Doctor de la Iglesia, Cardenal-obispo de Albano, Ministro general de
los Frailes Menores, nacido en Bagnorea, en las proximidades de Viterbo
en 1221; muerto en Lyon el 16 de Julio de 1274. Nada se sabe de los padres
de Buenaventura salvo sus nombres, Giovanni di Fidanza y Maria Ritella.
No está claro cómo se llegó a cambiar su nombre de
pila, Juan, por el de Buenaventura. Se ha hecho un intento de encontrar
el origen de este último nombre en la exclamación de San
Francisco, O buona ventura, cuando se le trajo a Buenaventura de niño
para ser curado de una peligrosa enfermedad. Este origen es muy improbable;
parece basarse en una leyenda de fines del Siglo XV. El propio Buenaventura
nos cuenta (Legenda S. Francisci Prolog.) que cuando era aún niño
se salvó de la muerte por medio de la intercesión de San
Francisco, pero no hay evidencia de que esta curación tuviera lugar
durante la vida de San Francisco, ni de que el nombre de Buenaventura
se originara en alguna palabra profética de San Francisco. Seguramente
fue llevado por otros al Doctor Seráfico. No se han conservado
ningún detalle de la juventud de Buenaventura. Ingresó en
la Orden de los Frailes Menores en 1238 o en 1243; el año exacto
es incierto. Wadding y los Bolandistas se inclinan por la última
fecha, pero la primera es apoyada por Sbaradea, Bonelli, Panfilo da Magliano,
y Jeiler, y parece más probable. Es seguro que Buenaventura fue
enviado de la provincia romana, a la que pertenecía, a completar
sus estudios en la Universidad de París con Alexander de Hales,
el gran fundador de la Escuela Franciscana. Este último murió
en 1246, según la opinión generalmente recibida, aunque
aún no claramente establecida, y Buenaventura parece haberse convertido
en discípulo suyo hacia 1242. Sea como sea, Buenaventura recibió
en 1248 la “licenciatura” que le daba derecho a enseñar
públicamente como Magister regens, y continuó enseñando
en la universidad con gran éxito hasta 1256, cuando se vio obligado
a dejarlo, debido a la entonces violenta explosión de oposición
a las órdenes mendicantes por parte de los profesores seglares
de la universidad. Estos, celosos, según parece, de los éxitos
académicos de los Dominicos y Franciscanos, pretendían excluirlos
de la enseñanza pública. Los elementos latentes de discordia
se habían atizado en una llama en 1256, cuando Guillaume de Saint-Amour
publicó una obra titulada “Los peligros de los últimos
tiempos”, en la que atacaba a los frailes con gran encarnizamiento.
Fue en relación con esta disputa cuando Buenaventura escribió
su tratado, “De paupertate Christi”. No fue, sin embargo,
Buenaventura, como algunos han afirmado erróneamente, sino el Beato
Juan de Parma, quien compareció ante Alejandro IV en Anagni para
defender a los Franciscanos contra sus adversarios. Habiendo la Santa
Sede, como es bien sabido, restablecido a los mendicantes en todos sus
privilegios, y habiendo sido formalmente condenado el libro de Saint-Amour,
se otorgó solemnemente el grado de doctor a San Buenaventura y
a Santo Tomás de Aquino en la universidad el 23 de Octubre de 1257.
Mientras tanto Buenaventura, aunque aún no tenía treinta y seis
años, había sido elegido el 2 de Febrero de 1257 Ministro general
de los Frailes Menores – un cargo de particular dificultad, debido al
hecho de que la orden estaba dividida por disensiones internas entre las dos
facciones de los Frailes designadas respectivamente como los Spirituales y los
Relaxati. Los primeros insistían en la observancia literal de la Regla
original, especialmente en lo relativo a la pobreza, mientras que los segundos
deseaban introducir innovaciones y mitigaciones. Esta lamentable controversia
se había visto además agravada por el entusiasmo con el que muchos
de los frailes “espirituales” habían adoptado las doctrinas
relacionadas con el nombre del abad Joaquín de Fiore y expuestas en el
autodenominado “Evangelium aeternum”. La introducción a este
pernicioso libro, que proclamaba la llegada de la administración del
Espíritu que iba a reemplazar la Ley de Cristo, fue falsamente atribuida
al Beato Juan de Parma, que en 1257 se había retirado del gobierno de
la orden en favor de Buenaventura. El nuevo general no perdió tiempo
en golpear vigorosamente en ambos extremos de la orden. Por un lado, procedió
contra varios de los “espirituales” joaquinistas como herejes ante
un tribunal eclesiástico en Citta della Pieve; dos de sus dirigentes
fueron condenados a prisión perpetua, y Juan de Parma sólo se
salvó de un destino similar por la intervención personal del cardenal
Ottoboni, luego Adriano V. Por otro lado, Buenaventura había esbozado,
en una carta encíclica publicada inmediatamente después de su
elección, un programa de reforma de los Relaxati. Tres años más
tarde pretendió poner en vigor estas reformas en el Capítulo General
de Narbona cuando las constituciones de la orden que había revisado fueron
promulgadas de nuevo. Las así llamadas “Constitutiones Narbonenses”
se distribuían bajo doce capítulos, correspondientes a los doce
capítulos de la Regla, de las que constituían una exposición
ilustrada y prudente, y son de capital importancia en la historia de la legislación
franciscana. El capítulo que publicó este código de leyes
solicitó a Buenaventura que escribiera una “leyenda” o vida
de San Francisco que sustituyera a las que entonces estaban en circulación.
