I. HISTORIA
Desde las épocas más tempranas la lectura pública de partes
de la Biblia había sido un elemento importante de la liturgia heredado
del servicio de la Sinagoga.
La primera parte del servicio, previa a la elevación del pan y del vino,
consistía en la Liturgia de los catecúmenos. Ésta se basaba
en oraciones, letanías, himnos y sobre todo en lecturas de la Sagrada
Escritura. El objeto de las lecturas era naturalmente el de instruir al pueblo.
Los cristianos de los primeros tiempos conocían la Biblia, la historia
del Antiguo Testamento, la teología de San Pablo y la Vida de Nuestro
Señor a partir de lo que habían oído en las lecturas de
la iglesia y las homilías didácticas que les seguían. En
la primera época las lecturas —al igual que los ritos—no
estaban todavía estereotipadas. San Justino Mártir (fallecido
c. 167) describe el rito que él conocía (aparentemente en Roma)
y empieza diciendo: “En el día del Sol, tal como lo llaman, todos
los habitantes de la ciudad y el país se reúnen en el mismo lugar
y se leen los comentarios de los Apóstoles [Evangelios—anamnemoneumata
ton apostolon], o los escritos de los Profetas hasta donde el tiempo permita.
Después, cuando el lector ha terminado, el que preside exhorta e invita
a todos a imitar tales gloriosos ejemplos” (I Apol., 67). Así que
en aquella época, el texto era leído de una forma continúa,
hasta que el presidente (el obispo celebrante) indicaba al lector que finalizara.
El número de las lecturas variaba. Una práctica común era
leer primero un texto del Antiguo Testamento (Prophetia), después de
alguna Epístola (Apostolus) y finalmente de un Evangelio (Evangelium).
Pero siempre la última lectura consistía en el Evangelio, como
culminación del resto. Orígenes le llama la corona de todas las
sagradas escrituras (In Johannem, i, 4, præf., P. G., XIV, 26). Parece
ser que en algunas partes (sobre todo en Occidente) durante un tiempo a los
catecúmenos no se les permitía estar presentes durante la lectura
del Evangelio que era considerado parte de la disciplina arcani. En el Sínodo
de Orange, en 441 y en el de Valencia, en 524, se quiso modificar este reglamento.
Por otra parte en todas las Liturgias Orientales (Vg. las Constituciones Apostólicas;
Brightman, “Eastern Liturgies”, Oxford, 1896, p. 5) los catecúmenos
son despedidos tras el Evangelio.
La lectura pública de algunos Evangelios en las iglesias fue el factor
más importante para decidir qué textos deberían ser considerados
canónicos. Los cuatro que fueron admitidos y leídos en todas las
Liturgias fueron incluidos en el Canon de las Escrituras. Tenemos evidencia
de esas lecturas litúrgicas de los Evangelios a lo ancho de toda la Cristiandad
durante los primeros siglos. En Siria, las Constituciones Apostólicas
refieren que cuando un obispo era ordenado, bendecía a los fieles “tras
la lectura de la ley y los profetas y nuestras Epístolas y Hechos y Evangelios”
(VIII, 5), y el modo de leer el Evangelio aparece descrito en II, 57 (Cabrol
and Leclercq, “Monumenta eccl. liturgica”, Paris, 1900, I, p. 225);
la “Peregrinatio Silviæ” (Etheriæ) describe la lectura
del Evangelio en Jerusalén (Duchesne: “Origines”, 493). Las
homilías de San Basilio y San Juan Crisóstomo explican el Evangelio
tal como era leído en Cesárea, Antioquia y Constantinopla. En
Egipto, San Cirilo de Alejandría escribe al Emperador Teodosio II sobre
el uso litúrgico de los Evangelios (P. G., LXXVI, 471). En África,
Tertuliano menciona el mismo asunto (Adv. Marc., IV, 1) y explica que la Iglesia
Romana “lee la Ley y los Profetas conjuntamente a los Evangelios y las
Cartas Apostólicas” (de præscr., VI, 36). San Cipriano ordenó
a un confesor llamado Aureliano para que “pudiera leer el Evangelio que
forma a los mártires” (Ep. xxxiii, P. L., IV, 328). Así
pues, desde las épocas más primitivas, en todos los ritos la lectura
del Evangelio constituía el rasgo principal, el punto cardinal de la
liturgia de los catecúmenos. Y no sólo se leía durante
la Liturgia. La “Peregrinatio Silviæ” (loc. cit.) alude al
Evangelio leído al canto del gallo. Y en efecto, en el Rito Bizantino
todavía forma parte del Oficio de Orthros (Laudes). En Roma el Evangelio
de la Liturgia se leía primero, con una homilía en los Maitines,
costumbre de la cual sólo se conserva un fragmento. Pero el Oficio Monástico
todavía contiene el Evangelio completo leído tras el Te Deum.
