Las fuentes principales relativas a la vida y ministerio de San Juan
Bautista son los Evangelios canónicos. De estos, San Lucas es
el más completo, recogiendo como hace las maravillosas circunstancias
que acompañaron el nacimiento del Precursor y detalles sobre
su ministerio y su muerte. El Evangelio de San Mateo se mantiene en
estrecha relación con el de San Lucas, en cuanto se refiere al
ministerio público de Juan, pero no contiene nada de lo relativo
al comienzo de su vida. De San Marcos, cuyo relato de la vida del Precursor
es muy escaso, no se puede recoger ningún detalle nuevo. Finalmente
el cuarto Evangelio tiene esta especial característica, que da
el testimonio de San Juan tras el bautismo del Salvador. Aparte de las
indicaciones suministradas por estos escritos, alusiones de pasada se
producen en pasajes tales como Hechos, 13, 24; 19, 1-6; pero son pocos
y se refieren al asunto sólo indirectamente. A lo anterior debe
añadirse lo que Josefo relata en su Antigüedades
Judías (XVIII, v, 2); pero debe recordarse que es lamentablemente
errático en sus fechas, equivocado en los nombres propios, y
parece manipular los hechos según sus propias opiniones políticas;
sin embargo, su juicio sobre Juan, también lo que nos dice sobre
la popularidad del Precursor, junto con algunos detalles de menor importancia,
son dignos de la atención del historiador. No se puede decir
lo mismo de los evangelios apócrifos, porque la escasa información
que dan del Precursor es o bien copiada de los Evangelios canónicos
(y no añade autoridad a estos), o bien es un conjunto de divagaciones
infundadas.
Zacarías, el padre de Juan el Bautista, era un sacerdote
de la estirpe de Abías, la octava de las veinticuatro clases
en que fueron divididos los sacerdotes (I Cro., 24, 7-19); Isabel,
la madre del Precursor, era "descendiente de Aarón"
según San Lucas (1, 5); el mismo evangelista, unos versículos
después (1, 36) la llama "prima" (syggenis)
de María. Estas dos afirmaciones
parecen contradictorias, pues, se preguntará, ¿ cómo
podía ser una prima de la Santísima
Virgen "descendiente de Aarón"? El problema se
podría resolver adoptando la lectura que se da en una antigua
versión persa, donde encontramos "hermana de la madre"
(metradelphe) en vez de "prima". Una explicación
en cierto modo análoga, probablemente tomada de algún
escrito apócrifo, y tal vez correcta, se da por San Hipólito
(en Nicefor., II, iii). Según ella, Mathan tuvo tres hijas, María,
Soba, y Ana. María, la mayor, se casó con un hombre de
Belén y fue la madre de Salomé; Soba se casó también
en Belén, pero con "un hijo de Leví", de quien
tuvo a Isabel; Ana desposó a un galileo (Joaquín)
y dio a luz a María, la Madre
de Dios. Así Salomé, Isabel, y la Santísima
Virgen fueron primas hermanas, e Isabel, "descendiente de Aarón"
por línea paterna, era, por su madre, prima de María.
El hogar de Zacarías se designa sólo de una manera
vaga por San Lucas: era "una ciudad de Judá", en "la
región montañosa" (1, 39). Reland, que aboga por
la injustificada suposición de que Judá pueda ser un error
de ortografía del nombre, propuso leer en vez de él, Yuttá
( Josué, 15, 55; 21, 16), una ciudad sacerdotal al sur de Hebrón.
Pero los sacerdotes no siempre vivían en ciudades sacerdotales
(el hogar de Matatías estaba en Modin, el de Simón Macabeo
en Gaza). Una tradición que puede remontarse a la época
anterior a las Cruzadas, señala
a la pequeña ciudad de Ain-Karim, a cinco millas al suroeste
de Jerusalén. El nacimiento del Precursor fue anunciado de la
manera más chocante. Zacarías e Isabel,
como sabemos por San Lucas, "eran los dos justos ante Dios,
y caminaban sin tacha en todos los mandamientos y preceptos del Señor.
No tenían hijos, porque Isabel era estéril" (1, 6-7).
