Son cuatro las principales referencias que se hacen a la palabra maldición
en la Vulgata (versión Douay):
(1) 'rr
Es el término más común, quizá más utilizado
por la humanidad que el de Dios.
(2) qll
Literalmente se refiere “amenazar ligeramente”, pero también
se utiliza en el sentido de “maldecir” ya sea de Dios, Deut., xxi,
23, o de los hombres, Prov. xxvi, 14. Frecuentemente expresa no más allá
de una “exclamación”, II Kings, xvi, 6-13; y también
probablemente en I Pet., ii, 23, en Septuagint epikataraomai.
(3) 'lh
“maldecir”, Deut., xxiv, 19-20, o más correctamente a la
manera de “tomar un juramento”, aparentemente la expresión
se referiría a “llamar a Dios como testigo”, Gen. xxvi, 28;
Lev., v, 1; Deut., xxiv, 13, o también en el sentido de “llamar
a Dios a que cayera sobre alguien”, Job, xxxi, 30, en el margen de R.V.
"adjuration", en Sept. ara, u horkos.
(4) hrm
“Dedicar una cosa”, el objeto puede ser dedicado a Dios, Lev.,
xxvii, 28, o condenado a la destrucción, Deut., ii, 34. La Sept. aparece
como usando el tema como anatema de la cosa u objeto dedicado a Dios (escrito
con eta); pero anatema también de algo que se desea destruir (escrito
con epsilon) Luke, xxi, 5; y Thackeray, "Grammar of the Old Testament
in Greek", p. 80. La aceptada traducción de hrm es como “prohibir”,
significando que se entredice algo y que esto es maldecido, Deut., vii, 26;
Mal., iii, 24.
Entre los semitas, el maldecir fue un acto religioso, y en la legislación
sináica, se trata más bien como algo relacionado con la purificación
de usos existentes, más que como una nueva práctica religiosa,
tal y como aparece en el Código de Hammurabi. Para los semitas, la deidad
de la tribu fue la protectora de la gente (III Kings, xx, 23, and cf. the the
Moabite Stone 11, 4, 5, 14) y “maldecir” fue un llamado a venganza
contra oponentes.
Nuevamente los hebreos fueron el pueblo escogido, luego establecidos aparte,
y de esta condición emerge una valla. Relacionada con la conquista, encontramos
a las ciudades y las gentes de Canaan, quienes se declararon ser hrm, o en el
sentido de “prohibición”: su religión debía
traer salvación al mundo, por tanto debía estar relacionada con
grandes sanciones y con anatemas contra todo el que infringiera su regulación.
Otra vez, las maldiciones del Viejo Testamento (O.T.) deben ser interpretadas
a la luz de las condiciones de los tiempos, y esa época estaba basada
en la “lex talionis” (ley del talión). Esa era la
norma no sólo en Palestina, sino también en Babilonia, cf. Código
de Hammurabi, 196, 197, 200.
Una de las características más especiales del Nuevo Testamento
es la abolición que hace del espíritu de tomar represalias, Mat.,
v, 38-45; por tanto, el abuso de maldecir fue también prohibido como
ley en el Antiguo Testamento, Lev., xx, 9, Prov., xx, 20. Al mismo tiempo hay
pasajes en los cuales el uso de las maldiciones es difícil de explicar.
Los llamados salmos commitativos tienen una perspectiva explícita no
sólo del deseo de evitar ello, sino de lo que pasaría ("Contra
Faustum" xvi, 22, and "Enarr. in Ps. cix."; ver
SALMOS).
De manera similar, la maldición de Eliseo sobre los pequeños
muchachos, IV Reyes, ii, 23-24, es algo repulsivo a los oídos modernos,
pero es considerado como “in speculo aeternitatis”, por
San Agustín, quien lo indica expresamente (Enar, en Sal., lxxxiii, 2,
y en Sal, lxxxiv, 2). No obstante, aunque la maldición tiene un papel
predominante en la Biblia, es raro que encontremos maldiciones irracionales
en boca de personajes bíblicos. No se encuentran tampoco en la Biblia,
maldiciones relacionadas con aquellos que violan las tumbas de los muertos,
tales como las que encontramos en Egipto y Babilonia, o en los sarcófagos
de Sidón.
Nos hemos referido con anterioridad al término “anatema”.
Esto es importante en maldiciones del Antiguo Testamento más que en las
doctrinas del Nuevo Testamento. La doctrina que se relaciona con esta palabra
tiene sus raíces en las expresiones de San Pablo, por ejemplo en Gal.,
iii, 10-14; y es el uso preciso de los significados lo que posibilita que él
de un tratamiento a nuestra redención del pecado, tal y como lo hace,
por ejemplo en II Cor., v, 21. La misma idea se manifiesta en el Apocalipsis,
xxii, 3: “Y no habrá más maldición”, también
en Cor., xii, 3, y xvi, 22.
SCHURER, A History of the Jewish People in the time of Jesus
Christ, II, ii, 61; GIRDLESTONE, Synonums of the O.T. (Edinburgh, 1907), 180.
HUGH POPE
Transcripción de Joseph P. Thomas
Traducción al castellano de Giovanni E. Reyes