(Fr. bonheur; Al. Glück; Lat. felicitas; Gr. eutychia, eudaimonia)
El significado primario de este término en los principales
idiomas europeos parece estar relacionado con el concepto de buena suerte,
una buena oportunidad, un buen suceso; pero desde muy temprano en la
historia de la filosofía griega, el concepto se volvió el centro de
intensa especulación y discusión. ¿Qué es la felicidad? ¿Qué la constituye?
¿Cuáles son las causas y las condiciones de la felicidad? ¿Se diferencia
del placer? y en caso afirmativo ¿En qué forma? ¿Cómo se relaciona con
la inteligencia, la voluntad y la vida entera del hombre? ¿Dónde se
ubica en una teoría general del universo? Estas son preguntas de las
que se han ocupado en gran medida las variadas escuelas de filosofía
y, que han inquietado a personas que no estarían dispuestas a ser acusadas
de filosofar. Porque la felicidad está necesariamente entre los temas
que nos interesan más profundamente a todos. Entre los griegos, el interés
en el problema era principalmente ético y la sicología de la felicidad
era algo auxiliar mientras que para varias escuelas modernas de filosofía
la sicología es la clave para muchos de los más importantes interrogantes
de este concepto familiar y enigmático a la vez.
Dejando
de lado la postura de que la felicidad era arbitrariamente otorgada
por la caprichosa Fortuna, los más serios pensadores griegos la consideraban
un regalo de los dioses. Una reflexión más profunda los llevó a la conclusión
de que se concedía como recompensa por una vida de bien. Por lo tanto,
lograr la felicidad depende de que el hombre encuentre el bien en su
vida. ¿Qué es el bien, entonces? Para Sócrates es eupraxia, que
alcanza una definición más precisa a manos de Platón, como un funcionamiento
armonioso de las partes del alma humana que preserve la subordinación
de lo inferior a lo superior, de lo irracional a lo racional. En esta
visión, la felicidad para Platón consiste no tanto en una recompensa
sino en el resultado inevitable de dicha armonía. Es propiedad del alma
entera; y Platón hubiera considerado irrazonable que uno de los elementos
del alma tuviera un tratamiento preferencial con respecto a la felicidad.
Al considerar a la felicidad como resultado intrínseco de una política
de seguir a la naturaleza, los Estoicos y los Cireneicos
estaban coincidían verbalmente con Platón, aunque se ubicaban en polos
puesto en su respuesta a la cuestión psicológica respecto de los componentes
de la felicidad. Seguir a la naturaleza para los Cireneicos
significaba: Complacer a las facultades sensibles que son la
voces de la naturaleza Para los Estoicos significaba: Satisfacer
a la razón que la naturaleza exige que exaltemos mediante la supresión
total de nuestros apetitos sensibles La felicidad es, para estos
últimos, la consecuencia de una vida virtuosa que se expresa en libertad
y paz espirituales.
En
el sistema ético de Aristóteles,
la felicidad, expresada como eudaimonia es la idea central. Está
de acuerdo con Platón en rechazar la oposición exagerada establecida
por los sofistas entre razón y naturaleza y fundamental para las escuelas
Estoica y Epicúrea. Para Aristóteles la naturaleza es la naturaleza
humana como un todo. Abarca tanto lo racional como lo sensible. Su tratamiento
de la felicidad está más en contacto con lo empírico que el de Platón.
El bien que le interesa es aquel que el hombre puede alcanzar en esta
vida. El bien supremo es la felicidad. Este debe ser el verdadero fin
de la vida, ya que la buscamos en todos nuestros actos. Pero, ¿en qué
consiste? No en un mero goce pasivo ya que a ello pueden acceder los
animales, sino en acción (energeia) del tipo que es propio del
hombre en contraste con los animales: la acción intelectual. Sin embargo,
no todas las clases de acción intelectual alcanzan la felicidad sino
sólo la acción virtuosa, es decir los actos que provienen de la virtud
y están de acuerdo con sus leyes; es la actividad superior de la facultad superior. Aunque la felicidad
no consiste en el placer, no lo excluye. Por el contrario, la forma
más elevada de placer es resultado de la acción virtuosa. Pero para
que dicha felicidad sea completa debería prolongarse durante una vida
de duración promedio en circunstancias al menos moderadamente confortables
y enriquecerse por medio del intercambio con amigos. Aristóteles es
marcadamente humano en este punto. Las virtudes son éticas o dianoéticas
(intelectuales) Las dianoéticas pertenecen o a la razón práctica o a
la razón especulativa. Esta última es la más elevada de todas las facultades;
en consecuencia la virtud superior es un hábito de la razón especulativa.
