La materia de este artículo es tan extensa que no puede tener
la intención de describir los peinados que sucesiva o simultáneamente
se han usado en la Iglesia Católica. Uno puede formarse una idea
solo a partir de los textos y monumentos citados, aquí simplemente
indicaremos las características principales de los peinados en
diferentes épocas y entre diferentes clases.
Las pinturas en las catacumbas permiten creer que los primeros Cristianos simplemente
seguían la moda de su tiempo. El cabello corto de los hombres y las ondulados
bucles de las mujeres, hacia el fin del segundo siglo eran rizados, rizado con
hierros o en capas, y para las mujeres el cabello trenzado alrededor de la cabeza
formando una alta diadema sobre las cejas. Algunos bucles se reservaban para
que cayeran sobre la frente y sobre las sienes. La iconografía religiosa
aún ahora continúa de acuerdo a tipos creados en el principio
del Cristianismo. Las imágenes de Cristo retienen el cabello largo partido
a la mitad y cayendo sobre los hombros. Las de la Santísima Virgen llevan
aún el velo que tapa una porción de las cejas y esconde el cuello.
Los Orantes, que representan la generalidad de los fieles, tienen el pelo cubierto
por un velo completo que cae sobre los hombros. La iconografía Bizantina
difiere poco de la de las catacumbas respecto al arreglo de la cabeza. Hay mosaicos
y marfiles que representan emperadores, obispos, sacerdotes y los fieles llevando
el pelo de media longitud, cortado recto de lado a lado de la frente. En ese
entonces las mujeres llevaban un peinado que rodeaba la cara. Los emperadores
y emperatrices usaban una gran corona baja, ancha arriba y ornamentada con piedras
preciosas cortadas en cabochon, y pendientes enjoyados que caían sobre
los hombros, como los que pueden verse en los mosaicos de S. Vitalis en Ravenna
y en un gran número de dípticos. El cabello de los patriarcas
y obispos era de longitud media y llevaba montada encima una corona cerrada
o una doble tiara.
Los bárbaros permitían que el pelo creciera libremente y que
cayera sobre los hombros sin restricción. Después de la caída
de los Merovingios, aunque los invasores bárbaros se adaptaban más
y más al gusto y moda Bizantinos en boga, no aceptaron inmediatamente
la moda de cortarse el cabello. Carloman, el hermano de Carlomagno, es representado
a la edad de catorce años con su cabello cayendo atrás en grandes
trenzas. Los concilios reglamentaron los peinados de clérigos y monjes.
La "Statuta antiqua Ecclesiae" (can. xliv) prohibió
que se dejaran crecer el pelo o la barba. Un sínodo celebrado por San
Patricio (can. vi) en 456 prescribió que los clérigos deberían
arreglar su cabello a la manera de los clérigos romanos, y los que dejaran
crecer su cabello serían expulsados de la Iglesia (can. x). El Concilio
de Agde (506) autorizó al arcipreste emplear la fuerza para cortar el
cabello de los recalcitrantes; el de Braga (572) ordenó que el cabello
debiera llevarse corto, dejando ver las orejas, mientras que el Concilio de
Toledo (633) denunció a los lectores de Galicia que usaban una pequeña
tonsura y permitían que el cabello creciera inmoderadamente, y dos Concilios
de Roma (721 y 743) anatematizaron a quienes ignoraran las reglas en este asunto.
Esta legislación muestra que inveterada estaba la costumbre contraria.
La insistencia de los concilios se entiende fácilmente si recordamos
las ridículas fantasías a que se dejaron llevar las sectas heréticas.
Ya sea por amor a la mortificación o por gusto por lo bizarro, vemos
de acuerdo al testimonio de San Jerónimo, monjes con barbas como de cabra,
y la "Vita Hilarionis" también establece que ciertas
personas consideraran meritorio cortarse el cabello cada año por Pascua.
En el siglo noveno hay más distinción entre hombres libres y
esclavos respecto al cabello. De ahí en adelante los esclavos no serían
rapados excepto en castigo de ciertas ofensas. Bajo Luis el Débonnaire
y Carlos el Calvo el cabello se cortaba en las sienes y la nuca. En el siglo
décimo el cabello cortado a la altura de las orejas caía en forma
regular alrededor de la cabeza. A finales del siglo doce el cabello era cortado
corto en la parte superior de la cabeza y caía en grandes bucles hacia
atrás.
Así que la gente pasó de una moda a otra, de cabello suave en
la parte de arriba y levantándose abruptamente en una onda en el frente,
un mechón de pelo en forma de flama, o el más ordinario nudo en
la parte superior. No todos siguieron estas modas, pero las excepciones eran
consideradas ridículas. Si alguien quiere formarse una idea de los peinados
de la época más moderna, encontrará imágenes, estampas
y libros que dan tantos ejemplos, que seríinútil intentar su descripción.
El clero siguió con una especie de timidéz la moda de la peluca,
pero, excepto prelados o capellanes de la corte, se abstuvieron de los modelos
excesivamente lujosos. Los sacerdotes se contentaron usando la peluca in folio,
o cuadrada, o la peluca á la Sartine. Se dejaban descubierta la parte
correspondiente a la tonsura. La decadencia de las órdenes religiosas
se ha notado siempre en los peinados. La tonsura desde muy temprano interpuso
un obstáculo a estilos fantásticos, pero la tonsura misma era
ocasión de muchas combinaciones.
Información relativa al peinado de los regulares puede
encontrarse en HÉLYOT, Histoire des ordres religieux. Ver también
DAREMBERG Y SAGLIO, Dict. des Antiques grecques et lat., s. v. Coma; BAUMEISTER,
Denkmäler des klass. Alterthums, I, 615 sq.; KRAUSE, Plotina, oder
die Kostüme des Haupthaares bei den Völkern der Alten Welt (Leipzig,
1858); RACINET, Le costume historique (1882).
H. LECLERCQ
Transcrito por Randy Heinz, sfo
Traducido por Javier L. Ochoa Medina