(1049 – 54), nació en Egisheim, cerca de
Colmar, en los límites de Alsacia, el 21 de junio de 1002; murió
el 19 de abril de 1054. Perteneció a una noble familia que dio
o iba a dar santos a la Iglesia y gobernantes al Imperio. Se le dio el
nombre de Bruno. Su padre Hugo, era primo del emperador Conrado, y tanto
Hugo como su esposa Heilewide fueron notorios por su piedad y estudio.
Como signo de la tierna conciencia que manifestó ya en su santa
infancia, se nos cuenta que, a pesar de haber dado abundantes pruebas
de su brillante intelecto, en una ocasión, no le fue posible meditar
a partir de un libro excepcionalmente bello que su madre le había
comprado. Posteriormente se supo, que dicho libro había sido robado
previamente de la Abadía de San Humberto en las Ardenas. Cuando
Heilewide restituyó el libro a sus legítimos dueños,
los estudios del pequeño Bruno prosiguieron sin inconvenientes.
A los 5 años de edad fue puesto al cuidado del enérgico
Bertoldo, Obispo de Toul, quien tenía una escuela para los hijos
de la nobleza. Inteligente, de cuerpo agraciado, y de carácter
alegre, Bruno era un favorito entre sus compañeros. Mientras aún
era un joven, y de vacaciones en su hogar, fue atacado por un animal mientras
dormía, y herido tan gravemente, que permaneció varios días
entre la vida y la muerte. En este estado él vio, como le contaba
luego a sus amigos, una visión de San Benito, quien le curó
sus heridas, tocándolas con una cruz. Nos relata esto Wiberto,
el principal biógrafo de León, quien fuera amigo íntimo
del santo mientras era Obispo de Toul.
Bruno se convirtió en canónigo de San Esteban en Toul (1017),
y aunque todavía muy joven, ejerció una tranquilizadora
influencia sobre Herimann, el colérico sucesor del Obispo Bertoldo.
Cuando Conrado, el primo de Bruno, sucedió al emperador Enrique
I en 1024, los parientes del santo lo enviaron a la corte del nuevo rey
“para el servicio en su capilla”. Sus virtudes se hicieron
sentir pronto entre sus compañeros, quienes lo distinguían
de otros con su mismo nombre, hablando siempre de él como “el
buen Bruno”. En 1026 Conrado partió para Italia, para hacer
respetar su autoridad en esa porción de sus dominios, y como Herimann,
Obispo de Toul, era demasiado viejo para conducir su contingente en la
península, confió su comando a Bruno, por entonces diácono.
Existen razones para creer que su nueva ocupación no le era para
nada desagradable, ya que los soldados parecen haber ejercido siempre
una atracción sobre él. Mientras se encontraba en medio
de las armas, murió el Obispo Herimann y Bruno fue inmediatamente
elegido para sucederlo. Conrado, quien lo destinaba para mayores cosas,
era reacio a permitirle aceptar una sede tan insignificante. Pero Bruno,
quien era completamente opuesto a las grandes cosas, y deseaba vivir lo
más desapercibido posible, indujo al soberano a permitirle tomar
la sede. Consagrado en 1027, Bruno administró la diócesis
de Toul por más de 20 años, en una época de estrés
y problemas de todo tipo. Debió luchar no sólo contra la
escasez, sino con la guerra, ya que Toul, como pueblo fronterizo, estaba
muy expuesto. Bruno, de todos modos, se mantuvo a la altura de las circunstancias.
El sabía cómo hacer la paz, y de ser necesario, cómo
empuñar la espada en defensa propia. Enviado por Conrado a Roberto
el Pío, estableció una paz tan firme entre Francia y el
imperio que ésta no fue rota ni durante el reinado de los hijos
de ambos, Conrado y Roberto. Por otra parte, sostuvo su ciudad episcopal
contra Eudes, Conde de Blois, que se rebeló contra Conrado, y “por
su sabiduría y esfuerzos” agregó Burgundy al imperio.