Entonces, para Aristóteles,
la felicidad suprema debe hallarse no en las virtudes éticas de la vida
activa sino en la vida de contemplativa o filosófica, en la que se ejercen
las virtudes dianoéticas de entendimiento, ciencia y sabiduría. La Teoría
o especulación pura es la más elevada de las actividades del hombre
y aquella por la que es mejor visto por los dioses, porque en ello consiste
también la felicidad de los dioses. Es, en cierto sentido, una vida
Divina. Sin embargo, sólo una minoría puede acceder a ella; la gran
mayoría debe contentarse con la felicidad inferior de la vida activa.
La felicidad (eudaimonia), por lo tanto, para Aristóteles, no
se identifica con el placer (hedone) ni tampoco con la suma de
placeres. Se la ha definido como aquel
bienestar producto del buen obrar y la felicidad suprema consiste
entonces en el buen accionar de la facultad suprema. El placer es la
consecuencia o el resultado de tal actividad.
Esta
es, entonces, en breve, la teoría ética del eudemonismo de Aristóteles.
Y es sobre sus rasgos principales que se asientan las bases del esquema
central cristiano de filosofía moral. Siendo la felicidad el fin del
actuar humano y debido a que el sistema de Aristóteles no se aplica
más allá de esta vida, se han establecido con algo de razón importantes
aproximaciones en varios aspectos al Utilitarismo
o al Hedonismo refinado. Este no es el lugar para determinar con precisión
la posición ética de Aristóteles, pero podemos señalar que su concepción
de felicidad (eudaimonia) no es idéntica a la felicidad suma
máxima de placeres que constituye el fin supremo de la conducta
humana para las escuelas hedonistas modernas. Las deficiencias más graves
de su doctrina se encuentran, por un lado, en su falencia para percibir
claramente el objeto propio de la facultad superior del hombre y por
el otro, en limitar a un puñado de filósofos la consecución de este
fin propio del hombre. Es en este punto que los teólogos más destacados,
iluminados por la Revelación Cristiana y tomando elementos de
Platón completan la teoría peripatética. Santo Tomás enseña que beatitudo,
la felicidad perfecta, es el fin verdadero, supremo y subjetivo y es
por lo tanto accesible a todos los hombres aunque no en esta vida. Consiste
en el ejercicio más perfecto de la facultad humana más noble, la inteligencia,
sobre el único objeto de valor infinito. Es, de hecho, el resultado
de la posesión inmediata de Dios a través de la contemplación intelectual.
Escoto y otros escritores escolásticos acentúan la importancia de la
voluntad en este proceso e insisten en el amor resultante de la actividad
contemplativa de la inteligencia como un factor fundamental; pero todas
las escuelas católicas reconocen que ambas facultades participan en
la operación que constituirá de a la vez la perfección más elevada y
la felicidad suprema. Nuestro corazón está inquieto hasta que
descanse en Ti fue el grito de San Agustín. La posesión
de Dios es la esencia de la felicidad Conocer a Dios es
tener vida eterna. Para todos los escritores cristianos la verdadera
felicidad no se obtiene ahora sino en el más allá. Allí el bonum
perfectum quod totaliter quietat appetitum (el bien perfecto que
satisface completamente el deseo) podrá ser disfrutado inmediatamente
sin retardos u obstáculos y ese goce no será un estado de quietud inactiva
o Nirvana, sino la actividad intensa, aunque libre y pacífica del alma.
