El
nombre oficial en francés es "République Française". Es el quinto en tamaño (normalmente considerado
el cuarto) entre los más grandeds paises de Europa y de uno de los mas
antiguos y, cultural e historicamente, una de las mas importantes naciones de
Europa y, desde luego, de toda la civilizacion occidental.
I.
Geografia Descriptiva
II.
Estadisticas
A.
Estadísticas Vitales
B.
Indicadores Sociales
C.
Calidad de Vida del trabajador
D.
Acceso a Servicios
E.
Participacion Social
F.
Desviación Social
G.
Economía Nacional
H. Comercio Exterior
I.
Transporte
J.
Educación y Salud
K. Ejército
III.
Historia de la Tercera República
IV.
La Tercera República
V.
Francia Misionera del Siglo XIX
VI.
Francia en Roma
VII.
Divisiones Eclesiásticas
VIII.
La Tercera República y la Iglesia en Francia
IX.
Leyes Concernientes a las Congregaciones
X.
La Laicización de la Educación Primaria
A.
Sobre el Tema de la Educación
B.
Laicización
del Personal Docente
XI.
Educación Primaria Confesional
XII.
Educación Secundaria Confesional
XIII.
Educación Superior Confesional
XIV.
Leyes concernientes a las Aplicaciones y Efectos de la Religión
en la Vida Civil
A.
El Descanso Dominical
B.
Juramentos
C. Inmunidades
D.
Matrimonio
E.
Entierros y Cementerios
XV.
Ley de Separación
XVI.
Reglamento civil del Culto Público
A.
Reglas Relacionadas con las Ceremonias Religiosas
B. Represión
de la Interferencia ton el Culto Religioso
XVII.
Ley de Separación de Protestantes y Judios
XVIII.
Capellanías
XIX.
Grupos políticos, la Prensa, y Organizaciones Intelectuales
y Sociales
XX.
La Iglesia en Francia Durante los Primeros Tres años después de la Ley de
Separación
I.
GEOGRAFIA DESCRIPTIVALa ciudad más grande de Francia
es París (La capital). La
superficie total de Francia metropolitana y la isla de Córcega es de 543 965 km²;
posee 3 140 kilómetros de litorales continentales (1.130 km en la costa norte,
- canal de la Mancha y mar del Norte -, con puertos como El Havre y Cherburgo.
1.390 km en la costa occidental frente al Atlántico, incluyendo el golfo
de Vizcaya cuyos puertos principales son Brest, Lorient y Saint-Nazaire. Burdeos
se encuentra hacia el interior de la Gironda. Los mejores puertos naturales de
Francia, como Marsella, Tolón y Niza, se encuentran en el Mediterráneo, cuya costa,
de 620 km de longitud, es rocosa y de aguas poco profundas). Francia posee
2 453 kilómetros de fronteras terrestres.
Los
limites de Francia son: al norte, el canal de la Mancha, el estrecho
de Dover o Paso de Calais y el mar del Norte (que la separa de Gran Bretaña);
al noreste, Bélgica, Luxemburgo y Alemania; al este de Alemania, Suiza
e Italia; al sureste, el mar Mediterráneo; al sur, España y el Principado
de Andorra; al suroeste, el golfo de Vizcaya; y al oeste, el océano Atlántico.Mónaco
es un pequeño estado independiente en la costa del sur. La República Francesa
tiene diez posesiones en ultramar: Los departementos de Guayana Francesa, en Sudamérica,
Martinica y Guadalupe en las Indias Occidentales, y la isla Reunión en el océano
Índico. Las dependencias territoriales son Saint Pierre y Miquelon, Mayotte, Nueva
Caledonia, Polinesia Francesa, las Tierras Australes y Antárticas Francesas, y
las islas Wallis y Futuna.
La
forma de Francia es casi un hexágono cuyos lados son:
(1)
- De Dunquerque a Punta San Mateo (arena y
dunas desde Dunquerque hasta la desembocadura del Somme; precipicios, llamados
"falaises", se extienden desde el Somme hasta el Orne, excepto donde
su pared es rota por el estuario del Sena; cantos rodados de granito atravesados
por profundas caletas desde el Orne hasta Punta San Mateo.
(2)
- De Punta San Mateo hasta la desembocadura
del Bidasoa (precipicios de granito alternados con caletas tan profundas como
la del Río Loira; extensiones arenosas y áridos páramos del Loira al Garona; arenales,
lagunas y dunas del Garona a los Pirineos).
(3)
- Del Bidasoa al Cabo Cerbére (una formación
conocida como calcáreo Pirenaico).
(4)
- De Cabo Cerbére a Menton (una frontera
abrupta y rocosa de los Pirineos a la desembocadura del Tech; arenales y lagunas
entre el Tech y el Ródano, y una muralla ininterrumpida de piedras puntiagudas
que se extiende del Ródano a Menton).
(5)
- Varias cadenas montañosas, entre las cuales
algunas cordilleras de los Alpes y del Jura, constituyen las fronteras naturales
con Italia y Suiza hasta Ginebra. Desde Ginebra la frontera pasa al este del Jura
hasta Basilea desde donde, y hasta la esquina noreste de Francia, el río Rin delimita
la frontera con Alemania.
(6)
- Desde la esquina noreste de Francia, el
Rin a Dunquerque (una frontera artificial con pocas peculiaridades físicas notables).
Francia
es el único país en Europa con litorales en el Atlántico y en el Mediterráneo;
además los pasajes de Belfort, Côte d'Or y otros ofrecen vías de comunicación
fáciles entre el Rin, el Canal de la Mancha, el Atlántico, y el Mediterráneo.
Es además notable que, dondequiera que la frontera francesa esta defendida por
elevadas montañas (como, por ejemplo, los Alpes o los Pirineos), las gentes fronterizas
son semejantes al francés sea en raza, lengua, o costumbres (los pueblos latinos),
mientras que los pueblos teutones, que difieren tanto del francés en ideas y sentimiento,
están físicamente separados de ellos sólo por las poco elevadas colinas y llanuras
del Noreste. Así se ve que Francia siempre se ha prestado con singular facilidad
a la difusión de todos los grandes movimientos intelectuales llegados de las costas
del mediterráneo, como fue el caso de la Cristiandad. Francia fue la gran ruta
natural entre Italia e Inglaterra, entre Alemania y la península ibérica. En tierra
francesa las razas del Norte se mezclaron con las del Sur; y la misma configuración
geográfica del país explica, en cierto sentido, el instinto de expansión, el talento
de asimilación y de difusión, gracias al que Francia ha podido jugar el papel
de distribuidor general de ideas. De hecho, dos mundos completamente diferentes
se reúnen en Francia. Un viaje de norte a sur nos lleva a través de tres zonas
distintas: el país del grano extendido del litoral septentrional a una línea trazada
de Mézières a Nantes; el país de la vid y la región de bayas, del sur de esta
línea hasta la latitud de Grenoble y Perpiñán; la tierra de aceitunas y bosquecillos
de naranjos, se extiende a lo largo del límite sur del país. Su clima va desde
los brumosos promontorios de Bretaña hasta las asoleadas costas de Provence; de
la uniforme temperatura del Atlántico a los repentinos cambios tan característicos
del mediterráneo. Su gente varía desde las razas de cabellos claros de Flandes
y Lorena, que llevan una mezcla de sangre alemana en sus venas, hasta los moradores
del sur de piel color de aceituna, quienes son esencialmente latinos y mediterráneos
por su extracción. Asimismo la Naturaleza ha formado, en la geografía física de
este país, una multitud de regiones, cada una con sus propias características
-- su propia personalidad, por decirlo así -- a las que, en tiempos anteriores,
el instinto popular llamó países separados. Sin embargo, la tendencia a la abstracción
que entusiasmó a los jefes de la Revolución, responsable de las completamente
arbitrarias divisiones actuales del país, conocidas como "departamentos".
La geografía contemporánea esta influida por los antiguos nombres y las antiguas
divisiones en "países" y "provincias" que corresponden casi
más con las estructuras geográficas así como con las particularidades naturales
de las diferentes regiones. El "Massif
Central" (la Meseta Central), una tierra escabrosa habitada por una obstinada
raza que a menudo se alegra de dejar su seguridad y esas confortables tierras
que están a lo largo del gran Llano Septentrional, el valle del Loira, y la cuenca
fértil en la que Paris se encuentra. Pero a pesar de esta variedad, Francia es
una unidad. Estas regiones, tan distintas y diversificadas, se equilibran y complementan
una a la otra como los miembros de un ser viviente. Tal como dijo Michelet, "Francia
es una persona".
II. ESTADISTICAS
La
población de Francia era, en 1998, de 58 841 000 con una densidad de 108 habitantes
por Km²; En 1996, la población era 72.9% urbana y 27.1% rural con 48.71% de hombres
y 51.29% de mujeres. En 1995 la población se repartía, por edades como sigue:
menos de 15 años, 19.7%; de 15 à 29, 21.4%; 30-44, 22.2%; 45-59, 16.9%; 60-74,
13.6%; 75 y mas, 6.2%. Las proyecciones de población se establecían en 59 317
000 en el año 2000.
La
composición etnolinguística lengua, en 1990, era: Francés (lengua materna) 93.6%,
de los cuales completa o prácticamente bilingues en Occitano 2.7%, alemán (la
mayor parte alsaciano) 2.6%, bretón 1.0%, catalán 0.4%; árabe 2.5%; otros 3.9%.
En
1997, se declaraban como: católicos romanos 76.3%; musulmanes 5.5%; protesttantes 2.4%; otros 15.8%.
Las
ciudades más grandes, en 1990, eran: Paris con 2 175 200 habitantes (área metropolitana
9 318 821); Marsella 878 869 (1 230 936); Lyón 418 476 (1 262 223); Toulouse 365
933 (608,430); Niza 342,439 (475,507); Estrasburgo 255 937 (388 483); Nantes 244,995
(492,255); Burdeos 213 274 (685,456); Montpellier 207,996 (236,788). En 1990,
otras 25 poblaciones superaban los 100 000 habitantes.
El
origen de la población era en 1990: Francés 93.6%, de los cuales Martiniqués 0.2%,
de Guadalupe 0.2%, de la Reunión 0.2%; Portugués 1.1%; Argelino 1.1%; Marroquí
1.0%; Italiano 0.4%; español 0.4%; turco 0.3%; otro 2.1%.
La
movilidad de la población en 1990 era: Población viviendo en la misma residencia
que en 1982: 51.4%; misma región 89.0%; otra región 8.8%; otro país 2.2%.
En
1993: el numero promedio de gente viviendo en la misma casa era de 2.6 personas;
las habitaciones eran: de una sola persona, 27.7%, de 2 personas, 32.0%, de 3
personas 17.4%, de 4 personas 14.7%, de 5 personas o mas, 8.2%. El numero de casas
de familia en 1990 era de 14 118 940 (72.1%) y de no-familias era de 5 471 460
(27.9%, de las cuales el 24.6% eran de 1 sola persona). Los inmigrantes admitidos
en 1994 fueron 64 102 (Argelia 13.6%, Marruecos 12.3%, Turquía 7.3%, Túnez 3.4%,
Sri Lanka 2.7%, Líbano 1.3%).
A.
Estadísticas Vitales
- Tasa
de nacimientos por 1 000 habitantes, 1996: 12.6 (promedio mundial 25.0) de los
cuales (en 1994) eran legítimos 63.9% e ilegítimos 36.1%.
- Mortalidad
por 1 000 habitantes (1996): 9.2 (promedio mundial 9.3).
- Tasa
natural de aumento por 1 000 habitantes (1996): 3.4 (promedio mundial. 15.7).
- Tasa
de fertilidad (promedio de nacimientos por mujer en edad de procrear; 1995): 1.7.
- Numero
de matrimonios por 1 000 habitantes en 1996: 4.8.
- Numero
de divorcios por 1 000 habitantes (1993): 1.9.
Esperanza
de la vida al nacer (1994): varón 73,7 años; mujer 81,8 años.
Causas
mayores de muerte por 100.000 [habitantes] (1994): enfermedad del corazón y otras
enfermedades circulatorias 286.7; neoplasmas malignos (cánceres) 247.6; accidentes
y violencia 76.9; enfermedades respiratorias 63.7; enfermedades del tracto digestivo
43.7.
B.
Indicadores Sociales
Nivel
educativo (1990). Porcentaje de población de 25 años y más con educación: Primaria
22.1%; secundaria 7.8%; vocacional y profesional 29.4%; Superior 11.6%; nivel
no declarado 29.1%.
C.
Calidad de Vida del Trabajador
Semana
de trabajo promedio (1994): 38.9 horas. Tasa anual por 100 000 obreros de: lesión
o accidente 5 322 (muertes 0.8); accidentes de tránsito al trabajo 708 (muertes
68.3); enfermedad industrial 16.6 {1}; muerte 4.8 {1}. Días promedio perdidos
por paros de trabajo por 1 000 obreros (1993): 23.0. Distancia promedio de transporte
al trabajo (1990): 14 km.
D. Acceso a Servicios
(1992),
Proporción de habitaciones con: calefacción central 86.0%; agua corriente 97.0%;
plomería interior 95.8%.
E.
Participación Social
Votantes
elegibles que participaron a las elecciones de mayo y junio de 1997: elección
nacional: c. 78%. Población de mas de 15 años de edad que participa en asociaciones
voluntarias: 28.0%.
F.
Desviación Social
Tasa
de ofensas por 100 000 habitantes (1994): asesinato 0.8; violación 11.3; otro
ataque 290.8; robo (incluso robo en casas) 5,204.2. Incidencia por 100 000 habitantes
de: muertes relacionadas con el alcoholismo (1991) 5.0; suicidio (1993) 21.1.
Ocio
(1987-88). Tasa de participación en actividades favoritas: ver televisión 82%;
leer revistas 79%; escuchar la radio 75%; recibir parientes 64%; visitar parientes
61%; asistir a ferias o exposiciones 56%.
Bienestar
material (1994). Casas con: automóvil 79.5%; televisión de colores 92.4%; video-casetera
52.8%; refrigerador 99.0%, máquina de lavar 89.4%.
G.
Economía Nacional
Producto
Nacional Bruto (1996): U.S. $1 533 619 000 000 (U.S. $26 270 por persona).
Presupuesto
(1996). Ingreso: F 1 552 100 000 000 (impuesto al valor agregado 49.1%; impuestos
directos 38.2%; impuestos aduanales 10.2%). Gasto: F 1 541 300 000 000 (educación
22.5%, defensa 15.6%, servicio de la deuda 4.7%, bienestar social 10.8%).
Producción
(toneladas métricas excepto cuando se indica). Agricultura, silvicultura, pesca
(1997): trigo 34 070 000, remolachas de azúcar 32 171 000, maíz 15 110 000, cebada
10 161 000, uvas 7 000 000, papas 6 500 000, semillas 3 512 000, guisantes secos
3 087 000, girasol 2 193 000, manzanas 2 192 000, tomates 785 000, zanahorias
644 000, guisantes verdes 575 000, avena 563 000, coliflor 530 000, lechuga 528
000, melocotones 474 000, sorgo 426 000, chícharos 325,000, cebollas 324 000;
ganado (número de animales vivos) 20 300 000 vacuno, 14 968 000 cerdos, 10 126
000 ovejas, 1 114 000 cabras; Madera (1995) 46 345 000 metros cúbicos; pesca (1995)
793 413. Minería y cantera (1995): mineral de hierro 1 500 000; sales de potasio
800 000; bauxita 130 800; uranio 840; oro 151 124 onzas troy; plata 48 231 onzas
troy. Industrial (1995): cemento 19 896 000; acero bruto 18 132 000; hierro 12
876 000; productos de papel 8 700 000; productos de caucho 619 400 de los cuales:
neumáticos 59 268 000 unidades; aluminio 586 000; automóviles 3 200 000 unidades.
Construcción (unidades de habitación terminadas en 1993) 299 000. Producción de
energía (consumo) {2}: electricidad (kW-HR; 1994) 475 622 000 000 (412 454 000
000); carbón (toneladas métricas; 1994) 8 039 000 (21 809 900); petróleo crudo
(barriles; 1994) 20 297 000 (562 907 000); derivados del petróleo (toneladas métricas;
1994) 69 078 000 (66 994 000); gas natural (metros cúbicos; 1994) 2 517 200 000
(33 449 900 000).
Población
económicamente activa (1995): total 25 260 300; tasa de actividad de la población
total 43,4% (tasa de participación por edad: 15-64, 67.6% {3}; mujeres 45.0%;
desempleados 11.7%).
Ingreso
y gasto por vivienda (1995). Tamaño promedio de vivienda 2.6; promedio de ingreso
anual por vivienda F 302 560 (U.S. $60 610); fuentes de ingreso: sueldos y salarios
70.0%, auto-empleados 24.4%, seguro social 5.6%; gasto: vivienda18.2%, comida
16.8%, transporte 14.5%, salud 10.4%, diversión 6.9%, ropa 5.4%.
Turismo
(1996): ingresos U.S.$ 28 181 700 000; gastos
U.S.$ 17 505 400 000.
Deuda
pública (1997): F 3 794 600 000 000 (U.S.$ 657 840 000 000).
Uso
de la Tierra (1994): bosque 27.3%; pastura 19.3%; agricultura 35.4%; otro 18.0%.
H.
Comercio Exterior
Importaciones
(1995): F 1 380 400 000 000 (maquinaria y equipo de transporte 38.5%, del cual
equipo de transporte 14.6%; productos agrícolas 11.0%; químicos 8.4%; combustibles
6.9%). Principales fuentes de importación: Alemania 18.3%; Italia 9.9%; Reino
Unido 9.5%; Bélgica-Luxemburgo 8.8%; España 6.1%; EE.UU. 6.1%.
Exportaciones
(1995): F 1 428 800 000 000 (maquinaria y equipo de transporte 42.6%, del cual
equipo de transporte 19.5%; productos agrícolas 15.1%; productos químicos 8.4%;
plásticos 3.2%). Principales destinaciones de la exportación: Alemania 17.7%;
Italia 9.5%; Bélgica-Luxemburgo 8.6%; Reino Unido 7.6%; EE.UU. 7.4%.
I.
Transporte
Ferrocarriles
(1995): longitud de vías 31 940 km; pasajeros-km 55 470 000 000; ton métrica-km
de carga 47 400 000 000. Caminos (1995): longitud total 812 700 km (pavimentado
[1985] 92%). Vehículos (1995): carros de pasajeros 25 100 000; camiones y autobuses
5 005 000. Marina mercante (1992): Navíos (100 toneladas brutas y mas) 729; tonelaje
total en peso muerto 4 981 027. Transporte aéreo (1994): pasajero-km
67 500
000 000; ton métrica-km de carga 11 300 000 000; aeropuertos (1996) con vuelos
programados 61.
J.
Educación y salud
Alfabetización
(1980): población total instruida 41 112 000 (98.8%); varones instruidos
19 933 000 (98.9%); mujeres instruidas 21 179 000 (98.7%).
Salud:
médicos (1994) 160 235 (1 por 361 personas); camas de hospital (1995) 679 731
(1 por 86 personas); tasa de mortalidad infantil (1996) 4.9.
Comida
(1995): absorción calórica diaria por persona 3 588 (productos vegetales 62%,
productos animales 38%); 142% del requisito mínimo recomendado por la FAO.
K.
Ejército
Personal
total en servicio activo (1996): 398 900 (ejército 59.3%, armada 15.9%, fuerza
aérea 22.2%, otro 2.6%). Gasto militar en porcentaje del PIB (1995): 3.1% (mundo
2.8%); gasto por habitante U.S.$ 826.
Notas:
{1}
1989. {2} Toda las estadísticas de energía incluyen a Mónaco. {3} agosto.
III. HISTORIA DE LA TERCERA REPUBLICA
El
tratado de Verdún (843) definitivamente estableció la división del imperio de
Carlomagno en tres reinos independientes, y uno de éstos fue Francia. Un gran
eclesiástico, Hincmar, Arzobispo de Reims (806-82), fue el creador del nuevo orden.
Apoyó fuertemente la monarquía de Carlos el Calvo, bajo cuyo cetro habría puesto
también a Lorena. Para Hincmar, el sueño de una cristiandad unida no tenia la
apariencia de un imperio, aunque fuera ideal, sino la forma concreta de varios
Estados unidos, cada uno miembro de un poderoso grupo, la gran República de la
Cristiandad. El reemplazaría el imperio por una Europa de la que Francia seria
un miembro. Bajo Carlos el Gordo (880-88) pareció, por un momento, como si el
imperio de Carlomagno fuera a vivir de nuevo; pero la ilusión duro poco, y en
su lugar, rápidamente, se formaron siete reinos: Francia, Navarra, Provence, Borgoña
más allá del Jura, Lorena, Alemania, e Italia. El feudalismo fue el crisol, y
el edificio imperial se desmorono hasta hacerse polvo.
Hacia fines del siglo X, en el reino Franco, solo veintinueve provincias
o fragmentos de provincias, bajo el dominio de duques, condes, o vizcondes, constituyeron
soberanías verdaderas, y a fines del siglo XI hubo hasta cincuenta y cinco de
estos estados menores, de mayor o menor importancia. A principios del siglo X
una de las familias feudales había empezado a tomar el liderazgo, la de los Duques
de Francia, descendientes de Roberto el Fuerte, y señores de todo el país entre
el Sena y el Loira. > De 887 a 987 defendieron con éxito la tierra francesa
contra los invasores Normandos, y Eudes, U Odo, Duque de Francia (887-98), Roberto
su hermano (922-23), y Raúl, o Rodolfo, el yerno de Roberto (923-36), ocuparon
el trono durante un breve intervalo. La debilidad de los últimos reyes Carolingios
era evidente para todos, y en 987, a la muerte de Luis V, Adalberon, Arzobispo
de Reims, durante una reunión de los principales jefes que se tuvo en Senlis,
hizo contrastar la incapacidad del Carolingio Carlos de Lorena, el heredero al
trono, con los méritos de Hugo, Duque de Francia. Gerbert, quien después llegó
a ser Silvestre II, consejero y secretario de Adalberon, y Arnoul, Obispo de Orléans,
también hablaron para apoyar a Hugo, con el resultado de que se le proclamó rey.
Así
que la dinastía de los Capetos tuvo su ascensión en la persona de Hugo Capeto.
Fue la obra de la Iglesia, causada por la influencia de la Sede de Reims, renombrada
en toda Francia desde el episcopado de Hincmar, famosa desde los días de Clovis
por el privilegio conferido a su titular de ungir a los reyes Francos, y renombrada
muy oportunamente en ese tiempo por la erudición de su escuela episcopal presidida
por el mismo Gerbert.
La
Iglesia, que instaló a la nueva dinastía, ejerció una muy saludable influencia
sobre la vida social francesa. Que el origen y desarrollo de las "Chansons
de geste," i.e., de la literatura épica inicial, están estrechamente unidas
a los famosos santuarios de peregrinaje, en donde la piedad de las personas se
manifestaba, ha sido demostrado por los esfuerzos literarios de M. Bédier. Y el
valor militar y el heroísmo físico fueron enseñados y benditos por la Iglesia,
que en la primera parte del siglo XI transformó la caballería, de una institución
laica de origen alemán, en una religiosa poniendo entre sus ritos litúrgicos la
ceremonia de caballería, en la que el candidato prometía defender la verdad, la
justicia y al oprimido. La Congregación de Cluny, fundada en 910, que tuvo un
rápido progreso en el siglo XI, preparó Francia a jugar un papel importante en
la reforma de la Iglesia emprendida durante la segunda mitad del siglo XI por
un monje de Cluny, Gregorio VII y le dio a la Iglesia otros dos papas después
de él, Urbano II y Pascal II. Fue el francés, Urbano II, quien en el Concilio
de Claraval (1095), inició el glorioso movimiento de las cruzaadas, una guerra
emprendida por la cristiandad en la que Francia tomó el liderazgo.
El
reino de Luis VI (1108-37) es notable en la historia de la Iglesia, y en la de
Francia; por una parte porque la solemne adhesión de Luis VI a Inocente II aseguró
la unidad de la Iglesia, que en ese momento era seriamente amenazada por el Antipapa
Anacleto; por otra parte porque por primera vez los reyes Capetos tomaron posición
como campeones de la ley y el orden contra el sistema feudal y como protectores
de los derechos públicos. Un eclesiástico, Suger, abad de Saint-Denis, amigo de
Luis VI y ministro de Luis VII (1137-80), desarrolló y llevo a cabo este ideal
del deber real. Luis VI, secundado por Suger, y contando con el apoyo de las ciudades
-- las "comunas" así llamadas cuando habían obligado a los señores feudales
a concederles estatutos de libertad -- cumplió a la letra el papel de príncipe
tal como fue concebido por la teología de la Edad Media.
"Los reyes tienen brazos largos," escribió Suger, "y es
su deber reprimir con toda su fuerza, y por el derecho de su cargo, la osadía
de aquellos que desgarran el Estado con guerras interminables, quienes se regocijan
con el pillaje, y quienes destruyen heredades e iglesias."
