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Para discernir los simples hechos, sin decidir si pueden o no ser
explicados por causas sobrenaturales, la Historia nos cuenta que muchos
estáticos (muchas personas que han tenidos experiencias
místicas) llevan en sus manos, pies, costado y sienes las
señales de la pasión de Cristo, con sus correspondientes
intensos sufrimientos. Tales señales son llamadas estigmas
visibles. Otros padecen únicamente los sufrimientos, sin mostrar
señal externa alguna, y este fenómeno se denomina estigma
invisible.
I. HECHOS
Su existencia está tan bien fundamentada históricamente
que, por regla general, ya ni siquiera la cuestionan los no creyentes,
quienes ahora solamente buscan darles una explicación natural.
Así, ya el médico librepensador, Dr. Dumas, profesor
de psicología religiosa en la Universidad de la Sorbona,
claramente admite los hechos (Revue des Deux Mondes, 1 de mayo,
1907), del mismo modo como lo hace el Dr. Pierre Janet (Bulletin
de l'Institut Psychologique International, Paris, Julio, 1901).
Santa Catalina de Siena comenzó
teniendo estigmas visibles pero, por humildad, oró para que
le fueran cambiadas por unas invisibles. Su oración fue escuchada.
Lo mismo aconteció en el caso de Santa Catalina de Ricci,
una monja dominica florentina del siglo XVI, y con varios otros estigmatizados.
Se puede considerar que la parte esencial de los estigmas visibles
consiste en el sufrimiento. Lo substancial de esta gracia es sentir
piedad por Cristo, participar en sus sufrimientos, en sus aflicciones,
y- con ello- en la expiación de los pecados que sin cesar se
cometen en el mundo. Si el padecimiento estuviera ausente, las heridas
se convertirían en un símbolo vacío, en una representación
teatral, que sólo conducirían al orgullo. Si los estigmas
verdaderamente vienen de Dios, sería impropio de su sabiduría
tomar parte en esa mascarada, y hacerlo a través del uso de
milagros.
Pero tal prueba dista mucho de ser la única que los santos
deben soportar. "La vida de los estigmatizados"- dice el Dr. Imbert-
"es una larga cadena de dolores que nacen de la divina enfermedad
de los estigmas y que sólo concluyen con la muerte": (op.cit.
infra, II, x). Parece históricamente cierto que sólo
los místicos padecen los estigmas. Pero no es lo único:
también tienen visiones que corresponden a su papel
como co-sufrientes, pudiendo observar en ocasiones las escenas sangrientas
de la Pasión.
Estas apariciones eran periódicas en algunos casos,
como el de Santa Catalina de Ricci, cuyos éxtasis
empezaron cuando tenía veinte años (1542), y la Bula
de su canonización afirma que se repitieron por doce años
con puntual regularidad. Los éxtasis duraban exactamente
veintiocho horas, desde el mediodía del jueves hasta las
cuatro de la tarde del viernes, con una interrupción para
que la santa pudiera recibir la Santa Comunión. Catalina
conversaba en voz alta, como quien escenifica un drama. El drama
estaba dividido en 17 escenas. Al volver del éxtasis, la
santa aparecía con sus extremidades cubiertas de heridas
causadas por látigos, cuerdas, etc.
El Dr. Inbert ha intentado llevar cuenta del número de estigmatizados,
con los siguientes resultados:
1. No se tiene conocimiento de ninguno antes del siglo XIII.
El primero de quien se tiene noticia es San
Francisco de Asís, cuyos estigmas eran de una clase
que no se ha vuelto a ver posteriormente: en las heridas de manos
y pies se hallaban raspaduras de carne en forma de clavos. Los de
un lado tenían cabezas redondas; los del otro tenían
puntas largas, que se doblaban para arañar la piel. La humildad
del santo no pudo impedir que muchos de sus hermanos hayan sido testigos,
con sus propios ojos, tanto en vida del santo como después
de su muerte, de la existencia de heridas tan maravillosas. Ese hecho
ha sido atestiguado por varios historiadores contemporáneos,
y la fiesta de los Estigmas de San Francisco se celebra el día
17 de septiembre.
2. El Dr. Imbert contabiliza 321 estigmatizados en los que
se dan todas las razones posibles para pensar que se trata de una
acción divina. Cree él, además, que se podrían
encontrar más investigando en las bibliotecas de Alemania,
España e Italia. En sus listas se hayan 41 varones.