Mientras fue obispo soportó la pena de la muerte no sólo
de su padre y madre, sino también de dos de sus hermanos. Dentro
de sus pruebas, Bruno encontró algún consuelo en la música,
en la que demostró ser muy eficiente.
El papa germánico Dámaso II murió en 1048, y los
romanos enviaron a preguntar a Enrique III, sucesor de Conrado, si les
otorgaba como nuevo papa a Halinard, Arzobispo de Lyon, o a Bruno. Ambos
impresionaron favorablemente a los romanos cuando los vieron durante su
peregrinaje a la ciudad de Roma. Enrique se fijó inmediatamente
en Bruno, quien hizo todo lo posible para evitar el honor que su soberano
deseaba imponerle. Cuando finalmente fue superado al ser importunado por
el emperador, los germánicos y los romanos, accedió a dirigirse
a Roma, y aceptar el papado si era electo libremente por la población
romana. Él deseaba, al menos, rescatar la Sede de Pedro de la servidumbre
de los emperadores germanos. Cuando llegó a Roma, en compañía
de Hildebrando, y se presentó ante su gente vestido con ropas de
peregrino y descalzo, pero igualmente alto y de buena presencia, ellos
gritaron al unísono que sólo él sería su papa
y ningún otro. Asumió con el nombre de León, y fue
solemnemente entronizado el 12 de febrero de 1049. Antes que León
pudiera hacer algo en materia de reformas de la Iglesia en las que había
puesto su corazón, debió impedir otro intento de parte del
ex papa Benedicto IX de retomar el trono papal. Debió dedicarse
luego a asuntos económicos, ya que las finanzas papales estaban
en condiciones deplorables. Para su mejor administración, las puso
en manos de Hildebrando, un hombre capaz de improvisar lo necesario.
Comenzó luego a trabajar en las reformas que iba a dar a la próxima
centuria su carácter, a las cuales su gran sucesor, el papa Gregorio
VII llevaría más adelante. En abril de 1049, llevó
adelante un sínodo en el cual se condenó a las dos perversiones
más notorias de esos días, la simonía y el concubinato
de los eclesiásticos. Comenzó luego extensos viajes a través
de Europa por la causa de la reforma de las maneras, lo que le dio el
derecho pre – eminente de ser denominado “Peregrinus Apostolicus”.
Abandonando Roma en mayo, dirigió un concilio de reforma en Pavía,
y avanzó a través de Alemania hacia Colonia, donde se reunió
con el emperador Enrique III. Junto con él, estableció la
paz en Lorraine excomulgando al rebelde Godofredo el Barbudo. A pesar
de los celosos esfuerzos del rey Enrique I para prevenir su arribo a Francia,
León se dirigió a Reims, donde realizó un importante
sínodo, al cual asistieron tanto obispos como abades de Inglaterra.
Un enorme número de gente entusiasta de ver al famoso papa, se
estableció en la ciudad, “españoles, bretones, francos,
irlandeses e ingleses”. Además de excomulgar al Arzobispo
de Compostela (se auto – tituló Apostolicus, denominación
solo reservada al papa), e impedir el matrimonio entre Guillermo (luego
denominado el Conquistador) y Matilde de Flandria, la asamblea estableció
muchos decretos de reforma. En su camino de regreso a Roma, León
organizó otro sínodo en Mainz, suscitando a su paso en todos
lados, opiniones en contra de las grandes perversiones de ese tiempo,
y siendo recibido en todas partes con increíble entusiasmo. Aparentemente
en conexión con este viaje de retorno se menciona por primera vez
la Rosa Dorada. La Abadesa de Woffenheim, en retribución de ciertos
privilegios otorgados por el papa, envió a Roma una “rosa
dorada” antes del Domingo de Alegría (Domingo “Laetare”),
en Cuaresma, día en que, por disposición de León,
los papas deben llevarla. También antes de regresar a Roma, discutió
con Adalberto, Arzobispo de Bremen, la formación de todos los pueblos
escandinavos, incluyendo Islandia y Groenlandia, en un patriarcado, del
cual la sede se estableció en Bremen. Este esquema nunca se cumplió,
pero mientras tanto León autorizó la consagración
de Adalberto como el primer obispo nativo de Islandia.