Gradualmente se fueron fijando las partes que deberían ser leídas
en la Liturgia. Las etapas en el desarrollo de los textos utilizados se pueden
resumir así: Primero se añadieron notas marginales en el libro
de los Evangelios (o la Biblia completa) indicatorias del texto que debía
ser leído en cada ocasión. Después se incluyeron índices
(generalmente al principio o al final de la Biblia) que eran llamados Synaxaria
en griego y Capitularia en latín. Ese tipo de índice indicaba
las primeras y últimas palabras que constituían una lectura (pericope).
El Capitularium completo con referencias a las Lecturas diarias fue el Comes,
Liber comitis, o comicus. Más tarde se compusieron con el texto completo
para evitar la búsqueda; de esa manera se convirtieron en las llamadas
Evangeliaria. El siguiente paso consistió en ordenar conjuntamente todas
las lecturas diarias, Profecías, Epístolas, Evangelio e incluso
las lecturas de libros no-canónicos. Estas compilaciones se llaman Lectionarium.
Y finalmente cuando se diseñaron los Misales completos (entre los siglos
X y XII) se incluyeron todas las lecturas.
II. SELECCIÓN DE LOS EVANGELIOS
¿Qué trozos eran leídos? En primer lugar, había
una diferencia en el texto usado. Parece ser que hasta el siglo V, por lo menos
en Siria, se utilizaban los cuatro Evangelios en una narrativa recopilatoria.
El famoso “Diatessaron” de Tatiano parece haber sido redactado para
este fin. (Martin en Revue des Quest. Hist., 1883, y Savi en Revue bibl., 1893).
Los ritos muzárabe y galo pudieron haber imitado esa costumbre durante
un tiempo (Cabrol, “Etude sur la Peregrinatio Silviæ”, París,
1895, 168-9). San Agustín intentó introducir la usanza en África
insertando en un Evangelio textos de otro, pero no logró que la costumbre
arraigara. (Sermón 232, P. L., XXXVIII, 1108).
Pero la costumbre más extendida era la de leer el texto de uno de los
Evangelios (véase Baudot, “Les Evangéliaires”, citado
más abajo, 18-21). En las grandes solemnidades se tomaba el pasaje apropiado.
Así en Jerusalén el Viernes Santo, “Legitur iam ille locus
de Evangelio cata Johannem, ubi reddidit Spiritum” (Per. Silviæ,
Duchesne, l. c., 492), la Vigilia Pascual “denuo legitur ille locus evangelii
resurrectionis” (ibid., 493), y el Domingo in Albis se leía el
texto del Evangelio referido a Santo Tomás “Non credo nisi videro”
(494), etc. . La “Peregrinatio” nos indica los Evangelios leídos
en muchos días a lo largo del año (Baudot, op. cit., 20). Durante
el resto del año parece ser que al principio el texto era leído
en el propio orden del Evangelio (probablemente omitiendo algunos pasajes especiales).
En cada Synaxis retomaban la lectura donde la habían dejado en la ocasión
anterior. En este sentido, Gasiano dice que los monjes de su época leían
el Nuevo Testamento completo (Coll. patr., X, 14). Las homilías de ciertos
Padres de la Iglesia (San Juan Crisóstomo, San Agustín, etc.)
muestran que el orden de las lecturas era continuo (Bäumer, “Gesch.
des Breviers”, Freiburg, 1895, 271). En las Iglesias Orientales regía
el principio de que los cuatro Evangelios debían ser leídos enteramente
en el curso de cada año (Scrivener en Smith, “Dict. of Christ.
Antiquities”, s. v. “Lectionary”). La Iglesia Bizantina empezaba
leyendo a San Mateo inmediatamente después de Pentecostés. Se
seguía con San Lucas a partir de septiembre (para ellos, Año Nuevo),
San Marcos se leía antes de la Cuaresma y San Juan durante el Ciclo Pascual.
