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Hijo menor de Don Beltrán Yánez
de Óñez y Loyola y de Marina Sáenz de Licona
y Balda (el nombre López de Recalde, si bien es aceptado
por el sacerdote bolandista Pien, fue un craso error de un copista),
n.. En el año 1491 en el castillo de Loyola en Azpeitia,
Guipúzcoa; m. en Roma, el 31 de julio de 1556. El escudo
de armas de su familia tiene una banda vertical en el centro, o
siete figuras curvadas, de los Óñez; y en color blanco,
una olla y una cadena de color negro entre dos lobos grises rampantes,
de los Loyola. El santo fue bautizado con el nombre de Iñigo,
tomado de San Enecón (Innicus), Abad de Oña: el nombre
Ignacio lo asumió posteriormente, mientras residía
en Roma. Sobre la genealogía del santo, véase Pérez
(op. cit. posteriormente, 131); Michel (op.cit. posteriormente,
II, 383); Polanco (Chronicon, I, 51646). Para la fecha de su nacimiento
cf. Astráin, I,3 S.
I. CONVERSIÓN (1491-1521)
A temprana edad recibió la tonsura
eclesiástica, sin que se sepa el por qué y cuándo
fue relevado de las obligaciones inherentes a la misma. Fue educado
en casa de Juan Velásquez de Cuéllar, contador mayor
de Fernando e Isabel, y como miembro de su séquito, probablemente,
asistió a la corte en algunas ocasiones, pero nunca fue paje
de los Reyes Católicos. Éste fue quizás la
época de su vida de mayor dispersión y laxitud. Se
preocupaba bastante por el arreglo de su cabello y ropa, la cual
era bastante ostentosa, lo consumía el deseo de ganar gloria,
y, aparentemente, en algunas ocasiones, estuvo involucrado en algunos
secretos amoríos, para los cuales éstos jóvenes
cortesanos se creían autorizados. Cuán lejos llegó
en esta pendiente, no lo sabemos. El balance de las evidencias tiende
a mostrar que sus humildes confesiones en las que se declara un
gran pecador, no deben ser consideradas exageraciones piadosas.
Pero, no tenemos detalles, ni conocemos los hechos de manera clara.
Parece que en 1517 experimentó un cambio para bien. Velásquez
murió e Ignacio entró al ejército. En 1521
se dio el gran cambio en su vida. Mientras los franceses sitiaban
la ciudadela de Pamplona, una bala de cañón, pasando
por entre las piernas de Ignacio, le hirió malamente la izquierda
y rompió la derecha debajo de la rodilla (20 de mayo de 1521,
lunes de Pentecostés). Caído Ignacio, desalentáronse
los defensores de la fortaleza, rindiéndola al poco tiempo
al enemigo. Éste trató con toda cortesía al
herido, enviándolo en una litera a Loyola, en donde su pierna
tuvo que ser nuevamente quebrada y reacomodada, y luego se le serruchó
una protuberancia del hueso, quedándole este miembro más
corto y contrahecho que el otro, debido a un mal reacomodo del mismo.
Estos nuevos sufrimientos los soportó por propia voluntad,
sin proferir lamento alguno y con paciencia. Pero el dolor y la
debilidad que siguieron fueron tan grandes, que el paciente estuvo
en trance de muerte. Sin embargo, en la víspera de San Pedro
y San Pablo, las cosas mejoraron, pues la fiebre lo dejó.
Hasta ese momento, Ignacio había mostrado
las virtudes propias de un oficial español. Los peligros
y sufrimientos hicieron, indudablemente, mucho por purificar su
alma, pero todavía no había tomado decisión
alguna de reformar su vida y dirigirla a hacia un ideal más
elevado. Para poder distraerse durante su convalecencia, pidió
le trajeran libros de caballerías, su lectura favorita, pero
como no los hubiese en el castillo, le ofrecieron la vida de Cristo,
y un tomo de las Vidas de los santos, los cuales leyó con
el mismo espíritu cuasi-competitivo con el que leía
las hazañas de los caballeros y guerreros. "Me imaginaba
que debía competir con tal santo en ayunos, con este otro
en la paciencia, con aquel en peregrinaciones". Después de
estas lecturas, alejó su mente de las aventuras de caballería,
y de llamar la atención de bellas damas, especialmente de
una de alto linaje, cuyo nombre no conocemos. Luego, de manera repentina,
fue consciente que, mientras esos sueños lo dejaban árido
y nada satisfecho, la idea de competir con los santos lo fortalecían
y dejaban lleno de alegría y paz. Enseguida, consideró
que las primeras ideas provenían del mundo, mientras que
estas últimas, de Dios; finalmente, los pensamientos mundanos
empezaron a perder fuerza, mientras que los celestiales crecieron
de manera más clara y estimada. Una noche, estando aún
despierto, mientras ponderaba acerca de estas nuevas luces, "vio
claramente", así lo dice su autobiografía, "la imagen
de la Virgen Santísima con el Niño Jesús",
a quines vio durante un tiempo largo, sintiendo una tranquilizante
dulzura, la cual obró en su ser un cambio radical, sintió
un gran aborrecimiento por sus pecados, y lo purificó totalmente
de todo afecto deshonesto, especialmente, de la carne, pues todo
mal pensamiento o imaginación parecía le brotaba del
alma, nunca más consintiendo ni el más mínimo
pensamiento carnal. Su conversión estaba ahora completa.
