I.
En General
En
su sentido más amplio, la educación incluye todas aquellas experiencias
por las cuales se desarrolla la inteligencia, se adquiere el conocimiento y se forma el carácter. En un sentido más fino,
es el trabajo hecho por ciertas agencias e instituciones, el hogar
y la escuela, con el expreso propósito
de entrenar mentes inmaduras. El niño nace con capacidades
latentes las cuales deben ser desarrolladas de manera de prepararlo
para las actividades y responsabilidades de la vida. Por lo tanto,
cómo el educador entiende el significado de la vida,
sus propósitos y valores, determinan primeramente la naturaleza
de su trabajo. La Educación busca lograr un ideal
y éste, a su vez, depende de la visión que se tenga del hombre y su
destino, de sus relaciones con Dios, con sus congéneres y con el mundo
físico. El contenido de la educación es suministrado
por las adquisiciones previas de la humanidad en literatura, artes
y ciencias, principios morales, sociales y religiosos. La herencia,
sin embargo, contiene elementos que tienen grandes diferencias en
valor, ambos como posesiones mentales y como medios de cultura; por
lo tanto, es necesaria una selección y ésta debe estar mayormente
por el ideal educacional. Será también influenciado por la consideración
del proceso educativo. La enseñanza debe adaptarse a las necesidades
de una mente en desarrollo, y el esfuerzo para lograr la adaptación,
realizado más a través de resultados en teorías y métodos que están,
o deberían estar basados en los hallazgos en biología, fisiología
y psicología. El trabajo educativo normalmente comienza en el hogar;
pero, por razones obvias, es continuado en instituciones donde los
profesores reemplazan a los padres. Para asegurar la eficiencia, es
necesario que cada escuela esté apropiadamente organizada, que los
profesores estén debidamente calificados y que los temas de instrucción
sean sabiamente escogidos. Más aún, siendo la escuela
mayormente la responsable por la formación intelectual y moral
de aquellos que luego serán miembros de la sociedad, útiles o nocivos,
evidentemente es necesaria alguna dirección superior además de que
aquella del profesor individual, de manera que el propósito de la
educación pueda ser logrado. Por lo tanto ambos, tanto la Iglesia
como el Estado tienen intereses por qué velar; la educación está para
esforzarse hacia el ideal verdadero a través de lo obvio de que la
educación en cualquier momento exprese, mientras esté en su control
práctico, las relaciones existentes entre el poder temporal y el espiritual,
asumiendo una forma concreta. Más aún, como éstas ideas y relaciones
han variado considerablemente en el curso del tiempo, es bastante
inteligible que una solución a los problemas centrales de la educación,
deben ser vistos en su perspectiva histórica; y es incuestionable
que el estudio histórico, tanto en éste como en otras áreas, tiene
una utilidad múltiple. Sin embargo, una mera cita de hechos es de
poco provecho a no ser que se le dé su debida importancia a ciertos
hechos de la revelación Cristiana. Es necesario, entonces, distinguir
los elementos constantes en educación de aquellos que son variables;
los primeros incluyendo la naturaleza humana, su destino, sus relaciones
con Dios y los últimos, todos aquellos cambios en la teoría y la conducción
del trabajo educativo. El presente artículo está principalmente preocupado
del primer aspecto del tema; y, desde éste punto de vista la educación
puede definirse como aquella forma de la actividad social a través
de la cuál y, bajo la dirección de mentes maduras y por el uso de
medios adecuados, los poderes físicos, intelectuales y morales de
los seres humanos inmaduros se desarrollan para prepararlos al cumplimiento
de su trabajo aquí en la vida y para asistencia de su destino eterno. Ni
ésta ni ninguna otra definición ha sido formulada desde los comienzos.
En tiempos primitivos, el desamparo y las necesidades del niño, eran
tan obvias que sus mayores, por impulso natural les dieron un entrenamiento
en las rudas artes que les permitiesen dotarse de las cosas necesarias
para la vida, al tiempo que les enseñaron
a aprovechar los
poderes escondidos en cada objeto de la naturaleza, y a asumir las
costumbres y tradiciones tribales. Pero, de educación propiamente
hablando, los salvajes no sabían nada y mucho menos se ocupaban de
la teoría o la planificación. Incluso personas civilizadas llevan
a cabo el trabajo educativo por largo tiempo antes que comiencen una
reflexión sobre su significado, y tal reflexión es guiada por la especulación
filosófica y por instituciones establecidas sociales, religiosas y
políticas. También, a menudo, su teorización es trabajo de mentes
excepcionales, y presentan un ideal superior que puede ser inferido
de su práctica educacional. Sin embargo, una contabilidad de lo que
ha sido hecho por las principales personas de la antigüedad, probará
su inutilidad al aparecer la profunda modificación que labró la Cristiandad.
II.
La Educación Oriental
La
invención de la escritura fue de gran importancia para el desarrollo
del lenguaje y el mantenimiento de registros. Los textos más primitivos,
principalmente de naturaleza religiosa, se transformaron en la fuente
del conocimiento y los medios para la educación. Tales eran en China
los escritos de Confucio, los
de Vedas, en Egipto, el libro de la Muerte, en Persia el Avesta. El
principal propósito del estudio de estos textos por la juventud era
asegurar la uniformidad del pensamiento y las costumbres y una invariable
conformidad con el pasado. En este sentido, la educación china es
típica. Los escritos sagrados contenían recetas al minuto para la
conducción en cada circunstancia y estación de vida. El alumno estaba
obligado a aprendérselo de memoria de una forma puramente mecánica;
si él entendía o no, las palabras mientras las repetía, era indiferente.
Simplemente guardaba en su memoria múltiples formas establecidas y
frases las cuales consecuentemente, empleaba en la preparación de
ensayos y para aprobar exámenes gubernamentales. El que pudiera pensar
por sí mismo, era por su puesto, un tema fuera de toda consideración.
Con tal forma de entrenamiento, era imposible el desarrollo de la
personalidad libre. En China, la familia con sus tradiciones sagradas
y el trabajo de sus ancestros, era controlado por el Estado; en Egipto
por el clero; en la India, por las diferentes castas. Sin dudas, en
la mentalidad oriental, había una conciencia de la personalidad; pero
no se hizo ningún esfuerzo por fortalecerla o para darle valor. Por
el contrario, la filosofía Hindú, que veía el conocimiento como el
medio de redención de las miserias de la vida, ubicó tal redención
en sí misma en el nirvana, la extinción del individuo a través de
su absorción al ser del mundo. La posición de la mujer fue, en general,
degradante. Aunque la formación temprana del niño descansaba en su
madre, su responsabilidad era llevada a cabo sin dignidad. Muy pocas
provisiones fueron hechas para la educación de las niñas; su única
vocación era el matrimonio, cuidar niños y rendir servicios al jefe
de familia.
Viendo
estos factores, no se puede decir que la educación tal como el mundo
occidental la concibe, no le debe nada al Este. Es cierto que algunas
ciencias, matemáticas, astronomía y cronología y algunas artes tales
como la escultura y la arquitectura, fueron llevadas a cabo con cierto
grado de perfección; pero el verdadero éxito de la habilidad y capacidad
oriental en estas líneas sólo enfatiza por contraste, las deficiencias
de la educación oriental. Incluso en la esfera de la moralidad el
mismo antagonismo aparece entre el precepto y la práctica. No se puede
y no es necesario negar que muchos de los dichos, como los de Confucio,
revelan un alto ideal de la virtud, mientras que algunos de los proverbios
hindúes, tales como los de Pantscha-tantra están llenos
de sabiduría práctica. Sin embargo, estos factores solo hacen más
difícil responder a la pregunta: ¿Porqué la
vida efectiva de estas personas fue tan apartada de los estándares
formalmente aceptados de virtud?. Sin embargo, la educación oriental
tiene una significancia peculiar; muestra bastante simplemente, las
consecuencias del sacrificio del individuo por los intereses de las
instituciones humanas y el reducir la educación a un proceso al estilo
de máquinas, el ánimo por el cual se moldean las mentes sobre un patrón
invariable; y más aún, muestra cuan poco puede cumplirse para la real
educación, por una autoridad despótica la cual demanda y se satisface
con una observancia externa de las costumbres y leyes (Ver Davidson.
Una Historia de la Educación, New York, 1901)
III.
Los Griegos
Si
la educación de los orientales fue
fija, la griega muestra un progresivo desarrollo que va de
un extremo al otro a través de una variedad de movimientos y reacciones,
de ideales y prácticas. Lo que se mantiene constante es la idea que
el propósito de la educación es entrenar a la juventud para que sean
ciudadanos. Esta idea, sin embargo, fue concebida e intentada su realización
de diferentes formas por varias Ciudades-estado. En Esparta, el niño,
de acuerdo al Código de Lycurgio, era propiedad del Estado. Desde
su séptimo año hacia adelante recibió formación pública cuyo único
objetivo era hacerlo un soldado, desarrollando fortaleza física, coraje,
auto control y obediencia a la ley. Era un entrenamiento duro en ejercicios
gimnásticos con poca atención al aspecto intelectual y menos al estético;
incluso la música y la danza tomaron caracteres militares. Las niñas
eran también sujetas a la misma disciplina severa, no al punto de
enfatizar igualdad de sexos sino para hacer fuertes madres de una
raza guerrera.
El
ideal de la educación ateniense era el hombre completamente desarrollado.
