La noción de heroicidad se deriva de heroe, originalmente un guerrero,
un semidios; tiene la connotación de un grado de valentía, fama
y distinción que coloca a un hombre por encima de sus compañeros.
San Agustín fue el primero que aplicó el título pagano
de heroes a los mártires cristianos. Desde allí la costumbre ha
prevalecido en tal denominación no sólo para los mártires,
sino para todos aquellos cuyas virtudes y grandes trabajos sobresalen respecto
a los logros de gente ordinaria y buena.
Benedicto XIV, cuyos capítulos sobre las virtudes heróicas son
clásicos, describe la heroicidad en los siguientes términos: “con
tal de ser un cristiano con virtudes heróicas, se deben desempeñar
acciones virtuosas con extraordinaria prontitud, facilidad, y placer, con motivos
supranaturales y sin razonamientos humanos, con auto-abnegación y pleno
control de la inclinaciones naturales”. Una virtud heróica es por
tanto, un hábito de buena conducta que llega a ser como una segunda naturaleza,
un nuevo motivo poderoso, más fuerte que todas las inclinaciones originales,
capaz de rendir fácilmente una serie de actos, cada uno de los cuales,
para el hombre ordinario, hubiesen significado dificultades insuperables.
Tal grado de virtud pertenece solamente a almas que ya se ha purificado de
los apegos a cosas de este mundo, y sólidamente se han anclado en el
amor de Dios. Santo Tomás (I-II: 61:4) dice: la virtud consiste en el
seguir o imitar de Dios. Cada virtud, como toda otra cosa, tiene su tipo (ejemplar)
en Dios. Por tanto la mente Divina en si misma es el prototipo de prudencia;
Dios utilizando todas las cosas para administrar su Gloria es el tipo de templanza
o temperanza, por el cual el hombre sujeta sus bajos apetitos a la razón;
la justicia es tipificada por la aplicación de la ley eterna de todos
sus trabajos; la Divina inmutación es el prototipo de la fortaleza. Y,
debido a que está en la naturaleza del hombre vivir en sociedad, las
cuatro virtudes cardinales son sociales (politicae) en la medida de que mediante
ellas, el hombre ordena su conducta en la vida diaria.
No obstante, el hombre debe levantarse a si mismo más allá de
su vida natural hacia la vida Divina: “Sean perfectos como mi Padre que
está en los cielos” (Mateo, v, 48). Es necesario entonces tener
ciertas virtudes en medio de las virtudes sociales que son humanas, y las virtudes
ejemplares, que son divinas. Estas virtudes intermedias son de dos grados de
perfección: las menores en el alma las que luchan por elevarse de la
vida de pecado hacia la semejanza de Dios –estas son las virtudes purificatorias
(virtutes purgatoriae); las mayores están en el alma que ya se ha ubicado
en la semejanza de Dios –estas son las virtudes de las almas purificadas
(virtutes jam purgati animi).
En menor grado, la prudencia, movida por la contemplación de las cosas
Divinas, deja todas las cosas terrenales y se orienta al pensamiento del alma
sólo para Dios; la temperanza o templanza abandona, en tanto lo permite
la naturaleza, las cosas que son requeridas por las necesidades corporales;
la fortaleza quita el temor de abandonar esta vida y se enfrenta la vida del
más allá; la justicia aprueba las disposicones antes mencionadas.
En los altos grados de perfección de las almas que ya están
purificadas y firmemente unidas a Dios, la prudencia no conoce otra cosa que
su pertenencia a Dios; la temperanza ignora los deseos terrenos; la fortaleza
no conoce pasiones; la justicia se encuentra dentro de la mente Divina en un
contacto permanente, para hacer las cosas de manera consecuente. Este grado
de perfección pertenece a los santificados en el cielo o a unos pocos
que tienen una vida fundamentalmente perfecta.
Estos pocos perfeccionistas son los heroes de la virtud, los candidatos para
los honores del altar, los santos de la tierra. Conjuntamente con las cuatro
virtudes cardinales, el santo cristiano debe tener las tres virtudes teológicas,
especialmente con el amor Divino (caridad); la virtud que nos informa, nos bautiza
y nos consagra en todas las demás virtudes; de esa maner se tiene la
asociación y unificación para participar en la vida Divina. Se
requieren de evidencias como “pruebas de heroicidad” en el proceso
de beatificación lo que sirve para ilustrar en detalle los principios
generales que se han expuesto.
Así como el amor está en la culminación de todas las
virtudes, la fe está en los aspectos fundacionales. Es por la fe que
Dios es aprehendido, y el alma levantada a la vida supranatural. La fe es el
secreto de la consciencia; para el mundo, se manifiesta en las buenas obras
en las cuales se vive, “la fe sin obras es fe muerta” (Santiago,
ii, 26). Tales obras son la profesión externa de la fe, la estricta observancia
de los Divinos Mandamientos, la oración, la devoción filial a
la iglesia, el temor de Dios, el horror del pecado, la penitencia por los pecados
cometidos, la paciencia en la adversidad, etc.
