(BERTRAND DE GOT.)
Nacido en Villandraut en Gascoña, Francia en 1264; muerto en Roquemaure
el 20 de abril de 1314. Fue elegido el 5 de Junio de 1305, en Perugia, como
sucesor de Benedicto XI, luego de un cónclave de once meses, cuya extensa
duración se debió a las facciones francesas e italianas entre
los cardenales. Diez de los quince cardenales votantes (en su mayoría
italianos) lo eligieron. El relato de Giovanni Villani (Hist. Florent. VIII,
80, in Muratori, SS. RR. Ital., XIII, 417; cf. Raynald, Ann. Eccl., 1305, 2-4)
sobre una decisiva influencia de Felipe el Hermoso, y la conferencia secreta
del nuevo papa con él, y abyectas concesiones a ese rey en el bosque
de Saint-Jean-d’Angély, carece de valor histórico; por otra
parte, los cardenales deseaban complacer al poderoso rey de Francia a quien
el difunto Benedicto XI se había visto obligado a apaciguar con notables
concesiones, y no es improbable que el rey y el futuro papa hayan llegado a
tal clase de entendimiento. Como Arzobispo de Bordeaux, Bertrand de Got era
realmente súbdito del Rey de Inglaterra, pero desde la temprana juventud
había sido amigo personal de Felipe el Hermoso. No obstante, había
permanecido fiel a Bonifacio VIII. El nuevo papa venía de una distinguida
familia. Un hermano mayor había sido Arzobispo de Lyons, y muerto (1297)
como Cardenal-Obispo de Albano y legado papal en Francia. Bertrand estudió
artes en Toulouse y derecho canónico y civil en Orléans y Bolonia.
Había sido sucesivamente canon en Bordeaux, vicario general del Arzobispo
de Lyons (su hermano mencionado), capellán papal, Obispo de Comminges
bajo Bonifacio VIII, y finalmente Arzobispo de Bordeaux, entonces un cargo difícil
debido al persistente conflicto entre Inglaterra y Francia por la posesión
de Normandía. Los cardenales le suplicaron encarecidamente venir a Perugia
y de ahí ir a Roma para su coronación, pero él les ordenó
viajar a Lyons, donde fue coronado (14 de noviembre de 1305) con gran pompa
en presencia de Felipe el Hermoso. Durante la procesión pública
acostumbrada, el papa fue arrojado de su caballo por un muro que se derrumbó;
uno de sus hermanos fue muerto en aquella ocasión, también el
anciano Cardenal Matteo Orsini quien había tomado parte en doce cónclaves
y había conocido trece papas. La joya más preciosa de la tiara
papal (un rubí) se perdió ese día, incidente interpretado
proféticamente por historiadores alemanes e italianos, y el día
siguiente otro hermano fue asesinado en una riña entre sirvientes del
nuevo papa y criados de los cardenales. Por algún tiempo (1305-1309),
el Papa Clemente residió en diferentes lugares en Francia (Bordeaux,
Poitiers, Toulouse), pero finalmente ocupó su residencia en Avignon,
entonces feudo de Nápoles, aunque dentro del Condado de Venaissin que
desde 1228 reconoció al papa como soberano (en 1348 Clemente VI compró
Avignon por 80.000 gulden de oro a Joanna de Nápoles). Un gran cariño
por su nativa Francia y un miedo igualmente influyente de las condiciones cuasi-anárquicas
de Italia, y en particular de los Estados de la Iglesia y la ciudad de Roma,
lo llevaron a esta fatídica decisión, a través de la cual
se expuso a la dominación de un gobernante civil (Felipe el Hermoso),
cuyos objetivos inmediatos eran una monarquía francesa universal y la
humillación solemne del papa Bonifacio VIII en represalia por la valerosa
resistencia de éste a la astucia, violencia y usurpaciones de Felipe
(Hergenröther).
ESTADOS DE LA IGLESIA
El gobierno de los Estados de la Iglesia fue confiado por Clemente a una comisión
de tres cardenales, mientras en Espoleto su propio hermano, Arnaud Garsias de
Got, ocupaba el puesto de vicario papal. Giacomo degli Stefaneschi, un senador
y jefe popular, gobernaba dentro de la ciudad en una forma permisiva y personal.
