(Libre Albedrío)
I. Relación de la Cuestión a Diversas Ramas
de la Filosofía
II. Historia
A. Libre albedrío en la filosofía
antigua
B. Libre albedrío y la religión cristiana
C. Doctrina Católica
D. Teorías Tomista y Molinista
E. Libre albedrío y los reformadores protestantes
F. Libre albedrío en la filosofa moderna
III. EL ARGUMENTO
A. Prueba
B. Objeciones
IV. NATURALEZA Y AMBITO DE LA LIBERTAD MORAL
V. CONSECUENCIAS
La cuestión del libre albedrío, libertad moral, o la liberum
arbitrium de los Escolásticos, se sitúa entre los tres o
cuatro problemas filosóficos más importantes de todo tiempo.
Se ramifica en ética, teología, metafísica, y psicología.
La posición adoptada en relación a ella determina la posición
del hombre en relación a los asuntos más importantes que
se presentan a la mente humana. Por una parte, ¿posee el hombre
libertad moral genuina, poder de elección real, verdadera habilidad
para determinar el curso de sus pensamientos y voliciones, para decidir
que motivos deben prevalecer en su mente, para modificar y moldear su
propio carácter?. O, por otra parte, ¿son todos los pensamientos
y voliciones del hombre, su carácter y acciones externas, meramente
el inevitable resultado de sus circunstancias?, ¿están todos
ellos inexorablemente predeterminados en cada detalle dentro de rígidos
lineamientos por eventos del pasado, sobre los que él no ha tenido
ninguna clase de control? Esta es la implicación real del problema
del libre albedrío.
I. Relación de la Cuestión
a Diferentes Ramas de la Filosofía
(1) Éticamente, la cuestión afecta vitalmente el significado
de la mayoría de nuestros términos e ideas morales. La responsabilidad,
el mérito, el deber, el remordimiento, la justicia y similares,
tendrán un significado totalmente diferente para quien cree que
todos los actos del hombre están últimamente determinados
en su totalidad por agentes más allá de su poder, que el
significado que estos términos tengan para aquel que cree que cada
ser humano en uso de razón puede por su propio albedrío
determinar sus deliberadas voliciones, y así ejercer un mando real
sobre sus pensamientos, sus actos y la formación de su carácter.
(2) Estudios de teología sobre las cuestiones de la existencia,
naturaleza y atributos de Dios, y Sus relaciones con el hombre.
La reconciliación de la presciencia de Dios y su gobierno universal
y providencial del mundo con la contingencia de la acción humana,
así como la armonización de la eficacia de la gracia supernatural
con el libre poder natural de la creatura, ha estado entre los trabajos
más arduos del estudiante de teología desde los días
de San Agustín hasta el día de hoy.
(3) Causalidad, cambio, movimiento, el principio de la existencia, son
nociones que se encuentran en el corazón de la metafísica.
La concepción del albedrío humano como una causa libre los
involucra a todos.
(4) Adicionalmente, el análisis de la acción voluntaria
y la investigación de sus características peculiares, son
las funciones de la psicología. Realmente, la naturaleza del proceso
de volición y de todas las formas de actividad apetitiva o de logro,
es un tópico que ha absorbido un espacio en constante crecimiento
en la literatura de psicología de los últimos cincuenta
años.
(5) Finalmente, el rápido crecimiento de variadas ramas de la
ciencia, como la física, la biología, la sociología,
y la sistematización de las estadísticas morales, ha hecho
la doctrina del libre albedrío un tópico del más
agudo interés en muchos departamentos de conocimiento más
positivo.
II. Historia
A. El libre albedrío en la filosofía
antigua
La cuestión del libre albedrío no parece haberse presentado
muy claramente a los antiguos filósofos griegos. Algunos historiadores
han sostenido que los pitagóricos deben haber concedido al hombre
un cierto grado de libertad moral, por su reconocimiento de la responsabilidad
del hombre por sus pecados con la consecuente retribución experimentada
en el curso de la transmigración de las almas. Los eleáticos
se adhirieron a un panteísmo monista, en el que ellos enfatizaban
la inmutabilidad de un invariable principio eterno sin dejar espacio para
libertad. Demócrito enseñaba también que todos los
eventos ocurren por necesidad, y los atomistas griegos, como sus modernos
representantes, generalmente advocaban una teoría mecánica
del universo que excluía toda contingencia. Con Sócrates
se volvió prominente el aspecto moral de todos los problemas filosóficos,
sin embargo su identificación de toda virtud con conocimiento y
su intensa convicción personal de que es imposible hacer deliberadamente
lo que uno percibe claramente que es equivocado, lo llevaron a sostener
que el bien, siendo idéntico a lo verdadero, se impone irresistiblemente
en la voluntad así como en el intelecto, cuando son comprendidos
claramente. Cada hombre necesariamente desea su bien más grande,
y sus acciones son solo medios para este fin. El que comete el mal lo
hace por ignorancia de los medios correctos para el verdadero bien. Platón
se mantenía en la misma visión. La virtud es la determinación
de la voluntad por el conocimiento del bien; es verdadera libertad. El
hombre perverso es ignorante y es un esclavo. Empero, a veces Platón
parece suponer que el alma poseía genuina libertad de elección
en una vida anterior, lo que decidía su destino futuro. Aristóteles
discrepa con Platón y Sócrates, por lo menos parcialmente.
