A. Nombre y definición
B. El origen de la Misa
C. La Misa entre los siglos V y VII
D. Del siglo VII a los tiempos modernos
E. La actual misa romana
A. Nombre y definición
La misa es el conjunto de oraciones y ceremonias que conforman el ritual
de la Eucaristía en los ritos latinos. Como es el caso en toda
la terminología litúrgica, el nombre es menos antiguo que
la cosa nombrada. Desde los albores de la primera predicación de
la fe cristiana en Occidente, lo mismo que en otros lugares, la Santa
Eucaristía ha sido celebrada tal como fue instituida por Cristo
en la Última Cena, de acuerdo a su mandato, en memoria suya. Y
no pasó mucho tiempo antes de que la palabra latina missa, usada
en un sentido muy vago, se conviertiera en el nombre técnico y
casi exclusivo de ese ritual.
En la primera época, cuando el griego aún era la lengua
de los cristianos en Roma, encontramos los nombres comúnes griegos
que estaban en uso allí, al igual que en Oriente, para referirse
al ritual de la Cena. El más ordinario era Eucharistia, usado tanto
para refererirse al pan consagrado como a todo el ritual. Clemente de
Roma (+ alrededor de 101 d.C.) usa en ocasiones la forma verbal, que aún
conservaba su significado de “dar gracias”, pero también
en relación con la liturgia (I Clem., Ad Cor., XXXVIII, 4: kata
panta eucharistein auto). Entre otros testigos principales de la primitiva
liturgia romana, Justino Mártir (+ circa 167), habla reiterativamente
de eucharistia en ambos sentidos (Apol., I, LXV, 3, 5; LXVI, 1; LXVII,
5). La palabra comenzó a ser usada siempre desde entonces, y pasó
sin modificaciones al latín (eucharistia) desde los inicios de
la literatura cristiana latina [Tertuliano (+ c. 220), "De pr scr.",
XXXVI, en P.L., II, 50; San Cipriano (+. 258), Ep., liv, etc.]. Y continúa
siendo el nombre normal para el sacramento a lo largo del desarrollo la
teología católica, pero poco a poco fue superado por Missa
para todo el ritual. Clemente llama leitourgia a todo el ceremonial (I
Cor 40, 2, 5; 41, 1) y prosphora (ibid. 2, 4), con cierta diferencia de
matiz (“rito”, “oblación”). Esos y otros
nombres griegos ordinarios (klasis artou en las catacumbas; koinonia,
synaxis, syneleusis en Justino, “I Apol., 67, 3), cuya connotación
aún no era tan estrictamente restringida en lo técnico,
fueron usados durante los dos primeros siglos en Oriente y Occidente.
Con el inicio del uso del latín en el siglo III aparecieron las
primeras traducciones de términos griegos. Aunque eucharistia es
muy común, también encontramos gratiarum actio (Tertuliano,
“Adversus Marcionem, I, XXIII, en P.L. II, 274). Benedictio (=eulogia)
aparece también (Ibid., III, XXII; “De idolol.”, XXII).
Sacrificium, generalmente acompañado de un adjetivo (divina sacrificia,
novum sacrificium, sacrificia Dei), es una de la expresiones favoritas
de San Cipriano (Ep. LIV, 3; “De Oratione dominica”, IV; “Test.
Adv. Iud.”, I, XVI; Ep. XXXIV, 3; LXIII, 15, et.). También
encontramos solemnia (Cipriano, “De lapsis”, XXV), “dominica
solemnia” (Tertuliano, “De fuga”, XIV), prex, oblatio,
coena Domini (Tertuliano, “Ad uxor.”, II, IV, en P.L. I, 1294),
Spirituale ac coeleste sacramentum (Cypr., Ep., lxiii, 13), Dominicum
(Cypr., "De opere et eleem.", XV; Ep. LXIII, 16), Officium (Tert.,
De orat.", XIV), incluso Passio (Cypr., Ep. XLII), y otras expresiones
que más que nombres técnicos constituyen descripciones.
Todas las anteriores palabras estaban destinadas a ser substituidas en
el Occidente por el nombre clásico Missa. El primer uso cierto
de esa palabra se encuentra en San Ambrosio (+397). Él escribe
a su hermana Marcelina para describirle los problemas con los arrianos
en los años 385 y 386, cuando los soldados fueron enviados a su
iglesia para desbaratar una ceremonia: “El día siguiente
(un domingo), después de las lecturas y el tracto, habiendo despedido
a los catecúmenos, expliqué el credo (symbolum tradebam)
a algunos de los competentes [personas aceptadas para recibir el bautismo]
en el bautisterio de la basílica. Ahí fui inesperadamente
informado que ellos habían enviado soldados a la basílica
Porciana...pero permanecí en mi sitio y comencé a decir
la misa [missam facere coepi]. Mientras ofrezco [dum offero], escucho
que un tal Cástulo ha sido aprendido por la gente” (Ep. I,
XX, 4-5). Debe notarse que aquí missa significa la ceremonia eucarística
propiamente dicha, la liturgia de los fieles exclusivamente, sin incluir
la de los catecúmenos. Ambrosio usa la palabra sabiendo que es
usual y bien conocida. Hay una mención anterior de la palabra,
en una carta del Papa Pio I (entre los años 142 y 157), pero quizás
no puede considerarse auténtica: “Euprepia ha cedido el uso
de su casa a los pobres, donde... celebramos misas con nuestros pobres
(cum pauperibus nostris...missas agimus”, Pio I, Ep. I en Galland,
“Bibliotheca veterum Patrum”, Venecia, 1765, I, 672). La razón
por la que la autenticidad de la carta ha sido puesta en duda es que si
Missa realmente hubiese sido usada en el sentido que tiene actualmente
en el siglo II, resulta extraño que nunca aparece en el siglo III.
Podemos considerar, por tanto, que San Ambrosio es la primera autoridad
certificada que la utiliza.
A partir del siglo IV el término se hace cada vez más común.
Durante un tiempo casi siempre aparece con el sentido de despedida. San
Agustín (+430) dice: “Luego del sermón tiene lugar
la despedida de los catecúmenos” (post sermonem fit missa
catechumenorum -- Serm., xlix, 8, in P.L., XXXVIII, 324). El Sínodo
de Lérida, en España (524), declara que las personas culpables
de incesto pueden ser admitidas a la iglesia “usque ad missam cathecumenorum”,
o sea, hasta que los catecúmenos sean despedidos (Can., IV, Hefele-Leclercq,
"Hist. des Conciles", II, 1064). La misma expresión aparece
en el Sínodo de Valencia, por el mismo tiempo (Can I, ibid, 1067=,
en Hincmar de Reims (+ 882) (“Opusc. LV capitul.”, XXIV, en
P.L. CXXVI, 380), etc. Etheria (siglo IV) se refiere continuamente a todo
el ritual, a la Liturgia de los Fieles, como missa ("Peregr. Silviæ",
e.g., xxiv, 11, Benedicit fideles et fit missa, etc.). Igualmente Inocencio
I (401-417) en Ep., XVII, 5, P.L., XX, 535, y León I (440-461),
en Ep., IX, 2, P.L., LIV, 627. Si bien desde el comienzo la palabra Missa
usualmente describe el rito eucarístico, o alguna parte de él,
también la encontramos utilizada en ocasiones refiriéndose
a otros ritos eclesiásticos. En la Regla de san Benito (+ 543),
fiant missae indica la despedida al final de la recitación de las
horas canónicas (capítulo XVII, passim). A lo largo de todo
el Sacramentario Leoniano (siglo VI. Cfr. LIBROS LITÚRGICOS), se
presupone el sentido actual de la palabra. El título “Item
alia”, al inicio de cada misa, significa “Item alia missa”.
El Libro Gelasiano (siglos VI o VII. Cf. Ibid) propone las palabras “Item
alia missa”, “Missa Chrismatis”, “Orationes ad
missa [sic] in natale sanctorum”, etc. Desde ese entonces dicha
palabra se convirtió en el nombre más usual, prácticamente
exclusivo, de la santa liturgia en los rituales romano y gálico.
Aunque durante algún tiempo fue objeto de muchas discusiones,
ahora no hay duda sobre el origen y significado original de la palabra.
Podemos rechazar, de entrada, algunas explicaciones fantasiosas tales
como que missa es la latinización de la palabra hebrea missah (oblación,
según Reuchlin y Lutero), o del griego myesis (iniciación),
o del alemán Mess (asamblea, mercado). Tampoco es el participio
femenino de mittere (enviar), con un sustantivo sobreentendido (“oblatio
missa ad Deum”, “congregatio missa, i.e. dimissa- como explican
Diez, “Etymol. Wörterbuch der Roman Sprachen”, 212, y
otros). Es un sustantivo correspondiente a una forma tardía de
missio (envío). Existen muchos paralelos en el latín medieval:
collecta, ingressa, confessa, accessa, ascensa. Todas son formas en “io”.
No significa un ofrecimiento (mittere, en el sentido de entregar a Dios),
sino la despedida de la gente, como en la frase “Ite, missa est”
(“Marchaos, es la despedida”). Parece raro que un detalle
tan aparentemente insignificante haya dado su nombre a todo el ritual.
Pero hay varios casos semejantes en el lenguaje litúrgico. Las
palabras comunión, confesión, breviario, por ejemplo, no
significan el carácter esencial de lo que ellas denotan. En el
caso de la palabra missa podemos rastrear paso a paso el desarrollo de
su significado. La hemos visto utilizada por san Agustín, sínodos
del siglo VI e Hincmar de Reims para significar “despedida”.
Missa cathecumenorum significa la despedida de los catecúmenos.
Parece ser que missa fit o missa est era la forma normal de despedir a
las personas al final de un proceso legal o un juicio. Avito de Viena
(+ 523) dice: “En los templos y en los palacios o tribunales la
despedida se proclama [missa pronuntiantur] para despedir a la gente que
participa” (Ep. I). Cosa parecida comenta san Isidoro de Sevilla:
“La despedida al momento del sacrifico [missa tempore sacrificii
est] se lleva a cabo cuando los catecúmenos son enviados fuera,
con las palabras del diácono: “Si queda dentro algún
catecúmeno, salga por favor”. Y esa es la despedida [et inde
missa]” (Etymol.” VI, XIX, en P.L. LXXXII, 252). Del mismo
modo como se despedía a los catecúmenos al final de la primera
parte del ritual, también había una despedida de los fieles
bautizados después de la comunión. Había, pues, una
missa cathecumenorum y una missa fidelium, ambas entendidas como despedidas.
Por ello Floro Diácono (+ 860): “Missa se entiende exclusivamente
como dimissio, o sea, absolutio, que el diácono pronuncia al despedir
a la gente de la ceremonia solemne. El diácono pronunciaba las
palabras y los fieles eran enviados [mittebantur], eran despedidos fuera
[o sea, dimittebantur foras]. La missa cathecumenorum se realizaba antes
de la acción sacramental (i.e. antes del canon actionis), la missa
fidelium se realiza- adviertase la diferencia del tiempo verbal; en la
época de Floro ya no se usaba la despedida de los catecúmenos-
después de la consagración y de la comunión”
[post confectionem et participationem] (P.L. CXIX, 72). No es difícil
entender cómo cambió la palabra su significado original
de “despedida” para indicar el ritual completo, incluyendo
la despedida misma. Ya se puede notar el fundamento de tal cambio en los
textos que hemos citado. Permanecer en la iglesia hasta la missa cathecumenorum
sencillamente se transformó en permanecer durante, la missa cathecumenorum.
