San Carlos de Borromeo, Arzobispo de Milán, Cardenal-Sacerdote
del título de San Prassede, Secretario Papal de Estado de Pío
IV, y uno de los factores más importantes en la Contra-Reforma, nació
en el castillo de Arona, en la orilla sur del lago Maggiore, en el norte de
Italia, el 2 de octubre de 1538. Murió en Milán el 3 de noviembre
de 1584.
Su emblema tiene la palabra humilitas de manera coronada, lo
que es una porción del escudo de Borromeo. Al santo se le representa
por lo general con la vestimenta de cardenal, descalzo, llevando una cruz como
arzobispo, una cuerda en su cuello, una mano levantada como bendiciendo, recordándonos
su trabajo durante la plaga. Su festividad es el 4 de noviembre.
Su padre fue el Conde Gilberto Borromeo, quien aproximadamente
en 1530, se casó con Margarita de Médici. Su hermano más
joven fue Giovanni Angelo, Cardenal de Médici, quien llegó a ser
papa en 1559 con el nombre de Pío IV. Carlos fue el segundo hijo y el
tercero de seis niños, de Gilberto y Margarita. La madre de Carlos murió
aproximadamente en el año 1547, y su padre volvió a contraer nupcias.
Sus primeros años de vida pasaron parcialmente en el
Castillo de Arona, y en parte en el Palacio Borromeo en Milán. A la edad
de doce años su padre le permitió principiar con estudios religiosos
y al tiempo de la renuncia de su tío Julio César Borromeo, llegó
a ser titular Abad de San Gratinian y Felinus en Arona.
Su padre le envió a Milán donde estudió
latín bajo la dirección de J. J. Merla. En octubre de 1552, dejó
Arona para ir a la universidad de Pavia, donde tuvo de tutor a Francesco Alciato,
quien luego sería cardenal. Su correspondencia muestra que tenía
una pequeña suma de dinero que le daba su padre, y que muchas veces tuvo
que vérselas con un apretado presupuesto, lo que le causó considerables
inconvenientes.
No solamente sufrió por estas razones, tampoco tenía
ropa que se le ajustara. Carlos evidentemente sintió con amargura estas
humillaciones, pero no demostró tener impaciencia. Dejó Pavia
para encontrarse con su tío, el Cardenal de Médici en Milán.
En poco tiempo fue llamado para asistir al funeral de su padre, quien murió
a principios de agosto de 1558, y fue sepultado en la iglesia de Santa María
de la Gracia en Milán.
Ello conllevó varias responsabilidades para Carlos,
por ser el hijo mayor. Asumió, a requerimiento de la familia, incluyendo
el de su hermano mayor, los negocios de la familia. La situación de posesión
del castillo de Arona fue una gran dificultad, debido a que era reclamado tanto
por Francia como por España.
Carlos condujo las negociaciones con gran energía y
con habilidades diplomáticas, y como consecuencia de la Paz de Cambrai
(3 de abril de 1559), el castillo fue dejado en la jurisdicción de España,
dado más en particular al Conde Francisco Borromeo, en nombre de su sobrino
Federico Borromeo.
También hizo esfuerzos notables para restaurar la disciplina
religiosa en su Abadía de San Gratinian y Felinus. Aunque sus estudios
fueron interrumpidos, la seriedad y atención que puso en ellos le permitieron
completarlos con éxito, y en 1559 defendió su tesis para un doctorado
en leyes civiles y canónicas.
En el verano de 1559, Pablo IV murió, y el cónclave
para elegir a su sucesor principió el 9 de septiembre. Este no concluyó
sino hasta diciembre, cuando el Cardenal Giovanni Angelo de Médici fue
electo con el nombre de Pío IV.
El 3 de enero de 1560, Carlos recibió un mensaje de
correo especial del papa, pidiéndole que llegara a Roma. Se puso rápidamente
en camino, pero no pudo llegar a la coronación del papa, el 6 de enero.
El 22 de enero escribió al Conde Guido Borromeo que el papa le había
encargado de la administración de los estados papales.
El 31 de enero fue ascendido al rango de Cardenal-Diácono,
junto con Giovanni De Médici, hijo del Duque de Florencia y Gianantonio
Serbellone, primo del papa. A Carlos se le concedió el título
de los Santos Vitus y Modesto, lo que fue cambiado en el siguiente agosto por
el de San Martino-ai-Monti.
No deseaba que se realizaran celebraciones en Milán,
sino más bien en Arona, donde se dice que se oficiaron diez Misas de
Espíritu Santo. Fue en ese tiempo que el Cardenal Hipólito De
Este, o Ferrara, renunciara como Arzobispo de Milán, y el 8 de febrero,
el papa nombró a Carlos como administrador de la sede que quedaba vacante.
En la sucesión fue nombrado Delegado de Bolonia, Romagna,
y de Ancona. Fue nombrado Protector del Reino de Portugal, de Baja Alemania,
y de los cantones católicos de Suiza. Bajo su protección se colocaron
las ordenes de San Francisco, las Carmelitas, los Humiliati, los Canones Regulares
de la Santa Cruz de Coimbra, los Caballeros de Jerusalem (o Malta), y los de
la Santa Cruz de Cristo de Portugal. De motu propio (22 de enero de 1561) Pío
IV le dio un ingreso anual de 1,000 coronas de oro de unidad espiscopal de Ferrara.
Carlos ofició como secretario de estado y el llevar
los negocios de su familia, no fue obstáculo en cuanto a que tuviera
tiempo para estudiar, y aún para el arte, como tocar el violoncelo, y
hasta un juego de pelota. Vivió al principio en el Vaticano, pero en
julio de 1562, fue al Palazzo Colonna, Piazza Sancti Apostoli.