3. Hay 62 santos o beatos, de ambos sexos, de los cuales
los de más renombre (que suman 26) son:
- San Francisco de Asís
(1186-1226);
- Santa Lugarda (1182-1246), una monja cisterciense;
- Santa Margarita de Cortona (1247-97);
- Santa Gertrudis (1256-1302), una benedictina;
- Santa Clara de Montfalco (1286-1308), una agustina;
- Santa Angela de Foligno (fallecida en 1309), una terciaria
franciscana;
- Santa Catalina de Siena (1347-80),
una terciaria dominica;
- Santa Liduvina (1380-1433);
- Santa Francisca Romana (1384-1440);
- Santa Coleta (1380-1447), franciscana;
- Santa Rita de Casia (1386-1456), agustina;
- Beata Osana de Mantua (1499-1505), terciaria dominica;
- Santa Catalina de Génova (1447-1501), terciaria
franciscana;
- Beata Bautista Varani (1458-1524), clarisa Pobre;
- Beata Lucía de Narni (1476-1547), terciaria dominica;
- Beata Catalina de Racconigi (1486-1547), dominica;
- San Juan de Dios (1495-1550), fundador de la Orden de
la Caridad;
- Santa Catalina de Ricci (1522-89), dominica;
- Santa María Magdalena de Pazzi (1566-1607), carmelita;
- Beata María de la Encarnación (1566-1618),
carmelita;
- Beata (Santa, N.T.) Maríana de Jesús (1557-1620),
terciaria franciscana;
- Beato (San, N.T.) Carlos de Sezze (f. En 1670),
franciscano;
- Beata (Santa, N.T.) Margarita María Alacoque
(1647-90), visitandina (que únicamente tenía la
corona de espinas);
- Santa Verónica Giuliani (Julianis, en español,
N.T.) (1600-1727), capuchina;
- Santa María Francisca de las Cinco Llagas (1715-91),
terciaria franciscana;
4. Hubo 20 estigmatizados en el siglo XIX.
Los más famosos fueron:
- Anne Catherine Emmerich (1774-1824),
agustina;
- (Beata, N.T.) Isabel Canori Mora (1774-1825), terciaria
trinitaria;
- Anna María Taigi (1769-1837);
- María Dominica Lazzari (1815-48);
- María de Moerl (1812-68) y Luisa Lateau (1850-83), franciscanas.
De estas, María de Moerl pasó su vida en Kaltern,
en el Tirol (1812-68). A la edad de veinte años comenzó
a experimentar éxtasis y ellos fueron su condición
habitual durante los siguientes treinta y cinco años de su
vida. Ella únicamente se liberaba de esa situación
ante las órdenes, en ocasiones simplemente mentales, del
franciscano que fungía como su director espiritual, para
volver a las labores hogareñas de su casa que albergaba a
una gran familia. Su actitud ordinaria consistía en arrodillarse
sobre su cama, con las manos cruzadas sobre el pecho, con una expresión
tal en el rostro que impresionaba profundamente a los espectadores.
A los veintidós años recibió los estigmas.
Los jueves por la tarde y los viernes, los estigmas derramaban sangre
muy clara, gota a gota, que permanecía seca los demás
días. Miles de personas vieron a María de Moerl. Entre
ellos figuraban Görres (quien describe su visita en su "Mystik",
II, xx), Wiseman y Lord Shrewsbury, quien escribió una apología
de la visionaria en sus cartas publicadas en "The Morning Herald"
y "The Tablet".(cf. Boré, op. cit. infra).
Luisa Lateau pasó su vida en el poblado de Bois d'Haine,
en Bélgica (1850-83). Las gracias que recibió fueron
cuestionadas incluso por algunos católicos, que generalmente
se basaban en información incompleta o errónea, según
ha podido dejar en claro el Canónigo Thiery ("Examen de lo
relativo a Bois d'Haine, Lovaina, 1907"). A los diecisiete años
se dedicó a atender a los enfermos afectados de cólera
en su parroquia, quienes habían sido abandonados por la mayoría
de la población. Durante un mes ella los cuidó, los
enterró y, en ocasiones, hasta los hubo de cargar al cementerio.A
los dieciocho años empezaron los éxtasis y aparecieron
los estigmas, lo cual no impidió que siguiera manteniendo
a su familia con su trabajo como costurera. Numerosos médicos
fueron testigos de sus dolorosos éxtasis de los viernes y
dejaron testimonio del hecho que durante doce años ella no
tomó ningún alimento, excepción hecha de su
comunión semanal. Le bastaban tres o cuatro vasos
de líquido a la semana. En vez de dormir, pasaba las noches
en oración y contemplación, hincada a los pies de
su cama.
5. Sin duda, el estigmatizado más sobresaliente
del siglo XX ha sido:
- Beato Pio de Pietrelcina (1887-1968), capuchino italiano.
II. EXPLICACIONES
Habiendo presentado los hechos, nos falta ahora dar a conocer las
diversas explicaciones que se han dado. Algunos médicos,
tanto católicos como librepensadores, han sostenido
que las heridas pueden haber sido causadas de modo enteramente natural
por la sola acción de la imaginación aunada a emociones
muy vivas. En una persona profundamente impresionada por los sufrimientos
del Salvador y penetrada por un gran amor, esta preocupación
actúaría físicamente reproduciendo en ella
o en él las llagas de Cristo. Ello no disminuiría
en modo alguno el mérito que esas personas tienen por aceptar
la prueba, pero su causa no sería sobrenatural.
