EL APÓSTOL DE ROMA
Nacido en Florencia, Italia, el 22 de Julio de 1515; muerto el 27 de Mayo de
1595. La familia de Felipe provenía originariamente de Castelfranco,
pero había vivido durante muchas generaciones en Florencia, en la que
no pocos de sus miembros habían practicado profesiones liberales, y por
tanto adquirido rango en la nobleza de Toscana. Entre estos estaba el propio
padre de Felipe, Francesco Neri, que suplió la insuficiente fortuna privada
con lo que ganaba como notario. Una circunstancia que tuvo no poca influencia
en la vida del santo fue la amistad de Francesco con los dominicos; pues fue
de los frailes de San Marcos, en medio de los recuerdos de Savonarola, que recibió
Felipe muchas de sus primeras impresiones religiosas. Aparte de un hermano menor,
que murió en la primera niñez, Felipe tuvo dos hermanas menores,
Caterina y Elisabetta. Fue con ellas con quien “el buen Pippo”,
como pronto empezó a ser llamado, cometió su única falta
conocida. Dio un ligero empujón a Caterina, porque no dejaba de interrumpir
a Elisabetta y a él, mientras estaban recitando salmos juntos, una práctica
a la que, cuando niño, era notablemente aficionado. Un incidente de su
niñez es caro a sus primeros biógrafos como la primera intervención
visible de la providencia en su favor, y quizá más cara aún
a sus discípulos modernos, porque revela las características humanas
de un niño en medio de las gracias sobrenaturales de un santo. Cuando
tenía unos ocho años se le dejó solo en un patio para que
jugara; viendo un asno cargado de fruta, trepó a su lomo; el animal se
desbocó, y ambos cayeron en un profundo sótano. Sus padres se
precipitaron al lugar y sacaron al niño, no muerto, como temían,
sino totalmente ileso.
Desde el principio fue evidente que la carrera de Felipe discurriría
por vías no convencionales; cuando se le mostró el árbol
genealógico de su familia, lo rompió, y le dejó indiferente
que se quemara la casa de su padre. Habiendo estudiado humanidades con los mejores
maestros de una generación erudita, a la edad de dieciséis años
fue enviado a ayudar en los negocios a un primo de su padre en San Germano,
cerca de Monte Cassino. Se aplicó con diligencia, y su pariente determinó
pronto hacerle su heredero. Pero él a menudo se retiraba a una pequeña
capilla de la montaña que pertenecía a los benedictinos de Monte
Casino, construida encima del puerto de Gaeta en una hendidura de la roca que
la tradición dice que estaba entre las abiertas en la hora de la muerte
de Nuestro Señor. Fue aquí donde su vocación se hizo definida:
estaba llamado a ser el Apóstol de Roma. En 1533 llegó a Roma
sin ningún dinero. No había informado a su padre del paso que
estaba dando, y había rechazado deliberadamente la protección
de su pariente. Sin embargo, se hizo enseguida amigo de Galeotto Caccia, un
residente florentino, que le dio una habitación en su casa y una asignación
de harina, a cambio de que emprendiera la educación de sus dos hijos.
Durante diecisiete años Felipe vivió como laico en Roma, sin pensar
probablemente en hacerse sacerdote. Fue tal vez mientras era tutor de los niños,
cuando escribió la mayor parte de la poesía que compuso tanto
en latín como en italiano. Antes de su muerte quemó todos sus
escritos, y sólo algunos de sus sonetos nos han llegado. Pasó
unos tres años, empezando hacia 1535, en el estudio de la filosofía
en la Sapienza, y de teología en la escuela de los agustinos. Cuando
consideró que había aprendido bastante, vendió sus libros
y dio el producto a los pobres. Aunque nunca hizo de nuevo del estudio su principal
ocupación, siempre que fue invitado a desechar su habitual reticencia,
sorprendía a los más ilustrados con la profundidad y claridad
de su conocimiento teológico.
Ahora se dedicó por entero a la santificación de su propia alma
y al bien de su prójimo. Su activo apostolado comenzó con discretas
y solitarias visitas a los hospitales. Luego indujo a otros a acompañarlo.