Casi de inmediato a su arribo a Roma, fundó una academia
en el Vaticano, la cual fue un medio en proveer, por el trabajo literario, una
distracción de otras ocupaciones más serias. Los miembros, ya
sea que fueron eclesiásticos o laicos, se reunían cada tarde y
muchas de sus contribuciones se encuentran en los trabajos de Carlos como “Noctes
Vaticanae”.
Carlos se ocupó luego de la secretaría de estado,
y utilizó su influencia para reanudar el Concilio de Trento, el que se
había suspendido en 1552. El estado de Europa estaba apelando en cuanto
a tener un punto de vista más eclesiástico.
Muchas fueron las dificultades que tuvo que superar, con el
emperador, con Felipe II de España, y la mayor de todas con Francia,
en donde se demandaba un concilio nacional. Aún así, a pesar de
todos los obstáculos, el trabajo se encaminó a la reanudación
del concilio, y en gran medida eso se debió a la paciencia de Carlos
y a la devoción que puso en alcanzar tal objetivo.
No fue sino hasta el 18 de enero de 1562, que el concilio reasumió
sus actividades en Trento, con dos cardenales, 106 obispos y 4 abades, además
de 4 generales de órdenes religiosas presentes. La correspondencia que
se desarrollo entre Carlos y los delegados cardenales en Trento es enorme, y
las preguntas que se hicieron relevantes amenazaron con ser causa de ruptura
en el concilio.
Allí se presentaron dificultades con el emperador, los
principios nacionales fueron colocados como prioritarios a favor de Francia
por los Cardenales Carlos de Lorraine, Arzobispo de Reims; se requirió
constante atención por parte de Carlos en función de desarrollar
gran delicadeza y habilidad. La sesión vigésimo quinta del concilio
se llevó a cabo entre el 3 y 4 de diciembre de 1563; estaban presentes
255 padres.
El 26 de enero de 1564, Pío IV confirmó los decretos
del concilio y más tarde nombró una congregación de ocho
cardenales para ver la ejecución de estos decretos. El 28 de noviembre
de 1562 mientras se desarrollaba el concilio, murió el Conde Federico,
el hermano mayor de Carlos.
Este acontecimiento tuvo un gran impacto en Carlos. Él
inmediatamente resolvió que se conduciría su vida con un mayor
sentido de lo estricto en asuntos espirituales; viendo la muerte de su hermano
vio la advertencia de tener que desprenderse de las cosas mundanas. Su resolución
era muy necesitada ya que ahora se encontraba como cabeza de familia, se tuvo
una gran presión en cuanto a decidir si rechazaba las condiciones eclesiásticas
y casarse.
Los parientes y aún el papa emitieron su opinión.
Algunos meses pasaron y la decisión final fue la de establecerse en el
vida eclesiástica, secretamente se ordenó como sacerdote. La ordenación
tuvo lugar en Santa María Maggiore, con el Cardenal Federico Cesa, el
4 de septiembre de 1563.
Escribió que celebró su primera Misa el día
de la Asunción, en San Pedro, en el Altar de Confesión. La segunda
Misa la celebró en su casa, adjunta a Gesu, en un oratorio en donde San
Ignacio acostumbraba celebrar. Carlos en este tiempo tenía su confesor
en el Padre Giovanni Battista Ribera, S.J. El 7 de diciembre de 1563, en la
festividad de San Ambrosio, fue consagrado como obispo en la Capilla Sixtina.
El 23 de marzo de 1564, recibió el palium. En el junio siguiente su título
cambió por el de Santa Prassede.
Mientras tanto, Carlos había estado atendiendo las necesidades
espirituales de su diócesis. En 1560, Antonio Roberti tomó posesión,
como su vicario, del arzobispado, y Carlos envió a Monseñor Donato,
Obispo de Bobbio, como su adjunto para las funciones episcopales. Monseñor
Donato murió pronto, y en su lugar Carlos comisionó a Monseñor
Girolamo Ferragato, O.S.A., uno de sus sufragantes, para visitar la diócesis,
y para reportar las necesidades que se tenían. Ferragato entró
en Milán el 23 de abril de 1562.
El 24 de junio del mismo año, Carlos envió a
Milán a los Padres Palmio y Carvagial, S.J., con el objeto de preparar
a los fieles de la diócesis, tanto en términos de los clérigos,
como de los laicos, para llevar a cabo las reformas determinadas por el Concilio
de Trento. Carlos estuvo siempre muy atento por el bienestar espiritual de su
congregación.
Nuestro santo estuvo preocupado por sabes lo que Dios deseaba
de él. No sabía si se deseaba que continuara como padre espiritual
de la diócesis, o si debía retirarse a un monasterio.
Ocurrió en el otoño de 1563, entre las sesiones
del Concilio de Trento, que el Cardenal de Lorraine fue a Roma, acompañado
del Venerable Bartolomeo de los Mártires, O.P., Arzobispo de Braga, en
Portugal.
Bartolomeo percibía que existían similitudes
con el espíritu de Carlos. Cuando Pío IV lo presentó, y
sugirió que Bartolomeo principiara la reforma de los cardenales en la
persona de Carlos, Bartolomeo indicó que el tomaría como modelo
el comportamiento de Borromeo como modelo para los clérigos. En una entrevista
privada, Carlos le confesó a Bartolomeo, sobre sus pensamientos acerca
de retirarse a un monasterio.
Ante ello, éste último aplaudió su deseo,
pero al mismo tiempo declaró su opinión en el sentido de que era
la voluntad de Dios que Carlos no abandonara su posición. Carlos tuvo
entonces la certeza de que debía permanecer en los asuntos del mundo;
pero siempre que visitaba su diócesis, pensaba en la negativa que había
tenido el papa en cuanto a su partida.
Bartolomeo le aconsejó paciencia, y le hizo ver la importante
asistencia y servicios a la Iglesia que se podían aportar, al permanecer
en Roma. Carlos accedió y continuó haciendo con celo su trabajo.
