I. Canon del Antiguo Testamento
A. El canon de los judíos palestinos
B. El canon
entre los judíos de Alejandria
II.
El canon del Antiguo Testamento en la Iglesia Católica
A.
El canon Antiguo Testamento (Incluyendo los Deuteros) en el Nuevo
Testamento
B. El Canon
del Antiguo Testamento en la Iglesia de los tres primeros siglos
C. El canon
del Antiguo Testamento durante el siglo cuarto y la primera mitad
del quinto
D. El canon
del Antiguo Testamento desde la mitad del siglo quinto al fin
del siglo séptimo
E.
El canon del Antiguo Testamento durante la Edad Media
F. El canon
del Antiguo Testamento y los concilios generales
III.
El canon del Antiguo Testamento fuera de la iglesia
A. Entre los ortodoxos orientales
B. Entre los protestantes
I.
Canon del Antiguo Testamento
La forma como se ha aplicado la palabra canon a las Escrituras ha tenido desde hace mucho un significado especial
y sagrado. En su sentido más amplio significa la lista autorizada o
el número definido de los escritos compuestos bajo inspiración divina
y destinados al bienestar de la Iglesia, utilizando esta última palabra
en el sentido amplio de la sociedad teocrática que empezó con la revelación
que hizo Dios de si mismo al pueblo de Israel y que encuentra su madurez
y perfección en el organismo católico. El canon bíblico total, por tanto,
consiste del Antiguo y del Nuevo Testamentos. La palabra griega kanon
significa primariamente una caña o vara de medición. Por analogía esa
palabra fue usada por los escritores de la antigüedad, tanto profanos
como religiosos, para denotar una regla o medida. Encontramos la primera
aplicación del sustantivo en la Escritura Sagrada, hecha por San Atanasio,
en el siglo IV. A causa de sus derivaciones, el Concilio de La odisea,
en el mismo período, habla de kanonika
biblia. Atanasio usa las palabras biblia
kanonizomena. La última frase prueba que el sentido pasivo
de canon- colección definida
y reglamentada- ya estaba en uso entonces y que es esa connotación de
la palabra la que ha prevalecido en la literatura eclesiástica.
Los términos protocanónico
y deuterocanónico, de
uso frecuente entre los teólogos y exegetas católicos, piden una palabra
de advertencia. Dichas palabras no son gratuitas ni se puede inferir
de ellas que la Iglesia ha poseído dos cánones bíblicos distintos en
forma sucesiva. Sólo se puede hablar de un primer y un segundo canon
en forma parcial y restringida. Protocanónico (de protos,
primero) es una palabra convencional que señala aquellos escritos que
han sido siempre aceptados sin discusión. por el cristianismo. Los libros
protocanónicos del Antiguo Testamento corresponden a los de la Biblia
hebrea y al Antiguo Testamento reconocido por los protestantes. Los
deuterocanónicos (deuteros, segundo) son aquellos cuya autenticidad
fue debatida por alguna razón, pero que desde hace mucho tiempo ganaron
un lugar seguro en la Biblia de la Iglesia Católica, aunque los protestantes
consideran apócrifos los que quedaron incluidos en el Antiguo
Testamento. Esos libros son siete: Tobías, Judit, Baruc, Eclesiástico,
Sabiduría, I y II de Macabeos. También algunas adiciones a los libros
de Ester y Daniel.
Se debe hacer notar que protocanónico
y deuterocanónico son términos
modernos que no fueron usados sino hasta el siglo XVI. Dado que son
palabras muy largas, la última de ellas (usada con mayor frecuencia)
se abreviará en su forma deutero
en el presente trabajo. El objeto de un artículo respecto al canon sagrado
se puede ver ahora convenientemente delimitado al proceso de
lo que se puede afirmar sobre el proceso de recopilar
los escritos sagrados en cuerpos o grupos tales que, desde su inicio
mismo, han sido objeto de un cierto grado de veneración;
las circunstancias y formas en que dichas recopilaciones
fueron canonizadas o juzgadas
como poseedoras de una calidad singularmente divina y autoritativa;
las vicisitudes que ciertas composiciones sufrieron
en la opinión de personas o localidades antes de que se estableciera
universalmente su carácter escriturístico.
De ese modo podemos concluir que la canonicidad es
algo correlativo a la inspiración, al constituir la dignidad extrínseca
que pertenece a los escritos que han sido declarados oficialmente como
poseedores de origen y autoridad divinos. Es muy probable que cada libro
pasaba a formar parte de una colección sagrada y alcanzaba una posición
canónica de acuerdo a la fecha temprana o tardía en que era escrito.
De ahí parten las apreciaciones tradicionalistas o críticas (sin querer
con ello implicar que los tradicionalistas no puedan ser críticos) respecto
al paralelismo del canon, que igualmente reciben influencia de sus respectivas
hipótesis acerca del origen de los elementos que lo componen.
A. El canon de los judíos
palestinos
(Los libros protocanónicos)
Ya se insinuó que existen un Antiguo Testamento menor,
o incompleto, y uno mayor, o completo. Ambos nos fueron transmitidos
por los judíos. El primero, por los judíos palestinos; el segundo, por
los alejandrinos o helenistas.
La actual Biblia judía está compuesta por tres divisiones,
cuyos títulos combinados forman el nombre completo de las escrituras
del judaísmo: Hat-Torah, Nebiim,
wa-Kethubim, o sea la Ley, los
Profetas y los Escritos. Esta es una tríada muy antigua; se cree
que fue establecida hace mucho en la Mishnah, o código judío de leyes
sagradas no escritas y que fue escrita finalmente alrededor del año
200 d.C. Un agrupamiento semejante es mencionado en las palabras del
mismo Cristo en el Nuevo Testamento, en Lc. 24,44: Todas las cosas
que fueron dichas respecto de mí deben ser cumplidas, las que se encuentran
escritas en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos.
Si vamos al prólogo del Eclesiástico, que fue fijado en éste cerca del
año 132 a.C., encontramos que se mencionan la Ley, los Profetas
y otros que los han sucedido. La Torah, o ley, consiste de los
cinco libros mosaicos: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio.
Los Profetas fueron subdivididos por los judíos en Profetas Anteriores
(i.e. los libros profético-históricos: Josué, Jueces, Samuel, [Reyes
I y II], y Reyes [Reyes III y IV], y Profetas Posteriores (Isaías, Jeremías,
Ezequiel y los doce profetas menores, a los que los hebreos cuentan
como un solo libro). Los Escritos, mejor conocidos por un título prestado
de los Padres Griegos, Hagiographa (escritos sagrados), abarcan todos los libros restantes
de la Biblia hebrea. Nombrados en el orden en el que aparecen en el
texto hebreo actual, son: Salmos, Proverbios, Job, Cantar de los Cantares,
Rut, Lamentaciones, Eclesiastés, Ester, Daniel, Esdras, Nehemías, o
Esdras II, Paralipomenon.
Postura
tradicional del canon de los judíos palestinos.
Proto-canon.