En enero de 1050, León retornó a Roma, solo para partir
casi de inmediato hacia el sur de Italia, donde los sufrimientos de su
gente lo reclamaban. Ellos eran oprimidos duramente por los normandos.
A las amonestaciones de León los astutos normandos replicaron con
promesas, y cuando el papa, luego de desarrollar el concilio de Espoleto,
retornó a Roma, continuaron con su opresión como antes.
En el usual sínodo pascual que León hacía habitualmente
en Roma, se condenó la herejía de Berengario de Tours –
una condena que reiteró el papa pocos meses después en Vercelli.
Antes de finalizar el año 1050, León comenzó su segundo
viaje trasalpino. Fue primero a Toul, para trasladar solemnemente las
reliquias de Gerardo, obispo de la ciudad, a quién había
canonizado recientemente, y luego a Alemania a entrevistar al emperador
Enrique el Negro. Uno de los resultados de este encuentro fue que Hunfrid,
Arzobispo de Rabean, fue obligado por el emperador a dejar de actuar como
juez independiente de Rabean y sus territorios, y someterse al papa. De
regreso a Roma, León organizó otro de sus sínodos
pascuales en abril de 1051, y en julio tomó posesión de
Benevento. Hostigados por sus enemigos, los habitantes de Benevento concluyeron
que su única esperanza de paz era la de someterse ellos mismos
a la autoridad del papa. Hicieron esto, y recibieron a León dentro
de su ciudad con grandes honores. Mientras permanecía en esta región,
León realizó nuevamente esfuerzos para disminuir los excesos
de los normandos, pero éstos fueron vapuleados por los lombardos
nativos, quienes con tanta locura como maldad masacraron a un buen número
de normandos en Abulia. Dándose cuenta que nada podía hacerse
con los iracundos normandos sobrevivientes, León retornó
a Roma (1051).
El problema normando estuvo presente de allí en más en el
ánimo del papa. Constantemente oprimidos por los normandos, la
gente del sur de Italia no cesaba de implorar al papa a que viniera en
su auxilio. Los griegos, temerosos de ser expulsados también de
la península, suplicaron a León a que cooperara también
con ellos contra el enemigo común. Esto urgió a León
a buscar asistencia en todos lados. Ante el fracaso en conseguirla, intentó
nuevamente hacerlo a través de su mediación personal (1052).
Pero nuevamente fracasaron sus intentos. Esto lo convenció que
solo podría conseguirlo con la espada. En este punto llegó
una embajada de los húngaros, solicitando su participación
para hacer la paz entre ellos y el emperador. Nuevamente León cruzó
los Alpes, pero Enrique, seguro de su éxito, no aceptó los
términos propuestos por el papa, con el resultado que su expedición
contra los húngaros terminó en un fracaso. Y aunque inicialmente
prometió a León que tendría una fuerza germana para
pelear contra los normandos, se retractó posteriormente de su promesa,
y el papa debió regresar a Italia con unas pocas tropas germanas
sostenidas por sus parientes (1053). En marzo de 1053, León se
encontraba de regreso en Roma. Como encontró la situación
del sur de Italia peor que nunca, reclutó las fuerzas que pudo
entre los príncipes de Italia, y declaró la guerra a los
normandos, tratando de llegar a una alianza con el general griego. Pero
los normandos derrotaron primero a los griegos y luego al papa en Civitella
(junio de 1053). Luego de la batalla, León se entregó personalmente
a sus conquistadores, quienes lo trataron con el mayor respeto y consideración,
y se declararon sus soldados.
