Este estilo recibe su nombre en el siglo XIX, por unos emigrantes franceses
que lo usaron para designar de un modo despectivo la antigua decoración
con conchas (rocalla), considerado entonces como Franco Antiguo, y que era opuesto
a los estilos más simples, mejor considerados. Esencialmente, es el mismo
tipo de arte y decoración que floreció en Francia durante la regencia
que siguió a la muerte de Luis XIV y que siguió de moda durante
aproximadamente 40 años (1715 – 50). Podría calificarse
como clímax o degeneración del Barroco que, junto a la elegancia
francesa, empezó a convertir lo grotesco en curvas, líneas y cenefas
(Jean Bérain, 1638-1711) a finales del reinado de Luis XIV.
Como su efecto es menos pronunciado en la arquitectura que en otras artes,
no es realmente considerado como un estilo sino como un nuevo tipo de decoración
que culmina en la sustitución de las formas arquitectónicas de
los interiores (pilastras y arquitrabes) por una ornamentación arbitraria.
Tras la moda de un irregular y enervado Barroco, influye también en el
reparto del espacio, la construcción de fachadas, portales, formas de
las puertas y ventanas. El estilo rococó se extendió pronto en
Alemania, en donde todavía fue más tergiversado en cuanto a lo
arbitrario, asimétrico y antinatural, y estuvo de moda hasta 1770 (o
incluso más); pero no tuvo mucha aceptación en Inglaterra. En
Italia, por otra parte, una tendencia hacia el estilo rococó que se evidencia
en Borrominik, Guarini y otros. Los mismos franceses hablan únicamente
del Estilo Regencia y Luis XV, pero éste no se circunscribe a la tendencia
del rococó.
A una generación que creció influenciada por las formas barrocas,
les pareció demasiado tosco y pesado, las líneas demasiado rectas
y duras y la impresión global demasiado pesada y forzada. Las pequeñas
y suaves curvas y adornos, agradaron a la gente; y en los interiores, lo arquitectónico
tuvo que rendirse a lo pintoresco, lo ingenioso y caprichoso. Se desarrolló
un estilo para salones elegantes, salas de estar y tocadores delicados, bibliotecas
y salones en los que las paredes, techos, mobiliario y decoraciones en metal
y porcelana muestran un conjunto de formas juguetonas, fantásticas y
escultóricas. Las líneas horizontales se reemplazan casi completamente
por curvas e interrupciones, las verticales modificadas por lazos; abundantes
curvas como conchas simulando una cúspide; la construcción natural
de las paredes está disimulada tras un armazón grueso de estuco;
en el techo quizá una visión del Olimpo recrea la vista, todo
ejecutado en unos bonitos tonos luminosos y de color blanco. Todas las leyes
y reglas se dejan a un lado en favor de una encantadora y libre imaginación,
la fantasía recibe el mayor apoyo y los sentidos son agudamente requeridos.
Todo lo vigoroso se prohíbe, toda sugerencia de seriedad; nada perturba
el ligero reposo de la distinguida banalidad; la gracia juguetona y ligera aparece
de la mano de la elegancia y el ingenio. El escultor Bouchardon representó
a Cupido ocupado en tallar sus flechas de amor del bastón de Hércules;
esto sirve como un símbolo excelente del estilo rococó que convierte
al semidiós en un dulce niño, cuyo bastón rompe huesos
se convierte en flechas rompe corazones, así como el mármol se
reemplaza libremente por estuco.
En relación a esto, podemos citar de pasada a los escultores franceses,
Robert le Lorrain, Michel Clodion y Pigalle.
El alegre rococó era adecuado para las pequeñas figuras plásticas
de yeso, arcilla, cerámica, porcelana (Sèvres, Meissen); en madera,
hierro y metales nobles, y en estos materiales se hicieron algunos valiosos
trabajos. Sin embargo, los confesonarios, púlpitos, altares y fachadas,
que recaen mejor en el terreno de lo arquitectónico, que no combinan
fácilmente con las curvas, ligereza y pequeñez del rococó,
con sus formas sin cómos ni por qués confunden la investigación.
Sin embargo, sólo como mera decoración de paredes e interiores
podrían mantenerse las nuevas formas durante unas décadas. En
Francia la inclinación hacia el rococó cesó prácticamente
con Oppenord (f. 1742) y Meissonier (f. 1750). Inaugurado en algunas habitaciones
en el Palacio de Versalles, despliega su magnificencia en varios edificios parisinos
(sobre todo el Hôtel Soubise). En Alemania los artistas franceses y alemanes
(Cuvilliés, Neumann, Knobelesdorff, etc.) realizaron el magnífico
equipamiento del Amalienburg cerca de Munich, y los castillos de Wurzburg, Potsdam,
Charlottenburg, Brühl, Bruchsal, Schönbrunn, etc. En Francia el estilo
permanecía algo más reservado, desde los ornamentos que eran principalmente
de madera, o después de la moda de la escultura en madera, menos robustos
y naturalistas y menos exuberantes en la mezcla de elementos naturales con formas
artificiales de todo tipo (por ejemplo, motivos de plantas, representaciones
de estalactitas, máscaras grotescas, herramientas de varias profesiones,
insignias, cuadros, piedras preciosas). Como elementos de belleza, Francia retuvo,
en mayor medida que Alemania, la unidad del esquema decorativo y la simetría
de sus partes.
Este estilo no sólo necesita a decoradores, orfebres y otros técnicos,
sino también pintores. Los pintores franceses de este período
reflejan la depresión moral que data del tiempo de Luis XIV, incluso
los más reflexivos, se limitaron confinándose a los retratos de
la alta sociedad y a los cuadros de “fiestas imponentes”, con su
frívolamente informal, teatral o elegantemente vestida sociedad. La “bonita
sensualidad” es trabajada con una hábil técnica, sobre todo
en el color y, en gran medida, tanto por licencias bastante inmorales o desnudeces
mitológicas como por relajados o indecorosos romances. En cuanto a Watteau
(1682-1721), los mismos títulos de sus trabajos -por ejemplo La conversación,
Desayuno al aire libre, Placeres rurales, Los cómicos italianos o franceses,
El Embarque para la Isla de Cythera- indican el espíritu y la tendencia
de su arte. Agreguemos a esto las figuras con trajes de moda, estrechos en la
cabeza, garganta y pies, en pose no afectada, representada en medio del paisaje
rural encantador, pintado con los colores más delicados, y tenemos una
imagen de la alta sociedad del período que admiró a Luis XV y
la Pompadour. François Boucher (1703-770) es el pintor más famoso
de rococó maduro.
Ornaments Louis XV et du style Rocaille, reproduits d'apres
les originaux (Paris, 1890); Recueil des oeuvres de G. M. Oppenord (Paris, 1888);
Recueil des oeuvres de J. A. Meissonier (Paris, 1888); Gurlitt, Das Barock-
u. Roko ko-Architektur; Jessen, Das Ornament des Rokoko (Leipzig, 1894).
G. GIETMANN
Tránscrito por Ferruccio Germani
Traducido por Quique Sancho Pons