Invoca la experiencia. Los hombres pueden actuar contra el conocimiento
del verdadero bien; el vicio es voluntario. El hombre es responsable de
sus acciones como padre de ellas. Además sus acciones particulares,
como medios para su fin, son contingentes, una cuestión a deliberar
y sujeta a preferencia. El futuro no es predecible en absoluto. Algunos
eventos dependen de la casualidad. Aristóteles no se preocupaba
por la dificultad de previsión de parte de su Dios. Aun así
su teoría física del universo, la acción que atribuye
a los noûs poietkós, y la irrresistible influencia
ejercida por la Causa Primera hacen muy obscura y difícil la concepción
de la legítima libertad moral en su sistema. Los estoicos adoptaron
una forma de panteísmo materialista. Dios y el mundo son uno. Todos
los movimientos del mundo están gobernados por rígida ley.
Invariable causalidad, unidad de diseño, gobierno fatalista, profesía
y presciencia- todos estos factores excluyen la casualidad y la posibilidad
de libre albedrío. Epicuro aqui, extrañamente en contraste
con sus modernos seguidores hedonistas, habla a favor del libre albedrío
y modifica el estricto determinismo de los atomistas, cuya física
acepta, atribuyendo a los átomos un clinamen, una facultad de desviación
al azar en sus movimientos. Empero, su objeto abiertamente profesado en
este punto, como en el resto de su filosofía es liberar al hombre
de los temores causados por la creencia en un destino irresistible.
B. Libre Albedrío y la Religión Cristiana
El problema del libre albedrío asumió un carácter
sumamente nuevo con el advenimiento de la Religión Cristiana. La
doctrina que Dios creó al hombre, le ha ordenado obedecer la ley
moral y le ha prometido premiarlo o castigarlo por la observancia o violación
de esta ley, hizo la realidad de la libertad moral un asunto de trascendental
importancia. Solo si el hombre es realmente libre, no puede ser justamente
hecho responsable de sus actos, igual que no se le puede responsabilizar
por su fecha de nacimiento o el color de sus ojos. Todos, igualmente,
están inexorablemente predeterminados para él. Además,
la dificultad de la cuestión fue aumentada aún más
por el dogma Cristiano de la caída del hombre y su redención
por la gracia. San Pablo, especialmente en su Epístola a los Romanos,
es la gran fuente de la teología católica de la gracia.
C. Doctrina Católica
Entre los primeros Padres de la Iglesia sobresale San Agustín
en la forma en que maneja este asunto. El enseña claramente la
libertad de albedrío contrario a los Maniqueos, pero insiste contra
los semipelagianos sobre la necesidad de la gracia, como fundamento de
mérito. Enfatiza también muy fuertemente el mandato absoluto
de Dios sobre la voluntad de los hombres por su omnipotencia y omnisciencia
-por medio de la infinita acumulación, como sea, de motivos que
ha tenido a su disposición desde toda la eternidad, y por la presciencia
de aquellos a quienes la voluntad de cada ser humano consentiría
libremente. Las enseñanzas de San Agustín formaron la base
de mucha de la ulterior teología de la iglesia sobre estas cuestiones,
aunque otros autores han buscado suavizar las porciones más rigurosas
de su doctrina. Hicieron ésto especialmente en oposición
a autores heréticos que exageraban estos aspectos en los trabajos
del gran Doctor Africano e intentaban deducir de sus principios una forma
rígida de predeterminismo poco diferente del fatalismo. La enseñanza
de San Agustín es desarrollada por Santo Tomás de Aquino
tanto en teología como en filosofía. La voluntad es apetito
racional. El hombre necesariamente desea beatitud, pero puede escoger
libremente entre diferentes formas de ella. Libre albedrío es sencillamente
este poder electivo. La bondad infinita no es visible al intelecto en
esta vida. Existen siempre algunos inconvenientes y deficiencias en todo
bien que se nos presenta. Ninguno de ellos agota nuestra capacidad intelectual
de concebir el bien. Consecuentemente, en deliberada volición,
ninguno de ellos sacia completamente o estimula irresistiblemente la voluntad.