Belleza de mente y cuerpo, el cultivo de facultades y energías innatas,
armonía entre el pensamiento y la vida, el decoro, la temperancia y
la regularidad tales eran los ánimos en el hogar y en la escuela,
en los intercambios sociales y en las relaciones cívicas. Somos
amantes de lo bello, decía Pericles, aunque simples en nuestros
gustos, cultivamos la mente sin perder nuestra virilidad (Thucydides,
II, 40). Los medios de la cultura eran la música y las gimnasias, la
primera incluía historia, poesía, drama, oratoria y ciencia, junto con
la música en un sentido más fino; mientras que las últimas comprendían
juegos, ejercicios atléticos y el entrenamiento para los deberes militares.
Que la música no era un mero logro y que las gimnasias tenían
un objetivo superior a la fortaleza del cuerpo o su habilidad, era evidente
a partir de lo que nos relata Platón en su obra Protágoras. Los griegos, sin duda restaron fuerza al coraje, la temperancia
y la obediencia a la ley; y si sus disertaciones teóricas podían darse
como justas cuentas de sus efectivas prácticas, podría ser difícil encontrar,
entre los productos del pensamiento humano, un ideal más exaltado. La
debilidad esencial de su educación moral fue el fracaso en dar una sanción
adecuada a los principios formulados por ellos y por los consejos dados
a sus jóvenes. La práctica religiosa, ya sea a través de servicios públicos
o en adoraciones en sus hogares ejercieron
poca influencia en la formación del carácter. Las deidades griegas,
después de todo, no eran modelos a imitar; algunos de ellos apenas habían
sido objetos de reverencia, dado que estaban investidos con las debilidades
y pasiones de los hombres. La Religión en sí misma era mecánica y externa;
no tocaba la conciencia ni despertaba el sentido del pecado. En cuanto
a la vida futura, los Griegos creyeron en la inmortalidad del alma;
pero esta creencia tenía poca o ninguna significación práctica. Sin
embargo, encontraron el motivo para la acción virtuosa, no en relación
con una ley divina ni como esperanza de premio eterno, sino simplemente
por el deseo de mezclar en la debida proporción, los elementos de la
naturaleza humana. La Virtud no es auto-represión en pro del deber,
sino, como dice Platón, una especie de salud, una belleza y un
buen hábito del alma; mientras que el vicio es una dolencia
y deformidad y enfermedad de ella. El hombre justo regulará
de tal modo su carácter como para estar en buenos términos consigo mismo
y para establecer aquellos tres principios (razones, pasiones y deseo)
en armonía, como si fueran verdaderamente tres cuerdas de una armonía, una alta, una baja y una mediana y lo que sea que exista
entre estas; y una vez que él ha limitado todas estas juntas y reducido los
muchos elementos de su naturaleza a una unidad real como un hombre temperado
y adecuadamente armonizado, entonces él procederá a hacer lo que sea
que el deba hacer. (República IV, 443)
Esta
concepción de la virtud como auto-equilibrio fue atada muy de cerca
con la idea del valor personal el cual ya ha sido mencionado como
el elemento central en la vida y educación griegas. Pero la personalidad
en referencia no fue aquella del hombre por el bien de su humanidad,
ni siquiera aquella de los griegos por el bien de su nacionalidad;
era la personalidad de un ciudadano libre, y una ciudadanía donde
los artesanos y esclavos estaban excluidos. Las artes mecánicas tenían
mala reputación; y Aristóteles declara que ellas no se ajustan
al cuerpo y alma o el intelecto de personas libres para el ejercicio y practica de la virtud (Política, V, 1337)
Una limitación aun más seria que afecta no sólo su concepto de la
dignidad humana, sino también su consideración de la vida humana,
consistió en la exposición de los niños. Esto era practicado en Esparta
por la autoridad pública que destruía al niño que no era apto para
el servicio al Estado; mientras en Atenas, el destino de estos críos
era encargado a su padre quien podía decidir de acuerdo solamente
a sus intereses. La posición de la madre no era mucho mejor de que
ha sido en el Oriente. Las mujeres eran generalmente vistas como seres
inferiores impotentes para el bien pero astutas urdidoras de
todo mal (Eurípides, Medea, 406). En el mejor de los casos,
era medio para un fin, el cuidado de los niños y del hogar; consecuentemente,
su educación era de escaso
tipo. Las únicas excepciones eran las hetaerae,
es decir, la mujer que estaba fuera del círculo del hogar y quien
tenía mayor libertad de vida combinada con una mayor cultura de lo
que la mujer legítima podía esperar. Bajo tales circunstancias, el
matrimonio implicaba para la mujer una disminución en su valía personal
que estaba en marcado contraste con los ideales establecidos para
la educación de los hombres.
Nuevamente,
estos ideales sufrieron un decidido cambio durante el siglo quinto
A.C. En cierto sentido, fue un cambio para mejor, extendiendo los
derechos de ciudadanía. La constitución de Solón fue dejada de lado
y se adoptó la de Clístenes (509 A.C.) El carácter democrático de
la última con un aumento en la prosperidad en el hogar y la amplitud
de las relaciones extranjeras, dieron paso a nuevas oportunidades
a la habilidad individual y el esfuerzo. Esta realzada actividad,
sin embargo, no fue establecida en beneficio del bien común, sino
para el avance de los intereses personales. Al mismo tiempo, la moralidad
fue excluida de incluso el
apoyo externo que tenía anteriormente salida de la religión; la filosofía
dio lugar al escepticismo; y la educación, mientras de tornaba cada
vez más intelectual, puso énfasis en la forma por sobre el contenido.
Los profesores más influyentes eran los Sofistas, quienes suplían
la demanda creciente de instrucción en el arte de la discusión pública
y ofrecían información sobre todo tipo de materias. Desarrollándose
en direcciones prácticas, el principio que el hombre es la medida
de todas las cosas trajo individualismo al extremo del subjetivismo
semejante en la esfera del pensamiento especulativo y aquel de la
conducta moral. Los propósitos de la educación fueron correspondientemente
modificados y aparecieron nuevos problemas. Ahora que los viejos estándares
y la base de la moralidad habían sido rechazados, la cuestión principal
era su reemplazo por otros en los cuales se le
diera lugar por un lado a la individualidad y por otro a las necesidades
sociales. La respuesta de Sócrates fue Conócete a tí mismo
y El conocimiento es virtud, es decir, el conocimiento
que sale de la experiencia personal, aunque posee validez universal;
y los medios dictados por
él para la obtención de tal conocimiento era su malléutica, es decir, el arte de parir
ideas a través del método de preguntas y respuestas a través del cuál,
él desarrolló el poder del pensamiento. Como disciplina intelectual,
este esquema tenía un valor indudable; pero dejaba sin resolver el
problema principal; ¿cómo el
conocimiento, incluso el más elevado, puede ser llevado a acción?
Platón ofreció una solución dual. En la República, establecida a partir
de su teoría general que la idea sola es real y que lo bueno de cada
cosa consiste en su armonía con la idea original, él llega a la conclusión
que el conocimiento consiste en la percepción de ésta armonía. Por
lo tanto, el ánimo de la educación es desarrollar el conocimiento
de lo bueno. Al parecer, este esquema promete un poco más de resultados
prácticos que aquella de Sócrates. Pero Platón agrega que la sociedad
debe ser gobernada por aquellos que poseen
este conocimiento, es decir, por los filósofos.; las otras
dos clases, los soldados y artesanos, son subordinados, aunque cada
ser individual es asignado a la clase para la cual sus habilidades
se ajustan alcanzando el auto desarrollo más elevado y contribuyendo
así al bienestar social. En las Leyes, Platón intenta revisar y combinar ciertos elementos del sistema
Espartano y Ateniense pero este esquema reaccionario no logra éxito.
Finalmente,
este problema fue asumido por Aristóteles en la Etica y la Política. Tanto
en su filosofía como en su teoría de la educación, comienza con las
enseñanzas de Platón. El objetivo del individuo como para la sociedad
es la felicidad: Aquello que nos anima es la felicidad de cada
ciudadano, y la felicidad consiste en una actividad completa y práctica
de la virtud (Política, IV). Más precisamente, la felicidad
es la actividad conciente de la parte mas elevada del hombre
de acuerdo a la ley de su propia excelencia, no sin compañía de condiciones
adecuadas y externas. El mero conocimiento del bien no constituye
virtud; este conocimiento debe ser materia en la práctica del bien
del intelecto (conocimiento de la verdad universal) que debe ser combinado
con el bien de la acción. Las tres cosas que hacen a los hombres buenos
y virtuosos son naturaleza, hábito y razón.-
Debe
estar en armonía con otros (porque no siempre están de acuerdo); los
hombres hacen muchas cosas en contra del hábito y la naturaleza, si
la razón los persuade que deben. Ya hemos determinado que la naturaleza
es más fácilmente moldeable por las manos del legislador. Todo lo
demás, es trabajo para la educación; aprendemos algunas cosas por
hábito y otras por instrucción. (Política, Libro VII).
Sin
embargo, la educación siempre debe adaptarse al carácter particular
del Estado. El ciudadano debe ser formado para ajustarse a la
forma de gobierno bajo la cual vive (ibid, VIII). Y nuevamente,
Es correcto que los ciudadanos deben poseer una capacidad para
los negocios y para la guerra, pero aún más para el gozo de la paz
o el placer; derecho que deben ser capaces de tales acciones en tanto
son indispensables y saludables, pero aún más que tales son la moral
per se. Es en relación a la visión de estos
objetos, entonces, que deben ser educados mientras aún son niños y
en todas las otras edades, hasta que vayan más allá de necesitar educación
(ibid, IV). Tampoco debemos suponer que ningún ciudadano se
pertenece a sí mismo, puesto que todo ellos pertenecen al Estado y
cada uno de ellos son parte del Estado, y el cuidado de cada parte
es inseparable del cuidado del todo (Ibid, VII).