Todos notaron que sólo hablaba de cosas espirituales, por
lo que su hermano mayor le pidió no tomara ninguna resolución
precipitada o extrema, la cual pudiera comprometer el honor de la
familia.
II. FORMACIÓN ESPIRITUAL
(1522-24)
Cuando Ignacio dejó Loyola, no tenía
en mente ningún plan definido para el futuro, sólo
tenía claro su deseo de querer rivalizar con todos los santos
haciendo penitencia. Su primer propósito fue el de hacer
una confesión general, en el famoso santuario de Montserrat,
donde, después de tres días de examinar su conciencia
y tomar conciencia de sus pecados, se confesó, dio a un pobre
la preciosa ropa que llevaba puesta, y se vistió una túnica
talar o saco tosco, el cual le llegaba hasta los pies. Su espada
y daga las colgó en el altar de la Santísima Virgen,
velándolas durante toda la noche. La mañana siguiente,
fiesta de la Anunciación del año 1522, después
de comulgar, abandonó el santuario sin saber ha donde ir.
Al cabo de poco, se encontró con una buena mujer, Inés
Pascual, quien le mostró una caverna cerca del cercano pueblo
de Manresa, en donde podría retirarse para dedicarse a la
oración, a la penitencia, y a la contemplación, manteniéndose
de limosnas. Pero allí, en lugar de obtener una mayor paz,
se vio asaltado por los más crueles escrúpulos. ¿Habré
confesado bien ese pecado? ¿Habré omitido alguna circunstancia?
Al propio tiempo, sintió una violenta tentación de
acabar con su vida por medio del suicidio, como un medio para acabar
con su desdicha, por lo cual hizo el propósito de no comer
ni beber nada (mientras no se pusiese en peligro su vida) hasta
que Dios no le concediese la paz deseada, pero su confesor al final
de la semana le ordenó acabara con eso. Al fin, gracias a
Dios, triunfó de todos estos obstáculos, y empezaron
a llover sobre él con gran abundancia los dones espirituales,
y las visiones. En este tiempo empezó a tomar nota de sus
experiencias espirituales, echando así los cimientos de lo
que luego fue el pequeño libro de "Los Ejercicios Espirituales".
Dios también le afligió con una grave enfermedad,
en la que sus amigos velaron por él en un hospital público;
pues muchos se sentían atraídos por él, y él
recompensaba sus amables cuidados enseñándoles a rezar
e instruyéndoles en cosas espirituales. Habiendo recuperado
la salud, y con la experiencia suficiente para guiarse en su nueva
vida, comenzó su tan querida peregrinación a Tierra
Santa. Desde el principio veía esta peregrinación
como la antesala de una vida de grandes penitencias; ahora también
la consideraba una escuela en la que podía aprender con claridad
la vida de Cristo y conformarse con perfección a ella. El
viaje tuvo tantas dificultades y pesares como Ignacio deseaba. Pues,
la pobreza, enfermedades, el clima, las fatigas, el hambre, los
peligros de naufragio y captura, prisión, los reveces, y
contradicciones eran pan de cada día; y los franciscanos
encargados de la custodia de los santos lugares le obligaron, bajo
pena de pecado, a abandonarlos. Ignacio les pidió le explicaran,
con qué derecho se ponían trabas a un peregrino como
él, y los frailes le dieron la explicación, alegando
que lo hacían para evitar los muchos problemas que ocurrían
para poder rescatar a los prisioneros cristianos, y le mostraron
unas Bulas pontificias en las que se les autorizaba para tomar aquella
medida. Sometióse Ignacio a ella sin querer ni siquiera ver
dichas Bulas, y tomó la vuelta para Barcelona, a pesar que
esto significaba cambiar completamente sus planes de vida. Llegó
a esta ciudad aproximadamente en marzo de 1524.
