Es
el Primer Concilio Ecuménico de la Iglesia Católica, que se celebró
en el año 325 con motivo de la herejía de Arrio (Arrianismo).
Anteriormente, en el año 320, o en el 321, San Alejandro, obispo
de Alejandría, había convocado en dicha ciudad un concilio en el
cual más de cien obispos de Egipto y Libia anatematizaron a Arrio.
Pero éste continuó oficiando en su iglesia y reclutando adeptos.
Cuando, finalmente, fue expulsado, se dirigió a Palestina y, desde
allí, a Nicomedia. Durante este tiempo, San Alejandro publicó su
"Epistola encyclica", que fue contestada por Arrio; a
partir de este momento fue evidente que la polémica había llegado
a un punto que escapaba a la posibilidad del control humano. Sozomenes
menciona un Concilio de Bitinia del que surgió una encíclica dirigida
a todos los obispos solicitándoles que recibieran a los arrianos
en la comunión de la Iglesia. Esta disputa, junto con la guerra
que pronto estalló entre Constantino y Licinio, complicó la situación
y explica, en parte, el agravamiento del conflicto religioso durante
los años 322-323. Finalmente, después de haber vencido a Licinio
y haber sido proclamado emperador único, Constantino se ocupó de
restablecer la paz religiosa y el orden civil. Envió cartas a San
Alejandro y a Arrio lamentando sus acaloradas controversias relativas
a asuntos sin importancia práctica y aconsejándoles que se pusieran
de acuerdo sin demora. Era evidente que el emperador no se daba
cuenta entonces de la importancia de la controversia de Arrio. Osio
de Córdoba, su consejero en asuntos religiosos, llevó la carta del
emperador a Alejandría, pero fracasó en su misión conciliatoria.
Ante esto, el emperador, aconsejado tal vez por Osio, pensó que
no había mejor solución para restaurar la paz en la Iglesia que
convocar un concilio ecuménico.
El
propio emperador, en unas respetuosas cartas, rogó a los obispos
de los distintos países que acudieran sin demora a Nicea. Asistieron
al Concilio varios obispos de fuera del Imperio Romano (por ejemplo,
de Persia). No queda demostrado históricamente si el emperador,
al convocar el Concilio, actuó por su cuenta y en su propio nombre
o si lo hizo de acuerdo con el Papa; sin embargo, es probable que
Constantino y Silvestre hubieran llegado a un acuerdo (ver PAPA
SAN SILVESTRE I). Con objeto de facilitar la asistencia al Concilio,
el emperador puso a disposición de los obispos los medios de transporte
públicos y los correos del imperio; incluso, mientras se celebraba
el Concilio, aportó provisiones abundantes para el mantenimiento
de los asistentes. La elección de Nicea fue positiva para facilitar la asistencia de un importante
número de obispos. Era fácilmente accesible para los obispos de
casi todas las provincias, pero especialmente para los de Asia,
Siria, Palestina, Egipto, Grecia y Tracia. Las sesiones se celebraron
en el templo principal y en el vestíbulo central del palacio imperial.
Verdaderamente, era necesario un gran espacio para recibir a una
asamblea tan numerosa, aunque el número exacto de asistentes no
se conoce con certeza. Eusebio habla de más de 250 obispos, aunque
manuscritos árabes posteriores mencionan la cifra de 2.000 - una
evidente exageración que imposibilita conocer el número total aproximado
de obispos, así como el de sacerdotes, diáconos y acólitos que,
según se dice, también estaban presentes, en gran número. San Atanasio,
miembro del Concilio, habla de 300 y en su carta "Ad Afros"
menciona explícitamente 318. Esta cifra está aceptada casi universalmente
y no parece que haya razón alguna para rechazarla. La mayor parte
de los obispos presentes eran griegos; entre los latinos solamente
conocemos a Osio de Córdoba, Cecilio de Cartago, Marcos de Calabria,
Nicasio de Dijon, Dono de Estridón, en Panonia, y los dos sacerdotes
de Roma, Víctor y Vincentius, que representaban al Papa. La asamblea
contaba entre sus miembros más famosos a San Alejandro de Alejandría,
Eustasio de Antioquía, Macario de Jerusalén, Eusebio de Nicomedia,
Eusebio de Cesarea y Nicolás de Myra. Alguno de ellos había padecido
durante la última persecución; otros no estaban suficientemente
familiarizados con la teología cristiana. Entre los miembros figuraba
un joven diácono, Atanasio de Alejandría, para quien este Concilio
fue el preludio de una vida de conflictos y de gloria (ver SAN
ATANASIO).
El
año 325 es aceptado, sin duda, como el del Primer Concilio de Nicea.
Hay menos acuerdo, entre nuestras primeras autoridades, respecto
al mes y al día de la apertura. Para poder conciliar las indicaciones
suministradas por Sócrates y por las Actas del Concilio de Calcedonia,
la fecha puede, tal vez, situarse en el 20 de mayo, y la de la redacción
del símbolo(1) de la fe en el 19 de junio Puede aceptarse, sin mayor reparo, que el sínodo, que había sido
convocado para el 20 de mayo, celebró reuniones menos solemnes,
en ausencia del emperador, hasta el 14 de junio, fecha en la que,
tras la llegada de éste, comenzaron las sesiones propiamente dichas
y se formuló el símbolo de la fe el 19 de junio, después de lo cual
se trataron diversas cuestiones (la controversia pascual, etc.)
y las sesiones concluyeron el 25 de agosto. La apertura del Concilio
se realizó por Constantino con gran solemnidad. El emperador esperó,
antes de realizar su entrada, a que todos los obispos hubiesen ocupado
sus lugares. Vestía de oro y estaba cubierto con piedras preciosas,
según la costumbre de los soberanos orientales. Se le preparó un
trono de oro y sólo después de que el emperador hubiera ocupado
su sitio los obispos pudieron tomar asiento. Después de ser saludado
en una breve alocución, el emperador pronunció un discurso en latín,
expresando su deseo de que se restableciera la paz religiosa. El
emperador abrió la sesión en calidad de presidente honorífico y,
además, asistió a las sesiones posteriores, pero dejó la dirección
de las discusiones teológicas, como era justo, en manos de las autoridades
eclesiásticas del Concilio. Parece que el presidente fue, realmente,
Osio de Córdoba, asistido por los representantes del Papa, Víctor
y Vincentius.
