(Las ocho bienaventuranzas)
Las solemnes bienaventuranzas (beatitudines, benedictiones) que marcan el inicio
del Sermón de la Montaña, el primero de los sermones de Nuestro
Señor en el Evangelio de San Mateo (5, 3-10). Cuatro de ellas reaparecen
en una forma ligeramente diferente en el Evangelio de San Lucas (6, 22), de
igual modo al comienzo de un sermón, y que discurren paralelamente a
Mateo, 5-7, si no a otra versión del mismo. Y aquí se ilustran
con la oposición de las cuatro maldiciones (24-26). El relato más
completo y el lugar más destacado que se da a las Bienaventuranzas en
San Mateo están bastante de acuerdo con el alcance y la tendencia del
Primer Evangelio, en el que el carácter espiritual del reino mesiánico
– la idea suprema de las Bienaventuranzas – es continuamente destacado,
en agudo contraste con los prejuicios judíos. La peculiarísima
forma en la que Nuestro Señor manifestó sus bienaventuranzas las
convierte, quizás, en el único ejemplo de sus dichos que puede
ser calificado de poético – al ser inequívocamente claro
el paralelismo de pensamiento y expresión, que es la característica
más notable de la poesía bíblica.
El texto de San Mateo dice lo siguiente:
Bienaventurados los pobres de espíritu: porque de ellos es el reino
de los cielos. (Versículo 3)
Bienaventurados los mansos: porque ellos poseerán la tierra. (Versículo
4)
Bienaventurados los que lloran: porque ellos serán consolados. (Versículo
5)
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia: porque ellos serán
saciados (Versículo 6)
Bienaventurados los misericordiosos: porque ellos obtendrán misericordia.
(Versículo 7)
Bienaventurados los limpios de corazón: porque ellos verán a Dios.
(Versículo 8)
Bienaventurados los pacíficos: porque ellos serán llamados hijos
de Dios. (Versículo 9)
Bienaventurados los que sufren persecución por la justicia, pues de ellos
es el reino de los cielos. (Versículo 10)
CRÍTICA TEXTUAL
En lo que respecta a la crítica textual, el pasaje no ofrece dificultad
seria. Sólo en el versículo 9, la Vulgata y muchas otras autoridades
antiguas omiten el pronombre autoi, ipsi; probablemente es una omisión
meramente accidental. Cabe, también, una seria duda crítica, si
el versículo 5 no debería ser colocado antes del versículo
4. Sólo la relación etimológica, que en el original se
supone ha existido entre los “pobres” y los “mansos”,
nos hace preferir el orden de la Vulgata.
Primera bienaventuranza
La palabra pobre parece representar un ‘anyâ arameo (hebreo ’anî),
encorvado, afligido, miserable, pobre; mientras que manso es más bien
sinónimo de la misma raíz, ‘ánwan (hebreo, ‘ánaw),
que se inclina, humilde, manso, gentil. Algunos eruditos agregan también
a la primera palabra un sentido de humildad; otros piensan en los “mendigos
ante Dios” que reconocen humildemente su necesidad de ayuda divina. Pero
la oposición a los “ricos” (Lucas, 6, 24) apunta especialmente
a la significación común y obvia, que, sin embargo, no debe limitarse
a la necesidad y angustia económica, sino que puede abarcar el conjunto
de la dolorosa condición del pobre: sus escasos bienes, su dependencia
social, su indefensa exposición a la injusticia de los ricos y los poderosos.
Aparte de la bendición del Señor, la promesa del reino celestial
no se otorga por la condición externa actual de tal pobreza. Los bienaventurados
son pobres “de espíritu”, que por su propia voluntad están
dispuestos a soportar por amor de Dios esta dolorosa y humilde condición,
incluso aunque realmente sean ricos y felices; mientras que, por otro lado,
los realmente pobres pueden no alcanzar esta pobreza “de espíritu”.
Segunda bienaventuranza
Puesto que la pobreza es un estado de humilde sujección, el “pobre
de espíritu”, está próximo al “manso”,
sujeto de la segunda bienaventuranza. Los anawim, los que humilde y mansamente
se inclinan ante Dios y el hombre, “heredarán la tierra”
y poseerán su herencia en paz. Esta es una frase tomada del Salmo 36
(versión hebrea, 37),11, donde se refiere a la Tierra Prometida de Israel,
pero aquí en las palabras de Cristo, es por supuesto sólo un símbolo
del Reino de los Cielos, el reino espiritual del Mesías. No pocos intérpretes,
sin embargo, entienden “la tierra”. Pero pasan por alto el significado
original del Salmo 36, 11, y a no ser que, por un expediente inverosímil,
tomen la tierra también como símbolo del reino mesiánico,
sería difícil explicar la posesión de la tierra de manera
satisfactoria.
Tercera bienaventuranza
Los “que lloran” en la Tercera Bienaventuranza se oponen en Lucas
(6, 25) a la risa y a la alegría mundana de similar carácter frívolo.