Había algunas excepciones en algunas fiestas y aniversarios. A finales
del S XIX todavía se seguía una disposición similar (Euaggelion,
Venecie, 1893). Los sirios utilizaban el mismo orden, los Coptos otro pero basado
en idéntico principio de lectura continuada (Scrivener, “Introduction
to the criticism of the N. Test.”, London, 1894, I; Baudot, op. cit.,
24-32). Para la liturgia de la Iglesia Bizantina se puede consultar Nilles,
“Kalendarium manuale”, Innsbruck, 2nd ed., 1897, pp. 444-52. Es
bien sabido que los Domingos se denominan a partir del Evangelio Dominical,
por ejemplo, el cuarto después de Pentecostés es el “Domingo
del Centurión” puesto que se lee Mt 8, 5-13. Esto nos lleva a una
cuestión muy discutida: ¿qué principio yace en el orden
de los Evangelios en el Misal Romano? Está claro que no se sigue un orden
continuo. El Padre Beissel, S. J., realizó un estudio exhaustivo sobre
esta cuestión en su obra “Entstehung der Perikopen”(ver más
abajo ), en la cual compara todos los modos de los Comites, orientales y occidentales.
Sus conclusiones resumidas son las siguientes: La raíz del orden es la
selección de un texto apropiado del Evangelio para las solemnidades principales
y las épocas del año; para éstas se elegía el relato
que parecía más completo sin tener en cuenta el Evangelista del
que procedía. Los intervalos se rellenaban para completar el retrato
de la Vida de Nuestro Señor, pero sin orden cronológico. Primero
se consideraban la Pascua y la Semana Santa. Las lecturas de este tiempo eran
evidentes. Retrocediendo, el Evangelio del ayuno de Nuestro Señor Jesucristo
en el desierto se ponía al principio de la Cuaresma; y la entrada en
Jerusalén y la unción de María (Juan 12:1, “seis
días antes de Pascua”) al final. Esto llevaba a la resurrección
de Lázaro (la liturgia oriental mantiene todavía este orden).
Ciertos incidentes primordiales del final de la Vida de Cristo completaban el
resto de los días . La Epifanía sugería tres Evangelios,
los Reyes Magos, el Bautismo de Jesús y el primer milagro (Cf. Antif.
ad Magn., in 2 vesp.) y después la infancia de Jesús. El ciclo
de Navidad tenía sus Evangelios apropiados; Adviento, los del Juicio
Final y la preparación de la venida de Nuestro Señor Jesucristo
por parte de San Juan Bautista. Pasada la Pascua, el Día de la Ascensión
y Pentecostés requerían claramente ciertos pasajes. El intermedio
se llenaba con los últimos mensajes de Jesucristo antes de dejarnos (tomados
de sus palabras el Jueves de la Ascensión en San Juan). Queda la serie
evangélica más difícil, la de los Domingos después
de Pentecostés. Parecen haber sido pensados para explicar los restantes
momentos de la vida de Jesucristo. Así y todo, su orden es difícil
de entender. Se ha sugerido que pueden corresponder a las lecturas de los Maitines.
De todos modos, en algunos casos, esta explicación es sugerente. Así
en el tercer Domingo, en el primer Oficio Nocturno leemos como Saúl busca
las asnas de su padre (1 Samuel 9).Y en el Evangelio y también en el
tercer Oficio Nocturno , sobre el hombre que pierde una oveja y después
un dracma (Lc 15). El cuarto Domingo, David vence a Goliat “in nomine
Domini exercituum” (1 Samuel 17), en el Evangelio, San Pedro tiende su
red “in verbo tuo” (Lc 5); El quinto David llora a su enemigo Saúl
(2 Samuel 1), y en el Evangelio se nos dice que nos reconciliemos con nuestro
enemigo (Mt 5). El octavo Domingo empieza con el Libro de la Sabiduría
(primer Domingo de Agosto), y en el Evangelio se alaba la sagacidad del administrador
(Lc 16) Quizá la cercanía de ciertas solemnidades también
influía. En algunas listas el Domingo anterior al 29 de Junio fiesta
de San Pedro se lee Lc 5, donde el Señor le dice a “Desde ahora
serás pescador de hombres”), y el relato de San Andrés y
la multiplicación de los panes (Jn 6) el Domingo anterior al 30 de Noviembre.