El
divorcio entre la filosofía y la teología a partir de Descartes originó,
fuera de las escuelas de pensamiento católicas, una marcada aversión
a reconocer la importancia para la teoría ética, de la vida futura con
sus recompensas y castigos. En consecuencia, para aquellos filósofos
que consideran a la felicidad como el fin ético ya sea del individuo
o de la comunidad el análisis psicológico de los componentes de
la felicidad temporal constituye un problema central. En general, estos
escritores identifican a la felicidad con el placer, aunque algunos
hacen hincapié en la diferencia entre los placeres inferiores y los
superiores, mientras otros enfatizan la importancia de los placeres
activos en contraposición con los pasivos. El poeta Pope nos dice La
felicidad se encuentra en tres palabras: Paz, salud, satisfacción
Sin embargo la reflexión sugiere que estos constituyen más bien el estado
negativo antes que los componentes positivos de la felicidad. Paley,
si bien adoptando una especie de Utilitarismo
teológico en el que la voluntad de Dios es la norma de moralidad,
y las recompensas y castigos de la vida futura, la principal motivación
de la conducta moral, escribió un célebre capítulo sobre la felicidad
temporal incorporando mucho sentido común sagaz y mundano. Sostiene
que la felicidad no consiste en los placeres de los sentidos, ya sea
de los más vulgares como la comida o de los más refinados como la música,
el teatro o los deportes porque aburren por repetición. Los deleites
intensos desilusionan y destruyen el gusto por los placeres normales.
Tampoco consiste la felicidad en la falta de dolor, trabajo o actividad
ni en un rango o categoría que no excluyen el dolor y la incomodidad.
Lo más importante en la conducción de la vida es, por lo tanto, la elección
de placeres que perduren. Debido a la diversidad de gustos y de aptitudes
individuales, hay necesariamente mucha variedad en los objetos que son
causa de la felicidad humana. Entre los principales, sostiene, se encuentran
el ejercicio de los afectos familiares y sociales, la actividad de nuestras
facultades mental y corporalmente en busca de un fin atractivo, incluyendo
el de una vida futura, la constitución prudente de hábitos y una buena
salud corporal y mental. Su conclusión es que las condiciones de la
felicidad humana están bastante igualitariamente distribuidas
entre los distintos órdenes de la sociedad y que el vicio no aventaja
en ningún caso a la virtud, ni siquiera con respecto a la felicidad
de este mundo. Para Bentham, el más consecuente entre los hedonistas
ingleses en el tratamiento de este tema, la felicidad es la suma de
placeres. Su valor se mide por la cantidad a igual cantidad de
placer un juego de niños es tan bueno como la poesía Rechazando
toda distinción en calidad superior e inferior, formula estas pruebas
del valor del placer como parte integral de la felicidad (1) su intensidad
(2) su duración (3) su proximidad (4) su pureza o falta de dolor (5)
su fecundidad (6) su variedad. J. Stuart Mill aunque define a la felicidad
como placer y ausencia de dolor y a la infelicidad como
dolor y privación de placer, insiste como un punto muy importante
en que la calidad debe ser considerada al igual que la
cantidad y en que algunos tipos de placer son más deseables
y valiosos que otros por motivos que no se limitan a su agradabilidad.
Es mejor exhorta ser un ser humano insatisfecho que
un cerdo satisfecho Esto es verdad; pero es una afirmación inconsecuente
y fatal para la postura de Mill como hedonista y para la concepción
hedonista de felicidad.
La
ayuda de la hipótesis de la evolución aquí como en otros sitios se usó
para respaldar a la escuela sensorial de sicología y ética. El placer
debe ser vivificante, el dolor lo opuesto. La supervivencia del placer
más apto, de acuerdo a Herbert Spencer, conducirá a un bienestar último
no del individuo sino del organismo social y la salud perfecta del organismo
será el resultado de su funcionamiento perfecto, es decir, de su virtud
perfecta. Por lo tanto, la felicidad se define en términos de virtud
pero de una virtud que es una excelencia meramente física o psicológica.
Sin embargo, los críticos de Spencer han señalado con agudeza que el
placer que produce la actividad en el hombre no es de ningún modo un
criterio seguro de que sea saludable o favorecedor de un bienestar duradero.