Habían rezado mucho para que su unión fuera bendecida
con descendencia; pero, ahora que "los dos eran de edad avanzada",
el reproche de esterilidad pesaba sobre ellos. "Sucedió
que, mientras oficiaba delante de Dios,
en el turno de su grupo, le tocó en suerte, según el uso
del servicio sacerdotal, entrar en el Santuario del Señor para
quemar el incienso. Toda la multitud del pueblo estaba fuera en oración,
a la hora del incienso. Y se le apareció el Ángel del
Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso. Al verle
Zacarías, se turbó, y el temor se apoderó
de él. El ángel le dijo: No temas, Zacarías,
porque tu petición ha sido escuchada; Isabel, tu mujer,
te dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan;
será para ti gozo y alegría, y muchos se gozarán
en su nacimiento, porque será grande ante el Señor; no
beberá vino ni licor; estará lleno del Espíritu
Santo ya desde el seno de su madre, y a muchos de los hijos de Israel,
les convertirá al Señor su Dios, y le precederá
con el espíritu y el poder de Elías
para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes
a la sabiduría de los justos, para preparar al Señor un
pueblo bien dispuesto" (1, 8-17). Como Zacarías fue lento
en creer esta asombrosa predicción, el ángel, al hacérsela
conocer, le anunció que, en castigo a su incredulidad, estaría
afectado de mudez hasta que la promesa se cumpliera. Y "cuando
se cumplieron los días de su servicio, se fue a su casa. Días
después, concibió su mujer Isabel; y se mantuvo oculta
durante cinco meses" (1, 23-24).
Ahora bien durante el sexto mes tuvo lugar la Anunciación,
y, como María había
oído al ángel que su prima había concebido, fue
"con prontitud" a felicitarla. "Y en cuanto oyó
Isabel el saludo de María,
el niño" - lleno, como la madre, del Espíritu Santo-"saltó
de gozo en su seno", como si reconociera la presencia de su Señor.
Entonces se cumplió la profética declaración del
ángel de que el niño estaría "lleno del Espíritu
Santo ya desde el seno de su madre". Ahora bien, como la presencia
de cualquier pecado es incompatible con la presencia del Espíritu
Santo en el alma, se deduce que en este momento Juan quedó limpio
de la mancha del pecado original. Cuando "le llegó a Isabel
el tiempo de dar a luz... tuvo un hijo (1, 57); y "al octavo día
fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre
de su padre, Zacarías, pero su madre, tomando la palabra, dijo:
No, se ha de llamar Juan. Le decían: No hay nadie en tu parentela
que tenga ese nombre. Y preguntaban por señas a su padre cómo
quería que se le llamase. Él pidió una tablilla
y escribió: Juan es su nombre. Y todos quedaron admirados"
(1, 59-63). No se dieron cuenta de que ningún nombre le convenía
más (Juan, en hebreo: Jehohanan, esto es, "Yahveh tiene
misericordia") al que, como profetizó su padre iba a ir
"delante del Señor para preparar sus caminos y dar a su
pueblo conocimiento de salvación por el perdón de sus
pecados, por las entrañas de misericordia de nuestro Dios"
(1, 76-78). Además, todos esos acontecimientos, a saber, un niño
nacido a una pareja de edad avanzada, la repentina mudez de Zacarías,
su recuperación, igualmente repentina, del habla, su asombrosa
declaración, tenían que infundir admiración a los
vecinos congregados; estos apenas podían preguntarse: "Pues,
¿qué será de este niño?" (1,66).
Respecto a la fecha del nacimiento de Juan el Bautista, no se puede
decir nada con seguridad. El Evangelio sugiere que el Precursor nació
unos seis meses antes de Cristo; pero el año del nacimiento de
Cristo no ha sido determinado. Ni hay tampoco certeza sobre la estación
del nacimiento de Cristo, pues es bien sabido que la fijación
de la fiesta de Navidad al veinticinco
de Diciembre no se basa en la evidencia histórica, sino que está
sugerida posiblemente por consideraciones meramente astronómicas,
también, quizá, deducidas de razonamientos astronómico-teológicos.
Aparte de eso, no se pueden hacer cálculos sobre la época
del año en que la clase de Abías prestaba servicio en
el Templo, puesto que cada una de las veinticuatro clases de sacerdotes
hacía dos turnos al año. De los primeros años de
la vida de Juan San Lucas sólo nos dice que "el niño
crecía y su espíritu se fortalecía; vivió
en los desiertos hasta el día de su manifestación a Israel"
(1, 80). Si nos preguntáramos cuándo se fue el Precursor
al desierto, una vieja tradición a la que hace eco Paul Warnefried
(Paulo el Diácono), en el himno"Ut queant laxis",
compuesto en honor del santo, da una respuesta apenas más definida
que la declaración del Evangelio: "Antra deserti teneris
sub annis... petiit.." Otros autores, sin embargo, pensaron
que lo sabían mejor. Por ejemplo, San Pedro de Alejandría
creía que San Juan fue dejado en el desierto para escapar de
la ira de Herodes, quien, si hacemos caso de su relato, fue impulsado
por el miedo de perder su reino a buscar la muerte del Precursor, igual
que fue, más tarde, a buscar la del Salvador recién nacido.