Opuestos a las visiones más recientes de algunos estudiosos,
los conservadores no admiten que los Profetas y los Hagiographa representen
dos etapas sucesivas de la formación del canon palestino. Según la vieja
escuela, el principio rector de la separación entre los Profetas y los
Hagiographa no era de naturaleza cronológica, sino algo que se encuentra
en la naturaleza misma de las respectivas composiciones sagradas. Esa
literatura quedó agrupada en los Ké-thubim, o Hagiographa, ninguno de
los cuales era producción directa del orden profético, o sea, de los
personajes comprendidos en los Profetas Posteriores, ni tampoco contenía
la historia de Israel interpretada por los mismos maestros profetas:
narraciones clasificadas como Profetas Anteriores. El profeta Daniel
fue relegado a los Hagiographa como si fuera solamente una obra del
don de profecía, pero no como
la obra del oficio permanente
de profeta. Los mismos estudiosos conservadores del canon- hoy día con
escasa representación fuera de la Iglesia- defienden, en lo que toca
a la inclusión en la literatura israelita de los documentos que conforman
esos grupos, fechas muy anteriores a las admitidas generalmente por
los críticos. Para ellos, la terminación práctica, no la formal, del
canon palestino se ubica en la era de Esdras (Ezra) y Nehemías, a mediados
del siglo V a. C., aunque por otra parte, siempre fieles a la autoría
mosaica del Pentateuco, insisten en que la canonización de los cinco
libros sucedió poco después de su composición.
Habida cuenta que los tradicionalistas infieren la
autoría mosaica del Pentatecuco a partir de otras fuentes, pueden encontrar
prueba de una colección más temprana de esos libros en Deuteronomio
31, 9-13, 24-26, donde se trata acerca de un cierto libro de la ley,
entregado por Moisés a los sacerdotes con el mandato de guardarlo en
el Arca y de leerlo al pueblo en la fiesta de los Tabernáculos. Pero
el esfuerzo por identificar este libro con el Pentateuco entero no convence
a quienes se oponen a la autoría mosaica.
El resto del
canon Palestino-judío
Sin estar totalmente seguros del tema, quienes abogan
por las posturas antiguas consideran muy posible que se hayan hecho
varias adiciones al repertorio sagrado en el período que va de la canonización
de la Torah mosaica, descrita más arriba, al exilio (598 a.C.). Para
ello citan, especialmente, a Isaías, 34,16; II Paralipómenos, 29,1;
Daniel, 9,2. Respecto al período que siguió al exilio babilónico, los
conservadores arguyen con más seguridad. Se trata de una era de construcción,
un parte aguas en la historia de Israel. La terminación del canon judío,
mediante la adición de los Profetas y de los Hagiographa como cuerpos
de la Ley, se atribuye a conservadores como Esdras, el sacerdote-escriba
y líder religioso de ese período, apoyado por Nehemías, el gobernador
civil, o al menos a la escuela de escribas fundada por el primero. (Cf.
II Esdras, 8-10; II Macabeos, 2, 13, en el original griego). Favorece
mucho más claramente la formulación hecha por Esdras de la Biblia Hebrea
el famoso pasaje de Josefo, Contra Apionem, I, 8, en el
que el historiador judío, quien escribe en el año 100 d. C., deja sentada
su convicción, y de sus correligionarios- probablemente basada en la
tradición-, de que las escrituras de los hebreos palestinos formaban
una colección cerrada y sagrada que data de los días del rey persa Artajerjes
Longiamanus (465-425 a.C.), un contemporáneo de Esdras. Josefo es el
más antiguo escritor que numera los libros de la Biblia Judía. Su ordenamiento
actual contiene 40; Josefo llegó artificialmente a 22, para coincidir
con el número de letras del alfabeto hebreo, a través de combinaciones
tomadas parcialmente de los Setenta. Los exegetas conservadores encontraron
un argumento confirmativo en una afirmación del apócrifo libro IV de
Esdras (XIV, 18-47), bajo cuyo legendaria cobertura ellos ven una verdad
histórica. Ven otra más en una referencia encontrada en el texto Baba
Bathra del Talmud babilónico sobre la actividad hagiográfica de los
hombres de la Gran Sinagoga, y de Esdras y Nehemías.
Pero los escrituristas católicos que admiten un canon
esdriano están lejos de admitir que Esdras y sus colegas pretendían
cerrar la biblioteca sagrada para impedir cualquier futura intromisión.
El Espíritu de Dios pudo, y de hecho lo hizo, soplar en los escritos
posteriores, y la presencia de los libros deutero en el canon de la
Iglesia responde a los teólogos protestantes de la generación anterior,
quienes aseguraban que Esdras fue un agente divino elegido para determinar
y sellar inviolablemente el Antiguo Testamento. Al menos en este punto
los escritores católicos difieren del cauce del testimonio de Josefo.
Y aunque existe lo que se podría llamar un consenso de los exegetas
católicos del tipo conservador acerca de la formulación esdriana o cuasi
esdriana del canon en la medida que el material existente lo permitía,
no se trata de un acuerdo total. Kaulen y Danko, postulando una compilación
posterior, son las excepciones entre los académicos mencionados.
Visiones
críticas de la formación del canon palestino.
La Ley, los Profetas y los Hagiographa, sus tres cuerpos
constitutivos, representan un grado de crecimiento y corresponden a
tres períodos más o menos extensos. Los Hagiographa se encuentran separados
de los Profetas por causas puramente cronológicas. La única división
señalada por razones intrínsecas es el elemento legal del Antiguo Testamento,
o sea, el Pentateuco.
La Torah, o Ley
Dicen los exegetas críticos que hasta el reinado de
Josías y el descubrimiento del libro de la Ley en el templo,
hecho que hizo época (621 a.C.), no había en Israel ningún códice legal
escrito, ni ninguna otra obra que fuese reconocida universalmente como
procedente de la suprema autoridad divina. Ese libro de la Ley
era prácticamente idéntico al Deuteronomio, y su reconocimiento y canonización
consistieron en el pacto solemne echo por Josías y el pueblo de Judá,
según se describe en el IV libro de los Reyes, 23. Quedó demostrado
por la evidencia negativa de los profetas anteriores y por la ausencia
de factores debidos a la reforma religiosa decidida por Exequias (Hezekiah),
que en Israel no se conocía previamente ninguna Torah sagrada escrita,
mientras que ésta sí constituyó el motor principal de la reforma que
realizó Josías. Finalmente, también lo demostró la sorpresa y consternación
de este último gobernante al encontrar tal obra. Este argumento, de
hecho, es el pivote del actual sistema de crítica del Pentateuco. Además,
el tema va a ser desarrollado con mayor detalle en el artículo referente
al Pentateuco. Como lo será, igualmente, la tesis que ataca la autoría
mosaica y la promulgación de ese último libro en su totalidad. La publicación
de todo el código mosaico, según la hipótesis dominante, no ocurrió
sino hasta los días de Esdras, y está narrada en los capítulos VIII-X
del segundo libro que lleva ese nombre. En ese contexto, debe mencionarse
el argumento del Pentateuco samaritano para dejar establecido que el
canon esdriano no adoptó nada fuera del Hexateuco, i.e., el Pentateuco
más Josué. (Vea PENTATEUCO;
SAMARITANOS.)
