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El tema se desarrolla de la siguiente manera:
- Sinopsis del Dogma
- Principales errores
- La Tercera Persona de la Santísima Trinidad
- Procesión del Espíritu Santo
- La filiación (Fililoque)
- Dones del Espíritu Santo
- Frutos del Espíritu Santo
- Pecados contra el Espíritu Santo
La doctrina de la Iglesia Católica relativa del Espíritu
Santo forma parte integral de su enseñanza sobre el misterio
de la Santísima Trinidad, de la cual San
Agustín (De Trin., II,iii,5) habla tímidamente diciendo:
"En ningún otro tema, es tan peligroso el error, o tan
difícil avanzar, o tan apreciable el fruto de un estudio cuidadoso".
Los puntos esenciales del dogma, pueden ser resumidos en las siguientes
afirmaciones:
- El Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Santísima
Trinidad.
- Como Persona, aunque realmente distinta del Padre y del Hijo, es
también consustancial a Ellos; siendo Dios como Ellos, El posee
con Ellos una y misma Naturaleza o Esencia Divina.
- Procede, no por generación, sino por espiración del
Padre y del Hijo juntos, como de un unico principio.
Todas las teorías y sectas Cristianas
que han contradicho o impugnado, de cualquier manera, el dogma de la
Trinidad, como consecuencia lógica, han amenazado asimismo la
fe en el Espíritu Santo. Entre estas, la historia menciona lo
siguiente:
- En los siglos 2 y 3, las Monarquías dinámicas o
modalisticas (ciertos Ebionitas, es decir, Teodoto de Bizantinia,
Pablo de Samosata, Praxeas, Noecio Sabelio y generalmente los Patripasianos)
sostenían que la misma Persona Divina, de acuerdo a Sus diferentes
operaciones o manifestaciones, eran llamados el Padre, el Hijo y
el Espíritu Santo; por lo tanto, reconocían a la Trinidad
como puramente nominal.
- En el siglo IV y después, los Arianos y su numerosa prole
herética: Anómanos o Eunomiamo, Semi-Arianos, Acacios,
etc, mientras admitían la triple personalidad, negaron la
consustancialidad. El Arianismo había sido precedido por
la teoría de la Subordinación de algunos escritores
ante-Nicenea, quienes afirmaron una diferencia y gradación
entre las Personas Divinas y aquellos que surgieron desde sus relaciones
en el punto de origen.
- En el siglo XVI, lo Socianos explícitamente rechazaron,
en nombre de la razón, junto con todos los misterios de la
Cristiandad, la doctrina de las Tres Persona en Un solo Dios.
- Conviene también mencionar las enseñanzas de Juan
Filopon (siglo VI), Roscellinus, Gilbert de la Porrée, Joaquin
de Flora (siglos XI y XII) y de los tiempos modernos, Gunther, quien
al negar u obscurecer la doctrina de la unidad numérica de
la Divina Naturaleza, su realidad estableció una deidad triple.
Además de estos sistemas y escritores, que entraron en conflicto
con la verdadera doctrina sobre el Espíritu Santo solo indirectamente
como resultado lógico de sus previos errores, hubieron otros
que atacaron directamente la verdad:
- Hacia la mitad del siglo IV, Macedonio, Obispo de Constantinopla
y, después de él un número de Semi-Arianos, mientras
aparentemente admitían la Divinidad de la Palabra, negaron
aquella del Espíritu Santo. Lo colocaron entre los espíritus,
ministros inferiores de Dios pero superior a los ángeles. Fueron,
bajo el nombre de Pneumatomaquianos, condenados por el Concilio de
Constantinopla el año 381 (Mansi, III, col. 560).
- Desde los tiempos de Potius, los cismáticos Griegos, mantuvieron
que el Espíritu Santo verdadero Dios como el Padre y el Hijo,
procede sólo del Primero.
III. LA TERCERA PERSONA DE LA SANTISIMA
TRINIDAD
El encabezado implica dos verdades:
- El Espíritu Santo es una Persona
realmente distinta como tal, del Padre y el Hijo;
- El es Dios y consustancial con el Padre y el Hijo.
La primera afirmación es directamente
opuesta al Monarquianismo y al Socinianismo; el segundo, al Subodinacionismo,
a diferentes formas de Arianismo y en particular al Macedonismo. Los
mismos argumentos sacados de las Escrituras y la Tradición, pueden
ser usados generalmente para probar cualquiera de las afirmaciones.
Sin embargo, nosotros mostraremos las pruebas de las dos verdades juntas,
pero primero daremos atención especial a algunos pasajes que
demuestran más explícitamente la distinción de
personalidad.
- En el Nuevo Testamento, la palabra espíritu y, tal
vez, incluso la expresión espíritu de Dios, significan
en ciertos momentos, el alma o el hombre mismo, en tanto está
bajo la influencia de Dios y aspira a cosas superiores; especialmente
en San Pablo, más frecuentemente significa Dios actuando
en el hombre; aunque son usados, además, para designar no
solo una acción de Dios en general, sino a la Persona Divina,
Quien no es ni el Padre, ni el Hijo. Aquel que es llamado junto
con el Padre, o el Hijo, o con ambos, sin el contexto que los mencionan
como identificados. Aquí serán dadas alguna instancias.
Hemos leído en Juan XIV, 16, 17: "Y Yo rogaré al Padre
y les dará otro Protector que permanecerá siempre
con ustedes, el Espíritu de Verdad a quien el mundo no puede
recibir"...; y en Juan xv, 26: "Cuando venga el Protector que
les enviaré desde el Padre, por ser El el Espíritu
de verdad que procede del Padre dará testimonio de mi".
San Pedro dirige su primera epístola, i, 1-2, "a los que
viven fuera de su patria...a los elegidos, a quienes Dios Padre
conoció de antemano y santificó por el Espíritu
para acoger la fe y ser purificados por la sangre de Cristo Jesús".
El Espíritu de consolación y de verdad está
también claramente distinguido en Juan XVI, 7, 13-15 del
Hijo por Quien El recibe todo lo que El enseña a los Apóstoles,
y del Padre, quien no tiene nada que el Hijo no posea. Ambos lo
envían cuando El desciende dentro de nuestras almas (Juan
XIV, 23)
Muchos otros textos declaran bastante claramente
que el Espíritu Santo es una Persona, una Persona distinta
del Padre y del Hijo, y sin embargo, Un solo Dios con Ellos. En varios
lugares, San Pablo habla de El como si estuviera hablando de Dios.
En los Hechos, xxviii, 25, le dice a los Judíos: "Es muy acertado
lo que dijo el Espíritu Santo cuando hablaba a sus padres por
boca del profeta Isaías"; ahora bien, la profecía
contenida en los dos versos siguientes son tomados de Isaías,
vi, 9,10 donde es puesta en boca del "Rey el Señor de
multitudes". En otros lugares usa las palabras Dios y
Espíritu Santo como simple y llanamente sinónimos.
