Apodado Le Bel (el Hermoso)
Rey de Francia, nacido en Fontainebleau en 1268, fallecido allí el 29
de Noviembre de 1314, hijo de Felipe III e Isabel de Aragón; se convirtió
en rey el 5 de Octubre de 1286, a la muerte de su padre y fue consagrado en
Reims el 6 de Enero de 1286, con su esposa Juana, hija de Enrique I, Rey de
Navarra, Conde de Champagne y Brie; este matrimonio unió esos territorios
al dominio real. Habiendo tomado Viviers y Lión al imperio, Valenciennes,
cuyos propios habitantes se unieron a sí mismos con Francia, La Marche
y Angoumois, las que arrebató a los legítimos herederos de Hugues
de Lusigan, Felipe deseaba expulsar a Eduardo I de Inglaterra de Guienne, toda
cuya provincia, con la excepción de Burdeos y Bayona, fue ocupada en
1294 y 1295. Por el tratado de Montreuil, negociado por Bonifacio VIII, le dio
Guiene como regalo a su hija Isabel, quien se casó con el hijo de Eduardo
I, con la condición de que este joven príncipe debía mantener
la provincia como vasalla de Felipe. Felipe deseaba castigar al Conde Guy de
Flanders, un aliado de Inglaterra e incitó a Carlos de Valois a invadir
su territorio, pero fue derrotado en Coutrai por Flemings, a quien impulsaba
el enojo por los pesados gravámenes impuestos sobre ellos por Felipe;
tomó su venganza sobre Flemings en la victoria naval de Zierichzee y
la victoria terrestre de Mons en Puelle; luego en 1305, reconoció a Roberto,
hijo de Guy, como su vasallo y retuvo la posesión de Lille, Douai, Orchies
y Valenciennes. Habiendo extendido de este modo su reino, Felipe intentó
enérgicamente centralizar el gobierno e imponer un muy riguroso sistema
fiscal. Legistas como Enguerrand, Philippe de Marigny, Pierre de Latilly, Pierre
Flotte, Raoul de Presle, y Guillaume de Plassan, lo ayudaron a establecer firmemente
este absolutismo real y erigir un poder tiránico.
Estos legistas eran llamados los chevaliers de l’hôtel, los chevaliers
ès lois, los milites regis; no eran nobles, tampoco portaban armas, pero
eran calificados de caballeros. La aparición de estos legistas en el
Gobierno de Francia es uno de los principales eventos del reinado de Felipe
IV. Renan explica su significación con estas palabras: “Una enteramente
nueva clase de políticos, que debían su fortuna enteramente a
su propio mérito y esfuerzos personales, abiertamente leales al rey quien
los había hecho, y rivales de la Iglesia, cuyo lugar esperaban llenar
en muchos temas, así aparecieron en la historia de Francia, y estuvieron
destinados a operar un profundo cambio en la conducción de los asuntos
públicos”.
Fueron estos legistas los que incitaron y sostuvieron a Felipe IV en su conflicto
con el papado y en el juicio de los Templarios. En los artículos Bonifacio
VIII; Clemente V; Molai; Templarios, se encontrará un recuento de la
relación de Felipe IV con la Santa Sede; M. Lizerand, en 1910, nos ha
proporcionado un estudio sobre Felipe IV y Clemente V, que contiene treinta
y siete cartas inéditas escritas por los dos soberanos. El principal
consejero de Felipe en su hostil relación con la Curia fue el legista
Guillaume de Nogaret (q.v.). Renán, quien hizo un detallado estudio de
los tratos de Nogaret con Bonifacio VIII, Clemente V, y los Templarios, piensa
que a pesar de su ardiente profesión de fidelidad Católica él
era un tanto hipócrita, en todo caso “el no era un hombre honesto”,
y que “él no podría haber sido engañado por el falso
testimonio que él incitó y los sofismas que él provocó”.