Esto fue en 1260. Tres años después Buenaventura, habiendo visitado
mientras tanto una gran parte de la orden, y habiendo asistido a la dedicación
de la capilla de La Verna y al traslado de los restos de Santa Clara y de San
Antonio, convocó un capítulo general de la orden en Pisa en el
que se aprobó oficialmente su recién compuesta vida de san Francisco
como la biografía oficial del santo con exclusión de todas las
demás. En este capítulo de 1263, Buenaventura fijó los
límites de las diferentes provincias de la orden y, entre otras ordenanzas,
prescribió que a la caída de la tarde sonara una campana en honor
de la Anunciación, práctica piadosa de la que parece haberse originado
el Ángelus. No hay base, sin embargo, para la afirmación de que
Buenaventura prescribió en este capítulo la celebración
de la fiesta de la Inmaculada Concepción en la orden. En 1264, a solicitud
formal del cardenal Caetani, Buenaventura consintió en reasumir la dirección
de las Clarisas a que el Capítulo de Pisa había renunciado por
completo el año antes. Sin embargo, requirió a las Clarisas a
reconocer de vez en cuando por escrito que los favores hechos a ellas por los
Frailes eran actos voluntarios de caridad que no procedían de obligación
alguna. Se dice que el Papa Urbano IV actuó por sugerencia de Buenaventura
cuando intentó establecer la uniformidad de observancia en todos los
monasterios de Clarisas. Por esta época (1264) Buenaventura fundó
en Roma la Sociedad del Gonfalone en honor de la Santísima Virgen que,
si no fue la primera confraternidad instituida en la Iglesia, como algunos han
afirmado, fue ciertamente una de las primeras. En 1265 Clemente IV, por una
Bula datada el 23 de Noviembre, designó a Buenaventura para el vacante
arzobispado de York, pero el santo, de acuerdo con su singular humildad, rechazó
resueltamente este honor y el Papa cedió.
En 1266 Buenaventura reunió un capítulo general en París
en el que, aparte de otras decisiones, se decretó que todas las “leyendas”
de San Francisco escritas antes de la de Buenaventura debían destruirse
en el acto, tal como el Capítulo de Narbona había ordenado en
1260 la destrucción de todas las constituciones anteriores a las entonces
promulgadas. Este decreto ha provocado mucha crítica hostil. Algunos
querrían ver en ello un deliberado intento por parte de Buenaventura
de clausurar las fuentes primitivas de la historia franciscana, para suprimir
al Francisco real, y sustituirle en su lugar con uno falso. Otros, sin embargo,
consideran el decreto en cuestión como una ordenanza puramente litúrgica
que pretendía garantizar la uniformidad de las “leyendas”
en el coro. Entre estas dos opiniones en conflicto la verdad parece ser que
este edicto no era nada más que otro intento heroico de liquidar las
viejas disputas y empezar de nuevo. No se puede sino lamentar las circunstancias
de este decreto, pero cuando se recuerda que las partes contendientes apelaban
siempre a las palabras y acciones de San Francisco tal como se registraban en
las “leyendas” primitivas, sería injusto acusar al capítulo
de “vandalismo literario” al pretender proscribirlas. No tenemos
detalles de la vida de Buenaventura entre 1266 y 1269. En este último
año convocó su cuarto capítulo general en Asís,
en el que se promulgó que se cantara una Misa cada sábado en toda
la orden en honor de la santísima Virgen, no, sin embargo, en honor de
su Inmaculada Concepción como Wadding entre otros, ha afirmado erróneamente.
Fue probablemente poco después cuando Buenaventura compuso su “Apologia
pauperum”, en la que hace callar a Gerard de Abbeville que mediante un
libelo anónimo había revivido el antiguo odio de la universidad
contra los frailes. Dos años más tarde, Buenaventura contribuyó
de manera principal a reconciliar las diferencias entre los cardenales reunidos
en Viterbo para elegir un sucesor de Clemente IV, que había muerto cerca
de tres años antes; fue por consejo de Buenaventura que, el 1 de Septiembre
de 1271, eligieron unánimemente a Teobaldo Visconti de Piacenza que tomó
el nombre de Gregorio X. Que los cardenales autorizaran seriamente a Buenaventura
a designarse a sí mismo, como algunos autores afirman, es más
improbable. Ni hay nada de cierto en el relato popular de que Buenaventura al
llegar a Viterbo aconsejó a los ciudadanos que encerraran a los cardenales
con vistas a apresurar la elección. En 1272 Buenaventura reunió
por segunda vez un capítulo general en Pisa en el que, aparte de promulgaciones
de adicionales observancias regulares, se publicaron nuevos decretos con respecto
a la dirección de las Clarisas, y se instituyó un aniversario
solemne el 25 de Agosto en memoria de San Luis. Este fue el primer paso hacia
la canonización del santo rey, que había sido amigo especial de
Buenaventura, y a cuya solicitud había compuesto Buenaventura el “Oficio
de la Pasión”. El 23 de Junio de 1273, Buenaventura, muy contra
su voluntad, fue creado cardenal-obispo de Albano por Gregorio X. Se dice que
los enviados del Papa que le trajeron el sombrero cardenalicio encontraron al
santo lavando platos en el exterior de un convento cerca de Florencia y que
les pidió que lo colgaran en un árbol próximo hasta que
sus manos estuvieran libres para tomarlo. Buenaventura continuó gobernando
la Orden de Frailes Menores hasta el 20 de Mayo de 1274, cuando en el Capítulo
General de Lyon, Jerónimo de Ascoli, después Nicolás IV,
fue elegido para sucederle. Mientras tanto Buenaventura había sido encargado
por Gregorio X de preparar las cuestiones a discutir en el Decimocuarto Concilio
Ecuménico, que se abrió en Lyon el 7 de Mayo de 1274.