Otro
Eclesiástico francés, San Bernardo, ganó a Luis VII para las cruzadas; y no fue
su culpa que Palestina, donde la primera cruzada había establecido un reino latino,
no permaneciera como colonia francesa al servicio de la Iglesia. El divorcio de
Luis VII y Leonor de Aquitania (1152) destruyó el ascendiente de la influencia
francesa y abrió la vía para el desarrollo de las pretensiones Anglo-Normandas
sobre el suelo francés, del Canal a los Pirineos. Pronto, sin embargo, en virtud
de leyes feudales, el rey francés, Felipe Augusto (1180-1223), se proclamó señor
feudal por encima de Ricardo Corazón de León y de Juan Sin Tierra, y la victoria
de Bouvines, en la que triunfó sobre el Emperador Otto IV, apoyado por una coalición
de nobles feudales (1214), fue el primer evento en la historia francesa que provocó
un movimiento de solidaridad nacional alrededor de un rey francés. La guerra contra
los albigenses bajo Luis VIII (1223-26) provocó el establecimiento de la influencia
y de la autoridad de la monarquía francesa en el sur de Francia.
San
Luis IX (1226-1270), "ruisselant de piété, et enflammé de charité" ("derramando
piedad, y encendido de caridad") como un contemporáneo lo describió, hizo
a los reyes tan queridos que desde entonces existe el culto real, por así decirlo,
que fue una de las fuerzas morales en la antigua Francia, y que no existió de
la misma manera en ningún otro país de Europa. La piedad había sido para los reyes
de Francia, puestos en sus tronos por la Iglesia de Dios, como un deber correspondiente
a su cargo u oficio; pero en la piedad de San Luis había una marca que le era
propia, la marca de la santidad. Con él acabaron las cruzadas pero no su espíritu.
Durante los siglos XIII y XIV, se hicieron proyecto tras proyecto para intentar
poner en pie una cruzada, y los mencionamos sólo para señalar que el espíritu
de un apostolado militante continuó a fermentar en el alma de Francia. El proyecto
de Carlos Valois (1308-09), la expedición francesa bajo Pedro I de Chipre contra
Alejandría y las costas armenias (1365-1367), cantada por el trovador francés,
Guillaume Machault, la cruzada de Juan de Nevers, que acabó en la sangrienta batalla
de Nicópolis (1396) -- en todas estas empresas, el espíritu de San Luis vivió,
así como en el corazón de los cristianos orientales, a quienes Francia trataba
así de proteger, allí ha sobrevivido una gratitud duradera hacia la nación de
San Luis. Si la débil nación de los Maronitas clama hoy a Francia por ayuda, es
debido a una carta escrita por San Luis a la nación de San Maroun en mayo de 1250.
En los días de San Luis la influencia de la literatura épica francesa en Europa
era suprema. Brunetto Latini, desde mediados del siglo XIII escribió que, "de
todos los idiomas [parlures] el de los franceses es el más encantador, y el más
favorecido por todo el mundo." El francés tuvo influencia en Inglaterra hasta
mediados del siglo XIV; se hablaba con fluidez en la Corte de Constantinopla durante
la Cuarta Cruzada y en Grecia en los ducados, principados y baronías fundados
allí por las Casas de Borgoña y Champaña. Y fue en francés que Rusticiano de Pisa,
hacia 1300, escribió de los labios de Marco Polo el relato de sus maravillosos
viajes. La Universidad de Paris, fundada por privilegio de Inocente III entre
1280 y 1213, fue preservada de un espíritu de exclusividad por la afortunada intervención
de Alejandro IV, que la obligó a abrir sus cátedras a los frailes mendicantes.
Entre su profesores estuvieron Duns Scotus; los italianos, San Thomas y San Buenaventura;
Alberto el Grande, un alemán; Alejandro de Hales, un inglés. Entre sus alumnos
tuvo a Roger Bacon, Dante, Raimundo Lulio, los Papas Gregorio IX, Urbano IV, Clemente
IV, y Bonifacio VIII
Francia
fue también el lugar de nacimiento del arte gótico, que fue llevado por arquitectos
franceses a Alemania. El método empleado en la construcción de muchas catedrales
góticas -- i.e., con la ayuda real de los fieles -- da testimonio de que en este
período la vida de los franceses estaba profundamente compenetrada con la fe.
Una maravilla arquitectónica tal como la catedral de Chartres era en realidad
la obra del arte popular nacido de la fe de las personas que allí rendían culto.
Bajo
Felipe IV, el Hermoso (1285-1314), la casa real de Francia llegó a ser muy poderosa.
Por medio de alianzas extendió su prestigio hasta el Oriente. Su hermano Carlos
de Valois se casó con Catalina de Courtney, una heredera del Imperio latino de
Constantinopla. Los Reyes de Inglaterra y Menorca eran sus vasallos, el Rey de
Escocia su aliado, los Reyes de Nápoles y Hungría tenían conexiones por matrimonios.
Buscaba una forma de supremacía sobre el cuerpo político Europeo. Pierre Dubois,
su jurisconsulto, soñaba con que el papa entregaría todos sus dominios a Felipe
recibiendo a cambio un ingreso anual, y Felipe tendría así a la cabeza espiritual
de la cristiandad bajo su influencia. Felipe IV trabajó para acrecentar las prerrogativas
reales y por consiguiente la unidad nacional de Francia. Por el envío de magistrados
en territorios feudales, por la definición de ciertos casos (cas royaux) como
reservados a la competencia del rey, asestó un fuerte revés al feudalismo de la
Edad Media. En cambio, bajo su reinado muchas máximas anti-cristianas empezaron
a deslizarse dentro de la ley y la política. Despacio, se re-introdujo el derecho
romano dentro de la organización social, y gradualmente la idea de una cristiandad
unida desapareció de la política nacional. Felipe el Hermoso, pretendía regir
por derecho Divino, dio a entender que el no rendía cuenta de su monarquía a nadie
bajo el cielo. Negó al papa el derecho a representar, como el papado lo había
siempre hecho en el pasado, las exigencias de moralidad y justicia en lo que concernía
a los reyes. En consecuencia surgió, en 1294-1303, su contienda con el Papa Bonifacio
VIII, pero en esa disputa fue lo bastante hábil como para obtener el apoyo de
los Estados Generales, que representaban a la opinión pública en Francia. Más
tarde, luego de siglos de gobierno monárquico, esta misma opinión pública se levantó
en contra del abuso del poder ejercido por sus reyes en nombre de un pretendido
derecho divino, y hizo así una implícita enmienda honorable a lo que la Iglesia
le había enseñado acerca del origen, los límites, y la responsabilidad de todo
poder, que había sido olvidado o mal interpretado por los abogados de Felipe IV
cuando instalaron su Estado pagano como la fuente absoluta del poder. La elección
del Papa Clemente V (1305) bajo la influencia de Felipe, el destierro del papado
a Aviñon, la nominación de siete papas franceses en sucesión, debilitaron la influencia
del papado en la cristiandad, aunque recientemente se ha mostrado que los papas
de Aviñon no siempre permitieron que la independencia de la Santa Sede vacilara
o desapareciera en el juego de la política. Felipe IV y sus sucesores pueden haber
tenido la ilusión de que tomaban el lugar de los emperadores alemanes en los asuntos
europeos. El papado estaba preso en su territorio; el imperio alemán, que pasaba
por una crisis, estaba, en realidad, en decadencia, y los reyes de Francia podían
imaginarse bien como los vicarios temporales de Dios, al lado, o incluso en oposición,
con el vicario espiritual que vivía en Aviñon.
Pero
con ese crítico momento la Guerra de Cien años estalló, y el reino francés, que
aspiraba a ser el árbitro de ls cristiandad, fue amenazado en su existencia misma
por Inglaterra. Los reyes ingleses pusieron su mira en la corona francesa, y las
dos naciones lucharon por la posesión de Guyena. Dos veces durante esta guerra
la independencia de Francia estuvo en peligro. Derrotada en la Ecluse (1340), en Crécy (1346), en Poitiers (1356),
Francia fue salvada por Carlos V (1364-80) y por Duguesclin, sólo para sufrir
la derrota bajo Carlos VI en Agincourt (1415) y ser cedida por el Tratado de Troyes
a Enrique V, Rey de Inglaterra. En esa, la hora más oscura de la monarquía, la
nación misma se sublevó. El atentado revolucionario de Etienne Marcel (1358),
y la revuelta que provocó la Ordonnace Cabochienne
(1418) fueron las primeras señales de la impaciencia popular sobre el absolutismo
de los reyes franceses, pero las disensiones internas impidieron una defensa eficaz
patriótica del país. Cuando Carlos VII llegó al trono, Francia había casi cesado
de ser francesa. El rey y la corte vivían más allá del Loira, y Paris era el asiento
de un gobierno inglés. Santa Juana de Arco fue la salvadora de la nacionalidad
y de la realeza francesa, y al final del reino de Carlos VII (1422-61), Calais
era el único sitio en Francia bajo control inglés.
El ideal de una cristiandad unida continuó a obsesionar
el alma de Francia a pesar de la influencia predominante, gradualmente asumida
por la política francesa, de aspiraciones completamente nacionales. Del reino
de Carlos VI, o aun de los últimos años de Carlos V, data la costumbre de darles
el título exclusivo de Rex Christianissimus a los reyes franceses. Pipino el Breve y Carlomagno
habían sido proclamados "Los más Cristianos" por los papas de su tiempo:
Alejandro III había otorgado el mismo título a Luis VII; pero desde Carlos VI
en adelante, el título es de uso constante como la prerrogativa especial de los
reyes de Francia. "Debido al vigor con el que Carlomagno, San Luis y otros
valientes reyes franceses, más que los otros reyes de la cristiandad, han sostenido
la Fe católica, los reyes de Francia son conocidos entre los reyes de la cristiandad
como 'Los Mas Cristianos'." Así escribió Felipe de Mezières, un contemporáneo
de Carlos VI. En tiempos posteriores, el Emperador Federico III, dirigiéndose
a Carlos VII, escribió "Sus antepasados han ganado para su nombre el título
Los Más Cristianos, como una herencia de la que no debe separarse."
Desde el pontificado de Paulo II (1464), los papas, al dirigir bulas a los reyes
de Francia, siempre utilizaron el estilo y título Rex Christianissimus. Además, la opinión
pública europea siempre tuvo a Santa Juana de Arco, quien salvó a la monarquía
francesa, como la heroína de la cristiandad, y creyó que la doncella de Orleáns
quiso guiar al rey de Francia en otra cruzada después de asegurarle la posesión
pacífica de su propio país. La heroína nacional de Francia fue así anunciada por
la imaginación de sus contemporáneos, por Cristina de Pisan, y por ese mercader
veneciano cuyas cartas se han conservado para nosotros en la Crónica Morosini,
como una heroína cuya miras eran tan amplias como la cristiandad misma.
El
siglo XV, durante el cual Francia crecía en espíritu nacional, y mientras que
las mentes de los hombres eran aun conscientes de las demandas de la cristiandad
en su país, fue también el siglo durante el cual, al día siguiente del Gran Cisma
y de los Concilios de Basilea y de Constancia, empezó un movimiento entre los
poderosos obispos feudales contra el papa y el rey, y que pretendía emancipar
a la Iglesia galicana. Las proposiciones sostenidas por Gerson, y aplicadas por
él, como representante de la Universidad de Paris, en el Concilio de Constancia,
habrían instalado en la Iglesia un régimen aristocrático análogo al que los señores
feudales, aprovechándose de la debilidad de Carlos VI, habían soñado con establecer
en el Estado. Una proclamación real de 1518, emitida después de la elección de
Martín V, mantuvo en oposición al papa "todos los privilegios y franquicias
del reino," acabó con la costumbre de "annates" (ingresos al papa),
limitó los derechos de la corte romana para colectar beneficios, y prohibió el
envío a Roma de artículos de oro o plata. Esta proposición fue tolerada por el
joven Rey Carlos VII en 1423, quien al mismo tiempo envió al Papa Martín V una
embajada para pedir la absolución del juramento que había tomado de sostener los
principios de la Iglesia galicana y tratar de concertar un concordato que le daría
un derecho de patronato al rey francés sobre 500 beneficios en su reino. Éste
fue el origen de la práctica adoptada por los reyes franceses de organizar el
gobierno de la Iglesia directamente con los papas por encima de los obispos. Carlos
VII, cuya disputa con Inglaterra había dejado a su autoridad todavía muy incierta,
fue obligado, en 1438 durante el Concilio de Basilea, para apaciguar a los poderosos
prelados de la Asamblea de Bourges, a promulgar la Sanción Pragmática, confirmando
así, en Francia, aquellas máximas del Concilio de Basilea que el Papa Eugenio
había condenado. Pero, inmediatamente, él sopesó la idea de un concordato, y se
hicieron insinuaciones en ese sentido a Eugenio IV. Eugenio contestó que él bien
sabía que la Sanción Pragmática -- "esa odiosa ley" -- no era un acto
libre del rey y discutieron un concordato entre ellos. Luis XI (1461-83), cuya
política interior buscaba terminar ó debilitar el nuevo feudalismo que se había
desarrollado durante dos siglos por la costumbre de presentar "appanages"
a los hermanos del rey, extendió a los obispos feudales la mala voluntad que profesaba
a los señores feudales. Aborrecía la Sanción Pragmática como una ley que fortalecía
el feudalismo eclesiástico, y el 27 de noviembre de 1461, le anunció al papa su
supresión. Al mismo tiempo él prometió, como lo pedía su Parlamento, que en el
futuro el papa debería permitir que la colecta de beneficios eclesiásticos se
hiciera totalmente o en parte por conducto del poder civil. El concordato de 1472
obtuvo de Roma concesiones muy materiales a este respecto. En ese tiempo, además
del "galicanismo episcopal," en contra del cual el papa y el rey actuaban
juntos, remontaríamos, en los escritos de los abogados de los últimos años del
siglo XV, a los orígenes de un "galicanismo real" que enseñaba que en
Francia el Estado debía gobernar a la Iglesia.
Las
guerras italianas emprendidas por Carlos VIII (1493-98), y continuadas por Luis
XII (1498-1515), ayudados por un excelente cuerpo de artillería, y todos los recursos
de la furia francesa, para defender ciertas reivindicaciones
francesas sobre Nápoles y Milán, no cumplieron completamente los sueños de los
reyes franceses. Tuvieron, sin embargo, un triple resultado en los mundos de la
política, la religión y el arte. Políticamente, llevaron a las potencias extranjeras
a creer que Francia era una amenaza para el equilibrio del poder, y en consecuencia
suscitaron alianzas para mantener ese balance, tales como, por ejemplo, la Liga
de Venecia (1495) y la Liga Santa (1511-12). Desde el punto de vista del arte,
llevaron el aliento del Renacimiento a través de los Alpes. Y en el ámbito religioso
proporcionaron a Francia la oportunidad de afirmar por primera vez en tierra italiana
los principios del galicanismo real. Luis XII, y el emperador Maximiliano, apoyados
por los adversarios del Papa Julio II, reunieron en Pisa un concilio que amenazó
los derechos de la Santa Sede. El asunto parecía muy serio. El acuerdo entre el
papa y los reyes franceses colgaba en la balanza. Leo X entendió el peligro cuando
la victoria de Marignano abrió a Francisco I el camino de Roma. El papa, alarmado,
se retiró a Bolonia, y el concordato de 1516, negociado entre los cardenales y
Duprat, el canciller, y aprobado después por el Concilio Ecuménico Laterano, reconoció
el derecho del Rey de Francia a nombrar no sólo a 500 beneficios eclesiásticos,
como Carlos VII lo había pedido, sino a todos los beneficios de su reino. Fue
un regalo justo en verdad. Pero si en asuntos temporales los obispos estaban así
en las manos del rey, su institución en asuntos espirituales estaba reservada
al papa. El Papa y el rey de común acuerdo acabaron así con una aristocracia episcopal
tal como los galicanos de los grandes concilios la habían soñado. El concordato
entre Leo X y Francisco I equivalió a una solemne repudiación de toda la obra
anti-romana de los grandes concilios del siglo XV. La conclusión de este concordato
fue una de las razones por las que Francia escapó a la Reforma. Ya que la disposición
de los bienes de la iglesia, tal como lo fijaba el concordato, pertenecía al poder
civil, la realeza no tenía nada que ganar de la Reforma. Mientras que los reyes
de Inglaterra y los principitos alemanes vieron en la reforma una oportunidad
para obtener posesión de los bienes eclesiásticos, los reyes de Francia, gracias
al concordato, estaban ya en posesión legal de ésos tan envidiados bienes. Cuando
Carlos V llegó a ser Rey de España (1516) y emperador (1519), uniendo así en su
persona las posesiones hereditarias de las Casas de Austria y Alemania, así como
los antiguos dominios de la Casa de Borgoña en los Países Bajos -- uniendo además
la monarquía española con Nápoles, Sicilia, Cerdeña, la parte norte de África,
y ciertas tierras en América, Francisco I inició una disputa entre Francia y la
Casa de Austria. Después de cuarenta y cuatro años de guerra, de la victoria de
Marignano al tratado de Cateau-Cambrésis (1515-59), Francia abandonó la esperanza
de guardar posesión de Italia, pero obtuvo del imperio los Obispados de Metz,
Toul, y Verdún y ganó de nuevo posesión de Calais. Los españoles se quedaron en
posesión de Nápoles y del territorio alrededor de Milán, y su influencia predominó
en toda la Península italiana. Pero el sueño que Carlos V había acariciado, por
un breve momento, de un imperio mundial había sido destruido.
Durante
esta lucha contra la Casa de Austria, Francia, por motivos de exigencia política
y militar, había sido obligada a apoyarse en los luteranos de Alemania, e incluso
en el sultán. La política extranjera de Francia, desde Francisco I, había sido
la de perseguir exclusivamente el bien de la nación y no más la de ser guiada
por los intereses del Catolicismo en general. La Francia de las cruzadas incluso
se volvió aliada del sultán. Pero, por una extraña anomalía, este nuevo arreglo
político permitió que Francia continuara su protección a los cristianos de Oriente.
En la edad media los protegió por la fuerza de las armas; pero desde el siglo
XVI, por tratados llamados capitulaciones, el primero de los cuales se redactó
en 1535. El espíritu de la política francesa había cambiado, pero las comunidades
cristianas de Oriente contaban siempre con Francia, y este protectorado continuó
a existir bajo la Tercera República, sin nunca fallarles.
La
primera parte del siglo XVI fue marcada en Francia por el desarrollo del protestantismo,
bajo las formas del luteranismo y del calvinismo. El luteranismo fue el primero
en hacer su entrada. En Francia, algunas mentes ya estaban preparadas para recibirlo.
Seis años antes de Lutero, el arzobispo Lefebvre de Etaples (Faber Stapulensis),
un protegido de Luis XII y de Francisco I, había predicado la necesidad de leer
las escrituras y de "regresar la religión a su pureza primitiva." Un
cierto número de mercaderes, algunos de los cuales, por razones de negocios, habían
viajado en Alemania, y algunos sacerdotes, estaban infatuados con las ideas luteranas.
Hasta 1534, Francisco I era casi favorable a los luteranos, e incluso propuso
nombrar a Melanchthon presidente de la Universidad de Francia. Pero al saber,
en 1534, que ese mismo día se habían fijado carteles muy violentos contra la Iglesia
de Roma en muchas grandes ciudades, e incluso cerca del propio salón del rey en
el Castillo de Amboise, tuvo miedo de una conjura luterana; se ordenó una investigación,
y siete luteranos fueron condenados a muerte y quemados en la hoguera en Paris.
Eminentes eclesiásticos como du Bellay, Arzobispo de Paris, y Sadolet, Obispo
de Carpentras, deploraron estas ejecuciones, y la masacre de Valdois ordenada
por d'Oppède, presidente del Parlamento de Aix, en 1545. Laicos, sin embargo,
que mal comprendían la mansedumbre cristiana de estos prelados, les reprocharon
el ser lentos y negligentes en reprimir la herejía; y cuando, bajo Enrique II,
el calvinismo avanzó desde Ginebra, se lanzó una política de persecución. De 1547
a 1550, en menos de tres años, la chambre
ardente, una comisión del Parlamento de Paris, condenó a más de 500 personas
a retractarse de sus creencias, a la prisión, o a la muerte en la hoguera. A pesar
de esto, los calvinistas, en 1555, pudieron organizarse en Iglesias según el esquema
de la de Ginebra; y, para unir más estrechamente a esas Iglesias, tuvieron un
sínodo en Paris en 1559. Había en Francia en aquel momento setenta y dos Iglesias
Reformadas; dos años más tarde, en 1561, el número había aumentado a 2000. Los
métodos, además, de la propaganda calvinista habían cambiado. Los primeros calvinistas,
como los luteranos, habían sido artistas y obreros, pero con el transcurso del
tiempo, en el sur y en el oeste, varios príncipes y nobles se unieron a sus filas.
Entre éstos hubo dos príncipes de sangre, descendientes de San Luis: Antonio de
Borbón, que llegó a ser Rey de Navarra por su matrimonio con Juana d'Albret, y
su hermano el Príncipe de Condé. Otro nombre de marca es el del Almirante Coligny,
sobrino de aquel duque de Montmorency que fuera el Primer Barón de la cristiandad.
Así ocurrió que en Francia el calvinismo ya no fue más una fuerza religiosa, sino
que se había convertido en una intriga política y militar; y oponiéndosele, los
reyes franceses no hacían más que defender sus propios derechos.
Tal
fue el origen de las Guerras de Religión. Tuvieron como punto de comienzo la conspiración
de Amboise (1560) por la que los lideres protestantes trataron de apoderarse de
Francisco II, para retirarlo de la influencia de Francisco de Guise. Durante los
reinos de Francisco II, Carlos IX y Enrique III, la reina-madre ejerció una poderosa
influencia, sirviéndose de los conflictos entre las facciones religiosas contrarias
para asentar con más seguridad el poder de sus hijos. En 1561 Catalina de Médicis
organizó la discusión de Poissy para tratar de obtener un acuerdo entre las dos
creencias, pero durante las Guerras de religión ella siempre mantuvo una actitud
ambigua entre ambos partidos, favoreciendo tanto el uno como el otro, hasta que,
temiendo que Carlos IX se librara de su influencia, tomó una gran responsabilidad
en la odiosa matanza de San Bartolomé. Hubo
ocho de estas guerras durante treinta años. La primera fue iniciada por una matanza
de calvinistas en Vassy por los soldados de tropa de Guise (1 de marzo de 1562),
e inmediatamente ambos partidos pidieron ayuda extranjera. Catalina, que estaba
en este momento trabajando por la causa católica, se dirigió a España; Coligny
y Condé se dirigieron a Elizabeth de Inglaterra y le entregaron el puerto de Le
Havre. Así, desde el principio, se prefiguraron las líneas que las Guerras de
religión seguirían. Entregaron Francia a la intervención de príncipes extranjeros
tales como Elizabeth y Felipe II, y al pillaje de soldados extranjeros, tales
como los del Duque de Alba y los soldados alemanes (Reiter) llamados por los protestantes.
Una tras otra, estas guerras terminaron en débiles tratados provisionales que
no duraron. Bajo los estandartes del partido de la Reforma o de los de la Liga
organizada por la Casa de Guise para defender el Catolicismo, se posicionaron
las opiniones políticas, y durante esos treinta años de desorden civil la centralización
monárquica estuvo frecuentemente a punto de ser derrocada. Si hubiera prevalecido
el partido de Guise, la tendencia política adoptada por la monarquía francesa
hacia el Catolicismo después del concordato de Francisco I habría ciertamente
sido menos galicana. Ese concordato había puesto la Iglesia de Francia y su episcopado
en las manos del rey. El antiguo galicanismo episcopal que sostenía que la autoridad
del papa no estaba por encima de la de la Iglesia congregada en concilio y el
galicanismo real que sostenía que no había nadie en la tierra superior al rey,
ni aun el papa, se aliaron entonces en contra de la monarquía papal fortalecida
por el Concilio de Trento. El resultado de todo esto fue que los reyes franceses
se negaron a permitir que se publicaran en Francia las decisiones de ese concilio,
y ese rechazo nunca se ha retirado.
A
fines del siglo XVI pareció por un instante como si el partido de la casa de Francia
fuera a sacudirse del yugo de las opiniones galicanas. Se había roto el feudalismo;
la gente estaba ávida de libertad; los católicos, descorazonados por la corrupción
de la corte de Valois, pensaron llevar al trono, en sucesión de Enrique II, que
no tenía hijos, a un miembro de la poderosa Casa de Guise. De hecho, la Liga había
pedido a la Santa Sede el aceptar el deseo del pueblo, y darle a Francia un Guise
como rey. Enrique de Navarra, el presunto heredero al trono, era un protestantes;
Sixto V le había dado la opción de permanecer protestante y nunca reinar en Francia,
o de abjurar su herejía, recibir la absolución del papa mismo, y, con ella, el
trono de Francia. Pero había una tercera solución posible, y el episcopado francés
la previó, a saber que se debería hacer la abjuración no al papa sino a los obispos
franceses. Se satisfarían así las susceptibilidades galicanas, se mantendría la
ortodoxia dogmática en el trono francés, y además se alejaría el peligro al que
la unidad de Francia se exponía por la propensión de un cierto número de Miembros
de la Liga de alentar la intervención de los ejércitos españoles y las ambiciones
del rey español, Felipe II, que consideraba la idea de poner a su propia hija
en el trono de Francia.