Los métodos de Nogaret para combatir a Bonifacio VIII y a los Templarios
son mejor entendidos cuando examinamos, en el trabajo de Gastón Paris,
el curioso juicio de Guichard, Obispo de Troyes, por brujería.
Otro importante personaje cuyos curiosos escritos deben ser leídos para
entender la política de Felipe correctamente es Pierre Dubois. Él
había sido un pupilo de Santo Tomás de Aquino en la Universidad
de París, y era un abogado en Coutances. En 1300 Dubois escribió
un trabajo sobre los medios de acortar las guerras y conflictos de Francia;
en 1302 publicó varios virulentos panfletos contra Bonifacio VIII; entre
1304 y 1308, escribió un muy importante trabajo "De recuperatione
Terrae Sanctae"; solamente en 1309, escribió sobre la cuestión
de Sacro Imperio Romano, sobre la cuestión Oriental, y contra los Templarios.
Dubois comenzaba desde la idea de que Francia debía controlar al papado,
después de los cual sería fácil para el Rey de Francia
usar la influencia papal para su propio provecho. El deseaba que su rey se convirtiera
en amo de los Estado Papales, para administrarlos, para reducir los castillos
y ciudades de este estado a su obediencia, y para forzar a Toscana, Sicilia,
Inglaterra y Aragón, países vasallos de la Santa Sede, a rendir
homenaje al Rey de Francia; a cambio el rey garantizaría al papa las
rentas de los Estados Papales. “Depende del papa”, escribió
en su trabajo de 1302, “liberarse de las mundanas ocupaciones y preservar
sus renta sin tener ningún problema sobre ellas; si no desea aceptar
tan ventajosa oferta, incurrirá en el reproche universal por su avaricia,
orgullo e imprudente presunción.” “Clemente V,” continuaba
Dubois en su tratado "De recuperation Terrae Sanctae," "después
de haber abandonado sus posesiones temporales al Rey de Francia, sería
protegido contra el miasma de Roma, y viviría una larga vida en buena
salud, en su tierra nativa de Francia, donde crearía un numero suficiente
de cardenales Franceses para preservar el papado de las manos rapaces de los
Romanos.” Dubois deseaba no solamente que el Rey de Francia sojuzgara
al papado, sino que imperio fuera forzado a ceder a Francia la ribera izquierda
del Rhin, Provenza, Saboya, y todos sus derechos en Liguria, Venecia y Lombardía.
En 1308, después de la muerte del Emperador Alberto I, hasta pensó
en que el papa confiriera la corona imperial a los Capetos Franceses. También
diseñó planes para subyugar a España. Así reorganizada
por Francia, la Europa Cristiana (en la mente de Pierre Dubois) para emprender
la Cruzada, la Tierra Santa sería reconquistada, y a cambio, los Paleologos,
quienes reinaban en Constantinopla, serían reemplazados por los Capetos,
Carlos de Valois, representando los derechos de Catalina de Courtenay al Imperio
Latino de Constantinopla. La influencia personal de Pierre Dubois sobre Felipe
IV no debe ser exagerada. Aunque todos sus escritos eran presentados al rey,
Dubois nunca tuvo un lugar oficial en el concejo de Felipe. Sin embargo, hay
un indudable paralelismo entre sus ideas y ciertas maniobras políticas
de Felipe IV. Por ejemplo, el 9 de junio de 1308, Felipe escribió a Enrique
de Carinthia, Rey de Bohemia, para proponerle a Carlos de Valois como un candidato
para la corona de Alemania; y el 11 de Junio envió tres caballeros a
Alemania para ofrecerle dinero a los electores. Esta fue una tarea inútil,
sin embargo, ya que Enrique de Luxemburgo fue elegido y Clemente V, menos servil
al Rey de Francia de lo que ciertos enemigo del papado habían dicho,
se apresuró a confirmar la elección.