Durando lo menciona (“Rationale”, VI, 142, “De dom. 25ª
post Pent.”; ver también Beissel, op. cit., 195-6). Beissel se
inclina a suponer que gran parte, la disposición de los textos es accidental
y que no se ha encontrado una explicación satisfactoria para el orden
de los Evangelios tras el Domingo de Pentecostés. En cualquier caso,
el orden anual es muy antiguo. Hay la tradición de que fue San Jerónimo
quien hizo la distribución a petición de San Dámaso (Berno,
“De officio missæ”, i, P. L., CXLII, 1057; “Micrologus”,
xxxi, P. L., CLI, 999, 1003). Y por supuesto que las lecturas cantadas actualmente
en nuestras iglesias son las mismas que San Gregorio Magno cantaba en Roma trece
siglos atrás. (Beissel, op. cit., 196).
III. LA CEREMONIA DEL EVANGELIO CANTADO
Desde hace muchos siglos, tanto en la liturgia oriental como en la occidental,
el Evangelio es un privilegio del diácono. Pero esto no ha sido siempre
así. En los primeros tiempos era un lector (el anagnostes) el encargado
de todas las lecturas. Así está documentado en el relato de San
Cipriano y Aureliano (ver más arriba). San Jerónimo († 420)
se refiere al diacono como lector del Evangelio (Ep. cxlvii, n. 6), pero la
práctica no era todavía uniforme en todas las iglesias. En Constantinopla,
el día de Pascua, era el obispo quien leía (Sozom., H. E., vii,
19); en Alejandría, la función recaía en un archidiácono
(Ibíd.,”en otros lugares eran los diáconos quienes leían
el Evangelio; en muchas iglesias sólo los sacerdotes”). Las Constituciones
Apostólicas asignan el Evangelio al diácono; y en 527 un concilio
en Vaison declaró que los diáconos “estaban autorizados
a leer las palabras que Cristo pronunció en el Evangelio” (Baudot,
op. cit., 51). Esta costumbre se hizo paulatinamente universal, tal y como nos
indican las formulas que acompañan la tradición del Libro de los
Evangelios en la ordenación de los diáconos. El “Liber ordinum”
visigodo del S. XI contiene la fórmula: Ecce evangelium Christi, accipe,
ex quo annunties bonam gratiam fidei populo”, Baudot, p. 52). Durante
toda la Edad Media prevaleció como excepción la Noche de Navidad
cuando el Evangelio era cantado por el Emperador vestido con roquete y estola:
“Exiit edictum a Cæsare Augusto” etc. (Mabillon, “Musæum
italicum”, I, 256 sq.). Otro signo de respeto era el hecho de que todo
el mundo escuchara el Evangelio de pie y con la cabeza descubierta en la actitud
de un siervo que recibe las órdenes de su amo (Apost. Const., II, 57,
y Papa Anastasius I, 399-401, en “Lib. Pontif.”). Sozomenos (H.