La
abjuración de Enrique IV hecha a los obispos franceses (25 de julio de 1593) fue
una victoria del catolicismo sobre el protestantismo, aunque fue la victoria del
galicanismo episcopal sobre el espíritu de la Liga. Canónicamente, la absolución
dada por los obispos a Enrique IV fue ineficaz, ya que solo el papa podía legalmente
otorgarla; pero políticamente esa absolución estaba destina a tener un fuerte
efecto. Desde el día en que Enrique IV se volvió católico, la Liga fue derrotada.
Dos prelados franceses fueron a Roma a pedir la absolución para Enrique. San Felipe
Neri ordenó a Baronius -- sonriendo, sin duda, al hacerlo -- a decirle al papa,
cuyo confesor era Baronius mismo, que él no podía recibir la absolución hasta
que hubiera absuelto al Rey de Francia. Y el 17 de septiembre de 1595, la Santa
Sede solemnemente absolvió a Enrique IV, sellando así la reconciliación entre
la monarquía francesa y la Iglesia de Roma. La accesión de la familia real Borbónica
fue una derrota para el protestantismo, pero al mismo tiempo una victoria a medias
para el galicanismo. Desde el año de 1598 el trato de los Borbones con el protestantismo
fue regulado por el Edicto de Nantes. Este instrumento no sólo les otorgó a los
protestantes la libertad de practicar su religión en sus propios hogares, en las
ciudades y pueblos donde se habían establecido desde antes de 1597, y en dos lugares
en cada baillage, también les abrió todos los empleos
y creó tribunales mixtos en los que se elegían jueces igualmente de entre católicos
y calvinistas; además los convirtió en un poder político reconociéndolos durante
ocho años como señores de cerca de cien ciudades que se conocían como "lugares
de seguridad" (places de sûreté). Favorecidos por las causas políticas del Edicto
los protestantes rápidamente llegaron a ser un imperium in imperio (imperio
en el imperio), y en 1627, en La Rochelle, formaron una alianza con Inglaterra
para defender, contra el gobierno de Luis XIII (1610-43), los privilegios de los
que el Cardinal Richelieu, ministro del rey, quería despojarlos. La toma de La
Rochelle por las tropas del rey (noviembre, 1628), después de un sitio de catorce
meses, y la sumisión de los rebeldes protestantes en las Cévenes, dieron por resultado
una decisión real que Richelieu llamó la Grâce
d'Alais: los protestantes perdieron todos sus privilegios políticos y todos
sus "lugares de seguridad" pero en cambio se les garantizó la libertad
de culto y la absoluta igualdad con los católicos.
Ambos,
el Cardinal Richelieu y su sucesor, el Cardinal Mazarin, escrupulosamente observaron
esta garantía, pero bajo Luis XIV se inauguró una nueva política. Durante veinticinco
años el rey prohibió a los protestantes todo lo que el edicto de Nantes no les
garantizaba explícitamente, y luego, neciamente, creyendo que el protestantismo
declinaba, y que quedaban en Francia sólo unos cientos de herejes obstinados,
revocó el Edicto de Nantes (1685) e inició una política opresiva en contra de
los protestantes, que provoco la insurrección de los Camisards en 1703-05, y que duró, con alternancias
de dureza y benevolencia hasta 1784, cuando Luis XVI fue obligado a darles sus
derechos civiles a los protestantes una vez más. La manera misma en la que Luis
XIV, que se consideraba como la cabeza religiosa de su reino, emprendió la Revocación,
no fue más que una aplicación de las máximas religiosas del galicanismo.
En
la persona de Luis XIV, de hecho, el galicanismo estaba en el trono. Durante los
Estados-Generales en 1614, el tiers état
se esforzó por hacer que la asamblea se comprometiera a si misma a ciertas, decididamente
galicanas, declaraciones, pero el clero, gracias al Cardinal Duperron, consiguió
archivar la cuestión; entonces Richelieu, cauteloso, para no pelearse con el papa,
tomo la mitigada y muy discreta forma de galicanismo representada por el teólogo
Duval. En cuanto a Luis XIV, quien se consideraba a si mismo un Dios en la tierra
-- su religión era la del Estado; cada súbdito que no sostiene esa religión estaba
fuera del Estado. En consecuencia hubo la persecución de protestantes y de jansenistas.
Pero al mismo tiempo nunca autorizaría que se publicara en Francia una Bula papal
sin que el Parlamento decidiera que no interfería con las "libertades"
de la Iglesia francesa o la autoridad del rey. Y en 1682 invitó al clero de Francia
a proclamar la independencia de la Iglesia galicana en un manifiesto de cuatro
artículos, dos de los cuales, al menos, -- se relacionaban con los poderes respectivos
del papa y del concilio -- tratando cuestiones que sólo un concilio ecuménico
podría decidir. Como consecuencia de esto una crisis surgió entre la Santa Sede
y Luis XIV que provocó que treinta y cinco sedes quedaran vacantes en 1689. También
Luis XV adoptó la política de Luis XIV en asuntos religiosos. Su manera de atacar
a los Jesuitas en 1763 fue en principio la misma que la tomada por Luis XIV para
imponer el galicanismo a la Iglesia -- el poder real pretendiendo a la supremacía
por encima de la Iglesia. La política doméstica de los Borbones del siglo XVII,
ayudados por Scully, Richelieu, Mazarin y Louvois, completó la centralización
del poder real. En el extranjero, el principio fundamental de su política fue
continuar la lucha en contra de la Casa de Austria. El resultado de la diplomacia
de Richelieu (1624-42) y de Mazarin (1643-61) fue una nueva derrota para la Casa
de Austria; Las armas francesas fueron victoriosas en Rocroi, Fribourg, Nördlingen,
Lens, Sommershausen (1643-48), y por la Paz de Westphalia (1648) y la de los Pirineos
(1659), Alsacia, Artois, y Rosellón fueron anexadas al territorio francés. En
la pelea Richelieu y Mazarin tuvieron el apoyo del príncipe luterano de Alemania
y de países protestantes como la Suecia de Gustavo Adolfo.
De
hecho se puede decir que durante la Guerra de Treinta años, Francia sostuvo al
protestantismo. Luis XIV, al contrario, que por muchos años fue el árbitro de
los destinos de Europa, actuaba por motivos completamente religiosos en varias
de sus guerras. Así la guerra contra Holanda, y aquella en contra de la Liga de
Augsburgo, y su intervención en los asuntos de Inglaterra fue en algunos aspectos
el resultado de una política religiosa y de un deseo de sostener al catolicismo
en Europa. Las expediciones en el mediterráneo en contra de los piratas de Barbarie
tenían todo el halo de los antiguos ideales de la cristiandad -- ideales que en
los días de Luis XIII habían obsesionado la mente del Padre Joseph, el famoso
confidente de Richelieu, y le habían inspirado el sueño de cruzadas lideradas
por Francia, una vez que se hubiera derrotado a la Casa de Austria.
El
reino prolongado y complejo de Luis XIV, a pesar de los desastres que marcaron
su fin, obtuvo para Francia la posesión de Flandes y de Franche-Comté, y vio un
Borbón, Felipe V, nieto de Luis XIV, sentarse en el trono de España. El siglo
XVII en Francia fue par excellence un siglo de despertar católico. Varios
obispos emprendieron la reforma de sus diócesis según las reglas fijadas por el
Concilio de Trento, aunque sus decretos no se oficializaron en Francia. El ejemplo
de Italia produjo fruto en todo el país. El cardenal de la Rochefoucauld, Obispo
de Claremont y después de Senlis, había conocido a San Carlos Borromeo. Francisco
Taurugi, un compañero de San Felipe Neri, era el arzobispo de Aviñon. San Francisco
de Sales cristianizó a la sociedad laica con su "Introducción a la Vida Devota,
que escribió a instancias de Enrique IV. El cardinal de Bérulle y su discípulo
de Condren fundaron el Oratorio. San Vicente de Paul, fundando a los sacerdotes
de la Misión y M. Olier, fundando los Sulpicianos, prepararon el renuevo del clero
secular y el desarrollo de los grandes seminarios. Fue el período, también, cuando
Francia empezó a construir su imperio colonial, cuando Samuel de Champlain fundaba
prósperas colonias en Acadia y Canadá. Con la sugerencia del Père Coton, confesor
de Enrique IV, los jesuitas siguieron a los colonos; Hicieron a Québec la capital
de todo ese país y le dieron un francés, Mgr. de Montmorency-Laval como su primer
obispo. Los primeros apóstoles para los Iroqueses fueron los jesuitas franceses,
Lallemant y de Brébeuf; y fueron los misioneros franceses, tanto como los comerciantes,
quienes abrieron la comunicación postal sobre 500 leguas de territorios entre
las colonias francesas de Luisiana y Canadá. En China los jesuitas franceses,
por sus labores científicas, se ganaron una verdadera influencia en la corte y
convirtieron a por lo menos un príncipe chino. Por último, de principios de este
mismo siglo XVII, bajo la protección de Gontaut-Biron, Marqués de Salignac, Embajador
de Francia, data el establecimiento de los jesuitas en Esmirna, en el Archipiélago,
en Siria y en El Cairo. Un capuchino, el Père Joseph du Tremblay, confesor de
Richelieu, estableció muchas fundaciones capuchinas en Oriente. Una pía dama Parisina,
Madame Ricouard, dio una cantidad de dinero para la construcción de un obispado
en Babilonia, cuyo primer obispo fue un carmelita francés, Jean Duval. San Vicente
De Paul envió a los lazaristas dentro de las galeras y prisiones de Barbarie,
y a las islas de Madagascar, Borbón, Mauritania, y las Mascareñas, a tomar posesión
de ellas en nombre de Francia. Bajo el consejo del Padre Jesuita de Rhodes, Propaganda
y Francia decidieron edificar obispados en Amman y, en 1660 y 1661, tres obispos
franceses, François Pallu, Pierre Lambert de Lamothe y Cotrolendi, salieron para
Oriente. Fueron las actividades de los misioneros franceses las que allanaron
el camino para la visita de los emisarios Siameses a la corte de Luis XIV. En
1663 se fundó el Seminario para las Misiones Extranjeras y en 1700 la Société
de Missions Etrangères recibió su constitución aprobada que nunca se ha modificado.
Repitiendo
un dicho de Ferdinando Brunetière, el siglo XVIII fue el menos cristiano y menos
francés siglo de la historia de Francia. Religiosamente hablando, la alianza del
galicanismo parlamentario y el Jansenismo debilitó la idea de religión en una
atmósfera ya amenazada por los filósofos y, aunque la monarquía continuó a guardar
el estilo y título de "Más Cristiano," la incredulidad y el libertinaje
fueron aceptados y, a veces, defendidos en la corte de Luis XV (1715-74), en los
salones, y entre la aristocracia. Políticamente, la tradicional disputa entre
Francia y la Casa de Austria acabó, a mediados del siglo XVIII, con el famoso
Renversement des Alliances (ver Choiseul,
Etienne-François, Duc de; Fleury, Andre-Hercule de). Este siglo esta lleno de
esa lucha entre Francia e Inglaterra que puede ser llamaba la segunda Guerra de
Cien años, durante la cual Inglaterra tuvo como aliado a Federico II, Rey de Prusia,
un país que entonces subía rápidamente en importancia. El control del mar estaba
en juego. A pesar de hombres como Dupliex, Lally-Tollendal y Montcalm, Francia
con ligereza abandonó sus colonias por tratados sucesivos, el más importante de
los cuales fue el Tratado de Paris (1763). La adquisición de Lorena (1766) y la
compra de Córcega de los Genoveses (1768) fueron pobres compensaciones por esas
pérdidas; y cuando, bajo Luis XVI, la armada francesa una vez más irguió su cabeza,
apoyó la rebelión de las colonias inglesas en América y apoyó así la emancipación
de los Estados Unidos (1778-83).
El
movimiento de ideas del que Montesquieu, Voltaire, Rousseau y Diderot, cada uno
a su propia manera, habían sido protagonistas, una impaciencia provocada por los
abusos debidos a una monarquía demasiado centralizada y el anhelo de igualdad
que agitaba profundamente al pueblo francés, todo preparó la explosión de la Revolución
Francesa, ese levantamiento que ha sido por mucho tiempo considerado como una
ruptura en la historia de Francia. Las investigaciones de Alberto Sorel han demostrado
que las tradiciones diplomáticas del antiguo régimen se perpetuaron bajo la Revolucion;
la idea de la preeminencia del Estado sobre la Iglesia, que habían puesto en practica
los ministros de Luis XIV y los partidarios del Parlamento -- los parlementaires
-- en los días de Luis XV reaparece con los autores de la "Constitución Civil
del Clero", a la vez que el espíritu centralizador de la antigua monarquía
reaparece con los funcionarios administrativos y los comisarios de la Convención.
Es más fácil cortar la cabeza de un rey que cambiar la constitución mental de
un pueblo.
La
Asamblea Constituyente (5 de mayo de 1789-30 de septiembre de 1791) rechazó la
moción del Abad d'Eymar que declaraba a la religión católica como la religión
del Estado, pero no por eso ponía a la religión católica en el mismo nivel que
las otras religiones. Voulland, dirigiéndose a la Asamblea con la idea de tener
una religión dominante, declaró que la religión católica fue fundada en una base
moral tan pura como para que no se le de el primer lugar. El artículo 10 de las
"Declaraciones de los Derechos del Hombre" (agosto, 1789) proclamó la
tolerancia, estipulando "que no se debe molestar a nadie a causa de sus opiniones,
aun religiosas, con tal de que su manifestación no perturbe el orden público"
(pourvu que leur manifestation ne trouble pas l'ordre public établi par là). Fue
en virtud de la supresión de los privilegios feudales y, de acuerdo con las ideas
profesadas por los defensores del antiguo régimen cuando se cuestionaba la propiedad
de la iglesia, que la Asamblea Constituyente abolió los diezmos y confiscó las
posesiones de la Iglesia, reemplazándolos por una anualidad otorgada por el erario.
La "Constitución Civil del Clero" fue una interferencia más seria en
la vida del Catolicismo francés, y fue redactada bajo la instigación de abogados
jansenistas. Sin referir al papa, estableció una nueva división en diócesis, dio
a los votantes, quien quiera que fueran, el derecho de nombrar sacerdotes de parroquias
y obispos, ordenó metropolitanos para que se hicieran cargo de la institución
canónica de sus sufráganos, y prohibió a los obispos el obtener de Roma una Bula
de confirmación en sus cargos. La Asamblea Constituyente exigió a todos los sacerdotes
jurar obediencia a esta constitución, que recibió la reacia sanción de Luis XVI,
el 26 de diciembre de 1790, y fue condenada por Pio VI. Por Informes fechados
del 10 de marzo y del 13 de abril, prohibió a los sacerdotes hacer ese juramento,
y la mayoría lo obedeció. En contra de esos "no juramentados" (insermentés)
o sacerdotes "refractarios" pronto empezó un período de persecución.
La Asamblea Legislativa (1 de octubre de 1791-21 de septiembre de 1792), mientras
preparaba el camino para la república que ambos grandes partidos (la Montaña y
los Girondinos) igualmente deseaban, sólo agravó la dificultad religiosa. El 19
de noviembre de 1791, decretó que aquellos sacerdotes que no habían aceptado la
"Constitución Civil" serian requeridos, en una semana, a jurar obediencia
a la nación, a la ley y al rey, bajo pena de que se les suspendieran sus asignaciones
y de que se les detuviera como sospechosos. El rey se negó a aprobar esto, y (26
de agosto de 1792) declaró que todos los sacerdotes refractarios deberían salir
de Francia bajo pena de diez años de prisión o destierro a Guyana.
La
Convención (21 de septiembre de 1792-26 de octubre de 1795) que proclamó la república
y causó la ejecución de Luis XVI (21 de enero de 1793), llevó a cabo una muy tortuosa
política hacia la religión. Desde 13 de noviembre de 1792, Cambon, en el nombre
del Comité Financiero, anunció a la Convención que sometería rápidamente un esquema
de reforma general incluyendo la supresión de la apropiación para culto religioso,
que, afirmaba, costaba a la república "100 000 000 de libras anualmente".
Los jacobinos se opusieron a este esquema como prematuro y Robespierre lo declaró
derogatorio a la moralidad pública. Durante los primeros ocho meses de su existencia
la política de la Convención fue de mantener la "Constitución Civil"
y aumentar las penas en contra de los sacerdotes "refractarios" sospechosos
de complicidad con la insurrección de Vendée. Un decreto fechado el 18 marzo de
1793, castigaba con la muerte a todos los sacerdotes comprometidos. Ya no solo
perseguía a los sacerdotes refractarios, sino a cualquier eclesiástico que, acusado
de deslealtad (incivisme) por seis ciudadanos cualesquiera,
seria sujeto a deportación. Según la revolucion, ya no había buenos y malos sacerdotes;
para los sans-culottes cada sacerdote
era sospechoso. Entonces, de las provincias, agitadas por la propaganda de André
Dumont, Chaumette y Fouché, empezó un movimiento de des-cristianización. El obispo
constitucional, Gobrel, abdicó en noviembre, 1793, junto con sus vicarios-generales.
En la fiesta de la Libertad, que se tuvo en Notre Dame el 10 de noviembre, un
altar fue instalado para la diosa de la Razón y la iglesia de Nuestra Señora se
convirtió en el templo de esa diosa. Unos días después de esto una diputación
ataviada con vestiduras sacerdotales, en burla del culto católico, desfiló delante
de la Convención. La Comuna de Paris, el 24 de noviembre de 1793, con Chaumette
como su portavoz, exigió el cierre de todas las iglesias. Pero el Comité de Seguridad
Pública estaba en favor de temporizar para evitar de asustar al populacho y escandalizar
Europa.
El
21 de noviembre de 1793, Robespierre, hablando de la tribuna Jacobina de la Convención,
protestó contra la violencia del partido des-cristianizador, y en diciembre el
Comité de Seguridad Pública incitó la Convención a pasar un decreto asegurando
la libertad de culto, y prohibiendo el cierre de iglesias católicas. Por doquier
en todas las provincias la guerra civil estallaba entre los campesinos, que se
asían a su religión y fe, y los fanáticos de la Revolución, que, en el nombre
del patriotismo amenazado, como decían, por los sacerdotes, derribaban los altares.
Según el lugar en el que pudieran estar, los propagandistas o alentaban ó frenaban
esta violencia contra la religión; pero aun durante los mas crueles días del terror,
nunca habo un momento en el que se suprimiera el culto católico en toda Francia.
Después
de que Robespierre envió a los guerrilleros de Hébert y de Danton al patíbulo,
intentó imponer en Francia lo que llamó la
religión del Ser Supremo. Se suprimió la libertad de conciencia, pero el ateísmo
era también un crimen. Citando a Rousseau sobre los dogmas indispensables, Robespierre
se autoproclamó un líder religioso, un pontífice y un dictador; y el culto del
Ser Supremo fue enaltecido por sus partidarios
como la encarnación religiosa del patriotismo. Pero después del 9 de Termidor,
Cambon propuso una vez más el principio de separación entre la Iglesia y el Estado,
y se decidió que de aquí en adelante la República no pagaría los gastos de ninguna
forma de culto (18 septiembre, 1794). Enseguida, la Convención votó la laicización
de las escuelas primarias y el establecimiento, a intervalos de diez días, de
festividades llamadas fêtes décadaires. Cuando el Obispo Grégoire, en un
discurso se aventuró a desear que el Catolicismo renaciera un día, la Convención
protestó. No obstante la gente en las provincias estaba ansiosa porque el clero
reasumiera sus funciones, y los sacerdotes "constitucionales", menos
en peligro que los otros, reconstruyeron los altares en algunas partes del país.
En febrero de 1795, Boissy-d'Anglas rindió una disposición de libertad religiosa,
y al mismo día siguiente se dijo Misa en todas las capillas de Paris. El domingo
de Pascua, de 1795, en la misma ciudad que, unos meses antes, había alabado el
culto de la Razón, casi cada tienda cerró sus puertas. En mayo de 1795, la Convención
restauró el culto en las iglesias, a condición de que los pastores se sometieran
a las leyes del Estado; en septiembre de 1795, menos que un mes antes de su disolución,
reguló la libertad de culto por una ley de control, y promulgó penalidades severas,
destierro o encarcelamiento, contra los sacerdotes responsables de regresar a
tierra francesa. El directorio (27 de octubre de 1795 -- 9 de noviembre de 1799),
que reemplazó a la Convención, impuso a todo ministro religioso (Fructidor, año
V) la obligación jurar odio a la realeza y a la anarquía. Un cierto número de
sacerdotes "papistas" tomaron el juramento, y la religión "papista"
se estableció en algunos lugares, aunque continuó a ser perturbada por los incesantes
actos arbitrarios de interferencia por parte de los empleados administrativos
del directorio, quienes, con mandatos legales, deportaron a los sacerdotes acusados
de incitar al desorden. De esta manera 1 657 sacerdotes franceses y 8 235 belgas,
fueron desterrados. El objetivo del directorio era sustituir el Catolicismo por
el culte décadaire, y la observancia del domingo
por el descanso en el décadis, o décimo
día. En Paris quince iglesias se le dieron a este culto. El directorio también
favoreció el intento no-oficial de Chemin, el escritor, y algunos de sus amigos
para instalar una cierta Iglesia nacional bajo el nombre de "Teofilantropía";
pero la Teofilantropía y el culte décadaire, aunque perturbaron a la Iglesia, no pudieron satisfacer
las necesidades de las personas por sacerdotes, altares y fiestas tradicionales.
Todo
esto fue restaurado por el concordato de Napoleón Bonaparte, que fue Cónsul por
diez años a partir del 4 de noviembre de 1799. El concordato aseguró al Catolicismo
francés, a pesar de la interposición de los artículos organiques, cien
años de paz. La conducta de Napoleon I, cuando fue emperador (18 de mayo de 1804)
hacia Pio VII fue de lo más ofensiva al papado; pero incluso durante esos años
en los que Napoleón maltrataba a Pío VII y lo tenía prisionero, el Catolicismo
en Francia se reavivaba y prosperaba día con día. Numerosas congregaciones religiosas
renacían o crecían rápidamente, con frecuencia bajo la guía de simples sacerdotes
o humildes mujeres. Las hermanas de las Escuelas Cristianas de Misericordia, que
trabajaban en hospitales y escuelas, datan de 1802, lo mismo que las hermanas
de la Providencia de Langres; las hermanas de la Misericordia de Montauban de
1804; las hermanas del Sagrado Corazón de Jesús de St-Julien-du-Gua datan de 1805.
En 1806 tenemos a las hermanas de Reuilly-sur-Loire, fundadas por el Abbé Dujarie;
las hermanas de St. Regis en Aubenis, fundadas por el Abbé Therne; las hermanas
de Nuestra Señora del Buen Auxilio en Charly; las hermanas de la Misericordia
de Billom.
Las
hermanas de la Sabiduría fundadas por el Beato Grignon de Montfort, remodelaron
sus instituciones en esa época en La Vendée, y la Señora Dupleix fundó en Lyón
y en Durat la Confraternidad de María y José de visitadores en las prisiones.
El año de 1807 vio la llegada de las Hermanas de la enseñanza cristiana y de enfermos
(de l'Instruction chrétienne et des malades) de St-Gildas-des-Bois fundada
por el Abad Deshayes y la gran orden de enseñanza de las Hermanas de Santa Cristiana
de Metz. En 1809 aparecieron en Aveyron las hermanas de la Bendita Virgen María;
en 1810 las hermanas de St. Joseph de Vaur (Ardéche), las hermanas Hospitalarias
de Rennes, y las hermanas de St. Joseph de Cluny. --Tal fue el fruto de ocho años
de renacimiento religioso, y la lista podría fácilmente continuarse con los años
que siguieron.
Durante
las Guerras de la Revolución, que empezaron el 20 abril de 1792, las cualidades
misioneras francesas que, bajo el antiguo régimen, se había empleado para el servicio
del ideal cristiano, se consagraron a los ideales de "los Derechos del Hombre"
y a emancipar a los pueblos de "los tiranos"; pero, durante las Guerras
Napoleónicas que siguieron, esos mismos pueblos, enardecidos
por los principios de libertad que les había llegado de Francia, expresaron
su recientemente desarrollada conciencia nacional luchando contra los ejércitos
franceses. De esta manera la propaganda de la Revolución tuvo al final una desastrosa
reacción en contra del mismo país en el que sus ideales se originaron. Durante
el siglo XIX, Francia se dedicó a emprender varias guerras por la emancipación
de naciones -- la Guerra griega (1827-28) bajo la Restauración; la Guerra italiana
(1859) bajo el segundo Imperio -- y fue en el nombre del principio de nacionalidad
que el Segundo Imperio creció hasta que, en 1870, llegó a su mayor crecimiento
a costa de Francia.
Bajo
la Restauración se introdujo en Francia el gobierno parlamentario. La revolución
de julio, en 1830, revolución "liberal" y "burguesa", reafirmó,
en contra del absolutismo de Charles X, los derechos garantizados a los franceses
por la Constitución -- la "Charte" como se le llamaba -- y la llevó
al trono de Luis Felipe, Duque de Orleáns, durante cuyo reino como "Rey de
los franceses," se estableció finalmente el dominio francés en Argelia.