En esta capacidad del intelecto para concebir lo universal, radica la
raíz de nuestra libertad. Pero Dios posee un infalible conocimiento
de los futuros actos del hombre. ¿Como es posible esta previsión,
si los actos futuros del hombre no son necesarios?. Dios no existe en
el tiempo. El futuro y el pasado están igualmente presentes a la
mente eterna, como un hombre viendo hacia abajo desde una escarpada montaña
abarca en una momentánea mirada todos los objetos que pueden ser
comprendidos solo mediante una larga serie de experiencias sucesivas por
los viajeros en el sinuoso camino allá abajo, en una forma algo
parecida la intuitiva visión de Dios comprende simultáneamente
lo que es futuro para nosotros con todo lo que contiene. Además,
la providencia omnipotente de Dios ejerce un completo y perfecto control
sobre todos los eventos que tienen lugar, o que tendrán lugar en
el universo. ¿Como se logra
ésto sin infringir la libertad del hombre?. Aquí está
el problema que dos distinguidas escuelas en la iglesia -ambas pretendiendo
representar la enseñanza, o en todo caso el desarrollo lógico
de las enseñanzas de Santo Tomás- intentan resolver en diferentes
maneras. Las herejías de Lutero y Calvino llevaron el asunto a
un punto más fino que el alcanzado en el tiempo de Santo Tomás,
por tanto él no lo había tratado formalmente en su última
forma, y cada una de las dos escuelas puede citar textos de los trabajos
del Doctor Angélico en los que parece inclinarse hacia su particular
punto de vista.
D. Teorías Tomista y Molinista
La llamada solución dominica o tomista, en pocas palabras enseña
que Dios premotiva a cada hombre en todos sus actos a la línea
de conducta que subsecuentemente adopta. Sostiene que este decreto premotivo
inclina la voluntad del hombre con absoluta certeza hacia el lado decretado,
pero que Dios adapta esta premotivación a la naturaleza del ser
así premotivado. Arguye que dado que Dios posee infinito poder,
puede premotivar infaliblemente al hombre-quien por naturaleza es una
causa libre -a escoger libremente un curso de acción, mientras
que premotiva a los animales inferiores en armonía con sus naturalezas
para que adopten cursos de acción por necesidad. Además
este decreto premotivante, siendo inevitable aunque adaptado a la medida
de la naturaleza del hombre, provee un medio en el que Dios ve anticipadamente
con certeza las futuras opciones libres del ser humano. El decreto premotivador
es por tanto anterior en orden de pensamiento a la cognición Divina
de las futuras acciones del hombre. Los teólogos y filósofos
de la Escuela Jesuítica, frecuentemente Molinistas estilizados,
consideran insatisfactoria la solución anterior, aunque no aceptan
la totalidad de la enseñanza de Molina y generalmente prefieren
la exposición de Suarez de la teoría. Prestamente admiten
que apoyaría suficientemente a la infalibilidad de la Presciencia
Divina y también al providencial control por Dios de la historia
del mundo; pero desde su punto de vista se quedan cortos de dar al mismo
tiempo una adecuada e inteligente relación de la libertad de la
voluntad humana. Según ellos, la relación de la acción
divina a la voluntad del hombre debe ser concebida más bien de
un carácter concurrente que de uno premotivante; y sostienen que
el conocimiento de Dios de lo que escogería ese ser libre, si se
dieran las necesarias condiciones, debe ser considerado lógicamente
anterior a cualquier decreto de concurrencia o premotivación con
respecto a esa acción escogida. Brevemente: hacen una triple distinción
del conocimiento de Dios del universo basados en la naturaleza de los
objetos conocidos -el conocimiento Divino siendo por si mismo absolutamente
simple. Objetos o eventos vistos solo como posibles, se dice que Dios
comprende por simple inteligencia (simplex intelligentia). Eventos
que por visión sabe que sucederán (scientia visionis).
Intercalados entre éstos están eventos condicionalmente
futuros -cosas que podrían ocurrir si se dieran ciertas condiciones.
El conocimiento por Dios de esta clase de contingencias lo llaman scientia
media. Por ejemplo, Cristo afirmó que si se hubiesen realizado
ciertos milagros en Tiro y Sidón, los habitantes habrían
sido convertidos. La condición no se dió, sin embargo la
aseveración de Cristo tiene que haber sido cierta. Casi todas estas
proposiciones contingentes condicionales pueden ser enmarcadas en ciertas
y falsas -y la Infinita Inteligencia debe saber que son todas ciertas.
Puede ser que en muchos casos no se den las condiciones, así que
Dios debe separarlas de todo decreto que determine su realización.
Por tanto sostiene esta escuela que las conoce in seipsis, por
si mismas como eventos condicionales futuros. Este conocimiento es la
scientia media, "conocimiento medio", intermedio entre la visión
del futuro real y el simple entendimiento de lo meramente posible. Actuando
ahora a la luz de esta scientia media respecto a las voliciones humanas,
Dios libremente decide de acuerdo a su propia sabiduría si proveerá
las condiciones requisito, incluyendo Su cooperación en la acción,
o se abstiene de hacerlo y así hacer posible o impedir la realización
del evento. En otras palabras, la infinita inteligencia de Dios ve claramente
que sucedería en cualquiera circunstancias concebibles. Sabe por
tanto, qué escogerá el libre albedrío de cualquier
creatura, si se le da el poder de volición y se le sitúa
en ciertas circunstancias dadas. Decreta entonces que se provean las condiciones
requeridas, incluyendo Su corcursus, o se abstiene de hacerlo.
