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Apodado DOCTOR SUBTILIS, murió el 8 de Noviembre
de 1308; fue el fundador y dirigente de la famosa Escuela Escocesa, que
tuvo sus principales representantes en los franciscanos. De sus antecedentes
y vida se conoce muy poco de manera clara, pues las fuentes contemporáneas
callan sobre él. Es seguro que murió más bien joven,
según las tradiciones más antiguas a la edad de treinta
y cuatro años (cf. Wadding, Vita Scoti, en Vol. I de sus obras),
pero parecería que era algo mayor que esto y que había nacido
en 1270. El lugar de nacimiento de Escoto ha sido objeto de mucha discusión
y hasta ahora no se ha presentado un argumento concluyente en favor de
ninguna localidad. El apellido Escoto no decide en absoluto la cuestión,
pues se daba a escoceses, irlandeses, e incluso a nativos de Inglaterra
septentrional. El otro nombre, Duns, al que los irlandeses conceden tanta
importancia, no resuelve nada; había un Duns también en
Escocia (Berwick). Además, es imposible determinar si Duns era
un apellido familiar o el nombre de un lugar. Apelar a tradiciones locales
supuestamente antiguas en favor de la pretensión de Irlanda no
tiene valor, puesto que justamente no podemos asegurar cuán antiguas
son; y su antigüedad es el punto central.
Esta discusión ha estado fuertemente teñida de sentimiento
nacional, especialmente desde el comienzo del Siglo XVI después
que destacados franciscanos irlandeses como Mauritius de Portu (O’Fihely),
Hugh MacCaghwell, y Luke Wadding prestaran un gran servicio al editar
las obras de Escoto. Por otro lado, los ingleses tiene algún derecho
a reclamar a Escoto; como profesor durante varios años en Oxford,
perteneció en cualquier caso a la provincia inglesa; y ni durante
su vida ni durante algún tiempo tras su muerte se propuso ninguna
otra opinión sobre su nacionalidad. No debe, sin embargo, olvidarse
que en aquellos días los conventos franciscanos de Escocia estaban
integrados en la provincia inglesa, esto es, en la custodia de Newcastle.
No sería erróneo por tanto considerar a Escoto natural de
Escocia o miembro de un convento escocés. En cualquier caso, ya
es hora de eliminar de esta discusión el famoso registro del manuscrito
del Merton College (nº 39) que haría aparecer a Escoto como
miembro de ese colegio y por tanto natural del norte de Inglaterra. Los
estatutos del colegio excluían a los monjes; y como Escoto se hizo
franciscano cuando era bastante joven no pudo pertenecer al colegio antes
de ingresar en la orden. Aparte, la anotación en el registro del
colegio está bajo la fecha de 1455, y por consiguiente demasiado
tarde para servir como argumento.
Algo mejor es el caso del registro del catálogo de la biblioteca
de San Francisco en Asís, fechada en 1381, que designa a el comentario
de Duns Escoto a las “Sentencias” de Pedro Lombardo como “magistri
fratris Johannis Scoti de Ordine Minorum, qui et Doctor Subtilis nuncupatur,
de provincia Hiberniae” (obra del maestro Juan Escoto de la Orden
Franciscana conocido como el doctor sutil, de la provincia de Irlanda).
Esto, aunque proporciona la prueba más fuerte en favor de Irlanda,
no puede considerarse como decisivo. Puesto que Escoto trabajó
varios años en Inglaterra, no puede, simplemente por la fuerza
de esta prueba, ser asignado a la provincia irlandesa. El registro de
la biblioteca, además, no puede ser aceptado posiblemente como
contemporáneo de Escoto. Añádase a esto la distancia
geográfica y se verá claro que la cuestión no puede
resolverse por un registro hecho en la lejana Italia setenta y tres años
después de la muerte de Escoto, en una época además
en que el conocimiento geográfico no era de ninguna manera perfecto.
Finalmente, ninguna prueba decisiva se ofrece por los epitafios de Escoto;
son demasiado tardíos y demasiado poéticos. Por tanto, la
cuestión de la tierra natal de Escoto debe considerarse como abierta.
Se desconoce cuándo tomó el hábito de San Francisco;
probablemente hacia 1290. Es un hecho que vivió y enseñó
en Oxford; pues el 26 de Julio de 1300, el provincial de la provincia
franciscana inglesa pidió al obispo de Lincoln que concediera a
veintidós de sus subordinados jurisdicción para oír
confesiones. El obispo dio permiso sólo a ocho; entre aquellos
a los que rechazó estaba “Ioannes Douns”. Es bastante
seguro, también, que fue a París hacia 1304 y que allí
fue al principio meramente Bachiller en Artes, pues el general de los
Franciscanos, Gonsalvus de Vallebona, escribió (18 de Noviembre
de 1304) al guardián del colegio de los Franciscanos de París
para que presentara a Juan Escoto para el grado de doctor en la universidad.