Una
de las más admirables instituciones caritativas de origen francés data de la Monarquía
de julio, a saber las Pequeñas Hermanas del Pobre iniciada (1840) por Jeanne Jugan,
Franchon Aubert, Marie Jamet, y Virginie Trédaniel, pobres mujeres trabajadoras
que formaron una asociación para cuidar a una vieja mujer ciega. En 1900 la congregación
así iniciada contaba con 3 000 Pequeñas Hermanas distribuidas entre 250 a 260
albergues en todo el mundo cuidando de 28 000 ancianos. También bajo la Monarquía
de julio, fueron fundadas las conferencias de San Vicente De Paul, las primeras
de ellas a Paris, en mayo de 1883, por un sencillo y pío hombre llamado Ozanam,
para la ayuda material y moral de familias pobres; en 1900 había, tan solo en
Francia, 1 224 de esas conferencias y 5 000 en el mundo entero. En 1895 la ciudad
de Paris tenía 208 conferencias cuidando de 7 908 familias. El ingreso promedio
anual de las conferencias de San Vicente De Paul en toda Francia era de 2 198
566 francos ($440 000.00 o £88 000). En 1906 el ingresos de las conferencias en
todo el mundo sumó 13 453 228 francos ($2 690 645) y sus gastos fueron de 13 541
504 francos ($2 708 300), mientras que, para cubrir demandas extraordinarias,
tenían una reserva de 3 069 154 francos ($613 830). El gasto anual siempre excedía
la suma anual recibida. Como amaba decir el Cardinal Regnier, "Las conferencias
han tomado el voto de pobreza."
La
Revolución de febrero de 1848, contra Luis Felipe y Guizot, su ministro, que quiso
mantener la distinción de propiedad para el sufragio, llevó al establecimiento
de la Segunda República y al sufragio universal. Por haber concedido la libertad
de enseñanza (Loi Falloux), y por haber
enviado un ejército a Roma a asistir a Pio IX, se ganó la gratitud de los católicos.
En ese momento de la historia, cuando se agitaban muchas aspiraciones sociales
y democráticas, la eficacia social del pensamiento cristiano fue demostrada por
el Vizconde de Melun, que desarrolló la "Société Charitable" y los "Annales
de la Charité" y promovió una ley de pensiones para gente de edad avanzada
y sociedades de beneficio mutualista; y por Le Prévost, fundador de la Congregación
de los Hermanos de San Vicente De Paul, que vestido de laico llevaba una vida
religiosa, sostenía a la gente trabajadora.
El
Segundo Imperio, el resultado del coup d'êtat de luis Napoleon Bonaparte
(2 de diciembre de 1851), afirmaron el sufragio universal asegurando así la victoria
de la democracia francesa; pero redujeron el parlementarisme a un papel insignificante, ya que el Plebiscito se
empleó como un medio ordinario para determinar la voluntad de la gente. Fue también
el segundo imperio el que le dio Niza, Saboya, y Cochinchina a Francia.
IV. LA TERCERA REPUBLICA
La
Tercera República -- tumultuosamente proclamada el 4 de septiembre de 1870, sobre
las ruinas del imperio derrocado en Sedán -- triunfó, gracias a Thiers y al ejército
de Versalles, sobre la insurrección Parisina llamada la Comuna (marzo-mayo, 1871).
Efectivamente definida por la Constitución de 1875, tuvo que aceptar el Tratado
de Frankfurt (1871) por el que Alsacia y Lorena fueron cedidas a Alemania. En
cambio, enriqueció las posesiones coloniales, o la zona de influencia, de Francia
por la adquisición de Tongking, Túnez y Madagascar.
Bajo la Tercera República se estableció un sistema parlamentario de dos
cámaras sobre el doble principio de un ministerio responsable y de un presidente
por encima de toda responsabilidad, este último elegido por las dos cámaras por
un período de siete años. Thiers, MacMahon, Jules Grévy, Sadi-Carnot, Félix Faure,
Emile Loubet, Armand Falliérres estuvieron sucesivamente a la cabeza del estado
francés desde 1870.
A
través de todos estos cambios de gobierno, la política extranjera francesa, a
sabiendas o por costumbre y precedencia, ha servido a la Iglesia católica, servicio
ampliamente compensado por la Iglesia por la continuación, de cierta manera, del
ideal cristiano de los antiguos tiempos. La Guerra de Crimea (1855), emprendida
por Napoleón, se originó en el deseo de proteger a los cristianos latinos de Palestina,
protegidos de Francia, en contra de las intrusiones rusas. Durante el siglo XIX,
la diplomacia francesa en Roma y en Oriente trató de salvaguardar las prerrogativas
de Francia como patrón de la cristiandad Oriental, y de justificar así la tradicional
confianza de los Orientales en los "Francos" como los campeones naturales
de la Cristiandad en el Imperio Otomano. La influencia francesa en este campo
fue amenazada, uno tras otro, por Austria, Italia y Alemania; la primera de estas
potencias alegaba que ciertos tratados con el sultán, desde el siglo XVIII, le
daban el derecho de defender los intereses católicos en la Sublime Porte;
las otras dos hicieron repetidos esfuerzos para instigar a los misioneros italianos
y alemanes a buscar la protección de sus propios cónsules, en lugar de los de
Francia. Pero el 22 de mayo de 1888, la circular "Aspera rerum conditio",
firmada por el Cardinal Simeoni, prefecto de la Propaganda, ordenó a todos los
misioneros el respetar las prerrogativas de Francia como su potencia protectora.
Aun después y a pesar de la separación de la Iglesia y del Estado, la diplomacia
de la Tercera República en Oriente aprovecha el prestigio adquirido por la Francia
de San Luis y Francisco I. Y entre todas las ideas y tendencias de "laicización"
este protectorado continúa a existir como una reliquia y un derecho de la Francia
cristiana -- "El anticlericalismo no es un artículo de exportación"
decía Gambetta y, hasta años recientes, éste ha sido siempre el lema de la Francia
Republicana. A pesar de las constantes amenazas bajo las que las congregaciones
han vivido durante la Tercera República, es indiscutible que ciertos institutos
importantes vieron el número de sus miembros aumentar notablemente. Esto es ilustrado
por la tabla siguiente:
Instituto -- Miembros (1879) -- Miembros (1900)
-
Socitété des Misiones Etrangères
-- 480 -- 1 200
- Hermanas
de San José de Cluny -- 2 067 -- 4 000+
- Hijas
de la Sabiduría -- 3 600 -- 4 650
- Hermanas
de San Pablo de Chartres --1 119 -- 1 732
- Hermanos
de San Gabriel -- 791 -- 1 350
- Pequeños
Hermanos de María -- 3 600 -- 4 850
- Pequeñas
Hermanas del Pobre -- 2 683 -- 3 073
- Hermanos
del espíritu santo -- 515 -- 902
Taine
demostró que las vocaciones religiosas aumentaron notablemente en la Francia del
siglo XIX, siendo además completamente espontáneas, en contraste con las de la
Francia del siglo XVIII, cuando muchas familias, por razones mundanas, colocaban
a sus hijas en conventos.
V. FRANCIA MISIONERA DURANTE EL SIGLO
XIX
El
renacimiento del Catolicismo británico a principios del siglo XIX fue en cierta
medida debido a la influencia del clero francés refugiado que la Revolución había
desterrado. Y cuando, en 1789 en los Estados Unidos de América, John Carroll fue
nombrado Obispo de Baltimore, recurrió a los Padres Sulpicianos para establecer
su seminario, preparando así el papel que jugó este espléndido instituto de sacerdotes
franceses, y todavía continúa a jugar, en la construcción de la Iglesia de América.
La discusión entre monseñor Duborg, Obispo de Nueva Orleáns, y la Señora Petit,
una viuda de Lyon, sobre las necesidades espirituales de Luisiana (1815), y la
carta escrita por el Abad Jaricot a su hermana Pauline, que también vivía en Lyon,
sobre la pobreza de las misiones extranjeras (1819), llevó a estas damas a organizar,
independientemente una de la otra, sociedades para la colecta de limosnas de los
fieles para la propagación de la cristiandad, y de estos pobres inicios nació,
el 3 de mayo de 1822, la gran obra conocida por los católicos anglófonos como
la "Propagación de Lyon." En 1898, esta sociedad reunió de varios países
7 700 921 francos ($1 140 180.00 o £228 000) para propósitos misioneros. De esta
suma, tan sólo Francia donó no menos de 4 077 085 francos, mientras que, en 1908,
debido a las muchas necesidades domesticas de la Iglesia, el donativo de Francia
bajó de 6 402 586 francos a 3 082 131 francos. En 1898 la obra de la Sainte Enfance
(La Santa Niñez), también de origen francés, que aspira a salvar los cuerpos y
las almas de niños chinos, reunió 3 615 845 francos (aproximadamente $723 000.00
o £145 000), de los cuales 1 094 092 francos vinieron de Francia, mientras que
en 1908-09, por la razón antes mencionada, la generosidad francesa sólo pudo contribuir
con 813 952 francos a esta obra, cuyos ingresos generales sumaron 3 761 954 francos.
Esa obra ayudó en 1907-08 a 236 misiones, 1 171 orfelinatos, 7 372 escuelas y
2 480 establecimientos de instrucción manual. En 1898 además, L'Oeuvre des Ecoles
d'Orient, una asociación para proporcionar escuelas en Oriente, reunió en Francia
584 056 francos y en otros países sólo 27 596 francos. En 1898 la Sociedad de
Misiones Africanas reunió 50 000 francos, la Sociedad Anti-esclavitud 120 000
francos y las limosnas del Viernes Santo para el sostén de la Tierra Santa 122
000 francos, haciendo un total, en 1898, de 6 047 231 francos donados por Francia
a misioneros extranjeros sin distinción de nacionalidad.
Pero
Francia proporciona no sólo dinero sino hombres y mujeres a estas misiones. En
vísperas de la Ley de 1901 el Abad Kannengieser compiló las estimaciones siguientes
de religiosos, hombres y mujeres, de nacionalidad francesa comprometidos en la
obra misionera:
- Socitété des Missions Etrangères -- 1 200
- Sociedad
dee Jesus -- 750
- Lazaristas -- 500
- Agustinianos
de la Asunción -- 216
- Hermanos de las escuelas cristianas --
813
- Capuchinos -- 160
- Dominicanos -- 80
- Misioneros de San Francisco de Sales -- 60
- Carmelitas -- 14
- Marianistas -- 80
- Pequeños Hermanos de María
-- 359
- Oblatos de San Francisco de Sales -- 25
- Franciscanos
-- 95
- Padres del espíritu santo -- 429
- Padres
Blancos -- 500
- Misiones africanas -- 123
- Oblatos
de María Inmaculada -- 400
- Maristas
-- 320
- Padres
de Picpus -- 80
- Misioneros
de María -- 46
- Hermanos
de San Gabriel -- 53
- Redentoristas
-- 100
- Sacerdotes
de Bétharram -- 80
- Hermanos
Cristianos de Ploërmel -- 272
- Hermanos
Cristianos del Sagrado Corazón -- 346
- Misioneros
del Corazón Sagrado -- 27
- Padres
Sulpicianos -- 30
- Congregación
de la Santa Cruz -- 40
- Padres
de Misericordia -- 21
- Hijos
de María Inmaculada -- 15
- Hermanos
de Nuestra Dama de la Anunciación -- 60
- Hermanos
de la Sagrada Familia -- 40
- Benedictinos
de La-Pierre-qui-Vire -- 25
- Padres
de La Salette -- 5
- Trapistas
-- 21
Una
lista similar de mujeres comprometidas con la obra religiosa de las misiones,
hecha la víspera de la Ley de 1901, dio un gran total de 7 745 religiosos y 9
150 religiosas proporcionadas por la sola Francia para esta obra. Las Missions
Etrangères contaban en 1908 con 37 obispos, 1 371 misioneros, 778 sacerdotes locales,
3 050 catequistas, 45 seminarios, 2 081 seminaristas, 305 religiosos, 4 075 religiosas,
2 000 vírgenes chinas, 5 700 iglesias y capillas, 347 casas-cuna y orfelinatos,
albergando a 20 409 niños, 484 farmacias y dispensarios farmacéuticos, 108 hospitales
y asilos para leprosos. Ese mismo año (1908) dispensó el bautismo a 33 169 adultos
y 139 956 niños. En Jerusalén el Cardinal Lavigerie fundó en 1855 el seminario
de Santa Ana para los ritos Orientales; los dominicanos franceses fundaron en
1890, en Jerusalén, una escuela para estudios Bíblicos, y en la costa noroeste
de Asia Menor, cerca de Constantinopla, los Asuncionistas franceses reorganizaron
la Iglesia Uniata griega, y prepararon el camino para el éxito del Congreso Eucarístico
de 1893, presidido por el Cardinal francés Langénieux, legado del Papa León XIII,
en el que los cristianos de rito oriental se pudieron congregar. En el distrito
del Líbano, los Jesuitas franceses tenían una escuela en Beirut con 520 estudiantes,
la mayor parte médicos, y una prensa sin rival por su impresión árabe. Además
de esto tenían 125 escuelas elementales cerca de su universidad. En Esmirna, los
Lazaristas franceses tenían una congregación de 16 000 católicos allí donde, en
1800, había sólo 3 000. Tan sólo en Esmirna, las escuelas francesas, o bajo influencia
francesa, tenían mas de 19 000 alumnos, y en el vilayet de Esmirna casi 3 000
alumnos. Las escuelas de los Capuchinos franceses en Palestina tenían 1 000 alumnos,
las de los Jesuitas franceses en Turquía europea, 7 000 alumnos.
En
1860, Francia intervino en favor de los cristianos de Oriente, que eran amenazados
por el fanatismo de Turcos, árabes y Drusos. Es en esa ocasión que se dice que
Faud Pasha dijo, señalando algunos religioso que estaban presentes, "no tengo
miedo de las 40 000 bayonetas que tienen en Damasco, pero si temo a estas sesenta
túnicas." En Mosul unos dominicanos franceses, asistidos por las hermanas
de la Presentación de Tours, tuvieron una residencia desde 1856; habían establecido
hospitales, talleres, y dispensarios por toda Mesopotamia, así como un seminario
Sirio-Caldeo. Estos misioneros llevaron de nuevo a la unidad cristiana, bajo el
pontificado de León XIII, a 50 000 Nestorianos, y a 30 000 armenios Gregorianos.
De semejante manera 26 jesuitas de la provincia de Lyon habían construido escuelas
en toda Armenia durante más de treinta años. La antigua Sede de Babilonia fue
reemplazada en 1844 por la Sede de Bagdad donde un obispo francés gobernó sobre
90 000 católicos de varios ritos. En Persia los Lazaristas franceses tenían una
congregación de 80 000 fieles donde, en 1840, había sólo 400. Los Capuchinos franceses
establecidos en Adén empezaron a establecerse en Arabia. Los jesuitas franceses
evangelizaban Ceilán. Bajo la dirección de los sacerdotes de las Missions Etrangères,
asistidos por cinco comunidades de religiosas, el número de católicos en Pondicherry
se multiplicó por diez durante el siglo XIX. Los Sacerdotes de San Francisco de
Sales de Annecy tuvieron el cargo del vicariato de Vizagapatam desde 1849. Tan
sólo la ciudad de Bombay no tiene menos de veintisiete conferencias de San Vicente
de Paul. En Birmania los sacerdotes de las Missions Etrangères ofician para 40
000 católicos, donde eran sólo 5 000 en 1800. La misión de Siam, hecha famosa
por Fenélon, y en ruinas a principios del siglo XIX, tenía, a principios del siglo
XX, más de 20 000 almas. Y en el seminario de Penang, los sacerdotes franceses
formaban un clero nativo. Las nueve misiones francesas de Tongking y Cochinchina
tenían 650 000 católicos. Fue un misionero, Mgr. Puginier, quien, de 1880 a 1892,
hizo tanto para abrir esas regiones a la exploración francesa.
"Si no hubiera sido por los misioneros y los cristianos", un
pirata Malayo dijo una vez, "Los franceses en Tongking hubieran sido tan
impotentes como cangrejos sin patas."
China
es el terreno de misión de los Jesuitas, los Lazaristas, y los sacerdotes franceses
de las Missions Etrangères. El diccionario francés-coreano publicado por los sacerdotes
de las Missions Etrangères; los trabajos sobre la filosofía china, iniciados en
el siglo XVIII por el jesuita Amiot y continuados en el siglo XIX por los jesuitas
franceses en su imprenta china de Zi-ka-wei; las investigaciones en ciencias naturales
hechas en China por el Lazarista David y los jesuitas Heude, Desgodins, Dechevrens;
los trabajos ejecutados en los campos de la astronomía y la meteorología por los
Jesuitas franceses Zi-ka-wei -- todos estos logros de los misioneros franceses
les han ganado el elogio del mundo erudito. En el siglo XIX el restablecimiento
en Japón de la Iglesia fue iniciado por Monseñor Forcade, luego Arzobispo de Aix,
y los Marianistas franceses laboraban para establecer un clero japonés nativo.
En
Oceanía desde 1836, cuando Chanel, Bataillion, y algunos otros Maristas tomaron
posesión de las miles de islas esparcidas entre Japón y Nueva Zelanda, la obra
de evangelización ha pasado por Australia, Nueva Zelanda, las Islas Wallace, Nueva
Caledonia, las Nuevas Hébridas, y la Isla Sydney. Los Padres del Sagrado Corazón
de Issoudun estaban en las Islas Gilbert; los padres de Picpus trabajan en las
islas Hawai, Tahití, y las Marquesas. La fama del Padre Damián (Joseph Damien
de Veuster), uno de los Padres de Picpus, el apóstol de los leprosos de Molokai,
se ha propagado por todo el mundo.
En
África el Padre Libermann (un judío convertido de Alsacia) y su Congregación del
Espíritu Santo y del Corazón Inmaculado de María emprendieron, en 1840, la evangelización
de la raza negra. Su obra se extendió por todo ese continente pagano; y los misioneros
establecidos por Monseñor Augouard en Ubangi estaban en el centro mismo de los
distritos caníbales. Jesuitas, Padres del Espíritu Santo, y Lazaristas trabajaban
en Madagascar; Los Jesuitas estaban establecidos a lo largo del Río Zambesi y
los Misioneros africanos de Lyon tenían establecimientos alrededor del Golfo de
Guinea, en el Cabo de Buena Esperanza y en Dahomey, mientras que los Oblatos de
María estaban en Natal. En Senegal la Madre Ana-Marie Javouhey, fundadora de las
hermanas de San Joseph de Cluny -- ella de quien Luis Felipe dijo "Madame
Javouhey c'est un grand homme" (La Señora Javouhey es un gran hombre) --
abrió las primeras escuelas francesas en 1820, y realizó los primeros ensayos
de agricultura en esa región. En Egipto, los Jesuitas franceses tenían dos universidades;
los misioneros de Lyon, una; los Hermanos de las escuelas Cristianas enseñaban
a más de 1000 alumnos; y 60 escuelas parroquiales, con más de 3 000 niños, estaban
bajo el cuidado de comunidades de hermanas francesas. Los lazaristas franceses
oficiaban para 13 000 almas en Abisinia. La provincia eclesiástica de Argelia,
que en 1800 contaba 4 000 almas, tenía al momento de la muerte del Cardinal Lavigerie
400 000, con 500 sacerdotes, 260 iglesias y 230 escuelas, mientras Túnez, que
en 1800 contaba tan sólo con 2 000 católicos, tenía 27 000 atendidos por 153 religiosos
en 22 parroquias. Los Hermanos de las escuelas Cristianas fueron pioneros del
idioma francés en Túnez, como lo habían sido en todo el Imperio Otomano de Constantinopla
al Cairo, y la Congregación de los Padres Blancos, que envió sus primeros diez
misioneros de Argel el 17 de abril de 1878, a África ecuatorial, fundó, en Uganda
y a lo largo del Lago Tanganica, comunidades cristianas, una de las cuales, en
mayo de 1886, le dio 150 mártires a la Fe.
En
esta pacífica conquista del continente africano, por iniciativa de un cardinal
francés, se le debe dar un lugar de honor al admirable papel jugado en la colonización
y desarrollo de la Guayana francesa, desde el año de 1828, por la Madre Javouhey,
de cuyo esfuerzo en Senegal ya hemos hablado. Fue ella quien, bajo la monarquía
de julio, y a petición del gobierno, emprendió en Guayana la obra de educar a
los infortunados negros liberados de los buques de esclavos capturados por los
hombres de guerra, y a quienes eventualmente empleaba como trabajadores libres.
Su solo ejemplo bastaría para refutar la calumnia tan a menudo repetida de que
los franceses no son colonizadores.
Sólo
en una parte del mundo en Oriente -- fue este vasto movimiento misionero
sostenido, aunque haya sido poco, por el Erario francés. En Levante un cierto
número de escuelas de la iglesia recibían ayuda del estado, como una asistencia
a la extensión del idioma francés, pero hubo una oposición a esas subvenciones
y se disminuyeron. El 12 de diciembre de 1906, M. Dubief, reasignando el Presupuesto
de Asuntos Exteriores, propuso la supresión de las sumas votadas para ayudar a
las escuelas conducidas por congregaciones religiosas en Oriente. M. Pichon, ministro
de Asuntos Exteriores, prometió acelerar la obra de laicización, y por medio de
esa promesa, obtuvo la prolongación del crédito de 92 000 francos. Es una pena
que el objetivo de las Cámaras haya sido, por varios años, el reducir la ayuda
dada por Francia a esas escuelas y crear, en Oriente, instituciones francesas
educativas de carácter puramente seculares. M. Marcel Charlot, en 1906, y M. Aulard,
en 1907, el uno en nombre del Estado, el otro en interés de la Mission Laïque,
hicieron un crítico estudio de nuestras escuelas religiosas en oriente y contribuyeron
al movimiento de laicización cuyo éxito significaría la disolución de la clientèle
religiosa de Francia en Oriente y la disminución de la influencia política francesa.
VI. FRANCIA EN ROMA
Junto
al papel que Francia ha jugado en el campo misionero, se debe notar la actividad
diplomática de la Tercera República en Roma, en su papel como protector de instituciones
pías. Esto permite demostrar la profundidad, la realidad, la fuerza que lleva
el antiguo dicho: Gallia Ecclesiæ Primogenita
Filia.
En
1890 en ocasión de la peregrinación de los trabajadores franceses, el Conde Lefebvre
de Béhaine, embajador francés, formalmente renovó las exigencias de la República
francesa sobre la capilla de Santa Petronila, fundada por Pipino el Breve en la
basílica de San Pedro. Los principales establecimientos religiosos sobre los que
ciertas prerrogativas fueron ejercidas por la embajada francesa en Roma, hasta
su supresión en 1903, fueron: la iglesia y comunidad de capellanes de San Luis
el francés, la iglesia nacional francesa de Roma, que databa de la confraternidad
instituida en 1454; la pía fundación de San Yves de los bretones, que data de
1455; la iglesia de San Nicolás de los Loreneses, que data de 1622; la iglesia
de San Claudio de los Borgoñones, que data de 1652;
el convento de Trinita en la Colina Pincian, que fue fundado por Charles
VIII, en 1494, para los Frailes Menores, y se convirtió, en 1828, en una escuela
de internos bajo el cuidado de las damas francesas del Sagrado Corazón. Ha habido
también un vínculo antiguo entre Francia y el Capítulo Laterano, debido a los
donativos entregados al capítulo por Luis XI y Enrique IV, y al don anual dado
por Carlos X, en 1845, y por Napoleón III, en 1863. Aunque este don fue suspendido
por la república en 1871, el Capítulo Laterano, hasta la supresión de la Embajada
de la Santa Sede (1904), guardó siempre relaciones oficiales con el embajador
francés a quien, el primero de enero de cada año, se le entregaba un mensaje especial
de saludo para el presidente de la República. Por último, desde 1230 siempre ha
habido un interventor francés en la Rota. En 1472 Sixto IV formalmente reconoció
esto como un derecho de la nación francesa. La renta otorgada por Francia al interventor
fue suspendida en 1882, pero el cargo sobrevivió, y la reorganización del tribunal
de la Rota, hecha por el Papa Pio X (septiembre y octubre de 1908), fue seguido
por el nombramiento de un interventor francés.
VII. DIVISIONES ECLESIASTICAS
En
1780 Francia, a excepción de Venaissin, que le correspondía el mismo papa, fue
dividida en 135 diócesis; dieciocho arzobispados o provincias eclesiásticas con
106 sedes sufragáneas y once sedes dependientes de metropolitanos extranjeros.
Las últimas once sedes eran: Estrasburgo, sufragánea de Mainz; St-Dié, Nancy,
Metz, Toul, Verdún, sufragáneas de Trier; y cinco en Córcega, sufragáneas de Génova
o de Pisa. Las dieciocho sedes arzobispales eran: Aix, Albe, Aries, Auch, Besançon,
Burdeos, Bourges, Cambrai, Embrun, Lyon, Narbona, Paris, Reims, Ruán, Sens, Toulouse,
Tours, Vienne. En 1791 la asamblea constituyente suprimió las 135 diócesis, y
creó diez sedes metropolitanas con una diócesis sufragánea en cada departamento.
El concordato de 1851 instaló cincuenta obispados y diez arzobispados; el concordato
de 1817 produjo un nuevo arreglo, realizado en 1822 y 1823 por la creación de
nuevos obispados. Francia y sus colonias, a principios del siglo XX, estaba dividida
en noventa diócesis, de las que dieciocho eran metropolitanas y setenta y dos
sufragáneas, como sigue:
·
Marsella (Metropolitano) -- Fréjus, Digne,
Gap, Nice, Ajaccio. Sufragáneas
·
Albi -- Rodez, Cahors, Mende, Perpignan.