En
las teorías de Platón y Aristóteles se encuentran los mayores logros
del pensamiento helénico con relación al propósito y naturaleza de
la educación. Cada uno de estos grandes pensadores estableció escuelas
de filosofía y cada uno afectó profundamente el pensamiento de todo
el tiempo que les siguió, aunque ninguno tuvo éxito en entregar una
educación lo suficientemente sólida y permanente para impedir la caída
moral y política de la nación. La difusión del pensamiento y la cultura
griega en todo el mundo por conquista y colonización no fue remedio
para los males que se desprenden de un individualismo exagerado. Una
vez que la idea fue aceptada que cada hombre es el estándar de su
propia conducta, ni lo brillante de la producción literaria, tampoco
la fineza de la especulación filosófica los previno del decaimiento
del patriotismo, y una virtud que nunca fue vista más superior que
el Estado. El mismo Aristóteles, en la conclusión de su Etica, apunta hacia esta dificultad radical:
Ahora
bien, si los argumentos y teorías son capaces por sí mismas de hacer
a las personas buenas, podrían, en palabras de Theognis, tener derecho
a recibir altos y grandes premios y es de teorías que nosotros debemos
proveernos. Pero la verdad aparentemente es que, aunque son lo suficientemente
fuertes como para motivar y estimular a los jóvenes hombres de mentes
liberales, aunque son capaces de inspirar con bondad un carácter que
es naturalmente noble y que sinceramente ama la belleza, son incapaces
de convertir a la masa humana en bondad y belleza de carácter.
Tal
conversión fue animada por los Sofistas. Apelando a las
tendencias naturales del individuo, desarrollaron un espíritu de egoísmo
que, de paso terminó en discordia, y así abrieron el camino de la
conquista de Grecia por las armas romanas.
IV. Los Romanos
En notable
contraste con el carácter griego, el de los romanos era práctico,
utilitarista, grave y austero. Su religión era augusta, permeaba toda
sus vidas, y santificada todas sus relaciones. Especialmente, la familia
era mucho más sagrada que en Esparta o en Atenas y la posición de
la mujer como esposa y madre era más exaltada e influyente. Aún así,
tal como con los griegos, el poder del padre sobre la vida de su hijo
patria potestad
era absoluto y, al menos en el primer período, la exposición de los
niños era una práctica común. De hecho, las leyes de las Doce Tablas
consideraba la destrucción inmediata de críos deformes y daba al padre,
durante toda la vida de sus niños, el derecho a ponerlos en prisión,
a venderlos o esclavizarlos. Consecuentemente, sin embargo, se puso
coto a tales prácticas. El
ideal al cual tendían los Romanos no era la armonía ni la felicidad
sino el rendimiento en el cumplimiento del deber y el mantenimiento
de sus derechos. Sin embargo, este ideal debía realizarse a través
del servicio al Estado. Con lo profundos que eran los sentimientos
familiares, éstos siempre estaban subordinados a la devoción por el
bienestar público. "Los padres son queridos" decía Cicerón y los niños y consanguíneos, pero todos
estos amores son inseparables en el amor por nuestro país común
(De Oficiis, I, 17)
La
educación, por lo tanto era esencialmente una preparación al deber
cívico. Los niños de los Romanos entienden que algún día podrían
estar capacitados para estar al servicio de su patria natal, y se
los debe instruir correspondientemente en los asuntos del Estado y
en las instituciones de sus ancestros. La tierra natal ha producido
y nos ha inculcado que debemos ser devotos y usar nuestras más finas
capacidades mentales, talento y comprensión. Por lo tanto, debemos
aprender aquellas artes a través de las cuales podremos ser de gran
servicio al Estado; por ello, poseo sabiduría superior y virtud.
Estas palabras expresan, como ninguna otra, el espíritu de los primeros
tiempos de la Educación Romana. El hogar era la primera escuela y
los padres, los únicos profesores. Había muy poca o ninguna instrucción
científica o estética. El esfuerzo máximo de los jóvenes y niños era
aprender las leyes de las Doce Tablas, familiarizarse con las vidas
de los hombres que hicieron a Roma grande e imitar las virtudes que
habían visto en su padre. De este modo, los elementos morales predominaron,
y fueron inculcadas las virtudes tipo prácticas: la primera de ellas,
pietas, obediencia a los
padres y a los dioses: luego prudencia, manejo justo, coraje, reverencia,
firmeza y formalidad o razonamiento filosófico, pero a través de la
imitación de los modelos que valían la pena y, en la medida de lo
posible, de ejemplos reales y concretos. Vitae
discimus, aprendemos para siempre dice Séneca; y esta
frase resume todo el propósito de la educación Romana. Con el transcurso
del tiempo, se abrieron las escuelas elementales (ludi)
conducidas por maestros privados y eran un suplemento a la instrucción
en el hogar. Alrededor de la mitad de la tercera centuria A.C. se
comenzaron a sentir las influencias extranjeras. Los trabajos de los
griegos fueron traducidos al latín, los profesores griegos fueron
introducidos en las escuelas establecidas donde reaparecieron las
características educacionales de los griegos. Bajo la dirección de
la literatus y grammaticus, la educación tomó un carácter
literario, mientras en la escuela del rethor se cultivó cuidadosamente el arte de la oratoria. La importancia
que los romanos se dieron a la elocuencia está claramente señalada
por Cicerón en su De Oratore y por Quintilo en sus Institutos;
la producción del orador eventualmente se transformó en el objetivo
final de la educación. Más aún, el trabajo de Quintilo es la principal
contribución a la teoría educacional producida en Roma. El proceso
helenizador fue gradual. El vigoroso carácter romano
lentamente fue dando paso al intelectualismo griego, y cuando
los últimos, finalmente triunfaron,
difíciles cambios llegaron al gobierno y la vida de la sociedad
romana. Cualquiera fueran las causas de la declinación política,
económica o moral no pudieron mantenerse firmes ante el importado
refinamiento del pensamiento y prácticas griegas. Sin embargo, la
educación pagana como un todo, con sus ideales, éxitos y fracasos
tuvo un profundo significado. Era lo práctico que el mundo había conocido.
Buscaron en cambio, los ideales que
despertaban mas intensamente a la
mente humana. Comprometían el pensamiento de los mas grandes
filósofos y las acciones de los legisladores más sabios. El arte,
la ciencia y la literatura fueron puestos a su servicio y la poderosa
influencia del Estado fué ejercida en su beneficio. En sí misma por lo tanto, y en sus resultados,
muestra cómo y cuan poco el razonamiento humano puede lograr cuando
su búsqueda no tiene más guía que sí misma y se esfuerza sin más propósitos
que aquellos que encuentra o puede encontrar para
su realización en la presente fase de la existencia.
V. Los Judíos
Entre
la población pre-cristiana, los judíos ocuparon una posición única.
Como recipientes y custodios de la revelación Divina, su concepto
de la vida y la moralidad iban más allá de aquel de los gentiles.
Dios se había manifestado a Sí Mismo a ellos directamente como Persona,
un Espíritu y un Ser Ético que los guiaba por Su providencia, dándoles
a conocer Su Voluntad y prescribiéndoles los más mínimos detalles
de la vida y la práctica religiosa. A través del Antiguo Testamento,
Dios aparece como un maestro de Su pueblo elegido. El estableció ante
ellos los estándares de lo correcto que no eran otros que El mismo:
Tu serás sagrado, porque Yo soy sagrado (Levíticos, XI,
46). A través de Moisés y los Profetas El les entregó Sus Mandamientos
y las promesas de un Mesías por venir. Pero El también colocó sobre
ellos el deber de instruir a sus niños.
Escucha,
Oh Israel, el Señor nuestro Dios es el Señor. Amarás al Señor tu Dios
con todo su corazón, y con toda tu alma y con toda tu fuerza. Y éstas
palabras que yo te ordeno hoy en este día, deberán estar en tu corazón:
y tu las dirás a tu hijos y ellos meditarán sobre ellas sentados en
tu casa, y durante la jornada, al dormir y al levantarse. (Deut. VI,
4-7)
De
acuerdo a este mandamiento, la educación, al menos en los primeros
tiempos, fué dada principalmente en el hogar. La vida familiar judía,
sin duda, superaba por bastante aquella de los Gentiles
en la pureza de sus relaciones, en la posición que tenía la mujer,
y en el cuidado que se confería
a los niños quienes eran vistos como una bendición concedida por Dios
y destinados a Su servicio por fidelidad a la ley Divina. Una función
importante de la sinagoga era también la instrucción de los jóvenes,
la cual era encargada a los escribas y doctores. Las escuelas, como
tales, aparecieron sólo en el último período e incluso entonces la
enseñanza fué penetrada por la religión. Aunque el Antiguo Testamento
no contenía teoría educativa en el estricto sentido, abundaba en máximas
y principios los cuales eran todos más exigentes porque estaban inspirados
por la sabiduría Divina y porque tenían un sentido práctico de la
vida. El Mismo Dios mostró la dignidad del trabajo del profesor cuando
declaró: Aquellos que aprenden brillarán como lo mas brillante
del firmamento: y aquellos que instruyen muchos en lo justo, como
estrellas por toda la eternidad (Dan, XII, 3). Sin embargo,
bajo la luz de una revelación más perfecta queda claro que las relaciones de
Dios con Israel tenían un propósito ultimo el cual se cumpliría
en la plenitud del tiempo. No sólo por las expresiones de los
Profetas, sino por muchos eventos significativos en la historia de
los Judíos y muchas de sus rituales observancias, habían signos del
Mesías; como San Pablo dice Todas estas cosas ocurrieron a ellos
como ejemplo (I Cor., X, 11) y la ley fué nuestra pegagogía en Cristo
(Gal., iii,24). Como el Supremo Maestro de la humanidad, Dios, mientras
les revelaba la verdad que al presente necesitaban, también preparó
el camino para la mayor de la Verdades de la Biblia.
