Una orden militar que surgió a partir de la famosa Orden del
Templo (Ver Caballeros Templarios). Tal como Portugal fue el primer
país en Europa donde se instalaron los Templarios (en 1128),
así también fue el último en preservar los postreros
remanentes de esa orden. Los Templarios Portugueses habían contribuido
a la conquista de Algarve de los musulmanes; ellos estaban todavía
defendiendo esa conquista cuando fueron suprimidos (1312) por el Papa
Clemente V (q.v.). el rey Diniz, que entonces regía a Portugal,
lamentó la pérdida de aquellos valiosos auxiliares sobre
todo porque, en los juicios a que había sido sometida la orden
en toda la Cristiandad, los Templarios de Portugal habían sido
declarados inocentes por la corte eclesiástica del Obispo de
Lisboa. Para ocupar su lugar, el rey instituyó una nueva orden,
bajo el nombre de Christi Militia (1317). Obtuvo entonces para esta
orden la aprobación del Papa Juan XXII, quien, por una Bula (1323),
daba a estos caballeros la regla de los Caballeros de Calatrava (Ver
Calatrava, Orden Militar de) y los puso bajo el control del Abate Cisterciense
de Alcobaca. Más tarde, por otra Bula (1323), el mismo Papa autorizó
al rey Diniz para hacer entrega a la nueva Orden de Cristo de las propiedades
portuguesas de los extintos Templarios, y, la gran precipitación
por convertirlos en Caballeros de Cristo, puede claramente ser explicado
como el fundamento de Don Diniz en su intención tanto en lo personal
como en lo territorial de una continuación en Portugal de la
Orden del Temple. Instalados primero en Castro Marino, y más
tarde (1357) establecidos definitivamente en el monasterio de Thomar,
cerca de Santarem.
Para esta época, sin embargo, Portugal ya había liberado
su suelo del musulmán, y parecía que la Orden de Cristo
sería un despilfarro de fuerzas en ociosidad, cuando el príncipe
Enrique el Navegante, hijo del rey Joao I, abrió un nuevo campo
para su utilización llevando la guerra contra el Islam dentro
de Africa. La conquista de Ceuta (1415) fue la primera etapa hacia la
formación de un gran imperio portugués más allá
de los mares. Esto puede en el presente ser aceptado como demostrado,
y que el motivo que esta gran empresa no fue mercenario, sino religioso,
con su pretensión de conquista de Africa para Cristo y Su Fe.
Nada podía haber estado más de acuerdo con el espíritu
de la orden, que, bajo el principe Enrique mismo como su gran maestre
(1417-65), enfrentaba este proyecto con entusiasmo. Esto explica los
extraordinarios favores otorgados por los papas a la orden -- favores
prometidos para fortalecer un trabajo de evangelización. Martín
V, por una Bula cuyo texto está perdido, otorgó al principe
Enrique, como Gran Maestro de la Orden de Cristo, el derecho de representación
de todos los beneficios eclesiásticos para ser instituidos más
allá de los mares, junto con una completa jurisdicción
y la disposición de ingresos de iglesia en esas regiones. Naturalmente,
el clero de esas primeras misiones foráneas era reclutado de
preferencia entre aquellos sacerdotes que eran miembros de la orden,
y en 1514, una Bula de León X confirmó a ella los derechos
de presentación a todos los obispados más allá
de los mares, entre cuyos privilegios después surgiría
la costumbre entre los titulares de llevar puestas las cruces pectorales
de la forma particular de la Orden de Cristo. Después de esta
campaña el rey Manuel de Portugal, a fin de superar la aversión
de los caballeros a permanecer en las guarniciones africanas, estableció
treinta nuevas encomiendas en el territorio conquistado. León
X, para promover un aumento en el número de establecimientos
de la orden, otorgó un ingreso anual de 20.000 cruzados para
ser derivados desde la propiedad de la iglesia de Portugal, y, como
resultado de toda esta asistencia material, de un total de setenta encomiendas
de la orden al inicio del reinado de Manuel se transformaron en cuatrocientas
cincuenta y cuatro a su término, en 1521. Mientras esas expediciones
extranjeras mantenían vivo el espíritu militar de la orden,