No intentaremos nosotros resolver la cuestión. La ciencia
médica no parece estar aún tan avanzada para admitir
una solución definitiva. El autor de este artículo
adopta una posición intermedia, que le parece inatacable,
y que consiste en demostrar que los argumentos a favor de la explicación
natural son ilusorios. Estos son a veces hipótesis arbitrarias,
equivalentes a simples afirmaciones, basadas en hechos exagerados
o mal interpretados. Aún si el progreso de las ciencias médicas
y psicofísicas hubiese de presentar objeciones serias, se
debe recordar que ni la religión ni el misticismo dependen
de la solución de esas cuestiones, y que en los procesos
de canonización los estigmas no cuentan como milagros indisputables.
Nunca nadie ha afirmado que la imaginación puede producir
heridas en un sujeto normal. Es verdad, sí, que dicha facultad
puede actuar ligeramente en el cuerpo. Como dijo Benedicto XIV,
ella puede acelerar o retardar las corrientes nerviosas, pero no
hay constancia de su acción sobre los tejidos. (De canoniz.,
III, xxxiii, n. 31). El asunto se torna aún más difícil
en individuos en condición anormal, como es el éxtasis
o la hipnosis, y a pesar de numerosos intentos, el hipnotismo no
ha producido resultados claros. A lo mucho, y en casos extremadamente
raros, ha inducido cierta exudación o un sudor más
o menos coloreado, lo cual no constituye más que una muy
imperfecta imitación. Aún más, no se ha ofrecido
explicación alguna para tres factores presentes en los estigmas
de los santos:
- Los médicos no logran curar esas heridas con remedios.
- A diferencia de las heridas naturales de cierta duración,
las de los estigmatizados no emiten olores fétidos. Hay
una sola excepción conocida: Santa Rita de Casia
había recibido en su frente una herida causada por una
espina arrancada de la corona del Crucificado. Aunque su olor
era insoportable, la herida nunca supuró ni causó
ninguna alteración mórbida de los tejidos.
- A veces las heridas emitían aromas exquisitos, como
en los casos de Juana de la Cruz, priora franciscana del convento
de Toledo, y la Beata Lucía de Narni.
Para resumir, sólo hay un modo de probar científicamente
que la imaginación, o sea la autosugestión, puede
causar los estigmas: en vez de hipótesis deben producirse
hechos análogos en el orden natural, o sea heridas no relacionadas
con una idea religiosa. Nunca se ha hecho eso.
En lo tocante al flujo de sangre, se ha objetado que sí
se han dado casos de sudor sanguíneo, pero el Dr. Lefebvre,
profesor de medicina en Lovaina, ha respondido que tales casos,
habiendo sido examinados por médicos, resultaron ser originados
por enfermedades específicas y no por causas morales. Más
aún, se ha probado a través del examen en el microscopio,
que el líquido rojo que se exuda no es sangre. Su color se
debe a una substancia particular y no procede de ninguna herida,
sino que se debe, como el sudor, a una dilatación de los
poros de la piel. Se puede argumentar que minimizamos indebidamente
el poder de la imaginación, ya que ésta, unida a una
emoción, puede producir sudor y, así como la simple
idea de tener un caramelo en la boca produce abundante salivación,
también los nervios, influenciados por la imaginación,
pueden producir la emisión de un líquido y éste
puede ser sangre. La respuesta a eso es que en las instancias mencionadas
existen glándulas (sudorífera y salival) que en su
estado normal segregan un líquido especial y es fácil
comprender que la imaginación puede causar dicha secreción;
pero los nervios adyacentes a la piel no terminan en glándulas
que emitan sangre, y sin tal órgano no pueden producir el
efecto en cuestión. Lo que se ha dicho de las heridas de
los estigmas se aplica por igual a los sufrimientos. No hay prueba
alguna experimental de que la imaginación pueda producirlos,
especialmente en su forma violenta.
Otra explicación de tales fenómenos es que los pacientes
se causan las heridas a si mismos, ya fraudulentamente, ya en estado
de inconsciencia, durante ataques de sonambulismo. Sin embargo los
médicos siempre han tomado las debidas precauciones para
prevenir esas causas de error, procediendo muy estrictamente, sobre
todo en los tiempos modernos. En ocasiones, el paciente ha sido
observado día y noche; en otras, se le han cubierto las extremidades
con vendas selladas. El Sr. Pierre Janet colocó el pie de
un estigmatizado en un zapato de cobre que poseía una ventana
a través de la cual se podía observar la herida sin
permitir que nadie la tocara (op. cit. supra).
AUG. POLAIN
Transcrito por William G. Bilton, Ph.D.
Traducido por Javier Algara Cossío
The
Catholic Encyclopedia, Volume I
Copyright © 1907 by Robert Appleton Company
Online Edition Copyright © 1999 by Kevin Knight
Enciclopedia Católica Copyright © ACI-PRENSA
Nihil Obstat, March 1, 1907. Remy Lafort, S.T.D., Censor Imprimatur
+John Cardinal Farley, Archbishop of New York
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