Los motivos del llanto no derivan de las miserias de una vida de pobreza, abatimiento
y sometimiento, que son las mismos de la bienaventuranza del versículo
3, sino más bien los de las miserias que el hombre piadoso sufre en sí
mismo y en otros, y la mayor de todas el tremendo poder del mal por todo el
mundo. A tales dolientes el Señor Jesús les trae el consuelo del
reino celestial, “la consolación de Israel”(Lucas, 2, 25)
predicha por los profetas, y especialmente por el Libro de la Consolación
de Isaías (11-66). Incluso los judíos tardíos conocían
al Mesías por el nombre de Menahem, el Consolador. Estas tres bienaventuranzas,
pobreza, abatimiento y sometimiento son un elogio de lo que ahora se llaman
virtudes pasivas: abstinencia y resistencia, y la Octava Bienaventuranza nos
lleva de nuevo a la enseñanza.
Cuarta Bienaventuranza
Los otros, sin embargo, piden una conducta más activa. Lo primero de
todo, “hambre y sed” de justicia: un deseo fuerte y continuo de
progreso en perfección moral y religiosa, cuya recompensa será
el verdadero cumplimiento del deseo, el continuo crecimiento en santidad.
Quinta Bienaventuranza
A partir de este deseo interior se debe dar un paso más hacia la acción
por las obras de “misericordia”, corporales y espirituales. Por
medio de éstas los misericordiosos logran la misericordia divina del
reino mesiánico, en esta vida y en el juicio final. La maravillosa fertilidad
de la Iglesia en obras e instituciones de misericordia corporal y espiritual
de toda clase muestra el sentido profético, por no decir el poder creativo,
de esta sencilla palabra del Maestro divino.
Sexta Bienaventuranza
Según la terminología bíblica, la “limpieza de corazón”
(versículo 8) no puede encontrarse exclusivamente en la castidad interior,
ni siquiera, como muchos eruditos proponen, en una pureza general de conciencia,
como opuesta a la pureza levítica, o legal, exigida por escribas y fariseos.
Cuando menos el lugar adecuado de tal bienaventuranza no parece estar entre
la misericordia (versículo 7) y la pacificación (versículo
9), ni detrás de la virtud aparentemente de más alcance del hambre
y sed de justicia. Pero frecuentemente en el Antiguo y Nuevo Testamento (Gén.,
20, 5; Job, 33,3; Sal., 23 (hebr., 24), 4; 72 (hebr., 73), 1; I Tim., 1, 5;
II Tim., 2, 22) el “corazón puro” es la simple y sincera
buena intención, el “ojo sano” de Mt., 6, 22, y opuesto así
a los inconfesables fines de los fariseos (Mt., 6, 1-6, 16-18; 7, 15; 23, 5-7,
14). Este “ojo sano” o “corazón puro” es más
que todo lo precisado en las obras de misericordia (versículo 7) y celo
(versículo 9) en beneficio del prójimo. Y se pone de manifiesto
a la razón que la bienaventuranza, prometida a esta continua búsqueda
de la gloria de Dios, consistirá en la “visión” sobrenatural
del propio Dios, la última meta y finalidad del reino celestial en su
plenitud.
Séptima Bienaventuranza
Los “pacíficos” (versículo 9) son no sólo
los que viven en paz con los demás sino que además hacen lo mejor
que pueden para conservar la paz y la amistad entre los hombres y entre Dios
y el hombre, y para restaurarlas cuando han sido perturbadas. Es por esta obra
divina, “una imitación del amor de Dios por el hombre” como
la llama San Gregorio de Nisa, por la que serán llamados hijos de Dios,
“hijos de su Padre que está en los cielos” (Mt., 5, 45).
Octava Bienaventuranza
Cuando después de todo esto a los piadosos discípulos de Cristo
se les retribuya con ingratitud e incluso “persecución” (versículo
10) no será sino una nueva bienaventuranza, “pues suyo es el reino
de los cielos”.
Así, mediante una inclusión, no infrecuente en la poesía
bíblica, la última bienaventuranza vuelve a la primera y a la
segunda. Los piadosos, cuyos sentimientos y deseos, cuyas obras y sufrimientos
se presentan ante nosotros, serán bienaventurados y felices por su participación
en el reino mesiánico, aquí y en el futuro. Y, visto lo que los
versículos intermedios parecen expresar, en imágenes parciales
de una bienaventuranza sin fin, la misma posesión de la salvación
mesiánica. Las ocho condiciones requeridas constituyen la ley fundamental
del reino, la auténtica médula y tuétano de la perfección
cristiana. Por su profundidad y amplitud de pensamiento, y su relación
práctica sobre la vida cristiana, el pasaje puede ponerse al mismo nivel
que el Decálogo en el Antiguo Testamento, y que la Oración del
Señor en el Nuevo, y supera ambos por su belleza y estructura poética.
Aparte de los comentarios sobre San Mateo y San Lucas, y las
monografías sobre el Sermón de la Montaña, las Bienaventuranzas
se tratan en ocho homilías de SAN GREGORIO DE NISA, P.G., XLIV, 1193-1302,
y en otro de SAN CROMACIO, P.L., XX, 323-328. De diversos sermones patrísticos
sobre una sola bienaventuranza se da cuenta en P.L., CXXI (Index IV) 23 y ss.
JOHN P. VAN KASTEREN
Transcrito por Beth Ste-Marie
Traducido por Francisco Vázquez