VI.
Educación Cristiana
Como
en muchos otros aspectos del trabajo de la educación, el advenimiento
del Cristianismo es el período mas importante en la historia de la
humanidad. No solo la concepción cristiana de la vida difiere radicalmente
del punto de vista pagano, no sólo la enseñanza cristiana imparte
un nuevo tipo de conocimiento y arroja un nuevo principio de acción,
sino que más aún, la Cristiandad otorga medios efectivos para hacer
sus ideales concretos y en poder llevar a cabo sus preceptos a la
práctica. A pesar de todas las vicisitudes de conflictos y ajustes,
de civilizaciones cambiantes y variadas opiniones, a pesar incluso
del descuido de sus propios adherentes, la Cristiandad ha mantenido constantemente en pie ante los hombres, la vida y las
lecciones de su Divino Fundador.
A. Jesucristo como
Maestro
Dios,
habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a
los padres por los profetas en estos prostreros días nos ha hablado
por el Hijo (Heb, I, 1-2) Esta comunicación a través de Dios-Hombre
era para revelar la verdadera forma de vida: Porque la gracia
de Dios nuestro Salvador se ha manifestado para salvación de todos
los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos
mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando
la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro
Gran Dios y Salvador Jesucristo (Tito, II 11,12). Sobre Sí mismo y
su misión, Cristo declaró: Yo, la luz he venido al mundo, para
que todo el que crea en mi no permanezca en tinieblas (Juan
XII, 46); y nuevamente, Yo por esto he nacido, y para esto
he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad (Juan XVIII,
37). El conocimiento el cuál El vino a impartir, no era una mera posesión
intelectual o una teoría: Yo he venido para que tengan vida,
y para que la tengan en abundancia (Juan X,10). Por lo tanto,
El enseñó como uno con autoridad; El insistió que Sus
herederos deben creer las verdades que El enseñó, aunque éstas parezcan
ser duras palabras. Sus doctrinas, sin duda, no apelan
al orgullo intelectual, al egoísmo o a la pasión. En la mayoría de
las partes, como en el Sermón de la Montaña, eran dramáticamente opuestas
a las máximas que habían obtenido del mundo pagano. Eran, en un sentido
superior, sobrenaturales, no sólo por la propuesta de vida eterna
como el objetivo último de la existencia y acción del hombre, sino
por el regocijo de la negación de sí mismo como el requisito principal
para el logro de tal destino. Era insistido el servicio al prójimo
y éste debía darse en el espíritu de amor, el nuevo mandamiento que
Cristo mismo dejó (Juan, 13,34) También era requerida la honradez
para con los deberes cívicos, aunque la sanción que dió fuerza a tal
obligación fué la elevación del hombre a una superior ciudadanía en
el Reino de Dios. Esforzarse en ello y poder cumplirlo en la vida
terrena lo mejor posible, era el ideal bajo el cual todo bien estaba
subordinado; Busquen primero el reino de Dios y su justicia,
y todo lo demás se os darán por añadidura (Mateo, VI, 33).
Verdades
de éste tipo, al parecer alejadas de las tendencias naturales del
pensamiento y deseo humano, podían ser impartidas solo por que poseía
en sí mismo todas estas cualidades de un profesor perfecto. Los filósofos,
no cabe duda que si lo hicieron, formularon bellas teorías en relación
al conocimiento y la virtud; Pero sólo Cristo pudo decir a Sus discípulos:
Yo soy el camino, la verdad y la vida (Juan, XVI, 6).
Y cualquier otro mérito adjudicado
en teoría a la personalidad, estaba muy alejado del ideal dado en
la Propia Persona de Cristo. De este modo, El podía legítimamente
atraer aquella tendencia imitativa
cuyas profundas raíces se encuentran en la naturaleza del hombre y
de las cuales se espera mucho en la educación moderna. Además, el
axioma que aprendemos sobre la
acción y donde el conocimiento adquiere su valor total cuando se refiere
a la acción, encuentra su mejor ejemplo en el trato de Cristo con
Sus discípulos. El ...comenzó a hacer y enseñar... (Hechos,
I, 1) Con Sus milagros, dió evidencia de Su poder sobre toda la natrualeza
y por lo tanto Su sutoridad para pedir fé en Sus palabras: ...las
mismas obras que yo hago, dan testimonio de mi, que el Padre me ha
enviado. (Juan V, 36). Cuando Sus discípulos dudaban o tardaban
en darse cuenta que el Padre moraba en El, El les respondía: ...de
otra manera, creedme por las mismas obras. (Juan XIV, 11). Lo
que El demandaba en respuesta no era mera profesión externa de fé
o lealtad: No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en
el reino de los Cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre...
(Mateo, VII, 21).
La necesidad de manifestar la fé a través de la
acción es enfatizada constantemente
en las enseñaza literales de Cristo y en sus parábolas. Estas,
nuevamente ilustran Su sabiduría práctica como maestro. Eran traidos
a colación objetos y circunstancias con las cuales Sus
oyentes estaban familiarizados. En cada instancia eran adaptadas a
la manera de pensar sugerida por los alrededores locales y las costumbres
del pueblo; a menudo eran incitadas por un incidente que parecía sin
importancia o por una pregunta formulada por Sus seguidores
y nuevamente por Sus incansables enemigos. Así, las cosas más
simples de la naturaleza -
el vino, el lirio, la higuera, los pájaros del cielo y el pasto del
campo deban paso a lecciones del más profundo significado moral.
Su ánimo no era adornar Su propio discurso, sino llevar su contenido
a las mentes de sus oyentes más vívidamente y asegurar su mayor permanencia
por asociación en sus pensamiento
de algunas verdades sobrenaturales con hechos del día a día. La percepción
sensorial, la memoria y la imaginación eran pues, desarrolladas, para
formar una actitud mental para las grandes verdades del Reino. Encontramos
el mismo principio en la institución de los sacramentos donde a través
de elementos naturales externos, se expresan signos internos de gracia.
Como San Juan Crisóstomo dice con propiedad,
Si
tu fueras incorpóreo, el podría haberos conferido gracias incorpóreas
en su sencilla realidad; pero porque el alma está atada al cuerpo,
nos da cosas inteligibles bajo formas sensibles. (Homilia, 1x, as
populum, Antioquía).
De
hecho, toda la enseñanza de Cristo es la prueba más clara del principio
que la educación debe adaptarse en su método y práctica a las necesidades
de aquellos que sean enseñados. De acuerdo a este principio, El preparó
de antemano las mentes de Sus seguidores para la institución de la
Santa Eucaristía de Su propia muerte y para la venida del Espíritu
Santo (Juan, VI, 12,13); incluso El se reservó algunas verdades para
ser conocidas por el Paracleto: Aún tengo muchas cosas que deciros,
pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu
de verdad, él os guiará a toda la verdad (Juan XVI, 12, 13).
De este modo, se completa Su tarea como maestro y no es dejada para
la conjetura o especulación humana, ni a las teoría filosóficas de
las escuelas, sino para el Espíritu de Dios Mismo. Por su puesto ésto
ha sido cumplido mejor por aquellos que estuvieron más cerca de El;
empero incluso aquellos Judíos que no se encontraban dentro de sus
Apóstoles, pero estaban, como Nicodemo, dispuestos a juzgarlo con
justicia, confesaron Su superioridad. ...sabemos que haz venido
de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tu
haces, sino está Dios con él. (Juan III, 2).
B. El Ánimo de la Educación
Cristiana
¿Si
la misión de Cristo terminó cuando dejó la tierra, El aún podría ser de palabra
y trabajo, el maestro ideal
y haber influenciado todo el tiempo y hasta ahora la educación de
la humanidad en los que a objetivo último y principios básicos se
refiere?. Pero, de hecho, El dejó
suficientes disposiciones para la perpetuación de Su trabajo
a través de las enseñanzas a un selecto cuerpo de hombres quienes,
por tres años, estuvieron constantemente bajo Su dirección y estuvieron
concienzudamente sumergidos de Su espíritu. Más aún, El dio a estos
Apóstoles, el siguiente mandato: Por lo tanto id y haced discípulos
a todas las naciones...y he aquí yo estoy con vosotros todos los días
hasta el fin del mundo. (Mateo XXVIII, 19,20).
Estas palabras fueron la carta de fundación de la Iglesia Cristiana
como institución de enseñanza. Al tiempo que ellas se referían directamente
a la doctrina de salvación, y por lo tanto, a comunicar la verdad
religiosa, ellas a pesar de eso o en virtud de la naturaleza misma
de esa verdad y sus consecuencias para la vida, traían consigo la
obligación de insistir sobre ciertos principios manteniendo ciertas características que tienen
una relación decisiva sobre todos los problemas educacionales.
La
verdad del Cristianismo está para ser conocida por todos los hombres.
No está confinada a una raza, nación
o clase, tampoco está para ser posesión exclusiva de mentes altamente
talentosas. Esta característica de universalidad
está en franco contraste con las concepciones superiores del mundo
pagano. Los cultivados griegos sólo despreciaban a los bárbaros, y
los romanos solo veían a las naciones externas como sujetos para ser
gobernados en lugar de pueblos a quienes enseñar. Aunque en Atenas
y también en Roma había una distinción entre ciudadanos libres y esclavos,
en consecuencia los últimos eran excluidos de los beneficios de la
educación. Como contra éstas estrechas limitaciones, Cristo encargó
a Sus apóstoles a enseñar a todos los hombres; y San Pablo,
bajo el mismo espíritu se profesa a sí mismo como deudor de todos
los hombres, griegos y bárbaros, así como de sabios y no sabios. De
hecho, todos debían ser tratados como niños de un mismo Padre Celestial.