La confusión y la anarquía eran frecuentes, debido al implacable
odio mutuo entre los Colonna y los Orsini, la tradicional turbulencia de los
romanos, y los conflictos airados frecuentes entre el pueblo y los nobles, condiciones
que habían venido empeorando a través del siglo trece y finalmente
habían conducido incluso a los papas italianos a fortalezas exteriores
tales como Viterbo, Anagni, Orvieto, y Perugia. Ninguna ilustración más
gráfica de las condiciones locales en Roma y en el Patrimonio de Pedro
podría pedirse que la descripción de Nicolás de Butrinto,
el historiógrafo del emperador Enrique VII, en su fatídica expedición
romana de 1312 [ver Von Raumont, Geschichte der Stat Rom, Berlin, 1867, II(1),
745-65]. Entre los infortunados eventos romanos del reinado del papa Clemente
estuvo la conflagración del 6 de mayo de 1308, que destruyó la
iglesia de San Juan de Letrán, pronto reconstruida, sin embargo, por
los romanos con la ayuda del papa. Clemente no vaciló en poner a prueba
las conclusiones de la guerra con el estado italiano de Venecia que se había
aprovechado injustamente de Ferrara, un feudo del Patrimonio de Pedro. Cuando
la excomunión, interdicción, y una prohibición general
de todas las relaciones comerciales fracasaron, él proscribió
a los venecianos, y provocó que se predicara una cruzada contra ellos;
finalmente su legado, Cardenal Pélagrue, derrocó en una tremenda
batalla a los arrogantes agresores (28 de Agosto de 1309). El vicariato papal
de Ferrara fue entonces conferido a Roberto de Nápoles, cuyos mercenarios
catalonianos, sin embargo, eran más odiosos para la gente que los usurpadores
venecianos. En todo caso, las potencias más pequeñas de Italia
habían aprendido que ya no podrían despojar impunemente la herencia
de la Sede Apostólica.
PROCESO DE BONIFACIO VIII
Casi de inmediato el Rey Felipe demandó del nuevo papa una condenación
formal de la memoria de Bonifacio VIII; solo así podría ser aplacado
el odio real. El rey quería que el nombre de Bonifacio fuese retirado
de la lista de papas como un hereje, sus restos desenterrados, quemados, y las
cenizas esparcidas al viento. Clemente buscó evitar esta acción
odiosa y vergonzosa, en parte por retardo, en parte por nuevos favores al rey;
renovó la absolución concedida al rey por Benedicto XI, creó
nueve cardenales franceses de un grupo de diez, restauró a los cardenales
Colonna sus lugares en el Sacro Colegio, y entregó al rey títulos
de propiedad de la iglesia por cinco años. Finalmente, retiró
la Bula “Clericis Laicos”, aunque no la legislación anterior
sobre la cual se basaba, y declaró que la Bula doctrinal “Unam
Sanctam” no afectaba de manera desventajosa al meritorio rey francés,
y no implicaba para él y su reino un mayor grado de sujeción a
la sede papal que el que existía anteriormente. El papa fue amable también
con Carlos de Valois, el hermano del rey, y pretendiente al trono imperial de
Constantinopla, concediéndole un diezmo de dos años de las rentas
de la iglesia; Clemente esperaba que una cruzada organizada desde una Constantinopla
reconquistada sería exitosa. En Mayo de 1307, en Poitiers, donde se hizo
la paz entre Inglaterra y Francia, Felipe insistió de nuevo en un proceso
canónico para la condenación de la memoria de Bonifacio VIII,
como un hereje, un blasfemo, un sacerdote inmoral, etc. Finalmente, el papa
contestó que un asunto tan delicado no podía ser decidido por
fuera de un concilio general, y el rey durante un rato pareció satisfecho
con esta solución. Sin embargo, retornó frecuente e insistentemente
a su proposición. En vano resultó que el papa mostrara buena voluntad
para sacrificar a los Templarios (ver abajo); el despiadado rey, seguro de su
poder, presionó por la apertura de este juicio único, insólito
desde la época del Papa Formoso. Clemente tuvo que ceder, y designó
el 2 de Febrero de 1309, como la fecha, y Avignon como el lugar para el juicio
de su predecesor muerto sobre los vergonzosos cargos tanto tiempo difundidos
por Europa por los cardenales Colonna y su facción. En el documento (citación)
que convocaba (13 de Septiembre de 1309) a los testigos, Clemente expresaba