· Argel -- Constantine, Oran.
·
Auch -- Aire, Tarbes, Bayonne.
·
Avignon -- Nimes, Valence, Viviers, Montpellier.
· Besançon -- Verdun, Belley, St-Dié, Nancy.
· Burdeos -- Agen, Angoulême, Poitiers,
Périgueux, La Rochelle, Luçon, La Basse-Terre (Guadaloupe, W. I.), La Réunion
(Océano Indico), Fort-de-France, Martinique,
W. I.).
· Bourges -- Clermont, Limoges, Le Puy,
Tulle, St-Flour.
·
Cambrai -- Arras.
·
Chambery -- Annecy, Tarentaise, Maurienne.
· Lyon -- Autun, Langres, Dijon, St-Claude,
Grenoble.
· Paris -- Chartres, Meaux, Orléans, Blois,
Versailles.
·
Reims -- Soissons, Châlons-sur-Marne,
Beauvais, Amiens.
·
Rennes -- Quimper, Vannes, St-Brieuc.
· Ruán -- Bayeux, Avreux, Séez, Coutances.
· Sens -- Troyes, Nevers, Moulins.
·
Toulouse -- Montauban, Pamiers, Carcassonne.
· Tours -- Le Mans, Angers, Nantes, Laval.
VIII. LA TERCERA REPUBLICA Y LA IGLESIA
EN FRANCIA
La
política conocida como anticlerical, inaugurada por Gambetta en su discurso en
Romans, el 18 de septiembre de 1878, incluyendo el famoso lema "Le cléricalisme,
c'est l'ennemi", se debió a la influencia de las Logias Masónicas, que desde
esa fecha han mostrado su odio incluso a la idea misma de Dios. Si se sigue cuidadosamente
la serie de ideales proferidos en las reuniones Masónicas, se encontrará seguramente
el primer germen de las leyes sucesivas que se han ideado en contra de la Iglesia.
Para justificar su acción delante del pueblo, el Gobierno ha afirmado que la simpatía
de un gran número de católicos, incluyendo a muchos miembros del clero, era por
los partidos monárquicos. Esta política también se presentó a si misma como una
venganza por el atentado del 16 de mayo de 1877, por el que los monárquicos habían
tratado de estorbar en Francia las acciones progresistas de los liberales (la
Gauche) y del espíritu democrático. Su primeras realizaciones fueron, en 1879,
la exclusión de los sacerdotes de los comités administrativos de los hospitales
y de los comités de beneficencia; en 1880 ciertas medidas dirigidas en contra
de las congregaciones religiosas; de 1880 a 1890, la substitución de monjas por
mujeres laicas en muchos hospitales; y, en 1882 y 1886, las "Leyes Escolares"
(lois scolaires) que se discutirán en
detalle más adelante.
El
concordato continuó a gobernar las relaciones entre la Iglesia y el Estado, pero
en 1881, el método de supresión del salario (suppression de traitement)
empezó a ser empleada en contra de los sacerdotes cuya actitud política era inaceptable
al Gobierno y, la Ley de 1893, que sometió la administración financiera de la
propiedad de la iglesia a las mismas reglas que los establecimientos civiles,
le ocasionó una viva preocupación al clero. Ya en marzo de 1888, León XIII le
había escrito al presidente Grévy, quejándose del rencor anti-religioso, y expresando
la esperanza de que para la hija mayor de la Iglesia fuera posible el abandonar
esa contienda y no renunciar a la armonía y homogeneidad entre sus ciudadanos
que habían sido las fuentes de su propia y especial grandeza, y no obligar así
a la historia a proclamar que la desconsiderada obra de un día había destruido
en Francia la magnífica realización de las edades. Jules Grévy contestó que el
sentimiento anti-religioso era en cierto modo el resultado, principalmente, de
la actitud hostil de una parte del clero contra la República. Unos años más tarde
(12 de noviembre de 1890), el Cardinal Lavigerie, volviendo de Roma, e inspirado
por León XIII, dio un discurso en presencia de todas las autoridades, militares
y civiles, de Argelia, en el que dijo: "Cuando
la voluntad de un pueblo acerca de la forma de su gobierno se ha afirmado claramente,
y cuando, para salvar al pueblo de los abismos que lo amenazan, la adherencia
incondicional a esa forma política es necesaria, entonces el momento ha venido
de declarar la prueba concluida, y sólo resta el hacer todos aquellos sacrificios
que la conciencia y el honor nos permiten y ordenan, por el bien de nuestro país."
Este discurso, que causó una gran conmoción, fue seguido por una carta del Cardinal
Rampolla, secretario de Estado de León XIII, dirigida al Obispo de St-Flour, en
la que el cardinal exhortó a los católicos a salir adelante y tomar parte en los
asuntos públicos, avanzando así en el mejor y más seguro camino para la obtención
de ese tan noble objetivo, el bien de la religión y la salvación de las almas.
Por último, un Informe de León XIII al Cardinal Lavigerie, a principios de 1891,
le aseguró que su celo y actividad respondían perfectamente a las necesidades
del momento y a las expectativas del papa.
De
estas declaraciones data en Francia la política conocida como "Ralliement,"
y como "La Política Republicana de León". Al instante los Arzobispos
de Tours, Cambrai, los Obispos de Bayeux, Langres, Digne, Bayonne y Grenoble afirmaron
su adhesión al "Programa de Argel", y la prensa Monárquica los acusó
de "besar los pies Republicanos de sus verdugos". El 16 de enero de
1892, se publicó una carta colectiva de los cinco cardenales franceses, enumerando
todos los actos de opresión sancionados por la República en contra de la Iglesia,
y concluyendo, en conformidad con el deseo de Roma, con el anuncio del programa
siguiente: Aceptación sincera y leal de las instituciones políticas; respeto por
las leyes del país siempre que no choquen con las obligaciones de conciencia;
respeto para los representantes de la autoridad, combinado con una firme resistencia
contra todas las intrusiones en el dominio espiritual.
En
un mes los setenta y cinco obispos adhirieron al precedente programa, y en el
ambiente así preparado, la voz del Papa León se oyó una vez más. En la Encíclica
"Inter innumeras sollicitudines," fechada el 10 de febrero de 1892,
León XIII exhortó a los católicos a no juzgar a la República por el carácter irreligioso
de su gobierno, y explicó que se debe hacer una distinción entre la forma de gobierno,
que se debe aceptar, y sus leyes, que se pueden perfeccionar. Así fue la política
de apoyo a la República precisamente declarada, y recomendada a los católicos
de Francia, y explicada en los folletos, en Paris, del Cardinal Perraud, y en
Roma, del Fr. Brandi, redactor de la "Civiltà Cattolica." Los anticlericales
y los monárquicos se alarmaron. Los monárquicos protestaron contra la interferencia
del papa en la política francesa, y los anticlericales declararon que en la República
no había lugar para los "republicanos romanos." Ambos partidos afirmaron
que era imposible distinguir entre la forma Republicana de gobierno y las leyes
Republicanas. Un fútil incidente, ocasionado por la visita de algunos peregrinos
franceses al Partenón en Roma, que contiene la tumba de Víctor Emmanuel, llevó
a M. Falliéres, ministro de la Justicia, a emitir una circular en contra de las
peregrinaciones (octubre de 1891), y ocasionó un vivo debate en la Cámara francesa
sobre la separación de la Iglesia y del Estado. Pero a pesar de estos arrebatos
de Anticlericalismo, el horizonte político, especialmente después de la Encíclica
de febrero de 1892, llegó a ser más tranquilo. La política de combinar fuerzas
Republicanas por la fusión de Moderados y Radicales para apoyar un programa común
de concentración Republicana, cuyo programa continuamente desarrollaba nuevas
medidas anticlericales como concesiones a los Radicales -- gradualmente pasó de
moda. Después de las elecciones de octubre de 1893, por primera vez en muchos
y largos años, se formó un ministerio homogéneo, un ministerio compuesto exclusivamente
de Republicanos Moderados, y conocido como el Ministerio Casimir Périer-Spuller.
El 3 de marzo de 1894, durante una discusión en la Cámara sobre la prohibición
de símbolos religiosos del Alcalde socialista de Saint Denis, Spuller, ministro
del Culto Público, declaró que era hora de tomar posición contra todos los fanatismos
cualesquiera que fueran -- contra todos los sectarismos, independientemente de
la secta particular a la que pudieran pertenecer -- y que la Cámara podía contar
inmediatamente con la vigilancia del Gobierno para apoyar los derechos del Estado,
y en el espíritu nuevo (esprit nouveau) que animaba al Gobierno, y trataba de reconciliar
a todos los ciudadanos y hacer que todos los franceses regresaran a los principios
de sentido común y de justicia, y de la caridad necesarios a toda sociedad que
quiere sobrevivir. Así pareció desarrollarse, junto a la política de apoyo practicada
por la Iglesia, una política conciliatoria similar por parte del Estado.
Una
carta del Cardinal Rampolla, fechada el 30 de enero de 1895, a M. Auguste Roussel,
ex-editor del "Univers", pero que había llegado a ser editor en jefe
de la "Vérité," mostrando el error de esta última publicación por agitar
la opinión en contra de la República, sosteniendo en la mente de sus lectores
la convicción de que era inútil esperar la paz religiosa de una tal forma de gobierno,
creando una atmósfera de desconfianza y desaliento y frustrando la tendencia hacia
un buen entendimiento general que la Santa Sede deseaba, sobre todo en el contexto
de las elecciones. Esta carta creó gran sensación, y las polémicas entre los periódicos
mostraron el contraste entre los católicos del "Univers" y la "Croix,"
dóciles a León XIII, con los católicos refractarios de la "Vérité."
El 5 de febrero de 1896, Félix Faure escribió lo siguiente al Papa León: "El
presidente de la República no puede olvidar los generosos motivos que incitaron
el consejo dado por Su Santidad a los católicos de Francia, alentándolos a aceptar
lealmente el gobierno de su país. Su Santidad lamenta que sus súplicas por la
armonía y la paz no hayan sido escuchadas en todas partes; y nos unimos a esos
pesares. Ese ilustrado consejo dado a los adversarios de la República, para cuyas
conciencias la cabeza de la Iglesia es 'todopoderosa', debería haber sido seguido
por todos. Sin embargo, notamos en este momento, con pesar, que hay hombres que,
bajo el manto de la religión, fomentan una política de discordia y de disputa.
Sería, sin embargo, injusto no reconocer que, aun cuando las buenas instrucciones
de Su Santidad no han producido todos los efectos que se podían haber esperado
de ellas, muchísimos católicos leales las han aceptado. Al mismo tiempo, esta
demostración de buena voluntad produjo, entre aquellos Republicanos que estaban
más firmemente solidarizados con los derechos del poder civil, un espíritu de
conciliación que ha contribuido grandemente a mitigar el conflicto de pasiones
que nos entristeció."
Esta
carta, publicada por primera vez a fines de 1905, en el "Libro Blanco"
de la Santa Sede, pone en claro relieve las relaciones existentes entre la Iglesia
y la República cuatro años después de la encíclica de febrero de 1892, y tres
meses antes de la formación del Ministerio Méline, que debería llevar a la República
hacia una moderación aun más grande. El Ministerio Méline (1896-98) ofreció a
los católicos una cierta mejora de su suerte durante dos años. Pero la división
de los católicos persistió, y esa división, que surgió de su indocilidad a León
XIII, fue la causa principal de su derrota en las elecciones de 1898, cuando el
Ministerio Méline terminó. El antiguo partido Republicano Anticlerical llegó una
vez más al poder; el caso Dreyfus, un asunto exclusivamente judicial alrededor
del cual crecieron facciones políticas, se convirtió en un pretexto, poco después
de la muerte del presidente Faure (16 de febrero de 1899), para iniciar una formidable
agitación antimilitarista y anticlerical, la cual llevó a la formación de los
Ministerios Waldeck-Rousseau y Combes.
El
Ministerio Waldeck-Rousseau (1899-1902) introdujo legislación nueva en contra
de las congregaciones (se hallará el detalle al final de este artículo) y llevó
Francia al borde de la ruptura con Roma sobre la cuestión del Nobis nominavit. Estas dos palabras, que
aparecían en Bulas episcopales, significaban que el sacerdote escogido por el
Estado para ocupar un obispado había sido designado y presentado a la Santa Sede.
El 13 de junio de 1901, cuando se requirieron Bulas para los obispos de Carcassonne
y Annecy, el Ministerio Waldeck-Rousseau propuso que se debería omitir la palabra
Nobis, para afirmar más claramente el derecho del Estado a la nominación. El Ministerio
Combes (1902-05) prolongó la disputa sobre este asunto, y el 22 de noviembre de
1903, la Santa Sede, para evitar una ruptura con Francia, consintió a omitir la
palabra molesta, a condición de que, en el futuro, el presidente de la República
debería demandar la institución canónica de obispos por medio de cartas patentes
que incluyeran las palabras, lo nombramos y lo presentamos a Su Santidad.
A pesar de esta concesión de la Santa Sede, M. Combes se avocó a la tarea de planificar
la separación de la Iglesia y del Estado. Sintiendo que la opinión pública no
estaba todavía preparada para esta eventualidad, dirigió todos sus esfuerzos a
hacer que la separación fuera inevitable. La laicización de los hospitales navales
y militares (1903-04), la orden prohibiendo que los soldados frecuentaran clubes
católicos (9 de febrero de 1904); el voto de la Cámara (14 de febrero de 1904)
en favor de la abrogación de la Ley Falloux fueron episodios menos graves que
la sucesión de calculadas acciones por las que se preparaba la ruptura con Roma.
Tres disputas siguieron una a la otra.
Con
respecto a sedes vacante, la política de Combes fue la de exigir la institución
canónica para el candidato de su elección sin consultar previamente Roma. La Santa
Sede negó su consentimiento en los casos de los obispados de Maurienne, Bayonne,
Ajaccio, y Vannes, y aceptó el candidato de M. Combe para Nevers. "Todos o ninguno," respondió M. Combes,
el 19 de marzo de 1904, al nuncio, Monseñor Lorenzelli; y todas las sedes permanecieron
vacantes.
El
25 de marzo de 1904, la cámara aprobó, por 502 votos contra 12, la asignación
de una suma de dinero para costear los gastos de una visita de M. Loubet, presidente
de la República, a Roma. M. Loubet sería así el primer jefe de un Estado católico
a visitar al Rey de Italia en Roma. Una nota del Cardinal Rampolla a M. Nisard,
el Embajador francés, fechada del 1 de junio de 1903 y un despacho del cardinal
al nuncio Monseñor Lorenzelli, fechada del 8 de junio, habían explicado las razones
por las qué tal visita se consideraría un grave insulto a la Santa Sede. El 28
de abril de 1904, el Cardinal Merry del Val le envió una protesta a M. Nisard
en contra de la visita de M. Loubet a Roma. El 6 de mayo M.
Nisard
entregó una nota diplomática al Cardinal Merry del Val en la que el gobierno francés
objetaba por las razones dadas por la Santa Sede y por la manera en la que se
presentaron. Al mismo tiempo, para evitar que los mandatarios de otros países
católicos siguieran el ejemplo de M. Loubet, la Santa Sede envió una nota diplomática
a todas las autoridades en la que se explicó que si, a pesar de esta visita, no
se había convocado a Roma al nuncio en Francia, era sólo por razones muy graves
de un orden y naturaleza totalmente especiales. Por una indiscreción que se ha
atribuido al Gobierno del Principado de Mónaco, "L'Humanité," un periódico
perteneciente al diputado socialista, Jaurès, publicó esa nota el 17 de mayo.
El 20 de mayo M. Nisard pidió una explicación al Cardinal Merry del Val; el 21
el Gobierno le concedió permiso de ausencia; y el 28 de mayo, en la Cámara, el
Gobierno dio a entender que la salida de M. Nisard de Roma tenía una importancia
mucho más seria que la de un simple permiso de ausencia.
Habiendo
sabido de una carta del Cardinal Serafino Vannutelli (17 de mayo de 1904) invitando
a monseñor Geay, Obispo de Laval, en nombre del Santo Oficio, a renunciar a su
sede, y de una carta en la que monseñor Lorenzelli, el nuncio papal, pedía a monseñor
Le Nordez, Obispo de Dijon, que cesara las ordenaciones hasta no tener órdenes
más amplias, el Gobierno francés le pidió a su chargé d'affaires en Roma, M. Robert
de Courcel, que investigara el asunto. Cuando el 9 de julio de 1904, el Cardinal
Merry del Val citó monseñor Le Nordez a comparecer a Roma en menos de quince días,
bajo pena de suspensión, M. Robert de Courcel le anunció al cardinal que, a menos
de que se retirara esa carta a monseñor Le Nordez, las relaciones diplomáticas
entre Francia y la Santa Sede cesarían; y el 30 de julio de 1904, una nota que
M. Robert de Courcel le dio al Cardinal Merry del Val le anunció que Francia había
decidido de terminar esas relaciones.
De
esta manera se efectuó la ruptura sin ninguna denuncia formal del concordato.
El 10 de febrero de 1905, la Cámara declaró que "la actitud del Vaticano"
había rendido inevitable la separación de la Iglesia y del Estado. El "Osservatore
Romano" contestó que ésa era una "mentira histórica." Las discusiones
en la cámara duraron del 21 de marzo al 3 de julio, y en el Senado del 9 de noviembre
al 6 de diciembre, y el 11 de diciembre de 1905, la Ley de la separación fue publicada
en el "Journal Officiel".
IX. LEYES CONCERNIENTES A LAS CONGREGACIONES
La
Monarquía había tomado medidas fiscales en contra de la propiedad poseída en mortmain
("mano muerta") pero las primeras ejecuciones rigurosas de leyes contra
las congregaciones religiosas datan de la Revolución. La Ley del 13 de febrero
de 1790, declaró que los votos monacales ya no se reconocerían y que las órdenes
y congregaciones en las que tales votos se hicieran serían suprimidas para siempre.
El concordato mismo no decía nada acerca de las congregaciones; pero el undécimo
de los Artículos Orgánicos implícitamente los prohibió, declarando que todos los
establecimientos eclesiásticos, excepto los capítulos y los seminarios, se suprimieron.
Dos años más tarde un decreto, fechado el 3 de Mesidor, año XII, que suprimía
ciertas congregaciones que se habían creado a pesar de la ley, agregó una provisión
que decía que la autoridad civil podía, por decreto, formalmente autorizar tales
asociaciones después de haber tomado conocimiento de sus estatutos. Los Lazaristas,
las Missions Etrangères, los Frailes del Espíritu Santo, y los Sulpicianos fueron,
en virtud de esta ley, autorizados por decreto en 1804; los Hermanos de las escuelas
cristianas, en 1808. Durante la restauración, la Cámara de Pares negó al rey el
derecho de crear congregaciones por decreto real (par ordonnace), declarando que para cada
re-establecimiento específico de una congregación una ley era necesaria.
Tal
era el principio que rigió hasta el año de 1901; pero las aplicaciones de ese
principio variaron con los cambios de gobierno. Bajo el Segundo Imperio se admitió
en práctica que una simple autorización administrativa era suficiente para legalizar
una congregación de mujeres, con tal de que tal congregación adoptara los estatutos
de una congregación previamente autorizada. Bajo la Tercera República fue bajo
el pretexto de una aplicación estricta de la ley que, en 1880, se disolvió la
compañía de jesus, y se ordenó a las otras congregaciones que presentaran
la solicitud de autorización dentro de los tres meses. Las protestas de los católicos,
y las críticas que se generalizaron sobre el carácter arcaico de las leyes en
las que se basaron estos decretos, tuvieron el gran efecto de que, después de
la aplicación brutal de los decretos a la mayor parte de las congregaciones de
hombres, el gobierno no se atrevió a aplicarlas a las congregaciones no autorizadas
de mujeres; gradualmente se convirtieron en letra muerta; y poco a poco se re-formaron
las congregaciones de hombres en el nombre de la libertad individual. Pero en
este estado de asuntos, sólo las congregaciones formalmente autorizadas podían
considerar como "personas morales" delante de la ley. Desde 1849 las
congregaciones religiosas habían pagado al erario un "impuesto de mortmain"
(taxe de biens de mainmorte) en lugar de
los derechos de sucesión a las que escapan las propiedades de una "persona
moral". Con la doble consideración de que este impuesto no se aplicaba a
la propiedad personal y de que la propiedad poseída, a sabiendas, en mortmain
lo evadía, la Tercera república autorizó las siguientes aprobaciones y sanciones
de ley.
Una
ley de incremento (droit d'accroissement)
así llamada porque se pensaba afectar ese aumento en el interés individual que
cada miembro superviviente tenía en el patrimonio común el cual debería aumentar
luego del fallecimiento de un miembro-asociado. Este derecho es representado por
un impuesto de composición (taxe abonnement)
evaluada a razón de 0,3 por ciento sobre el valor de mercado de los bienes raíces
y del patrimonio personal detenidos por la asociación. En los bienes raíces detenidos
por asociaciones no sujetas a la ley de mortmain, el porcentaje es de 0,4 por
ciento.
Un
impuesto del cuatro por ciento sobre los ingresos de las propiedades poseídas
u ocupadas por congregaciones, suponiendo que esos ingresos eran iguales a un
vigésimo del valor bruto de la propiedad.
El
1 de enero de 1901, Francia contaba 19 424 establecimientos de congregaciones
religiosas, con 159 628 miembros. De estos establecimientos 3 126 correspondían
a congregaciones de hombres; 16 298 a congregaciones de mujeres (2 870 de estas
últimas eran regularmente autorizadas y 13 428 no reconocidas). Los miembros de
las congregaciones masculinas eran 30 136, de los cuales 23 327 correspondían
a institutos de enseñanza, 552 servían en hospitales y 7 277 seguían la vocación
contemplativa [sic]. El valor real de los bienes inmuebles, que soportaban impuestos
como poseídas por congregaciones, sumaba 463 715 146 francos (aproximadamente
$92 000 000 o entre £18 000 000 y £19 000 000) y en esa estimación se incluyó
toda propiedad dedicada por los religiosos a fines caritativos y educativos. Pero
el Departamento de Dominios, trazando su informe estadístico (cuyas estadísticas
fueron, con justicia, puestas en duda), explicó que, además de la propiedad real
a la que se imponían contribuciones por pertenecer a congregaciones, se debería
tomar en cuenta la propiedad real ocupada por ellas a través de la complacencia
de corporaciones laicas o de propietarios a quienes el Estado declaró como simples
intermediarios (personnes interposées), y el departamento
situó el valor combinado de estas dos clases de propiedades a 1 071 775 260 francos.
A esta injusta estimación se debe la noción popular de la que se aprovecharon
diestramente ciertos partidos políticos sobre le milliard des congrégations.
La
ley de asociaciones, del 1 de julio de 1901, definió que ninguna congregación,
sea de hombres o de mujeres, puede ser formada sin una decisión legislativa de
autorización, la cual debe determinar la función de tal congregación. Así acabó
el régimen de tolerancia a congregaciones de mujeres que había sido inaugurado
por el Imperio. Las congregaciones previamente autorizaron y aquéllos que deberían
obtener autorización enseguida tenían, según esta ley, la condición de "personas
morales," pero esta condición conllevaba una obligación y las mantuvo perpetuamente
bajo una amenaza. Por una parte se promulgó que deberían, cada año, preparar la
lista de sus miembros, un inventario de sus posesiones y una declaración de sus
ingresos y gastos, y deberían poder presentar estos documentos a la demanda de
la autoridad prefectoral. Por otra parte, bastaba con un decreto ordinario del
Consejo de ministros, para despojar a cualquier congregación de su autorización.
Y por último, las congregaciones autorizadas podían fundar "establecimientos
nuevos" tan sólo en virtud de un decreto del Consejo de Estado, y el Consejo
de Estado, en interpretación de la ley, consideraba que hay un "establecimiento
nuevo" cuando laicos, en cooperación con uno o más miembros de una congregación,
fundaban una escuela o un hospital. Si el patrón de una empresa industrial le
pagaba a una hermana por la enseñanza o el cuidado de los niños de sus obreros,
la ley consideraba que se trataba de un nuevo establecimiento, para el que una
autorización del Consejo de Estado era necesaria. En cuanto a las Congregaciones
no autorizadas, la Ley de 1901 las declaró disueltas y los concedió tres meses
para presentar la solicitud de autorización. Las congregaciones que se reconstituyeran
después de su disolución, o que, en el futuro, se constituyeran sin autorización,
se hacían, en virtud de la misma ley, responsables con penas y multas (multas
de desde 16 a 5 000 francos; períodos de encarcelamiento de desde 6 días a un
año); multas dobles se imponían a los fundadores y administradores, y el hecho
de proporcionar inmuebles, y así favorecer el funcionamiento de tales congregaciones
fue, en 1902, declarado una infracción que conllevaba las mismas penas. Además
la ley declaró a cada miembro de una congregación religiosa no autorizada, incapaz
de dirigir cualquier establecimiento de enseñanza, o de enseñar en ninguno, bajo
pena de multa o prisión, y esa infracción podía ocasionar el cierre del establecimiento.