Los Nebiim o Profetas
No hay forma de aclarar directamente el tiempo o modo
en que se terminó la segunda etapa del Canon Hebreo. La creación del
mencionado Canon Samaritano (c. 432 a.C.) puede proporcionar un terminus a quo. Quizás un mejor punto de referencia sea la fecha de
la terminación de la profecía cerca del fin del siglo quinto antes de
Cristo. Para el otro terminus
la fecha inferior es la del prólogo del Eclesiástico (c. 123 a.C.),
que habla de la Ley y los Profetas y los demás que
los han seguido. Pero compárese el mismo Eclesiástico, capítulos
46-49 para ver una fecha anterior.
Los Kéthubim,
o Hagiographa, completan el Canon Judío.
Las opiniones de los críticos referentes a su fecha
de redacción varían desde el año 165 a.C. a la mitad del siglo segundo
de nuestra era (Wildeboer). Los estudiosos católicos Jahn, Movers, Nickes,
Danko, Haneberg, Aicher, sin compartir las opiniones de los exegetas
más avanzados, consideran que los Hagiographa hebreos
no quedaron definitivamente terminados sino hasta después de Cristo.
Es algo indiscutible que el carácter sagrado de ciertas partes de la
Biblia palestina (Ester, Eclesiatés, Cantar de los Cantares) aún era
puesto en duda por algunos rabíes en fecha tan tardía como el siglo
segundo de la era cristiana (Mishna, Yadaim, III,5; Talmud Babilonio,
Megilla, fol. 7). A pesar de las diferencias de fechas, los críticos
concuerdan en que la distinción entre los Hagiographa y el Canon Profético
es esencialmente cronológica. Se debe a que los Profetas ya habían formado
una colección cerrada a la que no tenían acceso Rut, Lamentaciones y
Daniel, aunque pertenecieran naturalmente a ellos y, consecuentemente,
tuvieron que aceptar un lugar en la formación más nueva, los Kéthubim.
Los
Libros Protocanónicos y el Nuevo Testamento
La ausencia de citas de Ester, Eclesiastés y Cántico
se puede explicar razonablemente por su poca utilidad en los objetivos
del Nuevo Testamento, y se justifica más por la ausencia de los dos
libros de Esdras. Abdías, Nahum y Sofonías, aunque no son honrados directamente,
quedaron incluidos en las citas de los otros profetas menores gracias
a la unidad tradicional de esa colección. Por otro lado, términos muy
frecuentes como la Escritura, las Escrituras,
las Sagradas Escrituras, aplicadas en el Nuevo Testamento
a otros escritos sagrados, nos pudieran hacer pensar que éstos ya formaban
una colección fija. Pero, por su parte, la referencia en San Lucas a
la Ley, los Profetas y los Salmos, aunque demuestra la fijación
del Torah y de los Profetas como grupos sagrados, no nos garantiza la
misma fijación para la tercera división, los Hagiographa judeo-palestinos.
Si, como parece ser la verdad, el contenido exacto del catálogo amplio
de las Escrituras del Antiguo Testamento (el que abarcaba los libros
deutero), no puede ser establecido desde el Nuevo Testamento, no existe
razón a fortiori para esperar que reflejase la extensión del canon judío,
de menor amplitud. Estamos seguros que todos los Hagiographa fueron
en algún momento, antes de la muerte del último apóstol, entregados
en forma divina a la Iglesia como escrituras sagradas. Claro que esto
lo sabemos como verdad de fe, por deducción teológica, no por la evidencia
documental del Nuevo Testamento. Este hecho tiene fuerza en contra de
la postura protestante que afirma que Jesús aprobó y transmitió en bloc la ya previamente definida Biblia
de la sinagoga Palestina.
Autores
y estándares de canonicidad entre los judíos
Aunque el Antiguo Testamento no revela noción formal
alguna de inspiración, los judíos de los tiempos posteriores deben por
lo menos haber poseído una idea semejante (cf. II Tim, 3,16; II Pe.
1,21). Se menciona el caso en el que un doctor talmúdico que distinguía
entre una composición entregada por la sabiduría del Espíritu
Santo y otra, presumiblemente creada por la simple sabiduría humana.
Pero en lo tocante a nuestro claro concepto de canonicidad debemos decir
que es un concepto moderno, del que ni siquiera el Talmud tiene evidencia
alguna. Con el fin de definir un libro que no tenía lugar reconocido
en la biblioteca divina, los rabíes hablaban de él como manchas
en las manos, un término técnico muy curioso procedente quizás
del deseo de impedir cualquier tocamiento profano del rollo sagrado.
Sin embargo, a pesar de que entre los judíos no existía la idea
formal de canonicidad, sí se daba el hecho.
En cuanto a la fuente de canonicidad entre los antiguos hebreos, nos
vemos forzados a asumir una analogía. Existen razones tanto psicológicas
como históricas para rechazar la suposición de que el canon del Antiguo
Testamento nació espontáneamente de una especie de reconocimiento público
de los libros inspirados. Cierto, parece razonable pensar que el oficio
profético en Israel contaba con sus propias credenciales, y que éstas
se extendían en gran medida a sus composiciones escritas. El problema
es que existían muchos seudo profetas en el país, lo que hacía necesario
que hubiese alguna autoridad para separar los escritos proféticos genuinos
de los falsos. Del mismo modo se hacía necesario un tribunal final que
pusiese su sello sobre la variadísima y confusa literatura comprendida
en los Hagiographa. La tradición judía, según lo describen los mencionados
Josefo, Baba Bathra y los datos del seudo Esdras, indica la existencia
una autoridad que funcionaba como árbitro final de qué era escriturístico
y qué no. Se dice que el así llamado Concilio de Jamnia (c. 90 d.C.)
había ya resuelto la disputa que existía entre las escuelas rabínicas
rivales en torno a la canonicidad del Cántico. De modo que, mientras
la intuición y la cada vez más reverente conciencia del elemento de
la fe de Israel podía dar- y probablemente daba- un impulso general
y una dirección a la autoridad, debemos concluir que fue la voz de la
autoridad oficial la que realmente fijó los límites del canon hebreo,
y aquí, hablando en forma muy general, los exégetas conservadores y
los avanzados encontraban un terreno común. Sea como haya sido en el
caso de los Profetas, la evidencia favorece mayoritariamente un período
posterior para el caso del cierre de los Hagiographa. Un período en
el que el cuerpo de los escribas dominaban el judaísmo, sentados sobre
la cátedra de Moisés, y detentaban solitariamente la autoridad
y el prestigio de tal actividad. El término cuerpo de los escribas
ha sido utilizado en forma precautoria, bajo la sospecha grave y, a
veces, el rechazo total de los académicos contemporáneos, para señalar
la Gran Sinagoga de la tradición rabínica, pero este asunto
cae fuera de la jurisdicción del Sanedrín. La clave para discriminar
las obras canónicas de las no canónicas estaba influenciada por la Ley
del Pentateuco. Este fue siempre el canon par excellence de los israelitas. Para
los judíos de la Edad Media la Torah era el santuario más íntimo, el
Santo de los Santos, mientras que los Profetas eran el Lugar Santo y
los Kéthubim constituían únicamente el patio
exterior del templo bíblico, y esta concepción medieval encontraba su
fundamento en la preeminencia que los rabíes de la época talmúdica daban
a la Ley. Desde el tiempo de Esdras la Ley, en cuanto era la parte más
antigua del canon y la expresión formal de los mandatos de Dios, recibió
el mayor grado de veneración. Los cabalistas del siglo segundo después
de Cristo, y otras escuelas posteriores, veían en la otra parte del
Antiguo Testamento una mera expansión e interpretación del Pentateuco.