su convicción personal de la inocencia de Bonifacio, y al mismo tiempo
su resolución de satisfacer al rey. Si bien el papa pronto (2 de Febrero
de 1310) tuvo que protestar contra una falsa interpretación de sus propias
palabras, el proceso realmente comenzó en un consistorio del 16 de Marzo
de 1310, en Avignon. Siguió mucha demora, de una parte y de la otra,
a propósito de los métodos de procedimiento. A comienzos de 1311,
los testigos fueron interrogados fuera de Avignon, en Francia, y en Italia,
pero por comisarios franceses y en su mayor parte sobre los cargos antes mencionados
de los Colonna (ver BONIFACIO VIII). Finalmente, en Febrero de 1311, el rey
escribió a Clemente dejando el proceso para el futuro concilio (de Vienne)
o para la propia acción del papa, y prometiendo el retiro de los cargos;
al mismo tiempo declaraba que sus intenciones habían sido puras. El precio
de estas bienvenidas concesiones fue una declaración formal del Papa
Clemente (27 de abril de 1311) de la inocencia del rey y la de sus amigos; estos
representantes de Francia, el “Israel de la Nueva Alianza”, habían
actuado, decía el papa, de buena fe y con un celo puro, tampoco temerían
en el futuro ningún perjuicio canónico de los sucesos de Anagni.
William Nogaret fue exceptuado, pero en su declaración de inocencia,
y por intercesión de Felipe, se le impuso una penitencia y también
recibió la absolución. Solamente aquellos que retuvieron propiedad
eclesiástica fueron finalmente excluidos del perdón. El celo religioso
de Felipe fue de nuevo reconocido; los borrones aún están visibles
en la “Regesta” de Bonifacio VIII, en los Archivos del Vaticano
(ver Tosti, “Storia di Bonifazio VIII”, Rome, 1886, II, 343-44).
Esta dolorosa situación fue cerrada por Clemente V mediante el Concilio
de Vienne (16 de Octubre de 1311), la mayoría de cuyos miembros eran
favorables a Bonifacio. No es seguro que el concilio asumiera formalmente la
cuestión de la culpa o inocencia de Bonifacio. En su forma actual los
Actos oficiales del concilio guardan silencio, ninguno de los escritores contemporáneos
lo mencionan como un hecho. Es verdad que Giovanni Villani describe a Felipe
y sus consejeros como afanados por la condenación de Bonifacio por parte
del concilio, pero, dice, la memoria del papa fue purgada formalmente de todos
los cargos adversos por tres cardenales y varios juristas; más aún,
tres caballeros catalonianos ofrecieron defender con sus espadas el buen nombre
del papa Gaetani contra todos los adversarios, con lo cual el rey cedió,
y demandó tan solo ser declarado libre de culpa y de toda responsabilidad
por el giro que habían tomado los acontecimientos. Con la muerte de sus
enemigos personales, disminuyó la oposición a Bonifacio, y su
legitimidad no fue ya más desmentida aún en Francia (Balan, “Il
processo di Bonifazio VIII”, Roma, 1881).
CLEMENTE V Y LOS TEMPLARIOS
Desde la expulsión final (1291) de las fuerzas cruzadas de Tierra Santa,
las órdenes eclesiástico-militares en Europa habían despertado
mucha crítica adversa, en parte porque se atribuía a sus celos
(Templarios, Hospitalarios o Caballeros de San Juan, Orden Teutónica)
la humillante derrota, en parte a causa de la enorme riqueza que habían
adquirido en su corta existencia. Los Templarios (llamados así por el
Templo de Jerusalén, pauperes commilitones Christi Templique Solomonici,
i.e. pobres soldados compañeros de Cristo y del Templo de Salomón)
eran los más ricos. Sus monasterios cual fortalezas, conocidos como Templos,
se levantaron en toda Europa, y para finales del siglo trece protegían
el principal sistema bancario de Europa; los caballeros gozaban de la confianza
de los papas y los reyes y personas ricas debido a su honradez, el buen manejo
de sus asuntos, y su sólido reconocimiento basado en los innumerables
bienes de la orden y sus extensas relaciones financieras. Ya antes de la ascensión
del papa Clemente, su prestigio estaba creciendo en forma peligrosa; además
de la envidia despertada por sus riquezas, se levantaron contra ellos acusaciones
de arrogancia, exclusivismo, usurpación de derechos episcopales, etc.