El
emperador empezó por hacer comprender a los obispos que tenían entre
manos un asunto más importante y de más envergadura que las simples
polémicas personales y las interminables recriminaciones mutuas.
Sin embargo, tuvo que aceptar la imposición de escuchar las últimas
palabras de los debates que habían tenido lugar previamente a su
llegada. Ni Eusebio de Cesarea y sus dos ayudantes, Sócrates y Sozomenes,
ni Rufino y Gelasio de Cícico, proporcionan detalles de las discusiones
teológicas. Rufino nos dice tan sólo que se celebraron sesiones
diarias y que Arrio era citado a menudo antes de la asamblea; sus
opiniones se discutían seriamente y se escuchaban con atención los
argumentos en contra. La mayoría, especialmente quienes eran defensores
de la fe, se declararon enérgicamente contra las impías doctrinas
de Arrio. (Respecto a las actuaciones de Eusebio, ver EUSEBIO
DE NICOMEDIA. Respecto al Credo de Eusebio, ver EUSEBIO DE
CESAREA, Vida). San Atanasio nos asegura que las actividades
del Concilio no se vieron, de ninguna manera, perturbadas por la
presencia de Constantino. En aquella época, el emperador había escapado
de la influencia de Eusebio de Nicomedia y estaba bajo la de Osio,
a quien, junto con San Atanasio, hay que atribuir una influencia
preponderante en la formulación del símbolo del Primer Concilio
Ecuménico, del cual el texto que figura a continuación es una traducción
literal:
Creemos
en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador de todas las cosas
visibles e invisibles; y en un solo Señor Jesucristo, el unigénito
del Padre, esto es, de la sustancia [ek tes ousias] del Padre,
Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado,
no creado, de la misma naturaleza del Padre [homoousion
to patri], por quien todo fue hecho, en el cielo y en la tierra;
que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del
cielo, se encarnó y se hizo hombre, padeció y resucitó al tercer
día, subió a los cielos y volverá para juzgar a vivos y a muertos.
Y en el Espíritu Santo. Aquellos que dicen: hubo un tiempo en el
que Él no existía, y Él no existía antes de ser engendrado; y que
Él fue creado de la nada (ex ouk onton); o quienes mantienen
que Él es de otra naturaleza o de otra sustancia [que el Padre],
o que el Hijo de Dios es creado, o mudable, o sujeto a cambios,
[a ellos] la Iglesia Católica los anatematiza.
La
adhesión fue general y entusiasta. Todos los obispos, salvo cinco,
se declararon prestos a suscribir dicha fórmula, convencidos de
que contenía la antigua fe de la Iglesia Apostólica. Los oponentes
quedaron pronto reducidos a dos, Teón de Marmárica y Segundo de
Tolomeo, que fueron exilados y anatematizados. Arrio y sus escritos
fueron también marcados con el anatema, sus libros fueron arrojados
al fuego y él fue exiliado a Iliria. Las listas de los firmantes
han llegado hasta nosotros muy mutiladas, desfiguradas por los errores
de los copistas. Sin embargo, dichas listas pueden ser consideradas
auténticas. Su estudio es un problema que ha sido abordado repetidamente
en la actualidad, en Alemania e Inglaterra, a través de las ediciones
críticas de H. Gelzer, H. Hilgenfeld, y O. Contz , por una parte,
y C. H. Turner, por otra. Las listas así reconstruidas contienen,
respectivamente, 220 y 218 nombres. Con la información derivada
de una u otra fuente, se puede construir una relación de 232 ó 237
padres conocidos por haber estado presentes.
Otros
asuntos que se trataron en el Concilio fueron la controversia sobre
la época de la celebración de la Pascua y el cisma de Melecio. El
primero de ambos se encuentra tratado como PASCUA, Controversia
de Pascua; el segundo, como MELECIO DE LICÓPOLIS.
De
todas las Actas del Concilio, que, según se ha afirmado, fueron
numerosas, solamente han llegado hasta nosotros tres fragmentos:
el credo, o símbolo, reproducido más arriba
(ver, también, CREDO DE NICEA); los cánones; y el
decreto sinodal. En realidad, nunca han existido otras actas
oficiales, aparte de éstas. Pero las noticias que nos llegan a través
de Eusebio, Sócrates, Sozomenes, Teodoreto y Rufino, junto
con algunos datos conservados por San Atanasio y una historia del
Concilio de Nicea escrita en griego en el siglo V por Gelasio de
Cícico, pueden ser consideradas como fuentes muy importantes de
información histórica. Se ha discutido mucho acerca de los cánones
del Primer Concilio de Nicea. Todas las colecciones de cánones,
tanto en latín como en griego, compuestas en los siglos IV y V coinciden
en atribuir a este Concilio solamente los 20 cánones que conocemos
actualmente. A continuación figura un breve resumen de su contenido: