgen María,
tal como la había visto Juan Diego.
El obispo
retiró la tilma de Juan Diego y la colocó de manera provisional en su
oratorio, posteriormente en la Catedral y finalmente en el templo que
había pedido la Virgen.
Este hecho,
como ya quedó asentado, ayudó de manera notable a la conversión de muchos
indígenas y al mismo tiempo, fue el primer gran paso que fue dado para
lograr la unidad de todos los mexicanos sin distinción de razas ni de
clases sociales, siendo el germen del nacionalismo mexicano, a tal grado
que en la lucha por la independencia del país, el estandarte de los
mexicanos era precisamente la imagen de la Virgen de Guadalupe. N. Sra.
de Guadalupe fue nombrada después por varios Papas, sucesivamente patrona
de la Nueva España y de las Filipinas, patrona de México, Reina de México
y Emperatriz de América y desde 1999 patrona de toda América con solemnidad
especial.
(4) Instrucción Pública durante el Período Colonial.
Cuando el
primer grupo de doce franciscanos llegó a Tlaxcala en 1524, encontraron
allí al padre Tecto, quien había llegado dos años antes. Viendo que
él y sus compañeros no habían hecho mucho progreso en la conversión
de los nativos, Fr. Martín de Valencia le preguntó la razón y qué habían
hecho durante todo el tiempo que llevaban en la colonia: “Aprendiendo
una teología desconocida para Sn. Agustín, el idioma de estos indios,”
contestó el padre Tecto. Una vez establecidos, los misioneros se dedicaron
a construir escuelas u conventos a los cuales siempre iba adosada una
escuela. En los grandes patios de los conventos el catecismo era enseñado
temprano en la mañana a los niños y adultos de los macehuales (trabajadores
o plebeyos), de modo que después se pudieran ir a trabajar. La escuela
estaba reservada para los hijos de los nobles y personas prominentes.
Como los indígenas no le veían utilidad a esta escuela al principio,
no asistían con regularidad y los misioneros pidieron ayuda a las autoridades
civiles para que exigieran que los padres enviaran a sus hijos a estudiar.
Muchos de los antiguos nobles, no deseando confiar sus niños a los nuevos
apóstoles, pero temerosos de desobedecer, enviaban como sustitutos de
sus niños a los de algunos de sus antiguos vasallos como si fueran los
propios, pero viendo pronto las ventajas de la educación impartida por
los frailes, enviaron pronto a los propios, insistiendo en que fueran
admitidos en las escuelas. Algunas de estas escuelas eran tan grandes
que tenían capacidad hasta para 1000 niños. Los alumnos mayores y más
avanzados enseñaban a los trabajadores, quienes venían en gran número
en sus horas libres para ser instruidos.
Al principio, cuando los misioneros no estaban bien adaptados
al lenguaje, enseñaban por medio de imagines, y los indígenas, acostumbrados
a sus propias figuras jeroglíficas, entendían bien. Al hacer copias,
los indígenas insertaban palabras aztecas escritas en caracteres europeos,
originando una curiosa escritura mezclada de la cual aún existen algunos
ejemplos. Tan pronto como los misioneros dominaron el lenguaje, pusieron
su atención especialmente en los niños de los nobles, porque los hijos
de la clase trabajadora, de acuerdo con la costumbre de la época, no
podían formar parte de la regla y tan pronto como su instrucción era
completa, eran libres para regresar a ayudar a sus padres. No se observaron
las mismas reglas con las niñas, entre las cuales no se hacía distinción,
siendo enseñadas todas juntas, primero en los patios y luego en las
casas construidas para ello. El Obispo Zumárraga fundó ocho o nueve
escuelas para niñas en su diócesis, y a su solicitud urgente, la emperatriz
envió seis maestras y, en 1534 el mismo trajo seis más. Después, el
primer virrey, D. Antonio de Mendoza, fundó un asilo para niñas de clase
media, el cual al principio estuvo amenazado por la falta de fondos,
pero el rey lo tomó bajo su protección y ordenó que todo aquel que deseara
casarse con las niñas debía ser dado con un empleo.
Cuando los misioneros arribaron en 1524, no encontraron
ni un indio que supiera leer; nada había sido hecho al respecto por
el ejercito de la conquista. Veinte años después, en 1544, Fr. Juan
de Zumárraga pidio tener el catecismo de Fr. Pedro de Córdoba traducido
al náhuatl, lo cual fue finalmente hecho, lo cual él creía que sería
muy beneficioso porque, como él dijo “hay muchos que saben leer.”
Los escritores contemporáneos testifican el rápido progreso de los indígenas
en escritura, música y latín.
Uno de los que más se distinguió en la enseñanza de los
indios fue el hermano laico Pedro de Gante, pariente del emperador Carlos
V. Juntó a cerca de mil niños en el convento de Sn. Francisco de México
y les enseñó, además de religión, música, canto y latín. También inició
una escuela para adultos y fundó una escuela de artes y oficios. Sin
otro recurso que su energía incansable, lleno de su ardiente caridad,
levantó desde los cimientos y sostuvo por muchos años una magnífica
iglesia, un hospital y un gran establecimiento que era a la vez escuela
primaria, colegio de estudios superiores y academia de bellas artes
y oficios – en pocas palabras, un centro de civilización.
Los misioneros no temieron unir el aprendizaje secular
con la instrucción religiosa y, teniendo en mente el gusto de los indígenas
por las frecuentes solemnidades de sacrificio, introdujeron los dramas
religiosos. Las crónicas antiguas han mantenido cuenta excelente de
la habilidad desarrollada por los indígenas actuando en estos dramas.
El Obispo Zumárraga, quien siempre aspiró a mejores condiciones
para los indígenas, consiguió abrir para ellos, el famoso colegio de
la Santa Cruz de Tlatelolco el 6 de enero de 1534. Esta fundación comenzó
con sesenta estudiantes, incrementándose rápidamente este número. Además
de religión y buenas maneras, se les enseñó a leer, escribir, gramática
latina, retórica, filosofía, música y medicina mexicana. El colegio
de Tlatelolco preparó gobernadores y alcaldes nativos para los pueblos
indígenas, maestros para los indígenas y a veces para los jóvenes españoles
y criollos. Algunos de ellos fueron de gran ayuda para los misioneros
en su trabajo filológico. Hacia 1553 había en México tres colegios principales:
el de Tlatelolco para los indígenas, el de San Juan de Letrán para los
mestizos, ambos bajo el cuidado de los franciscanos y el último para
los españoles peninsulares y criollos que no deseaban mezclarse con
los otros. Este último estuvo al cuidado de maestros con grados de bachiller
españoles, hasta que los agustinos formaron su gran colegio de San Pablo,
en 1575. Poco después los jesuitas fundaron el colegio de San Ildefonso
en México con la misma idea. Sin embargo, para los estudios superiores,
los estudiantes debían ir a las universidades de España, porque las
escuelas en México no concedían los grados universitarios. Para remediar
esta situación, las autoridades coloniales determinaron establecer una
universidad local.
La Universidad de México.- Dn.
Antonio de Mendoza, primer virrey de la Nueva España (1535-50), pidió
al emperador Carlos V el establecimiento de una universidad adecuadamente
dotada. La petición, secundada por la ciudad, los prelados y las órdenes
religiosas fue recibida favorablemente y, a pesar de que el proyecto
no se llevó a cabo sino hasta que Dn. Antonio de Mendoza se hubo retirado
del gobierno de la Nueva España en 1550 para tomar el gobierno del de
Perú, el crédito de haber empezado el trabajo es de él. La universidad
fue fundada durante el período de su sucesor, Luis de Velasco, padre
(1150-64). El decreto de fundación, firmado por el futuro rey Felipe
II, fue ratificado por el emperador en Toro el 21 de agosto de 1551
y la universidad abrió sus puertas el 3 de junio de 1553. Se le concedió
una renta anual de mil pesos oro de las minas y todas las facultades
y privilegios de la Universidad de Salamanca. De este modo, antes que
las grandes universidades incluso de los Estados Unidos, quedaba fundada
la primera universidad de América.
Las primeras cátedras fundadas, con sus respectivos profesores
fueron las siguientes: Teología, Fr. Pedro de la Peña, dominico y después
obispo de Quito, cuyo sucesor en la cátedra fue el ilustre Juan Negrete,
profesor de la Universidad de París; Sagradas Escrituras, Fr. Alonso
de la Veracruz; Derecho Canónico, Dr. Morones, fiscal de la Audiencia;
Derecho Civil, Dr. Melgarejo; Instituciones y Leyes, Lic. Frías de Albornoz;
Artes, Canónigo Juan García; Retórica, Dr. Cervantes Salazar; Gramática,
Blas de Bustamante. Algunos años después se añadieron las cátedras de
Medicina y de Lenguas Indígenas. Al principio solo había una cátedra
de medicina, pero acercándose el final del siglo XVI se introdujo la
división conocida como prima y vísperas, incluyendo la
primera anatomía y fisiología y la segunda, patología y terapéutica.
Se le confirió a la nueva universidad el título de Real
y Pontificia y todos los doctores en México, incluyendo al Arzobispo
Montúfar estaban adscritos a ella. Las cátedras estaban divididas en
temporales y perpetuas; las primeras eran por cuatro años y estaban
sujetas a competencia, las segundas solo terminaban por muerte o renuncia
del titular. Cuando una cátedra era ganada por oposición, el receptor
pagaba una cuota, juraba desempeñar bien sus deberes y prometía no tomar
parte en bailes, teatros o demostraciones públicas. De acuerdo con las
instrucciones dejadas por el Duque de Linares a su sucesor, el Marqués
de Valero, la elección de los candidatos a catedráticos era votada por
el oidor principal representando a ala Audiencia, el decano de la catedral
representando a la Iglesia, un oficial de la Inquisición, el decano
y el rector de la Universidad, el magíster scholarum y el Arzobispo,
quien presidía y en cuya casa se llevaba a cabo la votación. Tanto énfasis
se ponía en el estudio de las lenguas indígenas que en las instrucciones
privadas que trajo el Marqués de las Amarillas de Madrid se le pedía
considerar el hecho de añadir a los estatutos de la universidad una
cláusula que restringiera el grado en Teología solo a los que conocieran
el lenguaje mexicano, y fijando una hora especial para su estudio por
los estudiantes de filosofía, ya fuera antes o durante su estudio de
los clásicos.
En las famosas instrucciones que el Segundo Conde de
Revillagigedo dejó a su sucesor el Marqués de Branciforte, encontramos
que, por decreto real del 11 de junio de 1792, todos los miembros de
la universidad estaban obligados a obtener el permiso del virrey para
casarse. El virrey, quien era el vice-patrono de la universidad, debía
nombrar al rector en caso de que la elección no diera pluralidad decisiva
a un candidato. Hacia finales del S. XVIII se introdujo un curso de
botánica. El virrey Conde de Revillagigedo, declaró que se necesitaban
reformas en los métodos de estudio y en la manera de conferir los grados,
que se le dedicaba poca atención a los clásicos, que no había aparatos
para el estudio de la física experimental moderna y que habían muy pocas
obras nuevas en la biblioteca. Sabemos, sin embargo, que Dn. Manuel
Ignacio Beye de Cisneros, quien fue rector en 1760, construyó la biblioteca
y redactó un reglamento para su uso, el cual fue confirmado por el rey
en 1761. Contenía más de 10,000 volúmenes, muchos de ellos raros y muy
valiosos, especialmente concernientes a la historia de México y que
estaba abierta al público en la mañana y en la tarde, estando en cargo
dos bibliotecarios con el grado de doctor.
Al principio la universidad estuvo gobernada por estatutos
provisionales redactados por el virrey y la Audiencia, siendo modificación
de los de Salamanca ajustados a las circunstancias del país. El oidor
Farfán los enmendó en 1580 y, en 1583 fueron nuevamente revisados por
el Arzobispo Moya de Contreras. En 1645, Dn. Juan de Palafox, nombrado
visitador, redactó nuevos estatutos, los cuales, aprobados por el rey,
sobreseyeron todos los anteriores. Sin embargo, en las instrucciones
dejadas por el virrey Dn. Antonio Sebastián de Toledo, Marqués de Mancera,
a su sucesor, Dn. Pedro Nuño de Colón, Duque de Veragua, del 22 de octubre
de 1673, encontramos lo siguiente: “La real Universidad de México,
si bien ricamente dotada con brillantes y sabios maestros en todas las
ramas, fue grandemente dañada por la multiplicidad de estatutos con
la que ha sido gobernada. Fui informado que el virrey Dn. Juan de Palafox
superó esta dificultad haciendo nuevos estatutos, y que estos fueron
suspendidos por alguna persona maliciosa interesada en continuar el
desorden. He tomado las providencias necesarias para descubrir el hecho
y sacarlo a la luz, junto con el decreto real de 1649, confirmándolos.
Estos fueron puestos ante la universidad el 26 de septiembre de 1668
y aceptados sin ninguna dificultad y desde entonces han sido observados
con notorio beneficio para las escuelas, asegurando la aprobación de
su majestad (decreto del 17 de enero de 1671) y ayudando a los virreyes
que frecuentemente tenían dudas y disputas difíciles de solucionar.”
En 1778
fue abierta la Real Escuela de Cirugía y en 1792 el Real Colegio de
Minería. Dos años más tarde fue establecida la Academia de San Carlos,
para el estudio de las Bellas Artes.
Al sobrevenir
la época independiente, se suprimió el título de Real, ya que el rey
de España dejó de tener soberanía en el país. Se le llamó entonces Universidad
Nacional y Pontificia, para después quedar sólo con el nombre de Universidad
de México.
Fue cerrada
en los años de 1833, 1857, 1861 y 1865. No fue bien vista por los liberales,
que la hacían ejemplo del retroceso. El emperador Maximiliano la reabrió
para luego clausurarla. Existían establecimientos para el estudio de
la medicina, la ingeniería, la teneduría de libros, la arquitectura
y la jurisprudencia, a los que se sumó más adelante la Escuela de Agricultura.
En 1867
el doctor Gabino Barreda estableció la Escuela Nacional Preparatoria,
cuyo plan de estudios estaba completamente inspirado en el pensamiento
de Augusto Comte. Su puesta en marcha extinguió los restos de educación
colonial que habían sobrevivido hasta el siglo XIX.
En el mes de abril de 1910, Justo Sierra presentó, primero, la Ley Constitutiva
de la Escuela Nacional de Altos Estudios, que formaría parte de la Universidad;
después, el día 26 del mismo mes, el proyecto para la fundación de la
Universidad Nacional.
La nueva
institución estaría constituida por las escuelas Nacional Preparatoria,
de Jurisprudencia, de Medicina, de Ingenieros, de Bellas Artes --en
lo concerniente a la enseñanza de la arquitectura-- y de Altos Estudios.
Por fin, después de aprobado el proyecto, el 22 de septiembre tuvo lugar
la inauguración solemne de la Universidad Nacional de México. Fueron
"madrinas" de la nueva universidad mexicana las de Salamanca,
París y Berkeley.
El primer
rector de la institución fue Joaquín Eguía
y Lis. A partir de esa fecha, se convirtieron en universitarios
los profesores y estudiantes de las escuelas nacionales ya existentes.
La apertura de la Universidad Nacional fue recibida con repudio por
la vieja guardia del positivismo ortodoxo. Agustín Aragón y Horacio
Barreda, desde las páginas de la Revista Positiva, atacaron a Sierra
por atentar contra el progreso, porque la universidad era una institución
de la etapa metafísica del desarrollo humano, la cual ya estaba superada
en México. A la defensa de la universidad salió el joven Antonio Caso,
secretario de la Institución y presidente del Ateneo de la Juventud,
asociación que se distinguió por su oposición al positivismo. Posteriormente,
muchos de sus miembros destacaron por su colaboración con la Universidad
Nacional. La polémica entre Caso y Aragón permitió el análisis de los
argumentos de una y otra posiciones en torno a la educación superior.
Con la Revolución
siguió funcionando la Universidad, pero de manera muy irregular, estando
en la segunda década del siglo XX en algunos momentos militarizada.
En junio de 1929, obtuvo su autonomía académica y administrativa del
gobierno, situación que continúa hasta la fecha.
Por otro
lado, dado que la Universidad de México había dejado de lado su situación
pontificia y los estudios religiosos, surgió en la década de los setenta
una gran inquietud en el episcopado mexicano para revivir estos estudios,
surgió en 1982 la Universidad Pontificia de México, como institución
independiente del gobierno y sostenida por los católicos mexicanos.