su disciplina religiosa fue disminuyendo. El Papa Alejandro VI, en 1492,
modificó el voto de celibato por el de castidad conyugal, alegando
el predominio entre los caballeros de un concubinato para el que un
matrimonio regular era lejos preferible. La orden se fue haciendo menos
monástica y más secular, y fue tomando más y más
el carácter de una institución real. Después del
príncipe Enrique el Navegante, el cargo de gran maestre fue siempre
sostenido por un principe real; bajo Manuel esto se hizo definitivamente,
como aquellos de Aviz y Santiago, una prerrogativa de la corona; Joao
III, sucesor de Manuel, instituyó un concejo especial (Mesa das
Ordens) para la conducción de esas órdenes en el nombre
del rey. El Hermano Antonius de Lisboa, en un intento de reforma, resultó
causante de la completa aniquilación de la vida religiosa entre
los caballeros de la orden. Los sacerdotes de la Orden de Cristo fueron
forzados a recluirse en vida conventual en Thomar, el convento mismo
se convirtió en un claustro con el cual los caballeros desde
entonces mantenían sólo una conexión remota. El
joven rey, Don Sebastián, trató de revertir este nocivo
cambio (1574), pero la gloriosa, aunque inútil muerte, en África,
del último de los cruzados (1578) detuvo el cumplimiento de sus
proyectos. Durante el período de la dominación española
(1580-1640) otro intento de revitalizar el carácter monástico
de toda la orden resultó en los estatutos emanados por un capítulo
general, en Thomar en 1619, y promulgados por Felipe IV de España,
en 1627. Los tres votos fueron reestablecidos, incluso para los caballeros
que no vivían en las casas de la orden, aunque con ciertas mitigaciones,
el matrimonio, por ejemplo, sería permitido para aquellos que
podían obtener una dispensa papal. Las condiciones de admisión
eran un noble nacimiento y ya sea dos años de servicio en África
o tres años con la flota, pero las encomiendas podían
ser dirigidas sólo por aquellos que habían servido tres
años en África o cinco con la flota.
El último intento de una reforma para la orden fue la de la
reina Doña María, hecha con la aprobación de Pío
VI (1789). Este, el más importante de todos los esquemas de reforma
diseñados para el beneficio de la orden, hizo del convento de
Thomar una vez más el cuartel general de toda la orden, y en
lugar del prior conventual, quien, desde 1551, había sido elegido
por sus hermanos por un término de tres años, ahora habría
un gran prior de la orden, reconocido por todos los rangos e investido
con todos los privilegios y la total jurisdicción antiguamente
otorgada por los papas. El soberano, sin embargo, se mantuvo como gran
maestre, y los últimos Grandes Priores de la Orden de Cristo,
como oficiales subordinados de las corona, no demoraron en entrar en
los enredos políticos del siglo diecinueve. El último
de todos, Furtado de Mendoça, fue identificado con el partido
miguelista en las revueltas de 1829-32, y eso llevó a la confiscación
general de las propiedades monásticas que siguieron a la derrota
de Don Miguel con el convento de Thomar y las cuatrocientas cincuenta
encomiendas perdidas. El rey de Portugal es todavía oficialmente
"Gran Señor de la Orden de Nuestro Señor Jesús
Cristo", y como tal confiere la calidad de miembro o socio titular
de la orden, junto a la condecoración de la cruz carmesí
ornamentada con otra cruz blanca, más pequeña.
La Orden de Cristo, como condecoración papal, u orden al mérito,
es también una supervivencia histórica del derecho, antiguamente
reservado a la Santa Sede, de aceptar nuevos miembros en la orden portuguesa.
(Ver Condecoraciones papales).
Para la orden alemana a veces llamada la Orden de Cristo (Frates Militiae
Christi) ver Espada, Hermanos de la.
Ferreira, Memorias e noticias da Ordem dos Templaarios
(Lisbon, 1735); Definicoes e statutos dos Cavalleros da Ordem de Christo
(Lisbon, 1621); Guimaraes, A Ordem de Christo (Lisbon, 1901). -- See
also works on Portuguese history cited in bibliography of Aviz.
CH. MOELLER
Transcrito por William D. Neville
Traducido por Miguel A. Casas