Respecto a estas prerrogativas sobrenaturales, las distinciones que
hasta ahora habían prevalecido fueron puestas al margen: El
Cristianismo aparecía como una vasta escuela con la humanidad sin
limitaciones a sus discípulos.
La
comisión dada a los apóstoles, no expiraría con ellos; era para mantenerse
todos los días, hasta el fin del mundo. La perpetuidad, por lo tanto, es un rasgo esencial en el trabajo educativo
del Cristianismo. Sin lugar a dudas, la institución pagana había florecido
y avanzado de fase en fase de desarrollo, pero no contenía elementos
de permanente vitalidad. En las superiores secciones de la enseñanza,
como en la filosofía, la escuela ha llevado a la
escuela desde el vigor a la decadencia. Y, en la educación
misma, un ideal después de otro ha surgido sólo como una forma de
desplazar al otro. Por el contrario, el Cristianismo siendo que nunca
podrá ser un sistema rígido, sostuvo para la humanidad ciertas verdades
incambiables que deben servir de criterio para determinar el valor
de cada teoría fundamental sobre la vida y la educación. A través
de la especial insistencia de que el destino del hombre está por alcanzarse,
no en la forma de un servicio temporal o éxito, sino por la unión
con Dios, propone un ideal que debe ser válido en todo tiempo y entremedio de todas las variaciones del pensamiento
y empeño humanos. Tales cambios, inevitablemente ocurrirán y Cristo,
sin duda, los previno. Considerando estos cambios, un maestro meramente
humano, podría haber dado estabilidad a su trabajo, si es exitoso,
por medios con los cuales pudiese garantizar su previsión ya sea con
sagacidad o por conocimiento de la naturaleza humana. Pero la garantía
de Cristo a los Apóstoles es al mismo tiempo simple y
segura: He aquí que estaré con Ustedes todos los días...
La tarea de instruir al mundo en la verdad Cristiana habría sido imposible
si no fuese por el permanente cumplimiento de Cristo con Sus maestros
elegidos. Por otro lado, una vez que la fuerza de Su promesa se cumpla,
el significado del Cristianismo como institución perpetua se torna
evidente: significa que Cristo, El Mismo a través de una agencia visible
continúa su trabajo para siempre. El comenzó durante Su vida terrenal,
como Maestro de la raza humana.
Ya
se ha puntualizado que algunos pueblos paganos, y notablemente los
griegos, sostenían una muy alta concepción de la personalidad,
y también se ha señalado que esta concepción no era en ningún caso,
perfecta. Respecto a esto, la enseñanza del Cristianismo es al parecer
bastante más superior a ninguna otra tal que, si un sólo elemento
pudiese ser considerado fundamental en la educación Cristiana será
el énfasis que radica en el valor del individuo. En primer lugar,
el Cristianismo tuvo su origen, no en una especulación abstracta como
al bien o la virtud, sino en la vida concreta y presente de una Persona
que era absolutamente perfecta. No estaba, entonces, obligada a moldear
un hombre ideal o de presentar una teoría de cómo ese ideal era posible
que fuese: sobrepasó a las más exaltadas ideas de la sabiduría humana.
Con Cristo primero apareció la total dignidad de la naturaleza humana
a través de su elevación como
unión personal con la Palabra de Dios; y en El, como nunca antes o
desde entonces, fueron manifiestos aquellos rasgos que proporcionaron
los modelos mas nobles a imitar. Más aún, la Cristiandad elevó la
personalidad humana por el valor establecido sobre cada alma como
creación de Dios y destinada a la vida eterna. El Estado ya no es
el supremo árbitro ni tampoco el servicio al bienestar público el
estándar por excelencia. Estos, en verdad dentro de su legítima esfera,
son sólo demandas sobre el
individuo. El Cristianismo, por ningún motivo, enseña que tales demandas
pueden ser desatendidas o que los deberes correspondientes sean descuidados,
sino que la ejecución de toda
obligación social y cívica, será mas completa cuando se subordinan
a y son inspiradas por la fidelidad en los deberes que el hombre le
debe a Dios. Al tiempo que el valor de la personalidad, es de este
modo, realzada, el sentido de responsabilidad aumenta correspondientemente;
de manera que el libre desarrollo de la persona no permite la culminación
en egoísmo ni en el extremo individualismo el cual es una amenaza
para la organización social.
De
estos principios del Cristianismo se derivan consecuencias que son
totalmente discrepantes con
el pensamiento y prácticas paganas. La posición de la mujer fue levantada
a un plano más elevado; ella dejó de ser un bien, o un mero instrumento
de pasión, y se transforma en la igual al hombre, con el mismo valor
personal y el mismo destino eterno. El matrimonio ya no es una unión
a la cual se ingresa por capricho o convención, sino una unión indisoluble
que involucra derechos y obligaciones mutuas. Más aún, fue elevado
a la dignidad de sacramento, que no sólo santifica la relación marital
y sus propósitos, sino confiere las gracias necesarias para el debido
cumplimiento de sus obligaciones. Todo el significado de la familia,
es, de este modo, transformado. La autoridad paternal sin dudas, se
mantiene pero como un ejercicio de la patria potestad como destrucción
o exposición de los niños no se pudo tolerar una vez tomada conciencia
que la personalidad del niño también es sagrada y que los padres no
sólo son responsables no sólo ante el Estado, sino también ante Dios,
por la apropiada educación de los críos. Además, la Cristiandad, deja
al niño la responsabilidad de respetar y obedecer a los padres, no
con servil temor o una dura necesidad, sino bajo el espíritu de reverencia
al amor filial. Las ataduras a la vida del hogar, por este medio fortalecidas,
y todo el trabajo de la educación, asumió un nuevo carácter porque
fué consagrado desde su misma fuente por la religión.
Con
respecto a su contenido, la Cristiandad abrió a la mente humana amplios
dominios de verdad los cuales una razón sin ayuda no podría haber sido lograda y los cuales, no obstante, tienen un
sentido más profundo para la vida que la mayoría de las especulaciones
aprendidas del pensamiento pagano.
También ha arrojado nueva luz sobre aquellas verdades, que
los filósofos tenían, aunque vagamente percibidas, o sobre las cuales
se han mantenido en la duda. Para el Cristiano, no puede haber mayor
cuestionamiento en lo que se refiere a la existencia de un Dios personal,
la realidad de Su Providencia, la inmortalidad del alma, la libertad
de la voluntad y la resultante responsabilidad del hombre con la Justicia
Divina. Sobre todo, la naturaleza del orden moral que fue establecido
en términos inconfundibles. El Cristianismo insiste que la moralidad
no es una mera conformidad externa a las costumbres o la ley, sino
una rectitud interna de la voluntad, que ese refinamiento estético
era de mucho menor consecuencia que la pureza de corazón, y que el
amor al prójimo como indudablemente probado, no como ganancia personal
o ventaja, es la verdadera norma de las relaciones humanas.
Que tal concepción de la vida, con su énfasis en reales inspiraciones
espirituales, debe llevarnos a la formación de los ideales educacionales
obviamente desconocidos para el mundo pagano. Aunque, por otro lado,
sería errado inferir que el Cristianismo, en su otra mundanidad
reduce o descuida los valores de la vida presente. Lo que sí mantiene
consistentemente es que la vida aquí logra su mayor valor por el servicio,
como una preparación a la vida por venir. El punto no es si uno debe
vivir hoy sin tomar en cuenta el futuro o esperar el futuro sin considerar
el presente; sino, contrariamente, cómo uno debe ganar con las oportunidades
de esta vida con tal sabiduría de manera de asegurar al otro. Los
problemas, entonces, es aquel de establecer las proporciones, por
ejemplo, la determinación de los valores de acuerdo a los estándares
del destino eterno del hombre. Cuando la educación es definida como
la preparación para una vida completa (Herbet Spencer),
el cristiano no objeta las palabras tal como están; pero él insistirá
que ninguna vida puede estar completa si deja fuera de consideración
el ulterior propósito de la vida y, por lo tanto, ninguna educación
realmente prepara si frustra ese propósito o lo deja de
lado. Es justamente esta complementación en enseñar a todos
los hombres a armonizar todas las verdades, a elevar todas las relaciones
y en conducir a cada alma individual de regreso a su Creador
la que constituye la característica esencial del Cristianismo como
influencia educativa.