El propio Papa presidía el Concilio, pero confió la dirección
de sus deliberaciones a Buenaventura, encargándole especialmente de conferenciar
con los griegos sobre los puntos relativos a la abjuración de su cisma.
Fue en gran medida debido a los esfuerzos de Buenaventura y a los de los frailes
que había enviado a Constantinopla, por lo que los griegos aceptaron
la unión que se efectuó el 6 de Julio de 1274. Buenaventura se
dirigió dos veces a los Padres reunidos, el 18 de Mayo, durante una sesión
del Concilio, en que predicó sobre Baruch, 5,5, y el 29 de Junio, durante
la Misa pontifical celebrada por el Papa. Mientras el Concilio estaba aún
en sesión, Buenaventura murió, el domingo 15 de Julio de 1274.
La causa exacta de su muerte es desconocida, pero si podemos dar crédito
a la crónica de Peregrino de Bolonia, secretario de Buenaventura, que
ha sido recuperada recientemente (1905) y editada, el santo fue envenenado.
Fue enterrado la tarde siguiente a su muerte en la iglesia de los Frailes Menores
de Lyon, siendo honrado con un espléndido funeral al que asistieron el
Papa, el rey de Aragón, los cardenales, y los demás miembros del
Concilio. La oración fúnebre fue pronunciada por Pedro de Tarantasia,
O.P., cardenal-obispo de Ostia, después Inocencio V, y al día
siguiente durante la quinta sesión del Concilio, Gregorio X habló
de la irreparable pérdida que había sufrido la Iglesia por la
muerte de Buenaventura, y ordenó a todos los prelados y sacerdotes de
todo el mundo celebrar Misa por el descanso de su alma.
Buenaventura disfrutó de especial veneración incluso durante
su vida por su intachable carácter y por los milagros atribuidos a él.
Fue Alexander de Hales quien dijo que Buenaventura parecía haber escapado
a la maldición del pecado de Adán. Y la historia de Santo Tomás
visitando la celda de Buenaventura mientras este último escribía
la vida de San Francisco y encontrándolo en un éxtasis es bien
conocida. “Dejemos a un santo trabajar por otro santo”, dijo el
Doctor Angélico mientras se retiraba. Cuando en 1434 los restos de San
Buenaventura fueron trasladados a la nueva iglesia erigida en Lyon en honor
de San Francisco, su cabeza se encontró en perfecto estado de conservación,
estando la lengua tan roja como en vida. Este milagro no sólo movió
al pueblo de Lyon a elegir a Buenaventura como su patrono especial, sino que
también dio un gran impulso al proceso de su canonización. Dante,
escribiendo mucho antes, había dado expresión a la opinión
popular situando a Buenaventura entre los santos en su “Paradiso”
y ninguna canonización fue nunca más ardiente o universalmente
deseada que la de Buenaventura. Que su comienzo se retrasara tanto tiempo fue
debido a las deplorables disensiones dentro de la orden tras la muerte de Buenaventura.
Finalmente el 14 de Abril de 1482, Buenaventura fue inscrito en el catálogo
de los santos por Sixto IV. En 1562 el santuario de Buenaventura fue saqueado
por los hugonotes y la urna que contenía su cuerpo quemada en la plaza
pública. Su cabeza fue conservada por el heroísmo del superior,
que la escondió a costa de su vida, pero desapareció durante la
Revolución Francesa y todos los esfuerzos para descubrirla han sido vanos.
Buenaventura fue inscrito entre los principales Doctores de la Iglesia por Sixto
V, el 14 de Marzo de 1587. Su fiesta se celebra el 14 de Julio. [En la reforma
del santoral llevada a cabo por Pablo VI, se trasladó su fiesta al 15
de Julio.- N. del T.]
Buenaventura, como señala Hefele, unía en sí los dos elementos
de donde procede todo lo que era noble y sublime, grande y hermoso, en la Edad
Media, a saber, tierna piedad y profundo saber. Estas dos cualidades brillan
notoriamente en sus escritos. Buenaventura escribió sobre casi todos
los asuntos tratados por los escolásticos, y sus escritos son muy numerosos.
El mayor número de ellos tratan de filosofía y teología.
Ninguna obra de Buenaventura es exclusivamente filosófica, pero en su
“Comentario a las Sentencias”, su “Breviloquium”, su
“Itinerarium Mentis in Deum” y su “De reductione Artium ad
Theologiam”, tratan de las cuestiones más importantes y difíciles
de filosofía de tal manera que estas cuatro obras tomadas en conjunto
contienen los elementos de un sistema completo de filosofía, y al mismo
tiempo da notable testimonio de la mutua interpenetración de filosofía
y teología que es una señal distintiva del periodo escolástico.