Vemos que estas dos missae se referían a las dos mitades de la
liturgia. Ivo de Chartres (+ 1116) olvida el significado original y escribe:
“Quienes oyen la missa cathecumenorum evitan la missa sacramentorum”
(Ep. CCXIX, en P.L: CLXII, 224). Las dos partes comienzan a conocerse
con esos dos nombres. A medida que la disciplina de los catecúmenos
paulatinamente era olvidada, y sólo quedaba un único ritual
continuado, a éste se le comenzó a llamar con el nombre
que ya se había hecho familiar, missa, sin ningún calificativo.
Sin embargo, a través de la Edad Media se pueden encontrar las
formas de plural missarum solemnia, missae sacramentum, y otras parecidas.
En ocasiones la palabra se traslada a la fiesta del día. La fiesta
de san Martín, por ejemplo, se llama Missa Sancti Martini. De esta
costumbre nacen las formas germánicas Mess, Messtag y sus derivaciones.
La fecha y el lugar de la fiesta local era un momento ideal para el mercado
(sobre esto Cfr. Rottmanner, op. Cit. En la bibliografía abajo).
Kirmess (flamenco, Kermis; francés, kermesse) viene de Kirch-mess,
el aniversario de la dedicación de una iglesia, la ocasión
de una feria. La palabra latina missa se adaptó a todos los idiomas
occidentales (italiano: messa; español: misa; francés: messe;
alemán: Messe, etc.). La forma inglesa anterior a la conquista
era maesse; en inglés medio: messe, masse. “It nedith not
to speke of the masse ne the seruise that thei hadde that day" (No
hace falta hablar de la misa y de la ceremonia que ellos tuvieron ese
día. "Merlin" in the Early Engl. Text Soc., II, 375)
--"And whan our parish masse was done" (Y cuando terminó
la misa de nuestra parroquia. "Sir Cauline", Child's Ballads,
III, 175). También existía en forma verbal: “to mass”
significaba “decir misa”; “massing-priest” (literalmente:
sacerdote dice-misas; en la expresión castiza: cura de misa y olla)
era una expresión peyorativa en tiempos de la Reforma.
Debe ponerse atención al hecho de que la palabra misa (missa)
se refiere a la celebración eucarística de los ritos latinos
solamente. Nunca ha sido aplicada a los ritos orientales en griego o latín.
En éstos, la palabra correspondiente es “liturgia”.
Referirse a la liturgia oriental con la palabra “misa” es
un error que causa confusión, o por lo menos inexactitud científica.
B. El origen de la Misa
La misa occidental, como todas las liturgias, comienza, claro, con la
Última Cena del Señor. Lo que Él hizo, reiterado
en memoria suya según su mandato, es el núcleo de la misa.
Tan pronto como llegó la fe a Occidente se comenzó a celebrar
la Eucaristía, al igual que en Oriente. Al inicio, el lenguaje
usado era el griego. De esa liturgia original, y habiendo cambiado la
lengua al latín, nacieron los dos grandes ritos occidentales: el
latino y el gálico (Cfr. LITURGIA). De esos dos, la misa gálica
puede ser rastreada más fácilmente. Es tan antioquena en
su estructura y en el texto de muchas de sus oraciones, que podemos estar
seguros al afirmar que constituye una forma traducida de la liturgia de
Jerusalén-Antioquía, llevada a Occidente casi al mismo tiempo
que la más o menos flexible liturgia universal de los primeros
tres siglos daba origen a los diferentes ritos fijos (Cfr. LITURGIA; RITO
GALICO). El origen de la misa romana, por otra parte, es una cuestión
más difícil de resolver. Tenemos aquí dos datos ciertos
y establecidos: la liturgia griega descrita por san Justino Mártir
(+ circa 165), que es la de la Iglesia Romana del siglo II y, en el otro
extremo del desarrollo, la liturgia de los primeros sacramentarios romanos
en latín, del siglo VI. Ambos son diferentes. La descripción
de Justino nos muestra un ritual al que hoy llamaríamos del tipo
oriental, que corresponde con notable exactitud al de las Constituciones
Apostólicas (Cfr. LITURGIA). Los sacramentarios Leoniano y Gelasiano,
por su parte, nos permiten conocer lo que hoy es prácticamente
nuestra actual misa romana. ¿Cómo pasó la celebración
de uno a otro rito?. Esta es precisamente una de las dificultades principales
en la historia de la liturgia. Durante los últimos años,
sobre todo, se han propuesto toda clase de soluciones y combinaciones.
Empezaremos por observar algunos puntos ciertos que pueden servirnos de
referencia en una investigación.
Justino Mártir, Clemente de Roma, Hipólito (+ 235) y Novaciano
(+ 250), todos están de acuerdo en las liturgias que describen,
si bien la evidencia de los últimos dos es muy débil (Probst,
"Liturgie der drei ersten christl. Jahrhdte"; Drews, "Untersuchungen
über die sogen. Clement. Liturgie"). De entre los Padres de
los primeros tres siglos, Justino es quien nos ofrece la descripción
más completa de la liturgia (Apol. I, LXV, LXVI, citado y disutido
en LITURGIA). Nos describe cómo se celebraba la Sagrada Eucaristía
en la Roma del siglo II. Su narración es un punto de partida necesario,
un extremo de la cadena cuyos eslabones intermedios andan extraviados.
Apenas tenemos datos sobre los diferentes pasos que siguió el desarrollo
del rito romano en los siglos III y IV. Es un tiempo de misterio en el
que abundan las conjeturas. Pero volvemos a tomar piso firme al inicio
del siglo V, luego de un cambio radical. Son de este tiempo el fragmento
del Pseudo-Ambrosio, “De sacramentis” (alrededor del año
400. Cf. P.L. XVI, 443), y la carta del Papa Inocencio I (401-417) a Decencio
de Eugubio (P.L. XX, 553). En esos documentos vemos que la liturgia romana
ya se decía en latín y que ya su rito era en esencia el
que aún usamos nosotros. Algunas indicaciones del fin del siglo
IV confirman eso. Poco después llegamos a los primeros sacramentarios
(Leoniano, del siglo V o VI; Gelasiano, del siglo VI o VII) y de ahí
en adelante se clarifica bastante la historia de la misa romana. Los siglos
V y VI son, así, el otro extremo de la cadena. Respecto al intervalo
entre el siglo II y el V, durante el cual tuvo lugar el gran cambio, aunque
poco conocemos a través de la misma Roma, tenemos datos valiosos
que llegan de Africa. Hay muchas razones para pensar que en asuntos litúrgicos
la Iglesia de Africa seguía muy de cerca a la romana. Podemos saber
mucho acerca de Roma a través de los Padres africanos del siglo
III: Tertuliano (+ circa 220), san Cipriano (+ 258), las Actas de las
santas Perpetua y Felícitas (+ 203), san Agustín (+ 430)
(cfr. Cabrol “Dictionnaire d’archéologie”, I,
591-657). La cuestión referente al cambio del griego al latín
es menos importante de lo que pudiera parecer. Simplemente ocurrió
cuando el griego dejó de ser la lengua usual de los cristianos
romanos. El Papa Víctor I, un africano, parece haber haber sido
el primero en utilizar latín en Roma. Novaciano escribe en latín.
Hay señales que nos hacen pensar que la costumbre litúrgica
de la segunda mitad del siglo III en Roma ya utilizaba el latín
(Kattenbusch, “Symbolik”, II, 331), aunque durante muchos
siglos se conservaron también fragmentos de griego. Otros escritores
piensan que el latín no fue adoptado sino hasta el fin del siglo
IV (Probst, "Die abendländ. Messe", 5; Rietschel, "Lehrbuch
der Liturgik", I, 337). Sin duda, durante algún tiempo, ambos
lenguajes fueron usados a la par. Este asunto ha sido discutido a fondo
en la obra de C.P.Caspari "Quellen zur Gesch. des Taufsymbols u.
der Glaubensregel" (Christiania, 1879), III, 267 ss. En ocasiones
el Credo se rezaba en griego; algunos salmos también. Hasta el
siglo VIII, las lecturas del Sábado Santo se proclamaban en griego
y latín (Ordo Rom., I, P.L., LXXVIII, 966-68, 955). Aún
quedan fragmentos de griego en la misa romana: “Kyrie eleison”,
“Hagios O Theos”. El cambio de lengua, empero, no necesariamente
implica un cambio de rito. Las alusiones que hace Novaciano en latín
acerca de la oración eucarística concuerdan casi totalmente
con las que hace Clemente Romano en griego y con las formas griegas de
las Constituciones Apostólicas, VIII (Drews, op. Cit. 107-122).
Los africanos, Tertuliano, san Cipriano, etc., quienes escribían
en latín, describen un ritual my cercano al de Justino y de las
Constituciones Apostólicas (Probst, op. cit., 183-206; 215-30).
El rito gálico, como muestra Germano de París (Duchesne,
"Origines du Culte", 180-217), demuestra qué tan oriental-
o sea, griega- puede ser la liturgia latina. Consecuentemente, debemos
percibir el cambio de idioma como un detalle que no afectó gran
cosa el desarrollo del ritual. Mas indudablemente que el uso del latín
sí fue un factor que influyó en la tendencia romana de abreviar
las oraciones, de dejar fuera de las fórmulas lo que pareciese
redundante, y de simplificar toda la ceremonia. El latín es naturalmente
terso, comparado con la retórica abundancia del griego. Esta diferencia
es una de las más obvias entre el rito romano y los ritos orientales.
(A raíz de la promulgación de la Constitución Apostólica
“Sacrosanctum Concilium” del Concilio Vaticano II, en 1963,
el latín dejó de ser la lengua universal de la misa. Cada
país celebra la Eucaristía en su lengua vernácula,
N.T.)
Si pudiésemos suponer que durante los primeros tres siglos existió
una liturgia común a lo largo de toda la cristiandad, cuyas diferencias
eran simples variaciones de detalles, pero que era uniforme en sus puntos
principales, y que esa liturgia común está representada
por el capítulo octavo de las Constituciones Apostólicas,
en él encontraríamos el origen de la misa romana y de todas
las demás liturgias (Cfr. LITURGIA). Hay, claro, razones especiales
para asumir que este tipo de liturgia era el que se utilizaba en Roma.
Nuestras más grandes autoridades al respecto (Clemente, Junstino,
Hipólito, Novaciano) son todos romanos. A pesar de ello, incluso
el actual rito romano, que pasó por varias modificaciones posteriores,
guarda algunos elementos que se asemejan notablemente a los de la liturgia
de las Constituciones Apostólicas. Por ejemplo, nunca ha habido
una oración pública para el ofertorio. El “oremus”
que se dice antes del ofertorio formaba parte de algo muy distinto: de
las antiguas oraciones de los fieles, de las que aún conservamos
un ejemplo en la serie de “colectas” del Viernes Santo. El
ofertorio se hace en silencio mientras que el coro canta parte de un salmo.
Mientras tanto, el celebrante dice algunas oraciones privadas del ofertorio
que en la forma antigua de la misa son solamente las “secretas”.
Las antiguas secretas son verdaderas oraciones de ofertorio. En el rito
bizantino, por otro lado, las ofrendas son preparadas de antemano y se
llevan al altar mientras se canta el Cherubikon, y luego ofrecidas sobre
el altar por un Synapte público de diáconos y fieles, y
la oración es cantada una vez en voz alta por el celebrante (hoy
día sólo la Ekphonesis se canta en voz alta). La costumbre
romana de un ofertorio silencioso con oraciones privadas se corresponde
con el de las Constituciones Apostólicas. También en ellas
la rúbrica indica: “Los diáconos llevan las ofrendas
al obispo en el altar” (VIII, XII, 3) y “El obispo, orando
en silencio [kath heauton, “silenciosamente”] con los presbíteros...”