La carta del general menciona que Juan Escoto se había distinguido
en el pasado por su saber ingenioque subtilissimo. No enseñó
mucho tiempo en París; en 1307 o en 1308 fue enviado a Colonia,
probablemente como profesor de la universidad. Allí murió,
y fue enterrado en el monasterio de los Menores. Actualmente (1908) se
está promoviendo en Roma el proceso de su beatificación
sobre la base de un cultus immemorabilis. [Fue beatificado finalmente
por el Papa Juan Pablo II el 20 de Marzo de 1993.- N. del T.]
Los escritos de Duns Escoto son muy numerosos y han sido impresos a menudo;
algunos, de hecho, en fecha muy temprana. Pero una edición completa,
en 12 volúmenes in folio, sólo se publicó en 1639
por Wadding en Lyon; ésta, sin embargo, incluía los comentarios
de los escotistas Lychetus, Poncius, Cavellus e Hiquaeus. Una reimpresión
de la edición de Wadding, con el tratado “De perfectione
statuum” añadido a ella, apareció entre 1891 y 1895
en París (Vives) en 26 volúmenes in quarto. Es dudoso si
todos los escritos contenidos en estas ediciones son del propio Duns Escoto;
es seguro, sin embargo, que se hicieron muchos cambios y añadiduras
por escotistas posteriores. Aún falta una edición crítica.
Aparte de sus obras impresas, algunas otras se atribuyen a Escoto, especialmente
comentarios a varios libros de las Escrituras. Las obras impresas tratan
de temas gramaticales y científicos, pero principalmente filosóficos
y teológicos. De naturaleza puramente filosófica son sus
comentarios y quaestiones sobre varias obras de Aristóteles. Estos,
con algunos otros tratados, se contienen en los siete primeros volúmenes
de la edición de París. La principal obra de Escoto, sin
embargo, es la así llamada “Opus Oxoniense”, esto es,
el gran comentario sobre las “Sentencias” de Pedro Lombardo,
escrita en Oxford (Vols. VIII-XXI). Es una obra principalmente teológica,
pero contiene muchos tratados, o al menos digresiones, sobre asuntos lógicos,
metafísicos, gramaticales y científicos, de forma que casi
todo su sistema filosófico puede derivarse de esta obra. Los Volúmenes
XXII-XXIV contienen las “Reportata Parisiensia”, esto es,
un comentario más breve, en su mayor parte teológico, sobre
las “Sentencias”. Las “Quaestiones Quodlibetales”,
principalmente sobre asuntos teológicos, una de sus obras más
importantes, y el arriba mencionado ensayo, “De perfectione statuum”,
ocupan los dos últimos volúmenes. Respecto a la época
en que estas obras se compusieron, no sabemos nada seguro. Los comentarios
sobre Aristóteles fueron probablemente su primera obra, seguida
luego por la “Opus Oxoniense” y algunos ensayos menores, la
última las “Quaestiones Quodlibetales”, su disertación
para el grado de doctor. Las “Reportata” pueden ser notas
escritas a partir de sus lecciones, pero esto es meramente una conjetura.
Escoto parece haber cambiado su doctrina en el curso del tiempo, o al
menos no haber sido uniformemente preciso al expresar su pensamiento;
ahora sigue más bien la sententia communis como en las “Quaestiones
Quodlibetales”; luego va de nuevo por su propio camino. Muchos de
sus ensayos están inacabados. No escribió una summa philosophica
o theologica, como lo hicieron Alejandro de Hales y Santo Tomás
de Aquino, o ni siquiera un compendio de su doctrina. Sólo escribió
comentarios o tratados sobre cuestiones discutidas; pero incluso estos
comentarios no son explicaciones continuas de Aristóteles o Pedro
Lombardo. Habitualmente cita primero el texto o lo presupone como ya efectivamente
conocido, luego toma diversos puntos que en ese momento eran cuestiones
vitales y los discute desde todos los lados, presentando al mismo tiempo
las opiniones de otros. Es agudo en su crítica, y con inflexible
lógica refuta las opiniones, o al menos el argumento, de sus oponentes.
En su fervor a veces olvida exponer su propia opinión, o simplemente
afirma las razones para diversas opiniones defendibles, y las presenta
como más o menos probables; esto lo hace especialmente en las “Collationes”.