De este modo, escribe I Cor., iii,16: "¿No saben que son el templo
de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?" y en
vi, 19: "¿No saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo
que han recibido de Dios y que está en ustedes?" San Pedro
afirma la misma identidad cuando el habla con Ananías (Hechos
v, 3-4): "¿Porqué haz dejado que Satan se apodere de tu corazón?...¿porqué
intentas engañar al Espíritu Santo?...No haz
mentido a los hombres, sino a Dios." Los escritores sagrados
atribuyen al Espíritu Santo todos las obras características
del poder Divino. Es en Su nombre, como en el nombre del Padre y del
Hijo, que es dado el bautismo (Mateo xxviii, 19). Es a través
de Su operación que es realizado el mayor de los misterios
Divinos, la Encarnación del Verbo, (Mateo., i, 18-20; Lucas,
i,35). Es también en Su nombre y por Su poder que los pecados
son perdonados y las almas santificadas: "Reciban el Espíritu
Santo: a quienes descarguen de su pecados, serán liberados,
y a quienes se los retengan, les serán retenidos" (Juan,
xx, 22, 23); "Pero han sido lavados, han sido santificados y rehabilitados
por el Nombre de Cristo Jesús, el Señor, y por el Espíritu
de nuestro Dios" (I Cor., vi, 11); " la cual no quedará
frustrada, pues ya se nos ha dado el Espíritu Santo y por El
el amor de Dios se va derramando en nuestros corazones" (Rom.,
v, 5). El es, esencialmente el Espíritu de verdad
(Juan, XIV, 16-17; xv, 26). Aquel cuya obra es el fortalecimiento
de la fé (Hechos, vi,5), que confiere sabiduría (Hechos,
vi,3), quien dá testimonio de Cristo, lo cual equivale a decir
que confirma Sus enseñanzas internamente (Juan xv, 26) y que
enseña a los Apóstoles el completo significado de ellas
(Juan, xiv,26; xvi,13). Con estos Apóstoles, se quedará
por siempre (Juan, xiv,16) Habiendo descendido a ellos en Pentecostés,
los guiará en su trabajo (Hechos, viii, 29), El inspirará
a los nuevos profetas (Hechos xi, 28; xiii,9) como El inspiró
a los profetas del Antiguo Testamento (Hechos, vii,51). El es la fuente
de gracias y dones (I Cor., xii, 3-11). En particular, El otorga don
de lenguas (Hechos, ii, 4;x, 44-47). Y en tanto habita en nuestros
cuerpos, los santifica (I. Cor., iii, 16; vi, 19) y de esta manera
los levantará nuevamente, un día, de la muerte (Rom.,
viii,11). Aunque El obra especialmente en el alma, dándole
nueva vida (Rom., viii, 14-16; II. Cor., i,22; v,5; Gal., iv,6). El
es el Espíritu de Dios, y, al mismo tiempo, el Espíritu
de Cristo (Rom., viii,9); porque El está en Dios, El conoce
los misterios mas profundos de Dios (I.Cor., ii, 10-11) y posee todo
el conocimiento. San Pablo termina su segunda carta a los Corintios
(xiii,13) con su fórmula de bendición la cual, puede
ser llamada una bendición de la Trinidad: "La gracia de
nuestro Señor Jesucristo, y la caridad de Dios y la comunicación
del Espíritu Santo estén con todos Uds." - ct.
Tixeront "Histoire des dogmes", Paris, 1905, I, 80,89,90,100,101.
- Al corrobrar y explicar el testimonio de las Escrituras, la Tradición
nos arroja más luz sobre los distintos estadios de la evolución
de esta doctrina. Tan tempranamente como el siglo primero, San Clemente
de Roma nos dá una importante enseñanza sobre el Espíritu
Santo. En su "Epístola a los Corintios" no solo
nos dice que el Espíritu ha inspirado y guiado a los santos
escritores (viii,1; xiv,2); que El es la voz de Jesucristo hablándonos
en en Antiguo Testamento (xxii, 1 sig.) aunque contiene mucho más,
dos declaraciones muy explícitas sobre la Trinidad. En el
Capítulo xlvi, 6 (Funk "Patres apostolici" 2da
edicación, I, 158) se lee que "tenemos un solo Dios,
un Cristo un solo Espíritu de gracia dentro de nosotros,
una misma vocación en Cristo". En lviii,2 (Funk, ibid.,
172) el autor realiza una solemne afirmación;
zo gar ho theos, kai zo ho kyrios Iesous Christos kai to pneuma
to hagion, he te pistis kai he elpis ton eklekton, oti . . .
la cual podemos comparar con la tan frecuente fórmula encontrada
en el Antiguo Testamento: zo kyrios. De esto se sigue que,
bajo la perspectiva de Clements, kyrios era igualmente aplicable
a ho theos (el Padre) ho kyrios Iesous Christos, y
to pneuma to hagion; y tenemos tres testigos con igual autoridad,
cuya Trinidad, más aún, es el fundamento de la fe
y esperanza Cristiana. La misma doctrina es declarada, en los siglos
segundo y tercero, de labios de los mártires y encontrada
en los escritos de los Padres. En sus tormentos San Policarpo (V
155) profesó su fe en las Tres Adorables Personas ("Martyrium
sancti Polycarpi" en Funk op.cit., I, 330): "Señor Dios
Todopoderoso, Padre de tu santísimo y bien amado Hijo, Cristo
Jesús... alabado en todo, bendecido, y glorificado por el
eterno y celestial pontífice Cristo Jesús, tu bien
amado Hijo, por Quien a Ti con El y con el Espíritu Santo,
gloria hoy y por siempre". San Apipodius habló aún
más distintivamente (Ruinart, "Acta mart." Edición
Verona, p. 65): "Confieso que Cristo es Dios con el Padre y
el Espíritu Santo, y está escrito que deberé
devolver mi alma a El Quien es mi Creador y Redentor". Entre
los apologetas, Atenágoras menciona el Espíritu Santo
junto con, y en un mismo plano, como el Padre y el Hijo. "Quien
no quedaría impactado" dice (Legat. Pro
christian., n10, en P.G., vi,col. 909)" de oir llamarnos
ateos, nosotros quienes hemos confesado Dios el Padre, Dios el Hijo
y el Espíritu Santo, y conservándolos en un poder
y sin embargo distintos en orden [...ten en te henosei dynamin,
hai ten en te taxei diairesin]?". Teófilo de Antioquía,
quien a veces da al Espíritu Santo, como al Hijo, el nombre
de Sabiduría (sophia) menciona además (Ad Autol.,
lib. I, n. 7, y II, n. 18, en P.G., VI, col. 1035, 1081) los tres
términos theos, logos, sophia y, siendo el primero
en usar la palabra característica que luego fuera adoptada,
dice expresamente (ibid., II, 15) que ellas forman una trinidad
(trias). Ireneo consideró al Espíritu Santo
como eterno (Adv. Hær., V, xii, n. 2, in P.G., VII, 1153),
existiendo en Dios ante omnem constitutionem, y producido por el
al comienzo de Sus caminos (ibid., IV, xx,3). Considerado en relación
al Padre, el Espíritu Santo es Su Sabiduría (IV, xx,3);
el Hijo y El son las "dos manos" por las cuales Dios creó
al hombre (IV, prae., n 4; IV, xx,20; V,vi,1) Considerado en relación
a la Iglesia, el mismo Espíritu es verdad, gracia, una señal
de inmortalidad, un principio de unión con Dios; íntimamente
unido a la Iglesia, El dá a los sacramentos su eficacia y
virtud (III, xvii, 2, xxiv, 1; IV, xxxiii, 7; V, viii,1). San Hipólito,
aunque no habla tan claramente del Espíritu Santo como una
persona distinta, le supone, sin embargo, ser Dios, así como
el Padre y el Hijo (Contra Noët., viii, xii, in P.G., X, 816,
820). Tertuliano es uno de los escritores de esta época cuya
tendencia al Subordinacionismo es más
bien aparente, a pesar de haber sido el autor de la fórmula
definitiva: "Tres Personas, una Sustancia" y sin embargo,
sus enseñanzas sobre el Espíritu Santo son en todo
sentido notables. Parece haber sido el primero entre los Padres
en afirmar Su Divinidad de manera clara y absolutamente precisa.