El Gobierno se encontró frente a frente con 17 000 congregaciones no autorizadas;
decidió disolverlas a todas sin excepción -- establecimientos educativos, establecimientos
industriales, establecimientos contemplativos -- aunque se toleraron, provisionalmente,
los establecimientos caritativos.
Desde
otro punto de vista la ley era singularmente arbitraria y jurídicamente deficiente;
atacó a todos los miembros de cada congregación religiosa que no estaba secularizada,
pero no expuso precisamente lo que quería decir la secularización. ¿Era suficiente,
para que la secularización fuera eficaz y sincera, que el religioso -- o, para
emplear el término francés en uso, el congréganiste -- fuera absuelto de sus votos y reintegrara la diócesis
de la que originalmente había venido? La opinión legal prevaleciente no admitía
esto; admitía el derecho de la corte de determinar si otros elementos o hechos
no provocaban el resultado de una persistencia virtual de la congregación. Así
las cortes estimarían como personas religiosas aquellas que, para la Iglesia,
ya no lo eran; y el hecho de ser un congréganiste, hecho que constituía un delito, no era un hecho material
y preciso, definido y limitado por la carta de promulgación de la ley; era un
punto sobre el que la interpretación de las cortes era la autoridad soberana.
Los
principios de liquidación eran los siguientes: las propiedades pertenecientes
a un congréganiste antes de su entrada en la
congregación, o adquiridas después de ese momento, sea por sucesión independiente
de provisión testamentaria (ab intestat)
o por legado en línea directa, se les debían restituir. Regalos y legados hechos
de otra manera que en línea directa no podían ser legalmente reclamados por los
ex-congréganistes a menos que establecieran
el hecho de que no habían sido intermediarios (personnes interposées).
Los
dones a las congregaciones podían ser reclamados por los bienhechores o sus herederos
dentro de un término de seis meses. Después de estas deducciones hechas para los
congréganistes y sus bienhechores, el
resto del patrimonio de la congregación debería ser puesto a la disposición de
las cortes. La ley se negó a reconocer la obligación de que la propiedad creada
por la labor o el ahorro de los congréganistes se les debería distribuir, y se tuvo por conveniente
que, por una decisión administrativa del 16 de agosto de 1901, se constituyeran
pensiones para ex-congréganistes que
no tenían ningún medio de subsistencia o que establecieran el hecho de haber,
con su labor, contribuido a la adquisición de la propiedad en liquidación.
La
liquidación jurídica de las propiedades de la congregación tuvo varias consecuencias
serias. La Cámara pronto se dio cuenta de que, con frecuencia, los liquidadores
complicaban los asuntos que se les encargaban (siendo en su interés el multiplicar
los litigios cuyos costos no tenían que pagar) y que las ganancias personales
obtenidas por los liquidadores de esos casos eran exorbitantes. Al confiar asuntos
tan delicados a funcionarios irresponsables, el creador de la Ley de 1901 cometió
un grave error de apreciación. El 31 de diciembre de 1907, el Senado decidió nombrar
una comisión de investigación para examinar las cuentas de los liquidadores, y
el informe de esa comisión, publicado a principios de septiembre de 1908, reveló
enormes irregularidades. Para satisfacer esos recelos tardíos, el Gobierno, en
febrero, 1908, introdujo una ley sustituyendo a los irresponsables liquidadores
judiciales por una liquidación administrativa controlada por los prefectos. Pero
esta provisión se aplicaría sólo a las congregaciones que se disolverían posteriormente;
lo que ocurrió en los siete años anteriores fue irreparable, y cuando los periodistas
católicos hablaban de "la evaporación del famoso billón de las congregaciones"
los campeones de la Ley de 1901 no pueden mas que, penosamente, avergonzarse.
X. LA LAICIZACION DE LA EDUCAION PRIMARIA
A.
Sobre el Tema de la Educación
La
Ley del 28 de marzo de 1882, que declaró la educación primaria obligatoria, gratuita,
y secular (laica), intencionalmente omitió la instrucción religiosa del plan de
estudios de la escuela pública y previó un día libre por semana, además del domingo,
para permitir a los niños, si sus padres lo aprobaban, recibir instrucción religiosa;
pero esta educación debía darse fuera de la escuela. Así el sacerdote no tenía
derecho de entrar a la escuela, incluso fuera de las horas de clase, para dar
catecismo. Los reglamentos escolares del 18 de enero de 1887, declararon que sólo
se podía enviar a los niños a la iglesia, al catecismo o a ejercicios religiosos,
fuera de horas de clase y que los maestros no tenían ninguna obligación de llevarlos
a la iglesia ni de vigilar su comportamiento mientras estuvieran allí.
Se
añadió que durante la semana precedente a la Primera Comunión los maestros debían
autorizar a los alumnos a salir de la escuela cuando sus deberes religiosos necesitaban
que fueran a la iglesia. El espíritu de la Ley de 1882 implicó que los símbolos
religiosos se debían excluir de las escuelas, pero por respeto a los sentimientos
religiosos de las personas en los vecindarios, los prefectos permitieron que los
crucifijos permanecieran en un cierto número de escuelas; tuvieron cuidado, sin
embargo, de que ningún símbolo religioso se colocara en ninguno de los recientemente
construidos edificios escolares. Esta política de temporalizar fue prolongada
por la orden ministerial del 9 de abril de 1903, pero en 1906 y 1907 la administración
exigió por fin la desaparición definitiva de los crucifijos de todas las escuelas
públicas.
La
Ley de 1882 no dice nada acerca de la enseñanza, en las escuelas públicas, de
los deberes de los estudiantes hacia Dios. El Senado, después de un discurso de
Jules Ferry, se negó a tomar en cuenta la propuesta de Jules Simon, de que la
ley debía mencionar esos deberes; pero
el Ministerio de Educación (Conseil Supérieur
de l'Instruction Publique), actuando sobre una recomendación de Paul Janet,
el filósofo Espiritualista, introdujo en las instrucciones ejecutivas, con las
que se complementaba el texto de la ley, una recomendación de que el maestro debía
indicar a los alumnos a no utilizar el nombre de Dios a la ligera, a respetar
la idea de Dios y a obedecer las leyes de Dios tal como se las revelaban la conciencia
y la razón. Sin embargo, en las escuelas públicas dependientes de la municipalidad
de Paris, la tendencia anti-espiritualista llegó a ser tan violenta que, después
de 1882, la nueva edición de ciertos libros escolares expurgaron, incluso cuando
se mencionaban en especimenes seleccionados de la literatura, las palabras Dios,
Providencia, Creador. Estas manifestaciones iniciales llevaron a los católicos
a declarar que la escuela laica y neutral era en realidad una escuela Atea. En
la controversia que surgió, algunas citas de los libros de texto públicos escolares
llegaron a ser famosas. Por ejemplo, el verso de la
Fontaine,
Petit
poisson deviendra grand,
Pourvu que Dieu lui prête vie.
Se
cambio para decir "que l'on lui
prête vie". Y mientras que los políticos desaprobaban la aserción de que
las escuelas eran ateas, los conventículos Masones y los artículos profesionales
escritos por ciertos pedagogos estatales explicaban que la noción de Dios debía
desaparecer finalmente de la escuela. En práctica el capítulo de los deberes hacia
Dios fue uno que pocos maestros tocaron. En 1894 M. Divinat, quien después llego
a ser director de la escuela normal del departamento de la Seine, escribió: "para
enseñar a Dios, es necesario creer en Dios. ¿Ahora cómo vamos a encontrar en estos
días maestros cuyas almas sean sinceramente y profundamente religiosas? Se puede
afirmar sin ninguna exageración que, desde 1882, la escuela pública laica ha casi
sido la escuela Atea."
Este
franco e irrecusable testimonio, que justifica, como lo hace, todas las tristes
predicciones de los católicos, fue confirmado por la experiencia de varios años.
Con el grito, Laïciser la laïque, un
cierto número de maestros llevaron a cabo una activa campaña para la eliminación
formal de la idea de Dios, por ser un remanente del "Clericalismo",
del programa de la escuela. La poderosa organización conocida como la "Ligue
de l'Enseignement", cuyas afinidades Masónicas son indiscutibles, apoyó ese
movimiento. Para los exponentes de la tendencia, ser laïque,
es ser enemigo de toda metafísica racional -- ser laïque,
es obligatoriamente ser ateo.
La
idea misma de neutralidad en la educación, a la que los maestros anti-religiosos
no siempre han adherido, no tenia el favor de muchos miembros de la profesión
pedagógica. En 1904 los maestros del Departamento de la Seine defendieron, casi
unánimemente, el que en lugar de la "neutralidad confesional" (neutralité confessionelle), que decían era una mentira (un mensonge), se estableciera una "enseñanza
crítica" (enseignement critique),
que, en nombre de la ciencia, debería abandonar todas las reservas con respecto
a las susceptibilidades de las confesiones. Pero que esa neutralidad se parecía
mucho a una mentira, era precisamente lo que los oradores católicos decían en
1882, y así la evolución de la escuela primaria, y aquellos ataques de candidez
en los que se reconocía la verdad misma del asunto, justificaban, luego de un
cuarto de siglo, los temores expresados por los católicos desde el principio.
Se temía, además, que esa substitución de la enseñanza neutra por crítica daría
muy pronto lugar a la introducción, incluso en las escuelas primarias, de lecciones
sobre la historia de las religiones que servirían como armas en contra de la revelación
cristiana; Los francmasones y ciertos grupos de sabios ateos avocaban por un tal
paso, y en eso mismo residía uno de los más grandes peligros. Proyectos de ley
introducidos por los señores Briand y Doumergue impusieron fuertes multas a los
padres cuyos niños se negaban a hacer uso de los libros irreligiosos que les daban
sus maestros e hicieron imposible para los padres el perseguir a aquellos maestros
cuya educación inmoral e irreligiosa pudiera darles razón de quejarse. Esos proyectos
de ley (junio de 1909), produjeron una muy penosa impresión.
B.
Laicización del Personal Docente
La
Ley del 30 de octubre de 1886, preparada y defendida por Renè Goblet, exigió la
laicización del cuerpo docente de las escuelas públicas. En las escuelas para
muchachos esta laicización fue un hecho cumplido desde 1891, fecha desde la cual
ningún hermano dee las escuelas cristianas fungió ni como director ni como maestro
en la educación pública primaria. La dificultad de formar un grupo femenino de
maestras laicas bloqueó el proceso de laicización de las escuelas públicas para
muchachas, pero esto, también, fue concluido desde 1906, excepto en algunas pocas
comunas, en las que se efectuó antes de 1913.
XI. EDUCACION PRIMARIA CONFESIONAL
A
partir del siglo XI, la historia muestra rastros inequívocos, en la mayoría de
las provincias de Francia, de pequeñas escuelas fundadas por la Iglesia, tal como
lo recomendó el Capitular de Carlomagno en el año de 789. El número cada vez más
grande de escuelas, escribe Guibert de Nogent en el siglo XII, facilita su acceso
a los más humildes. El siglo XVII vio la fundación de un cierto número de institutos
de enseñanza; Las Ursulinas, que entre 1602 y La revolución, fundaron 289 establecimientos
que contaban con 9 000 miembros en 1792; las Hijas de la Caridad de San Vicente
De Paul fundadas en 1630, reconocidas en 1657; la Congregación de Notre-Dame,
fundada por San Pedro Fourier, reconocida en 1622; los hermanos de las escuelas
cristianas, llamados, en el siglo XVIII, Hermanos de San-Yon, fundados por San
Juan Bautista de la Salle, y que tenían 123 clases en 1719, a la muerte de su
fundador, y 550 clases en 1789. Entre 1890 y 1910, un gran número de monografías,
a las que no se dio más que una restringida publicación en las provincias, presentaron
evidencia histórica del cuidado con que la Iglesia se dedicó a la educación primaria
durante el período inmediatamente anterior a la Revolución. A principios del Consulado,
Fourcroy, anti-religioso como era, alarmado, utilizando sus propias palabras,
con la "ineficacia casi total de las escuelas primarias" (nullité presque totale), recomendó, como
una útil conveniencia, el confiar una parte de la enseñanza primaria al clero
y reavivar "el Instituto de los Hermanos, que había sido anteriormente del
más gran servicio". En 1805, a los Hermanos, que habían restablecido una
casa-matriz en Lyon, se les pidió que proporcionaran maestros en treinta y seis
ciudades. El Gobierno del Primer Imperio autorizó en diez años 880 comunas o establecimientos
de monjas de la enseñanza; la Restauración, menos generosa, autorizó sólo 599;
la Monarquía de julio sólo 389. Hasta 1833 estas congregaciones no podrían ejercer
sus funciones más que en escuelas controladas por el Estado, ya que la Universidad
no consentiría ninguna infracción a su monopolio. El magnífico tributo a la actividad
docente del clero que Guizot profirió durante los debates de la Ley de 1833 fue
avalado por la ley misma la cual, suprimiendo parcialmente el monopolio de la
Universidad, estableció el principio de la enseñanza primaria libre. La Ley del
25 de marzo de 1850, mantuvo que las "cartas de obediencia" otorgadas
por las asociaciones religiosas a sus miembros, eran equivalentes a los diplomas
dados por el Estado, que legalmente calificaban a sus recipientes a ser maestros.
Entre 1852 y 1860 el Imperio emitió 884 decretos reconociendo congregaciones o
establecimientos locales de monjas de la enseñanza; de 1861 a 1869 -- el período
de cambio que siguió a la guerra italiana -- mientras que Duruy era ministro de
Educación Pública, sólo se emitieron 77 de esos decretos.
La
Ley del 28 de marzo de 1882, despojó a las "cartas de obediencia" de
todo su valor previendo que cada maestro debería tener un diploma (brevet) de uno de los jurados
gubernamentales, o comités examinadores. Los congrégationistes (ver mas arriba) se sometieron a este requisito.
Con esta excepción la Ley mantuvo el derecho a la libertad de enseñanza privada.
La Ley de 1886 autorizó a los alcaldes e inspectores escolares (inspecteurs d'académie) a oponerse a la
apertura de cualquier escuela privada por razones morales o higiénicas; en tales
casos el litigio se llevaba delante de uno de los consejos universitarios (conseils
universitaires), en los cuales los establecimientos educativos privados eran
representados por delegados electos, para que el consejo diera una decisión.
Estos
consejos también podrían tomar acción disciplinaria en contra de maestros privados,
en la forma de censura o suspensión de licencia de la enseñanza. Los maestros
y maestras de las escuelas privadas podían impartir una educación religiosa en
sus escuelas, y eran libres de escoger los métodos, programas y libros, pero la
autoridad estatal, después de consultar al Consejo de Educación Pública (Conseil Supérieur de l'Instruction Publique),
podía prohibir la introducción y uso de libros juzgados contrarios a la moral,
la Constitución o la ley. Una orden del Consejo de Estado, fechada el 29 de julio
de 1888, declaró que ni los departamentos ni las comunas tenían el derecho legal
de conceder apropiaciones, en sus respectivos presupuestos locales, a escuelas
privadas; así el establecimiento y sostén de estas escuelas dependía exclusivamente
de la caridad católica. Las
comunas sólo podían ayudar a alumnos pobres, como individuos, en escuelas privadas.
Un
primero, y muy serio, ataque al principio de la libertad de enseñanza fue hecho
por la Ley del 7 de julio de 1904, que formalmente declaró que la "enseñanza
en cada grado y en cada clase esta, en Francia, prohibido a las congregaciones."
Los miembros de las congregaciones autorizadas, así como los demás, cayeron bajo
la invalidez así creada. Cada Hermano, cada mujer religiosa, que quisiera continuar
el trabajo de enseñanza estaba obligado a ser inmediatamente secularizado, y las
cortes guardaron la prerrogativa de cuestionar el valor legal de tales secularizaciones.
Una cláusula, cuyo efecto legal sería transitorio, fue introducida autorizando
al Gobierno, según las necesidades de localidades particulares, a autorizar por
uno o más años la continuidad de escuelas congréganistes; pero M. Combes inmediatamente
cerró 14 404 de 16 904 de esas escuelas, y se decretó que para 1910 las últimas
escuelas congréganistes habrían desaparecido.
De
vez en cuando el Ministerio publicaba una lista de escuelas congréganistes que se debía cerrar definitivamente al final del año
escolar, y así el Gobierno en el poder es el árbitro único para otorgarles o rechazarles
unos últimos años más de existencia. Los obispos tratan de mantener la educación
primaria católica o de reorganizarla con maestros seculares o laicos. En algunas
diócesis se montó un movimiento para la obtención de diplomas de enseñanza para
los seminaristas. El al menos veinticuatro diócesis había organizaciones diocesanas
para la enseñanza libre -- comités diocesanos formados de eclesiásticos y laicos,
que mantenían un estricto control de todas las escuelas privadas en su diócesis.
Estas medidas habían sido imperativamente exigidas para reparar las pérdidas sufridas
por la educación primaria libre, cuyo número de alumnos había caído, según estadísticos
compiladas en 1907 por M. Keller, de 1 600 000 a 1 000 000.
XII. EDUCACION SECUANDARIA CONFESIONAL
Estadísticas
publicadas por la Comisión de Educación (Commission
d'Enseignement) muestran que en 1898, de un total de 162 110 alumnos en las
escuelas secundarias, 50 793 estaban en lycées,
33 949 en universidades, 9 725 en establecimientos privados en los que laicos
daban clases, y 67 643 en establecimientos privados en los que eclesiásticos daban
clases. A estas figuras se deben agregar 23 497 muchachos en petits séminaires. De esta manera, en total,
el Estado daba educación primaria a 84 742 alumnos; la Iglesia a 91 140.
La
ley fundamental de la educación secundaria era, en 1910, todavía la Ley Falloux
del 15 de marzo de 1850. Cualquier francés de más de veinticinco años de edad,
que tuviera el grado de Baccalauréat,
o un diploma especial de calificación (brevet
de capacité), podía, después de pasar cinco años en un establecimiento de
enseñanza, abrir un establecimiento de educación secundaria, sujeto a objeciones
por razones morales o higiénicas, de cuyas razones los consejos universitarios
eran los jueces. En contraste con la educación primaria privada, los establecimientos
católicos de educación secundaria podían ser subvencionados por las comunas o
los departamentos.
Un
primer golpe serio a la libertad de educación secundaria fue dado por la Ley del
7 de julio de 1904, despojando a los congréganistes
del derecho de enseñanza. Otros proyectos, que en 1910 el Gobierno ya había instigado
al Senado para que los aceptara, estaban pendientes e impondrían condiciones mucho
más rigurosas sobre las competencias pedagógicas de los maestros católicos de
escuelas secundarias para jóvenes de ambos sexos; los establecimientos católicos
estarían sujetos a una inspección obligatoria, basada, como en el caso de la educación
primaria, en la conformidad de la enseñanza con la Constitución y la ley; el Gobierno
se reservaría el derecho de cerrar los establecimientos por decreto. Se preveía
que en el transcurso de 1909 todas o parte de esas propuestas llegarían a ser
ley, y los efectos serían desastrosos, en primer lugar, para las escuelas de muchachas
católicas, donde muchas de las maestras, ya sea laicas o congréganistes
secularizadas, no estarían inmediatamente en posesión de los diplomas requeridos.
Tales escuelas serían así puestas en una mas grande desventaja en relación con
los lycées, universidades, y cursos
para mujeres jóvenes organizados por el Estado bajo la Ley del 21 de diciembre
de 1880, que llegaron a 104, con 8 300 alumnas, en 1883, y en 1906, a 171, con
32 500 alumnas. En segundo lugar, para los petits séminaires los resultados serían
aún más desastrosos.
Estas
instituciones habían existido hasta ese momento bajo un estatuto particular, que
es necesario considerar aquí. Las "Escuelas
secundarias eclesiásticas," como se llamaba entonces a los petits séminaires, fueron instituidas por
los decretos del 9 de abril de 1809 y del 15 de noviembre de 1811, y eran dependientes
de la Universidad. Debería haber sólo una escuela secundaria eclesiástica en cada
departamento, y su asignatura era la de lycée o colegio del estado. Un autorización
legal de Louis XVIII, fechada el 5 de octubre de 1814, permitió un segundo petit
séminaire en cada departamento, dependiendo de la autorización de la autoridad
(grand maître) de la Universidad de Francia;
también dio permiso a estas instituciones para establecerse en distritos rurales,
con tal que se obligara a los alumnos a tomar el hábito eclesiástico después de
dos años de estudio, y que los maestros dependieran directamente de los obispos.
La circular del 4 de julio de 1816, prohibió a los petits
séminaires el recibir alumnos externos, y esta prohibición fue confirmada
por la ordenanza de junio de 1828, la cual también limitó el número de alumnos
a 20 000. De esta manera el Gobierno quiso que los petits
séminaires se reservaran exclusivamente para la educación de futuros sacerdotes,
y evitó que compitieran con la Universidad de cualquier manera que fuera, y bajo
esas condiciones fueron exentos de impuestos y del control de la Universidad,
otorgándoseles el derecho de tener una personalidad legal. Las ordenanzas de 1828
nunca fueron formalmente abrogadas, pero en práctica, desde 1850, algunos petits séminaires guardaron ciertos privilegios
e inmunidades en reconocimiento de su misión especial, y recibieron
a alumnos en preparación, no sólo para el sacerdocio, sino también para una gran
variedad de profesiones.
Proyectos
legislativos, cuya aprobación era inminente, alrededor de 1910, serían una fuente
de, cuando menos apuros temporales para los petits séminaires, ya que, un cierto número de los cuales -- aquellos,
a saber, que era instituciones diocesanas -- habían desaparecido a consecuencia
de la Ley de Separación. Estadísticas muestran que en 1906, la educación secundaria
católica poseía 104 universidades, y 22 223 alumnos menos que en 1898, y que el
número de alumnos de petits séminaires
había en ocho años disminuido de 8 711.
XIII. EDUCACION SUPERIOR CONFESIONAL
Hasta
1882 el Estado mantenía cinco facultades de teología: en Paris, Burdeos, Aix,
Rouen y Lyon. Estas facultades no tenían ningún alumno habitual, sino solo participantes
a las conferencias dadas por sus profesores; la Iglesia no vinculaba ningún valor
canónico a sus diplomas; el estado no los requería como condición para ningún
nombramiento eclesiástico. Las
facultades mismas fueron suprimidas por el Ministerio Ferry.
Los
protestantes tenían dos facultades de teología mantenidas por el Estado; la de
Paris para Calvinistas y luteranos, y la de Montauban, para Calvinistas exclusivamente.
La Ley de la separación de 1905 obligó a los protestantes a sostener esas dos
facultades que, separadas de las organizaciones de la Universidad, se convirtieron
en escuelas teológicas libres.
El
monopolio universitario, abolido para la educación primaria por la Ley de 1833,
y para la educación secundaria por la ley de 1850, se abolió también para la educación
superior por la Ley del 12 de julio de 1875, que permitió a cualquier francés,
bajo ciertas condiciones, crear establecimientos de educación superior. Durante
el período entre 1875 y 1907 el Institut Catholique de Paris graduó veintinueve
doctores de teología, trece de derecho canónico, ocho de filosofía escolástica,
ciento noventa y dos de leyes, treinta y dos de literatura, diez de ciencias.
Los primeros tres de estos grados fueron obtenidos por candidatos bajo pruebas
del instituto mismo; los otros por Comités del estado (jurys). El instituto se preparaba, luego de 1907, a abrir una asignatura
médica y una de la historia de la religión. El Institut Catholique de Lille había
establecido contacto con una escuela de educación superior industrial y comercial
(se Baunard, Louis); el Institut Catholique d'Angers, con una de agricultura.
El Institut Catholique de Toulouse tenía solo una facultad, la de teología; organizaba
conferencias para estudiantes de literatura y de ciencias que seguían los cursos
de las facultades estatales.
XIV. LEYES CONCERNIENTES A LAS APLICACIONES
Y EFECTOS DE LA RELIGION EN LA VIDA CIVIL
A. El Descanso Dominical
La
Revolución había abolido todas instituciones que anteriormente existían en relación
con el descanso dominical y había sustituido el décadi
(ver antes) por el domingo. Bajo la Restauración la Ley del 18 de noviembre de
1814, prohibió todo trabajo "exterior" el domingo; un comerciante no
podía abrir su comercio; según la letra de la ley, podía trabajar y hacer que
otros trabajaran en su negocio cerrado. Lo que la Restauración realmente trataba
de obtener era un símbolo público de obediencia a los mandatos de la religión.
La Ley del 12 de julio de 1880, al contrario, permitió trabajar el domingo. Pronto
se percibieron los perversos efectos sociales de esta ley. Sutiles discusiones
surgieron en las Cámaras: ¿debería el descanso semanal, que las organizaciones
del trabajo exigían, ser un día fijo por legislación, o debería ser el domingo?
Por algún tiempo se temió que una tal prescripción legislativa se pareciera a
una concesión al denominacionalismo, pero la decisión del Comité del Trabajo (conseil
supêrieur du travail) y de muchos sindicatos de trabajadores fue explícita
en favor del domingo. El 10 de julio de 1906, se aprobó una ley para, en fin,
instituir el domingo como el día semanal de descanso, y aportar, además, muchas
restricciones y excepciones, cuyos detalles se precisaban por reglamentos administrativos.