(5) El Patronato Real y el Clero
No es posible
llegar muy lejos en la historia de la Nueva España, ya sea civil o eclesiástica,
sin tomar en cuenta el llamado patronato real de los monarcas españoles.
De hecho, es muy difícil concebir un sistema más absoluto de control
que el ejercido por los reyes de España, ya sea en persona o a través
del Consejo de Indias y los virreyes y gobernadores en los asuntos de
la Iglesia en las colonias. Una cuenta detallada de estos privilegios,
que eran generales a toda la América Española, será dada con ejemplos
de la aplicación práctica de la teoría del patronato en la colonia de
la Nueva España.
Por las provisiones de la Bula Papal “Universalis
Ecclesiæ regimini” del 4 de julio de 1508, ninguna iglesia, monasterio
o fundación religiosa podría ser erigida en el territorio ya descubierto
o por descubrir, sin el consentimiento del monarca español. También
confirió al rey de España el poder de nominar candidatos adecuados para
la metropolitana y otras sedes y para la que fuese erigida en el futuro.
La Bula también confería el derecho de presentar candidatos para todas
las abadías y prelaturas de los regulares y, para cualquier beneficio
eclesiástico, grande o pequeño.
Además de estos privilegios, el rey también tenía derecho
de designar los límites de todas las nuevas diócesis, de enviar religiosos
a las Indias, de determinar su estadía y su remoción de una provincia
a otra. Los establecimientos religiosos estaban bajo supervisión del
Consejo de Indias y, con el fin de que fuera ejercida con el debido
cuidado, se estableció la oficina del comisionado general, para la cual
trabajó tan duro el padre Mendieta. El provincial o custodio de los
regulares era nombrado por su general, pero se debía notificar al comisionado
general de España, quien se comunicaba con el Consejo de Indias y sin
cuya aprobación la nominación era suspendida.
Todos los decretos de supresión o creación de provincias,
fundación de nuevos conventos, envío de visitadores generales o provinciales,
viajes de los religiosos, nombramiento de presidentes de capítulos,
cualquier instrucción dada por los superiores no directamente conectada
con el gobierno ordinario de la orden, así como las patentes que revocaran
cualquier concesión previamente otorgada, debían ser presentadas al
Consejo de Indias. Incluso todas las Bulas y Breves de Roma, instrucciones
de generales y otros superiores religiosos, debían pasar por el Consejo
de Indias, sin cuyo sello no podía hacerse uso de ellas. Los registros
de concilios provinciales y sínodos en las colonias, sus constituciones
y decretos y los de los capítulos y asambleas de los regulares, no podían
ser publicados sin ser revisados por el Consejo. Los Breves de la Congregación
de Propaganda nombrando misioneros para las Indias no tenían validez
si no estaban acompañados del permiso del rey o del Consejo de Indias.
El procedimiento para formar una nueva misión, provincia
o seminario era el siguiente: La provincia o casa solicitante nombraba
un comisionado quien, personalmente o por medio de sus superiores hacía
su solicitud al virrey o al gobernador, a la Audiencia del lugar y al
obispo, todos los cuales estaban obligados a elaborar sus respectivos
reportes. El comisionado, llevando los necesarios permisos del virrey
o gobernador y de sus superiores, se embarcaba a España y en las Cortes
se presentaba el asunto ante el comisionado general de las Indias. Cuando
todo esto estaba hecho, la petición podía ser presentada al Supremo
Consejo de las Indias, junto con los documentos que certificaran la
nueva fundación. Habiendo obtenido el permiso, el Consejo nombraba las
provincias de las cuales deberían de tomarse los religiosos, y si el
Consejo no lo lograba, se lo dejaba algunas veces al mencionado comisionado
religioso. Habiendo sido hecha la selección y reunidos los nuevos misioneros,
podía ahora embarcar con toda la autorización necesaria de los superiores
y el consejo y partir a su destino, donde estaba obligado a reportar
a las autoridades que le habían autorizado ir a España.
Si un religioso deseaba abandonar las Indias y regresar
a España, el permiso del padre general, del comisionado general o del
mismísimo Santo Padre (decreto real del 29 de Julio de 1564) no eran
suficientes, era necesario obtener el consentimiento del rey o del Consejo
de Indias. Algunas veces el permiso de los obispos de la provincia era
suficiente, habiendo consultado primero al virrey, al gobernador o al
presidente de la Audiencia y estando obligados a reportar al concilio
las razones para otorgar el permiso.
Cuando los capítulos de las órdenes religiosas tenían
lugar en donde no residían los gobernadores o virreyes, éstos debían
escribir a la asamblea de los religiosos para exigirles la estricta
observancia de su regla y sus constituciones; y si el capítulo se llevaba
a cabo donde residiera el virrey o gobernador, éste estaba obligado
a estar presente y, en caso de que notara desórdenes, relajación, monopolios
o asociaciones indicativas de simonía o abuso, y la corrección fraterna
pareciese insuficiente para restablecer el orden, los culpables eran
enviados a España.
De todo esto y mucho más que se añadiría si el espacio
lo permitiese, se puede ver que el poder civil tenía control casi completo
en los asuntos religiosos de las colonias, incluida la Nueva España.
Algunos de estos privilegios habían sido usurpados por los reyes, otros
otorgados por la Santa Sede.
En lo que concierne al patronato real en la Nueva España,
debe ser admitido, en honor a la verdad, que si bien en muchas ocasiones
las decisiones reales fueron opresivas y no muy de acuerdo con la libertad
de la Iglesia, la supervisión real fue buena en muchas ocasiones. Para
demostrar lo primero, basta mencionar el caso del obispo quien, sin
reflexionar que no tenía la autorización del Consejo de Indias y que
debía avisar al virrey, solemnemente promulgó el decreto por el cual
Clemente X, cuando ascendió al trono papal, otorgaba un jubileo general
a todos los fieles que rezaran a la Divina Majestad para que fuera iluminado
para gobernar sabiamente a la Iglesia universal. Por hacer eso, el obispo
fue reprendido por el decreto real del 10 de junio de 1652. Por lo que
respecta a lo Segundo, debe admitirse que, por lo menos al principio,
el monarca español hizo una selección sabia de los hombres nominados
a las sedes episcopales de México. Baste nombrar hombres como Fr. Juan
de Zumárraga, primer Obispo y Arzobispo de México, Fr. Julián Garcés,
primer obispo de Tlaxcala y Dn. Vasco de Quiroga, primer Obispo de Michoacán;
en general, con muy pocas excepciones, los obispos de la Nueva España
fueron hombres sabios, celosos de la salvación de las almas.
A pesar de las muchas formalidades necesarias para establecer
casas religiosas en México,
hubieron muchas, tanto de hombres como de mujeres, de órdenes activas
y contemplativas que lograron obtener las autorizaciones necesarias.
Entre las órdenes de varones establecidas en México durante la colonia,
pueden mencionarse los franciscanos, dominicos, agustinos, carmelitas,
dieguinos, jesuitas, mercedarios, betlemitas, oratorianos y hermanos
de San Juan de Dios; entre las femeninas, las clarisas pobres, capuchinas,
carmelitas, concepcionistas, cistercienses, agustinas, dominicas. Asimismo,
se deben tomar en cuenta los innumerables hospitales, asilos, conventos,
iglesias, misiones y monasterios construidos en la Nueva España, para
darse cuenta de que los reyes casi siempre usaron su poder más para
impulsar estas fundaciones que para estorbarlas.
(6) La Inquisición en la Nueva España
Para
algunos autores la Inquisición Española en México siempre ha sido un
tema alarmante; las cuentas exageradas de sus atrocidades y con cantidades
ridículas de víctimas. Incluso ha sido dicho que los españoles más que
abolir el régimen de sacrificios aztecas, lo reemplazaron con las hogueras
de la Inquisición.
Fr. Martín de Valencia, cuando llegó a México en 1524,
ostentaba el título de Comisionado General de la Inquisición en la Nueva
España, pero el juicio de las ofensas de naturaleza grave estaba reservado
al Inquisidor de las Islas y Tierra Firme, quien residía en Santo Domingo.
Fr. Martín debía ostentar este cargo hasta que algún dominico en quien
el cargo de inquisidor recayera llegase a México. Y, de hecho, cuando
los primeros dominicos llegaron a México, su superior Fr. Tomás Ortiz
se convirtió en comisionado de la Inquisición. Regresó casi inmediatamente
a España y Fr. Domingo de Betanzos lo sucedió. En 1528 el nuevo superior
de los dominicos, Fr. Vicente de Santa María, sucedió en el título.
Durante el período de la segunda audiencia, de la cual era presidente
el eminente Dn. Sebastián de Fuenleal, se sostuvo una reunión, con la
presencia del obispo Zumárraga y de Cortés y muchos de los hombres más
influyentes de la capital, en la cual se decidió “que tomando
en cuenta el intercambio con extranjeros y debido a que muchos privados
que navegaban por las costas podían introducir malas costumbres y hábitos
entre los nativos y los españoles, quienes, por la Gracia de Dios habían
sido preservados de la mancha de la herejía, era necesario establecer
el Santo Oficio de la Inquisición.”
Sin duda como consecuencia de esta resolución, el 27
de junio de 1535, el obispo Zumárraga fue nombrado inquisidor, con amplias
facultades, incluyendo las de entregar al acusado al brazo secular y
establecer el Santo Oficio. No estableció el tribunal, pero es sabido
que juzgó y condenó a ser quemado a un noble texcocano acusado de haber
sacrificado seres humanos. Después de esto, quedó prohibido por el Real
Decreto de Carlos V del 15 de octubre de 1538, juzgar a los indios ante
el Santo Oficio y que en materia de fe el obispo sería su juez. Desde
entonces, no existe registro de un solo indígena que haya sido juzgado
por la Inquisición. El Cardenal Diego de Espinoza, Obispo de Sigüenza
y Gran Inquisidor de España, nombró un inquisidor para México, Dn. Pedro
Moya de Contreras, dos abogados, Juan Cervantes y Alonso Fernández de
Bonilla. Su jurisdicción se extendía a toda la Nueva España, Guatemala
y las Filipinas. El decreto real del 10 de Agosto de 1570 ordenaba que
la Ciudad de México debía ayudar y respetar a los inquisidores y, el
2 de noviembre de 1571, el tribunal fue establecido con toda solemnidad.
Ejerció su autoridad en México hasta el 8 de junio de 1813, cuando fue
publicado el decreto de las Cortes de España suprimiéndola. El 21 de
enero de 1814 fue reestablecida y en 1820 abolida definitivamente.
Las personas condenadas por la Inquisición, se clasificaban
en tres: relajados (entregados al brazo secular para la ejecución
de la sentencia) en persona o efigie, reconciliados y penitentes.
Los relajados en persona eran quemados, vivos o muertos primero a garrote.
En el camino al lugar de la ejecución vestían la samarra o sambenito,
una especie de escapulario de algodón, amarillo o rojo, en el cual se
pintaban dragones, demonios y flamas, entre los cuales se podía ver
la imagen del sentenciado. La cabeza iba cubierta por una especie de
mitra llamada coroza, cubierta con los mismos diseños. Los relajados
en efigie eran aquéllos que, habiendo escapado o muerto, eran quemados
en efigie, a veces junto con sus restos. Esto se hacía con quienes morían
o se suicidaban durante el proceso. A veces pasaba que un criminal intentaba
suicidarse; si antes de morir pedía perdón y se retractaba de sus errores,
era reconciliado en efigie. Tal fue el caso del médico francés, Etienne
Morel, cuyo auto de fe tuvo lugar el 9 de agosto de 1795. Los reconciliados
eran aquellos quienes, reconociendo sus ofensas y errores, se retractaban
y pedían perdón. No eran condenados a muerte, sino que debían cumplir
varias penitencias. Una era, usar el sambenito, una vestidura similar
a la de los relajados, con su correspondiente coroza, solo que en esta,
las llamas apuntaban hacia abajo indicando que por su arrepentimiento
habían escapado a la pena capital. Otras formas de castigo iban de acuerdo
con la gravedad de la ofensa –exilio, las galeras, azotes, prisión,
ciertas oraciones a ser recitadas en ciertos días del año, llevar velas
verdes, confiscación de propiedad, etc.
Los penitentes ordinarios eran aquellos cuyas faltas
no merecían la pena de muerte. Usaban el sambenito sencillo, que era
similar al otro, pero decorado con la cruz de Sn. Andrés y no llevaban
coroza. Se les imponían varias penitencias, menores que las de los reconciliados
y a veces casi grotescas, por ejemplo el caso de un criminal condenado
el 7 de diciembre de 1664, de quien se tiene registrado: “Habiendo
sido leída la sentencia, fue sacado al patio del convento, colocado
en un patíbulo y desnudado a la cintura. Los indígenas lo embadurnaron
entonces con miel, lo emplumaron y lo dejaron al sol durante cuatro
horas.” Gracias a la lista hecha por Dn. José Pichardo, del Oratorio
de San Felipe Neri, quien copió cada tableta de la catedral de México,
vemos que los crímenes por los que usualmente condenaba la inquisición
eran herejía y judaísmo. Otros fueron condenados por blasfemia, bigamia,
perjurio, falsedad, hechicería, idolatría, iluminati, francmasonería
y apostasía; por haber oído en confesión y dicho Misa sin haber recibido
las Órdenes Sagradas, por haber intentado engañar para recibir las Sagradas
Órdenes sin tener la edad canónica, por rebautizar, ayudar a la poligamia
y simular revelaciones (Autos de Fe del 21de junio de 1789 y del 8 de
Agosto de 1795).
Un resumen de los autos de fe, nos da los siguientes
resultados:
Fr. Martín de Valencia — 1 relajado en persona,
0 relajados en efigie
Fr. Juan de Zumárraga — 3 relajado en persona,
0 relajados en efigie
Auto de Fe de la Inquisición de 1574 — 5 relajados
en persona, 0 relajados en efigie
Auto de Fe de la Inquisición de 1596 — 9 relajados
en persona, 10 relajados en efigie
Auto de Fe de la Inquisición de 1601 — 3 relajados
en persona, 16 relajados en efigie
Auto de Fe de la Inquisición de 1635 — 0 relajados
en persona, 5 relajados en efigie
Auto de Fe de la Inquisición de 1649 — 13 relajados
en persona, 65 relajados en efigie
Auto de Fe de la Inquisición de 1659 — 6 relajados
en persona, 1 relajado en efigie
Auto de Fe de la Inquisición de 1678 — 1 relajados
en persona, 0 relajados en efigie
Auto de Fe de la Inquisición de 1688 — 0 relajados
en persona, 1 relajado en efigie
Auto de Fe de la Inquisición de 1699 — 1 relajado
en persona, 0 relajados en efigie
Auto de Fe de la Inquisición de 1715 — 1 relajado
en persona, 0 relajados en efigie
Auto de Fe de la Inquisición de 1795 — 0 relajados
en persona, 1 relajado en efigie
Auto de Fe de la Inquisición de 1815 — 1 relajado
en persona, 0 relajados en efigie
Total en 277 años -
44 relajados en persona, 99 relajados en efigie
Viendo estos datos, es evidente que el número de víctimas
comúnmente atribuidas a la Inquisición de la Nueva España es sumamente
exagerado. Como los indígenas estaban exentos de su jurisdicción, todo
el peso de su severidad cayó sobre los españoles, herejes o piratas
de otras naciones que infestaban las costas de la Nueva España. El decir
que las víctimas de la Inquisición en Nueva España excedieron en número
a los sacrificados por los aztecas es una malintencionada perversión
de los hechos. Los aztecas sacrificaron miles de víctimas en un solo
festival; la Inquisición, en un periodo de casi trescientos años y con
una jurisdicción más allá de los límites del imperio azteca, no llegó
a las cincuenta víctimas. Efectivamente la Inquisición, como tribunal
compuesto por seres humanos cometió muchas aberraciones, e hizo uso
de la tortura, sin embargo, era una práctica común de todos los tribunales
de la época. También el hecho de castigar la herejía, era algo común
en muchos países, porque los herejes eran los que iniciaban las rebeliones.
Incluso, en esa época en Inglaterra ser católico era un crimen punible
con la muerte. Juzgada imparcialmente, la Inquisición en Nueva España
fue un tribunal terrible, tan terrible como los demás tribunales que
le fueron contemporáneo son; incluso en ocasiones menos severo que algunos
como los tribunales de los puritanos en Massachussets, Estados Unidos.
En resumen, la Iglesia en la actualidad lamenta profundamente los hechos
terribles que llevó a cabo la Inquisición y no es algo de lo que deba
vanagloriarse, pero tampoco fue el tribunal más terrible y malvado como
muchos lo quieren hacer ver.
El último Auto de Fe llevado a cabo por la Inquisición
fue aquel por el que condenó a Dn. José Mª Morelos el 27 de noviembre
de 1815 (q.v. MORELOS).
(7) El Gobierno Español y la Colonia
Habiendo
sido conquistado México, Cortés, en virtud de la famosa elección de
Veracruz y por las circunstancias, se convirtió en el gobernante. Cuando,
sin embargo, Carlos V se dio cuenta de la importancia de la conquista,
sin destituir a Cortés, comenzó a enviar oficiales quienes, podría decirse,
no fueron muy bien escogidos. Cortés no los recibió bien, sin duda porque
preveía que serían un elemento perturbador en los territorios recientemente
conquistados. Cuando, sin embargo, inició su famosa expedición a las
Hibueras, mostró igual error al seleccionar a los hombres que dejó en
su lugar. En la elección de la primera Audiencia (1528-31), compuesta
por Nuño de Guzmán, Juan Ortiz Matienzo y Diego Delgadillo, el emperador
tuvo aún menos tacto. Los excesos e injusticias de estos jueces son
innumerables y toda la colonia sufrió. Todo cambió bajo el gobierno
de la segunda Audiencia (1531-35), compuesta por el obispo Sebastián
Ramírez de Fuenleal, Dn. Vasco de Quiroga, Dn. Francisco Ceinos y Dn.
Juan de Salmerón. Comenzaron el trabajo de reconstrucción con celo e
integridad, se encontraron entonces con un obstáculo enorme que los
frenó mucho. La antigua legislación destruida por la conquista, no había
sido reemplazada por ninguna otra, mientras que el código español era
completamente inadecuado para los nuevos dominios. Para arreglar esta
situación, los reyes españoles comenzaron a formular y enviar una multitud
de decretos reales, aplicables a veces únicamente a una provincia o
respecto a alguna cuestión particular, frecuentemente entrando en conflicto
y contradiciéndose porque los soberanos trabajaban a ciegas, decidiendo
asuntos como se los presentaban a ellos, a menudo sin haberse formado
una exacta opinión de los asuntos o sin consultar a quien sí supiera.
Fueron tantos los decretos que la colección formó una biblioteca de
documentos, a pesar de lo cual muchos casos permanecieron sin resolver
y solo podían solucionarse por decisiones especiales. Éstas, sin embargo,
corrían el riesgo de la desaprobación real y los virreyes y gobernadores
rara vez asumían la responsabilidad. Para entender los deficientes efectos
de tal sistema, solo es necesario imaginarse a un pueblo gobernado por
la cambiante mente de un soberano al otro lado del mar y que requiere
años para investigar sobre el asunto en cuestión. Cuando se hace referencia
a la famosa “Recopilación de Indias,” se imagina uno algún
código de fecha temprana, siendo que en realidad no tuvo efecto sino
hasta el final del siglo XVII, a la mitad del periodo español de dominación.
Con el fin
de evitar los problemas ocasionados durante la primera audiencia, la
Corona española organizó un conjunto de instituciones para la administración
y gobierno de los territorios del Nuevo Mundo.
A la cabeza
de la organización de los territorios del Nuevo Mundo bajo el control de la
Corona española estaban los virreinatos, Nueva España y el Perú, hasta el
siglo XVIII que se crean Nueva Granada y Río de la Plata.
Los
virreinatos se dividían en demarcaciones regionales llamadas gobernaciones.
Cada gobernación tenía a su cargo un territorio con un determinado número
de poblaciones agrupadas bajo los corregimientos.
Desde el punto de vista de la administración de justicia el territorio
se dividía en audiencias y según la burocracia militar en capitanías,
localizadas en gobernaciones de cierta importancia. La Audiencia y la
Gobernación de Filipinas dependieron del virreinato de Nueva España.
Las
ciudades fueron desde el principio los centros neurálgicos de todas
las divisiones administrativas y en ellas se sitúan las sedes de todos
los organismos civiles, eclesiásticos y militares.
Cada
ciudad era gobernada y administrada por una institución directamente
importada de España: el cabildo. Entre los territorios del virreinato
de Nueva España y las islas Filipinas se originó un fluido de ideas,
personas y mercancías que crearon durante siglos un lazo de unión permanente
de Asia con América.
Los límites
del virreinato comprendieron, por el sur, toda la América Central (Guatemala,
El Salvador, Nicaragua, Honduras y Costa Rica), salvo la gobernación
de Castilla de Oro con la estratégica ciudad de Panamá. Por el este,
incluyó al golfo de México y al mar de las Antillas. Sin embargo, el
territorio isleño compuesto por las pequeñas y grandes Antillas (Cuba,
Santo Domingo y Puerto Rico entre otras), no formó parte de Nueva España,
constituyendo gobernaciones independientes.
Al norte,
la frontera del virreinato fue avanzando gradualmente y a medida que
las huestes españolas doblegaban la resistencia que oponían los temidos pueblos
chichimecas. La jurisdicción de Nueva España incluyó, finalmente,
gran parte de la zona occidental de los actuales estados de California,
Texas, Nuevo México, Arizona, Utah, Nevada y parte de Colorado, pertenecientes
a Estados Unidos desde 1848. Hacia el oeste Nueva España limitaba con
el Océano Pacífico hasta que se le agregó la administración de las Islas
Filipinas, conquistadas en 1564 por la expedición de López de Legazpi.
Ya se ha
mencionado anteriormente al Consejo de Indias, únicamente en lo que
afectaba a la Iglesia, pero tenía otras atribuciones de una amplitud
y de una variedad que comprendía todas las materias concernientes a
gobierno, justicia, guerra y hacienda.
Las funciones
de este organismo estaban resumidas en la ordenanza Nº 2 de 1571, donde
el rey establecía que "dicho Consejo tenga la jurisdicción suprema
de todas nuestras Indias Occidentales, descubiertas y que se descubrieren,
y de los negocios que de ella resultaren y dependieren".
En uso de
sus facultades gubernativas, el Consejo proponía al monarca el nombramiento
de los cargos de virreyes,
presidentes de Audiencias,
gobernadores,
oidores, fiscales y, en general, todos los puestos significativos en
América. Asimismo vigilaba el cumplimiento y la observancia de las normas
dictadas desde la península. El Consejo podía proponer al rey la aprobación
de nuevas disposiciones legales para Indias, así como la derogación
o modificación de las existentes.
En el aspecto
judicial, singularmente importante, esta entidad tenía jurisdicción
civil y criminal en última instancia, pues entendía en las apelaciones
contra las sentencias emitidas por las Audiencias americanas, la Casa
de Contratación y los consulados de mercaderes de Indias.
En el terreno
militar, el Consejo intervenía en todos los temas relacionados con la
organización bélica y defensa de las colonias ultramarinas, expediciones
de conquista y cualquier asunto relativo al plano castrense.
Hasta 1557
dispuso de competencia en las cuestiones de la hacienda indiana, fiscalizando
las distintas cajas reales y disponiendo de los recursos generados por
los nuevos territorios, recibidos a través de la Casa de Contratación.
Los gobernantes
de la Nueva España y sus fechas de gobierno fueron:
1521, Hernán Cortés;
1524, Alonso Souza; 1528, Audiencia. Virreyes: 1535, Antonio de Mendoza,
Conde de Tendilla; 1550, Luis de Velasco (padre); 1564, Audiencia; 1566, Gastón de Peralta, Marqués de Falces; 1567, Audiencia; 1568, Martín Enríquez
de Almanza; 1580, Lorenzo Suárez de Mendoza, Conde de Coruña; 1583, Audiencia; 1584, Pedro Moya de Contreras (arzobispo de México);
1585, Álvaro Manrique de Zúñiga, Marqués de Villa Manrique; 1590, Luis de Velasco
(hijo); 1595, Gaspar de Zúñiga y Acevedo, Conde de Monterrey;
1603, Juan de Mendoza y Luna, Marqués de Montes claros; 1607, Luis de Velasco
(hijo); 1611, Fr. García Guerra (arzobispo de México); 1612, Diego Fernández
de Córdoba, Marqués de Guadalcázar; 1621, Diego Carrillo de Mendoza y Pimentel;
1624, Rodrigo Pacheco de Osorio, Marqués de Cerralvo; 1635, Lope Díaz de
Armendáriz, Marqués de Cadereyta; 1640, Diego López Pacheco Cabrera y Bobadilla; 1642, Juan de Palafox
y Mendoza (obispo de Puebla); 1642, García Sarmiento de Sotomayor, Conde
de Salvatierra; 1648, Marcos de Torres y Rueda (obispo de Yucatán);
1649, Audiencia; 1650, Luis Enrique de Guzmán, Conde de Alba de Liste;
1653, Francisco Fernández de la Cueva, Duque de Alburquerque; 1660, Juan de Leyva
y de la Cerda, Marqués de Leyva; 1664, Diego Osorio de Escobar y Llamas; 1664, Antonio Sebastián
de Toledo, Marqués de Mancera; 1673, Payo Enríquez de Rivera (arzobispo
de México); 1680, Tomás Antonio de Cerda y Aragón , Marqués de la Laguna; 1686, Melchor Portocarrero
Lasso de la Vega, Conde de Monclova; 1688, Gaspar de la Cerda Sandoval, Silva
y Mendoza; 1696, Juan de Ortega y Montañés (obispo de Michoacán); 1696, José Sarmiento
y Valladares, Conde de Moctezuma; 1701, Juan de Ortega y Montañés (obispo de Michoacán);
1702, Francisco Fernández de la Cueva Enríquez; 1711, Fernando de Alencastre Noroña y Silva,
Duque de Linares; 1716, Baltasar de Zúñiga y Guzmán Sotomayor y Mendoza;
1722, Juan de Acuña, Marqués de Casafuerte; 1734, Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta
(arzobispo de México); 1740, Pedro de Castro y Figueroa, Duque de la conquista;
1741, Audiencia; 1742, Pedro de Cebrián y Agustín, Conde de Fuenclara;
1746, Juan Francisco de Güemes y Pacheco, Conde
de Revillagigedo; 1755, Agustín de Ahumada y Villalón, Marqués de las
Amarillas; 1760, Joaquín de Montserrat, Marqués de Cruillas; 1766, Carlos Francisco de Croix, Marqués
de Croix; 1771, Antonio María de Bucareli y Ursúa; 1779, Martín de Mayorga; 1783, Matías de Gálvez;
1784, Audiencia; 1785, Bernardo de Gálvez, Conde de Gálvez; 1786, Audiencia; 1787, Manuel Antonio Flores; 1789, Juan Vicente de Güemes, 2o Conde de Revillagigedo;
1794, Manuel de la Grúa Talamanca y Branciforte; 1798, Miguel José de Azanza; 1800, Felíx Berenguer
de Marquina; 1803, José de Iturrigaray; 1808, Pedro de Garibay;
1809, Francisco Javier Lizana y Beaumont; 1810, Francisco Javier Venegas de Saavedra;
1813, Félix María Calleja del Rey; 1816, Juan Ruiz de Apodaca, Conde del Venadito;
1821, Juan O'Donojú.
C. Independencia de México
a) Antecedentes
En 1764
se suscitó el conflicto entre Inglaterra y sus colonias americanas,
provocado por las medidas fiscales tomadas por la metrópoli para resarcirse
de los gastos causados durante la Guerra de los Siete Años con Francia
(1756-1763). La oposición de los norteamericanos a ser gravados sin
su consentimiento por la Corona culminó con la Declaración de Independencia
de los Estados Unidos, aprobada por el Congreso Continental de Filadelfia
el 4 de julio de 1776. Aun antes de este hecho, Francia había otorgado
más de 1 millón de libras a los colonos y permitido, en su apoyo, la
salida de voluntarios; más tarde reconoció al nuevo Estado (6 de febrero
de 1778), firmó con él tratados de alianza y comercio, declaró la guerra
a Inglaterra y envió a América las flotas de Rochambeau (1780) y de
De Grase (1781), con cuyas fuerzas pudo George Washington poner término
a la guerra el 19 de octubre de 1781. El 3 de septiembre de 1783 fue
reconocida la Independencia de los Estados Unidos en el Tratado de París,
también llamado de Versalles.
Los 7 500
soldados de la expedición de Rochambeau, a su regreso a Francia, divulgaron
la imagen de una joven nación que se había pronunciado contra el absolutismo
de los reyes y consagrado el espíritu democrático.
El ejemplo
norteamericano aparecía más sugestivo ante la opinión previamente abonada
por las ideas de Voltaire (1694-1778) contra el despotismo; las de Montesquieu
(1689-1755), sobre la división de los poderes; las de Rousseau (1712-1778),
relativas a los derechos y libertades del individuo; y las de Diderot
(1713-1784) y D'Alambert (1717-1783), enciclopedistas que exaltaron
la prioridad y la excelencia de la razón. Así, cuando en 1789 se reunieron
los Estados Generales, convocados por Luis XVI, para superar la crisis
política y social estimulada por la bancarrota del erario, a consecuencia
de la guerra, se desbordó el ansia de libertad y de igualdad.
La Revolución
Francesa (1789-1799), a lo largo de sus etapas sucesivas —Asamblea
Nacional, Asamblea Constituyente (1789-1791), Asamblea Legislativa (1791-1792),
Convención (1792-1795) y Directorio (1795-1799)— abolió los privilegios,
destruyó el poder real, los parlamentos y las corporaciones e inutilizó
el poder de la Iglesia, pero a la postre propició el golpe de Estado
de Napoleón (9 y 10 de noviembre de 1799), que así se convirtió en primer
cónsul y luego en emperador. Ya para entonces se había divulgado en
todo el mundo la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano
proclamada por la Asamblea Constituyente de Francia (27 de agosto de
1789), expresión de los postulados del liberalismo.
El 2 de
diciembre de 1804 Napoleón fue ungido emperador y otra vez Inglaterra
encabezó una coalición para combatirlo. España, aunque quiso mantenerse
neutral, fue atacada y el 12 de diciembre de 1804 Carlos IV declaró
la guerra a los ingleses y concertó una alianza marítima con Francia
(enero de 1805). El propósito de asaltar las islas británicas naufragó
en la desastrosa batalla de Trafalgar (21 de octubre). Deseoso más tarde
Napoleón de cortar a Inglaterra todo apoyo que procediera del continente,
convino con España la invasión y el reparto de Portugal (Tratado de
Fontainebleu,
del 27 de octubre de 1807), para lo cual las tropas francesas tuvieron
libre paso por la Península. La ocupación de Portugal, cuyos reyes huyeron
al Brasil, ocurrió en noviembre de ese año, pero en los meses siguientes
nuevas tropas francesas penetraron a España y ocuparon, entre otras
ciudades, San Sebastián, Pamplona, Vitoria, Burgos, Valladolid y Barcelona.
Aun cuando el primer ministro Godoy había favorecido la expansión napoleónica,
guiado por la ambición de regir o gobernar parte de Portugal, quiso
en el último momento huir a América con la familia real, lo cual impidió
el pueblo amotinado en Aranjuez la noche del 17 de marzo de 1808. El
19 siguiente Carlos IV abdicó en favor de su hijo el príncipe de Asturias,
que asumió el nombre de Fernando VII. Éste se convirtió en símbolo de
las reformas a las que aspiraba la sociedad española, irritada por la
corrupción del gobierno y por la subordinación de la Corte a los designios
de Napoleón. El recibimiento que el pueblo de Madrid hizo a Fernando
el 24 de marzo justificó el calificativo de El Deseado que le daban
sus contemporáneos. Napoleón, sin embargo, temeroso de que el nuevo
monarca no le fuera dócil, le negó el reconocimiento y lo indujo a conversar
con él en Bayona. El 10 de abril emprendió el viaje Fernando VII; el
2 de mayo se sublevaron los madrileños y fueron violentamente reprimidos
por las fuerzas invasoras de Joaquín Murat; el día 6 siguiente, ya en
territorio de Francia, Fernando restituyó la corona a su padre, quien
ya la había cedido de antemano a Napoleón; y el 4 de junio, éste proclamó
rey de España a su hermano José Bonaparte. Fernando fue confinado al
castillo de Valencay —donde estaría hasta 1814— y mientras
tanto el pueblo español organizaba, en el orden político, las juntas
provinciales y, en el militar, las guerrillas, que iban a sostener durante
seis años la guerra de independencia.
La noticia
de las renuncias de Fernando VII y Carlos IV al trono de España se recibió
en la ciudad de México el 14 de julio de 1808. El grave problema de
la vinculación de la Colonia con su metrópoli —había desaparecido
la autoridad legítima— fue planteado el día 15 por el virrey José
de Iturrigaray al Real Acuerdo —cuerpo formado por los oidores
para asesorarlo en los asuntos difíciles—, que sólo acordó no
acatar orden alguna de Murat. El día 19, sin embargo, el Ayuntamiento
de la ciudad de México, "en representación de todo el reino",
entregó al virrey un memorial con los siguientes puntos: que las reales
renuncias eran nulas porque fueron "arrancadas por la violencia";
que la soberanía radicaba en todo el reino y en particular en los cuerpos
que llevaban la voz pública, "quienes la conservarían para devolverla
al legítimo sucesor, cuando se hallase (España) libre de fuerzas extranjeras";
y que, en consecuencia, debía el virrey continuar provisionalmente en
el gobierno. Los oidores objetaron la representación que se arrogaron
los regidores (21 de julio), pero éstos, aparte de sostener su razón
(3 de agosto), propusieron que se reuniera una junta de las principales
autoridades de la ciudad —virrey, oidores, arzobispos, canónigos,
prelados de religiosos, inquisidores, jefes de oficina, títulos, vecinos
principales y gobernadores de las parcialidades de indios— para
examinar el asunto, lo cual ocurrió el día 9. El licenciado Francisco
Primo de Verdad y Ramos, síndico del Ayuntamiento, planteó la necesidad
de formar un gobierno provisional y propuso el desconocimiento de las
juntas peninsulares, cuya creación se había conocido en México desde
el 29 de julio. Los oidores y fiscales se opusieron con vehemencia y
opinaron lo contrario, y el inquisidor Prado y Ovejero declaró "proscrita
y anatemizada por la Iglesia" la afirmación de que la soberanía
había vuelto al pueblo. Convinieron, en cambio, en que Iturrigaray continuara
como lugarteniente de Fernando VII, a quien todos juraron fidelidad
el 15 de agosto. Para entonces eran ya ostensibles los dos partidos
antagónicos: los españoles sospechaban que el Ayuntamiento aspiraba
a la independencia, y los criollos suponían que la Audiencia deseaba
mantener la subordinación a España, aun sometida a Napoleón.
El 12 de
agosto Iturrigaray dispuso que no se obedeciera a ninguna junta peninsular,
a menos que fuera creada por Fernando VII, con lo cual, estando el monarca
prisionero, se desligaba de toda autoridad en España. El 31 siguiente
el alcalde de corte Jacobo de Villaurrutia pidió al virrey que convocase
a un congreso, lo cual hizo éste al siguiente día, instando a todos
los ayuntamientos del país a que nombrasen sus representantes, y mandando
a la capital al regimiento de Infantería de Celaya y al de Dragones
de Aguascalientes, cuyos comandantes le eran adictos. Estos hechos persuadieron
a los españoles de las intenciones independentistas del virrey y decidieron
deponerlo. La noche del 15 de septiembre, 300 hombres, encabezados por
el rico comerciante Gabriel de Yermo y con la complicidad de la guardia
de palacio, entraron a éste e hicieron prisionero a Iturrigaray, a quien
enviaron a la Inquisición con sus dos hijos mayores. Mientras tanto,
los oidores, el arzobispo y otros notables, reunidos en la sala de acuerdos,
declararon al virrey separado de su cargo y nombraron para sustituirlo
al mariscal de campo Pedro Garibay. Fueron también detenidos el licenciado
Verdad, Juan Francisco Azcárate y Lezama, José Antonio Cristo y Fr.
Melchor de Talamantes. Este último y Verdad murieron en prisión. A Fr.
Melchor de Talamantes se atribuye haber sido el director intelectual
del movimiento. A juzgar
por los papeles que se le encontraron, pensaba que no debían elegirse
diputados, pues los ayuntamientos eran los representantes del pueblo;
y que los delegados de éstos, constituidos en Congreso Nacional Americano,
debían ejercer todos los derechos de la soberanía, "reduciendo
sus operaciones a los puntos siguientes: 1. Nombrar al virrey capitán
general del reino y confirmar en sus empleos a todos los demás. 2. Proveer
todas las vacantes civiles y eclesiásticas. 3. Trasladar a la capital
los caudales del erario. 4. Convocar un concilio provisional para acordar
los medios de suplir lo que está reservado a su Santidad. 5. Suspender
al tribunal de la Inquisición la autoridad civil, dejándole sólo la
espiritual, y ésta sujeta al metropolitano. 6. Erigir un tribunal de
revisión de la correspondencia de Europa. 7. Conocer y determinar los
recursos que las leyes reservaban a S.M. 8. Extinguir todos los mayorazgos
y vínculos, capellanías y cualesquiera otras pensiones pertenecientes
a individuos existentes en Europa, incluso el estado y marquesado del
Valle. 9. Declarar terminados todos los créditos activos y pasivos de
la metrópoli. 10.Extinguir la Consolidación, arbitrar medios, indemnizar
a los perjudicados y restituir las cosas a su estado primitivo. 11.
Extinguir todos los subsidios y contribuciones eclesiásticas, excepto
las de media anata y de dos novenos. 12. Arreglar los ramos de comercio,
minería, agricultura e industria, quitándoles las trabas. 13. Nombrar
embajador que pase a los Estados Unidos a tratar de alianza y pedir
auxilios".
El 25 de
septiembre de 1808 se constituyó en Aranjuez la Junta Suprema Central
y Gubernativa que sustituyó a las muchas otras provinciales que se habían
formado en España al iniciarse la guerra de independencia, y que en
diciembre se trasladó a Sevilla cuando los franceses cruzaron Somosierra.
El virrey Garibay reconoció la potestad de ese cuerpo —formado
por 34 diputados y presidido primero por Floridablanca y luego, a la
muerte de éste, por Jovellanos— y le envió 11 millones de pesos
—9 del erario y 2 de particulares—, 100 cañones que fundió
Manuel Tolsá, pagados por el Tribunal de Minería, y cientos de fusiles
que compró a los ingleses en Jamaica. El acto más importante de su gobierno,
por las consecuencias que habría de tener, fue el licenciamiento del
ejército acantonado en Jalapa y Perote desde 1806 en previsión de un
ataque de los ingleses. Estos 14 mil hombres estaban bajo el mando de
oficiales criollos, resentidos por el golpe de mano de los españoles
contra Iturrigaray y recelosos de que el país fuera a ser entregado
a los franceses. Cuando volvieron a sus lugares de origen, estimularon
las conspiraciones en el sentido de la Independencia, dispuestos a defender
los derechos de Fernando VII.
El 19 de
julio de 1809 el arzobispo de México, Francisco Javier de Lizana y Beaumont,
sustituyó a Garibay en el virreinato por instrucciones de la Junta Suprema
de Sevilla. En septiembre de ese año empezó en Valladolid (actual Morelia)
una conjura para crear una junta que gobernase en nombre del monarca
prisionero, si España sucumbía, como todos pensaban, al poder de Napoleón.
Estaban comprometidos los militares José María García de Obeso, José
Mariano Michelena, Mariano Quevedo, Ruperto Mier y Manuel Muñiz, procedentes
del disuelto acantonamiento; los licenciados José Nicolás Michelena
y Soto Saldaña; el cura Manuel Ruiz de Chávez, de Huango; el franciscano
Vicente de Santa María y Luis Correa. Denunciados, fueron aprehendidos
el 21 de diciembre, fecha en que pensaban poner en ejecución sus planes
apoyados por algunos soldados y por los indígenas michoacanos,
a quienes habían prometido eximir de sus tributos. El arzobispo-virrey
fue muy benévolo con los detenidos, pues siguiendo el clima general
de la opinión se inclinaba hacia el partido de los criollos. Persiguió,
en cambio, a los más exaltados españoles: entre otros, a Marcos Barazaluce,
que pretendió viajar a España para pedir su cambio; y al oidor Aguirre
y a Juan López Cancelada, editor de La Gaceta, que lo censuraban.
En 1810
los franceses ocuparon la mayor parte de España, desapareció la Junta
Suprema Central instalada en Cádiz y se constituyó la Regencia —gobierno
de una monarquía en ausencia del rey—, a cuyo Supremo Consejo,
con sede en la isla de León, pertenecía Miguel de Lardizábal y Orive,
natural de Nueva España. El 14 de febrero se convocó a Cortes —asamblea
legislativa— para darle al reino una nueva Constitución, incluyendo
por vez primera la asistencia de representantes americanos. La orden
para que los ayuntamientos de las capitales nombrasen a sus diputados
se publicó en México el 18 de mayo, cuando ya se había separado al arzobispo
Lizana y confiado la administración del virreinato a la Audiencia (a
partir del día 8 anterior), con lo cual cambió de signo la relación
de los criollos con el gobierno. Parte de la proclama que antecedía
a la convocatoria estaba dirigida a los españoles del Nuevo Mundo: "Desde
este momento —decía— os veis elevados a la dignidad de hombres
libres, no sois ya los mismos que antes, encorvados bajo un yugo mucho
más duro mientras más distantes estabais del centro del poder, mirados
con indiferencia, vejados por la codicia y destruidos por la ignorancia.
Tened presente que... vuestros destinos ya no dependen ni de los ministros,
ni de los virreyes, ni de los gobernadores; están en vuestras manos".
Aunque este reconocimiento de las demandas de los criollos representaba
un esfuerzo para detener las revoluciones de independencia en América,
el efecto que provocó fue el contrario. El liberalismo español, sensibilizado
por la sublevación popular contra la invasión extranjera, estimulaba
sin desearlo los movimientos de emancipación de sus colonias.
El 19 de
abril de 1810, se formó en Caracas la Junta Suprema, conservadora de
los derechos de Fernando VII; el 25 de mayo, la de Buenos Aires; el
20 de julio, la de Santa Fe de Bogotá; el 18 de septiembre, la de Santiago
de Chile; el 19 siguiente, la de Quito, y en otras fechas las de Paraguay,
Salvador, Cuzco, y León, en Nicaragua. En todas ellas se negó reconocimiento
a la Regencia y se rechazó la sumisión a todo gobierno de la metrópoli,
se invocó que la soberanía volvía al pueblo mientras el monarca estuviese
prisionero, se persiguió a los españoles y, en algunos sitios, como
Argentina, empezó la guerra; se declaró la libertad de comercio, se
establecieron relaciones diplomáticas con Inglaterra y Estados Unidos,
se armaron ejércitos nacionales, se convocó a congresos y sobrevino
la separación de España. Aun cuando fue varias veces reprimida, Venezuela
proclamó la República el 5 de julio de 1811, la primera en Hispanoamérica.
b) La lucha por la Independencia
En Querétaro,
mientras tanto, se formalizaba cada vez más la conspiración cuya denuncia
iba a precipitar el comienzo de la revolución mexicana de Independencia,
pues la alternativa de crear una junta, como en el resto de América,
se había cancelado en 1808. Aparentando ser una academia literaria y
bajo la protección del corregidor Miguel Domínguez, se reunían en la
casa del presbítero José María Sánchez los licenciados Parra, Laso y
Altamirano, los militares Arias, Lanzagorta, Allende y Aldama —estos
dos últimos iban secretamente desde San Miguel— y los hermanos
Emeterio y Epigmenio González.
El cura
de Dolores, Miguel Hidalgo y Costilla, estaba vinculado con Domínguez
desde hacía tiempo y con Allende a partir de 1808. En febrero de 1810
viajó con éste a Querétaro para conocer el plan revolucionario del doctor
Manuel Iturriaga, que consistía en formar, en las principales ciudades,
juntas que propagasen la inconformidad con los españoles y rechazaran
la idea de que la Nueva España quedara sometida a los franceses, en
declararse simultáneamente por la independencia, en expulsar a los peninsulares
y en ejercer el gobierno, a nombre de Fernández VII, mediante una asamblea
formada por representantes de las provincias. En los meses siguientes,
aparte la de Querétaro, se integraron las juntas de San Miguel, Celaya,
Guanajuato, San Felipe, San Luis Potosí y la ciudad de México; se convino
nombrar jefe del movimiento al cura Hidalgo y se señaló el 1° de diciembre
y luego el 2 de octubre como fecha de la sublevación. Sin embargo, las
denuncias de Arias, en Querétaro (10 de septiembre), y de Juan Garrido,
en Guanajuato (día 13), precipitaron los acontecimientos y la madrugada
del 16 de septiembre Hidalgo dio el grito de Independencia. Sus primeros
pronunciamientos, según Pedro García, fueron contra la subordinación
política y económica: "Mis amigos y compatriotas —dijo en
su arenga—: no existen ya para nosotros ni el rey ni los tributos;
esta gabela vergonzosa, que sólo conviene a los esclavos, la hemos sobrellevado
hace tres siglos como signo de tiranía y servidumbre; terrible mancha
que sabremos lavar con nuestros esfuerzos. Llegó el momento de nuestra
emancipación; ha sonado la hora de nuestra libertad; y si conocéis su
gran valor, me ayudaréis a defenderla de la garra ambiciosa de los tiranos".
Durante
la primera etapa de la guerra (16 de septiembre de 1810 al 21 de marzo
de 1811), las fuerzas insurgentes, comandadas por Hidalgo y Allende,
fueron engrosándose, a partir de Dolores, en Atotonilco, San Miguel,
Celaya, Salamanca, Irapuato y Silao; libraron batalla por la toma de
Guanajuato (28 de septiembre), tomaron sin resistencia Valladolid (17
de octubre), derrotaron a los realistas en el monte de las Cruces (30
de octubre), desistieron de acercarse aún más a la ciudad de México,
regresando hacia el Bajío, y en Aculco fueron derrotadas y diezmadas
(7 de noviembre) por el ejército virreinal. Hidalgo huyó a Valladolid
y Allende a Guanajuato. Este descalabro se compensó en cierto modo con
la acción de otros jefes insurgentes en distintos lugares del país:
Rafael Iriarte, en León, Aguascalientes y Zacatecas; los legos juaninos
Luis de Herrera y Juan de Villerías, en San Luis Potosí; Tomás Ortiz
y Benedicto López, en Toluca y Zitácuaro; Ávila y Ruvalcaba, en Cuernavaca;
Miguel Sánchez y Julián Villagrán, en el extenso valle del Mezquital;
José María Morelos, en la Tierra Caliente de Michoacán y Guerrero; Gómez
Portugal, Godínez, Alatorre y Huidobro, en el valle alto de La Barca;
y José Antonio Torres, en territorio de Colima y en el sur de Jalisco,
hasta que al fin tomó Guadalajara (11 de noviembre), abriendo el camino
para que Hidalgo entrase a la antigua capital novogalaica el 26 de noviembre.
Poco tiempo
tuvo el caudillo para disponer y legislar: entre esa fecha y el 13 de
diciembre, nombró jefes de las fuerzas insurgentes de San Blas, al cura
José María Mercado; de Tepic, a Rafael Híjar; de Chihuahua, a Simón
de Herrera, y de las Provincias Internas de Occidente, a José María
González Hermosillo; publicó el decreto de abolición de la esclavitud,
derogación de tributos, prohibición del uso del papel sellado y extinción
de estancos; ordenó que las tierras se entregaran a los naturales, sin
que pudieran volver a arrendarse (5 de diciembre); señaló un plazo de
10 días para que los amos pusieran en libertad a los esclavos (6 de
diciembre); nombró ministro de Estado y del Despacho a Ignacio López
Rayón, y de Gracia y Justicia a José María Chico; designó cuatro oidores;
expidió credenciales como representante diplomático en Estados Unidos
a Pascasio Ortiz de Letona, y confió a Francisco Severo Maldonado la
edición de El Despertador Americano. Estas acciones respondían al doble
carácter —libertario y agrario— del movimiento de Independencia.
A estos hechos siguieron la desastrosa batalla de Puente de Calderón
(17 de enero), la huida hacia el norte, con la esperanza de hallar auxilio
en Estados Unidos, y el prendimiento y muerte de Hidalgo, Allende, Aldama
y Jiménez en Chihuahua.
Luego de
la muerte de Hidalgo, José María Morelos continuó con la lucha y convocó
a un congreso para redactar la constitución y organizar el gobierno
del México independiente.
El Congreso
Nacional Constituyente se instaló en el templo parroquial de Chilpancingo
el 4 de septiembre de 1813, previa la reunión preparatoria del día 13, en
que se atribuyó a la asamblea el nombre de Primer Congreso de Anáhuac. En
la primera sesión formal, Morelos presentó, por conducto de Juan Nepomuceno
Rosáinz, su secretario, los Sentimientos de la Nación, según los cuales debía
declararse la Independencia, ser la católica la única religión, crear los
poderes legislativo, ejecutivo y judicial, dar los empleos a los americanos,
respetar la propiedad pero confiscar sus bienes a los españoles, y abolir
la esclavitud, las castas, los estancos y los tributos. El día 15 se nombró
generalísimo a Morelos con el tratamiento de alteza serenísima, que declinó
el caudillo para adoptar el de Siervo de la Nación, y el 18 cesó la antigua
Junta; pero cuando Rayón se incorporó a la asamblea, varias veces requerido
por Morelos, todavía sostuvo la idea de que el Congreso gobernase a nombre
de Fernando VII, lo cual fue rechazado por la mayoría de diputados. Salvado
este último obstáculo, el 6 de noviembre se firmó el Acta solemne de la Declaración
de la Independencia de América Septentrional (v. texto completo), inspirada
"en las presentes circunstancias de la Europa".
Morelos
salió de Chilpancingo el 7 de noviembre a iniciar su cuarta campaña
militar, cuyo primer objetivo era la toma de Valladolid, apoyado por
las fuerzas de Matamoros y Nicolás Bravo, que hizo moverse desde Veracruz
y Puebla. Aunque trató de disimular estos movimientos, los conoció muy
a tiempo Félix María Calleja, que era ya virrey desde el 4 de marzo,
quien movilizó hacia aquella plaza las divisiones de Toluca y Guanajuato,
al mando de Llano y Agustín de Iturbide. El 23 de diciembre, los soldados
de éstos y los de la guarnición tomaron a dos fuegos a los hombres de
Galeana y Bravo en El Zapote, dispersándolos; el 24, una audaz incursión
nocturna de Iturbide provocó un combate entre los propios insurgentes,
que fue desastroso; y el 5 de enero de 1814, en Puruarán, los realistas
acabaron con el resto del ejército independiente e hicieron prisionero
a Matamoros. Una columna realista, al mando de Armijo, avanzó luego
al sur y en las márgenes del Mezcala derrotó a la tropa de Víctor Bravo,
que protegía Chilpancingo. En cuanto los miembros del Congreso se enteraron
de estos sucesos, se trasladaron a Tlacotepec, donde se les unió Morelos,
al que despojaron del mando como generalísimo para asumir ellos el poder
ejecutivo. Armijo entró a Tixtla, Chilapa y Chilpancingo, derrotó a
Rosáinz en Chichihualco, a Guerrero, Galeana y los Bravo (19 de febrero)
y puso en fuga a Morelos y al Congreso.
Después
del desastre de Puruarán, que de hecho puso término a su carrera militar,
Morelos pasó a la hacienda de Santa Lucía, a Coyuca, desde donde pidió
al virrey canjear a Matamoros por 200 prisioneros, y luego al puerto
de Acapulco, donde mandó degollar a éstos e incendiar la ciudad, una
vez que se rechazó su oferta y Matamoros fue fusilado. El 14 de abril
Armijo recuperó Acapulco y uno de sus hombres, el comandante Avilés,
liquidó a Galeana el 22 de junio, en tanto las milicias españolas de
Guatemala tomaban Tehuantepec. Otra vez unido al Congreso, en Ario,
con sólo los hombres de su escolta, Morelos marchó con los diputados
a Uruapan y más tarde decidieron cambiar su sede a Tehuacán. La custodia
del grupo se confió a Morelos, muy a pesar de que el Artículo 168 de
la Constitución prohibía a los miembros del poder ejecutivo tener mando
de fuerza armada, salvo circunstancias extraordinarias. El 29 de septiembre
salió la caravana, por caminos inusuales, tratando de esquivar el encuentro
con los realistas. El virrey, por su parte, cubrió con tropas todas
las posibles rutas, desde Temascalcingo hasta Cuautla. El 3 de noviembre
los representantes de los poderes nacionales vadearon el río Mezcala
en Tenango y el 5, estando ya en Tezmalaca, fueron alcanzados por las
fuerzas del teniente coronel Manuel de la Concha. A poco de iniciado
el combate, los insurgentes se dispersaron y fueron perseguidos. Morelos,
a pie y sin armas, fue detenido por Matías Carranco, un antiguo soldado
suyo que se pasó a las filas realistas. Conducido a México, bajo la
vigilancia de Concha, murió fusilado en San Cristóbal Ecatepec, el 22
de diciembre de 1815.
En mayo
de 1816 había salido de Londres Francisco Javier Mina, patriota español
que combatió a los franceses en la Península y deseaba continuar batallando
en América contra el absolutismo de Fernando VII. Lo acompañaban 32
oficiales españoles, italianos e ingleses y el dominico mexicano Fr.
Servando Teresa de Mier. En Norfolk y Nueva Orleans, E.U.A., aumentó
su hueste y sus pertrechos, y el 15 de abril de 1815 desembarcó en Soto
la Marina con 300 hombres.
En 1818
se rindió a los españoles el fuerte del Jaujilla en un islote de la
laguna de Zacapu (6 de marzo), logrando escapar los miembros de una
junta que nombró el Congreso antes de su salida a Tehuacán, algunos
de cuyos vocales fueron más tarde aprehendidos (febrero) y otros fusilados
en Huetamo (9 de junio). Fueron asesinados el padre Torres, defensor
de Los Remedios, y José María Liceaga; fusilados en Pátzcuaro, Nicholson
y Yortis, oficiales sobrevivientes de Mina (junio), e indultados otros
jefes insurgentes, como Amaya, Mariano Tercero, Huerta y los padres
Navarrete y Carvajal. En 1819 se acogieron al perdón realista Arago,
Erdozáin y Ramsey, que operaban en Guanajuato, y José Antonio Magos,
que lo hacía en Querétaro. Vicente Guerrero fue derrotado en el fuerte
de Barrabás, en Coahuayutla (mayo), y en Agua Zarca (5 de noviembre),
al que después de estos hechos se unió Pedro Asencio, a su vez desalojado
del fuerte de San Gaspar. Eran éstos los dos únicos jefes insurgentes
que continuaban combatiendo a principios de 1820.
Mientras
tanto, la ofensiva de Wellington en 1813 y la constante actividad de
las guerrillas a retaguardia de los franceses, hicieron posible recobrar
Madrid; José Bonaparte abandonó Valladolid y perdió las batallas de
Vitoria y San Marcial; y el 11 de diciembre se firmó el Tratado de Valençay,
por el cual cesó la guerra entre España y Francia y Napoleón reconoció
a Fernando VII como rey; pero las Cortes y la Regencia no quisieron
considerar libre al rey, ni prestarle obediencia, hasta que prestase
el juramento previsto por la Constitución. El 22 de marzo de 1814 Fernando
entró nuevamente a España; el 6 de abril abdicó Napoleón; a fines de
ese mes 69 diputados se declararon absolutistas y el 4 de mayo el rey
firmó un manifiesto anulando la Constitución de 1812 y todo cuanto habían
hecho las Cortes "como si no hubieran pasado jamás tales actos
y se quitasen de en medio del tiempo"; restableció la Inquisición,
que había sido abolida por los diputados; persiguió a los liberales
y casi no prestó atención a las sublevaciones en América.
Los comerciantes
de Veracruz, en su mayor parte afiliados a la masonería, o controlados
por ella, temerosos de que el virrey fuera a negarse a jurar la Constitución
liberal, tomaron las armas el 24 de mayo, constituidos en el Batallón
de Voluntarios Fernando VII, y fueron a pedir a José Dávila, comandante
general e intendente de la provincia, que proclamara el código. Éste
lo hizo bajo presión, pero advirtió a los amotinados que ese era un
acto precursor de la Independencia. En Jalapa ocurrieron sucesos semejantes,
y en México, el virrey, para evitar que los oficiales de las tropas
españolas, casi todos masones, lo obligaran en el mismo sentido, convocó
al Real Acuerdo el día 31, en cuya sesión él y los oidores hicieron
el juramento. El arzobispo, los tribunales, los empleados y los colegios
hicieron lo propio del 1° al 8 de junio, y el 9 el Ayuntamiento hizo
su proclamación.
c) Consumación de la Independencia
El 2 de
enero de 1821 Guerrero derrotó a una partida realista en Zapotepec y
el 5 Asencio desbandó a otra en Tlatlaya. Estos hechos persuadieron
a Iturbide de que la campaña contra los insurgentes sería larga, y al
parecer advirtió entonces la conveniencia de contar con ellos en los
planes de Independencia, en lugar de empeñarse en una nueva y sangrienta
contienda. El día 10 escribió a Guerrero instándolo a someterse y haciendo
votos por la emancipación; éste contestó el 20 rechazando el indulto,
pero ofreciéndole colaborar si en efecto buscaba la separación de España.
Antonio de Mier, representante de Iturbide, y José Figueroa, de Guerrero,
dieron cima a las negociaciones. Simultáneamente, Iturbide escribió
al arzobispo de México, a los obispos de Guadalajara y Puebla y al gobernador
de la mitra de Valladolid, anunciándoles sus planes, y movilizó agentes
que fueran a persuadir a los comandantes militares acantonados en Michoacán
y en el Bajío. Una vez obtenido el acuerdo de tan importantes sectores
del clero y del ejército, proclamó el 24 de febrero el Plan de Iguala,
cuyos artículos principales establecían la religión católica, sin tolerancia
de otra alguna; la absoluta independencia; un gobierno monárquico constitucional,
reservado a Fernando VII o a otro miembro de casa reinante; la formación
de una junta gubernativa, previa a la constitución del Imperio Mexicano;
y la creación del Ejército de las Tres Garantías. Se indicaba, además,
que todos los habitantes eran ciudadanos idóneos para optar empleos
y garantizaba a las personas y al clero el respeto a sus propiedades
y fueros. Los ¡vivas! finales a la religión, la Independencia y la unión
entre americanos y europeos aludían a la naturaleza de las tres garantías.
Ese mismo día Iturbide envió al virrey las "indicaciones para el
gobierno que debía instalarse provisionalmente" y que contenían,
aunque más explícitos, los mismos puntos del Plan. Apodaca condenó estos
textos el 3 de marzo y el 14 puso a Iturbide fuera de la ley. En esos
días desertaron más de la mitad de las fuerzas trigarantes; pero, a
cambio, se adhirieron al Plan de Iguala los granaderos provinciales
de Jalapa (día 13), que se pusieron a las órdenes de José Joaquín de
Herrera, en Perote; Luis de Cortazar, en Amoles (hoy Cortazar, el 16
de marzo) y Anastasio Bustamante, en la hacienda de Pantoja (día 17),
quienes luego tomaron la ciudad de Guanajuato (día 24); varios miembros
del Fijo de Veracruz y del batallón provincial de Puebla, que se unieron
a Herrera para apoderarse de Córdoba (1° de abril); los capitanes del
Fijo de México, Vicente Filisola y Juan José Codallos, en Tusantla (9
de abril); el teniente coronel Antonio López de Santa Anna, con 500
hombres, en Alvarado (día 25); y en el curso del mes, el teniente coronel
Francisco Ramírez y Sesma, con 80 soldados, en Veracruz; los hermanos
Flon, capitanes de Dragones de Puebla, con casi todo su regimiento;
el teniente coronel Miguel Barragán, en Ario, y el sargento mayor Juan
Domínguez, en Apatzingán, con una gruesa sección volante, el primero,
y los granaderos de Guadalajara el segundo. Advertido Iturbide de la
formación del Ejército del Sur, cuyo mando confió el virrey al mariscal
de campo Pascual de Liñán y que a la postre no se movió de Cuernavaca,
salió de Teloloapan hacia el Bajío, por Tlalchapa, Cutzamala —donde
se le presentó Ramón Rayón—, Tusantla, Zitácuaro y Acámbaro, en
cuyo curso fue incorporando a sus fuerzas a los antiguos insurgentes,
entre otros Epitacio Sánchez, que comandó su escolta. El 1° de mayo
entró a León, el día 10 se entrevistó en la hacienda de San Antonio,
cerca de La Barca, con José de la Cruz, comandante e intendente de la
Nueva Galicia, consiguiendo que permaneciera inactivo, y el 20 hizo
que capitulara Valladolid. Varios jefes realistas se rindieron a los
trigarantes durante junio: Novoa, en San Juan del Río (día 7); Bracho,
en San Luis de la Paz (día 22) y Luaces, en Querétaro (día 28). El día
13 de ese mes, Pedro Celestino Negrete proclamó la Independencia en
San Pedro Tlaquepaque, en las inmediaciones de Guadalajara, huyendo
Cruz a Durango, donde capituló a la postre (31 de agosto). En el curso
de junio el virrey suprimió la libertad de imprenta y convocó a los
peninsulares a que formasen los cuerpos de "defensores de la integridad
de las Españas"; Iturbide, a su vez, abolió en Querétaro la subvención
temporal, la contribución directa de guerra y la de convoy, el 10% sobre
alquiler de casas y todos los demás impuestos extraordinarios vigentes
desde 1810. Ya para entonces, en lugar de hablar de "la tutela
de la nación más católica y piadosa, heroica y magnánima", según
se había referido a España el 24 de febrero, la identificaba con "el
yugo extranjero". A principios de julio, a instancias del brigadier
Arredondo, se adhirieron al Plan de Iguala la ciudad de Monterrey (día
4) y más tarde las otras Provincias Internas de Oriente.
El 30 de
julio desembarcó en Veracruz el teniente general Juan O'Donojú, nombrado
jefe político y capitán general en sustitución de Apodaca; el 3 de agosto
expidió una proclama conciliatoria, el 4 entró en relación con Santa
Anna para que franqueara las comunicaciones al interior del país y ese
mismo día escribió a Iturbide proponiéndole una entrevista. Ésta se
celebró en Córdoba el 23 siguiente, y el 24 firmaron el tratado que
puso término a la dominación de España. En resumen, se reconocía al
Imperio Mexicano como nación soberana e independiente, instaurando un
gobierno monárquico constitucional moderado, a cuyo frente se llamaría
a Fernando VII y, por renuncia o no admisión de éste, a otros miembros
de la casa reinante; se nombraba una Junta Provisional Gubernativa,
encargada de designar una regencia compuesta por tres personas, que
ejercería el poder ejecutivo hasta que el monarca empuñase su cetro;
se convocaba a Cortes para formar la Constitución; se dejaba en libertad
de escoger su nacionalidad a los españoles avecinados en América y a
los americanos residentes en la Península, y finalmente O'Donojú se
ofrecía a intervenir para que la capital se entregase sin efusión de
sangre.
Iturbide
y O'Donojú enviaron copia del Tratado de Córdoba a Novella, quien el
30 de agosto convocó a una junta de las principales autoridades y vecinos,
que sólo sirvió para que se manifestaran opiniones contrarias y se estimulara
aún más la deserción entre los realistas. Hubo algunas agrias contestaciones
entre O'Donojú y Novella, pero como el Ejército Trigarante —9
mil hombres de infantería y 7 mil de caballería— rodeaba ya la
capital, éste decidió reunirse con aquél y con Iturbide en la hacienda
de Pateza el 13 de septiembre para convenir la entrega de la ciudad,
en lo cual se manifestaron conformes, en los días subsecuentes, la diputación
provincial y el Ayuntamiento. Las tropas reales salieron sin capitulaciones
y los últimos en deponer las armas fueron los batallones de negros en
la Tierra Caliente.
El 27 de
septiembre de 1821 hizo su entrada triunfal en la ciudad de México el
Ejército Trigarante y el 28 —cuando en España se abrían las Cortes
extraordinarias para "promover el bien de América"—
se instaló la Junta Provisional Gubernativa, compuesta por 38 personas
nombradas por Iturbide. Aparte Juan O'Donojú, la integraban siete eclesiásticos:
Antonio Joaquín Pérez Martínez, obispo de Puebla (presidente), Manuel
de la Bárcena, Matías Monteagudo, Miguel Guridi y Alcocer, Francisco
Severo Maldonado, José Manuel Sartorio e Ignacio Icaza; cuatro oidores:
José Isidro Yáñez, José María Fagoaga y Manuel Martínez Mancilla, de
México, y José Domingo Rus, de Guadalajara; seis abogados de la Audiencia
de México: Juan José Espinosa de los Monteros, Antonio Gama, Ignacio
García Illueca, José María Jáuregui, Rafael Suárez Pereda y Juan B.
Raz y Guzmán; tres miembros del Ayuntamiento de la capital: Juan Francisco
Azcárate, Francisco Manuel Sánchez de Tagle y José Manuel Velázquez
de la Cadena; siete títulos nobiliarios: el marqués de Salvatierra,
el conde de Casa de Heras, el marqués de San Juan de Rayas, dos miembros
de la casa de Santiago Calimaya, el conde de Jala y de Regla y el marqués
de San Miguel de Aguayo; cinco militares: Manuel Sotarriva, José María
Bustamante, Juan Horbegoso, Nicolás Campero y Anastasio Bustamante;
tres comerciantes y hacendados: Juan Lobo, Manuel Montes Argüelles y
Manuel Sánchez Enciso; y un alto empleado: Manuel Velázquez de León,
director de Hacienda.
La naturaleza
de la Junta reveló el propósito de Iturbide de congregar a las más altas
clases de la sociedad en un círculo aristocrático que formase la corte
del futuro monarca. Pero como la Junta tenía la función primordial de
legislar, su composición repugnaba al espíritu popular y contradecía
el Artículo 12 del Plan de Iguala, según el cual "todos los habitantes
de la Nueva España, sin distinción alguna de europeos, africanos ni
indios" eran ciudadanos de la monarquía "con opción a todo
empleo según su mérito y virtudes". Y aun cuando el propio Plan
proclamó la Independencia con "la misma voz que resonó en el pueblo
de los Dolores, el año de mil ochocientos diez", los antiguos patriotas
y los insurgentes quedaron excluidos del gobierno.
El primer
acto de la Junta Provisional Gubernativa consistió en decretar —redactada
por el licenciado Juan José Espinosa de los Monteros, su secretario—
el Acta de Independencia del Imperio Mexicano.
D.
Primer Imperio Mexicano
El 25 de
febrero de 1822 se eligió un Congreso Constituyente, pero un motín del
regimiento de Celaya, en mayo de 1822, dio el poder a Iturbide, que
el mes de julio siguiente se proclamó emperador con el nombre de Agustín
I. Tras disolver la Cámara, creó un Junta instituyente en octubre, reprimió
a los republicanos y cesó al general Antonio López
de Santa Anna , gobernador de Veracruz, en noviembre. Un
mes más tarde se produjo la insurrección de Guadalupe Victoria y Santa
Anna, que lograron el apoyo de la mayoría del Ejército, lo que forzó
a Iturbide a restablecer el Congreso y a abdicar el 19 de marzo de 1823.
En abril fue abolido el Imperio y en mayo salió Iturbide del país rumbo
a Europa. Tras una corta estancia en Liorna (Italia), se instaló en
Londres y el 13 de febrero de 1824 envió una Exposición al Congreso
mexicano, anunciando su intención de regresar al país. Declarado traidor
por el Congreso en el mes de mayo, cuando desembarcó en Soto la Marina
(Tamaulipas), el 18 de julio siguiente, fue hecho prisionero, y acabó
fusilado en Padilla un día después.
E.
México republicano
El primer
presidente de México fue el Gral. Guadalupe Victoria, sucedido por el
consumador de la independencia Gral. Vicente Guerrero, sin embargo,
éste fue traicionado y derrocado.
La francmasonería,
tan activamente promovida en México por el primer embajador de los Estados
Unidos, Joel R. Poinsett, empezó gradualmente a minar la lealtad la
cual, de acuerdo con el Plan de Iguala, tanto los mandatarios como el
gobierno habían manifestado a la Iglesia. Poco a poco se fueron promulgando
leyes en contra de la Iglesia, como por ejemplo, en 1833 la de exclusión
del clero de la instrucción pública, no obstante lo cual al mismo tiempo
el presidente Valentín Gómez Farías solicitaba para el gobierno republicano
los privilegios del patronato real, con el poder de nombrar las sedes
vacantes y otros beneficios eclesiásticos.
El general Antonio López de Santa Anna dominó la escena
por más de cuarenta años, pero era un hombre sin principios firmes y
su política era débil y vacilante. Cualesquiera que hayan sido los servicios
que presto al país se vieron más que opacados por los muchos males que
generó su administración. De 1824 a 1846 la nación se vio envuelta en
una serie interminable de revueltas, debiendo enfrentar a la vez varios
asuntos nacionales importantes. Guatemala, que había sido parte de México
desde su independencia, se separó para siempre; los franceses invadieron
el país; Yucatán se separó del gobierno central por varios años y la
independencia de Texas llevó a México a la guerra y la invasión por
parte de los Estados Unidos.
1.
Intervención Norteamericana de 1846-48
Usando como pretexto que el gobierno central no ponía
la suficiente atención a los habitantes de Texas, y que muchos de los
habitantes de Texas no eran mexicanos, instigados por el gobierno de
Estados Unidos declararon su independencia de México, posteriormente
procedieron a la invasión, enfrentando el bien pertrechado y entrenado
ejército norteamericano a un muy diezmado ejército mexicano. Luego de
varias batallas, destacándose aquella en la que los cadetes del Colegio
Militar de México de entre 13 y 19 años, defendiendo heroicamente el
colegio, que era además un punto estratégico de defensa de la capital,
murieron a manos del ejército norteamericano, las tropas invasoras se
posesionaron de la capital y pusieron como condición para la paz que
era necesario ceder a los Estados Unidos todos los territorios situados
al norte del Río Bravo, lo que actualmente son los estados de California,
Arizona, Nuevo México, Texas, Nevada, Colorado y Utah.
2.
Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma
En 1851, Pío IX envió a Monseñor Luis Clementi para aclarar
algunas cuestiones religiosas. Fue recibido oficialmente por el presidente
Mariano Arista, pero fue finalmente obligado a retirarse y regresar
a Roma sin haber logrado cumplir con su cometido. Las disensiones continuaron
y, en 1857 fue promulgada la nueva constitución por el presidente Ignacio
Comonfort, en la que se establecía que México era una república federal
y laica. Su sucesor, Benito Juárez, expidió una serie de leyes contra
la religión católica conocidas como las Leyes de Reforma. En este tiempo
se hizo un intento de realizar un movimiento cismático. Las sociedades
secretas y otras asociaciones anti-católicas planearon inducir al presidente
Juárez a declarar que la nación mexicana se separaba de la comunión
con Roma y establecer una religión nacional cuyo primer pontífice, nombrado
por el gobierno debería ser el Sr. Pardio, antiguo párroco de Zotuta
en Yucatán, quien anteriormente había obtenido una Bula falsa de Gregorio
XVI nombrándolo obispo titular de Germanicopolis y auxiliar de Dn. José
María Guerra, Obispo de Yucatán. La repentina muerte de Pardio en mayo
de 1861, finalizó con este absurdo intento.
Del 4 de
Julio de 1852, cuando la ley que permitía al gobierno tomar posesión
de las propiedad de la misión filipina y de los ingresos de las fundaciones
pías, los cuales no podían ser gastados fuera de los límites de la república
fue promulgada, a la ley del 23 de noviembre de 1855, la cual abolía
toda la jurisdicción eclesiástica en asuntos civiles, fue decretada
una serie de leyes por el congreso y las legislaturas de los estados.
Durante la presidencia de Comonfort con la famosa constitución del 57,
se declaró la separación de la Iglesia y el Estado y, en 1874 el presidente
Sebastián Lerdo de Tejada elevó muchas de las Leyes de Reforma a rango
constitucional.
El siglo XIX estuvo lleno de luchas intestinas entre
los “liberales”, que apoyaban las leyes de reforma y un
gobierno federalista, masones en su mayoría y los conservadores, que
estaban en contra de las leyes de reforma y por un gobierno centralista
o una monarquía moderada.
3. Intervención Francesa y Segundo Imperio Mexicano
Después
de los excesos de dictadura santanista y las batallas de la guerra de
Reforma, México se encontraba en bancarrota sin poder saldar sus deudas
con los países acreedores. En 1862 los ejércitos de España, Inglaterra
y Francia desembarcaron en Veracruz dispuestos a cobrar sus préstamos.
Después de negociar con el representante de México, España e Inglaterra
se retiraron. Las fuerzas francesas al mando del general Lorencez avanzaron
hacia la capital. Derrotadas en la batalla de Puebla (Por las tropas
del general Ignacio Zaragoza), se refugiaron en Orizaba mientras
esperaban refuerzos para proseguir con la ofensiva. Mientras tanto Luis
Bonaparte, el ambicioso sobrino de Napoleón I, se alió con grupos de
conservadores mexicanos para imponer un rey europeo en el país. La llegada
de mas tropas expedicionarias francesas y del archiduque Fernando Maximiliano
de Habsburgo junto con su esposa Carlota Amalia de Bélgica, inclinaron
la balanza a favor de los franceses y sus aliados conservadores. Maximiliano
y Carlota fueron coronados emperadores de México e iniciaron la organización
de todos los asuntos imperiales. El ejército monárquico ocupó las principales
ciudades del país, mientras el gobierno liberal se batía en retirada
hasta la frontera con Estados Unidos. Juárez y los republicanos no se
rindieron, y el curso de los acontecimientos comenzó a favorecerlos.
Maximiliano se enemistó con sus colaboradores mexicanos al aplicar varias
de las propuestas por los liberales. La permanencia de las tropas francesas
resultaba muy costosa para el bolsillo francés y, además de todo, Prusia,
la otra potencia europea de la época, mantenía una posición amenazante
contra Francia. Los Estados Unidos, al término de su guerra civil, presionaron
a Francia para que se retirara. El retiro de las topas francesas en
1867 fue obligado. Carlota al darse cuenta del abandono de Napoleón,
viajó a Francia para pedirle su apoyo y posteriormente a ver al Papa
para que intercediera por ellos; estando en Roma sufrió un ataque de
nervios y perdió la razón; fue trasladada al castillo de Miramar, donde
vivió en la locura hasta que murió ya anciana en 1927. Maximiliano indefenso,
tuvo que recurrir a sus antiguos aliados conservadores, los generales
Miramón y Mejía, pero era ya demasiado tarde. Derrotados en Querétaro,
fueron fusilados en el cerro de las Campanas, en la ciudad de Querétaro.
Finalmente,
en el mismo año de 1867, luego de vencer a los últimos monárquicos,
Juárez con su gobierno entró a la ciudad de México a tomar posesión
del gobierno federal. Al morir Juárez a causa de una enfermedad, lo
sustituyó en la presidencia Sebastián Lerdo de Tejada.
4.
El Porfiriato
En los últimos
años del siglo XIX y la primera década del XX, se desarrolló en México
la más eficaz dictadura modernizadora de toda América Latina, que propició
un espectacular crecimiento económico en el país. Si se comparan las
tasas de crecimiento de todo el siglo XIX con las del porfiriato la
diferencia resulta abrumadora. El general Porfirio Díaz, que comenzó
su marcha hacia el poder como un genuino heredero de la Reforma liberal
y anticlerical encabezada por Juárez, fue abandonando con el tiempo
muchos de los principios que lo condujeron a la primera fila de la política
mexicana y terminó adoptando una postura claramente ecléctica. Díaz
fue el restaurador del orden, el "tirano honrado" que haciendo
uso de un estilo claramente autoritario condujo férreamente a México
por la senda del progreso. El progreso se había convertido en la consigna
más importante de todas las que simbolizaban las ansias transformadoras
de los latinoamericanos, y en México, el camino al progreso debía dejar
atrás la organización económica y social heredada del Imperio español.
Para muchos dirigentes porfiristas el camino a la modernización pasaba
por la europeización de un país rural y atrasado, aunque el modelo norteamericano
también era tenido en cuenta.
Entre los
principales logros económicos del porfiriato está la atracción de numerosas
inversiones extranjeras (especialmente norteamericanas), con las que
se financió el programa modernizador, así como la construcción ferroviaria
y el relanzamiento de la minería de plata en el norte del país. La agricultura
orientada a la exportación conoció un crecimiento espectacular, pasando
de 20 millones de pesos en 1887/88 a 50 millones en 1903/4. Entre los
productos más destacados figura en primer lugar el henequén de Yucatán,
el café, el cacao, el chicle y el hule. Este proceso fue facilitado
por la acelerada concentración latifundista, que también favoreció la
expansión de una agricultura claramente orientada hacia el mercado.
La llegada de inversiones extranjeras fue favorecida por la negativa
del Estado a intervenir como mediador en los conflictos obreros, dejando
bastante libertad a la patronal. Los bajos salarios que se pagaban en
el país explican el escaso atractivo que tuvo México para los inmigrantes
europeos. Por ello, su población se incrementó básicamente por el crecimiento
vegetativo, pasando de los 9.500.000 habitantes de 1876 a los más de
15 millones de 1910.
Durante
el porfiriato, el progresismo y el conservadurismo se mezclaron permanentemente,
aunque se trataba de las dos caras de la misma moneda, lo que hace difícil
la adscripción de Díaz en un campo determinado. Incluso hay quien señala
que con él se produjo la consolidación y la muerte del liberalismo mexicano.
Todo ello prueba las permanentes contradicciones que rodearon al sistema
político en las últimas décadas del siglo XIX y los primeros años del
XX.
Díaz llegó
al poder en 1876 tras derrocar a Sebastián Lerdo de Tejada con la consigna
de "sufragio efectivo, no reelección". Y si bien hasta 1880
cumplió con la consigna de la no reelección, luego abandonaría totalmente
los principios que lo condujeron a la presidencia. Entre 1884 y 1911
se mantuvo en el poder, sucediéndose a si mismo en siete oportunidades
mediante otras tantas reelecciones, lo que le valió la crítica de la
prensa liberal por el incumplimiento de su palabra. Su gobierno contó
con el respaldo de los terratenientes y de la Iglesia que se habían
opuesto a la Reforma. Los primeros fueron partidarios del avance de
la gran propiedad a costa de las tierras de las comunidades indígenas,
de los baldíos y también del proceso de desamortización de las tierras
eclesiásticas. La "pax porfiriana" se impuso a costa de la
represión y de la consolidación de un sistema basado en las relaciones
personales, para lo cual atrajo a su órbita a los principales personajes
de los grupos políticos más influyentes, aunque fueran contradictorios
entre sí. Su estilo inicial estuvo marcado por la búsqueda de la conciliación
entre las partes en pugna. En el manejo de las relaciones personales
el régimen porfirista no se diferenciaba demasiado de los sistemas oligárquicos
existentes en América del Sur y en muchos países del centro y del sur
de Europa. Esto no excluyó el estallido de numerosos conflictos y rebeliones,
como las guerras contra los indios yaqui que afectaron a la región de
Sonora entre 1887 y 1910/11.
Díaz se
rodeó inicialmente de un grupo de jóvenes tecnócratas, los llamados
"científicos", influidos por Gabino Barreda, un intelectual
mexicano que había evolucionado del liberalismo al positivismo francés.
Barreda había fundado la Escuela Nacional Preparatoria, donde se formaron
numerosos cuadros del régimen. Junto con Porfirio Parra crearon la Asociación
Metodófila y publicaron la Revista Positiva. Una de sus preocupaciones
era presentar la inevitabilidad histórica del porfiriato, una etapa
más en el camino hacia el progreso del país. El historiador Justo Sierra
compartía este punto de vista, ya que para él, la dictadura de Díaz
era una etapa necesaria en la evolución mexicana hacia la modernización
y la democracia. A la libertad sólo se llegaría después de que el orden
social se hubiera consolidado en el país, aun a costa de la represión.
Uno de los
"científicos" más descollante fue José Yves Limantour, secretario
de Hacienda desde 1893, cargo que mantuvo hasta la caída de Díaz en
1911. A principios del siglo XX los "científicos" ocupaban
una posición relevante dentro del régimen y muchos esperaban que Limantour
fuera elegido presidente en 1904. Pero, las disputas que enfrentaban
a Limantour con el general Bernardo Reyes, secretario de Guerra, obligaron
a Díaz a prolongar la duración de su mandato, de cuatro a seis años,
y posteriormente a solicitar una sexta reelección en 1906. La apertura
de una grave crisis sucesoria comenzó a afectar seriamente la credibilidad
del sistema y facilitó algunas manifestaciones de hostilidad al régimen,
provenientes tanto de dentro como de fuera del mismo.
Los empresarios
norteños, nucleados en torno a la emergente industria siderúrgica de
Monterrey, se enfrentaron al poder de "los científicos" y
a la alianza que habían establecido con los inversionistas extranjeros.
Y si los industriales se habían sabido beneficiar del rumbo seguido
por la política económica porfiriana, adoptaron una posición nacionalista
y reivindicativa en contra de la línea de Limantour y sus seguidores.