III. ESTUDIOS Y COMPAÑEROS
(1521-39)
Ignacio dejó Jerusalén con
una poco clara perspectiva acerca de su futuro y "preguntándose
a sí mismo, mientras iba de camino, quid agendium" (Autobiografía,
50). Finalmente, determinó emprender los estudios, a fin
de hacerse más apto para ayudar a otros. A los estudios les
dedicó once años, es decir, más de una tercera
parte de lo que le quedaba de vida. En Barcelona, estudió
con los muchachos de la escuela, y en 1526, había ya hecho
los progresos necesarios para empezar a cursar filosofía,
para lo cual partió a la Universidad de Alcalá. Pero
aquí, tuvo varios problemas, los cuales describiremos posteriormente,
y, a finales de 1527, ingresó a la Universidad de Salamanca,
en donde sus problemas continuaron, dirigiéndose por ello
a París (junio de 1528), en cuya universidad, con gran disposición,
repitió el curso de artes, obteniendo el grado de Magister
artium el 14 de marzo de 1535. Entretanto, había dado
comienzo al estudio de la teología, licenciándose
en 1534; el doctorado nunca lo siguió, pues su salud lo obligó
a abandonar París en marzo de 1535. Si bien Ignacio, a pesar
de sus esfuerzos, no adquirió una gran erudición,
adquirió durante esta época, muchas ventajas prácticas.
Luego, para poder hablar con conocimiento e información debida
al sostener sus ideas ante los eruditos, y poder controlar a otros
más sabios que él, fue que se convirtió en
un especialista en educación, aprendiendo por experiencia,
como la vida de oración y las penitencias podían combinarse
con la enseñanza y el estudio, una adquisición inestimable
para el futuro fundador de la Compañía de Jesús.
Los trabajos que Ignacio hizo en beneficio de otros, le trajeron
muchos problemas. En Barcelona fue golpeado hasta quedar sin sentido,
y su compañero hasta morir, por causa de fuerte cambio de
palabras por la negativa a permitirles el ingreso a un convento
que él había reformado. En Alcalá, Figueroa,
un imprudente inquisidor, lo atormentó constantemente, y,
en una ocasión, actuando de forma individual, lo encarceló
durante dos meses. Esto lo llevó a marcharse hacia Salamanca,
en donde le fue peor todavía, pues fue encerrado en la prisión
pública, siendo encadenado al pie de su compañero
Calixto, pero, esta indignidad, sólo sacó a Ignacio
estas palabras, "no existen suficientes grilletes ni cadenas en
Salamanca como las que desearía por amor a Dios".
En París sus dificultades fueron bastante
variadas -pobreza, peste, obras de caridad, un castigo universitario,
en el que, según un relato, fue sentenciado por el Dc. Govea,
el rector del Collège Ste-Barbe, a ser azotado públicamente,
pero, al explicar su conducta, el rector le pidió perdón
públicamente. En una ocasión fue cuestionado por los
inquisidores, y, luego que Ignacio pidió una rápida
solución, el Inquisidor Ori le dijo que los procedimientos
quedaban suprimidos. Notamos que hubo cierta progresión en
la forma en que Ignacio trató las imputaciones en su contra.
La primera vez dejó que cesaran sin intervenir para nada.
La segunda, le objetó a Figueroa, buscando así terminar
con el asunto. La tercera, después de que la sentencia fue
pronunciada, apeló al Arzobispo de Toledo sobre algunas de
sus cláusulas. Finalmente, sin esperar la sentencia, fue
al juez pidiéndole un juicio, tomando en el futuro, esta
como práctica habitual para exigir una sentencia, siempre
y cuando estuviera en duda su ortodoxia. (Las actas de los procedimientos
legales de Ignacio en Azpeitia, 1515; Alcalá, 1526, 1527;
Venecia, 1537; Roma, 1538, se encuentran en "Scripta de S. Ignatio",
pp. 580-620.) En esta época, Ignacio por tercera vez reunió
en torno a sí un grupo de compañeros. Sus primeros
seguidores en España habían perseverado durante un
tiempo, incluso en medio de la gran prueba del encarcelamiento,
pero en lugar de seguir a Ignacio a París, tal como decían
lo harían, lo abandonaron. En París, su primer compañero
tampoco perseveró por mucho tiempo, pero esta tercera vez,
ninguno lo abandonó. Ellos eran (San) Pedro Fabro (q.v.),
saboyano; (San) Francisco Javier (q.v.), navarro; Diego Laínez,
Alonso Salmerón, y Nicolás Bobadilla, castellanos;
Simón Rodrigues, portugués. Luego se les juntaron
otros tres, Claudio Le Jay (Jayo), saboyano; Jean (Juan) Codure
y Paschase Broët (Pascasio Broet), franceses. Podemos ver como
Ignacio fue progresando en la formación de sus compañeros.