Felipe IV no era en realidad un librepensador; él era religioso, y hasta
hacía peregrinajes: su actitud hacia la inquisición no es aquella
de un librepensador, como es especialmente evidente en el juicio del Franciscano
Bernardo Délicieux. Este último trajo los diputados de Carcassonne
y Albi a Felipe IV en Senlis, para quejarse de los inquisidores Dominicos de
Languedoc; el resultado de su acción fue una ordenanza de Felipe poniendo
a los inquisidores Dominicos bajo el control de los obispos. Al recibo de estas
noticias Languedoc se inflamó contra los Dominicos; Bernardo Délicieux
encabezó en 1303 el movimiento en Carcassonne, y cuando en 1304 Felipe
y la reina visitaron Toulouse y Carcassonne, organizó tumultuosas manifestaciones.
El rey se molestó, e interrumpió sus procedimientos contra los
Dominicanos. Entonces Bernardo Délicieux y algunos del pueblo de Carcassonne
conspiraron para entregar la ciudad a las manos del Príncipe Fernando,
Infante de Mallorca; Felipe dispuso que dieciséis de los habitantes fueran
colgados e impuso una pesada multa a la ciudad; y esta conspiración de
Bernardo Délicieux contra el rey y la Inquisición fue una de las
razones de su condena mas tarde en 1318 a perpetua In Pace, o prisión
monástica.
Felipe IV no fue por tanto de ninguna manera un adversario sistemático
de la inquisición. Por otro lado, documentos recientemente publicados
muestran que era sinceramente apegado a la idea de una Cruzada. De las memorias
de Rabban Cauma, embajador de Argoun, Rey de los Tártaros, traducido
del Siríaco por el Abad Chabot, conocemos que Felipe le dijo a Rabban
en Sept.,1287: “Si los Mongoles, que no son Cristianos, pelean para capturar
Jerusalén, nosotros tenemos mucha mayor razón para pelear; si
es la voluntad de Dios, iremos con un ejército”. Y las noticias
de la caída de Saint-Jean d'Acre (1291), que indujeron tantos concilios
provinciales para expresar el deseo de una nueva cruzada fueron ciertamente
calculados para fortalecer esta resolución del rey. Nos hemos referido
al celo de Dubois por la conquista de la Tierra Santa; Nogaret fue quizás,
un defensor aún más fuerte del proyecto, pero en el plan que delineó
alrededor de 1310, el primer paso, de acuerdo a él, era colocar todo
el dinero de la Iglesia de Francia en las mando del rey.
La Iglesia Francesa bajo Felipe IV desplegó muy poca independencia;
estaba en realidad esclavizada a la voluntad real. Casi todos los años
contribuía al tesoro con o sin la aprobación papal, un décimo
y a veces un quinto de sus rentas; estos sacrificios pecuniarios eran consentidos
por el clero en concilios provinciales, que a cambio pedían ciertas concesiones
o favores del rey; pero los agentes fiscales de Felipe, si se encontraban con
resistencia, esgrimían el principio de que el rey puede por su propia
autoridad recaudar de todos sus sujetos, especialmente en caso de necesidad,
cualquier impuesto que desee. Sus oficiales frecuentemente hostigaban al clero
de una manera monstruosa; y los documentos por los cuales Felipe confirmaba
las inmunidades de la Iglesia siempre contenían sutiles restricciones
que habilitaban a los agentes del rey para violarlos
Una lista de los gravámenes de las Iglesias y de los clérigos,
discutidos en el concilio de Viena (1311), contienen amplia prueba del abuso
de autoridad a la cual estaba sujeta la Iglesia y el escritor del poema "Avisemens
pour le roy Loys," compuesto en 1315 para Luis X, exhortaba a este nuevo
rey a vivir en paz con la Iglesia, cosa que no había hecho Felipe IV.
Para concentrar en sus manos toda la riqueza de la Iglesia Francesa para la
Cruzada, y entonces intentar hacer un acuerdo con el papado para el control
y disposición del ingreso de la Iglesia Universal, era la peculiar política
de Felipe IV. Recientemente algunos versos han sido descubiertos, escritos por
un contemporáneo en una hoja del registro de las deliberaciones de Notre-Dame
de Chartres, que revela la impresión producida por esta política
sobre las mentes de ciertos contemporáneos:
Jam Petri navais titubat, racio quia clavis.