De ahí que se diga que no es un sistematizador, que es mejor derribando
que construyendo. Es cierto que ninguno de sus escritos revela claramente
un sistema; mientras que varios de ellos, sin duda debido a su temprana
muerte, revelan falta de acabado. Su enseñanza real no siempre
se afirma plenamente donde uno naturalmente la buscaría; bastante
a menudo uno encuentra en cambio la discusión de algún punto
específico, o un largo excursus en el que el autor sigue su tendencia
crítica. Su propia opinión ha de buscarse en otro lado,
en diversas observaciones incidentales, o en las presunciones que sirven
de base a su tratamiento de otros problemas, y puede descubrirse sólo
tras una larga investigación. Aparte, en el calor de la controversia
utiliza a menudo expresiones que parecen ir a los extremos e incluso contener
herejía. Su lenguaje es frecuentemente oscuro; un laberinto de
términos, definiciones, distinciones y objeciones a través
de las cuales no es en absoluto fácil abrirse paso. Por estas razones
el estudio de las obras de Escoto era difícil; cuando se emprendió
alguna vez, no fue llevado a cabo con la minuciosidad requerida. Era difícil
encontrar un sistema unificado en ellas. Sólo algunas opiniones
unilaterales e insatisfactorias o incluso erróneas sobre él
circularon y se transmitieron incontestadas de boca en boca y de libro
en libro, haciéndose más erróneas conforme circulaban.
Sin embargo, hay en la enseñanza de Escoto un sistema acabado,
que se encuentra principalmente en su obra principal, un sistema desarrollado
en sus detalles más minuciosos. Para la finalidad presente, sólo
es preciso indicar sus ideas principales y sus diferencias con Santo Tomás
y la sententia communis.
SISTEMA DE FILOSOFÍA
Los principios fundamentales de su enseñanza filosófica
y teológica son su distinctio formalis y su idea del ser. La distinctio
formalis es intermedia entre la distinctio rationis tantum, o la distinción
hecha por el intelecto solo, y la distinctio realis o la que existe en
la realidad. La primera se da, por ejemplo, entre la definición
y la cosa definida, la última, dentro del dominio de la realidad
creada, entre las cosas que pueden existir separadamente o al menos pueden
hacerse existir separadamente por la omnipotencia divina, como, por ejemplo,
entre las diferentes partes de un cuerpo o entre sustancia y accidente.
Una cosa es “formalmente distinta” cuando es tal en esencia
y concepto que puede ser pensada en sí misma, cuando no es otra
cosa, aunque pueda estar unido con esa otra tan estrechamente que ni siquiera
la omnipotencia pueda separarla, por ejemplo, el alma y sus facultades
y estas facultades entre sí. El alma constituye con sus facultades
una sola cosa (res), pero conceptualmente no es idéntica al intelecto
o la voluntad, ni el intelecto y la voluntad son lo mismo. Así
tenemos diversas realidades, entidades o formalidades de una y la misma
cosa. En cuanto que la cosa misma existe, estas entidades tienen su propio
ser; pues cada entidad tiene su propio ser o su propia existencia. Pero
la existencia no es idéntica a la subsistencia. El accidente, por
ejemplo, tiene su propio ser, su propia existencia, que es diferente de
la existencia de la sustancia a la que se adhiere, justamente porque el
accidente no es idéntico a la sustancia. Pero no tiene subsistencia
propia, puesto que no es una cosa que exista por sí misma, sino
que se adhiere a una sustancia como su sujeto y soporte; no es un ser
independiente. Además, sólo las cosas realmente existentes
tienen ser. En otras palabras, el ser es idéntico a la existencia.
En el estado de mera idealidad o posibilidad, antes de su realización,
las cosas tienen una esencia, un ser ideal concebible, pero no efectivo;
de otro modo no podrían ser creadas o aniquiladas, puesto que habrían
tenido una existencia antes de su creación. Y puesto que el ser
es eo ipso también verdadero y bueno, sólo aquellas cosas
que efectivamente existen son realmente buenas y verdaderas. Si Dios,
por tanto, por un acto de su libre voluntad da existencia a las esencias,
las hace por este mismo acto también buenas y verdaderas. En este
sentido, es bastante correcto decir que según Escoto las cosas
son buenas y verdaderas porque Dios lo quiere así. Por esta aserción,
sin embargo, no niega que las cosas sean buenas y verdaderas en sí
mismas. Tienen un ser objetivo, y de ahí también verdad
y bondad objetivas, porque son a semejanza de Dios, cuyo Ser, Bondad y
Verdad imitan. Al mismo tiempo, en su ser ideal son necesarias; las ideas
de ellas no se producen por la libre voluntad divina, sino por el intelecto
divino, que, sin la cooperación de la voluntad de Dios, reconoce
su propia esencia infinita como imitable por las cosas finitas y así
concibe las ideas por necesidad. En este estado ideal Dios quiere necesariamente
las cosas, puesto que no pueden sino complacerle como imágenes
de su propia esencia. Pero de esto no se deduce que deba quererlas con
voluntad eficaz, esto es, que deba realizarlas. Dios es completamente
libre de determinar qué cosas llegarán a existir.