A todos estos inicio Ignacio en la perfección cristiana,
ejercitándoles en la oración, el ayuno, ir descalzos,
etc., a las que el santo estaba habituado. Pero, si bien esta disciplina
había prosperado en un lugar rural como Manresa, había
sido duramente criticado en la Universidad de Alcalá. En
París, asumió la ropa y los hábitos de los
grandes pueblos; los ayunos, etc., fueron reducidos; intensificándose,
en cambio, los estudios, los ejercicios espirituales, y las limosnas
fueron consolidadas.
El único vínculo que por aquel
entonces unía a los seguidores de Ignacio, aparte de la devoción
a él, era el propósito de partir a Tierra Santa y
hacer allí una vida tan parecida como fuese posible a la
que había hecho Cristo. El 15 de agosto de 1534, en Montmartre
(probablemente cerca de la actual Chapelle de Saint-Denys, Rue Antoinette),
hicieron todos ellos voto de pobreza y castidad, y un tercer voto
de marchar a Tierra Santa al cabo de dos años, una vez terminados
los estudios. A los seis meses Ignacio, debido a su quebrantada
salud, hubo de regresar a su país natal, y después
de restablecido, partió a Bolonia, donde su falta de salud
le impidió continuar sus estudios, dedicándose, en
cambio, a realizar obras de caridad hasta que sus compañeros
pasaron de París a Venecia (6 de enero de 1537), con intento
de embarcar para Tierra Santa. Viendo que era imposible a causa
de la guerra con los turcos, decidieron aguardar un año para
cumplir su voto, y si dentro de ese plazo no podían realizarlo,
se pondrían a disposición del Papa. A mediados de
la Cuaresma de dicho año, Fabro y algunos otros fueron a
Roma, y consiguió la licencia para que todos recibieran las
sagradas órdenes. Fueron finalmente consagrados como sacerdotes
el día de San Juan Bautista. Pero Ignacio se preparó
durante dieciocho meses para decir su primera misa.
IV. LA FUNDACIÓN DE
LA COMPAÑÍA
Más o menos por el invierno de 1537,
al concluir el año de espera, llegó el momento de
ofrecer sus servicios al Papa. Mientras Ignacio, acompañado
de Fabro y Laínez fueron a Roma, los otros se dirigieron
en parejas a los pueblos universitarios cercanos. En La Storta,
unos kilómetros antes de llegar a la ciudad, tuvo Ignacio
una notable visión. Le pareció ver al Eterno Padre
acompañado de Su Hijo, quien le dijo: Ego vobis Romae
propitius ero. Muchos pensaron que esta promesa se refería
simplemente al éxito posterior de la orden. La interpretación
que le dio Ignacio es muy propia: "No sé si seremos crucificados
en Roma; pero sí sé que Jesús nos será
propicio". Antes de este hecho, o poco después, Ignacio sugirió
que el nombre de su hermandad fuese "La Compañía de
Jesús". La palabra compañía fue tomada en su
sentido militar, y, por esos días, las compañías,
generalmente, recibían el nombre de su capitán. En
la Bula latina, sin embargo, se les llamó "Societas Jesu".
La primera vez que se les llamó jesuitas fue en 1544,
como un reproche usado por sus adversarios. En el siglo quince,
se acostumbraba hablar con desdén de los grupos que tomaban
el Santo Nombre. En 1522 aún era considerado como un desdén,
pero antes de que pasase mucho tiempo, los amigos de la Compañía
consideraron que podían utilizar ese nombre sin parecerles
desdeñoso, y, aunque nunca fue usado por Ignacio, fue rápidamente
adoptado (Polen, "The Month", Junio de 1909). Luego de que Pablo
III acogiera a los padres favorablemente, se juntaron todos en Roma
con el objeto de trabajar a la vista del Papa. En esta difícil
época, una activa campaña de calumnias fue comenzada
por Fra Matteo Mainardi (quién en el futuro murió
siendo un hereje), y por un tal Miguel, a quien se le había
negado la admisión en la orden. No fue hasta el 18 de noviembre
de 1538, que Ignacio obtuvo del gobernador de Roma una sentencia
honorable, la cual falló en su favor. El pensamiento de los
miembros de la Compañía estaba, como es comprensible,
ocupado pensando en una fórmula futura sobre el estilo de
vida que querían llevar, para someterla al Papa; y, en marzo
de 1539, empezaron a reunirse por las tardes para resolver este
asunto.