E., VII, 19) muestra su indignación porque el Patriarca de Alejandría
estuviera sentado (“en una práctica nueva e insolente). Los Gran
Maestres de los Caballeros de San Juan rendían sus espadas durante el
Evangelio. Esta costumbre se mantuvo durante mucho tiempo entre algunos grandes
nobles polacos. Y cualquier bastón debía ser bajado (Baudot, 116),
sólo el obispo mantenía en pie su báculo (ver más
abajo). El Evangelio se cantaba desde el ambón, un púlpito situado
generalmente en el centro de la iglesia, para que pudiera ser mejor escuchado
por todos los fieles. (Cabrol, Dict. d’archéol. chrét. et
de liturgie, Paris, 1907, s.v. “Ambon”, I, 1330-47). Era frecuente
que hubiera dos ambones: uno para las primeras lecturas, a la izquierda del
altar; y el otro para el Evangelio a la derecha. Desde éste el diácono
miraba al sur tal como señala la “Ordo Rom. II”(Mabillon,
Musæum italic., II, 46), indicando que es ahí donde los hombres
generalmente se reúnen. Más tarde, cuando el ambón ya había
desaparecido, el diácono se giraba hacia el norte. Micrologus (De missa,
ix) señala que esta costumbre imitaba la posición del celebrante
en la Misa Ordinaria — uno de las costumbres que se han adoptado en la
Misa Solemne. En la liturgia bizantina el diácono continúa cantando
el Evangelio desde el ambón (Brightman, op. cit., 372), aunque también
allí se trata sólo de un lugar teórico en el medio del
suelo. El diácono primero solicitaba la bendición del obispo (o
del celebrante) y después se dirigía al ambón con el libro,
en procesión acompañado de velas e incienso. Germano de París
(†576) da cuenta del rito en (Ep. 1, P. L., LXXII, 91; Cf. Durando. “Ration.”,
IV, 24). En “Ordo Rom. I”, 11, y”Ordo Rom. II”, se puede
ver que las ceremonias son casi idénticas a las nuestras. Mientras tanto
se cantaba el Gradual(véase GRADUAL). El “Dominus vobiscum”
al principio del anuncio del Evangelio (“Sequentia sancti Evangelii”
etc.), y la respuesta “Gloria tibi Domine”, también son mencionados
en el S VI por Germano (op. cit.). Al final del Evangelio los fieles respondían
“Amén” o “Deo Gratias” o “Benedictus qui
venit in nomine Domini” (Durando, “Rationale”, IV, 24; Beleth,
“Rationale”, XXXIX; Regla de San Benito , XI). Y la fórmula
actual “Laus tibi Christe” parece ser posterior (Gihr, “Messopfer”,
444). El esmerado cuidado con el que se decoraba el libro de los Evangelios
durante la Edad Media era también una señal de respeto a su contenido.
San Jerónimo se refiere a ello en (Ep. xxii, 32). En una colección
de manuscritos, los Evangelaria casi siempre se distinguen del resto por su
especial suntuosidad. No es nada raro que estén escritos con letras de
oro y plata sobre pergamino teñido de púrpura —la máxima
manifestación de esplendor medieval. Las tapas también suelen
estar cuidadosamente adornadas. En los Evangelios aparecen a menudo incrustaciones
de marfil, metales preciosos, joyas y esmaltes, a veces reliquias. (Para descripciones
se puede consultar Baudot, op. cit., 58-69.). En las liturgias orientales todavía
persiste esta tradición. De un gusto moderno dudoso, en Grecia, Rusia,
Siria, etc. El Euaggelion continúa siendo el libro más bello,
muchas veces el objeto mas bello de toda la iglesia. Cuando no se usa se exhiben
los esmaltes de sus tapas en una mesa fuera de la Iconostasis. El ósculo
del libro siempre se ha tenido como signo de respeto. En otras épocas
no lo hacían sólo el celebrante y el diácono sino todos
los fieles asistentes hasta que Honorius III (1216-27) lo prohibió; pero
los altos prelados continúan besándolo (Cærim. epise., I,
30; Gihr, op. cit., 445). Para esta ceremonia y otras similares, véase
Baudot (op. cit., 110-19). En Occidente cuando el ambón desapareció,
el subdiácano sostenía el libro mientras el diácono cantaba
el Evangelio. Y también lo depositaba sobre el altar (Amalarius of Metz:
“De. Eccl. offic.”, P. L., CV, 1112; Durandus, loc. cit.). El diácono
hacía la señal de la cruz primero sobre el libro y después
en su persona.— recibiendo la bendición del libro (“Ordo
Rom. I”, 11, “ut sigilletur”; Durando, loc. cit., etc.; Beleth,
XXXIX). El significado de todos esos signos de reverencia es que el libro del
Evangelio, que contiene la palabra de Cristo, es un símbolo del propio
Cristo. En algunas procesiones se llevaba en un lugar de honor (Beissel, op.