Tiene por tanto, dominio completo y control sobre nuestras futuras libres
acciones, así como sobre aquellas de carácter necesario.
El Molinista alega entonces resguardar mejor la libertad del hombre al
substituir el decreto de una premoción inflexible, por uno de concurrencia
dependiente en el previo conocimiento de Dios de lo que un ser libre escogería;
si se le diera el poder de hacer la elección. Argumenta que libera
más claramente a Dios de toda responsabilidad por los pecados de
los hombres. A este escritor le parece bien fundada la pretensión;
al mismo tiempo es justo registrar en la otra parte que el Tomista urge
con considerable energía que la presciencia de Dios no es tan inteligible
en ésto como en su teoría. Sostiene también que el
ejercicio de Dios de Su absoluto dominio sobre todos los actos de los
hombres y la entera dependencia del hombre de la benevolencia de Dios
están más impresionantemente y más meritoriamente
expuestos en la hipótesis de la premoción. El lector encontrará
un tratado exhaustivo de la cuestión en cualquiera de los libros
escolásticos de texto sobre la materia.
E. Libre Albedrío y los Reformadores Protestantes
Una característica sobresaliente en las enseñanzas de los
Reformadores del siglo dieciséis, especialmente en el caso de Lutero
y Calvino, fue la negación del libre albedrío. Escogiendo
de las Escrituras, y particularmente de San Pablo aquellos textos que
enfatizan la importancia y eficacia de la gracia, la dominante providencia
de Dios, Sus decretos de elección o predestinación, y la
debilidad del hombre, concluyeron que la voluntad humana, en vez de ser
amo de sus propios actos, está rígidamente predeterminada
en todas sus opciones a lo largo de su vida. Como consecuencia, el hombre
está predeterminado desde antes de su nacimiento al eterno premio
o castigo de tal manera que no puede haber tenido nunca real libre poder
sobre su propio destino. En esta controversia con Erasmo, que defendía
el libre albedrío, Lutero abiertamente sostenía que el libre
albedrío es un mito, un nombre que no encubre ninguna realidad,
pues no está en el poder del hombre concebir el bien o el mal,
ya que los eventos ocurren por necesidad. En respuesta al "De
Libero Arbitrio" de Erasmo, publicó su propia obra, "De
Servo Arbitrio", glorificando y enfatizando la impotencia y esclavitud
del hombre. La predestinación de todos los futuros actos humanos
por Dios es interpretada como excluyendo cualquier posibilidad de libertad.
Una inflexible necesidad interna torna la voluntad del hombre a lo que
Dios preordena. Con Calvino, la preordenación de Dios es, si fuera
posible, aún más fatal al libre albedrío. El hombre
no puede realizar ninguna clase de acción buena a menos que sea
obligado a ello por la gracia de Dios que le es imposible resistir. Es
absurdo hablar de que la voluntad humana cooperará con la gracia
de Dios, ya que implicaría que el hombre puede resistirse a la
gracia de Dios. La voluntad de Dios es la pura necesidad de las cosas.
Se objeta que en este caso Dios a veces impone mandatos imposibles. Tanto
Calvino como Lutero replican que los mandamientos de Dios nos muestran
no lo que podemos hacer, sino lo que debemos hacer. Condenando estos puntos
de vista, el Concilio de Trento declaró que el libre albedrío
del hombre, movido y animado por Dios, puede por su consentimiento cooperar
con Dios, que anima e invita su acción; y que por ello puede disponerse
y prepararse para obtener la gracia de justificación. La voluntad
puede resistirse a la gracia si así elige. No es como una cosa
inanimada que permanece puramente pasiva. Aún debilitado y disminuído
por la caída de Adán, el libre albedrío no es destruido
en la carrera (Sess. VI, cap. i and v).
F. El Libre Albedrío en la Filosofía
Moderna
Aunque a partir de Descartes la filosofía se separó más
y más de la teología, se ha sentido siempre que el significado
teológico de esta particular cuestión está en su
momento más alto. Descartes mismo sostiene a veces la libertad
del arbitrio (Meditaciones, III y IV). A veces, sin embargo, atenúa
este aspecto y se inclina hacia una especie de providencial determinismo,
que es ciertamente, la consecuencia lógica de las doctrinas del
ocasionalismo y de la ineficacia de causas secundarias latentes en su
sistema.
Malebranche desarrolló este aspecto de la enseñanza de
Descartes. El alma y el cuerpo no pueden realmente actuar uno sobre el
otro. Los cambios en uno son causados directamente por Dios en ocasión
de un correspondiente cambio en el otro. Las llamadas causas secundarias
no son realmente eficaces. Solo la Primera Causa actúa verdaderamente.