Entonces empezó a frecuentar las tiendas, almacenes, bancos y lugares
públicos de Roma, ablandando los corazones de aquellos a quienes acontecía
encontrar, y exhortándoles a servir a Dios. En 1544, o más tarde,
se hizo amigo de San Ignacio. Muchos de sus discípulos probaron y encontraron
sus vocaciones en la recién nacida Compañía de Jesús,
pero la mayoría permaneció en el mundo, y formó el núcleo
de lo que después se convirtió en la Hermandad del Pequeño
Oratorio. Aunque “no aparecía como ayunando ante los hombres”,
su vida privada era la de un ermitaño. Su sola comida diaria era de pan
y agua, a la que se añadían a veces algunas hierbas, el mobiliario
de su habitación consistía en una cama, a la que habitualmente
prefería el suelo, una mesa, algunas sillas, y una cuerda para colgar
su ropa; y se disciplinaba frecuentemente con pequeñas cadenas. Puesto
a prueba por violentas tentaciones, tanto diabólicas como humanas, pasó
a través de todas ellas ileso, y la pureza de su alma se manifestó
en ciertos rasgos físicos acusados. Al principio rezaba principalmente
en la iglesia de San Eustachio, muy cerca de casa de Caccia. Luego empezó
a visitar las siete iglesias. Pero fue en las catacumbas de San Sebastiano –confundidas
por los primeros biógrafos con las de San Callisto – donde tuvo
las vigilias más largas y donde recibió los consuelos más
abundantes. En esta catacumba, unos días antes de Pentecostés
de 1544, tuvo lugar el conocido milagro de su corazón. Bacci lo describe
así: “Mientras estaba con la máxima seriedad pidiendo al
Espíritu Santo sus dones, apareció ante él un globo de
fuego, que entró en su boca y se alojó en su pecho; y acto seguido
fue sorprendido repentinamente por tal fuego de amor, que, incapaz de soportarlo,
se arrojó al suelo, y, como quien intenta refrescarse, desnudó
su pecho para atemperar en alguna medida la llama que sentía. Cuando
hubo permanecido así por un tiempo y se recobró un poco, se levantó
lleno de una insólita alegría, e inmediatamente todo su cuerpo
comenzó a estremecerse con un violento temblor; y poniendo su mano en
su pecho, notó por el lado de su corazón un bulto casi tan grande
como el puño de un hombre, pero ni entonces ni después fue asistido
del más ligero daño o herida”. La causa de este bulto se
descubrió por los médicos que examinaron su cuerpo tras la muerte.
El corazón del santo se había dilatado por el repentino impulso
de amor, y para que tuviera suficiente espacio para moverse, se habían
roto dos costillas, y curvado en forma de arco. Desde el momento del milagro
hasta su muerte, su corazón palpitaría violentamente cuando llevaba
a cabo una acción espiritual.
Durante sus últimos años de laico, el apostolado de Felipe se
extendió rápidamente. En 1548, junto con su confesor, Persiano
Rosa, fundó la Confraternidad de la Santísima Trinidad para ocuparse
de los peregrinos y convalecientes. Sus miembros se reunían para la comunión,
la oración, y otros ejercicios espirituales en la iglesia de San Salvatore,
y el propio santo introdujo la exposición del Santísimo Sacramento
una vez al mes (ver DEVOCIÓN DE LAS CUARENTA HORAS). En estas devociones
Felipe predicaba, aunque aún era un laico, y sabemos que en una sola
ocasión convirtió a no menos de treinta jóvenes disolutos.
En 1550 se le presentó la duda de si no debía interrumpir su trabajo
activo y retirarse en soledad absoluta. Su perplejidad fue calmada por una visión
de San Juan Bautista, y por otra visión de dos almas en la gloria, una
de las cuales estaba comiendo un rollo de pan, lo que significaba la voluntad
de Dios de que viviera en Roma para bien de las almas como si estuviera en un
desierto, absteniéndose en cuanto fuera posible del uso de carne.
En 1551, sin embargo, recibió una vocación cierta de Dios. Por
mandato de su confesor – nada sino esto habría vencido su humildad
– entró en el sacerdocio, y se fue a vivir a San Girolamo, donde
una plantilla de capellanes era sostenida por la Confraternidad de la Caridad.