Luego del Concilio de Trento, estuvo muy ocupado con la producción del
catecismo que contuviera las enseñanzas del Concilio, la revisión
del Misal, y del Breviario. Fue también miembro de la comisión
para la reforma de la música de la iglesia y escogió a Palestrina,
para componer tres misas; una de estas fue la “Missa Papae Marcelli”.
La presión por cubrir las actividades pastorales le
hizo ponerse muy ansioso en función de encontrar representantes muy aptos
en Milán. Escuchó de las excelentes cualidades de Monseñor
Nicolo Ormaneto, de la Diócesis de Verona, y tuvo éxito en obtener
el consentimiento de su obispo para la transferencia a Milán.
Ormaneto había sido quien había estado al cuidado
de la casa del Cardenal Pole, y también el asistente principal del Obispo
de Verona. El 1 de julio de 1564, Ormaneto llegó a Milán y llevó
a cabo las instrucciones de Carlos en función de un sínodo diocesano
para la promulgación de los decretos del Concilio de Trento.
En el Sínodo había 1200 sacerdotes. Fue con clérigos
que Carlos principió la reforma, y el tratamiento de muchos abusos requirió
de mucho tacto. El Padre Palmio contribuyó mucho en hacerles ver a los
religiosos la necesidad de la reforma. El Sínodo fue seguido de una visita
a la Diócesis por Ormaneto. En septiembre Carlos envió a treinta
padres jesuitas a asistir a su vicario; tres de estos hombres fueron colocados
en el seminario, el cual abrió sus puertas el 11 de noviembre (festividad
de San Martín de Tours).
Carlos estuvo constantemente dirigiendo el trabajo de restauración
de la disciplina eclesiástica y la educación de los jóvenes,
aún en los mínimos detalles, fue lo prioritario que tenía
en sus pensamientos. Carlos escribió muchas cartas en temas tales como
las formas de prédica, la represión a curas avaros, las ceremonias
eclesiásticas y la música en las iglesias.
Carlos también llamó la atención de Ormaneto
en la observancia que se debía tener en las normas dentro de los conventos
de monjas; el acondicionamiento de esos conventos fue ordenado. Carlos ordenó
a su agente Albonese pagar por el costo que implicaran estas reformas físicas
en aquellos conventos que debido a limitaciones de recursos no podían
pagar por ellos. Esto último creo problemas aún con sus propios
familiares.
Dos de sus tías, hermanas de Pío IV, habían
ingresado en la orden de Santo Domingo; ellas resintieron estas reformas en
sus conventos. Carlos en una carta (28 de abril de 1565) haciendo gala de gran
pensamiento y tacto, trató de persuadir a sus tías acerca de los
beneficios en los cambios; pero no tuvo éxito. Tuvo que intervenir el
papa y decirles que apreciaría mucho que aquellos que estaban unidos
a él con lasos sanguíneos, debían de seguir las transformaciones
a fin de dar buen ejemplo a otros conventos.
No obstante el apoyo que le dio, Ormaneto estaba desanimado
con los resultados que obtenía y deseaba regresar a su propia diócesis.
Carlos presionó al papa para que le dejara salir de Roma, al mismo tiempo
animaba a Ormaneto a continuar.
Al final, el papa dio su consentimiento y Carlos pudo visitar
a sus fieles y establecer un concejo provincial; pero deseando que su estancia
fuera corta, Carlos nombró un delegado para toda Italia. Nuestro santo
seleccionó a varios asistentes para ayudar con el concejo y escribió
a la corte de España y a Felipe II.
Dejó Roma el 1 de septiembre, y pasando por Florencia,
Bolonia, Modena y Parma, hizo su solemne entrada en Milán el domingo
23 de septiembre de 1565. Su llegada fue una ocasión para regocijo, y
la gente hizo lo mejor que pudo en cuanto a demostrar su afecto por el primer
arzobispo que tenían en ocho años. Al domingo siguiente predicó
en el Duomo con las palabras de “He deseado comer esta Pascua con vosotros”
(Lucas 22:15).
El 15 de octubre el primer concejo provincial llegó
a reunirse. Fue atendido por 11 de los 15 obispos de la provincia, aquellos
que estaban ausentes de manera directa, estaban representados por sus procuradores.
Tres de estos prelados fueron cardenales, y uno, Nicolo Sfondrato de Cremona,
fue quien más tarde llegaría a tener el título de Gregorio
XIV.
Carlos anunció que la reforma debía de dar inicio;
“Debemos caminar de frente y nuestras preocupaciones espirituales nos
seguirán más fácilmente”. Principió por referirse
a los atributos requeridos de él mismo; esto causó un buen impacto
en los prelados. El concejo finalizó el 3 de noviembre, y Carlos envió
un reporte del mismo al papa.
El 6 de noviembre fue como delegado a Trento, a reunirse con
la Archiduquesa Giovanna y Barbara, quien estaba casada con el Príncipe
de Florencia y Duque de Ferrara. Carlos fue a Ferrara y Tucana, y estaba allí
cuando recibió las noticias acerca de la grave enfermedad que aquejaba
al papa.
Llegó a Roma en donde encontró que la condición
del papa ya no tenía esperanza, y animó al pontífice a
encaminar todos sus pensamientos al hogar celestial. El 10 de diciembre, Pío
IV murió asistido por dos santos, Carlos y Felipe Neri. El 7 de enero
de 1566 concluyó el cónclave que eligió a su sucesor, quien
fue el Cardenal Michele Ghislieri, O.P. de Alejandría, Obispo de Mondovi,
quien, a requerimiento de Carlos, tomó el nombre de Pío V.