(VIII, XII, 4). Ni duda cabe que en este caso también se cantaba
un salmo simultáneamente, que servía de único contraste
para la oración callada. Las Constituciones Apostólicas
ordenaban que en este punto los diáconos deberían agitar
unos abanicos sobre las ofrendas (precaución práctica para
ahuyentar los insectos, VIII, XII, 3). Tal cosa se conservó también
en Roma hasta el siglo XIV (Martène, "De antiquis eccl. ritibus",
Antwerp, 1763, I, 145). La misa romana, al igual que las Constituciones
Apostólicas (VIII, XI, 12), tenían un lavatorio de manos
directamente antes del ofertorio. Y alguna vez tuvo el ósculo de
paz antes del prefacio. El Papa Inocencio I, en su carta a Decencio de
Eugubio (416), comenta sobre esta antigua costumbre de ubicarlo ante confecta
mysteria (antes de la oración eucarística. P.L. XX, 553).
Ahí lo colocan las Constituciones Apostólicas (VIII, XI,
9). En Roma, durante la fracción del pan, y después del
Padre Nuestro, el celebrante entonaba: “Pax Domini sit semper vobiscum”.
Parece ser que fue a este punto al que se movió primeramente el
beso de la paz (tal como lo dice la carta de Inocencio I). Este saludo
(he eirene tou theou meta panton hymon: la paz de Dios esté con
todos ustedes), único en el rito romano, aparece de nueva cuenta
en las Constituciones Apostólicas. En éstas aparece dos
veces: después de la intercesión (VIII, XIII, 1) y durante
el ósculo de paz (VIII, XI, 8). Las dos oraciones romanas después
de la comunión, la post-comunión y la Oratio super populum
(ad populum, según el sacramentario Gelasiano) corresponden a las
dos oraciones de las Constituciones Apostólicas (VIII, XV, 1-5
y 7-9): una de acción de gracias y una sobre el pueblo.
Algo interesante se puede deducir del actual prefacio romano. Algunos
prefacios comienzan sus referencias a los ángeles (quienes cantan
el sanctus) con la forma et ideo (y por tanto). En algunos de esos casos
no queda claro a qué se refiere ese ideo. Al igual que el igitur
al inicio del canon, no parece que lo justifiquen las palabras que lo
anteceden. ¿Podría ser que nos estemos olvidando de algo?.
El comienzo de la oración eucarística en las Constituciones
Apostólicas, VIII, XII, 6-27 (nuestro prefacio, la parte anterior
al Sanctus, se encuentra en Brightman, “Liturgies, Eastern and Western”,
I, Oxford, 1896, 14- 18), es mucho más largo y enumera puntualmente
los beneficios de la creación y de varios eventos del Antiguo Testamento.
A los ángeles se les menciona dos veces, al inicio, como primeras
creaturas, y después al fin, de improviso, sin conexión
con lo que antecede, para introducir el Sanctus. La brevedad de los prefacios
romanos nos hace pensar que fueron abreviados. Todos los otros ritos inician
la oración eucarística (luego de la fórmula “Demos
gracias”) con una larga acción de gracias por los diferentes
beneficios de Dios, los cuales enumeran. Sabemos también qué
cantidad del desarrollo de la misa romana es debida a la tendencia a simplificar
las antiguas oraciones. Si, de esa misma manera, suponemos que el prefacio
romano es una simplificación del de las Constituciones Apostólicas,
dejando de lado los detalles de la creación y de la historia del
Antiguo Testamento, podremos dar razón del ideo. Las dos referencias
a los ángeles de la oración antigua se han fundido en una.
El ideo se refiere a la lista de beneficios que ha sido omitida y en la
cual los ángeles también tenían parte. El paralelo
entre los diferentes órdenes de ángeles en ambas liturgias
es exacto:
Misal romano |
Constituciones Apostólicas |
. . . . cum Angelis
et Archangelis, cum Thronis
et Dominationibus, cumque
omni militia cælestis exercitus
. . . sine fine dicentes. |
. . stratiai aggelon,
archallelon, . . . . thronon,
kyrioteton, . . . .
. . . . stration
aionion, . . . .
legonta akatapaustos. |
Otro paralelo se halla en las formas antiguas del “Hanc igitur”.
Baumstark ("Liturgia romana", 102-07) ha encontrado dos formas
romanas primitivas de esta oración en los sacramentarios de Vauclair
y de Ruán, impresos por Martène (“Voyage littéraire”,
Paris, 1724, 40). En ellas la oración es mucho más larga
y tiene un carácter definido de intercesión, como lo encontramos
en los ritos orientales al fin de la anáfora. La forma es: “Hanc
igitur oblationem servitutis nostrae sed et cunctae familiae tuae, quaesumus
Domine placatus accipias, quam tibi devoto offerimus corde pro pace et
caritate et unitate sanctae ecclesiae, pro fide catholica... pro sacerdotibus
et omni gradu ecclesiae, pro regibus...” (Por tanto te pedimos,
Señor, que te dignes recibir esta oblación de nosotros tus
siervos y de toda tu familia, la cual ofrecemos de corazón por
la paz y la caridad y la unidad de la santa Iglesia, por la fe católica...por
los sacerdotes y todos los grados eclesiásticos, por los gobernantes...”),
etc., y enumera una lista de personas por las que se ofrece la oración.
Baumstark ha colocado estas cláusulas en forma paralela con las
de las intercesiones de varios ritos orientales. La mayoría de
ellos pueden ser encontrados en las Constituciones Apostólicas
(VIII, XII, 40-50 y XIII, 3-9). Esto nos da luz sobre otro elemento perdido
de la misa. En algún momento fueron suprimidas las cláusulas
que enumeraban las peticiones, quizás porque constituían
una reiteración innecesaria de las oraciones “Te igitur”,
“Communicantes” y de los dos mementos (Baumstark, op.cit.
107). Y la introducción de esa intercesión (Hanc igitur...
placatus accipias) se fusionó con lo que alguna vez debió
ser una oración por los difuntos (diesque nostros in tua pace disponas,
etc: y dispón nuestros días en tu paz, etc).
Aún conservamos un débil eco de la antigua intercesión
en la cláusula acerca de los recién bautizados, interpolada
en el “Hanc igitur” de Pascua y en Pentecostés. El
inicio de la oración tiene un paralelo en las Constituciones Apostólicas,
VIII, XIII, 3 (el comienzo de la letanía de intercesión
que debe ser recitada por el diácono). Drews piensa que la forma
citada por Baumstark, cuyas cláusulas comienzan con pro, era recitada
por el diácono en forma de letanía, como las cláusulas
de las Constituciones Apostólicas que comienzan con hyper (Untersuchungen
über die sog. clem. Lit., 139). La oración que contiene las
palabras de la institución en la misa romana (Qui pridie . . in
mei memoriam facietis) tiene las mismas construcciones y epítetos
de su contraparte en las Constituciones Apostólicas VIII, XII,
36-37. Este y otros paralelos entre la misa y la liturgia de las Constituciones
Apostólicas pueden ser estudiados en Drews (op. Cit.). No hay duda
de que también se pueden encontrar paralelos en otras liturgias,
sobre todo en la de Jerusalén (Santiago). Hay varias formas que
corresponden a las del rito egipcio, como por ejemplo la forma romana
“de tuis donis ac datis” en el “Unde et memores”
(San Marcos: ek ton son doron; Brightman, “Eastern Liturgies”,
p. 133, 1, 30); “offerimus praeclare maiestatis tuae de tuis donis
ac datis”, corresponde excatamente a la forma del rito copto (“ante
tu santa gloria ofrecemos estos dones que son tuyos”, ibid. P. 178,
1, 15). Mas todo ello no simplemente significa que existen pasajes paralelos
entre dos ritos distintos. Las semejanzas de las Constituciones Apostólicas
son más obvias que las de cualquier otro. La misa romana, incluso
sin el testimonio de Justino Mártir, Clemente, Hipólito
y Novaciano, aún conserva señales de su desarrollo a partir
de un tipo de liturgia cuyo único especimen sobreviviente son las
Constituciones Apostólicas (Cfr. LITURGIA). Es más, hay
razones para creer que nuestra misa ha sido influenciada desde Jerusalén-Antioquía
y Alejandría, si bien muchas de las formas comunes a ella y a estas
dos últimas pueden ser remanentes de aquel rito flexible, universal
y original que no ha sido conservado en las Constituciones Apostólicas.
Debe tenerse en mente que nadie ha afirmado que la liturgia de las Constituciones
Apostólicas corresponde letra por letra a la primera liturgia universal.
La tesis propuesta por Probst, Drews, Kattenbusch, Baumstark y otros dice
que lo que conservan las Constituciones Apostólicas es simplemente
una muestra de lo que fue un rito comparativamente indefinido y flexible.
Pero entre ese rito romano original (que podemos estudiar exclusivamente
en las Constituciones Apostólicas) y la misa que va emergiendo
en los primeros sacramentarios (siglos VI y VII) hay un cambio muy profundo.
Gran parte de ese cambio puede ser explicado a partir de la tendencia
romana a abreviar. Las Constituciones Apostólicas tienen cinco
lecturas; en general, Roma tiene sólo dos o tres. En Roma han desaparecido
las oraciones de los fieles que se acostumbraban después de la
salida de los catecúmenos, así como la intercesión
al final del canon. Sin duda ambas fueron consideradas superfluas dado
que también hay una serie de peticiones semejantes en el canon.
Pero, también, ambas han dejado su huella. Aún decimos oremus
antes del ofertorio, ahí donde alguna vez estuvieron las oraciones
de los fieles. Aún tenemos esas oraciones en las colectas del Viernes
Santo. Y el “hanc igitur” es un trozo de la intercesión.
El primer gran cambio que separa a Roma de todos los ritos orientales
es la influencia del año eclesiástico. Las liturgias orientales
siempre permanecen iguales excepto por las lecturas, el Prokeimenon (versículo
gradual) y una o dos modificaciones menores. Por su parte, la misa romana
sufre enormes cambios según la época o la fiesta en la que
se celebra. La teoría de Probst decía que este cambio es
obra del Papa Dámaso (366-384, “Liturgie des vierten Jahrh”,
p 448-472). Esta idea, sin embargo, ya fue abandonada (Funk, en “Tübinger
Quartalschrift”, 1894, p. 683 ss.). Contamos con la autoridad del
Papa Virgilio (540-555) acerca del hecho que en el siglo VI el calendario
todavía no afectaba gran cosa el orden de la misa (“Ep. Ad
Eutherium”, en P.L. LXIX, 18). Parece que la influencia del calendario
fue gradual. Por supuesto que las lecturas siempre fueron muy variadas
y cada vez crecía más la tendencia a hacer referencia a
los tiempos o las fiestas en las oraciones, en los prefacios e incluso
en el canon. Esto culminó en el estado actual del ritual, que de
hecho ya estaba siendo puesto en práctica en el Sacramentario Leoniano.
Es un hecho que el Papa Dámaso fue uno de los pontífices
que modificaron los antiguos ritos. San Gregorio I (590-604) dice que
él llevó a Europa desde Jerusalén el uso del Alleluya
(“Ep. Ad Ioh. Syracus” en P.L. LXXVII, 956). Fue en el pontificado
de Dámaso que la Vulgata se convirtió en la versión
oficial romana de la Biblia que se utilizaba en la liturgia, y una larga
tradición atribuye al amigo de Dámaso, san Jerónimo
(+ 420), el ordenamiento del leccionario romano. Mons. Duchesne piensa
que el canon fue fijado por este Papa (Origins du culte, 168-169). Un
error curioso de algún teólogo del tiempo de Dámaso,
que identificó a Melquisedec con el Espíritu Santo, involuntariamente
nos muestra que una oración de nuestra misa ya existía en
su tiempo, a saber, “Supra quae”, con su alusión al
“summus sacerdos tuus Melchisedech” (“Quaest V. et N.
Test. En P.L. XXXV, 2329).