Hasta ahora, viviendo sin superior, regla
o tradición, habían prosperado mucho. ¿Por qué
no continuar tal como habían empezado? La respuesta obvia
era que sin nada que los ligara, y sin casas que estuviesen dedicadas
a la formación de los postulantes, estarían condenados
a desaparecer cuando muriesen los actuales miembros, pues el Papa
ya deseaba poder enviarlos como misioneros a distintos lugares.
Este punto se solucionó pronto, pero, cuando se vio la cuestión
acerca de sí debían agregar el voto de obediencia
a los votos ya realizados, si formaban una orden religiosa, o permanecían
como estaban, es decir, como una congregación de sacerdotes
seculares, las opiniones difirieron mucho y seriamente. No sólo
les había ido bastante bien sin reglas estrictas, pero (para
mencionar sólo un obstáculo, el cual no se superó
sin grandes dificultades), existía el peligro, si es que
ellos decidían ser una orden, que el Papa los obligase a
adoptar una regla existente, lo que significaría el final
de todas sus nuevas ideas. El debate sobre este punto continuó
durante varias semanas, decidiéndose, con aprobación
de todos, en favor de una vida bajo obediencia. Después de
este punto, los progresos fueron más rápidos, y, para
el 24 de junio, ya se habían tomado dieciséis resoluciones,
cubriendo los puntos más importantes sobre el futuro instituto.
Ignacio, luego redactó, en cinco secciones, la primera "Fórmula
Instituti", la cual sometió al Papa, siendo aprobado de viva
voz, el 3 de septiembre de 1539, pero, el cardenal Guidiccioni,
encargado de la comisión que debía informar sobre
la "Fórmula", pensaba que no debía de aprobarse ninguna
orden nueva, por lo que la posibilidad de aprobación parecía
estar muy lejos. Ignacio y sus compañeros, sin desalentarse,
acordaron ofrecer 4000 Misas para obtener la aprobación,
y, después de un tiempo, el Cardenal de manera inesperada,
cambió de idea, aceptando la "Fórmula", siendo emitida
la Bula aprobatoria "Regimini militantis Ecclesiae" (27 de septiembre
de 1540), pero, con una cláusula que decía que sus
miembros no debían exceder de sesenta (la cual fue abrogada
después de dos años). En abril de 1541 Ignacio fue
elegido, a su pesar, primer general, y el 22 de abril, él
y sus compañeros hicieron su profesión en San Pablo
Extra Muros. La Compañía estaba ahora formalmente
constituida.
V. EL LIBRO DE LOS EJERCICIOS
ESPIRITUALES
Este trabajo tiene su origen en las experiencias
de Ignacio mientras estuvo en Loyola, en 1521, y probablemente,
las principales meditaciones fueron delineadas durante su vida en
Manresa, en 1522, finalizando este periodo, él empezó
a enseñarlo a otros. En el proceso de 1527, en Salamanca,
se habla del libro por primera vez, llamándolo el "Libro
de Ejercicios". El texto existente más temprano es del año
1541. Por pedido de San Francisco de Borja, el libro fue examinado
por los censores pontificios, siendo aprobado solemnemente por Pablo
III, en el Breve "Pastoralis Officii" de 1548. "Los Ejercicios Espirituales"
son un libro escrito de en estilo conciso y en forma de manual para
el sacerdote encargado de explicarlos, por lo demás, es prácticamente
imposible describir estos ejercicios sin practicarlos, como lo fuera
pretender explicar las ordenes de navegación de Nelson a
un hombre que no conoce nada de barcos o del mar. El propósito
de esta obra es ayudar a que el retirante conozca lo que Dios quiere
de él, y darle la fuerza y valor necesarios para decidirse
generosamente a ejecutarlo. El retirante, (bajo circunstancias ideales),
es guiado a través de cuatro semanas de meditaciones: la
primera semana sobre el pecado y sus consecuencias, la segunda en
la vida de Cristo en la tierra, la tercera en su Pasión,
la cuarta en Su vida después de la Resurrección; y
algunas instrucciones (llamadas "reglas", "sumas", "notas") han
sido añadidas para enseñarle cómo orar, cómo
evitar los escrúpulos, cómo elegir una vocación
sin ser influido por el amor propio, o por el amor al mundo. Si
se hacen en su totalidad, deben hacerse, según la idea de
Ignacio, sólo en una o dos ocasiones; pero si se hacen parcialmente
(entre tres o cuatro días) pueden hacerse anualmente, y hoy
en día son llamados normalmente "retiro", por el aislamiento
o alejamiento del mundo que el retirante experimenta esos días.