El Comentario sobre las “Sentencias” sigue siendo sin duda la máxima
obra de Buenaventura; todos sus demás escritos están de alguna
manera subordinados a él. Se escribió superiorum praecepto (por
orden de los superiores) cuando sólo tenía veintisiete años
y es un logro teológico de primera fila. Comprende más de cuatro
mil páginas in folio y trata extensa y profundamente de Dios y la Trinidad,
la Creación y la Caída del hombre, la Encarnación y la
Redención, la Gracia, los Sacramentos, y el Juicio Final, es decir, que
recorre todo el campo de la teología escolástica. Como las demás
Summas medievales, el “Comentario” de Buenaventura se divide en
cuatro libros. En el primero, segundo, y cuarto Buenaventura puede competir
favorablemente con los mejores comentarios sobre las sentencias, pero se admite
que en el tercero sobrepasa a todos los demás. El “Breviloquium”,
escrito antes de 1257, es, como su nombre implica, una obra más corta.
Hasta cierto punto es un resumen del “Comentario” que contiene como
dice Scheeben, la quintaesencia de la teología de la época, y
es el más sublime compendio del dogma que poseemos. Es quizá la
obra que mejor da una noción popular de la teología de Buenaventura;
en ella sus facultades se ven en su mejor forma. Mientras que el “Breviloquium”
deriva todas las cosas de Dios, el “Itinerarium Mentis in Deum”
procede en la dirección opuesta, devolviendo todas las cosas a su Supremo
Fin. Esta última obra, que constituyó la delicia de Gerson durante
más de treinta años, y en la que el Beato Enrique Suso se inspiró
tan ampliamente, se escribió en el Monte La Verna en 1259. La relación
de lo finito y lo infinito, lo natural y lo sobrenatural, se trata de nuevo
por Buenaventura en su “De reductione Artium ad Theologiam”, una
pequeña obra escrita para demostrar la relación que la filosofía
y las artes tienen con la teología, y para probar que son absorbidas
por ella como en su centro natural. No debe inferirse, sin embargo, que la filosofía,
en opinión de Buenaventura no posea una existencia propia. Los pasajes
de las obras de Buenaventura en que se pueda fundar tal opinión sólo
van a probar que no considera la filosofía como el principal o último
fin de la investigación científica y la especulación. Además,
sólo cuando se la compara con la teología considera a la filosofía
como de orden inferior. Considerada en sí misma, la filosofía
es, según Buenaventura, una verdadera ciencia, anterior en cuanto al
tiempo a la teología. Además, la preeminencia de Buenaventura
como místico no permite oscurecer sus trabajos en el dominio filosófico,
pues fue indudablemente uno de los máximos filósofos de la Edad
Media.
La filosofía de Buenaventura, no menos que su teología, manifiesta
su profundo respeto por la tradición. Miraba con disgusto las nuevas
opiniones y siempre se esforzó por seguir las generalmente recibidas
en su época. Así, entre las dos grandes influencias que determinaron
la tendencia del Escolasticismo hacia mediados del Siglo XIII, no cabe duda
que Buenaventura siempre siguió siendo un fiel discípulo de Agustín
y siempre defendió la enseñanza de ese Doctor; aunque de ninguna
manera repudió la enseñanza de Aristóteles. Aunque basando
su doctrina en la de la escuela antigua, Buenaventura tomó no poco prestado
de la nueva. Aunque criticó severamente los defectos de Aristóteles,
se dice que ha citado más frecuentemente a éste que lo que lo
había hecho ninguno de los anteriores escolásticos .Quizá
se inclinaba más, en conjunto, a algunas opiniones generales de Platón
que a las de Aristóteles, pero no se le puede llamar por ello un platónico.
Aunque adoptó la teoría hilomórfica de la materia y la
forma, Buenaventura, siguiendo a Alexander de Hales, cuya Summa parece haber
tenido delante al componer sus propias obras, no limita la materia a los seres
corporales, sino que sostiene que una y la misma especie de materia es igualmente
el sustrato de los seres espirituales y corporales. Según Buenaventura,
la materia prima no es un mero quid indeterminado, sino que contiene las rationes
seminales infundidas por el Creador al principio, y tiende a la adquisición
de las formas específicas que finalmente asume. La forma sustancial no
es, en opinión de Buenaventura, esencialmente una, como enseñaba
Santo Tomás. Otro punto en el que Buenaventura, como representante de
la escuela franciscana, discrepa de Santo Tomás es el que se refiere
a la posibilidad de creación desde la eternidad. Declara que la razón
puede demostrar que el mundo no se creó ab aeterno. En sus sistema de
ideología Buenaventura no favorece ni la doctrina de Platón ni
la de los ontologistas. Sólo malinterpretando por completo la enseñanza
de Buenaventura puede leerse en ella una interpretación ontologista.
Pues es más enfático al rechazar cualquier visión inmediata
o directa de Dios o de sus atributos divinos en esta vida. En cuanto al resto,
la psicología de Buenaventura no difiere en ningún punto esencial
de la enseñanza común de los escolásticos. Lo mismo es
cierto, en términos generales, de su teología.
Los escritos teológicos de Buenaventura pueden clasificarse en cuatro
capítulos: dogmática, mística, exegética y homilética.
Su enseñanza dogmática se encuentra principalmente en su “Comentario
sobre las Sentencias” y en su “Breviloquium”. Al tratar de
la Encarnación, Buenaventura no difiere sustancialmente de Santo Tomás.