Se añadía también en este relato que Herodes hizo
matar a Zacarías entre el templo y el altar, porque profetizó
la venida del Mesías (Baronio, "Annal Apparat.", n.53).
Estas son leyendas sin valor calificadas hace mucho tiempo por San Jerónimo
como "apocryphorum somnia".
Pasando por alto entonces, con San Lucas, un periodo de unos treinta
años, llegamos a lo que podemos considerar el inicio del ministerio
público de San Juan (ver CRONOLOGÍA BÍBLICA). Hasta
éste llevó en el desierto la vida de un anacoreta; ahora
va a entregar su mensaje al mundo. "En el año decimoquinto
del imperio de Tiberio César... fue dirigida la palabra de Dios
a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y se fue por toda la
región del Jordán, predicando" (Lucas 3, 1-3), vestido
no con los suaves ropajes de un cortesano (Mateo, 11, 8; Lucas 7, 24),
sino de "piel de camello con un cinturón de cuero a sus
lomos"; y "su comida" - parecía como si no comiera
ni bebiera (Mateo, 11, 18; Lucas, 7, 33)-- "eran langostas y miel
silvestre" (Mateo, 3, 4; Marcos, 1, 6); toda su figura, lejos de
sugerir la idea de una caña sacudida por el viento (Mateo, 11,
7; Lucas, 7, 24), manifestaba una constancia imperturbable. Algunos
incrédulos burlones fingían escandalizarse: "Tiene
un demonio" (Mateo, 11, 18) Sin embargo, "Jerusalén,
toda Judea, y toda la región del Jordán" (Mateo,
3, 5), atraídos por su fuerte y atractiva personalidad, acudían
a él; la austeridad de su vida aumentaba inmensamente el peso
de sus palabras; para la gente sencilla, era verdaderamente un profeta
(Mateo, 11, 9;cf. Lucas, 1, 76,77). "Convertíos, porque
el Reino de los Cielos está
cerca" (Mateo, 3, 2), tal era el estribillo de su enseñanza.
Hombres de todas las condiciones se congregaban a su alrededor.
Allí había fariseos y saduceos; estos últimos
atraídos quizá por curiosidad y escepticismo, los primeros
esperando posiblemente una palabra de alabanza por sus numerosísimas
imposiciones y prácticas, y todos, probablemente, más
ansiosos de ver de cuál de las sectas rivales ordenaría
el nuevo profeta que se siguieran las instrucciones. Pero Juan puso
al descubierto su hipocresía. Sacando sus ejemplos del escenario
que los rodeaba, e incluso, según el modo oriental, haciendo
un juego de palabras (abanimbanium), fustigó su orgullo
con esta bien merecida reprimenda: "Raza de víboras, ¿quién
os ha enseñado a huir de la ira inminente? Dad, pues, dignos
frutos de conversión, y no andéis diciendo en vuestro
interior: Tenemos por padre a Abraham; pues os digo que puede
Dios de estas piedras dar hijos a Abraham. Y ya está el hacha
puesta en la raíz de los árboles; y todo árbol
que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego"
(Mateo, 3, 7-10; Lucas, 3, 7-9). Estaba claro que algo había
que hacer. Los hombres de buena voluntad entre los que escuchaban preguntaban:
"¿Qué debemos hacer?" (Probablemente algunos
eran ricos y, según la costumbre del pueblo en tales circunstancias,
estaban vestidos con dos túnicas- Josefo, "Antig.",
XVIII, v, 7). "Y él les respondía: El que tenga dos
túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga para
comer, que haga lo mismo" (Lucas, 3, 11). Algunos eran publicanos;
a ellos les ordenó no exigir más que lo que estaba fijado
por la ley (Lucas, 3, 13). A los soldados (probablemente policías
judíos) les recomendó que no hicieran violencia a nadie,
ni denunciaran falsamente a ninguno, y que se contentaran con su paga.
(Lucas, 3, 14). En otras palabras, les advirtió contra la confianza
en sus privilegios nacionales, no aprobó los dogmas de ninguna
secta, ni abogó por el abandono del forma de vida ordinaria de
cada uno, sino que (predicó) la fidelidad y honradez en el cumplimiento
de los deberes propios, y la humilde confesión de los propios
pecados.
Para confirmar las buenas disposiciones de sus oyentes, Juan los bautizaba
en el Jordán, "diciendo que el bautismo era bueno, no tanto
para liberar a uno de ciertos pecados [cf. Sto. Tomás, "Summ.