Cada sacerdote tenía dos habitaciones asignadas a él, en las que
vivía, dormía y comía, sin otra regla que la de vivir en
caridad con sus hermanos. Entre los nuevos compañeros de Felipe, aparte
de Persiano Rosa, estaba Buonsignore Cacciaguerra (ver “Un precursos de
San Felipe” por Lady Amabel Kerr, Londres), un notable penitente, que
estaba en esa época llevando a cabo una vigorosa propaganda a favor de
la comunión frecuente. Felipe, que como laico había estado animando
discretamente a la frecuente recepción de los sacramentos, gastó
toda su energía sacerdotal en promover la misma causa, pero a diferencia
de su precursor, recomendaba a los jóvenes especialmente confesarse más
a menudo de lo que comulgaban. La iglesia de San Girolamo era muy frecuentada
incluso antes de la llegada de Felipe, y su confesionario pronto se convirtió
en el centro de un potente apostolado. Permanecía en la iglesia, oyendo
confesiones o dispuesto a oírlas, desde el amanecer hasta casi mediodía,
y no contento con esto, confesaba habitualmente a unas cuarenta personas en
su habitación antes del alba. Así trabajó incansablemente
durante todo su largo sacerdocio. Como médico de almas recibió
maravillosos dones de Dios. A veces decía a un penitente sus pecados
más secretos sin que se los confesara; y una vez convirtió a un
joven noble mostrándole una visión del infierno. Poco antes de
mediodía dejaba su confesionario para decir misa. Su devoción
al Santísimo Sacramento, como el milagro de su corazón, es una
de esas manifestaciones de santidad que son peculiarmente suyas. Tan grande
era el fervor de su caridad, que, en vez de recogerse antes de la misa, tenía
que utilizar medios deliberados de distracción para atender al rito externo.
Durante los últimos cinco años de su vida tuvo permiso para celebrar
privadamente en una pequeña capilla próxima a su cuarto. En el
“Agnus Dei” el sirviente salía, cerraba las puertas, y colgaba
un aviso: “Silencio, el Padre está diciendo misa”. Cuando
volvía a las dos horas o más, el santo estaba tan absorto en Dios
que parecía estar a punto de morir.
Felipe dedicaba sus tardes a los hombres y muchachos, invitándoles
a reuniones informales en su cuarto, llevándolos a visitar iglesias,
interesándose en sus diversiones, santificando con su dulce influencia
cada aspecto de sus vidas. En una época tuvo un vehemente deseo
de seguir el ejemplo de San Francisco Javier, e ir a la India. Con vistas
a esta finalidad, apresuró la ordenación de algunos de sus
compañeros. Pero en 1557 pidió el consejo de un cisterciense
de Tre Fontane; y como en una ocasión anterior se le había
dicho que hiciera de Roma su desierto, así ahora el monje le comunicó
una revelación que había tenido de San Juan Evangelista,
que Roma debía ser su India. Felipe abandonó enseguida la
idea de ir al extranjero, y al año siguiente las reuniones informales
en su habitación se desarrollaron en ejercicios espirituales regulares
en un oratorio, que construyó sobre la iglesia. En estos ejercicios
predicaban los laicos y la excelencia de los discursos, la alta calidad
de la música, y el encanto de la personalidad de Felipe atrajeron
no sólo a los humildes e inferiores, sino a hombres del más
alto rango y distinción en la Iglesia y el Estado. De estos, en
1590, el cardenal Niccolo Sfondrato, se convirtió en Papa Gregorio
XIV, y solo la extrema reticencia del santo evitó que el pontífice
le forzara a aceptar el cardenalato. En 1559, Felipe comenzó a
organizar visitas regulares a las siete iglesias, en compañía
de multitud de hombres, sacerdotes y religiosos, y laicos de todo rango
y condición. Estas visitas fueron la ocasión de una corta
pero aguda persecución por parte de cierta facción maliciosa,
que lo denunció como “creador de nuevas sectas”. El
propio cardenal vicario le convocó, y sin oír su defensa,
le reprendió en los términos más duros. Durante una
quincena el santo estuvo suspendido de oír confesiones; pero al
cabo de ese tiempo hizo su defensa, y probó su inocencia ante las
autoridades eclesiásticas. En 1562, los florentinos de Roma le
rogaron que aceptara el cargo de párroco de su iglesia, San Giovanni
dei Fiorentini, pero él se resistía a dejar San Girolamo.
Al final el asunto fue llevado ante Pío IV, y se llegó a
un compromiso en 1564. Aunque permaneciendo en San Girolamo, Felipe se
convertía en párroco de San Giovanni, y enviaba cinco sacerdotes,
uno de los cuales era Baronio, para representarle allí. Vivían
en comunidad con Felipe como superior, tomando sus comidas juntos, y asistiendo
regularmente a los ejercicios de San Girolamo. En 1574, sin embargo, los
ejercicios comenzaron a celebrarse en un oratorio en San Giovanni. Mientras
tanto la comunidad estaba creciendo en tamaño, y en 1575 fue formalmente
reconocida por Gregorio XIII como la Congregación del Oratorio,
y se le dio la iglesia de Santa María in Vallicella. Los padres
vinieron a vivir aquí en 1577, año en el que inauguraron
la Chiesa Nuova, construida en el sitio de la vieja Santa María,
y trasladaron los ejercicios a un nuevo oratorio. El propio Felipe se
quedó en San Girolamo hasta 1583, y sólo por obediencia
a Gregorio XIII dejó entonces su viejo hogar y vino a vivir a la
Vallicella. Los últimos años de su vida fueron marcados
por alternativas de enfermedad y recuperación. En 1593, mostró
la verdadera grandeza del que conoce los límites de su propia resistencia,
y dimitió el cargo de superior que le había sido conferido
de por vida. En 1594, cuando estaba en una agonía de dolor, la
Santísima Virgen se le apareció y le curó. A fines
de Marzo de 1595, tuvo un grave ataque de fiebre, que duró todo
Abril; pero en respuesta a su plegaria especial Dios le dio fuerza para
decir misa el 1 de Mayo en honor de los Santos Felipe y Santiago. El siguiente
12 de Mayo fue presa de una violenta hemorragia, y el cardenal Baronio,
que le había sucedido como superior, le dio la extremaunción.
Después de eso pareció revivir un poco y su amigo el cardenal
Federico Borromeo le trajo el viático, que recibió con fuertes
protestas de su propia indignidad. Al día siguiente estaba perfectamente
bien, y hasta el día mismo de su muerte se ocupó de sus
tareas habituales, recitando incluso el Oficio Divino, del que estaba
dispensado. Pero el 15 de Mayo predijo que sólo le quedaban diez
días más de vida. El 25 de Mayo, fiesta del Corpus Christi
fue a decir misa en su pequeña capilla, dos horas más pronto
de lo habitual. “Al empezar su misa”, escribe Bacci, “se
quedó un rato mirando fijamente la colina de San Onofrio, que era
visible desde la capilla, como si viera alguna gran visión. Al
llegar al Gloria in Excelsis empezó a cantar, lo que era una cosa
inusual en él, y lo cantó entero con la máxima alegría
y devoción, y todo el resto de la misa la dijo con extraordinaria
exultación, como si cantara”. Estuvo en perfecta salud durante
el resto de ese día, e hizo su habitual oración nocturna;
pero cuando estaba en la cama, predijo la hora de la noche en que moriría.
Aproximadamente a la una de la madrugada el padre Antonio Gallonio, que
dormía debajo de él, le oyó andar arriba y abajo,
y fue a su cuarto. Lo encontró yacente en su cama, sufriendo otra
hemorragia. “Antonio, me voy”, dijo; Gallonio mandó
a buscar a los médicos y los padres de la congregación.
El cardenal Baronio hizo la recomendación del alma, y le pidió
que diera a los padres su bendición final. El santo levantó
la mano ligeramente, y miró hacia el cielo. Luego, inclinando su
cabeza hacia los padres, expiró. Felipe fue beatificado por Paulo
V en 1615, y canonizado por Gregorio XV en 1622.
Es quizá por el método de contraste como caemos en la cuenta
más claramente de las características distintivas de San
Felipe y su obra (ver Newman, “Sermones en diversas ocasiones”,
n. xii; “Esbozo históricos”, III, fin del cap. vii).