Un inconsciente homenaje a la ley Divina, ofrecido por una mayoría Parlamentaria
no-creyente, esta aprobación y sanción de una ley, a causa de una cierta perturbación
temporal que ocasionó en la industria, el comercio, y el suministro de artículos
en el país, fue el objeto de desafortunadas aminadversiones por parte de ciertos
periódicos que eran, de otra manera, defensores de intereses católicos. La hostilidad
manifestada por un cierto número de católicos prominentes hacia el descanso del
domingo, y su cooperación con cada intento de restringir la aplicación de la ley,
produjo un efecto lamentable en la opinión pública.
B. Juramentos
La
forma de juramento ejercida en las cortes de justicia no es característica de
ninguna religión. Supone una creencia en Dios. Las imágenes de Cristo han desaparecido
de las salas de tribunal. Proposiciones fueron consideradas por las Cámaras para
suprimir las palabras "devant Dieu et devant hommes" (delante de Dios
y hombre) en la forma legal de juramento, o para autorizar una petición por parte
de cualquier ateo para que se le aplique el juramento a las leyes de una forma
diferente.
C. Inmunidades
Puesto
que la ley instituyó el servicio militar como una obligación universal en Francia,
tres decretos siguieron : el del 27 de julio de 1872, dispensando a los eclesiásticos
de la obligación; el del 15 de julio de 1889, que fijó el término del servicio
activo para ciudadanos ordinarios en tres años, y para sacerdotes en uno; el del
21 de marzo de 1905, fijó el término de servicio activo en dos años para sacerdotes
y para los demás, y les impuso, hasta la edad de cuarenta y cinco años, toda la
serie de obligaciones a las que los miembros de las reservas y del ejército territorial
están sujetos.
D. Matrimonio
Bajo
el antiguo régimen, los sacerdotes de las parroquias registraban oficialmente
los nacimientos, muertes, y matrimonios para el Estado. En 1787 Louis XVI les
otorgó el mismo privilegio a los protestantes quienes, de hecho, ya lo había hecho
bajo el Edicto de Nantes, desde 1595 a 1685. La ley revolucionaria y el código
de Napoleón privaron al clero de este estatuto. El matrimonio civil fue instituido,
y se prohibió a los sacerdotes el solemnizar cualquier matrimonio no previamente
contraído en presencia de un funcionario civil. Inmediatamente después de la separación
de la iglesia y del estado (1905), se presentó la cuestión de si esta prohibición
era todavía vigente; la Suprema Corte de Apelaciones (Cour
de Cassation) contestó que sí, y castigó a un sacerdote que había bendecido
un matrimonio no contraído delante del alcalde. Ciertos juzgados han admitido
que si, después de un matrimonio civil, una de las dos partes, contradiciendo
un compromiso previo, se niega a ir a la iglesia, esto constituiría un perjuicio
a la otra parte tan grave como para justificar una demanda en favor del divorcio;
pero esta opinión no es unánime. Católicos, en favor de ese asunto, querían abolir
la ley que requiere el previo matrimonio civil.
Algunos
de los impedimentos definidos por la Iglesia no son reconocidos por el Estado,
tal como, por ejemplo, el obstáculo de la relación espiritual. Un impedimento
reconocido por el código civil (artículos 148-150), pero que el Concilio de Trento
rechazó como impedimento canónico, a pesar del requerimiento de los embajadores
de Charles IX, es el que resulta de la falta de consentimiento de los padres.
La Ley del 21 de junio de 1907, cuyo intercesor principal fue el Abbé Lamier,
relajó considerablemente las obligaciones impuestas a adultos con respecto al
consentimiento de sus padres y, en consecuencia, las divergencias a este respecto
entre la ley estatal y la ley de la Iglesia fueron menos serias.
La
Ley del 20 de septiembre de 1792 admitió el divorcio, incluso por consentimiento
mutuo, y abolió esa forma de separación que, aun cuando terminaba la cohabitación
y las posesiones comunes, mantenía la indisolubilidad del vínculo civil. El Código
Civil de 1804, aunque impuso condiciones más rigurosas que aquellas de la Ley
de 1792, mantuvo el divorcio y, al mismo tiempo, re-estableció la separación legal
(séparacion de corps). La Ley del 8
de mayo de 1816, abolió el divorcio y mantuvo la separación. La Ley del 27 de
julio de 1884, re-estableció el divorcio por razones de condenación de una de
las parte a una pena grave e infamante, de violencias, crueldad y lesiones graves,
de adulterio por parte del o marido o de la mujer; no reconoció el divorcio por
consentimiento mutuo; mantuvo la separación y autorizó a las cortes, a la demanda
de una de las partes y con justificación, al cabo de tres años, a transformar
en divorcio una separación concedida a la demanda de cualquiera de las partes.
Esta ley se agravó con dos decretos que permitían al esposo adúltero contraer
matrimonio con su cómplice y, en lugar de meramente permitir que las cortes convirtieran
la separación en divorcio al final de tres años, declaró esta conversión un derecho
a la demanda de una de las partes. La proporción anual de divorcios en la población
se incrementó, de 3.68 por 10 000 habitantes en 1900, a 5.57 por 10 000 habitantes
en 1907.
E. Entierros y Cementerios
El
Decreto del 23 Prerial, año XII, ordenó que debería haber distinciones de creencias
religiosas en los cementerios. Este decreto fue abrogado por la Ley del 14 de
noviembre de 1881, y desde entonces un protestante o un judío podía ser enterrado
en la parte del cementerio que era hasta entonces reservada para católicos. La
Ley del 15 de noviembre de 1887, sobre entierros libres, prohibía cualquier acto
que contravendría los deseos de una persona difunta que hubiera, por "un
acto auténtico," expresado el deseo de ser sepultada sin ceremonias religiosas.
Para anular un tal "acto," se requería las mismas condiciones normativas
necesarias para la revocación de un testamento y, como consecuencia de esta ley,
ciertas conversiones en el lecho de muerte, cuando el difunto no había tenido
tiempo de cumplir con las condiciones legales de revocación, eran seguidas por
entierros no religiosos.
La
sociedad fundada en 1880 para promover la incineración motivó, en 1886, la inserción
de la palabra incineración en la ley
de entierros libres y, en 1889, la emisión de una orden administrativa que definía
las condiciones en las que la incineración podía ser practicada. Entre 1889 y
1904 el número de incineraciones realizadas en el cementerio del Père Lachaise
se elevó a 3 484.
Los
Decretos del 23 Prerial, año XII, y del 18 de mayo de 1806, asignaron a los establecimientos
públicos que se había constituido para administrar las propiedades y recursos
dedicados al culto público (fabriques and consistoires) el monopolio
de toda empresa funeraria, es decir, de todo el dinero recibido por procesiones
fúnebres, entierros o exhumaciones, tejidos y otros objetos que mejoraban la solemnidad
de las procesiones fúnebres. La mayor parte de las fabriques en las ciudades importantes,
explotaron este monopolio a través de intermediarios. Unos años después, se llamó
la atención de las Cámaras sobre el hecho de que las ganancias derivadas de entierros
no-religiosos, así como religiosos, eran recibidas por las fabriques, y con este pretexto, la ley
del 28 de diciembre de 1904, laicizó el negocio de la gestión de entierros y le
asigna el monopolio de este a las comunas. Sólo los muebles usados para la decoración
externa o interna de los edificios religiosos podía, à partir de ese momento,
ser suministrado por las fabriques.
Pero la ley de la separación de 1905 intervino, y todos aquellos muebles decorativos
pasaron a ser propiedad de las asociaciones cultuales (ver más abajo). Puesto
que no se formó ninguna asociación cultual para la religión católica, su material
cayó en las manos de secuestradores de la propiedad de las fabriques.
XV. LA LEY DE SEPARACION
"La Ley de Separación de las Iglesias y
el Estado" (Loi de Séparation des Eglises et de l'Etat) de 1905 procedió
del principio que el estado no profesa ninguna creencia religiosa. Visto desde
el punto de vista de la vida de la Iglesia, disoció completamente al Estado del
nombramiento de obispos y sacerdotes parroquiales. Poco después de la promulgación
de la ley todas las sedes libres recibieron titulares bajo la nominación directa
de Pío X. Acerca del presupuesto anual de la Iglesia, la apropiación para el culto
público (budget des cultes), que en
1905 sumó 42 324 933 francos, fue suprimido. Se prohibió a los departamentos y
comunas votar apropiaciones para el culto público. La ley otorgó, primero, una
pensión a vida, equivalente a tres cuartos del último salario a los ministros
religiosos de no menos de sesenta años de edad, a la promulgación de la ley, y
que habían pasado treinta años en servicios eclesiásticos remunerados por el Estado.
Segundo, se otorgó la pensión a vida, equivalente a la mitad el sueldo, a los
ministros de culto de no menos de cuarenta y cinco años de edad y que habían pasado
más de veinte años en servicios eclesiásticos remuneró por el Estado. Otorgó subvenciones
por períodos de cuatro a ocho años para eclesiásticos de menos de cuarenta y cinco
años de edad que continuarían sus funciones. La ley resultó, en el presupuesto
de 1907, en la eliminación del elemento de 37 441 800 francos ($7 488 360) por
sueldos a ministros de culto y la inclusión de 29 563 871 francos ($5 912 774)
para las pensiones y asignaciones del primer año, dejando un ahorro de aproximadamente
ocho millones. Puesto que las subversiones disminuirían progresivamente hasta
que el ahorro fuera completo, al cabo de ocho años, y como las pensiones cesarían
con las vidas de los pensionistas, las apropiaciones por el culto religioso disminuirían
notablemente con el transcurso de los años.
Con
respecto a los edificios que el concordato había puesto a la disposición de la
iglesia, la ley proveía que las residencias episcopales, por dos años, los presbiterios
y seminarios (grands séminaires), durante
cinco años, las iglesias, por un período indefinido, deberían permanecer a la
disposición de las asociaciones cultuales, lo que se abordará más adelante en
este artículo. Con respecto a la propiedad de la Iglesia ésta consistía en:
(a)
Mensæ episcopales and mensæ curiales (ver Mensa), constituida por las posesiones
restauradas a la Iglesia después del concordato, junto con el total de la suma
de las donaciones hechas a obispados o parroquias en el transcurso del siglo en
cuestión;
(b)
La propiedad de las fabriques
de la parroquia, prevista para cubrir los gastos del culto público, y derivada
ya sea de propiedades restauradas a la Iglesia después del concordato o de regalos
y legados, y aumentada con rentas bancarias, colectas, y honorarios fúnebres.
La Ley de Separación dividió las propiedades del mensæ y fabriques en tres
clases. La primera de estas clases consistía en la propiedad recibida del Estado,
que éste recuperó; la segunda constaba de propiedades no recibidas del Estado,
y en cambio destinadas a obras de caridad o a obligaciones docentes, y se reglamentó
que los representantes de fabriques
podrían dársela a establecimientos públicos o a establecimientos de utilidad pública
para obras de caridad o con carácter educativo, sujeto a la aprobación del prefecto.
Por último, había una tercera categoría que comprendía las propiedades no derivadas
de concesiones del estado y no gravadas con ninguna obligación o sólo con obligaciones
relacionadas con el culto público. Se reglamentó que esas propiedades debían pasar
a manos de associations cultuelles y que si ninguna las recibía deberían
ser asignadas por decreto a instituciones comunales benévolas dentro de los límites
territoriales de la parroquia o diócesis.
Esto
nos lleva al tema de las associations cultuelles. Bajo el concordato el
mensæ episcopal y la fabrique
parroquial eran instituciones públicas. Cuando el culto religioso cesó de ser
un departamento del servicio público, las Cámaras, para reemplazar las instituciones
que se habían suprimido, quisieron crear ciertas "personas morales"
privadas o asociaciones. Sin ningún previo acuerdo con la Santa Sede, con quien
la ruptura ya era completa, las cámaras decidieron que en cada diócesis y en cada
parroquia se podían crear asociaciones para el culto religioso (associations cultuelles) que recibirían
como propietarios la propiedad del mensæ, con la responsabilidad de cuidar
de ella. La transmisión de la propiedad sería efectuada por decisiones de las
fabriques anteriores en favor de esas
nuevas asociaciones.
La
ley impuso un cierto número mínimo de administradores para cada asociación, el
número variaba de siete a veinticinco, según la importancia de la comunidad, y
los administradores podían ser franceses o extranjeros, hombres o mujeres, sacerdotes
o laicos.
La
preparación de los estatutos de las asociaciones era completamente libre. Muy
vivas controversias surgieron. Se sugirió que la aplicación de esta ley provocaría
una afluencia de católicos laicos, miembros de las associations cultuelles, en el gobierno de la Iglesia. Se pensó que
esta ansiedad era excesiva; porque, como la ley permitía que varias parroquias
adyacentes fueran administradas por una sola associations cultuelles, podría ser, estrictamente hablando, que una
sola asociación, formada por el obispo y por veinticuatro sacerdotes escogidos
por él, recibiera tanto la propiedad del mensæ y como la de todas las parroquias
de la diócesis.
Pero
otras razones de inquietud aparecieron cuando se compararon cuidadosamente los
artículos 4 y 8 de la Ley. El artículo 4 enunciaba que esas asociaciones debían,
en sus constituciones, "conformarse a las reglas generales de organización
del culto público", y a decir verdad, a Riom, en 1907, la corte rechazó el
uso de una iglesia a un sacerdote cismático que era apoyado por una association
cultuelle cismática. Pero el artículo 8 enunciaba que, en caso de que varias
associations cultuelles, cada una con su
propio sacerdote, depositaran demandas por la misma iglesia, le correspondía al
Consejo de Estado el derecho de decidir entre ellas, "tomando en consideración
las circunstancias del hecho".
Así,
mientras, según el artículo 4, aparecía que la cultuelle
reconocida por, y en comunión con, la jerarquía debería naturalmente ser la dueña
de la propiedad de la fabrique, el artículo
8 le daba al Consejo de Estado, autoridad completamente secular, la decisión de
cualquier disputa que pudiera surgir entre una cultuelle fiel al obispo y una cultuelle
cismática. Así le correspondía al Consejo de Estado el decidir de la ortodoxia
de cualquier association cultuelle y
su conformidad con las "reglas generales de culto público" como enunciaba
el artículo 4.
Una
asamblea general del episcopado, que se tuvo el 30 de mayo de 1906, consideró
la cuestión de las associations cultuelles,
pero las decisiones tomadas no se divulgaron. ¿Deberían formar tales asociaciones
según la Ley, o deberían negarse a formarlas? En el mes de marzo, veintitrés escritores
católicos y miembros de las Cámaras habían expresado, en una carta confidencial
a los obispos, la esperanza de que se les diera una oportunidad a las cultuelles.
La publicación de esta carta había inspiró una amarga controversia, y por varios
meses los católicos de Francia se dividieron seriamente. Pio X, en la Encíclica
"Gravissimo oficii" (10 de agosto de 1906), expresó que esa ley, hecha
sin su consentimiento e incluso, según se pretendía, en contra de él, amenazaba
con entrometer a autoridades seculares en el funcionamiento natural de la organización
eclesiástica; la Encíclica prohibió la formación, no sólo de associations
cultuelles, sino de cualquier forma de asociación "mientras no fuese
indudable y legalmente evidente que la constitución divina de la Iglesia, los
derechos inmutables del romano pontífice y de los obispos, así como su necesaria
autoridad sobre la propiedad de la Iglesia, particularmente sobre los edificios
sagrados no fuera, en la dicha asociación, irrevocable y totalmente asegurada."
La
media contradicción entre los artículos 4 y 8 no era la única contradicción seria
que la Iglesia podía alegar. El autor de la ley había restringido, aun más y de
un modo singularmente parsimonioso, los derechos de propiedad de las futuras associations cultuelles. Se les permitía
tener fondos de reserva ilimitados, pero tenían libre acceso a sólo una parte
equivalente a seis vez el gasto promedio anual, y el excedente debería guardarse
en la Caisse des Dépôts et Consignations, y ser empleado exclusivamente
para la adquisición o la conservación de propiedad personal y de inmuebles para
el uso del culto religioso. Además, las transacciones de negocios de todas las
cultuelles debían estar bajo la inspección
y el control del estado.
Así
la ley, por una parte, no le dejó a la Iglesia, legalmente representada por las
associations cultuelles, el derecho de poseer libremente su haber eclesiástico,
de acrecentarlo o de disponer de él a voluntad; y por otra parte, dejó a la jurisdicción
del estado el derecho, en caso de demandas conflictivas, de aceptar o rechazar
las demandas de cualquier cultuelle que pudiera estar en comunión con la jerarquía.
La
prohibición puesta en las associations cultuelles
tuvo varias consecuencias jurídicas. Primero, un tercio de las clases de propiedades
de las fabriques descritas antes fueron
puestas bajo secuestro, y el Estado las asignó a instituciones comunales caritativas,
de las que cada comuna poseía por lo menos una -- el hospital y dispensario libre.
Segundo, las fabriques suprimidas tenían obligaciones regulares legales, por ejemplo,
el decir Misas a la intención de fundaciones pías. Según la intención del autor
de la ley, la obligación de decir esas Misas recaía en las associations cultuelles; ¿como éstas todavía
no se habían fundado, estaban las instituciones comunales, qué disfrutaban de
los ingresos de las fundaciones, obligadas a cumplir con estas obligaciones? Durante
dos años la autoridad civil proporcionó respuestas indecisas a esta pregunta.
La Ley del 15 de abril de 1908, expuso que estas instituciones no estaban destinadas
a motivar Misas ya que esa fue una de las razones por las que se establecieron
las fundaciones; que sólo los fundadores mismos o sus herederos en línea directa,
tendrían el derecho de reclamar, dentro de un período de seis meses, la restitución
del capital de las mencionadas fundaciones, pero que ciertas sociedades eclesiástico
de beneficencia (las mutualités sacerdotales, organizadas para
recibir los fondos de las antiguas caisses
diocesanas para el sostén de sacerdotes jubilados) podría recibir ingresos de
esas fundaciones y, a cambio, aceptaban la obligación de decir las Misas. Sin
embargo, pareció a la Santa Sede, que las constituciones de estas sociedades de
beneficencia no salvaguardaban adecuadamente los derechos de los obispos y, por
lo tanto le prohibió, al clero francés el someterse a esa ley. Puesto que sólo
los herederos en línea directa estaban autorizados a recuperar los bienes por
causa del no cumplimiento de estas condiciones, se perdieron para siempre las
innumerables fundaciones pías establecidas por sacerdotes u otros célibes. Otra
consecuencia fue que ninguna fundación pía era legalmente posible en Francia,
porque no había en la Iglesia ninguna personalidad legalmente calificada para
recibir tales legados. En consecuencia de lo cual, era absolutamente imposible,
para cualquier católico francés, obtener la seguridad de la celebración perpetua,
en su propia iglesia parroquial, de una Misa por el descanso de su alma.
En
tercer lugar, el uso de las iglesias estaba asignado a las associations cultuelles, bajo la condición de que estas deberían asegurar
el mantenimiento de los edificios. ¿Ya que las cultuelles no se habían formado, debería el Estado tomar posesión
de las iglesias? No se atrevió; o más bien no quiso llevar al entendimiento popular
el efecto de la separación. Después de un breve período de transición, durante
el cual se levantaron ridículos procés-verbaux
en contra de sacerdotes que decían Misa, el Estado dejó los edificios religiosos
a la disposición del clero y del pueblo, poniendo oficialmente las asambleas de
culto religioso en la misma categoría oficial en las que puso a las reuniones
públicas ordinarias; le bastaría, a la autoridad religiosa, presentar al principio
de cada año, una declaración previa de las reuniones de culto público que se llevarían
a cabo durante el año. Roma le prohibió a la Iglesia de Francia el obedecer a
esta formalidad de una declaración anual, tratando así una vez más de hacer que
el Estado entendiera que una legislación que regulaba la vida de la Iglesia católica
no podía depender de la simple voluntad del Estado, y que la autoridad eclesiástica
no podía, ni siquiera con una simple declaración, cooperar activamente con una
tal legislación. Una vez más se pensó que el cierre de las iglesias era inminente.
Entonces aparecieron dos nuevas leyes.
La
Ley del 2 de enero de 1907, permitía el ejercicio del culto religioso en las iglesias
tan solo como una tolerancia y sin ningún fundamento legal. Según esta nueva ley
el clero sólo tenía el derecho de utilizar los edificios, cuyo mantenimiento era
una obligación que recaía en el propietario -- el Estado o la comunidad. Pero
complicaciones graves eran previsibles. Si el propietario se negaba a efectuar
las reparaciones necesarias, las iglesias podían cerrarse por razones de seguridad
pública -- a menos de que los mismos fieles pagaran por las restauraciones con
sus propios impuestos. La Iglesia, tolerada en sus propios edificios, no tenía
ningún recurso en contra de cualquier alcalde que pudiera ordenar que las campanas
tañeran para entierros no religiosos. Por un momento se pensó que los sacerdotes
podrían rentar las iglesias, pero, debido a las exigencias de las órdenes ministeriales,
esta última esperanza tuvo que ser abandonada. Por fin las reuniones de culto
religioso fueron clasificadas jurídicamente como asambleas públicas, y, como la
Iglesia se negó a producir la declaración preliminar requerida por la ley de 1881,
sobre las asambleas públicas, una ley aprobada el 28 de marzo de 1907, abolió
este requisito con respeto a todas las reuniones públicas, incluyendo las de culto
religioso.
Tal
fue el mosaico de subterfugios por el que el Gobierno, avergonzado por su propia
ley de 1905, y todavía negándose a negociar con Roma, gestionó lo que semejaba
a un modus vivendi. El votante veía
que el sacerdote estaba todavía en la iglesia, y que la Misa todavía se decía
allí, y esto es todo lo que Gobierno necesitaba para convencer a la superficial
multitud de que no se perseguía a la Iglesia, y de que si las condiciones de su
existencia no eran prósperas, la razón se debía buscar en los sucesivos rechazos
del papa -- su negativa de permitir la formación de cultuelles, su negativa de autorizar la
obediencia de la ley en el asunto de la declaración de reuniones para culto público,
su rechazo de permitir que los sacerdotes formaran mutualités aprobadas por el Estado. Todos
los trastornos de la situación fueron debidos al error fundamental cometido por
el Estado desde el principio cuando, queriendo reorganizar la vida de la Iglesia
en Francia, rompió con la Santa Sede en lugar de abrir negociaciones. La consecuencia
fue la imposibilidad para la iglesia de cooperar activamente en la ejecución de
las leyes promulgadas por la autoridad civil de manera completamente unilateral
-- leyes que reemplazaron al concordato que nunca fue formalmente anulado.
(Ver concordato de 1801.)
XVI. REGLAMENTO CIVIL DEL CULTO PUBLICO
A. Reglas Relacionadas con las Ceremonias Religiosas
Mientras
que, bajo el concordato, una decisión administrativa era necesaria, incluso para
abrir una capilla privada, bajo las nuevas leyes era legal abrir lugares de culto
sin ninguna autorización previa. Un alcalde podía prohibir las procesiones en
su comunidad simplemente con el pretexto de evitar un desorden público; en realidad,
en la mayor parte de las grandes ciudades de Francia, las procesiones no se llevaban
a cabo. Los alcaldes podían, incluso, prohibir la presencia, en procesiones fúnebres,
de sacerdotes vestidos de tales, pero muy pocos alcaldes habían, alguna vez, emitido
tales órdenes. Ambos, el sacerdote de la parroquia y el alcalde, tenían la autoridad
para hacer sonar las campanas. Una circular ministerial, fechada el 27 de enero
de 1907, rehusaba al alcalde el derecho de hacer que las campanas tañeran para
"bautismos civiles" o para matrimonios o entierros no-religiosos, pero
no había ninguna sanción penal en caso de transgresión de esta orden. Se prohibió
edificar o añadir cualquier signo religioso o emblema en lugares o en monumentos
públicos; pero los símbolos existentes permanecieron, y se podía decorar la propiedad
privada, incluso externamente, con emblemas religiosos.
B. Represión de
la Interferencia ton el Culto Religioso
La
ley castigaba con una multa de 16 a 200 francos y encarcelamiento de seis días
a dos meses a cualquiera que con violencia, amenazas, o con un acto, que se pudiera
interpretar como de presión (pression),
hubiera intentado influenciar a un individuo a practicar o a abstenerse de practicar
cualquier culto religioso, o quien, por una conducta desordenada, interfiriera
con el ejercicio de tal culto. Castigaba, con una multa de 500 a 3 000 francos
o con encarcelamiento de dos meses a un año, los ultrajes o difamaciones en contra
de funcionarios, si se cometían públicamente en lugares de culto religioso, y
de tres meses a dos años a cualquier predicador que incitara sus fieles a resistir
a las leyes.
XVII. LEY DE SEPARACION DE PROTESTANTES
Y JUDIOS
La
Ley de 1905 suprimió los artículos orgánicos especiales que regulaban el culto
protestante y el Decreto de 1844 que había organizado el culto judío, reconocido
desde 1806, y proporciona, desde 1831, rabinos pagados por el estado. Antes de
1905 había una Iglesia Reformada administrada, en cada parroquia, por un consejo
presbiteral elegido por los miembros de la denominación y, en la capital, por
un consistorio al que todos los consejos enviaban delegados, y que nombraba pastores
con la aprobación del Gobierno. La Iglesia estaba, teológicamente, muy dividida
en. Incluía: los ortodoxos, que habían aprobado, durante el sínodo general de
1872, por 61 vota a 45, una declaración de fe que incluía, como necesaria, la
aceptación de ciertos dogmas; los liberales, quienes, a pesar de su derrota en
1872, seguían reclamando, para el pastor, una libertad ilimitada de enseñanza
en su propia iglesia; un partido del centro (centre droit) que estaba más cerca de los liberales que de los ortodoxos.