Theol.·, III, A.xxxviii, a. 2 y 3] como para purificar el cuerpo,
estando ya el alma limpia de sus corrupciones por la justicia"
(Josefo, "Antig.", XVIII, vii). Este rasgo de su ministerio,
más que ningún otro, atrajo la atención pública
hasta tal punto que fue apodado "el Bautista" ( esto es, el
que bautiza) incluso durante su vida (por Cristo, Mateo, 11,11; por
sus propios discípulos, Lucas, 7, 20; por Herodes, Mateo, 14,
2; por Herodías, Mateo, 14, 3). Aun así su derecho a bautizar
fue cuestionado por algunos (Juan, 1, 25); los fariseos y letrados rehusaron
someterse a esta ceremonia, con el argumento de que el bautismo, como
una preparación para el reino de Dios, sólo estaba relacionado
con el Mesías (Ezequiel, 36, 25; Zacarías, 13, 1, etc.),
Elías, y el profeta del que se habla en el Deuteronomio, 18,
15. La réplica de Juan fue que él había sido divinamente
"enviado a bautizar con agua" (Juan, 1, 33); a esto, más
tarde, nuestro Salvador aportó su testimonio, cuando, en respuesta
a los fariseos que intentaban tenderle una trampa, implícitamente
declaró que el bautismo de Juan era del cielo (Marcos, 11, 30).
Mientras bautizaba, Juan, para que la gente no pudiera creer "si
no sería él el Cristo" (Lucas, 3, 15), no dejó
de insistir en que la suya era sólo una misión de precursor:
"Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte
que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él
os bautizará en el Espíritu Santo y en el Fuego. En su
mano tiene el bieldo para limpiar su era y recoger el trigo en su granero;
pero la paja la quemará con fuego que no se apaga" (Lucas,
3, 15,17). Fuera cual fuese lo que Juan quería decir con su bautismo
"de fuego", en todo caso, definió claramente en esta
declaración su relación con el que había de venir.
Aquí no vendrá mal tratar sobre el escenario del ministerio
del Precursor. La localidad debe buscarse en la parte del valle del
Jordán (Lucas, 3, 3) que es llamada el desierto (Marcos 1, 4).
En relación con esto se mencionan dos lugares en el Cuarto Evangelio:
Betania (Juan 1, 28) y Ainón (Juan 3, 23). Respecto a Betania
la versión Betabara, primero dada por Orígenes, puede
descartarse; pero el erudito alejandrino estaba quizá menos equivocado
al sugerir la otra versión, Bethara, posiblemente una forma griega
de Betharan; en cualquier caso, el sitio en cuestión debe ser
buscado "al otro lado del Jordán" (Juan, 1, 28). El
segundo lugar, Ainón, "cerca de Salim" (Juan, 3, 23),
el punto más al norte señalado en el mapa del mosaico
de Madaba, se describe en el "Onomasticon" de Eusebio como
estando a ocho millas de Seythopolis (Beisan), y debe buscarse probablemente
en Ed-Deir o El-Ftur, a poca distancia del Jordán (Lagrange,
en "Revue Biblique", IV, 1895, pags. 502-5). Además,
una tradición establecida de antiguo, que se remonta al año
333, asocia la actividad del Precursor, particularmente el Bautismo
del Señor, con los alrededores de Deir Mar-Yuhanna (Qasr el-Yehud).
El Precursor había estado predicando y bautizando durante algún
tiempo (cuánto exactamente no se sabe), cuando Jesús vino
de Galilea al Jordán a ser bautizado por él. ¿Por
qué, puede preguntarse, "el que no cometió pecado"
(I Pedro, 2, 22) buscaría "el bautismo de conversión
para el perdón de los pecados" de Juan (Lucas, 3, 3)? Los
Padres de la Iglesia responden muy apropiadamente que ésta fue
la ocasión prevista por el Padre en que Jesús iba a manifestarse
ante el mundo como Hijo de Dios; además, al someterse a él,
Jesús sancionaba el bautismo de Juan. "Pero Juan trataba
de impedírselo diciendo: Soy yo el que necesita ser bautizado
por ti, ¿y tú vienes a mí?" (Mateo, 3, 14).
Estas palabras, que implican que Juan conocía a Jesús,
están en aparente contradicción con una ulterior declaración
de Juan registrada en el Cuarto Evangelio: "Yo no le conocía"
(Juan, 1, 33). La mayor parte de los intérpretes toman esto como
que el Precursor tenía alguna intuición de que Jesús
fuera el Mesías: indican ésta como la razón por
la que Juan al principio rehusó bautizarlo; pero la manifestación
celestial, unos momentos después, cambió esta intuición
en conocimiento perfecto: "Respondióle Jesús: Déjame
ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia. Entonces
le dejó. Bautizado Jesús, salió luego del agua;
y en esto se abrieron los cielos...Y una voz que venía de los
cielos dijo: Este es mi hijo muy amado, en quien me complazco"
(Mateo, 3, 15-17).