Si este aspecto fuera pensado consistentemente, el alma, puesto que no
posee causalidad genuina, no se puede decir justamente que sea libre en
sus elecciones. Aún más, Malebranche como teólogo
católico no pudo aceptar este fatalista determinismo. Correspondientemente
defendió la libertad como esencial a la religión y a la
moralidad. Al negar la libertad humana, Dios debe verse como cruel e injusto,
al tiempo que deber y responsabilidad dejan de existir para el hombre.
Por ende debemos ser libres. Spinoza era más lógico. A partir
de ciertos principios de Descartes, dedujo en forma matemática
un panteísta fatalismo atado con hierro que no dejaba margen para
contingencias en el universo y menos aún para el libre albedrío.
En Leibniz, la prominencia concedida al principio de razón suficiente,
la doctrina de que el hombre debe escoger lo que el intelecto juzgue como
mejor, y la optimista teoría de que Dios mismo ha escogido inevitablemente
el presente como siendo el mejor de todos los mundos posibles, cuando
estos aspectos se razonan a fondo, dejan muy poca realidad al libre albedrío,
aunque Leibniz se colocó en marcada oposición al monístico
necesitarismo geométrico de Spinoza.
En Inglaterra el materialismo mecanicista de Hobbes era incompatible
con la libertad moral, y aceptó con cínica franqueza todas
las consecuencias lógicas de su teoría. Nuestras acciones
siguen el primer apetito que surge en la mente, o hay una serie de alternos
apetitos y temores que llamamos deliberación. El último
apetito o temor, el que triunfa, lo llamamos voluntad. La única
libertad inteligible es el poder de hacer lo que uno desea. Aquí
Hobbes es prácticamente uno con Locke. Dios es el autor de todas
las causas y efectos, pero no es el autor del pecado, porque una acción
cesa de ser pecado si es la voluntad de Dios que suceda. Más aún,
Dios es la causa del pecado. Alabanza o culpa, premios y castigos no pueden
ser llamados inútiles, porque fortalecen los motivos, que son las
causas de acción. Esto, sin embargo, no satisface la objeción
a la justicia de tal culpa o alabanza, si la persona no tiene el poder
de abstenerse de o realizar los actos así castigados o premiados.
Hume reforzó este ataque determinista contra el libre albedrío
mediante su sugerido análisis psicológico de la noción
o sensación de "necesidad". La controversia, según
él, se ha debido a una concepción equivocada del significado
de las palabras y el error de que la alternativa a libre albedrío
es necesidad. Esta necesidad, dice, se adscribe erróneamente a
alguna clase de nexo interno que se supone liga todas las causas a sus
efectos, cuando en realidad no hay más en la causalidad que constante
sucesión. La imaginada necesidad es meramente un producto de costumbre
o asociación de ideas. Al no sentir en nuestros actos de elección
esta necesidad, cuya causa atribuimos a agentes materiales, equívocamente
imaginamos que nuestros actos de voluntad no tienen causas y son por ende
libres, siendo que están estrictamente determinados por los sentimientos
o motivos que les han antecedido, así como cualquier efecto material
es determinado por sus antecedentes materiales. En todos nuestros razonamientos
respecto a otras personas, inferimos su futura conducta de su habitual
acción bajo motivos particulares con la misma clase de certeza
que en el caso de la causal física.
La misma línea de argumentación fue adoptada por la Escuela
asociacionista hasta Bain y J. S. Mill. La necesidad de Hobbes o Spinoza
es substituida por sus descendientes por lo que el Profesor James llama
un " determinismo blando", afirmando únicamente la invariable
sucesión de acto de voluntad después de motivo. J. S. Mill
desarrolló con mayor claridad y más detalle los principios
de Hume. En particular, atacó la noción de "restricción"
sugerida en las palabras necesidad y necesitarismo, afirmando sólo
secuencia. Dados un perfecto conocimiento de carácter y motivos,
podríamos predecir infaliblemente la acción. Se disputa
la alegada conciencia de libertad. Sentimos que meramente escogemos, no
que podríamos escoger lo opuesto. Más aún, la noción
de libre albedrío es ininteligible. La verdad es que para la Escuela
Sensacionalista, quienes creen que la mente es solamente una serie de
estados mentales, el libre albedrío es absurdo. Por otra parte,
Reid, y Stewart, y Hamilton, de la Escuela Escocesa, con Mansel, Martineau,
W. J. Ward, y otros pensadores espiritualistas de la Gran Bretaña,
enérgicamente defienden el libre albedrío contra los discípulos
de Hume. Ellos sostenían que un análisis más cuidadoso
de los actos de voluntad justificaban el argumento de la conciencia, que
la convicción universal de la humanidad en ese hecho no puede ser
desechada como una ilusión, que la moralidad no puede ser fundada
en un acto de autoengaño; que todos los lenguajes contienen términos
que involucran la noción de libre albedrío y que el intento
de hacer menos objetable el necesitarismo llamándolo determinismo
no disminuye el fatalismo involucrado.