Ellos habían resistido varios intentos de unir su orden con los Hospitalarios,
y en tanto que ya no es fácil establecer el grado de su popularidad entre
la gente común, es seguro que en muchas partes de Europa habían
despertado la avaricia de príncipes y la envidia de muchos eclesiásticos
superiores, especialmente en Francia; sin la cooperación de los últimos
nunca habrían caído de manera tan trágica. Su relato se
cuenta en su totalidad en el artículo TEMPLARIOS; por lo tanto, para
evitar repetición, será suficiente mencionar aquí los hechos
principales. En el primer año del pontificado de Clemente V el rey francés
comenzó a exigir del papa la supresión de esta orden eclesiástica
y a poner en marcha una campaña de violencia y calumnia tal como había
ocurrido en el caso de Bonifacio VIII. Si el papa, como naturalmente se temía,
se negó finalmente a ceder en el asunto del proceso contra la memoria
de su predecesor, seguramente estaría muy contento de adquirir alivio
con el sacrificio de los Templarios. Debido a la debilidad e irresolución
del Papa Clemente, el plan real dio resultado. Después de un intento
infructuoso del papa (en Agosto de 1307) para unir los Templarios y los Hospitalarios,
cedió a las exigencias del Rey Felipe y ordenó una investigación
de la orden, contra la cual el rey entabló cargos de herejía (renuncia
de Cristo, inmoralidad, idolatría, desprecio por la Misa, negación
de los sacramentos, etc.). Felipe, sin embargo, no esperó por la operación
usual de la Inquisición, sino que, con la ayuda de su confesor, Guillaume
de Paris (el inquisidor de Francia), y sus inteligentes e inescrupulosos juristas
(Nogaret, de Plaisians, Enguerrand de Marigny) atacó repentinamente a
toda la orden, el 12 de Octubre de 1307, con el arresto en París de Jacques
de Molay, el Grand Comandante, y ciento cuarenta caballeros, seguido por el
mandato del inquisidor de arrestar a todos los miembros a través de Francia,
y el secuestro real de los bienes de la orden. La opinión pública
fue astuta y exitosamente prevenida por los susodichos juristas. También
se hizo aparecer falsamente que el papa aprobó, o estuvo conscientemente
enterado de la acción real, mientras la cooperación de los inquisidores
y obispos franceses puso el sello de aprobación eclesiástica sobre
un acto que ciertamente era una gran injusticia.
Mientras Felipe invitaba a los príncipes de Europa a seguir su ejemplo,
Clemente V protestaba (27 de Octubre) contra la usurpación real de la
autoridad papal, exigía transferir a su custodia los prisioneros y su
propiedad, y suspendía la autoridad inquisitorial de los eclesiásticos
del rey y los obispos franceses. Felipe se sometió en apariencia, pero
mientras tanto Clemente había publicado otra Bula (22 de Noviembre) ordenando
una investigación de los cargos anti-Templarios en todos los países
europeos. (Puede decirse de una vez que los resultados fueron generalmente favorables
a la orden; en ninguna parte, dada la ausencia de tortura, se obtuvieron confesiones
como las que se aseguraban en Francia). Los débiles esfuerzos de Clemente
por obtener para la orden estricta justicia canónica (él mismo
era un excelente canonista) fueron contrarrestados por la nueva Bula que dignificaba
y parecía confirmar los cargos del rey francés, ni entonces ni
posteriormente sustentados por evidencia material o documentos aparte de sus
propios testigos sobornados y las confesiones de los prisioneros, obtenidas
por tortura y por otros métodos dudosos de sus carceleros, ninguno de
los cuales se atrevía a desafiar la bien conocida voluntad de Felipe.