En su trabajo "Adversus Praxean" deja largamente clara
la grandeza del Consolador. El Espíritu Santo, dice, es Dios
(c.xiii en P.L., II, 193); de la sustancia del Padre (iii,iv en
P.L., II, 181-2); uno y el mismo Dios con el Padre y el Hijo (ii
en P.L., II, 180); procedente del Padre a través del Hijo
(iv, viii en P.L., II, 182, 187); quien enseña toda la verdad
(ii en P.L., II, 179). San Gregorio
Thaumaturgus, o al menos el Ekthesis tes pisteos, el cual
es comúnmente atribuido a él data del período
entre 260 - 270, nos entrega este notable pasaje: "Uno es Dios,
Padre del Verbo vivo, de Sabiduría subsistente...Uno el Señor,
uno de uno, Dios de Dios, invisible de invisible...Uno el Espíritu
Santo, Quien subsiste de Dios...Trinidad Perfecta, la cual en eternidad,
gloria y poder, ni se divide ni se separa...Trinidad sin cambio
e inmutable". En el año 304, el mártir San Vicente
dijo (Ruinart, op.cit., 325) "Creo en el Señor Jesucristo,
Hijo del Padre, el Supremo, uno de uno; lo reconozco a El como un
Dios con el Padre y el Espíritu Santo".
Pero debemos regresar al año 360 para encontrar la doctrina
sobre el Espíritu Santo explicada clara y totalmente. Es San
Atanasio quien lo explica en sus "Cartas a Serapion" (P.G.,
XXVI, col. 525 sg). El ha sido informado que ciertos Cristianos sostenían
que la Tercera Persona de la Santísima Trinidad es una creatura.
Para refutar aquello, consultó las Escrituras y de ellas se
formularon argumentos tan sólidos como numerosos. En particular,
ellas dicen que el Espíritu Santo está unido al Hijo
por relaciones tales como aquellas que existen entre el Hijo y el
Padre; que El es enviado por el Hijo; que El es su portavoz y lo glorifica;
que, por el contrario a las creaturas, El no ha sido hecho de la nada,
sino que viene de Dios; que realiza obras santificadoras entre los
hombres de lo cual ninguna creatura es capaz; que al poseerlo, poseemos
a Dios; que Dios creó todo por El; que, en fin, El es inmutable,
tiene los atributos de inmensidad, unicidad y tiene el derecho a todos
los apelativos y expresiones que son usados para expresar la dignidad
del Hijo. La mayoría de estas conclusiones son apoyadas en
textos de las Escrituras, unas pocas de ellas fueron dadas más
arriba. Pero el escritor otorga especial dedicación en lo que
se lee en Mateo., xxviii, 19: "El Señor" - escribe
(Ad. Serp., III, n6 en PG., XXVI 633 sg) "fundó la fé
de la Iglesia en la Trinidad cuando Dijo a Sus Apóstoles: "Vayan
por todos lados y enseñen a todas las naciones; bautizenlos
en el nombre del Pedre y del Hijo y del Espíritu Santo".
Si el Espíritu Santo fuera una creatura, Cristo no lo hubiera
asociados con el Padre; hubiera evitado hacer una Trinidad heterogénea,
compuesta de elementos discímiles. ¿ Qué es lo que Dios
necesita? Acaso El necesita unirse a Sí mismo con un ser de
diferente naturaleza?... No, la Trinidad no está compuesta
por el Creador y la creatura". Poco
más tarde, San Basilio, Dydimus de Alejandría, San Epiphanius,
San Gregorio de Nizianzus, San Ambrosio y San Gregorio de Niza tomaron
la misma tésis ex professo, apoyándola
en su mayor parte con las mismas pruebas. Todos estos escritos prepararon
el camino del Concilio de Constantinopla el cual, en el año
381 condenó a los Pneumatomaquianos y solemnemente proclamó
la verdadera doctrina. Estas enseñanzas forman parte del Credo
de Constantinopla como era llamado, donde el símbolo se refería
al Espíritu Santo. "Quien es también nuestro Señor
y Quien dá vida; Aquel procede del Padre, Quien es adorado
y glorificado junto con el Padre y el Hijo; Quien habló a través
de los profetas. ¿Fué este credo, con sus particulares palabras,
aprobado por el Concilio de 381?. Anteriormente esa era la opinión
común e incluso en tiempos recientes había sido sostenido
por las autoridades como Hefele, Gergenrother y Funk; otros historiados
entre los que se encuentran Harnack al Duchesne, son de opinión
contraria; pero todos concuerdan al admitir que el credo del cual
estamos hablando fué recibido y aprobado por el Concilio de
Chalcedon, el año 451 y que, al menos desde aquel tiempo, fué
la fórmula oficial del Catolicismo
ortodojo.
IV. PROCESION DEL ESPÍRITU
SANTO
No nos detendremos mucho en el significado
preciso de Procesión en Dios. (Ver Santísima
Trinidad). Aquí será suficiente observar que entendemos
por esta palabra la relación de orígen que existe entre
una de las Personas Divinas y la otra, o entre una y las otras dos como
su principio de origen. El Hijo procede del Padre; el Espíritu
Santo procede del Padre y del Hijo. La última de las verdades
será especialmente tratada aquí.
- Todos los Cristianos han admitido que el Espíritu Santo
procede del Padre; esta verdad está expresamente dicha en
Juan XV, 26. Pero, los Griegos después de Photius, negaron
que El procediera del Hijo. Y, sin embargo, tal es manifiestamente
enseñado por las Sagradas Escrituras y por los Padres.
- En el Nuevo Testamento
- El Espíritu Santo es llamado el Espíritu de
Cristo (Rom. Viii,9), el Espíritu del Hijo (Gal., iv,
6), el Espíritu de Jesús (Hechos, xvi, 7). Estos
términos implican una relación del Espíritu
con el Hijo, la cual sólo puede ser una relación
de orígen. Esta conclusión es la mas indiscutible,
dado que todos admiten el argumento similar para explicar porqué
el Espíritu Santo es llamado el Espíritu del Padre.
Es así como San Agustín argumenta (En Juan., tr.