Se ha creído que en un principio, Carlos favoreció al Cardenal
Morone, pero conforme lo escrito en una carta al Rey de España (Sylvain,
I, 309) se tiene evidencia de que trató de asegurar la elección
del Cardenal Ghislieri. Pío V deseaba que Carlos lo asistiera a él
en Roma, pero aunque Carlos retrasó su viaje fuera de esa ciudad durante
algún tiempo, al final, obtuvo autorización para retornar a Milán
al menos durante el verano.
Regresó a su sede el 5 de abril de 1566, habiendo realizado
una visita al Santuario de Nuestra Señora de Loreto. Carlos mostró
admirablemente cómo la Iglesia tenía el poder de transformarse
dentro de sí misma, y aunque la tarea que tenía que realizar era
gigantesca, empezó su planificación y ejecución con gran
calma y confianza.
San Carlos dio muchas de sus propiedades a los pobres, e insistió
en que todos los bienes deberían ser utilizados; en su posición
de Cardenal brindó y recibió respeto. Practicó gran mortificación,
y no escatimó esfuerzos en cumplir lo que se indicaba en el Concilio
de Trento, no sólo en la práctica, sino también en el espíritu.
Las normas para la conducción de los asuntos de su casa,
tanto en términos espirituales como temporales, pueden ser encontradas
en la “Acta Ecclesiae Mediolanensis”. El cuidado de sus asuntos
fue llevado a cabo por personas notables. Una de ellas fue el Dr. Owen Lewis,
asociado al New College de Oxford, en donde impartió clases, tanto allí
como en Douai, y luego fue Vicario General de San Carlos, para posteriormente
ser nombrado Obispo de Cassano en Calabria.
La administración de la diócesis debía
de ser perfecta y por tanto el Vicario General fue tomado como ejemplo de vida.
Se aprendió leyes y disciplina eclesiástica. También Carlos
nombró a dos Vicarios, uno de ellos encargado de asuntos civiles y el
otro de asuntos criminales.
Carlos se preocupaba de que sus oficiales fueran muy bien seleccionados
y luego que tuviesen una buena paga, de esa manera evitaba las sospechas de
que podían no hacer algo bueno. El santo tenía particular aversión
a la corrupción. Atendió también las necesidades de los
prisioneros y con el tiempo, su corte fue llamada como Santo Tribunal.
Organizó su administración de manera que se diera
la posibilidad de tener conferencias con los visitantes y los vicarios, su trabajo
pastoral rindió buenos frutos. Sus cánones tuvieron cuidado de
preservar sus designios. Puso especial cuidado en mantener el trabajo teológico
con relación al Sacramento de la Penitencia.
Sus asistentes dieron una buena bienvenida a sus reformas y
escribieron a Monseñor Bonome “El resultado de su estilo de dirección
es muy diferente al que está en boga hoy en día” (27 de
abril de 1566). Pío V felicitó a Carlos en su éxito y le
exhortó a continuar con su trabajo.
Otro gran trabajo que dio inicio en su tiempo fue el de la
Confraternidad de la Doctrina Cristiana. Tenía por finalidad principal
que los niños fueran sistemáticamente instruidos en las enseñanzas
de la Iglesia. Este fue el principio de lo que hoy conocemos como la Escuela
de Domingo. La relación del Cardenal Borromeo con este trabajo se menciona
en una placa que existe en la Iglesia de Kensington, en Londres.
Su trabajo se extendió al de varias fundaciones que
atendían a los necesitados y a pecadores. En 1567 comenzó la oposición
a su jurisdicción. Los oficiales del rey de España señalaron
que tomarían severas medidas si los delegados del arzobispo continuaban
poniendo en prisión a más hombres y si continuaban portando armas.
El asunto fue llevado ante el rey y posteriormente ante el
papa. Este último consultó con el Senado de Milán en apoyo
a la autoridad eclesiástica. La paz no pudo ser restaurada y el comisario
del arzobispo fue puesto en la cárcel. El arzobispo anunció la
sentencia de excomunión respecto al capitán de justicia y de otros
oficiales. Muchos problemas siguieron a esta acción y de nuevo el caso
llegó ante el papa, quien decidió a favor del arzobispo.
En octubre de 1567, Carlos empezó a visitar los valles
suizos de Levantina, Bregno y la Riviera. En la mayoría de las localidades
había ya mucha reforma. Los clérigos se comportaban relajados
y sin cuidado, y aún con escándalos; en tal situación,
las personas estaban incrementando su negligencia y sus pecados.
Las durezas del viaje fueron muchas. Carlos viajó en
mula y algunas veces a pié, en medio de terrenos muy peligrosos. Su labor
rindió mucho fruto y un nuevo espíritu fue emergiendo tanto entre
clérigos como en laicos. En agosto de 1568, se llevó a cabo el
segundo sínodo diocesano y en abril de 1569, el segundo concejo provincial.
En agosto de 1569, los asuntos se relacionaron con las condiciones
de la Iglesia de Santa Marta de la Scala. En 1531, Clemente VII había
declarado a esta iglesia exenta de la jurisdicción del Arzobispado de
Milán. La excepción hecha nunca tuvo lugar debido a que se requería
un consentimiento del arzobispado, situación que nunca se logró.
Ahora el gobernador, el Duque de Albuquerque, quien estaba
bajo la influencia de los oponentes, había decretado que todos los que
violaran la jurisdicción del rey deberían de recibir castigo.
Los cánones de La Scala clamaron excepción del arzobispado y confiaron
en que el poder secular los protegería. Carlos anunció su deseo
de hacer una visita tal y como lo deseaba el papa, y envió a Monseñor
Luigi Moneta a los cánones.
Fue recibido con abierta oposición y aún con
insultos. A principios de septiembre, Carlos por sí mismo fue a la visita.
La misma reacción violenta se tuvo que enfrentar. El arzobispo tomó
la responsabilidad en sus propias manos y llevó a cabo la sentencia de
excomunión.