En respuesta a la pregunta “¿Habría tenido lugar la Encarnación
si Adán no hubiera pecado?”, responde de manera negativa. También,
no obstante su profunda devoción por la Santísima Virgen, favorece
la opinión que no la exime del pecado original, quia magis consonat fidei
pietate et sanctorum auctoritati. Pero el tratamiento por Buenaventura de esta
cuestión señaló un claro avance, e hizo más quizá
que ningún otro antes de Escoto para aclarar el terreno para su correcta
presentación. Su tratado sobre los sacramentos es en su mayor parte práctico
y se caracteriza por un elemento claramente devoto. Esto se muestra especialmente
en su tratamiento de la Sagrada Eucaristía. Rechaza la doctrina de la
eficacia física, y admite sólo una moral, en los sacramentos.
Es de lamentar que las opiniones de Buenaventura en ésta y otras cuestiones
controvertidas sean tan a menudo tergiversadas, incluso por autores recientes.
Por ejemplo, al menos tres de los más recientes y mejor conocidos manuales
de dogma al tratar de cuestiones como “De angelorum natura”, “De
scientia Christi”, “De natura distinctionis inter caritatem et gratiam
sanctificantem”, “De causalitatem sacramentorum”, “De
statu parvulorum sine baptismo morientium”, atribuyen gratuitamente a
Buenaventura opiniones que son totalmente discrepantes con su enseñanza
real. Es claro que Buenaventura, como todos los escolásticos, expuso
opiniones no estrictamente correctas con respecto a cuestiones aún no
definidas o claramente establecidas, pero incluso aquí su enseñanza
representa las ideas más aceptables y profundas de su época y
señala un estadio notable en la evolución del conocimiento. La
autoridad de Buenaventura siempre ha sido muy grande en la Iglesia. Aparte de
su influencia personal en Lyon (1274), sus escritos tuvieron gran peso en los
posteriores concilios de Vienne (1311), Constanza (1417), Basilea (1435), y
Florencia (1438). En Trento (1546) sus escritos, como observa Newman (Apologia,
cap. v) tuvieron un efecto crítico en algunas de las definiciones del
dogma, y en el Concilio Vaticano [I] (1870), frases de ellos se incorporaron
a los decretos referentes a la supremacía e infalibilidad papal.
Sólo una pequeña parte de los escritos de Buenaventura son propiamente
místicos. Se caracterizan por la brevedad y por una fiel adhesión
a la enseñanza del Evangelio. El perfeccionamiento del alma mediante
el desarraigo del vicio y la implantación de la virtud es su principal
preocupación. Hay un grado de oración en el que se produce el
éxtasis. Cuando se alcanza, se ha de dar gracias sinceramente a Dios.
Debe, sin embargo, ser considerado sólo como incidental. No es de ningún
modo esencial a la posesión de la perfección en grado supremo.
Tal es el esbozo general del misticismo de Buenaventura que es en gran medida
una continuación y desarrollo del que St.Victor ya había expuesto.
El resumen más corto y más completo de él se encuentra
en su “De Triplici Via”, a menudo llamada erróneamente el
“Incendium Amoris”, en el que distingue los diversos estadios o
grados de caridad perfecta. Lo que el “Breviloquium” es al Escolasticismo,
es el “De Triplici Via” al misticismo: un compendio perfecto de
todo lo que hay de mejor en ello. Savonarola hizo un piadoso e ilustrado comentario
sobre él. Quizá el mejor conocido de los demás escritos
ascéticos y místicos de Buenaventura es el “Soliloquium”,
una especie de diálogo que contiene una rica colección de pasajes
de los Padres sobre cuestiones espirituales; el “Lignum vitae”,
una serie de cuarenta y ocho meditaciones devotas sobre la vida de Cristo, el
“De sex alis seraphim”, un precioso opúsculo sobre las virtudes
de los superiores, que el Padre Claudio Acquaviva hizo que se imprimiera separadamente
y circulara por toda la Compañía de Jesús; la “Vitis
mystica”, una obra sobre la Pasión, que fue durante mucho tiempo
atribuida erróneamente a San Bernardo, y “De perfectione vitae”,
un tratado que pinta las virtudes que conducen a la perfección religiosa,
y que parece haberse escrito para uso de la Beata Isabella de Francia, que había
fundado un monasterio de clarisas en Longchamps.