Dios solo es absolutamente inmaterial, puesto que
Él solo es actualidad perfecta y absoluta, sin ninguna potencialidad
para convertirse en otro distinto de lo que es. Todas las criaturas, ángeles
y almas humanas incluidas, son materiales, porque son modificables y pueden
llegar a ser sustrato de accidentes. Pero de esto no se deduce que los
ángeles y las almas sean corpóreas; por el contrario, son
espirituales, físicamente simples, aunque materiales en el sentido
que acabamos de explicar. Puesto que todas las cosas creadas, corporales
y espirituales, se componen de potencialidad y actualidad, la misma materia
prima es el fundamento de todo, y por tanto todas las cosas tienen un
sustrato común, una base material común. Esta materia, en
sí misma enteramente indeterminada, puede determinarse por una
forma en cualquier clase de cosa – una forma espiritual determina
un espíritu, una forma corporal un cuerpo material. Escoto, sin
embargo, no enseña un Realismo extremado; no atribuye a los universales
o esencias abstractas, por ejemplo al género y especie, una existencia
propia, independiente de los seres individuales en los que se realizan.
Cierto, sostiene que la materia prima, como principio indeterminado, puede
separarse de la forma, o principio determinante, al menos por la omnipotencia
divina, y que puede existir por sí misma. Conceptualmente, la materia
es totalmente diferente de la forma; además, la misma materia puede
ser determinada por formas completamente diferentes y la misma forma puede
unirse a materias distintas, como es evidente en los procesos de generación
y corrupción. Por esta razón Dios al menos puede separar
una de otra, tal como en la Sagrada Eucaristía mantiene los accidentes
del pan y el vino en existencia, sin una sustancia a la que se adhieran.
No es menos cierto que Escoto enseña una pluralidad de formas en
la misma cosa. El cuerpo humano, por ejemplo, tomado en sí mismo,
sin el alma, tiene su propia forma; la forma corporeitatis. Se transmite
al niño por sus padres y es diferente del alma racional, que es
infundida por el propio Dios. La forma corporeitatis da al cuerpo una
especie de forma humana, aunque bastante imperfecta, y continúa
después de que el alma racional ha salido del cuerpo en la muerte
hasta que tiene lugar la descomposición. No obstante, es el alma
racional la que es la forma esencial del cuerpo o del hombre; esta constituye
con el cuerpo un ser, una sustancia, una persona, un hombre. Con todas
sus facultades, vegetativa, sensitiva e intelectual, es la obra inmediata
de Dios, que la infunde en el niño. Sólo hay un alma en
el hombre, pero podemos distinguir varias formas en ella; pues conceptualmente
la intelectual no es la misma que la sensitiva, ni ésta es idéntica
a la vegetativa, ni la vegetativa con la que da al cuerpo, como tal, su
forma; aun así todas estas pertenecen, por su concepto y esencia,
a la única alma indivisible. Escoto también mantiene una
distinción formal entre la naturaleza universal de cada cosa y
su individualidad, por ejemplo, en Platón entre su naturaleza humana
y lo que le hace a él justamente Platón – su Platoneidad.
Pues lo uno no es lo otro; la individualidad se añade a la naturaleza
humana y constituye con ella al individuo humano. En este sentido la propiedad
o diferencia, o la haeccitas, es el principium individuationis. De ahí
está claro que hay muchos puntos de semejanza entre materia y forma
por un lado y entre naturalezas universales y su individualización
por otro. Pero Escoto está lejos de enseñar un Realismo
extremado. Según su opinión, la materia puede existir sin
forma, pero no la esencia universal sin individuación; ni pueden
existir las diferentes formas de la misma cosa por sí mismas. No
mantiene que la materia uniforme que subyace a todas las cosas creadas
sea el ser absoluto que existe por sí misma, independiente de los
individuos, y es entonces determinada por formas añadidas, primero
a los géneros, luego a las especies, y finalmente a los individuos.