Los hombres alzaron sus armas, los cánones cerraron
la iglesia para Carlos, quien con los ojos fijos en el crucifijo se encomendó
a la Autoridad Divina a la que no podían acceder quien no la merecían,
ni merecían la Divina Protección. Carlos estaba arriesgando su
vida. Quienes apoyaban a los cánones abrieron fuego y la cruz que llevaba
fue dañada. Su Vicario General puso la demanda pública de que
los cánones habían incurrido en censuras.
Este acto estuvo acompañado de rumores y noticias acerca
de que el arzobispo había sido separado de su cargo. Pío V se
conmovió al saber del incidente, y con gran dificultad permitió
que Carlos trabajara el tema de estos cánones rebeldes, hasta que ellos
pudieran arrepentirse.
En octubre de 1569, Carlos tuvo que enfrentar otra vez grandes
peligros. Ya desde 1567, la Orden de la Humildad, de la cual era protector,
había estado realizando ciertas reformas. Algunos de sus miembros, sin
embargo, trataban de preservar el viejo orden. Carlos decidió intervenir
y algunos de los miembros de la orden decidieron confabular para matarlo.
El 26 de octubre, mientras Carlos asistía a una oración
de la tarde, un miembro de la Orden de la Humildad, vestido como laico, se colocó
en la capilla a unos cinco o seis metros del arzobispo.
El cantante Orlando Lasso cantaba las estrofas cuyo contenido
era "Tempus est ut revertar ad eum qui me misit", y "Non turbetur
cor vestrum, neque formidet". Al momento de hacerlo, el asesino disparó
su arma y logró impactar en Carlos quien se arrodillaba frente al altar.
La víctima, sintiéndose mortalmente herida se encomendó
a Dios.
En medio del pánico, el asesino pudo huir. Carlos insistió
en finalizar las plegarias. Al final fue posible ver que la bala no había
podido desgarra totalmente sus ropas, pero que llegó a impactar en la
piel dejando una marca que duraría toda la vida.
Este incidente fue evidencia de que tan lejos habían
llegado las cosas y el gobernador aseguró a Carlos que se determinaría
quien había sido el asesino. Carlos al contrario, le pidió al
gobernador que se asegurara de que los derechos de la Iglesia no fueran infringidos.
Estas cosas hicieron que los cánones de La Scala pidieran perdón,
y el 5 de febrero de 1570, Carlos oficialmente les absolvió enfrente
de la puerta de su catedral.
No obstante los esfuerzos del santo por evitar persecuciones,
y perdonarlos, cuatro conspiradores fueron detenidos (entre ellos Farina, quien
había hecho el disparo). Fueron sentenciados a muerte. Aún siendo
clérigos, fueron entregados al poder civil (29 de julio de 1570); dos
de ellos fueron decapitados; Farina y otro más ahorcados.
Carlos por este tiempo realizó una segunda visita a
Suiza. Primero visitó los tres valles de su diócesis, y luego
las montañas para ver a su media hermana Hortensia, Condesa de Altemps.
Una vez cumplido con esto, visitó los cantones católicos. En todos
esos lugares utilizó su influencia a fin de remover o evitar los abusos
tanto de parte de los clérigos como de los laicos; además fomentó
el retomar la observancia religiosa en monasterios y conventos.
Visitó Altorf, Unterwalden, Lucerna, San Gall, Schwyz,
y Einsiedeln, donde indicó que en ninguna otra parte, con la excepción
de Loreto, había experimentado un gran sentimiento religioso (10 de septiembre
de 1570). La herejía se había extendido en muchas de estas partes,
y Carlos hizo que se enviaran allí a misioneros experimentados a fin
de recobrar las almas de los que se habían alejado.
Fue por ese entonces que Pío V llegó a la conclusión
de que lo mejor era suprimir la Orden de la Humildad. Con ese objetivo, dio
a conocer la Bula del 7 de febrero de 1571, en donde se suprimía la referida
orden y todas sus propiedades. El mismo año, teniéndose una cosecha
reducida, la provincia completa sufrió una hambruna terrible. Carlos
trató de aliviar a los necesitados llegando a gastar de sus propios recursos
hasta 3,000 de manera diaria y durante tres meses.
Su ejemplo indujo a otros a ayudar, entre ellos el gobernador.
En el verano de 1571, Carlos estuvo enfermo durante cierto tiempo, casi todo
el mes de agosto. Al haberse recobrado parcialmente, hizo su visita al gobernador
al saber que este estaba enfermo, se trataba del Duque de Albuquerque. Carlos
regresó a Milán a tiempo para consolar a la duquesa.
Utilizó las plegarias que habían sido ordenadas
por Pío V, en las luchas contra los turcos. Ello fue exitoso. Se trataba
de hacer ver a las gentes la necesidad de advertir sobre la cólera de
Dios y la necesidad de las penitencias. Gran regocijo se tuvo con la victoria
de Lepanto (7 de octubre de 1571). Carlos había estado particularmente
interesado en esta expedición, ya que quien estaba al mando de la misma
Marcon Antonio Colonna, cuyo hijo Fabricio estaba casado con la hermana de Carlos,
Ana Borromeo.
El arzobispo permaneció con mala salud, sufriendo con
fiebres y catarros. A pesar de la enfermedad hizo los preparativos para el Tercer
Sínodo Diocesano, el que se llevó a cabo con su ausencia en abril
de 1572. Muy rápidamente, luego de este acontecimiento, murió
Pío V (1 de mayo de 1572) y aunque aún tenía fiebre, se
preparó para el cónclave, el que duró un día y resultó
en la elección del Cardenal Ugo Buoncompagni, con el nombre pontificio
de Gregorio XIII, el 13 de mayo de 1572.