La presunta Regla secreta de los Templarios, que justificaba los cargos mencionados,
nunca fue producida. Mientras tanto William Nogaret había estado ocupado
difamando al Papa Clemente, amenazándolo con acusaciones no diferentes
a las que pendían contra Bonifacio VIII, y estimulando exitosamente una
opinión anti-templaria contra la próxima reunión (Mayo
de 1308) de los Estados Generales. En Julio de ese año se convino entre
el papa y el rey que la culpa o inocencia de la orden misma se separaría
de la de sus miembros (franceses) individuales. La primera fue reservada para
un concilio general, próximo a ser convocado en Vienne en el sur de Francia,
y preparar evidencia para lo que, además de los interrogatorios en ejecución
a través de Europa, y una declaración ante el papa de los setenta
y dos miembros de la orden traídos desde las prisiones de Felipe (todos
los cuales se confesaron culpables de herejía y rogaron por la absolución),
se designaron varias comisiones especiales, de las que las más importantes
comenzaron sus sesiones en París en Agosto de 1309. Sus miembros, actuando
en nombre y con la autoridad del papa, eran opuestos al uso de la tortura, puesto
que antes de ellas cientos de caballeros sostenían libremente la inocencia
de la orden, mientras que muchos de los que anteriormente se rindieron ante
los inquisidores diocesanos, ahora retractaron sus afirmaciones como contrarias
a la verdad. Cuando Nogaret y de Plaisians vieron el probable resultado de las
declaraciones ante las comisiones papales, precipitaron los asuntos, hicieron
que el Arzobispo de Sens (hermano de Enguerrand de Marigny) convocara un concilio
provincial (Sens era entonces metropolitana de París y sede del tribunal
local de la inquisición), en el cual fueron condenados, como herejes
reincidentes, cincuenta y cuatro caballeros que recientemente se habían
retractado ante los comisarios papales de sus confesiones iniciales alegando
que las mismas habían sido hechas bajo tortura y eran totalmente falsas.
El mismo día (12 de Mayo de 1310), todos estos caballeros fueron quemados
públicamente en París fuera de la Porte St. Antoine. Hasta el
final todos declararon su inocencia.
Ya no podría haber posibilidad alguna de libertad de defensa; la comisión
papal en París suspendió sus sesiones por seis meses, y cuando
se reunió de nuevo halló delante de ella solo caballeros que habían
confesado los crímenes de los que se les había acusado y habían
sido reconciliados por los inquisidores locales. El destino de los Templarios
se selló finalmente en el Concilio de Vienne (abierto el 16 de Octubre
de 1311). La mayoría de sus trescientos miembros se oponían a
la abolición de la orden, convencidos de que los presuntos crímenes
no estaban probados, pero el rey fue apremiante, apareció en persona
en el concilio, y finalmente obtuvo de Clemente V la ejecución práctica
de su voluntad. En la segunda sesión del concilio, en presencia del rey
y sus tres hijos, se leyó la Bula “Vox in excelsis”, de fecha
22 de Marzo de 1312, en la cual el papa decía que si bien no tenía
suficientes razones para una condenación formal de la orden, no obstante,
por razones de bienestar común, el odio abrigado contra ellos por el
Rey de Francia, la naturaleza escandalosa de su juicio, y la probable dilapidación
de los bienes de la orden en todo el territorio Cristiano, la suprimía
en virtud de su poder soberano, y no por ninguna sentencia definitiva. Por otra
Bula del 2 de Mayo confirió a los Hospitalarios el derecho a la propiedad
de la orden suprimida. En una forma u otra, sin embargo, Felipe consiguió
el principal legado de su gran riqueza en Francia. En cuanto a los Templarios
mismos, los que siguieron manteniendo sus confesiones fueron dejados libres;
aquellos que se retractaron fueron considerados herejes reincidentes y como
tales fueron llevados a los tribunales de la Inquisición. Fue solo hasta
1314 que El Gran Maestro, Jacques de Molay y Geoffroy de Charmay, Gran Preceptor
de Normandía, reservados al juicio del papa, fueron condenados a cadena
perpetua. Inmediatamente después ellos proclamaron la falsedad de sus
confesiones, y se acusaron a sí mismos de cobardía al traicionar
a su orden para salvar sus vidas. Fueron de una vez declarados herejes reincidentes,
devueltos por la autoridad eclesiástica a la autoridad secular, y fueron
quemados el mismo día (18 de Marzo de 1314). Del Papa Clemente V puede
decirse que las pocas medidas de equidad que aparecen en el curso de este gran
crimen se debieron a él; infortunadamente su sentido de la justicia y
su respeto por la ley fueron contrarrestados por un carácter débil
y vacilante, al cual quizás contribuyó su enclenque e incierta
salud. Algunos piensan que estaba convencido de la culpa de los Templarios,
especialmente después de que tantos de los principales miembros la habían
admitido; ellos explican así su recomendación del uso de la tortura,
así como su tolerancia a la supresión por parte del rey de toda
libertad de defensa propiamente dicha de parte del acusado. Otros creen que
él temía para sí mismo el sino de Bonifacio VIII, cuyo
cruel enemigo, William Nogaret aún vivía, fiscal general de Felipe,
diestro en violencia legal, y envalentonado por una larga carrera de exitosa
infamia. Su motivación más fuerte era, con toda probabilidad,
la preocupación por salvar la memoria de Bonifacio VIII de la injusticia
de una condenación formal en la que habrían insistido la malicia
de Nogaret y el frío rencor de Felipe, de no habérseles arrojado
la rica presa de los Templarios; sostener frente a ambos el coraje apostólico
podría haber acarreado intolerables consecuencias, no solo humillaciones
personales, sino el más peligroso mal del cisma bajo condiciones peculiarmente
desfavorables para el papado. (Ver FELIPE EL HERMOSO; VIENNE, CONCILIO DE; TEMPLARIOS.)