Sin embargo, fue muy poco lo que pudieron hacer para imponer sus puntos
de vista, pues tras desplazar a Reyes del gabinete, el porfiriato pasó
a ser controlado por el tándem Limantour-Ramón Corral (un antiguo gobernador
de Sonora y después del Distrito Federal). Estos acontecimientos habían
conducido al régimen a una situación de parálisis casi total. Su falta
de reflejos políticos se relacionaba con la senilidad del presidente
y la del mismo gobierno. En 1910 el presidente Díaz tenía ochenta años,
dos de sus ocho ministros superaban los ochenta años y otros tres tenían
más de sesenta. El más joven era Limantour, con cincuenta y siete, pero
como hacía diecisiete años que estaba al frente de la Secretaría de
Hacienda era todo un veterano. La senilidad de los principales cuadros
dirigentes estaba presente en otros sectores de la Administración. De
los veinte gobernadores, diecisiete tenían más de sesenta años, siendo
ocho de ellos mayores de setenta. En el Congreso y en el Poder judicial
la vejez de los jueces y diputados era un hecho relevante. En el ejército
federal no era nada raro encontrar generales de más de ochenta años,
coroneles de setenta y capitanes de sesenta.
La lista
de los gobernantes del México independiente durante el siglo XIX y los
años de inicio de su gobierno es:
1821 , Junta Provisional Gubernativa / Regencia; 1822
, Agustín de Iturbide (Primer Imperio); 1823 , Supremo Poder Legislativo
(Pedro Celestino Negrete, Nicolás Bravo y Guadalupe Victoria); 1824
, Guadalupe Victoria, Primer Presidente de México; 1829 , Vicente Guerrero
; 1829 , José María de Bocanegra (presidente interino); 1829 , Pedro
Vélez, Lucas Alamán, Luis Quintanar; 1830, Anastasio Bustamante; 1832
, Melchor Múzquiz; 1832 , Manuel Gómez Pedraza; 1833 , Valentín Gómez
Farías, Antonio López de Santa Anna; 1835 , Miguel Barragán; 1836, José
Justo Corro; 1837 , Anastasio Bustamante; 1839 , Antonio López de Santa
Anna, Nicolás Bravo; 1839 , Anastasio Bustamante; 1841 , Francisco Javier
Echeverría; 1841 , Antonio López de Santa Anna; 1842 , Nicolás Bravo;
1843 , Antonio López de Santa Anna/ Valentín Canalizo; 1844 , A. López
de Santa Anna, José J. Herrera; Valentín Canalizo 1844 , José Joaquín
Herrera; 1846 , Mariano Paredes / Nicolás Bravo / José Mariano de Salas;
1846 , Valentín Gómez Farías; 1847 , A. López de Santa Anna, Pedro M.
Anaya, Manuel de la Peña; 1847 , Pedro María Anaya; 1848 , Manuel de
la Peña y Peña; 1848 , José Joaquín Herrera; 1851 , Mariano Arista;
1853 , Juan Bautista Ceballos / Manuel María Lombardini; 1853 , Antonio
López de Santa Anna; 1855 , Martín Carrera / Rómulo Díaz de la Vega
/ Juan Alvarez; 1855 , Ignacio Comonfort; 1858 , Félix Zuloaga; 1858,
Benito Juárez; 1858, Manuel Robles Pezuela; 1859 , Félix Zuloaga; 1859
, Miguel Miramón; 1860 , José Ignacio Pavón / Miguel Miramón; 1861,
Benito Juárez; 1863, Regencia del Segundo Imperio (Juan N. Almonte,
Mariano Salas, Pelagio Antonio de Labastida, Juan B. Ormachea); 1864
, Maximiliano de Habsburgo (Segundo Imperio); 1867, Benito Juárez; 1872
, Sebastián Lerdo de Tejada; 1876 , Porfirio Díaz; 1876 , Juan N. Méndez;
1877 , Porfirio Díaz; 1880 , Manuel González y de 1884-1910, Porfirio
Díaz.
F.
La Revolución Mexicana
Tras mucho
tiempo de silencio y asfixia política fueron numerosos los grupos políticos
opositores que quisieron salir a la superficie, tratando de aprovechar
la debilidad del régimen. En parte fue el mismo Díaz quien hizo posible
la existencia de posturas sucesorias, al manifestar en una entrevista
periodística que le hicieron en 1908 que era el momento más adecuado
para que se reabriera el juego político, aunque muchos de los sectores
rurales y campesinos postergados tuvieron grandes dificultades para
poder hacer oír su voz.
Uno de los
personajes que accedió al primer plano de las filas opositoras fue Francisco
Madero, el futuro líder revolucionario y uno de los mayores hacendados
norteños. Las consignas de acabar con la reelección y a favor del sufragio
efectivo no le permitieron liquidar a la muy aceitada maquinaria electoral
de Díaz. Madero creó el Partido Antirreeleccionista, acabó convirtiéndose
en una amenaza para el dictador, y su accionar lo condujo a la cárcel
y, posteriormente, al destierro.
En septiembre
de 1910, Díaz celebró con gran esplendor el centenario del inicio de
la lucha por la independencia, inaugurando muchas obras públicas; en
octubre Madero lanzó el Plan de San Luis Potosí, el verdadero fermento
de la revolución maderista que juntaba las reivindicaciones políticas
de la oligarquía norteña con la devolución de las tierras a los campesinos
que habían sido despojados ilícitamente de ellas. El 20 de noviembre
de 1910, Madero convocó a la revolución contra el porfiriato desde su
refugio de San Antonio, Texas, al otro lado de la frontera. Nuevamente
se esgrimía la consigna de "sufragio efectivo, no reelección"
que en su momento había levantado el propio Díaz.
En
mayo de 1911 Porfirio Díaz renunció a la presidencia y partió exiliado
a Europa, donde vivió hasta su muerte en París en 1915.
Con la partida
de Díaz, Francisco León de la Barra quedó como presidente y en las primeras
elecciones en muchos años, fue elegido Francisco I. Madero como presidente
de la República. Desafortunadamente ello no solucionó el conflicto,
sino que fue el inicio de muchos otros.
Emiliano
Zapata, líder campesino del sur del país exigía a Madero la restitución
inmediata de las tierras a los campesinos y como Madero no ejerciera
acciones de inmediato, lo desconoció como líder de la Revolución, produciéndose
así la primera de muchas divisiones entre revolucionarios.
Victoriano
Huerta, comandante de la plaza del Palacio Nacional, suscribió un pacto
secreto con Félix Díaz, sobrino de Porfirio Díaz para arrestar y asesinar
a Madero e instalarse en su lugar; Madero fue arrestado el 18 de febrero
de 1913 junto con el vicepresidente José María Pino Suárez y fueron
fusilados en la penitenciaría el día 22, instalándose Huerta en la presidencia.
Como respuesta
a la traición y usurpación de Huerta, Venustiano Carranza, gobernador
del estado de Coahuila redacta el Plan de Guadalupe, por el cual desconoce
la presidencia de Huerta y se nombra a sí mismo jefe del ejército constitucionalista
y líder de los revolucionarios. Mientras tanto, las tropas estadounidenses
invadieron el puerto de Veracruz el 21 de abril de 1914 y Huerta, incapaz
de defender al país y de detener las insurrecciones renunció el 14 de
julio, huyendo a Europa; poco después quiso regresar a México por Estados
Unidos, pero fue arrestado en Texas donde murió a causa de la cirrosis
que lo afectaba.
Para entonces
las fuerzas revolucionarias estaban divididas en tres partidos, los
que apoyaban a Francisco Villa, los seguidores de Zapata y los de Carranza,
éste último estaba en posesión del poder ejecutivo del país y los otros
dos lo desconocían. Para intentar solucionar esto, representantes de
las tres facciones se reunieron para deliberar lo que era más conveniente
para lograr la paz social en el país en una convención en Aguascalientes,
la cual determinó que Carranza debía separarse del poder ejecutivo y
se nombró presidente al general Eulalio Gutiérrez, quien al tomar posesión
lo primero que hizo fue destituir del mando de sus tropas a Villa y
a Zapata, quienes decidieron desconocer a Gutiérrez y nombraron en su
lugar a Roque González Garza el 16 de febrero de 1915.
Villa fue
derrotado definitivamente por las fuerzas de Carranza en Noviembre de
1915 y Villa se retiró a la hacienda de Canutillo, Durango, y murió
asesinado en Hidalgo del Parral, Chihuahua el 11 de enero de 1923. Zapata
fue derrotado casi al mismo tiempo que Villa y fue asesinado en Chinameca,
Morelos el 10 de abril de 1919.
El 19 de
octubre, Venustiano Carranza, quien unilateralmente seguía ostentando
el título de primer jefe del ejército constitucionalista y encargado
del poder ejecutivo, recibió el reconocimiento de su gobierno por parte
del gobierno de Estados Unidos, con lo cual se consolidó como máximo
líder de la Revolución.
En 1916,
Carranza, ya con la mayor parte del país en su poder, pero sin todavía
poder mantener la paz, convocó al IV Congreso Constituyente en la ciudad
de Querétaro y el 5 de febrero de 1917, el congreso constituyente promulga
la nueva Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, la cual
sigue vigente hasta nuestros días. Posteriormente, en mayo de ese mismo
año, luego de las elecciones, Venustiano Carranza es electo presidente.
Los principios
de la nueva constitución fueron el reparto agrario, la justicia social
y la supremacía del Estado sobre la Iglesia. En este último aspecto,
la nueva constitución adoptó casi de manera íntegra las leyes de reforma
que tanto habían atacado a la Iglesia.
G.
México Post-Revolucionario
Luego de
la proclamación de la nueva constitución, el gobierno tenía la tarea
de reorganizar las instituciones del país, desafortunadamente la situación
no era tan sencilla y el 21 de mayo de 1920 fue asesinado Carranza en
Tlaxcalantongo, Puebla. Se convocó a nuevas elecciones y fue elegido
Álvaro Obregón.
Poco a poco
y con algunas sublevaciones esporádicas, el país iba tomando forma de
nuevo, se reinauguró la Universidad Nacional, se fundaron organizaciones
para la defensa de los trabajadores, se hizo algo de reparto agrario.
José Vasconcelos inició una cruzada cultural para llevar educación a
todo el país, iniciaron las emisoras de radio mexicanas y la aviación
civil y militar y se creó el Banco de México, única institución autorizada
para crear moneda de curso corriente en el país.
1.
La Persecución Religiosa y la Guerra Cristera
El 11 de
enero de 1923, monseñor Philippi, Delegado Apostólico en México colocó
en el estado de Guanajuato la primera piedra del monumento nacional
a Cristo Rey, proclamando a Cristo, “Rey de México”. Poco
después fue expulsado por “violar la constitución.”
Del 5 al
12 de octubre de 1924 se celebró en la ciudad de México el Primer Congreso
Eucarístico Nacional, y Álvaro Obregón, presidente acusó a algunos miembros
del clero de violaciones a la constitución. Poco después tomó posesión como
presidente el también general revolucionario Plutarco Elías Calles.
El 30 de
enero de 1925 el gobernador de Tabasco, Tomás Garrido Canabal, promulga
un decreto que restringe a uno, por cada 30 mil habitantes, el número
de sacerdotes que pueden oficiar en ese estado. Como respuesta a lo
anterior, grupos de la Acción Católica Mexicana forman la Liga Nacional
para la Defensa de la Libertad Religiosa. Ante la insistencia del gobierno
de seguir oprimiendo con leyes a la Iglesia Católica y vejando los derechos
de los católicos (que eran y son mayoría en México), la Liga convocó,
el 25 de junio de 1926 a realizar un “bloqueo económico social”
el 31 de julio, para ejercer presión sobre el gobierno. El 2 de julio,
Calles expide un decreto para reformar el código penal para poder castigar
más fuertemente a los sacerdotes. El 23 de julio, se expide un decreto
en el que se obliga a impartir enseñanza laica en los colegios particulares,
la mayor parte de los cuales eran de religiosos. Se cerraron muchas
escuelas y conventos y se expulsaron cerca de 200 sacerdotes extranjeros.
Así las
cosas, el 1 de agosto se suspendió a petición de la jerarquía del país el
culto en todos los templos católicos y se empieza a realizar de forma clandestina,
porque el gobierno impide que sea particular. Al principio la Liga se decidió
por la realización de asambleas permanentes, donde el pueblo montaba guardia
noche y día, así como grandes manifestaciones, peregrinaciones y procesiones
que formaban una especie de insurrección no violenta.
Los
choques con el gobierno fueron más frecuentes a lado de las provocaciones
puras y simples, todos los actos de las autoridades se sentían como
agresiones, cierre de iglesias ejecución de los inventarios, detención
a sacerdotes o dirigentes seglares, el desprecio con que el gobierno
consideraba las gestiones pacíficas. Se mandaron papeles con peticiones
al Presidente Calles, pero fue imposible. La opinión colectiva coincidía
en un levantamiento en contra el gobierno. El efecto de estas medidas
resulta intolerable para la población, especialmente en el campo y la
rebelión armada estalla en enero de 1927, cuando algunos grupos de católicos
se levantaron contra el gobierno al grito de “¡Viva Cristo Rey
y la Virgen de Guadalupe!"
Los cristeros
estaban conscientes de que la Nación peligraba y que era necesario salvarla,
empezando por la iglesia católica, como Palomar Vizcarra afirmaba: "que
era y es, la base de la patria". Al proceder así, no sólo seguían
el ejemplo de Iturbide, sino el de los conservadores, el primero dijo:
¨la nación es la patria¨ y Miramón proclamó: ¨La religión es la patria
y el que no ame la religión es un traidor ".
La lucha
se concentra principalmente en los estados de Jalisco, Nayarit, Zacatecas,
Guanajuato, Colima y Michoacán, pero también hubo levantamientos en
todo el país. Se han comprobado más levantamientos en el norte de la república, hasta
Bacúm en Sonora, Concepción del oro en Zacatecas y Parras y Saltillo
en Coahuila, además por el sur hasta Tapachula en Chiapas.
El 13 de
noviembre de 1927 Álvaro Obregón, expresidente y ahora, violando el
principal precepto de la Revolución con la que luchó, candidato a reelegirse
sufrió un atentado dinamitero en su automóvil. Los que realizaron el
atentado eran miembros de la Liga y el auto que utilizaron lo habían
tomado prestado a los hermanos Pro Juárez, uno de los cuales era el
Padre Miguel Agustín Pro; el gobierno, sin mayores pruebas que esa y
usándolo como pretexto, pero en realidad queriendo hacer un escarmiento
a todos los sacerdotes, mandó fusilar sin dilación a los hermanos Pro.
El padre Pro fue beatificado por S.S. Juan Pablo II en mayo de 1990.
El movimiento
fue consolidándose y expandiéndose cada vez más, y en el mes de julio
de 1927, La liga Defensora de la Libertad Religiosa, en su afán de ganar
más espacio al gobierno, comenzó a buscar un líder que cubriera las
expectativas de la guerra. Después del fracaso de algunos como Capistrán
Garza, se logró contratar (a sueldo) a Enrique Gorostieta, antiguo Carrancista
y excelente soldado de gran fuerza física y calidad intelectual, que
decepcionado por el gobierno de Calles se unió a la lucha cristera.
El 6 de febrero, el Monumento a Cristo Rey fue dinamitado,
lo que provocó la justa indignación de los católicos. El movimiento se encaminó así, a la
ciudad de México y alrededores, (Estado de México y Morelos) en el sur
de Guerrero Puebla y Oaxaca. Ya para mediados de 1928 los cristeros
no podían ser vencidos, consolidándose como victoriosos por su presencia
en toda la república, pero el gobierno con ayuda económica norteamericana
aún no cesaba su ataque.
Fue también
en esta guerra, que se atento contra el lienzo original donde fue plasmada
la imagen de la Santísima Virgen de Guadalupe, que se encontraba en
la Basílica, lugar que para destruirla se puso una bomba , pero que
gracias a Dios , la bomba no causo muchos daños, sino al contrario,
milagrosamente el crucifijo que estaba en el altar de la Basílica absorbió
la energía de la bomba y quedó curvo, protegiendo así a la milagrosa
imagen, de la cual ni siquiera el cristal que la protegía quedó resentido.
En abril
de 1928 la jerarquía de la Iglesia, junto con el presidente Calles y
el presidente electo Obregón acordaron el cese de las hostilidades y
el 17 de julio, José de León Toral, un miembro de la Liga, haciéndose
pasar por un retratista logró acercarse a Obregón y lo asesinó. La gente
dice que el autor intelectual es, en realidad el presidente Calles.