Errat; rex, papa, facti sunt unica capa,
Declarant, do des Pilatus et alter Herodes.
Felipe IV, por su formal condena de la memoria de Bonifacio VIII, se consideraba
a sí mismo juez de la ortodoxia de los papas. Estaba establecido como
un principio, dice Geoffrey de París, que “el rey se somete al
poder espiritual solamente si el papa está en la fe verdadera”.
Los adversarios de la “teocracia” de la Edad Media saludaban a Felipe
IV como su destructor; y en su entusiasmo hacia él, por un extraordinario
error, lo proclamaban el precursor de la moderna libertad. Por el contrario
era un absolutista en el más completo sentido del término. Los
Etats généraux de 1302, en los cuales el Tercer Estado declaró
que el rey no tenía a nadie superior sobre la tierra, fueron los precursores
de las falsas teorías Galas del Divino derecho, tan favorable al absolutismo
de los soberanos.
La civilización de la Edad Media estaba basada sobre un gran principio,
un principio esencialmente liberal, del cual se levantó la libertad política
de Inglaterra; de acuerdo con ese principio, los impuestos, antes de ser recaudados
por la autoridad real, debían ser aprobados por los contribuyentes. Bonifacio
VIII en el conflicto de 1302 solamente estaba manteniendo este principio, cuando
insistió en el consentimiento del clero a la recaudación de los
diezmos. En esta disputa entre Felipe y Bonifacio, Felipe representa el absolutismo,
Bonifacio las viejas ideas de autonomía. “El reino de Felipe IV”,
escribe Renan, “es el reino que más contribuyó a formar
la Francia de los cinco siglos siguiente, con su buenos y malos atributos. Los
milites regis, esos ennoblecidos plebeyos, se convirtieron en los agentes de
todos los negocios políticos importantes; solamente los príncipes
de sangre real permanecían superiores o en igualdad con ellos; la nobleza
real, que en otros lugares estableció los gobiernos parlamentarios, fue
excluida de la participación en la política pública”.
Renan está en lo cierto al declarar que el primer acto de la magistratura
Francesa fue “reducir el poder de la Iglesia per fas et nefas" para
establecer el absolutismo del rey; y que tal conducta fue para esa magistratura
“un pecado original”.
Historiens de la France t. XX, XXIII; Langlois enn Lavisse, Histoire de France,
III (Paris 1903); Boutaric, La France sous Philippe le Bel (Paris, 1861); Renan,
Etudes sur l'histoire religieuse du regne de Philippe le Bel (Paris, 1899);
Wenck, Philippe der Schone von Frankreich, seine Personlichkeit und das Urteil
der Zeitgenossen (Marbourg, 1905); Finke, Zur Charakteristik Philipps des Schonen
in Mitteilungen des Instituts fur osterreichische Geschichte, XXVI (1905); Melanges
sur le Regne de Philippe le Bel: recueil d'articles extraits du Moyen Age (Chalon-sur-Saone,
1906); Holtzman, Wilhelm von Nogaret (Freiburg im Br., 1897); Paris, Un proces
criminel sous Philippe le Bel in Revue du Palais (Aug., 1908); Langlois, Les
papiers de G. de Nogaret et de G. de Plaisians Tresor des Chartes (Notices et
extraits des manuscrits), XXXIV; Langlois, Doleances du cleerge de France au
temps de Philippe le Bel in Revue Bleue (9 Sept., and 14 Oct., 1905); Lizerand,
Clement V et Philippe IV le Bel (Paris 1910); Arguillere, L'Appel au concile
sous Philippe le Bel et la genese des theories conciliares in Revue des Questions
Historiques (1911).
GEORGES GOYAU
Transcripto por Jim McCann
Traducido por Luis Alberto Alvarez Bianchi