CLEMENTE V Y EL EMPERADOR ENRIQUE VII
En busca de las enormes ambiciones de la monarquía francesa (Pierre Dubois,
“De recuperatione terræ sanctæ”, ed. Langlois, Paris,
1891), el rey Felipe estaba ansioso por ver escogido a su hermano Carlos de
Valois Rey de Alemania en sucesión del asesinado Adolfo de Nassau, por
supuesto con miras a obtener más tarde la corona imperial. El Papa Clemente
estaba aparentemente a favor del plan de Felipe; al mismo tiempo puso en conocimiento
de los electores eclesiásticos que la selección del Conde Enrique
de Lützelburg, hermano del Arzobispo de Trier, sería de su agrado.
El papa estaba bien enterado de que un mayor crecimiento de la autoridad francesa
solo podría reducir aún más su propia medida de independencia.
Aunque elegido el 6 de Enero de 1309 como Enrique VII, y asegurado pronto del
consentimiento papal para su coronación imperial, fue solo en 1312 que
el nuevo rey llegó a Roma y fue consagrado emperador en la iglesia de
San Juan de Letrán por cardenales especialmente delegados por el papa.
Circunstancias obligaron a Enrique VII a ponerse del lado de los Gibelinos,
con el resultado de que en la misma Roma encontró un poderoso grupo de
Güelfos en posesión de San Pedro y la mayor parte de la ciudad,
respaldados activamente también por el Rey Roberto de Nápoles.
El nuevo emperador, después del humillante fracaso de su expedición
italiana, se comprometió a obligar al rey Angevin a reconocer la autoridad
imperial, pero fue contrariado por la acción papal en defensa del Rey
Roberto como vasallo de la Iglesia Romana, señor feudal de las Dos Sicilias.
En vísperas de una nueva campaña italiana en respaldo del honor
y los derechos imperiales, Enrique VII murió repentinamente cerca de
Siena, el 24 de Agosto de 1313. El era la última esperanza de Dante y
sus compañeros Gibelinos, para quien en esta época el gran poeta
redactó en el “De Monarchiâ” su ideal de buen gobierno
en Italia mediante la restauración del fuerte imperio anterior de gobernantes
alemanes, en los que veía los señores ideales del mundo europeo,
y aún del papa como príncipe temporal.
CLEMENT V E INGLATERRA
Embajadores de Eduardo I asistieron a la coronación de Clemente V. A
solicitud del rey Eduardo, el papa lo liberó de la obligación
de cumplir las promesas adicionadas al Charter en 1297 y 1300, si bien después
el rey sacó poca o ninguna ventaja de la absolución papal. Más
aún, para satisfacer al rey, suspendió y llamó al tribunal
papal (1305) al Arzobispo de Canterbury, Roberto de Winchelsea, quien previamente
había sufrido mucho por adherirse a la causa de Bonifacio VIII, y a quien
Eduardo I estaba ahora persiguiendo con cargos no probados de traición.