Por el contrario, la materia prima, que según él puede existir
sin forma, es ya algo individual y numéricamente determinada. En
realidad no hay materia sin forma, y viceversa. La materia que Dios creó
tenía ya una cierta forma, la imperfecta forma del caos. Dios podría
crear materia por sí misma y forma por sí misma, pero ambas
serían entonces algo individual, numéricamente, aunque no
específicamente, diferente de otras materias y otras formas de
la misma clase. Esta materia, numéricamente diferente de otra materia,
podría entonces unirse con una forma, numéricamente diferente
también de otras formas de la misma clase; y el resultado sería
un compuesto individual, numéricamente diferente de otros individuos
de la misma clase. De tales materia, forma y compuesto individualizados,
podemos obtener por abstracción la idea de una materia universal,
de una forma universal, de un compuesto universal, por ejemplo, de un
hombre universal. Pero por sí mismas la materia universal y la
forma universal no pueden existir. Lo universal en cuanto tal es una mera
concepción de la mente; no puede existir por sí misma, recibe
su existencia en y con el individuo; se multiplica en y con el individuo,
pierde de nuevo su existencia en y con el individuo. Ni siquiera Dios
puede separar en el hombre la naturaleza universal de la individualidad,
o en el alma humana la parte intelectual de la sensitiva, sin destruir
el conjunto. En realidad sólo hay individuos, en los cuales, sin
embargo, podemos por abstracción separar formalmente tanto la naturaleza
humana abstracta de la individualidad como las diversas facultades una
de otra. Pero la separación y distinción y formación
de géneros y especies son meros procesos de pensamiento, la obra
de una mente contemplativa.
La psicología de Escoto es en su esencia la misma que la de Santo
Tomás. El punto de partida de todo conocimiento es la experiencia
sensorial o exterior, a la que debe añadirse la experiencia interior,
que él designa como último criterio de certidumbre. Hace
hincapié en la inducción como la base de todas las ciencias
naturales. Niega que la percepción de los sentidos, y a fortiori
el conocimiento intelectual, sea meramente un proceso pasivo; además,
afirma que no sólo lo universal sino también lo individual
es percibido directamente.. El objeto adecuado del conocimiento intelectual
no es lo espiritual en lo material, sino el ser en su universalidad. En
toda la esfera del alma la voluntad tiene la primacía puesto que
puede determinarse a sí misma, mientras que controla más
o menos completamente las demás facultades. La libertad de la voluntad,
tomada como libertad de elección, es enfatizada y vigorosamente
defendida. En presencia de cualquier bien, incluso en la contemplación
de Dios, no se necesita la voluntad, pero ella misma determina libremente.
Esta doctrina no implica que la voluntad pueda decidir lo que es cierto
y lo que es falso, lo que es bueno y lo que es malo, ni que su elección
sea ciega y arbitraria. Objetos, motivos, hábitos, pasiones, etc.,
ejercen una gran influencia sobre la voluntad, y la inclinan a elegir
una cosa más que otra. Aun así la decisión final
pertenece a la voluntad, y en cuanto la voluntad es la única causa
completa de su acción, de otro modo no sería libre. Con
respecto a la memoria, la sensación y la asociación encontramos
en Escoto muchas opiniones modernas.
SISTEMA DE TEOLOGÍA
Se ha afirmado que según Escoto la esencia de Dios consiste en
su voluntad; pero la aserción es infundada. Dios, sostiene, es
el ens infinitum. Es cierto que según él el amor de Dios
por Sí mismo y la espiración del Espíritu Santo por
el Padre y el Hijo no se basan en un instinto natural, por así
decir, sino en la propia libre elección de Dios. Toda voluntad
es libre, y por tanto la voluntad de Dios también. Pero su voluntad
es tan perfecta y su esencia tan infinitamente buena, que su libre voluntad
no puede sino amarla. Este amor, por tanto, es a la vez libre y necesario.
También con respecto a las cosas creadas Escoto subraya la libertad
de Dios, sin caer, sin embargo, en el error de un indeterminismo meramente
arbitrario, inmotivado. Se ha afirmado también que, según
Escoto, el ser se puede atribuir unívocamente a Dios y a las criaturas;
pero esto también es falso. Escoto mantiene que Dios es el ens
per essentiam, las criaturas entia per participationem – sólo
tienen ser en sentido analógico. Pero del ser de Dios y del ser
de las criaturas se puede abstraer una idea universal del ser y predicar
de ambos tanto las finitas como el infinito; de otra forma no podríamos
inferir de la existencia de cosas finitas la existencia de Dios, no tendríamos
prueba de la existencia de Dios, pues todo silogismo contendría
una quaternio terminorum. Entre la esencia de Dios y sus atributos, entre
los atributos mismos, y luego entre la esencia de Dios y las Personas
divinas, hay una distinción formal junto a una identidad real.