La verdad de que el fenomenalismo lógicamente involucra determinismo
es notablemente ilustrada en el tratamiento que Kant da a la cuestión.
Su bien conocida división de toda realidad en fenómenos
y noumena es también su clave a este problema. El mundo, como se
nos presenta, el mundo de los fenómenos, incluyendo nuestras propias
acciones y estados mentales, solo puede ser concebido bajo la forma de
tiempo y sujeto a la categoría de causalidad, y por ende todo en
el mundo de la experiencia sucede totalmente de acuerdo a las leyes de
la naturaleza; ésto es, todos nuestros actos están rígidamente
determinados. Pero por otra parte, la libertad es un necesario postulado
de la moralidad: "Tu puedes, porque debes." La solución
del antinomio es que el determinismo se ocupa solamente del mundo empírico
o fenomenológico. No hay bases para negar libertad al Ding an sich.
Podemos creer en libertad trascendental que somos noumentalmente libres.
Además, puesto que la creencia que soy libre y que soy una causa
libre es la piedra angular de la religión y la moralidad, debo
creer en este postulado. Kant entonces salva la antinomía confinando
la libertad al mundo de los noumena, que cae fuera de la forma de tiempo
y la categoría de causalidad, mientras que afirma la necesidad
del mundo sensible atado por la cadena de la causalidad. Aparte de la
objeción general al sistema de Kant, una grave dificultad radica
en el hecho de que toda la conducta del hombre -toda su vida moral como
es revelada en experiencia real a él o a otros -pertenece en este
aspecto al mundo fenomenológico y está por tanto rígidamente
determinado.
Aunque se ha aplicado mucho agudo análisis filosófico y
psicológico al problema durante el último siglo, no se puede
decir que se halla arrojado mucha luz adicional sobre él. En Alemania
Schopenhauer hizo la voluntad la base noumenal del mundo y adoptó
una teoría pesimista del universo, negando que el libre albedrío
fuese justificado por la ética o la psicología. Por otra
parte Lotze, en muchos aspectos tal vez el más agudo pensador en
Alemania desde Kant, fue un enérgico defensor de la libertad moral.
Entre recientes psicólogos en America los profesores James y Ladd
son abogados de la libertad, aunque dando más importancia a la
prueba positiva en la evidencia ética que en la psicológica.
III. El Argumento
Ya que en la historia se han delineado los rasgos principales del problema,
será suficiente ahora una breve relación del argumento a
favor de la libertad moral. Vista la voluntad como un poder libre es definida
por los defensores del libre albedrío como la capacidad de autodeterminación.
Por yo se entiende aquí no un solo estado mental presente (James),
ni una serie de estados mentales (Hume and Mill), sino un inmutable
ser racional que es el sujeto y la causa de estos estados. Debemos distinguir
entre:
- actos espontáneos, aquellos que proceden de un principio
interno (e.g. el crecimiento de las plantas y los movimientos impulsivos
de los animales);
- actos voluntarios en un amplio sentido, aquellos procedentes de
un principio interno con entendimiento de un fin (e.g. todos los deseos
concientes); y, finalmente
- aquellos voluntarios en estricto sentido, ésto es, actos
libres o deliberados.
En éstos, hay una advertencia auto consciente a nuestra propia
causalidad o una conciencia de que estamos escogiendo el acto, o consintiendo
el deseo. Los actos y los deseos espontáneos son opuestos a la
coacción o compulsión externa, pero no por ello son actos
moralmente libres. Aún así pueden ser el necesario resultado
de la naturaleza del agente, como por ejemplo las acciones de los animales
inferiores, de los dementes, de los niños pequeños y muchos
actos impulsivos de la vida madura. La característica principal
en la libre volición es el elemento de elección-el vis electiva,
como Santo Tomás lo llama. Hay una conciencia interrogativa concomitante
en forma de pregunta "¿consentiré o resistiré?,
¿haré ésto u otra cosa?", y la consecuente aceptación
o negación, ratificación or rechazo, aunque cualquiera de
ellas puede ser de diferente grado de consecución. Este acto de
consentimiento o aprobación es el que convierte un mero impulso
o deseo involuntario en una libre volición y me hace responsable
de él. Un tren de pensamiento o volición deliberadamente
aceptado o consentido, pero después continuado en forma meramente
espontánea sin advertencia reflectiva a nuestra adopción
de éste, permanece libre in causa, y soy por tanto responsable
de él, aunque el proceso realmente ha pasado al departamento de
actividad meramente espontánea o automática. Una gran parte
de la operación de llevar a cabo una resolución, una vez
que la decisión es hecha, es comúnmente de esta clase. La
cuestión del libre albedrío puede ser enunciado ahora de
esta manera: "¿Dadas todas las condiciones requeridas para
incitar un acto de voluntad , excepto el acto por si mismo, sucede necesariamente
el acto? O bien, "¿Son todas mis voliciones un resultado inevitable
de mi carácter y de los motivos actuantes sobre mi en ese momento?"