Por ello podemos estar seguros que la prueba mayor de canonicidad, al
menos para el caso de los Hagiographa, era su conformidad con el canon
par excellence, el Pentateuco.
Es algo evidente, además, que ningún libro que no hubiese sido compuesto
en hebreo, y que no poseyese las características de antigüedad y prestigio
de la edad clásica, o algo de renombre por lo menos, no era admitido.
Tales criterios son negativos y exclusivos, más que directivos. El empuje
del sentimiento religioso y del uso litúrgico deben haber sido el factor
decisivo en la decisión. Pero los criterios negativos eran parcialmente
arbitrarios y la simple intuición no puede ser prueba definitiva de
certificación divina. No fue sino mucho después que la Voz infalible
habló, y fue para declarar que el canon de la sinagoga, aunque permanecía
sin adulterar, estaba incompleto.
B.
El canon entre los judíos de Alejandria
(Los libros
deutorocanónicos)
La diferencia más notable entre las Biblias católica
y protestante es la presencia en aquélla de ciertos escritos que faltan
tanto en ésta como en la Biblia hebrea, la cual se convirtió en el Antiguo
Testamento del protestantismo. Dichos escritos son siete: Tobías, Judit,
Sabiduría, Eclesiástico, Baruc, I y II de Macabeos y tres documentos
añadidos a los libros protocanónicos. Éstos son: el suplemento de Ester,
del versículo 4 del capítulo 10 al final, el Cántico de los Tres Jóvenes
en Daniel, 3, y las historias de Susana y los ancianos y de Bel y el
dragón, que forman los capítulos finales de la versión católica de dicho
libro. De esas obras, Tobías y Judit fueron escritos originalmente en
arameo, quizás en hebreo; Baruc y Macabeos I, en hebreo; Sabiduría y
Macabeos II fueron definitivamente compuestos en griego. Las probabilidades
favorecen al hebreo como lengua original de la adición de Ester, y al
griego como lengua del añadido de Daniel.
El viejo Antiguo Testamento griego conocido como los
Setenta fue el vehículo que llevó esas escrituras adicionales a la Iglesia
Católica. La versión de los Setenta era la Biblia de los judíos de habla
griega, o helenistas, cuyo centro literario e intelectual se encontraba
en Alejandría (vea SETENTA). De entre las copias existentes de esa versión
las más antiguas datan de los siglos IV y V de nuestra era, lo cual
nos dice que fueron elaboradas por manos cristianas. Sin embargo, los
investigadores generalmente admiten que tales copias representan fielmente
el Antiguo Testamento de acuerdo a como éste era conocido entre los
helenistas o judíos alejandrinos de la era inmediatamente anterior a
Cristo. Los venerables manuscritos de los Setenta varían un poco con
respecto al canon palestino, mostrando con ello que en el círculo de
los judíos alejandrinos el número admisible de libros extra no estaba
determinado puntualmente por la tradición o la autoridad. Si bien los
Macabeos están ausentes en el Codex Vaticanus (la copia más antigua
del Antiguo Testamento griego), todos los manuscritos enteros contienen
todos los escritos deutero. Donde los manuscritos de los Setenta muestran
diferencias entre si, con la excepción ya mencionada, es en ciertos
excesos que van más allá de los libros deutero.
No deja de ser significativo que en todas las Biblias alejandrinas
el orden hebreo tradicional es roto por la inserción de la literatura
adicional entre los otros libros, en forma ilegal, con lo que aseguran
a los escritos extra una importante igualdad de rango y privilegio.
Conviene preguntarse acerca de los motivos que llevaron a los judíos
helenistas a canonizar, virtualmenet al menos, esta considerable cantidad
de literatura. Alguna de ella es muy reciente y se separa muy radicalmente
del canon palestino. Algunos opinan que no fueron los alejandrinos sino
los palestinos quienes se separaron de la tradición bíblica. Los escritores
católicos Nickes, Movers, Danko y, más recientemente, Kaulen y Mullen,
han defendido la posición de que originalmente el canon judío contenía
todos los libros deuterocanónicos y que así se mantuvo hasta el tiempo
de los apóstoles (Kaulen, c. 100 d.C.) cuando, a consecuencia de que
los Setenta habían llegado a ser el Antiguo Testamento de la Iglesia,
fue prohibido por los escribas de Jerusalén, movidos por su hostilidad
a la generosidad helenista (según Kaulen, especialmente) y por la redacción
griega de nuestros libros deuterocanónicos. Esos exégetas dan mucho
realce a la afirmación de San Justino Mártir acerca de que los judíos
habían mutilado la Sagrada Escritura. Tal afirmación no descansa sobre
evidencia positiva. Aducen que ciertos libros deutero siempre han sido
citados por doctores palestinos y babilonios con veneración e incluso
como si fueran parte de las Escrituras. Pero las aseveraciones particulares
de algunos rabíes no pueden pesar más que la constante tradición hebrea
del canon, atestiguada por Josefo- aunque él se inclinaba al helenismo,
y por el autor judeo-alejandrino del IV libro de Esdras. Nos vemos forzados
a admitir que los líderes del judaísmo alejandrino mostraron una clara
independencia de la tradición y autoridad de Jerusalén al permitir la
ruptura de los límites sagrados del canon, fijado ya por los Profetas,
al insertar un libro de Daniel ampliado y la epístola de Baruc. Si se
asume que los límites de los Hagiographa palestinos permanecieron sin
definir hasta una fecha relativamente tardía, entonces hubo mucho menos
innovación al adicionar los otros libros, pero la eliminación de las
líneas de la triple división revela que los helenistas estaban preparados
para ampliar el canon hebreo o para crear ellos uno nuevo.
Estas innovaciones pueden explicarse humanamente a
causa del espíritu libre de los judíos helenistas. Bajo la influencia
del pensamiento griego ellos habían concebido una visión mucho más amplia
de la inspiración divina que sus hermanos palestinos y se rehusaban
a restringir las manifestaciones literarias del Espíritu Santo a un
límite de tiempo y a la forma hebrea de lenguaje. El libro de la Sabiduría,
decididamente helenista en su carácter, nos presenta una Sabiduría divina
que fluye de generación en generación santificando a las almas y a los
profetas. (7,27, en su versión griega). Filón, un pensador típicamente
judeo-alejandrino, tiene incluso una noción exagerada de la difusión
de la inspiración (Quis rerum divinarum hæres, 52; ed. Lips., III, 57;
De migratione Abrahæ, 11,299; ed. Lips. II, 334). Pero aún Filón, aunque
denota cierta familiaridad con la literatura deutero, nunca la cita
en sus voluminosos escritos. Cierto que son varios los libros del canon
hebreo que él no utiliza, pero se puede suponer naturalmente que si
él hubiese considerado las obras adicionales como si estuvieran en el
mismo plano que las otras, no hubiera dejado de citar una obra tan estimulante
y agradable como es el libro de la Sabiduría. No sólo eso, sino que,
como lo han hecho notar varias autoridades en la materia, el espíritu
independiente de los helenistas no podía haber llegado tan lejos como
a establecer un canon oficial distinto del de Jerusalén sin haber dejado huella de ello
en la historia. Así que, de los datos con los que contamos, podemos
concluir en justicia que aunque los deuterocanónicos fueron admitidos
como libros sagrados por los judíos alejandrinos, siempre tuvieron un
grado inferior de santidad y autoridad que los que habían sido aceptados
desde antes, i.e., los Hagiographa y los profetas palestinos, que era
inferiores, a su vez, que la Ley.
II.
El canon del Antiguo Testamento en la Iglesia Católica
La definición más explícita del canon católico es la
que dio el Concilio de Trento, en su sesión IV, en 1546. Su catálogo
del Antiguo Testamento es como sigue:
Los cinco libros de Moisés (Génesis, Éxodo, Levítico,
Números y Deuteronomio), Josué, Jueces, Rut, los cuatro libros de los
Reyes, dos de los Paralipómenos, Esdras I y II (que después se llamó
Nehemías), Tobías, Judit, Ester, Job, el salterio de David (que tiene
150 salmos), Proverbios, Esclesiatés, El Cantar de los Cantares, Sabiduría,
Eclesiástico, Isaías, Jeremías, con Baruc, Ezequiel, Daniel, los doce
profetas menores (Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum,
Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías, Malaquías), dos libros de los Macabeos,
el I y el II.
El orden de los libros sigue el del Concilio de Florencia,
de 1442, y el plan general de los Setenta. La divergencia de los títulos
respecto a los que se encuentran en las versiones protestantes se debe
al hecho que la Vulgata Latina oficial retuvo las formas de los Setenta.
A.
El canon Antiguo Testamento (Incluyendo los Deuteros) en el Nuevo Testamento
Los decretos tridentinos de los que se obtuvo la lista
mencionada arriba constituyeron el primer
pronunciamiento infalible y efectivo que se promulgó del canon
dirigido a la Iglesia universal. Siendo de carácter dogmático, implica
que los apóstoles transmitieron el mismo canon a la Iglesia como parte
del depositum fidei. Pero ello no se llevó a cabo a base de tomar una
decisión formal. Será en vano que se busque señal de tal acción en las
páginas del Nuevo Testamento. El canon amplio del Antiguo Testamento
pasó tácitamente a través de las manos de los apóstoles hacia la Iglesia
a partir de su uso y de la actitud general de los fieles respecto a
sus componentes. Fue una actitud que se revela en el Nuevo Testamento,
en el caso de la mayor parte de los escritos sagrados del Antiguo Testamento,
y en el caso del resto, se debe haber manifestado en expresiones orales
o en la aprobación tácita de la reverencia especial de los fieles. Si
se reflexiona a partir del estado en el que encontramos los libros deutero
en las etapas más tempranas del cristianismo post-apostólico, se puede
afirmar correctamente que tal estado de cosas sugiere la aprobación
apostólica que, a su vez, debe haber descansado sobre la revelación,
ya sea la de Cristo, ya la del Espíritu Santo. A causa de la complejidad
e inadecuación de los datos proporcionados por el Nuevo Testamento,
debemos recurrir a este argumento prescriptivo legítimo por lo menos
en relación con los deuterocanónicos. Todos los libros del Antiguo Testamento
hebreo están citados en el Nuevo, excepto aquellos que han sido apropiadamente
llamados antilegomena del
Antiguo Testamento, a saber: Ester, Eclesiastés y Cantar. Más aún, Esdras
y Nehemías tampoco se utilizan. La conocida ausencia de cualquier cita
explícita de los escritos deuterocanónicos no prueba, por tanto, que
deban ser vistos como inferiores a las obras arriba mencionadas para
los personajes y autores del Nuevo Testamento. La literatura deuterocanónica
generalmente no se adaptaba a sus objetivos. Se debe recordar, incluso,
que ni siquiera en su lugar de origen, Alejandría, era dicha literatura
muy citada por los autores judíos, como ya se vio en el caso de Filón.
El argumento negativo que se obtiene de la carencia de citas de los
deutero en el Nuevo Testamento se minimiza por el uso indirecto que
sí hace de ellos el mismo testamento. Este uso toma forma de alusiones
y reminiscencias y muestra de forma clara que los apóstoles y evangelistas
estaban familiarizados con el incremento alejandrino, consideraban sus
obras como fuentes merecedoras al menos de respeto y escribieron bajo
cierta influencia de ellos. Si se compara el capítulo 11 de la carta
a los Hebreos con los capítulos 6 y 7 del II Libro de Macabeos, se manifiesta
una inconfundible referencia a éste último al hablar el primero de los
mártires glorificados. Hay mucha afinidad de pensamiento, e incluso
de formas de lenguaje, entre I Pe. 1, 6-7 y Sab. 3,5-6; Heb. 1,3 y Sab.7,26-27;
I Cor. 10,9-10 y Jud. 8, 24-25; I Cor. 6,13 y Ecco. 36,20. Sin embargo,
la fuerza del uso directo e indirecto del Antiguo Testamento en el Nuevo
se ve ligeramente disminuida por la desconcertante verdad que al menos
uno de los autores del Nuevo Testamento explícitamente cita el Libro
de Enoch, reconocido desde tiempo atrás como apócrifo. Vea el
versículo 14. Y en el versículo 9 cita de otra narración apócrifa, la
Asunción de Moisés. Las menciones que hace el Nuevo Testamento
del Antiguo se caracterizan por cierta libertad y elasticidad en la
forma y en la fuente, lo que tiende a disminuir aún más su poder probatorio
respecto a su canonicidad. Pero por lo menos en lo que concierne a la
gran mayoría de los Hagiographa palestinos- y a fortiori, el Pentateuco
y los Profetas-, cualquier falta de conclusividad existente en el Nuevo
Testamento queda superada por la abundancia de sustento sobre su estatura
canónica que existe en las fuentes judías, para citar sólo unas. Estas
comienzan con el Mishnah, pasando por Josefo y Filón, y llegando a la
traducción de dichos libros por los griegos helenistas. En cuanto a
la literatura deuterocanónica, solamente el último testimonio sirve
como confirmación judía. Hay signos, empero, que la versión griega no
era vista por sus lectores como una Biblia concluida, de sacralidad
definida en todas sus partes, sino como algo que en sus variables contenidos
perdía brillantez gradualmente a los ojos de los helenistas y pasaban
desde la Ley, eminentemente sagrada, hasta obras de cuestionable divinidad,
como el III Libro de los Macabeos. Este factor debe ser sopesado al
considerar cierto argumento. Un gran número de autoridades católicas
percibe una canonización de los deuterocanónicos en una supuesta aprobación
masiva, por parte de los Apóstoles, del Antiguo Testamento griego, de
mayor extensión evidentemente. No le falta fuerza al argumento. El Nuevo
Testamento muestra cierta preferencia por los Setenta: de los 350 textos
sacados del Antiguo Testamento, 300 prefieren el lenguaje de la versión
griega al de la hebrea. Con todo, hay consideraciones que nos invitan
a dudar antes de admitir la adopción apostólica de los Setenta en
bloc. Como ya se señaló arriba, hay razones para creer que no se
trataba de una cantidad fija en ese tiempo. Los manuscritos más antiguos
y representativos que existen no son totalmente idénticos en los libros
que contienen. Más aún, debe recordarse que al inicio de nuestra era,
y durante un tiempo posterior, era muy raro encontrar en forma manuscrita
colecciones tan voluminosas como los Setenta. Esta versión debe haberse
encontrado más comúnmente en libros separados o grupos de libros, lo
cual favorecía una cierta variación en la brújula. De modo que ni unos
Setenta fluctuantes, ni un Nuevo Testamento poco explícito nos pueden
dar la exacta extensión de la Biblia pre-cristiana que fue transmitida
por los apóstoles a la Iglesia Primitiva. Es más sostenible concluir
que hubo un proceso selectivo bajo la guía del Espíritu Santo, y que
tal proceso fue terminado en una fecha tan tardía de la edad apostólica
que el Nuevo Testamento no puede reflejar su fruto maduro respecto al
número o a la santidad de los libros admitidos de fuera de Palestina.