C. La Misa entre los siglos V y VII
Las cosas se empiezan a ver más claras al entrar el siglo V. Hay
dos documentos de este período que nos aportan trozos bastante
extensos de la misa romana. Inocencio I (401-417), en su carta a Decencio
de Eugubio (alrededor del año 416; P.L. XX, 553), hace alusión
a muchos detalles de la misa. Nos damos cuenta que ya se han hecho diversos
cambios importantes: el beso de la paz se ha trasladado del inicio de
la misa de los Fieles a un momento posterior a la consagración,
la conmemoración de vivos y muertos se realiza en el canon, y ya
no existen oraciones de los fieles antes del ofertorio (Cfr. CANON DE
LA MISA). Retschel (Lehrbuch der Liturgik, I, 340-1) cree que la invocación
del Espíritu Santo ya ha desaparecido de la misa. Inocencio no
lo menciona, pero tenemos evidencia de ello posteriormente, bajo el pontificado
de Gelasio I (492-496; Cfr. CANON DE LA MISA, especialmente Supplices
te rogamus y EPICLESIS). Rietschel también piensa que había
una razón dogmática detrás de esos cambios, para
enfatizar el concepto de sacrificio. Sobre todo nos percatamos que en
tiempos de Inocencio la oración de intercesión seguía
a la consagración (Cfr. CANON DE LA MISA). El autor del tratado
“De sacramentis” (equivocadamente atribuido a san Ambrosio,
en P.L. XVI, 418 ss.) comienza diciendo que va a explicar la costumbre
romana y para ello describe una gran parte del canon (el texto correspondiente
aparece en CANON DE LA MISA, II).A partir de ese documento podemos reconstruir
el siguiente esquema: la misa de los catecúmenos continúa
siendo distinta de la de los fieles, al menos en teoría. El pueblo
canta “Introibo ad altare Dei” al tiempo que el celebrante
y sus ayudantes se acercan al altar (introito). Luego siguen lecturas
de la Escritura, cantos (graduales) y el sermón (misa de los catecúmenos).
La gente aún hacía ofrendas de pan y vino. Continúa
el prefacio, el sanctus (laus Deo defertur: se hace alabanza a Dios),
la oración de intercesión (oratione petitur pro populo,
pro regibus, pro ceteris: se hace oración por el pueblo, por los
gobernantes, por los demás ) y la consagración con las palabras
de la institución (ut conficitur venerabilis sacramentum... utitur
sermonibus Christi: para realizar el venerable sacramento su usan las
palabras de Cristo). Desde ese momento se cita el texto del canon. Luego
sigue la anamnesis (Ergo memores...) y, anexa a ella, la oración
de oblación (offerimus tibi hanc immaculatam hostiam...), o sea,
prácticamente nuestra oración de “Supra quae..”
y la comunión bajo la forma “Corpus Christi” y su respuesta
“Amen”, durante la cual se entona el salmo 22. Al final se
recita la oración del Padre Nuestro.
En el “De sacramentis”, pues, la intercesión aparece
antes de la consagración, mientras que en la carta de Inocencio
es descrita como posterior a ella. Esta transposición puede considerarse
como una de las características más importantes del desarrollo
de la misa. El “Liber pontificalis” (ed. Duchesne, Paris,
1886-92) contiene varias afirmaciones acerca de los cambios y adiciones
que algunos papas hicieron en la misa. Por ejemplo, León I (440-461)
añadió las palabras “sanctum sacrificium, immaculatam
hostiam” a la oración “Supra quae”; Sergio I
(687-701) introdujo el Agnus Dei, etc. Tales afirmaciones, sin embargo,
deben aceptarse con cautela, pues el libro aún requiere un examen
crítico. En el caso del Agnus Dei la afirmación provoca
suspicacias porque también se encuentra en el sacramentario Gregoriano
(cuya fecha también está en duda). Una tradición
muy antigua parece reconocer gran influencia de Gelasio I (492- 496) en
la misa. Genadio (De Viribus Illustribus, XCIV) dice de él que
escribió un sacramentario, el Liber Pontificalis habla de su trabajo
litúrgico y debe haber una poderosa razón para explicar
que su nombre se vincule con el famoso sacramentario Gelasiano. Pero aún
falta saber exactamente qué fue lo que hizo Gelasio.
Llegamos al fin de una época con el pontificado de san Gregorio
I (590-604). Gregorio prácticamente conoció la misa que
conocemos ahora. De entonces para acá, ha habido, claro, modificaciones
y adiciones, pero nada comparable a la casi total reestructura del canon
que fue realizada antes de él. En lo que concierne al canon, al
menos, se puede afirmar que Gregorio le dio los últimos toques.
Su biógrafo, el Diácono Juan, dice que él “reunió
el sacramentario de Gelasio en un solo libro, dejando fuera muchas cosas,
haciendo pocos cambios, añadiendo algunas cosas a la exposición
de los Evangelios” (Vita Sancti Gregorii, II, XVII). Reubicó
el Padre Nuestro del fin de la misa a su lugar actual antes de la comunión,
como él mismo confiesa en su carta a Juan de Siracusa: “Decimos
la Oración del Señor. Inmediatamente después del
canon [max post precem]... Me parecía inconveniente que sobre la
oblación tuvieramos que decir el canon [prex], compuesto por algún
estudioso desconocido [quem scholasticus compusuerat], y que sobre su
cuerpo y sangre no dijeramos la oración que nos fue dejada por
nuestro mismísimo Redentor “ (P.L. LXXVII, 956). A él
también se le atribuye la adición: “diesque nostros”,
etc. al “Hanc igitur” (Ibid. ; Cfr. CANON DE LA MISA). Benedicto
XIV dice que “ningún papa ha modificado el canon desde san
Gregorio” (De S. Missae sacrificio, p. 162). Ha habido un cambio
importante desde entonces: el amalgamamiento del antiguo rito romano con
las características gálicas, pero eso apenas afecta al canon.
Se puede afirmar que si un católico moderno de rito latino fuese
transportado a la Roma de los albores del siglo VII- aunque definitivamente
sí percibiría la ausencia de algunos detalles a los que
está acostumbrado- se sentiría como en casa con el rito
que allí vería.
Esto nos conduce a la siguiente pregunta: ¿Cuándo y cómo
se dio el cambio de la liturgia romana de tiempos de Justino Mártir
a la de los tiempos de Gregorio I? El cambio es radical, especialmente
en lo concerniente a la parte más importante de la misa, el canon.
Las modificaciones de la parte primera, el menor número de lecturas,
la omisión de algunas oraciones a favor de los catecúmenos
y la despedida de éstos, de las oraciones de los fieles antes del
ofertorio y algunas cosas más, pueden ser fácilmente explicadas
como resultado de la característica tendencia romana a abreviar
el ritos y excluir lo superfluo. También se ha hablado ya de la
influencia del calendario. Pero queda por solucionar la gran cuestión
del orden del canon. Todos admiten que las oraciones que configuran el
canon son una dificultad cardinal. Los intentos anteriores por justificar
el actual orden de cosas a base de razones simbólicas o místicas
han tenido que ser abandonados por irrelevantes. El canon romano actual
reviste características que lo hacen un problema difícil.
Difiere fundamentalmente de las anáforas de todos los ritos orientales
y del canon gálico. Mientras que en la familia antioquena de liturgias
(incluyendo la gala) la gran intercesión sigue a la consagración,
la cual a su vez sigue al sanctus, y en la categoría alejandrina
la intercesión se recita durante lo que podríamos llamar
el prefacio anterior al sanctus, en el rito romano la intercesión
está dispersa a lo largo del canon; parte antes y parte después
de la consagración. Podemos añadir aún otra dificultad:
la omisión en Roma de cualquier tipo de invocación al Espíritu
Santo (Epiklesis). Paul Drews ha tratado de resolver esa cuestión.
Su teoría consiste en que la misa romana, comenzando con el rito
primitivo, más indefinido (prácticamente, el de las Constituciones
Apostólicas), al principio siguió el desarrollo de Jerusalén-Antioquía,
y durante cierto tiempo fue semejante a la liturgia de Santiago. Posteriormente
fue reconstruido y asemejado al de Alejandría. Tal cambio se debió
probablemente a Gelasio I bajo la influencia de su huésped, Juan
Talaia de Alejandría. Esta teoría está detalladamente
explicada en el artículo CANON DE LA MISA. Sólo podemos
añadir a lo dicho hasta aquí que dicha teoría ha
recibido el apoyo de F.X. Funck (quien, al principio, se opuso a ella.
Cfr. “Histor. Jahrbuch der Görresgesellschaft", 1903,
pp. 62, 283, pero también "Kirchengesch. Abhandlungen",
III, Paderborn, 1907, pp. 85-134, en la que él no admite abiertamente
que ha cambiado de opinión). Consúltese las obras de A.
Baumstark ("Liturgia romana e Liturgia dell' Esarcato", Roma,
1904), y G. Rauschen ("Eucharistie und Bussakrament", Friburgo,
1908, p. 86). También se han planteado otras teorías. Baumstark
no está de acuerdo con Drews en los detalles. Él concibe
el canon original (op. cit.) como consistiendo de un prefacio en el que
se dan gracias a Dios por los beneficios de la creación; el sanctus
interrumpe las oraciones, que se reinician de inmediato (Vere sanctus)
con otra oración (ahora desaparecida) que agradece a Dios la redención
y con ello se llega a la institución (Pridie autem quam pateretur...).
Enseguida están la Anamnesis (Unde et memores...), el “Supra
quae”, el “Te igitur”, al que se une una Epiklesis después
de las palabras “haec sancta sacrificia illibata”. Sigue la
intercesión (In primis quae tibi offerimus...), “Memento
vivorum”, “Communicantes”, “Memento defunctorum”,
(Nos quoque peccatores...intra sanctorum tuorum consortium non aestimator
meriti sed veniae quaesumus largitor admitte, per Christum Dominum nostrum).
Según Baumstark, ese orden fue trastocado con la inserción
de nuevos elementos como “Hanc igitur”, “Quam oblationem”,
“Supra quae” y “Supplices” y la lista de santos
en el “Nobis quoque”. Todas esas oraciones son hasta cierto
punto duplicados de lo que ya estaba contenido en el canon. Representan
una influencia combinada de Antioquía y Alejandría, que
arribó a Roma a través de Aquilea y Rávena, donde
alguna vez hubo un rito del tipo alejandrino. San León I fue quien
comenzó a hacer esos cambios. Gregorio I le dio fin al proceso
y le dio al canon la forma que aún tiene. Se verá que la
teoría de Baumstark concuerda con la de Drews en lo principal:
que en Roma toda la intercesión seguía al canon. Dom Cagin
(Paléographie musicale, V, 80 ss.) propone un teoría totalmente
distinta. Hasta aquí se ha reconocido que los ritos romano y gálico
pertenecen a dos clases distintas: el gálico se acerca mucho al
antioqueno, mientras que no se conoce bien el origen del romano. La idea
de Cagin es que todo debe ser invertido; que el rito gálico no
tiene relación alguna con el de Antioquía o con la liturgia
oriental; que su origen también está en Roma. Fue la misma
Roma la que modificó esta forma más primitiva en algún
momento entre los siglos VI y VII. Antes de eso, el orden romano era:
secretas, prefacio, sanctus, “Te igitur”. Después,
“Hanc igitur”, “Quam oblationem”, “Qui pridie”
(estas tres oraciones corresponden al post-sanctus gálico). Luego
seguía un grupo como el “Post Pridie” gálico:
“Unde et memores”, “Offerimus praeclarae”, “Supra
quae”, “Supplices”, “Per eundem Christum”,
“Per quem omnia” y la fracción. Enseguida venía
el Padre Nuestro con su embolismo, del que formaba parte el “Nobis
quoque”. Los dos mementos tenían lugar antes del prefacio.