Debido a que el tratamiento médico poco había
hecho por él, Carlos lo abandonó y retornó a sus actividades
normales, con el resultado de que requirió muchísimo más
tiempo para sentirse bien. En su viaje de regreso a casa, visitó de nuevo
Loreto, en noviembre, y llegó a Milán el 12 de noviembre. Renunció
luego a las oficinas de la Gran Penitencia, a ser Archipriestre de Santa María
Maggiore, y de otros cargos de gran dignidad. En abril de 1573, llevó
a cabo su tercer concejo provincial.
El nuevo gobernador de Milán fue Don Luigi di Requesens,
quien había conocido a Carlos en Roma. Sin embargo, tan pronto como tomó
posesión de la oficina, y siendo instigado por los oponentes de Carlos,
publicó varias cartas incriminando a Carlos en asuntos de autoridad real
y conteniendo elementos que era contrarios a los derechos de la Iglesia.
Carlos protestó contra tales publicaciones, tuvo gran
reticencia para hacerlo, y luego de muchos debates ansiosos, públicamente
pronunció en Agosto, la sentencia de excomunión contra el gran
Chancellor e implícitamente contra el gobernador. Como consecuencia de
esto, se publicaron libelos contra Carlos.
El gobernador estableció restricciones respecto a las
reunions de las confraternidades, y privó también a Carlos del
Castillo de Arona. Varios rumores se extendían en relación a que
se estaban desarrollando otros planes adversos a Carlos, pero este último
mantuvo su tranquilidad y llevó a cabo su trabajo con su usual cuidado,
a pesar de que el gobernador había colocado guardias armados para vigilar
su palacio. El gobernador no tuvo éxito en estas acciones, pidió
absolución, la que obtuvo por decepción.
Cuando Gregorio XIII se enteró de esto, hizo que el
gobernador se comportará conforme a lo requerido por Carlos. Esto se
cumplió y el 26 de noviembre, Carlos anunció que el gobernador
estaba absuelto de sus penitencias y censuras. En este año, Carlos fundó
un colegio para la nobleza de Milán.
En agosto de 1574, Enrique III de Francia pasaba por la Diócesis
de Milán en su viaje desde Polonia, iba a posesionar su trono en Francia.
Carlos se encontró con él en Monza. El cuarto sínodo diocesano
se iba a celebrar en noviembre de 1574. A todo esto, Gregorio XIII proclamó
un jubileo para 1575, y el 8 de diciembre de 1574, Carlos partió rumbo
a Roma.
Visitó varios lugares y al llegar a Roma requirió las devociones
para Milán en febrero. Asistió a la muerte de su cuñado
Cesare Gonzaga, y continuó la vista de su provincia. En 1576 el jubileo
se tuvo en la Diócesis de Milán, principiando el 2 de febrero.
Mientras se celebraba el jubileo, llegaron noticias acerca
de una plaga que se había presentado en Venecia y Mantua. El cuarto consejo
provincial se tuvo en mayo. En agosto, Don Juan de Austria visitó Milán.
Se celebraron ejercicios religiosos y los rivales se regocijaron sobre los no
efectos que se lograban. Todo cambió cuando la plaga apareció
en Milán. Para ese momento Carlos estaba en Lodi, en el funeral del Obispo.
Inmediatamente regresó e inspiró confianza para todos.
Estaba convencido de que la plaga había aparecido como
consecuencia del pecado. Con base en ello buscó reforzar su oración.
Al mismo tiempo mantuvo comunicación con la gente. Se preparó
también para la muerte, e hizo su testamento el 9 de septiembre de 1576,
a partir de ello se entregó al servicio de la gente. Realizó innumerables
visitas a los enfermos.
En el hospital de San Gregorio se tenían los peores
casos, y hacia ese lugar se dirigió muchas veces San Carlos. Su presencia
confortó a quienes sufrían. Aunque trabajó arduamente,
sólo luego de muchas actividades fue que los clérigos del pueblo
se decidieron a ayudarle. Al final le ayudaban de todas las maneras que podían.
Hizo penitencias a favor de la gente y caminó una procesión
descalzo, con un lazo en su cuello y sosteniendo en su mano una reliquia de
un santo clavo de la cruz.
A principios de 1577, la plaga comenzó a ser abatida
y aunque había aún un aumento en el número de casos, la
intensidad de la cobertura de la enfermedad iba disminuyendo. Los milaneses
prometieron construir una iglesia dedicada a San Sebastián, sin la enfermedad
cedía. Así fue. Carlos escribió por este tiempo la “Memoriale”,
un pequeño trabajo, en el cual se puntualizaban las lecciones aprendidas
a raíz de la afección de la plaga.
También compiló varios libros de devoción
para personas, para ello se basó en todas las facetas de la Biblia. A
principios de 1578 la plaga prácticamente había desaparecido en
todas partes. A fines de 1578 se tuvo el quinto sínodo diocesano. Duró
tres días. Carlos se había dado a la tarea por ese entonces, de
que los cánones de la catedral se unieran en vida comunitaria. En este
año, el 16 de agosto, principió la fundación de una congregación
de padres seculares teniendo como patrona a Nuestra Señora y San Ambrosio,
dándole el título de los Oblates de San Ambrosio.
Aunque había sido ayudado por varias órdenes, especialmente por
los jesuitas y los barbanitas, uno de los cuales, Alexander Sauli, fue su consejero
durante muchos años, sintió la necesidad de conformar un grupo
de hombres que actuaran como sus asistentes, viviendo en comunidad, de esa manera
serían más fácilmente impresionados por su espíritu
y sus deseos.
Fue el dirigente y pensador principal de la nueva congregación
y nunca insistió en la necesidad, de completar la unificación
entre él y los miembros. Respetaba la independencia. Se le veía
como un padre, se le ayudaba, y se emprendían trabajos de diferente índole.