Para poder entender históricamente el canon apostólico de Antiguo Testamento
debemos interrogar a otros libros posteriores aunque menos sagrados,
que expresan más claramente la fe de las primeras épocas del cristianismo.
B.
El Canon del Antiguo Testamento en la Iglesia de los tres primeros siglos
Los escritos subapostólicos de Clemente, Policarpo,
el autor de la Epístola de Barnabás, de las homilías seudo-clementinas
y el Pastor de Hermas, contienen citas implíctas o alusiones
de todos los deutero, excepto Baruch (que antiguamente se encontraba
con frecuencia unido a Jeremías), el I Libro de los Macabeos y las adiciones
a David. No se puede obtener ningún argumento en contra a partir del
carácter implícito, suelto, de esas citas ya que los Padres Apostólicos
citan las escrituras deuterocanóncas exactamente de la misma manera.
Bajando a la siguiente época, la de los apologetas,
encontramos a Baruc citado como profeta por Atenágoras. San Justino
Mártir fue el primero en darse cuenta que la Iglesia poseía una versión
de las escrituras del Antiguo Testamento que diferían de las de los
judíos. Fue también el primero en insinuar el principio, que luego fue
promulgado por escritores posteriores, de la autosuficiencia de la Iglesia
para establecer el canon; su independencia de la sinagoga respecto a
ese asunto. La plena comprensión de esta verdad tomó tiempo en madurar,
por lo menos en Oriente, donde no faltan indicaciones de que por largo
tiempo en algunos frentes no se pudo evitar la influencia de la tradición
judeo-palestina. San Melitón, obispo de Sardes, fue quien primero hizo
la lista de los libros canónicos del Antiguo Testamento. Dice él que
en esa tarea, aunque mantuvo el orden familiar de los Setenta, verificó
su catálogo a base de interrogar a los judíos. Para ese tiempo, los
judíos habían ya descartado en casi todas partes los libros alejandrinos,
así que el canon de Melitón consiste exclusivamente de los protocanónicos
minus Ester. Debe subrayarse, sin embargo,
que el documento al que se le antepuso ese catálogo se pudo haber interpretado
como orientado a la polémica antijudía, en cuyo caso se entendería bajo
otra luz lo del canon restringido. San Ireneo, testigo de primera categoría
dado su amplio conocimiento de la tradición eclesiástica, afirma que
Baruc fue juzgado con el mismo criterio que Jeremías, y que las narraciones
de Susana y de Bel y el dragón se le atribuyeron a Daniel. La tradición
alejandrina queda representada por el enorme peso de Orígenes. Éste,
influenciado sin duda por el uso de los judíos alejandrinos de aceptar
en la práctica los escritos extra mientras sostenían en teoría el canon
menor de Palestina, tiene un catálogo de las escrituras del Antiguo
Testamento que únicamente contiene los libros protocanónicos, aunque
sigue el orden de los Setenta. Con todo, Orígenes utiliza todos los
libros deutero como Sagrada Escritura, y en su carta a Julio Africano
defiende el carácter sagrado de Tobías, Judith y los fragmentos de Daniel.
Afirma implícitamente, además, la autonomía de la Iglesia para determinar
el canon (vea las referencias en Cornely). En su edición Hexapla del
Antiguo Testamento encuentran lugar todos los libros deutero. El manuscrito
bíblico conocido como Codex Claromontanus, del siglo VI,
contiene un catálogo al que ambos, Harnack y Zahn, le atribuyen un origen
alejandrino, casi contemporáneo de Orígenes. Ese documento por lo menos
data del período que estamos examinando y comprende todos los libros
deutero, incluyendo el IV de los Macabeos. San Hipólito (m. 236) puede
bien ser considerado el representante de la tradición romana primitiva.
Él comenta sobre el capítulo de Susana, cita frecuentemente la Sabiduría
considerándola obra de Salomón y utiliza a Baruc y a los Macabeos como
Sagrada Escritura. En la Iglesia del África occidental existen dos testigos
fuertes del canon mayor: Tertuliano y San Cipriano. Las obras de estos
padres manejan bíblicamente a todos los deutero excepto a Tobías, Judit
y la adición a Ester. (En relación al empleo de escritos apócrifos en
ese tiempo vea APOCRIFOS).
C.
El canon del Antiguo Testamento durante el siglo cuarto y la primera
mitad del quinto
En ese período no está tan segura la posición de la
literatura deuterocanónica como en la época primitiva. Las dudas que
se presentaron pueden ser atribuidas mayormente a la reacción en contra
de los apócrifos o de los escritos seudo-bíblicos con los que habían
inundado el Oriente los herejes y otros escritores. Por otro lado, la
situación se hizo posible debido precisamente a la falta de una definición
apostólica o eclesiástica del canon. El trabajo de definir en forma
inalterable las fuentes sagradas, como es el caso de todas las doctrinas
católicas, se le dejó a la economía divina, para que lo llevara a cabo
gradualmente bajo el estímulo de preguntas y oposición. Con sus escrituras
flexibles, Alejandría había sido desde el principio un campo fecundo
para la literatura apócrifa, y San Atanasio, el vigilante pastor de
ese rebaño, queriendo proteger a éste de influencias perniciosas, elaboró
un catálogo de libros señalando en él los valores que se le habían de
dar a cada uno. Primero, el canon estricto y fuente autorizada de verdad
es el Antiguo Testamento judío, excluido el libro de Ester. Hay, además,
ciertos libros a los que los Padres señalaron como fuente de edificación
e instrucción para los catecúmenos. Ellos son: la Sabiduría de Salomón,
la Sabiduría de Sirac (Eclesiástico), Ester, Judit, Tobías, el Didaché
o Doctrina de los Apóstoles y el Pastor de Hermas. Todos los demás son
apócrifos e invenciones de los herejes (Epístola Festal, para 367).