Dom Cagin definitivamente ha señalado varios puntos en los que
Roma y la Galia (los ritos occidentales) forman la contraparte de los
orientales. Dichos puntos son los cambios causados por el calendario,
la introducción de la institución con las palabras “Qui
pridie (el cual, la víspera)”, que en las liturgias orientales
toman la forma “En la noche en que iba a ser entregado”. Además,
el momento del ósculo de paz (en la Galia era antes del prefacio)
no puede ser considerado como una diferencia entre esa región y
Roma, pues en Roma también se situaba allí originalmente.
Los dípticos gálicos van antes del prefacio, pero nadie
sabe a ciencia cierta en qué momento se recitaban originalmente
en Roma. Cagin los ubica en el mismo lugar de la primitiva misa romana.
Su teoría puede ser estudiada a detalle en “Origines liturgiques”
(pp 253-264), de Dom Cabrol. Monseñor Duchesne ha atacado dicha
teoría con vigor, y con algún efecto, en la “Revue
d’histoire el de literarture ecclésiatiques” (pp. 31
ss., 1900). Edmund Bishop critica las hipótesis alemanas (Drews,
Baumstark, etc.) e insinúa en términos generales que el
agrupar las liturgias debe ser reconsiderado sobre una nueva base, la
de la forma de las palabras de la institución (Appendice de "Liturgical
Homilies of Narsai" de Dom R. Connolly en "Cambridge Texts and
Studies", VIII, I, 1909). Lamentablemente, ese autor nunca dejó
en claro cuál era su posición; se contentó con criticar
negativamente. El otro gran asunto, el de la desaparición de la
epiklesis romana, no puede ser examinado aquí (Cfr. CANON DE LA
MISA y EPICLESIS). A lo dicho hasta aquí sólo añadiremos
que cada vez se afirma más la posición de que existía
una invocación a la Segunda Persona de la Trinidad, una epiklesis
del Logos, antes que hubiera una del Espíritu santo. La anáfora
de Serapión (Egipto, siglo IV) exclusivamente contiene una epíclesis
del Logos (en Funk, "Didascalia", II, Paderborn, 1905, pp. 174-6).
Bishop, en el apéndice citado renglones arriba, piensa que la invocación
al Espíritu Santo no surgió hasta mucho después-
Cirilo de Jerusalén, alrededor del año 350, es el primer
testigo de ello- y que Roma nunca lo tuvo; que su única eplíclesis
era el “Quam oblationem” antes de las palabras de la institución.
Una vez más, esto parece ser lo que evidencia la carta de Gelasio
I (citada en CANON DE LA MISA, “Supplices te rogamus”).
La conclusión del presente párrafo es que la oración
eucarística de Roma fue modificada y reconstruida substancialmente
en algún momento entre los siglos IV, VI y VII. En ese mismo período
desaparecieron las oraciones de los fieles antes del ofertorio, el ósculo
de paz fue reubicado después de la consagración y la epíclesis
fue omitida o recortada en lo que ahora tenemos como la oración
del “Supplices”. De las varias teorías utilizadas para
explicar eso sólo parece razonable afirmar con Rauschen: “Si
bien no hay una decisión final al respecto, todo parece favorecer
la teoría de Drews por contener tantos argumentos de peso. Debemos
admitir que entre los años 400 y 500 el canon romano sufrió
una gran transformación”. (Euch. U. Bussakar., 86)
D. Del siglo VII a los tiempos modernos.
Es comparativamente fácil seguirle los pasos a la historia de
la misa de rito romano después de Gregorio el Grande (590-604).
Tenemos ahora como documentos, en primer lugar, los tres famosos sacramentarios.
El más antiguo, llamado Leoniano, existe en un manuscrito del siglo
VII, pero su composición se adjudica variadamente al siglo V, VI
y VII (Cfr. LIBROS LITURGICOS). Se trata de un fragmento, en el que falta
el canon, pero en lo que se puede apreciar representa la misa como la
conocemos (sin las adiciones gálicas posteriores). Aún están
en uso muchas de sus colectas, secretas, postcomuniones y prefacios. El
libro Gelasiano fue escrito entre los siglos VI a VIII. Está parcialmente
galicizado y fue compuesto en el reino franco. En él sí
aparece nuestro canon, palabra por palabra. El tercer sacramentario es
el Gregoriano, que fue el que aparentemente fue enviado por el Papa Adrián
I a Carlomagno entre 781 y 791. Contiene diversas misas creadas desde
tiempos de Gregorio y algunos suplementos que fueron incorporados gradualmente
al libro original resultando en añadidos francos (i.e. antiguos
romanos y gálicos). Dom Suitbert Bäumer ("Ueber das sogen.
Sacram. Gelasianum" en the "Histor. Jahrbuch", 1893, pp.
241-301) y Edmund Bishop ("The Earliest Roman Massbook" en "Dublin
Review", 1894, pp. 245-78) explican el desarrollo del rito romano
del siglo IX a XI de la siguiente manera: el sacramentario romano (puro)
enviado por Adrián a Carlomagno fue ordenado por el rey para ser
utilizado en el reino de los francos. Pero la gente estaba apegada a sus
antiguas costumbres, que eran en parte romanas (Gelasiano) y parte gálicas.
Como resultado, cuando el libro Gregoriano fue copiado, ellos (en especial
Alcuino, + 804) le insertaron los suplementos francos. Dichos suplementos
fueron gradualmente incorporados al libro original y, así modificado,
regresó a Roma (por la influencia de los emperadores carolingios)
y se convirtió en la “costumbre de la Iglesia Romana”.
El “Missale Romano Lateranense” del siglo XI (Ed. Azevedo,
Roma, 1752) muestra completo este rito fusionado y afirma que era el único
en uso en Roma. La misa romana había sufrido, así, su última
modificación desde la época de Gregorio el Grande: una fusión
parcial con elementos gálicos. Según Bäumer y Bishop
la influencia gálica es más notable en las variaciones para
el curso del año. Su teoría es que Gregorio le dio a la
misa mayor uniformidad (desde los tiempos del sacramentario Leoniano)
y la acercó un poco al modelo inmutable de las liturgias orientales.
La variedad que apreciamos hoy día para los diferentes días
y tiempos retornó posteriormente con los libros mixtos. También
se aprecia cierta influencia gálica en muchas ceremonias dramáticas
y simbólicas, ajenas al estilo purista del rito romano (Cfr. Bishop,
“The Genius of the Roman Rite”). Tales ceremonias son la bendición
de las velas, las cenizas, las palmas, gran parte del ritual de Semana
Santa, etc.
Los “Ordines” romanos, de los cuales doce fueron publicados
por Mabillon en su “Museum Italicum” (y luego otros, por De
Rossi y Duchesne), son fuentes valiosas que complementan los sacramentarios.
Se trata de descripciones del ceremonial, sin las oraciones (como el “Caeremoniale
Episcoporum”) y van desde el siglo VIII al XIV o XV. El primero
(siglo VIII) y segundo (basado en el anterior, con añadidos francos)
son los más importantes (Cfr. LIBROS LITÚRGICOS). A partir
de ellos y de los sacramentarios podemos reconstruir la misa de Roma de
los siglos VIII y IX. Aún no se acostumbraba recitar oraciones
preparatorias al pie del altar. El Papa, acompañado de gran número
de acólitos, cantores, diáconos y subdiáconos, entraba
al templo mientras se cantaba el salmo del introito. Después de
una postración se cantaba el Kyrie eleison, con nueve invocaciones
(como hoy día) (Cfr. KYRIE ELEISON). En las fiestas, enseguida
se cantaba el Gloria (Cfr. GLORIA IN EXCELSIS). El Papa entonaba la oración
del día (Cfr. COLECTA), a la que seguían dos o tres lecturas
(Cfr. LECTURAS EN LA LITURGIA), entre las que se cantaban salmos (Cfr.
GRADUAL). Habían desaparecido las oraciones de los fieles, dejando
tras de si únicamente las palabras Oremus, como un fragmento de
recuerdo. Mientras se cantaba el salmo del ofertorio la gente llevaba
al altar sus ofrendas, donde eran recibidas y acomodadas por los diáconos.
Se recitaba la secreta (la única oración de ofertorio en
aquel entonces) una vez que el Papa se hubiese lavado sus manos. Seguían,
como actualmente, el prefacio, el sanctus y el canon. Una referencia a
los frutos de la tierra llevó a las palabras “per quem haec
omnia”, etc. Luego venían la oración del Padre Nuestro,
la fracción, acompañada de una ceremonia muy complicada,
el beso de paz, el Agnus Dei (a partir del Papa Sergio, 687- 701), la
comunión bajo las dos especies, durante la que se entonaba el salmo
de comunión (Cfr. ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN), la oración
de la post-comunión, la despedida (Cfr. ITE, MISSA EST) y la procesión
de regreso a la sacristía (para una descripción más
detallada, cfr. C. Atchley, "Ordo Romanus Primus", Londres,
1905; Duchesne, "Origines du Culte chrétien", VI).
Ya se ha explicado cómo este rito romano “mixto” gradualmente
tomó el lugar del gálico (Cfr. LITURGIA). Por los siglos
X y XI ya prácticamente la única misa en uso en Occidente
era la romana. Posteriormente y en algunos momentos se hicieron algunas
modificaciones a la misa, ninguna de ellas de trascendencia. La recitación
del Credo de Nicea fue importada de Constantinopla. Se dice que en 1014
el emperador Enrique II (1002- 1024) convenció al Papa Benedicto
VIII (1012- 1024) de incluir dicha acción depués del Evangelio
(Berno of Reichenau, "De quibusdam rebus ad Missæ offic,pertin.",
II). Ya se había estado usando así en España, Galia
y Alemania. La totalidad del actual ritual y las oraciones que recita
el celebrante en el ofertorio fueron importados de Francia alrededor del
siglo XIII ("Ordo Rom. XIV", LIII, es el primer testimonio de
ello. P. L., LXXVIII, 1163-4). Antes, las únicas oraciones del
ofertorio eran las secretas (“Micrologus”, XI, en P.L. CLI,
984). Surgió una abundante variedad de ellas a lo largo de la Edad
Media y hasta la revisión del misal en tiempos del Papa Pio V (1570).
La costumbre de incensar a personas y objetos también es de origen
gálico. Roma no adoptó tal costumbre hasta el siglo XI o
XII (Micrologus, IX). Anteriormente el incienso se utilizaba exclusivamente
durante las procesiones (la entrada y la procesión del Evangelio;
cfr. C. Atchley, “Ordo Romanus Primus”, 17-18). Las tres oraciones
que dice el sacerdote antes de su comunión son devociones privadas
que fueron introduciéndose gradualmente en el texto oficial. Durando
(siglo XIII, “Rationale”, IV, LIII) menciona la primera (por
la paz); el Rito Sarum tiene, a su vez, oraciones dirigida a Dios Padre
(“Deus Pater fons et origo totius bonitatis”: Dios Padre,
fuente y origen de toda bondad. Ed. Bumtisland, 625). El Micrologus menciona
solamente la segunda (Domine Iesu Christe, qui ex voluntate Patris: Señor
Jesucristo, quien por la voluntad del Padre), pero añade que en
este momento se recitaban también muchas otras oraciones privadas.
También en ello hubo gran variedad durante la Edad Media hasta
la publicación del misal de Pio V. Las últimas adiciones
a la misa son sus actuales inicio y final. El salmo “Iudica me”,
la confesión de los pecados y las otras oraciones que se dicen
al pie del altar son parte de la preparación del celebrante, y
antiguamente se recitaban en la sacristía junto con muchos otros
salmos y oraciones. Tales oraciones constityen la “Preparatio ad
Missam” del misal actual. Pero hasta que Pio V estableció
la regla moderna que rige lo que se debe decir ante el altar, hubo gran
variedad de formas. Todo lo que sigue al “Ite Missa est” también
es agregado, parte de la acción de gracias, y no fue oficialmente
admitido sino hasta Pio V.
Ya hemos dado cuenta, hasta aquí, de todos los elementos de la
misa. El siguiente paso en el estudio de su desarrollo es observar el
crecimiento de numerosas variedades del rito romano en el Medioevo. Estos
rituales medievales (Paris, Ruán, Triers, Sarum y otros en Europa
Occidental) pueden ser considerados como simples exuberancias locales
del viejo rito romano. Lo mismo se aplica a las costumbres de varias órdenes
religiosas (cartujos, dominicos, carmelitas, etc.). Ninguna de ellas merece
siquiera ser entendida como rito derivado. Sus cambios no pasan de ser
simples adiciones y amplificaciones adornadas, aunque en algunos casos,
como la preparación dominica de las ofrendas antes de la misa,
señalan hacia alguna influencia gálica. Las liturgias milanesa
y mozárabe son asunto aparte. Ellas descienden de un rito genuinamente
distinto- el gálico original- a pesar de haber sido ellas también
romanizadas considerablemente (Cfr. LITURGIA).
Mientras tanto, la misa iba sufriendo otro tipo de cambios. Durante los
primeros siglos era costumbre que varios sacerdotes concelebraran. De
pie alrededor de su obispo, ellos se unían a sus oraciones y consagraban
las ofrendas con él. Esto aún se usa en los ritos orientales.
En Occidente dicha costumbre había casi desaparecido en el siglo
XIII. Santo Tomás de Aquino (+ 1274) discute la cuestión
“si varios sacerdotes pueden consagrar la misma hostia” (Summa
Theologica, III, Q. LXXXII, a. 2). Su respuesta es, claro, que sí
pueden, pero sólo menciona el caso de la misa de ordenación.
Y de hecho (hasta el Concilio Vaticano II y la reforma litúrgica
que lo acompañó, N.T.) sólo se concelebraba en esas
ocasiones. Durante la ordenación de sacerdotes y obispos todos
los orenados concelebran con el ordenante. En los demás casos,
la concelebración fue reemplazada en la Edad Media con varias celebraciones
privadas separadas y simultáneas. Indudablemente que la costumbre
de ofrecer cada misa por una intención especial fue lo que propició
ese cambio. La celebración separada y simultánea llevó
a la construcción de muchos altares en cada templo y a la reducción
del ritual a su mínima forma posible. Se evitó la participación
del diácono y el subdiácono; el celebrante asumió
las funciones de ellos junto con las suyas propias. Un acólito
tomó la parte del coro y de todos los demás auxiliares;
todo pasó a ser recitado en vez de cantado; se omitió la
incensación y el ósculo de paz. Y con ello llegamos al conocido
ritual de la Missa privata. Y esto, a su vez, influyó en la Missa
solemnis, durante la cual el celebrante también comenzó
a recitar todas las oraciones, aunque también pudiesen ser cantadas
por el coro, el diácono o el subdiácono.
La costumbre de ofrecer cada misa por una intención especial llevó
a los sacerdotes a celebrar diariamente. Claro que esto no se ha constituido
en una norma constante. Por una parte, se escucha hablar de sacerdotes
que decían varias misas al día, en contra de prohibiciones
expresas de los concilios medievales. En el otro extremo, algunos sacerdotes
demasiado piadosos no se atrevían a celebrar diariamente. Bossuet
(+ 1704), por ejemplo, únicamente celebraba misa los domingos,
las fiestas y todos los días de la Cuaresma o en aquellas ocasiones
en que el misal indicara una misa especial. No existe ninguna obligación
para que los sacerdotes celebren diariamente, aunque hoy es común
que así lo hagan. El Concilio de Trento deseaba que los sacerdotes
celebraran al menos los domingos y en las fiestas solemnes (Ses. XXIII,
cap. XIV). (Las Nuevas Instituciones Generales del Misal Romano, del año
2000, indican que de ser posible los sacerdotes deben celebrar diariamente
la misa, N.T.). La celebración sin asistencia de acólitos
(Missa solitaria) ha sido continuamente prohibida, como por ejemplo, por
el Concilio de Mainz en 813. Otro abuso era la missa bifaciata o trifaciata,
en la cual el celebrante repetía varias veces la primera parte
de la misa, del introito al prefacio, y después reunía todo
en un solo canon, para dar satisfacción a varias solicitudes de
intenciones. Tal práctica también fue prohibida por los
concilios medievales (Durandus, “Rationale”, IV, I, 22). La
missa sicca (misa seca) constituía una forma común de devoción
en funerales o esponsales vespertinos, cuando no se podía celebrar
una misa real. En ella, se seguía en todo el ritual excepto el
ofertorio, la consagración y la comunión (Ibid. 23). La
missa nautica y la missa venatoria también eran formas de misa
seca, celebradas en alta mar durante alguna tormenta o en cacerías,
cuando no se tenía suficiente tiempo. En algunos monasterios cada
sacerdote estaba obligado a decir una misa seca después de la celebración
de la misa real (la conventual). El Cardenal Bona (Rerum Liturg. Libro
duo, I, XV) argumenta en contra de las misas secas. Afortunadamente desaparecieron
después de la reforma de Pio V. La misa de los presantificados
(missa praesantificatorum; leitourgia ton proegiasmenon) es una antigua
costumbre descrita por el Segundo Concilio de Trulle, 692. Se trata de
una celebración- no es una misa en sentido estricto- de comunión
con hostias consagradas y reservadas en alguna misa anterior. Se acostumbra
en la Iglesia Bizantina en los días de las semanas de Cuaresma
(excepto sábados) y, en el rito romano, el Viernes santo.
Finalmente, llegó la uniformidad del rito romano y con ella la
abolición de casi todas las variantes medievales. El Concilio de
Trento consideró el asunto y nombró una comisión
especial que preparara un misal uniforme. Ese misal fue publicado por
Pio V por medio de la bula “Quo primum” el 14 de julio de
1570. Esa fue una de las últimas fases de la historia de la misa
romana (El Concilio Vaticano II, con la promulgación el 4 de diciembre
de 1963 del documento “Sacrosanctum Concilium”, originó
una revisión del misal de Pio V, a la que siguió una serie
de reformas al mismo que cristalizaron en el asi llamado “Misal
de Paulo VI”, de 1969, y en sus últimas revisiones- a través
de las “Institutio Generalis Missalis Romani” en 1975, todavía
bajo Paulo VI, y en 2000, bajo el pontificado de Juan Pablo II, N.T.).
El misal de Pio V fue utilizado en toda la Iglesia Latina, a excepción
de los casos en los que él mismo autorizó alguna modificación,
con prescripción en dos siglos. Estas excepciones salvaron las
variantes utilizadas por algunas órdenes religiosas y algunos ritos
locales y las liturgia mozárabe y milanesa. Clemente VIII (1604),
Urbano VIII (1634) y León XIII (1884) revisaron ligeramente las
rúbricas y la lecturas contenidas en el libro (Cfr. LIBROS LITÚRGICOS).
Pio X revisó el canto litúrgico (1908). Pero dichas revisiones
dejaron vigente el misal de Pio V. Desde la Edad Media ha habido un cambio
incesante en el sentido de adiciones de misas propias de fiestas nuevas,
y el misal cuenta ahora con un suplemento que no deja de crecer, si bien
dichas adiciones no constituyen un cambio litúrgico propiamente
dicho. Las nuevas misas se crean siguiendo estrictamente las líneas
de las antiguas.
Veamos ahora la misa romana (según el Misal de Pio V, y al cual
las reformas del Concilio Vaticano II sólo afectaron en aquello
que se orienta más directamente al fomento de la participación
comunitaria y activa de los fieles en la misa y a destacar la centralidad
del Misterio Pascual,N.T.), que es sin comparación la más
extendida e importante, y sin duda constituye, en muchos sentidos, la
celebración eucarística más antigua de la cristiandad.
E. La actual misa romana
No intentaremos explicar aquí cómo se celebra la misa romana.
Todas las diversas reglas y rúbricas pormenorizadas a las que deben
sujetarse el celebrante y sus ministros, así como los detalles
de coincidencia y conmemoración, y que deben ser aprendidas por
los seminaristas antes de su ordenación, deben buscarse en un libro
de ceremonial (Le Vavasseur, citado en la bibliografía del presente
artículo, es quizás el mejor). En esta misma ENCICLOPEDIA
CATÓLICA se pueden encontrar también artículos acerca
de las partes principales de la misa, la descripción de cómo
se desarrollan éstas, los ornamentos, la música, etc. Bastará,
entonces, dar una breve descripción general. El ritual de la misa
se ve afectado por (1) la persona que celebra, (2) el día o la
ocasión que se celebra, y (3) el tipo de misa de que se trate (solemne
o simple). Pero el esquema general es siempre el mismo. Se puede pensar
que el prototipo de ritual es el de la misa solemne, cantada por un sacerdote
en domingo o en una fiesta que no contenga características especiales.
Normalmente la misa debe celebrarse en un templo consagrado o bendecido
(los oratorios privados o salones pueden ser utilizados con permiso en
ocasiones especiales. Cfr. Le vavasseur, I, 200-204) y sobre un altar
consagrado (o por lo menos sobre un ara consagrada, aunque esta condición
dejó de entrar en vigor después del Concilio Vaticano II,
cfr. Institución General del Misal Romano, N.T.). Puede celebrarse
a cualquier hora entre el alba y medio día, cualquier día
del año, excepto el Viernes Santo (hay restricciones para la celebración
privada en Sábado Santo o en oratorios privados en ciertas fiestas).
(Las restricciones de horario han variado significativamente después
del Concilio Vaticano II. Ya es posible celebrar a cualquier hora del
día, N.T.). Un sacerdote únicamente puede celebrar una misa
cada día, excepción hecha de la festividad de Navidad, cuando
puede hacerlo tres veces, con la condición de que la primera la
celebre inmediatamente después de medianoche (norma que ya no vige
tampoco, dadas las condiciones pastorales de muchas parroquias. N.T.).
En algunos países (España y Portugal) los sacerdotes también
pueden celebrar tres veces en la festividad de los fieles difuntos (2
de noviembre). En el caso de que sea necesario para que los fieles cumplan
su obligación de asistir a misa, el obispo local puede permitir
a algunos sacerdotes que celebren dos veces en domingos o días
festivos. En las catedrales y colegiatas, al igual que en las iglesias
de las órdenes religiosas obligadas a recitar públicamente
las Horas canónicas, debe celebrarse una misa que se vincule con
esa liturgia y forme con ella el círculo completo del culto a Dios.
Dicha misa oficial es conocida como misa conventual. De ser posible, debe
celebrarse solemnemente, pero aún cuando ello no pueda llevarse
a cabo, deben conservarse algunas características de la misa solemne.
En las festividades y domingos, la hora de la la celebración de
esa misa es después del rezo coral de la hora tercia. En las ferias
(días normales), es después de la sexta. En las ferias de
Adviento, Cuaresma y en las vigilias, es después de nona. Las misas
votivas y de requiem de la conmemoración de los fieles difuntos,
también se celebran después de Nona, aunque los requiem
ordinarios se dicen después de prima. El celebrante debe estar
en estado de gracia, libre de irregularidad o censura y haber ayunado
desde la media noche anterior (aunque esto último ya no está
en vigor el día de hoy, N.T.). Debe observar todas las rúbricas
(normas) y leyes respectivas a la materia (pan ázimo y vino puro),
a los ornamentos, vasos sagrados y ceremonial.
El esquema de la misa solemne (conviene, por lo menos, para conocer los
rasgos generales de la misa actual, ver los números 1348-1355 del
Catecismo de la Iglesia Católica, de 1992, N.T.) es como sigue:
la procesión se acerca al altar. Consta de turiferario, acólitos,
maestro de ceremonias (ceremoniero), subdiácono (este grado ministerial
ya no existe en la Iglesia Católica, N.T.), diácono y celebrante.
Todos llevan los ornamentos indicados por las rúbricas (Cfr. VESTIDURAS
SAGRADAS, ORNAMENTOS). Primero, se recitan las oraciones preparatorias
al pie del altar; se inciensa el altar; el celebrante lee el introito
y el Kyrie al lado sur del altar, lado de la Epístola (actualmente
ya no hay diferencia en los lados del altar, construido éste de
modo que el sacerdote celebre de frente al pueblo, y las lecturas son
proclamadas desde un único ambón, colocado, generalmente,
en lo que antes se llamaba “lado del Evangelio”. Cfr. Institución
General del Misal Romano # 272. N.T.). Los días en los que en el
Oficio (actualmente, Liturgia de las Horas, N.T.) se reza el “Te
Deum”, el celebrante entona el “Gloria in excelsis”,
que debe ser continuado por el coro. Mientras eso sucede, el celebrante,
el diácono y el subdiácono lo recitan individualmente, hecho
lo cual se sientan hasta la terminación del coro. Después
del saludo “Dominus vobiscum”, y de su respuesta: “Et
cum spiritu tuo”, el celebrante canta la colecta del día
y todas las que sean necesarias para conmemorar otras fiestas u ocasiones,
o las que hayan sido ordenadas por el obispo. En días sin fiesta
especial el celebrante puede escoger alguna de su predilección
de entre las que ofrece el misal y de acuerdo a las rúbricas. El
subdiácono lee la Epístola y el coro canta el gradual. Ambos
elementos son seguidos por el celebrante en el misal desde el altar. De
acuerdo a las normas vigentes- antes del Concilio Vaticano II- el celebrante
debe recitar individualmente todo lo que los demás canten. Bendice
el incienso, recita la oración “Munda cor meum” y lee
el Evangelio en el lado norte (lado del Evangelio) del templo. Mientras
tanto el diácono se prepara para cantar el Evangelio. Para ello,
él avanza en procesión con el subdiácono, turiferario
y acólitos a un sitio al norte del coro, donde procede a cantarlo,
con el subdiácono sosteniendo el libro ahí donde no hubiera
ambón. Si hay sermón, debe ser pronunciado inmediatamente
después del Evangelio. El lugar tradicional de la homilía
es después de las lecturas (Justino Mártir, I Apolog.”
LXVII, 4). Enseguida se canta el Credo, si se trata de domingo o ciertas
fiestas, como es el caso para el “Gloria”. Es en este punto,
antes o después del Credo (que, como vimos, es de introducción
posterior), donde termina en teoría la misa de los catecúmenos.
De pie en medio del altar, el celebrante canta “Dominus vobiscum”
y “Oremus”- el último vestigio de la antiguas oraciones
de los fieles (que ya han sido reincorporadas en el rito de la misa posterior
al Concilio Vaticano II y colocadas al final del Credo, N.T.). Sigue el
ofertorio. Se ofrece el pan a Dios con la oración “Suscipe
sancte Pater”; el diácono pone vino en el cáliz y
el subdiácono añade un poco de agua. El celebrante ofrece
el cáliz del mismo modo que ofreció el pan (Offerimus tibi,
Domine), después de lo cual se inciensa todo: las ofrendas, el
altar, el celebrante, los ministros y la asamblea. En tanto, el coro canta
el ofertorio. Enseguida, el celebrante lava sus manos mientras recita
la oración “Lavabo”. Posterior a otra oración
de ofrenda (Suscipe Sancta Trinitas) y a una invitación a la asamblea
(Orate, fratres) a la que esta responde sin cantar (se trata de una adición
posterior), el celebrante recita la secreta, que corresponden a la colecta.
La última secreta termina con una Ekphonesis: “Per omnia
saecula saeculorum”. Esto constituye una advertencia de lo que está
por llegar. Cuando las oraciones comenzaron a ser recitadas en silencio,
se buscó una manera de señalar su términación,
para que los fieles supieran qué estaba pasando. Así que
se comenzó a cantar las palabras finales. En los ritos orientales
se desarrollaron mucho estas ekphonesis. En la misa romana hay tres ejemplos
de ellas, siempre con las palabras “Per omnia saecula saeculorum”
a las que el coro responde “Amen”. Luego de la ekphonesis
de la secreta se abre el diálogo “Sursum corda”, etc.,
que se usa en todos los ritos con algunas variaciones. De ese modo el
inicio de la oración eucarística al que llamamos prefacio
dejó de formar parte del canon. El coro canta y el celebrante recita
el sanctus. A ello sigue el canon, a partir de las palabras “Te
igitur” y terminando con una ekphonesis antes del Padre Nuestro.
Todas estas partes están descritas en el artículo CANON
DE LA MISA. A continuación está el Padre Nuestro, antecedido
por unas breves palabras (Praeceptis salutaribus moniti) y seguido de
un embolismo (Cfr. LIBERA NOS), que se recita silenciosamente y se termina
con la tercera ekphonesis. Se inicia la fracción del pan con el
versículo “Pax Domini sit semper vobiscum”, que busca
introducir el beso de paz. El coro canta el “Agnus Dei” mientras
el sacerdote lo recita también unido a la primera oración
de comunión, antes de dar al diácono el beso de la paz.
Después recita las otras dos oraciones de comunión y comulga
bajo las dos especies. La comunión de la asamblea (poco frecuente
en las misas solemnes) es la siguiente parte del rito y durante su celebración
el coro canta la comunión (Cfr. ANTIFONA DE LA COMUNION). Mientras
el cáliz es purificado se canta la postcomunión, que corresponde
a las colectas y secretas. Al igual que las colectas, la postcomunión
empieza con el saludo “Dominus vobiscum” y su correspondiente
respuesta; el sacerdote se encuentra en el lado sur del altar. Luego de
que el celebrante expresa otro saludo más, el diácono canta
la despedida (Cfr. ITE MISSA EST). Sin embargo, aún no es el fin.
Hay tres adiciones posteriores (de las cuales las dos últimas ya
fueron eliminadas del misal en la revisión posterior al Concilio
Vaticano II, N.T.): la bendición del celebrante, una breve oración
pidiendo a Dios que acepte el sacrificio (Placeat tibi) y el “Último
Evangelio”, que en realidad era el inicio del Evangelio de San Juan
(Cfr. EL EVANGELIO EN LA LITURGIA). La procesión retorna a la sacristía.
La norma es la misa solemne. Solamente se puede entender la ceremonia
cuando los ritos se celebran en totalidad, con presencia de diácono
y subdiácono. Es por ello que el Ordinario (Ritual) de la misa
siempre supone que se trata de misa solemne. La misa simple, celebrada
por un sacerdote solo, con un acólito, es una forma abreviada y
simplificada de la solemne; su ritual únicamente puede ser explicado
haciendo referencia al de aquella. Por ejemplo, el celebrante se dirige
al lado norte del altar para leer el Evangelio porque ese es el lado a
donde el diácono va en procesión durante la misa solemne;
siempre gira hacia la derecha porque en la misa solemne no debe dar la
espalda al diácono, etc. La misa cantada (missa cantata) es un
arreglo intermedio moderno. En realidad es una misa simple, si se toma
en cuenta que la esencia de la misa solemne no es la música sino
la presencia del diácono y del subdiácono. Solamente en
aquellos templos donde no hay persona ordenada fuera de un sacerdote,
y con lo que se imposibilita la misa solemne, se permite que se celebre
la misa (en domingos y fiestas) utilizando los elementos ornamentales
de la misa solemne, con cantos y (generalmente) con incienso. La Sagrada
Congregación de Ritos en varias ocasiones (9 de junio de 1884;
7 de diciembre de 1888) ha prohibido el uso de incienso en la Missa Cantata,
sin embargo, se han hecho excepciones en algunas diócesis y generalmente
se tolera la costumbre de usarlo (La Vavasseur, op. cit. I, 514-515).
También en este caso el celebrante adopta las partes del diácono
y del subdiácono. No hay beso de paz..
Otra cosa que también afecta el ritual de la misa es la dignidad
del celebrante, según que se trate de un presbítero o un
obispo. Debemos decir algo también a este respecto, porque así
como se dijo que la misa simple es una versión simplificada de
la misa solemne, también se debe decir que la misa celebrada por
un presbítero es una versión simplificada de la que celebra
el obispo (misa pontifical). Pero no se trata de un paralelo perfecto.
Algunas de las partes del complicado ceremonial pontifical constituyen
adornos añadidos posteriormente. El rasgo principal de la pontifical
(además de algunos ornamentos peculiares) es que el obispo permanece
en su trono (excepción hecha de las oraciones al pie del altar
y la incensación al altar) hasta el ofertorio, recalcando con ella
la división entre la misa de los catecúmenos y la de los
fieles. Del mismo modo, el obispo no se pone el manípulo (una pieza
de tela adornada, del mismo color que el resto del ornamento, que el celebrante
colocaba sobre su brazo izquierdo; su uso ha sido descontinuado, N.T.)
hasta después de las oraciones preparatorias, lo cual también
es un toque arcaico que subraya el hecho de que dichas oraciones no formaban
originalmente parte de la ceremonia. En la misa simple, el rango episcopal
se indica con algunos detalles poco importantes y por la ultilización
tardía del manípulo. Algunos prelados no obispos utilizan
algunas ceremonias pontificales en la misa. La misa papal también
tiene ciertas acciones peculiares. Algunas de ellas son vestigios de antiguas
costumbres. Un ejemplo de ello es que el Papa comulga sentado en su trono
y bebe del cáliz consagrado a través de un tubito llamado
fistula (costumbre, también ésta, ya fuera de uso en la
liturgia contemporánea, N.T.).
Durandus (Rationale, IV, 1) y todos los autores simbólicos, de
acuerdo a principios místicos distinguen varias partes de la misa.
Esta tendría cuatro partes que corresponderían a la cuatro
clases de oración enumeradas en I Tim 2, 1. Del introito al ofertorio
es una obsecratio; una oratio del ofertorio al Pater Noster; una postulatio
en la comunión; una gratiarum actio, de ahí hasta el final
(Durandus, ibid.; cfr. MISA, SACRIFICIO DE LA, Vol. X). En forma especial
es el canon la parte que más divisiones ha sufrido, de acuerdo
a los sistemas más ingeniosos. Pero las distinciones que realmente
interesan al estudioso de la liturgia son, en primer lugar, aquellas de
tipo histórico entre la misa de los catecúmenos y la de
los fieles, que ya fueron explicadas y, en segundo lugar, las de tipo
práctico entre las partes variables e invariables. La misa consiste
de un cuadro inmutable de referencia en el cual, en puntos fijos, se van
colocando los elementos variables como las oraciones, las lecturas y los
cantos. Esos dos elementos se conocen como el común y el propio
del día (el cual, a su vez, puede ser tomado de una misa común
utilizable en varias ocasiones como, por ejemplo, el común de varias
clases de santos). El común es el ordinario de la misa (Ordinarium
Missae), que en el misal de Pio V fue insertado entre el Sábado
Santo y el día de Pascua. Toda misa se apega a ese esquema; para
seguirla, primero hay que encontrar el “ordinario”. En él
aparecen las diferentes rúbricas (así llamadas porque están
escritas en color rojo) que indican que algo, que no aparece impreso en
este lugar, se debe decir o cantar. La primera rúbrica de ese tipo
ocurre luego de la incensación inicial: “Enseguida el celebrante
hace la señal de la cruz sobre si mismo y comienza el introito”.