Le saludamos como al reformador paciente que deja fuera las cosas solas
y obra desde dentro, dependiendo más bien del poder escondido del
sacramento y la oración más que de drásticos métodos
de mejora externa; al director de almas que asigna más valor a
la mortificación de la razón que a las austeridades corporales,
declara que los hombres pueden convertirse en santos en el mundo no menos
que en el claustro, subraya la importancia de servir a Dios con espíritu
alegre, y da un giro singularmente humorístico a las máximas
de la teología ascética; al silencioso observador de los
tiempos, que no toma parte activa en las controversias eclesiásticas
y aun así es una fuerza motriz de su desarrollo, ora animando al
uso de la historia eclesiástica como baluarte contra el Protestantismo,
ora insistiendo en la absolución de un monarca, al que otros consejeros
deseaban excluir de los sacramentos (ver BARONIO), ora rogando que Dios
advierta a un amenazado de condenación (ver SAVONAROLA) y recibiendo
la milagrosa seguridad de que su plegaria es escuchada (ver la Carta de
Ercolani a la que se refiere Capecelatro); al fundador de una Congregación
que se basa más en la influencia personal que en la organización
disciplinaria, y prefiere la práctica espontánea de consejos
de perfección a su puesta en vigor por medio de votos; por encima
de todo, al santo de Dios, que es tan irresistiblemente atractivo, tan
eminentemente amable en sí mismo, como par lograr el título
de “Amabile santo”.
GALLONIO, compañero del santo fue el primero en realizar una Vida
de San Felipe, publicada en latín (1600) y en italiano (1601),
escrita con gran precisión, y siguiendo un orden estrictamente
cronológico. Se escribieron varios tratados médicos sobre
las palpitaciones y las costillas fracturadas del santo, vg., la Medica
disputatio de palpitatione cordis, fractura costarum, aliisque affectionibus
B. Philippi Nerii. . .qua ostenditur praedictas affectiones fuisse supra
naturam, dedicado al Cardenal Federico Borromeo (Roma, 1613), de ANGELO
DA BAGNAREA. BACCI escribió una Vida en italiano y la dedicó
a Gregorio XV (1622). Su obra es el resultado de un minucioso examen de
los procesos de canonización, y contiene importante material que
no se encuentra en GALLONIO. La Vida de San Felipe, de BROCCHI, contenida
en su Vite de' santi e beati Fiorentini (Florencia, 1742), incluye la
genealogía del santo, y da la tradición florentina de sus
primeros años; para ciertas discrepancias cronológicas entre
GALLONIO, BACCI, y BROCCHI, ver las notas sobre cronología en la
edición de BACCI por ANTROBUS. Otras Vidas son las de RICCI (Roma,
1670), cuya obra era una ampliación de BACCI, e incluye sus propias
Vidas de los Compañeros de San Felipe; MARCIANO (1693); SONZONIO
(1727); BERNABEI (muerto en 1662), cuya obra se publicó por primera
vez por los BOLANDISTAS (Acta SS., Mayo, VII); RAMIREZ, que adapta el
lenguaje de las Escrituras a San Felipe en una obra latina llamada la
Vía láctea, dedicada a Inocencio XI (Valencia, 1682); y
BAYLE (1859). GOETHE al final de su Italien Reise (Viaje a Italia) da
un esbozo del santo titulado Filippo Neri, der humoristische Heilige.
La Vida moderna más importante es la de CAPECELATRO (1879), que
trata de manera completa las relaciones del santo con las personas y acontecimientos
de su época. Hay una Vida en inglés por HOPE (Londres, Nueva
York, Cincinnati, Chicago). Una traducción abreviada de BACCI apareció
en tiempos de penalidad (París, 1656), un hecho que muestra el
continuo recuerdo por nuestros antepasados católicos del santo,
que solía saludar a los estudiantes del Colegio Inglés con
las palabras, "Salvete, flores martyrum." FABER en sus Santos
Modernos (1847) incluye traducciones de una edición ampliada de
BACCI, y de las Vidas de los Compañeros de RICCI. De los más
antiguos hay una edición nueva y revisada de ANTROBUS (Londres,
1902). La obra de CAPECELATRO ha sido traducida por POPE (Londres, 1882).
Las versiones en inglés de RYDER de dos de los sonetos de San Felipe
se han publicado al final de las ediciones recientes de BACCI y CAPECELATRO,
junto a traducciones de las cartas de San Felipe. Estas fueron publicadas
originalmente en la Raccolta di lettere di santi e beati Fiorentini de
BISCONI (Florencia, 1737); pero desde esa época han salido a la
luz otras doce cartas.
C. SEBASTIAN RITCHIE
Transcrito por Herman F. Holbrook
Para el Reverendo David Martin, sacerdote del Oratorio de Londres
Traducido por Francisco Vázquez