Siguiendo el precedente de Orígenes y de la tradición alejandrina, el
santo doctor no reconoció más canon formal del Antiguo Testamento que
el hebreo. Empero, fiel a la misma tradición, en la práctica admitió
para los libros deuterocanónicos una dignidad escriturística, como puede
verse en la forma como los utiliza. En Jerusalén se daba entonces un
renacimiento, o quizás una sobrevivencia, de las ideas judías, cuya
tendencia era claramente desfavorable para los deuterocanónicos. Desde
la misma sede episcopal, San Cirilo, quien defiende el derecho de la
Iglesia de fijar el canon, ubica estos últimos entre los apócrifos,
y prohíbe igualmente la lectura privada de cualquier libro que no sea
leído en el templo. La actitud era un poco más favorable en Antioquia
y Siria. San Epifanio no muestra duda alguna acerca del rango de los
deutero: los estima, pero a sus ojos no ocupan el mismo nivel que los
libros hebreos. El historiador Eusebio atestigua la amplitud con la
que se habían extendido las dudas en su tiempo. Él clasifica los deuterocanónicos
entre los antilegomena, o libros en disputa, y a
la par de Atanasio los coloca en una categoría intermedia entre los
libros aceptados por todos y los apócrifos. El canon número 59 (ó 60)
del concilio provincial de Laodicea (cuya autenticidad es a veces objeto
de debate) propone un catálogo de la Escrituras que es totalmente acorde
con las ideas de San Cirilo de Jerusalén. Por otro lado, las versiones
orientales y los manuscritos griegos de ese período son más liberales.
Los que aún existen contienen todos los deuterocanónicos y, en algunos
casos, a ciertos apócrifos. La influencia del canon estrecho de Orígenes
y de Atanasio se extendió naturalmente al Occidente. San Hilario
de Poitiers y Rufino siguieron sus huellas al excluir teóricamente del
rango canónico a los deuteros, aunque los admitiesen en la práctica.
El último de ellos los llama libros eclesiásticos, aunque
de menor autoridad que el resto de las Escrituras. San Jerónimo echó
su considerable peso hacia el lado desfavorable a los libros discutidos.
Al evaluar su actitud debemos recordar que Jerónimo vivió por mucho
tempo en Palestina, en un ambiente en el que todo lo que no fuera parte
del canon hebreo era automáticamente objeto de suspicacia y que, además,
sentía él una reverencia exagerada hacia el texto hebreo, la hebraica veritas, como la llamaba
él. En su famoso Prologus
Galeatus, o prefacio de su traducción de Samuel y de Reyes, él
declara que todo lo que no sea hebreo debe ser clasificado entre los
apócrifos. Explícitamente afirma que Sabiduría, Eclesiástico, Tobías
y Judit no pertenecen al canon. Añade que esos libros se leen en los
templos para la edificación de los fieles pero no para confirmar la
doctrina revelada. Si se analizan cuidadosamente las expresiones de
Jerónimo, en sus cartas y prefacios, acerca de los deutero, podemos
ver los siguientes resultados: primero, duda seriamente de su inspiración
divina; segundo, el hecho de que ocasionalmente los cite y que haya
traducido algunos de ellos como concesión
a la tradición eclesiástica, es un testimonio involuntario de
su parte al elevado reconocimiento que gozaban en la Iglesia en general,
y a la fuerza de la tradición práctica que prescribía su uso en el culto
público. Obviamente, el rango inferior al que autoridades como Orígens,
Atanasio y Jerónimo los relegaban se debían a una concepción muy rígida
de canonicidad, que exigía que un libro, para ser elevado a esa dignidad
suprema, debería ser reconocido por todos, tener la sanción de la antigüedad
judía y ser apto no sólo para edificar sino para confirmar la
doctrina de la Iglesia, para utilizar una frase de Jerónimo.
Pero mientras eminentes estudiosos y teoréticos continuaban
despreciando los escritos adicionales, la actitud oficial de la Iglesia
Latina, siempre a favor de ellos, conservó el tenor majestuoso de su
posición. Dos documentos de importancia capital en la historia del canon
constituyen el primer pronunciamiento de autoridad papal al respecto.
El primero es el así llamado Decretales de Gelasio, De
recipiendis et non recipiendis libris, cuya parte esencial se atribuye
hoy día al sínodo convocado por el Papa Dámaso en el año 382. El otro
es el canon de Inocencio I, enviado en 405 a un obispo gálico como respuesta
a una solicitud de información. Ambos documentos contienen a todos los
deuterocanónicos, sin distinción alguna, y son idénticos al catálogo
de Trento. La Iglesia africana, que siempre fue entusiasta defensora
de los libros disputados, se encontró en completo acuerdo con Roma en
lo tocante a esa cuestión. Su versión antigua, Vetus
latina (o, menos correctamente, la Itala),
había admitido todas las escrituras del Antiguo Testamento. San Agustín
parece reconocer teóricamente varios grados de inspiración, pero en
la práctica emplea los protos y los deuteros sin discriminación alguna.
En su De doctrina Christiana él enumera los componentes
del Antiguo Testamento completo. El sínodo de Hipona (393) y los tres
de Cartago (393,397 y 419), en los cuales Agustín indiscutiblemente
fue el espíritu lider, hallaron necesario tratar explícitamente del
problema del canon, y elaboraron listas idénticas, sin excluir libro
sagrado alguno. Dichos concilios basaron sus cánones en la tradición
y el uso litúrgico. Se encuentra valioso testimonio acerca de la cuestión
en la Iglesia española en la obra del hereje Prisciliano, Liber
de fide et apocryphis. Esta obra supone una línea divisoria bien
definida entre los trabajos canónicos y los no canónicos, y que el canon
acepta a todos los deuteros.
D.
El canon del Antiguo Testamento desde la mitad del siglo quinto al fin
del siglo séptimo
Esta época deja ver un curioso intercambio de opiniones
entre el Este y el Oeste, al tiempo que el uso eclesiástico no sufría
modificaciones, al menos en la Iglesia Latina. Durante esta edad intermedia
se divulgó mucho en Occidente el uso de la nueva versión del Antiguo
Testamento de San Jerónimo (la Vulgata). Junto con el texto se incluían
los prefacios de Jerónimo en los que criticaba los deutero, y bajo la
influencia de su autoridad esa parte del mundo comenzó a desconfiar
de ellos y a mostrar los primeros síntomas de una corriente hostil a
su canonicidad. Por otro lado, la Iglesia Oriental importó una autoridad
occidental que había canonizado los libros disputados, a saber, el decreto
de Cartago, y desde entonces se inició una tendencia cada vez mayor
entre los griegos de colocar los deuteros en el mismo nivel que los
demás. Esta tendencia, sin embargo, se debió más al olvido de la antigua
distinción que a una concesión
hacia el concilio de Cartago.
E.
El canon del Antiguo Testamento durante la Edad Media
La
Iglesia griega.
El resultado de esa tendencia entre los griegos fue
que cerca del inicio del siglo XII ellos poseían un canon idéntico al
latino, con la única diferencia que ellos sí aceptaron el apócrifo libro
III de Macabeos. El Syntagma Canonum de Focio señala que,
en la era del cisma del siglo IX todos los deuterocanónicos estaban
reconocidos litúrgicamente en la Iglesia griega.