Pero en el “ordinario” no aparece el texto de ningún
introito. El sacerdote debe saber qué misa corresponde y buscar
el introito correspondiente a ella, así como las demás partes
propias, bajo el título apropiado, entre la larga lista de misas
que se ofrecen en el libro. Estas partes variables, o “propias”,
son, en primer lugar los cuatro cantos del coro: el introito, el gradual
(o tracto, aleluya y, a veces, luego de éste, una secuencia), el
ofertorio y la comunión. En segundo lugar, las lecturas (epístola,
Evangelio y en ocasiones, lecturas del Antiguo Testamento). Siguen las
oraciones que debe recitar el celebrante (colecta, secreta, postcomunión;
frecuentemente son varias de cada tipo para conmemorar otras fiestas o
días). La misa se construye colocando cada uno de estos elementos
propios en el lugar que les corresponde en el “ordinario”.
Hay, sin embargo, otros dos elementos que ocupan un sitio intermedio entre
el ordinario y el propio. Estos son el prefacio y parte del canon. Tenemos
once prefacios: diez propios y uno común. Ellos no cambian con
tanta frecuencia como para justificar su impresión entre las misas
propias, de modo que están todos incluidos en el ordinario. Y de
entre ellos se debe elegir el apropiado según las rúbricas.
Del mismo modo, hay cinco grandes fiestas que llevan una cláusula
especial dentro de la oración Communicantes del canon. Hay dos
(Pascua y Pentecostés) que tienen un “Hanc igitur”
propio; el Jueves Santo tiene una forma modificada del “Quam pridie”.
Tales excepciones están impresas luego de los prefacios correspondientes.
Pero la correspondiente al Jueves Santo, como éste es una fiesta
única en el año, se debe buscar en el propio de ese día
(Cfr. CANON DE LA MISA).
Son estas partes de la misa las que van variando y es a causa de ellas
que podemos hablar de la misa de este día o de aquella fiesta.
Para poder encontrar la misa propia de cierto día hay que conocer
una complicada serie de reglas. Esta aparecen en las rúbricas al
inicio del misal. A grandes rasgos el sistema es como se explica enseguida.
Primero, hay una misa para cada día del año, siguiendo el
calendario de la Iglesia. Los días ordinarios entre semana (feriae)
tienen la misa del domingo que les antecede con algunas modificaciones
regulares. Pero las “feriae” de Cuaresma, de la semana anterior
a la Ascención, los días de ayuno y las vigilias tienen
misas especiales. Todo ello ocupa la primera parte del misal, llamado
Proprium de tempore. El año está sobrecargado de una gran
cantidad de fiestas de santos o de eventos especiales determinados por
el día del mes (esto forma el Proprium Sanctorum). Casi cada día
es una fiesta. A veces, incluso, hay varias en un mismo día. Se
dan entonces las coincidencias (concurrentia) de varias misas posibles
el mismo día. Se dan casos en los que se dicen dos o más
misas conventuales, una por cada uno de los oficios que coinciden. De
ese modo, en las ferias que tienen oficio especial, si concurre una fiesta,
la misa de esta última se dice después de la Tercia y la
de la feria después de Nona. Si la fiesta cae en la víspera
de la Ascención entonces se dicen tres misas conventuales: la de
la fiesta, después de Tercia; la de la Vigilia, después
de Sexta y la de la víspera de la fiesta, después de Nona.
Pero en las iglesias donde no hay misa conventual oficial, y en los casos
en que el sacerdote dice la misa por su propia devoción, sólo
se celebra una de las misas coincidentes, y las otras son simplemente
recordadas a base de recitar las colectas, secretas y postcomuniones correspondientes
después de las propias de la misa seleccionada. Para saber qué
misa escoger uno debe conocer los diversos grados de dignidad. Todos los
días o fiestas siguen la siguiente escala: feria, simple, semidoble
doble, doble mayor, doble de segunda clase, doble de primera clase. Se
selecciona la misa que tenga mayor rango. Para evitar que coincidan dos
fiestas del mismo rango se transfiere una de ellas al siguiente día
libre. Algunas fechas importantes gozan de ciertos privilegios, de modo
que ni siquiera una fiesta de mayor rango pueda desplazarlas. Nada puede,
por ejemplo, desplazar el primer domingo de Adviento y Cuaresma, ni los
domingos de Pasión y Ramos. Ellos constituyen los así llamados
“domingos de primera clase”. Nada puede tampoco desplazar
el Miércoles de Ceniza ni ninguno de los días de la Semana
Santa. Otros días (por ejemplo, los así llamados domingos
de segunda clase, o sea, los demás de Adviento y Cuaresma, Septuaginta,
Sexagesima y Quinquagesima) únicamente pueden ser substituidos
por dobles de primera clase. Los domingos ordinarios cuentan como semidobles,
pero tienen precedencia sobre otros semidobles. Los días de una
octava son semidobles; el octavo día es doble. Las octavas de Epifanía,
Pascua y Pentecostés (las tres fiestas mayores originales) son
superiores a cualquier otra fiesta. La fiesta desplazada simplemente se
conmemora, excepto si coincide alguna fiesta de grado muy inferior. Las
reglas para estos casos están enumeradas en las “Rubricae
generales” del misal (VII: De commemorationibus). En fiestas semidobles
o días de rango inferior al semidoble siempre se añaden
otras colectas a la de ese día para formar un número impar.
Algunas están ya indicadas en el misal; el celebrante puede añadir
otras según su criterio. El obispo puede ordenar que se digan otras
colectas por motivos especiales (los así llamados Orationes imperat).
Como regla general, la misa debe corresponder al oficio del día,
incluyendo las conmemoraciones. Pero el misal contiene una colección
de misas votivas que pueden ser celebradas en días donde la propia
no pasa del rango de semidoble. El obispo o el Papa puede ordenar la celebración
de una misa votiva por algun motivo público mientras la misa propia
del día no sea una del primer rango. Le Vavasseur explica todas
estas normas en detalle (op. cit. I, 216-231) y lo mismo hacen las rúbricas
del misal (Rubricae generales, IV). Hay otras dos misas que, por no corresponder
al oficio, pueden ser llamadas misas votivas: la misa de esponsales (missa
pro sponso et sponsa), que se celebra en las bodas, y la de requiem, celebrada
a favor de los fieles difuntos. Ellas tienen características especiales
(Cfr. MISA DE ESPONSALES y MISA DE REQUIEM). El calendario (Ordo) que
se publica anualmente en cada diócesis o provincia señala
el oficio y la misa para cada día. Para lo relacionado a los estipendios
de la misa, cfr. SACRIFICIO DE LA MISA, Vol. X.
No hace falta recalcar que la misa, alrededor de la cual se ha elaborado
un reglamento tan complicado, constituye el centro de la religión
católica. La misa siempre ha sido el punto de conflicto, tanto
durante la Reforma como en otros tiempos. Los reformadores ya lo dijeron
con toda claridad: “La misa es lo que importa”. Los insurgentes
de Cornish en 1549 se levantaron en contra de la nueva religión
y así expresaron sus peticiones de que se retirara el rito de comunión
regido por el libro de oraciones y se restaurara la antigua misa. La prolongada
persecución de los católicos en Inglaterra adoptó
su forma más estridente en la elaboración de leyes que prohibían
la celebración de la misa. Durante siglos se obligó al ocupante
del trono británico a declarar abiertamente su protestantismo no
a base de rechazar el sistema general de la doctrina católica sino
de repudiar formalmente la doctrina de la transubstanciación y
de la misa. Así como la unión con Roma es el lazo que enlaza
a los católicos entre si, se puede decir que, éste, el más
venerado de los rituales en la cristiandad es el testigo y la salvaguarda
de ese lazo. Es precisamente a través de participar en la misa
a través de la comunión que el católico proclama
su unión con la Iglesia universal. La excomunión es la pérdida
de ese vínculo; la comunión y la misa son el lazo entre
fieles, sacerdotes y obispo, que forman un cuerpo que participa de un
único pan.
I. HISTORIA DE LA MISA . DUCHESNE, Origines du Culte chrétien
(2a. ed., París, 1898); GIHR, Das heilige Messopfer (6a ed., Friburgo,
1897); RIETSCHEL, Lehrbuch der Liturgik, I (Berlín, 1900); PROBST,
Liturgie der drei ersten christlichen Jahrhunderte (Tubinga, 1870); IDEM,
Liturgie des vierten Jahrhunderts u. deren Reform (Münster, 1893);
IDEM, Die ältesten römischen Sacramentarien u. Ordines (Münster,
1892); CABROL, Les Origines liturgiques (París, 1906); IDEM, Le
Livre de la prière antique (París, 1900); BISHOP, The Genius
of the Roman Rite en STALEY, Essays on Ceremonial (Londres, 1904), 283-307;
SEMERIA, La Messa (Roma, 1907); RAUSCHEN, Eucharistie u. Bussakrament
(Friburgo, 1908); DREWS, Zur Entstehungsgesch. des Kanons (Tubinga, 1902);
IDEM, Untersuchungen über die sogen. clementinische Liturgie (Tubinga,
1906); BAUMSTARK, Liturgia Romana e liturgia dell' Esarcato (Roma, 1904);
ALSTON Y TOURTON, Origines Eucharistic (Londres, 1908); WARREN, Liturgy
of the Ante-Nicene Church (Londres, 1907); ROTTMANNER, Ueber neuere und
ältere Deutungen des Wortes Missa in Tübinger Quartalschr. (1889),
pp. 532 ss.; DURANDUS (Bishop of Mende, d. 1296), Rationale divinorum
officiorum Libri VIII, es el clásico ejemplo del comentario medieval;
cfr. otros en CANON DE LA MISA. BENEDICTO XIV (1740-1758), De SS. Sacrificio
Miss , la mejor edición por SCHNEIDER (Mainz, 1879), es también
una obra estandar de su clase.
II. TEXTOS: CABROL Y LECLERCQ, Monumenta ecclesiae liturgica, I, 1 (París,
1900-2); RAUSCHEN, Florilegium Patristicum: VII, Monumenta eucharistica
et liturgica vetustissima (Bonn, 1909); FELTOE, Sacramentarium Leonianum
(Cambridge, 1896); WILS0N, The Gelasian Sacramentary (Oxford, 1894); Gregorian
Sacramentary and the Roman Ordines en P.L., LXXVIII; ATCHLEY, Ordo Romanus
Primus (Londres, 1905); DANIEL, Codex Liturgicus Ecclesiae universae I
(Leipzig, 1847); MASKELL, The Ancient Liturgy of the Church of England
(Londres, 1846); DICKENSON, Missale Sarum (Burntisland, 1861-83).
III. USO ACTUAL. Además de las Rúbricas en los misales,
el de Pio V y el de Pablo VI, y de las revisiones de Juan Pablo II, consulte
DE HERDT, Sacr Liturgic Praxis (3 vols., 9ª. ed., Luvaina, 1894);
LE VAVASSEUR, Manuel de Liturgie (2 vols., 10ª. ed., Paris, 1910);
MANY, Pr lectiones de Missa (París, 1903). Vea más bibliografía
en CABROL, Introduction aux études liturgiques (París, 1907),
en CANON DE LA MISA y otros artículos sobre las diversas partes
de la misa. Además, JOSEF ANDREAS JUNGMANN, Eucharist, en Sacramentum
Mundi, 267-273, 1968. Idem, The Mass of the Roman Rite, 1951; Idem, “The
most Sacred Mystery of the Eucharist”, en H. Vorglimer “Commentary
on the Documents of Vatican II, vol I 31-45, 1967. Constitución
Apostólica “Sacrosanctum Concilium” del Concilio Vaticano
II. . CONGREGACIÓN DE RITOS . Eucharisticum Mysterium, 25 de mayo
de 1967
ADRIAN FORTESCUE
Transcrito por Douglas J. Potter
Dedicado al Sagrado Corazón de Jesucristo.
Traducción de Javier Algara Cossío.