(Ver CLERICIS LAICOS). Fue solo en 1307, después del ascenso de Eduardo
II, que a solicitud del rey, Clemente V le permitió a este gran clérigo
regresar de Bordeaux a su sede de Canterbury, cuyo antiguo derecho a coronar
los reyes de Inglaterra mantuvo con éxito. Clemente excomulgó
(1306) a Robert Bruce de Escocia por su participación en el asesinato
del Comyn Rojo, y privó de sus sedes a los obispos Lambarton y Wishart
por su papel en la subsiguiente sublevación nacional de los Escoceses.
Los Lores y los Comunes en el Parlamento de Carlisle (1307) manifestaron un
fuerte carácter antipapal, a propósito, entre otras demandas,
del otorgamiento de ricos beneficios ingleses a extranjeros, y aunque no siguió
ninguna acción legal, los posteriores Estatutos de Provisores y Præmunire
hicieron memoria de este evento como indicativo del carácter inglés.
(Ver Gasquet, “The Eve of the Reformation”, disertación en
“Mixed Jurisdiction”, y para otros asuntos de interés inglés
la “Regesta” de Clemente V, y Bliss, “Calendar of Ecclesiastical
Documents relating to England”, Londres, 1893 sqq., series Rolls.)
CLEMENTE V Y EL DERECHO CANONICO
El completó el “Corpus Juris Canonici” medieval mediante
la publicación de una recopilación de decretos papales conocidos
como “Clementineæ”, o “Liber Clementinarum”, a
veces “Liber Septimus” en referencia al “Liber Sextus”
de Bonifacio VIII. Contiene decretos de éste papa, de Benedicto XI, y
del mismo Clemente. Junto con los decretos del Concilio de Vienne fue promulgado
(21 de Marzo de 1314) en la residencia papal de Monteaux cerca de Carpentras.
Sigue el método de los “Decretals” de Gregorio IX y el “Liber
Sextus” de Bonifacio VIII, i.e. cinco libros con subdivisión en
títulos y capítulos. Como el papa murió (20 de Abril) antes
de que esta recopilación hubiera sido publicada, su autenticidad ha sido
puesta en duda por algunos, por lo que Juan XXII la promulgó de nuevo
el 25 de Octubre de 1317, y la envió a la Universidad de Bolonia como
una recopilación auténtica de decretos papales para ser usados
en los tribunales y los colegios. (Laurin, “Introd. In corpus juris canonici”,
Freiburg, 1889; cf. Ehrle, “Archiv f. Litteratur und Kirchengesch.”,
IV, 36 sqq.)
La correspondencia oficial de Clemente se encuentra en cinco
volúmenes de la Regesta Clementis V ( Benedictine ed., Roma, 1885-92);
BALUZE, Vita paparum Avenionensium (Paris, 1693), I; RAYNAULD, Ann Eccl., ad
ann. 1303-13); HEFELE, Conciliengesch. (2d ed.), VI, 393 sig.; EHRLE, Archiv
f. Litt. u. Kirchengesch. (1867-89); CHRISTOPHE, Hist. de la papauté
pendant le quatorzième siécle (Paris, 1853), I; SOUCHON, Papstwahlen
von Bonifaz VIII. bis Urban VI. (1888); RABANIS, Clément V et Philippe
le Bel (Paris, 1858); BOUTARIC, La France sous Philippe le Bel (Paris, 1861);
RENAN, Etudes sur la politique de Phiplippe le Bel (Paris, 1899); WENCK, Clement
V. und Heinrich VII. (1882); LACOSTE, Nouvelles éstudes sur Clément
V (Paris, 1896); BERCHON, Hist. du Pape Clément V (Paris, 1896); BERCHON,
Hist. du Pape Clément V (Bordeaux, 1898), y la exhaustiva bibliografía
en CHEVALIER, Bio-Bibl. Para la literatura de los Templarios, ver TEMPLARIOS.
Será suficiente mencionar aquí: LAVOCAT, Le procès des
frères de l’ordre du Temple (Paris, 1888); SCHOTTMÜLLER, Der
Untergang des Templer Ordens (1893); CH. LANGLOIS, Histoire de France, ed. LAVISSE
(Paris, 1901), III (ii), 174-200; LEA, History of the Inquisition (New York,
1887), III, 238-334; DELAVILLE LE ROULX, La suppression des Templiers in Revue
des questions historiques (1890), XLVII, 29; y GRANGE, The Fall of the Knights
of The Temple in Dublin Review (1895), 329-46.