Xcix, 6, 7 en P.L., XXXV, 1888): "Escucha al mismo Señor
declarar: ' no eres tu quien habla, sino el Espíritu
de su Padre que habla en ti'. Asimismo, escucha al Apóstol
declarar: ' Dios ha enviado el Espíritu de Su Hijo a
vuestros corazones. ¿Puede entonces haber dos espíritus,
uno, el espíritu del Padre y otro el espíritu
del Hijo?. Ciertamente no. Así como hay un solo Padre,
así como hay un solo Señor o un Hijo, así
también hay un sólo Espíritu, Quien es,
consecuentemente, el Espíritu de ambos...¿ Porqué
entonces rehusas creer que El procede también del Hijo,
siendo que El es también el Espíritu del Hijo?
Si El no procediese de El, Jesús, cuando se aparece a
Sus discípulos luego de la Resurrección, pudo
haberles inspirado diciendoles: 'Reciban Uds. el Espíritu
Santo'. Lo que, sin dudas, significa este aliento no es sino
que ¿el Espíritu procede también de
El?". San Atanasio había argumentando exactamente
del mismo modo (De Trin. Et Spir. S., n19, en P.G., XXIV, 1212)
y concluye : « Decimos que el Hijo de Dios también
es la fuente del Espíritu".
- El Espíritu Santo recibe del Hijo. De acuerdo
a Juan xvi, 13-15: "Y cuando venga él, el Espíritu
de Verdad, los guiará en todos los caminos de la verdad.
El no viene con un mensaje propio, sino que les dirá
lo que escuchó y les anunciará lo que ha de venir.
El tomará de lo mío para revelárselo a
ustedes, y yo seré glorificado por él. Todo lo
que tiene el Padre es mío. Por eso les he dicho que tomará
de lo mío para revelárselo a Uds.". Ahora
bien, una Persona Divina puede recibir de otra sólo por
Procesión, relacionándose al otro como a un principio.
Lo que el Consolador recibirá del Hijo es conocimiento
immanente, el cual El manifestará luego exteriormente.
Pero este conocimiento immanente es la misma esencia del Espíritu
Santo. Este último tiene, por lo tanto, Su origen en
el Hijo, el Espíritu Santo procede del Hijo. "no
tendrá mensaje propio"
dice San Agsutín (En Joan., tr. Xcix, 4 en PL., XXXV,
1887) "porque El no es de Sí mismo, sino que El
les hablará todo lo que ha escuchado. El escuchará
de Aquel de quien El procede. En Su caso, escuchar es saber
y saber es ser. Deriva su conocimiento de El por Quien El deriva
Su esencia". San Cirilo de Alejandría observa que
las palabras: "tomará de lo mío" significa
"la naturaleza" la cual el Espíritu Santo tiene
del Hijo, así como el Hijo la tiene de Su Padre (De Trin.,
dialog. Vi en PG., LXXV, 1011). Por otro lado, Jesús
dá la siguiente razón a Su afirmación :
"tomará de lo mío": "Todo lo que
tiene el Padre es mío", Ahora, desde que el Padre
tiene en relación al Espíritu Santo una
relación que llamamos Activa
Espiración, el Hijo también la tiene; y
en el Espíritu Santo ella existe, consecuentemente, en
relación a ambos, una Pasiva Espiración o Procesión.
- La misma verdad, ha sido constantemente sostenida por los
Padres.
Este hecho es indiscutible en lo que a los
Padres Occidentales se refiere; aunque los Griegos lo negaron por
el Este. Citaremos, por lo tanto, algunos testigos entre éstos
últimos. El testimonio de San Atanasio ha sido citado mas arriba,
en efecto que "El Hijo es la fuente del Espíritu"
y la declaración de Cirilo de Alejandría que el Espíritu
Santo tiene Su "naturaleza" del Hijo. Este último
santo después afirma (Thesau., afirm. Xxxiv en PG., LXXV, 585);
"Cuando el Espíritu Santo llega a nuestros corazones,
nos hace semejantes a Dios, porque El procede del Padre y del Hijo";
y nuevamente (Epist., xvii, Ad Nestorium, de excommunicatione en PG.,
LXXVII, 117): "El Espíritu Santo no está desconectado
con el Hijo, porque El es llamado el Espíritu de Verdad, y
Cristo es la Verdad; de tal que El procede de El así como también
de Dios el Padre". San Basilio (De Spirit.S., xviii en P.G.,
XXXII, 147) no desea que nos apartemos del orden tradicional al mencionar
las Tres Personas Divinas porque "así como el Hijo es
al Padre, así es el Espíritu al Hijo, de acuerdo con
el antiguo orden de los nombres en la fórmula del bautismo".
San Apiphanius escribe (Ancor., viii, en PG., XLIII, 29, 30) que el
Consolador no puede considerarse como desconectado con el Padre y
el Hijo, porque El es con Ellos uno en sustancia y divinidad"
y declara que "El es del Padre y
del Hijo"; aún más, agrega (op.cit.xi, en P.G.,
XLIII, 35): "Nadie conoce el Espíritu salvo el Padre,
y excepto el Hijo, del cual El procede y de Quien El recibe".
Finalmente, un concilio sostenido en Seleucia el año 410 proclamó
su fe "en el Espíritu Santo Viviente, el Santo Consolador
Viviente, Quien procede del Padre y del Hijo" (Lamy, "Concilium
Seleuciae", Louvin, 1868). Sin embargo, al comparar los escritores
latinos como un cuerpo, con los escritores orientales, notamos una
diferencia de lenguaje: mientras los primeros casi unánimamente
afirman que el Espíritu Santo procede del Padre y del
Hijo, los últimos generalmente dicen que El procede del Padre
a través del Hijo. En realidad, el pensamiento expresado
tanto por Griegos como por Latinos es uno y el mismo, sólo
la manera de expresarlos tiene una pequeña diferencia: la fórmula
griega ek tou patros dia tou ouiou expresa directamente el
orden de acuerdo al cual el Padre y el Hijo son el principio del Espíritu
Santo, e implica su igualdad como principio; la fórmula latina
expresa directamente esa igualdad e implica el órden.
Así como el Hijo mismo procede del Padre, es del Padre
que El recibe, junto con todo lo demás, la virtud que lo hace
a El el principio del Espíritu Santo. De este modo, el Padre
sólo es principium obsque principio, aitia anarchos prokatarktike,
y, comparativamente, el Hijo es un principio intermediario. El uso
preciso de las dos preposiciones, ek (de) y dia (a través)
no implican nada más. En los siglos 13 y 14, los teólogos
griegos Blemmidus, Beccus, Calecas y Bessarion llamaron la atención
a esto, explicando que las dos partículas tienen la misma significación,
pero el de se ajusta mejor a la Primera Persona, Quien es la
fuente de las otras, y a través, a la Segunda
Persona, Quien viene del Padre. Mucho antes de su tiempo,. San Basilio
había escrito (De Spir. S., viii, 21 en P.G., LIX, 56): "
la expresión di ou expresa reconocimiento del
principio primordial [ tes prokatarktikes aitias]"; y San Crisóstomo
(Hom. V en Ijuan., n.2 en P.G., LIX, 56):"Si se ha dicho a
través de El, se ha dicho sólo para que nadie
pueda imaginar que el Hijo no es generado": Podemos agregar que
la terminología usada por los escritores orientales y occidentales,
respectivamente, para expresar la idea, está lejos de ser invariable.