La Ley de 1905, al terminar con la existencia oficial de una iglesia reformada,
tuvo el interesante resultado de que las divisiones teológicas de los varios grupos
se expresaron abiertamente con la formación de tres grandes organizaciones distintas
de la religión reformada: (1) la Union Nationale des Eglises Réformées Evangéliques, formada
por los ortodoxos en el Sínodo de Orléans (6 de febrero de 1906), y que requería,
como condición, la aceptación de la Declaración de Fe de 1872; en este grupo los
sínodos regionales, en los que se reunían los delegados de las asociaciones presbiterales,
y los sínodos nacionales poseían la autoridad espiritual;
(2) la Union des Eglises Réformées de France, formada por el centre
droit en el sínodo de Jarnac (junio, 1907), con las organizaciones sinodales
afines, y con la esperanza, enseguida poco justificada, de recibir la adhesión
de ambos partidos extremos; (3) las Iglesias
Reformadas Unidas (Eglises Réformées Unies),
una agrupación muy poco definida de asociaciones presbiterales independientes,
que dejaba a cada Iglesia su autonomía, restringía las funciones de los sínodos,
y presentaba, en lugar de dogmas, las tendencias negativas llamadas "liberales".
En esta nueva organización tripartita, una característica, el consistorio, desapareció.
La iglesia luterana
tenía solo sesenta y siete parroquias en Francia. Agrupó sus cultuelles en una asociación general.
La
denominación judía formó la Union des Asociaciones Cultuelles Israelitas en France.
El consistorio central estaba formado por el gran rabino, por ciertos rabinos,
elegidos por los graduados de las Escuela Rabínicas de Francia, empleados en funciones
educativas o religiosas, y por miembros laicos elegidos por un término de ocho
años por las associations cultuelles. Los rabinos eran elegidos, sujeto
a la aprobación del consistorio.
XVIII. CAPELLANIAS
La
ley autoriza el Estado, los departamentos, y las comunidades a pagarles sueldos
a los capellanes en instituciones públicas tales como lycées, colegios,
escuelas, hospitales, asilos, y prisiones. En el Ejército no se ha abolido el
cargo de capellán, pero queda vacante. Desde el 1 de enero de 1906, ningún ministro
de culto ha sido miembro del estado mayor de ningún hospital militar; los ministros
locales de culto solo podían entrar en esos hospitales a la demanda de soldados
enfermos. Un decreto fechado el 6 de febrero de 1907, abolió las capellanías navales,
pero ciertos eclesiásticos que anteriormente ocupaban esos puestos continuaron
ejerciendo esas funciones. El Estado no permitía las apropiaciones para el mantenimiento
de capellanías en escuelas en las que no había ningún pensionista. Un hecho curioso
es que, mientras que las leyes prohibían a los sacerdotes entrar en las escuelas
primarias, permitían que los capellanes de las escuelas secundarias fueran pagados
con dinero público; el Gobierno temía que sin esta garantía de educación religiosa
los padres que lo deseaban enviarían a sus niños a escuelas privadas. Pero una
costumbre establecida luego en un cierto número de lycées evitó al Estado el gasto de las capellanías obligando a los
padres que quisieran que sus niños recibieran una educación religiosa a pagar
una cantidad adicional.
XIX. GRUPOS POLITICOS, LA PRENSA, Y ORGANIZACIONES
SOCIALES E INTELECTUALES
Políticamente
hablando, el grupo católico que recibió las activas simpatías de la prensa católica
fue el conocido como Action Libérale Populaire, fundado por M. Jacques Piou, un
Miembro de las Cámaras, sobre las bases indicadas a los católicos por las instrucciones
de León XIII. Esta asociación, que se incorporó legalmente el 17 de mayo de 1902,
comprendía 14 000 comités y más de 200 000 adherentes. Actuaba por medio de conferencias,
publicaciones y congresos. En la Cámara elegida en 1906 había 77 diputados miembros
de esta asociación.
El
periodismo católico cotidiano estaba representado, principalmente, por "L'Univers,"
"La Croix," y el "Peuple Français." El primero de estos periódicos,
que fue fundado el 3 de noviembre de 1833 por el Abbé Migne, tuvo a Eugène Veuillot
como su editor desde 1839 y a Louis Veuillot después de 1844. Su adherencia a
las direcciones políticas dadas por León XIII provocó la separación de "L'Univers",
en 1893, de un grupo de editores quienes fundaron "La Vérité Française":
esta división se acabó con la fusión de "L'Univers" y "La Vérité",
el 19 de enero de 1907. En octubre de 1908, bajo la dirección de M. François Veuillot,
adquirió una más grande importancia con una forma ampliada. "La Buena Prensa " (Maison de la
Bonne Presse), fundada en 1873 por los Agustinos de la Asunción, publicó inmediatamente
después el "Le Pèlerin", un boletín de obras pías y peregrinaciones
y, después de 1883, un periódico, "La Croix," publicado desde el 1ro
de abril de 1900, por M.
Féron
Vrau. Aproximadamente cien "La Croix" locales se asociaron con "La
Croix" de Paris. "La Prensa Buena" publicaba "Questions Actuelles",
"Cosmos", "Mois Littéraire" y muchas otras revistas, y con
él se asoció el "Presse Régionale", que mantenía un cierto número de
periódicos provinciales que defendían los intereses católicos. Muchos periódicos
independientes, ya sea conservadores o liberales de nombre, eran considerados
católicos, aunque un cierto número de entre ellos engañaban a la opinión católica
con su oposición al programa de León XIII.
La
principal revista católico era "Le Correspondant", fundada en 1829,
y que fue el órgano de los católicos Liberales tales como Montalembert y Falloux.
Su política era "reunir a todos los defensores de la causa católica, cualquiera
que sea su origen, sobre la amplia plataforma de la libertad para todos; ofrecerles
un centro común en donde, poniendo a un lado las dificultades que deberían ser
secundarias a la vista de los cristianos, cada quien pudiera contribuir con su
parte, ya sea en letras, en ciencias, en ciencia histórica y filosófica, en la
vida social, para obtener la victoria para las ideas cristianas". Monárquico
por su antecedentes, con un público en el que los Monárquicos constituían una
gran proporción, el "Le Correspondant" tuvo como editor, a partir de
mayo de 1904, a M. Etienne Lamy, de la Académie Française, quien fue miembro republicano
de la asamblea nacional en 1871, y que, en 1881, causó el enojo de los electores
republicanos por su firme oposición a las leyes que suprimieron a las congregaciones
religiosas.
Las
principales obras para beneficio de los estudiantes católicos en Paris fueron
el Cercle Catholique du Luxembourg, fundado en 1847, y que, en 1902, se llamó
la Association Générale des Etudiants Catholiques de Paris; las conferencias Olivaint
y Laennec, creadas en 1875, la primera para estudiantes de leyes y letras, la
última para estudiantes de medicina, por los padres de la compañía de Jesús; la
Reunión des Etudiants fundada en 1895 por los Padres Maristas, y de cuyo Consejo
de Directores fue presidente Ferdinand Brunetière hasta su muerte. Además de estas,
la Association Catholique de la Jeunesse Française, fundada en 1886, reunía (en
junio de 1909) a casi 100 000 jóvenes muchachos, estudiantes, campesinos, empleados
de varias clases y jornaleros; tenía 2 400 agrupaciones en las provincias, y organizaba
congresos anuales en los que, por varios años, cuestiones sociales fueron activamente
discutidas. Fue en la reunión organizada por esta asociación en Besançon en 1898,
que se dio a conocer, en un notable discurso del famoso académico, la conversión
de Ferdinand Brunetière. A partir de 1905 publicó sus "Annales", y desde
1907 un periódico, "La vie Nouvelle."
La
sumamente original asociación del "Sillón" (surco), atrayente para algunos,
inquietante para otros, fue fundada en 1894 en la cripta del colegio Stanislas
y llegó a ser, en 1898, bajo la dirección de M. Marc Sangnier, un foco de acción
social, popular y democrática. M.
Sangnier
y sus amigos desarrollaron, en sus Cercles
d'études, y propagaron en reuniones públicas del más entusiástico carácter,
la doble idea de que la democracia es el tipo de organización social que permite
el más alto desarrollo de la conciencia y de la responsabilidad cívica del individuo,
y que esta organización requiere del cristianismo para su realización. Para ser
un "surquista" (sillonniste). Según los adherentes del Sillón, no basta
con solo profesar una doctrina, sino que se debe vivir una vida totalmente cristiana
y fraterna. A partir de 1902, el Sillón organizaba un congreso nacional anual;
el de 1909 reunió a más de 3 000 miembros. El carácter de la organización la expuso
a vivas críticas; su aceptación no fue la misma en todas las diócesis. Pero a
pesar de los obstáculos, los sillonistes continuaron su actividad, con frecuencia independiente
de, pero nunca en oposición a, la jerarquía, y llevaron su trabajo de introducción
a ambientes indiferentes u hostiles. Tenían una revista, "Le Sillón",
y un periódico, "L'Eveil Démocratique," que en solo dos años llegó a
un tiraje de 50 000.
Durante
esos años se desarrollaron muchísimas obras católicas para beneficio de los jóvenes
de las clases más humildes. En 1900 la "Commission des Patronages" recabó
estadísticas según las cuales los católicos tenían el cargo de 3 588 patrocinios
(patronages) y 32 574 instituciones
de varios tipos que daban cuidado cristiano a los jóvenes. Tan solo en la ciudad
de Paris había en esas fechas, 176 patrocinios católicos, con 26 000 jóvenes muchachas
bajo su cuidado. La Federación Gimnástica de los Patrocinios de Francia, formada
después de la fiesta gimnástica que se organizó en el Vaticano del 5 al 8 de octubre
de 1905, comprendía (en junio de 1909) 549 sociedades gimnásticas católicas y
60 000 jóvenes.
El
Estado llevó su lucha en contra de la Iglesia al campo de la educación post-académica;
en 1894 había en Francia tan sólo 2 364 patrocinios no-religiosos (laïques), 1 366 para muchachos, y 998 para
muchachas. A los grupos políticos, el trabajo periodístico, las buenas obras para
provecho de los jóvenes, se deben agregar las obras "Católico-sociales",
la primera de las cuales fue la Oeuvre des Cercles Catholiques d'Ouviers, fundada
en 1871 por el Conde Albert de Mun, y cuyo resultado principal fue la introducción
por católicos, en la Legislatura, de varios proyectos legislativos sobre cuestiones
sociales. Las obras, durante cinco años, en Francia produjeron el nacimiento y
desarrollo, bajo la iniciativa de M. Henri Lorin y del periódico de Lyon, la "Chronique
du Sud-Est", de la institución conocida como les semaines sociales, consistentes en una serie de cursos sobre temas
sociales durante las que se reunían muchos sacerdotes y laicos católicos. Esta
idea ha sido imitada en España e Italia católicas. Por último un grupo de jesuitas
iniciaron una valiosa colección de folletos y tractos, bajo el título de "L'Action
populaire", la cual constituyó una verdadera biblioteca de referencia para
aquellos que quisieran estudiar el Catolicismo social y una fuente inestimable
de información para aquellos que quisieran unirse activamente al movimiento.
XX.
LA IGLESIA EN FRANCIA DURANTE LOS PRIMEROS TRES AÑOS DESPUES DE LA LEY DE SEPARACION
El
16 de diciembre de 1905, un gran número de obispos emitieron una petición a los
sacerdotes de parroquias y miembros de los comités de fabricas (fabriques ver antes) para que no
estuvieran presentes durante los inventarios de muebles de la iglesia prescritos
por la Ley de Separación excepto como simples testigos y eso solo después de haber
presentado todas las reservas. Una circular, fechada el 10 de enero de 1906, que
ordenaba, a los agentes del Departamento de Dominios Públicos, abrir los tabernáculos,
intensificó el sentimiento de indignación y, como consecuencia de una apelación,
fue implícitamente desaprobado, por M. Merlou, el ministro de Francia. Pero el
sentimiento duró y, desde fines de enero hasta fines de marzo, fue expresado,
en un cierto número de iglesias, por violentos motines en contra de los agentes
que venían a efectuar los inventarios. La ruptura de puertas cerradas, la destitución
de funcionarios militares que se negaban a prestar la ayuda de sus tropas a estos
procedimientos, el arresto y la prosecución de la gentes que participaba en demostraciones
católicas, y las heridas mortales infligidas a algunos de ellos en los departamentos
de Nord y de Haute-Loire agravaron el descontento público. Hubo una esperanza
entre los católicos de que las elecciones generales, que se llevarían a cabo en
mayo, resultarían en la derrota del Gobierno; pero esta esperanza no se realizó;
la oposición perdió cincuenta escaños en el voto del 6-20 mayo.
La
primera reunión general de los obispos se realizó el 30 de mayo de 1906. La Encíclica
"Gravissimo officii" (10 agosto, 1906), que rechazó las cultuelles, recibió la absoluta adhesión
de los católicos. El intento de formar cultuelles
cismáticas, llevado a cabo por algunos sacerdotes y laicos de ocho lugares, fue
recibido con escarnio y desprecio, y los grupos aislados de cismáticos no pudieron
obtener la posesión de los edificios religiosos ni siquiera después de apelar
a los tribunales. La segunda y tercera reuniones generales de los obispos (4-7
de septiembre, 1906, y 15 de enero, 1907), agradecieron a Pio X por la encíclica
y discutieron la organización del culto público, de acuerdo con un programa de
deliberación muy definido que la Santa Sede había enviado al Cardenal Richard,
Arzobispo de Paris. El 12 de diciembre de 1906, Mgr. Montagnini, que se había
quedado en Paris como custodio de los archivos pontificales, fue expulsado de
Francia después de una minuciosa búsqueda en su domicilio y el decomiso de sus
papeles. El Vaticano protestó en una circular fechada el 19 de diciembre. Varios
incidentes en la aplicación de la ley -- la expulsión del Cardenal Richard de
su residencia arquiepiscopal (15 diciembre, 1906), las expulsiones de seminaristas
de los seminarios, el empleo de tropas en Beaupréau y en Auray para realizar tal
expulsión provocaron vivas protestas por parte de la prensa católica la
cual veía, en todos estos episodios, la realización de la política así expuesta
por M. Viviani, ministro del Trabajo, en la Cámara de Diputados, el 8 de noviembre
de 1906: "Por nuestros padres, por nuestros ancianos,
por nosotros mismos -- todos de acuerdo estamos comprometidos con una obra
de anticlericalismo, con una obra de irreligión. . . . Hemos apagado luces del
firmamento que no se volverán a encender. Les hemos mostrado a los trabajadores
que el cielo contiene sólo quimeras."
Asambleas
sucesivas de los obispos organizaron el trabajo del Denier du Clergé. La organización es diocesana, no parroquial. No
se fijan contribuciones a ningún individuo; las subscripciones son completamente
voluntarias; pero en muchas diócesis el presupuesto diocesano fija, sin imponer
de ningún modo, la contribución que cada parroquia debe suministrar. En muchas
diócesis, una comisión de control, compuesta de sacerdotes y laicos, se hace cargo
del gasto correspondiente al Denier du Clergé; si una parroquia contribuye
de manera insuficiente, y no tanto por falta de medios sino por falta de buena
voluntad, el obispo puede retirar al sacerdote de la parroquia. Se pueden infligir
dos penalidades a los católicos que, de manera culpable, se niegan a contribuir
al apoyo del culto religioso: una disminución de pompa en la administración de
los sacramentos, y un aumento, para esas personas, de gravámenes incidentales.
Los
primeros resultados del Denier du Clergé
en las diferentes diócesis no estaban muy bien determinados; en todo caso, no
parecían justificar ni esperanzas demasiado entusiásticas ni temores pesimistas.
Un fondo inter-diocesano (caisse) empezó
a funcionar para ayudar a las diócesis más pobres. En muchas comunidades la autoridad
comunal, que había tomado posesión del presbiterio, lo alquiló al sacerdote de
la parroquia por una cierta suma, pero la ley declaró que el arrendamiento, para
ser válido, debería ser ratificado por el prefecto. De esta manera el Estado trataba
de evitar que las comunidades alquilaran los presbiterios a un precio demasiado
barato. De los 32 093 presbiterios existentes en Francia, 3 643 estaban ocupados
por los sacerdotes párrocos, sin pagar renta, a principios de octubre de 1908.
Una circular de M. Briand, ministro de la Justicia, reprobó este hecho como un
abuso. Parecía que, en la mayor parte de las diócesis, un comité central u oficina
diocesana, compuesta de sacerdotes y laicos, se formaría alrededor de la autoridad
episcopal, para coordinar la dirección de todo el trabajo organizado en la diócesis.
Sujeto a este comité habrá comités en los varios arrondissements, cantones,
y parroquias. Cuando se le consultó en mayo de 1907, Pio X prefería pequeños comités
parroquiales bajo los curés a la formación de asociaciones parroquiales (lo cual
se podía interpretar como una aceptación de la Ley de 1901 sobre las asociaciones),
con un número ilimitado de miembros. Se habían reconstituido los seminarios eclesiásticos,
que la Ley de Separación echó fuera de los edificios que ocupaban, en otros hogares
bajo el título "Ecoles Supérieures de Théologie".
En
esa época, una de las más serias preocupaciones de la Iglesia de Francia era el
suministro de sacerdotes. En 1878 cuando Mgr. Bougaud escribió su libro, "Le
grand péril de l'Eglise de France", había una insuficiencia de 2 467 sacerdotes
en Francia. El père Dudon, quien ha estudiado la cuestión del suministro de sacerdotes
muy profundamente, calcula que en 1906, a la ruptura del concordato, había una
insuficiencia de 3 109 sacerdotes, y la inseguridad misma de la postura de la
Iglesia delante de la ley le daba razón al temor de que el número de vocaciones
continuaría a disminuir.
Para
cualquier actualización de este artículo escribanos a ec@aciprensa.com
.
Geografía.
--Reclus, La Francia in Géographie universelle (Paris, 1876), II; Vidal de la
Blanche, La France (Paris, 1903); Michelet, Tableau de la France in vol. II de
la historia mencionada más adelante; Dumazet, Voyage en France (47 vols., Paris,
1894-1907); Marshall, Cathedral Cities of France (Londres, 1907).
Historia
general. -- Michelet, Histoire de France (edición nueva, 17 vols., Paris, 1871-74
recomendada por la veracidad de su colorido histórico en lugar de la exactitud
de los detalles, un retrato mas bien que una narración); Martin, Histoire de France
(19 vols., Paris, 1855-60--investigación concienzuda con tendencias anti-católicas
y algo fuera de fecha); Dareste, Histoire de France, (8 vols., Paris, 1864-73
-- claro y de buen sentido); Bodley, Francia (2nd. ed., Londres, 1899); Galton,
Church and State in France, 1300-1900 (Londres, 1907); Kitchen, A History of France
(Oxford, 1892-94). Un grupo de especialistas bajo la dirección de Lavisse ha emprendido
la publicación de una Histoire de France de la cual los volúmenes publicados en
esa época desarrollaban los temas hasta los fines de Louis XIV; esta obra
cuyos contribuyentes eran hombres instruidos, cada uno partidario de su propia
tendencia, aunque nunca de manera violenta constituían la última palabra
de la ciencia en aquellos momentos. Louis Batiffol, La Renaissance (Paris, 1905),
es el único volumen publicado entonces de una colección que se preparaba bajo
el título Histoire de France pour tous. Adams, The Growth of the French Nation
(London, 1897).
Ninguna
Historia General de la Iglesia de Francia es digna de ser recomendada. Los principales
documentos recomendados para consulta en aquella época fueron: Gallia Chistiana
(q. v.); Jean, Les archevéques et évéques de France de 1682 à 1801 (Paris, 1891);
Hanotaux ed., Instructions des ambassadeurs de France apures du Saint-Siège (Paris,
1888); Imbart de la Tour Archives de l'histoire religieuse de la France (4 vols.
Habían sido publicados en 1907; Baunard,
Un siècle de l'église de France (Tours, 1901--trata del siglo XIX); L'épiscopat
français au XIXe siècle (Paris, 1907). Sobre las Fuentes de la Historia de
Francia los repertorios principales son : Monod, Bibliographie de l'histoire
de France (Paris, 1888); Catalogue de l'histoire de France de la Bibliothèque
Nationale (Paris, 1855-82); Langlois and Stein, Les archives de l'histoire de
France (Paris, 1891); Monlinier, Les sources de l'histoire de France (4 vols.
Paris, 1901-04).
Para
la bibliografía de la Revolución francesa, vea REVOLUCION FRANCESA
Para
Francia en el Siglo XIX ver NAPOLEON. También Currier, Leyes Constitucionales
y Orgánicas de Francia, 1875-1889 (Filadelfia, 1891); Viel-Castel, Histoire de
la Restauration (20 vols. Paris, y traducción, Londres, 1888); Thureau-Dangin,
Histoire de la monarchie de Juillet (Paris); de la Gorce, Histoire du second Empire
(7 vols. Paris); Ollivier, L'Empire libéral (Paris, 1904-06 -- 13 vols. habían
aparecido); Lamy, Etudes sur le second Empire (Paris); Hanotaux, Histoire de la
France contemporaine, 1870-1883 (4 vols. Paris, 1902-09); Zévort, Histoire de
la troisième République (4 vols, Paris, 1900-05); Coubertin, L'Evolution
française sous la troisième République (tr., Londres, 1898); Parmele, The Evolution
of an Empire (Nueva York, 1897). On the Religious History of France under the
Third Republic: Deridour, L'Eglise catholique et l'Etat sous la troisième République
(2 vols., Paris, 1906-08 -- muy anti-Católico); Lecannet, L'Eglise de France sous
la troisième République (Paris, 1907 -- Católico; lleva el tema hasta 1878); Du
toast à l'encyclique (Paris, 1893). Para estadísticas parroquiales ver los anuarios
Le clergé Français et la France ecclésiastique.
Sobre
la Ley en contra de las Congregaciones y la Ley de Separación: Briand, La separation
(2 vols., Paris, 1907 y 1909); Discursos de Waldeck-Rousseau y Ribot; De Mund,
La loi des suspects (2 vols., Paris, 1902) Combes, Une campagne laïque (2 vols,
Paris, 1902 and 1906). La Ley sobre las asociaciones fue discutida por Troulliot
y Chapsal; aquella sobre la Separación por Réville, con tendencias radicales,
y por Taudiére y Lamarzelle, con tendencias católicas. La Revue d'organisation
et la défense réligieuse, publicada por la Buena Prensa desde 1906, daba cada
día la situación de la ley en relación con los intereses católicos.
Sobre
las Leyes del Matrimonio: La loi du 21 Juin 1907 sur le Mariage (Toulouse, 1908).
-- Sobre la influencia de la francmasonería Prache, La pétition contra la maçonnerie;
rapport parlementaire (Paris, 1905); Goyau, La Franc-Maçonnerie en France (Paris,
1899). Sobre las órdenes religiosas: Mémoire pour la défense des congrégations
religieuses (Paris, 1880); Kannengeiser, France et Allemagne (Paris, 1900). Sobre
las misiones y los protectorados: Piolet, Les missions catholiques françaises
(seis vols., Paris, 1900-03); Bouvier, Loin du pays (Paris, 1808); Rey, La protection
diplomatique et consulaire dans les échelles du Levant (Paris, 1899); Goyau, Les
nations apôtres. Vieille France, jeune Allemagne (Paris, 1903); Kannengeiser,
Les missions catholiques, France et Allemagne (Paris, 1900). Sobre Francia en
Roma: Lacroix, Mémoire historique sur les institutions de la France à Rome (2da
ed., Roma, 1892). Sobre la situación escolar: Discursos de Jules Ferry; Pichard,
Nouveau code de l'instruction primaire (18a ed., Paris, 1905); Goyau, L'ecole
d'aujourd'hui (2 vols., Paris, 1899 y 1906); Lescoeur, La mentalité laïque à l'école
(Paris, 1906); des Alleuls, Histoire de l'enseignement secondaire, 2 vols., Paris,
1900 -- oficial); Lamarzelle, La crise universitaire (Paris, 1900). Sobre las
instituciones caritativas: Paris charitable (3ra ed. Paris, 1904); La France charitable
(Paris, 1899) -- dos colecciones de monografías publicadas por el office central
des institutions charitables. -- Sobre las organizaciones sociales las fuentes
principales son los informes colectivos sobre las empresas católicas publicados
durante la Exposición de 1900, el Guide annuaire social (cada año desde 1905)
y el Manual social pratique (1909) publicado por la Action populaire de Reims,
con folletos publicados por esta última asociación. -- Sobre la Agrupación de
Movimientos Religiosos: Fraenzel, Vers l'union des catholiques (Paris, 1907);
Guide d'action religieuse (Paris, 1908).
GEORGES
GOYAU
Transcrito
por M. Donahue
Traducido
por Oscar Olague