C. El Trabajo Educativo
de la Iglesia
Sigue en
importancia a la enseñanza personal de Cristo, el establecimiento
de un cuerpo educacional cuya misión
fue idéntica con la Suya: Así como el Padre me ha enviado, así
también lo envío yo (Juan XX, 21); y El que a vosotros
oye, a mi me oye; (Lucas X, 16). El no se contentaba con la
proclamación de una ves por todas de las verdades del Evangelio, ni
tampoco dejó su amplia diseminación al entusiasmo o iniciativa individual;
Él fundó la Iglesia para continuar su trabajo. La difusión de Su doctrina
fue confiada, no a libros ni a escuelas de filosofía, ni a gobiernos
del mundo, sino a una organización que habló en Su nombre y con Su
autoridad. Ningún cuerpo de profesores alguna vez asumió tan vasto
trabajo, ni nunca otro alguna vez logró tanto en lo educacional en
su más alto sentido. Aparte de los sermones de los Apóstoles, la forma
más primitiva de la instrucción cristiana fue dada por los catecúmenos
(q.v.) como preparación al bautismo. Su objetivo tenía dos caras:
impartir el conocimiento de la verdad cristiana y entrenar al candidato
en la práctica de la religión. Era conducido por el obispo y, a medida
que el número de catecúmenos crecía, por sacerdotes, diáconos y otros
clérigos. Hasta la tercera centuria este modo de instrucción era una
parte importante del apostolado; pero en el quinto y sexto siglo fue
gradualmente reemplazado por instrucción privada de conversos que
eran los menos numerosos y también por el entrenamiento dado en otras
escuelas a aquellos que habían sido bautizados en su infancia. Las
escuelas catecúmenas, sin embargo, dieron expresión al espíritu que
animaría toda la consecuente educación cristiana: estaban abiertas
a todo el mundo que aceptaba la fe y unieron la instrucción religiosa
con la disciplina moral. Las escuelas catequistas, también
bajo la supervisión del obispo, preparaban a los jóvenes clérigos
para el sacerdocio. Los cursos de estudios incluían filosofía y teología,
y naturalmente asumieron un carácter apologista en defensa de la verdad
Cristiana contra los ataques de las enseñanzas paganas. Una de las
más antiguas de estas escuelas, fue en el Latero en Roma; la más famosa
fue aquella de Alejandría (Ver. Doctrina Cristiana). Además de esta
instrucción formal, la Iglesia desde el principio, mantuvo en su adoración
y trabajo educativo, encarnando los principios psicológicos más profundos
y sólidos. Al principio, el ritual era de simple necesidad; pero a
medida que la Iglesia se fue dando más libertad y su adoración pasó
de las catacumbas a la basílica, se introdujeron formas más augustas;
aunque su propósito esencial seguía el mismo. La Misa la cual ha sido
siempre la función litúrgica central, llega a la mente a través de
los sentidos. Combina luz y color y sonidos}, la acción del sacerdote
y el movimiento dramático que llena el santuario, especialmente en
los servicios más solemnes. Bajo estas formas externas, yace el significado
interno. El altar mismo, está lleno de simbolismo que trae vívidamente
a la mente, la vida y personalidad de Cristo, su trabajo de redención,
y el doloroso sacrificio de la Cruz. En su debida proporción, cada
ítem de la liturgia conlleva una lección a través del ojo y el oído
y a las facultades más altas del alma. Sentido, memoria, imaginación
y el sentimiento entonces aparecen no solo como una actividad estética,
sino como apoyo al intelecto y la voluntad sobre los cuales resulta
la adoración y la acción de gracias por el misterio de la fe.
Por otro lado, la liturgia siempre incluyó en su propósito la participación
del creyente y, por lo tanto, prescribe respuestas del pueblo a las
oraciones en el altar, el canto de ciertas porciones del servicio,
posturas corporales y movimientos a mantener en las variadas fases
del rito sagrado. Los fieles no son meros observadores o circunstantes;
no están para mantener una actitud pasiva, o tener una actitud receptiva
sino en cambio tener una activa expresión del pensamiento y sentimiento
religioso que emerge en ellos. Esto es especialmente evidente en el
sistema sacramental. Mientras que cada uno de los sacramentos es un
signo para ser percibido, es también una fuente de gracia por recibir;
y la redención involucra en cada caso una serie de acciones que manifiestan
la fe y disposición de quien las recibe. Más aún, cada sacramento
está adaptado a algunas necesidades particulares y todo el sistema
de los sacramentos, desde el bautismo a la extrema unción, constituye
la vida espiritual a través de procesos de limpieza, fortaleza,
nutrición y sanidad que son paralelos a los estadios y requerimientos
del crecimiento orgánico. En un sentido más amplio, también, el año
litúrgico, en tanto conmemora los principales eventos en la vida de
Cristo, trae a la adoración Cristiana una variedad que afecta hasta
cierto punto, a ambos, los detalles de la liturgia misma y los sentimientos
religiosos que ellos inspiran desde el regocijo de la Navidad,
hasta el Triunfo en la Pascua de Resurrección y Pentecostés. Para
la debida observancia de los más grandes festivales, la Iglesia provee,
como el Adviento y la Cuaresma, tiempo de preparación. La Antigua Ley con sus
tipos anunciaba la Nueva; El Bautismo anuncia al Mesías; Cristo mismo
preparó a sus discípulos de antemano para el misterio de la Eucaristía,
para Su muerte y para la venida del Espíritu Santo. La Iglesia, siguiendo
esta misma práctica, despierta en la mente de los fieles aquellos
pensamientos y sentimientos que conforman una preparación imperceptible
a los misterios centrales de la fe y su apropiada observancia en los
momentos designados. Junto con estas grandes solemnidades vienen año
tras año, las conmemoraciones de los héroes Cristianos, los hombres
y mujeres que han seguido las huellas de Cristo, que trabajaron por
la proclamación de Su reino, o incluso aquellos quienes han derramado
su sangre por Él. Estos son mantenidos como modelos a imitar, como
cumplimientos mas o menos perfectos del ideal sublime que es Cristo
Mismo. Y, entre los santos el primer lugar
es dado a María, la Madre de Cristo, el ideal de mujer Cristiana,
en cuyo hogar en Nazaret el Hijo de Dios fue parte. Cada festival
en su honor es al mismo tiempo una exhortación a imitar sus virtudes
y una evidencia al alto pedestal al que la mujer fue levantada por
el Cristianismo. La liturgia, entonces, es una aplicación a gran escala
de aquellos principios que yacen en toda enseñanza real apelación
a los sentidos, asociación, conciencia, expresión e imitación. La
Iglesia no comenzó teorizándolos, ni tampoco esperó un análisis psicológico
para determinar sus valores. Instruida por su fundador, ella simplemente
incorporó en su liturgia aquellos elementos que mejor se adherían
para enseñar a los hombres la verdad y conducirlo a actuar de acuerdo
al Evangelio. No es menos significativo que la educación moderna haya
adoptado para sus propios propósitos, por ejemplo, la enseñanza de
temas seculares, los principios psicológicos que la Iglesia desde
sus inicios ha puesto en práctica.
Mientras
la Iglesia en su vida interior y en la ejecución de su misión, ha
dado pruebas de su vitalidad y su habilidad para enseñar a la humanidad,
ella necesariamente ha tomado contacto con influencias y prácticas
que son legado del paganismo. En materia de creencia religiosa, hubo,
por su puesto, una clara brecha entre el politeísmo de Atenas y Roma
y las doctrinas del Cristianismo. Sin embargo, la filosofía y la literatura
fueron factores que deben sumarse como también el sistema educacional,
el cual por mucho tiempo estuvo bajo control pagano. Las escuelas
fueron abiertas por conversos quienes estaban empapados con las ideas
de la filosofía griega por Justino en Roma, y Arístides en
Atenas; mientras en Alejandría, Clemente y Orígenes disfrutaban de
gran reputación. Estos hombres veían la filosofía como un medio para
guiar a la razón hacia la fe y para defender esa fe contra los ataques
del paganismo. Otros, nuevamente, como Tertulio, condenaron la filosofía
sin reserva como algo con lo cual el Cristiano no tenía nada
que hacer. Con relación a los clásicos paganos, el conflicto de opinión
era aún más agudo. Uno de los grandes teólogos y Padres, como San
Basilio, San Gregorio Naziano y San Gregorio de Nisa, habían estudiado
a los clásicos bajo peritos paganos y estaban por lo tanto a favor
de enviar a los jóvenes Cristianos a escuelas no cristianas bajo el
argumento que los estudios literarios podrían permitirles mejor defender
su religión. Al mismo tiempo, estos Padres no permitían a un Cristiano
enseñar en tales escuelas por
miedo a que pudieran ser obligados a participar en prácticas idólatras.
Tertulio (De Idolatría, c.x) insiste en la misma distinción, el profesor,
dice, en razón de su autoridad, se torna en cierto sentido en un catequista
de demonios; el pupilo empapado en la fe Cristiana, gana por
la letra de la instrucción clásica, pero rechaza su falsa doctrina
y se mantiene apartado de las prácticas supersticiosas que
el maestro difícilmente puede evitar. Tal distinción era naturalmente
la fuente de las dificultades y levantó mucha discusión. La situación
no fue remediada por el edicto de Julián Apóstol que prohibía a los
Cristianos enseñar; en cambio, éste provocó ciertas protestas y sugirió
la creación de una literatura Cristiana basada en los modelos clásicos
de estilo, pero no resultó nada decisivo. Por otro lado, el temor
por la influencia corrupta de la literatura pagana tenía más y más
alienados a los Cristianos de tales estudios; y no es sorprendente
encontrar entre los oponentes a los clásicos hombres tales como San
Juan Crisóstomo, San Ambrosio, San Jerónimo y San Agustín. Aunque
recibieron una completa educación clásica y aunque apreciaban completamente
el valor de los autores paganos, si actitud final fue adversa al estudio
de la literatura pagana. Aparte de muchos puntos controversiales sobre
esta materia, fué claro que los Padres, en los tiempos cuando el medio
de la Iglesia era aún pagano, estaban mucho más ansiosos por la pureza
de la fe y la moral que por cultivar la literatura. En años posteriores,
en tanto el peligro de contaminación crecía menos, los estudios clásicos
fueron reavivados y alentados por la Iglesia; aunque su valor fue
en más de una oportunidad cuestionado (ver Lalanne, Influencia de
los Padres de la Iglesia sobre la Educación pública, Paris, 1850).
