(VALERIUS DIOCLETIANUS)
Emperador romano
y perseguidor de la Iglesia. Sus padres habían sido esclavos. Nació en Dioclea,
cerca de Salona, en Dalmacia, el año 245 d.C. Murió en Salona, el año 313 d.C.
Se hizo militar y sus habilidades sobresalientes
lo llevaron a ocupar los puestos de gobernador de Moesia, cónsul, y comandante
de los guardias de palacio. Se distinguió especialmente durante la guerra persa,
a las órdenes de Carus. Cuando el hijo y sucesor de Carus, Numerio, fue asesinado
en Calcedonia, el ejército escogió a Dioclesiano para ocupar su lugar, y el primer
acto de éste fue dar muerte, con su propia mano, al asesino, Aper (17 de septiembre
de 284, d.C.). Su carrera como emperador pertenece a la historia secular. Aquí
sólo haremos una breve descripción de la misma. El reino de Dioclesiano (284-305)
señaló una era en la historia política y militar del Imperio. El triunfo que Dioclesiano
celebró en compañía de su colega Maximiano (20 de noviembre de 303) fue el último
que Roma pudo contemplar. Bretaña, el Rhin, el Danubio y el Nilo le brindaron
trofeos, pero la conquista que más lo enorgulleció fue la de Persia, el ancestral
enemigo de Roma, que fue finalmente subyugada. Poco después de ascender al trono,
Dioclesiano se percató que el Imperio era muy poco flexible y que estaba demasiado
expuesto al ataque como para ser gobernado por una sola cabeza. Como consecuencia,
se asoció con Maximiano, un soldado audaz aunque rudo. Primero lo hizo César y
luego Augusto (282). Después distribuyó aún más el poder, dando el título menor
de César a dos generales, Galerio y Constancio (292). Guardó para sí mismo la
Tracia, Egipto y Asia; a Maximiano le dio Italia y África; Galerio se estacionó
en el Danubio y Constancio se hizo cargo de España, la Galia y Bretaña. Pero el
poder supremo permaneció en manos de Dioclesiano. Ninguno de los gobernantes residía
en Roma, y esto ayudó a la eventual caída de la ciudad imperial. Además, Dioclesiano
socavó la autoridad del Senado, asumió la diadema e introdujo un ceremonial servil
calcado de la corte persa. Luego de un próspero reinado de veintiún años, renunció
al trono y se retiró a Salona, donde vivió en un fastuoso aislamiento hasta su
muerte.
El nombre de Dioclesiano está asociado
con la última y la más terrible de las persecuciones que padeció la Iglesia primitiva.
Es un hecho, sin embargo, que los cristianos disfrutaron de paz y prosperidad
durante la mayor parte de su reinado. Eusebio, quien vivió durante ese tiempo, describe
en términos grandiosos la gloria y la libertad con la que se honraba la
doctrina de la piedad, y alaba la clemencia de los emperadores hacia los
gobernadores cristianos a los que ellos nombraron y hacia los miembros
cristianos de sus propias familias. Nos cuenta que las autoridades de la Iglesia
eran honradas con el mayor cuidado por todos los gobernantes. Nos
habla de las innumerables multitudes que se acercaban a la religión de Cristo,
y de las amplias y espléndidas iglesias que fueron edificadas en los lugares donde
antes estaban unos templos muy humildes. Pero, simultáneamente, llora el enfriamiento
del antiguo fervor a causa de la excesiva libertad (Historia Eclesiastica,
VIII, I). Si Dioclesiano hubiera continuado siendo el único emperador, probablemente
hubiese permitido que esa tolerancia continuara. Fue Galerio quien lo indujo a
convertirse en perseguidor. Ellos dos, gobernantes del Oriente, decidieron abolir
el cristianismo en todo el Imperio. La catedral de Nicomedia fue arrasada (24
de febrero, 303). Se promulgó un edicto para derribar todos los templos
y destruir con fuego las sagradas Escrituras, y recomendando que quienes se encontraban
en puestos de honor fueran degradados si perseveraban en su adhesión al Cristianismo
(Eusebio, Op. Cit. VIII, II). Tres decretos ulteriores (303-304) señalaron las
etapas de incremento en la crueldad de la persecución: el primero ordenaba que
los obispos, presbíteros y diáconos fueran puestos en prisión; el segundo, que
los mismos fueran torturados y forzados por cualquier medio a sacrificar a los
ídolos; el tercero incluía a los laicos en la aplicación de los edictos anteriores.
Eusebio y las Actas de los Mártires dan testimonio de los enormes números de los
que sufrieron por la Fe. En ellos podemos leer, incluso, acerca de la masacre
de toda una población que decidió declararse cristiana (Eusebio, Op. Cit. XI,
XII; Lactancio, Div. Inst., V, XI). La abdicación de
Dioclesiano (1 mayo de 305) y la subsecuente división del Imperio trajeron algún
reposo a muchas provincias. Sin embargo, en el Oriente, donde Galerio y Maximiano
se mantuvieron en el poder, la persecución continuó igual. Se puede concluir,
entonces, que la así llamada persecución de Dioclesiano debe ser atribuida a la
influencia de Galerio, y que continuó durante siete años después de la abdicación
de Dioclesiano. (Cfr. PERSECUCIONES)
EUSEBIUS, Hist. Eccl. en P.G.,
XX; De Mart. Palæstinæ, P.G., XX, 1457-1520;
LACTANTIUS, Divinæ Institutiones, V, En P.L., VI; De Mortibus Persecutorum, P.L.,
VII; GIBBON, Decline and Fall of the Roman Empire, XIII, XVI; ALLARD, Le persécution
de Dioclétien et le triomphe de l'eglise (Paris, 1890); IDEM, Le christianisme
et l'empire romain (Paris, 1898); IDEM, Ten Lectures on the Martyrs, tr. (Londres,
1907); DUCHESNE, Histoire ancienne de l'eglise (Paris, 1907), II.
T.B. SCANNELL
Transcrito por W. G. Kofron
Con agradecimiento
a la Iglesia de Santa María, en Akron, Ohio.
Traducido por Javier Algara Cossío.