Pues conceptualmente, la Divinidad no es lo mismo que la sabiduría,
ni el intelecto lo mismo que la voluntad; la Divinidad no es idéntica
a la paternidad, puesto que la Divinidad no engendra, como hace el Padre,
ni es engendrada, como lo es el Hijo. Pero todas estas realidades están
formalmente en Dios y su distinción no se anula por su infinitud;
por otro lado sigue siendo cierto que Dios es una sola res. El proceso
que constituye la Santísima Trinidad tiene lugar sin consideración
al mundo externo. Sólo después de su perfeccionamiento las
tres Personas divinas, como un principio, producen por su acto de cognición
las ideas de las cosas. Pero enteramente aparte de este proceso, Dios
es independiente del mundo en su conocimiento y volición, por la
obvia razón de que la dependencia de cualquier clase implicaría
imperfección.
La cognición, volición y actividad de los ángeles
es más semejante a la nuestra. Los ángeles pueden conocer
cosas por sí mismos; no necesitan una especie infusa aunque de
hecho reciben tal de Dios. El diablo no está obligado necesariamente,
como resultado de su pecado, a querer siempre lo que está mal;
con sus espléndidas dotes naturales puede hacer lo que es en sí
mismo bueno; puede incluso amar a Dios por encima de todas las cosas,
aunque de hecho no lo hace así. El pecado es sólo una ofensa
infinita a Dios en tanto en cuanto separa de Él; en sí mismo
su malicia no es mayor que lo es la bondad de la virtud opuesta.
En su Cristología, Escoto insiste fuertemente en la realidad de
la humanidad de Cristo. Aunque no tiene personalidad y subsistencia propia,
tiene su propia existencia. La unio hypostatica y la communicatio idiomatum
se explican de acuerdo con la doctrina de la Iglesia, sin ninguna inclinación
ni al Nestorianismo ni al Adopcionismo. Es verdad que Escoto explica la
influencia de la unión hipostática sobre la naturaleza humana
de Cristo y sobre su obra de manera diferente a Santo Tomás. Puesto
que esta unión no cambia en manera alguna la naturaleza humana
de Cristo, por sí misma no comunica a la humanidad la visión
beatífica o la impecabilidad. Estas prerrogativas se dieron a Cristo
con la plenitud de gracia que recibió como consecuencia de esa
unión. Dios se habría hecho hombre incluso si Adán
no hubiera pecado, puesto que quería que en Cristo la humanidad
y el mundo se unieran con Él con el vínculo más estrecho
posible. Escoto también defiende enérgicamente la Inmaculada
Concepción de la Santísima Virgen. Todas las objeciones
fundadas en el pecado original y la necesidad universal de redención
se resuelven. Los méritos de Cristo son infinitos sólo en
un sentido amplio, pero por sí mismos son enteramente suficientes
para dar satisfacción adecuada a la justicia divina; no hay deficiencia
que suplir por la misericordia de Dios. Pero se necesita una aceptación
misericordiosa de la obra de Cristo, puesto que desde el punto de vista
de Dios no hay mérito real en el sentido estricto de la palabra.
La gracia es algo enteramente sobrenatural y puede darse sólo por
Dios, y, lo que es más, sólo por un acto creador; de ahí
que los sacramentos no sean, propiamente hablando, la causa física
o instrumental de la gracia, porque Dios solo puede crear. La gracia santificante
es idéntica a la virtud infusa de la caridad, y tiene su sede en
la voluntad; se concibe por tanto más bien desde el punto de vista
ético. Los sacramentos dan gracia por sí mismos, o ex opere
operato, si el hombre no pone obstáculos en el camino. La esencia
real del Sacramento de la Penitencia consiste en la absolución;
pero esta no tiene valor salvo que el pecador se arrepienta con un dolor
que surja del amor de Dios; su doctrina de la atricción no es de
ningún modo laxa. Respecto a su escatología debe bastar
afirmar que hace consistir la beatitud en actividad, esto es, en el amor
de Dios, no en la Visión Beatífica; esta última es
sólo la condición necesaria.
En ética Escoto declara enfáticamente que la moralidad de
un acto requiere un objeto que sea bueno en su naturaleza, su finalidad,
y sus circunstancias, y según el dictado de la recta razón.