Aunque consiguió más con la derrota que lo que podría
haber ganado con la victoria, regresó a Benevento como un hombre
con el corazón destrozado. La matanza de Civitella estuvo siempre
presente para él, quién se encontraba además profundamente
turbado por la actitud de Miguel Cerulario, patriarca de Constantinopla.
Este ambicioso prelado estaba determinado, si era posible, a no tener
ningún superior ni en la Iglesia ni en el estado. Tan temprano
como en 1042, comenzó a retirar el nombre del papa de los dípticos
sagrados, y rápidamente procedió, primero en privado y luego
en público, a atacar a la Iglesia Latina ya que ésta utilizaba
pan no fermentado (ázimos) en el Sacrificio de la Misa. A la larga,
y también de una manera muy bárbara, cerró las iglesias
Latinas de Constantinopla. En respuesta a esta violencia, León
envió una severa carta a Miguel (septiembre de 1053), y comenzó
a estudiar griego, para intentar comprender mejor los temas en disputa.
De todos modos, si Miguel había tomado ventaja de las dificultades
del papa con los normandos para llevar adelante sus planes, el Emperador
Griego, viendo que sus posesiones en el sur de Italia estaban involucradas
en los sucesos normandos, presionó al patriarca a ser más
respetuoso del papa. A las cartas reconciliatorias que Constantino y Cerulario
despachaban ahora a Roma, León envió las respuestas apropiadas
(enero de 1054), reprochando la arrogancia del patriarca. Sus cartas fueron
transportadas por dos distinguidos cardenales, Humberto y Federico, pero
él había dejado esta vida antes que el trascendental resultado
de su embajada fuera conocido en Roma. El 16 de julio de 1054, los dos
cardenales excomulgaron a Cerulario, y el Este fue finalmente separado
del cuerpo de la Iglesia.
Los anales de Inglaterra demuestran que León tuvo muchas relaciones
con éste país, y su santo rey Eduardo. Dispensó al
rey de un voto de realizar un peregrinaje a Roma, a condición que
entregara limosnas a los pobres, y donara un monasterio en honor de San
Pedro. León autorizó también el traslado de la sede
de Credition a Exeter, y prohibió la consagración del indigno
Abad de Abington (Spearhafor) como Obispo de Londres. A pesar de los problemas
que Roberto de Jumièges, Arzobispo de Canterbury, tuvo con la familia
del Conde Godwin, él recibió el apoyo del papa, quien le
enviara su palio y condenó a Stigand, el usurpador de la sede (1053?).
El rey Macbeth, supuesto asesino de Duncan, y a quien Shakespeare inmortalizara,
se cree visitó Roma durante el pontificado de León, y se
piensa que pueda haber expuesto las necesidades de su alma a tan tierno
padre. Luego de la batalla de Civitella León nunca recuperó
su espíritu. Alcanzado por una enfermedad mortal, se hizo trasladar
a Roma (marzo de 1054), donde falleció con una muerte digna. Enterrado
en San Pedro, realizó múltiples milagros tanto en vida como
luego de su muerte, y alcanzó su lugar en el Martirologio Romano.
WIBERT and other contemporary biographers of the saint
in WATTERICH, Pont. Rom. Vitæ, I (Leipzig, 1862); P. L., CXLIII,
etc.; ANSELM OF REIMS, ibid., CXLII; LIBUIN in WATTERICH and in P. L.,
CXLIII; see also BONIZO OF SUTRI; ST. PETER DAMIAN, LANFRANC, and other
contemporaries of the saint. His letters are to be found in P. L., CXLIII;
cf. DELARC, Un pape Alsacien (Paris, 1876); BRUCKER, l'Alsace et l'élglise
au temps du pape S. Léon (Paris, 1889); MARTIN, S. Léon
IX (Paris, 1904); BRÉHIER, Le Schisme Oriental au XIe Siecle (Paris,
1899); FORTESCUE, The Orthodox Eastern Church (London, 1907), v; MANN,
Lives of the Popes, VI (London, 1910).
HORACE K. MANN
Transcrito por WGKofron
Traducido por Ángel Nadales