Las partes más populares son predicadas en las iglesias y
se conocen con el nombre de "misiones". La gran sabiduría
espiritual contenida en el "Libro de Ejercicios" es en verdad asombrosa,
y se cree que su autor fue inspirado mientras los escribía.
(Véase también la siguiente sección). Sommervogel
enumera 292 escritores, sólo entre los jesuitas, que han
realizado comentarios al libro es su totalidad, sin mencionar a
otros que han comentado solo partes (por ejemplo las meditaciones),
que son por lejos, incluso más numerosas. Pero, el mejor
testimonio de esta obra, la tenemos en la cantidad de personas que
han realizado los ejercicios. En Inglaterra (únicas estadísticas
que da el escritor) las personas educadas que hacen el retiro anualmente
son aproximadamente 22,000, mientras que el número de asistentes
a las exposiciones populares de los Ejercicios, es decir, las "misiones",
es de aproximadamente 27 mil, esto de una población católica
de 2 millones.
VI. LAS CONSTITUCIONES DE
LA SOCIEDAD
A Ignacio se le encargó en 1541, redactara
las constituciones, pero no lo hizo hasta 1547, habiendo dedicado
ese tiempo en introducir algunas costumbres a manera de prueba,
las cuales con el tiempo, se convirtieron en leyes. En 1547, el
padre Polanco empezó a ejercer como su secretario, y con
su ayuda inteligente, el primer proyecto de las constituciones fue
terminado entre los años 1547 y 1550, y a su vez, se pidió
la aprobación pontificia de una nueva edición de la
"Fórmula". Julio III la concedió por medio de la Bula
"Exposcit debitum", el 21 de julio de 1550. Al mismo tiempo, un
gran número de los padres más antiguos se congregó
para leer el primer proyecto de las constituciones, y aunque ninguno
de ellos hizo ninguna objeción importante, la siguiente versión
de Ignacio (1552) muestra una regular cantidad de cambios. Esta
versión revisada fue publicada, entrando en vigencia para
todos los miembros de la Compañía, añadiéndole
además una que otra explicación para evitar posibles
dificultades. El santo continuó retocando las constituciones
hasta el momento de su muerte, después de la cual, la primera
Asamblea General de la Compañía pidió que fueran
impresos, y desde ese momento, nunca se les ha cambiado nada. La
mejor manera de valorar las constituciones de la Compañía
es estudiarlos tal como ellos son practicados por los jesuitas,
y para esto, nos podemos referir a los artículos sobre la
COMPAÑÍA DE JESÚS. Algunas cosas que estableció
Ignacio en su instituto, difieren de las órdenes más
antiguas. Como por ejemplo en:
- el voto de no aceptar dignidades
eclesiásticas;
- un mayor periodo de formación.
El noviciado se prolongó de un año a dos, con un tercer
año que normalmente se hacía después de ser
ordenado sacerdote. Los candidatos al principio sólo realizan
los votos simples, los votos solemnes los hacen bastante tiempo
después;
- la Compañía
no guarda el coro;
- no usan un hábito
religioso distintivo;
- no acepta la dirección
de conventos;
- no es gobernada por un capítulo
trienal regular;
- se dice también que
ha sido la primera orden en emprender oficialmente y en virtud
de sus constituciones los siguientes trabajos:
-
misiones en el extranjero,
a donde el Papa se los pidiera;
-
la educación de
la juventud de todas las clases;
-
la instrucción
de los pobres e ignorantes;
-
ejercer su ministerio
con los enfermos, prisioneros, etc.
Los puntos arriba mencionados
no nos dan una idea de la originalidad con que Ignacio se ocupó
de todo lo concerniente a este asunto, incluso a los puntos comunes
a todos las órdenes. Es obvio que debió haber adquirido
algún tipo de conocimiento de otras constituciones religiosas,
sobre todo durante los años en que estuvo probando (1541-1547),
pues tuvo intimidad con religiosos de otras órdenes. Pero,
los testigos que lo ayudaron, nos dicen que las escribió sin
tener otro libro frente a sí que el Misal. Si bien sus constituciones,
como es lógico, incluyen términos específicos
encontrados en otras reglas, y frases comunes como "las obras del
hombre viejo", y "el cadáver es llevado a todos sitios", el
pensamiento es totalmente original, y parece que Dios lo guió
en todo el proceso. Gracias a una feliz casualidad, poseemos su diario
de oraciones durante los cuarenta días que reflexionó
sobre el punto de la pobreza en las iglesias. Este nos muestra, que
cuando debía decidir sobre algún asunto, recibía
iluminación celestial, inteligencia y visiones. Si es que,
como ciertamente podemos concluir, para realizar esta obra recibió
ayuda de la gracia, no podemos dudar que es una obra inspirada por
Dios. Podemos llegar a la misma conclusión acerca de "Los Ejercicios
Espirituales".