Las obras exegéticas de Buenaventura fueron muy estimadas en la Edad
Media y siguen siendo aún un tesoro de pensamientos y tratados. Incluyen
comentarios sobre los Libros del Eclesiastés y la Sabiduría y
sobre los Evangelios de San Lucas y San Juan. Además de su comentario
al Cuarto Evangelio, Buenaventura compuso unas “Collationes in Joanem”,
noventa y una conferencias sobre asuntos relacionados con él. Sus “Collationes
in Hexameron” es una obra de la misma clase, pero su título, que
no es originario de Buenaventura, en cierto modo induce a error. Consiste en
un curso inacabado de instrucciones dadas en París en 1273. Buenaventura
no pretendía en estos veintiún discursos explicar la obra de los
seis días, sino más bien extraer algunas instrucciones análogas
del primer capítulo del Génesis, como advertencia a sus oyentes
contra algunos errores del momento. Es una exageración decir que Buenaventura
considera sólo el sentido místico de las Escrituras. En sus escritos
que son propiamente exegéticos sigue el texto, aunque también
desarrolla las conclusiones prácticas que se deducen de él, pues
en la composición de estas obras tenía la ventaja del predicador
principalmente en vistas. Buenaventura había concebido la idea más
sublime del ministerio de la predicación, y no obstante sus múltiples
labores en otros campos, este ministerio siempre tuvo un lugar especial entre
sus trabajos. No descuidó ninguna oportunidad de predicar, bien al clero,
al pueblo, o a sus propios frailes, y el Beato Francisco de Fabriano (muerto
en 1322), su contemporáneo y oyente, da testimonio de que el renombre
de Buenaventura como predicador sobrepasó su fama como maestro. Predicó
ante Papas y reyes, en España y en Alemania, tanto como en Francia y
en Italia. Casi quinientos sermones auténticos de Buenaventura han llegado
hasta nosotros; la mayor parte de ellos fueron dados en París ante la
universidad mientras Buenaventura era profesor allí, o después
de que se convirtiera en ministro general. La mayor parte de ellos fueron tomados
por algunos de sus oyentes y conservados así para la posteridad. En sus
sermones sigue el método escolástico de adelantar las divisiones
de su materia y exponer luego cada división según los diversos
sentidos. Aparte de sus escritos filosóficos y teológicos, Buenaventura
dejó un cierto número de obras referentes a la vida religiosa,
pero más especialmente a la Orden Franciscana. Entre estas últimas
está su bien conocida explicación de la regla de los Frailes Menores;
en esta obra, escrita en una época en que las disensiones dentro de la
orden respecto a la observancia de la Regla eran tan dolorosamente acusadas,
adoptó una actitud conciliatoria, no aprobando ni la interpretación
de los Zelanti ni las de los Relaxati. Su objetivo era promover la armonía
en lo esencial. Con esta finalidad en vistas, había elegido un camino
intermedio al comienzo y se adhirió firmemente al mismo durante los diecisiete
años de su generalato. Si alguien hubiera podido tener éxito en
unir la orden, habría sido Buenaventura; pero la vía media demostró
ser impracticable, y la personalidad de Buenaventura sólo sirvió
para contener los elementos de discordia, posteriormente representados por los
Conventuales y los Fraticelli. A continuación de su explicación
de la Regla viene el importante tratado de Buenaventura que incorpora las Constituciones
de Narbona ya referidas. Hay también una respuesta de Buenaventura a
algunas cuestiones relativas a la Regla, un tratado sobre la dirección
de novicios, y un opúsculo en el que Buenaventura declara por qué
los Frailes Menores predican y oyen confesiones, aparte de cierto número
de cartas que nos dan una idea específica del carácter del santo.
Estas incluyen las cartas oficiales escritas por Buenaventura como general a
los superiores de la orden, tanto como cartas personales dirigidas, como esa
“Ad innominatum magistrum”, a individuos privados. La hermosa “Legenda”
o vida de San Francisco completa los escritos de Buenaventura en que se esfuerza
en promover el bienestar espiritual de sus hermanos. Esta bien conocida obra
se compone de dos partes de muy desigual valor. En la primera, Buenaventura
publica los hechos inéditos que había podido reunir en Asís
y otros lugares; en la otra meramente resume y repite lo que otros, y especialmente
Celano, ya habían registrado. En conjunto, es esencialmente una legenda
pacis, compilada principalmente con vistas a pacificar la malhadada discordia
que aún hacía estragos en la orden. El objetivo de San Buenaventura
era presentar un retrato general del santo fundador que, mediante la omisión
de ciertos puntos que habían dado origen a la controversia, fuera aceptable
a todas las partes. Este objetivo era seguramente legítimo incluso aunque
desde un punto de vista crítico la obra no sea una biografía perfecta.
De esta “Legenda Major”, como vino a ser llamada, Buenaventura hizo
un resumen ordenado para su uso en el coro y conocida como la “Legenda
Minor”.
Buenaventura fue el verdadero heredero y seguidor de Alexander de Hales y el
continuador de la antigua escuela franciscana fundada por el Doctor Irrefragabilis,
pero sobrepasó a este último en perspicacia, fertilidad de imaginación
y originalidad de expresión. Su lugar apropiado está junto a su
amigo Santo Tomás, en cuanto son los dos máximos teólogos
del Escolasticismo. Si es verdad que el sistema de Santo Tomás está
más acabado que el de Buenaventura, debe recordarse que, mientras que
Santo Tomás fue libre de dedicarse al estudio hasta el fin de sus días,
Buenaventura aún no había recibido el grado de doctor cuando fue
llamado a gobernar su orden y se vio agobiado en consecuencia por múltiples
preocupaciones. Las pesadas responsabilidades que soportó hasta unas
semanas antes de su muerte fueron incompatibles con ulteriores estudios e incluso
le imposibilitaron de completar lo que había comenzado antes de los treinta
y seis años. También, al intentar hacer una comparación
entre Buenaventura y Santo Tomás, debemos recordar que los dos santos
fueron de una diferente inclinación mental; cada uno tuvo cualidades
en las que sobresalía; uno era en cierto sentido el complemento del otro;
uno suplía lo que le faltaba al otro. Así Tomás era analítico,
Buenaventura sintético; Tomás fue el Aristóteles cristiano,
Buenaventura el verdadero discípulo de Agustín; Tomás fue
el maestro de las escuelas, Buenaventura el de la vida práctica; Tomás
ilustró la mente, Buenaventura inflamaba el corazón; Tomás
extendía el Reino de Dios por amor a la teología, Buenaventura
por la teología del amor. Incluso los que sostienen que Buenaventura
no alcanza el nivel de Tomás en la esfera de la especulación escolástica
conceden que como místico sobrepasa al Doctor Angélico. En este
particular reino de la teología, Buenaventura iguala, si no sobrepasa,
al propio San Bernardo. León XIII llama correctamente a Buenaventura
el Príncipe de los Místicos: “Habiendo escalado las difíciles
cumbres de la especulación de una manera muy notable, trató la
teología mística con tal perfección que en la opinión
común de los sabios es el facile princeps en este campo.” (Alocución
del 11 de Octubre de 1890). No debe concluirse, sin embargo, que los escritos
místicos de Buenaventura constituyan su principal título a la
fama. Esta conclusión, en cuanto que parece implicar una desaprobación
de sus trabajos en el campo del Escolasticismo, se opone a las declaraciones
explícitas de varios Pontífices y eminentes eruditos, es incompatible
con la reconocida reputación de Buenaventura en las escuelas, y se excluye
mediante una lectura inteligente de sus obras. Como cuestión de hecho,
la mitad de un volumen de los diez que comprende la edición de Quaracchi
basta para contener los escritos místicos y ascéticos de Buenaventura.