En los escritos de los Racionalistas alemanes desde Kant
en adelante se encuentran ecos del antiguo Estoicismo. Generalmente
hay allí una visión demasiado estrecha de la naturaleza humana y por
momentos un esfuerzo para dejar de lado la cuestión de la felicidad
por no tener una conexión real con los problemas éticos. Kant se inclina
a una aceptación de la identificación hedonista de la felicidad con
el placer sensible y por esta razón se opone a la búsqueda de la propia
felicidad aunque permite la búsqueda de la felicidad de los demás. Su
exclusión rigorista de la felicidad de entre las motivaciones de la
conducta moral es poco sólida tanto psicológica como éticamente. Y aunque
El deber por el deber mismo puede ser una elevada y ennoblecedora
fórmula exhortatoria, la razón reflexiva del hombre afirma inequívocamente
que a menos que la virtud conduzca a la felicidad, que a menos que el
que cumpla la ley moral sea en último término más feliz que el que la
viola, la existencia humana sería esencialmente irracional desde su
origen y no valdría la pena. Esta última, de hecho, es la conclusión
lógica del Pesimismo que enseña que la infelicidad supera a la felicidad
en el universo como un todo. De allí la deducción inevitable es que
el acto supremo de virtud sería el suicidio de toda la raza humana.
Volviendo
ahora a las enseñanzas de Santo Tomás y de la Iglesia Católica respecto
a la felicidad, podemos apreciar mejor su superioridad. El hombre es
complejo en su naturaleza, sensible y racional y en sus actividades,
cognoscitivas y afectivas. Existen para él un bienestar del todo y un
bienestar de las partes; una existencia relativamente breve aquí y una
vida eterna en el más allá. El beatitudo, la felicidad perfecta,
el bienestar total, no es asequible en esta vida sino en la próxima.
Consiste, principalmente, en la actividad de la facultad cognoscitiva
suprema, la inteligencia, en la contemplación de Dios, el infinitamente
Hermoso. Pero esto inmediatamente resulta en el goce supremo de la voluntad
por la posesión consciente del Summun Bonum, Dios,
el infinitamente Bueno. Esta actividad feliz de las facultades espirituales
superiores, como enseña la Fe Católica, traspasará nuestra experiencia
presente redundando, en cierta forma, en la felicidad de las facultades
inferiores. Porque el hombre en cuanto hombre disfrutará de esa bienaventuranza
perfecta. Además, una parte esencial de esa felicidad será la conciencia
de que es absolutamente segura y eterna, una existencia perfecta en
la posesión de tranquila y segura de todo lo bueno status omnium
bonorum aggregatione perfectus, como lo define Boecio. Este estado
incluye la autorrealización en el orden más elevado y la perfección
del ser humano en su grado más alto. Combina, por lo tanto, cualquier
componente de verdad contenido en las teorías hedonistas y racionalistas.
Reconoce la posibilidad de una felicidad relativa e incompleta en esta
vida y su valor pero insiste en la importancia de la moderación, desapego
y control de las facultades y apetencias particulares para la obtención
de esta felicidad limitada y más aún, a fin de asegurar que el bienestar
eterno no sea sacrificado por un goce transitorio.
(Ver
también EPICUREISMO; ÉTICA; BIEN; HEDONISMO; VIDA; HOMBRE; FILOSOFÍA
ESTOICA; UTILITARISMO; VIRTUD) JOSEPH RICKABY, Aquinas Ethicus,
I (London, 1892); IDEM, Moral Philosophy (New York and London,
1893); CRONIN, The Science of Ethics (Dublin, 1909); JANET, Theory
of Morals
(tr., Edinburgh, 1872); PALEY, Principles of Moral and Political
Philosophy (London, 1817); BENTHAM, Works, Pt. I, ed. BOWRING
(Edinburgh, 1838); MILL, Utilitarianism (New York and London,
1844); SPENCER, Data of Ethics (Edinburgh, 1879); SETH, Ethical
Principles (New York and London, 1904); LECKY, History of European
Morals, I (New York and London, 1894); PLATO, Philebus, tr.
JOWETT (Oxford, 1892); GRANT, Aristotle's Nicomachean Ethics,
I (4th ed., London, 1884); RASHDALL, Aristotle's Theory of Conduct
(London, 1904). Hay varias traducciones de la Ética a Nicómaco;
La de WILLIAMS (New York and London, 1879) y la de PETERS (9th ed.,
London, 1904) son buenas. SIDGWICK, Methods of Ethics
(6th ed., New York and London, 1907); IDEM, History of Ethics,
(17th ed., New York and London, 1896); OLLÉ-LAPRUNE, Essai sur la
morale d'Aristote (Paris, 1891).
MICHAEL MAHER
Transcrito por Vivek Gilbert John Fernandez
Dedicado a todos los católicos que encuentran la felicidad en la
continuación de la obra comenzada por Nuestro Señor.
Traducido por Felicitas María Costa