Así como Cirilo, Epiphanius y otros Griegos afirman la Procesión
ex utroque, así también varios escritores
latinos, no consideraban que partieron de la enseñanza de su
Iglesia al expresarse ellos mismos como Griegos. Es así como
Tertuliano (Contra Prax., iv, en P.L., II, 182): "Spiritum non aliunde
puto quam a Patre per Filium"; y San Hilario (De Trinit., lib., XII,
n. 57, en P.L., X, 472), dirigiéndose al Padre, protesta que
desea adorar, con El y al Hijo "a Su Espíritu Santo, Quien
viene de El a través de Su único Hijo".Y, sin embargo,
el mismo escritor había dicho en tono más alto (op.
Cot., lib. II, 29, en P.L., X, 69), "que debemos confesar al
Espíritu Santo viniendo del Padre y del Hijo", clara prueba
que las dos fórmulas fueron vistas como sustancialmente equivalentes.
- El Espíritu Santo que procede de ambos, el Padre y el Hijo,
sin embargo, procede de Ellos como de un principio único.
Esta verdad es, al menos insinuada en el pasaje de Juan, cap. Xvi,
15 (citado más arriba) donde Cristo establece una conexión
necesaria entre Su propio compartir en todo lo que el Padre tiene
y la Procesión del Espíritu Santo. Por lo tanto, se
sigue, sin dudas, que el Espíritu Santo procede de las otras
dos Personas, no en tanto Son distintas, sino en tanto Su Divina
perfección es numéricamente una. Por lo demás,
tal es la enseñanza explícita de la tradición
eclesiástica, la cual fué establecida concisamente
por San Agustín (De Trin., lib V, c.xiv, en P.L., XLII, 921):
"Como el Padre y el Hijo son Un solo Dios y, relativamente
a la creatura, un solo Creador y un Señor, así también,
relativamente al Espíritu Santo, Son solo un principio".
Esta doctrina fué definida en las siguientes palabras por
el Segundo Concilio Ecuménico de Lyons [Denzinger, "Enchiridion"
(1908), n. 460]: "Confesamos que el Espíritu Santo procede
eternamente del Padre y del Hijo, no como dos principios, sino como
un principio, no por dos
espiraciones, sino por una sola espiración".
La enseñanza fué nuevamente planteada por el Concilio
de Florencia (ibid., n. 691), y por Eugenio IV en su Bula "Cantate
Domino" (ibid., n. 703 sqs).
- Así también es un artículo de fe que el Espíritu
Santo no procede, como la Segunda Persona de la Trinidad, por medio
de generación. No solamente es a la Segunda Persona sola
a quien las Escrituras llaman Hijo, no sólo El solamente
es considerado causado, sino que es también llamado
el único Hijo de Dios; el antiguo símbolo que
muestra el nombre de San Atanasio declara
expresamente que "el Espíritu Santo viene del Padre
y del Hijo, no hecho ni creado, no generado sino procedente".
Dado que somos totalmente incapaces de señalar de otro modo
el significado del misterioso modo que afecta esta relación
de origen, le aplicamos el nombre de espiración, significación
la cual es principalmente negativa
y por medio de contraste, en el sentido que afirma una peculiar
Procesión al Espíritu Santo y exclusiva de filiación.
Pero, aunque distinguimos absoluta y esencialmente entre generación
y espiración, es una tarea muy delicada y difícil
decir cuál es la diferencia.
Santo Tomás (I,Q. Xxvii), siguiendo a San Agustín
(De. Trin., XV, xxvii) encuentra una explicación y, como
si fuera el epítome de la doctrina en principio que, en Dios,
el Hijo procede a través del Intelecto y el Espíritu
Santo, a través de la Voluntad. El Hijo es, en lenguaje de
las Escrituras, la imagen del Dios Invisible, Su Palabra,
Su sabiduría no creada. Dios se contempla a Sí
mismo y se conoce a Sí mismo desde toda la eternidad y, al
conocerse a Sí mismo, El forma dentro de Sí una idea
sustancial de Sí y éste pensamiento sustancial es
Su Palabra. Ahora cada acto de conocimiento es logrado por la producción
en el intelecto de una representación del objeto conocido;
Desde aquí, entonces el proceso ofrece una cierta analogía
con la generación, la cual es la producción por un
ser vivo de un ser participante de la misma naturaleza; y la analogía
es mucho más sorprendente cuando es asunto de este acto de
conocimiento Divino, el término eterno del cual es un ser
sustancial, cosustancial dentro del tema conocido. En relación
al Espíritu Santo, de acuerdo a la doctrina común
de los teólogos, El procede a través de la voluntad.
El Espíritu Santo, como lo indica Su nombre, es Santo en
virtud de Su origen, Su espiración; Por lo tanto, el viene
de un principio santo; ahora bien,
la santidad reside en la voluntad así como la sabiduría
está en el intelecto. Esta es también la razón
porque El es llamado a menudo par excellence, en los escritos
de los Padres, como Amor y Caridad. El Padre y el
Hijo se aman desde toda la eternidad con un amor perfecto e inefable;
el término de este amor infinito y fértil es Su Espíritu
Quien es co eterno y co-sustancial con Ellos. El Espíritu
Santo no está en deuda con la forma de Su Procesión,
precisamente por esta perfecta resemblanza a Su principio, en otras
palabras, por Su consustancialidad; dado que querer o amar un objeto
no implica formalmente la producción de su imagen immanente
en el alma que ama, sino una tendencia, un movimiento de la voluntad
hacia la cosa amada para estar unido a él y disfrutarlo.
Así, teniendo en cuenta la debilidad de nuestro intelectos
al conocer, y la inadecuación de nuestras palabras para expresar
los misterios de la vida Divina, si pudieramos asir cómo
la palabra generación, liberada de todas las imperfecciones
del orden material, pudiera ser aplicada por analogía a la
Procesión de la Palabra, veremos que el término no
puede, de ningún modo ser aplicado apropiadamente a la Procesión
del Espíritu Santo.
V. LA FILIACIÓN (FILIOQUE)
Habiendose tratado la parte que toma el Hijo
en la Procesión del Espíritu Santo, estamos próximos
a considerar la introducción de la expressión Filioque,
dentro del Credo de Constantinopla. El autor del agregado es desconocido,
aunque la primera huella se encuentra en España. El Filioque,
fué sucesivamente introducido dentro del Símbolo del Concilio
de Toledo en el año 447, entonces, en cumplimiento de una orden
de otro sínodo sostenido en el mismo lugar en el año 589,
fué incluído en el Credo Niceno-Constantinopla. Admitido
también dentro del Símbolo Quicumque, comenzó
a aparecer en Francia en el siglo octavo. Fué
cantado el año 767 en la capilla de Carlomagno en Gentilly, donde
fué oído por embajadores de Constantino Corponimnus. Los
Griegos estaban impactados y protestaron. Las explicaciones fueron dadas
por los Latinos, y le siguieron muchas discusiones. El Arzobispo de
Aquileia, Paulinus, defendió el agregado en el Concilio de Friuli
el año 796. Fué luego aceptado
por el conciclio en Aachen, el año 809. Sin embargo, como probó
ser un obstáculo para los Griegos, el Papa Leo III, lo desaprobó
Y, aunque corcordaba enteramente con los Francos sobre la cuestión
de la doctrina, aconsejó omitir la nueva palabra. El mismo
dió origen a dos grandes planchas de plata, sobre las cuales
el credo, con la expresión disputada omitida, fué grabado
para ser eregidas en San Pedro. Su consejo fué desatendido
por los Francos; y, como la conducta y el cisma de Potius parecía
jutificar a los occidentales en no dar mas crédito a los sentimientos
de los Griegos, el agregado de las palabras fué aceptado por
la Iglesia Romana bajo Benedicto VIII (ct. Funk, "Kirchengeschichte",
Paderborn, 1902, p. 243). Los Griegos siempre habían acusado
a los Latinos del agregado. Consideraban que, bastante aparte de la
cuestión doctrinal involucrada en la expresión, la inserción
fué hecha violando el decreto del Concilio de Efeso que prohibía
a cualquiera "producir, escribir o componer una confesión
de fe otra que la definida por los Padres
de Nicea". Tal razón no resistiría análisis.