En junio
de 1929 se reanuda el culto en las iglesias católicas y finalmente,
el nuevo presidente, Emilio Portes Gil firma un acuerdo de paz en julio
con la Iglesia Católica y 14,000 cristeros deponen las armas.
En la Guerra
Cristera se dieron muchísimas muertes de muchos mexicanos que amaban
a su patria , pero sobre todo amaban a Cristo Jesús, a María y a Dios
Padre. Varios de esos mexicanos pertenecieron a la Asociación Católica
de la Juventud Mexicana ( A.C.J.M. ).
Centenares
de mexicanos seglares ofrecieron oblación en la cristiada: los que,
sin ninguna ambición personal se lanzaron al campo, inermes casi, y
a exponerse a sufrimientos atroces cotidianos y a una muerte fácilmente
previsible, sólo por defender los derechos de Dios, realizaron la hazaña
más gloriosa que podía realizarse. Otros muchos "votaron con sus
vidas" sin haber tomado nunca las armas; pero su voto era evidentemente
válido también, y se les discute aun menos que a los otros.
Por ejemplo,
se tiene el caso de José Valencia Gallardo, de León, Guanajuato y de
la A.C.J.M., que le arrancaron la lengua porque animaba a sus compañeros
de martirio... Le cortaron la mano que había podido desprender de las
ligaduras y señalaba al cielo. Y lo acribillaron a tiros y deshicieron
el cráneo a culatazos. Nicolás Navarro, golpeado en la cara hasta quebrarle
los dientes y hacer saltar sangre por los ojos: "¡Animo, compañeros,
acuérdense de la causa que defendemos!" Apuñalado expira diciendo:
"¡Sí, yo muero por Cristo, que no muere jamás! ¡Viva Cristo
Rey!" Había, además, perdonado a sus verdugos, rasgo frecuentísimo
en estos mexicanos testigos de Dios. Otros cinco jóvenes murieron con
éstos.
El día 21
de Mayo, día dedicado del Santo Jubileo del año 2000 a México, su santidad
Juan Pablo II, canonizó a 24 mártires de la persecución religiosa que
ocurrió en el país, en los años de 1926 a 1929, en la llamada Guerra
Cristera y a otros beatos también de México. En la guerra Cristera murieron
cientos de personas, desde fieles hasta sacerdotes, todos ellos con
el grito en la boca de " Viva Cristo Rey y Viva la Virgen de Guadalupe
" , antes de ser asesinados por el Gobierno, durante la presidencia
de Plutarco Elías Calles.
Todos los
que murieron y participaron en esta Guerra merecen todo el honor por
defender a su Iglesia, pero sobre todo por defender su derecho a amar
a Dios y a la Virgen María de forma libre, ya que el Gobierno había
prohibido cualquier acto religioso y se mando cerrar todos los templos.
Es por ello,
que en el Simposio Internacional "La Persecución Religiosa en México",
organizado por el Ateneo Pontificio "Regina Apostolorum" ,
una institución universitaria que dirigen los Legionarios de Cristo
en Roma, ha realizado muchas investigaciones y que en 1988 y 1992 fueron
beatificados 24 sacerdotes y laicos por el Santo Padre y que ahora el
21 de Mayo de 2000 fueron canonizados. Aunque algunos fueron beatificados
en otras fechas.
Esta canonización
fue la más numerosa en la historia de América Latina.
2.
Los gobiernos de la Revolución
Una vez
que cesaron las hostilidades y luego de veinte años de conflictos ininterrumpidos,
se comenzó lentamente la reestructuración política, económica y social
del país que se encontraba casi en ruinas.
El 4 de
marzo de 1929, el ex presidente Calles convoca a un congreso a varios
de sus antiguos colaboradores y a varios militares revolucionarios con
el fin de crear un partido político que expresara las ideas de la Revolución
Mexicana y de esta forma nació el Partido Nacional Revolucionario, el
cual cambió finalmente su nombre al de Partido Revolucionario Institucional
en 1946 y gobernó al país durante setenta años, hasta el año 2000.
Los siguientes
años fueron de lento crecimiento en el país, el cual siguiendo la inercia
mundial, iba añadiéndose a los adelantos científicos y tecnológicos
que surgían en el mundo.
Durante
el periodo de 1934-40, en el que gobernó Lázaro Cárdenas, se pretendió
una segunda persecución religiosa y, de hecho, se clausuraron varias
escuelas católicas, puesto que Cárdenas pretendía que la educación en
México debía ser socialista; pero afortunadamente no llegó a las proporciones
del conflicto de la década anterior.
El país
continuó su crecimiento, principalmente poblacional y también fue creciendo
en instituciones creadas para el bien de la población, se impulsó a
la Universidad Nacional y se creó el Instituto Politécnico Nacional,
Petróleos Mexicanos, la Comisión Federal de Electricidad, los Institutos
de Seguridad Social y se dio una época próspera en el cine mexicano
y apareció la televisión.
Durante
la II Guerra Mundial, México se mantuvo neutral hasta el ataque japonés
a Pearl Harbor, luego del cual rompió sus relaciones diplomáticas con
los países del Eje y un año después les declaró la guerra como consecuencia
del hundimiento de dos barcos mexicanos; sin embargo, la participación
de México se limitó a un escuadrón de Fuerza Aérea y ayuda en petróleo
a los Aliados.
Luego de
tres décadas sin mayores conflictos y con un lento crecimiento, hacia
finales de la década de 1960, e impulsados por la serie de movimientos
que se sucedían, los jóvenes mexicanos empezaron a exigir más libertades
individuales y se manifestaron en varias ocasiones, siendo la más famosa
la ocasión en que se manifestaron y fueron duramente reprimidos por
el gobierno, el cual mató, lastimó y desapareció a varios miles de personas
el 2 de octubre de 1968.
En 1979
sucedió algo que sacudió a la mayoría de los mexicanos, por primera
vez un Papa visitaba el país, el suceso fue algo que movilizó millones
de personas y millones de corazones, que se dirigieron a los diversos
lugares donde Juan Pablo II celebró, habló, cantó y festejó con los
mexicanos, después de eso, el Papa regresó al país en 1990, 1994, 1999
y 2002.
3.
La Reanudación de las Relaciones Iglesia-Estado
Luego de
la situación generada por la guerra cristera, el gobierno ya no perseguía
a la Iglesia, pero tampoco le hacía caso; simplemente actuaba como si
no existiese. No obstante lo cual, se daban casos en los que existían
buenas relaciones entre la jerarquía católica y la jerarquía de gobierno,
como cuando el presidente Miguel Alemán acompañó al Arzobispo Primado
de México, Mons. Luis María Martínez a inaugurar la Plaza de las Américas
de la Basílica de Guadalupe, o cuando los presidentes José López Portillo
y Carlos Salinas de Gortari recibieron al Santo Padre en 1979 y 1990.
Desde la
época en que Juárez rompió las relaciones con la Santa Sede y persiguió
a la Iglesia, luego de más de 100 años, en 1992 el Presidente Carlos
Salinas de Gortari, pidió al Papa la reanudación de relaciones diplomáticas
y promulgó la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público en la cual
se daba reconocimiento legal a las mismas y se garantizaba el derecho
de profesar públicamente la religión. Así las cosas, los sacerdotes,
religiosas y religiosos ya no tenían prohibido usar sus ornamentos en
público, los políticos ya no tenían prohibido expresar su credo y quedaban
permitidas las expresiones religiosas en público e, inclusive, fuera
de los templos.
H.
El México Actual
Luego de
70 años en el poder, el Partido Revolucionario Institucional perdió,
el 2 de julio de 2000 la presidencia de la República ante el candidato
del Partido Acción Nacional, Vicente Fox, quien abiertamente se declara
católico y cuyo primer acto antes de tomar posesión del cargo fue asistir
a la Basílica de Guadalupe a dar gracias a Nuestra Señora.
México es
un país que cuenta con mucha gente dispuesta a luchar por una vida mejor,
desafortunadamente, también es un país con grandes diferencias sociales,
en el cual más del 80% de la población vive en condiciones de pobreza.
Sin embargo, el país entra con nuevas esperanzas y nuevos bríos a trabajar
por un mejor nuevo milenio.
La lista
de gobernantes mexicanos del S. XX con los años de su mandato es la
siguiente:
1911, Lic. Francisco León de la Barra; 1911-1913, Francisco
I. Madero; 1913, Lic. Pedro Lascuráin; 1913-1914 , Gral. Victoriano
Huerta; 1914 , Francisco S. Carvajal; 1914 Venustiano Carranza; 1914
, Gral. Eulalio Gutiérrez (Convención de Aguascalientes); 1915, Roque
González Garza; 1915, Francisco Lagos Cházaro; 1917-1920, Venustiano
Carranza; 1920, Gral. Adolfo de la Huerta; 1920-1924, Gral. Álvaro Obregón;
1924-1928, Gral. Plutarco Elías Calles; 1928-1930, Emilio Portes Gil;
1930-1932, Ing. Pascual Ortiz Rubio; 1932-1934, Gral. Abelardo L. Rodríguez;
1934-1940, Gral. Lázaro Cárdenas del Río; 1940-1946, Manuel Ávila Camacho;
1946-1952, Lic. Miguel Alemán Valdés; 1952-1958, Adolfo Ruiz Cortines;
1958-1964, Lic. Adolfo López Mateos; 1964-1970, Lic. Gustavo Díaz Ordaz;
1970-1976, Lic. Luis Echeverría Álvarez; 1976-1982, Lic. José López
Portillo y Pacheco; 1982-1988 , Lic. Miguel de la Madrid Hurtado; 1988-1994,
Lic. Carlos Salinas de Gortari; 1994-2000, Dr. Ernesto Zedillo Ponce
de León; 2000- , Lic. Vicente Fox Quesada
III.
SANTOS MEXICANOS
Desde poco
tiempo después de la conquista de México y desde el principio de la
evangelización, hubo grandes hombres y mujeres mexicanos que dedicaron
su vida al servicio de Dios, algunos de ellos han sido declarados santos.
El primer
santo mexicano en ser reconocido como tal es San Felipe de Jesús, patrono
de la juventud mexicana que nació en la Ciudad de México y alcanzó la
palma del martirio en la ciudad de Nagazaki, Japón.
El último
mexicano en ser canonizado ha sido, sin embargo, el primer mexicano
en alcanzar la santidad y se trata del vidente de la Virgen de Guadalupe,
el indígena Juan Diego Cuauhtlatoatzin, quien fue canonizado por S.S.
Juan Pablo II en la Basílica de Guadalupe de la Ciudad de México el
día 31 de julio de 2002, durante su V visita pastoral a México, convirtiéndose
así en el primer indígena americano canonizado.
La lista
de santos y santa mexicanos al presente (2003) es:
Hay también
varios mexicanos; laicos, religiosos y sacerdotes, que han sido declarados
beatos y muchos que se encuentran en proceso. Estas listas dan testimonio
de que la intensa labor realizada por los primeros misioneros con grandes
esfuerzos y penalidades, ha dado innumerables frutos.
IV.
ÓRDENES RELIGIOSAS
Desde la
llegada de los primeros misioneros franciscanos con los conquistadores,
la labor de las diversas órdenes religiosas ha sido muy importante en
México. En el umbral del tercer milenio, las diferentes congregaciones
se dedican a las más diversas tareas, como la educación (Hermanos de
las Escuelas Cristianas, Sociedad de Don Bosco); el cuidado de los enfermos,
las misiones (Misioneros de Guadalupe, Misioneros Josefinos), la pastoral
de indígenas, la pastoral de indigentes, la catequesis, los medios de
comunicación social (Sociedad de San Pablo), etc.
Asimismo,
varias órdenes religiosas han visto la luz en México tales como los
Misioneros del Espíritu Santo, las Hermanas Guadalupanas de la Salle,
los Legionarios de Cristo y los Misioneros de Guadalupe.
Mención
especial cabe hacerse de las órdenes que se dedican a la educación,
puesto que las principales universidades privadas del país pertenecen
a institutos religiosos, así como muchas escuelas dedicadas a los más
pobres de entre los pobres.
V. ORGANIZACIÓN ECLESIÁSTICA
La primera
sede en México fue la llamada Carolensis, erigida por Bula de León X
“Sacri Apostolatus Ministerio”, que se pensaba estaría en
Yucatán, sin embargo, luego de la conquista, se trasladó a Puebla, luego
a Tlaxcala y por último a Puebla definitivamente en 1539, la segunda
fue la diócesis de México en 1530; luego le siguieron Guatemala, 1534;
Oaxaca (Antequera), 1535; Michoacán, 1536, que fue trasladada de Tzintzuntzan
a Pátzcuaro y luego a Valladolid (hoy Morelia). Todas estas diócesis
eran sufragáneas de la Arquidiócesis de Sevilla hasta el 31 de enero
de 1545, cuando a solicitud de Carlos V, el Santo Padre, Pablo II las
separó de la Sede Metropolitana de Sevilla y erigió la Arquidiócesis
Primada de México, con todas las antes mencionadas como sus sufragáneas,
siendo el primer arzobispo, el mismo primer obispo Fr. Juan de Zumárraga.
Después de ello, han sido creadas más diócesis y arquidiócesis
en el país, la última en haber sido creada es la diócesis del Valle
de Chalco, creada en el año 2003 por S. S. Juan Pablo II.
A la fecha las provincias eclesiásticas de México están
constituidas como sigue:
1.-
ACAPULCO: Arquidiócesis
de Acapulco; Diócesis de: Chilpancingo-Chilapa, Ciudad Altamirano, Ciudad
Lázaro Cárdenas, Tlapa.
2.- CHIHUAHUA:
Arquidiócesis
de Chihuahua; Diócesis de: Ciudad Juárez, Cuauhtémoc-Madera, Parral,
Tarahumara.
3.- DURANGO:
Arquidiócesis
de Durango; Diócesis de: Culiacán, Mazatlán, Torreón, Nvo. Casas Grandes;
Prelatura Territorial de El Salto.
4.- GUADALAJARA: Arquidiócesis de Guadalajara;
Diócesis de: Aguascalientes, Autlán, Ciudad Guzmán, Colima, San Juan
de los Lagos, Tepic, Zacatecas; Prelatura Territorial de El Nayar.
5.- HERMOSILLO: Arquidiócesis de Hermosillo;
Diócesis de: Ciudad Obregón, La Paz, Mexicali, Tijuana.
6.- MÉXICO: Arquidiócesis Primada
de México; Diócesis de: Atlacomulco, Cuernavaca, Toluca, Tula, Tulancingo.
7.- MONTERREY :Arquidiócesis de Monterrey;
Diócesis de: Ciudad Valles, Ciudad Victoria, Linares , Matamoros, Nuevo
Laredo, Piedras Negras, Saltillo , Tampico, Nuevo Casas Grandes.
8.- MORELIA: Arquidiócesis de Morelia;
Diócesis de: Apatzingán, Tacámbaro, Zamora.
9.- OAXACA: Arquidiócesis de Oaxaca;
Diócesis de: San Cristóbal de las Casas, Tapachula, Tehuantepec, Tuxtepec,
Tuxtla Gutiérrez; Prelaturas Territoriales de Huautla, Mixes.
10.- PUEBLA: Arquidiócesis de Puebla;
Diócesis de: Huajuapan, Huejutla, Tlaxcala, Tehuacan.
11.- SAN LUIS POTOSÍ: Arquidiócesis de San
Luis Potosí; Diócesis de: Celaya, León, Querétaro, Matehuala.
12.- TLALNEPANTLA:
Arquidiócesis de Tlalnepantla; Diócesis de: Cuautitlán,
Ecatepec, Ciudad Nezahualcóyotl, Texcoco, Valle de Chalco.
13.- XALAPA: Arquidiócesis de Xalapa;
Diócesis de: Coatzacoalcos, Papantla, San Andrés Tuxtla, Tuxpan, Veracruz,
Orizaba, Córdoba.
14.- YUCATÁN:
Arquidiócesis de Yucatán; Diócesis de: Campeche, Tabasco;
Prelatura Territorial de Cancún-Chetumal.
Asimismo
existen dos eparquías, la Greco-Melquita y la Maronita, para la atención
de los católicos de estos ritos orientales que existen en el país.
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CAMILLUS CRIVELLI
Transcrito por M. Anne McCay
Traducido y Actualizado por Antonio Hernández Baca
Como un pequeño homenaje a mi México y a mi gente y para
promover su historia
Para cualquier actualización por favor escribir a ec@aciprensa.com