Tras su bautismo, mientras Jesús estaba predicando por las ciudades
de Galilea, yendo a Judea sólo ocasionalmente para las fiestas,
Juan continuó su ministerio en el valle del Jordán. Fue
en esta época "cuando los judíos enviaron donde él
desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle: ¿Quién
eres tú? Él confesó, y no negó; confesó:
Yo no soy el Cristo. Y le preguntaron: ¿Qué, pues? ¿Eres
tú Elías? Él dijo: No lo soy ¿Eres tú
el profeta? Respondió: No. Entonces le dijeron: ¿Quién
eres, pues, para que demos respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué
dices de ti mismo? Dijo él: Yo soy la voz que clama en el desierto:
Rectificad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías"
(Juan 1, 19-23). Juan negó ser el profeta Elías, a quien
los judíos estaban esperando (Mateo, 17, 10; Marcos, 9, 10).
Ni lo admitió Jesús, aunque sus palabras a sus discípulos
parecen a primera vista señalar ese camino, "Ciertamente
Elías ha de venir a restaurarlo todo. Os digo, sin embargo, que
Elías ha venido ya" (Mateo, 17, 11; Marcos, 9, 11-12). San
Mateo señala que "los discípulos comprendieron que
se refería a Juan el Bautista" (Mateo, 17, 13). Esto era
lo mismo que decir, "Elías no va a venir en forma humana."
Pero al hablar a la multitud, Jesús explicó que llamaba
a Juan Elías en sentido figurado: "Si queréis admitirlo,
él es Elías, el que iba a venir. El que tenga oídos,
que oiga" (Mateo, 11, 14,15). Esto había sido anticipado
por el ángel cuando, al anunciar a Zacarías el nacimiento
de Juan, predijo que el niño precedería al Señor
"con el espíritu y el poder de Elías" (Lucas,
1, 17). "Al siguiente día vio a Jesús venir hacia
él y dijo: He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado
del mundo. Éste es por quien yo dije: Viene un hombre detrás
de mí, que se ha puesto delante de mí, porque existía
antes que yo...pero he venido a bautizar con agua para que él
sea manifestado a Israel...Y yo no le conocía, pero el que me
envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas que
baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el
que bautiza con el Espíritu Santo. Y yo lo he visto y doy testimonio
de que este es el Hijo de Dios" (Juan 1, 20-34).
Entre los muchos oyentes que rodeaban a San Juan, algunos, más
profundamente conmovidos por su doctrina, permanecieron con él,
formando así, como alrededor de otros famosos doctores de la
ley, un grupo de discípulos. A estos exhortaba a ayunar (Marcos,
2, 18), a estos enseñaba formas especiales de oración
(Lucas, 5, 33; 11, 1). Su número, según la literatura
pseudo-clementina, llegaba a treinta (Hom. ii, 23). Entre ellos estaba
Andrés de Betsaida de Galilea (Juan, 1, 44). Un día, cuando
Jesús pasaba a lo lejos, Juan le señaló y repitió
su declaración anterior: "He ahí el Cordero de Dios".
Entonces Andrés, con otro discípulo de Juan, al oír
esto, siguieron a Jesús (Juan, 1, 36-38). El relato de la vocación
de Andrés y Simón difiere materialmente del que encontramos
en San Mateo, San Marcos y San Lucas; aunque puede percibirse que San
Lucas, en particular, narra de tal manera el encuentro de los dos hermanos
con el Salvador, que podemos deducir que ya lo conocían. Ahora
bien, por otra parte, puesto que el Cuarto Evangelio no dice que Andrés
y su compañero dejaran en el acto sus ocupaciones para dedicarse
exclusivamente al Evangelio o a su preparación, no hay claramente
discordancia absoluta entre la narración de los tres primeros
Evangelios y el de San Juan.
El Precursor, tras un lapso de varios meses, aparece de nuevo en escena,
y aún está predicando y bautizando a orillas del Jordán
(Juan, 3, 23). Jesús, mientras tanto, había reunido a
su alrededor un séquito de discípulos, y vino "al
país de Judea; y allí se estaba con ellos y bautizaba"
(Juan, 3, 22) - "aunque no era Jesús mismo el que bautizaba,
sino sus discípulos" (Juan, 4, 2) - "Se suscitó
una discusión entre los discípulos de Juan y los judíos
[los mejores textos griegos tienen "un judío"] acerca
de la purificación" (Juan, 3, 25), lo que quiere decir,
como se sugiere por el contexto, acerca del valor relativo de ambos
bautismos. Los discípulos de Juan fueron a él: "Rabbí,
el que estaba contigo al otro lado del Jordán, aquel de quien
diste testimonio, mira, está bautizando y todos se van con él"
(Juan, 3, 26-27). Indudablemente querían decir que Jesús
debería ceder ante Juan que le había recomendado, y que,
al bautizar, estaba usurpando los derechos de Juan. "Juan respondió:
Nadie puede arrogarse nada si no se le ha dado del cielo. Vosotros mismos
sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado
delante de él. El que tiene a la novia es el novio; pero el amigo
del novio, el que asiste y le oye, se alegra mucho con la voz del novio.