Aunque las solas obras místicas de Buenaventura bastarían para
colocarlo en primera fila, aun así solamente se le puede llamar un místico
más que un escolástico en cuanto que todo asunto del que trata
se hace converger finalmente en Dios. Este permanente sentido de la presencia
de Dios que se extiende por todos los escritos de Buenaventura es quizá
su atributo fundamental. A él podemos remontar esa unción que
lo impregna todo que es su peculiar característica. Como expresa acertadamente
Sixto V: “Al escribir unió a la erudición más alta
una cantidad igual de la más ardiente piedad; de forma que mientras iluminaba
a sus lectores también emocionaba sus corazones penetrando en los más
íntimos escondrijos de sus almas” (Bula Triumphantis Jerusalem).
San Antonino, Dionisio el Cartujano, Fray Luis de Granada, y el Padre Claude
de la Colombière, entre otros, han señalado también esta
característica de los escritos de Buenaventura. Invariablemente busca
suscitar la devoción tanto como impartir conocimiento. Nunca separa uno
del otro, sino que trata materias del saber devotamente y materias devotas sabiamente.
Buenaventura, sin embargo, nunca sacrifica la verdad a la devoción, pero
su tendencia a preferir una opinión que suscita devoción a una
especulación árida e insegura puede contribuir a explicar no poca
de la amplia popularidad que disfrutaron sus escritos entre sus contemporáneos
y todas las épocas posteriores. De nuevo Buenaventura se distingue de
los demás escolásticos no sólo por la mayor calidez de
su enseñanza religiosa, sino también por su tendencia práctica
como señala Trithemius (Scriptores Eccles.). Muchas cuestiones puramente
especulativas son pasadas por alto por Buenaventura; en casi todo lo que escribe
hay un carácter directo. Ninguna finalidad útil, declara, se logra
por la mera controversia. Es incluso tolerante y modesto. Así, mientras
que él mismo acepta la interpretación literal del primer capítulo
del Génesis, Buenaventura reconoce la admisibilidad de otra diferente
y se refiere con admiración a la explicación figurativa propuesta
por San Agustín. Nunca condena las opiniones de los demás y enfáticamente
rechaza eso como finalidad de las suyas propias. De hecho afirma la pequeñez
de su autoridad, renuncia a toda pretensión de originalidad y se llama
a sí mismo un “pobre compilador”.Sin duda las obras de Buenaventura
revelan algunos de los defectos del saber de su época, pero no hay nada
en ellas que huela a sutileza inútil. “Uno no encuentra en sus
páginas”, señala Gerson (De Examin. Doctrin.) “vanas
fruslerías o cavilaciones inútiles, ni mezcla como hacen muchos
otros, prolijas digresiones con discusiones teológicas serias”.
“Esta”, añade, “es la razón por la que San Buenaventura
ha sido abandonado por aquellos escolásticos que están desprovistos
de piedad, cuyo número no es, ¡ay!, sino demasiado amplio”.
Se ha dicho que el espíritu místico de Buenaventura le incapacitaba
para el análisis sutil. Sea como sea, uno de los máximos encantos
delos escritos de Buenaventura es su sencilla claridad. Aunque tenía
que hacer necesariamente uso del método escolástico, se elevó
por encima de la dialéctica, y aunque su argumentación puede parecer
a veces demasiado engorrosa para encontrar aprobación en nuestra época,
aun así escribe con una facilidad y gracia de estilo que uno busca en
vano en los demás escolásticos. Para las mentes de sus contemporáneos
impregnados del misticismo de la Edad Media, el espíritu que alentaba
en los escritos de Buenaventura parecía encontrar su paralelismo en los
que estaban más próximos al Trono, y el título de “Doctor
Seráfico” que se otorgó a Buenaventura es un innegable tributo
a su amor por Dios que lo absorbía todo. Este título parece habérsele
dado por primera vez en 1333 en el Prólogo de la “Pantheologia”
por Rainiero de Pisa O.P. Mientras enseñaba en París ya había
recibido el nombre de Doctor Devotus.