No es cierto que haga a la libre voluntad de Dios decidir arbitrariamente
de lo que es bueno y malo; sólo afirma que los mandamientos de
la segunda tabla del Decálogo no son leyes de la naturaleza en
sentido tan estricto como las de la primera tabla; porque Dios no puede
conceder una dispensa de las leyes de la primera, mientras que puede dispensar
de las de la segunda; como de hecho hizo cuando mandó a Abraham
que sacrificara a su hijo. Pero los preceptos de la segunda tabla son
mucho más vinculantes que las demás leyes positivas de Dios.
En el presente orden de cosas Dios no puede permitir universalmente el
asesinato, tomar la propiedad de otros, y así sucesivamente. También
hay acciones indiferentes in individuo. Hablando en términos absolutos,
el hombre puede dirigir todas sus acciones hacia Dios; pero Dios no requiere
esto, porque no desea cargar al hombre con un yugo tan pesado. Sólo
obliga al hombre a observar el Decálogo; el resto es libre. Las
cuestiones legales y sociales no se tratan ex professo por Escoto; sus
obras, sin embargo, contienen sensatas observaciones sobre estos asuntos.
RELACIÓN ENTRE FILOSOFÍA Y TEOLOGÍA
Escoto no mantiene, como se ha afirmado a menudo, que la ciencia y la
fe puedan contradecirse una a la otra, o que una proposición pueda
ser cierta en filosofía y falsa en teología y viceversa.
También es incorrecta la afirmación de que concede poca
importancia a mostrar la armonía entre el conocimiento científico
y la fe y que no tiene consideración por la teología especulativa.
Todo lo contrario, prueba los dogmas de la fe no sólo por la autoridad
sino, en cuanto es posible, también por la razón. La teología
presupone la filosofía como su base. Los hechos que tienen a Dios
como su autor y aun así pueden conocerse por nuestras facultades
naturales especialmente milagros y profecías, son criterios de
la veracidad de la Revelación, la religión y la Iglesia.
Escoto se esfuerza en formarse una idea tan completa como sea posible
de las verdades de la fe, para descubrirlas a la mente humana, para establecer
una verdad sobre otra verdad, y del dogma para probar o rechazar muchas
proposiciones filosóficas. Hay igual poco fundamento para la afirmación
de que su principal preocupación es la humilde sujección
a la autoridad de Dios y de la Iglesia, o que su tendencia a priori es
a despreciar el conocimiento científico y reducir a dudas la teología
especulativa. Escoto simplemente cree que muchas pruebas filosóficas
y teológicas de otros estudiosos no son concluyentes; en su lugar
aduce otros argumentos. También piensa que se pueden probar muchas
proposiciones filosóficas y teológicas que otros escolásticos
consideran no susceptibles de demostración. En realidad hace mucho
hincapié en la autoridad de las Escrituras, de los Padres y de
la Iglesia pero también concede mucha importancia al conocimiento
natural y a la capacidad intelectual de los ángeles y de los hombres,
tanto en este mundo como en el otro. Se inclina más bien a ampliar
que a estrechar el campo del conocimiento alcanzable. Da gran valor a
las matemáticas y a las ciencias naturales y especialmente a la
metafísica. Rechaza todo recurso innecesario a la intervención
divina o angélica, o a los milagros, y pide que los sobrenatural
y milagroso se limite en cuanto sea posible incluso en materias de fe.
Sostiene que los dogmas han de ser explicados en un sentido algo suavizado
y más fácilmente inteligible, en tanto que esto pueda hacerse
sin disminución de su sentido sustancial, dignidad y profundidad.
Las Escrituras han de tomarse en sentido literal, y debe concederse libertad
de opinión en cuanto no se oponga a la Fe Cristiana o a la autoridad
de la Iglesia. Escoto se dedicó mucho al estudio de las matemáticas,
y por esta razón insiste mucho en las pruebas demostrativas en
filosofía y teología; pero no es un verdadero escéptico.
Concede que nuestros sentidos, nuestra experiencia interna y externa,
y la autoridad junto con la razón, pueden proporcionarnos una certeza
y evidencia absolutas. La dificultad que presentan muchas verdades no
se basa tanto en nosotros mismos como en sus objetos. En sí mismo
todo lo cognoscible es objeto de nuestro conocimiento. La razón
puede por sus propias facultades naturales reconocer la existencia de
Dios y muchos de sus atributos, la creación del mundo de la nada,
la conservación del mundo por Dios, la espiritualidad, individualidad,
sustancialidad y unidad del alma, tanto como su libre voluntad. En muchos
de sus escritos afirma que la mera razón puede llegar a conocer
la inmortalidad y la creación del alma; en otros afirma todo lo
contrario; pero nunca niega la así llamada evidencia moral de estas
verdades.