Todos estos o algunos de ellos están unidos al heroismo cuando son
practicados con perseverancia, durante un largo período de tiempo, o
bajo circunstancias en las cuales la perfección del hombre ordinario
le hubiese prevenido de actuar. Los mártires muriendo en los tormentos
por su fe, los misioneros dedicando sus vidas en la propagación de la
misma, y los pobres con su paciencia infinita teniendola en sus míseras
vidas a fin de hacer la voluntad de Dios y de cosechar los frutos posteriormente;
todos ellos son heroes de la fe.
La esperanza es la confianza firme en la voluntad de Dios en tanto nos da
vida eterna y todos los medios necesarios para obtenerla. Se obtiene heroicidad
cuando la esperanza se mantiene inamovible en la seguridad de la ayuda de Dios
a través de los eventos de la vida, cuando se pueden sacrificar todos
los bienes en función de la felicidad prometida en los cielos. Tal grado
de esperanza tiene sus raíces en un grado de fe igualmente perfecto.
Abraham, el modelo del hombre fiel, es también el modelo de quien tiene
esperanza “quien contra toda esperanza, aún cree en el esperanza...
y quien no fue débil en la fe; quien tampoco consideró su propio
cuerpo muerto... ni el vientre muerto de Sara”. (Rom. iv, 18-22).
El amor inclina al hombre al amor a Dios sobre todas las cosas con amor de
amistad. El amigo perfecto de Dios, dice con San Pablo: “Con Cristo soy
clavado en la cruz. Y no soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí”
(Gal., ii, 19-20). Porque amor significa unión. Es el tipo de unión
celestial que une a la Divina Trinidad; el alcanzar el más alto grado
en la creación de Dios, es la visión beatífica, es la participación
en la vida de Dios.
En la tierra es la fructífera madre de la santidad, la única
cosa necesaria, la única posesión autosuficiente. Se establece
en I de Corintios, xiii, y en el Evangelio de San Juan y las Epístolas;
el amado discípulo y el feroz misionero de la cruz son los mejores intérpretes
del misterio del amor revelado a ellos en el Corazón de Jesús.
Con el mandamiento del amor a Dios sobre todas las cosas, Jesús indicó
uno más: “y el segundo es parecido al primero: ama a tu prójimo
como a ti mismo. No hay otro mandamiento superior a estos” (Marcos, xii,
31).
La relación entre ambos mandamientos se basa en esto: que en nuestro
semejante, amamos la imagen, la representación de Dios, sus hijos adoptivos
y quienes son de su Reino. Por tanto, al servir a nuestro prójimo, servimos
a Dios. Y los trabajos de misericordia espiritual y temporal llevados a cabo
en este mundo, decidirán nuestro destino en el próximo: “Venid
los benditos por mi Padre, que de ellos es el Reino... porque estuve hambriento
y me diste de comer... Asi te digo que lo hicisteis a uno de estos pequeños,
lo hacías a mí”. (Mateo, xxv, 34-40).
Por esta razón, los trabajos del amor heróico en alto grado,
desde el principio hasta la actualidad, constituyen una marca distintiva de
la Iglesia Católica, el compromiso de la santidad en incontables números
de sus hijos e hijas.
La prudencia nos permite que es lo que se debe desear y que no, obtiene heroicidad
cuando coincide con el “regalo del consejo”, dentro de una perspectiva
de lo que en la orientación divina es una conducta correcta e incorrecta.
Los bollandistas dicen de San Pancrasio Radbert: “Fue tan grande su prudencia
que un manantial de prudencia parecía brotar de su mente. Se mantenía
allí el pasado, presente y futuro y fue capaz de decir, por el consejo
de Dios, que se debía hacer en cada caso” (2 January, c. v, n.16).
La justicia, la que da a cada uno su deber, es el pivote alrededor del cual
gravitan las virtudes religiosas de la piedad, obediencia, gratitud, veracidad,
amistad y muchas más. Actos de justicia los encontramos en Jesús
sacrificando su vida como fue su deber, y en Abraham dispuesto a sacrificar
a su propio hijo en acto de obediencia a la voluntad de Dios.
La fortaleza, la que nos urge a mantenernos firmes en momentos difíciles
en nuestro sendero del deber, es en si misma un elemento heróico en la
práctica de la virtud. Ella alcanza su pináculo cuando llega a
sobrepasar obstáculos que hubiesen sido insuperables para la virtud ordinaria.
La temperanza o templanza nos mantiene alejados de las pasiones, cuando estas
últimas nos inclinan a actuar incorrectamente, se origina el compromiso,
la modestia, la abstinencia, castidad, sobriedad, y otras virtudes. Ejemplos
de templanza heróica se tienen en San José y San Juan el Bautista.
Debe notarse que cada acto de virtud derivados de los principios Divinos tienen
en nosotros elementos de todas las virtudes; sólo el acto de análisis
mental, ve el mismo acto desde varios aspectos.
BENEDICT XIV, De servorum Dei beatificatione et beatorum canonizatione,
chs. xxxi-xxxviii, in Opera omnia, III (Prato, 1840); DEVINE, Manual of
Mystical Theology (Londres, 1903); SLATER, A Manual of Moral Theology
(Londres, 1908); WILHELM AND SCANNELL, Manual of Catholic Theology (Londres,
1906).
J. WILHELM
Transcripción de Robert B. Olson
Traducción al castellano de Giovanni E. Reyes
Ofrecido a Dios Omnipotente por mi amada esposa Susan K. Olson