La Orden Franciscana siempre ha considerado a Buenaventura como uno de sus
máximos doctores y desde el comienzo su enseñanza encontró
muchos expositores distinguidos dentro de la Orden, estando entre los más
antiguos sus propios discípulos, John Peckham, más tarde arzobispo
de Canterbuty, Matteo de Acquasparta y Alessandro di Alessandria (muerto en
1314), que llegaron ambos a ser ministros generales de la orden. El último
escribió una “Summa quaestionum S. Bonaventura”. Otros comentarios
bien conocidos son los de Juan de Erfurt (muerto en 1317), Verilongus (muerto
en 1464), Brulifer (muerto ca. 1497), de Combes (muerto en 1570), Trigosus (muerto
en 1616), Coriolano (muerto en 1625), Zamora (muerto en 1649), Bontemps (muerto
en 1672), Hauzeur (muerto en 1676), Bonelli (muerto en 1773), etc. Desde el
Siglo XIV al XVI la influencia de Buenaventura fue indudablemente un tanto oscurecida
por la de Duns Escoto, debido en gran parte a la prominencia de este último
como campeón de la Inmaculada Concepción en las disputas entre
Franciscanos y Dominicos. Sixto V, sin embargo, fundó una cátedra
específica en Roma para el estudio de San Buenaventura; tales cátedras
existieron también en varias universidades, notablemente en Ingolstadt,
Salzburgo, Valencia, y Osuna. Es digno de señalarse que los Capuchinos
prohibieron a sus frailes seguir a Escoto y les ordenaron volver al estudio
de Buenaventura. Las celebraciones del centenario de 1874 parecen haber revivido
el interés por la vida y obra de San Buenaventura. Lo cierto es que desde
entonces el estudio de sus escritos se ha incrementado continuamente.
Desgraciadamente no todos los escritos de Buenaventura han llegado hasta nosotros.
Alguno se perdieron antes de la invención de la imprenta. Por otro lado,
varias obras que se le han atribuido en el curso del tiempo no son suyas. Tales
son el “Centiloquium”, el “Speculum Disciplinae”, que
es probablemente obra de Bernardo de Besse, secretario de Buenaventura; la rítmica
“Philomela”, que parece ser de la pluma de John Peckham; el “Stimulus
Amoris” y el “Speculum B.V.M.”, escritos respectivamente por
Jacobo de Milán y Conrado de Sajonia; “La Leyenda de Santa Clara”,
que es de Tomás de Celano; las “Meditationes vitae Christi”
compuestas por un Fraile Menor para una Clarisa, y la “Biblia Pauperum”
del dominico Nicolás de Hanapis. Los familiarizados con los catálogos
de las bibliotecas europeas son conocedores de que ningún autor desde
la Edad media ha sido más ampliamente leído y copiado que Buenaventura.
Los catálogos más antiguos de sus obras son los dados por Salimbene
(1282), Enrique de Gante (muerto en 1293), Ubertino de Casale (1305), Ptolomeo
de Lucca (1327) y la “Crónica de los XXIV Generales” (1368).
El Siglo XV vio no menos de cincuenta ediciones de las obras de Buenaventura.
Más célebre que ninguna edición precedente fue la publicada
en Roma (1588-96) por orden de Sixto V (7 vols. in fol.). Fue reimpresa con
sólo ligeras enmiendas en Metz en 1609 y en Lyon en 1678. Una cuarta
edición apareció en Venecia (13 vols. in cuarto) en 1751, y fue
reimpresa en París en 1864. Todas estas ediciones eran muy imperfectas
en cuanto que incluyen obras espurias y omiten genuinas. Han sido completamente
sustituidas por la célebre edición crítica publicada por
los Frailes Menores en Quaracchi, cerca de Florencia. Cualquier estudio científico
de Buenaventura debe basarse en esta edición, a la que no sólo
León XIII (13 de Diciembre de 1885) y Pío X (11 de Abril de 1904),
sino los estudiosos de todo el mundo han colmado de los más altos elogios.
No parece haberse omitido nada que pueda hacer esta edición perfecta
y completa. Para su preparación los editores visitaron más de
400 bibliotecas y examinaron cerca de 52.000 manuscritos, mientras que el primer
volumen solo contiene 20.000 variantes de lectura. Se comenzó por el
Padre Fidelis a Fanna (muerto en 1881) y se terminó por el Padre Ignatius
Jeiler (muerto en 1904): “Doctoris Seraphici S. Bonaventurae S.H.B. Episcopi
Cardinalis Opera Omnia, -- edita studio et cura P.P. Collegii S. Bonaventura
in fol. ad Claras Aquas [Quaracchi] 1882-1902”. En esta edición
las obras del santo se distribuyen entre los diez volúmenes como sigue:
los cuatro primeros contienen sus magnos “Comentarios sobre el Libro de
Sentencias”; el quinto comprende ocho obras escolásticas más
cortas tales como el “Breviloquium” y el “Itinerarium”;
el sexto y séptimo se dedican a sus comentarios a las Escrituras; el
octavo contiene sus escritos ascéticos y místicos y las obras
que hacen especial referencia a la orden; el noveno sus sermones; mientras que
el décimo se dedica al índice y a un breve esbozo de la vida y
escritos del santo por el Padre Ignatius Jeiler.
No poseemos ninguna biografía formal contemporánea de san Buenaventura.
La escrita por el franciscano español, Zamora, que floreció antes
de 1300, no se ha conservado. Las referencias a la vida de Buenaventura contenidas
en las obras de Salimbene (1282), Bernardo de Besse (ca. 1380), el Beato Francisco
de Fabriano (muerto en 1332), Angelo Clareno (muerto en 1337), Ubertino de Casale
(muerto en 1338), Bartolomé de Pisa (muerto en 1399) y la “Crónica
de los XXIV Generales” (ca. 1368) están en el volumen X de la Edición
de Quaracchi (págs. 39-72).
PASCHAL ROBINSON
Transcrito por Kevin Cawley
Traducido por Francisco Vázquez