cit., 4); la misma idea subyace en la práctica de colocarlo en un trono
o altar en el centro de los Sínodos (Baudot, 109-110.). En los Sínodos
provinciales y generales el Evangelio se canta en todas las sesiones. —
Cær. Episc. I, xxxi, 16), de ahí se llegaron a derivar abusos supersticiosos
utilizados como fórmulas mágicas (ibid., 118; Catalani, “de
codice S. Evangelii”, III, ver más abajo). La Iglesia Bizantina
ha desarrollado la ceremonia de llevar el Evangelion hacia el ambón en
un elaborado rito de “Pequeña Entrada” (Fortescue, “Divine
Liturgy of St. John Chrysostom”, London, 1908, 68-74), y todas las otras
iglesias orientales tienen ceremonias solemnes parecidas, en este punto de la
liturgia (Brightman, op. cit. ,para cada rito). Otra práctica especial
digna de ser mencionada es que en la Misa solemne Papal, el Evangelio (y también
la Epístola) se leen en latín y en griego. Tal práctica
ya está reseñada en la primera Ordo Romana (40). En Constantinopla
el día de Pascua el Patriarca lee el Evangelio en griego, y después
otras personas (oi agioi archiereis) lo leen en varios idiomas (“Typikon”para
ese día , ed. Athens, 1908, pp. 368, 372, Nilles, “Kal. man.”,
II, 314-15). Lo mismo sucede en Hesperinos. La (Synopsisiera) de Constantinopla
(1883) contiene el Evangelio de Hesperinos (Jn 20:19-25) en griego (en dos versiones
poéticas, en yambos y en hexámetros), en eslavo, búlgaro,
albano, latín, italiano, francés, inglés, árabe,
turco y armenio (todos en caracteres griegos, pp. 634-78). En Rusia se observa
la misma costumbre (Príncipe Max de Sajonia,”Prælectiones
de liturgiis orientalibus”, Freiburg im Br., 1908, I, 116-17), donde el
Evangelio de la liturgia (Jn 1) se lee en eslavo, hebreo , griego y latín.
IV. CEREMONIA ACTUAL DEL EVANGELIO
Aparte de la desaparición del ambón, las reglas de las Rúbricas
del Misal (Rubr. gen., X, 6; Ritus cel., VI, 5) son casi idénticas a
las que se han observado en el Rito Romano desde el S VII o VIII. Tras la lectura
de la Epístola, el diácono coloca el libro de los Evangelios en
el centro del altar (mientras el celebrante lee el Evangelio del Misal). Las
editoriales litúrgicas publican libros con las Epístolas y los
Evangelios y sino, se usa un segundo Misal (el subdiácono ya ha cantado
la Epístola del mismo libro). El celebrante coloca entonces el incienso
en el turiferario y lo bendice como siempre. El subdiácono desciendo
y espera abajo, ante el centro del altar. El diácono arrodillándose
un poco atrás a la derecha del celebrante dice el “Munda cor meum”.
Después se levanta, coge el libro, se arrodilla ante el celebrante (girando
hacia el norte) Jube en infinitivo es una fórmula común en latín
tardío para expresar un imperativo cortés (Ducange-Maigne d’Arnis,
“Lexicon manuale”, ed. Migne, Paris, 1890, s. v., col. 1235). Domnus
es una forma medieval para dominus, que se ha de reverenciar como un título
divino (lo mismo que en griego kyr y kyris en vez de kyrios). El celebrante
bendice al diácono con la fórmula del Misal (Dominus sit in corde
tuo . . . ) y la señal de la santa cruz, el diácono besa la mano
del celebrante posada en el Misal. El celebrante se dirige al costado de la
Epístola y espera; se gira hacia el diácono mientras el Evangelio
empieza. El diácono sosteniendo el libro con ambas manos lo alza, y desciende
al lado del subdiácono; los dos hacen una reverencia ante el altar y
salen en procesión. El turiferario marcha el primero con el incienso,
después dos acólitos, seguidos del diácono y el subdiácono
juntos, el diácono a la derecha. Ya hemos visto la antigüedad de
las velas y el incienso para el Evangelio. Durante todo el rito, naturalmente
se canta el Gradual. La procesión llega al lugar que representa el antiguo
ambón. Está a la derecha del altar (al lado norte), pero actualmente
dentro del santísimo, así que excepto en iglesias muy grandes,
el camino es prácticamente inexistente; muchas veces la antigua procesión
hacia el ambón (“la pequeña entrada” latina) se convierte
en un simple giro de sentido. Llegados al lugar, el diácono y el subdiácono
se sitúan uno frente al otro, el subdiácono recibe el libro y
lo mantiene abierto ante él. Originalmente el subdiácono (la Ordo
Romana I, 11 requería dos, uno (en calidad de turiferario) acompañaba
al diácono hasta arriba del ambón, le ayudaba a encontrar el punto
del libro y después se colocaba tras de él en los escalones. En
Milán, donde el ambón se continúa usando, también
se mantiene la misma ceremonia. En el Rito Romano el propio subdiácono
se coloca en el púlpito del ambón. Pero la “Cærimoniale
Episcoporum” permite todavía el uso de “legilia vel ambones”
siempre que haya alguno en la iglesia. En ese caso el subdiácono debe
mantenerse detrás del púlpito a la derecha del diácono
para girar las páginas cuando sea necesario. Existe una contradicción
en el modo en el que se colocan. El “Ritus celebrandi” dice que
el diácono debe estar “contra altare versus populum” (VI,
5). Lo cual significa mirando hacia la iglesia. Pero por otra parte el “Cærim.