Los fatalistas, los necessarianos y los determinists dicen "Si".
Los libertarianos, los indeterministas o anti-deterministas dicen "No.
La mente o el alma en actos deliberados es una causa libre. Dadas todas
las condiciones requeridas para la acción, puede actuar o abstenerse
de actuar. Puede, y algunas veces lo hace, ejercitar su propia causalidad
contra el peso del carácter y motivos presentes.
A. Prueba
La evidencia usualmente aducida el día de hoy es de dos clases,
ética y psicológica-aunque aún el argumento ético
es por si mismo psicológico.
(1) Argumento Ético. Se arguye que el necesarianismo o determinismo
en cualquiera de sus formas está en conflicto con las principales
nociones morales y convicciones de la humanidad en general. La universalidad
real de tales ideas morales es indisputable. Deber, obligación
moral, responsabilidad, mérito y justicia significan nociones universalmente
presentes en la conciencia de hombres desarrollados normalmente. Además,
estas nociones, como universalmente son entendidas, implican que el hombre
es realmente amo de algunos de sus actos, que es, al menos a veces, capaz
de auto determinación, que todas sus voliciones no son el inevitable
resultados de sus circunstancias. Cuando digo que debía no haber
cometido algún acto prohibido, que era mi obligación obedecer
la ley, quiero decir que lo pude haber hecho. El juicio de todos los hombres
es el mismo sobre este punto. Cuando decimos que una persona es justamente
hecha responsable de un crimen, o que merece alabanza o premio por algún
acto heroico de auto sacrificio, queremos decir que fue autor y causa
de ese acto de tal manera que estaba en su poder no realizar el acto.
Exceptuamos al demente o al niño porque los consideramos desprovistos
de libertad moral y determinados inevitablemente por los motivos que sucedió
que actuaran sobre ellos. Esto es tan cierto, que los deterministas han
tenido que admitir que el significado de estos términos, según
su punto de vista, tendrá que ser cambiado. Pero ésto es
admitir que su teoría está en directo conflicto con hechos
psicológicos universales. Por tanto continúa desaprobado.
Adicionalmente, puede insistirse que si se continúa lógicamente,
la doctrina determinista aniquilaría la moralidad humana y que
consecuentemente tal teoría no puede ser cierta. (Ver FATALISMO.)
(2) Argumento Psicológico. La conciencia sirve de testigo de nuestra
libertad moral. Sentimos ser libres cuando ejercemos ciertos actos. Juzgamos
después que actuamos libremente en esos actos. Los distinguimos
muy claramente de nuestra experiencia en que creemos que no éramos
libres o responsables. Esta convicción no esta confinada al ignorante;
aún el psicólogo determinista es gobernado en su vida práctica
por esta creencia. Henry Sidgwick establece el hecho en los más
moderados términos cuando dice:
Ciertamente en el caso de acciones en las que tengo clara conciencia
de escoger entre alternativas de conducta, una de las cuales concibo como
correcta o razonable, encuentro imposible no pensar que puedo optar ahora
por hacer lo que así concibo, sin importar la fuerza de mi inclinación
a actuar irrazonablemente, y de que tan uniformemente haya cedido en el
pasado a tales inclinaciones.(Métodos de Ética).
La fuerza de la evidencia se percibe de la mejor manera estudiando cuidadosamente
las varias actividades mentales en las que se ejerce la libertad. Entre
las principales están: atención voluntaria, deliberación,
elección, resistencia sostenida a la tentación. El lector
las encontrará analizadas extensamente por los autores referidos
al final de este artículo; o mejor aún, pude pensarlos con
ejemplos concretos de su propia experiencia interior.
B. Objeciones
La principal objeción a este argumento está enunciada en
la aseveración de que solo podemos estar concientes de lo que realmente
hacemos, no de nuestra habilidad para hacer otra cosa. La respuesta es
que podemos estar concientes no solo de lo que hacemos, sino de como lo
hacemos; no solo del acto sino del modo del acto. La observación
nos revela que somos sujetos de diferentes clases de procesos de pensamiento
y volición. Algunas veces la línea de actividad consciente
sigue la dirección del impulso espontáneo, de la preponderante
fuerza de motivo y deseo presentes; otras veces intervenimos y ejercemos
causalidad personal. La conciencia es testigo de que libre y activamente
reforzamos un conjunto de motivos, resistimos la inclinación más
fuerte, y no solo derivamos hacia un lado sino que activamente lo escogemos.