Los colocó en seminarios, escuelas, y confraternidades. Los siguientes
sínodos se realizaron entre 1579 y los años sucesivos, el último,
el undécimo, se llevó a cabo en 1584.
Su peregrinaje a Turín, para visitar el Santo Sudario,
fue en 1578. También por ese tiempo fue a visitar la montaña de
Varallo, a fin de meditar en los misterios de la Pasión en las capillas
que allí existen. Entre 1578-9, el Marqués de Ayamonte, sucesor
de Requesens como gobernador, se opuso a la jurisdicción del arzobispado;
lo que provocó que Carlos fuera a Roma en septiembre de ese año
con el fin de obtener una decisión sobre el asunto de las jurisdicciones.
La disputa llegó a nuevos niveles, ya que el gobernador
deseaba que el carnaval se celebrara con festividades adicionales el Primer
Domingo de Cuaresma, todo ello contraviniendo las órdenes del arzobispo.
El papa confirmó los decretos del arzobispado y pidió que los
milaneses los cumplieran.
Los enviados que se habían enviado por parte del gobernador
estaban tan avergonzados que no se opusieron a los designios del papa. Gregorio
XIII le dio una cálida bienvenida a Carlos y se mostró grato en
su presencia. Carlos realizó muchos trabajos durante su estancia especialmente
en pro de Suiza.
En relación con la creación de los Oblates de
San Ambrosio, Carlos, estando en Roma pidió consejo a San Felipe Neri;
éste le aconsejó excluir los votos de pobreza. Carlos defendió
la inclusión de la misma, a tal punto que San Felipe Neri indicó:
“lo pondremos a juicio del hermano Félix”. Este hermano era
un simple capuchino laico que vivía cerca de la Plaza Barberini. San
Felipe y San Carlos fueron hasta él y este último poniendo su
dedo en el artículo que se refería a los votos de la pobreza expresó:
“Esto es lo que debe ser eliminado”.
Félix también fue un santo y conocido como San
Félix de Cantalicio. Carlos regresó a Milan por la vía
de Florencia, Boloña y Venecia; en todos esos lugares revivió
el verdadero espíritu eclesiástico. Cuando llegó a Milán,
el gozo de la gente fue muy notable, ya que habían circulado rumores
de que no regresaría. Luego del principio de la Cuaresma de 1580, Carlos
comenzó su visita a Brescia. Casi inmediatamente, fue llamado para asistir
en su lecho de muerte al gobernador, Ayamonte. En este año, Carlos visitó
el Valle de Valtelline. En julio conoció a un joven que con el tiempo
adquiriría gran santidad.
Fue invitado por el Marqués de Gonzaga para estar unos
días en sus propiedades, a lo que rehusó, pero estando en la casa
del Arzipiestre, se encontró con el hijo mayor del marqués, Luigi
Gonzaga, de doce años de edad, ahora elevado a los altares de la iglesia
como San Alysius Gonzaga, S.J. Carlos le dio su Primera Comunión.
Al siguiente año (1581) Carlos envió al Rey de
España un enviado especial, era el Padre Carlos Bascape de los Barnabitas.
Tenía por misión llegar a un entendido sobre el asunto de la jurisdicción.
El resultado fue que el gobernador, el Duque de Terra Nova, fue enviado para
concertar los acuerdos con Carlos. Luego de ello no se tuvo ya más ninguna
controversia.
En 1582 Carlos dio inicio a lo que sería su último
viaje a Roma; teniendo obediencia a los acuerdos del Concilio de Trento, llevó
los decretos del sexto concilio provincial. Esta fue la última visita
y durante la misma se alojó en el monasterio junto a la iglesia de Santa
Prassede, donde aún existen piezas de los muebles utilizados por el santo.
Se fue de Roma en enero de 1583, y viajó por Siena y
Mantua, donde había sido comisionado por el papa para pronunciarse sobre
ciertos hechos. Una gran parte de este año fue dedicada a visitas. En
noviembre principió una vista en su calidad de delegado Apostólico,
a los cantones de Suiza y Grisons, dejando los asuntos de su Diócesis
a cargo de Monseñor Owen Lewis, su Vicario-General.
Principió en el valle de Mesoleina. Aquí habría
que luchar contra la herejía y la brujería. En Roveredo, encontró
que los dirigentes religiosos estaban relacionados con la hechicería.
Carlos invirtió mucho tiempo en tratar de arreglar este lamentable estado
de cosas. A continuación visitó Bellinzona y Ascona, trabajó
sin descanso para extirpar la herejía y contó además con
la oposición del Obispo de Coire.
Las negociaciones continuaron el año siguiente, el último
de Carlos en la tierra. Sus trabajos dieron frutos y sus esfuerzos aseguraron
la preservación de la fe. Los herejes a todo esto, habían lanzado
los rumores de que Carlos estaba realmente trabajando para España, en
contra de los habitantes de Grisons. A pesar de estas falsedades, Carlos continuó
atacándoles y defendiendo a los católicos, quienes habían
sufrido mucho.
A fines de 1584 tuvo un ataque de erisipelas en una pierna,
lo que lo obligó a permanecer en cama. Sin embargo, él tenía
un congreso con decanos rurales, sesenta en total, con quienes tenía
que discutir las necesidades de la diócesis. Hizo grandes esfuerzos por
suprimir lo licencioso del carnaval. Estuvo determinado a buscar convalecencia
en el hospital.
No vivió lo suficiente y fue su sucesor quien vería
los frutos del trabajo realizado. Durante septiembre y octubre, estuvo en Novara,
Vercelli y Turín. El 8 de octubre dejó Turín y viajó
al Monte Varallo. Se preparaba ya para la muerte. Se le pidió a su confesor,
el Padre Adorno, que le asistiera. El 15 de octubre principió a hacer
sus ejercicios en pro de una confesión general.