Episcoporum” (II, viii, 44) indica que el subdiácono debe colocarse
“vertens renes non quidem altari, sed versus ipsam partem dexteram quæ
pro aquilone figuratur”. Lo que quiere decir que ha de estar de la manera
tal y como es costumbre hoy en día, es decir; el diácono mira
hacia el norte o ligeramente hacia el noreste (en el supuesto de que la iglesia
esté debidamente orientada); el libro está en la misma dirección
que el Misal del Evangelio en la Misa Ordinaria. Los acólitos se colocan
a ambos lados del subdiácono, el turiferario a la derecha del diácono.
El diácono , junctis manibus, canta “Dominus vobiscum” (y
el coro contesta con la fórmula usual), después, hace la señal
de la cruz con el pulgar derecho sobre el libro (la cruz marcada con esas palabras
en el Misal se coloca ahí para indicar el lugar) y santiguándose
en la frente, los labios y el pecho entona “Sequentia [or Initium] sancti
Evangelii secundum N . . . “ Parece que sequentia es un plural neutro
(Gihr, op. cit., 438, n. 3). Mientras el coro contesta “Gloria tibi Domine”,
el diácono inciensa el libro tres veces, en el centro, a la derecha y
a la izquierda, haciendo antes y después sendas reverencias ante el altar.
Devuelve el incensario y canta el texto del Evangelio de una sola vez. Si aparece
el Santo Nombre, hace una reverencia y algunas veces (en la Epifanía,
en la tercera Misa de Navidad, etc.) hace una genuflexión ante el libro.
La entonación del Evangelio está indicada al final del nuevo Misal
(Vaticano). El tono normal es en do descendiendo a la en las cuatro sílabas
finales de cada frase, con la cadencia si, la, si, si-do para las preguntas
y un escandicus la, si (quilisma)do, al final. Hoy en día se añaden
dos entonaciones más ornamentadas ad libitum. El celebrante, de pie en
el lugar de la Epístola, frente al diácono, escucha el Evangelio
y se inclina o arrodilla con él, pero mirando hacia el altar. Al terminar
el Evangelio el subdiácono le lleva el libro para que lo bese mientras
el celebrante dice: “”Per evangelica dicta” y el diácono
lo inciensa. Después la Misa continúa. Ya hemos dicho que las
únicas otras personas que hoy en día están autorizadas
a besar el libro son el Obispo Ordinario de la Diócesis, si está
presente, y otros prelados de rango superior. Si un Obispo celebra en su propia
diócesis, lee el Evangelio sentado en su cátedra y lo escucha
de pie, sosteniendo el báculo con ambas manos (Cær. Episcop., II,
viii, 41, 46). En este caso nadie más debe besar el libro (ibid., I,
xxix, 9). En las Misas ordinarias, las ceremonias del Evangelio son generalmente
una abreviación y simplificación de las solemnes. Cuando el celebrante
termina de leer el Gradual, dice el “Munda cor meum”, etc., y en
el centro del altar reza “Jube Domine benedicere”, (porque se está
dirigiendo a Dios). Mientras tanto, el acólito coloca el Misal al lado
norte (lo cual es simplemente una imitación del lugar del diácono
e la Misa solemne). Con el libro ligeramente girado hacia los fieles, el sacerdote
lee el Evangelio con idéntica ceremonia (excepto, claro está,
el incienso y los ósculos finales).
V. EL EVANGELIO FINAL
El Evangelio leído al final de la Misa es una adición tardía.
Originalmente (hasta el S XII más o menos) el servicio acababa con las
palabras “Ite missa est” que todavía se usan. La oración
“Placeat tibi”, la bendición y el Evangelio final son todas
devociones privadas que han sido progresivamente adoptadas en el servicio litúrgico.