Esta es, pues, mi alegría, que ha alcanzado su plenitud. Es preciso
que él crezca y que yo disminuya. El que viene de arriba está
por encima de todos: el que es de la tierra, es de la tierra y habla
de la tierra. El que viene del cielo está por encima de todos:
da testimonio de lo que ha visto y oído" (Juan, 3, 27-36).
La narración anterior recuerda el hecho antes mencionado (Juan,
1, 28), de que parte del ministerio del Bautista se ejerció en
Perea: Ainón, el otro escenario de sus acciones, estaba junto
a las fronteras de Galilea; Perea y Galilea formaban la tetrarquía
de Herodes Antipas. Este príncipe, digno hijo de su padre, Herodes
el Grande, se había casado, probablemente por razones políticas,
con la hija de Aretas, rey de los nabateos. Pero durante una visita
a Roma, se enamoró de su sobrina Herodías, esposa de su
hermanastro Filipo (hijo de Mariamne la joven), y la indujo a venirse
a Galilea. Cuándo y dónde se encontró el Precursor
con Herodes, no se nos dice, pero por los Evangelios Sinópticos
sabemos que Juan se atrevió a reprochar al tetrarca sus malas
acciones, especialmente su adulterio público. Herodes, influido
por Herodías, no permitió al importuno recriminador marchar
sin castigo: "envió a prender a Juan y le encadenó
en prisión". Josefo nos cuenta una historia bastante distinta,
que contiene tal vez un elemento de verdad. "Como se apiñaban
alrededor de Juan grandes multitudes, Herodes sintió miedo de
que abusara de su autoridad moral sobre ellas para incitarlas a la rebelión,
lo que harían si se lo mandaba; por tanto pensó como lo
más sabio, para evitar posibles sucesos, quitar de en medio al
peligroso predicador... y lo encarceló en la fortaleza de Maqueronte"
("Antig.", XVIII, v, 2). Cualquiera que fuera el motivo principal
de la política del tetrarca, es seguro que Herodías alimentaba
un amargo odio contra Juan. "Herodías le aborrecía
y quería quitarle la vida" (Marcos, 6,19). Aunque Herodes
al principio compartía su deseo, "temía a la gente
porque le tenían por profeta" (Mateo, 14, 5). Después
de un tiempo este resentimiento de Herodes parece haberse reducido,
pues, según Marcos, 6, 19,20, escuchaba a Juan con gusto e hizo
muchas cosas a sugerencia de él.
Juan, en su prisión, era asistido por sus discípulos,
que le mantenían en contacto con los acontecimientos del momento.
Así se enteró de las maravillas efectuadas por Jesús.
En este punto no se puede suponer que la fe de Juan vacilara lo más
mínimo. Algunos de sus discípulos, sin embargo, no estaban
convencidos por sus palabras de que Jesús era el Mesías.
Por consiguiente, los envió a Jesús, mandándoles
decir: "Juan el Bautista nos ha enviado para que te digamos: ¿Eres
tú el que ha de venir o debemos esperar a otro? (Y en aquel momento
curó a muchos [del pueblo] de sus enfermedades y dolencias y
malos espíritus, y dio vista a muchos ciegos.) Y les respondió:
Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos
ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen,
los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y
dichoso aquel que no se escandalice de mí!" (Lucas, 7,20-23;
Mateo, 11, 3-6).
Cómo afectó esta entrevista a los discípulos de
Juan, no lo sabemos; pero conocemos el elogio de Juan que salió
de los labios de Jesús: "Cuando los mensajeros de Juan se
alejaron, se puso a hablar de Juan a la gente: ¿Qué salisteis
a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento?"
Todos sabían muy bien por qué Juan estaba en prisión,
y que en su cautividad era más que nunca el campeón impávido
de la verdad y la virtud. -"¿Qué salisteis a ver,
si no? ¿Un hombre vestido con ropas elegantes? Los que visten
magníficamente y viven con molicie están en los palacios.
Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí,
os lo aseguro, y más que un profeta. Este es de quien está
escrito: He aquí que yo envío mi mensajero delante de
ti, el cual te preparará por delante el camino. Os digo: Entre
los nacidos de mujer no hay ninguno más grande que Juan el Bautista"
(Lucas, 7, 24-28). Y a continuación, Jesús señaló
la inconsistencia del mundo en sus opiniones tanto sobre él como
sobre su precursor: "Ha venido Juan el Bautista, que no comía
pan ni bebía vino, y decís: Tiene un demonio. Ha venido
el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: Ahí tenéis
a un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores.