Suponiendo la verdad del dogma (establecido mas arriba), es inadmisible
que la Iglesia pueda o pudiera haberse privado del derecho a mencionarlo
en el símbolo. Si la opinón adherida, y que posee fuertes
argumentos que la apoyan, considera que el desarrollo del Credo en
lo que respecta al Espíritu Santo fueron aprobados por el Concilio
de Constantinopla (381), de inmediato puede establecerse que los obispos
en Efeso (431) ciertamente no estaban pensando en condenar o culpar
aquellas de Constantinopla. Pero, dado el hecho que la expresión
disputada fué autorizada por el Concilio de Chalcedon en el
año 451, concluímos que la prohibición del Concilio
de Efeso nunca fué comprendida y no debe entenderse en un sentido
absoluto. Podría ser considerada ya sea como doctrinal, o como
un mero pronunciamiento disciplinario. En el primer caso, podría
excluír cualquier agregado o modificación opuesta, o
discrepante con el depósito de la Revelación; y tal
parece ser su importancia histórica porque fué propuesta
y aceptada por los Padres en oposición a la formula manchada
con Nestorianismo. Considerado el segundo caso como una medida disciplinaria,
pudo vincular solo a aquellos que no eran depositarios del poder supremo
en la Iglesia. Los últimos, en tanto es su deber enseñar
la verdad revelada y preservarla del error, poseen autoridad Divina,
el poder y el derecho de extender y proponer
a la fe tales confesiones de fe como las circunstancias puedan demandar.
Este derecho es ilimitable como asimismo inalinable.
VI. DONES DEL ESPIRITU SANTO
Este título y la teoría conectada
a el, así como la teoría de los frutos del Espíritu
Santo y aquella de los pecados contra el Espíritu Santo, implican
lo que los teólogos llaman apropiación. Se entiende
por este término lo que es atribuído especialmente a las
perfecciones de una Persona Divina y las obras exteriores que nos parecen
más claramente e inmediatamente conectadas a El, cuando consideramos
Sus características personales pero que en realidad son comunes
a las Tres Personas. Es en este sentido que atribuimos al Padre, la
perfección de onmipotencia con sus más impactantes manifestaciones,
por ejemplo, la
Creación, porque El es el principio
de las otras dos Personas; Al Hijo atribuimos la sabiduría y
las obras de sabiduría, porque El procede del Padre por el Intelecto;
al Espíritu Santo atribuimos las operaciones de gracia y santificación
de las almas y en particular, dones y frutos, porque El
procede del Padre y del Hijo como Su amor mutuo y es llamado en las
Sagradas Escrituras, la bondad y caridad de Dios.
Los dones del Espíritu Santo son de
dos tipos: los primeros son especialmente encaminados a la santificación
de la persona que los recibe; los segundos, son llamados más
propiamente charismata, son favores extraordinarios otorgados
para ayudar a otros, favores también, los cuales no santifican
por sí mismos, e incluso pueden estar separados de la gracia
santificante. Aquellos del primer tipo son considerados 7 en número,
como los enumeraba Isaías (xi,2,3) donde el profeta los ve y
describe en el Mesías. Son los dones de sabiduría, entendimiento,
consejo, fortaleza, conocimiento y piedad (santidad) y temor del Señor.
El don de sabiduría, al despegarnos del mundo, nos hace apetecer
y amar solo las cosas del cielo. El don de entendimiento nos ayuda a
atrapar las verdades de la religión en tanto sea necesario. El
don de consejo salta desde la prudencia sobrenatural y nos permite ver
y escoger correctamente aquello que ayudará
más a la gloria de Dios y nuestra propia salvación. Por
don de fortaleza recibimos el coraje para sobrellevar los obstáculos
y dificultades que surgen en la prácticas de nuestros deberes
religiosos. El don de conocimiento nos muestra el camino a seguir y
los peligros a evitar para alcanzar el cielo. El don de piedad, al inspirarnos
con una tierna y filial confianza en Dios, nos hace abrazar con gozo
todo aquello que atañe a Su servicio. Finalmente, el don de temor
nos llena de respeto soberano por Dios, y nos hace temer ofenderlo.
En cuanto a la naturaleza interna de estos dones, los teólogos
los consideran sobrenaturales y cualidades permanentes, los cuales nos
hacen atentos a la voz de Dios, la cual
nos hace susceptibles a las obras de gracia actual, la cual nos hace
amar las cosas de Dios, y, consecuentemente, se traduce en más
obediencia y docilidad a las inspiraciones del Espíritu Santo.
¿Pero, cómo difieren de las virtudes?. Algunos escritores piensan
que realmente no se distinguen, que ellos son virtudes en tanto los
primeros son dones gratuitos de Dios y están esencialmente identificados
con la gracia, caridad y las virtudes. Esa opinión tiene el particular
mérito de evitar una multiplicación de entidades infusas
dentro del alma. Otros escritores ven los dones como perfecciones de
un orden superior al de las virtudes; las últimas, dicen, nos
disponen a seguir el impulso y guía de la razón; los primeros
están funcionalmente encaminados a volver la voluntad obediente
y dócil a las inspiraciones del Espíritu Santo. Para saber
más sobre la primera opinión, ver Bellevue, "L'uvre du
Saint-Esprit" (Paris, 1902), 99 sq.; y para la última, ver Sto.
Tomás, I-II, Q. lxviii, a. 1, y Froget, "De lhabitation du SaintEsprit
dans les âmes justes" (Paris, 1900), 378 sq.
Los dones del segundo tipo o carismata,
son conocidos por nosotros parcialmente por San Pablo y parcialmente
de la Historia de la Iglesia primitiva, en el seno de la cual Dios las
concedió plenamente. De estas "manifestaciones del Espíritu",
"todas estas cosas [que] uno y el mismo Espíritu obró,
separando a cada uno según su voluntad", los Apóstoles
nos hablan, particularmente en I. Cor., xii, 6-11; I Cor., xii, 28-31;
y Romanos xii, 6-8. En el primero de estos tres pasajes encontramos
9 carismatas mencionadas; el don de hablar con sabiduría, el
don de hablar con conocimiento, fe y gracia de sanar, el don de milagros,
el don de profecía, el don de discernir espíritus, el
don de lenguas. A esta lista, debemos agregar, por lo menos, como se
encuentra en los otros dos pasajes indicados, el don de gobierno, el
don de ayuda y tal vez lo que Pablo llama distributio y misericordia.
Sin embargo, no todos los exégetas
concuerdan en el número de carismatas, o la naturaleza de cada
una de ellas; tiempo atrás, San Crisóstomo y San Agustín
habían señalado la oscuridad del tema. Adhiriendo a la
visión mas probable sobre el tema, debemos inmediatamente clasificar
la carismata y explicar el significado de la mayoría de ellas
como sigue. Ellas forman cuatro grupos naturales:
- Dos carismatas, que dicen relación a la enseñanza
de las cosas Divinas: sermo sapientiae, sermo scientiae,
la primera relativa a la exposición de los misterios superiores,
la última al cuerpo de las verdades Cristianas.
- Tres carismatas que dicen, apoyan estas enseñanzas: fides,
gratia sanitatum, operatio virtutem. La fe de la que
aquí se habla es la fe en el sentido usado por Mateo xvii,
19: la que obra maravillas; así es, como era, una condición
y parte de los dos dones mencionados con ella.
- Cuatro carismatas que sirven para edificar, exhortar y fomentar
la fe y para desconcertar a los no creyentes: prophetia, discreto
spirituum, genera linguarum, interpretatio sermonum. Estas cuatro
al parecer, caen lógicamente dentro de dos grupos; de profecía,
la cual esencialmente es el pronunciamiento inspirado sobre distintos
temas religiosos, la declaración del futuro solo de importancia
secundaria, que encuentra su complemento y, como fuera, se verifica
en el don de espíritu de discernimiento; y que, como regla,
podría ser el uso de lossololia - el don de hablar
en lenguas - si el don de interpretarlas fuera querido?
- Finalmente la carismata restante parece tener por objeto la administración
de asuntos temporales, ánimo a obras de caridad: gubernationes,
opitulationes, distributiones. Juzgando por el contexto, estos
dones, aunque son conferidos y útiles en la dirección
y confort del prójimo, no neceariamente se encuentran en
todos los superiores eclesiásticos.
Siendo la carismata un favor extraordinario y no es requisito para
la santificacion del individuo, no fueron otorgados indiscriminadamente
sobre todos los Cristianos. Sin embargo, en la Era Apostólica,
eran comparativamente comunes, especialmente en las comunidades de
Jerusalem, Roma y Corintios. La razón de esto, es aparente:
durante la infancia de las Iglesias, las carismatas eran extremadamente
utiles e incluso moralmente necesarias para fortalecer la fe de los
creyentes, para confundir a los infieles, para hacerlos reflexionar
y contrarestar los falsos milagros con los cuales a veces prevalecían.
San Pablo eran cuidadoso (I Cor., xii,xiii,xiv) para restringir autoritariamente
el uso de estas carismatas dentro de los dones para los cuales fueron
entregadas, y por eso insistían en su subordinación
al poder de la jerarquía. Ct Batiffol, "LEglise naissante et
le catholicisme" (Paris, 1909), 36. (Ver
CARISMATA.)
VII. FRUTOS DEL ESPIRITU SANTO
Algunos escritores extienden este término a todas las virtudes
sobrenaturales, o también, a los actos de todas estas virtudes,
en tanto son resultados de la misteriosa obra del Espíritu
Santo en nuestras almas por medio de Su gracia. Pero, con Santo
Tomás, I-II, Q. 1xx,a.2, la palabra está ordinariamente
restringida a significar solo aquellas obras
sobrenaturales que son hechas con gozo y paz en el alma. Es,
en este sentido, que muchas autoridades aplican el término
a la lista mencionada por San Pablo (Gal., v, 22,23): " En cambio,
el fruto del Espíritu Santo es caridad, alegría, paz,
paciencia, benignidad comprensión de los demás, generosidad,
bondad, fidelidad, mansedumbre, continencia y castidad". Más
aún, no hay dudas que esta lista de doce - tres de las doce
son omitidas en varios manuscritos Griegos y Latinos - no son para
tomarse en un sentido estrictamente limitado, sino, de acuerdo a las
reglas del lenguaje Escritural, como capaces de ser extendidos para
incluir todos los actos de carácter similar. Es por eso que
el Doctor Angélico dice: "Todo acto virtuoso que el hombre
realiza con placer es un fruto". Los frutos del Espíritu
Santo no son hábitos, cualidades permanentes, sino actos. Por
lo tanto, no pueden ser confundidos las virtudes y los dones, de los
cuales se distinguen como el efecto es a su causa, o del arroyo con
su fuente. La caridad, paciencia, mansedumbre, etc., de las cuales
hablan los Apóstoles en este pasaje, no son las virtudes mismas,
si no sus actos u operaciones; porque, no obstante lo perfecta que
las virtudes sean, no pueden ser consideradas como los mas importantes
efectos de la gracia, siendo en sí mismas destinadas, en tanto
ellas son principios activos, para producir otra cosa distinta. Ej.
Sus actos. Aún más, para que el nombre metafórico
de frutos de estos actos se justifique totalmente, deben pertenecer
a aquella clase ( de actos) que son desempeñados con facilidad
y placer; en otras palabras, la dificultad involucrada en desempeñarlos
debe desaparecer en presencia del deleite y satisfacción que
resulta del bien logrado.
VIII. PECADOS CONTRA EL ESPÍRITU
SANTO
El pecado de blasfemia contra el Espíritu
Santo es mencionado en Mateo 12: 22-32; Marcos 3:22-30; Lucas
12: 10 (ct. 11:14-23); y en todas partes Cristo declara que no serán
perdonados.¿En qué consisten?. Si examinamos todos los pasajes
aludidos, no hay muchas dudas. Por ejemplo, tomemos en cuenta lo dado
por San Mateo el cual es mas completo que aquellos de otros Sinópticos.
Fué traído a Cristo "a uno poseído por el
demonio, ciego y mudo: y el lo sanó, para dar testimonio".
Mientras, la muchedumbre admirada se preguntaba "¿No es éste
el Hijo de David?" los Fariseos, dando paso a su habitual celo
y cerrando sus ojos a la luz de la evidencia, dijeron: "Este hombre
expulsa a los demonios por obra de Beelzebub, príncipe de los
demonios". Luego Jesús les prueba este absurdo y, consecuentemente,
la malicia de su explicación; El les muestra que es por "el
Espíritu de Dios" que El expulsa los demonios, y luego El
concluye: "Por eso yo les digo: se
perdonará a los hombres cualquier pecado y cualquier insulto
contra Dios. Pero calumniar al Espíritu Santo es cosa que no
tendrá perdón. Al que calumnie al Hijo del Hombre se le
perdonará; pero al que calumnie al Espíritu Santo no se
le perdonará ni en este mundo ni en el otro". Por lo tanto,
pecar contra el Espíritu Santo es confundirlo con el espíritu
demoníaco, es negarle, por pura malicia, el carácter Divino
a obras manifiestamente Divinas. Es este el sentido por el cual San
Marcos también define el tema del pecado; por ello, luego de
repetir las palabras del Maestro: "Pero el que blasfeme al Espíritu
Santo, no tendrá jamás perdón" inmediatamente
después agrega: "Y justamente ese era su pecado cuando decían:
está poseído por un espíritu malo". Jesús
contrasta con este pecado de pura y categórica malicia,
el pecado "contra el Hijo del hombre"
cual es el pecado cometido contra El mismo como hombre, el mal hecho
a Su humanidad al juzgarlo por Su humilde y pobre apariencia. Esta falta,
distinta a la primera, puede ser excusada como resultado de la ignorancia
y malinterpretación.
Pero los Padres de la Iglesia, comentando
los textos del Evangelio que hemos tratado, no se quedaron solo con
los significados dados más arriba. Ya sea que desearan agrupar
todos los casos objetivamente análogos, o ya sea que vacilaban
y titubeaban al confrontados con este punto de la doctrina, que San
Agustín declara (Serm. Ii de verbis Domini, c.v) una de las mas
difíciles en las Escrituras, propusieron diferentes interpretaciones
o explicaciones.
Santo Tomás, a quien podemos seguir confiados, entrega un
buen resumen de opiniones en II-II, Q xiv. El plantea que la blasfemia
contra el Espíritu Santo fué y puede ser explicado en
tres formas.
- A veces, y en su significado mas literal, ha sido tomado como significando
el pronunciar un insulto contra el Espíritu Divino, aplicando
la apelación ya sea al Espíritu Santo o a todas las
Tres Personas Divinas. Este era el pecado de los Fariseos, quienes
hablaron al principio contra "el Hijo del hombre" criticando
las obras y formas humanas de Jesús, acusándolo de amar
el regocijo y el vino, de asociarse con los publicanos y quienes,
después, con indudable mala fe, calumniaron Su Divinas obras,
los milagros que El realizó en virtud de Su propia Divinidad.
- Por otro lado, San Agustín, frecuentemente explica la blasfemia
contra el Espíritu Santo como impenitencia final, la perseverancia
hasta la muerte en pecado mortal. Esta impenitencia es contra el Espíritu
Santo en el sentido que frustra y es absolutamente opuesta al perdón
de los pecados, y este perdón de apropiada al Espíritu
Santo, el mutuo amor del Padre y el Hijo. En esta perspectiva, Jesús,
en Mateo 12 y Marcos 3 realmente no acusan a los Fariseos de blasfemia
contra el Espíritu Santo, El solo los advierte contra el peligro
en que se encontraban al hacerlo.
- Finalmente, varios Padres, y luego de ellos muchos teólogos
escolásticos, aplican la expresión a todos los pecados
que directamente se oponen a aquella cualidad que es, por apropiación,
la cualidad característica de la Tercera Persona Divina. Caridad
y bondad son especialmente atribuidas al Espíritu Santo, como
el poder es al Padre y la sabiduría al Hijo. Solo entonces,
así como llamaron pecados contra el Padre aquellos que resultan
de la fragilidad, los pecados contra el Hijo aquellos que nacen de
la ignorancia, así los pecados contra el Espíritu Santo
son aquellos que son cometidos con absoluta malicia, ya sea por desprecio
o rechazo de las inspiraciones e impulsos los cuales habiendo sido
animados en el alma del hombre por el
Espíritu Santo, pudieran haberlo desviado o librado del mal.
Es fácil ver cómo esta amplia
explicación se ajusta a todas las circunstancias del caso donde
Cristo dirige sus palabras a los Fariseos. Estos pecados son considerados
comúnmente seis: desesperanza, presunción, impenitencia
o una fija determinación a no arrepentirse,
obtinación, resistencia a la verdad conocida y la envidia por
el bienestar espiritual de otro.
Se dice que los pecados contra el Espíritu
Santo son imperdonables, aunque el significado de esta afirmación
variará bastante de acuerdo a cual de las tres explicaciones
dadas mas arriba es aceptada.. En cuanto a la impenitencia final, esto
es absoluto; y esto es fácilmente entendido, porque incluso Dios
no puede perdonar donde no hay arrepentimiento y el momento de la muerte
es el instante fatal después del cual ningún pecado mortal
es perdonado. San Agustín, al considerar en las palabras de Cristo
la implicancia de absoluta inperdonabilidad, que sostuvo que el pecado
contra el Espíritu Santo es solamente
el de la impenitencia final. En las otras dos explicaciones, de acuerdo
a Santo Tomás, el pecado contra el Espíritu Santo es perdonable
- no absolutamente y siempre, que (considerado en sí mismo) no
sean extenuantes las demandas y las circunstancias, la inclinación
hacia el perdon, puede ser solicitado en el caso de pecados de debilidad
e ignorancia. Aquel que, por pura y deliberada malicia, rehusa reconocer
la obra manifiesta de Dios o rechaza los medios necesarios de salvación,
actúa exactamente igual al hombre enfermo que no solo rehusa
toda medicina y alimento, sino que hacer todo lo que está en
su poder para aumentar su enfermedad, y cuyo mal se torna incurable
debido a su propia acción. Es verdad que, en cualquier caso,
Dios podría, por un milagro, vencer el mal; El podría,
por Su propia onmipotente intervención, ya sea anular las causas
naturales de la muerte corporal, o radicalmente cambiar la voluntad
del pecador porfiado, pero tal intervención
no estaría de acuerdo con Su providencia ordinaria; y si el permite
las causas secundarias para actuar, si El ofrece al hombre libre voluntad
de gracia ordinaria pero suficiente ¿ quién podría tener
motivo de queja?. En una palabra, la imperdonabilidad de los pecados
contra el Espíritu Santo es exclusivamente por el lado del pecador
tomando en cuenta los actos del pecador.
Sobre el dogma ver:: STO. TOMAS, Summa Theol.,
I, Q. xxxvi-xliii; FRANZELIN, De Deo Trino (Rome, 1881); C. PESCH,
Pælectiones dogmaticæ, II (Freiburg im Br., 1895) POHLE,
Lehrbuch der Dogmatik, I (Paderborn, 1902); TANQUEREY, Synop. Theol.
dogm. spec., I, II (Rome, 1907-8). Consideración de los argumentos
del dogma en las Escrituras: WINSTANLEY, Spirit in the New Testament
(Cambridge, 1908); LEMONNYER, Epîtres de S. Paul, I (Paris,
1905). Consideraciones de la tradición : PETAVIUS, De Deo
Trino in his Dogmata theologica; SCHWANE, Dogmengeschichte,
I (Freiburg im Br., 1892); DE REGNON, Etudes théologiques sur
la Sainte Trinité (Paris, 1892); TIXERONT, Hist. Des dogmes,
I (Paris, 1905); TURMEL, Hist. de la théol. positive (Paris,
1904).
J. FORGET
Transcrito por W.S. French, Jr.
Traducido por Carolina Eyzaguirre A.
The
Catholic Encyclopedia, Volume I
Copyright © 1907 by Robert Appleton Company
Online Edition Copyright © 1999 by Kevin Knight
Enciclopedia Católica Copyright © ACI-PRENSA
Nihil Obstat, March 1, 1907. Remy Lafort, S.T.D., Censor Imprimatur
+John Cardinal Farley, Archbishop of New York
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