(Guido Foulques o Guy Le Gros).
Nacido en Saint Gilles sur Rhone, el 23 noviembre, se desconoce el año;
elegido en Perugia el 5 de febrero de 1265; fallecido en Viterbo, el 29 de noviembre
de 1268. Después de la muerte de Urbano IV (2 octubre de 1264), los cardenales,
congregados en cónclave en Perugia, discutieron durante cuatro meses
la más importante cuestión del momento, si la Iglesia debía
continuar la guerra hasta el fin contra la Casa de los Staufen, llamando a Carlos
de Anjou, el hermano más joven de San Luís de Francia, o si debía
encontrar otros medios para afianzar la independencia del papado. No se ofreció
ninguna otra solución, la única posible era unirse alrededor del
cardenal-obispo de Sabina, francés de nacimiento y persona de Carlos.
Guido Le Gros era de extracción noble. Cuando su madre murió,
su padre, el caballero Foulquois, entró en un monasterio cartujo dónde
acabó una santa vida. Guido se casó y durante un corto tiempo
manejó la lanza y la espada. Consagrándose después al estudio
de las leyes, bajo la eficaz dirección del famoso Durand, ganó
una gran reputación nacional como abogado. San Luís, que le tenía
gran respeto y afecto, lo llamó a su gabinete y le hizo uno de sus consejeros
más fiable. Su esposa murió, dejando dos hijas, después
de lo cual imitó la grandeza de su padre, dejó las preocupaciones
mundanas y tomó las Santas Órdenes.
Su ascenso en la Iglesia fue rápido; en 1256 era obispo de Puy; en 1259
arzobispo de Narbona; en diciembre de 1261 cardinal-obispo de Sabina. Fue el
primero cardenal creado por Urbano IV (Babel, Hierarchia Catholica, 7). Estaba
en Francia, regresando de una legación importante a Inglaterra, cuando
recibió un mensaje urgente de los cardenales que exigían su presencia
inmediata en Perugia. Hasta que no entró en el cónclave no fue
informado de que el voto unánime del Sacro Colegio había confiado
en sus manos los destinos de la Iglesia Católica. Estaba sorprendido;
un hombre solo de su gran experiencia debía asumir totalmente su responsabilidad
de juzgar, en esta coyuntura crítica, y encauzar la historia de Italia
y eclesial de los siglos venideros. Sus oraciones y lágrimas no conmovieron
a los cardenales, aceptó remiso la pesada carga, fue coronado en Viterbo
el 22 de febrero y, en honor del santo del día de su nacimiento, adoptó
el nombre de Clemente IV. Sus contemporáneos son unánimes y entusiastas
al exaltar su piedad ejemplar y su rigurosa vida ascética. Tuvo una notable
aversión al nepotismo. Su primer acto fue prohibir que cualquiera de
sus parientes fuera a la Curia, o intentara obtener cualquier tipo de ventaja
temporal por su nombramiento. Se avisó a los aspirantes a la mano de
sus hijas que sus posibles novias no eran “hijas del Papa, sino de Guy
Le Gros”, y que sus dotes debían ser sumamente modestas. Las dos
mujeres prefirieron el aislamiento del convento.
La cuestión napolitana ocupó, casi exclusivamente, los pensamientos
de Clemente IV durante su corto pontificado de 3 años, 9 meses y 25 días,
en el que, sin embargo, fue testigo de las dos batallas decisivas de Benevento
y Tagliacozzo (1268) y de la ejecución de Conradino. Las negociaciones
con Carlos de Anjou habían progresado tanto bajo el reinado de Urbano
IV que era difícil para el Papa volverse atrás, incluso aunque
tuviera esa intención. Pero Clemente no tenía intención
de hacerlo. El poder de Manfredo y la inseguridad de la Santa Sede crecían
diariamente. Clemente había tomado parte activa, ya como cardenal, en
las negociaciones con Carlos y ahora se empeñó al máximo
en orden a proporcionar tropas y dinero a la ambiciosa pero necesaria aventura,.