La Iglesia latina
A
través de toda la Edad Media encontramos en la Iglesia latina evidencia
de dudas sobre el carácter de los deutero. Hay una corriente amigable
en su favor y otra claramente desfavorable a su autoridad y carácter
sagrado, y en medio de las dos hay un número de escritores cuya veneración
por esos libros se modera a causa de la incertidumbre respecto a su
verdadera posición. Entre ellos destacamos a Santo Tomás de Aquino.
Hay pocos que reconozcan su canonicidad en forma inequívoca. La autoridad
prevalente de los autores medievales de Occidente es básicamente la
de los Padres griegos. La causa principal de ese fenómeno debe encontrarse
en la influencia, directa e indirecta, del crítico Prologus de San Jerónimo.
La compilación Glossa Ordinaria era ampliamente leída y
sumamente estimada como tesoro de conocimientos sagrados en la Edad
Media y encarnaba los prefacios en los que el Doctor de Belén había
escrito de los deuteros en términos peyorativos; con ello perpetuaba
y difundía su poco amistosa opinión. Empero, tales dudas deben ser vistas
como algo más o menos académico. Las incontables copias manuscritas
de la Vulgata que se produjeron en ese tiempo, con una excepción, muy
leve, quizás accidental, abarcan uniformemente el uso eclesiástico del
Antiguo Testamento y la tradición romana se mantuvo firme en torno a
la igualdad canónica de todas las partes del Antiguo Testamento. Hay
suficiente evidencia de que durante este largo período los textos deutero
se leían en los templos del cristianismo occidental. En lo tocante a
la autoridad romana, el catálogo de Inocencio I aparece en la colección
de cánones eclesiásticos enviados por el Papa Adrián I a Carlomagno
en el Imperio Franco. Nicolás I, en un escrito de 865 a los obispos
de Francia, acude al mismo decreto de Inocencio como campo en el que
todos los libros sagrados han de ser aceptados.
F.
El canon del Antiguo Testamento y los concilios generales
El
Concilio de Florencia (1442)
En 1442, durante la vida, y con la aprobación, de este
concilio, Eugenio IV escribió varias bulas, o decretos, con el objeto
de traer los grupos cismáticos orientales a la comunión con Roma. Y
según la enseñanza común de los teólogos, tales documentos constituyen
doctrina infalible. El Decretum pro Jacobitis contiene una
lista completa de los libros que la Iglesia reconoce como inspirados,
pero omite, quizás, deliberadamente, los términos canon
y canónico. El Concilio de Florencia, por lo tanto, enseñó acerca de
la inspiración de todas las escrituras pero no tocó formalmente el punto
de su canonicidad.
La definición de canon elaborada por el Concilio de Trento (1546)
Fue
la exigencia de la controversia lo que primero llevó a Lutero a trazar
una línea divisoria entre los libros del canon hebreo y los escritos
alejandrinos. En su disputa con Eck en Leipzig, en 1519, cuando su oponente
defendió que el bien conocido texto del II libro de los Macabeos era
prueba de la doctrina del purgatorio, Lutero respondió que el pasaje
no tenía autoridad puesto que ese libro estaba fuera del canon. En la
primera edición de la Biblia de Lutero, 1543, los deuteros quedaron
relegados, como apócrifos, a un lugar entre los dos testamentos. Para
hacer frente a esta ruptura radical de los protestantes, así como para
definir claramente las fuentes inspiradas de las que la Iglesia Católica
toma su postura, entre los primeros actos del concilio de Trento estuvo
la solemne declaración, como sagrados y canónicos, de todos
los libros del Antiguo y Nuevo Testamentos con todas sus partes,
tal como han sido utilizados para ser leídos en los templos, y como
se encuentran en la vieja edición vulgata. Durante las deliberaciones
del concilio nunca se disputó seriamente la recepción de la escritura
tradicional. Tampoco- y esto es verdaderamente notable- hubo duda seria
alguna durante los trabajos del concilio acerca de la canonicidad de
los escritos disputados. En la mente de los Padres tridentinos esos
textos ya habían sido virtualmente canonizados por el mismo decreto
de Florencia, y los mismos padres se sentían particularmente vinculados
por la acción del sínodo ecuménico precedente. El concilio de Trento
no entró al estudio de las fluctuaciones en la historia del canon. Tampoco
se cuestionó acerca de la autoría o carácter de los contenidos. De acuerdo
al genio práctico de la Iglesia Latina, basó sus decisiones en la tradición
inmemorial que se manifestaba en los decretos de anteriores concilios
y papas, y en la lectura litúrgica, apoyándose en la enseñanza tradicional
y en la costumbre para determinar una cuestión de tradición. Ya se dio
arriba el catálogo tridentino.
El Primer Concilio Vaticano (1870)
El
gran constructor que fue el sínodo de Trento había puesto ya para siempre
fuera de la permisibilidad de la duda de los católicos la sacralidad
y la canonicidad de toda la Biblia tradicional. Por su misma implicación
había definido también la plena inspiración de esa Biblia. El Primer
Concilio Vaticano aprovechó un reciente error acerca de la inspiración
para quitar cualquier sombra de incertidumbre que pudiese haber quedado.
Formalmente ratificó la acción de Trento y explícitamente definió la
inspiración divina de todos los libros y sus partes.
III.
El canon del Antiguo Testamento fuera de la iglesia
A. Entre los ortodoxos orientales
La Iglesia Ortodoxa Griega preservó su antiguo canon
en la práctica y en la teoría hasta tempos recientes, en los que, bajo
la influencia dominante de su ramificación rusa, está cambiando su actitud
respecto a las escrituras deuterocanónicas. El rechazo de esos libros
por los teólogos y autoridades rusas es un desliz que comenzó temprano
en el siglo XVIII. Los monofisistas, nestorianos, jacobitas, armenios
y coptos, aunque en realidad se interesan poco por el canon, admiten
el catálogo completo y además varios apócrifos.
B. Entre los protestantes
Las
iglesias protestantes continúan excluyendo de sus cánones los escritos
deuteros, clasificándolos de apócrifos. En general, los
presbiterianos y calvinistas, en especial desde el sínodo de Westminster
en 1648, han sido los enemigos más reacios de cualquier reconocimiento
y, a causa de la influencia de la Sociedad Británica y Extranjera de
la Biblia, decidieron en 1826 rehusarse a distribuir biblias que contuvieran
los apócrifos. Desde ese entonces ha prácticamente cesado en los países
de habla inglesa la publicación de los deutero como apéndices de las
biblias protestantes. Dichos libros aún son materiales de lectura en
la liturgia de la Iglesia de Inglaterra, pero su número ha disminuido
a causa de la hostilidad. Existe un apéndice de apócrifos en la versión
británica revisada, en volumen separado. Los deuteros aún forman parte
de apéndices en las biblias alemanas que se imprimen bajo el patrocinio
de los luteranos ortodoxos.
GEORGE
J. REID
Transcrito por
Ernie Stefanik
Traducido por
Javier Algara Cossío