Y la sabiduría se ha acreditado por todos sus hijos" (Lucas,
7, 33-35).
San Juan languideció probablemente durante algún tiempo
en la fortaleza de Maqueronte, pero la ira de Herodías, a diferencia
de la de Herodes, nunca disminuyó: aguardaba su oportunidad.
Esta llegó en la fiesta de cumpleaños que Herodes, según
la moda romana, dio a los "magnates, a los tribunos, y a los principales
de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías [Josefo
da su nombre: Salomé], danzó, y gustó mucho a Herodes
y a los comensales. El rey dijo entonces a la muchacha: Pídeme
lo que quieras y te lo daré...Salió la muchacha y preguntó
a su madre: ¿Qué voy a pedir? Y ella le contestó:
La cabeza de Juan el Bautista. Entrando al punto apresuradamente adonde
estaba el rey, le pidió: Quiero que ahora mismo me des, en una
bandeja, la cabeza de Juan el Bautista. El rey se llenó de tristeza,
pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales.
Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de
traerle la cabeza de Juan... y se la dio a la muchacha, y la muchacha
se la dio a su madre" (Marcos, 6, 21-28). Así ocurrió
que la muerte del más grande "entre los nacidos de mujer"
fue el premio otorgado a una bailarina, el peaje exigido por un juramento
imprudente, criminalmente mantenido (San Agustín). Incluso los
judíos se conmovieron por una ejecución tan injustificable,
y atribuyeron a la venganza divina la derrota sufrida después
por Herodes a manos de Aretas, su legítimo suegro (Josefo, loc.
cit). Los discípulos de Juan, al enterarse de su muerte, "vinieron
a recoger el cuerpo y le dieron sepultura" (Marcos, 6, 29), "luego
fueron a informar a Jesús" (Mateo, 14, 12).
La duradera impresión dejada por el Precursor sobre los que
estuvieron bajo su influencia no se puede ilustrar mejor que mencionando
el temor que sobrecogió a Herodes cuando oyó las maravillas
obradas por Jesús, quien, en su opinión, no era sino Juan
el Bautista vuelto a la vida (Mateo, 14, 1,2,etc.). La influencia del
Precursor no murió con él. Fue de largo alcance, además,
como sabemos por Hechos,18, 25; 19, 3, donde encontramos que prosélitos
en Éfeso habían recibido de Apolo y otros el bautismo
de Juan. Además los primeros autores cristianos hablan de una
secta que tomaba su nombre de Juan y se atenía sólo a
su bautismo. La fecha asignada en los calendarios litúrgicos
a la muerte de Juan el Bautista, 29 de Agosto, apenas se puede considerar
fiable, porque no se basa casi en documentos dignos de confianza. El
lugar de su sepultura ha sido fijado por una antigua tradición
en Sebaste (Samaria). Pero si hay algo de verdad en la afirmación
de Josefo, de que Juan fue ejecutado en Maqueronte, es difícil
comprender por qué fue enterrado tan lejos de la fortaleza herodiana.
Aun así, es perfectamente posible que, en una fecha posterior
que nos es desconocida, sus sagrados restos fueran llevados a Sebaste.
En cualquier caso, hacia mediados del Siglo IV, su tumba era venerada
allí, como sabemos por el testimonio de Rufino y Teodoreto. Estos
autores añaden que el santuario fue profanado en tiempos de Juliano
el Apóstata (hacia el año 362), siendo parcialmente quemados
los huesos. Una parte de las reliquias rescatadas fueron llevadas a
Jerusalén, luego a Alejandría; y allí, el 27 de
Mayo de 395, estas reliquias fueron depositadas en la magnífica
basílica ahora dedicada al Precursor en el sitio del otrora famoso
templo de Serapis. La tumba de Sebaste continuó, no obstante,
siendo visitada por piadosos peregrinos, y San Jerónimo aporta
testimonio de los milagros allí obrados. Tal vez algunas de las
reliquias fueron devueltas a Sebaste. Otras partes en diferentes épocas
lograron llegar a muchos santuarios del mundo cristiano, y es larga
la lista de iglesias que afirman poseer una parte del preciado tesoro.