Mientras tanto, el trabajo educativo no fue abandonado. Si el Imperio
había dado paso a la invasión bárbara, la Iglesia encontró un nuevo
campo de actividad dentro de las razas vigorosas del Norte. A estos,
ella llevó no solo la Cristiandad y civilización, sino los mejores
elementos de la cultura clásica. A través de sus misioneros, ella
se convirtió en la maestra de Alemania y Francia, de Inglaterra e
Irlanda. La tarea era difícil y su logro fue marcado por muchas vicisitudes
de fracasos temporales y éxitos luego de arduo trabajo. Sin duda,
en ciertos momentos, parecía que el deseo por aprender había desaparecido
incluso entre aquellos para los cuales la adquisición de conocimiento
era una obligación sagrada. A pesar de estas marchas atrás, éstas
sólo sirvieron para estimular el calo de los gobernantes eclesiales
y civiles en favor de una educación más completa y sistemática. Por
lo tanto, el notorio rasgo de la Edad Media es la cooperación de la
Iglesia y el Estado en el desarrollo de la escuelas. Teodorico en
Italia, Alfredo en Inglaterra y Carlomagno en el Reino Franco son
ejemplos ilustres de príncipes que unieron su autoridad con aquella
de los obispos y consejeros para asegurar una adecuada instrucción
del clero y el pueblo. Entre los hombres de Iglesia, es importante
mencionar Crodegand de Metz, Alcuin, San Debe, Boecio y Casiodoto
(ver algunos artículos). Como resultado de sus esfuerzos, la educación
del clero fue dada en las escuelas catedráticas bajo la directa supervisión
del obispo y para el laicado, las escuelas parroquiales a quienes
todos tenían acceso. En el currículum, la religión tenía el primer
lugar; otras materias eran solo algunas otras y elementales componiéndose
a lo mas en el trivium y el quadrivium
(Ver LAS SIETE ARTES LIBERALES). Aunque la significación de esta educación
no estribaba tanto en su contenido como en el hecho que era el medio
para levantar el amor por aprender entre el pueblo que había recientemente
emergido de la barbarie y donde yacen los fundamentos de la cultura
y ciencias Occidentales. Estos registros históricos de la educación
no muestran mayor preocupación; puesto que la tarea no era mejorar
o perfeccionarse sino de crear una civilización moderna que sin la
acción vigorosa de la Iglesia, ésta habría tomado siglos. (Ver ESCUELAS;
EDAD MEDIA) Uno de los factores más importantes en este progreso fue
el monastismo. Los monasterios benedictinos eran especialmente hogares
de estudio y depositarios del aprendizaje antiguo. No sólo escritores
simpatizantes como Montalambert, sino aquellos que eran mas críticos,
asumiendo el servicio que los monjes rindieron a la educación.
En
aquellos inquietantes años de cultura ruda y constantes guerras, de
perpetua falta de leyes y el reino del tal vez, el monastismo ofreció
una oportunidad de vida en reposo, de contemplación y aquella de goce
y descanso de la vulgaridad ordinaria aunque los deberes necesarios
de la vida esencial a los estudiantes...Por consiguiente, ocurrió
que los monasterios eran las únicas escuelas para enseñar; eran las
únicas que ofrecían formación profesional; Eran las únicas universidades
de investigación, ellas solas sirvieron de casa de publicación con
el fin de multiplicar los libros; eran las nucas bibliotecas para
la preservación del aprendizaje, fueron los únicos que produjeron
maestros; eran las únicas instituciones educacionales de este período
(Paul Monroe, Un libro de Texto en la Historia de la Educación, Nueva
York, 1907, p. 255)
Además
de sus estudios obligados, los monjes estaban constantemente ocupados
en copiar textos clásicos.
Los
clásicos griegos deben su preservación a la Biblioteca de Constantinopla
y a los monasterios del Este, y es principalmente a los monasterios
occidentales a quienes debemos la supervivencia de los clásicos Latinos
(Sandys, Una Historia de la Beca Clásica, 2da educación, Cambridge,
1906, p.617).
El
trabajo específico de educar era llevado a cabo en escuelas monacales
y tenían principalmente la intención
de formar novicios. Sin embargo, en algunos casos, una schola exterior, o escuela foránea se sumaba para alumnos laicos y
para aspirantes al sacerdocio secular. Los estudios incluían, aparte
de las 7 artes liberales, la lectura de autores en latín y música
eclesial. Finalmente, a través de sus anales y crónicas, los monjes
tenían una rica colección de información relativa a la vida medieval
que es de un valor incalculable para los historiadores de esa época.
Sin embargo, la Mayor de las escuelas monásticas se encuentra en el
hecho que éstas estaban dirigidas por un cuerpo de profesores que
habían renunciado al mundo y dedicaban su vida bajo la guía de la
religión con fines literarios y trabajo en educación. La misma Cristiandad
que había santificado la familia ahora ponía la profesión de educador
como algo sagrado y le dio una dignidad que hizo de la pedagogía una
vocación noble.
Otros
dos movimientos formaron el clímax de la actividad de la Iglesia durante
la Edad Media. El desarrollo de la Escolástica, que significó una
resurrección de la filosofía Griega y, en particular de Aristóteles;
y también significó que la filosofía estaría ahora al servicio por
la causa de la verdad Cristiana. Hombres de fe y aprendizaje como
Alberto Magno y Tomás de Aquino, lejos de temerle o despreciar los
productos de pensamiento griego, buscaron hacer en ellos las bases
racionales de la creencia. Por lo tanto, se hizo efectiva una síntesis
entre las superiores especulaciones del mundo pagano y las enseñanzas
teológicas. Más aún, la Escolástica fue un avance distinguido en la
trabajo educativo. Era un entrenamiento intelectual sobre el método,
un pensamiento sistemático, un razonamiento lógico severo y una precisión
en los juicios. Aunque, tomado como un todo suministró una gran lección
objetiva, la sustancia de lo que era, para el más fino intelecto,
los hallazgos de la razón y las verdades de la Revelación podían armonizar.
Habiendo
usado la sutileza del pensamiento griego para afilar la mente del
estudiante, la Iglesia por
consiguiente le presentó sus dogmas sin el menor temor a la contradicción.
Ella, por lo tanto unificó de un modo consistente en un todo aquello
mejor de la ciencia y cultura pagana con la doctrina confiada a ella
por Cristo. Si la educación es correctamente definida como la
transmisión de nuestra herencia intelectual y espiritual (Butler),
ésta definición queda ampliamente ejemplificada en el trabajo de la
Iglesia durante la Edad Media.
El
mismo espíritu sintético fue asumido en las universidades (q.v.).
Cimentada en ellas, los Papas y los
gobernantes seculares cooperaron; en las universidades, enseñando
todas las entonces conocidas ramas de la ciencia;
el cuerpo estudiantil incluía
todas las clases, laicos y clérigos, seculares y religiosos; y el
diplomado conferido confería autorización para enseñar en cualquier
parte. La Universidad, estaba, por lo tanto, dentro de la esfera educacional,
la expresión más completa que ha caracterizado por siempre la enseñanza
de la Iglesia; y el espíritu crítico que animaba la universidad medieval
se mantuvo, a pesar de otras modificaciones, como el elemento esencial
de la universidad de los tiempos modernos. Los cambios que desde entonces
se han llevado a cabo, en la mayor parte son resultado de la separación
de aquellos elementos que la Iglesia ha construido dentro de una unidad
armónica. Como el Protestantismo al rechazar el principio de autoridad,
trajo consigo innumerables divisiones en la fe, dejando así el camino
preparado para la ruptura entre la Iglesia y el Estado en el trabajo
educativo. El Renacimiento en sus formas más extremas fue, más que
nada, cultura pagana; y la Reforma en su principio fundamental fue
más allá del individualismo que llevó a la declinación de la educación
Griega. Una vez que las escuelas fueron secularizadas, rápidamente
cayeron bajo influencias que transformaban las ideas, los sistemas
y métodos. La filosofía, separada de la Teología formulaba nuevas teorías de vida y sus valores, que fueron, al principio,
lentamente y luego más rápidamente alejándose de las enseñanzas positivas
del Cristianismo. La ciencia, por su lado, quitó su lealtad a la filosofía
y finalmente se auto proclamó la única especie de conocimiento valioso
de ser buscado. El resultado práctico más serio fue la separación
de la moral y la religión de la simplemente educación intelectual
un resultado que, en parte, se debió a diferencias religiosas
y cambios políticos, pero también en gran medida a visiones erradas
con relación a la naturaleza y necesidad de una formación moral. Tales
visiones son, otra vez, en general derivadas de la negación, explícita
o implícita, del orden sobrenatural y su significado para la vida
humana y sus relaciones con Dios; de manera que aquello, durante tres
décadas el principal esfuerzo fuera de la Iglesia Católica ha sido
establecer la educación sobre una base puramente naturalista, ya sea
que esta sea de cultura estética o conocimiento científico, la perfección
individual o el servicio social. En sus etapas más tempranas, el Protestantismo,
que daba una gran importancia a la fe, no pudo consistentemente sancionar
una educación donde los ideales religiosos fueran eliminados. Pero,
de acuerdo a sus principios que emanaron de sus legítimas consecuencias,
se tornó menos y menos capaz de oponerse al movimiento naturalista.
Por lo tanto, la Iglesia Católica se vio obligada a continuar, con
poca o sin ayuda de otros cuerpos religiosos, la lucha en pro de aquellas
verdades sobre las cuales se fundó el Cristianismo; y su trabajo educacional
durante el período moderno puede ser descrito en términos generales
como el determinado mantenimiento de la unión entre lo natural y lo
sobrenatural. Desde un punto de vista humano, la iglesia tenia muchas
desventajas. La pérdida de las universidades, la confiscación de monasterios y otras propiedades eclesiales,
y la oposición de varios gobiernos parecían hacer sus tareas sin destino.