En la Edad Media había una devoción especial por el inicio del
Evangelio de San Juan (I, 1-14). Se utilizaba frecuentemente en los Bautismos
de niños y en las Extremaunciones (Benedicto XIV “De SS. Missæ
sacrif.”, II, xxiv, 8). Hay casos curiosos de varias prácticas
supersticiosas grabadas en amuletos o utilizadas en hechizos. Empezó
a ser recitado por los sacerdotes como parte de sus oraciones tras la Misa.
Todavía se conserva un indicio de la práctica en la “Cærimoniale
Episcoporum”, que requiere que un Obispo, al final de la Misa comience
el Evangelio final en el altar y lo continúe (de memoria) en su camino
hacia la sacristía para desvestirse. Notemos que sigue sin editarse en
el texto de la Misa ordinaria pero la rúbrica está presente en
la tercera Misa de Navidad. Hacia el S XIII se recitaba muchas veces en el altar.
Pero Durando todavía indica que la Misa debe finalizar con la fórmula
“Ite missa est” (Rationale, IV, 57); añade el “Placeat”
y la bendición como una especie de suplemento, y pasa a describir los
salmos recitados tras la Misa (“deinde statim dicuntur hymni illi: Benedicite
et Laudate”, IV, 59). Sin embargo, la práctica de recitar el Evangelio
en el altar fue imponiéndose hasta que Pío V la estableció
universalmente como Rito Romano en su edición del Misal (1570). El hecho
de que todos estos suplementos sean dichos tras el “Ite missa est “
sin ninguna ceremonia especial, ni siquiera en las Misas solemnes, conserva
la memoria de su conexión más o menos accidental con la liturgia.
El Evangelio final más utilizado es Jn 1, 1-14. Lo lee el celebrante
en el lado norte del altar tras la bendición, desde el atril del altar
con la introducción usual (Dominus vobiscum . . . Initium S. Evangelii,
etc.), y santiguándose desde el altar. Se arrodilla al pronunciar las
palabras: “Et verbum caro factum est”, y al final el acólito
responde “Deo gratias”. En las Misas solemnes el diácono
y el subdiácono se colocan a ambos lados, se arrodillan con el celebrante
y le responden. Los diáconos no leen este Evangelio; no está contemplado
que lo cante un diácono como el Evangelio esencial de la Liturgia. Cuando
se conmemora un oficio cuyo Evangelio empiece en la novena lectura de Maitines,
ese Evangelio se substituye por Juan 1, al final de la Misa. En ese caso, el
Misal ha de colocarse al lado norte (en la Misa solemne es el subdiácono
el encargado de hacerlo). Esto rige para todos los domingos, ferias y vigilias
en que se celebren conmemoraciones. En la tercera misa de Navidad (ya que Jn
1:1-14 forma parte del Evangelio de la Misa) se lee el de Epifanía. En
las Misas ordinarias del Domingo de Ramos se lee el Evangelio de la bendición
de las palmas. Entre los ritos orientales únicamente el Armenio ha copiado
del latino la práctica del Evangelio final .
Todos los comentaristas medievales (Durando,
Berno de Constancia , Micrologo, etc.) tratan del Evangelio en la Misa y dan
explicaciones místicas. Véase especialmente DURANDO, Rationale
div. officiorum, IV, 24, De Evangelio; BEISSEL, Entstehungder Perikopen des
römischen Messbuches (supplement to the Stimmen aus Maria-Laach, 98) (Freiburg
im Br., 1907); BAUDOT, Les Evangéliaires, series Liturgie (Paris, 1908);
BENEDICT XIV, De Sacrosancto Sacrificio Miss , ed. SCHNEIDER (Mainz, 1879),
II, 7, pp. 118-25, II, 24, p. 297; GIHR, Das heilige Messopfer (6th ed., Freiburg
im Br., 1897), 400-406, 433-446, 723-724 (tr. St. Louis, 1903); DE HERDT, Sacr
liturgi praxis (ed. 9, Louvain, 1894), I, 292-96, 438-46.
ADRIAN FORTESCUE
Transcrito por Douglas J. Potter
Dedicado al Sagrado Corazón de Jesús
Traducido por Susanna Alonso-Cuevillas
En el Mes de María de 2006