VII. ÚLTIMOS AÑOS
Y TRÁNSITO
Los últimos años
de la vida de Ignacio estuvieron consagrados en parte al retiro y
oración, absorbiéndole la correspondencia, que necesariamente
había de llevar en el gobierno de la Compañía,
el resto del tiempo que él hubiera con gusto empleado en el
ministerio apostólico. En esto su salud empezó a flaquear.
En 1551, con ocasión de congregarse los Padres más antiguos
con objeto de revisar las Constituciones, puso en sus manos su dimisión
al generalato, pero a ello se opusieron sus compañeros, incluso
cuando el santo les rogó lo hicieran. En 1554 el padre Nadal
fue nombrado vicario-general, pero fue muchas veces necesario enviarlo
al extranjero para que actuara como su representante, y, al final,
Ignacio, con la ayuda del padre Polanco, continuó dirigiéndolo
todo. Tuvo que separase rápidamente de sus primeros compañeros.
Rodrigues fue el primero, partiendo el 5 de marzo de 1540 hacia Lisboa,
en donde fundó la provincia portuguesa, de la que fue nombrado
provincial el 10 de octubre de 1546. San Francis Javier (q.v.) partió
poco tiempo después de Rodrigues, y fue provincial de la India
en 1549. En septiembre de 1541, Salmerón y Bröet empezaron
su peligrosa misión en Irlanda, a donde llegaron (vía
Escocia) en la Cuaresma. Pero en Irlanda, que era víctima de
grandes violencias por parte de Enrique VIII, estos celosos misioneros
no tuvieron campo libre para ejercer los ministerios apropiados de
su instituto. Toda la Cuaresma la pasaron en Ulster, huyendo de los
perseguidores y realizando en secreto todo el bien que podían.
Con gran dificultad llegaron a Escocia, y finalmente a Roma en diciembre
de 1542. La fundación de la Compañía en Alemania,
en 1542, está relacionada con los nombres San Pedro Fabro (q.v.),
el Beato Pedro Canisio (q.v.), Le Jay (Jayo), y Bobadilla. En 1546
Laínez y Salmerón fueron nombrados teólogos pontificios
para el Concilio de Trento, en el que Canisio, Le Jay (Jayo) y Covillon
también participaron. En 1553 fue nombrado Patriarca de Abisinia
el pintoresco Núñez Barretto, pero no realizó
una muy exitosa misión. Para todas estas misiones, Ignacio
escribió instrucciones específicas, muchas de las cuales
aún existen. En sus cartas, animaba y exhortaba a sus enviados,
y los informes que recibía de ellos son nuestra principal fuente
para conocer los logros misioneros alcanzados. Si bien vivió
exclusivamente en Roma, era él quién, en efecto, animaba,
dirigía, y alentaba a todos sus súbditos repartidos
por todo el mundo.
Probablemente, las das tribulaciones
más importantes que sufrió por este tiempo Ignacio,
fueron, sin duda, el asunto de Isabel Roser, y el de Simón
Rodrigues. La señora Roser, que había sido la primera
protectora de Ignacio en sus comienzos de vida religiosa en España,
pasó luego a Roma con intento de hacer voto de obediencia a
Ignacio, y se unió a dos o tres mujeres más. Pero pronto,
comprendió Ignacio que las pretensiones de tiempo que ellas
demandaban, le eran imposibles. Se dice que dijo, "Me causan más
problemas, que toda la Compañía", y le pidió
al Papa lo liberara del voto que había aceptado. Roser empezó
un juicio, el cual perdió, luego de lo cual Ignacio, prohibió
a sus hijos ser directores ex officio de conventos de monjas
(Scripta de S. Igntio, el pp. 652-5). Más serio y doloroso,
especialmente para un hombre tan fiel como Ignacio, fue el incidente
que ocasionó Rodrigues, uno de sus primeros compañeros.