La teología para él no es un estudio científico en
el sentido más estricto de la palabra, como lo son las matemáticas
y la metafísica, porque no se basa en la evidencia de sus objetos,
sino en la revelación y la autoridad. Es una ciencia práctica
porque persigue un fin práctico: la posesión de Dios. Pero
da a la mente certeza perfecta y verdades inmutables; no consiste en una
mera actividad práctica, moral y religiosa. Así Escoto se
separa de Kant y los modernos Gefühlsteologen, no por una simple
línea de pensamiento sino por todo el campo de su especulación
filosófica. Escoto no es precursor de Lutero; subraya la tradición
y la autoridad eclesiástica, la libertad de la voluntad, el poder
de nuestra razón, y la cooperación con la gracia. Ni es
el precursor de Kant. La doctrina que considera la primacía de
la voluntad y el carácter práctico de la teología
tiene un significado totalmente diferente en su pensamiento que el que
tiene en el de Kant..Valora altamente la metafísica y la llama
la reina de las ciencias. Sólo como crítico sutilísimo
puede ser llamado el Kant del Siglo XIII. Ni es el precursor de los modernistas.
Sus escritos realmente contienen muchas ideas completamente modernas,
por ejemplo, el hincapié que hace en la libertad en las cuestiones
científicas y también en las religiosas, en la separación
del mundo objetivo y del pensamiento, la automaticidad del sujeto pensante,
la dignidad y valor de la personalidad; aun así en todo esto se
mantiene en límites apropiados, y en oposición a los modernistas
afirma muy enérgicamente la necesidad de una autoridad absoluta
en la Iglesia, la necesidad de la fe, la libertad de la voluntad; y rechaza
absolutamente cualquier y toda identificación monista del mundo
y Dios. Que haya sido tan a menudo mal comprendido se debe simplemente
al hecho de que su enseñanza ha sido vista desde el punto de vista
del pensamiento moderno.
Escoto es un genuino filósofo escolástico que desarrolla
ideas tomadas de Aristóteles, San Agustín, y los escolásticos
que le precedieron. Universalmente se le reconoce como un pensador profundo,
una mente original, y un crítico agudo; un hombre completamente
científico, que sin sesgo personal procede objetivamente, afirmando
sus propias doctrinas con modestia y una cierta reserva. Se ha afirmado
que hizo más daño que bien a la Iglesia, y que por su crítica
destructiva, sus sutilezas, y su terminología bárbara preparó
la ruina del Escolasticismo, en realidad que su decadencia comienza con
él. Estas acusaciones se originaron en gran medida en la insuficiente
comprensión o en la falsa interpretación de sus doctrinas.
Sin duda a su dicción le falta elegancia; a menudo es oscuro e
ininteligible; pero lo mismo se puede decir de muchos escolásticos
anteriores. Luego también, abundan en su obra discusiones y distinciones
sutiles que carecen de sentido para esta época; aunque sus investigaciones
se originaron en su mayor parte por las observaciones de otros filósofos
escolásticos, especialmente por Enrique de Gante, al que ataca
tal vez incluso más que lo hace Santo Tomás. Pero el espíritu
real del Escolasticismo no es tan pronunciado quizá en otro escolástico
como en Escoto. En profundidad de pensamiento que después de todo
es lo importante, Escoto no es superado por ninguno de sus contemporáneos.
Fue un hijo de su tiempo, un aristotélico completo, incluso más
que Santo Tomás; pero critica agudamente incluso al Estagirita
y a sus comentaristas. Intenta siempre explicarlos favorablemente, pero
no duda en discrepar de ellos. La enseñanza de Duns Escoto es ortodoxa.
Católicos y protestantes le han acusado de diversos errores y herejías,
pero la Iglesia no ha condenado ni una sola proposición suya; por
el contrario, la doctrina de la Inmaculada Concepción que tan fuertemente
defendía ha sido declarada dogma.
PARTHENIUS MINGES
Trascrito por Rick McCarthy
Traducido por Francisco Vázquez
The
Catholic Encyclopedia, Volume I
Copyright © 1907 by Robert Appleton Company
Online Edition Copyright © 1999 by Kevin Knight
Enciclopedia Católica Copyright © ACI-PRENSA
Nihil Obstat, March 1, 1907. Remy Lafort, S.T.D., Censor Imprimatur
+John Cardinal Farley, Archbishop of New York
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