Los legados papales y frailes mendicantes aparecieron en escena, predicando
a una cruzada formal, con las más amplias indulgencias y pródigas
promesas. Se obtuvieron soldados en abundancia de entre la caballería
bélica de Francia; la gran dificultad era encontrar el dinero con que
equipar y mantener el ejército. El clero y la gente se equivocaron al
no descubrir una cruzada en lo que ellos juzgaron una lucha personal del Papa,
una “dura guerra por Letrán y no contra los sarracenos ni los judíos”
(Dante, Inf., canto XXVII); sin embargo, en realidad, los sarracenos, implantado
en Italia por Federico II, se convirtieron en la fuerza principal del ejército
de Manfredo. Aunque le llevó a veces a la más absoluta indigencia
y le obligó a empeñar todo lo de valor y pedir prestadas cantidades
exorbitantes, el Papa no desesperó; la expedición llegó,
y se logró un gran éxito desde el punto de vista militar.
Mientras, Carlos, precedido de su ejército, llegó a Roma por
mar y, con la conclusión de un tratado por el que se aseguraba firmemente
la libertad de la Iglesia y la supremacía de la Santa Sede, recibió
la investidura de su nuevo reino. El 6 de enero de 1266, fue coronado solemnemente
en San Pedro; no como él había deseado, por el Papa, que subió
a su residencia en Viterbo y nunca vio Roma, sino por un cardenal designado
a este propósito. El 22 de febrero se libró la batalla de Benevento
en la que Carlos venció completamente; Manfredo se encontraba entre los
muertos. Nápoles abrió sus puertas y se estableció la dinastía
de los Angevinos. Aunque buen general, Carlos tenía muchas debilidades
de carácter que le hicieron un gobernante muy diferente de su santo hermano.
Era áspero, cruel, avaro, y tiránico. Clemente se ocupó
de recordarle las condiciones de su tratado, reprobando sus excesos y los de
de sus oficiales, y advirtiéndole que se estaba ganando la enemistad
de sus súbditos. No obstante, cuando un poco más tarde el joven
Conradino, desatendiendo la censura y los anatemas papales, avanzó a
la conquista de lo que él juzgaba su herencia, Clemente permaneció
fiel a Carlos y profetizó que el joven galante, recibido con entusiasmo
ilimitado por los Gibelinos, incluso en Roma, “era llevado como un cordero
al matadero”, y que “su gloria desaparecería como el humo”,
una profecía cumplida literalmente cuando, después del día
fatal de Tagliacozzo (23 de agosto de 1268), Conradino cayó en las manos
implacables de Carlos y fue decapitado (el 29 de octubre) en la plaza del mercado
de Nápoles. La fábula de que Papa Clemente aconsejó la
ejecución del infortunado príncipe diciendo: “La vida o
la muerte de Conradino significan la muerte o la vida de Carlos” es de
una fecha posterior y opuesta a la verdad. Incluso la declaración de
Gregorovio de que Clemente se convirtió en cómplice negándose
a interceder por Conradino, es igualmente infundada; se ha demostrado concluyentemente,
no sólo que él imploró por su vida y suplicó a S.
Luís, para añadir el peso de la influencia sobre su hermano, sino
que además reprobó a Carlos severamente por perpetrar un hecho
tan cruel. Clemente siguió “al último de los Staufen”
a la tumba sólo un mes después, dejando el papado en un mucha
mejor condición que cuando recibió las llaves de San Pedro. Fue
enterrado en la iglesia de los dominicos en Viterbo. Debido a los puntos de
vista divergentes entre los cardenales, el trono papal permaneció vacío
durante casi tres años. En 1268, Clemente canonizó a San Hedwig
de Polonia (d. 1243).
JORDAN, “Le registres de Clément IV” (París,
1893, sqq.); “Life and Letters in MANSI, XIV, 325”; HEIDEMANN, “Papst
Klemens IV”. (Münster, 1903, pt. 1); HEFELE, “Concilieng. VI”,
1-265; HERGENRÖTHER -KIRSCH, “Kirchengesch”, 4th ed. (Friburgo,
1904), II, 566; PRIEST, “Hist. de la Conquéte de Naples par Charles
d'Anjou” (París, 1841); BRAYDA, “La risponsabilitá
di Clemente IV e di Carlo X d'Anjou nella morte di Corradino di Soevia”
(Nápoles, 1900).
JAMES F. LOUGHLIN
Transcrito por WG Kofron. En agradecimiento a la Iglesia de Santa María,
Akron, Ohio