Sin embargo, estas dificultades sólo sirvieron para llamar por nuevas
manifestaciones de su vitalidad. El Concilio de Trento dio el impulso
al decretarse que una educación más completa del clérigo debía asegurarse
en los seminarios (q.v.) e instando a los obispos y sacerdotes el
deber de construir las escuelas parroquiales. Similares medidas fueron
adoptadas por símbolos provinciales y diocesanos a través de Europa.
Aparecieron las ordenes religiosas para el expreso propósito de educar
a la juventud Católica. (Ver especialmente EL INSTITUTO DE LOS HERMANOS
DE LAS ESCUELAS CRISTIANAS; SOCIEDAD DE JESUS; ORATORIOS). Y a éstos,
finalmente podemos añadir las numerosas congregaciones de mujeres
que dedicaron su vida a la formación de niñas cristianas. Sin embargo,
éstas instituciones distintas en su organización y método, tenían
como propósito común la difusión de verdades religiosas junto a conocimiento
secular en todas las clases. De este modo, surgieron por la fuerza
de las circunstancias, un sistema de educación Católica distintivo,
incluyendo escuelas parroquiales, academias y colegios y cierto número
de universidades que permanecieron bajo el control
de la Iglesia donde se encuentra
un nuevo modo por la Santa Sede. Especialmente
la escuela parroquial, en tiempos recientes, ha sido un factor
esencial en el trabajo de la religión. En algunos países como Canadá,
han recibido apoyo del Gobierno, en otros, como en los EEUU, se mantienen
por contribución voluntaria. Como los Católicos tienen que pagar parte
de sus impuestos al sistema escolar público, se encuentran bajo un
doble peso; pero este gravamen ha servido sólo para destacar su lealtad
práctica a los principios sobre los cuales se basa la educación católica.
De hecho, todo el movimiento de escuela parroquial durante el siglo
19 configuró uno de los capítulos más notables de la historia de la
educación. Prueba, por un lado, que ni la pérdida de cooperación estatal
ni la falta de recursos materiales pueden debilitar la determinación
de la Iglesia para llevar a cabo su trabajo educacional; y, por otro
lado, muestra lo que la fe y la devoción de los padres, clérigos y
profesores puede lograr cuando se trata de los intereses de la religión.
(Ver ESCUELAS). Como esta actitud y acción de los Católicos los pone
en una posición que no siempre es bien comprendida, es útil presentar
aquí algunas declaraciones sobre los principios bajo los cuales la
Iglesia ha basado su acción en el pasado y hacia los cuales se adhiere
en el presente cuando los problemas de educación son el tema
de tantas discusiones y la causa de agitación en varias direcciones.
La posición Católica puede ser presentada como sigue:
La
educación intelectual no debe estar separada de la educación moral
y religiosa. Impartir conocimiento
o desarrollar la eficiencia mental sin la construcción del carácter
moral, no solo es contrario a la ley psicológica, la cual requiere
que todas las facultades deben ser formadas, sino que es fatal tanto
para el individuo como para la sociedad. Ninguna cantidad de asistencia
intelectual o cultura puede sustituir a la virtud; por el contrario,
mientras más completa sea la educación intelectual, mayor es la necesidad
de su correspondiente formación moral.
La
Religión debe ser una parte esencial de la educación; no debe ser
meramente un apéndice a la instrucción de otras materias, sino el
centro sobre el cual ésta se agrupa y el espíritu por el cual se permean.
El estudio de la naturaleza sin ninguna referencia a Dios, o del ideal
humano sin mencionar a Jesucristo, o la legislación humana, sin la
ley Divina es a lo más, una educación parcial, de un solo aspecto.
El hecho que las verdades religiosas no encuentran lugar en el currículo
es, por sí mismo, y lejos de cualquier abierta negación que esa verdad,
suficiente para envolver la mente del pupilo de tal forma y en tal
extensión que sentirá poca preocupación en sus días escolares o después
de éstos, por la religión en ninguna de sus formas;
Una
instrucción propiamente moral es imposible aparte de una educación
religiosa. Al niño se lo puede conducir hacia ciertos hábitos deseables,
tales como la pulcritud, la cortesía y puntualidad; se lo puede empapar
con espíritu de honor, trabajo y veracidad y ninguno de estos
debe ser dejado de lado; pero, si estos deberes hacia sí mismo y al
prójimo son sagrados, el deber hacia Dios es inconmensurablemente
más sagrado. Cuando es desempeñado con fe, incluye y se alza hacia
un plano más alto de cumplimiento más que ninguna otra obligación.
Más aún, la formación religiosa proporciona los mejores motivos de
conducción y los ideales más nobles de imitación, al tiempo que establece
ante la mente una adecuada confirmación sobre la justicia y santidad
de Dios. Debe hacerse notar que, la educación religiosa es más que
instrucción sobre dogmas de fe o los preceptos de la ley Divina; esencialmente
se trata de la formación en el ejercicio de la religión, tal como
la oración, asistencia a la adoración Divina y recepción de los sacramentos.
A través de estos medios, la conciencia se purifica, la voluntad para
hacer el bien se fortalece y la mente se fortalece para resistir aquellas
tentaciones que, especialmente durante la adolescencia, amenazan con
graves peligros la vida moral.
Una
educación que une los elementos intelectual, moral y religioso, es
la mejor salvaguarda al hogar puesto que coloca sobre bases seguras
las varias relaciones que implican a la familia. También asegura el
desempeño de los deberes sociales al inculcar el espíritu de auto
sacrificio, de obediencia a la ley y amor cristiano por los demás.
La preparación más efectiva para la ciudadanía es la escuela en la
virtud, la cual habitúa a un hombre a tomar decisiones, a actuar y
a ponerse a una fuerza o ir más allá de ella, no con una visión de
ganancia personal ni simple deferencia hacia la opinión pública sino
de acuerdo con los estándares de lo que es correcto que están fijos
por la ley de Dios. El bienestar del Estado, por lo tanto, demanda
que el niño sea enseñado en la práctica de la virtud y la religión
no menos que en el logro de conocimientos.
Lejos
de aminorar la necesidad de una formación moral y religiosa, el avance
en los métodos educacionales en cambio enfatizan esa necesidad. Muchas
de las así llamadas, mejoras en la enseñanza, tienen importancia momentánea
y algunas, son variantes de las leyes de la mente. Sobre su valor
relativo, la Iglesia no se pronuncia, ni tampoco de compromete a sí
misma con ningún método particular mientras asegure los rasgos esenciales
de la educación cristiana, la Iglesia da su bienvenida a cualquier
ciencia que contribuya a realizar el trabajo en las escuelas, en forma
más eficiente.
Los
padres católicos se obligan de conciencia a entregar la educación
correcta a su hijos, ya sea en el hogar o en las escuelas. Así como
la vida corporal del niño debe ser cuidada, así también y, con mayores
razones, deben ser desarrolladas sus facultades mentales y morales.
Por lo tanto, los padres, no pueden tomar una actitud de indiferencia
hacia este deber esencial ni transferírselo a otros. Son ellos los
responsables por aquellas primeras impresiones que el niño recibe
pasivamente antes que ejercite ninguna selección conciencia de imitación;
y en la medida que los poderes intelectuales se desarrollan, el ejemplo
de los padres es una lección que se hunde más profundamente en la
mente del niño. También están obligados a instruir al niño de acuerdo
a sus capacidades, en las verdades de la religión y en la práctica
de sus debes religiosos, por lo tanto cooperando con el trabajo de
la Iglesia y la escuela. Las virtudes, especialmente de la obediencia,
el auto control, y la pureza no pueden ser mejor inculcadas como en
el hogar; y sin tal formación moral por los padres, la tarea de formar
hombres y mujeres rectos y ciudadanos valiosos es difícil, si no imposible.
Que
la necesidad de una educación moral y religiosa ha impresionado las
mentes de no católicos también es evidente por el movimiento inaugurado
en 1903 por la Asociación de Educación Religiosa en los EEUU, la cual
de reúne anualmente y publica sus actividades en Chicago. Una investigación
internacional sobre el problema de la formación moral comenzó en Londres
en 1906 y su reporte fue editado por el Profesor Sadler bajo el título
Instrucción Moral y Entrenamiento
en las Escuelas (Londres, 1908).
Sobre los derechos respectivos y deberes
de la Iglesia y la autoridad civil, ver ESCUELAS; ESTADOS. GENERAL: MONROE, Bibl. of Education (New York, 1897);
HALL AND MANSFIELD, Bibl. of Educaion (Boston, 1893); CUBERLEY, Syllabus
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STÖCKL, Gesch, d. Padagogik (Mainz, 1876); DRIEG, Lehrb, d. Pagagogik
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Idea of a University (London, 1873); BROTHER AZARIAS, Essays Educational
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IDEM, De la haute education intellectuelle (Paris, 1855-57); GAUME,
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NON-CATHOLIC WRITERS; K.A. SCHMID, Gesch. d. Erziehung (Stuggart, 1884-96);
K. SCHMIDT, Gesch. d. Padagogik (Kothen, 1891); MONROE, Source Book
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(New York, 1905); BUTLER, The Meaning of Education (New York, 1905);
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York, 1883); HORNE, The Philosophy of Education (New York, 1904).
E.A.
PACE
Transcrito por Beth Ste-Marie
Traducción de
Carolina Eyzaguirre A.