Este había fundado la provincia de Portugal y llevádola
a un alto grado de florecimiento y prosperidad en poco tiempo. Pero
sus procedimientos no fueron del agrado de Ignacio, y, cuando nuevos
hombres de Ignacio, los cuales él mismo había formado,
iban a Portugal, las diferencias saltaban al instante. Como resultado,
Ignacio tuvo que intervenir, pero, Rodrigues, desgraciadamente, tomó
partido en contra de los enviados de Ignacio. Las consecuencias de
estos problemas, en esta provincia recién formada, fueron desastrosas.
Casi la mitad de sus miembros tuvieron que ser expulsados, antes de
que la paz fuera restablecida, pero Ignacio no dudó en hacerlo.
Rodrigues, que había sido llamado a Roma, y con el nuevo provincial
con autoridad para expulsarlo si se negaba a hacerlo, exigió
un juicio formal, algo que Ignacio, previendo los resultados, intentó
prevenir. Pero, debido a la insistencia de Simón, se le concedió
un juicio formal, cuyos procedimientos están impresos, el cual
condenó a Rodrigues, por unanimidad, a penitencia y destierro
de la provincia (Scripta etc., pp. 666-707). De todos sus trabajos
en Roma, los que realizó con mayor cariño, según
se ve por su correspondencia, fueron la fundación del Colegio
Romano (1551), y del Colegio Alemán (1552), habiendo hecho
para las mismas, y hasta el momento de su muerte, toda clase de sacrificios.
El éxito de la primera se aseguró gracias a la generosidad
de San Francisco de Borja, antes de que ingresara a la Compañía.
La fundación de la última, atravesaba aún un
periodo de luchas y dificultades al morir Ignacio; pero la viabilidad
y utilidad del plan que había concebido.
Por el verano de 1556, el santo
sufrió un ataque de fiebre romana. Sus doctores no previeron
ninguna consecuencia seria, pero el santo sí lo hizo. El 30
de julio de 1556, pidió los últimos sacramentos y la
bendición de Su Santidad, a pesar de decir los facultativos
que el peligro de muerte no era inminente. A la mañana siguiente
su enfermero le halló tendido en cama, entretenido en pacífica
oración, por lo cual no se dio cuenta de que el santo estaba
expirando. Cuando se dio cuenta de su estado de salud, le fue dada
la última bendición, pero el tránsito le llegó
antes de recibir los sagrados olios. Ignacio, quizá, le había
pedido a Dios que su muerte, así como su vida, sucediera sin
ningún tipo de manifestaciones. Fue beatificado por Pablo V,
el 27 de julio de 1609, y canonizado por Gregorio XV, el 22 de mayo
de 1622. Su cuerpo se encuentra debajo del altar, diseñado
por Pozzi, del templo de Gesù. Aunque murió al cabo
de solo dieciséis años de fundada la Compañía,
esta contaba ya unos 1000 miembros (de los cuales sólo 35 habían
profesado) y 100 casas religiosas distribuidas en 10 provincias. (Sacchini,
op.cit. infra., lib.1, cc,i, nn. 1-20). Para conocer su importancia
dentro de la historia, véase CONTRA-REFORMA. Es imposible describir,
dentro de los estrechos límites de una sencilla biografía,
el grande y complejo carácter de Ignacio: una gran firmeza
y decisión reguladas por la razón y el deber, un valor
a toda prueba, una gran constancia, la sencillez informada por la
prudencia, la humildad y el amor al prójimo. La concepción
protestante y jansenista, que hace de él un hombre insaciable,
inquieto y pragmatista, no guarda relación alguna con la apacibilidad
y activa, pero suave firmeza, que caracterizaron al hombre en la vida
real. Que fue una persona intensamente disciplinada, no hay lugar
a dudarlo, y esta cualidad le era indispensable, tratándose
de una institución joven y que crecía con gran pujanza;
pero aunque tenía gran fe en la disciplina como factor educativo,
subordinaba los motivos encaminados a la acción, al puro amor
a Dios y del prójimo. Además, en aquella época,
se amaban las virtudes fuertes. Estudiando a Ignacio como gobernante,
fue que Javier comprendió e hizo propio el principio de que
la Compañía de Jesús se había de llamar
"la Compañía del amor y de la conformidad de las almas".
(Ep., 12 ene., 1519).
J. H. POLEN
Transcrito por Marie Jutras
Traducido por Bartolomé Santos
The
Catholic Encyclopedia, Volume I
Copyright © 1907 by Robert Appleton Company
Online Edition Copyright © 1999 by Kevin Knight
Enciclopedia Católica Copyright © ACI-PRENSA
Nihil Obstat, March 1, 1907. Remy Lafort, S.T.D., Censor Imprimatur
+John Cardinal Farley, Archbishop of New York
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