Lo que sucedió con la cabeza del Precursor es difícil
de determinar. Nicéforo (I, ix) y Metarastes dicen que Herodías
la enterró en la fortaleza de Maqueronte; otros insisten en que
fue enterrada en el palacio de Herodes en Jerusalén; allí
fue encontrada durante el reinado de Constantino, y de allí secretamente
llevada a Emesa, en Fenicia, dónde se ocultó, permaneciendo
desconocido el lugar durante años, hasta que se manifestó
por revelación en el año 453. En las muchas y discordantes
informaciones relativas a esta reliquia, predomina por desgracia mucha
inseguridad; las discrepancias en casi todos los puntos hacen el problema
tan intrincado como para impedir una solución. Esta insigne reliquia,
en todo o en parte, es reclamada por varias iglesias, entre ellas Amiens,
Nemours, St.Jean d'Angeli (Francia), San Silvestro in Capite (Roma).
Este hecho lo retrotrae Tillemont a una confusión de un San Juan
por otro, una explicación que, en algunos casos, parece estar
fundada sobre buenas bases y justifica esta multiplicación, de
otra forma problemática, de reliquias.
La veneración tributada desde tan temprano y en tantos lugares
a las reliquias de San Juan Bautista, el celo con el que muchas iglesias
han sostenido en todas las épocas sus infundadas pretensiones
a algunas de sus reliquias, las innumerables iglesias, abadías,
ciudades y familias religiosas colocadas bajo su patronato, la frecuencia
de su nombre entre la gente cristiana, todo atestigua la antigüedad
y extensa difusión de la devoción al Precursor. La conmemoración
de su nacimiento es una de las fiestas más antiguas, si no la
más antigua, introducida tanto en la liturgia griega como en
la latina para venerar a un santo. Pero, ¿por qué es la
fiesta propia, como lo fue, de San Juan el día de su nacimiento,
mientras que en los demás santos es el día de su muerte?
Porque se entiende que el nacimiento de quien, a diferencia del resto,
estaba "lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre",
debe ser señalado como un día de triunfo. La celebración
de la Degollación de San Juan Bautista, el 29 de Agosto, disfruta
casi de la misma antigüedad. Encontramos también en los
martirologios más antiguos mención de una fiesta de la
Concepción del Precursor el 24 de Septiembre. Pero la celebración
más solemne en honor de este santo fue siempre la de su Natividad,
precedida hasta recientemente por un ayuno. Muchos lugares adoptaron
la costumbre introducida por San Sabas de tener un doble oficio este
día, como en el día de Navidad. El primer oficio, que
pretendía significar el tiempo de la ley y los profetas que duraba
hasta San Juan (Lucas, 16, 16), comenzaba a la puesta de sol, y se cantaba
sin aleluya; el segundo, que significaba la celebración de la
apertura del tiempo de gracia, y se alegraba con el canto del aleluya,
se celebraba durante la noche. La similitud de la fiesta de San Juan
con la de Navidad se llevaba más lejos, pues otra característica
del 24 de Junio era la celebración de tres misas: la primera,
a altas horas de la noche, recordaba su misión de Precursor;
la segunda, al amanecer, conmemoraba el bautismo que él confería;
y la tercera, a la hora de tercia, veneraba su santidad. Toda la liturgia
del día, repetidamente enriquecida por las añadiduras
de varios Papas, era comparable en evocación y belleza a la liturgia
de Navidad. Tan sagrado se juzgaba el día de San Juan que dos
ejércitos rivales, habiéndose encontrado frente a frente
un 23 de Junio, de común acuerdo aplazaron la batalla hasta el
día siguiente de la fiesta (Batalla de Fontenay, 841). "La
alegría, que es la característica del día, irradiaba
de los recintos sagrados. Las agradables noches de verano, en la octava
de San Juan, daban libre campo a un despliegue popular de alegre fe
entre las diversas nacionalidades. Apenas los últimos rayos del
sol poniente se apagaban cuando, por todo el mundo, inmensas columnas
de llamas surgían de todas las cimas de las montañas,
y en un instante, toda ciudad, pueblo, y aldea se iluminaba" (Guéranger).
La costumbre de las "hogueras de San Juan", sea cual sea su
origen, permanece hasta ahora en ciertas regiones.
Aparte de los Evangelios y los consiguientes comentarios,
JOSEFO y las muchas Vidas de Cristo, EUSEBIO, Hist Eccl. I,xi; Acta pour
servir a l'histoire eccles., I (Bruselas, 1732), 36-47 ; notas pags.210-222
; HOTTINGER, Historia Orientalis (Zurich, 1660), 144-149 ; PACIANDI, De
cultu J.Baptiste en Antiq. Christ., III (Roma, 1755); LEOPOLD, Johannes
der Taufer (Lubeck, 1838); CHIARAMONTE, Vita de San Giovanni Battista
(Turín, 1892) YESTIVEL, San Juan Bautista (Madrid, 1909).
CHARLES L. SOUVAY
Transcrito por Thomas M. Barrett
Dedicado a las procesiones de Navidad de Rickreall, Oregon (USA)
Traducido por Francisco Vázquez