El 18, el Cardenal de Vercelli le requirió en Arona,
a fin de discutir asuntos importantes. La noche anterior Carlos estuvo durante
ocho horas en oración, arrodillado. El 20 estuvo de vuelta en Varallo,
y el 24 tuvo un gran ataque de fiebre. Con base en la gravedad que vivía,
tuvo que confesar su estado de salud.
Cinco días duró esta condición. Durante
ellos, ofició Misa y dio la Comunión, despachando su correspondencia.
Parecía estar consciente que la muerte se aproximaba y había decidido
trabajar en tanto tuviese fuerzas. La fundación del Colegio de Ascona
aún no estaba concluida, y era urgente finalizarla en corto tiempo; por
tanto, Carlos presionó para que esto se cumpliera, todo ello a pesar
de sus sufrimientos; el 29 de octubre, habiendo dado un último adiós
visitó las capillas.
Fue encontrado postrado en una capilla donde se representaba
el funeral de Nuestro Señor. Fue a Arona, y en bote a Canobbio, donde
pernoctó, ofició Misa el día 30, y fue a Ascona. Visitó
allí el colegio y se encaminó en la noche a Canobbio; estuvo durante
un breve tiempo en Locarno, en donde intentó bendecir un cementerio,
pero abandonó la idea al darse cuenta que no tenía las vestimentas
apropiadas para ello.
Al llegar a Canobbio, la fiebre ya estaba cediendo, pero estaba
ya muy débil. Al día siguiente tomó el bote rumbo a Arona
y estuvo allí con los jesuitas, en el noviciado, y ofició Misa
en el Día de Todos los Santos; fue la última vez que lo hizo.
Dio allí comunión a los novicios y a muchos de los fieles. Al
día siguiente asistió a Misa y recibió la Santa Comunión.
Su primo, Rene Borromeo, le acompañó en el bote y esa tarde llegó
a Milán. Allí se desconocía que estaba enfermo. Fue visitado
por médicos y siguió sus recomendaciones.
No permitió que se oficiara Misa en su habitación.
Un cuadro de Nuestro Señor en su tumba estaba frente a él, junto
con otros dos cuadros de Jesús en el Getsemaní, y el cuerpo ya
sin vida de Cristo. Los médicos habían indicado que la gravedad
era extrema, y aunque por momentos parecía haber alguna recuperación,
la misma no se mantenía. La fiebre regresó con gran severidad.
El Arcipiestre le dió el Vaticum, el cual recibió con la estola
puesta.
Carlos requirió de la extremaunción. Le fue conferida
y luego de ello, mostró muy pocos síntomas de vida. El gobernador,
el Duque de Terra Nova, llegaron hasta su lecho luego de grandes dificultades
para entrar, debido a la multitud que se había congregado fuera del palacio.
Las plegarias para la ayuda de un moribundo se oyeron y se
leyeron los pasajes de la Pasión. El Padre Bascapé y el Padre
Adorno estaban a su lado; las palabras “Ecce venio” fueron las últimas
que habría oído el 3 de noviembre de 1584. El 7 de noviembre se
cantó su réquiem por el Cardenal Nicolo Sfondrato, Obispo de Cremona.
Fue sepultado en la noche en el lugar que previamente había elegido.
Se le tuvo devoción como un santo y la misma llegó
a crecer gradualmente; los milaneses observaron su aniversario, aún cuando
no estaba canonizado. Esta veneración, al principio privada, llegó
a ser universal, y después de 1601 el Cardenal Baronius escribió
que su aniversario ya no debería seguir manteniéndose como una
Misa de réquiem, sino que un Te Deum debía ser cantado.
Se principiaron a hacer los trámites y las diligencias
para su canonización, y los procesos para ellos comenzaron en Milán,
Pavia, Boloña y en otros lugares. En 1604 se envió su causa a
la Congregación de Ritos. Finalmente el 1 de noviembre de 1610, Paulo
V solemnemente canonizó a Carlos Borromeo, y fijó su festividad
para el 4 de noviembre.
La posición que Carlos tuvo en Europa fue notable. Las
masas demostraron su aprecio y la opinión que tenían del santo
durante sus festividades. Los papas con los que llegó a trabajar, tal
y como se demostró más arriba, buscaron su consejo.
Los soberanos de Europa, Enrique III de Francia, Felipe II,
Mary de Escocia, y otros, mostraron el valor de la influencia del santo. Sus
hermanos cardenales habían escrito en alabanza a sus virtudes. El Cardenal
Valerio de Verona puntualizó que Carlos había nacido ya con un
patrón definido de virtudes, y les señaló a los cardenales
como un ejemplo de verdadera nobleza. El Cardenal Baronius dijo de él
que se trataba de un “segundo Ambrosio, cuya muerte terrenal, lamentada
por todos los hombres, constituyó una gran pérdida para la Iglesia”.
Es interesante hacer notar que católicos en Inglaterra,
a fines del Siglo XVI o principios del Siglo XVII hicieron circular documentos
dando cuenta de la vida de San Carlos en esa región. Es muy probable
que la información haya sido llevada a Inglaterra por el Santo Edmundo
Campion, S.J., quien visitó Milán en 1580, en su viaje hacia Inglaterra,
y se detuvo unos ocho días, conversando con Carlos cada día luego
de la cena.
Carlos para ese entonces tenía que ver mucho con Inglaterra,
asistiendo a Pío IV, y tenía una gran veneración por el
retrato del Obispo Fisher. Carlos tenía mucho que ver con Francisco Borgia,
General de los Jesuitas, y con Andrés de Avellino de Theatines, quien
le dio gran ayuda en su trabajo en Milán.
WILLIAM FFRENCH KEOGH
Transcripción de Marie Jutras
Traducción al castellano de Giovanni E. Reyes