En realidad, estamos seguros que a veces ejercemos libre volición,
porque otras veces somos el sujeto de actividades conscientes que no son
libres, y conocemos la diferencia. Adicionalmente, se insiste que la experiencia
muestra que los hombres son determinados por motivos, y que siempre actuamos
en base a esta suposición. La respuesta es que la experiencia prueba
que los hombres son influenciados por motivos, pero no que sean siempre
inexorablemente determinados por el motivo más fuerte. Se alega
que siempre decidimos a favor del motivo más fuerte. Esto, o no
es cierto, o la desolada aseveración de que siempre escogemos lo
que escogemos. Una volición libre es una "volición
sin causa". La mente por si misma es la causa. (para otras objeciones
ver FATALISMO; ENERGIA, LA LEY DE CONSERVACION DE ; y otras obras referidas
al final de este artículo.)
IV. Naturaleza y Ambito de la Libertad
Moral
Libre albedrío no significa capacidad de voluntad en ausencia
de cualquier motivo, ni de arbitrariamente escoger cualquier cosa. El
ser racional es atraído siempre por lo que es comprendido como
bueno. La maldad pura, miseria que es, no puede desearla el hombre. Pero
el bien se presente en muchas formas y bajo muchos aspectos -lo desagradable,
lo prudente, lo correcto, lo noble, lo bello-y en acción refelctiva
o deliberada podemos escoger entre éstos. La clara visión
de Dios necesariamente impediría toda volición que difiera
de este objeto, pero en este mundo nunca alcanzaremos a comprender la
Infinita Bondad. La doctrina de libre albedrío no implicará
que el hombre está constantemente ejerciendo este poder en cada
momento que está despierto, de la misma manera que la aseveración
de que es un animal "racional" tampoco implica que esté
siempre razonando. Una parte considerablemente grande de la vida ordinaria
del hombre es administrada por la maquinaria de acción refleja,
el funcionamiento automático del organismo, y por hábitos
adquiridos. En la serie de actos usuales que llenan nuestro día,
como levantarse, comer, estudiar, trabajar, etc., probablemente una gran
mayoría son meramente "espontáneos" y son cercanamente
determinados por sus antecedentes, de acuerdo a las fuerzas combinadas
de carácter y motivo. No hay nada que estimule volición
especial, o que requiera interferencia con la corriente natural, de manera
que la corriente de conciencia fluye suavemente en el canal de menor resistencia.
Nosotros somos responsables de esta serie de actos, como fue indicado
antes, no porque ejerzamos volición deliberada a cada paso, sino
porque son libres in causa, porque los iniciamos libremente, o los aprobamos
de vez en vez cuando nos percatamos de su calidad ética, o porque
adquirimos libremente los hábitos que ahora llevan a cabo estos
actos. Es especialmente cuando algún acto de complejidad moral
especial es reconocido como bueno o malo, que se pone en juego el ejercicio
de nuestra libertad moral. Con reflexiva atención vertida sobre
la calidad moral, viene la aprehensión de que estamos llamados
a decidir entre correcto y equivocado; y entonces la conciencia de que
escogemos libremente, que lleva consigo la subsecuente convicción
de que el acto es nuestro en estricto sentido y que somos responsables
de él.
V. Consecuencias
Nuestra libertad moral, como otros poderes mentales, se fortalece con
el ejercicio. La práctica de ceder ante el impulso resulta en debilitamiento
del auto control. La facultad de inhibir deseos urgentes, de concentrar
la atención en bienes más remotos, de reforzar los motivos
más elevados aunque menos urgentes, sufre una especia de atrofia
por falta de uso. En la proporción que un hombre habitualmente
cede a la intemperancia o a algún otro vicio, su libertad disminuye
y en verdad cae en la esclavitud. Sigue siendo responsable in causa de
su conducta subsecuente, aunque disminuye su habilidad para resistir la
tentación del momento. Por otra parte, mientras más frecuentemente
refrena el hombre meros impulsos, refrena la inclinación hacia
lo placentero, se arma con auto negación de cara a la tentación
y consistentemente apunta a una vida virtuosa, más crece su auto
control y por tanto su libertad. Toda la doctrina de ascetismo Cristiano
está dirigida a desarrollar y fomentar la libertad moral, el más
noble atributo del hombre. La sólida máxima de William James:
"Conserva viva en ti la facultad de esforzarte, mediante un poco
de ejercicio voluntario cada día ", para que tu voluntad sea
fuerte para arrostrar la presión de la tentación violenta
cuando llegue, es el veredicto de la más moderna psicología
a favor de la disciplina de la Iglesia Católica.
La literatura de la controversia sobre el libre albedrío
es enorme, casi todos los filósofos notables han tratado el problema.Tal
vez el mejor tratamiento histórico de todas las ramas de la cuestión
--fatalismo, predestinación, necesarianismo, determinismo-se encuentre
en FONSEGRIVE, Essai sur le libre arbitre (2ª ed., Paris,
1896). Ver también ALEXANDER, Theories of the Will (Nueva
York, 1884); JANET y SEAILLES, History of Problems of Philosophy
(tr. Nueva York y Londres, 1902).
MICHAEL MAHER
Transcrito por Rick McCarty
Traducido por Javier L. Ochoa Medina